ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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sábado, 17 de junio de 2023

PUNKI: UNA HISTORIA DE AMOR (Juarma)



Mirar cicatrices, las de fuera y las de dentro, se parece a rebobinar un casete con un bolígrafo. A Paula todos la llamábamos Pauli de niña. Luego, cuando se hizo fan de Nirvana, se empeñó en que la llamásemos Polly, como su canción favorita. Y con ese mote se quedó. Éramos amigos y vecinos. Nos criamos juntos. No hay ningún buen recuerdo en mi niñez y mi adolescencia donde no esté ella. En preescolar me corté el flequillo con unas tijeras de punta redonda y me pinté las uñas con rotuladores de colores. El tutor me castigó cara a la pared en una esquina y el resto de la clase se empezó a reír de mí, coreándome: «¡Mariquita, mariquita!». Polly se cortó el flequillo, se pintó las uñas y la cara con los rotuladores y el tutor la sancionó a mi lado. Los demás niños cerraron la boca. En 3º de EGB, Polly le prendió fuego a una papelera en clase y nos desalojaron del aula. Cuando nos alinearon en el pasillo para encontrar al culpable, Polly gimoteó y dio un paso al frente. Al verla, también di un pasito valiente y nos castigaron a los dos a un mes sin recreo. En 5º de EGB, Polly y yo nos sentábamos juntos y nos pasábamos cartas perfumadas durante las clases. Con un pintalabios, las llenábamos de besos, cada carta con su boca correspondiente. Un día el profesor nos pilló una y quiso humillarnos leyendo en voz alta el contenido. La cara le cambió cuando abrió el sobre y vio una caricatura suya, ahorcado en un árbol, con la picha por fuera y un letrerito que decía: DON JOSÉ LUIS ES GILIPOLLAS. Nos castigaron y nos prohibieron sentarnos juntos el resto de la EGB. En 7º de EGB, mientras amontonábamos palés, maderas y ramas de la tala de los olivos, arbulagas... para la hoguera de Las Candelarias, me caí de boca en Cuesta Colorá cuando arrastraba un hatillo con un hierro y una cuerda. Me hice polvo la cara. Al día siguiente en el colegio Polly me preguntó si me lo había hecho papá e hizo planes para que nos escapásemos juntos de Villa de la Fuente, con 500 pesetas que le regalaron por su cumpleaños." (...)




Polly se compró la cinta original del Dookie de Green Day. A mí Green Day no me gustaba demasiado, pero los prefería a Nirvana, Pixies, R.E.M. o The Smashing Pumpkins, que era lo que ponía cuando nos encerrábamos en su habitación a beber lo que tuviese su padre por casa. Para convencerla le dije que Green Day tenía una canción que me parecía preciosa, «She». Era la primera de la cara B. La pusimos. Estábamos sentados en su cama. Cogí el libretillo de la cinta y nos preparamos para escuchar con atención mientras cantábamos la letra. She... she screams in silence... Luego la letra se complicaba y nos reímos. Entonces Polly me cogió de la camiseta por el pecho, tirando hacia ella, con los labios plantados frente a mi cara para besarme. Para mí ese instante fue como estar en el cielo. Pero empecé a temblar y cuando nuestros labios iban a unirse por primera vez, me aparté y le puse la mejilla. Ella se ruborizó y me sentí un idiota. No volveríamos a estar tan cerca como aquel día cuando sonaba «She» en su habitación, rodeados de sus pósteres de Kurt Cobain. (...)


