A las puertas de Troya.
El caballo de madera queda definitivamente acabado, pulido y barnizado, a primera hora de la mañana. Ha sido un trabajo duro, que ha ocupado docenas de soldados dirigidos por tres maestros carpinteros. Se levanta, majestuoso e inmóvil, en medio de la playa. Lo dejan secar durante todo el día. Por la noche, vigilando que no los vean desde la muralla, los guerreros elegidos suben por una escalera de cáñamo, uno tras otro, rápidamente y sin hacer ruido. Van armados, con una pequeña bolsa anudada en el cinturón, con carne en salmuera para coger fuerzas por la mañana y una porción de agua para calmar la sed. Después de que el último guerrero haya subido, recogen la escalera y cierran la puerta de forma que desde fuera no se note.
Se sientan todos con orden y paciencia, bien estrechos, llenando la barriga de la bestia. El olor de barniz no ha desaparecido del todo y los embriaga ligeramente. Duermen con la desazón que da la certeza de la victoria inminente. Tal y como habían quedado, llega la mañana, los del campamento recogen las cosas, prenden fuego a las tiendas y suben a las naves, haciendo ver que dan la guerra por perdida y que se retiran definitivamente. Los guerreros escogidos contemplan estos movimientos por las rendijas que hay entre los tablones del caballo. Cuando las naves aqueas desaparecen en el horizonte, giran los ojos hacia las puertas de la ciudad. Pronto se abrirán, los troyanos saldrán, tomarán el caballo como un botín de guerra y la entrarán en la ciudad. Los guerreros aprovechan la espera para comer la carne que llevaban.
Lentamente pasan las horas y de la ciudad no sale nadie. Al primero que se extraña, Ulises le ordena guardar silencio. Nadie ha de abrir la boca y todos deben hacer el mínimo ruido posible. Si ningún troyano saliera y sintiera que dentro del caballo hay hombres que hablan, toda argucia se iría por tierra.
A primera hora de la tarde terminan el agua que les quedaba. Bajo aquel sol implacable, la barriga del caballo es un horno. Por la noche duermen sin frío. Son tantos y están tan estrechos que no necesitan ninguna manta. El problema son las micciones. Han pasado todo el día y la noche antes y, disimuladamente, incapaces de aguantar más, algunos deciden orinar por los rincones. Pero las necesidades de Anticlea no son menores sino mayores. Ulises le ordena aguantarse-las. Anticlea dice que no puede (el vientre se le retuerce, se ve incapaz de resistir ni un instante más), pierde los nervios y se queja de que los troyanos ya deberían haberse llevado el caballo. No debían estar tantas horas allí dentro. Dice todo esto gritando; para hacerlo callar, Ulises la estrangula.
Con la llegada del amanecer renacen las esperanzas. Hoy sí vendrán los troyanos, tomarán finalmente el caballo y lo llevarán dentro. Es lógico que ayer no lo hicieran, porque todavía no se fiaban. Hoy se les debe hacer del todo evidente que los aqueos han marchado de verdad. Se lo confirma el hecho de que, a media mañana, sienten música que les llega de la ciudad, unos cánticos extraños pero innegablemente alegres. Deben celebrar la victoria. Por la tarde, los troyanos abren finalmente las puertas de la ciudad. Los guerreros aqueos se alegran y observan (excitados e inmóviles para no hacer ningún ruido) como un grupo de troyanos sale de la ciudad y se acerca al caballo. Los aqueos se aguantan la respiración. Los troyanos rodean la bestia de madera y la contemplan con curiosidad. Hablan entre ellos, pero los aqueos, aunque paran la oreja, no entienden lo que dicen. Los llega un rumor de palabras mezcladas con el sonido de las olas. Ahora finalmente tomarán el caballo y lo llevarán dentro. Pero en vez de eso deshacen el camino, vuelven a la ciudad y cierran las puertas.
A los guerreros aqueos aquella noche les es más difícil dormir. El hambre y la sed se generalizan. No les queda agua ni comida, ni tienen posibilidades de conseguir, y eso hace que haya disputas frecuentes, que Ulises corta de raíz: no quiere oír ni una palabra. Ni un ronquido. Cualquier ruido podría alertar de la trampa los troyanos. Llega el amanecer. Pasa el día sin que nadie venga a buscarlos. Ulises disimula el nerviosismo. El resto de guerreros no. Tienen hambre y, cada vez que alguien se queja de que aquello no funciona como debería funcionar, Ulises amenaza que escanyarà quien no calle.
Dos días más tarde hay dos que proponen salir, sea como sea y aunque hacerlo descubra la trampa a los troyanos. Es evidente, dicen, que la argucia no ha funcionado, y es de cretinos continuar adelante un proyecto que no funciona. Ulises sofoca el intento de motín tal como había amenazado con hacer: estrangulando los mismos también, al igual que a Anticlea. Como hace días que no comen, los guerreros devoran ambos cadáveres.
Hay un guerrero, de estómago demasiado delicado, que vomita al primer cata. Para no deshidratarse, todos deciden beberse la propia orina.
En el hedor de orines y excrementos se añade ahora el hedor del primer cadáver (el de Anticlea, que empieza a descomponerse con aquella ola de calor) y de las entrañas de los otros dos. Hay uno que propone deshacerse de ellos abriendo un instante la puerta y tirándolos. Ulises se exaspera. ¿Cómo se les puede acudir una idea así? ¿Cómo podrían tirarlos fuera sin despertar las sospechas de los troyanos? Dejar los pies del caballo tres cadáveres (dos de ellos reducidos sólo a un montón de huesos y vísceras) sería descubrir claramente la trampa. Otro sugiere que podrían deshacerse de ellos de noche: bajarlos por la escalera y tirarlos al mar. Otro opina que lo más grave no es convivir con el hedor de los cadáveres y de las heces, sino la incertidumbre del futuro. Todos estos días, las naves aqueas habrán ido enviando exploradores para ver si el caballo de madera, tal como habían previsto, era ya dentro Troya. No aguantarán muchos días más escondidas antes de dar la argucia por fracasada y volver a casa, aceptando definitivamente la derrota. Eso si no lo han hecho ya. Ulises se lanza encima, pero ni él tiene ya fuerzas y, incapaces de pelearse con un mínimo de energía, caen ambos sobre los demás guerreros, que se hacen a un lado, cada vez más delgados y sin ánimo. Los hay que yacen tan inmóviles que se hace difícil saber si aún están vivos. El mismo Ulises se siente desfallecer, pero no se lo puede permitir. Los troyanos, repite cada vez con menos convencimiento, saldrán en cualquier momento y se llevarán el caballo. Sólo es cuestión de esperar. Cuando esto suceda, ellos (los mejores guerreros, escogidos entre la flor y nata de la juventud aquea) esperarán que llegue la noche, saldrán cuando todo el mundo duerma, saquearán la ciudad y n'abatran las puertas. Por las rendijas entre los tablones, observa con avidez las murallas de la ciudad; y se tapa los oídos para no oír los gemidos agónicos de sus guerreros.
QUIM MONZÓ.
Guadalajara.
Incluido en Ochenta y seis cuentos.
Traducido por Javier Cercas.
Anagrama

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