ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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sábado, 26 de octubre de 2024

Algunos poemas de PROXONETO de VÍCTOR MARTÍN IGLESIAS


Is it human to adore life?
Adore, Savages


Me tientan o me impulsan solo acaso
las ganas de marchar sobre el abismo,
un ímpetu de hablar conmigo mismo,
anhelos de explicarme mi fracaso.

Por no saber llevar el propio paso
anduve y andaré siempre yo solo,
buscando sacrificios con que Apolo
bendiga con sus dones este caso.

Apollo citaredo malherido,
dañado en las muñecas y en el torso:
un profeta que sangra por el dorso

de unas manos que el tiempo ha carcomido,
un Apolo borracho en la moqueta
de un ladrón, un camello, un proxeneta.


TODO MODO
No seas como yo, evita todo
aquello que te inspire o te recuerde
a mí, a mi persona, viejo verde,
mi nombre, mi heterónimo, mi apodo.

Desecha mis consejos de beodo,
la Historia nunca fue para el que pierde;
vivir es una araña que me muerde
y el fin es siempre igual de cualquier modo.

Contemplas, examinas o meditas,
dispones el espíritu: no importa,
no importa si te callas o si gritas.

Es el sendero, aquello que transporta
(los cuerpos con sus gozos y sus cuitas),
la única certeza que me exhorta.

¿PARA QUÉ?
Creíste conferencia y es tabarra
la voz de tu discursos escolares,
el lento acumularse de lugares
comunes sobre Lope o sobre Larra.

Pasaste del pupitre a la pizarra,
a lomos de sintaxis y juglares;
leyendo aquellas fábulas vulgares,
cambiaste por hormiga a la cigarra.

Se piensa que tal vez no lo esperabas,
se observa cómo asciende en tu mejilla
el lento deslizarse de una duda.

Huyó lo que con ímpetu buscabas:
cualquiera que conozca la sencilla
respuesta a esa pregunta que te anuda.


Enciendo mi portátil y detecto
si está el cacharro hoy para poemas,
si haré con sus circuitos los lexemas
que expliquen lo que soy en mi dialecto.

Apenas siento el ruido y ya proyecto
los versos desechados, los problemas,
la esquiva inspiración que esconde gemas
si da por coincidir y me conecto.

Las teclas, o bien tiran de mis dedos,
o bien se apartan solas con desprecio:
a veces me parece un videojuego

el juego de intentar purgar mis miedos
y hallar quien los edite y ponga precio,
ayúdame, ¡oh!, Windows, te lo ruego.


Pasamos más de un tercio de la vida
dormidos, casi un lustro caminando;
cinco años discutiendo por el mando
y cuatro que se irán con la bebida.

De dos recordarás solo la herida
y tres los tirarás maleducando
(la clave ha sido siempre escoger bando)
tus ansias infundadas de subida.

Peores estos años que he vagado
perdido en los acentos, santo y seña,
consigna que da entrada a este recinto.

Océanos de tiempo malgastado
y ni un triste soneto nos enseña
a huir, Dédalo cruel, del Laberinto.


Promesa de una noche que no acaba,
mi cuerpo tiene hechuras de fracaso,
el firme desaliento de un ocaso,
ambiente de pirámide o mastaba.

Creí tener la esencia pero erraba,
soy líquido privado de su vaso.
A sílabas contadas rompo el paso,
así le robo al tiempo su rebaba.

No esperen por mi parte explicaciones:
si acaba esta aventura en los juzgados,
aplíquenme atenuante de arrebato.

Intenté conjurar contradicciones,
limar este librito por sus lados,
la vida se me fue, queda el relato.



Crecí, como sabéis, en democracia,
en tiempos de bonanza y Olimpiada,
en aras de una audiencia atrincherada
en redes que maquillan su desgracia.
 
Con próceres que viven de la audacia
de alzarse en asesores de la nada,
de hacer lo que les mande la bancada,
de enterrar su desfalco en burocracia.

Cuánto más vas a hablarle a una pantalla,
qué nueva esperarás que te levante,
qué imagen sacará de su letargo

al tipo que ahora lee y que luego calla,
la dócil ciudadana, la viandante,
armados con sus voces sin embargo.


Conviene no entregar a funcionarios
el alma cada cuatro largos años,
no cabe nuestra vida en los escaños
que ocupan leguleyos y sicarios.

Conviene que ni jueces ni notarios
nos vendan por justicia sus apaños;
conviene que asustado del rebaño
la víctima le exija al victimario.

Conviene que salgamos a la puerta
a escuchar nuestra voz entre las voces,
a fundir nuestro cuerpo con los otros.

Conviene que sigamos en alerta
y firmes, decididos y feroces
sumemos cada yo en un nosotros.


Hace falta esconder en la garganta
los restos fermentados de un gusano,
empeños concluyentes de tirano,
designios de cruzado en Guerra Santa.

Qué se pudre debajo de su manta,
qué ejemplo los conduce, qué malsano
rencor los esclaviza. Ciudadano:
qué prueba necesitas, rabia cuánta.

En traje de salón los potentados
construyen un relato a su medida,
despiezan tu futuro en los mercados.

Sugiero un nuevo punto de partida:
tomad sus parlamentos y senados,
no toda la esperanza está perdida.


Si venden libertad por qué se ocultan,
por qué secretos cónclaves, reuniones,
qué dádivas, qué óbolos, qué dones
los alzan, los sancionan, los facultan.

Qué medios los eximen, los indultan,
qué esconden sobre quién y en qué cajones.
Soldados de los sórdidos salones,
qué sacan a la luz y qué sepultan.

Si cedes tu razón por olimpiadas,
ninguno supondrá lo que barruntas,
humano reducido a papeleta.

Disuélvanlos, envíen las brigadas,
no admite este jurado más preguntas:
entréguense al mercado, el resto es ETA.

