ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


sábado, 25 de julio de 2026

"A LAS PUERTAS DE TROYA" (un relato de Quim Monzó)

 


A las puertas de Troya.

El caballo de madera queda definitivamente acabado, pulido y barnizado, a primera hora de la mañana. Ha sido un trabajo duro, que ha ocupado docenas de soldados dirigidos por tres maestros carpinteros. Se levanta, majestuoso e inmóvil, en medio de la playa. Lo dejan secar durante todo el día. Por la noche, vigilando que no los vean desde la muralla, los guerreros elegidos suben por una escalera de cáñamo, uno tras otro, rápidamente y sin hacer ruido. Van armados, con una pequeña bolsa anudada en el cinturón, con carne en salmuera para coger fuerzas por la mañana y una porción de agua para calmar la sed. Después de que el último guerrero haya subido, recogen la escalera y cierran la puerta de forma que desde fuera no se note.
Se sientan todos con orden y paciencia, bien estrechos, llenando la barriga de la bestia. El olor de barniz no ha desaparecido del todo y los embriaga ligeramente. Duermen con la desazón que da la certeza de la victoria inminente. Tal y como habían quedado, llega la mañana, los del campamento recogen las cosas, prenden fuego a las tiendas y suben a las naves, haciendo ver que dan la guerra por perdida y que se retiran definitivamente. Los guerreros escogidos contemplan estos movimientos por las rendijas que hay entre los tablones del caballo. Cuando las naves aqueas desaparecen en el horizonte, giran los ojos hacia las puertas de la ciudad. Pronto se abrirán, los troyanos saldrán, tomarán el caballo como un botín de guerra y la entrarán en la ciudad. Los guerreros aprovechan la espera para comer la carne que llevaban.

Lentamente pasan las horas y de la ciudad no sale nadie. Al primero que se extraña, Ulises le ordena guardar silencio. Nadie ha de abrir la boca y todos deben hacer el mínimo ruido posible. Si ningún troyano saliera y sintiera que dentro del caballo hay hombres que hablan, toda argucia se iría por tierra.

A primera hora de la tarde terminan el agua que les quedaba. Bajo aquel sol implacable, la barriga del caballo es un horno. Por la noche duermen sin frío. Son tantos y están tan estrechos que no necesitan ninguna manta. El problema son las micciones. Han pasado todo el día y la noche antes y, disimuladamente, incapaces de aguantar más, algunos deciden orinar por los rincones. Pero las necesidades de Anticlea no son menores sino mayores. Ulises le ordena aguantarse-las. Anticlea dice que no puede (el vientre se le retuerce, se ve incapaz de resistir ni un instante más), pierde los nervios y se queja de que los troyanos ya deberían haberse llevado el caballo. No debían estar tantas horas allí dentro. Dice todo esto gritando; para hacerlo callar, Ulises la estrangula.

Con la llegada del amanecer renacen las esperanzas. Hoy sí vendrán los troyanos, tomarán finalmente el caballo y lo llevarán dentro. Es lógico que ayer no lo hicieran, porque todavía no se fiaban. Hoy se les debe hacer del todo evidente que los aqueos han marchado de verdad. Se lo confirma el hecho de que, a media mañana, sienten música que les llega de la ciudad, unos cánticos extraños pero innegablemente alegres. Deben celebrar la victoria. Por la tarde, los troyanos abren finalmente las puertas de la ciudad. Los guerreros aqueos se alegran y observan (excitados e inmóviles para no hacer ningún ruido) como un grupo de troyanos sale de la ciudad y se acerca al caballo. Los aqueos se aguantan la respiración. Los troyanos rodean la bestia de madera y la contemplan con curiosidad. Hablan entre ellos, pero los aqueos, aunque paran la oreja, no entienden lo que dicen. Los llega un rumor de palabras mezcladas con el sonido de las olas. Ahora finalmente tomarán el caballo y lo llevarán dentro. Pero en vez de eso deshacen el camino, vuelven a la ciudad y cierran las puertas.

A los guerreros aqueos aquella noche les es más difícil dormir. El hambre y la sed se generalizan. No les queda agua ni comida, ni tienen posibilidades de conseguir, y eso hace que haya disputas frecuentes, que Ulises corta de raíz: no quiere oír ni una palabra. Ni un ronquido. Cualquier ruido podría alertar de la trampa los troyanos. Llega el amanecer. Pasa el día sin que nadie venga a buscarlos. Ulises disimula el nerviosismo. El resto de guerreros no. Tienen hambre y, cada vez que alguien se queja de que aquello no funciona como debería funcionar, Ulises amenaza que escanyarà quien no calle.

