ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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viernes, 18 de julio de 2025

HASTA QUE EMPIECE A BRILLAR (María Moliner novelada por Andrés Neuman)

 

¿Cuánto guarda una palabra de las voces que la dijeron? ¿Qué parte de un lugar permanece al nombrarlo? Paniza. El nombre de su pueblo no le traía el pueblo, sino las narraciones de su madre, todo aquello que le habían contado de niña y María seguía repitiendo sin mucha convicción. Las montañas de Paniza eran el mirador desde donde imaginaba sus primeras sílabas, ese cambio de altura entre las experiencias en primera persona y los recuerdos prestados. (...)

—Soy tan vieja que nací en el año cero. Le divertía declararlo así, como si antes de ella no hubiera sucedido nada. 1900. Un siglo en blanco a la espera de manchas, borrones, tachaduras. Su madre, doña Matilde Ruiz, sabía leer y escribir. Eso la distinguía dentro de su generación y, muy en particular, entre las mujeres. Doña Matilde gestionaba con prudencia ese orgullo. Sabía que la buena vecindad consistía en disimular las diferencias y exagerar las semejanzas. (...)



Según el profesor Blanco, la gramática y la literatura eran dos amigas que se divertían juntas. La primera recordaba las reglas de juego, la segunda probaba otros juegos. (...)

Su pareja Alice les enseñaba francés aunque venía de Portugal, que era lo más lejos que ella había visto nacer a nadie. Lucía unas canas revueltas que a María se le antojaban el colmo del atrevimiento. Alice tenía un lema que la había dejado impresionada: las buenas estudiantes podían aprender muchos idiomas, ¿pero quién les enseñaba a decir que no en el suyo? Les había contado que en Francia las mujeres luchaban por sueldos justos. Y en Inglaterra, por el voto. María le repitió a su madre lo que había escuchado. Doña Matilde la miró de reojo, retorciendo bajo el agua la ropa sucia. (...)

Cuando no daba clase, Giner de los Ríos paseaba su bigote anciano por las escaleras o leía recostado en el jardín. No vestía como la mayoría de los hombres y transmitía una suavidad hipnótica. Quique le había contado, con una sonrisita indescifrable, que el mismísimo no tenía hijos porque no le interesaba tenerlos. 
—¿Entiendes? 
—No. 
(...)


Cuando se mudaron a la calle Palafox, las mañanas cambiaron. Ahora podían caminar hasta la Insti, acompañados por don Enrique. Esos diez minutos de paseo con su padre, cada vez más largos en su memoria, se convertirían en el mejor recuerdo de su infancia. María descubrió que pasar todos los días por los mismos lugares se parecía a releer: lo que una entendía era siempre diferente. (...)

Probó suerte en todas las materias, salvo Gimnasia. Su vecina Bea no perdió la ocasión de burlarse. 
—Me extraña que las tildes no sirvan para saltar. 
Como era previsible por su insuficiente preparación, se quedó sin aprobar unas cuantas. Pero había superado la prueba más ardua: hacer su voluntad. Viendo que no bastaba con sus apuntes caseros y sus manuales prestados, María se dirigió a la Insti para asistir a algunas clases sueltas en las áreas donde arrastraba mayor retraso. Recibió la respuesta afirmativa del mismísimo. Una mañana acudió a una tutoría con Alice, que llegó saludándola con sus canas al viento. 
—He pensado mucho en usted, profesora. 
—Me alegro. Eso quiere decir que has estado pensando en ti. (...)

Tras varios intentos fallidos, María encontró empleo como secretaria en la Diputación Provincial, donde demostró su eficiencia revisando textos y su neurosis organizando papeles. La derivaron al Estudio de Filología de Aragón, que reservaba plazas para alumnos en prácticas y acababa de acordar que uno de ellos (¡no más!) fuese de sexo femenino. Le anunciaron con solemnidad que ella era la primera redactora oficial del equipo. No supo muy bien cómo interpretarlo. ¿La primera que trabajaba ahí, o la primera a la que le pagaban por su trabajo? El Estudio andaba casualmente inmerso en la elaboración de un diccionario de vocablos aragoneses. Si en ese momento alguien le hubiera soplado su futuro al oído, María se habría muerto de risa. (...)

Don Juan Moneva, miembro de la Real Academia Española, resplandecía en sus contradicciones. Se declaraba devoto de la Iglesia y creyente en la igualdad entre hombres y mujeres. Predicaba contra el vicio alzando copas de somontano. Defendía el regionalismo a condición de que viajara mucho. Según don Juan, para investigar el léxico se debía atender a la juventud, porque hablaba con frescura y oído colectivo. Sus hijos, le contó a María, asimilaban mejor que él los cambios en el uso de la lengua. Por eso confiaba más en el criterio de una chica como ella, por ejemplo, que en ciertos académicos aferrados a sus normas. (...)



En ocasiones coincidía en el patio con un muchacho de mirada asimétrica, ojeras densas y mandíbulas roedoras. Lo habían expulsado de los jesuitas por mal comportamiento, de lo cual se sentía especialmente orgulloso. Su padre era ferretero y había hecho fortuna vendiendo armas en Cuba. Parecía resentido con su propia riqueza. Estaba obsesionado con la fotografía y los insectos. Le caía bien y mal ese Luis Buñuel. Sus compañeros insistían en llamarlo Buñuelo. 
—Derrocháis poesía, hijos de puta. 
Buñuelo llegaba con cara de haber tenido pesadillas o de haberse peleado en la entrada. María no lo encontraba para nada guapo. ¿Y entonces? Luis tenía fijaciones obscenas que, por algún misterio, a ella la hacían sentir un no sé qué. (...)

De vez en cuando el amor, fuera lo que demonios fuese, le rondaba la cabeza de un modo más bien genérico, como esos vocablos cuyo sentido se conoce vagamente pero no se sabe cómo usar. Sentía un aburrimiento sin relación con lo que hacía, basado quizás en todo aquello que no hacía. (...)

Supo que era la primera mujer en ejercer oficialmente la docencia en la universidad murciana, el tipo de noticias que la hacían sentirse más sola que pionera. Tan inaudito debió de resultar su nombramiento que el acta fue firmada el 29 de febrero de 1924, año bisiesto. La Junta le daba la bienvenida a la institución como «representante del elemento femenino». Las mujeres, toditas, elemento. Ella, abstracción antes que profesora. Su pasaje preferido era ese donde se especificaba que había ingresado «por sus méritos», encantadora prueba de que no siempre se daba el caso. (...)

No es que le diera igual estar casada; la irritaba su antónimo. ¿Qué era estar soltera? Si Fernando no se había casado antes porque no le había dado la gana, ¿por qué sobre las mujeres con su misma edad y situación se cernía esa sombra de fracaso? En realidad, soltera se oponía a soltero: un hombre libre frente a una mujer incompleta. (...)

Por las noches, cuando el bebé caía provisionalmente rendido, en vez de cenar algo, charlar con su esposo o abrir por fin un libro, María se quedaba paralizada en el sofá, barrida por sus propias emociones. No sabía qué decir. Aún se sentía incapaz de hablar su nuevo idioma. (...)

Intuyendo que la formación lingüística empezaba en la lactancia y se nutría de palabras aún no comprendidas, María acunaba a sus criaturas con romances populares. Al acompasar el vaivén con los versos se dormía a sí misma, hipnotizadora hipnotizada. (...)

Se entregó mientras tanto a otras investigaciones: ¿qué trataban de decir sus hijos?, ¿de qué se hablaba antes del habla? No tenía idea, pero procuró contestarles desde el principio. Intercambió con ellos sonidos sin ningún sentido previo a su articulación. Abrían la boca, acercaban sus caras y se besaban con todo el lenguaje por delante (...).