PROXONETO.
Víctor Martín Iglesias.
Ediciones Liliputienses, 2024

martes, 16 de agosto de 2022

LO QUE DEBERÍA HABER DICHO A MIS EX (Y NUNCA LES DIJE)

 


LO QUE DEBERÍA HABER DICHO A MIS EX (Y NUNCA LES DIJE) es una antología gamberra donde diversos autores de la talla de Rosa Berbel, Carmen Camacho, Itziar Mínguez-Arnáiz, Alicia Louzao, Judith Rico o Ballerina Vargas Tinajero ponen lirismo confesional a las diferentes etapas de una ruptura. 
Agradezco a José María Cumbreño, el Liliputiense Mayor, además de antológico antólogo (y antologado), haberme permitido participar con el poema que les brindo a continuación.


Por cierto, tras agotarse los ejempalres de la primera, ya está en marcha la Segunda Edición con nueva portada:


sábado, 2 de mayo de 2020

"La tarde de 1995 que maté a mi sobrina..." (Hernán Casciari)


«El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marchatrás con el auto.
Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.

Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna (por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá noventa,
porque en unos días se cumplirán diez años de esto que ahora narro y que me marcó como ninguna otra cosa, ni buena ni mala, en la vida).

Festejábamos el aniversario de mi abuela con un asado en la quinta; ya estábamos en la sobremesa familiar. A las tres de la tarde le pido prestado el auto a Roberto para ir hasta el diario a entregar un reportaje. Me subo al coche, vigilo por el espejo retrovisor que no haya chicos rondando y hago marchatrás para encarar la tranquera y salir a la calle.
Entonces siento el golpe, seco contra la parte de atrás del auto, y se detiene el mundo para siempre.

A cuarenta metros, en la mesa donde todos conversan, mi hermana se levanta aterrada y grita el nombre de su hija. Mi madre, o mi abuela, alguien, también grita:
—¡La agarró!

Entonces me doy cuenta de que mi vida, tal y como estaba transcurriendo, había llegado al final. Mi vida ya no era.
Lo supe inmediatamente. Supe que mi sobrina, de tres años, estaba detrás del auto; supe que, a causa de su altura, yo no habría podido verla por el espejo antes de hacer marchatrás; supe, por fin, que efectivamente acababa de matarla.

Diez segundos es lo que tardan todos en correr desde la mesa hasta el auto.
Los veo levantarse, con el gesto desencajado, veo un vaso de vino interminable cayendo al suelo. Los veo a ellos, de frente, venir hasta mí.
Yo no hago nada; ni me bajo del coche,
ni miro a nadie: no tengo ojos que dedicarle al mundo real, porque ya ha empezado mi viaje fatal en el tiempo, mi larguísimo viaje que en la superficie duraría diez segundos pero que, dentro mío, se convertirá en una eternidad pegajosa.

En ese momento (no sé por qué es tan grande la certeza) no tengo dudas sobre lo que acabo de hacer. No pienso en la posibilidad de que sea un tronco lo que he embestido, ni pienso que mi sobrina está durmiendo la siesta dentro de la casa. Lo veo todo tan claro, tan real, que solamente me queda pensar por última vez en mí antes de dejarme matar.

“Ojalá el Negro me mate” —pienso—, “ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.
Utilizo esos diez segundos, los últimos de calma que tendré en toda mi vida, para pensar en quien ya no seré nunca más.

Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera,
vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pinpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar.

En esos diez segundos, en donde el tiempo real se ha roto literalmente, en donde el cerebro trabaja durante horas para instalarse en un recipiente de diez segundos,
descubro con nitidez que mis únicas opciones —si mi cuñado no me hace el favor de matarme allí mismo— son las de huir (huir de inmediato, sobornar a alguien y escapar del país) o suicidarme. Lo que más me duele, tal como están las cosas, es que no podré volver a escribir literatura, ni a reír.

Durante mucho tiempo, durante años enteros, me siguió sorprendiendo la frialdad con que asumí la catástrofe en esos diez segundos en que había matado a mi sobrina.
No fue exactamente frialdad, sino algo peor: fue un desdoblamiento del alma, una objetividad inhumana. Me dolía saber que ya no podría escribir, que en el suicidio o en la huida —aún no había optado con qué quedarme— no existiría esa opción: la de los placeres.

Podía irme a Finlandia, sí, a cualquier país lejano y frío, podía no llamar nunca más a mi familia ni a los amigos, podía convertirme en fiambrero en un supermercado de Hämeenlinna, pero ya no podría volver a escribir, ni amar a una mujer, ni pescar.
Me daría vergüenza la felicidad, me daría vergüenza el olvido y la distracción.
La culpa estaría allí involuntariamente,
pero cuando comenzara la falsa calma o el olvido momentáneo, yo mismo regresaría a la culpa para seguir sufriendo. La vida había terminado. Yo debía desaparecer.

Pero si desaparecía, qué. Qué importancia podía tener darles a ellos la serenidad de no ver nunca más al asesino. Ellos, mi familia, los que ahora corrían lentamente desde la mesa al coche para matarme o para ver el cadáver de un niño, podrían creerme exiliado, lleno de dolor y de miedo, temeroso y ruin,
o agorafóbico; o podrían sospecharme loco, como esas personas que pierden el rumbo y la memoria después de los terremotos; alucinado, mendigo, enfermo; podrían hasta perdonarme pues me creerían fuera de toda felicidad, fuera de todo placer. Matarían a quien blasfemara mi memoria diciendo que se me ha visto reír en una ciudad finlandesa, a quien dijera que se me ha visto beber en un bar de putas, o escribir un cuento, ganar dinero, seducir a una mujer, acariciar un gato, pescar bogas o dar limosna a un marroquí en el metro. No creerían que alguien (ya no yo en particular, sino que nadie) fuese capaz de semejante flaqueza, de tan penoso olvido, de matar y no llorar, de escapar y no seguir pensando en la tarde de verano en que una niña de tu sangre ha muerto bajo las ruedas del coche.

