ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


sábado, 7 de mayo de 2022

VERDADES A LA CARA (PABLO IGLESIAS)

PRÓLOGO: Estas no son las memorias del fundador de Podemos ni las del exvicepresidente del Gobierno, aunque contiene elementos de ambas. Esa nunca fue la intención. Este libro es un testimonio: el de alguien plenamente convencido de haber sobrevivido, por poco, a un intento inédito de destrucción personal cuyos ejecutores no han ahorrado en recursos: desde el uso de medios de comunicación a la compra de voluntades o a la activación de células judiciales durmientes. Contra ellos se ha empleado uno de los recursos que suelen reservarse para las ocasiones importantes: las estructuras parapoliciales de las cloacas del Estado. «Lo que define a uno no son sus amigos, sino sus enemigos», resume, sin esconder su orgullo, el fundador de Podemos. (...) Si nos hacían lo que nos hacían era porque estábamos siendo capaces de llegar más lejos que nadie». La frase de Pablo Iglesias explica cómo logró afrontar el que ha sido, sin duda, el episodio más duro que ha vivido desde que lanzara Podemos en enero de 2014: el acoso sufrido durante meses en su propia casa, donde vive con su pareja y actual ministra de Iguadad, Irene Montero, y con los tres hijos de ambos. Los hechos son claros: día tras día, un grupo de ultras más o menos numeroso se apostó en la puerta de la residencia del entonces vicepresidente del Gobierno para insultarle a él, a su familia y a cualquiera que los visitara, prácticamente sin consecuencias. Solo las hubo cuando se traspasó la línea del atentado contra la autoridad o la toma de imágenes del interior de la vivienda. «Hubo impunidad durante mucho tiempo y no hubo ninguna solidaridad», sentencia. (...)

 «El acoso al que nos sometieron tenía un objetivo político muy claro, un mensaje mafioso: no te merece la pena a nivel personal. No te metas. No luches, no pelees. No defiendas lo que crees». Las decisiones en política nunca suelen responder a un único condicionante, pero no es descabellado pensar que otras circunstancias personales hubieran supuesto un escenario diferente. Es imposible disociar el desarrollo del primer Gobierno de coalición de España en ocho décadas de los sucesos de Galapagar porque tampoco fueron hechos aislados, sino la consecuencia de un proceso que arrancó mucho antes, inmediatamente después de que Podemos rozara los 1,3 millones de votos en las elecciones europeas de 2014. Pablo Iglesias se convirtió en el enemigo a batir para una parte del Estado que considera ilegítimas, no tanto las aspiraciones del espacio político armado alrededor del partido —que no son novedosas y, de hecho, muchas de ellas ya se han puesto en práctica en España—, como su vocación de acceder a los resortes de poder a los que les daba derecho el nada desdeñable apoyo popular logrado. 

El acoso que sufrimos en casa Irene y yo empezó el 6 de marzo de 2020, apenas dos meses después de haber prometido nuestros cargos en el primer Gobierno de coalición que se formaba en España en décadas. Aquel día se concentraron frente a nuestra casa unos policías nacionales de Jusapol con una excusa impresentable: la equiparación salarial. Decían que, como allí vivía la ministra de Igualdad y ellos reclaman la igualdad con la Ertzaintza y los Mossos d’Esquadra, tenían derecho a concentrarse en nuestra puerta a apenas cuarenta y ocho horas del Día de la Mujer. Una excusa totalmente absurda que dejaba bien claro el sesgo ultraderechista de Jusapol. Además, como recordaron algunos medios, desde octubre de 2018 hasta noviembre de 2020, el Gobierno —primero con el PSOE en solitario y, después, con nosotros— aprobó tres tramos de incremento salarial que supusieron una subida media del 20% en sus nóminas. (...)

En un primer momento, no pensamos que nada de aquello se fuera a repetir, ni mucho menos a alargar. De hecho, lo que nos ocurrió a nosotros no se hubiera consentido nunca con ningún miembro de ningún Gobierno antes. Si hubiera habido concentraciones frente a la vivienda de cualquier ministro, habrían terminado en cuestión de minutos, eso lo sabemos todos. Y, por supuesto, jamás se habría permitido que se produjeran manifestaciones constantes durante meses frente a la vivienda de un miembro del Gobierno. Nunca, hasta que llegó Podemos. (...) Muchas veces me sacan el ejemplo de Soraya Sáenz de Santamaría, cuando la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) convocó un escrache frente a la casa de la entonces vicepresidenta primera del Gobierno en abril de 2013. Pero hay que recordar y recalcar que aquello duró solamente unas horas. La concentración se disolvió en minutos con una intervención policial contundente y, por supuesto, se abrió un procedimiento contra algunos de los manifestantes. Aquel proceso judicial finalmente se archivó después de casi un año. Pero la impunidad es facilitadora del acoso y, unas semanas después de la protesta de Jusapol, comenzó a concentrarse ante nuestra casa la ultraderecha civil. (...)

La consecuencia inmediata fue un cambio total en nuestro día a día en el ámbito personal: tuvimos que dejar de salir a pasear con los niños, no podíamos sacar a los perros ni ir al supermercado. Teníamos que pedir favores para hacer estas tareas sencillas, habituales, a las que casi no das importancia porque asumes que, en una democracia, nadie te va a impedir llevar una vida familiar normal. Prácticamente no podíamos hacer vida en el pueblo en el que vivimos, lo que volvió la situación cada vez más desagradable. Pero quienes más lo sufrieron, como es lógico, fueron los niños, que eran muy pequeños. El acoso llegó a un punto en el que había días en los que era difícil dormirlos por los gritos de fuera. Cuando entrábamos y salíamos, siempre había mucha gente, mucho alboroto. Una situación nada sana para unos niños que, lógicamente, percibían la alteración de sus padres. (...)

El acoso al que nos sometieron tenía un objetivo político muy claro, un mensaje casi mafioso: «No te merece la pena a nivel personal. No te metas. No luches, no pelees. No defiendas aquello en lo que crees». Me lo pregunté no pocas veces en esos meses: ¿Si hubiera sabido que me iban a hacer esto habría asumido las responsabilidades que asumí? La respuesta la tengo clara: no. Porque esto no le compensa ni le merece la pena a nadie. Es algo que te supera que escapa de tu control y que tensa muchísimo a tu familia. A mi padre, que arrastra enfermedades muy graves, lo persiguió Cake Minuesa por las calles de su ciudad llamándole terrorista; mi madre, cuando venía a estar con sus nietos, tenía que ver a esta gentuza en la puerta de casa actuando con total impunidad. Es algo que produce un estrés enorme y que tiene un efecto político muy eficaz: «No te metas en política; vamos a ir a por ti y no nos va a pasar nada». (...)

No solo es duro para los niños y para la familia: ver que tu pareja sufre es insoportable. Aunque estas situaciones unen, es tremendo ver a tu compañera sufrir y que ella te vea sufrir a ti, día tras día. No se lo deseo a nadie. Por suerte, el hecho de que los dos seamos militantes con muchos años de experiencia política nos ayudó a no perder la capacidad de razonar políticamente lo que estaba ocurriendo, comprender sus objetivos y evitar concederles esa victoria. (...)