La Quinta del 98 éramos zagalillos del pueblo, nacidos en 1981, con dieciséis o diecisiete, dependiendo del mes en que cumpliésemos años. Nos compraban o prestaban trajes, imprimíamos camisetas conmemorativas, sacábamos fajos de tíquets de cubatas, todos los que tus padres pudieran pagarte, contratábamos a dos músicos, uno con guitarra y otro con acordeón y cantábamos por las calles y nos pasábamos las horas en los bares, en casas de otros quintos o en la discoteca de la Chari. Con dieciséis o diecisiete años tenías carta blanca de la sociedad para demostrar tu hombría bebiendo como un descosido. Unos se iban de putas al Paradise, otros se hinchaban a cubatas y porros, otros le daban a la farlopa, a los éxtasis, a los tripis... y algunos le pegaban a todo a la vez. Cinco días con sus noches. Así te hacías un hombre. Rober, Miguel y yo decidimos pillarle un gramo de farlopa al Golosinas en honor a San Isidro Labrador e hicimos un mocho. A regañadientes y casi obligado, le tocó a Miguel el Vuelcavasos ir a buscar la coca, porque era el más echao pa’lante de los tres. Qué gusto daba pillar farlopa a esa edad. Qué emociones tan tontas y qué bien te sentaban esas rayas. Cómo se te atravesaban en la garganta como si fuesen puñales. Cuando te envicias con la farlopa vas buscando esas sensaciones de las primeras veces, pero ya te puedes meter cuatro gramos durante un fin de semana empalmando las noches con los días, que no vas a percibir lo mismo. (...) Joder, qué buenísima estaba entonces la coca y qué bien te sentaba. Cómo no me iba a enamorar de ella. Cómo no se iba a convertir en el amor de mi vida. Cuando volvimos al Nacimiento nos sentíamos mil veces más seguros de nosotros mismos, con nuestra armadura de mentira. Por unos instantes nos creíamos menos pringaos. Desconocíamos lo mentirosa que era la farlopa y cómo te podía joder la puta existencia entera. (...)

Aunque Polly se hacía la dura delante de otras personas, era tan insegura y frágil como yo o cualquier otro adolescente. Polly estaba más integrada en el pueblo y me relataba cómo eran en realidad todas esas personas a las que deseaba parecerme. Me advertía de que cuando alguien se daba la vuelta todos empezaban a criticarle y sacarle defectos, creándoles complejos. No se libraba ni Dios. Todo era falso, nadie estaba tranquilo y ni sabían quién iba de buenas o quién de malas. Me contaba como ella y sus amigas aprendieron a vomitar después de comer porque una de ellas les había dicho que así podían adelgazar. Años haciéndolo y no sabían ni que eso se llamaba bulimia y era una enfermedad. Las chicas sufrían presión social con el físico. Polly decía que lo peor de todas esas hipocresías e inseguridades era que aparte de volverte una acomplejada y no fiarte de nadie, te cambiaba el carácter, te modificaba el comportamiento y hasta la postura. Si a alguna le decían que tenía pocas tetas, se quedaba erguida, así con la chepa, para que no se notase. Si a otra le decían que igual sus orejas eran grandes, ya se dejaba siempre el pelo suelto. Si cerraban las piernas y se les quedaban un poco separadas es porque habían follado y cuanto más separadas las tuviesen, era porque más lo habían hecho. Como nadie les explicaba las verdades pensaban que la gente creía que eran unas putas. Cuando se encontraban con alguien, sus amigas y ella se colocaban en mil posturas diferentes, cruzaban una pierna, se ponían de puntillas, lo que fuese con tal de que no se les viera el hueco ahí. También me refería que las compresas eran muy malas, un algodón delante y otro detrás y se manchaban. Todas las chicas iban con camisetas o chaquetas atadas en la cintura. Les agobiaba que se les acercara alguien. Se ponían la ropa de sus hermanos porque era más ancha. Igual Polly se hizo grunge por eso. Si se juntaban con tíos les decían que eran marimachos o lesbianas, como si acaso eso fuera algo malo. No era fácil ser chica a finales de los noventa en Villa de la Fuente. (...)

A los traumas de niño y los de adolescente luego he añadido los de mayor. Mi cabeza es una coctelera con complejos y nitroglicerina. (...) Odio cuando se va apagando el fuego, porque las llamas se transforman en vergüenza y culpa. La vergüenza me pinta la cara como a un payaso y la culpa es un palo con la punta afilada que se hunde en mi pecho, provocándome escalofríos en las entrañas. (...)