Dos días más tarde hay dos que proponen salir, sea como sea y aunque hacerlo descubra la trampa a los troyanos. Es evidente, dicen, que la argucia no ha funcionado, y es de cretinos continuar adelante un proyecto que no funciona. Ulises sofoca el intento de motín tal como había amenazado con hacer: estrangulando los mismos también, al igual que a Anticlea. Como hace días que no comen, los guerreros devoran ambos cadáveres.

Hay un guerrero, de estómago demasiado delicado, que vomita al primer cata. Para no deshidratarse, todos deciden beberse la propia orina.

En el hedor de orines y excrementos se añade ahora el hedor del primer cadáver (el de Anticlea, que empieza a descomponerse con aquella ola de calor) y de las entrañas de los otros dos. Hay uno que propone deshacerse de ellos abriendo un instante la puerta y tirándolos. Ulises se exaspera. ¿Cómo se les puede acudir una idea así? ¿Cómo podrían tirarlos fuera sin despertar las sospechas de los troyanos? Dejar los pies del caballo tres cadáveres (dos de ellos reducidos sólo a un montón de huesos y vísceras) sería descubrir claramente la trampa. Otro sugiere que podrían deshacerse de ellos de noche: bajarlos por la escalera y tirarlos al mar. Otro opina que lo más grave no es convivir con el hedor de los cadáveres y de las heces, sino la incertidumbre del futuro. Todos estos días, las naves aqueas habrán ido enviando exploradores para ver si el caballo de madera, tal como habían previsto, era ya dentro Troya. No aguantarán muchos días más escondidas antes de dar la argucia por fracasada y volver a casa, aceptando definitivamente la derrota. Eso si no lo han hecho ya. Ulises se lanza encima, pero ni él tiene ya fuerzas y, incapaces de pelearse con un mínimo de energía, caen ambos sobre los demás guerreros, que se hacen a un lado, cada vez más delgados y sin ánimo. Los hay que yacen tan inmóviles que se hace difícil saber si aún están vivos. El mismo Ulises se siente desfallecer, pero no se lo puede permitir. Los troyanos, repite cada vez con menos convencimiento, saldrán en cualquier momento y se llevarán el caballo. Sólo es cuestión de esperar. Cuando esto suceda, ellos (los mejores guerreros, escogidos entre la flor y nata de la juventud aquea) esperarán que llegue la noche, saldrán cuando todo el mundo duerma, saquearán la ciudad y n'abatran las puertas. Por las rendijas entre los tablones, observa con avidez las murallas de la ciudad; y se tapa los oídos para no oír los gemidos agónicos de sus guerreros.

    QUIM MONZÓ.
Guadalajara. 
Incluido en Ochenta y seis cuentos.
Traducido por Javier Cercas.
Anagrama

viernes, 17 de julio de 2026

"Tengo el país que me merezco"


 TENGO EL PAÍS QUE ME MEREZCO

España es un país con tres millones
de parados perpetuos, sin remedio.

Y cuarenta y cinco millones
de seleccionadores que se creen
que saben de todo y apenas les llega
para gritar cuando sale en la tele un abuelo
que, antes de dejarse morir cansado,
pudo cambiar nuestra historia.

Y fue linchado por fariseos sin vergüenza
que le crucificaban cada noche en tertulias radiofónicas.
Padre, perdona a tus hijos de puta.

España son las piernas de Churruca amputadas,
colgando como jamones en Trafalgar Square.

España fueron todas las madres que suplicaban
que no hablaras de política y todos los padres
que lo hacían susurrando. España es el aguante
de cuatro décadas de Franco, Franco, Franco,
gracias a la Iglesia, el seiscientos y la tele.

Imagínate España sin vino.
Imagínate España sin drogas.
Imagínate España sin telebasura.
Imagínate la telebasura sin vino.
Imagínate la tele sin drogas.

España son sus contemporáneos
jodiéndole a Galdós el Premio Nobel.
España es el país que hace chistes malos
sobre rumanos, gitanos, negros y moros
y se escandaliza de que no nos reciban
con alfombra roja en Europa. España
es el gañán que llama maricones a Cernuda,
y a Jaime Gil de Biedma. España
es Dalí berreando un ole sin tilde
al enterarse de la muerte de Lorca.

