Era el mejor de los tiempos y todas las familias felices se parecían; era el peor de los tiempos y las familias infelices lo eran cada una a su manera. ¿Por dónde demonios se empieza? ¿Tal vez por definir los contornos del siglo que nos atraviesa, el mejor y el peor de todos ellos, la era de la luz y las tinieblas? ¿Acaso son maleables, son flexibles los siglos? Los intelectuales tienden a estirarlos o recortarlos a su antojo para tratar de clavar a martillazos sus narrativas en la perfecta aeronave de la Historia. El historiador marxista Eric Hobsbawm sostiene que el siglo XX corto empieza en 1914, con la Primera Guerra Mundial, y acaba en 1991, con el colapso de la Unión Soviética. El largo siglo XX arranca con las primeras etapas de la globalización, en las décadas finales del XIX, y se cierra con el estallido de la Gran Recesión en 2008, que puso el mundo patas arriba y dislocó el matrimonio que formaban democracia y capitalismo. Hay incluso un siglo americano, que estaría tocando a su fin con inusitada brusquedad. Paparruchas: un siglo es un siglo: unas 876.000 horas, hora arriba hora abajo. El XX consiguió la proeza de ser el más próspero y a la vez el más bárbaro de todos ellos. Y el XXI, que promete tantísimo, arrancó en tromba y empezó exactamente cuando tocaba: en 2001, una odisea del espacio, con aquellos aviones ensartándose como cuchillos en las Torres Gemelas de Nueva York. Después del 11-S, la hegemonía de Estados Unidos logró resistir, pero el gran relato estadounidense —la gran novela geopolítica americana— quedó pulverizado a los pies de las torres. Y eso no es todo. Si alguna vez en la vida hay que citar a Lenin, esta es la ocasión: hay años, como ese 2001, que parecen décadas. (...)
Junto con aquel atentado que vimos en directo por televisión, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, otro clavo en el ataúd de la hegemonía de Estados Unidos. Y aún dos clavos más para las pompas fúnebres barraestrelladas: estalló el caso Enron, símbolo de la quiebra de un capitalismo fuera de control y premonición del crash de Lehman Brothers, y Washington se retiró del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, crucial para la disuasión nuclear. El declive del imperio americano, que es el del orden liberal internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial (que en realidad no era ni tan orden ni tan liberal ni tan internacional), estaba servido. Y no ha dejado de coger velocidad desde entonces a lo largo y ancho de este primer cuarto de siglo loco, loco, loco. Era el mejor de los tiempos y todas las familias felices se parecían; era el peor de los tiempos y las familias infelices lo eran cada una a su manera: eso es un «érase una vez». Algunas de las ideas más revolucionarias de nuestro tiempo empiezan con un «érase una vez». (...)
A caballo entre el siglo pasado y el actual, el rey de Bután, un pequeño país escondido entre la India y China —en los confines del mundo, decíamos antes, aunque ahora ese va camino de ser el centro y nosotros, los confines—, declaró que el objetivo oficial del Estado era conseguir el nivel más elevado posible de felicidad nacional bruta; sea lo que sea eso. Al poco cometió un error imperdonable: eliminó la prohibición de tener televisores en casa. También había prohibido los cigarrillos; por alguna razón eso no lo tocó. El magnate Rupert Murdoch —«nunca perderás dinero si menosprecias la inteligencia del público»—, que tiene a sueldo al expresidente José María Aznar y una colección de periódicos, radios y cadenas de televisión que amarillean más que las hojas en otoño, proporcionó enseguida medio centenar de canales. Y así los incautos butaneses vieron las maravillas de las que disfrutamos a diario el resto de los mortales, según una crónica del economista francés Daniel Cohen. Eso incluye la cuota habitual de sexo, violencia, publicidad, teleseries romanticoides, fútbol y telediarios estridentes, todo lo imprescindible para la vida moderna. Los divorcios, la criminalidad y el consumo de drogas aumentaron exponencialmente. (...)
En una película francocanadiense de 2003 que da título a este ensayo con forma de paseo aleatorio por el primer cuarto del siglo XXI aparece un sociólogo analizando la caída de las Torres Gemelas, con las imágenes del segundo avión acabando de arruinar el skyline de Nueva York. «¿Qué hubo, tres mil muertos? Históricamente la cifra es insignificante, pero sí resulta revelador que los terroristas se atrevieran con el corazón del imperio. En los conflictos anteriores —Corea, Vietnam, la guerra del Golfo— el imperio mantuvo a los bárbaros lejos de sus fronteras. En ese sentido, quizá recordemos el 11-S como el inicio de las (.grandes invasiones bárbaras». Esa película, Las invasiones bárbaras, era la secuela de El declive del imperio americano, y fue sucedida, a su vez, por La edad de la ignorancia: esos tres títulos son, por sí mismos, un tratado de filosofía y una síntesis exacta del siglo que habitamos. (...)
Hay tres maneras de mirar hacia el futuro e imaginar escenarios plausibles. Una de ellas es estudiar historia. Las otras dos son estudiar historia y estudiar historia. Pero la historia es correosa: es un género literario disfrazado de otra cosa. La verdad histórica es a menudo una fábula aceptada, como la descripción de Waterloo de Stendhal. Dos waterloos modernos: los chinos llaman a la Gran Recesión «crisis occidental»; los estadounidenses se refieren a la covid como un «virus chino». La trampa de Tucídides en versión Estados Unidos-China: la potencia emergente provoca temor en el hegemón y la cosa suele acabar como el rosario de la aurora, tal como sucedió entre Atenas y Esparta cuando el centro del mundo era el Mediterráneo, ese mar de color de vino. En este caso hay que decir que cada vez está menos claro quién es Atenas y quién Esparta. Pero en el Pacífico se escucha ya ese rumor como de batalla antigua que llega del fondo del mar, en dirección a Oriente. Esa cruzada —ese Mälstrom— está llamada a definir el próximo cuarto de siglo. Puede que incluso más. Hasta el infinito y más allá. (...)
