ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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martes, 31 de octubre de 2017

ELENA ROMÁN: ¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud?

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Aunque todos, sin excepción, son recomendables, me ha resultado especialmente interesante el último libro de Elena Román, ¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud?. Y eso que, a estas alturas, después de 17, ojo, 17 libros publicados y tantos y tantos premios* parecía difícil que consiguiera seguir sorprendiéndonos así, como si tal cosa. Sin embargo, sin duda, en este caso lo logra desde el principio y hasta el final, si es que alguna vez se llega al final de un libro tan inagotable como el subsconciente (y las teorías, inagotables y agotadoras, que lo abordan).  

*Entre los galardones recibidos destacamos el XXXV Certamen de poesía Manuel Garrido Chamorro, XXX Certamen de poesía Ángel Martínez Baigorri,  VI Premio de narrativa de Ediciones Oblicuas, XIII Concurso de cuento infantil Ciudad de Marbella, VIII Premio de poesía Luis López Anglada, XXVII Certamen Internacional de Poesía Barcarola, Premio de poesía Iparragirre Saria 2011, IV Premio de novela corta Ciudad de Noega, III Premio Internacional de poesía Blas de Otero–Villa de Bilbao, XXV Certamen de poesía Villa de Peligros, XX Certamen de relato corto Ategua, XIV Certamen de poesía María del Villar, XVII Premio de poesía Elvira Castañón, V Certamen de relatos Luis del Val, XIV y XVI Certamen de poesía Villa de Pasaia, y V Certamen de poesía Nené Losada Rico. Ha sido finalista de Premios de poesía como el Ciudad de Melilla (en tres ocasiones), Ciudad de Badajoz (en dos), Loewe, Ciudad de Torrevieja, Dionisia García, Nicolás del Hierro,  Ciudad de San Fernando y Ciudad de Mérida-Martín Romero... A estas alturas entenderán, por envidia (in)sana y necesidad de espacio, el cambio del tamaño de letra...


En esta ocasión logra llamar la atención (porque la calidad literaria, de nuevo, a estas alturas, se da más que por sentada) reuniendo una antología onírica de un periodo especialmente prolífico en sueños "enmarañados": el que va desde finales de 2015 a finales de 2016, posiblemente motivados por haber dejado el tabaco (desde aquí, nuestra enhorabuena). Así resume el proyecto nuestra soñadora: "para que me dé por perdida el psicoanálisis, prefiero seguir perdiéndome por la poesía".
Dejo a continuación una breve selección de un libro fascinante al completo: auténtico sueño hecho realidad, en sentido literal y figurado, para el lector más exigente.

ROCK CHINO  

Ana me ve mirando sus botes 
y me enseña lo que guarda tras ellos:
una pequeña tabla sobre la que hay
una maqueta compuesta 
por un pozo en un lado 
y unas viviendas en otro
(no pueden estar juntos porque,
según dice, están enfadados).
Me pregunto si no será en breve
el cumpleaños de alguien
para regalarle la tabla,
pero al sostenerla
se me rompe en pedacitos
y la vuelvo a dejar en su sitio.
Vamos a un restaurante chino
donde ponen rock duro
y descalzarse es opcional.
Cambiamos de mesa
una y otra vez
y eso equivale a comer.
Cuando cojo mi chaqueta del perchero
para irnos,
un chico me dice guapa
y otro asegura que me conoce.
Voy a rascarme un ojo 
y descubro que llevo gafas… ¿por qué,
si siempre salgo con lentillas?
Le digo a Ana que mi ginecóloga le caería bien 
porque me ha recetado 
aceite de onagra.