Luis murió por los pecados de alguien
pero no por los vuestros.

No sé por dónde iba. Acabo:
mi patria son mis alumnos y las pecas de mi novia.

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA.
Víctor Peña Dacosta.
RIL Editores, 2019

jueves, 16 de julio de 2026

Algunos poemas de ORDEN DE ALEJAMIENTO (Jesús Beades)



BIPOLAR

era la más hermosa de las voces
la más odiosa cuando discutíamos

era el tacto la piel y la caricia
infinito desdén y gesto duro

era entregada siempre y servicial
y crueldad distante impredecible

era el sol la mañana la alegría
una casa sin puertas ni ventanas

era como el futuro sonriéndome
pero presente muerto y ya pasado

era una playa abierta hacia la vida
y un naufragio voraz de negra nada

era música y fiesta y días plenos
y un laberinto de palabras sordas

me alegro de no verla nunca más
maldigo mi fortuna por no verla


RESUCITA
yo te gustaba mucho me encontrabas
divertido ingenioso inteligente culto
generoso buen tipo
el hombre más sensual de la ciudad
solo yo te podía leer como por dentro
y sabía encontrar cada secreto oculto
de tu cuerpo y tu mente

yo te gustaba tanto pero un día
era ya un egoísta un manipulador
un monstruo y un enfermo una mala persona
la ruina de tu vida y de todas tus cosas
no sé cómo volver de un viaje tan raro
no me encuentro después de esta montaña rusa
necesito que alguien me mire y que me diga
no escuches esa voz
descansa en el olvido y después resucita



MITAD
una ruptura así destroza el mundo
abre una zanja inmesa que separa la vida
en dos mitades siempre tiritando de frío
incompletas enfermas buscando su otra parte
gimiendo como heridas en la sombra
sin entender qué ocurre
el mundo está ya sordo de un oído
está ciego de un ojo
y medio corazón bombea extraño
se ha muerto la mitad del universo
y la mitad que queda no logro que me guste



BORRAR
si ahora me ofrecieran borrar todo
no haberte ni siquiera conocido
volver al punto cero de esta historia
antes del coqueteo y de la magia
limpiarte para siempre de mi mente
una escritura nueva de estos años
estoy seguro de que contestaría
exactamente igual que harías tú

PREGUNTAS
¿se puede regresar del infierno a la vida
de tando desamor y tanto daño
de hacerse mucha mal de algo tan roto?
¿hay un resquicio mínimo de luz
un átomo de tierra suficiente
donde el amor pudiera
comenzar otra vez con inocencia
ya perdonados y con vida nueva?
¿podríamos volver después de todo?
la respuesta es que no
pero consuela un poco preguntárselo

JUNTOS
no puedes deshacer tu camino en mi cuerpo
no puedes desbeberme ni borrar
el relámpago blanco de mi cuerpo en tu boca
el mordisco voraz sobre mi piel
desgemir en mis sábanas
desdecir los te quiero vida mía
moriría por ti tú lo eres todo
desandar tus pisadas en mi casa
cuando estés más allá y en otros brazos
y apartes mi recuerdo con un gesto
de asco no lo olvides
siempre estaremos juntos
aunque nada de esto me consuele




BEBÉ
nuestro amor fue un espasmo en el vacío
muerto de oscuridad o demasiada luz
una espalda partida de dolor y de éxtasis
un gusano sin aire que se ahoga en el fango
una piedra preciosa que mata a quien la mira
un mendigo muy joven que se muere de frío
un bebé que asfixiamos por desesperación
míralo 
ahí quieto y azul
bajo una luz quirúrgica
lo estoy mirando ahora y se me caen
lentas lágrimas dulces
dejad que llore ahora por favor
por este amor que tuvo su belleza
que tuvo su verdad y tuvo su vida
que latía y murió
entre insultos mentiras y amenazas
entre amenazas insulturas y mentiras


DECORADO
a veces pienso en ti
desnuda ante los ojos de una gran muchedumbre
desprovista de trucos y artificios
de estúpidas sonrisas para la galería
privada de las joyas tan falsas que relucen
y todo al descubierto la mentira y el humo
la máscara de yeso maquillado
que construyes en busca del aplauso
de gente a la que no importas nada
aunque fuera un segundo
un mínimo segundo de total transparencia
que echara abajo todo el decorado
y se prendiera fuego y empezaras
a ser alguien de nuevo

