ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 21 de octubre de 2026

Lo mejor de TODOS MIS PECADOS Y LA MITAD DE MI DOLOR (Elena Medel)

 

Lo contrario de la muerte es el deseo. La respuesta sencilla —la evidente— nos colmaría la boca sin mentir: la vida es lo contrario de la muerte. Pero yo he deseado. Un labio que se muerde hasta que brota la sangre de la piel rota, la rasgadura del deseo que se clava contra el pecho: feroz deseo —feroz— quebrando el velo que guarda las costillas, doblegándome hasta sustituirme, inexistente yo. Me refiero al hambre y a la urgencia. (...)

—Yo no sé si usted tiene talento. Puedo pensar que sí —continuó Guzmán Espinosa—, por su respuesta en la ficha de alumno, por esta conversación; después de tantos años, he aprendido a distinguir entre quienes fingen y quienes revelan. He vivido algunas decepciones, pero la máscara cae y muestra el rostro verdadero del fingidor, «reality’s dark dream!», «¡el sombrío sueño de la realidad!». ¿Ha leído usted a Coleridge? 
—Estefanía negó, aunque le sonaba el nombre—. En breve. 
—No entiendo muy bien qué me quiere decir. 
—Usted tiene que estar a la altura de su talento. Eso implica un sacrificio: esfuerzo, trabajo. No le hablo de renuncias puntuales, sino de entregarse a su vocación, servirla. ¿Y cuál es? ¿La enseñanza? ¿La investigación? ¿O algo más allá, comprender que el estudio de la literatura es una religión, y consagrarse a ella? ¿Que para quien ama la literatura no existe una vida más allá? Su talento, ¿para qué quiere usarlo? He conocido a alumnos inteligentes cuya vida consiste en explicar a treinta zotes cómo identificar el sujeto y el predicado. Honorable, no lo dudo. Pero cuando pienso en ellos, en las ideas sobre las grandes obras que podrían haber desarrollado, y compartido, pienso en que tan fácil resulta elegir el camino correcto como el equivocado. ¿No todos alcanzan la meta? Por supuesto. Por este despacho, por mis clases, han desfilado personas sobresalientes; alumnos cuyos comentarios ansiaba y temía, porque ridiculizaban con su brillantez. ¿Dónde están? Trabajaron mucho, pero no lo suficiente. Cuatro años de tesis sobre Lives of the English Poets para no conseguir ninguna posdoctoral y vender imanes y postales frente a la catedral. Le da clase Fernández Cortés, ¿verdad? Fíjese en él: un ejemplo magnífico para alguien como usted. Sabía de Fernández Cortés, su profesor de Introducción a las Literaturas en Inglés. Conocía de vista a su familia, del final del barrio, donde los bloques. No le había parecido el más inteligente, pero de todos los profesores era el que había explicado mejor qué hacer y cómo. ¿Soñaba Estefanía con parecerse a él, que estudió en su instituto y bebió cerveza en los mismos bancos que ella? (...)



Al dejar el instituto, su profesora de Inglés le regaló un cuaderno para la facultad. En casa, Estefanía lo abrió y encontró una postal —una mujer leyendo, por Jean-Honoré Fragonard— con un número de teléfono, y un nombre: Mariángeles. 
A comienzos de octubre la llamó: una emergencia, se disculpó. Te lo di porque confío en ti, le explicó su antigua profesora. Estefanía se sentía decepcionada consigo misma: soy mucho más tonta que el resto, más constatación que queja, y voy a quedarme atrás. ¿Tú qué quieres, Estefanía? Yo lo quería todo, profesora. Quiero dar clase, tener un buen trabajo; salir de aquí. Todo lo que pueda, lo quiero. Estefanía recibió el silencio, primero, y luego la voz de doña Mariángeles: pues sigue en ello. Te diría que la ambición exige sacrificios, pero eso ya lo sabes tú, aunque no seas consciente. ¿Te acuerdas de cómo se marchaban tus amigas, tu novio? Y ahí seguías, pese a todo. Estefanía calló, lo compensó la profesora: ¿te da clase Guzmán Espinosa? En tercero, explicó Estefanía, y se jubila este curso; pero voy a ir de oyente y me he apuntado a su seminario. Bien hecho, celebró doña Mariángeles. Aprende de él, apréndelo todo. Es el que parte el bacalao. Pues en realidad como el instituto, reanudó Estefanía su conversación con Tamara, pero más difícil; me tengo que esforzar más. Fani había renunciado a salir los fines de semana por la noche, porque madrugaba para estudiar; toleraba un paseo con Sergio los viernes y los sábados, a la hora de la cena, y otro los domingos después de comer. Se había quejado él a Tamara, cuando Estefanía se marchaba y él enganchaba con algún grupo de amigos, y ambos coincidían en la plaza; esto va a ser siempre así, y Tamara daba un trago a la litrona, resignada. Trabajar no es tan malo, se reubicó Tamara en la tarde laborable, en la cocina del piso de los padres de su amiga: es una putada, mejor se está en la cama. Pero hay trabajos entretenidos, a mí me gustaron la juguetería y la tienda de ropa, y luego el dinero... Yo le daba la mitad a mi madre y la mitad para mí, hasta ahorré. ¿Para qué quieres estudiar? Yo no sé qué te pasó en el bar aquel del polígono. ¿Te hicieron algo? ¿Me lo quieres contar? Estefanía se negó: no pasó nada, en realidad; me atendió el matrimonio este que conocía a mi padre, me tomé un refresco, estuve poquísimo tiempo allí. Pero luego no volviste cuando te cogieron en el bazar, insistió Tamara, que preferías irte en autobús. Prefería no depender de mi padre, no sé explicarme bien. Estefanía no mintió. Salió de la entrevista de trabajo, actuó tal como su padre le había indicado —una consumición, no más—, conversó con los encargados del bar y se mantuvo educada con los parroquianos; disimuló las arcadas —aceite quemado, tabaco de horas con la puerta cerrada, whisky barato— y calló ante las bromas de mal gusto. Su padre adelantó unos minutos la salida, intentó pagar el refresco y el matrimonio se revolvió: que tu hija nos lo pague cuando sea ministra. Sí que mintió Estefanía sobre su imprecisión. Tamara nunca lo comprendería; Estefanía misma no alcanzaba, por desconocimiento o por vergüenza, como si se le contagiaran las manchas en la piel de los borrachos del polígono. El escalofrío observando a su padre y a su hermano; el que la estremecía en los ratos con Sergio. (...)





Y esto qué es, Tamara hojeó la traducción; a ver qué te ha gustado. No es lo que me ha gustado, explicó Estefanía, es lo que me parece importante para comprender mejor el poema. Tamara, en el sofá junto a Caro, con la gavilla de folios: ¿esto es de clase? No, de un seminario. ¿Lo de los curas? Es que el catedrático se reúne fuera de clase con gente interesada por los poetas que él estudia, y nos los explica un poco más. Tamara recitó: «Como el espacio / sin límites, al alma se aparece / el mal que ha de servir en la conciencia: / un segundo infinito, desventura / que no tiene esperanza ni termina». Estefanía la escuchó, aunque ya se sabía aquellos versos —los había destacado con el fluorescente rosa—, y se acordó de la naturalidad con la que Tamara leía en voz alta; sin trastabillarse, deslizando la voz incluso cuando identificaba algo por primera vez. 
—¿Quién lo ha escrito? 
—Lord Byron. —Tamara esperaba más información—. ¿Te acuerdas de Espronceda? 
—Tamara negó—. El del pirata: «Con diez cañones por banda, / viento en popa a toda vela». —Sí, ahora sí: memorizaron algunas estrofas antes de que Tamara dejase el instituto—. Pues Byron es como Espronceda, pero en guapo. 
—¿Y de qué va esto? —Es un poema sobre un vampiro. Más o menos... Eso me ha parecido entender, porque hablan de temas que no están directamente en el poema. La mitad se la inventan. Hay una mujer que se llama Leila, y que forma parte del harén de un hombre, Hassan. Ella es la favorita. Hasta que tiene una aventura con otro, no se dice el nombre, aparece como giaour o el infiel, porque es cristiano y no musulmán. Hassan se entera y asesina a Leila, y luego el otro hombre, el giaour, mata a Hassan para vengarse. El giaour es un vampiro, se supone, no sé si de antes o porque al matar se queda entre los vivos y los muertos, de tanta pena y tanto dolor. Si el catedrático me escuchase, me echaría. Qué ida de olla, zanjó Tamara, mientras Fani recogía las fotocopias para no mancharlas. Tu hermano no viene, preguntó Tamara, y Caro se adelantó: estará con los colegas, yo no lo voy a esperar. Bajo la cumbrera entre el salón y el pasillo, allí donde Estefanía cruzaba de una vida a otra, con la tarta en las manos y las velas en el bolsillo, esperando a Sergio que subía del taller, contemplar a su amiga y su hermana le trasladó a un futuro de diez o quince años: arqueología, restos de huesecillos a los que limpiar la tierra con un pincel, un objeto folclórico que exhibir en el museo de lo que esquivó. (...)



El fondo de la barra le permitía controlar la situación, obtener una panorámica de sus competidores. Bravo ganaba a casi todos en edad, universitarios o soldaditos que se escapaban de la base militar. Ellos pretendían distraerse, beber, bailar un poco, conocer a alguna chica con la que pasar la noche, enamorarse, casarse, tener hijos; a él le bastaba con el primer y el cuarto punto. En qué consiste la vida: que suene el despertador, aguarden la ducha y el desayuno y el traje y el paseo hasta el despacho en el ayuntamiento, y un acto público en el que se inaugure algo, y un café con un periodista, y una reunión con un técnico, y una orden a su becaria o a un asesor de su asesor, y una comida con otros asesores o con el concejal o con el grupo político, y una siesta en el sofá de su jefe, y otro acto público en el que se inaugure algo, y una cerveza con un periodista, y dependiendo de la jornada convencer a alguien para que se tomara la última, regresar al apartamento vacío. Bravo se había matriculado en Ciencias Económicas y Empresariales —en la privada, la católica— por consejo de su padre, que impartía allí Política Económica y Macroeconomía y Economía del Sector Público, pero abandonó la carrera en el primer cuatrimestre porque no se manejaba con los números, aunque le hubiesen aprobado todas; luego en Derecho —en la privada, la católica— por indicación de su madre, hija de juez, pero no completó primero porque no se entendía con las leyes. Probó con la música: aparcaba el coche frente a los locales de ensayo del polígono, se ofrecía como cantante o guitarrista pero no memorizaba los acordes, en los conciertos —si no le echaban antes— le interesaban más las primeras filas que el escenario. Buscaba erasmus a las que follarse: prefería las centroeuropeas, rubias y lechosas. Para que reflexionase sobre su futuro, y evitar otro año en blanco, sus padres lo mandaron a Londres; allí intentó desenvolverse con el idioma y las drogas, dejó embarazada a una belga —le pagó el aborto: su madre le transfirió un extra para un intensivo sobre inglés de negocios— y se le ocurrió probar con el cine. Escribiría guiones y los dirigiría. El padre se negó: a tu hermana Maribel ya la han contratado en Arthur Andersen. Una cosa es poder, y otra apoyar todas las chorradas que se le ocurran. La tarde de la discusión Bravo anunció que le retiraba la palabra a su padre, y se marchó de cañas. Sin cita ni rumbo, sin epifanías. Antes de Londres se había acostumbrado a entretenerse algunas semanas con algún chaval de la universidad, y aburrirse, y alargar las cervezas con algún tipo que le sonara de los bares, y aburrirse a las semanas, y enlazar con uno del barrio con el que no se hubiera peleado u otro del instituto que no le hubiera padecido, y vuelta a empezar. No envió cartas describiendo las fiestas en Camden, no llamó a propósito de un cumpleaños o una borrachera que despertase la nostalgia, nadie le visitó. La amistad requiere esfuerzo: no me refiero a cuestiones más prácticas, como el fingimiento —se comparten aficiones, se toleran los puntos débiles, se simpatiza con la familia o el resto de amigos—, sino a asuntos más sutiles y complejos. Muchas cuestiones al margen de las evidentes, esto lo descubriría Bravo en los años previos a esta historia, exigían esfuerzo, abnegación: la amistad y el amor, por lo tanto el sexo y el placer, la confianza, la suerte, etcétera. Para que la gracia te identificase entre los cientos de miles de cabezas que se devanaban en torno a la hipoteca y el trabajo y las cacas de los hijos, y posase en ti sus dones, debías ofrecer algo a cambio. Sin cita ni rumbo, sin epifanías, Bravo se movería por los bares del centro, los de primera hora, y se acercaría hacia la catedral. Le apetecía beber, y le apetecía que ocurriese algo. (..)