YA NO ES

Una mujer inglesa de mediana edad
me para en una calle toledana.
Me pregunta si hay cerca alguna academia.
Le respondo que, si se refiere a una academia de idiomas,
no hay ninguna por aquí y sí, a eso se refiere,
pero ya no es ella. Ahora es una conocida 
que me explica que la han contratado 
y necesita dar clases.
¿Dónde te han contratado? –le pregunto.
Es que en la zona de abajo
sí hay academias –le explico–, pero no aquí arriba,
y si te han contratado abajo podrías mirar allí.
Dejamos la conversación y seguimos andando.
Entramos en unas termas, bajamos unos escalones
y ya no es ella. Ahora es un hombre con gafas
y no vamos andando sino en coche. 
Es el dueño de las termas o trabaja ahí,
porque le dejan pasar con el coche, 
bajar otros escalones y aparcar en los servicios, 
habiendo un portón por el que podría salir 
y dejar el coche fuera. 
Y no, ya no es él: ahora es un hombre con perilla
y no hay rastro de su coche en los servicios,
donde, en su lugar, hay cuatro camas.
Duerme junto a mí. Al otro lado están una mujer y un niño.
Extiendo la mano hacia él para comprobar si está ahí.
Habla alto, canta, se mueve mucho en la cama
y empieza a besarme
retirando lentamente las mantas.
Justo entonces el niño le dice
que su madre se ha cortado un dedo.
Ella nos enseña su mano ensangrentada
y pide al hombre que le acompañe al lavabo. 
Él le dice que sí, que irá,
y no va. 


GRABACIONES Y FOTOCOPIAS

Son las once de la noche y mi hermana me pide
que baje a la calle con ella y con mi sobrino
porque suenan cerca grabaciones ilegales.
Mi hermana toca algo entre dos coches
y escuchamos, en la voz de una anciana,
un discurso militar o eclesiástico.
Sólo la escuchamos, porque se ha vuelto todo tan oscuro
que echamos a andar despacito
sin saber qué nos espera delante y qué dejamos atrás.
Vuelve la luz. Queda otra grabación por desactivar,
han desaparecido mi hermana y mi sobrino
y estoy en una especie de nave convertida en oficina
donde tengo que hacer unas fotocopias.
Un antiguo compañero de trabajo, al decirle 
que no conozco el funcionamiento de esa impresora 
porque la compraron cuando ya me había marchado,
me explica el sistema para sacar correctamente
una copia por ambas caras: se arranca un botón de la camisa,
lo coloca en el tablero de mandos, y se saca de un bolsillo
la boca y mandíbula de una mujer.
Mira, tienes que clavar el bolígrafo en perpendicular
aquí en la lengua –dice, hundiéndolo en la mandíbula muerta–
para que la boca no se pueda cerrar.
Le agradezco que me haya enseñado el truco
pero la fotocopia sigue sin salir y por poco no esquivo
el puñetazo de un hombre que ha comenzado, a mi lado,
a boxear contra el vacío.




HACIA ATRÁS VUELO Y ME ENAMORO

Hablo con aquel hombre grande
que era amigo del hombre a quien amé
durante más de un lustro 
y me confiesa que ya no está con aquella novia 
que era tan grande como él.
Hablo con él y me enamoro,
como en todos los sueños,
porque tiene una sonrisa que
rompe la voluntad y los tejidos,
pues estamos desnudos el uno frente al otro
preguntándonos por dónde empezamos
y acabamos, por lo visto,
y es que ahora estoy 
en la recepción de un hotel 
en cuyo patio va a comenzar una fiesta:
analizo la orientación del sol
para saber dónde no debo ponerme.
Ando por la calle con Eva
y le cuento que el otro día vi a una amiga suya.
Hace aire, un aire muy agradable,
un aire con el que me elevo y vuelo
como si estuviera sentada en una silla sin silla,
vuelo sentada y hacia atrás
y veo desde arriba a Eva, y también a Ana,
y las tres charlamos como si nada
en dos alturas diferentes.
Les digo que eso de volar no es que sea habitual en mí
pero que tampoco es tan raro, que a veces lo hago,
que en mis sueños de antes lo hacía muchísimo
y ellas me dicen que sí, que sí, que sí…
que lo saben y que, por piedad, 
no me repita tanto.
De nuevo estoy en la recepción del hotel 
y paso al patio donde ya ha empezado la fiesta.
Aunque, en general, la gente va muy arreglada,
conozco a un hombre que lleva una camisa hawaiana
y que, a pesar de eso, me resulta tan atractivo
que no puedo dejar de oler su boca y su pecho
y hablo con él y me enamoro…
como en todos los sueños.