En mitad de los alborotos cotidianos, recibió un telegrama. Se lo enviaba el profesor Blanco. ALICE IDA EN PAZ STOP CEREMONIA PORTUGAL STOP TE DEJÓ LIBROS FULL STOP De acuerdo con la economía de los telegramas, no había despedida. Tampoco ella había podido despedirse de su maestra. Aquel par de líneas despojadas le recordó el estilo incipiente de su hijo Enrique, hecho de sustantivos y verbos, sin artículos ni conjunciones. Como si, al inicio y al final de la vida, el objetivo fuese transmitir urgencias en pocas palabras. (...)

Pese a las objeciones de su padre y para satisfacción de su abuela, tanto Fer como Enrique fueron bautizados. Prescindir del sacramento, argumentó María, habría demandado una serie de explicaciones que no estaba dispuesta a dar. Ella se consideraba una creyente sin templos. Más acá de barrocas conjeturas, Dios le parecía una buena idea. Mucho mejor, sin duda, que las doctrinas que se lo disputaban. Sentía a un Dios íntimo, de andar por casa, menos legislativo que interlocutor. (...)

Se emocionaba con su compañía y se aburría rezándole. Por muy decepcionante que hubiera resultado su experiencia en catequesis, seguía maravillándola aquello de que al principio había sido el verbo. Si un acto de habla había creado el sentido, si en las palabras había revelaciones, entonces amarlas implicaba un ejercicio de trascendencia, ¿que conducía adónde? A la fe en la lengua, por lo menos. Más que en el nombre del Padre, creía en la lengua materna. Que una criatura fuese capaz de balbucear cualquier idioma se le antojaba un milagro terrenal. (...)

Sus hijos le enseñaron a hablar de nuevo sílaba por sílaba, una palabra tras otra, como si hasta entonces las hubiera dado por sentado, creyendo que dominaba lo que era apenas una inercia, un rebaño de convenciones cuya razón había olvidado. Igual que sólo entendía de verdad lo que explicaba en clase, María sintió que tocaba su corazón verbal cuando sus hijos la obligaron a desarmar la lengua para mostrársela por dentro, como una caja de música. (...)


El porcentaje de analfabetismo femenino, igual que la brecha de alfabetización entre hombres y mujeres, acabaría reduciéndose casi a la mitad al final de la República. Si María hubiera tenido que invocar una sola razón para sumarse al bando perdedor, no le habría importado elegir esa. (...)

Más que aprender el idioma, sus hijos lo fundaban. María experimentaba una cosquilla sin nombre cuando Fer lograba articular algún vocablo y la boquita se le llenaba de sentido, baba y goce; cuando Enrique traducía el hallazgo de su hermano al valenciano de sus vecinos, o incluso a ese alemán de laboratorio que su padre intentaba inculcarle (...).

Si la llegada de su primogénito había abierto otro ciclo en su relación con el lenguaje, un rebrote de los aprendizajes básicos, la aparición de Pedrito tuvo un aire de colofón, de última búsqueda de palabras frescas. Luchaba contra el impulso de consentirlo más de lo aconsejable, de mantenerlo todo lo posible en su regazo, ralentizando su irremediable crecimiento. No deseaba ningún otro bebé, sólo permanecer en aquel óptimo estado de poder y no querer. (...)

—¿Qué estás leyendo, querido? 
—Una de aventuras, señora. 
—Llámame María, por favor. 
—Sí, señora María. 
Obligada a actuar como emisaria y hasta jueza de paz, María se preguntaba qué funciones cumplía la lectura en la resolución de conflictos. O si más bien servía para nombrar los conflictos silenciados. Tampoco faltaban las familias que le hacían esa pregunta: ¿para qué iban a perder el tiempo sus hijos leyendo, cuando podían hacer cosas útiles? A ella le parecía una pregunta importante. Le costaba entender a quienes la repudiaban sin responderla o, peor todavía, se regodeaban en la presunta belleza de lo inútil. En su opinión, esta barbaridad aristocrática daba por hecha la inutilidad del arte y subestimaba las funciones de la belleza. (...)


¿Cómo no iba a ser útil la lectura si mejoraba la vida cotidiana, si fundaba una soledad asociativa, si ofrecía más experiencias de las que nos tocaban en suerte, si ampliaba nuestras identidades, nuestro conocimiento del prójimo y nuestro concepto mismo de realidad, si nos permitía comunicarnos con otras épocas, otros lugares, otras lógicas, e incluso hablar con muertos? (...)

La enfurecía que la acusaran de falta de realismo. Eso había escuchado en el Archivo, donde había logrado pactar una excedencia. Más que consumir tiempo, pensaba María, leer lo creaba. Como en las teorías físicas que investigaba Fernando, los libros abrían huecos en nuestras coordenadas. (...)

Desde su campana de silencio, Eli se abstenía de participar en la polémica. Era hasta cierto punto un aislamiento lingüístico, aunque también había en ella cierto saber incómodo: una especie de depresión profética. Aquella tarde María la escuchó hablar una sola vez, con su dicción prusiana y sus ojos de agua. 
—En mi país sólo acaba empezar. (...)


Entonces se desató la catarata de rumores. Han fusilado a Lorca, le dijo Angelina, en el sur, en un barranco. Han fusilado a Lorca, repitieron juntas, como tanteando hasta qué punto eran capaces de pronunciar esas palabras. Han fusilado a Lorca, le contó María a Fernando, en Granada, no sé dónde. No se sabe dónde han fusilado a Lorca, le contó Fernando a Pepe, y Pepe le respondió que había sido en un barranco. Han fusilado a Lorca, le anunció Maruja a Eli, y Eli le contestó que estaba buscándola para decírselo. Habían fusilado a Lorca y los muertos esperaban turno. (...)


Que articular una biblioteca es, en suma, darle forma a la vida. Algo imposible y urgente. Una noche de insomnio, María se sentó a volcar las ideas que la desvelaban. Fue resumiendo algunas reflexiones sobre el oficio, sugerencias prácticas, planos de estanterías, diseños de ficheros. Deseaba describir la casa de los libros, estaba convencida de que el auténtico amor incluía a las cosas, sus espacios, sus problemas materiales. Lo tituló Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Según había observado durante sus inspecciones, el desánimo en el campo cultural provocaba toda clase de profecías que acababan cumpliéndose. Para poner y transmitir entusiasmo, escribió, una necesitaba creer «en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión». (...)

Perpetuando las homonimias, su nueva sobrina se llamaba Matilde. A diferencia de sus primos, era una niña gestada durante un golpe de Estado y nacida en plena guerra. Ese siniestro unísono, sospechó María, inauguraba una generación que no podría recordar aquello que la definía. Su hermana le presentó a Machado en la Casa de la Cultura. Tomaron café en silencio. Espiaron desde la ventana las siluetas borrosas que cruzaban la calle de la Paz. El poeta les contó que le habían prestado una casita en Rocafort y que los colores de la huerta lo consolaban un poco. Entonces sonrió sin mover el resto de la cara. (...)

Aunque pensaba a diario en su desenlace, para María no era sólo una guerra que ganar o perder, sino una carrera por llegar lo más lejos posible, pasara lo que pasase, en la dirección deseada. De fracasar con alguna grandeza. A esa misión desesperada se entregó en Valencia, capital de las últimas cosas. (...)

contemplar el palacio donde habían instalado el Ministerio de Sanidad, experimentó una suerte de alucinación arquitectónica. Le pareció divisar en sus balcones una figura femenina con gafas, los pechos desnudos y el puño en alto. Esa alucinación era una realidad no menos improbable. Se trataba de la ministra Montseny, una de las primeras en toda Europa, representante anarquista de un Estado en el que no creía. Autora de novelas de combate y de un proyecto para legalizar el derecho al aborto (aun cuando ella, en lo personal, desaconsejara su práctica), estaba protestando con su propio cuerpo: el Consejo de Ministros había rechazado la iniciativa. María miró hacia arriba y Montseny miró hacia abajo. La ministra la saludó levemente, se acomodó los pechos con solemnidad y reanudó su cruzada frente a las cúpulas de la catedral. (...)