Diez segundos eternos hasta que alguien ve el tronco y todos olvidan la situación.

Nadie, ninguna de todas las personas que almorzaban aquella tarde de hace diez años en Mercedes, recuerda ahora esta anécdota. Nadie ha tenido pesadillas con estas imágenes: sólo yo me he despertado transpirado durante años enteros, cuando esos diez segundos regresan por la noche sin el final feliz del tronco; para ellos no ocurrió más que la abolladura de un guardabarros al final de la primavera.

Nada malo pasó aquella tarde, ni nada malo ocurrió, antes o después, en mi vida.
Han pasado diez años desde entonces y todo ha sido un remanso en el que nunca lo irreversible se ha metido conmigo.
¿Por qué entonces, en estos días, siento que he cumplido sólo diez, y no treinta y cinco años? ¿Por qué le doy más importancia a esta fecha en que no maté a nadie, que a aquella otra fecha anterior en que salí de mi madre dando un grito eufórico de vida?
¿Por qué algunas noches me despierto y descubro que me falta el aire, y recuerdo como real el frío de una cabaña en Finlandia,
y me encuentro con las hilachas de la angustia y el exilio, y me ahoga la cobardía de no haber tenido la voluntad de suicidarme?

Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre. Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar.

Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz. Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del sexo y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco.
A veces es Finlandia».
Hernán Casciari 
Finlandia.

miércoles, 13 de marzo de 2019

DIÁSPORA: Antología de poetas extremeños en el "exilio"


Gracias a la generosidad de la revista Oculta, en este enlace se puede leer completo el prólogo de Diáspora: poetas extremeños en el "exilio", una antología de autores nacidos en Extremadura pero que actualmente residen y publican lejos del que un día fue su hogar.

Aunque en la magnífica portada vaya impreso mi nombre, en realidad el esfuerzo por recoger esta lírica dispersa es un proyecto colectivo que debe mucho, primero, a Víctor Martín Iglesias y, después, sobre todo, a José María Cumbreño y Álvaro Valverde, sin cuya colaboración seguro se habría producido un descarrilamiento o un descalabro.

Por tanto, se trata de un homenaje, en particular, a estas figuras y, en general, a todos aquellos que contribuyeron a hacer del erial cultural que era Extremadura un páramo habitable donde pudieran germinar autores a quienes tanto debemos.

En total, Diáspora agrupa a 20 autores de diferentes estilos y generaciones (la media de edad es de 37 años) que, aparte de un origen común, no comparten mucho más que su actual condición de exiliados y su constante calidad poética. Son, en estricto orden cronológico, los siguientes:

1-FELIPE NÚÑEZ (Plasencia 1955)
2-ISLA CORREYERO (Miajadas, 1957):
3-JESÚS MARÍA GARCÍA CALDERÓN (Badajoz, 1959)
4-DIEGO DONCEL (Malpartida de Cáceres, 1964)
5-ADA SALAS (Cáceres, 1965)
6-ANTONIO MENDEZ RUBIO (Fuente del Arco, 1967)
7-JOSÉ ANTONIO LLERA (Badajoz, 1971)
8-ELENA GARCÍA DE PAREDES (Don Benito, 1976)
9-MARIO LOURTAU (Cáceres, 1976)
10-DAVID ELOY (Cáceres, 1976)
11-ÁLEX CHICO (Plasencia, 1980)
12-FERNANDO DE LAS HERAS (Badajoz, 1981)
13-FERNANDO P. FERNÁNDEZ (Cáceres, 1984)
14-VÍCTOR MARTÍN IGLESIAS (Plasencia, 1985)
15-FRANCISCO FUENTES (Plasencia, 1985)
16-IRENE ALBERT CEBRIÁ (Cáceres, 1986)
17-AZAHARA PALOMEQUE (El sur, 1987)
18-FRANCISCO NAJARRO (Zafra, 1987)
19-XAVIER ROSSELL (Badajoz, 1990)
20-FRANCISCO JOSÉ CHAMORRO (Fregenal de la Sierra, 1993).

Supongo que ya conocerán a muchos pero me atrevo a asegurar que se alegrarán de leer a todos y cada uno de ellos.
Además, el libro cuenta con un prólogo, cuya autoría me veo obligado a reconocer y, afortunadamente, un epílogo de Álvaro Valverde tan irreprochable que acaba dando sentido a todo, por difícil que pueda parecer.

En ella se quejaba de que tantos escritores extremeños, en su opinión, de talento, se vieran empujados a marcharse fuera de la región. Aunque, como demuestra esta respuesta de Álex Chico, todo es matizable, sí parecía repetirse un mismo patrón en la nómina de autores jóvenes que interesaban a Cumbreño en ese lejano 2012. Con una salvedad:
El único que, de momento, resiste aquí es Víctor Peña. Aunque, con lo de la reducción de profesores en la enseñanza pública, me consta que también está tratando de buscarse las habichuelas fuera.
Efectivamente, ya había trabajado lejos de Extremadura (fui profesor en un instituto de Casablanca) y pronto volvería a irme. En junio de 2014, poco después de que naciera mi primera sobrina y el Atleti ganara su última Liga y perdiera su primera Champions sobre la bocina, me marché a vivir a Sevilla.
Actualmente malvivo lo mejor que puedo en la frontera entre Almería y Murcia, desde donde he culminado este trabajo poniendo a prueba la paciencia sin límites de Cumbreño y del resto de participantes. Vaya desde aquí una disculpa, de nuevo, con retraso.

