ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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lunes, 24 de junio de 2024

Algunos poemas de EL NUDO (Diego Sánchez Aguilar)



HORARIO DE VISITAS
Nunca hablaste.
No fueron las palabras
nunca 
lengua paterna.

Nunca hablé,
y eso es también herencia.

Tenemos ahora un nudo en la garganta.
De mi ovillo a tus suturas se enredan
estos hilos
con los que te acompaño en silencio
mientras mueres.

hoy sé que, con el mismo amor callado
e impotente,
contemplaste, durante tantos años,
cómo yo iba tejiendo el absurdo tapiz
de todos mis enredos y mentiras.

EL PADRE DEL ESCRITOR
Yo heredé la sintaxis del silencio,
la tímida sonrisa y el miedo en la mirada.
Pero aprendí también lenguajes extranjeros
(malditos sean hoy)
que nunca pudiste entender
(sean malditos siempre).

Mentir se ha convertido en mi oficio.
Y la vergüenza es mi jornal,
que tu mano sedada
me entrega sin quererlo.

ETIMOLOGÍA
Si las palabras tienen una raíz,
tu cuerpo sedad es el árbol;
yo soy la hoja que tiembla.

Si las palabras tienen una raíz,
tu silencio es el barro donde beben,
y mi garganta entonces el sarmiento
donde sin ruido estallan estas flores.

Si las palabras tienen una raíz,
mis dedos son el tallo que se quiebra
cuando poso mi mano en tu corteza.

LA CUEVA
Hoy, lo que más te duele de tu muerte
es molestar la vida de tus hijos.

Si pudieras, irías a vivir a una cueva:
como el animal que se sabe acabado,
buscarías los hilos de la sombra
y con ellos te harías un ovillo.

Esa madeja oscura
araña el interior de mis arterias
y en silencio susurra las palabras
que se atascan al fondo de tu boca:

"No quiero molestaros; seguid con vuestra vida.
Qué vergüenza estar muriendo,
qué manera de estorbar a todo el mundo,
qué vergüenza estar desnudo y ser cuidado.
Qué incordio molestaros de esta forma,
romper así los hilos,
la trama de todo eso que os importa:
el trabajo, la vida, los amigos.
Mejores cosas tendréis que hacer seguro
que estar en esta cueva, que ver cómo me muero".

Hoy, lo que más me duele de tu muerte,
es saber el dolor que se anuda en tu gargante,
con el mismo tejido que la mía.

CUERDAS VOCALES
 Tu idioma paterno era el silencio.
Yo lo heredé;
y lo guardé en aquel cajón oscuro
donde nada ni nadie,
donde toda la noche,
donde todos los años.

Hoy, en este hospital, junto a tu cama,
abro aquel cajón y veo en nuestros ojos
todos aquellos hilos enredados.

Qué tiempo oscuro, cubierto de polvo,
de agujas y botones,
los fue anudando así;
con qué dedos,
qué ácaros de amor
laboraron tantas madrugadas
tejiendo los hilos
ovillando lo suelto
en la caja torácica.

El nudo,
el dique amontonado del torrente;
la oclusión más alta
trepando por las cuerdas de la voz.

NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS
Si yo fuera Manrique, 
podría con tu muerte hacer un monumento,
una magnífica catedral de piedra
plantada sobre el tiempo de los hombres
para que fuera eterna tu memoria.

Si fuera yo Manrique, aprendería
de tu muerte las grandes lecciones de la vida;
y no me quedaría aquí callado,
viendo contigo el último partido
que perdió, otra vez, el Cartagena.

Si yo tuviera el genio de Manrique
y el don de la poesía
diría que tu vida es un río
que ya está llegando al mar.

Nuestra mar azul del Mediterráneo,
donde un día tus manos elevaron
el cuerpo de aquel niño que no sabía nadar,
y nunca el sol brilló más alto sobre el cielo.

LAVANDERÍA
No vino, como hizo con don Rodrigo Manrique,
la muerte, a presentarte sus respetos.
No hubo escenas de honor y de grandeza,
ni heroísmos o corteses reverencias.

Fue tu muerte un susurro en los pasilos,
un bostezo de anfibios y de estrellas
que ordenó tu silencio en sus estratos.

Fue tu muerte un trámite civil de clase media
bajo una luz halógena y sedada,
y el triste madrugar de los tranvías.