Días antes de que todo acabase, reunieron a los cuatro hermanos para comunicarles la noticia —que Enrique conocía de sobra— e instruirlos sobre las nuevas reglas comunitarias. María hizo hincapié en el vocabulario. Les explicó que los fascistas ya no eran fascistas, sino nacionales. Que muchas personas queridas pasaban a ser rojas, algo que Pedrito encontró gracioso. Que los curas serían sacerdotes y, si hablaban con alguno, padre. 
—¿Entonces a papá le decimos cura? (...)

Las acusaciones mezclaban observaciones subjetivas con la mera mención de sus trabajos como si se tratase de infracciones. Sobre las rúbricas del juez instructor y el señor secretario, María no pudo evitar detenerse en un flagrante error de puntuación: «Este pliego de cargos con su copia autorizada, se remite al Jefe de...». Primero lo corrigió con un lápiz. Después remarcó su tachadura apretando más fuerte. Después clavó la punta varias veces hasta perforar el papel. Después la sacudió dentro de la hoja, sajándola igual que una víscera, mientras gritaba cosas que más tarde no recordaría. Después vino Fernando y la abrazó. (...)

Ningún otro gobierno había situado a bibliotecas y escuelas en la vanguardia pública, así que resultaba brutalmente lógico que docentes y libros fuesen prisioneros de guerra. «En nada ha sido tan prolífica la monstruosa fecundidad de la República como en maestras», había concluido un ilustre diario. De lo demás se encargó la ley que regulaba la purga de funcionarios: Franco se había apresurado a firmarla antes de dar por terminada la contienda. (...)

en general expulsadas de la enseñanza, cuando no encarceladas o desaparecidas. Recibió un sobre vacío y sin remitente desde Bélgica: reconoció la caligrafía de Teresa Andrés. Le constaba que Navarro Tomás se había instalado en Estados Unidos, mitigando su duelo con la fonología. Machado había muerto del modo más infame en la frontera, acaso su lugar de siempre. De Dámaso Alonso, en cambio, las malas lenguas murmuraban que no corría ningún peligro en España. La Residencia de Señoritas, ahora en manos de la Sección Femenina de Falange, se llamaba Colegio Mayor Santa Teresa. Ella lo consideró un doble ultraje: convertir aquel lugar casi en un convento y, peor todavía, insinuar que santa Teresa solía portarse bien. (...)

Por esa misma época, María recibió una postal de Buñuel, de quien llevaba no sabía cuánto sin tener noticias. En el anverso de la tarjeta se veía la estatua de la Libertad, intervenida en tinta negra, con la boca llena de insectos. La letra era minúscula, para leer con lupa. Le escribía desde Nueva York, donde se pasaba el día entero montando documentales para no se entendía bien qué museo, y estudiando la propaganda nazi para hacer propaganda antinazi. Le contaba que necesitaba dinero, que los rascacielos le daban náuseas y que estaba pensando en irse a México, como tantos amigos. También le confesaba que siempre la había amado y que por favor no le escribiera, porque las cartas lo aburrían muchísimo. (...)

Fernando le hablaba de perfil. Trataba con ella lo imprescindible, pero ni una caricia más allá. Empezó a dormir muy cerca del borde de la cama. Su mandíbula trituraba la noche. Se pasaba las mañanas incrustado en su butaca, y sólo se ponía en pie cuando los niños regresaban de la escuela. Fingía leer: María descubrió que los marcapáginas de sus libros no avanzaban. (...)

Ella intentaba absorber los ritmos de la casa. La acción cotidiana era su fármaco. En vez de esperar a que le volvieran las fuerzas, se aferró a sus ocupaciones para ver si volvían. (...)

Regresar a Madrid renovó su horizonte, aunque también lo devaluó en comparación con sus recuerdos. Ahora era gris, gris. Sus calles le parecieron más lentas, pobladas de peatones temiendo cruzar mal. Los balcones pasaban mucho tiempo cerrados. Vio escaparates semivacíos con mercancías de otras temporadas. Tabernas demasiado susurrantes. Cafés opacos donde los parroquianos prometían pagar siempre mañana. Ya no había tantos jóvenes, o ella había dejado de serlo. Recordó los versos de Dámaso Alonso, que había vuelto a la poesía después de un largo silencio: una ciudad de más de un millón de cadáveres… (...)

Cada vez que salía a la calle, el portero la miraba de reojo y anotaba algo. Las vecinas llevaban una amable contabilidad de sus ausencias en misa. Procuró asistir con Carmina algún domingo. Estaba deseando escuchar su pasaje preferido del Jeremías, ese que rezaba: A ti el Señor no te ha enviado y sin embargo, tomando su nombre, has hecho que este pueblo confiase en la mentira. (...)

Dirigir la biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales no era lo que ella había soñado, pero hacía bastante que sus sueños no se entrometían en sus decisiones. Se sentiría cómoda rodeada de anaqueles. Eso se dijo. Eso quiso creer. Lo que no imaginó es que se trataría de una biblioteca tan escasa de libros como de lectores. Lo había conseguido: estaba en la capital del desierto. En la Escuela de Ingenieros se encontró un ambiente de exquisita hostilidad. Nadie se molestó en ofenderla de frente, aunque enseguida oyó que la llamaban la roja. Ella puso su mejor cara de pánfila y procuró desmentir esa reputación. Naturalmente, sólo las rojas necesitaban desmentirla. (...)

Tampoco pensaba conformarse con la bibliografía técnica. Insistió sin descanso hasta que la autorizaron a habilitar pequeñas secciones de Historia, Lengua y Literatura. Su primera compra fue el Curso de lingüística general de Saussure, recién traducido por un amigo hispanoargentino de Lapesa. El libro estaba impreso en Buenos Aires: María solía abrirlo para releer las primeras páginas, y quizá también para acercar la nariz como quien oliese una camisa. Su inicio le sonaba a una novela de aprendizaje protagonizada por la intrépida lingüística: había nacido gramática, crecido filología y acabado descubriendo el secreto parentesco entre las lenguas. Su aventura consistía en comprenderlas en cada momento, no en dictar cómo deberían ser ni mantenerlas tal cual habían sido. Pudo encargar ejemplares de jóvenes narradoras que le interesaban, entre ellas Dolores Medio, Carmen Laforet o Ana María Matute, a quienes más tarde se sumaría una tal Martín Gaite. Escribían sobre asuntos de apariencia inofensiva pero profundamente incómodos: tristeza, suciedad y chicas raras. En otras palabras, hablaban de fracaso, pobreza y rebelión. Todo eso que no existía en las noticias. (...)

Una tarde cualquiera, sola en casa, mientras hojeaba a una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abrió el diccionario de la Real Academia, localizó el vocablo, comprobó que ninguna de las definiciones la convencía. Y, casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha. Y cerró el sólido volumen. Volvió a sentarse, pero le fue imposible reanudar la lectura. Se quedó absorta en las sombras de la ventana. Se hizo un silencio denso, efervescente. Con el lápiz todavía entre los dedos, apretándolo fuerte, se puso en pie de un salto, impulsada por una idea tan disparatada que la hizo reír. Entonces se sentó frente a la mesa del comedor. Dobló una hoja. Escribió la palabra que había buscado, le pareció que empezaba a brillar, y notó que la mano le temblaba un poco. (...)