Mira a Josemari, estoy acordándome de Josemari. No me olvido de él y su nariz torcida y su pelillo engominado ni un puto segundo de mi vida. Los boquerones en vinagre nos los han pagado Bernardo, Josemari, Cristina que le dijo que el chaval de la heladería le caía bien y a lo mejor le convenía tenerlo en cuenta, que parecía suelto. Y voy para veinte años llenándome hasta los codos de mierda, escondiéndole la basura debajo de la alfombra y levantando los teléfonos que hagan falta. ¿Tengo motivos para quejarme? No. Hablo con gente que a veces hasta me cae bien, me tomo mis cafés y mis cervecitas y mis copas, y a final de mes, pum, la nómina. Yo tengo mis inquietudes, no te rías, joder, estar aquí contigo, voy a muerte contigo, Chus, pero Josemari... Me acuerdo de una vez, estaba yo recién afiliado porque me insistió en que me convenía, y él todavía alternaba la diputación con la empresa del padre. ¿Las huelgas de Maravall, tú te acuerdas? En el 86, en el 87: por ahí. A tu padre le arrearon cuando intentó disolver un encierro. Estaba yo en el último intento de sacarme Derecho, y había un grupo de compañeros organizándose con los de la pública para protestar, una panda de pijos creyendo que por compartir un tiempo y una ciudad se parecían a los otros, pero ahí estaban: organizando una asamblea en la católica. Eran cinco o seis, no más, pero hacían mucho ruido. Había un Moya, creo que Salvador, el que lleva la empresa de basuras. Yo era joven, ingenuo, mi madre me daba los viernes quinientas pesetas para el fin de semana, como un rey, y aquello me pareció no admirable, no es esa la idea: me pareció insólito. Gente con la vida resuelta, con una matrícula que nos pagaba papá, que tendría su buen trabajo en cuanto se licenciase, perdiendo el tiempo por gente que probablemente les odiara, y con motivo. Se lo comenté a Josemari llevándole a algún pueblo para alguna reunión, ya por entonces, sabes que transmite igual que un corcho blanco, y me miró muy serio, tanto como nunca. Me dijo que él no entendía la política como una herramienta para mejorar el mundo, sino para mantenerlo tal como lo conocía, porque así funcionaba y si una pieza se movía apenas un milímetro todo el engranaje se derrumbaría. Me acuerdo todavía de aquello. Tú eres un androide, Chusito, y Josemari es un muro de contención: los dos, a vuestra manera, cumplís sin pensar la función que os han asignado para que nada cambie, y mantener el orden. Joder, qué bajón, Chus. Yo que te había llamado para pasárnoslo bien esta noche. Me voy a mi casa a cortarme las venas, que a las nueve me esperan en Urbanismo. ¿Llegas bien solo, o te acerco en taxi? (...)

—Es lady Caroline Lamb —explicó—. Mi tema de tesis, aunque luego he ampliado intereses, que es un eufemismo para explicar que doy tumbos según me lo pida el currículo. Estando casada tuvo una relación con lord Byron, Caroline Lamb. Se conocieron poco antes de que él escribiera The Giaour, justo, el poema del seminario. ¿La ha mencionado ya Guzmán Espinosa? Como me lo sé de memoria, a veces desconecto... El marido la envió a Irlanda unos meses, queriendo apartarla de Byron y de la maledicencia, y cuando ella volvió a Londres Byron se negó a continuar con la relación; tendría ya otras cuatro o cinco amantes más. Pero el deseo se transformó en literatura, y se escribían poemas con provocaciones y reproches, competían por ver quién trataba un asunto con mayor originalidad, con mayor brillantez... Por parte de él, ni idea; yo sobre Byron siempre pienso como Eliot, pero me interesa más el personaje. Por parte de ella se convirtió en un vínculo de dependencia, incluso consciente de cómo él la dañaba: sabía que la desdeñaba como escritora, que como mujer prefirió siempre al resto, e incluso así actuaba como si nada hubiese sucedido, siempre contestaba sus cartas, valoraba los poemas en los que él la insultaba. En uno la llama «demonio». ¡Demonio! ¡Byron, a cualquiera! Luego publicó una novela autobiográfica, Caroline Lamb, digo, Glenarvon, sin firmarla. —Raquel giró el rostro hacia la estantería y, sin moverse del asiento, alargó el brazo, marcó con las uñas el lomo de varios libros, y tomó uno de ellos—. Aprovechando la tesis la traduje y preparé la edición. Mucha nota al pie. En este libro, y en los alrededores, cuatro años enteros de mi vida: cómo la primera escritura del antihéroe byroniano fuera de la obra de Byron no deja de ser él mismo, igual que en sus poemas, porque se debe a Lamb y Lamb le retrata. Fernández Cortés me niega y defiende que Polidori se le adelantó, pero las cuentas no salen. Hay aquí —Raquel tomó el libro, ya en las manos de Estefanía, y localizó una página al comienzo— un elogio precioso de Goethe. Merece la pena: la historia romántica, los ricos también lloran, el retrato de la sociedad... No tengo muchos ejemplares, así que no te lo puedo dar, pero sí prestártelo si lo quieres leer. ¿Y tú, qué? Yo iba a aprovechar este rato para un trabajo de Lingüística General, habría contestado Estefanía. Quizá no hubiese aprendido demasiado sobre fonética o gramática, pero sí en cuanto a relaciones sociales: ante determinadas personas, la primera respuesta convenía callársela, y optar por la segunda. —Es bonito el despacho —la tercera, en realidad. —Lo que más me gusta es lo que se oye. —Estefanía pensó que quizá Tapia Navarro se refiriese a alguna conversación en el de Ramírez Rejano; espionaje entre facciones contrarias, me aventuraría yo, Raquel anotando las jornadas que Conchi había planificado para adelantarse al solicitar una ayuda, comentando con Guzmán Espinosa las reprimendas a sus doctorandos—. ¿Oyes cómo llueve? Otra lección para Estefanía: un profesor imposta el discurso incluso en privado, rompiendo el precinto de una bolsita de almendras peladas. Toda la historia de Caroline Lamb le serviría para impresionar al catedrático en el seminario, o cuando se examinase dentro de dos cursos. Pero aquella perorata de Raquel sobre la lluvia mientras se llenaba la boca de frutos secos, a la alumna le incomodó. (...)

Desplacémonos hasta otra rama del conocimiento: de la filología a la genealogía. La universidad —el hogar de Guzmán Espinosa, las cajas de fruta de Sánchez Rueda, Luis, el banco en el que consumía yo las horas— se fundó en el comienzo de la dictadura, aprovechando la existencia de una Escuela de la Tierra: muchachos de las provincias limítrofes se desplazaban para ahondar en los saberes de la agronomía. La Escuela dependía de una universidad histórica, la de la capital de la región, que amplió poco a poco su oferta en la ciudad: Veterinaria, Derecho, en los cincuenta Filosofía y Letras, con especializaciones en Historia, en Española; Jesús Guzmán Espinosa se matriculó en la segunda promoción que escogió Inglés. Para entonces ya disponían de un membrete, la Universidad Ramón y Cajal, y un claustro con quienes no habían conseguido una plaza en su alma mater: sin contactos, o tan limitados que ni el apellido compensaba. Aquellos profesores se marcharon conforme sus maestros se jubilaban o morían —Sánchez Rueda, Trinidad, explicaba que el de Fonética cayó fulminado ante la pizarra, enseñándoles a pronunciar /tʃ/, choke, repetía, método pedagógico extremo o ataque al corazón: esto último, dictaminó el forense—, y los sustituyeron unos pocos expulsados de la gran ciudad, con los Sánchez Rueda a la cabeza —Luis, Trinidad, su marido: Antonio Cabrera Velasco, Mudito para la comunidad universitaria; no por su costumbre de hablar menos de lo justo, sino por los ojos saltones y las orejas inmensas, sin un pelo, igual que el enanito—, y los primeros doctorandos locales, con Guzmán Espinosa marcando territorio. Don Jesús se esforzó en reivindicar sus méritos —leyendas, maldiciones, la ciudad desvaneciéndose sin alguien con su nombre y su apellido— y probar a sus discípulos, fracasados casi todos, mientras los Sánchez Rueda —Mudito en la ecuación— se acreditaron, forjaron una red de colaboradores, obtuvieron sus cátedras, lograron la plaza para la hija de Trinidad y Antonio y su novio de entonces, se sentaron a aguardar la jubilación: Luis, en dos años; en cuatro, Antonio; en cinco, Trini. (...)



martes, 13 de octubre de 2026

"EL CONFLICTO NO ES ABUSO: CONTRA LA SOBREDIMENSIÓN DEL DAÑO" (Sarah Schulman)



¿Cómo llamaríamos a eso? Por supuesto, no debería sentirme obligada a besar a alguien a quien no quiero besar. Pero ¿y si no quiero querer besarla, pero aun así quiero hacerlo? Entonces, ¿es la respuesta del otro una invasión? Yo creo que no. 
Correos electrónicos, mensajes de texto y escalada negativa: Este papel central de la ansiedad en la escalada de un conflicto es una de las razones por las que, en nuestra época, el correo electrónico y los mensajes de texto son tan a menudo el origen de trágicas separaciones en relaciones potencialmente enriquecedoras. En primer lugar, el correo electrónico y los mensajes de texto son unidireccionales y no permiten que la información de retorno mejore o transforme la comprensión. Hay que hablar con la otra persona, sobre todo cuando los acontecimientos o los sentimientos están agitados. Me gustaría que todas las personas del sector industrial firmaran un compromiso para que cualquier intercambio negativo que se genere a través del correo electrónico o del mensaje de texto tenga continuidad a través de una conversación presencial. Es evidente que tenemos la responsabilidad de animar a nuestros amigos y colegas a no hacer juicios negativos basados en correos electrónicos o mensajes de texto. Muchas relaciones se arruinan por la naturaleza artificial de estos muros entorpecedores, en particular cuando una de las partes hace un juego de poder negativo al rehusar hablar en persona con la contraparte. Se crea entonces el falso problema sobre si las dos partes en conflicto hablarán o no lo harán en absoluto, lo que imposibilita abordar y avanzar hacia la verdadera fuente de ansiedad. 