¿Qué hacer con Freud además de matar a Freud?
Elena Román.
Ediciones Liliputienses, 2017

miércoles, 22 de marzo de 2017

El bar, el bar y no pensar en nada...


EL BAR
El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.
Elena Román.
Ciudad girándose 
(Ediciones de Baile del Sol, 2015).


Bares, ¡qué lugares! (en el blog de Elías Moro)
15 bares míticos de Madrid
Aproximación a los bares madrileños para "puretas"
Karmelo C. Iribarren: el poeta salvaje que nació en un bar

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(Karmelo C. Iribarren.
Seguro que esta historia te suena,
Renacimiento, 2005)

EL BAR DE AMIGO CHECHU (Drunk song): un poema de Ape Rotoma

El bar de mi amigo Chechu es el café
de Nicanor que canta Joaquín Sabina,
es el Cheers de Boston, where
everybody knows your name
y también knows otras cosas
about you, es la taberna de Moe,
es un refugio nuclear que protege
del fracaso y del desánimo
a unos cuantos desnortados
que devienen importantes y famosos
personajes sólo con estar allí,
es un gran templo pagano
donde oficia sus ministerios
la sacerdotisa Patty, camarera
y confesora, juez y parte,
simpatía por arrobas y una sonrisa perenne,
es también sala de juegos
(tanto da julepe o trívial)
y pabellón de reposo, es un barrio
de Calcuta en ocasiones,
donde se ve lo más raro
y más variado y a nadie le importa un pijo,
donde se habla o no se habla
con nadie o se habla solo,
se arregla el mundo y se rompe,
se respira una empatía hipertrofiada,
se recuerda y fantasea,
se merienda si hace falta una pizza
o un jamón, algo del chino
o del búrguer de la esquina
y, sobre todo, se bebe, claro está,
las copas que pone el Gato
y que parecen piscinas aunque
sin escalerilla, diría mi colega Frito
al que me alegra traer a colación
ya que pasa allí más horas
que los propios taburetes y es el alma
de las obligadas fiestas de los viernes
y los sábados y las menos obligadas
de algún jueves y algún domingo que otro
y del miércoles que toque
porque eso nunca se sabe,
es el abono que propicia la existencia y crecimiento
de una gran familia falsa, o sea,
una de las más auténticas, enmarcada y sustentada
por los vapores etílicos, el humo denso
del tabaco o lo que sea y los viajes
al servicio a lo que sea también,
es la hostia, es el copón
de la baraja, es la leche.
Ape Rotoma
Mensajes de texto y otros mensajes,
Renacimiento, 2014




MIENTRAS HAYA BARES (ARTÍCULO DE JUAN TALLÓN -completo aquí)
Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, “donde la soledad se verifica en medio de los demás”. Se trata de un espacio en el que “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto”. El novelista italiano acude a escribir casi siempre al Café San Marcos, en Trieste. Está acostumbrado a su torbellino, donde nada lo molesta. En Microcosmos, uno de sus más interesantes libros, rinde homenaje a los cafés. Joya del art nouveau, se trata del mismo local en el que Italo Svevo solía empezar sus mañanas, con la segunda caja de cigarrillos del día a medio fumar. No demasiado lejos de allí, en el Café Stella Polare, Svevo recibía clases de inglés de James Joyce, que también a menudo escribía en bares.
Magris necesita intimidad, y el bar es el lugar perfecto. Solo hay gente y ruido. Al parecer, son la clase de condiciones adversas que favorecen el tipo de aislamiento en el que su literatura avanza con determinación. Porque no se trata tanto de estar solo, como incomunicado, y eso lo consigue pese al ruido de la clientela y la máquina del café. Las multitudes, y sus barullos, también arrullan. Hay un momento en Gilda (1946), de Charles Vidor, en que el individuo que limpia los baños del casino consuela al personaje que interpreta Rita Hayworth diciéndole: “Con tanta gente se siente uno solo”. Esta clase de multitud, justamente, es la que consuela a Magris y lo acuna para escribir entre el gentío.