He sido callado desde niño y nunca le he contado a nadie lo que hago o dejo de hacer. Ni siquiera a mis amigos o a mis parejas, hombres o mujeres. Me cuesta abrirme a los demás, mostrar mis sentimientos, jamás he sido capaz de decir un simple te quiero. Es mi mecanismo de autodefensa. Tus errores, tus debilidades o tu pasado son herramientas para que otras personas te hagan daño. Pero a la larga, esto ha sido como poner microexplosivos en mi organismo que estallaron todos a la misma vez. Cuando era adolescente mis amigos tenían tantos problemas como yo, no hablábamos de nosotros, no nos preguntábamos unos a otros ¿cómo estás? Estar puteados y callarnos el sufrimiento era el pegamento que nos unía. Sé que a veces sospechaban cosas, o había situaciones que no era capaz de explicar u oían rumores. Pero si mirabas para otro lado, las preocupaciones parecían desaparecer. Ni tan siquiera a Polly, a quien se suponía que se lo contaba todo, podía decirle la mayoría de mis secretos porque temía que se fuese de la lengua. Era un anarquista menor de edad, atrapado en mis contradicciones, maltratado por papá, que follaba con fascistas a cambio de droga. Como para haber ido a ver a don Alfonso, el médico de cabecera, a punto de cumplir diecisiete años para explicarle por qué estaba deprimido. Mamá se había quedado en casa con Ángela, que todavía no tenía edad de pindonguear. Ni en un día de feria papá era capaz de salir con mamá a la calle y tomarse algo juntos, no fuera a ser que alguien la mirara. Estar en la cárcel es horrible, pero ahí no tienes elección. Es lo que hay. Pero ser mujer y acabar atada a un tarado celoso y posesivo como lo era papá se debe parecer a estar en prisión. (...)

Todas las cosas son para toda la vida. Todos los golpes, los malos momentos y los buenos, dejan marcas y heridas, algunas de las cuales nunca cicatrizan. Pero esas, al contrario que los tatuajes, no se ven. Puedes esconderlas y que nadie las descubra, mientras te gangrenan por dentro. (...)

Solo quiero estar bien. Pero como no sé lo que es estar bien y jamás he estado bien, cuesta mucho, porque lo desconozco, es una isla utópica. El estado de WhatsApp de Rachid es: «Lo importante no es cuántas veces te caes, sino cuántas te levantas». Y en este taxi, el día que cumplo treinta y siete años, he conseguido ponerme en pie. Para poder erguirme y sacar fuerzas para dar un paso hacia delante he tenido que romper con todo, escapar de mi entorno, dejar atrás a las personas a las que quiero. Quizás irme lejos es la única forma de curarme, por más que me duela o añore a Sarah. Uno nunca deja de querer, sino de estar. (...)
Punki: una historia de amor.  
Juarma. 
Blackie Books, 2023 

sábado, 6 de abril de 2019

DESPIECE DE "CAMBIAR DE IDEA" (AIXA DE LA CRUZ)