PAZ
a ti que has intentado destruirme
por despecho venganza o desesperación
que quieres verme hundido
destrozarme del todo y quedar por encima
bailar sobre mi ruina mientras ríes
con risa falsa que congela el viento
por no poder tenerme a tu manera
tú que fuiste adorada por mis labios
por mis dedos mis ojos y todas mis palabras
y te has vuelto mortífera y cruel
ensuciando mi nombre por elmundo
a ti yo te deseo
que encuentres paz y luz y que dios te perdone
porque yo desde luego te perdono
como solo perdonan los que han amado mucho

miércoles, 15 de julio de 2026

VOLVEREMOS

VOLVEREMOS


Volveremos a ganar el Mundial, hijo mío.

Volveremos algún día a ser los mejores.

Si no esta vez será la próxima 

pero ganaremos de nuevo

y sentirás tú también está euforia.


No puedo prometerte futuro alguno.

Se lo prometí a tu madre y fue mentira.


De hecho tu porvenir pinta negro

y no sé qué hacer para remediarlo.

Posiblemente vivas entre guerras,

crisis, conflictos internacionales…

Algunos hablan de petrocalipsis,

agoreros advierten de un colapso…


No sé si un día tendrás una casa

a la que llamar hogar como 

aquella que destruyó tu padre…

No sé si tu vejez será tranquila.

Si las distopías se harán carne.


No sé nada porque no soy muy listo

y porque el futuro es un poso

indescifrable. Pero algo sé, te lo prometo:

volveremos a ganar el Mundial un día:

seremos otra vez los mejores.


Como cuando tu madre y yo estábamos 

juntos. Como aquella vez que tuvimos

el porvenir entero por delante. 


Volveremos algún día, te lo juro.

Será todo algún día como entonces.

viernes, 10 de julio de 2026

Lo mejor de EL PROCESO (Franz Kafka)



Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo. (...)

—Quiero ver a la señora Grubach —dijo K, hizo un movimiento corno si quisiera desasirse de los dos hombres, que, sin embargo, estaban situados lejos de él, y se dispuso a irse. 
—No —dijo el hombre de la ventana, arrojó el libro sobre una mesita y se levantó. No puede irse, usted está detenido. 
—Así parece —dijo K—. ¿Y por qué? preguntó a continuación. 
—No estamos autorizados a decírselo. Regrese a su habitación y espere allí. El proceso se acaba de iniciar y usted conocerá todo en el momento oportuno. Me excedo en mis funciones cuando le hablo con tanta amabilidad. Pero espero que no me oiga nadie excepto Franz, y él también se ha comportado amablemente con usted, infringiendo todos los reglamentos. Si sigue teniendo tanta suerte como la que ha tenido con el nombramiento de sus vigilantes, entonces puede ser optimista. 
K se quiso sentar, pero ahora comprobó que en toda la habitación no había ni un solo sitio en el que tomar asiento, excepto el sillón junto a la ventana. Ya verá que todo lo que le hemos dicho es verdad dijo Franz, que se acercó con el otro hombre hasta donde estaba K. El compañero de Franz le superaba en altura y le dio unas palmadas en el hombro. Ambos examinaron la camisa del pijama de K y dijeron que se pusiera otra peor, que ellos guardarían ésa, así como el resto de su ropa, y que si el asunto resultaba bien, entonces le devolverían lo que habían tomado. 
—Es mejor que nos entregue todo a nosotros en vez de al depósito — dijeron—, pues en el depósito desaparecen cosas con frecuencia y, además, transcurrido cierto plazo, se vende todo, sin tener en consideración si el proceso ha terminado o no. ¡Y hay que ver lo que duran los procesos en los últimos tiempos! (...)