Al terminar la guerra, en protesta por las represalias contra varios compañeros, Menéndez Pidal había dimitido como director de la Real Academia Española. Las malas lenguas, que en el gremio eran conditio sine qua non, murmuraban que había sido destituido o forzado a renunciar. Una vez aplicadas las sanciones, sus colegas volvieron a elegirlo. El Régimen pretendía sustituir a los académicos exiliados, empezando por Navarro Tomás. El maestro sólo aceptó retomar la dirección cuando se aseguró de que esas plazas permanecerían vacantes hasta su regreso o bien hasta su muerte. Esos sillones vacíos, pensaba María, eran todo un manifiesto. En más de una ocasión le habían contado la historia del falso cuadro de Cervantes que presidía las reuniones, y que Menéndez Pidal se resistía a retirar. 
—Déjenmelo ahí, que si quitamos al falso Cervantes, tendremos que poner un Franco auténtico. (...)




Le costaba entender la misteriosa noción de americanismo, que la Real Academia aplicaba a cualquier palabra común en cualquier lugar al que no se pudiera llegar en tren desde Madrid. Si se trataba de reflejar el vocabulario de la lengua en su conjunto, no el de España en particular, semejante denominación carecía de sentido. Pero, puestos a hacer distinciones geográficas, considerando su descomunal superioridad demográfica, más lógico habría sido catalogar como españolismo todo término ajeno al continente americano. (...)

Por encima de la ortodoxia, ella tenía en mente el habla. El purismo le parecía una contradicción del tamaño de la basílica del Pilar. Conocía demasiadas palabras que la institución había tildado de barbarismos para, tarde o temprano, asimilarlas. Otras quedaban excluidas como meros tecnicismos, cuando ya eran de uso cotidiano: pensaba en cibernética, entropía, reactor. O bien, pasando al cine (¿hace cuánto no iba al cine con Fernando?), gag, suspense y esas cosas que sus hijos nombraban cada dos por tres. Los aduaneros verbales se escandalizaban de que control, test o récord viajaran de boca en boca. Lo cómico del asunto, rumiaba María, era que su origen se remontaba al latín. Paladeó una risita mientras anotaba: «Negarse a emplear un recurso ofrecido por esa herencia, solamente porque otro de los herederos se ha anticipado a sacar provecho de él, es puerilidad o reparo de hidalgo picajoso». (...)

Amor. Para la Academia no pasaba de “afecto” (¿por qué no un sentimiento o una emoción?, ¿qué categorías oprimían los corazones de sus ilustres redactores?) “por el cual busca el ánimo” (¿el ánimo en abstracto, así, solito?) “el bien verdadero” (¿y quién dictaba qué era el bien verdadero?) “o imaginado” (eso del bien imaginario le pareció un hallazgo admirable), “y apetece gozarlo” (y de golpe, por fin, iban al grano). María tanteó una definición un pelín más cálida y, por qué no, justa. «Sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno para ella y sufrir con lo que es malo». Si estas dos últimas condiciones no se daban, ¿de qué estaban hablando cuando hablaban de amor? Las siguientes acepciones canónicas de amor le sonaron particularmente arbitrarias. “2. Pasión que atrae un sexo hacia el otro”. Además de proscritas, otras formas de amor pasaban entonces a ser indecibles. “3. Blandura, suavidad. Los padres castigan a los hijos con amor”. Este ejemplo la hizo saltar de su silla. Lo rectificó disociando el amor del castigo. «Suavidad o blandura con que se trata a alguien: Los padres corrigen con amor». ¡De nada, hijos míos! (...)

Entre las poquitas certezas que a su edad le iban quedando, una era justo esa: los vínculos entre ética y precisión verbal. Alguna gente escribía, pero todo el mundo hablaba. Hablar era la obra. Nuestra obra. Una radicalmente colectiva, al margen de quién tomase la palabra. Igual que un diccionario. (...)

Encontraba manjares en la calle o en la juventud, esa misma que, desde que el mundo había abierto la boca, jamás hablaba como se debía. Si se hacía caso a este prejuicio, sólo Adán y Eva se habían expresado correctamente. Aunque el volumen oficial no se declarase normativo, su sabor y su textura decían otra cosa. Estaba rellenito de preceptos. La sacaban de quicio los rodeos y arcaísmos para explicar una palabra. ¿Por qué la lengua debía adoptar un registro impostado cuando se refería a sí misma, como esa gente que se tomaba demasiado en serio o se vestía de manera ridícula los domingos? Si una consultaba por ejemplo qué significaba amparar, la respuesta de la Academia era “favorecer, proteger”. Una preguntaba entonces qué significaba favorecer. Simple, querida: “ayudar, amparar, socorrer”. ¿Y proteger, caballeros? Pues nada menos que “amparar, favorecer, defender”. ¿Habría suerte con defender? No demasiada: “amparar, librar, proteger”. Nada nos amparaba, libraba ni protegía de seguir dando vueltas. (...)

Dámaso había enseñado en Oxford, Stanford y otros ford por el estilo. Su poesía gozaba de un merecido reconocimiento. Dirigía una colección de lingüística en Gredos, ese oasis editorial. Había reemplazado nada menos que a Menéndez Pidal en su cátedra de Filología. Era miembro destacado de la Real Academia. Y vivía con Eulalia Galvarriato, una de las escritoras que más la habían impresionado. Parecía un hombre de oscura buena suerte. Ejercía una especie de alcoholismo retrospectivo. Su habla morosa arrastraba un cansancio cercano a la tristeza. ¿Provendría de otros tiempos felices? ¿O de esa orfandad precoz que apenas mencionaba? Sus ojos relampagueaban al contar anécdotas sobre Lorca y sus amigos perdidos. Sus gestos se aceleraban, su voz subía un par de tonos y una tenue sonrisa le encendía el bigote. Cuando volvía en sí, un poco avergonzado, agachaba la cabeza y se aclaraba la garganta para callar mejor. Dámaso opinaba y no opinaba sobre política. Estaba de acuerdo con ciertas ideas en las que, según él, ya no tenía sentido insistir. Todo el mundo creía saber qué pensaba, aunque nadie podía demostrarlo. Algunos elogiaban su discreción. Otros criticaban su tibieza. Estos últimos no parecían haber leído Hijos de la ira. Igual que los honores de Dámaso indignaban a sus colegas represaliados, el mero hecho de que ella siguiese trabajando en el país generaba suspicacias entre sus afectos del exilio. Aquella había sido la otra victoria del Régimen: convertir al enemigo en un manojo de dolientes que desconfiaban entre sí. (...)


HASTA QUE EMPIECE A BRILLAR.
Andrés Neuman.
Alfagura, 2025

sábado, 14 de septiembre de 2019

DESPIECE DE "LA VIDA EN LAS VENTANAS" (Andrés Neuman)