Negarse a comunicarse siempre ha sido una de las principales causas de la falsa acusación, ya que garantiza una fantasía negativa sobre el otro, sobre todo en ámbitos especialmente sensibles como la sexualidad, el amor, la comunidad, la familia, la materialidad, la identidad de grupo, el género, el poder, la accesibilidad y la violencia. El correo electrónico y los mensajes de texto no nos permiten atravesar las fases humanas de los sentimientos que se producen cuando nos comunicamos cara a cara. Negarse a hablar con alguien sin condiciones de reparación es un extraño e infantil acto de destrucción en el cual no se puede ganar nada. Como toda negación, procede de un estado de rabia, y los estados de rabia son productos del pasado. Como dicen algunos: «Si hay histeria, es porque hay historia». Al negarse a hablar sin condiciones, una persona se niega a aprender sobre sí misma y, por tanto, a tener una mejor vida. Perjudica a todos los que la rodean al dividir las comunidades e inhibir el aprendizaje. Cuando tenemos condiciones (por ejemplo, «Me robaste el dinero para comprar drogas, así que hablaré contigo de esto cuando lleves tres años sobrio»), puede que no se cumplan nunca. Pero al menos siempre hay una posibilidad de reparación. Ocultar esta posibilidad convierte el conflicto común o la resistencia en la principal fuente de injusticia entre nosotros. Está diseñado para herir, y lo hace sin obtener nada más que dolor. Sin conversación, es la persona con más limitaciones la que tiene el control. El objetivo deseable para todos nosotros no es restringir a los que pueden, sino aportar más habilidades comunicativas a los que no pueden. El rechazo a través del correo electrónico, de los mensajes de texto y otras tecnologías impide que la persona que no sabe cómo resolver problemas aprenda a hacerlo. La mantiene presa en sus propios temores negativos e imaginados sobre el otro y en sus fantasías sobre su propia humillación o desaparición potencial si llegara a hablar con la otra persona y, por tanto, comprendiera lo que ella piensa y siente. A menudo estos bloqueos son instigados por la nada, el conflicto normativo o la simple diferencia. En la mente de quien bloquea, esto adquiere mayor importancia porque está demasiado ansioso por negociar o está paralizado por fantasías negativas sobre la posibilidad de hablar realmente con ese otro deshumanizado. No obstante, como también niega estas condiciones internas, la negociación se vuelve imposible. No pueden avanzar, al igual que le pasará a cualquiera que esté controlado por su negativa. Si pudiéramos reconocer que las relaciones son necesarias para la paz y la sociedad humanas, entonces los amigos o la familia dirían: «¿Qué es lo peor que podría pasar si hablas?» o «¿Cómo puedo ayudarte a comunicarte?». Por desgracia, la norma social distorsionada es ver el deseo de reparación como una agresión y la proyección de la fantasía negativa como un derecho. (...)


Tengo muchas ganas de verte. Te he invitado a comer y he estado pensando en lo que te voy a preparar. Sé que eres una madre soltera muy ocupada y asumo que poca gente te hace la comida, así que quiero ofrecerte algo diferente y agradable. Pero el día anterior cancelas la cita por correo electrónico. Esto es más o menos lo que escribes: Lo siento, pero la noche después de nuestra comida es la fiesta de la graduación de mi hijo y mi familia vendrá de fuera de la ciudad para la celebración y se quedarán en mi casa. Además, en dos días me lo llevaré de viaje y tengo un montón de preparativos que terminar. Lo siento mucho, Sarah. 
Ahora bien, si hubiéramos hablado, ni que fuera durante unos minutos, podríamos haber pasado por las reacciones normales. 
1. «Estoy decepcionada». 
2. «Ahora me doy cuenta de lo amable que fuiste al intentar quedar conmigo con todas las cosas que tenías que hacer, y quiero que sepas que lo valoro mucho». 
3. «Te traje un pequeño regalo. ¿Cuál es tu dirección? Te lo enviaré por correo antes de irme». 
4. Ahora que el asunto está resuelto, podemos pasar a conectar a otro nivel. «¿Cómo estás? ¿Estás emocionada por llevar a tu hijo de viaje?». 
5. Y, por último, agradecimiento: «Estoy muy contenta de haber tenido la oportunidad de escuchar tu voz». 
Tiempo total empleado para conectar, comunicar y respetar: de cinco a diez minutos. En cambio, con el correo electrónico, nada de esto es posible. Solo se puede transmitir un único sentimiento, en lugar de la progresión natural de emociones que permite la conversación. Así que, si respondo a tu correo electrónico con otro que diga: «Estoy triste, pero hablemos por teléfono antes de que te vayas», eso podría provocar la catástrofe definitiva. En lugar de llamarme, puedes decidir que te estoy acosando, que te estoy presionando, que te hago sentir culpable, que estás demasiado ocupada para llamar por teléfono, que no puedes enviar mensajes de texto, que estás demasiado enojada, agitada. Tienes demasiadas cosas en las que pensar. Simplemente no se nos permitirá avanzar. Toda tu rabia sobre tu familia y sobre quién estará o no en la fiesta de tu hijo, tus conflictos sobre tu vida, todo eso converge en mí y en la horrible demanda transgresora que te he hecho al pedirte que hablemos. En realidad soy tu amiga, pero tú me conviertes en tu enemiga. Por lo tanto, no me respondes y ahora estamos jodidas. 
El correo electrónico crea represión y ansiedad. Nadie es reconocido y nadie es afirmado. La única manera de recrear el ciclo humano normal de respuesta es enviar más correos electrónicos o textos cortos seguidos, cada uno con una posición mejorada. El siguiente mensaje te asegura que te entiendo, ya que temo que me estés malinterpretando. Y el último te desea un buen viaje. Sin embargo, para entonces no habré hecho más que empeorar las cosas al entrar en el terreno de lo que sé que considerarás, de manera simplista, como «excesivo», cuando en realidad es franca y literalmente insuficiente. Cinco mensajes de texto están culturalmente estigmatizados como excesivos, pero solo cubren un minuto o dos de conversación. Y las personas, para entenderse, necesitan conversaciones interactivas, aunque sean cortas. (...)


Otro ejemplo, en esta ocasión ajeno. A veces, personas enfadadas, supremacistas o traumatizadas envían correos electrónicos ordenando: «No te pongas en contacto conmigo». Aquí quiero decir, para que conste, que nadie está obligado a obedecer una orden unidireccional que no ha sido discutida. La negociación es una responsabilidad humana. Los niños pequeños dan órdenes a sus padres: «¡Mamá, siéntate ahí!». Cuando los adultos dan órdenes escudándose en la tecnología, se comportan de forma ilegítima. Estas órdenes unilaterales no tienen que ser obedecidas. Hay que discutirlas. Dos personas presentes en una situación significan dos experiencias, dos puntos de vista, dos fuentes de información, dos voces. Hablar del conflicto ahorra tiempo, ya que mantener una enemistad producida por un correo electrónico/mensaje de texto con alguien con quien tu vida podría enriquecerse hace perder años, si no vidas. Así que enviar a una persona un correo electrónico que diga «No quiero hablar contigo» y luego negarse a discutir el problema en cuestión, o incluso a interactuar, no resuelve nada. De hecho, crea ansiedades, miedos, antagonismos y dolores que pueden ser duraderos. La presunción performativa que está en la raíz de este tipo de acciones agresivas es el melodrama según el cual las órdenes por correo electrónico son un «último recurso» en respuesta a alguna horrible transgresión. Pero lo más probable es lo contrario. A menudo, una conversación real iluminaría los matices y corregiría los malentendidos. La verdadera pregunta es: ¿por qué una persona prefiere tener un enemigo a tener una conversación? ¿Por qué prefiere verse a sí misma como acosada e invadida, en lugar de tener una conversación que podría revelarla como participante en igualdad de condiciones en la creación del conflicto? Debería haber un alivio al descubrir que uno no está siendo perseguido, pero, en realidad, en la forma en que hemos malinterpretado estas responsabilidades, el alivio, tristemente, está en confirmar que uno ha sido «victimizado». Esto viene acompañado del alivio que produce abdicar de la responsabilidad. Hay algo en la persona que se esconde detrás del correo electrónico que quiere que esas ofensas sean reales. Quiere sentirse víctima. Así no tiene que considerarse críticamente o pensar en el otro con cierta complejidad. No hay culpa ni responsabilidad si uno es víctima del correo electrónico. Del mismo modo, las «disculpas» por correo electrónico también pueden ser unidireccionales y crear aún más complicaciones por la falta de afecto. Una disculpa que no permite a la otra persona hablar no es una disculpa. Las personas necesitan hablar, mirar, oler, tocar, experimentar el tono de voz, la expresión facial, hacer bromas, sentarse, cambiar la velocidad y hacer evolucionar sus ideas y sentimientos frente al otro para producir significado. Necesitan comer juntos. Como dice el viejo chiste judío, «“Camarada Stalin, eres el verdadero líder de Rusia” también podría ser “Camarada Stalin, ¿eres el verdadero líder de Rusia?”». (...)



Ahora, la cualidad reductora de los eslóganes publicitarios se aplica a mensajes sociales extremadamente serios sobre los derechos humanos y la seguridad. No están ahí para vendernos pastillas de lavavajillas, sino que están pensados, por ejemplo, para ayudar a las mujeres a protegerse de la violencia machista. Pero debido a la resonante falta de sutileza, también pueden convertirse en refuerzos de la negación. La contradicción es un terreno difícil y lleno de matices que debemos abrazar si queremos ser funcionales, decentes y sinceros. Uno de ellos es «¡Hermana, yo sí te creo!».[3] Tenemos este eslogan en circulación porque a muchas mujeres no se las cree cuando dicen la verdad. Pero ¿qué pasa cuando no dicen la verdad? ¿Debemos seguir creyéndolas? 







Las historias del racismo y el colonialismo a menudo nos recuerdan que las mentiras de las mujeres blancas han sido utilizadas para justificar todo tipo de crueldades contra la gente racializada, en especial los hombres negros y morenos de Estados Unidos. Cuando insistimos en que hay que creer a las mujeres pase lo que pase, estamos ayudando a las personas que dicen la verdad sobre las violencias que han sufrido. Pero hay todo tipo de verdades. A veces «decir la verdad» significa representarse a una misma como imperfecta o equivocada, y a menudo se castiga este acto productivo y generoso. Por eso, insistir en que las mujeres están diciendo «la verdad» que, de hecho, no se nos permite contar puede negarles la posibilidad de contar historias mucho más matizadas y complejas sobre sí mismas, que podría ser lo único capaz de ayudarlas a acercarse a una vida más plena. ¿Qué pasa cuando las mujeres dicen cosas que no son ciertas porque no se entienden a sí mismas, a nosotras mismas? Defenderse, por supuesto, rara vez es deliberado cuando no somos autoconscientes, autocríticas, responsables o psicológicamente afinadas. ¿Siguen los demás obligados a obedecer? 