K apenas prestaba atención a todas esas aclaraciones. Por ahora no le interesaba el derecho de disposición sobre sus bienes, consideraba más importante obtener claridad en lo referente a su situación. Pero en presencia de aquella gente no podía reflexionar bien, uno de los vigilantes —podía tratarse, en efecto, de vigilantes—, que no paraba de hablar por encima de él con sus colegas, le propinó una serie de golpes amistosos con el estómago; no obstante, cuando alzó la vista contempló una nariz torcida y un rostro huesudo y seco que no armonizaba con un cuerpo tan grueso. ¿Qué hombres eran ésos? ¿De qué hablaban? ¿A qué organismo pertenecían? K vivía en un Estado de Derecho, en todas partes reinaba la paz, todas las leyes permanecían en vigor, ¿quién osaba entonces atropellarle en su habitación? Siempre intentaba tomarlo todo a la ligera, creer en lo peor sólo cuando lo peor ya había sucedido, no tomar ninguna previsión para el futuro, ni siquiera cuando existía una amenaza considerable. Aquí, sin embargo, no le parecía lo correcto. Ciertamente, todo se podía considerar una broma, si bien una broma grosera, que sus colegas del banco le gastaban por motivos desconocidos, o tal vez porque precisamente ese día cumplía treinta años. Era muy posible, a lo mejor sólo necesitaba reírse ante los rostros de los vigilantes para que ellos rieran con él, quizá fueran los mozos de cuerda de la esquina, su apariencia era similar, no obstante, desde la primera mirada que le había dirigido el vigilante Franz, había decidido no renunciar a la más pequeña ventaja que pudiera poseer contra esa gente. Por lo demás, K no infravaloraba el peligro de que más tarde se dijera que no aguantaba ninguna broma. Se acordó sin que fuera su costumbre aprender de la experiencia de un caso insignificante, en el que, a diferencia de sus amigos, se comportó, plenamente consciente, con imprudencia, sin cuidarse de las consecuencias, y fue castigado con el resultado. Eso no debía volver a ocurrir, al menos no esta vez; si era una comedia, seguiría el juego. Aún estaba en libertad. (...)

K incurrió sin quererlo en un intercambio de miradas con Franz, pero agitó sus papeles y dijo: Aquí están mis documentos de identidad. 
—¿Y qué nos importan a nosotros? —gritó ahora el vigilante más alto—. Se está comportando como un niño. ¿Qué quiere usted? ¿Acaso pretende al hablar con nosotros sobre documentos de identidad y sobre órdenes de detención que su maldito proceso acabe pronto? Somos empleados subalternos, apenas comprendemos algo sobre papeles de identidad, no tenemos nada que ver con su asunto, excepto nuestra tarea de vigilarle diez horas todos los días, y por eso nos pagan. Eso es todo lo que somos. No obstante, somos capaces de comprender que las instancias superiores, a cuyo servicio estamos, antes de disponer una detención como ésta se han informado a fondo sobre los motivos de la detención y sobre la persona del detenido. No hay ningún error. El organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y sólo conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde puede cometerse aquí un error? (...)

—No conozco esa ley —dijo K. 4
—Pues peor para usted —dijo el vigilante. 
—Sólo existe en sus cabezas —dijo K, que quería penetrar en los pensamientos de los vigilantes, de algún modo inclinarlos a su favor o ir ganando terreno. Pero el vigilante se limitó a decir: 
—Ya sentirá sus efectos. Franz se inmiscuyó en la conversación y dijo: 
—Mira, Willem, admite que no conoce la ley y, al mismo tiempo, afirma que es inocente. 
—Tienes razón, pero no se puede conseguir que comprenda nada —dijo el otro.

jueves, 9 de julio de 2026

Algunos poemas de CÓDIGO POSTAL DEL CAOS (José García Alonso)




UN PASILLO QUE SE ALARGA
Un ventanal que se dedica a cultivar la luz.
Un balcón abierto al río. Una puerta
abierta a un pasillo que se alarga
para desembocar en el exilio
olvidado y extraño de las cosas
que un día quise y me quisieron.

LA VIEJA ESTANTERÍA
La vieja estantería y sus libros
dormidos allí: Pizarnik, Plath, Sexton.
Los recuerdos posados en sus baldas:
una brújula, una armónica, cerámica,
tarjetas de crédito caducadas.
Leo todas esas palabras esdrújulas
y su música me inquieta me distancia
de los objetos que nombran;
siento que su acento los asusta.

No deberíamos olvidar que
existe un silencio de las cosas,
existe un silencio de los lugares,
existe compasión en las palabras
que regresan al hogar para nombrarlo.


UN CUERPO QUE SE BUSCA
Habitar un espacio para la disonancia,
un cuerpo sin itinerario,
un cuerpo réplica de la sombra
de otro cuerpo. Aprender
que el tránsito es la espera.