Parte del retraso se ha debido a que, una vez emprendida la diáspora, decidimos cambiar de rumbo o enfoque y ampliar el límite de edad para poder dar cabida a algunos poetas indispensables que, además de mejorar el nivel de una selección ya irreprochable, probaban la continua condición errante de los poetas extremeños que ahora merecen encontrar un hogar en vuestra biblioteca.
Víctor Peña Dacosta.
Águilas, marzo de 2019.

viernes, 22 de febrero de 2019

"No hay quinto malo": centrifugando con Machado, Orwell y Cumbreño


Hoy es 22 de febrero de 2019. Por tanto, se cumplen 80 años del fallecimiento de Antonio Machado en Collioure, pueblo en la frontera con Francia al que llegó huyendo del fascismo para dejarse morir cansado y pobre como un perro. La efeméride se ha celebrado mucho, de forma casi institucional y por oportunistas políticos de toda ideología. Incluso ha reabierto el debate acerca de si sus restos se deberían repatriar a España o continuar en el cementerio francés convertido en sitio de peregrinación. Es decir, si debe volver a la patria que amó hasta el punto de llevarse un puñado de tierra para que le enterraran con ella o si es mejor que siga siendo un símbolo de todos los exiliados.

Mañana, por tanto, es 23-F pero, como advertiría Lakoff, no piensen en un elefante, ni siquiera blanco. Mañana es también mi cumpleaños y, casualmente, y esto es lo que nos importa, la fecha en que durante los últimos 4 años se celebró en Plasencia el festival de poesía independiente Centrifugados. Recuerdo que cuando José María Cumbreño me contó su plan de convertir esa ciudad aislada y envejecida en el punto de encuentro de los mejores poetas alternativos a ambos lados del Atlántico di por hecho que la hostia iba a ser de órdago. En mi vida he llegado a tener razón alguna vez, no se crean. Pero esa vez no pude estar más equivocado: Centrifugados no solo fue el feliz refugio de decenas de autores y editores con obras brillantes sino, además, como hemos comentado con estupefacción muchas veces, el festival de poesía más integrado en la vida de una ciudad que nunca hayamos visto. Lejos de ceñirse a la rueda recíproca del “quítate tú para que recite yo e intercambiemos aplausos”, base de casi todos los saraos culturales, desde el principio fue un éxito. Fue creciendo edición tras edición, provocando un verdadero cónclave literario y social y, posteriormente, se convirtió en la mejor excusa para encuentros y reencuentros que creaban o consolidaban amistades. Al final, el órdago de Cumbreño resultó ser la hostia.

Todos esperábamos la llegada de febrero con la ilusión de comprar, vender y regalar libros, de poner cara o abrazo a autores que admirábamos pero, sobre todo, de volver a ver a los que, a fuerza de centrifugar, se habían convertido en amigos. 
A mí esta fecha me ilusionaba de manera especial porque, no sé si por casualidad o por una muestra más de la infinita generosidad de Cumbreño, siempre coincidió con mi cumpleaños, así que regresaba a casa para un finde completísimo de emociones y afectos. Aunque siempre intenté estar el mayor tiempo posible, aprendiendo, aplaudiendo, echando una mano o acercando una cerveza, guardo con especial cariño dos momentos de Centrifugados: mi participación junto a autores tan queridos y admirados como Alberto Guirao, Fernando P. Fernández, Elías Moro o Inma Luna y, sobre todo, cuando Víctor Martin Iglesias hizo que toda la sala Impacto me cantara con desafino beodo un insuperable “Cumpleaños feliz”.
Sin embargo, poco antes de la cuarta edición, comenzaron a llegar noticias tan negativas que parecían capaces de conseguir un imposible: hartar a Cumbreño. Y, efectivamente, en el cierre de esa cuarta edición Chema explicó por qué, a pesar del incontestable éxito del festival, de nuestro hiperbólico disfrute y de su titánico esfuerzo, era imposible que el show continuara. Yo no quise creerlo y me pasé toda esa triste mañana repitiendo dos mantras: uno fue “nos vemos en Cleveland” (donde este año se producirá una especie de continuación sin nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos). El otro, un desesperado “no hay quinto malo” que quería sonar esperanzador.
George Orwell vino de voluntario al mismo conflicto bélico que acabaría matando a Machado, a luchar en su mismo bando, aunque en otro frente menos metafórico. Lo explica todo en el imperdible Homenaje a Cataluña (1938), una de las mejores crónicas de esa Guerra Civil. En ella ofrece una mirada irónica, antiépica y precisa de la vida en las trincheras. Cuenta por ejemplo que, lejos de cumplir su sueño de luchar contra el fascismo, se dedicó la mayor parte del tiempo a matar piojos. Aburrido en el frente de Aragón, Orwell se desespera esperando avances del ejército republicano y una gran batalla en la que participar y dar muestras de su valor. Repite como un mantra una broma que seguramente pretendía sonar esperanzadora y acabaría sonando desesperada: “Mañana nos tomaremos un café en Huesca”. No pudo hacerlo: herido, fue evacuado y asistió, además de a la derrota del ejército republicano, a la persecución de su partido, el trotskista POUM, por los que pensaba que eran sus camaradas. Ya en Inglaterra, sintió dos necesidades. Contarlo todo y desquitarse: “Si alguna vez regreso a España, me tomaré un café en Huesca”. Sin embargo, murió antes de ver cumplida su revancha.
El mismo año que Orwell publicó el testimonio de sus desventuras en la Guerra, Antonio Machado, desde Valencia, escribió: "Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro... Quizá la hemos ganado".
Pienso esto durante una tarde de 22 de febrero en que las redes se llenan de fotos y testimonios de Centrifugados, una batalla que, sin duda, para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, claramente, hemos perdido. Quiero pensar que humanamente la ganamos, quizá para siempre, al menos durante cuatro años. Espero que algún día todos podamos volver a encontrarnos y brindar por Cumbreño y esa locura colectiva de la que fuimos cómplices. Aunque sea con un café. Y, si no puede ser en Plasencia, que sea en Huesca. O en Cleveland.
Porque no hay quinto malo.