Ser militantes nos ayudó a afrontarlo, tanto en lo personal como en lo político. Pero lo que estábamos viviendo, y que se prolongó durante meses, no tenía precedentes. Es cierto que los dos venimos de unas experiencias muy determinadas. En mi caso las aprendí también por vía familiar, por todo el compromiso que aprendí en casa. Pero hasta entonces en España se podía separar el ámbito familiar de la actividad política. Teníamos mucha experiencia militante, como digo, pero nunca habíamos vivido una situación que afectara tanto a un ámbito tan privado. Eso hay que vivirlo para saber lo que es. Uno puede afrontar experiencias políticas enormemente duras y, después, irse a descansar tranquilamente a su casa, pero lo que nos ocurrió a nosotros fue un antes y un después que se asentó en aspectos muy novedosos, como el papel de los medios de comunicación, gracias a los cuales cualquiera sabe dónde vivimos y dónde estamos en cada momento. Y esa es la clave: las televisiones contaron a toda España dónde estaba nuestra casa y mostraron con esmero todos los detalles de la vivienda durante días y días. (...)


También ha sido constante la deshumanización a la que nos han sometido los ultras. No utilizan insultos políticos para referirse a nosotros. A mí me llaman «chepudo» y «rata». Hay que tomárselo a risa, pero me duele que mis hijos tengan que vivir sabiendo que hay gente que, públicamente, llama a su padre «rata» y a su madre «puta». Es un clásico de la ultraderecha y de los medios de comunicación conservadores que son, como digo, la clave de lo que está ocurriendo. No hay que olvidar, insisto, que los primeros promotores de las concentraciones frente a nuestra vivienda eran periodistas. En concreto, fue la estrella de la Cope, Carlos Herrera, quien convocó una «romería» frente a mi casa pocos días después de que la compráramos, en 2018. Al final él no acudió, pero otros sí. Me pregunto cómo se sentiría Herrera si hubiera regularmente gente de izquierdas rodeando su casa para pedirle explicaciones. (...)

La diferencia fundamental es que el que iba a hacer un escrache a la casa de Soraya Sáenz de Santamaría o el que le decía algo a Cristina Cifuentes sabía que no le iban a permitir hacerlo. Era absoluta la conciencia de que el que lo hacía se la estaba jugando, de que le detendrían, le darían un palo y le caería un marrón considerable, porque ni la policía ni los jueces iban a permitir que eso se prolongara más allá de unos segundos. Con nosotros, por contra, hubo impunidad durante mucho tiempo y no hubo ninguna solidaridad, ni por parte de otros representantes políticos ni por parte de una prensa que, en buena medida, dijo que nos lo merecíamos. (...) "Siempre insisto en esto, pero es la clave de todo: el papel de los medios de comunicación de derechas es determinante en todo lo que tiene que ver con nuestro acoso porque es lo que leen, ven y escuchan muchos jueces, muchos policías y, en definitiva, mucha gente. Y el mensaje que han lanzado de forma sistemática sobre la ilegitimidad de que nosotros formáramos parte del Gobierno fue fundamental en el desarrollo de los acontecimientos. (...)

 

FERRERAS

Se lo he dicho a Antonio García Ferreras muchas veces: si los de Okdiario le hicieran lo mismo a tus hijos, tu amigo Inda y su gente no estarían en tu televisión. Y, cuando algunos compañeros de Unidas Podemos o de otros partidos me dicen que quizá no sea inteligente por mi parte criticar a alguien tan poderoso como Ferreras, no puedo dejar de responderles que si el protegido de Ferreras y Florentino Pérez hubiera hecho a sus hijos lo que le ha hecho a los míos, quizá no serían capaces de mantener el buen rollo que mantienen con el jefe de La Sexta. Uno de los éxitos de cierto tipo de periodismo ha sido usar su enorme poder para evitar una estrategia común de todos los referentes de la izquierda. El éxito de Ferreras, que es muy listo y además es un trabajador metódico, tiene que ver con su capacidad para tener amigos en todas partes y ser capaz de recompensarles. «Aléjate de Iglesias y La Sexta te tratará bien» ha sido un mensaje explícito de Ferreras a mucha gente de izquierdas. Creo que para cualquier observador un poco atento a las escaletas de sus programas lo que digo le resultará evidente. Y en lo que respecta a los tertulianos, ¿alguien piensa que cualquiera de los tertulianos de Ferreras, por rojo que sea, se puede permitir criticarlo? Para muchos, estar en una tertulia en La Sexta representa un complemento salarial imprescindible, además de prestigio e influencia. Así es el juego. (...) La Sexta es una televisión muy inteligente, porque es un canal para una audiencia de izquierdas con propietarios de derechas. Y juegan bien sus cartas: bas ver su papel durante las primarias del PSOE cuando enfrentaron a Susana Díaz y a Pedro Sánchez o, por ejemplo, en las elecciones de Madrid de mayo de 2021. La estructura de poder mediático está muy bien armada para los intereses conservadores. Ferreras, que es el más listo de todos, ha sido capaz de moverse allí como pez en el agua. Es amigo del expresidente Zapatero y, a la vez, uno de los hombres de Florentino Pérez. Ha logrado que su programa sea una referencia política ineludible, tejiendo alianzas que le han permitido eliminar a sus competidores. Que se lo pregunten a Jesús Cintora. (...) Pero nadie podrá esconder su pecado conocido más impresentable: ser amigo, colaborador y protector de Eduardo Inda. Luego puede decir que es socialdemócrata, sentirse como Bob Woodward desvelando el caso Watergate, pero en realidad es el chófer del narco que describía el periodista de ficción Will McAvoy en The Newsroom: «Si dejas a alguien mentir en tu programa, quizás no seas el traficante que vende droga, pero eres el conductor que le lleva en su coche». (...)

cualquiera de los bulos que se publican sobre mí fueran ciertos, aunque fuera mínimamente, habría alguna prueba. Alguna foto, algún vídeo. Algo. Pero en el fondo da un poco igual porque ese «algo habrá» que se genera es muy peligroso. Es enormemente sencillo construir un rumor sobre alguien. (...) 


Hace unos meses hablaba con Fernando Berlín y me decía que cómo espero que me trate bien Ferreras con las cosas que le he dicho en directo. Y tenía razón, ya lo sé. Pero no hay que regalar la legitimidad a quien no la merece. De Ferreras yo solo digo la verdad incluso cuando digo que en lo personal me cae muy bien. Pero después de nuestra experiencia de acoso, especialmente a los niños, hay que decirle que es amigo de Inda y que le protege. Decirle: «por muy amigo que digas que eres de Zapatero, por mucho que digas que eres socialdemócrata y no sé cuántas cosas más, la realidad es que eres una pieza más en el engranaje de las fake news y del periodismo basura. Dar la voz a Inda es ser su cómplice».