El final de los imperios es como la irrupción de una crisis: no se ve venir, no se vislumbra, o a lo mejor va asomando la cabeza por el quicio de la puerta a cámara superlenta hasta que de repente, ¡zas!, la caída se precipita con tremendo estrépito, como aquel acelerón de Diego Maradona esquivando patadas de los ingleses. Esta vez estamos viendo una sucesión de crisis turbopropulsada, una crisis infinita que toca todos los palos: bancaria-financiera-fiscal-del euro-migratoria-Brexit-pandemia-proteccionismo-populismos-guerras y demás declinaciones del caos. Se va metamorfoseando. La última mutación, como el Gregor Samsa de Kafka, ha adoptado la forma de una cucaracha naranja, o de un escarabajo anaranjado, un bicho monstruoso capaz de convertir el orden global en una bola de estiércol. El trumpismo sería así una suerte de residuo, de arcada de la Gran Recesión, cuyas cicatrices siguen en carne viva. Había y hay un empacho de deuda. Persiste una financiarización aguda —una sobredosis de todo lo que tiene que ver con las finanzas, que todo lo empapan: el capitalismo tiene una macrocefalia financiera preocupante— que supone un riesgo enorme. La desigualdad sigue siendo la enfermedad económica definitoria de esta época. La hegemonía de las tecnológicas no deja de crecer y de asustar. Puede decirse sin exagerar demasiado que casi todas las plagas bíblicas de los últimos años, que no son pocas, están relacionadas con aquella sacudida tremenda de 2008. Desde la Antigüedad clásica, toda gran crisis económica mal gestionada acaba dejando como legado un estallido político y social. De vez en cuando se lleva por delante un imperio y ve emerger uno nuevo. Pero si cabe la literatura comparada en este asunto, hay que decir que la Gran Recesión no tuvo el impacto devastador de la Gran Depresión de 1929, con sus fascismos y su guerra total. Que tal vez las consecuencias del Brexit no fueran para tanto. Y, más recientemente, que la covid (provocada por «un virus banal y de escasa calidad», según el escritor Michel Houellebecq) no dejó ni de lejos la huella mortífera de la gripe española. A los reverendos Malthus de la vida, a los milenaristas, a los tarotistas del «esto acabará mal» y a quienes relatan el Apocalipsis con estupefaciente impavidez hay que ponerles una foto de Trump al lado de la de aquel señor bajito con bigote charlotesco que hace casi cien años ganó unas elecciones en Alemania con poco más del 35 por ciento de los votos. Hay que decirles que en solo unos años centenares de millones de hombres, mujeres y niños han salido de la extrema pobreza, y que hay más gente que nunca en ese cajón de sastre al que llamamos clase media. Y sobre todo hay que recordarles que somos la gente más saludable, rica y longeva de la historia. Uno de cada tres niños nacidos hoy en el mundo mal llamado desarrollado vivirá más de cien años. Ese dato bastaría para esgrimir un tenue optimismo ante las incontables amenazas que nos acechan: era el mejor de los mundos, era el peor de los mundos, con sus familias felices e infelices. Dickens y Tolstói en la cabalgata de las valkirias: el mundo es menos malo de lo que parece, parafraseando la vieja visión sobre Wagner, que venía a decir que su música era mejor de lo que sonaba. (...)
Es verdad que cada vez estamos más asustados; esa es una de la grandes paradojas de nuestro tiempo. Hemos entrado en una nueva era de temor, escribía el historiador Tony Judt allá por 2005. Nos adentramos en una era de desorden, de incertidumbre. La historia enseña que ninguna libertad y ningún derecho están destinados a mantenerse para siempre: menos aún con esa mezcla de temor, desorden e incertidumbre flotando en el aire viciado de la geopolítica, y todavía menos ante esa mutación del sistema que hemos bautizado como «capitalismo de la vigilancia», o «tecnocapitalismo depredador», con ese aire de feudalismo futurista que ofrecen media docena de empresas inmensas, mayores que Estados enteros, con un poder descomunal. Les hemos regalado nuestros datos y están fracturando con ellos nuestro mundo común sin ningún escrúpulo. La combinación del populismo depredador con los corsarios de la tecnología es la semilla de un nuevo poder que se afirma en medio del caos, y sustituye la diplomacia por la fuerza como única regla del juego. Por delante, además, el futuro va descubriendo el rostro amenazador de la crisis climática: eso sí que va a ser aire viciado, sin la tentación de la metáfora. Hay una política del Apocalipsis, un libreto que aplican a la perfección el trumpismo y las figuras autocrático-populistas, y que se basa en sembrar el caos y la destrucción para sacarle el máximo partido a ese desorden cósmico. La Escuela de Chicago lo tiene bien estudiado: se llama «capitalismo del desastre». Ahora el plan es elevarlo a geopolítica del desastre. (...)
Apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas: he colado esa frase en muchas crónicas en los últimos veinticinco años. Sigue viva y coleando. Bob Dylan lo cantó mejor: «El mundo que se avecina parece enfermo y hambriento y cansado y roto; parece que se muere, pero acaba de nacer». Auster lo escribió mucho mejor: «Parecía que el mundo estaba a punto de acabarse, pero no se acabó». Siempre, siempre Paul Auster. Un grafiti de Carlos Motta: «Me gustas cuando votas porque estás como ausente». Uno de los carteles de las protestas ciudadanas de 2011: «Vota a Godzilla: puestos a mandarlo todo al carajo, hagámoslo a lo grande». Una pintada, brillante y anónima, en una pared encalada de Lavagna, cerca de Génova: «Sei bella come il whatever it takes di Mario Draghi». Una pancarta en México: «Que se vayan los inútiles y que vuelvan los corruptos». Un lema del 15-M: «No es una crisis, es un ya no te quiero». Y una sábana pintarrajeada en unas protestas en Estambul, en la plaza Taksim, durante una reunión del FMI: «¿Es malo apostar, o solo perder?». Por casualidad acabé cayendo en que esa es una frase de Marlon Brando en Ellos y ellas. Ya puestos, para describir algunos episodios de los últimos tiempos prefiero otra del mismo Brando, río arriba, en Apocalypse Now: «El horror, el horror». (...)
La política actual es una ópera de Wagner con su abismo místico. O una suite de Siniestro Total. O a lo peor es una novela del citado Houellebecq pasada por la thermomix de Carl Schmitt, ideólogo del nazismo. La economía, tradicional coche escoba de la política, es un género arrítmico, casi jazzero, una expedición al horizonte, à la Jack Kerouac. Funciona a un ritmo imposible de bailar: despacio, más despacio, súbito pandemonio cuando llega la crisis. Frankenstein, Drácula y Jekyll y Hyde fueron publicados en tiempos de crisis por escritores en bancarrota; John Lanchester es hoy el novelista más dotado para la economía, con permiso de nuestro desaparecido Rafael Chirbes para la especialidad española, que consiste en entrelazar burbujas inmobiliarias y corruptelas como si fueran las cerezas de un cesto.
Mucho antes, en Herzog, Saul Bellow capturó admirablemente una época de crisis. Scott Fitzgerald y Tom Wolfe supieron contar los años de excesos inmediatamente anteriores a una castaña mayúscula. «La economía se ha convertido en una ciencia amoral, como la electricidad, que no solo permite que haya luz, sino también la silla eléctrica», escribió el periodista alemán Frank Schirrmacher en uno de los ensayos más sugestivos de nuestro joven siglo, Ego. La tesis de Schirrmacher es que la teoría de juegos y las matemáticas han colonizado la economía, esa supuesta ciencia moral, o social, que nos seduce a base de ráfagas de pseudoempirismo y otras fantasías matematiformes. En las últimas décadas se ha desarrollado un modelo basado en el Homo economicus: un ser egoistón, individualista radical y egocéntrico. Empachado de algoritmos y dilemas del prisionero, nuestro Homo economicus parece capaz de explicarlo todo desde el Matrix de las montañas de Davos. La física teórica también ha demostrado que un elefante puede sostenerse en equilibrio sobre su cola encima de una margarita; los modelos económicos garantizaban al 99,9 por ciento que el crash de 1987 era imposible aun viviendo centenares de años, y que el patatús de 2008 solo podía darse una vez cada varios miles de millones de años, en una galaxia muy lejana. (...)
De ese ensueño nos despertamos de sopetón: «Hay un error en el modelo que determina cómo funciona el mundo», musitó en sede parlamentaria, con voz temblorosa, el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, cuando el castillo de naipes se vino abajo. Greenspan, admirador de la insufrible escritora Ayn Rand y apodado el Maestro por el ganador de un premio Pulitzer —Bob Woodward, interpretado por Robert Redford en Todos los hombres del presidente pero muchísimo más feo y menos carismático que Redford, lo siento pero alguien tenía que decirlo—, era el sumo sacerdote de los mercados perfectos y las expectativas racionales, esos dos cuentos de hadas de la economía finisecular. Ariel Rubinstein, uno de los padres de la teoría de juegos —la base intelectual de los mercados, desarrollada por esquizofrénicos y paranoides como Von Neuman y John Nash—, abomina de esa teoría en sus memorias. Friedrich Hayek, pensador interesantísimo convertido en una versión de cómic por la derecha política, vino a jubilarse a Europa entre otras cosas para poder cobrar una pensión. En plena Gran Crisis, el empresario y multimillonario turco-español Isak Andic, fundador de Mango fallecido en extrañas circunstancias, resumió el pensamiento económico de las élites en una frase redonda: «Los derechos se han acabado», relata Antonio Baños en Posteconomía. El Apocalipsis, en fin, y sus frustrados Nostradamus. El capitalismo tiene los siglos contados, pero necesita supervisión adulta; de lo contrario llegan las depresiones y los ultras, todo a la vez en todas partes. Algo así afirma John Cassidy en otro de los grandes libros de los últimos tiempos, Por qué quiebran los mercados.