Combatir contra uno mismo
y no encontrarse;
saber
que nunca tendrás las espaldas cubiertas.

LA CUENTA
Aplícame este verso de Vallejo:
Haga la cuenta de mi vida.

Un ataque de ansiedad.
Dos personalidades.
Siete veces ingresado.
Tres veces fugado.
Siete pastillas cada día.
Dos intentos de suicidio.
Tres días que no supe que existieran.
Siete veces siete fui llanto
y más de un millón de veces he temblado.

Vivir 
en el perímetro de los números
que se escriben en letra y tuercen
y lastiman la voluntad de las extremidades.

Ahora puedes hacer la cuenta de mi vida.
Calcula si sabes. Calcula
si puedes.

CÓDIGO POSTAL DEL CAOS.
José García Alonso.
Paralelo Sur Ediciones, 2025

martes, 7 de julio de 2026

Lo mejor de "DICKENS Y PRINCE: un tipo de genio muy particular" (NICK HORNBY)



Solía oírse por ahí algo que era como un meme de antes de que existieran los memes, que señalaba las extrañas similitudes existentes entre Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy. Ambos fueron elegidos para el Congreso en un año 46 y se convirtieron en presidentes en un año 60. Ambos recibieron un disparo en la cabeza un viernes. Ambos perdieron a un hijo mientras residían en la Casa Blanca. A ambos les sucedieron unos demócratas sureños llamados Johnson. Ambos fueron asesinados por hombres con tres nombres, cada uno compuesto por quince letras. Y así sucesivamente. (...)

En 2020, el álbum de Prince Sign o’ the Times (1987) se reeditó en una caja conmemorativa. Normalmente, la reedición de un álbum icónico incluye algún extra que la discográfica haya podido conseguir: algunos temas en directo, algunas maquetas de las canciones del disco, tal vez una o dos canciones descartadas... Sign o’ the Times, en cambio, incluía sesenta y tres temas que no estaban en el álbum original. ¡Sesenta y tres! Casi cuatro veces las del original, tres más que las que lanzó Jimi Hendrix en toda su vida, dos más que las que grabaron los Eagles en el siglo XX... Y todo ese material se produjo más o menos en las mismas fechas (aunque no todo estaba pensado para el mismo disco, pero ya llegaremos a eso). La página de fans PrinceVault tiene 102 entradas en la categoría «Canciones grabadas durante 1986». Y justo estamos descubriendo que 1986 ni siquiera fue un año atípico para él. Cuando leí lo de la caja, pensé: ¿Quién más había producido tanto? ¿Quién más había trabajado así? Se suponía que era una pregunta retórica, pero luego caí en la cuenta de que había una respuesta: Dickens. Fue Dickens. Dickens trabajó así. (...)

Prince y Dickens son dos entre muchos, pero quizá ocupen un lugar un poco más destacado que el resto. Si alguien más ha creado una obra tan asombrosamente enorme, será alguien a quien yo, desde luego, no tengo fichado. Puede que algún lector esté gritando: ¡Wagner! ¡Picasso! Si eres uno de esos lectores, tendrás que escribir tu propio libro. Yo no leí a Dickens hasta que fui a la universidad, y estoy agradecido a ese golpe de suerte del programa de estudios de mediados de los setenta. Si me hubieran obligado a estudiarlo en el colegio, su grandeza me habría pasado por alto, como le ha ocurrido a muchas personas que conozco que se resisten a él, casi siempre porque se vieron obligados a leerlo de adolescentes. «Debía de tener unos nueve años cuando leí David Copperfield», dijo George Orwell en un ensayo de En el vientre de la ballena. «El ambiente mental de los primeros capítulos me resultó tan familiar e inteligible que pensé vagamente que los había escrito un niño.» Bien, pues esos días han pasado, George. Ya habían pasado cuando yo estaba en el colegio, y en un futuro próximo tampoco habrá ya muchos niños de nueve años que lean David Copperfield. (Y si eres padre de un niño que está haciendo justo eso ahora mismo, por favor, detenlo. Matará todo futuro disfrute que pueda obtener de esas novelas extraordinarias. Y, además, eres un padre horrible.) Cuando Orwell tenía nueve años, David Copperfield llevaba ya publicada unos sesenta. La relación temporal de Orwell con la novela era la misma que la nuestra con Matar un ruiseñor (publicada en 1960), otro de los libros que nos enseñan un montón de cosas sobre la infancia, o al menos sobre una forma de infancia. (...)