EL "NO ES NO" DE SÁNCHEZ

Sánchez hizo un movimiento inteligente cuando no aceptó esa gran coalición. Salvó a su partido y se salvó a sí mismo. Y es por lo que pasará a la historia. Lo curioso es que él no tomó esta decisión por razones ideológicas. Sánchez nunca ha representado la izquierda del PSOE ni ha sido un perfil que haya destacado por tener un proyecto político muy definido. No era el Oskar Lafontaine español. Había otros perfiles que habrían podido jugar ese papel, pero no era el caso de Sánchez. Incluso Edu Madina, que era la derecha del PSOE respecto a Sánchez, podría haber jugado a eso: creo que su personalidad se lo hubiera permitido. «Si Sánchez rechazó la alianza con el PP, lo hizo guiado por un agudo instinto de supervivencia política. No es que Pedro estuviera ideológicamente en contra de lo que planteaba la vieja guardia del partido; es decir, salvar al régimen aliándose con el PP. Simplemente era consciente de que eso era incompatible con ser una fuerza política que tuviese los resultados que pudieron mantener finalmente. Una vez quedó claro que no habría gran coalición, nuestras opciones de ser fuerza de Gobierno crecieron, aunque fuera en una posición subalterna respecto al PSOE. Eso acrecentó la cacería sin precedentes contra nosotros. (...)

Un observador extranjero podría pensar que las cloacas del Estado se pusieron a operar para encontrar pruebas reales de una eventual financiación ilegal de Podemos o algo similar. Pero la clave es que, desde el principio, desde que se ponen a investigar, se dan cuenta de que no hay nada. Absolutamente nada. Y, entonces, concluyen —y esto es lo interesante— que, en realidad, lo importante no son las pruebas: lo importante era el relato. El Informe PISA es una chapuza de principio a fin1. Si alguien tuviera que acreditar algún mérito como huelebraguetas o como policía de la cloaca, ese pastiche no serviría para nada. Es una basura. Pero es un artefacto que sirve para generar escándalo mediático continuo. A partir de ahí se construye un modus operandi contra nosotros que consiste en generar escándalos y ruido, y eso permite que se relacionen ciertos policías de la cloaca, ciertos jueces y periodistas claves. La idea es sencilla: ustedes no se preocupen porque no se les condenará por nada. No hace falta que esto tenga ninguna verosimilitud o que llegue a ningún lugar a nivel procesal. Simplemente, manténganlo abierto policial y judicialmente la mayor cantidad de tiempo posible y denme de comer, que lo importante es alimentar tertulias, alimentar telediarios, alimentar titulares. (...)

La prueba de que todo eran patrañas es que, siete años después, las únicas condenas de las que ha podido ser objeto Podemos son por su activismo social y por la habilidad que tenemos a la hora de practicar artes marciales con policías antidisturbios. Cualquier día condenan a Echenique por lanzar cócteles molotov. Pero jamás han podido armar nada que tenga que ver con dinero ni con financiación. Lo de Isa Serra es un montaje policial contra una activista que acude a intentar parar un desahucio. Se fundamenta en declaraciones policiales falsas, en las que dicen que Isa les insultó y les empujó. No solo no hay ni un solo vídeo de tales agresiones o insultos, sino que en las imágenes aportadas como prueba no se ve a Isa cerca de los policías en ningún momento. Es evidente para cualquiera que es mentira, pero tenían que ir a por nosotros. Y con Alberto Rodríguez ocurre tres cuartos de lo mismo: puro activismo político. Dicen que le dio una patada a un policía, pero es inverosímil. Nuevamente no hay pruebas y, las que hay, apuntan en sentido contrario a la condena que el Supremo finalmente le impuso contra dos votos particulares. A mí ni siquiera han logrado imputarme. Por nada. Que tampoco significa mucho que te imputen, pero ni siquiera han logrado eso. ¿Qué es lo más duro que podían tener contra mí? Cosas que decía en La Tuerka cuando presentaba el programa. O construir una trama de película sobre vínculos con Venezuela, Irán o lo que fuera. Saben que eso no va a ninguna parte, pero les permite generar un relato. Y, entonces: repetir, repetir, repetir y repetir en bucle los marcos y los mensajes. (...)


Nosotros somos los bárbaros de Constatino Cavafis. Somos los herederos de una tradición que en ochenta años no había formado parte del Estado y que, de repente, llama a la puerta de la Moncloa. Y con mucha fuerza. Pedro J., que todo lo que tiene de personaje abyecto no le quita un gramo de inteligencia, entendió perfectamente que procedíamos de una corriente democrática de fondo que existe en España desde el siglo xix. Él pensaba que esa corriente estaba muerta y enterrada, o muerta y cooptada. Pero con nosotros el viejo fantasma democrático volvió a atormentar los sueños de los que casi siempre ganan. (...)

Cuando aparecimos nosotros, los bárbaros, se asustaron porque pensaron que les podíamos quitar el cortijo. Su cortijo. Entonces Felipe González ya les parece estupendo, tanto a la gente de derechas como a El Mundo. Y casi que viceversa. Hasta los viejos barones del PSOE, que eran aguerridos enemigos del PP, empiezan a decir que es mejor pactar con el PP que con Podemos. (...)

En la guerra sucia contra Podemos han confluido tres ramas del Estado Profundo: la judicial, la policial y la mediática. De dónde vienen y cómo se interrelacionan está más o menos claro: los colegios en los que estudian, los matrimonios, los restaurantes de Madrid donde cierran sus negocios. Hay en todos ellos una serie de características culturales y geográficas que los uniformiza. Por una parte, Madrid. Madrid es un lugar en el que se da cita gente que ha podido nacer en otras provincias, pero que son altos funcionarios del Estado. En Madrid es donde se juntan las altas magistraturas, donde están los altos cuadros de la Administración. Es donde se radican la mayoría de las sedes de las grandes empresas. Y donde vive —o, al menos, tiene vivienda— buena parte de la gente con más dinero del país. A partir de ahí se producen una serie de relaciones con los medios de comunicación que funcionan muy bien en la medida en que los medios de comunicación tienen dueño. Yo he visto personalmente al jefe de un banco llamar por teléfono al director de un periódico y al dueño de un medio de comunicación, y decirles delante de mí: «Estoy con Iglesias, me parece un tipo interesante, quiero que comáis con él». Y verme cenando con ellos esa misma noche. (...)

Es bastante evidente de dónde venimos. Todos tenemos apellidos y no nos lo perdonan. Eso explica lo que le han hecho a mi padre, que le ganó los juicios a Hermann Tertsch cuando le acusó de terrorista por haber militado en las JCE(m-l) y haber estado en la cárcel por repartir octavillas. O lo que han intentado hacer con la memoria de mi abuelo. El mismo Tertsch escribió en Abc de él que fue un «miliciano criminal» y también perdió cuando mi padre presentó acciones legales. Parece que algo han aprendido porque Cayetana Álvarez de Toledo se atrincheró tras la inmunidad parlamentaria para llamar a mi padre «terrorista». Después, en la presentación de sus memorias, fuera del Congreso, no se atrevió a repetirlo3. Es un clásico de la derecha española; jamás han sido valientes si no ven asegurada su impunidad. (...)