domingo, 13 de enero de 2019

"The modern lovers" (un poema de Valentina Varas)


THE MODERN LOVERS 

¿a quién le hablás cuando no me hablás a mí?
¿a quién le ponés jajaja?
¿a quién le mirás la foto de whatsapp en grande
algunos segundos una vez por día
y a quién le tomás lista en sus likes?

me gustás así, offline
cuando el wifi nos suelte la mano
te voy a abrazar fuerte y se nos van a caer
lágrimas por los perfiles que dejamos
atrás los links y las cookies que compartimos con otros

te quiero desaparecido
de la pantalla de mi smartphone
ajeno a los pixeles de mi computadora
relegada, chillona y molesta

no busco tu nombre en una ventana de chat
te quiero en mi cama
o en el palier de mi casa
esperando para entrar
coger como en el siglo pasado
la coca light, pulp, el sexo y vos
son mejores en vivo.

no puedo dejar de mirarte
con tus mil pulgadas de potrez inadvertida.
te quiero en la dimensión real,
te quiero y no sos un derivado del petróleo
te quiero porque no sos un derivado del petróleo
te quiero pero ahora hay una pila de ropa sucia
donde ayer estabas vos
y eso me parte el alma

una cita en un corralón
un sábado a la tarde
o en un video club
un viernes a las ocho y media

me gustás así, offline
tomando coca común en una parrilla
al costado de la ruta en areco
o en chascomús
hablando de música o política
u otras formas de terapia alternativa
más extremistas y menos pop

me gustás así, offline
¿quién está administrando mi ego?
¿tu ropa pasada de moda,
tu buzo quiksilver del 2008?

De todas las cosas que nunca entendí 
siempre vas a ser mi favorita.
Valentina Varas.
Ediciones Liliputienses, 2018

sábado, 5 de enero de 2019

Algunos poemas de EL METABOLISMO DE LOS REPTILES de Ánuar Zúñiga Naime

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PRETTY HATE CAFFEINE
Yo soy el ciudadano promedio
cuando las noches son tibias
como un revolver que acaba de abrir fuego
y las grietas del techo
forman el mapa de la asfixia

Yo soy el ciudadano promedio
y le tengo más miedo
                                        al hambre que al fracaso.
Soy los nudillos que golpean los cristales de los seven eleven
  a las cuatro de la mañana
la sensación de vacío después de coger con desconocidos

Escucho el iPod en shuffle porque no me atrevo a controlar nada

Mis padres me enseñaron a no conformarme con ser un perdedor
Mis padres me enseñaron                                     a ser un buen perdedor

Yo soy el ciudadano promedio y le tengo miedo a los perros
que se arrojan contra las rejas de los zaguanes
                                                                                       al escuchar mis pasos

Tengo gingivitis y tengo
doscientos éxitos de los Beatles en formato mp3

Soy el ciudadano promedio
y me siento sospechoso en los bancos
y los aeropuertos.

La casa en la que crecí ahora es una sucursal de Starbucks

Corro al cruzar las calles
obtengo placer de imaginar a mis padres
llorando mi muerte.
Yo soy el ciudadano promedio y tengo un montón de vidas ficticias
para contarle a los taxistas
olfateo los calcetines después de usarlos

Algo tengo de justificante médico
algo
           de mono lanzado al espacio.

Yo soy el ciudadano promedio
y no tengo salida de emergencia.



APRENDA A QUEMAR PUENTES
En el decimosexto año de mi vida descubrí
que nunca sería Travis en Taxi driver
que a lo mucho sería la luz roja
el semáforo que te hace perder el tiempo

Me di cuenta de que hay que tener
carácter para el heroísmo
o ser demasiado imbécil

Después quise ser como los burócratas y los astronautas
dejar pasar los años
mirar todo a través de un vidrio

pero tengo el metabolismo de los reptiles y me toca
ver las dos caras
de muchas monedas:

soy la malamadre
la malahija del malpadre
y así
porque YOLO
porque el instructivo venía en checo
y somos coches bomba
cediéndole el paso al peatón

BED & BREAKFAST
durante años habitamos hoteles
que eran el estómago de un animal


DIOS TE AMA
porque no vive contigo
porque no le quita tus pelos al jabón
cada mañana
en la regadera

porque no te escucha roncar como una sierra eléctrica
a las 3 de la madrugada
masticar con la boca abierta
porque no tiene que limpiar la tapa meada del escusado
todos los días

dios te ama
porque solo te ha visto en la tele

CALLCENTER
llaman en mitad de la muerte de mi padre
para ofrecerme una tarjeta de crédito

CUMPLEAÑOS
sabrá que lo hizo correctamente
si al soplar las velas del pastel
el resto del mundo se incendia

FORTUNE COOKIE
usted es ese 0,1%
del que advierten
las compañías de condones

El metablismo de los reptiles.
Ánuar Zúñiga Naime.
Ediciones Liliputienses, 2018.

martes, 11 de diciembre de 2018

ASPIRACIONES DE LA CLASE MEDIA (Brenda Ríos)

