ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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lunes, 23 de junio de 2025

ABBEY ROAD: el dignísimo final de The Beatles según José Luis Pardo

 

Brian Epstein apareció muerto en su apartamento de Londres el 27 de agosto de 1967. El término no era entonces tan corriente como ahora, pero alguien lo dijo (aunque no consta en el informe forense): sobredosis. Los excesos acaban pagándose. El doble White Album de 1968 fue el primero que los Beatles grabaron sin que él pudiera ayudarles a sostener el grupo, sin que él representase su voluntad de estar juntos, y fue el primero en el cual el grupo se deshizo (además de que todos sus «negocios» se vinieron abajo y empezaron a echarse y a explicitarse las cuentas: qué es culpa tuya, qué has puesto tú y qué he puesto yo, quién compuso «realmente» tal o cual canción, quién empezó la pelea, etc.), el primero en el que se materializó un cierto estado de malestar entre ellos. Decepcionado por la situación que se había creado, y antes de que alguien le acusase de estar gorroneando en un banquete para el que no se había pagado la invitación, Ringo, encargado del beat, abandonó de facto la banda durante algún tiempo, pero nadie hizo caso de su gesto. Las canciones dejaron de ser «de los cuatro». Ahora cada uno llegaba al estudio con su canción y los demás, sin derecho alguno de réplica ni de intervención, actuaban como músicos de estudio a sus órdenes, simplemente siguiendo sus instrucciones. (...)

Las canciones de los Beatles –como la poesía de Baudelaire, las novelas de Flaubert, los dramas de Oscar Wilde, los dibujos de Max Ernst o las performances de John Cage– no eran en absoluto políticamente subversivas desde el punto de vista de los contenidos (entre los cuales se afanaban en vano los críticos procedentes de la izquierda convencional en buscar mensajes cifrados); en la presunta «amoralidad» de las masas, ora desordenadas y turbulentas (pero desorganizadas), ora dóciles y amedrentadas (pero con una sumisión inorgánica y superficial), que la portada del Sgt. parecía exaltar, la izquierda ideológica convencional empezó a sospechar la temeridad de la que siempre habían hecho gala, por diferentes motivos, el lumpenproletariado y la «sociedad de los artistas» (los dos fantasmas que recorrían Europa, las masas enfurecidas y los señoritos depravados), que la clase obrera moralizada y, sobre todo, las clases medias, perciben inequívocamente como una anomalía que es necesario corregir por la vía de la reforma y la represión (¡Esto no es música!), y que procedía, según esa ideología, de la «falsa conciencia» de unos desclasados que, por gozar de la suerte o sufrir la desgracia de una inmadurez patológicamente prolongada, confundían su anómala situación con una verdadera «opción» (...)


El doble álbum blanco se terminó de grabar en octubre de 1968 (la última canción registrada fue Why don’t we do it in the road?) y salió a la venta en noviembre. Los propios Beatles ignoraban hasta cuándo se podría sostener la precaria situación del grupo. A principios del año siguiente iba a salir un álbum con material sobrante del año 1967 y algunos temas instrumentales «de relleno», pero inevitablemente había que acometer el trabajo de grabar el siguiente disco de verdad. 


Y el caso es que no quedaba casi nada a lo que recurrir: la desesperación era tal que incluso se decidió usar un tema que Lennon y McCartney habían regalado a una organización ecologista en 1968 ("Across the Universe"), y resucitar otro ("One after 909") que habían desechado en marzo de 1963. Aquel mes de enero de 1969, y siguiendo más o menos el «sistema» del doble blanco (o sea, el de «cada uno por su lado»), los Beatles registraron diez temas en una serie de sesiones (parcialmente recogidas en la película Let it be) que resultaron ser las más caóticas, deprimentes y sencillamente malas de su historia. El resultado les pareció a ellos cuatro tan insostenible que, cuando acabaron de grabar "Two of us", el 24 de enero, todos sabían que el grupo estaba acabado.