Siempre he tenido una estupenda relación con Guindos, que al cabo logró evitar el rescate total al alimón con Rajoy. Después de ser el alumno aventajado de la Alemania de Angela Merkel y Wolfgang Schaüble, a quienes pone por las nubes en sus empalagosas memorias políticas, acabó como flamante vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE). Lo mío con Guindos es una amistad a prueba de bombas. Tiene una capacidad de análisis formidable. Es una delicia en el trato y me ha ayudado en innumerables ocasiones a pesar de algunos dardos periodísticos inevitables. Aunque también trató de engañarme alguna vez con historias inventadas, como un segundo rescate a Portugal (cuando en Portugal acababa de ganar la izquierda, oh casualidad) que nunca se produjo. Todas las historias que no publiqué porque no había manera de comprobar, incluida esa milonga portuguesa que nunca se produjo, terminaban al cabo de unos días en la primera página de otro diario madrileño. El mismo que desde el 11-M se dedicó a glosar las teorías de la conspiración de Aznar. En fin, la vida. (...)
Primo Levi: «Ese hombre es como un periódico: lo sabe todo, y lo que sabe cambia cada día». Ojalá fueran así los diarios, esos lienzos paliduchos a los que se añaden brochazos de vivos colores. «Algún día tendremos que escribir la verdad», le escribe en una carta Albert Camus a Simone de Beauvoir: me temo que así son los periódicos, siempre persiguiendo a la liebre mecánica del canódromo. La verdad, si es que existe ese bicho, es siempre lo que atrae más pares de ojos. Pero es esquiva, y a menudo es ambigua. La verdad es una suerte de engranaje narrativo; el periodismo no puede ser nunca una mera acumulación de hechos (de verdades), sino que debe aspirar a ser una interpretación de los hechos. Un punto de vista. A ser posible, honesto. A menudo, para qué engañarnos, es solo un intento más de fracasar mejor. La liebre mecánica es casi imbatible. (...)
Herman Melville pasó veinte años como aduanero en el puerto de Nueva York. Dickens estaba diez horas al día pegando etiquetas en envases de betún a la edad de doce años. Cuentan que Roland Barthes le confesó a Susan Sontag en Nueva York su deseo de escribir una novela, pero para ello debía abandonar la enseñanza y temía la miseria: poco tiempo después, al salir de dar clase, lo atropelló un camión. A veces hay que esperar a Godot veinte largos años. En ocasiones hay que pasar el día pegando etiquetas hasta que llega el momento. Pero jamás hay que olvidar esa regla de ser un poco sinvergüenza: de lo contrario te atropella el camión. (...)
«Ladran, luego cabalgamos». Cervantes jamás escribió esa frase, que en realidad procede de un proverbio árabe: «Los perros ladran, pero la caravana sigue». Tampoco Bertolt Brecht es el autor de aquel famosísimo poema («primero se llevaron a los judíos, pero a mí no me importó porque yo no lo era»), ni Keynes escribió exactamente «a largo plazo, todos muertos», a pesar de que hay una miríada de economistas y políticos cortoplacistas —otra manera de decir idiotas— que lo repiten sin cesar, como una letanía. La frase completa, publicada en una carta al New Stateman, deja un destello de esperanza: «A largo plazo todos estaremos muertos, pero a corto plazo todos estaremos vivos». La vida y la historia, en fin, están hechas de cortos plazos, ahora y en los años treinta del siglo pasado, cuando fue escrita esa misiva, aunque a veces haya que mirar inevitablemente a lo lejos. Al hacerlo, sostiene el escritor británico Ian McEwan, es mejor dejar de lado el tonillo de Antiguo Testamento que apunta a una profunda propensión, presente a lo largo de los siglos, a creer que uno está siempre viviendo el final de los tiempos: como si Dickens hubiera empezado su Historia de dos ciudades con la segunda parte de esa frase maravillosa, «Era el peor de los tiempos», y se hubiera olvidado del resto. Con su singular mezcla de ciencia y política, hay otro consejo de ese economista difunto —la vida de Keynes fue al menos tan apasionante como su obra— que les convendría seguir a los hombres de acción de hoy. «Debemos ahorrar cuando el gasto goza de buena salud, y debemos gastar cuando el ahorro goza de buena salud». De lo contrario, la política económica será procíclica, que es otra manera de decir idiota. (...)
Lo último que escribió Tolstói: «Haz lo que debas, pase lo que pase». Lo último que escribió Cervantes: «Llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir». ¿Es un empate?
La búsqueda es esa liebre cortazariana que corre tras un tigre que duerme: hay que estar siempre con las orejas tiesas, con los ojos cansados de mirar en todos los rincones, en busca de fogonazos que nos ayuden a comprender el tiempo que nos ha tocado vivir. Para ello viene bien contar con un puñado de ideas generales sobre el discurrir del mundo, que a ser posible vayan en la buena dirección y estén en el lado bueno de la Historia —si es que hay dirección y lado buenos—, pero sobre todo hay que aplicar esas ideas con una formidable flexibilidad, sin dogmatismos ni excesivo rigor: los atracones de rigor suelen acabar en rigor mortis. Mientras seguimos buscando la piedra filosofal, como en la canción de Van Morrison, «si hemos de hacer algo bueno tendremos que parecer heterodoxos, molestos, peligrosos y desobedientes». Ese es nuevamente Keynes, que también estaba convencido, a su manera, de que el Apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas: «Los dos errores opuestos del pesimismo se demostrarán equivocados en nuestro tiempo: el pesimismo de los revolucionarios, que creen que las cosas están tan mal que no nos puede salvar más que un cambio violento, y el pesimismo de los reaccionarios, que consideran tan precario el equilibrio de nuestra vida económica y social que piensan que no debemos correr el riesgo de experimentar». Las genialidades resisten estupendamente el paso del tiempo. (...)