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Me ha encantado esta crónica de la zozobra millennial desde un enfoque feminista autocrítico que es Cambiar de idea de Aixa de la Cruz. Está escrito con inteligencia, rabia y cinismo y solo tiene el pequeño defecto de dejarte con ganas de más. A continuación, como siempre, dejo algunos de los párrafos que me han parecido más potentes  y menos decisivos en la trama, si es que la hay:
June dice que estas historias contienen el sustrato de un buen cuento. June grita que solo escriben autoficción los señores aburridos y solemnes, y las señoras judías. Que Vivian Gornick no tiene ni idea de lo que es una madre difícil. Que visto el fracaso cosechado, quizás vaya siendo hora de subastar nuestras vísceras. En pleno apogeo etílico, todo el mundo habla de lo mucho que quiere escribir, pero nadie escribe. Surgen otros planes. Me ofrecen cocaína, por ejemplo, y mi atención se dispersa. Monologo ante un cargo de Podemos. Le reprocho que su formación no esté capitalizando los resultados que obtuvieron en Euskadi. Me siento una autoridad en la materia hasta que confieso que yo jamás los he votado, y me da la risa. Hay una chica que está de MDMA por primera vez y le encanta el tejido de mi camiseta. Le encantan los letreros luminosos que se ven por la ventana, las cosquillas de un reguero de sudor que le atraviesa la nuca, las imágenes ralentizadas como si el cinematógrafo se hubiera atascado. Me da envidia y quiero estar en su cuerpo, así que engullo una piedrita de cristal a pesar de que las drogas ya no son lo que eran antes. Me arrepiento ahora de la resaca de mañana. (...)
Hace casi un año que no veo a casi nadie. La redacción de mi tesis me tuvo recluida de enero a junio, diez horas al día en mi burbuja frente a la playa en invierno, con el teléfono apagado, el pelo sucio y una alimentación paupérrima a base de latas de atún que ha transformado mis pechos en dos legajos de piel con pezones; seis meses de exención de cuidados hacia fuera y hacia dentro. Soñaba con la fecha en la que depositaría mi tesis, con las vacaciones, con retomar el contacto con mis seres humanos afines, pero no he sabido volver. Sigo desnutrida, indiferente, sin ninguna obligación y siempre demasiado ocupada para quedar con mi madre o responder a un maldito mensaje de WhatsApp. (...)
La autocompasión me pega mucho más fuerte que las imágenes sensacionalistas, peor que la sangre y la carrocería deshecha, y llegan las reacciones somáticas que buscaba. (...)
Declamo entre hipidos: ¿qué pensará de mí? ¿Qué se piensa de alguien que tarda diez días en contestar al anuncio de que casi mueres? Porque tiene desactivado el doble check, o sea que no podía saber si había abierto el mensaje o no, si estaba siendo una hija de puta o una grandísima hija de puta. Iván y June me observan atónitos desde el sofá. La sorpresa les borra los signos de resaca. Dejan de ser cadáveres hermosos, con las líneas de expresión difuminadas por la sobrecarga de serotonina, y hacen muecas, activan sus músculos faciales y sus arrugas de cuasi-cuarentones para procesar mis mañas de cuasi-treintañera. (...)
Soy hija de los miedos de mi madre, quien afirma que ser madre es descubrir el miedo. Su lema antes del parto era «Lo que tenga que pasar, pasará». Su vida después del parto fue la de un guardaespaldas. (...)
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Lo que no aprendí de aquel accidente lo he aprendido autolesionándome. Nunca me he hecho cortes en los brazos, no fui una adolescente lánguida que se infecta los muslos con las cuchillas de afeitar de su padre, pero me arranco pedazos de mucosa labial, abro surcos de varios milímetros en la cara interior de mis labios, me arranco las costras de las picaduras de insecto, pido que me marquen con la fusta, sin tonterías, llagas rojas y en relieve, y he entrenado hasta hacerme daño, o para hacerme daño. (...)
Más tranquila que antes, comprendo que esta frialdad con la que escudriño el sufrimiento ajeno es un músculo que llevo tiempo entrenando, el que me ha permitido mantener la cordura en un escritorio en el que se mezclaban los post-it de colores con los abusos a prisioneros de Abu Ghraib y en el que el reproductor rebobinaba sin descanso escenas de tortura, de ficción y de no ficción, interrogatorios de Homeland y decapitaciones del ISIS, la ejecución sumaria con la que abre la quinta temporada de The Walking Dead y las amenazas en 8mm del cartel de los Zetas. Me he acostumbrado a diseccionar la violencia, a tomar notas sobre encuadres y planos, porque era mi obligación, porque elegí que mi tesis versara sobre representaciones culturales del terrorismo y no sobre la evolución del soneto petrarquista. Asume las consecuencias. (...)
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Decirle que este relato sobre cómo la traen y la llevan, la abren y suturan y vuelven a abrir con el consentimiento de terceros porque ella está inconsciente me ha hecho entender mejor a Foucault es tan inapropiado como relatarle mi fin de semana. Es lunes de Semana Grande y anoche me acosté por primera vez en cuarenta y ocho horas. Blue monday. Me he tomado los restos de speed que sobraron para hacer frente a esta visita y apenas puedo mantener la atención. Aunque los químicos tiren hacia arriba, mi cuerpo tira hacia abajo con más fuerza. (...)
nunca tenemos estómago para lo que el poder hace en nuestro nombre, pero hay que seguir leyendo: que el olor y el estado de Abu Zubdayah, el primer detenido en relación con el 11-S, hacía vomitar a los analistas que entraban a verle, que los soldados intercambiaban fotografías de guerra por suscripciones a portales de hardcore porn, que muchos hombres estadounidenses se querían masturbar con la imagen de una chica iraquí que acababa de perder una pierna y, con ella, sus bragas. Aún parece imposible, pero acabaré dándole la razón a Sontag y encontrando paralelismos entre las celdas de Guantánamo y nuestros dormitorios heterosexuales; cambiaré de bando crítico, regaré mis bonsáis con la sangre de mi endometrio, me volveré una antena que capta y depura las historias de terror que la rodean, me haré radical y adulta (...).