Existe un modelo social contemporáneo de «agresión» bastante visible, acordado colectivamente y casi tradicional en el que un hombre invita a una mujer a responder a sus deseos cuando ella no los comparte ni ha sugerido o anunciado que lo haría. Se supone que él reconoce que ella nunca sintió ni sugirió esos sentimientos. Si en este punto de la narración él la fuerza física o —lo que es más interpretable— psicológicamente de alguna manera, todos estamos de acuerdo en que esto es una forma de abuso. Es «poder sobre otro». Por lo general, el final alternativo que se ofrece es que, en lugar del uso de la fuerza, esperamos que él reconozca y se disculpe por el malentendido. Entonces ella puede marcharse y decirle a todo el mundo que él «trató de ligar» con ella, pero que ella lo rechazó. Esa es la versión en clave de «final feliz» de este escenario. Dadas las limitaciones en el comportamiento de las mujeres, ella conserva su pureza, su adecuada falta de sentimiento erótico femenino. Consigue anunciar que es atractiva, como se supone que deben ser las mujeres, pero que no se siente atraída, porque se supone que las mujeres no deben sentir atracción. Pero ¿y si ella se sintiera atraída por él y lo demostrara y no lo reconociera? ¿Y si él no quiere vivir con la narrativa de «Él se me insinuó»? Como escritora, sé que existe, después de todo, el derecho a ser descrito de una forma precisa. Lo que él quiere es la versión de «Me sentí atraída por él, pero yo no quería reconocerlo, así que me confundí». No tenemos lenguaje ni metodología para esa opción, porque de inmediato se convierte en «culpa» de ella. En un mundo basado en la culpa, desafortunadamente, las mujeres tienen que ser claras para permanecer limpias, así que evitar la culpa significa evitar la complejidad, las contradicciones y las ambivalencias. Hay algunas mujeres, a menudo de clase burguesa, que ahora representan ese acto público comúnmente reconocido como «abuso» o «agresión» con facilidad: que la otra persona, hombre o mujer, quería algo de mí que yo no quería y por eso «fui agredida». Es un atajo. Pueden seleccionar algunos detalles y omitir otros; pueden reordenar los acontecimientos para que las consecuencias se reconstruyan como causas; pueden negarse a comprometer la secuencia, el objetivo. Si recito estas pocas palabras: «Fui agredida» o «Abusó de mí» o «Era una relación basada en el maltrato», de inmediato se entiende como que tengo razón, que he sido violentada, que estoy en peligro y que, por lo tanto, merezco la aprobación del grupo, mientras que la otra persona (él/ella) está equivocada, es una acosadora; tuvo deseo y yo no, por lo que yo estoy limpia y él/ella es un maltratador. Y si esa persona quisiera aclarar esto o discutirlo hasta que se revelen más complejidades, entonces él/ella sería considerado un acosador obsesivo, mientras que yo seguiría limpia. (...)


No estoy manchada por el deseo o la curiosidad sexual, no he hecho nada malo y, por lo tanto, soy una víctima. Soy una virgen ética. Reconozco lo anterior por mi propia experiencia en ambos lados de la moneda. Me he sentido atraída por alguien y luego he fingido que no lo estaba o he negado que lo estuviera. Recuerdo que una persona me dijo: «No deberías decir que no te sientes atraída cuando sí lo estás». Tenía razón, y eso se me ha quedado grabado. Ahora, al oír «Cuando una mujer dice que no, quiere decir que no», sé que eso es demasiado simple, porque yo he dicho que no cuando esa no era mi intención, y soy mujer. Cuando dije que no, había veces que no sabía que en realidad sentía que sí, así como hubo veces en las que sabía que en realidad «sentía» un sí. Las personas no siempre saben lo que sienten ni reconocen lo que realmente saben. A veces decimos lo que creemos que debemos decir o lo que estamos acostumbradas a decir; no le damos una oportunidad al momento real. A veces solo probamos a decir ciertas cosas. En consecuencia, hacer una acusación no nos da la razón, estar enfadados no nos da la razón, negarnos a comunicarnos no nos da la razón. De hecho, todas esas cosas pueden hacernos estar muy equivocadas. En la experiencia del «romance», existe toda una gama de narrativas de persuasión. A veces hay una seducción de por medio, una conquista. A veces hay un proceso de reafirmación. A veces una persona empieza resistiéndose, pero luego se abre o se da cuenta de que está confundiendo su pasado con su presente o que simplemente tiene miedo al cambio. A veces una de las partes puede ver el futuro con claridad mientras que la visión de la otra está oscurecida por antiguas experiencias no resueltas. A veces alguien necesita ser seducido. A veces una de las partes tiene una impresión equivocada de la otra persona y es incapaz de ver sus cualidades. (...)


En la película, el amante potencial va, toca la puerta y dice: «Espera», y la parte reticente espera. «Escucha —le dice—, sé que alguien, tu ex o tu padre o alguien, te ha contado una historia sobre ti. Que no sabes cómo amar. Pero estoy aquí para decirte que no es cierto». Por desgracia, en nuestra confusión contemporánea, cuando el otro golpea la puerta de nuestra protagonista, se convierte en un acosador. Ya no está permitido visitar sin avisar cuando las cosas están tensas. No se puede llamar por teléfono para ofrecer el monólogo de la persuasión a corazón abierto, porque nuestra heroína se esconde detrás del buzón de voz. Tampoco es posible enviarlo por correo electrónico, porque será borrado o reenviado a miles de personas. Si ha tocado la puerta, telefoneado y enviado un correo electrónico, es oficialmente, en la era de la sobredimensión del daño, un acosador (o acosadora). La persona que lucha por una conversación honesta que pueda sanar —antaño un personaje tan conocido y querido—,por desgracia ya no existe. Y así, la Sra. Reticente nunca consigue la realidad afectiva, la piel, la voz, el tono, los ojos, la sonrisa, las bromas y, sobre todo, el vaivén, la interactividad que le recuerda lo que se siente al dejar entrar a alguien, la interactividad que produce la revelación de que su futuro no es imposible. En cambio, el dolor del pasado domina sobre la posibilidad. Sugerir lo contrario está prohibido. Si el cine replicara estos valores restrictivos, las películas serían aún peores de lo que ya son. No hay sorpresas. El primer impulso sería el único impulso. Pero, en la realidad, el romance no siempre empieza con buen pie: dos personas no siempre ven el potencial de la otra al mismo tiempo y, afortunadamente, otras personas pueden transformarnos con su esperanza, su perdón y su optimismo. A pesar de todos nuestros temores, podemos mejorar la vida del otro. A veces uno de nosotros lo sabe antes que el otro. También hay sorpresas positivas en la vida. Que nuestra heroína haya decidido que nunca podrá construir una relación que tenga sentido con alguien no significa que tenga que aferrarse a esa creencia. Aunque los traumas no recuperados son a menudo una prisión de inflexibilidad, algunas personas tienen opciones para responder. Es posible que otra persona haga realidad ese cambio atreviéndose a imaginar lo que para nosotros puede parecer inimaginable. Lo cual puede ser el amor. (...)

Una vez, después de un almuerzo increíblemente cómodo y enriquecedor con alguien con quien no había potencial para una relación romántica, le pregunté a la mujer en un mensaje si le gustaría seguir hablando por teléfono. «Por favor, siéntete cómoda de decir que no», escribí. Ella respondió que sí, que le gustaría, que también había disfrutado de nuestra conversación. Entonces le envié un mensaje para ver si quería hablar el sábado. 
«Tengo planes —me respondió—. Pero hablemos pronto, ¿vale?». En mi mente, ahora tenía dos asentimientos evidenciados por la palabra disfrutar y la frase «Hablemos pronto, ¿vale?». 
Así que le respondí: «¿Qué tal cuando llegue a casa mañana?». 
No me contestó. ¿Y ahora qué? Había dicho que sí dos veces. Esperé y luego le ofrecí una salida. 
«Si estás muy ocupada, avísame. Si no, ¿qué tal el día 25?». 
No respondió. Si vuelvo a contactarla, ¿soy una acosadora? Desde mi punto de vista, creí lo que dijo. Le había preguntado y ella había dicho que sí. Ambas reconocimos mutuamente que había un entendimiento, un placer. Luego ella desapareció. Sin embargo, todavía le di la oportunidad de una salida elegante. ¿No tiene la gente cierta responsabilidad de rendir cuentas? ¿O es que la nueva victimología me obliga a interpretar un sí como un no y el silencio como un «Cambié de opinión»? No responder no es una respuesta. No es razonable esperar que otras personas interpreten nuestros silencios. Eso, creo, es una carga injusta. Creo que ella debió haberme dicho: «Dije que sí, pero ahora me doy cuenta de que tengo miedo, no estoy tan interesada como creía, soy tímida, me siento intimidada, temo que me vuelvan a hacer daño, no quiero la responsabilidad», lo que sea. Y yo podría haber dicho: «Gracias por hacérmelo saber». O, incluso mejor, podríamos haber hablado sobre la ansiedad. (...)

¿Pedir algún tipo de respuesta es ser acosador? No responder pone toda la responsabilidad en la otra parte. Hace tiempo que pienso que reprimir produce ansiedad, mientras que rendir cuentas crea alivio. Pero hay ansiedades que son consecuencia y otras que son causa. ¿Por qué no tener un valor común de resolución? Imaginemos que esta persona se hace responsable y al final elige la amabilidad/responsabilidad mutua en lugar de la acusación. Se da cuenta de que está enfadada conmigo sin ninguna razón causada por mí, de que se trata de cosas viejas actuando en lugares nuevos y, por lo tanto, hace lo correcto: levanta el teléfono y hablamos. Nos vemos y, de ese modo, permitimos que la amistad se vuelva importante para nosotras. Tenemos un final feliz gracias a una simple llamada telefónica. El problema es que el silencio no es responsabilidad. Sentirse confundido, sentir la ansiedad de la atracción por un cuerpo o una mente, sentir que ha llegado alguien para quien no se está preparado no son señales de que alguien me esté haciendo algo malo. La mujer que me dijo: «No deberías decir que no te sientes atraída cuando sí lo estás» no me estaba acosando. No me estaba quitando el poder, no me estaba dominando, no quería controlarme. Por el contrario, me estaba ofreciendo un regalo: me dio un código de decencia. (...)

EL CONFLICTO NO ES ABUSO: 
CONTRA LA SOBREDIMENSIÓN DEL DAÑO.
Sarah Schulman.
CAPITÁN SWING.

jueves, 8 de octubre de 2026

EROS: DULCE Y AMARGO (ANNE CARSON)

 

PRÓLOGO

En su ensayo, Anne Carson se propone rastrear el origen de Eros, el dios del deseo que en la Antigüedad simbolizaba la atracción sexual. Como observó Davenport en su reseña del libro, el concepto de eros nada tiene que ver con el de agape, que es el sustantivo griego que se utiliza en los Evangelios para hablar de amor, tal y como se ha entendido en la civilización cristiana, sobre todo desde que en el siglo XII los trovadores secularizaron un culto mariano e inventaron el léxico, la liturgia y el imaginario que han venido desarrollándose en la gran literatura amorosa, tanto en la lírica como en el teatro, la ópera y más tarde en la novela y el cine. La tensión entre los orígenes místicos del amor cortés y la institución del matrimonio por parte del cristianismo paulino, tan bien estudiada por Denis de Rougemont, no tiene nada que ver con el huracán que sacude a los griegos a través de Eros, uno de los pocos dioses invisibles de su panteón y que por eso mismo, como sugiere Carson, está relacionado con el mundo del arte. (...)

El deseo, dice T. S. Eliot siguiendo los pasos de San Juan de la Cruz, es movimiento, indeseable en sí mismo, el amor, en cambio, es inmóvil, solo causa y fin del deseo.(8) Se trata, en realidad, de una idea mística medieval que nada tiene que ver con la concepción amorosa de los líricos griegos arcaicos y que nos sirve para comprender el abismo que nos separa de ellos. La lengua griega conserva una forma de estar en el mundo que ya no existe. El monoteísmo, al hacer de la divinidad una abstracción ontológicamente separada del hombre, creó también una aspiración amorosa de fusión con Dios que sueña con superar el tiempo. El mundo arcaico del politeísmo, en cambio, vivía en un presente continuo, en un «es» sin fisuras que no tenía ni principio ni fin, instalado en el corazón del tiempo. Si Eros, como dice Carson, es un verbo, se trata del verbo ser, einai. (...)