Pero hubo un milagro. Un giro inesperado de la historia que, sin merma alguna de la verosimilitud (es decir, sin dejar de precipitarse inexorablemente hacia un final que ya nada podía evitar), produjo un último esfuerzo genial y maravilloso. Alguien –probablemente Paul, de cuya incapacidad para acabar ya hemos dicho algo– se negó a terminar de este modo, y los demás comprendieron en seguida. La atracción de los Beatles iba más allá de los deseos y sentimientos de aquellas cuatro personas. El coro de ángeles desvergonzados que había despertado en medio mundo «escalofríos de gozo, calor y sentimiento de comunidad» para los que no había en la tierra más adjetivo que maravilloso, como decía Peter Handke, no podía acabar así. Sólo unos días después de haber perpetrado el crimen que se daría en llamar Let it be y que, para el público en general, sería el último álbum de los Beatles (porque fue, en efecto, el último en publicarse, pero no el último en grabarse), Lennon y Harrison llegaron al estudio con dos canciones extraordinarias. Y así continuó el goteo hasta el verano de 1969, durante el cual permanecieron encerrados muchas horas en Abbey Road, tocando de nuevo juntos, por última vez, como una verdadera banda, desencadenando una tras otra obras maestras de la música pop, como decía George, «en estado de gracia» como un coro de ángeles, aunque fuesen ángeles de estudio. (...)



A veces nos preguntamos por qué las canciones de los Beatles parecen perfectas. Ellos escribieron y tocaron grandes canciones, pero también produjeron muchas niñerías y baratijas, y no es menos cierto que otros artistas también compusieron melodías muy hermosas. Lo que tienen de peculiar las de los Beatles, lo que las hace incomparables, es que al escucharlas no oímos solamente «buenas canciones», sino que estamos ante algo que habitualmente no se oye (porque no es audible): las reglas para hacer canciones de música pop. Desde la ingenuidad adolescente de los temas de pareja de los tres o cuatro primeros álbumes hasta la delirante libertad de exploración del blanco doble, pasando por incursiones y escaramuzas inventivas como "Eleanor Rigby", "Fool on the Hill", "I am the walrus", "Tomorrow never comes" o "Norwegian Wood", los Beatles, sin otra pretensión que la de la simple «diversión» (pero divertir significa verter en moldes inesperados), produjeron uno tras otro los prototipos que aún sigue explotando la música pop (...).



La regla de la acción recta, como hubiera dicho Platón, sólo existe en la acción misma, como regla viva y vigente, del mismo modo que la regla del bien tocar la flauta sólo existe cuando alguien la toca bien y en el acto de tocarla. 


El público que escucha, por ejemplo, las reglas de la música pop al escuchar "Happiness is a warm gun", capta una especial belleza, pero no posee previamente un saber de tales reglas (y, aunque dispusiera de un supuesto saber teórico o empírico acerca de las mismas, incluso desarrollado en forma de cálculo técnico, como podía ser el caso de los productores de la EMI Records o de los ingenieros de sonido de Abbey Road, no puede servirse de él para ejecutarlas o imitarlas, y tiene que sentir la canción como un «desbordamiento»), sino que precisamente las descubre (y por eso aprende algo nuevo) al escuchar la canción. (...)



De modo que el último disco no podía ser uno entre otros: tenía que ser el mejor (y, probablemente, lo es), y todos acudieron a la llamada. Sabían que, por separado, nunca llegarían a hacer nada de un valor siquiera semejante. (...)



Abbey Road es una obra excepcional al menos por esto: porque todos los que participaron en ella ya sabían, desde el principio, que sería la última, que no habría ocasión de rectificar. Esto se percibe desde el comienzo, con una de esas canciones sólidas y rotundas de Lennon que se titula precisamente "Come together": uníos, reuníos, cuajad;15 parece ironía iniciar el disco de la separación con la consigna de la unidad, pero no lo es, es la invocación de un tipo de conexión (la de una banda tocando junta y bien trabada) que se exige para un buen final. Sólo hay un buen principio cuando es el principio del fin (en los coros de esta canción, Lennon y McCartney cantaron por última vez juntos en un estudio de grabación). Quizá esto no se aprecia con tanta claridad en la primera mitad del disco, en donde se suceden los esfuerzos individuales por estar a la altura de las circunstancias (otros dos «sólidos rotundos» de Lennon: "I want you" y "Because", en donde Lennon seguía el consejo de Chuck Berry y le daba la vuelta a Beethoven, tocando el Claro de luna al revés; dos fulminantes «pesos ligeros» de McCartney, "Maxwell’s Silver Hammer" y "Oh, Darling!" –quizá el más esmerado de sus trabajos vocales–, dos de las mejores canciones escritas por Harrison en toda su carrera, "Something" y "Here comes the sun", y una «fantasía» de Ringo que dejará secuelas hasta en el imperio Disney, "Octopus’s Garden"), y es difícil decir quién logra con mayor acierto señalar la elevación de tono que se buscaba. (...)