Bloqueo el teléfono y lo arrojo al bolso con una cólera explosiva que me asusta y que debería someter a análisis, pero entonces pasa una veinteañera frente a la cafetería en la que estoy desayunando y se me olvida el berrinche. Tiene las piernas finas y compactas, la piel brillante, gotas de sudor entre las tetas. La miro con tanta violencia que la diseco. Ella no lo sabe, pero está cubierta de alfileres como una mariposa en su vitrina, clavada para que la admire. Aprieto unas mandíbulas que son cepos de caza. No es particularmente linda, pero es muy joven y las chicas jóvenes son como el placer de pisotear castillos de arena. Hasta hace muy poco yo también era así, un cuerpo que despiezar, y recuerdo que la noche en que nos conocimos Muriel me miró del mismo modo en que ahora miro a esta y a otras chicas, con la intensidad de un esclavista en el mercado. Hizo que me golpearan los nervios que te duerme una inyección epidural. Así que un parto es lo contrario al sexo, y descubro que no me asusta mi propio parto como me asusta el de Muriel, porque mi coño es un órgano con funciones muy distintas, con menstruaciones y residuos de papel higiénico y sesiones de depilación y visitas al ginecólogo. (...)
Qué frivolidad, pero aún hoy es lo único que cambiaría de mi biografía. Cambiaría mi adolescencia de competir con las chicas guapas por una adolescencia de chicas guapas con las que poder tocarme. Quiero volver atrás y follarme a todas y cada una de las compañeras de clase que me putearon en el instituto. Y no estoy hablando de sexo de venganza, estoy hablando de enmendar la historia. Comencé la secundaria en el año 2000 y en Euskadi no existían ni el lesbianismo ni el bullying. Existían las camioneras y los matones. Las camioneras eran «mujeres con cuerpo de hombre», u «hombres con pechos»... No recuerdo la definición exacta que en algún momento me ofreció mi padre. Los matones le rompían las gafas al chico miope de primera fila, vendían hachís en el patio y era mejor no mirarles directamente a los ojos porque, a la mínima, te esperaban a la salida con su séquito de bestias fieles. Si eras hombre, te pateaban hasta que vomitaras el almuerzo y, si eras mujer, te humillaban en función de tu físico: si fea, con insultos; si guapa, manoseándote como a un paso de la Semana Santa de Sevilla. Utilizando las mismas estrategias que años después me permitirían salir indemne de los peores afters de la ciudad, con sigilo y tacto, me libré del acoso masculino, que era un acoso tipo slasher. El que sufrí a manos de la comunidad estudiantil femenina, en cambio, era más de terror psicológico. (...)
Crecí rodeada de hombres porque las mujeres me daban miedo y no les perdí el miedo hasta que empecé a follármelas. Durante años intenté enmendar la historia así, seduciendo a las que me escaneaban de arriba abajo como si midieran al enemigo, porque el sexo permite que el poder cambie de bando y porque se me daba muy bien. Después de todo, había aprendido a mirarlas desde lejos, desde el lado contrario, como esperaban que las mirara un hombre. Solía llevar la cuenta del número de chicas heterosexuales a las que convertía, como si mi proyecto fuera un proyecto de evangelización. (...)
Al igual que hay falsos suicidas, de esos que dejan la puerta del baño abierta para que alguien los rescate a tiempo, hay falsos fugitivos, escapistas que desaparecen para que los busquen. (...)
Tuve que lidiar con muchos dilemas morales, pero el machismo que lo impregnaba todo jamás me molestó como me molestaba la lentitud burocrática o las chabolas que no tenían aislante en las paredes y sí antenas de televisión satélite. Por aquel entonces no me consideraba feminista. Ni siquiera me gustaba ser «mujer». «Mujer» era un partido que no representaba mis valores. (...) llego a casa odiando a México porque es una fábrica de asesinos, un país donde cualquier hombre es culpable por el simple hecho de serlo y donde el patriarcado es tan brutal y hegemónico que muchas mujeres ni lo intuyen. Ya no me quedan patrias. He renegado de todas, incluso de las que elegí. Eso me digo mientras enciendo el ordenador y las pestañas abiertas se van cargando, una a una, con fotos postapocalípticas. El terremoto fue hace quince minutos pero yo tiemblo ahora. Comienza la rutina que nos han inculcado los ataques yihadistas: mensajes en redes y en WhatsApp buscando la confirmación de que a ti no te ha tocado el boleto. ¿Estáis todos bien? Es obvio que no están todos bien porque hay balance inicial de muertos, pero se sobreentiende que uno pregunta por su agenda de contactos, por su banda. (...) 
Desde que me fui de casa de mis padres, he vivido en siete ciudades distintas y en ninguna de ellas más de nueve meses. Los mejores, o los que más idealizo, son los que pasé en Granada mientras estudiaba el máster. Tenía veinticuatro años y una asignación de seiscientos euros al mes que se estiraba milagrosamente gracias a un alquiler simbólico, a las tapas generosas y a las compañeras rusas y alemanas que venían de la cultura del frío y tenían la costumbre de celebrar fiestas en sus apartamentos con galletas que horneaban ellas mismas. No dependía de nadie y no quería demostrar nada. Había escrito dos novelas y ninguna había funcionado. Tras el enésimo rechazo editorial elegí rendirme, opté por la carrera académica, donde sobresalía sin ningún esfuerzo, y descubrí la paz, un egoísmo risueño con el que la vida era solo un ratito, pero qué ratito. (...) 
Descubrir de golpe, a los veintitrés años, que la gente te desea es como intoxicarse de una droga que tu organismo no depura, que permanece en sangre y modifica estructuras cognitivas, tu forma de hablar y de moverte, y te imbuye de un poder terrible y sin propósito, como si tuvieras un millón de billetes de una divisa que solo sirve para comprar chucherías, y te atracaras. Todo lo anterior, lo que se consideraba extraordinario para alguien tan joven, como haber viajado y recibido premios y publicado libros, me parecía una pérdida de tiempo. Acababa de salir de la cárcel. (...) Tenía habitación y cama propias. Por las mañanas asistía a clases de materialismo cultural y teoría feminista y de género y adquiría el marco teórico que aportaba trascendencia a cuanto hacía por las noches. (...)  Disfrazarse de objeto era lo mismo que ser un objeto pero con distancia irónica. Las colas para entrar en locales de moda se acortaban, los camareros te servían al instante y con una sonrisa de anuncio, e incluso los trámites administrativos eran más rápidos. No había de qué avergonzarse porque me había acostumbrado tanto a la atención masculina que la desdeñaba. Confundí mi afición por los retos difíciles con lesbianismo. Aunque no, nunca utilicé esa etiqueta. La orientación sexual era un continuo y me estaba acercando al polo opuesto del que partí. El polo de partida nunca fue real. (...)
 