Eros dulce y amargo termina proponiendo al lector que imagine cómo sería una ciudad sin deseo: Una ciudad sin deseo es, en suma, una ciudad sin imaginación. La gente solo piensa en lo que ya sabe. La ficción es simple falsificación. El placer es irrelevante (un concepto que hay que entender en términos históricos). Esta ciudad tiene un alma acinética, una enfermedad que Aristóteles podría explicar de la siguiente manera: cuando cualquier criatura se dispone a intentar conseguir lo que desea, su movimiento comienza con la imaginación, que él llama phantasia. Sin semejante acto, ni los animales ni los hombres se animarían a proyectarse desde su condición presente hasta más allá de lo que ya conocen. La phantasia trastorna la mente hasta el movimiento mediante su poder de representación. En otras palabras: la imaginación prepara el deseo al representar el objeto deseado como deseable para la mente del deseador. La phantasia le cuenta una historia a la mente. La historia debe dejar una cosa clara, a saber: la diferencia entre lo que está presente y lo que no lo está, la diferencia entre el deseador y lo deseado. (14) Anne Carson se adelantó así varias décadas a un problema de nuestro tiempo, cuando Occidente está empezando a vaciar su imaginación, sustituida por la propaganda ideológica, el tópico y el estereotipo. Por otra parte, la progresiva invasión del cuerpo y lo biológico en la sociedad parece estar acallando el canto de las cigarras. A ese proceso de simplificación y de sumisión, fruto también de un deterioro educativo, Carson no ha hecho más que oponerle la originalidad y la radicalidad de su obra, dedicada a mantener con vida el eros del logos, ya sea a través de sus poemas, de sus ensayos o de sus traducciones, que en sí mismas constituyen una forma de mantener con vida la voz de la letra, como pedía Sócrates. (...) Decía Elias Canetti que, en un mundo consagrado tan solo al rendimiento y la producción, los escritores eran los últimos «custodios de las metamorfosis». En nuestros días, muy pocos merecen tanto ese título como Anne Carson. ANDREU JAUME


«La peonza» de Kafka es un relato sobre un filósofo que en su tiempo libre acecha a los niños para apropiarse de sus peonzas mientras giran. Agarrar una peonza mientras está girando lo hace feliz por un momento, en la creencia de que «el conocimiento de una pequeñez, por lo tanto también, por ejemplo, de una peonza girando, bastaba para alcanzar el conocimiento general». El disgusto sigue al placer casi de inmediato, y el filósofo arroja la peonza al suelo, se marcha. Aun así, la esperanza del entendimiento sigue inundándole cada vez que los niños comienzan las preparaciones para hacer girar sus peonzas: «Cuando giraba, corría tras ella poseído de la esperanza de una certeza, pero en cuanto sostenía ese burdo trozo de madera en la mano le daban náuseas».[1] El cuento habla del placer que obtenemos de la metáfora. El significado gira, permaneciendo en la vertical de un eje de normalidad alineado con las convenciones de la connotación y la denotación; sin embargo, girar no es lo normal, y fingir una verticalidad normal mediante este movimiento fantástico es irrelevante. ¿Cuál es la relación entre esa irrelevancia y la esperanza de entender? ¿Y con el placer? (...)

El cuento trata de la razón por la que nos encanta enamorarnos. La belleza gira y la mente se conmueve. Atrapar esa belleza sería entender cómo es posible esa estabilidad irrelevante en el vértigo. No obstante, no hace falta que el placer llegue tan lejos: correr poseído, pero sin haber llegado, es ya delicioso en sí mismo, un momento suspendido de esperanza viviente. (...)

Fue Safo quien por primera vez llamó a Eros «dulce y amargo». Nadie que haya estado enamorado se lo discute. ¿Qué significa la expresión? Eros le parecía a Safo una experiencia de placer y dolor al mismo tiempo. Hay en ello contradicción y quizá paradoja. Percibir este Eros puede dividir la mente en dos. ¿Por qué? Los componentes de la contradicción pueden parecer, a primera vista, obvios: damos por descontado, como hizo Safo, la dulzura del deseo erótico; su naturaleza placentera nos sonríe abiertamente, pero su amargura es menos obvia. Podría haber varias razones por las que lo que es dulce debiera ser también amargo. Quizá haya relaciones diversas entre los dos sabores. Los poetas han resuelto el asunto de diferentes formas. La misma formulación de Safo es un buen lugar para empezar a rastrear posibilidades. El fragmento relevante dice: Ἔροσ δηὖτέ μ’ ὀ λυσιμέλης δόνει, γλυκύπικρον ἀμάχανον ὄρπετον De nuevo Eros que desata los miembros me hace estremecerme, esa pequeña bestia dulce y amarga, contra la que no hay quien se defienda. (SAFO, fragmento 130) (...)

Su poema comienza con una localización dramática de la situación erótica en el tiempo (deute), y fija la acción erótica en el tiempo de presente de indicativo (donei). No está documentando la historia de un amor, sino el instante del deseo. Un momento se tambalea bajo la presión de Eros; un estado mental se escinde. Se trata de una simultaneidad de placer y dolor. El aspecto placentero se nombra primero, podemos suponer, porque es menos sorprendente. El énfasis se pone a merced de la otra cara del fenómeno, una cara problemática cuyos atributos avanzan entre una lluvia de vocales suaves (verso 2). Eros se mueve o avanza sigilosamente sobre su víctima desde algún lugar exterior a ella: orpeton. Ninguna batalla conseguirá combatir su avance: amachanon. El deseo, pues, no es ni habitante ni aliado del que desea. Extraño a su voluntad, se impone de manera irresistible desde fuera. Eros es un enemigo. Su amargor debe ser el sabor de la animadversión, es decir: el odio. (...)

«A los amantes este anhelo los empuja muchas veces a actuar y a no actuar»,[12] es la conclusión de Sófocles. No solo la acción zozobra: la evaluación moral también se fractura bajo la presión de la paradoja, el deseo se divide en algo bueno y malo al mismo tiempo. El Eros de Eurípides empuña un arco que es «doble» en su efecto, ya que puede conllevar una vida preciosa o un desplome completo.[13] Eurípides llega incluso a duplicar al mismo dios del amor: Erotes gemelos aparecen en un fragmento de su obra perdida Estenobea. Uno de ellos guía al amante a la vida virtuosa. El otro es el peor enemigo del que ama (echthistos) y lo lleva directamente a la casa de los muertos. Eros se bifurca en amor y en odio. Volvamos a la pregunta con la que comenzamos, a saber: el significado del adjetivo de Safo «glukupikron». A partir de nuestro examen de los textos poéticos ha ido apareciendo su contorno. «Eros dulce y amargo» es lo que impacta en la película en crudo de la mente del que ama. La paradoja es lo que toma forma en la placa sensible del poema, una imagen en negativo de la que se pueden crear fotografías en positivo. Aprehendido tanto como dilema de los sentidos, acción o valor, Eros se imprime como el mismo hecho contradictorio: amor y odio convergen dentro del deseo erótico. ¿Por qué? (...)

Quizá haya muchas maneras de responder a esto. Una se ve con más claridad en griego: la palabra griega eros denota «necesidad», «carencia», «deseo por lo que falta». El que ama desea lo que no tiene. Es por definición imposible para él tener lo que desea si, en cuanto lo posee, ya no lo desea. Es más que un juego de palabras; hay un dilema incluido en Eros que los pensadores han considerado crucial desde Safo hasta el tiempo presente. (...)

El hambre es la analogía elegida por Simone Weil para este acertijo: Todos los deseos resultan igual de contradictorios que el de alimentarse. Querer que aquel al que amo me amara a mí. Pero si se me entrega totalmente entonces deja de existir, y yo dejo de amarle. Mientras que si no se me entrega totalmente es que no me ama lo suficiente. Hambre y saciedad. (SIMONE WEIL, La gravedad y la gracia) Emily Dickinson expone el caso con más impertinencia en «Tuve hambre»: Descubrí que el hambre era un estado que tiene la gente afuera de las ventanas y que al entrar lo pierde. Petrarca interpreta el problema bajo los términos de la antigua fisiología del fuego y el hielo: So, seguendo ’l mio fuoco ovunque e’ fugge, arder da lunge, ed agghiacciar da presso. Sé, siguiendo mi fuego a donde huye, arder de lejos y de cerca helarme. (PETRARCA, Triunfo del amor, 3, 167-168) Sartre tiene menos paciencia con el ideal contradictorio del deseo, esa «estafa». Él ve en las relaciones eróticas un sistema de reflejos infinitos, un juego de espejos decepcionante que lleva dentro de sí su propia frustración. Para Simone de Beauvoir, el juego es una tortura: «El caballero que parte hacia nuevas proezas ofende a su dama; pero ella le desprecia si permanece sentado a sus pies. Es la tortura del amor imposible...».[15] Jacques Lacan expone el problema un poco más enigmáticamente cuando dice: «El deseo [...] evoca la carencia de ser bajo las tres figuras de la nada que constituye el fondo de la demanda de amor, del odio que viene a negar el ser del otro, y de lo indecible de lo que se ignora en su petición». (...)

Pareciera que estas voces variadas persiguen una percepción común. Todo deseo humano está suspendido sobre un eje de paradoja, ausencia y presencia son los brazos, amor y odio, las energías motoras. (...) La palabra «celo» viene del griego zelos, que significa «recelo» o «interés ferviente». Es un movimiento espiritual ardiente y corrosivo que surge del temor y se alimenta del resentimiento. El amante celoso teme que su amado prefiera a otra persona y se molesta por cualquier relación entre el amado y otro. Es una emoción que se preocupa por el emplazamiento y el desplazamiento: el amante celoso codicia un lugar particular en el afecto del amado y se llena de ansiedad por si otra persona lo llegase a ocupar. (...)

domingo, 4 de octubre de 2026

Lo mejor de AIRE DE FAMILIA (Alessandro Piperno)

 

Quizá fuera una coincidencia, pero este lío me caía encima en un momento en el que había perdido el interés por la enseñanza, y desgraciadamente no solo eso.
Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que desmontar una obra maestra literaria, pasaje por pasaje, delante de una poblada aula de estudiantes de primer año me parecía no solo un delicioso privilegio, sino también una misión de importancia solo inmediatamente inferior al sueño de abrirme camino en el mundo de la literatura. (...)

Mitad rabino, mitad sacerdote, así me sentía: intérprete de la palabra artística y al mismo tiempo intermediario entre a literatura universal y muchas mentes jóvenes y sedientas. Como es lógico, no todas las clases salen a la perfección. Pero algunas sí, y os aseguro que cuando eso sucede no ves el momento de que vuelva a suceder.
¿Y ahora qué? ¿Qué había sido del afán de compartir, de la voluntad de seducir, del sueño de ganar prosélitos para la causa? A estas alturas, estrujarse el cerebro para hacer inteligible un verso de Mallarmé ya no era un desafío electrizante, sino un tormento. Si perder la pasión por el trabajo era un delito, entonces sí, merecía ser puesto en la picota.
Para entendernos: no le habría dado tantas vueltas al asunto si mi desamor por la enseñanza no hubiera ido acompañado de una alarmante náusea frente a la escritura. (...)

De repente me sentía agotado, sin voz, carente de estímulos, como un artista al final de su carrera; y por ello más próximo a la muerte de lo que nunca había estado. Nada dramático si -como el viudo que se descubre enamorado de su esposa una hora después de enterrarla- no me hubiera encontrado ante la evidencia de que, sin el trabajo del que a esas alturas me sentía incapaz, la vida se había vaciado de belleza y propósito. (...)

En definitiva, ¿qué hacer? ¿Someterme a la humillación que estaba a punto de serme infligida o decirles a todos que se fuera a tomar por culo?

Entonces, ¿por qué lo había hecho? Muy sencillo: porque no me encontraba bien, porque no era feliz, porque cada vez me sentía menos a gusto dando clases, porque había perdido el placer de compartir cosas hermosas con los chicos, porque ya no tenía confianza en mí mismo, porque llevaba meses sin conseguir escribir un párrafo del que me sintiera orgulloso. (...)