Pero en la cota del corte noveno –"You never give me your money"– de pronto todo se desata y se precipita a partir de uno de esos «fragmentos sueltos» de Paul sobre su adolescencia en Liverpool, en el cual el pasado adquiere el aire meteórico de un futuro que casi se diría eterno. Ahí ya no estamos solamente ante una prueba más del virtuosismo melódico, vocal e instrumental de McCartney, estamos en presencia de una banda de rock and roll de cuatro músicos tocando y cantando asombrosamente juntos; hasta el ambiente artificial del estudio –magníficamente manejado, entre otros, por Alan Parsons– queda convertido en el de una jam session o en el de un «ensayo» particularmente inspirado. Las canciones se suceden unas a otras sin cortes (la mayoría de ellas se grabaron efectivamente así, juntas y seguidas, en el prodigioso mes de julio de 1969 en el que Neil Armstrong pisó la Luna), en un medley que discurre a toda velocidad por una pendiente de gran inclinación e intensidad (el único momento de «descanso» es la increíble "Sun King" –un prototipo que luego Pink Floyd explotaría industrialmente–) a través de la cual se van sorteando los obstáculos como en un slalom gigante, en un campeonato de surf con el viento desatado o en una carrera de automóviles de fórmula 1 llena de curvas peligrosas y de derrapes en los límites del equilibrio ("Mean Mr. Mustard", "Polythene Pam", "She came in through the bathroom window", "Golden Slumbers"…); hasta que un reprise de "You never give me"… reintroduce el clima de disparadero de gozo en el cual se funden el pasado y el futuro. Aquel sueño en el cual cuatro desertores del college metieron sus mochilas en una limusina y despegaron a golpe de acelerador no se hizo realidad en el 61, ni en el 63, ni en el 67: se está haciendo realidad ahora, precisamente hoy, en un «hoy» que no señala el tiempo del calendario sino que construye el sentimiento mágico que alienta en los instrumentos y en las voces de los cuatro ángeles atolondrados que no tienen más cultura que la que han podido adquirir de oído, de paso y sobre la marcha. Pero cuando el coro rompe a cantar "Boy, you’re gonna carry that weight, carry that weight a long time", con la voz de Ringo Starr en primer plano, sabemos que el peso de los Beatles gravitará aún largo tiempo sobre las espaldas de los que ahora se despiden de él con la inmensa alegría de quien se deshace de un fardo. (...) 


demasiado cargado y pisa el acelerador para llegar rápido al final ("The End"), la canción que tenía que haber cerrado el disco y en la cual, tras un magnífico solo de Ringo, las guitarras de Harrison, McCartney y Lennon emprenden un fabuloso combate nacido de la improvisación y en el cual, de nuevo, la singularidad de cada uno de ellos consigue come together para hacer sonar por última vez a los Beatles. One and one and one is three.16 Como ya sucedió en el Sgt. Pepper’s, la canción final (en aquella ocasión, el reprise de «Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band», a la que sin embargo seguía «A day in the life») no es la última. Tras ella suenan los simples y breves compases de «Her Majesty», una especie de nana perversa que formaba parte inicialmente de la suite de «Golden Slumbers», pero que Paul cortó en el último momento para pegarla en este punto extremo. Por esta razón (porque la melodía estaba unida y encadenada con el resto), la última nota (que a su vez habría sido la primera del siguiente tema) falta, como si se quisiera indicar que a esta historia no se le puede poner un punto final. En este último cuarto de hora todo ha ido demasiado deprisa: el ratero que se llevó la cartera, el mezquino mendigo del parque cuya hermana se convierte en una maniquí vestida de polietileno que acapara los telediarios, la seguidora fanática que se cuela en el cuarto de baño… y que tardará en saber que los Beatles ya no existían cuando el disco salió a la calle. Muchos más acontecimientos de los que caben explícita y contablemente en cuarenta y siete minutos y veintiséis segundos. (...)