No hay manera de enfrentarse a lo nuevo sin compararlo con lo conocido. Ya me pasó en México. Me costó entender que el paisaje existiera por sí mismo y no como una antítesis de Europa, que hubiera estado antes y no después, y aunque aprendí a observarlo desde dentro, la semana pasada visité Lima y todo lo que encontré en Lima fue el DF. Mi experiencia de Perú fue la experiencia de no estar en México, y algo similar me ocurre aquí, en Sevilla, que no es ni Córdoba ni Granada. La cerveza te la sirven sin seseo ni aperitivo y yo también soy otra. Ya no tengo veinte años ni se me dilatan las pupilas con cada detalle. Estoy de paso y cansada. (...) Está mi fobia al ruido, los colapsos tras esa fiesta en la que había demasiada gente y la necesidad de vivir aislada para purgarme, veinticuatro horas de silencio tras una reunión familiar, cuarenta y ocho tras un vuelo con turbulencias. Siempre que aterrizo pienso que voy a morir y descubro que no me importa demasiado. De hecho, me embarga una paz hipnótica, de benzodiacepinas o de domingo a la mañana cuando la casa está tan sucia que no importa arrojar una colilla más al piso. Pero después, durante días, recuerdo el episodio y me tengo miedo.
Cambiar de idea.
Aixa de la Cruz.
Caballo de Troya, 2019. 