Su reivindicación simbólica de la virilidad, exacerbada con la llegada de Vox, lo que en realidad expresa es el síntoma de una carencia y una frustración. Se quedan en poca cosa si pierden el poder, por eso lo defienden como hienas. La obsesión de Aznar por los abdominales o la barba de Abascal para disimular la ausencia de mentón, harían las delicias de cualquier aficionado a Lacan, consciente de que ni los batidos de proteínas ni las tablas de gimnasia pueden cambiar lo que uno es. (...) 


TEORÍA Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIA

Lo que se ha revelado desde la irrupción de Podemos, y desde la constatación de que no veníamos a ser una fuerza testimonial de la izquierda, es la conciencia que tienen de que «sus abuelos no ganaron la Guerra Civil para que ahora llegaran los perroflautas de Podemos». Y eso también explica la agresividad y la reivindicación de la docilidad de cierta izquierda frente a nosotros. Es cierto que cada vez hay menos capital patrio y que esos nombres tan ilustres son cada vez más gestores de fondos extranjeros. Los círculos de poder de hoy ni de lejos tienen el poder de clase que pudieron haber tenido en el pasado, básicamente porque han vendido todas sus industrias. Les puede ir de maravilla en lo personal, pero es verdad que cada vez van quedando menos apellidos que estén en la estructura de propiedad, que sean los dueños. Pero eso no altera una estructura de poder que tiene diferentes niveles y donde el Estado es crucial. Porque —y esto es clave— el Estado no desaparece. Al contrario: crece. Siempre va a haber jueces, magistrados, militares de alta graduación, mandos de la Policía y la Guardia Civil y altos funcionarios que a su vez se puedan relacionar con grandes empresarios, con los dueños de los medios de comunicación y de algunas empresas españolas que siguen teniendo mucha importancia. Pero el poder actual es un poder cada vez más dependiente del exterior, lo que precisamente ha acrecentado el miedo con respecto a nosotros porque, en realidad, un Gobierno nuestro habría sido perfectamente viable desde el momento en que nos hubiéramos puesto de acuerdo con los que mandan fuera de España —y eso no era tan difícil como lograr el consentimiento del viejo poder español—. Y, desde ese poder exterior, nunca llegaron presiones. No les generamos preocupación política. Una vez se llega al Gobierno, si se intenta hacer algo que está fuera de las reglas globales, evidentemente sí pueden destruir y hacer desaparecer a cualquiera. Pero nosotros éramos —somos— perfectamente conscientes de las reglas de funcionamiento de la economía global. Como ha explicado muchas veces Enric Juliana, hace cien años la izquierda quería hacer la revolución socialista. Ahora, la izquierda quiere acabar con la ley mordaza, subir el salario mínimo, defender los derechos de las mujeres, asegurar el ingreso mínimo vital, que predominen los convenios de sector para mejorar la capacidad negociadora de los sindicatos, proteger a las minorías y legislar derechos sociales para gays, lesbianas y transexuales. ¿Ese programa de la izquierda va en contra de los intereses del gran capital? Pues menos de lo que nos gustaría. (...)

Si me leen esto saltarán los anticapitalistas a criticarme y a decirme que ellos tenían razón, que somos unos vendidos y que no queremos cambiar las cosas. Si puedes, cámbialo tú con la revolución armada que tiene aterrorizado al gran capital. Pero si tu revolución da menos miedo a los empresarios que subir el SMI, a lo mejor el problema no está en ser reformista o revolucionario, sino en el poder que tenemos para cambiar las cosas. La política no va de las ideas que tenemos, sino del poder que podemos acumular para llevarlas a cabo. Las ideas revolucionarias sin poder revolucionario, no sirven para gran cosa y, si se llegan a convertir en una de las miles de religiones postmodernas, pueden incluso resultar funcionales al poder. El poder quiere a los revolucionarios lejos del Estado, lejos de los medios y en general lejos del poder. Precisamente porque, si están lejos dejan de ser a revolucionarios. (...)

Eso es el poder de verdad, las dinámicas geopolíticas. Pero nuestro programa no hubiera tenido nunca grandes resistencias a nivel internacional. El nuestro era un modesto programa socialdemócrata. La reacción llegó por los de aquí. En realidad esto siempre ha sido así. El marxismo decía, con razón, que la revolución solamente podía tener éxito a nivel mundial, porque el poder se organiza a nivel mundial y el capital funciona a nivel mundial y, por lo tanto, la revolución en un solo país no contaría con los instrumentos de fuerza suficiente para cambiar las cosas. Esa es la teoría, claro. Luego, en la práctica, los únicos instrumentos administrativos disponibles para cualquiera que quiera hacer algo o cambiar alguna cosa eran, y son, los Estados nacionales. Y cuando uno llega, se encuentra con un Estado que puede tener décadas o siglos de existencia, que tiene sus dinámicas, sus estructuras, sus vicios, sus defectos o sus oportunidades.

Podemos teorizar que lo único que tendría sentido para superar el capitalismo como sistema de organización económica es una revolución mundial y apostar por el decrecimiento. Teoricamente, es cierto. Pero claro, si eso se traduce en una concentración de un puñado de personas con muy buenas intenciones y no en un desafío militar global que nadie desea, todos sabemos que políticamente no llegará muy lejos. Esta es, básicamente, la premisa del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. (...) Esa distancia entre la teoría y la práctica siempre es abismal. Uno puede tener previsto cruzarse con un grupo de neonazis y que le den una paliza. Pero la cara que se le queda después de que le hayan dado la paliza de verdad, no hay libro de historia que prepare a uno para asumirlo. A nosotros nos ocurrió lo mismo. En términos teóricos sabíamos que la ofensiva iba a ser brutal. Incluso que podría haber sido peor. Que nos mataran, que nos eliminaran. Es algo que ha ocurrido muchas veces en la historia. Y ahora que hemos visto que Villarejo va presumiendo por ahí de que había comandos destinados a hacer desaparecer a algunas personas, y que eso coincide con la desaparición física de un montón de gente del PP de la Gürtel, pues a lo mejor tenemos que dar gracias de que no nos hayan pegado un tiro y lo hayan presentado después a los medios de comunicación como un ajuste de cuentas entre clanes mafiosos o una vendetta de iraníes o venezolanos. Porque, insisto, una cosa es teorizarlo, e incluso escribir una novela sobre ello, y otra muy diferente vivirlo en carne propia. Es muy diferente. La reacción contra Podemos no nos sorprendió, pero sí nos obligó a manejarlo y a vivir con ello. No fue nada sencillo. Uno puede teorizar sobre lo que significa que le partan la cara, pero no hay universidad que le prepare para ello. Eso lo da solo la experiencia de recibir el puñetazo. (...)