... que a alguien (inteligente tipo Orwell) pueda cautivarle la historia de Scout Finch es algo bastante factible, aunque, por supuesto, la relación entre los jóvenes y los libros ha cambiado profundamente desde la infancia de Orwell, y desde la mía, y desde la infancia de cualquiera que haya crecido en la era pre-iPad. Yo leía en todas partes: en viajes en coche interminables, y en trenes, y en salas de espera de dentistas, y en tardes lluviosas de domingo, más que nada porque me aburría como una ostra. No sería lector sin ese atroz aburrimiento interminable, sin fútbol en la televisión y con todas las tiendas cerradas, que me condujo primero a la biblioteca del barrio y después a las librerías, ninguna de las cuales abría los domingos, por supuesto. Mis hijos más pequeños, ambos nacidos en el siglo XXI, nunca se han encontrado con ese tipo de estupor que podría llevarles a ver la literatura como una escapatoria, y, aunque eso me da pena, también me alegro por ellos. Una parte de mí querría no haber estado nunca tan aburrido como para pasarme media vida con la cabeza hundida en un libro. Incluso así, desesperado como estaba, a Dickens le veía un tufillo a esos dramas de época tan correctos que da la BBC a media tarde, y eso hacía que me mantuviera bien alejado de él. Tenía veinte o veintiún años cuando leí Casa desolada. Ya era lo bastante mayor. Había leído a E. M. Forster en el colegio, y a Vonnegut y a Nathanael West y a Chandler en casa, y la lectura de Dickens, según recuerdo, me llegó poco después de que nosotros –o mis compañeros de clase, en realidad, porque yo no prestaba demasiada atención a estas cosas– hubiéramos andado lidiando con el poeta Gawain y con Pedro el labriego y probablemente algunas cosas más que, para mi yo más joven y amante de los Clash, eran indigestas nivel maniobra de Heimlich. Y recuerdo dos cosas: la primera es que era divertido, y que los juegos de palabras y la imaginación humorística de Dickens fueron una auténtica sorpresa. Hacer reír a la gente –caí en la cuenta, incrédulo– era importante para él. ¿Quién lo sabía? Yo no. La primera vez que me reí fue en el capítulo ocho, cuando Esther Summerson va a visitar a los pobres del pueblo con la benefactora señora Pardiggle. Se invitan a sí mismas a entrar en la casa del ladrillero local; es una de esas chozas de «miserable y repugnante apariencia», un verdadero shock para Esther; hay «pocilgas junto a las ventanas rotas», «junto al fuego [...] un niño de pecho», una chica haciendo algún tipo de limpieza con agua sucia, y el albañil en el suelo, cubierto de mugre, fumando en pipa. Hasta aquí, todo muy Dickens, o el Dickens que yo había imaginado antes de empezar a leerle, capaz de describir la pobreza con rabia y solidaridad. Pero lo que viene a continuación es un tour de force bárbaramente cómico en el que el albañil anticipa las preguntas y escupe las respuestas de la benefactora: «Querrá usted saber si he leído el librito que nos dejó usted. No, no leo el librito que nos trajo porque no sé leer, pero, aunque supiese, no lo leería porque no es para mí. Es un libro para niños, y yo no soy ningún niño. (...)
Los libros, a mi juicio, y por regla general, no eran divertidos. Mi experiencia del humor literario hasta entonces quedaba bien representada por uno de los sketches de Rowan Atkinson de aquella época, en el que interpretaba a un profesor estirado que reprendía a su alumno con un: «¡Basta de risitas, Babcock! No tiene gracia. Antonio y Cleopatra no es una obra divertida. Si Shakespeare hubiera querido que lo fuera, habría metido algún chiste. Pero no hay ninguno [...]. ¿En qué obra de Shakespeare hay algún chiste? ¿Nadie? ¡En La comedia de los errores, por el amor de Dios! En La comedia de los errores hay un chiste sobre dos personas que se parecen mucho. Y sale dos veces». Para mí eso era el resumen perfecto del humor literario: dos personas se parecían, y se suponía que teníamos que reírnos. Morecambe y Wise me hacían reír, y Taxi, y Hotel Fawlty, y mis amigos, pero los libros no. Ese pasaje, sin embargo, me hacía reír a carcajadas, y parecía a la vanguardia de la comedia. No era una comedia amable y comercial; era tan cruel como Hotel Fawlty o los Monty Python, y sin embargo, a través de la señora Pardiggle y la señora Jellyby retrataba con agudeza a un tipo de persona que seguimos encontrando hoy en día. Siempre hemos estado rodeados de gente tan comprometida con hacer el bien que se vuelve burda, paternalista e insensible. Todos conocemos a gente tan comprometida con los grandes problemas del mundo que ha descuidado a su propia familia, como hace la señora Jellyby. Y lo segundo que he recordado durante mi exposición inicial, justo cuando estaba cayendo en la cuenta de que podía haber entendido mal a Dickens, es que hubo un momento increíble en el que sentí que la narración empezaba a moverse como un petrolero gigante. El libro era tan monumental que ni siquiera se me había ocurrido que pudiera moverse. Pensé que me limitaría a caminar ocioso por sus páginas hasta que llegara el momento de escribir un trabajo sobre él. Ni siquiera estaba seguro de poder terminarlo; mis tres años de universidad estaban llenos de naufragios como ese. Pero, una vez que empezó a moverse, supe que iba a llevarme adonde él quisiera ir, y que yo no podría ni detenerlo ni desembarcar. Me había convertido en un fan de Dickens. (...)