domingo, 7 de octubre de 2018

LA NOCHE DE LA PISTOLA (David Carr)

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Para un adicto, la elección entre la cordura y el caos, a veces, es un rompecabezas. (...)
El meme de la degradación seguida de la salvación es un recurso tradicional, pero ¿transmite la complejidad de lo que realmente sucedió? A todo el mundo le contamos lo que necesita saber, incluyendo a uno mismo. En Notas del subsuelo, Fiódor Dostoievski explica que el recuerdo -incluso la memora- es fungible y que, a menudo, deja fuera verdaes atroces. Escribe: “El hombre está obligado a mentir sobre sí mismo”. (...) La gente recuerda más a menudo lo que puede soportar que lo que fue en realidad. (...)

Ser drogadicto es ser una especie de acróbata cognitivo. Difundes versiones de ti, y das a cada persona la verdad que necesita oír -la que necesitas tú, en realidad- para mantenerlos a cierta distancia. (...)
La adicción, que Oliver Sacks define como “una forma de catatonia autoinducida, una acción repetitiva y rayana en la histeria”, es un poco obsesiva. (...) Yo bebía y me drogaba por el mismo motivo que un niño de cuatro años da vueltas sin parar hasta que se marea: porque me gusta sentirme de otra forma. (...)

Todos los drogadictos se forman en el crisol del recuerdo de esa primera vez. Incluso cuando se atenúan las endorfinas, el recuerdo está ahí. Y empieza la búsqueda, a veces durante horas, a veces durante días; en mi caso, durante años seguidos. (...)
Con tratamiento o sin él, seguía viviendo conforme al credo de Emerson: moderación en todas las cosas, especialmente en la moderación. (...)

Nos decimos que mentimos para proteger a otros, pero lo normal es que el yo salga muy bien parado en el proceso. (...)

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La trayectoria del adicto es ya tan cercana y conocida como una película navideña: la infancia compleja, la degradación, la epifanía, la recaída, la redención definitiva. Los drogadictos muertos no dejan ningún rastro esperanzador, de manera que su narrativa la escriben personas capaces de ir a la televisión y actuar como charlatanes y aprovechar su humillación. (...)
El comienzo de la edad adulta es un proceso natural y paulatino. Nadie se despierta un día y decide: “(...) voy a apartar para siempre las cosas infantiles y empezar a recortar cupones para Wallmart”. (...) Pero ser un adicto significa no hacerse nunca a la idea de que se es adulto. (...) Si uno pretende avergonzarse lo meos posible y, al mismo tiempo, mantener apartada la madurez, necesita pensar que las actividades adultas son cosa de tontos, de pesados cuya idea de una noche loca es jugar al póquer con cuartos de dólar y beberse seis cervezas importadas antes de ver un rato de tele e irse a la cama. (...)

Uno no puede volverse normal a base de fingir que lo es. (...)

