ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


Mostrando entradas con la etiqueta Enric González. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enric González. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de enero de 2016

Enric González contesta a Gerard Piqué (y a Artur Mas)


Lo que llamamos "historia" no es lo que ocurrió. Y lo que se ha escrito se corrige, reescribe y rectifica día a día desde un presente continuamente cambiante. (...) la narración histórica es siempre la que más satisface a los grupos dominantes en la sociedad. (...)
Ya sé que todo esto queda raro en un libro sobre fútbol. Pero me parece necesario. Llamamos fútbol a un juego y a todo lo que rodea ese juego. El envoltorio es lo que genera pasión (...) y cuando palpamos el envoltorio comprobamos que está hecho del mismo material que la historia. Solo el pasado da sentido al presente.
Los perdedores de la historia son aquellos cuyo relato queda orillado u oculto. Es decir, quienes necesitan apelar de forma continua al relato escrito por los ganadores para discutirlo o impugnarlo. Eso ocurre con los pueblos nativos de América, con los chiíes, con los palestinos, con los armenios y con mucha otra gente. Quizá también ocurre, en cierto sentido, con los catalanes, aunque la capacidad de fabulación histórica catalana restulta tan extraordinaria que uno no se siento capaz de decidir si somos perdedores de la historia (frente a la historia española) o los creadores de un género propio, vagamente vinculado al realismo mágico.
A día de hoy, el Espanyol figura entre los perdedores. Eso me parece indiscutible. Las causas son opinables. Tengo mis ideas al respecto, como el lector tendrá, o no, las suyas. (...)
En mi opinión, a los madridistas, barcelonistas y otros seguidores habituados a los éxitos les pasa un poco eso. No han tenido tiempo de forjarse una fe a prueba de cualquier fracaso. (...) Pueden sentirse tristes, pero jamás han experimentado el auténtico vacío existencial de quienes sospechan, con bastante fundamento, que su dios se ha largado para siempre. Que legarán a sus descendientes una fe hecha de esperanzas incumplidas.

 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Editorial doble

Hace mucho que los mejores editoriales en este país los firma El Roto.

Hoy, además, parece sintetizar la brillante columna de Enric González en El Mundo:

Sensación
ENRIC GONZÁLEZ Actualizado:05/09/2015  
Los niños biafreños con el vientre hinchado, en 1968. La niña vietnamita huyendo del napalm, en 1972. La niña colombiana muriendo poco a poco en el agua, en 1986. La niña sudanesa agonizante bajo la mirada de un buitre, en 1993. El niño sirio ahogado en la playa de Bodrum, estos días. Ciertas imágenes causan una tremenda conmoción en eso que llamamos "la opinión pública". Y a veces la conmoción sirve para algo, aunque suela durar muy poco. Cada uno tiene sus problemas y sigue con su vida.
Lo inquietante del asunto consiste en que, al parecer, sólo la conmoción tiene efectos. Decir conmoción es decir sensación. Uno acaba preguntándose por qué el término sensacionalismo suele pronunciarse despectivamente, cuando en realidad atendemos fundamentalmente a la sensación, a la emoción, a la lágrima que nos duele y a la vez nos reconforta porque nos recuerda que aún somos buenos. O un poco buenos. O un poco buenos por un ratito. Ese momento en el que gritamos: "¡Que alguien haga algo!"
Las fotografías de impacto constituyen un elemento fundamental de la información. Hay aún quien debate sobre la conveniencia de publicarlas: supongo que el onanismo mental cuenta con numerosos adeptos en el periodismo. Las imágenes brutales (no hablo de recrearse en la morbosidad) hacen falta como aldabonazos. Son, sin embargo, solamente eso: aldabonazos. Fogonazos efímeros en la oscuridad de un planeta en el que cada día mueren miles de niños que no deberían morir, decenas de miles sufren la guerra y millones de personas viven en una miseria creada por el hombre.
No todo tiene remedio. Cuando lo hay, aplicarlo requiere voluntad, constancia, algunos sacrificios. Las soluciones no surgen de la sensación, sino de la reflexión. Y la reflexión requiere información. El ciudadano que tras ver la foto se interesa por los refugiados y los emigrantes, piensa un rato, decide hacer algo y sigue queriendo hacer algo al día siguiente, forma parte de la solución. El que mira, se emociona, ignora y olvida es, en realidad, parte del problema.

