Estas son palabras privadas que te dirijo en público.
T.S. Eliot
Detalles sórdidos a continuación.
David Bowie
Puedo olvidar tus infidelidades
y los reproches injustos y sucios
que solo buscaban hacerme daño.
Puedo perdonarte tus bofetones
y los accesos de ira o los insultos,
las garras afiladas y los mudos
mohines emponzoñados de desprecio.
Puedo olvidarme también de que luego
hicieras trampa, contando mentiras
y buscando tanta compasión hacia
tu persona como desprecio hacia la mía.
Puedo perdonar que me prometieras
tanto para no darme luego nada.
Puedo perdonártelo todo,
incluso que tu manía de amar
sin querer (en los dos sentidos:
ausencia de intención y falta
de afecto) haya acabado con lo nuestro
para siempre de forma tan dolosa.
Pero lo que no te voy a perdonar
nunca en la vida, así pasen veinte años,
es que me hayas enseñado a sentir
y ahora no pueda, sin más, borrarlo,
a mí, que estaba muerto (y tan a gusto)
por dentro, y luego me hayas olvidado
a la intemperie, desahuciado, blanco
fácil y seguro de cuanta mierda
sensiblona desborda el mundo:
diana fácil de oenegés y mendigos,
víctima propicia de amigos jetas
y mujeres malvadas y preciosas
que solo tienen que seguir tus surcos,
arar poco para sacarme fruto.
Es decir,
que puedo perdonarte todo menos
que me hayas convertido en menopáusico
prematuro, enamorado, en general,
del mundo, que queda fatal tratando
de poner carita de inconsolable
tipo duro. En definitiva
y por ir terminando: te perdono
todo menos que hayas hecho que pueda
ser feliz ahora que te he perdido
y, por tanto, he dejado de merecerlo.
Lo dice todo el mundo: ya no soy el que era.
Me llamo como el otro,
uso su ropa,
vivo en su casa y firmo lo que escribe;
pero el resto es distinto,
tiene razón la gente.
El hombre que creía
que nada más que el miedo consigue que las cosas
parezcan lo que son;
el hombre al que admiraban igual que a los delfines
que escoltan a los barcos sin saber dónde van;
el que calmó su sed
como quien bebe el agua de un vaso donde hubo
unas rosas cortadas;
o el que aún no sabía
que resulta imposible ser uno mismo a solas;
ése, ya no soy yo.
El hombre en cuya mano estaba escrito:
-No hay vida más vacía que una tumba sin flores.
El que no sospechaba
que ser independiente
es poder elegir
a quién necesitar.
El hombre con dos caras que jamás era él mismo.
El hombre que quería estar solo y no pudo
porque ya no quedaba sitio en la soledad.
El hombre que pasaba de largo por los otros.
El hombre que no supo
que el silencio no estaba nada más que en su oído.
El que ya no creía.
El que no te esperaba...
Pregúntale a cualquiera. Lo dice todo el mundo:
-Ya no eres ni la sombra del que fuiste,
desde que esa mujer está a tu lado.
Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.
Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.
Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.
Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.
Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.
No me pidas lo imposible No me pidas lo imposible: porque bajarte la luna, limpiar tu cueva de dragones, partirte en dos follando o amarte con la fuerza de los bares son hitos al alcance de cualquiera, promesas que no valen nada. A mí déjame demostrarte que, sin dejar de ser un niñato, me has hecho un hombre, pídeme gestos de épica cotidiana y prometo ser tu héroe siempre que no tenga excesiva resaca. Pídeme lo posible: que vaya a las fiestas de tu pueblo y visite sobrio a tus abuelos, que baje un poco la música, que no coma tanto y me pierda alguna vez algún partido. Que te baje una comedia romántica y haga el esfuerzo de empezar a verla. Dime que te cuente cómo me ha ido en el curro, que no hable tanto de política y que deje el móvil mientras comemos. Pídeme que te pida que te cases conmigo. Pídeme que me corra dentro.
(Diario de un puretas recién casado.
Ediciones Liliputienses, 2016)
Escrito a raíz de la traducción de María López Ponz de este poema de Ana Castillo:
Pido lo imposible
Pido lo imposible: ámame siempre.
Ámame cuando no nos quede el deseo.
Ámame con la dedicación de un monje.
Cuando el mundo en su entera totalidad
y todo aquello que te es sagrado vayan
en mi contra: ámame aún más.
Cuando la ira te invada y no tenga nombre: ámame.
Cuando cada paso desde casa al trabajo te agote:
ámame; y recórrelo de nuevo.
Ámame cuando te aburras—
cuando cada mujer que veas sea más bella que la anterior,
o más patética, ámame como siempre lo has hecho:
no admirándome ni juzgándome, sino con/ la compasión callada
que guardas para ti.
Ámame mientras saboreas tu soledad,
la anticipación de tu muerte,
los misterios de la carne, que se desgarra y remienda.
Ámame como al recuerdo más preciado de tu niñez—
y si no encontraras ninguno—
imagínalo e imagíname contigo.
Ámame ajada como me amaste fresca.
Ámame como si fuera eterna—
y yo haré de lo imposible
una mera acción,
amándote como lo hago.