César Aira, desde las cafeterías del barrio de Flores, en Buenos Aires, también cultiva esta suposición: el bar ayuda a escribir. “Yo necesito una mezcla de concentración y distracción”, asegura, y eso sóolo se lo proporciona un local lleno de gente comentando trivialidades en la barra. “Si hay suerte, alguna me sirve para la siguiente novela, incluso para dar un giro a la que estoy escribiendo en ese momento”.
La literatura no siempre tiene que ver con la comodidad de una habitación con vistas, ni con la posibilidad de escribir en bata y en zapatillas a cuadros, mientras buscas la novela perfecta desde tu hogar. Hay muchas formas de comodidad, y entre ellas se encuentra el fastidio de un local ruidoso y transitado, cuando no con olor a cebolla frita en el ambiente. No es lo peor que puede haber en el aire. En 1922, instalado ya en París, Ernest Hemingway bajaba a escribir al café que había en la planta baja de su edificio, donde se bailaba bal musette a todo volumen. Allí escribió sus primeros cuentos, mecido por el caos, incluso el mal gusto, y bebiendo ron Saint James, con propiedades aislantes. Todo el instrumental que precisaba eran la bebida, las libretas de lomo azul, los lápices y el sacapuntas. Poco después de que su primera mujer, Hadley Richardson, extraviara durante un viaje en tren la maleta con su primer manuscrito, el autor norteamericano se puso a escribir en La Closerie des Lilas Fiesta. El ambiente del local le sentaba bien a su estilo. Allí plasmó también parte de Adiós a las armas. En realidad, las cosas más interesantes, si eras un escritor floreciente, solo podían sucederte en aquel lugar. Allí, de hecho, Francis Scott Fitzgerald le dio a leer El gran Gatsby, después de conocerse, en 1925, en el bar Dingo.
En aquellos años felices, entre guerras, todo lo bueno ocurría en la cama y los bares, como en la actualidad, probablemente. Aunque no se puede hablar de la generación perdida, como su madrina Gertrude Stein la bautizó —”You’re all a Lost Generation“, le dijo a Hemingway durante una de sus conversaciones—, sin mencionar el último reducto: el bar del Ritz. Casi al final de la SEgunda Guerra Mundial, Ernest se sumó a las escaramuzas para liberar el local de la presencia alemana. Y una vez liberado, lo celebró como se debe. La leyenda dice que se bebió 51 dry martinis. Puede ser. En Al romper el alba confiesa, esclarecedoramente: “Por lo que contaban, Churchill bebía el doble que yo y acababan de darle el premio Nobel de Literatura. Yo lo único que intentaba era ir aumentando mi cuota de alcohol para estar a una altura razonable por si me daban el premio a mí, ¿quién sabe?”. 
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MI PATRIA SON LOS BARES

Mi patria son los bares
y los patios. Sitios
donde estar sola
y sentir los rumores
de la vida. Por desgracia
hace ya tiempo
que abandoné las ramas
y los claros del bosque.
Ahora lo amortiguado
los saldos, la imitación:
donde también se vive.
Ana Pérez Cañamares.
Economía de guerra.
Ediciones Lupercalia

martes, 26 de julio de 2016

Oferta del 40% de descuento en Ediciones Liliputienses

Ediciones Liliputienses es, sin duda, una de las mejores editoriales de poesía de la actualidad, gracias a un catálogo de autores interesantísimos, especialmente del otro lado del charco. 
Ahora, además, tiene una oferta irrebatible: un 40% de descuento en todos sus títulos.


Para solicitar cualquier de ellos solo tienen que escribir un mail a esta dirección y solicitar el título en cuestión: 
elblogliliputiense@gmail.com

Por ejemplo, Diario de un puretas recién casado, de servidor de ustedes, se queda a precio de copa de amigo en bar añejo, así que no se lo piensen, compren y lean.


domingo, 10 de julio de 2016

"El bar" un relato/poema de Elena Román


EL BAR

El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.

Elena Román.
Ciudad girándose 
(Ediciones de Baile del Sol, 2015).