¿Habría llegado también para mí el momento en que todo empieza a hablarte de lo que ya no existe? ¿Habría alcanzado esa edad en la que te encuentras caminando por las calles de tu ciudad como un zombi entre los vivos? La sensación era parecida a la de un hombre que acaba de salir de la cárcel y está convencido de que encontrará el mundo tal como lo dejó, pero en cambio se ve obligado a darse cuenta de que nada ni nadie se ha molestado en esperarlo. (...)

Había olvidad lo agradable que era gastar dinero innecesariamente y ser admirado por ello. (...)


(...) al cabo de un rato el tema de los hijos suplantó a todos los demás. No sin arrogancia, se les acusaba, pobres muchachos, de no ser nosotros, como si ser nosotros fuera lo máximo a lo que se pudiera aspirar. En resumen, como en cualquier buena reunión burguesa, un cliché llevaba a otro en un festival de trivialidad y respetabilidad. (...)

Mi desazón había dado comienzo mucho antes de que a Teresa se le metiera en la cabeza masacrarme. Si hubiera mantenido la guardia alta las cosas no habrían tomado ese cariz tan desagradable. Si no me hubiera regodeado en la idea de merecer un castigo tan severo habría reaccionado con mayor determinación. Si realmente hubiera creído que el fuerte necesitaba protección no lo habría dejado tan desprotegido, a merced de los enemigos. (...)


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Lo mejor de UNA IZQUIERDA QUE SE ATREVA A DECIR SU NOMBRE (Slavoj Zizek)

 

Necesitamos intervenciones comunistas porque nuestro destino todavía no está decidido, no solo en el sentido más simple de poder elegir, sino en un sentido más radical de escoger nuestro propio destino. Según el punto de vista habitual, el pasado es algo fijo, lo que ocurrió no se puede cambiar, y el futuro está abierto y depende de contingencias impredecibles. Lo que deberíamos proponer es una inversión de este punto de vista habitual: el pasado está abierto a reinterpretaciones retroactivas, mientras que el futuro está cerrado porque vivimos en un universo determinista. Esto no significa que no podamos cambiar el futuro; significa que, para poder cambiar nuestro futuro, primero deberíamos cambiar (no «comprender») nuestro pasado, reinterpretarlo de manera que nos conduzca a un futuro distinto del que lleva implícito la visión imperante del pasado. ¿Estallará una nueva guerra mundial? La respuesta solo puede ser paradójica. Si estalla una nueva guerra, será porque es necesaria. Así es como funciona la historia, mediante insólitas inversiones tales como las que describe Jean-Pierre Dupuy: «Si tiene lugar un acontecimiento excepcional, una catástrofe, por ejemplo, es imposible que no tuviera lugar; sin embargo, en la medida en que no ha tenido lugar, no es inevitable. De este modo, el hecho de que el acontecimiento tenga lugar es lo que retroactivamente crea su necesidad».5 Lo mismo se puede aplicar a una nueva guerra global: en cuanto estalle el conflicto (entre Estados Unidos e Irán, entre China y Taiwán) parecerá inevitable, es decir, que automáticamente leeremos el pasado que condujo a esta guerra como una serie de causas que necesariamente la provocaron. Si no ocurre, lo leeremos tal como leemos hoy en día la Guerra Fría, como una serie de momentos peligrosos en los que la catástrofe se evitó porque ambos bandos eran conscientes de las consecuencias letales de un conflicto global. (De manera que hoy en día tenemos muchos intérpretes que afirman que, en los años de la Guerra Fría, jamás existió el peligro real de una tercera guerra mundial y que ambos bandos simplemente jugaban con fuego.) Es a este nivel más profundo en el que resultan necesarias las intervenciones comunistas. (...)


A menudo se ha descrito a Jürgen Habermas como el filósofo estatal de la izquierda liberal alemana (europea, incluso). No es de extrañar, por tanto, que hace dos décadas el presidente del Gobierno español, el conservador José María Aznar, llegara a proponer que se declarara a Habermas el filósofo estatal español (y europeo), basándose en su idea del patriotismo constitucional, un patriotismo arraigado en los valores emancipadores incorporados en una constitución en lugar de en sus propias raíces étnicas. Aunque disiento de Habermas en muchos aspectos, ese papel, que no le ha dado miedo asumir (el de alguien que apoya de manera crítica al poder, incluso participa en él), siempre me ha parecido honorable y necesario, pues es una manera más que bienvenida de no caer en esa «política a distancia» que es básicamente irresponsable. La mayor parte del pensamiento izquierdista de las últimas décadas se ha visto inmerso en la trampa del oposicionismo: adopta como algo obvio la afirmación de que la verdadera política solo es posible si nos mantenemos alejados del Estado y sus aparatos. (...)

Un agente político de verdad nunca teme asumir el poder y la responsabilidad que conlleva sin recurrir a excusas («circunstancias desafortunadas», «complots de los enemigos», o lo que sea). Ahí reside la grandeza de Lenin: después de tomar el poder, sabía que los bolcheviques se encontraban en una situación imposible (no había condiciones para una auténtica «construcción del socialismo»), pero él perseveró e intentó sacar todo el provecho posible de ese callejón sin salida. La verdadera dimensión de una revolución no hay que buscarla en los momentos extáticos de su clímax (un millón de personas en la plaza principal...), sino que más bien deberíamos centrarnos en cómo se recibe el cambio en la vida cotidiana cuando las cosas vuelven a la normalidad. Por eso Trotski perdió contra Stalin: después de la muerte de Lenin, la población de la Unión Soviética salió lentamente de diez años de infierno (la Primera Guerra Mundial, la guerra civil) después de un sufrimiento indecible, y la gente anhelaba regresar a algún tipo de normalidad. Eso fue lo que Stalin les ofreció, mientras que Trotski, con su idea de la revolución permanente, solo les prometió más agitación social y sufrimiento. Quizá, entonces, en lugar de las variaciones cada vez más aburridas sobre el tema de «distanciarse del Estado», lo que necesitamos hoy en día son honestos filósofos del Estado, filósofos que no tengan miedo de ensuciarse las manos luchando por un Estado distinto. Oscar Wilde se refirió a la homosexualidad como «el amor que no se atreve a decir su nombre». Lo que necesitamos hoy en día es una izquierda que se atreva a decir su nombre, no una izquierda avergonzada que cubra su esencia con alguna hoja de parra cultural. Y este nombre es comunismo. (...)



¿Cómo funciona la ideología en esas condiciones? Recordemos el clásico chiste de un hombre que se cree una semilla y lo llevan a una institución mental donde los médicos hacen lo que pueden para convencerle de que no es una semilla, sino un hombre. Cuando lo curan (cuando lo han convencido de que no es una semilla, sino un hombre) y le permiten abandonar el hospital, el hombre vuelve de inmediato, temblando; ha visto una gallina en la puerta, y tiene miedo de que se lo coma. «Querido amigo», le contesta el médico, «sabe perfectamente que usted no es una semilla, sino un hombre.» A lo que el paciente responde: «Claro que lo sé, la cuestión es si lo sabe la gallina». Exactamente lo mismo se puede decir de la teoría del fetichismo de la mercancía de Marx, que hoy en día está más vigente que en su época. El «fetichismo de la mercancía» es una ilusión que resulta operativa en el mismísimo núcleo del proceso de producción. Fijémonos en el principio del subcapítulo de El capital sobre el fetichismo de la mercancía: «Una mercancía parece ser, a primera vista, una cosa evidente y trivial. De su análisis resulta que es una cosa de lo más endiablada, llena de sutileza metafísica y de entresijos teológicos». (...)


El fetichismo de la mercancía (nuestra creencia de que las mercancías son objetos mágicos dotados de un poder metafísico inherente) no se halla en nuestra mente, en la manera en que percibimos (erróneamente) la realidad, sino en nuestra propia realidad social. Puede que conozcamos la verdad, pero nos comportamos como si no la supiéramos. En la vida real, actuamos como la gallina del chiste. El físico Niels Bohr, que ya dio la respuesta correcta a la afirmación de Einstein de que «Dios no juega a los dados» («¡No le digas a Dios lo que tiene que hacer!»), también proporcionó el ejemplo perfecto de cómo el repudio fetichista de la fe funciona en la ideología: al ver una herradura en su puerta, el sorprendido visitante afirmó que no creía en la superstición de que eso trajera suerte, a lo que Bohr soltó: «Yo tampoco lo creo. La tengo ahí porque me han dicho que funciona aunque uno no crea en ello». Así es como funciona la ideología en nuestra era del cinismo: no tenemos por qué creer en ella. En la actualidad, la ideología actúa de la siguiente manera: nadie se toma en serio la democracia ni la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero las seguimos practicando –es decir, exigimos nuestra fe en ellas– porque asumimos que funcionan aun cuando no creamos en ellas. (...)

«La verdad es que no creo en ello, simplemente es parte de mi cultura» parece ser el estilo predominante de la fe desplazada, característica de nuestros tiempos. «Cultura» es el nombre de todas aquellas cosas que practicamos sin creer de verdad en ellas, sin tomárnoslas demasiado en serio. Por eso tachamos a los fundamentalistas de «bárbaros», de anticulturales, de amenaza a la cultura, porque se atreven a tomarse en serio sus creencias. La época cínica en la que vivimos no supondría ninguna sorpresa para Marx. Así pues, sus teorías no solo están vivas: Marx es un muerto viviente cuyo fantasma sigue rondándonos, y la única manera de mantenerlo vivo es centrarse en sus intuiciones, que en la actualidad son más ciertas que en su época, sobre todo su llamamiento a la universalidad de la lucha emancipadora. La universalidad que hay que reivindicar hoy no es una forma de humanismo, sino la universalidad de la lucha (de clases): más que nunca, al capital global hay que presentarle una resistencia global. Por tanto, deberíamos hacer hincapié en la diferencia entre la lucha de clases y las demás luchas (antirracista, feminista, etc.) que pretenden una coexistencia pacífica de diferentes grupos y cuya expresión última es la política identitaria. Con la lucha de clases no hay política identitaria: la clase opuesta ha de ser destruida, y nosotros mismos deberíamos, en ese movimiento, desaparecer como clase. La mejor definición concisa del fascismo es la siguiente: la extensión de la política identitaria al dominio de la lucha de clases. La idea básica fascista es la de la pieza de clase: cada clase debería ser reconocida en su identidad específica, y, de este modo, su dignidad quedaría salvaguardada y se evitaría el antagonismo entre las clases. El antagonismo de clase se aborda aquí de la misma manera que la tensión entre las diferentes razas: las clases se aceptan como un hecho casi natural de la vida, no como algo que hay que dejar atrás. (...)