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Ayer devoré en unas horas este poemario de Brenda Ríos y pensé, qué menos, intentar contribuir a propagarlo desde mis modestos púlpitos de palpitación. Sin embargo, luego recordé que Ariadna G. García ya había publicado una reseña muy completa en la revista Oculta Lit que prefiero compartir desde aquí con ustedes junto con algún poema seleccionado por mí y, sobre todo, mi recomendación apasionada:
DOMINGO
no tiene nada de malo comer
sobre el fregadero,
mirando por la ventana el edificio de enfrente.
por fin han quitado el anuncio de Se vende.
caen las plantas sobre los balcones de ese edificio
más limpio y grande sin el anuncio ese.
nada tiene de malo
haber esperado años el ascenso que nunca se dio
ni de haber intentado amar a 553 mujeres
para ser exacto
lo que importa es que el intento y que llamaste y
mandaste mensajes y estuviste ahí cuando
llamaban ebrias en la madrugada
pidiéndote que pasaras por ellas o las recibieras en tu casa
y decías a todas, las 553, sí, acá te espero o voy por ti
nada tiene de malo que llames los domingos a tus dos únicos amigos
para ir al cine
pero ellos no pueden, nunca pueden,
fueron comidos por el hermoso sistema de los hijos
un sistema perfecto si lo piensas:
durante años los llevan a partidos de futbol, escuela, fiestas,
y durante años los verán partir a la universidad y a una ciudad
con mejores empleos
donde conocerán a alguien y tendrán hijos a quien llevar a los partidos, la escuela, y así…
pero por ahora los hijos son pequeños y tus amigos no pueden dejarlos de mirar un segundo
por si se caen de la cuna
o se meten algo a la boca,
o si se golpean entre ellos
porque aún no saben qué está bien y qué no

y tú te quedas sin ir al cine
comiendo en el fregadero
algún bocado del refrigerador

y piensas en las 553 oportunidades de haber sido ellos y de tener tus propios hijos
y una chica en casa que odiara las películas que ves
pero te soportara amablemente
porque te enseñaron que amar es soportar con amabilidad,
a tus padres les funcionó.

pero no, algo no salió como debías ser y
comes mirando por la ventana
imaginas el regateo de los nuevos propietarios con la inmobiliaria
imaginas que a su vez pondrán cortinas blancas como todos
y flores en el balcón como todos
y saldrán en dos autos a las 8:15 como todos
y regresarán por la noche, ya oscuro,
cansados y satisfechos de ese cansancio pues pudieron comprar ese departamento
en una buena calle
sin pensar en el futuro
como todos
porque pensar no ayuda en la resistencia
en la capa fría de las mañanas,
en las compras del súper los lunes en la noche
en salir al cine, a cenar, sólo para imaginar que no sólo se trabaja
pero es así: solo se trabaja
y ves pasar los años donde siempre
sin haber recibido el ascenso
comiendo el pollo frío o la pizza del día anterior
llenándote la cabeza con toda la claridad posible.

ORDEN DEL DÍA
Los hombres que quise se llevaron todo.
El dinero, los libros, lo que yo era.
Con la cuenta vacía, la casa vacía, los ojos vacíos
regresé y cerré la puerta.
No había modo de salir.

Grité por días pero no hubo nadie.
Me doblé del agotamiento.
El cielo cambió de color y ahí estaba yo
olvidando quién fui
recordando quién fui
todo a la vez en extrema confusión.

Qué difíciles tiempos para ser una,
para hacerse, para contarse, para darse.
Qué terribles días para sanar
y enfermar de nuevo
el ardor, la fiebre, la palabra dar.

Había un muchacho en la piscina,
era hermoso.
Entraba al agua y el mundo quedaba suspendido
no podía dejar de verlo
puro músculo, piel tensa, casi podía tocarlo con los ojos
las perlas del agua lo cubrían
como un collar extra grande, perlas transparentes,
parecía que una mujer le había llorado encima
con lentitud y pereza, lánguidas lágrimas
un traje traslúcido que servía para no
hundirse.

Él era agua bebiendo el agua de la piscina,
él era fuerza
y yo, a dos carriles de él,
me sometía.

Mis pies estaban pegados al azulejo
del fondo
mis ojos querían amarlo
entrar en él
verlo dormir
pero recordé quién era yo
noté quién era él
y mi casa vacía se hizo presente.

Yo era la casa sin muebles,
él era la abundancia, las uvas, el pan, el queso, la miel, la mantequilla,
nada quedó para mí
pues los hombres que quise y quise mucho,
se llevaron todo.
Mi casa sufrió un incendio.
Yo soy las cenizas.
ESCUDO
En el amor cometía siempre
la tontería de pensar
total, ¿qué tengo que perder?
pero perdía y perdía mucho
tanto así que en una ocasión
decidí no mover un dedo
y contuve mi ejército de amor
que es mi cuerpo
lo dejé en reposo
sin respirar
hasta que la bestia pasara
sin dañarme
pero no, no fue igual
INTERRUPCIÓN
No importa la hora en que llame tu madre
siempre será inoportuna,
he dejado la carne en la sartén,
estoy con un amigo
me estaba bañando y salí empapada a contestar

qué fortuna el amor materno
el hilo sangriento que une
una persona pegada a otra de por vida
sin importar la hora,
la ciudad
el cambio de horario,
llamará, llamará y tú pasmado
reconociendo el número
con el cuerpo escurriendo
atinas a decir,
discúlpame, te marco luego,
estoy a la mitad de algo

qué barato el amor del hijo:
uno es lanzado a vivir
pero no esperan que flotemos por inercia
hay que morder el hilo de sangre
hay que comer de vez en cuando esos márgenes de la cuerda,
manguera siniestra
hay que agradecer porque pudimos haber sido asfixiados
a los dos, tres años cuando por vivir hacíamos de todo: gritos, pataletas
y míranos ahora,
no queremos dar el crédito de la vida,
porque a final de cuentas ¿qué?
respiramos a mitad de algo, y cuando íbamos a ser felices
nos interrumpen 
COSAS QUE HIERVEN
no tuve hijos
tampoco duré más de cuatro meses en un empleo;
cansancio por lo mecánico
justificaba.
lo de los hijos parecía algo así:
el acto de cuidar no es para todos
y hay que cuidar por mucho tiempo
aun si uno tiene hambre o sueño
hay que cuidar

me senté en la arena hirviente a mirar el mar
eso hice. eso hice mucho, mucho tiempo.
al caer la tarde llegaba a casa y listo,
tomaba un café hirviente
un sandwich plano
y miraba algo en la tele antes de dormir.