ESTO NO ES MÚSICA: 
INTRODUCCIÓN AL MALESTAR 
EN LA CULTURA DE MASAS.
JOSÉ LUIS PARDO.
GALAXIA GUTENBERG, 2007

martes, 4 de junio de 2019

LA OBSOLESCENCIA DEL HOMBRE (GÜNTHER ANDERS)



Günther Anders es un filósofo imprescindible del siglo XX cuya biografía resumo a continuación:
Günther Anders (nacido el 12 de julio de 1902 como Günther Stern en Breslau, actual Wrocław, Polonia; muerto el 17 de diciembre de 1992 en Viena, Austria), importante filósofo e intelectual polaco de origen judío. Fue pionero de la filosofía de la técnica y de los medios y estuvo preocupado principalmente por los nuevos desafíos éticos que supusieron los avances técnicos desarrollados a partir de la Segunda Guerra Mundial, siendo cofundador y guía del movimiento contra la bomba atómica.
Compañero de estudios de Hannah Arendt, se casaría con ella en 1929 y en 1936 se divorciaron
La tercera etapa de su obra está influida por el sistema de la sociedad de consumo que no sólo envenena el medio ambiente, los ríos, el mar, los bosques sino que divide al mundo en países en la opulencia y países en la miseria. Una sociedad de consumo que aplica la energía atómica para más autos, más armas, más cemento, más turismo, más idiotización con productos superfluos, pero al mismo tiempo más poder, mientras más violencia, más hambre, más subdesarrollo, más dependencia en los países no industriales. Y el mundo del "socialismo real" ante el temor de quedarse en definitivo atraso tecnológico - y además por su idolatría por la técnica- entregó también su alma al diablo del Estado atómico. Para Anders, las estaciones hacia el fin de la humanidad comenzadas con Auschwitz (la destrucción sistemática y anónima del ser humano), con Hiroshima (cuando el ser humano se apercibió de que sólo bastaba apretar un botón) se completa con Chernobyl (nombre representativo para Harrisburg, y todas las demás catástrofes ecológicas habidas en la última década) donde el hombre pierde el dominio sobre el poder-violencia y se auto-mata en un holocausto de irracionalidad, obstinada estupidez y avaricia.
Manfred Bissinger, biógrafo e interprete de Günther Anders señala: "Los temas de Anders giran constantemente en torno al problema de cómo la técnica gana cada vez más poder-violencia sobre el ser humano. Nos lo explica en sus tres tesis fundamentales, que son: que el hombre no está a la altura de la perfección de sus productos; que produce más de lo que puede imaginarse y responsabilizarse, y que cree que todo lo que es capaz de producir puede hacerlo y no sólo eso, debe hacerlo".
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Probablemente su obra maestra por excelencia sea LA OBSOLESCENCIA DEL HOMBRE, que recomiendo encarecidamente, al igual que el artículo de Ignació García de Leániz y, sobre todo, la reseña de José Luis Pardo al respecto.
¿Hacia la obsolescencia del hombre? (artículo de Ignacio García de Leániz en El Mundo, 23/05/2018)