viernes, 17 de mayo de 2013

Todo irá bien

San Enric González escribe un artículo brillantísimo hoy en El Mundo que reproduzco a continuación sin ningún tipo de permiso:

EN GENERAL, se tiende a creer que Europa reaccionará. Que después de las elecciones alemanas, en otoño, la Unión enderezará el rumbo hacia el crecimiento. Que la economía no llegará al colapso. Que el euro resistirá, porque su destrucción tendría efectos inconcebibles. Que todo esto, al final, acabará saliendo bien.
Hay que esperar que así sea.
También en 1914 había esperanzas. La guerra era inevitable, pero no iba a durar. Los generales de uno y otro bando sabían lo que hacían: habían estudiado a fondo las campañas napoleónicas y el conflicto franco-prusiano y garantizaban unos movimientos masivos y vertiginosos de la infantería, dotada de transportes y de armas automáticas. La gente vitoreaba a las tropas que partían hacia la guerra-relámpago. Cuatro años más tarde, en 1918, sobre una Europa traumatizada se alzaba una montaña de nueve millones de cadáveres.
Esa guerra era la última, se dijo.
Alemania, sometida a profundas convulsiones políticas tras la caída del Kaiser y al pago de reparaciones de guerra, entró en una fase de hiperinflación. En 1930, sofocada el alza de precios, el canciller Brüning aplicó una política deflacionista. Lo que llamamos devaluación interna. El principal objetivo de Brüning consistía en cumplir con el pago de las deudas para que siguiera llegando crédito, y los acreedores no aceptaban cobrar en moneda devaluada. Era necesario, por tanto, devaluar todo lo demás. Bajaron salarios y precios. El desempleo aumentó de forma vertiginosa. No hace falta subrayar la similitud con ciertas situaciones de hoy. Sólo tres años después, Adolf Hitler ocupaba la Cancillería de Berlín.
En la primera mitad del siglo XX, la historia del continente es la historia de un suicidio colectivo. Nos acostumbramos a pensar que eso quedó en el pasado. La convergencia económica y política trajo paz y prosperidad.
No hemos tenido demasiado en cuenta, quizá, las condiciones excepcionales en que se desarrolló ese proceso virtuoso. La Guerra Fría suponía una amenaza, pero también una garantía de estabilidad. Las dos Alemanias permanecían ocupadas por las potencias vencedoras, aunque se notara mucho más la ocupación soviética en la RDA. Y Europa disponía de una élite política que había conocido personalmente los horrores del pasado.
Aún no sabemos si el paréntesis es la crisis actual, o si el paréntesis fue la Europa rica y pacífica a la que nos acostumbramos durante décadas. Aún no sabemos si Europa se ha curado ya de sus tendencias suicidas.