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La primera parte de Obsolescencia programada (RIL Editores, 2019) se llama "La vida en las ventanas" porque pretende reflejar cómo la vida moderna es eso que pasa mientras esperamos actulizaciones. También se trata de un homenaje a la novela del mismo título publicada en 2002 por el argentino afincado en Granada Andrés Neuman. 
La obra está escrita en forma epistolar posmoderna, es decir, reúne los supuestos correos electrónicos que un tal Net manda a la pobre de su exnovia contándole todo lo que pasa por su cabeza mientras ella le ignora.
Recientemente, por fin, esta gran obra ha sido reeditada, lo que supone una ocasión inmejorable para compartir, como ya es costumbre en este blogs, algunos de sus fragmentos más potentes, líricos o agudos intentando también, como siempre, desvelar lo mínimo posible de su trama (si es que la tiene).
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Ayer resucité. No estuvo mal. No hay grandes cosas que hacer, los domingos. Afuera han empezado a limpiar la piscina. Los vecinos se asoman de vez en cuando a las ventanas, como para presionar al jardinero. Por mí puede tomarse todo el tiempo que quiera. Verlo trabajar me tranquiliza. Arrincona las hojas que han caído en la superficie, cuela el agua con una paciencia adormecedora, pasa un aspirador por el fondo y vuelta a empezar. Cuando se marcha, el agua va aquietándose. Avanzada la tarde, toma un brillo de pantalla. Nadar en la piscina se parece bastante a navegar por la Red. Es silencioso. Es fresco. Es fácil sumergirse. Y muy fácil ahogarse. Mi madre acaba de llegar y ni siquiera me ha mirado. Vete a saber qué ha hecho con su antiguo entusiasmo. Admito que yo tampoco me he levantado a saludarla. Llamémoslo empate. (...)
Cuando estoy en el aula suelo acordarme de uno de mis autores predilectos. Lo cual confirma, por cierto, la utilidad de asistir a clase. Gombrowicz afirmaba que un joven sabe que todavía es tonto. Y que, si no lo sabe, es incluso más tonto. Gombrowicz fue un joven asmático que estudiaba Derecho para seguir recibiendo el dinero de su padre. La juventud, escribió más tarde, es inferior a la edad madura. Es más crédula, más débil, más indolente, y sólo es superior en una cosa: en la juventud. ¡Elemental, Witold! Quizá por eso él, maduro hombre inmaduro, se follaba a tantos jovencitos. ¿Te imaginas si Gombrowicz nos viese ahora, en pleno año 2000? Él, que se burlaba de los cachorros del 68. Nuestro nuevo milenio no le daría risa, sino un ataque de asma. No logo. Este lema, amigos, lo ha financiado X. Los héroes del mañana: ¿y mientras tanto? Se es joven, pero paciencia. (...)
En los últimos tiempos, prefiero las fotos de Internet a las chicas que me presentan en el bar de Xavi. Lo peor es que se nota que ellas piensan lo mismo de uno: que seducimos por costumbre, besamos por hastío, tocamos por desánimo. Hoy en la cama gobiernan ellas. Eso a mí me parece una conquista política. Era lo último que nos faltaba a los hombres para alcanzar la intrascendencia. Quizá deberíamos repartir vibradores entre nuestras amigas y retirarnos con el debido sigilo. Me dirás que también están los sentimientos, y que en eso mujeres y hombres somos insustituibles. ¡El amor, claro! Al respecto, sólo comentaré que ya he llenado el disco duro con las fotos que me bajo de Internet. (...)
Se me ocurrió buscarnos, y tecleé nuestros nombres uno a continuación del otro, unidos por un signo +, luego por and, luego por &, luego por un guion, luego en orden inverso, separados por una barra, una coma, incluso un punto. Y no apareció nada, Marina. Ni una palabra. No existíamos. (...)
Las noches en mi habitación se componen de insomnio, mensajes y masturbaciones. Bah, y también de lectura. Televisor no tengo. Lo tiré: me encantaba. ¿Has leído al mártir de Ducasse? Xavi me prestó un par de libros suyos. Yo prefiero a Rimbaud. Cuando se lo dije, Xavi me contestó muy serio: Mira que eres mainstream. (...)
Para serte franco, no me molestaría en absoluto doctorarme en onanismo. Xavi dice que pronto las enfermedades venéreas van a poder contraerse por Internet. Quizá sea cierto que las rutinas del onanista y del internauta son la misma, la del que busca solo. Te ordeno que contestes. En otras palabras, te lo suplico. (...)
"Con dos dedos torpísimos, tecleaba por ejemplo los nombres de las chicas que me gustaban: en tinta negra si no me hacían ningún caso, que era la gran mayoría, y en tinta roja si creía que la atracción era mutua. Inventaba una sinopsis de cómo sería nuestro primer encuentro, el momento de la seducción y la conquista final. Cuando me sentía lo suficientemente estimulado por esa vida paralela, tiraba de un extremo del folio, lo doblaba y lo escondía. Entonces corría al baño, para vengarme de todas las chicas en tinta negra. Diez o doce años después, te escribo a ti sin tinta en un PC color amianto, y me masturbo menos. También hay menos chicas en la lista. De hecho, hay sólo un nombre, que yo sepa. Ya no pliego las páginas, sino que las archivo en un segundo. Igual que sé que están ahí todas juntas, comprimidas, disponibles, sé también que algún día podrían desaparecer en un imperceptible desplazamiento de energía. Nuestra memoria, en apariencia tan amplia, puede borrarse por azar sin que nos demos cuenta. (...)
Cuando te escribo a ti es distinto. Algo me impide mentir demasiado. Mejor dicho —porque no existe la sinceridad desinteresada—, imagino que no creerías mis mentiras, que conoces mis palabras mejor que yo. Quizá por eso te escribo: para hacerme con mis palabras, para que me las devuelvas. (...)
 