EL ERREJONAZO

Recuerdo una reunión en el Círculo de Bellas Artes poco antes de la Marcha del Cambio, en enero de 2015, en la que estábamos Juan Carlos Monedero, Carolina Bescansa, Luis Alegre, Íñigo Errejón y yo. Y entonces Carolina nos contó que el mensaje que le habían dado los compañeros de Venezuela era: «no os peleéis, no os peleéis, porque si os peleáis, es el fin de todo». Y allí nos conjuramos bajo una premisa simple: mejor equivocarnos juntos que acertar por separado. En términos teóricos, lo teníamos claro. Sin embargo, la naturaleza humana está por encima de eso. Es como en la famosa fábula del escorpión. Y el escorpión, finalmente, no pudo evitarlo. (...) No hace falta que dé mi versión. Además, todos somos nuestro mejor abogado defensor. Creo que es mejor que la gente juzgue los hechos; como siempre, a cada personaje le definen sus enemigos y sus alianzas. Puede que haya quien intente justificar sus alianzas mediáticas y editoriales poco edificantes como habilidad táctica o como capacidad de seducción, pero, a estas alturas, no sé si muchos comprarán ese argumento. Si Ferreras y Planeta te han terminado cuidando y publicando creo que es difícil vender ciertos relatos.

EL GOBIERNO DE COALICIÓN

El acuerdo que ofrecía Sánchez consistía en elevar tres secretarías generales a la categoría de ministerios, pero manteniendo la estructura previa. Eso sí, con una guinda que podía resultar muy suculenta: una Vicepresidencia de Asuntos Sociales e Igualdad. Y no conozco muchas personas que pudiendo tomar la decisión de ser vicepresidenta del Gobierno de España digan, «no, porque más allá de que yo sea vicepresidenta, lo que nos están ofreciendo es un insulto». Esa es Irene Montero. Pudo ser vicepresidenta de España y líder de UP con 31 años y renunció para defender el interés colectivo a pesar de que yo le sugerí que aceptara. Nadie es lo que dice de sí mismo. Somos hechos y somos nuestros enemigos. Comprueben los hechos y vean quien ataca a Irene. Pocos como ella podrían sentir tanto orgullo. (...)

Sabía que si me desinteresaba por la moción de Sánchez y simplemente anunciábamos el voto a favor, no iba a salir. Sabía, también, que teníamos otra vez al alcance de la mano el sorpaso y consolidarnos como principal oposición al PP. Pero, para entonces, ya tenía claro que si hacíamos eso, no gobernaríamos jamás. La única posibilidad de que tocáramos poder y empezáramos a cambiar cosas era hacerlo con el PSOE, asumiendo que ellos tenían que llevar el liderazgo. Era una apuesta muy poco cómoda en la medida en que nos iban a tratar peor. Todo iba a ser mucho más difícil; sobre todo, convencer o imponerse al PSOE —que es lo que finalmente ocurrió— y, si al final gobernábamos, entendernos con ellos. Pero eso era lo que realmente podía cambiar la historia de España. Porque, paradójicamente, si se producía el sorpaso, nosotros podíamos gozar de una comodidad parlamentaria que durase muchos años, pero sin alcanzar el poder. Y, sin poder, no íbamos a acceder a los resortes para cambiar nada. (...)

 

EL CASO DILMA

el robo fue un encargo cuyo objetivo era comprobar si en ese teléfono móvil había algo con lo que pudieran acusarme de algún delito. De eso no había nada, pero sí había unas fotos íntimas con las cuales pensaron que se podía construir un escándalo sexual, pero no pertenecían a una pareja mía. ¿Qué les quedaba? Un vídeo de Echenique en el que canta en una jota «chúpame la minga, Dominga» y un comentario machista mío sobre una presentadora de televisión. Esto es, básicamente, el Watergate de Podemos: «chúpame la minga, Dominga» y los azotes a Mariló Montero. Desde luego, nuestro nivel humorístico quedó a la altura de Arévalo y Bertín Osborne, eso es indudable, pero aquello era poca cosa tanto para la policía patriótica como para nuestros enemigos. (...)

Esta es una constante desde 2014: todos los procesos judiciales contra nosotros acaban en nada. Pero, tal y como ha ocurrido con este, sirven para generar escándalos mediáticos. Son alpiste para un cierto tipo de prensa y nos han desgastado mucho porque, luego, cuando se cierran, el archivo casi no merece ningún tipo de atención en los telediarios y las tertulias. Las pocas condenas contra dirigentes de Podemos que existen son el resultado de dudosos procedimientos que, además, nada tienen que ver con la corrupción, como las inverosímiles agresiones de Alberto Rodríguez y de Isa Serra contra policías. Estos casos serán materia de estudio para historiadores. Toda la documentación está pertinentemente archivada para el que quiera conocerla. En el caso de Alberto están, además, los votos particulares y, tanto en uno como en otro, están disponibles las filmaciones de las declaraciones en los juicios, para que cualquiera pueda comprobar la calidad del procedimiento. Con todo, eso es lo único que han conseguido armar contra nosotros: condenarnos como activistas que se enfrentan a los antidisturbios en una protesta, nunca como corruptos (...).

Leyendo la descripción que hacía Eduardo Galeano de la burguesía y la derecha de Caracas, yo no reconocía a la nuestra en los tiempos de Aznar o Zapatero. Pero ahora sí la reconozco. En España se utiliza el lawfare de forma cada vez más evidente. Los medios de comunicación se van latinoamericanizando también. Ya no hay deontología: escándalos sexuales, fake news y mentiras que se expanden desde ese Little Caracas madrileño.


Verdades a la cara: recuerdos de los años salvajes.

Pablo Iglesias (Navona, 2022)

domingo, 6 de marzo de 2022

¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN UCRANIA? "Rusia frente a Ucrania: Imperio, pueblos, energía".

 

El trabajo en cuestión mostraba, y muestra, un empeño constante en procesar esos hechos conforme a una visión que es distinta de la que, en el grueso de nuestros medios de incomunicación, asume la forma de un cuento de hadas en virtud del cual Estados Unidos y la Unión Europea habrían acudido presurosos, de forma desinteresada, a rescatar a un pueblo, el ucraniano, sometido a la tiranía de Moscú. Claro es que la perspectiva con la que estaban redactadas esas páginas también se alejaba, y se aleja ahora, de la que se revela a través de las querencias de determinados sectores de la izquierda que aprecian en el actual presidente ruso una suerte de Che Guevara del siglo XXI. Y que lo hacen en abierto olvido de la condición del sistema que Vladímir Putin ha perfilado en su país, indeleblemente marcado por el peso infame de los oligarcas, por el despliegue de un genocidio en toda regla en Chechenia y por formas varias de represión que algunos de nuestros gobernantes parecen decididos a imitar. (...)