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Tuvimos unas peleas épicas. Empecé -y no hay eufemismo posible para decirlo- a pegarle.
Siempre me acordé de que la había pegado -enrojecía de vergüenza cada vez que lo pensaba-, pero me decía a mí mismo que siempre había sido en respuesta a alguna provocación física por su parte. Cuando volví a verla, supe, sin pensármelo un instante, que era mentira. (...)

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Si queremos saber cómo sería el infierno en la tierra para un drogadicto, podríamos crear una isla, llenarla de yonquis y luego soltar entre ellos un poco, no mucho, de sus sustancias preferidas. (...)
Eso del fruto de mis entrañas nunca me impresionó demasiado. Nunca he querido a mis hijas porque sean mías. Sería el padre adoptivo perfecto, quitando unos cuantos defectos un poco grandes. Me gustan los niños, me parecen fascinantes, y los aspectos de procedencia y la genealogía no me interesan en absoluto. Mis hijas fueron mías mediante una serie de actos de conocimiento público, y cuando más adelante, se puso en tela de juicio mi paternidad, me dio igual. No importaba lo que dijeran las pruebas. Sabía que eran mías porque se habían apoderado a pasitos de mi alma.
(...)
Parte del problema de la verdadera rehabilitación es que el adicto está atrapado en la misma retórica que cuando tenía recaídas constantes. (...) El toxicómano comparte el escepticismo de quienes lo observan. En parte, por motivos prácticos -tiene que completar la dura tarea de permanecer sobrio-, pero en parte también por algo místico. Unos tipos que parecía que estaban estupendamente (...) eran los que se tiraban desde un puente, se pegaban un tiro en la boca, sufrían una sobredosis. (...) La característica fundamental de alguien que quiere superar la adicción, o cualquier otro problema crónico de salud, es que está bien hasta que deja de estarlo.
A una persona normal eso puede parecerle completamente incomprensible. (...) Pero al adicto también le resulta desconcertante la gente normal. He visto a persona que se bebían una copa y media de vino y rechazaban el resto. ¿Qué sentido tiene eso?
La gente normal, los que no son borrachos ni drogadictos, cuando beben demasiado, tienen una resaca espantosa y deciden no volver a hacerlo. Y no lo hacen. Un adicto decide que ha habido algún problema con su técnica o con las proporciones. (...) todas las noches llenas de desperación y añoranza, seugidas de mañanas humillantes y agitadas, con juramentos salvajes de que nunca volverá a ocurrir. Pero ocurrirá. (...)

Pese a todos los avances que estaba logrando con mi familia y mi vida profesional, el infractor, el drogadicto, acechaba todavía en mi interior e intentaba tomar el control. Y ese sentimiento de ser un fraude es una pendiente tóxica y resbaladiza, que pone en peligro todo lo demás. Acudí a la consulta de Barb y le dije que quería ser el hombre que estaba fingiendo ser. 

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Tendemos a sentirnos indignos de las cosas buenas que encontramos en la vida, quizá porque, en nuestros momentos más oscuros, son muchas más de la que pensamos que merecemos. Tal vez parezca un poco exagerado, mucha jerga psicológica para un asunto que, en realidad, es blanco y negro -hay algunas personas, en realidad millones, que no deberían consumir jamás sustancias psicoactivas-, pero ¿cómo explicar, si no, que sean tan habituales las recaídas en personas que llevan sobrias diez años o más? Tal vez no tiene que ver con imperativos freudianos, sino con algo más sencillo: el hecho de que los seres humanos tienen tendencia a olvidar. Podría decirse que tuve un lapsus de memoria. 
(...)
La vida del borracho lanza pocas señales cuando las cosas no van bien. Los arrestos suelen ser un buen indicador, y yo llevabay ya unos cuantos. Otro sería la incapacidad de limitar la bebida a las horas apropiadas del día. (...)
El alcoholismo no requiere el grado de locura y anarquía que provoca la adicción a la cocaína, pero destruye tu vida ladrillo a ladrillo y te deja hecho un tembloroso y pobre desastre. (...)
La noche de la pistola.
David Carr.
(Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia).
LIBROS DEL K.O.