la vida pasa, me decían.
mientras sudaba a mares mirando el mar
agua que regresa ahí mismo
perdía peso mirando el mar
el calor es un hijo propio

las barcas de los pescadores están a unos 300 metros
de la orilla y ellos también contemplan el mar
esperan
y con esa espera llegará el alimento

días, noches, días, noches
hermosas y repetitivas
como rutinas de oficina

incluso hay sombras de ojos que asemejan el color del mar
o de una alberca
colores para labios como puestas de sol rojizas
eso lo saben las secretarias, aun las de nuevo ingreso:
traen un mar en la cara, una puesta de sol tímida:
sirenas sonrientes, conocedoras de atajos administrativos
sonríen, sonríen, mastican con la boca abierta
así, hasta que se jubilan,
y se irán a pasar su tiempo de abuelas
limpias de la cara
en casa, haciendo los complicados guisos que el trabajo no les permitía hacer;
miro el mar y él me mira de vuelta
podemos estar así horas
nos gustamos, nos caemos bien
no tenemos que hablar
sólo vernos
comprender que su cuerpo está ahí hecho de agua
justo, cierto, extenso, como el mío
y ambos hervimos, como agua para té,
a punto de hacer explotar la tapa de la olla.

Aspiraciones de la clase media.
Brenda Ríos.
Ediciones Liliputienses, 2018. 

domingo, 14 de enero de 2018

"Papa was a rolling stone" (un poema de DIARIO DE UN PURETAS RECIÉN CASADO)


¿Qué se puede hacer con un niño, si no bebe?
Humphrey Bogart
Cuando finalmente renuncie
a todos mis principios y embarace
a la mujer que amo pese a todos
mis juramentos, mis votos al diablo
y la constancia en pasarme el móvil
por los genitales desde los veinte años,
prometo no ser un padre horrible:
levantarme alguna vez si El Engendro
llora, levantarle del suelo
tras una caída, levantarnos
los castigos tras una trastada,
dejar el filtro familiar desactivado
y pasarle la ITV cuando el organismo
pertinente lo tenga estipulado.

Incluso, si no queda más remedio,
prometo atender a su madre,
la mía o algún tutorial de YouTube
que explique sin pegar demasiadas broncas
cómo se supone que funciona el cachivache. 

Juro leerle en la cama, incluso
sobrio y no siempre versos míos.
Prometo intentar escuchar al grupo
de mierda que le vuelva loco
durante su adolescencia. Callarme
algunas de mis opiniones al respecto.

Juro por la gloria de mi madre
y por la madre que lo habrá parido,
darle un beso cuando me traiga
un gin-tonic, aunque esté poco cargado,
encargarme de que vaya a ver a sus abuelos
más de lo preciso. Enseñarle quiénes
fueron ellos y sus bisabuelos
y Gabi, Godín, Torres y Kiko
y por qué debemos adorarles.

Cantará el himno como que hay un Dios.

Le inculcaré santificar las fiestas
y los corners al punto de penalti
o los despojos en los que va a verme
convertido más temprano que tarde.

Me esforzaré en instruirle a contemplar
los escotes  sin descaro y a mentir
a su madre tan bien como yo mismo.

Diario de un puretas recién casado.
Ediciones Liliputienses, 2016.

martes, 24 de octubre de 2017

"POEM" (de Homero Pumarol)

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Papá dijo
si vas a leer
tus poemas en público
y encima te van a pagar
cómprate una camisa blanca
mangas largas
y cuando termines
cobra y desaparece
procura emborracharte
lejos de quién escuche
tus versos
no vayan a creer que la poesía
tiene algo que ver contigo.

Colecturía de aduanas.
Homero Pumarol.
Ediciones Liliputienses, 2016

viernes, 20 de octubre de 2017

"Pálido reflejo" (Rimbaud, Lou Reed & Víctor Peña)


PÁLIDO REFLEJO

Uno de los insultos que el personal
lanzaba sobre Lou (…) era “¡casado!”.

Diego A. Manrique

Arthur Rimbaud a los diecinueve años
dicen que dejó todo: a su familia,
su chulazo, su condición y cuarto
de poeta y partió a África rumbo
a dedicarse al contrabando de armas.

Pero de una manera funcionaria,
mucho menos peligrosa y romántica
de lo que hemos preferido creer.

Nunca dejó de escribir, digan
lo que digan sus despistados fans.

Yo a los veintinueve tomé todo:
fijé la fecha de boda con mi amada,
aprobé las oposiciones de Secundaria,
accedí a albergar, siquiera por un rato,
la idea de tener un hijo y comencé el pago
mensual con mis impuestos del contrabando
de armas de mi Gobierno democrático
a regímenes dictatoriales poco escandalosos,
al menos mediáticamente hablando.

No fui un esposo infernal ni un virgen de mente,
no perdí la pierna ni morí a los treintaisiete.

Pero hay muchas formas de ser un maldito. 

Diario de un puretas recién casado 
(Ediciones Liliputienses, 2016).

viernes, 6 de octubre de 2017

"El amor es un toro mecánico del que nadie se baja nunca con elegancia"

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El amor es un toro mecánico del que nadie se baja con elegancia.

Una atracción de feria

abandonada,

desafiando la intemperie.



Todos se paran frente al toro y se dicen

Yo puedo con él. Todos, sin excepción, confían

en sus talones

y se montan a la violencia eléctrica

de su lomo. Confían todavía cuando el movimiento

se inicia,

como si una mano poderosa e invisible

echase una ficha al aparato

sin previo aviso.

El clic metálico se recorta en el sonido,

una topadora minúscula

derribando

al silencio de un empujón. Entonces todo comienza, y ya

no hay manera

de emprolijar el cuerpo, esa forma

de la que antes creíamos tener dominio y que ahora

se nos revela

como si hubiese estado esperando su turno

comiéndose las uñas

desde que le pusieron nombre.