arranque de Jesús Ceberio, exdirector de El País, en su libro La llamada es insuperable: «El 11 de marzo de 2004 fue un jueves aciago en Madrid. Acababa de amanecer cuando retumbaron varias explosiones en un tren de cercanías que entraba en el andén de la estación de Atocha. Eran las 7.37 de una mañana casi primaveral. En menos de cinco minutos diez bombas reventaron cuatro trenes; dejaron 191 muertos y más de dos mil heridos. “Tengo la certeza de que ha sido ETA”, fue el veredicto inapelable que el presidente Aznar me transmitió a las 13.06. Veinte años después, sigue sosteniendo que él era la diana de aquel atentado». Además de ese talento innato para los hechos alternativos antes de que los llamáramos hechos alternativos, un adelantado de su tiempo, Aznar tenía un segundo don cuasi divino. Consistía en nombrar ministros con una extraña querencia por la corrupción. Doce de los catorce ministros que formaron uno de sus últimos Gobiernos, en julio de 2002, acabaron imputados, encarcelados o estrechamente implicados en asuntos judiciales escabrosos. Ese 85 por ciento es un récord olímpico. Tras aquella mezcla de embustes y corrupción, el PP tardó años en volver a gobernar. Él, que había sido un joven con algún que otro ramalazo franquista y que va camino de convertirse en un personaje del Greco, sigue dando lecciones de moral en sus entrevistas a medios afines (siempre con ese inconfundible aroma proatlantista flotando alrededor de su ideario tirando a euroescéptico). Y sigue lanzando frases biliosas, del calibre de «el que pueda hacer, que haga». Su legado, Mariano Rajoy («Es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde»), también le define. En Una cierta edad, Marcos Ordóñez hace una lectura interesante de la victoria de Rajoy en 2011, justo antes del rescate y de anunciar que jamás aumentaría los impuestos (protagonizó la mayor subida fiscal de la democracia), que no gastaría «un solo euro» en la banca (fueron casi 75.000 millones de lereles) y de jurar y perjurar que los hombres de negro no iban a venir a Madrid. Rajoy quería el poder, pero nunca supo explicar para qué lo quería. «Si será poco convincente lo bueno por conocer que la gente ha vuelto a optar por lo malo conocido. Así es como el partido más corrupto de España (y hay competencia) ha vuelto a ganar las elecciones», escribe Ordóñez. Es muy posible que eso, si no vuelven a fallar casi todas las encuestas y en especial las performativas del sociólogo Narciso Michavila —más preocupado por influir que por medir lo que piensa la opinión pública—, vuelva a suceder más pronto que tarde. (...)
Allá por 2015 tenía entre manos una historia realmente jugosa en Bruselas y se me ocurrió la delirante idea de que eso podía cambiar el curso de los acontecimientos. Rajoy estaba a punto de ser reelegido. Se presentó a aquellas elecciones con el programa tradicional del PP llueva, nieve o brille el sol: bajaremos todos los impuestos, aunque en 2011 había ganado con el mismo libreto y había hecho exactamente lo contrario. España seguía bajo vigilancia de la troika por el rescate bancario, con un déficit público aún desbocado que podía traer graves problemas: una multa millonaria, más el estigma de incumplidores que los españoles han tenido en Bruselas desde la negra noche de los tiempos. Es curioso, porque en 2007 España cumplía a rajatabla las reglas fiscales, lo cual demuestra que esas reglas son completamente estúpidas: Maastricht es un Tratado de Versalles sin guerra, pero esa es otra historia. En la campaña de su reelección, Rajoy se destapó como un excelente ventrílocuo: prometía en los mítines que iba a aliviar la carga fiscal de ese supuesto infierno impositivo que es España (que tiene una presión fiscal inferior a la media europea, pero eso a quién le importa), y a la vez le decía en una jugosa carta confidencial al presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, que los subiría de nuevo si hacía falta. Me hice con aquella misiva, que aún conservo: «Querido Jean-Claude», se lee en el encabezamiento de su puño y letra. «Una vez que haya un nuevo Gobierno, estamos dispuestos a adoptar nuevas medidas», admite en ese texto, lo contrario de lo que decía en todos y cada uno de sus mítines. Abrimos el periódico a cuatro columnas con ese lío. Esa pieza demostraba que el presidente del Gobierno de la cuarta economía del euro mentía como un bellaco a sus potenciales votantes a escasas semanas de las elecciones. Por escrito, además, las mentiras de un presidente del Gobierno valen el doble. Al menos en teoría. La realidad no entiende de teorías: al cabo de solo unos días, Rajoy ganó con claridad. El impacto de esa carta fue nulo. Cero, niente, nada. Ni un rasguño. Ningún medio siguió esa historia, que apenas dejó la huella de un zapato sucio. Y en ese momento me abrí uno de esos vinos franceses que amortiguan las voces y confieren profundidad a los ojos. (...)
En una sociedad sin Estado la tasa de mortalidad asociada a la violencia es de 500 por cada 100.000 habitantes: unas mil veces por encima de la de Noruega o la de España, que siguen siendo el paraíso terrenal con esa estadística en la mano. Sin instituciones no hay libertad. Sin leyes no hay libertad; no hay instituciones. Sin impuestos, que son el precio de la civilización, no hay libertad; no hay ni leyes, más allá de la del Talión, ni instituciones, más allá de las fábricas de armamento. Habrá que defender, entonces, las instituciones, las leyes y los impuestos, porque de lo contrario acabará uno teniendo algo parecido a aquel diálogo de Blade Runner: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo». (...)