No es difícil explicar por qué son muchos los rusos que recelan de la democracia. Bastará con recordar al respecto que en los años siguientes a 1991 la causa de la democracia se identificó, de manera tan interesada como distorsionadora, con la figura del presidente Yeltsin, en quien no era sencillo apreciar sino una abstrusa combinación de autoritarismo, caos, corrupción y asentamiento de agudos problemas sociales. Que las pulsiones autoritarias no estuvieron ausentes en las decisiones del primer presidente de la Rusia independiente lo deja bien a las claras la disolución, manu militari, del Parlamento, en octubre de 1993. Yeltsin hizo lo imposible por beneficiarse de una reconversión de lo que en apariencia era un sistema semipresidencialista en un aberrante presidencialismo que hundía sus raíces, bien es cierto, en la historia y en la cultura política del país. El hecho de que el presidente controlase directamente los llamados ministerios de fuerza y la paralela concentración del poder en su persona provocaron cortocircuitos constantes en la actividad del Ejecutivo en la década de 1990. En tales circunstancias no puede sorprender que, frente a la debilidad congénita que se reveló en los años de Yeltsin, la apuesta de su sucesor, Putin, lo fuese en provecho de la reconstrucción de lo que en la jerga al uso se ha dado en llamar vertical del poder. De resultas, la estabilidad y la gobernabilidad quedaron claramente por encima de la democracia. (...)

Cierto es que Putin se enfrentó en su momento a tres oligarcas que dieron el mal paso de plantarle cara políticamente. Hablo de Borís Berezovski, Vladímir Gusinski y Mijaíl Jodorkovski. Todos los demás, incluidas figuras próximas a la presidencia, promocionadas a partir de 2000, campan, sin embargo, por sus respetos, hasta el punto de que, luego de haber recibido garantías de que los jueces no examinarían cómo habían labrado sus fortunas —y luego de asumir, bien es verdad, las normas de un capitalismo más regulado—, sobran las razones para afirmar que son los que dictan, en la Rusia contemporánea, la mayoría de las reglas del juego en un escenario marcado por una alianza entre los magnates que nos ocupan y gentes procedentes de los servicios de inteligencia y seguridad. (...)

el Estado sigue siendo el principal agente económico de cuantos perviven en Rusia. El mayor peso corresponde, con todo, a la tercera de las lógicas, tanto más cuanto que con el paso de los años ha ido arrinconando a las otras dos: hablo de un capitalismo de perfiles mafiosos que permitió la rápida acumulación de formidables fortunas en manos de los oligarcas, fortunas que muy a menudo acabaron fuera de Rusia en virtud de operaciones de evasión de capitales muchas veces vinculadas con las redes del crimen organizado. (...)

No olvidemos que en 2000, y según el fiscal general del Estado ruso, las mafias controlaban el 50 por ciento de los bancos y el 40 por ciento de las empresas privadas, y blanqueaban en el exterior nada menos que 150.000 millones de dólares anuales (...). Entre los perdedores debía mencionarse a los ancianos —víctimas principales de la liberalización de los precios verificada en 1992, de la inflación desbocada propia del último decenio del siglo XX y de la desintegración del sistema sanitario— y a las mujeres, que en muchos casos pasaron a engrosar el ejército de reserva de desempleados, circunstancia tanto más onerosa cuanto que su participación en el mercado de trabajo había sido muy notable en la etapa soviética. (...)


El escenario que retrato no era otro que el de una crisis social agudísima que bien podía resumirse en tres rasgos: un incremento general de la desigualdad, un crecimiento muy notable del porcentaje de población condenada a mal vivir por debajo del umbral de la pobreza y, en suma, la desaparición, ante todo al calor de la crisis bursátil de 1998 y del hundimiento consiguiente del rublo, de las incipientes clases medias. Para que nada faltase, lo suyo es recordar que el decenio de 1990 fue, en Rusia, el de la aplicación de un programa de ajuste del Fondo Monetario Internacional. (...)

Estados Unidos intentó atraer hacia sí a Rusia, pero no tanto porque esta última objetivamente interesase a Washington, sino, antes bien, porque acariciaba la idea de mantener a Moscú alejado de la Unión Europea. El objetivo maestro de la política norteamericana al respecto, saldado con innegable éxito, no era otro que cortocircuitar la imaginable gestación de una macropotencia euroasiática en la que se diesen cita la riqueza de la UE, por un lado, y la profundidad estratégica y las materias primas energéticas de Rusia, por el otro. En esta tarea Estados Unidos se vio beneficiado por las sucesivas incorporaciones de nuevos socios a la Unión Europea. No se olvide que la mayoría de esos nuevos socios eran países que arrastraban una relación tensa con Moscú, de tal suerte que su adhesión a la UE a duras penas facilitaba una normalización de las relaciones de esta con Rusia. (...)

la Casa Blanca propició una nueva ampliación de la OTAN, que en este caso afectó a Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania; en adelante la Alianza Atlántica pasaba a contar con nuevas fronteras con Rusia y se asomaba, por añadidura, a la ribera occidental del mar Negro. Fácil es intuir que, en singular, la adhesión a la OTAN de tres repúblicas exsoviéticas, las tres del Báltico, no llenó precisamente de contento en Moscú. En un tercer ámbito, Estados Unidos se mostró muy reticente a desmantelar las bases, teóricamente provisionales, que, con anuencia rusa, había perfilado en el otoño de 2001 en el Cáucaso y en el Asia Central con la vista puesta en permitir su intervención militar en Afganistán. (...)


 

Ucrania es, por su superficie, 603.500 km², el segundo Estado más grande de Europa, luego de Rusia y por delante de Francia y de España. Contaba en 2009 con 46.000.000 de habitantes59. El nombre del país algo nos dice sobre su condición: al remitir al concepto de frontera, da cuenta de una región periférica, de un ámbito fronterizo que opera dentro de la lógica general de un espacio más grande (...).  A buen seguro que buena parte de los esfuerzos del nacionalismo ucraniano contemporáneo se ha orientado a cancelar esa situación subalterna para otorgar al proyecto nacional correspondiente una creciente autonomía. La tarea, como vienen a demostrarlo hechos contemporáneos de sobra conocidos, es difícil: el país se halla emplazado en un mal lugar, o tal es su condición al menos si damos crédito a la idea, muchas veces enunciada y siempre polémica, que afirma que mientras Rusia controle Ucrania conservará su condición de imperio, en tanto la pérdida de esta acarreará, sin embargo, la quiebra del imperio en cuestión. No es este mal momento para subrayar, por lo demás, que en un escenario de intereses y dependencias mutuos, Ucrania es una tierra más occidental, por la atracción polaca, y más meridional, por su ubicación geográfica, que Rusia61. En alguna ocasión ha sido comparada con Irlanda, de resultas del carácter dependiente derivado del dominio ejercido por una aristocracia extranjera que impuso su lengua y, también, su régimen político, social y religioso (...). Téngase presente que la tercera parte del potencial industrial de la Unión Soviética radicaba en Ucrania, que aportaba un 42 por ciento del acero, un 55 por ciento del hierro, un 33 por ciento del carbón y un 18 por ciento de la electricidad67. Con alguna ligereza cabe interpretar que, acaso a manera de contraprestación por la historia anterior, la Ucrania que accedió a la independencia a finales de 1991 incorporó territorios de condición conflictiva, con lo que asumió dimensiones mayores de las que la historia del país parecía llamada a reclamar. Es el caso de Crimea —con 25.900 km² y mayoritariamente poblada, como veremos, por rusos, fue entregada a Ucrania por Jrushov en 1954 para celebrar el tercer centenario de la alianza histórica entre aquella y Rusia—, pero lo es también de adquisiciones territoriales que la URSS obtuvo en Europa Central en la época de Stalin (...)