jueves, 18 de octubre de 2012

Enric González y yo

Resultado de imagen de enric gonzalez
Enric González y yo no tenemos nada en común. Él anda por los cincuenta y yo, gracias al cielo, todavía no he alcanzado la treintena. Él es hijo de un conocido escritor  y yo no. González ha sido corresponsal en Londres, Roma, Nueva York y Jerusalén y yo tan solo he trabajado como profesor en diversos centros públicos de sitios tan poco glamurosos como Marruecos o Extremadura. De hecho, ni siquiera soy periodista, mientras que Enric, por el contrario, me parece desde hace casi diez años el mejor articulista de este país (ahora que se prodiga menos, igual se ha sumado a la puja Manuel Jabois). Yo, en cambio, bueno, ya lo están leyendo.
Sin embargo, en este mismo momento, mientras voy claudicando a la idea de mandar mi currículum a centros concertados, Enric González está estudiando una oferta con muchos ceros de El Mundo. Por supuesto que la analogía está cogida por los pelos (económica, mediática y socialmente hablando) pero a mí me ha sorprendido pensar que, tanto en la más alta esfera de prestigio y calidad del Periodismo como en el estante más bajo del mercado laboral relacionado con la enseñanza, todos tenemos un precio y todo es relativo. Es cierto que, tanto Enric como yo, supongo, tenemos valores que nos alejan de El Mundo y de los concertados, respectivamente.  Por ejemplo, ¿es más vergonzoso trabajar en un centro concertado que vivir de tus padres? ¿Hay realmente diferencia entre El Mundo y El País? ¿Es mejor vivir del paro que trabajar en un concertado? ¿Es mejor hacer bien tu trabajo, aunque sea en un periódico como El Mundo que perseguir tu vieja vocación de vivir del aire en Londres (tirando, tal vez, por la borda un matrimonio quizá feliz? Yo, al menos, prefiero seguir leyendo a Enric González. Incluso ahí. Como, supongo, los que me quieren bien, desean que encuentre un trabajo y deje de dar el coñazo.
Realmente es un debate absurdo: lo que importa, supongo, qué remedio, es hacer bien tu trabajo, sea donde sea y aunque no comulgues con la línea editorial de la casa para la que trabajas. Pero esto (no mi situación particular, sino la de miles de interinos; y tampoco la de Enric en concreto, sino la de los trabajadores y lectores afectados  por el ERE de la mitad de plantilla de El País) no deja de simbolizar el fin de dos sueños que casi habíamos llegado a creernos: el de una Educación Pública de calidad  y el de una prensa socialdemócrata de nivel en España. Pero bueno, no es para tanto: a fin de cuentas, Enric seguirá siendo un periodista fabuloso y yo un profesor normalucho; nosotros, los interinos si encontramos trabajo, seguiremos viviendo de ustedes aunque nos contraten terceros. Y Enric, pese a su indudable ojo crítico, no creo que sea capaz de encontrar una sola diferencia importante entre Pedro J y Cebrián.

martes, 1 de mayo de 2012

Enric González se habría fiado de Sean Hoare.

Aquí pueden leer el magnífico articulo de Enric González publicado en JotDownSpain bajo el título de Expiación.

Y aquí les dejo un pequeño fragmento para picar su curiosidad.

Considero que el periodismo es necesario, en el viejo formato de intermediación o en el naciente sistema difuso y multiyectivo. Pero nunca me ha parecido una actividad noble. Cualquier trabajo consistente en meter las manos en la realidad para hacerla más acorde a los criterios dominantes en la sociedad del momento implica buscar culpables y señalarlos. Eso hacen los periodistas, los policías, los políticos y algunos otros. En esos trabajos, inevitablemente aproximativos, se hiere a víctimas colaterales, se dañan tejidos humanos, se usan la mentira y la coacción como herramientas y se cometen injusticias en nombre de un fin en teoría superior.La novela negra, nacida para hacer crítica social y para reflejar que la frontera entre lo legal y lo ilegal, lo moral y lo inmoral, es más arbitraria y circunstancial de lo que pensamos, muestra una característica que casi define al género: el demiurgo que protagoniza la acción, que investiga y destapa, se somete a sí mismo a un voluntario proceso expiatorio. O bebe, o se droga, o destroza sus relaciones familiares, o padece un pavoroso trauma antiguo o, con frecuencia, todo eso a la vez. Según un modelo clásico de justicia retributiva, quien manosea el dolor humano (sin él no existirían ni policías, ni políticos ni periodistas) debe asumir ciertas consecuencias.El hecho de asumirlas no demuestra calidad moral; si acaso, la sugiere. El hecho de no asumirlas, de mantenerse inmune a la culpa que lleva implícita el trabajo, sí demuestra, en cambio, la inmoralidad del sujeto. Y su falta de inteligencia: quien cree que siempre hace bien un trabajo que nunca puede hacerse bien del todo es a la vez un idiota y un fanático peligroso.