SOBRE LA VERGÜENZA PROMETEICA
En este sentido, no sería la peor definición del hombre contemporáneo ésta, que nuestro instructor ciertamente suscribiría: "El hombre es el saboteador de sus propios logros". Naturalmente, "saboteador" no porque cometa alguna travesura contra sus propios productos (...) sino precisamente porque él, el "viviente" es rígido y "no libre"; las "cosas muertas" en cambio, son dinámicas y "libres" (...).
Cuanto mayor es la miseria del hombre productor y menos está a la altura de sus chapuzas, más impaciente, nfatigable, ansiosa y pánicamente multiplica el cuerpo de funcionarios de sus aparatos, de sus sub-aparatos y sub-subaparatos; y naturalmente, con ello también vuelve a multiplicar su miseria, pues cuanto más multicéfalta y complicada se vuelve esta burocracia de aparatos creada por él, más vanos son los intentos del hombre de estar a la altura de éstos. (...)
La deshumanización no espanta a los deshumanizados, pues no forma parte de sus atribuciones.
(...)si los aparatos son considerados "adultos", "dejar atrás la niñez" y "educación del género humano" significa tanto como "dejar atrás el ser hombre". (...)
Y la expresión "clímax de la deshumanización" no es ninguna exageración en la medida en que no repara en esfuerzos y sacrificios, ni ahorra ninguna espontaneidad ni ninguna ingeniosidad para extinguir la espontaneidad y humanidad de sus capacidades; lo apuesta todo para hacer realidad su condición de pasividad y su cosificación; y espera hacer saltar los amenazadores límites de su falta de libertad y, en definitiva, conseguir el summum bonum de la posibilidad total de ser utilizado. (...)
La actitud del Prometeo transformado: "sumisión híbrida".(...) Habitualmente hemos unido a la expresión "híbrido" la figura de Prometeo, bajo cuya imagen se habían visto alegóricamente nuestros padres -y también nosotros mismos- en los últimos ciento setenta y cinco años (desde Goethe hasta el Sartre de las Mouches, pasando por Shelley e Ibsen). Si nos preguntamos si esta figura aún sirve, si su representación alegórica también se ha conservado para nuestros contemporáneos, que practican la Human Engineering, llegamos a las siguientes respuestas ambiguas:
También ellos siguen siendo siendo "prometeicos", pero auténticamente pervertidos:
"¿Venerarte yo a ti? ¿Por qué?, dicen ellos burlándose asimismo; sólo que se niegan el honor a sí mismos.
También tienen desmesuradas pretensiones arrogantes, sólo que son tan arrogantes que se rechazan a sí mismos por inadecuados.
También soportan mutilacines, pero no porque un Zeus castigue sus ambiciones demasiado pretenciosas, sino porque ellos mismos se azotan por su "retraso", por la "vergüenza de su nacimiento".
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¿No se transformará la humanidad en un único colosal y global proletariado lumpen? E incluso si llegara a conseguir -cosa del todo improbable- conservar la actual sociedad del bienestar mediante la reestructuración total del sistema social, ¿en qué van a ocuparse los millones de personas de la mañana a la tarde? Es irrisorio creer que se pueda responder a esta pregunta con propuestas de educación popular. ¿No estarán, desamparados, expuestos al océano del tiempo libre? La pregunta: "Qué tenemos que hacer?", que los mejores hombres del siglo pasado y inicios del XX trataban de responder, será sustituida por ésta:" En que hemos de ocuparnos nosotros y nuestros semejantes?" Dudo y rechazo que los millones puedan llenar el océano tiempo vació con diversión, "formación", deporte o sexo. Y no porque yo sea un fanático, intransigente y envidioso, de la ética del trabajo; nada más lejos de mí predicar, levantando el dedo índice, que sólo merecer vivir quines se ganan la vida con su trabajo. Lo que creo es que el hombre no puede vivir sin trabajo, que se condenó una vez; que es incapaz de estar divirtiéndose around the clok. Los consejos de quines ya no podían soportar las miserias de la humanidad, se llamen Tolstoi o Lenin, son obsoletos frente a la situación completamente nueva de la humanidad: también ellos ya son obsoletos. La pregunta ya no es cómo se reparten justamente los frutos del trabajo, sino cómo hacen soportable las consecuencias del no trabajo. Por repugnante que suene la expresión "diseño del tiempo libre" -desconfio de la palabra "diseño"; forma parte de la lista negra de palabras proscritas- al menos el término "tiempo libre" muestra de qué se trata hoy. Naturalmente, tampoco tengo una respuesta.
Buenos tiempo aquellos en que los "tomadores de trabajo" llamados trabajadores (que por supuesto jamás tenían la libertad de tomarse su trabajo ( eran tenidos y considerados como tales, pues el paro que ahora se anuncia hará que parezca inocuo el de hace cincuenta años. Si se piensa que ya aquel paro fue una de las causas principales del nacionalsocialismo, uno no tendrá ánimo para imaginar lo que producirá este paro que ya nos amenaza. No es en absoluto imposible que los hornos de gas de Auschwitz (económicamente absurdos por entonces) sean los modelos para la "superación" del hecho de que, en comparación con las condiciones de trabajo, haya demasiados hombres.

miércoles, 31 de mayo de 2017

24 compases: "ESTO NO ES MÚSICA: Introducción al malestar en la cultura de masas"


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Sgt Pepper´s Lonely Hearts Club Band, para muchos el mejor disco de la Historia, para otros el mejor de los Beatles y, en mi modesta opinión, ni lo uno ni lo otro, cumple 50 años.
Pueden leer muchos artículos al respecto (a continuación les dejo un par de enlaces de la prensa reciente).
Las piedras Rosetta del pop (Velvet Underground & Nico vs Sgt Pepper´s)
El mito Sgt Pepper´s (Diego A. Manrique)