El escenario descrito ha sido fuente de agrias discusiones, que llegan hasta hoy, sobre la articulación territorial. La principal es, sin duda, la que surge del hecho de que buena parte de las fuerzas políticas, y de los grupos de presión, que operan en las áreas con presencia significada de población rusa apostó hasta 2014 por una federalización de Ucrania —esta era un Estado unitario— que acarrearía el reconocimiento de entidades con derechos de autogobierno mayores que los actuales. Una encuesta realizada en 2004 en el óblast de Donetsk concluía que un 58,7 por ciento de los interrogados estaba a favor de la federalización de Ucrania, un 55,3 aprobaba la creación de una república autónoma que agrupase el sur y el este del país, un 40,8 se inclinaba por defender la independencia de esas áreas y un 39,5 postulaba la integración de las regiones correspondientes en Rusia (...). menudean las identidades múltiples y, llegado el caso, confusas, al amparo de un escenario propicio para el asentamiento de lo que muchas veces se antoja una identidad nacional en precario. Recuérdese, a título de ejemplo, que en su momento se hicieron valer muchas dudas, en capas amplias de la población, en lo que se refiere a la conveniencia de la disolución de la URSS y a la de la configuración de una Ucrania independiente. Casi diez años después de la independencia, una encuesta concluía que solo un 45 por ciento de los ucranianos percibía como positiva esta última —un 26 por ciento en las regiones orientales—, en tanto que un 62 por ciento de los interrogados describía como negativa la desaparición de la URSS —un 79 por ciento en las citadas regiones orientales— (...).

Las dos décadas que siguieron a la independencia de 1991 lo fueron, sin embargo, de una activa ucranización, encaminada a restringir el empleo del ruso entre las poblaciones que se consideraban expresamente rusas, algo así como una quinta parte del total de los habitantes. La ucranización se saldó con aparentes éxitos. Baste con recordar al respecto que entre 1990 y 1998 el porcentaje de niños educados en escuelas en ucraniano se elevó de un 47,9 a un 62,8 por ciento, en tanto que el de niños educados en escuelas en ruso descendía de un 51,4 a un 36,4 por ciento84. Hay quien piensa, sin embargo, que, pese a lo anterior, la política de ucranización provocó, antes bien, un asentamiento de los feudos propios de cada una de las lenguas, de la mano de lo que al cabo sería una ratificación de las diferencias regionales preexistentes. (...)

En los últimos años de la Unión Soviética se registró en Ucrania, como en el resto de la URSS, una general dinámica descentralizadora. En el caso ucraniano una de sus secuelas fue, el 1 de diciembre de 1991, la celebración de un referendo de autodeterminación que registró un 92,3 por ciento de votos a favor de la independencia del país, con una participación del 84 por ciento. (...)

Una vez que Ucrania accedió a la independencia en diciembre de 1991 se abrieron camino disputas varias con Rusia que afectaron ante todo a una doble discusión: la de si correspondía aceptar la existencia de un Estado heredero de la URSS, por un lado, y la de cómo debían repartirse los activos comunes, por el otro. Esas disputas se interesaron por dos materias principales: el porvenir de las armas nucleares presentes en territorio ucraniano —las últimas fueron transferidas a Rusia en junio de 1996, no sin que antes, y en esta materia, Estados Unidos, temeroso del descontrol que podía acosar al arsenal ucraniano, se pusiese del lado de Moscú—88 y el futuro de los buques de la flota soviética radicada en el mar Negro —la mitad de sus barcos, que correspondió a Ucrania, fue canjeada a cambio de reducciones en la deuda de esta última—89. Las cosas como fueren, Rusia asumió todos los activos de la URSS al tiempo que se hacía cargo, eso sí, del monto total de la deuda soviética. (...)

Durante la presidencia de Kuchma no faltaron ni los flujos autoritarios ni los hábitos represivos. El hito principal al respecto de estos últimos fue la desaparición, en septiembre de 2000, de un periodista crítico, Gueorgui Gongadze, cuyo cuerpo decapitado fue encontrado un par de meses después. Muchas de las acusaciones se volcaron en la figura de Kuchma, quien, por lo demás, se había visto obligado a aceptar una suerte de cohabitación con un primer ministro, Víktor Yúshenko, que luego sería líder principal de la llamada Revolución Naranja. En 2001 Yúshenko fue, con todo, destituido en virtud de una moción de censura. Tres años después, a finales de 2004, se registró una confrontación, por la presidencia del país, entre un candidato prorruso, Víktor Yanukóvich, y otro prooccidental, el ya mencionado Yúshenko. Como veremos más adelante, las etiquetas que aquí aparecen en cursiva son más polémicas, y menos clarificadoras, de lo que pudiera parecer. Las acusaciones de fraude en favor de Yanukóvich en la segunda vuelta de las presidenciales de 2004 provocaron una repetición de las elecciones —las irregularidades electorales no preocuparon mucho, por cierto, en Moscú— que se saldó con el triunfo, al calor de la llamada Revolución Naranja, de Yúshenko, quien al poco designó como primera ministra a Yuliya Timoshenko. Lo suyo es recordar que la reacción de Rusia ante todo este proceso fue bastante moderada: si por un lado el Kremlin no impuso obstáculos ante una eventual incorporación de Ucrania a la UE, por el otro procuró formas suaves de intervención en la vida ucraniana91. Pronto se hicieron valer, sin embargo, divisiones agudas en el bando naranja, de la mano ante todo de una colisión entre Yúshenko y Timoshenko, quien al cabo perdió su puesto de primera ministra. (...)

Ya he adelantado que los perfiles de naranjas y de azules, de prooccidentales y prorrusos, no eran tan definidos como una primera lectura invitaría a concluir. Que la colisión entre unos y otros existía era, con todo, un hecho incontrovertible que apuntalaba a la conclusión de que la vida política ucraniana resultaba ser más rica y plural que la del vecino ruso. Sobre el papel estábamos delante de dos proyectos palmariamente distintos. El naranja, por un lado, se caracterizaría por una general hostilidad hacia Rusia, por el designio de entronizar el ucraniano como lengua oficial, por la presencia de vínculos estrechos con la Iglesia grecocatólica y por una apuesta en provecho de una aproximación creciente a la OTAN. El azul, por el otro, disfrutaría de respaldos electorales mayores en las áreas rusófonas, se mostraría partidario de otorgar al ruso la condición de lengua en pie de igualdad con el ucraniano, revelaría francas afinidades con el patriarcado ortodoxo de Moscú y asumiría una rotunda hostilidad hacia la Alianza Atlántica (...)