Pero aquí nos aguarda una sorpresa: en muchos países socialistas existió la tentación de saltarse la «fase inferior» y proclamar que, a pesar de la pobreza material (y a un nivel más profundo, precisamente por esa causa), podíamos entrar directamente en el comunismo. Durante el Gran Salto Adelante de finales de la década de 1950, los comunistas chinos decidieron que China debía eludir el socialismo y entrar directamente en el comunismo. Se referían a la famosa fórmula de Marx del comunismo: «De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades». La trampa era la lectura que se le daba para legitimar la total militarización de la vida en las comunas agrícolas: el cuadro del partido que dirige una comuna sabe lo que cada granjero es capaz de hacer, con lo que establece un plan y especifica las obligaciones individuales según sus capacidades; también sabe lo que los granjeros necesitan para sobrevivir, y a partir de eso organiza la distribución de comida y otras provisiones vitales. La situación de extrema pobreza militarizada se convierte así en la realización del comunismo, y, naturalmente, no basta con afirmar que dicha lectura falsifica una idea noble, deberíamos observar más bien cómo yace latente como posibilidad. La paradoja con que nos encontramos es que comenzamos con la pobreza compartida del «comunismo de guerra»; luego, cuando las cosas mejoran, avanzamos/retrocedemos al socialismo en el que, idealmente, por supuesto, a todo el mundo se le paga según su aportación, y... al final regresamos al capitalismo (como ocurre en la China actual), con lo que se confirma el viejo dicho de que el comunismo es un desvío del capitalismo al capitalismo. Lo que demuestran estas complicaciones es que la verdadera utopía es la de la «fase inferior», en la que todavía está vigente la ley del valor, pero de una manera «justa», según la cual cada trabajador recibe lo que merece: un sueño imposible de intercambio social «justo» en el que el dinero-fetiche es reemplazado por certificados simples no fetichizados. Y hoy en día nos encontramos en un momento parecido: la amenaza de los apocalipsis que se avecinan (ecológico, digital, social) nos obliga a abandonar el sueño socialista del capitalismo «justo» y concebir medidas «comunistas» más radicales. Así pues, ¿cómo deberíamos imaginar el comunismo? En el libro III de El capital, Marx renunció a su primera visión utópica del comunismo como un estado en el que desaparece la oposición entre necesidad y libertad, entre necesidad y trabajo, e insistió en que en toda sociedad persistirá la distinción entre la esfera de la necesidad (Reich der Notwendigkeit) y la esfera de la libertad (Reich der Freiheit); la esfera de nuestras actividades libres y lúdicas siempre tiene que basarse en la esfera del trabajo necesario para la reproducción continua de la sociedad (...).

Ser comunista hoy en día significa que uno no tiene miedo de extraer conclusiones tan radicales, sobre todo por lo que se refiere a una de las afirmaciones más sensibles de la teoría marxista, la idea de la «desaparición» del poder estatal. ¿Necesitamos a los gobiernos? Se trata de una cuestión profundamente ambigua. Se puede leer como una ramificación de la idea de la izquierda radical de que el Gobierno (el poder estatal) es en sí mismo una forma de alienación u opresión, y que eso debería llevarnos a su abolición y a la construcción de una sociedad de alguna variante de democracia directa. O se puede leer de una manera liberal y menos radical: en nuestras sociedades complejas necesitamos algún organismo regulador, pero debemos mantenerlo bajo un control estricto, procurando que sirva a los intereses de aquellos que invierten en él sus votos (si no dinero). Ambos puntos de vista son peligrosamente erróneos. (...)



De manera que no es que necesitemos que el Estado regule nuestros asuntos ni que, por desgracia, tengamos que aceptar su envés autoritario como un precio necesario: lo que necesitamos precisamente, y quizá de manera primordial, es este envés autoritario. Tal como dijo Kierkegaard, afirmar que creo en Cristo porque estoy convencido de las buenas razones del cristianismo es una blasfemia, pues para comprender las razones del cristianismo ya debería creer en él. Lo mismo ocurre con el amor: no puedo decir que amo a una mujer por sus rasgos, sino que para que sus rasgos me parezcan hermosos ya debería estar enamorado. Y lo mismo ocurre con cualquier autoridad, desde la paternal a la estatal. El problema básico es el siguiente: cómo inventar una forma distinta de pasividad para la mayoría, cómo afrontar la inevitable alienación de la vida política. Esta alienación hay que aceptarla con toda su fuerza, como el exceso constitutivo del funcionamiento de un poder real, que tanto el liberalismo como los promotores izquierdistas de la democracia directa pasan por alto. (...)


Cuando Mao habla de «contradicciones», utiliza el término en el sentido más simple de lucha de opuestos, de antagonismos sociales y naturales, no en el estricto sentido dialéctico articulado por Hegel. La teoría de las contradicciones de Mao se puede resumir en cuatro puntos. En primer lugar, la contradicción específica que define una cosa, que la hace ser lo que es: no es un error, un fallo, el mal funcionamiento de una cosa, sino, en cierto sentido, el propio rasgo que le da cohesión. Si esta contradicción desaparece, la cosa pierde su identidad. Un ejemplo marxista clásico: hasta este momento, a lo largo de la historia, la «contradicción» primaria que ha definido todas las sociedades ha sido la lucha de clases. En segundo lugar, una contradicción nunca es algo aislado, sino que depende de otras contradicciones. El propio ejemplo de Mao: en una sociedad capitalista, la contradicción entre el proletariado y la burguesía viene acompañada de otras contradicciones «secundarias», como pueden ser las que se dan entre los imperialistas y sus colonias. En tercer lugar, mientras que la contradicción secundaria se basa en la primera (las colonias existen solo en el capitalismo), la contradicción principal no es siempre la dominante: las contradicciones pueden intercambiar sus lugares de importancia. Por ejemplo, cuando se ocupa un país, generalmente se soborna a la clase dirigente para que colabore con los ocupantes y mantenga su posición privilegiada, con lo que la lucha contra los ocupantes se convierte en una prioridad. Lo mismo se puede decir de la lucha contra el racismo: en un estado de tensión y explotación racial, la única manera de luchar de manera eficaz por la clase trabajadora consiste en centrarse en luchar contra el racismo (por eso apelar a la clase trabajadora blanca, como hace en la actualidad el populismo de extrema derecha, es una traición a la lucha de clases). Y cuarto, una contradicción principal también puede cambiar: hoy en día quizá se podría argumentar que la lucha ecológica designa la «contradicción principal» de nuestra sociedad, pues se enfrenta a una amenaza para la supervivencia colectiva de la propia humanidad. Naturalmente, también podemos defender que nuestra «contradicción principal» sigue siendo el antagonismo del sistema capitalista global, puesto que los problemas ecológicos son el resultado de la explotación excesiva de los recursos naturales, consecuencia del ansia de beneficios capitalista. Sin embargo, me parece dudoso que nuestro desastre ecológico se pueda reducir fácilmente a un efecto de expansión capitalista, pues antes del capitalismo hubo otras catástrofes ecológicas causadas por el hombre, y no existe ninguna razón por la que una próspera sociedad postcapitalista no vaya a enfrentarse también a la misma encrucijada. (...)

Pero dejémonos de ejemplos concretos. Las cosas son aún más complejas con la «contradicción» entre la vulgaridad racista/sexista en la que ha caído la derecha alternativa y el rígido moralismo regulador políticamente correcto. Resulta fundamental, desde el punto de vista de la lucha progresista por la emancipación, no aceptar esta contradicción como primaria, sino desentrañar en ella los ecos desplazados y distorsionados de la lucha de clases. Al igual que ocurre con la ideología fascista, la figura del enemigo del populismo de derechas (esa combinación de élites financieras e inmigrantes invasores) combina los dos extremos de la jerarquía social, con lo que se borra la lucha de clases; en el extremo opuesto, y de manera casi simétrica, el antirracismo y el antisexismo políticamente correctos apenas ocultan el hecho de que su objetivo último es el racismo y el sexismo de la clase trabajadora blanca, con lo que también neutralizan la lucha de clases. Por eso llamar a la corrección política «marxismo cultural» es erróneo: la corrección política, con toda su pseudorradicalidad, es, por el contrario, la última defensa del liberalismo «burgués» contra el concepto del marxismo, que empaña/desplaza la lucha de clases como «contradicción principal». Las cosas se complican aún más con la lucha por los derechos humanos universales. Aquí existe una «contradicción» entre los que postulan esos derechos y los que advierten que, en su versión clásica, los derechos humanos universales no son realmente universales, sino que de manera implícita privilegian los valores occidentales (el individuo prima sobre el colectivo, etc.) y que, por tanto, son una forma de neocolonialismo ideológico. No es de extrañar, por tanto, que la referencia a los derechos humanos haya servido como justificación a muchas intervenciones militares, desde Irak hasta Libia. Los partidarios de los derechos humanos universales contraatacan diciendo que ese rechazo a menudo sirve para justificar formas locales de gobierno autoritario y represión como elementos de un modo de vida concreto. ¿Qué partido tomar en este caso? No basta con hallar una solución de compromiso; deberíamos dar preferencia a los derechos humanos universales por una razón muy concreta: la dimensión de universalidad tiene que servir como espacio en el que puedan coexistir múltiples modos de vida, y la idea occidental de universalidad de los derechos humanos contiene la dimensión autocrítica que hace visibles sus propios límites. Cuando la idea clásica occidental de los derechos humanos universales se critica por ese sesgo concreto, la propia crítica tiene que remitirse a una idea de universalidad más auténtica, que nos haga ver la distorsión de una universalidad falsa. Pero siempre existe alguna forma de universalidad (...).

El ejemplo definitivo de la importancia de las contradicciones secundarias es el de las elecciones europeas de 2019. ¿Podemos aprender de ellas alguna lección? Los detalles a veces espectaculares (como la aplastante derrota de los dos partidos principales del Reino Unido) no deberían impedirnos ver el hecho básico de que en realidad no sucedió nada grave ni sorprendente. Sí, la nueva derecha populista avanzó, pero sigue lejos de imponerse. La frase, repetida como un mantra, de que la gente quería un cambio es profundamente engañosa. De acuerdo, pero ¿qué tipo de cambio? Básicamente fue una variación del antiguo lema: «Algunas cosas han de cambiar para que todo siga igual». (...)


Hace algunos años, le escuché contar una anécdota a un amigo de Willy Brandt. Tras la caída del Muro de Berlín, Mijaíl Gorbachov –que en aquella época ya era un ciudadano corriente– quiso visitar a Brandt, y se presentó sin previo aviso en la puerta de su casa de Berlín. Pero Brandt (o alguien del servicio) hizo caso omiso del timbre y se negó incluso a abrir la puerta. Posteriormente Brandt le explicó a su amigo que su reacción expresaba su rabia contra Gorbachov: al permitir la desintegración del bloque soviético, Gorbachov había destruido los cimientos de la socialdemocracia europea. Era la constante comparación con los países comunistas de Europa del Este lo que mantenía la presión para que Occidente tolerara el Estado de bienestar socialdemócrata, y en cuanto la amenaza comunista desapareció, la explotación en Occidente se volvió más descarada e implacable, y el Estado de bienestar también comenzó a desintegrarse. Aunque esta idea pueda parecer una simplificación, contiene un momento de verdad: el resultado final de la caída de los regímenes comunistas es la caída (o, mejor dicho, la desintegración prolongada) de la propia socialdemocracia. La ingenua esperanza de que la caída de la izquierda «totalitaria» mala daría paso a una izquierda «democrática» buena resultó completamente falsa. Una nueva división del espacio político europeo está reemplazando poco a poco la antigua oposición entre un partido de centro izquierda y un partido de centro derecha que se van turnando en el poder: la oposición entre un partido liberal de centro (procapitalista y culturalmente liberal: favorable al derecho al aborto y a los derechos de los gais, etc.) y un movimiento populista de derechas. La paradoja es que los nuevos populistas, aunque son culturalmente conservadores, a menudo defienden e incluso aplican, cuando están en el poder, medidas que generalmente asociábamos con la socialdemocracia, pero que ningún partido socialdemócrata actual se atreve a imponer. (...)