La Doctrina Donroe de Trump y su América para los americanos es puro siglo XIX: la nueva geopolítica viene incluso de más atrás, es la ley de la selva, basada en la fuerza bruta. No estamos tan lejos del lugar en el que hemos estado tantas veces, una situación prebélica generalizada en la que cualquier idiota puede disparar al archiduque. Los idiotas no siempre aciertan en el blanco, aunque en ocasiones aciertan. El historiador Max Hastings ilustra con una anécdota muy eficaz los orígenes de la Primera Guerra Mundial. En una conversación entre un estudiante de la academia del ejército británico y su superior, el alumno sugiere que solo «una estupidez inconcebible» podría precipitar una guerra europea. El general de brigada Henry Wilson le espeta: «Esa estupidez inconcebible es lo que vas a tener» (...)
Europa presenta una larga tradición de destrucciones y reconstrucciones. En algunas sociedades, destrucciones y reconstrucciones siguen a flor de piel, entre los divinos ropajes de sus ruinas, y a veces hasta sentadas en las bancadas de sus añejos parlamentos, entre las barbas de sus señorías más nacionalistoides. La doble cara de la civilización europea consiste en ver banderas fascistas en la calle justo al lado de las instituciones que han levantado el estado del bienestar. La capacidad de autodestrucción del continente es asombrosa, en claro contraste con sus grandes logros. Después de Grecia y Roma llega aquel San Silvestre del año 406; el Rin se hiela, empiezan las invasiones bárbaras y con ellas probablemente aparecen los rudimentos de Europa de entre los escombros del Imperio romano. ¿Qué narices es Europa? La sexta luna de Júpiter: su descubrimiento —Galileo— se remonta a 1610. Es también la historia de un dios tan enamorado de la hija de un rey que se transforma en toro para raptarla. El rincón donde el campo de concentración de Buchenwald colinda con el jardín de Goethe. «Un lugar de aventura», según la bella definición de Zygmunt Bauman; un nido de aspirantes involuntarios a Ícaro, «algo que se hace, se crea, se construye, un trabajo que nunca termina, un reto aún por superar, una posibilidad siempre pendiente». (...)
La historia viaja siempre de la mano de la ironía: la UE se creó para impedir que se reprodujeran los conflictos, pero ha creado las condiciones que favorecen un terreno fértil para la ultraderecha, que vive instalada en la pelea constante. Europa no fue valiente para pararle los pies a la Hungría de Orbán ni a la Polonia de los Kaczynski. Y tampoco ahora lo está siendo ante Trump, con una táctica de apaciguamiento que no funciona de ninguna de las maneras. No es lo mismo ser un feliz vasallo que un esclavo miserable: ahí puede terminar Europa si no es capaz de frenar (con regulación, uno de sus fuertes; y con un punto de audacia, si puede ser) a los tecnoligarcas que vienen de la mano del populismo, en un ambiente que a veces recuerda a los días previos a la caída de Saigón. (...)
En L’art de portar gavardina, Sergi Pàmies subraya el magnetismo de la anécdota cuando se convierte en la metáfora de un todo, como el análisis de sangre que, a partir de una pequeña muestra, explica el pasado, el presente y tal vez el futuro de un organismo pletórico o moribundo. Los pasillos de Bruselas son una metáfora redonda de uno de los males de la Unión: no hay quien la explique ni quien la entienda. Es un combate entre realistas sin demasiadas aspiraciones e idealistas con poco conocimiento. No ha conseguido generar un relato convincente, aliñado con suficiente épica y efectividad: a menudo parece que el único argumentario poderoso sea el del populismo. Bruselas es una historia de aristocrática despolitización. Se relame con su poder blando, cuando lo que hace falta es poder a secas. Se gusta bailando ese merengue de la potencia normativa, cuando es sabido que las reglas y la legislación, por maravillosas que sean, no pueden anticipar una buena crisis, ni mucho menos nos equipan para embridar la inmensa creatividad de la Historia, ese potro salvaje y desbocado. La UE está mejor preparada para la era geoeconómica que ya pasó que para la época geopolítica que nos aguijonea a cada poco. (...)
Está presionada por la transición verde y digital, ante el riesgo de quedarse atrás, cada vez más atrás, y convertirse en un cruce amorfo de museo y cajero automático, dependiente de las tecnologías chinas y estadounidenses. Y desde luego se ve abocada a meterse en ese mar de los Sargazos por las guerras y por Trump, que nos han desnudado para el baile de la realpolitik. A Europa le cuesta hablar el lenguaje del poder. Ha visto cómo se desvanecían los relatos melindrosos de los valores y los derechos humanos cuando se ha comprobado crudamente que la UE también tiene intereses; vaya si los tiene. Su papel en Gaza ha sido lamentable a causa de los tabúes alemanes. Pierde presencia internacional a marchas forzadas por el desplazamiento hacia el Indo-Pacífico del teatro de operaciones general. Le perjudica la falta de políticas serias de seguridad y defensa, sobrediagnosticadas e infraejecutadas, en un mundo en el que predomina la ley del más fuerte. Le falta visión estratégica. Quizá por cobardía, por miedo; quizá porque hay quien prefiere parecerse a Suiza. Y le lastra la loca arquitectura institucional, con una toma de decisiones endiablada en la que a duras penas es capaz de deshacerse de las unanimidades, las vetocracias y otras herencias de un mundo que ha desaparecido de la noche a la mañana. Le falta presupuesto para hacerse mayor, y el mercado único, la supuesta joya de la corona, es un queso lleno de agujeros: en servicios, en telecomunicaciones, en tecnología, en banca, no digamos ya en la industria militar. En casi todo lo importante. (...)