De cualquier forma, para mi padre los asuntos internos son siempre provisionales. Lo que de verdad le quita el sueño son los conflictos de la empresa. Mi padre no descansa del trabajo en casa: huye de su casa hacia el trabajo. Así que quien padece estas cuestiones suele ser mi madre. Sé que, si ella hubiera tenido una profesión a la que dedicarse, todo habría sido más equilibrado en nuestra familia. Pero, qué quieres que te diga, como madre tampoco está siendo demasiado profesional. Ya estoy oyéndote: ¿Y qué clase de hijo has sido tú? No se admiten golpes bajos. A veces pienso en pasar por tu casa y ver si estás. No lo hago porque supongo que te incomodaría. Siempre fuiste tan clara conmigo, Marina, que resultas casi indescifrable. Yo soy incapaz de sentenciar las cosas de ese modo. Suelo dar las suficientes vueltas alrededor de ellas como para saber que es perfectamente posible regresar al punto de partida. Confieso que, en realidad, he pasado unas cuantas veces por tu casa. Pero no tuve la valentía de quedarme esperando en la puerta. O tuve la prudencia de dar media vuelta antes de que fuese demasiado tarde. Lo que más me intimida es la certeza de que no reaccionarías como en el cine o la tele. Jamás te rendirías ante un ramo repentino o una fragancia afrancesada. Quizá necesitemos concebir en las pantallas la perfección narrativa de la que nuestras vidas carecen. Por eso, en vez de pretender que en las películas suceda lo mismo que nos sucede a nosotros, corremos a ver historias donde todo encaja. Aunque a ti, que yo sepa, las comedias románticas te dan náuseas. Más que reconfortarte, te hacen pensar en lo difícil que es tu vida. (...)
Hay soledades que se revelan de improviso, como un golpe en la nuca. Piensas: estoy solo. No ahora. Siempre. Solo. Esa palabra afónica, redonda. Están también las soledades lentas, las que se forman con el tiempo. Hay otras que estaban ahí desde el principio, que son las soledades de las que estamos hechos. Suelen permanecer larvadas bajo alguna memoria difícil. De vez en cuando esas soledades despiertan, se enderezan y te hablan al oído. Entonces uno escucha algunos secretos acerca de sí mismo. (...)
También existe, ¿sabes?, la soledad que de tanto conocerla y tratarla a todas horas, acabas necesitando como a una leal, discreta compañía. Una soledad casi querida que, al marcharse, nos deja de verdad a solas. No sé si alguna vez has sentido deseos de estar sola también en tu cabeza, dejar de escuchar voces que se contradicen. Y entonces has gritado hacia dentro, esperando que todos esos personajes desalojaran tu mente. Cuantas más voces emergen, más parecen quedar dentro: las que sabías que vivían emboscadas ahí, algunas que sospechabas que existían, también otras que ni siquiera reconoces (...).
Porque la soledad es generosa, Marina. O por lo menos sé que existen soledades propias, que no son pérdidas sino conquistas. Yo quisiera tener una de esas, disfrutarla despacio, comprenderla sin miedo. Pero cada vez que estoy a punto de sentirla, se me esfuma y me veo solo. Y quedo cara a cara con un extraño, intentando averiguar qué ha sucedido. (...)
Como estamos en época de rebajas (el capitalismo es una interminable rebaja), había un gentío alrededor de los expositores. Parecía una reunión de canguros: todos daban saltos con una bolsa a cuestas. (...)
Dicen que soy noctámbulo, pero lo único que busco es una porción de silencio. Si para eso hay que esperar hasta la madrugada, espero. Uno no ama la noche, sino sus atributos. (...)
Supongo que ella pensaba que el salto de las caricias al sexo era como pasar del agua tibia a la caliente. Aún le faltaba descubrir que a veces, en mitad de la compañía, te cae el hielo encima y el otro desaparece. (...)
Por la calle tengo la sensación de cruzarme con menos desconocidos que enemigos. La gente parece pasarlo tan bien que me da asco, es decir, una envidia incrédula: tiene que haber grandes razones para deprimirse, ¿no? Razones que los demás todavía no han descubierto. (...)
El único refugio, entonces, es el bar de Xavi. Ahí suelo terminar. Me figuro que, en el fondo, todos los que vamos ahí vamos a terminar algo. ¿No es eso el bar de siempre? No el lugar al que se va de fiesta, a bailar o a conquistar el mundo. Sino ese lugar inevitable al que acudes porque no hay adónde ir, porque es el último que no aborreces. Al menos que yo sepa, existen tres maneras universales de beber: por timidez, por euforia, por olvido. Pero en el bar de siempre se descubre otra manera: beber por solidaridad. Cuando voy donde Xavi acabo emborrachándome por solidaridad con quienes, como yo, han acabado ahí porque no había otro remedio. ¡Cráneos previlegiados! Tengo tanto sueño que me quitaría la cabeza. (...)
Mi padre hacía bien en obligarme a leer, pero yo hacía bien en resistirme, no sé si me explico. La lectura necesita tener algo furtivo: se lee mejor a escondidas, en contra de algo o de alguien. (...)
Había quedado en encontrarme con unos compañeros de clase (debería decir: con unos compañeros que tampoco van a clase) y aún faltaba un rato para la hora. Me acomodé en uno de los bancos y me dediqué a ver circular, calle arriba, calle abajo, a la juventud alcohólica local. Todos hacían muecas. Se habían disfrazado de no haberse disfrazado. Sentí una moderada confianza en mis posibilidades: un payaso consciente nunca ha sido ridículo. (...)
Te sorprendería ver cuánto ha cambiado mi hermana. Hasta hace un par de años, me hacía caso en todo y quería parecerse a mí. Ahora no sólo ha comprendido que sus héroes deben ser otros, sino que además ha empezado a ser quien da las órdenes en casa. Teniendo en cuenta el estado de nuestra familia, no me parece mala idea. El rol de primogénito me produce espanto. Aunque no hablemos mucho (llegados a cierta edad, los hermanos parecen alcanzar un acuerdo tácito mediante el cual el amor se presupone pero rara vez se demuestra), la considero una chica inteligente. También es caprichosa y un tanto melodramática, como toda la gente de su edad. Tiende a golpear las puertas y adora a cualquier músico que se vista de negro y le cante a la destrucción. Cada vez que hace falta, sin embargo, Paula se pone seria y trae algo de sensatez a esta casa. ¿Y yo? Intento no molestar demasiado. Soy, digamos, un huésped permanente. (...)
En el chat todos tienen un nombre distinto al suyo y unos deseos diferentes de los que declararían en su propio nombre. (...)  Pero a veces las mentiras nos salvan. A mí me gusta, por ejemplo, mentirme diciendo que soy buena persona. La gente, en un principio, está dispuesta a creerme. No por ingenuidad, sino por comodidad. Desconfiar de todo el mundo resulta agotador. Así que yo me miento: Soy un buen tipo, soy un buen tipo. Y, al cabo de algún tiempo, no me queda más remedio que serlo para no defraudar a nadie. El único peligro de mentirse consiste en elegir la mentira equivocada. Una que sea indigna del fingimiento al que obliga o del propio fingidor. (...)
La vida en las ventanas.
Andrés Neuman.
Finalista Premio Primavera de Novela 2002.
Espasa 2002/ Alfaguara 2019. 

martes, 20 de junio de 2017

HASTA QUE PUEDAS QUERERTE SOLO (Pablo Ramos)

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El otro día Ben Clark me recomendó Hasta que puedas quererte solo, un libro de relatos de Pablo Ramos sobre la adicción. Dejo por aquí la reseña de Carlos Zanón en Babelia y el prólogo:

Palabras preliminares

En noviembre de 1997, bajo el agobio de una primavera particularmente calurosa, llegué por primera vez en mi vida a un grupo de autoayuda. Recuerdo que mi mujer de entonces, la madre de mi hijo menor, me dejó en la recepción de la parroquia la Consolata, en La Paternal, y se volvió a casa para cuidar a Julio que por ese entonces era un bebé de brazos y se había quedado solo durmiendo. Me dio un beso y me deseó buena suerte.
    Yo me quedé en el hall, sin entrar del todo al pasillo que conducía a los salones donde se reunían distintas personas. No había ningún cartel y por nada del mundo me habría animado a preguntar. ¿Qué preguntar? ¿Acá es para drogadictos? Ni loco, pensé, antes me muero.
    Para distraerme me puse a ver la cartelera de actividades de la parroquia, no quería volver temprano a casa y decepcionar nuevamente a mi mujer. Ella estaba contenta, había averiguado todo y le habían dicho que los grupos de Narcóticos Anónimos eran uno de los mejores lugares para dejar de consumir cocaína. Yo la consumía junto con lo que viniera desde los dieciocho años y ya por ese entonces tenía treinta y uno. Estaba cansado, el consumo me había arrastrado por todos lo lugares habidos y por haber, desde hospitales hasta la cárcel. Más de una vez había estado a punto de perder la vida. Había perdido trabajos, amigos, matrimonios, ya casi nadie confiaba en mí y mucho menos me tomaban en serio.
    Miraba los horarios de catecismo, las misas a pedido, los horarios de secretaría y me olvidaba, como hacía siempre, de qué era lo que había ido a hacer a ese lugar. Recuerdo esa sensación, ese vacío particular, ese estar a la deriva. Quedarme horas y horas en un lugar, habiendo olvidado por completo para qué había ido. De golpe una persona, un hombre, algo más de cincuenta años, tostado de lámpara, con unas cadenas y unas pulseras enormes de oro enchapado, salió de uno de los salones y al verme se vino derecho al humo. Me saludó y me preguntó si venía para los grupos.
    Qué grupos, le contesté. Los de catecismo no, flaco, me dijo el cincuentón, y largó una carcajada que retumbó en las paredes de hospital que eran (y son) el anexo de la secretaría de esa parroquia.
    Me reí también y el tipo me pasó la mano por el hombro y me acompañó a la reunión y me presentó como el recién llegado.
    No recuerdo su nombre, no recuerdo su voz, ni si era alto, se me hace que sí, o si era gordo o flaco. Sólo el bronceado y las cadenas, sólo el final y el tono de las palabras que dijo para compartir su experiencia conmigo en el ritual común de bienvenida que se les hace a todos los que entran en esa confraternidad por primera vez.
    Entré y me quedé. Junté casi dos años limpios antes de su primera recaída. Junté casi un año limpio antes de la segunda. Y después necesité de una internación para poder parar. Junté un año y dos meses en la internación, y desde ahí pude juntar más de seis o siete meses sin volver a consumir, sobre todo alcohol (pero en cada recaída volví y volví a los grupos, y cada vez fui recibido sin juicio, con respeto, con silencio al contar el dolor absurdo de ver que siempre se tropieza con la misma piedra. Los compañeros me recordaron que yo me debía respeto, y cuando, avergonzado, cantaba mis recaídas, las palabras eran casi siempre las mismas. Estábamos enfermos. Nos descuidábamos un poco y estábamos otra vez en el horno. Esto es sólo un día a la vez, alentándome así a empezar de nuevo.
    Parece que el momento en el cual se da que tengo que comenzar a escribir este libro hubiera sido planeado. Pero no, no fue planeado. De alguna manera coincidió en forma y circunstancia con una serie de recaídas personales que volvieron a ponerme alerta, que me hicieron pensar, dos días antes de firmar el contrato por este libro, que era hora de volver a encarar el problema como la primera vez que lo encaré: en serio, con toda la voluntad (buena voluntad), que me sea posible.
    Casi siempre un adicto, un alcohólico (que son para mí muy parecidas) saben exactamente por qué vuelven a tomar. Hasta se podría decir que en secreto, su mente lo planea, y él o ella, va concediendo terreno a una idea que crece como un árbol podrido. Y si en un principio ese crecimiento da la impresión de estar bajo control, rápidamente ese control ilusorio o esa ilusión de control (parte de la trampa, parte del autoengaño del adicto), se convierte en una energía ingobernable y letal.
    Más o menos rápido según las personas, según las circunstancias, pero igual de feroz al final del trayecto. Todos los adictos sabemos como empezamos, ninguno de nosotros sabe cómo ni cuando va a terminar. Por eso me parece necesario empezar este libro así, porque el libro va a hablar de personas que como yo, luchan día a día para seguir adelante.
    Que amanecen agradeciendo, sencillamente por el hecho de estar limpios, abstinentes. Un adicto que no consume por 24 hs son 24 hs de milagros ininterrumpidos, es un número contra todos los pronósticos, algo fuera de lo normal, algo que se mantiene a flote pese a tener todas las características dadas para el hundimiento.
    Y de estas personas va a hablar este libro y esas mismas personas van a hablar en este libro. Las que se recuperan, las que rompieron las reglas y torcieron el destino y terminaron con el mito de que adicto se es para siempre.
    Escribo estas palabras y la máquina de escribir apenas me responde. Tengo las manos endurecidas. Hace unas horas me gasté el dinero destinado a la cuota alimentaria de mi hijo menor en quince gramos de cocaína y una botella de medio litro de whisky, y hace unos minutos nomás que terminé de tomarme todo. Estoy torpe mental y físicamente, y quiero dejar registro de esta torpeza, que es un verdadero fondo al cual llegué. Pienso ahora, y lo sé, que estoy muy cerca de volver a arruinarme la vida. Mi mujer se mudó a la casa de unos amigos. Hace dos noches ya, y es lo mejor que pudo haber hecho; al menos sé que esta vez estoy con una mujer normal que no se queda a repartir trompadas, que se corre y me habla al otro día con tranquilidad, tratando de llamarme a la razón. Que escribir no alcanza, que lo que tengo es algo serio, que necesito ayuda, que vuelva a intentar con lo que me dio resultado una vez, ese tipo de cosas. Y ese tipo de cosas que pueden parecer pensamientos tan obvios para cualquier persona es lo que yo necesito oír. Porque la gente como yo abandona las cosas cuando le están saliendo bien, y abandona, por supuesto, los tratamientos que le están saliendo bien.
    Escucho música y escribo, supongo que voy a escribir toda la noche y supongo que este prólogo o esta confesión, como quieran llamarlo, desde ahora va a atravesar el libro o ser parte importante de él. Porque se me acaba de ocurrir que sería valioso llevar un registro de cómo evoluciona mi nueva recuperación, y de qué manera se van dando mis días mientras grabo y desgrabo las historias de otros adictos, mientras escucho de logros y recaídas, mientras recorro grupos, fundaciones, cárceles, hospitales y todo lugar donde un ser humano esté luchando por seguir siendo un ser y por seguir siendo humano. Mientras comparto el despertar de los recién llegados que descubren con alivio la palabra enfermedad, palabra que puede ser temida por muchas personas pero que el día que nosotros la escuchamos respiramos con alivio. Porque nos sentíamos deficientes morales, seres perversos que sufrían y hacían sufrir a los demás, hasta ese día, el primer día en que escuchamos que estábamos enfermos, y que la enfermedad se podía tratar, y que el consumo compulsivo podía parar, y escuchábamos a esos compañeros que hablaban de tres cuatro cinco diez quince años sin drogas ni alcohol, ¿años sin drogas ni alcohol? ¿Cómo es eso? La vida sin drogas ni alcohol era imposible, aburrida sin sentido, mejor morir, mejor seguir igual, mejor sufrir que disfrutar de la vida sin drogas ni alcohol. ¿Cómo es eso? Mejor sufrir que disfrutar de la vida sin drogas ni alcohol. Así de grande es el problema, así de sutil la locura, así de incurable la enfermedad que doblega al adicto que no conoce la recuperación.
    Este libro pretende ser un homenaje a los que me mostraron el camino y a los que siempre están ahí cuando los necesito, un homenaje a su dolor y a su coraje, pero sobre todo pretende, y me hago cargo del romanticismo o lo que sea que esto implique, ser un mensaje de esperanza para el que todavía está sufriendo: el adicto o el alcohólico que no puede parar de consumir.
    Ah, ahora sí, no es que me haya olvidado, es que a propósito las quise dejar para el final. Las Palabras que me dijo el compañero cincuentón, ese que el azar quiso que yo nunca vuelva a ver, ese del cual no recuerdo casi nada. Excepto el bronceado y el oro falsos. Pase lo que pase vos vení, me dijo, que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo.

El libro está compuesto por 12 relatos ("Paso Uno", "Paso Dos...") que se corresponden con los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos. Además, cada uno de ellos lleva una breve introducción en cursiva en que se reflexiona, fuera del relato, sobre la adicción y el proceso de desintoxicación. Dejo a continuación algunos pasajes del libro:
Dicen en los grupos de Narcóticos Anónimos y de Alcohólicos Anónimos que la puerta de la sanación es muy ancha, pero también muy baja. O sea, que to do el mundo puede pasar por ella, pero que para hacerlo hay que agacahar la cabeza. (...)
No se está hablando de religión en este caso, sino de espiritualidad. Los pasos se leen, se entienden y se escriben para luego compartirlos con un compañero. Escribir para luego corregir, y corregir para corregirse. Y corregirse para volver a escribir desde ese ser mejorado. (...)
Todo se ponía negro en el cielo del sueño y de golpe el maná comenzaba a llover, a la vez que un líquido puro color oro brotaba de un manantial y formaba un cauce constante y sereno. Agradecido, comencé a comer y a beber: el pan era cocaína y el manantial era whisky. (...)
La historia dice que luego de tratar a Bill W. por su alcoholismo y de lograr un tiempo considerable de desintoxicación, Jung le da el alta advirtiéndole que como médico ya no puede hacer más de lo que hizo, pero que sabe que volverá a consumir. Ante la pregunta de Bill W. acerca de si existía alguna forma de poder mantener la sobriedad, Jung le dice -siempre según fuentes dudoas, que lo único que podría darle la cura definitiva sería una experiencia mística. Así ocurrió cuando Bill W. sintió como una revelación la necesidad de buscar otro borracho a quien confesar su problema. Así fue creciendo la idea de que la voluntad no es suficiente porque se la lleva como un peso que siempre termina por doblegarte. Entregar la voluntad a otra persona en la misma condición fue el primer paso poder luego entregárselo a la Providencia, Dios o el Poder Superior, como cada uno elija nombrarlo. (...)Entregar y sacarse de encima la responsabilidad del resultado y confiar en que el camino que se abra al andar limpio va a ser seguramente el mejor.Aunque parezca mentira, lo único que siente seguro un adicto o un alcohólico es la droga que consume. Por eso, sin trabajar y llegar a entender el concepto de este paso, ante la mínima sensación de caída no dudaría en sostenerse de lo mismo.(...)
En la vida encontré muchas veces una mujer que era el sustituto al menos temporario de ese medio ser que Gabriel y yo habíamos perdido. Tuve muchas buenas mujeres, no mujeres definitivas, no mujeres que yo pensar que se iban a quedar conmigo, pero mujeres buenas que me acompañaron, por las que traté de salir, que me dieron ánimo y hasta me dieron hijos. (...)
Mi breve historia con ella me hizo entender como ninguna otra cosa que nuestro temor no es a la oscuridad, sino a la luz. Es decir, a que la oscuridad se ilumine. (...)
Le dije que me hablara de las cosas que le gustaban y ella me habló de autos, de champán en los autos, de las primeras horas de cocaína y placer, de las últimas horas de cocaína y dolor.
-Cosas que te gusten, Lulú, -insistí.
Y entonces me habló de fútbol, de sexo, de hombres y de libros. Me dijo que prefería un escritor a un deportista, porque era más largo el después que el durante. (...)
La motivación es la misma que la de las demás crónicas de este libro, el terror que me causa saber y comprobar la enorme capacidad de mutación, la infinita capacidad de variantes y matices que tiene la enfermedad de la adicción. Tantas variantes con el mismo y casi único síntoma: meterse toda la sustancia que sea, todo lo que el cuerpo resista jugando en el límite más real que existe entre la vida y la muerte: la muerte en vida. (...)
 