El proyecto de Yanukóvich, en fin, no fue manifiestamente prorruso: quien fuera presidente entre 2010 y el inicio de 2014 no interrumpió las aproximaciones a la UE, no canceló la presencia de Ucrania en la asociación, más bien hostil a Moscú, que agrupaba a Georgia, Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia (GUAM)95, y tampoco incorporó a Ucrania a la unión aduanera constituida por Rusia, Bielorrusia y Kazajstán96. Al cabo parece que puede concluirse que, junto al flujo confrontacional, innegable, que guio durante años la convulsa vida política ucraniana había otro de sentido diferente que se traducía en el designio de rehuir compromisos rotundos y procurar fórmulas de no alineamiento. (...)

El origen del poder de los oligarcas ucranianos no es distinto del que explica la consolidación de sus homólogos rusos. El poder en cuestión bebió, en Ucrania como en Rusia, del comercio de materias primas y productos químicos que se adquirían a precios regulados por el Estado y se vendían en los mercados internacionales a precio libre, de la especulación con los tipos de interés, de las inmorales privatizaciones registradas en el decenio de 1990 y, en fin, del negocio de la energía (...)

Un fenómeno llamativo que retrata cabalmente muchas de las miserias de la Ucrania contemporánea es, en suma, el hecho de que los oligarcas han controlado de manera visible la vida parlamentaria —hay quien ha hablado de un “Parlamento monetizado” en el que se darían cita grandes fortunas en busca, fundamentalmente, de influencia y de impunidad—100, al tiempo que han mantenido una estrecha relación, y una comunidad de intereses, con la elite política. Según una descripción, entre los 450 diputados elegidos en las generales de 2006 se contaban trescientas grandes fortunas (...)

Ucrania es un país que consume cantidades extraordinarias de energía, circunstancia tanto más llamativa cuanto que en este terreno su economía es manifiestamente dependiente, como subrayaré más adelante, de suministros externos. Un 55 por ciento de la energía primaria, un 75 por ciento del petróleo y un 80 por ciento del gas son importados105. De por medio se ha registrado una conflictiva reconversión de la industria del carbón, que, aunque todavía vital, se vincula con explotaciones cada vez menos rentables. Ucrania cuenta, en suma, con varios reactores nucleares necesitados, para su mantenimiento, de equipos rusos106. En la etapa 2013-2014 se confirmó lo que se antojaba una práctica bancarrota de las cuentas públicas, con un descenso dramático de las reservas de divisas y una busca desesperada de recursos en los mercados foráneos. Si bien la deuda externa contraída por Ucrania con el mundo occidental era moderada, no podía decirse otro tanto de la que afectaba a Rusia, país que se había hecho con el control, por lo demás, de numerosas empresas ucranianas objeto de privatización: la refinería de Odesa fue adquirida por Lukoil, el complejo de Nikoláyev fue comprado por Aluminio de Siberia, el banco Kyivinvest quedó bajo la férula del banco Alfa, la refinería Linos, en Ucrania Occidental, pasó a manos de Tiumen Oil…107. En 2008 un 22,7 por ciento de las importaciones ucranianas procedía de Rusia, en tanto que un 23,5 por ciento de las exportaciones se encaminaba a esta última108. Hablamos de dos economías, la ucraniana y la rusa, que no parecían llamadas a complementarse, sino, antes bien, a competir109. El escenario social ucraniano no era más halagüeño que el que se revelaba en otros espacios de la misma área geográfica. Las bolsas de pobreza han crecido notablemente en el último cuarto de siglo. (...)

miércoles, 12 de enero de 2022

Algunos poemas de "El monstruo de las galletas" de Sandro Luna.

 


Mirando tus dibujos

Para mi hija Ana

Jugabas de mañana, cuando niña, 

ante una luz naciente

con la arena y el agua,

deshacías castillos.


Las murallas de Troya

no habían sido aún

ni siquiera pensadas, 

niña Homero,

ni imaginado Aquiles,

Esparta, Ulises, Héctor…


Mirando tus dibujos, 

cuando escribo,

pienso si yo también, 

con tanta devoción,

alguna vez tracé con tan pocos colores

palabras más exactas que ese cielo.


Y si supe escuchar ese galope

yo ya llevaba en mí

ese caballo en llamas más que el sol.


Ariadna

(Una elegía para mi padre muerto)

A María Moya Fombellida

Miro la catenaria 

como si tú aún

tomaras el tranvía.

Y miro, sin mirar, el cielo; huele

a pájaros y a nube,

a tabaco, a café.

Y me queman los ojos

y pienso en esos trenes de carbón

y en avivar el fuego y en Ariadna,

como si ella pudiera,

ahora que eres pan para la tierra,

mostrar el laberinto con un hilo


Puños

A Genís Ortega

Tus manos son de donde duele. ¿Quién

no ha mirado sus manos una noche

de profunda tristeza y de dolor

abrazarse a sí mismas de esa forma?

Si cuentas tus nudillos, nunca cuentes

sin esperanza ya, sobre las palmas,

uno a uno tus dedos

ni sus diez pulsaciones en ti misma.

No camines la sangre con los ojos.

Si dejas que se extiendan,

tus manos, son un cuenco

vacío, enamorado

y no piden perdón por lo que hicieron.

Lo hermoso vive libre y es salvaje,

como un hueco en la tierra

gota a gota llenándose de lluvia.





Disco rayado (Howlin’ Wolf)


Yo soy tú cuando soy yo.

PAUL CELAN

A Emilio Martín Vargas

Chester Arthur Burnett 

nació en White Station, Mississipi;

trabajó de granjero, 

hijo del algodón y de la tierra,

del amor y la ira, 

de un demonio heredado en la pobreza,

porque los negros sólo heredan cosas negras

para cantarlas luego,

hasta que el cielo adquiere

ese extraño matiz de algunas nubes

que uno contempla absorto

y se deshace en ellas más arriba.


Muchas veces pensó

amarrarse a una cuerda 

o clavarse un cuchillo en medio del estómago

o beber la cicuta como el que huye a Portbou.

Pero no se atrevió.

También murió de cáncer.


Me recuerda a mi padre.

Y a mi padre, tal vez, 

también le recordara

al bueno de mi abuelo, 

que jamás conocí.


Él me dio la pobreza en un disco de blues,

el algodón, la tierra, 

la ira y un demonio.


La muerte se anticipa como un mantra.


La aguja se ha encallado 

en una vena rota:

un eco lo repite y nos recuerda

ese aullido del lobo y de la luna.


Distancia

A Josep M. Rodríguez

Entre esa estrella y yo

la distancia es un punto.


Hoy vibra con lo mínimo el silencio:

dos cuerpos suspendidos

en medio de la nada.


Sol naciente

A mi padre in memoriam

Olía el cuarto a espliego,

aún no era de día.


Como si aún viviera,

mi padre, 

vino a verme;

como si abriera el alma 

un último candado

y la conciencia,

ese cristal tan limpio,

transcendiera al callarme lo que soy:


una casa naciente, 

un sol de vidrio