Sin embargo, dudo que puedan leer nada mejor que la reflexión que hace José Luis Pardo sobre la canción "A day in the life" en su imprescindible ensayo Esto no es música: introducción al malestar en la cultura de masas
Desde el momento en que quedó decidido que la canción se armaría componiendo de algún modo el "todo parcial" escrito por Lennon con el fragmento incidental de McCartney, el tema de la canción dejó de ser solamente el sinsentido de la vida urbana o los atolondrados trayectos hacia la escuela, y se convirtió también en la imposibilidad de la amistad, en otro tiempo tan fructífera, entre Lennon y McCartney (...). De hecho, lo que John añoraba no era la simple amistad, sino la posibilidad y, lo que es más, la facilidad que durante años había existido entre ellos tan objetivamente como ahora existía esta imposibilidad (...)
Paul condensaba en su talento, como antes recordábamos, toda la fabulosa tradición musical del vodevil urbano de las clases trabajadoras inglesas del tránsito del siglo XIX al XX a la que acabamos de referirnos, el music hall y las bandas de feria: no hay álbum de los Beatles en donde no dé testimonio de ello (repitamos que en el Sgt. Pepper´s se puede oír "When I´m sixty-four"...). Lennon, por el contrario, resumía espontáneamente la carga de profundidad liberada con la abolición de la esclavitud en Estados Unios (fue él quien introdujo en el repertorio del grupo a Larry Williams -"Dizzy Miss Lizzy"- o a Chuck Berry -"Rock&Roll Music"). En la primera toma de "In the life of..." no solamente faltaba el fragmento de Paul, sino que nadie tenía la menor idea de qué podría "pegar" aquellas dos partes a todas luces inconmensurables. Como recurso para no interrumpir la sesión, Mal Evans (inseparable asistente de estudio de los Beatles) contaba en voz alta, del uno al veinticuatro, los compases que separaban la parte-Lennon de la parte-McCartney; para avisar a este último de manera que estuviera prevenido para su entrada, Evans hacía sonar la alarma de un reloj despertador. (...)
La enormidad de aquella distancia, sin embargo, se experimentó por primera vez cuando, el 20 de enero, las dos partes de la misma canción estaban terminadas pero no había manera de juntarlas, como si fueran incompatibles. John le confesó a George Martin que se necesitaría una auténtica catarata de sonido estridente, de un volumen y una intensidad tan inmensos como el dolor de la ruptura que evidenciaban, para pegar aquellos dos pedazos de una pareja rota; no había más remedio que subrayar la costura, ya que era imposible suturarla o disimularla. Así que la noche del 10 de febrero de 1967 llegaron a Abbey Road cuarenta y dos músicos de la Orquesta Filarmónica de Londres vestidos de gala (aunque algunos con detalles grotescos en sus atuendos), se unieron al contingente habitual del estudio, que también era numeroso, y cada uno se dispuso a tocar en su instrumento la nota más baja posible, y a llegar en veinticuatro compases a la más alta posible en las inmediaciones de mi mayor en un crescendo delirante que nunca antes se había intentado en un estudio de grabación ni, probablemente, en parte alguna. Aquel océano ensordecer, aquella fanfarria estrepitosa y atronadora que superaba con mucho a la del Bolero de Ravel, no resolvía la distancia entre Lennon y McCartney, pero al menos conseguía medirla. (...) La idea de que el patio de butacas del Albert Hall se llenaba con agujeros tiene, como en general "A day in the life" (que fue el título final que se dio a la canción: la frase que virtualmente llevan escrita todos los periódicos a diario), algo de espantoso y algo de absurdo. Es absurdo llenar un auditorio con vacíos, como es absurdo que un tipo con suerte se levante la tapa de los sesos en un accidente de automóvil, como es absurdo que los periódicos abran sus ediciones con esa noticia y que la gente se arremoline ante el coche destrozado y comiencen a correr rumores sobre el muerto. Pero estos absurdos pasan, y la ciudad es su pasar mismo. Durante la canción, la voz de Lennon suena como si estuviera en un gran auditorio, no menor que el Albert Hall, con una gran intensidad lírica. Ahora ya se sabía cuántos agujeros, cuánto vacío hacía falta para llenar el hueco de veinticuatro compases abiertos en el tándem L & M. (...)
El crítico Jack Kroll definió "A day in the life" como The Waste Land (T.S. Eliot) de los años sesenta; George Martin la comparaba con el Guernica de Picasso. Y es que, como decía Nietzsche:
cuando recorre uno las calles de una gran ciudad durante la noche, por todas partes oye instrumentos musicales violados con ceremoniosa rabia e intermitentes alaridos salvajes.
El mismo año en que los Beatles produjeron el doble White Album, Umberto Eco publicó La struttura assente; en sus páginas, la búsqueda fatigosa de un "modelo semántico" capaz de representar a la cultura como un sistema de signos -sin escisión, por tanto, entre la "alta" y la "baja"- (...). estaba describiendo el mecanismo con el cual funciona la portada del Sgt. Pepper´s
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