«Europa puede morir», ha dicho ese filósofo de segunda, poeta de tercera y exbanquero de los Rothschild («compra cuando la sangre corra por las calles») metido a presidente de Francia llamado Emmanuel Macron. Europa es tozuda y resiliente: sobrevivirá, por mucho que cada mes aparezca un nuevo Macron en los pasillos kilométricos del Justus Lipsius, si consigue encarar los formidables riesgos que tiene delante de sus narices con más integración, con autonomía en defensa, con mayorías reforzadas en lugar de las nefastas unanimidades. Y buscando nuevos aliados con pragmatismo. Ese edificio, la sede del Consejo Europeo, da para mucho. Cuando hicieron las obras para ampliarlo encontraron micrófonos del Mossad, el servicio de inteligencia israelí, en un edificio adyacente. No es solo que nos perdamos en los pasillos: es que además el Gran Hermano nos escucha incluso a puerta cerrada y se parte de risa con nosotros, los europeos. (...)
Europa se creyó esa serenata nocturna que decía que el paraguas de seguridad de Estados Unidos estaría ahí para siempre, que la energía barata rusa estaría disponible por los siglos de los siglos, que los chinos iban a comprar coches alemanes toda la vida. El colapso del orden global, en el que tanto creíamos los europeos, es en gran medida fruto de la pésima gestión de la Gran Crisis con una combinación de austeridad a muerte, activismo de los bancos centrales y rescates públicos al sistema financiero, que dejaron una sensación de estafa entre la ciudadanía. Vivimos en una época postrágica: Europa creyó siempre en las reglas, en un orden liberal, pero las reglas y el orden han desaparecido entre los espumarajos de ese gran espectáculo que es la nueva política wagneriana, protagonizada por tenores populistas que pescan en las aguas revueltas del cinismo, el descontento y el aburrimiento. Líderes autoritarios, reaccionarios antidemocráticos y extremistas de derechas definen la política en Oriente y en Occidente, y Europa no se ha librado de esa plaga. Hay una suerte de enmienda a la totalidad del liberalismo, que en algún momento se confundió con el neoliberalismo. Europa tenía una fe sin fisuras en las dos almas del orden liberal: un alma interior, basada en libre competencia, impuestos bajos y desregulación, y otra globalista, que creía en las virtudes del libre comercio, los aranceles bajos y la libertad de movimientos de capitales. (...)
La primera alma se ha corrompido; la segunda va camino de desaparecer con el trumpismo, que aplica recetas económicas que hace solo unos años eran anatema. La Gran Recesión fue un revés brutal para el continente, sembró una desconfianza entre los socios de la Unión que no ha desaparecido, una brecha Norte-Sur de gran profundidad. Después llegó la crisis de refugiados, la primera gran crisis de los valores europeos, que abrió una segunda fractura, Este-Oeste. Y el Brexit, la huida de la democracia más antigua de Europa, y finalmente Trump, una sorpresa llegada desde el infierno, el primer presidente de Estados Unidos que no ve en la unidad europea un activo estratégico sino un obstáculo para sus intereses. Las sucesivas crisis de los últimos años se resolvieron con parches. Pero con Ucrania, con Gaza, con las amenazas sobre Groenlandia y con Irán y sus consecuencias no vale ya ese precario parcheado. La fragilidad de Europa es evidente. Y a la vez, todo ese jaleo ha generado, casi milagrosamente, las condiciones para ayudar a la Unión a endurecerse para sobrevivir en un mundo hipermusculado. Con Trump vociferando a diario, y con los populistas sentados en el Consejo Europeo, es el momento de preguntarse para qué sirve Europa, y qué debe ser el poder, ese animal tan correoso, en una sociedad abierta y pluralista como la nuestra. El poder de los sin poder, escribió el disidente y después presidente checo Václav Havel, empieza por la honestidad. Con la voluntad de sacar a relucir los famosos valores cuando los demás solo usan la fuerza. Con el ferviente deseo de resistir. Resistir: no renunciar demasiado. (...)
Merkel hamleteó durante todo su mandato, con el jein (sí pero no) como leitmotiv. Su forma de hacer política europea era titubear. Hizo todo un arte del sintagma «ambigüedad calculada». En el fondo, siempre escogía el camino que conviniera para la estabilidad alemana. Impuso el imperativo alemán a la UE, ahorro al servicio de la estabilidad, con un brutal neoliberalismo para el continente combinado con una suerte de consenso socialdemócrata en casa. En esa «Europa alemana» que tan bien describió el sociólogo Ulrich Beck resuena demasiado el pasado, como hemos visto con su torpe aproximación a Israel y Gaza y con un atlantismo desaforado. Merkel dejó la política activa con buena nota, pero «su legado está hecho jirones», explica el analista Wolfgang Münchau en Kaput. Se durmió al volante. Se ha quedado atrás con el coche eléctrico y en otras muchas tecnologías. Su modelo neomercantilista hace aguas. Y al perder pie por el lado económico también se ven sus carencias por el lado político, con la extrema derecha avanzando con firmeza, el centroderecha flirteando con los ultras, los liberales echados al monte y la socialdemocracia desnortada. Ha mantenido una posición relativamente ambigua en Ucrania, aunque ahí ha salvado la cara, y un apoyo sin fisuras a Israel impresentable ante el genocidio de Gaza. Pero está grogui, como si se hubiera quedado atrapada en el siglo XX. Y paralizada ante las bravatas del trumpismo. Temo más a una Alemania que no hace nada que a una Alemania poderosa, dijo una vez Radoslaw Sikorski, ministro polaco de Exteriores. Hay que temer a las dos. (...)