Fue un dolor vertebral y de apellidos
imprimido por tres en formularios;
una cama libre en la planta de oncología,
unas sábanas en la lavadora girando,
sumergidas en agua y en jabones,
hasta que ningún resto de tu cuerpo
quedó entre los perfumes de lavanda.

RETRATO DE MI PADRE
No recibiste medallas ni aplausos,
ni la vida de la fama te espera.

Dicen los sabiso que ni el bien ni el mal existen
pero tú, simplemente, fuiste un hombre bueno.

El mundo ha dado a luz esa palabra
para que yo la escriba en estos versos
y la ponga sobre tu frente con mis labios.

Machado nació y escribió su autorretrato
solo para que yo pueda hoy decir
que tú, simplemente, fuiste bueno.

Platón y Aristóteteles y Descartes,
Rousseau y Kant y Maquiavelo,
y todas las lenguas romances y sajonas,
y todo el pensamiento de oriente y de occidente
nacieron, y amontonaron libros y palabras,
argumentos, páginas y conceptos,
solo para que yo pueda hoy decir
que tú, honestamente, 
en el buen sentido de la palabra
fuiste, ante todo, un hombre bueno.


EL HEREDERO EGOÍSTA
Maldito sea el poema,
porque has tenido que morir
para llegar a estas palabras.

Maldito sea el poema avaricioso
porque eres tú quien está muerto,
y soy yo quien escribe tu ausencia
y está vivo;
y aquí, en estos versos,
tu ausencia es solo mía.

Maldito el infantil egoísmo del poema
que desarma el juguete del recuerdo,
lo desnuda, lo viste, y lo hace eterno.

Maldito sea el poema,
porque en él tu silencio se traiciona
y en amor lo convierte
para que hoy me sirva de consuelo.

EL NUDO.
Diego Sánchez Aguilar.
Eolas Ediciones, 2024.
Premio Antonio González de Lama 2023

jueves, 3 de mayo de 2018

Homenaje de Manuel Vilas a su madre, a nuestras madres.

974310439

Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,
aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida
en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba
en mi matrimonio y en todas partes
y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,
me veías beber esos licores fuertes,
me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,
que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber
si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;
yo te lo diré: a nadie.

De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado,
arrodillado
para la decapitación,
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi nombre,
nuestro nombre.

No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno,
te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar,
lo habrías tirado por la ventana,
como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en Oriente,
tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre
porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley,
poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,
siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,
porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga aprobación,
cuya moralidad no es de este mundo.

Sabedlo.

Tú, que me amabas hasta la desesperación.
Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y oscura vida,
llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,
y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente
he acabado sabiendo,
igualado en ese conocimiento
al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio,
como ya escribí en un poema con ese título,
en el que hablaba de tu marido, mi padre,
a quien también quemamos,
unos mil grados alcanzan esos hornos.

Mi gran padre, del que tú te enamoraste —vete a saber por qué—
en mil novecientos cincuenta y nueve,
y a quién demonios le importa ya sino a mí,
el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada
un domingo
por la mañana
de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,
lloviendo,
en una primavera inesperadamente fría,
mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata
—mira que somos pobres— en el fuego final,
al que mi hermano y yo
te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios
antiguos y acabados,
pero aún conscientes los míos;
los tuyos,
venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este:
la envidia que me diste, la codicia de tu muerte,
codiciando tu muerte,
porque me dejabas aquí,
completamente solo
por primera vez
un nuestra larga historia de amor,
y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres
que querían acostarse conmigo,
hacer el amor conmigo,
y eso acabó siendo mi vida,
cuando yo solo quería
estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.
Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,
en una culpable tarde de primavera
en donde comienza el mundo,
en donde para ti acaba el mundo,
en donde para mí ni acaba ni comienza
sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,
donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, en ese sitio tan nuestro,
tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Ah, se me olvidaba: podías haber dejado algo
para pagar tu entierro,
no sabes lo mal que me va y lo pobre que soy,
mira que fuiste manirrota y derrochadora,
y lo que vale
el ataúd más económica,
como dicen ellos, los caballeros dulces de la funeraria.

Mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,
ma mère, en esta España de granes hijosdeputa enriquecidos
hasta la abominación.
Y aun así, pobres como ratas tú y yo,
mantuvimos el tipo,
como dos enamorados.

Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero
o te quise, ya no sé, y a quién le importa,
desde luego no a la Historia de España,
nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba
la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.

El hundimiento. 
Manuel Vilas.
Visor, 2015.