La tragedia que acontece cuando un hombre o una mujer, desterrados al desamor de la soledad, descubren que el dicho de que el alcohol acompaña, lejos de ser una metáfora, es una verdad grande como una casa.
Porque el alcohol sí que acompaña, ayuda a olvidar, anestesia los sentimientos y convierte a los malos recuerdos en meras palabras de una letanía lejana, esa letanía que siepre recitan los borrachos y en la que nadie jamás se interesa. (...)
El alcohol se lo lleva todo, pero no de una vez por todas, se lo va llevando poco a poco. Disfruta mucho de arrastrarte un tiempo largo antes del tiro final. (...)
-No hay peor alcohólico que el que empieza de grande -me dijo tío Alfredo-. Porque empieza, decididamente, para olvidar. (...)
Porque el descenso no puede ser accidental. El descenso es el resultado de una elección de vida, o de un conjunto de elecciones hechas conscientemente en la vida. (...)
Isabel habló de todo: del bien, del mal, de la muerte, de Dios y de los hombres, de la guerra, de Hitler, de su familia nazi y de su amor judío. Supongo que enumeró las cosas buenas y las cosas malas por las que una persona bebe. Ahora me doy cuenta: uno bebe para olvidar cosas malas, es verdad, pero sobre todo bebe porque hubo cosas buenas y no pudo hacer nada para retenerlas, para que siguieran ahí o para que siguieran siendo buenas. (...)
Yo sabía muy bien que el que tien el bolsillo lleno tiene la razón, o que al menos los demás le dan la razón, a cambio de un poco de eso que tiene en los bolsillos: dinero o cocaína. Luego me di cuenta de que el talento también cuenta. El talento hace que los demás busquen tenerte cerca con la ilusión de contagiarse. (...)
En la búsqueda de esta satisfacción -búsqueda que me obsesionó después- conocí lo que se me reveló en principio como el lado práctico del alcohol combinado con la cocaína: la capacidad de anestesiar.
Ignoraba, por supuesto, que el problema de estos medicamentos no radica en la composición sino en la posología. O sea, en que jamás una deja de aumentar la dosis hasta que ya es demasiado tarde. Durante un tiempo fue eficaz, silenció las voces del pasado, me hizo olvidar el temor al futuro y, sobre todo, me hizo vivir el presente como dormido. Entonces, ante cada situación, pensaba en una copa y una dosis. Lo demás lo hacía la compulsión. Tomé como una bestia y terminé muchas veces en la sala de guardia de un hospital. Pero apenas me recuperaba y salía, volvía a tomar y a consumir de la misma manera. Tuve una novia, un casamiento, un hijo. Por primera vez intenté dejar el hábito. Conseguí un trabajo formal  y, simulando que todo iba bien, me sostuve sobrio por casi nueve meses. Recaí, pero volví a intentar la sobriedad. Una lucha que incluyó la cocaína, pero no tanto el whisky. Así se fueron los primeros años de matrimonio, desgastando el amor, destruyendo mi autoestima y construyendo una muralla de culpa que se hacía, día a día, trago a trago, raya a raya, inconmensurable. Imposible de escalar, de ignorar o de esquivar. Lo que hice fue mantener dormido al ser monstruoso que llevaba en mi interior, que me hablaba desde adentro de mi cabeza como una radio encendida día y noche, y no me dejaba ir tranquilo a la oficina, comer en familia, mirar televisión, seguir fingiendo. Fue una lucha encarnizada, batallas de veinticuatro horas en las cuales indefectiblemente perdí. Hasta que mi mujer me echó de casa, volví a una pensión y al alcohol diario. (...)
El daño que causa el consumo de drogas y alcohol en el adicto, en sus seres cercanos y en la sociedad es tan tremendo y devastador, que repararlo se vuelve muy complejo, y a veces imposible. Porque lo que no se puede hacer es volver el tiempo atrás. Y lo que no se debe hacer es lo que siempre hicimos, lo que hace que sigamos consumiendo y haciendo más y más daño, que es negar: hacer como si no pasara nada. (...)
Lo conocí en lo que, más tarde me daría cuenta, iba a ser el tramo final de su cordura, pero cuando su alcoholismo aún podía considerarse leve, social, tal vez inofensivo. O, por decirlo de otra manera, lo conocía cuando entraba en la recta final de su alegría. (...)
En esta ciudad, si no estás borracho o drogado tenés que ser un cínico. (...)
Recuerdo alguna de esas frases. Una era mitad de Charly García, mitad de Kafka: "Yo te podría decir que me cago en tu amor, pero ponte del lado del resto del mundo". Otra, mitad de Oscar Wilde y mitad de la Mona Jiménez: "Todos estamos hundidos en el mismo barro, sólo que no sé quién se ha tomado todo el vino". El vino (de todos lo colores) se lo había tomado él, y cuando terminó me dijo que se iba. (...)

Yo, como muchas personas que conozco, y que son las que más detesto, era de esos tipos que se podían comprar lo que quisieran, pero nunca tenían nada. (...) No se trata de cometer un sinceridio que traiga más dolor a nosotros mismos, a nuestras familias o a las demás personas. Se trata de poner, de una vez y para siempre, las máquinas del amor en movimiento.
Tenía dos ex mujeres que habían convertido a mis hijos en ex hijos. No podía verlos porque me lo impedía la falta de trabajo. La falta de trabajo que acarrea la falta de dinero, que acarrea la falta de un lugar decente donde dormir y comer un plato de algo caliente, que acarrea las ganas de volarse la cabeza con na 45 o con veinte gramos de lo que sea o con una prostituta gorda que nos haga un lugar entre sus enormes tetas. El resultado de todo eso fue un perfecto borracho y un perfecto drogadicto: yo. (...)
La manera de beber, ese meñique levantado que ahora es también el mío y la fe en esos rituales. Porque me atrevo a sospechar que el alcoholismo, además de una enfermedad y un vicio, debe ser algún tipo de fe. (...)
Llevando en el alma la misma incapacidad, la misma extraña cosa que me hace preferir siempre lo que se sirve afuera, lo que se amasa sin amor, la mano indiferente que llena la copa. El mozo o el puntero son los amigos perfectos para nosotros, porque nos ayudan a envenenarnos sin preguntas, sin expectativas también, y nuestra desidia, lejos de parecerles una ofensa, les facilita el trabajo. (...)
El programa de AA y Na es un programa de veinticuatro horas, donde uno tiene que vivir los Doce Pasos todos los días, cada día. (...)
La gente normal aliente siempre el espectáculo del borracho, hasta que es demasiado patético, hasta que, saciados de carroña, se van sin ver el final. (...)
-No le digas a nadie, pibe -me contestó-, no bebo en el trabajo no por respeto al trabajo, sino por respeto a la bebida.

 Hasta que puedas quererte solo. 
Pablo Ramos. 
Alfaguara, 2016