¿Qué fumaría la gente en España por aquel entonces? «El milagro soy yo», dijo Aznar con esa humildad tan característica, pero el milagro español no era aquel fumador de puros tocado con un bigote inquietante, sino una todavía más inquietante burbuja a crédito, que ni el propio Aznar ni José Luis Rodríguez Zapatero quisieron o pudieron desinflar. Se vive bien a lomos de una burbuja. Hasta que revienta en pleno viaje astral, y entonces empieza la bajada a los infiernos. Con un país entero enganchado a la deuda —que coman crédito parecía la divisa de aquellos años, parafraseando los brioches de María Antonieta—, y con bancos y cajas empachados de ladrillo, en España nadie supo qué hacer con aquel mejunje. Ese pisto le explotó en las manos a Zapatero, con su ministro Pedro Solbes huyendo del barco hacia los consejos de administración de un banco y una compañía eléctrica. Y entonces el presidente demostró una jeta sensacional cuando ya íbamos cuesta abajo y sin frenos: «No sabía que los mercados mandaran tanto», dijo cuando apretaba la prima de riesgo (la diferencia entre la rentabilidad del bono español y el más seguro, el alemán: los argentinos saben de primera mano que hay que echarse a temblar cuando el sintagma «prima de riesgo» abre los noticieros). Después de un par de llamadas de Barack Obama y Xi Jinping, que si fuéramos anglosajones habríamos convertido en una obra de teatro, y de una carta ignominiosa de Jean-Claude Trichet, jefe del BCE, que solo pudimos leer en sus memorias patrocinadas por Planeta, Zapatero protagonizó una conversión fulminante a la religión de la austeridad dirigida por el pánico. Tras aquella metamorfosis se subió a la tribuna de oradores del Congreso y declaró la era de las tijeras largas. Anunció entonces recortes y más recortes «me cueste lo que me cueste», sentencia que además fue una losa para los socialistas hasta la irrupción de Pedro Sánchez a lomos de un Peugeot 407 que corría más que el famoso aparato del PSOE. Rajoy barrió en las siguientes elecciones. Empezó con un lacónico y muy zapaterista «no podemos gobernar», por la presión cruzada de Bruselas, Berlín, Frankfurt y sobre todo de los mercados y sus primas de riesgo. Parapetado en la excusa de la herencia recibida —que era mala de solemnidad, para qué negarlo—, encadenó errores gravísimos sin solución de continuidad. Fue un completo desastre. Su ministro Luis de Guindos sobrevaloró sus capacidades propias y no entendió la gravedad de la crisis: un problema de credibilidad de las cuentas públicas, una incertidumbre galáctica sobre el tamaño del agujero en el sector financiero —a la que contribuyó el propio Guindos con unas declaraciones a destiempo al Financial Times y una primera reforma bancaria calamitosa— y un elevado endeudamiento exterior. Una tormenta perfecta sin los marineros apropiados para arribar a puerto. «Que se hunda España, que nosotros ya la levantaremos», había dicho el después ministro y posteriormente corrupto Cristóbal Montoro. Pero costó mucho levantarla. Aquel Gobierno dejó una sensación de chapuza cósmica. La crisis se le fue de las manos y dio la impresión de que solo la intervención de la troika, otra manera de decir Alemania, podía poner orden en aquel desaguisado. Tras su conversión al Diktat austericida por obra y gracia del rescate, Rajoy dejó una frase impagable: «No cumplo mis promesas, pero cumplo con mi deber». (...)
por la sensibilidad social de su Gobierno; Zapatero, además, pasará a la historia como el presidente que acabó con ETA. Pero cuando vinieron mal dadas negó la crisis más veces que san Pedro. Se equivocó de medio a medio con un error de diagnosis, minusvalorar la crisis bancaria, para después tratar de lidiar con la tormenta de la mano del gobernador del Banco de España, Miguel Fernández Ordóñez, más preocupado por las reformas laborales que por el agujero jupiterino de las cajas. Hay, en fin, más sombras que luces en la era Zapatero, y aún muchas más sombras en la de Rajoy. Lo poco bueno que puede decirse de Rajoy es que evitó el rescate total y que, políticamente, se enfrentó a la derecha mediática y al ala más dura de su partido, que emergería más adelante. Pero además del sindiós de su política económica presidió uno de los Gobiernos más corruptos de nuestra joven democracia, y mira que es difícil, y aplicó el tolstoiano «todo el mal procede del hacer» en la deriva independentista de Cataluña porque pensó que estar cruzado de brazos, con ese tancredismo ilustrado tan suyo, podía beneficiarle electoralmente. Por no hablar de su final, encadenando whiskies en un restaurante y sin tener la dignidad de presentarse en el Congreso cuando vio que se lo llevaba por delante la moción de censura, armada tras la sentencia de la Gürtel que condenó al PP como beneficiario de «un sistema de corrupción institucional». Disfruten lo votado: la política difícilmente puede ser mejor o peor que las sociedades que refleja. (...)