Todavía estamos lejos de la muy necesaria radicalización que solo puede surgir a través de la coalición de los verdes y la izquierda más intransigente. Pero lo que realmente nos jugamos en la confusión actual no es, sobre todo, el destino de los partidos socialdemócratas como agentes políticos, sino lo que Peter Sloterdijk denominó la «socialdemocracia objetiva»: el auténtico triunfo de la socialdemocracia tuvo lugar cuando sus exigencias básicas (educación y asistencia sanitaria gratuitas, etc.) se convirtieron en parte del programa aceptado por los principales partidos y se inscribieron en el funcionamiento de las propias instituciones estatales. La tendencia actual va más bien en dirección opuesta: cuando le preguntaron a Margaret Thatcher cuál consideraba que era su mayor éxito, contestó que el «Nuevo Laborismo», insinuando que incluso sus adversarios del Partido Laborista habían adoptado su política económica. Los izquierdistas radicales que quedan cuentan con una respuesta rápida a esa cuestión: la socialdemocracia está desapareciendo precisamente porque adoptó la política económica neoliberal, de manera que la solución es... ¿cuál? Ahí es donde comienzan los problemas. Los izquierdistas radicales no cuentan con un programa alternativo factible, y la desaparición de la socialdemocracia europea es un proceso más complejo. En primer lugar, deberíamos fijarnos en sus recientes éxitos electorales en Finlandia, Eslovaquia, Dinamarca y España. En segundo, deberíamos darnos cuenta de que, según los criterios europeos, los «socialistas democráticos» estadounidenses como Bernie Sanders no son extremistas, sino modestos socialdemócratas. En décadas anteriores, la postura izquierdista radical habitual hacia la socialdemocracia era de desconfianza condescendiente: cuando la socialdemocracia era la única opción de izquierdas, debíamos apoyarla, sabiendo que en última instancia fracasaría, y que este fracaso sería un importante aprendizaje para la gente. En la actualidad, sin embargo, la clase dirigente percibe cada vez más la socialdemocracia de viejo cuño como una amenaza: sus exigencias tradicionales ya no son aceptables. Esta nueva situación exige una nueva estrategia. La lección que ha de aprender la izquierda de todo esto es que debe abandonar el sueño de una gran movilización popular y centrarse en cambiar la vida cotidiana. El verdadero éxito de una «revolución» solo puede medirse el día después, cuando las cosas vuelven a la normalidad. ¿Cómo se percibe ese cambio en la vida cotidiana de la gente? (...)


El error de Corbyn fue actuar como si la elección entre «Brexit o no Brexit» no tuviera importancia, con lo que (aunque en el fondo era partidario del Brexit) de manera oportunista navegó entre ambos bandos; en su intento de no perder votos de ningún lado, los perdió de los dos. Pero las contradicciones secundarias tienen importancia: resulta crucial mantener una posición clara. De manera más general, esta es la espinosa cuestión que la izquierda europea evita a toda costa: cómo elaborar una nueva idea izquierdista de Europa sin sucumbir a la tentación del nacionalismo populista. (...)

dichos (trabajadores explotados) y proletarios (más bien) nómadas, ¿podría difuminarse de algún modo en una nueva categoría más amplia de proletarios actuales? Desde un estricto punto de vista marxista, la respuesta es un rotundo NO: para Marx los proletarios no son solo «los pobres», sino aquellos que, por su papel en el proceso productivo, se ven reducidos a una subjetividad privada de todo contenido sustancial; en cuanto tales, el proceso productivo también los educa para que se conviertan en portadores de su futuro poder (la «dictadura del proletariado»). A aquellos que están fuera del proceso productivo –y que por tanto no ocupan lugar alguno en la totalidad social– Marx los denomina «lumpenproletariado», y no ve en ellos ningún potencial emancipador; más bien, los trata con mucho recelo, como una fuerza que, por lo general, suele ser movilizada y corrompida por las fuerzas reaccionarias (como Napoleón III). Las cosas se complicaron con la victoria de la Revolución de Octubre, cuando los bolcheviques ejercieron el poder en un país donde no solo la gran mayoría de la población eran pequeños granjeros (y los bolcheviques se hicieron con el poder precisamente prometiéndoles tierras), sino en el que, como resultado de los violentos disturbios ocurridos durante la guerra civil, millones de personas, lejos de pasar a engrosar las filas del lumpenproletariado clásico, se convirtieron en nómadas sin hogar que todavía no eran proletarios (reducidos a la «nada» de su fuerza de trabajo), sino literalmente menos que proletarios (menos que nada). Su presencia masiva es el tema central de la obra de Andréi Platónov, que describió con todo detalle su modo de vida, elaborando una singular «ontología materialista de la vida pobre».5 Desde el punto de vista de la «ontología de la vida pobre», el paralelismo entre Samuel Beckett y Platónov es absolutamente relevante, pues ¿no es también la experiencia de la «vida pobre» la esencia de la gran trilogía de Beckett: Molloy, Malone muere y El innombrable? El tema en su conjunto, y también detalles de Malone muere, está claramente relacionado con las péripéties en Francia durante la ocupación alemana y sus consecuencias: el control de los nazis y los colaboracionistas, el terror y la opresión, la venganza contra los colaboracionistas y la manera en que se trató a los refugiados cuando volvieron a casa y se recuperaron. Lo que le da tanta potencia a la novela es precisamente que esos tres dominios se condensan en la sola y asfixiante experiencia de un individuo sin casa y desplazado, un individuo perdido en una red de policías, psiquiatras y medidas administrativas. (...)

Platónov observó sutilmente que esta brecha no es la misma que se abre entre la fuerza revolucionaria concienciada y la inercia de las masas: mientras que los bolcheviques se centraban en el aspecto operativo de la transformación social, el núcleo de la utopía comunista estaba directamente presente en los sueños de los otros, que esperaban que surgiera algo radicalmente nuevo. El comunismo nunca estuvo más cerca que en la inmovilidad de los otros, en su resistencia a quedar atrapados en medidas operativas concretas: «Los elementos pobres y desclasados ocupan una posición especial, y, contrariamente a los obreros organizados, los representantes del partido y los intelectuales están dispuestos a permanecer donde se encuentran a fin de realizar algo radicalmente nuevo. En cierto modo, la suya es una vida que permanece en estado de espera, y la cuestión es qué tipo de políticas se establecerá». También podemos situar las famosas inflexiones del lenguaje de Platónov en ese contexto de tensión entre el lenguaje oficial del partido y el habla «primitiva» de los otros: Platónov reflejó el desarrollo histórico de un nuevo lenguaje soviético compuesto de eslóganes revolucionarios, el vocabulario de la economía política marxista, la jerga de los bolcheviques y los burócratas del partido, y cómo lo absorbieron los campesinos y los obreros analfabetos. La investigación histórica demuestra que, para la mayor parte de la población postrevolucionaria, sobre todo en las provincias, el lenguaje del partido era algo que les resultaba ajeno e ininteligible, de manera que «ellos mismos, por la fuerza de las circunstancias, comenzaron a absorber el nuevo vocabulario (...) y a menudo distorsionaban los términos librescos que no les resultaban familiares, o los reconfiguraban en algo más comprensible, aunque absurdo». Así, deistvyushchaya armia (ejército activo) se convertía en devstvyushchaya armia (ejército virginal), porque «activo» y «virginal» suenan de manera idéntica en ruso; y militsioner (miembro de la milicia) se convirtió en litsimer (hipócrita). (...)


 esto no implica de ninguna manera que la posición proletaria marxista solo sea posible en el Occidente desarrollado. Durante una visita a la India, me reuní con representantes del movimiento de la franja más baja de la casta más baja (los «intocables»), los limpiadores de retretes secos, que me dieron una respuesta maravillosamente concisa a lo que querían alcanzar: «No queremos ser lo que somos». De manera que aquí no hay ninguna identidad política, no se busca identidad ni respeto por el singular trabajo que realizan, lo único que piden es un cambio social que consiga que su identidad sea superflua e imposible. En este caso, uno se siente tentado a proponer una reformulación radical: en el capitalismo global actual, los elementos problemáticos no son los «menos que nada» nómadas, que se resisten a quedar subsumidos dentro de la «nada» proletaria como lugar futuro de un posible cambio social radical; los elementos problemáticos son, cada vez más, los propios proletarios (locales), que, cuando se enfrentan con los «menos que nada» nómadas, de repente se dan cuenta de que su «nada» (el nivel cero, el «lugar que es ningún lugar» en el orden social existente) es, sin embargo, una nada determinada, una posición dentro del orden social existente con todos los privilegios (educación, asistencia sanitaria, etc.) que eso implica. No es de extrañar, pues, que cuando los proletarios «locales» se topan con esos «menos que nada» nómadas, su reacción sea redescubrir su propia identidad cultural. Por expresarlo en términos hegelianos especulativos, los proletarios «locales» descubren que su «nada» se basa, sin embargo, en una serie de privilegios concretos, y este descubrimiento, claro está, consigue que sean mucho menos propensos a embarcarse en actos radicales emancipadores, pues descubren que tienen mucho más que perder que sus cadenas. Hay un conocido chiste sobre unos judíos que se reúnen en una sinagoga para exponer en público sus fracasos. El primero es un poderoso rabino, que dice: «Perdóname, Dios, no soy nada, soy indigno de tu atención». Después de él, un rico mercader afirma: «Perdóname, Dios, porque soy una nada indigna». Al final, un judío pobre y vulgar da un paso al frente y dice: «Perdóname, Dios, yo tampoco soy nada». Entonces el rico mercader le susurra al rabino: «¿Quién se cree que es, este miserable, para venir aquí y decir que no es nada?». Encontramos una profunda intuición en este chiste: «convertirse en nada» exige un esfuerzo supremo de negatividad, pues uno está inmerso en una red de determinaciones concretas de las que ha de salir. Esta elevación sartriana en la que el sujeto se convierte en un vacío, en una nada, no es una auténtica postura lacaniana (ni hegeliana). Lacan demuestra que, para hacerlo, hay que encontrar apoyo en un elemento concreto que funcione como un «menos que nada». El nombre que le da Lacan es objet a, el objeto-causa del deseo. Tomemos un ejemplo político. La prohibición políticamente correcta de afirmar la identidad particular de los Hombres Blancos (como modelo de opresión de los demás), aunque se presenta como la admisión de su culpa, les otorga un papel central: esa mismísima prohibición de afirmar su identidad concreta los convierte en el medio universal-neutro, el lugar desde el que es accesible la verdad acerca de la opresión de los otros. Por eso los liberales blancos son tan propensos a la autoflagelación: el verdadero objetivo de su actividad no es ayudar a los demás, sino alcanzar el Lustgewinn provocado al autoacusarse, la sensación de su propia superioridad moral sobre los demás. El problema del rechazo de la propia identidad blanca no es que vaya demasiado lejos, sino que se queda corto: aunque su contenido anunciado parece radical, la posición de su enunciado sigue siendo la de una universalidad privilegiada. De manera que, sí, declaran que ellos mismos no son «nada», pero esa misma renuncia a un algo (concreto) se basa en el excedente de goce de su superioridad moral, y podemos imaginarnos fácilmente cómo se repite aquí la escena del chiste judío citado: cuando, digamos, un negro dice «No soy nada», un blanco le susurra a su vecino (blanco) «¿Quién se cree que es para afirmar que no es nada?». Pero aquí podemos pasar fácilmente de la imaginación a la realidad. Hace más o menos una década, en una mesa redonda en Nueva York en la que predominaban los izquierdistas políticamente correctos, recuerdo que un par de nombres importantes entre los «pensadores críticos» comenzaron a autoflagelarse uno tras otro, culpando a la tradición judeocristiana de nuestros males, pronunciando mordaces sentencias contra el «eurocentrismo», etc. Entonces, de manera inesperada, un activista negro se unió al debate y manifestó algunos comentarios críticos acerca de las limitaciones del movimiento musulmán negro. Al escucharlo, los «pensadores críticos» blancos intercambiaron miradas de irritación cuyo mensaje era algo así como: «¿Quién se ha creído ese tío para afirmar que es una nada sin valor?». ¿Y no se podría decir lo mismo de la manera en que «nuestros» proletarios suelen reaccionar ante los proletarios nómadas? «Nosotros somos la auténtica nada. ¿Qué se han creído estos para afirmar que no son nada?». (...)