Si yo fuese un ratón

preferiría

perder mi cola en la trampa

antes que mi queso.



Una y otra vez.

Antitierra
Valeria Tentoni
Ediciones Liliputienses, 2017

lunes, 20 de marzo de 2017

Recitando "When the soldiers are singing"


When the soldiers are singing

Toda vida es un proceso de demolición.
Francis Scott Fitzgerald

Imagino a mi mujer imaginándose
con otro sin esta tripa temeraria,
que ya no espanto ni disparando
una salva de verduras de advertencia
al principio de cada comida.

No sé.

Quizás él no empiece tantos libros
ni sea un fiera en los chistes malos,
pero sé que una mujer necesita
modelos de gama alta que enciendan
sus más bajas pasiones terrenales.

La política de contención ha fracasado:
el enemigo avanza camuflado en la rutina.

Y pongo el despertador una hora antes
para ver si hay huevos de correr un rato.
Pero me quedo mirando fotos viejas
con los ojos llorosos
y los michelines acojonados.

Y empiezo una paja en silencio
con más pena que ganas y cayendo
en derivas metafísicas: supongo
que existe un yo distinto en otra
dimensión sin extra de queso,
que se levanta temprano sin problemas
a ejercitar sus músculos de acero.

Pero, quién sabe: tal vez lo haga
porque necesita remarcarse
los abdominales por algo parecido
a lo que a ti te atenaza ahora.

Al fin y al cabo, la mujer de tus sueños
nunca estará contenta en tus pesadillas.

Déjate de cuentos, Víctor, y asume
en qué te has convertido aquí y ahora:
una caricatura  de ti mismo
condenada a un aterrizaje
de emergencia o un declive progresivo.
Pero también, no lo olvides, sigues siendo
un soldado que sabe jugar sucio
y conoce el campo de batalla.

¿Eres o no un veterano dispuesto
a dejarse matar por su única patria?
Varón  que arrastra sus setenta
y seis kilos de peso y diecisiete
centímetros kamikazes desplegados
a tiempo de acabar con esta guerra
en un redentor polvo mañanero.

Sal ahí, muchacho. Demuestra
de qué madera estás hecho.

Diario de un puretas recién casado,
Ediciones Liliputienses, 2016

domingo, 26 de febrero de 2017

Gonzalo Hidalgo Bayal, el Everest y la pegatina


Anoche acabamos por la mañana temprano y no he logrado levantarme para ir al cierre de Centrifugados Encuentro De Literatura Periférica (que, seguro, ha sido magnífico, como el resto del festival) ni despedirme de los viejos y nuevos amigos.
Tampoco he podido asistir a la entrega del premio a Gonzalo Hidalgo, que se merece cuanto gane. Eso sí, que se premie a Gonzalo es, como decía Leonard Cohen sobre Dylan, como ponerle una pegatina al Everest diciendo que es la montaña más alta del mundo.

ACTUALIZACIÓN: En este enlace pueden acceder al discurso que dio Álvaro Valverde en la entrega del I Premio Centrifugados.

viernes, 17 de febrero de 2017

Asperger (un poema de J.M. Cumbreño)

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Asperger

Me cuesta comprender las reglas de algunos juegos.
Me gusta ordenar y desordenar mi habitación.
Escribo con faltas de ortografía.
Me gusta jugar solo.
Me gusta jugar a ser a Batman, El Zorro o Superman.
Me gusta hacer colecciones de tebeos y de cromos de futbolistas.
No me gusta el fútbol.
No me gustan los chistes.
No me gusta que me toquen.
Cuando me tocan, me pongo nervioso.
Cuando me pongo nervioso, me froto las manos muy deprisa.
Tengo que mirar dos veces para ver.
Cuando hablo con alguien no le miro a los ojos.
Me sé de memoria el nombre de las calles que llevan a mi casa.
No rompo cosas.

Me cuesta sonreír.
Contar,
José María Cumbreño
Papeles mínimos, 2016

domingo, 5 de febrero de 2017

Vivir en la frontera significa

El Roto
Vivir en la Frontera significa

que no eres hispana india negra española
ni gabacha, eres mestiza, mulata, half-breed
atrapada en el fuego cruzado entre bandos
con las cinco razas sobre tu espalda
sin saber a qué lado mirar, de cuál huir;

Vivir en la Frontera significa saber
que tu parte india, traicionada durante 500 años,
ya no te habla,
que las mexicanas os llaman rajetas,
que negar a la anglo que hay en ti
es tan malo como haber negado a la india o la negra;

When you live in the Borderlands
la gente te pasa de largo, el viento te roba la voz,
eres burra, buey, chivo expiatorio,
precursora de una nueva raza,
mitad y mitad –hombre y mujer, ninguno–
un nuevo género;

Vivir en la Frontera significa
poner chile en el borscht,
comer tortillas integrales
hablar Tex-Mex con un Brooklyn accent;
que te pare la migra en los controles fronterizos;

Vivir en la Frontera significa luchar fieramente para
abstenerte del dorado elixir de la botella,
de jalar el gatillo de la pistola,
la soga que destroza el hueco de tu garganta;

En la Frontera
tú eres el campo de batalla
en el que los enemigos se confunden;
eres una extraña en tu casa,
los conflictos se han solucionado
la descarga de disparos ha roto la tregua
estás herida, caída en combate
muerta, defendiéndote;

Vivir en la Frontera significa
que los afilados dientes blancos quieren hacer jirones
tu piel roja-aceitunada, machacar la pulpa, tu corazón
golpearte aplastarte estirarte
hasta que huelas a pan blanco, pero muerta;

Para sobrevivir a las Borderlands
debes vivir sin fronteras

ser un cruce.

Gloria Anzaldúa 
(Traducido por María López Ponz 
para Emplumadas, una antología de poesía chicana 
que próximamente será publicada por Ediciones Liliputienses)