Como mucha gente que escuchaba rhythm & blues norteamericano de la época (años setenta y ochenta), conocí a Prince con su primer éxito, «I Wanna Be Your Lover». Si ya te gustaban los Isley Brothers y Chic y Sly Stone, solo tenías que escuchar los extáticamente saltarines primeros segundos. Era el primer tema del álbum Prince, que parecía una introducción pero no lo era; había sacado ya un primer álbum, For You, que no tuvo ningún éxito. Al escribir esto veo que descubrí a Prince y a Dickens en los mismos dieciocho meses, pero por supuesto no lo siento así hoy, como tampoco lo sentí así entonces. Prince era un músico nuevo, más o menos contemporáneo y aún no muy conocido, y a finales de los setenta yo descubría a alguien así cada dos semanas. Dickens, en cambio, formaba parte del tejido de la vida británica. Tenía su propio adjetivo, y sus personajes habían entrado ya en el lenguaje cotidiano. Así que, aunque Prince y Dickens pasaron a formar parte de Mi Gente durante el mismo período de mi vida, en realidad no sabía que iba a tener Gente –en el sentido de que ignoraba que los artistas que me gustaban iban a ser utilizados como ingredientes para mi propio trabajo–, y sin duda no habría sabido cómo poner a un cantante de R&B de veintiún años de Mineápolis al lado de un escritor de ciento sesenta y siete años de Portsmouth. Sea como fuere, después de ese álbum le perdí la pista a Prince durante un tiempo. No pensé que un disco titulado Dirty Mind me fuera a interesar. Empecé a sospechar que Prince quizá tenía un solo chiste, y que ese chiste era el rollo del sexo: un ardid, un señuelo, una treta, un truco sucio del mundo del espectáculo, en una época en que yo valoraba la autenticidad, fuera lo que fuera lo que eso significara. Me equivoqué, por supuesto. El sexo era auténtico, una parte de él que lo recorría como si lo llevara escrito a lo largo de una barra de caramelo;* pero, con el paso de las décadas, amar a Prince significó tener que ignorar algunas letras sombríamente lascivas. (Antes de morir, dijo a un entrevistador –al menos a uno– que era célibe, hecho posiblemente relacionado con su condición de testigo de Jehová, pero sospecho que no es así como acabaremos recordándolo.) Así que le perdí de vista hasta 1999, y concretamente hasta «Little Red Corvette». 


«Little Red Corvette» sigue pidiéndonos que imaginemos a un sujeto amoroso que guarda condones usados en el bolsillo, sin que parezca darse cuenta de que, para muchos de nosotros, un descubrimiento como ese nos llevaría a una retirada pronta para pasar la noche a solas tras una ducha larga y nerviosa, en lugar de a varias horas de éxtasis erótico. Pero la canción es magnífica: una interpretación deslumbrante, ganchos irresistibles y brillantes metáforas continuadas que logran capturar tanto la excitación de la aventura de una noche como sus peligros, todo ello sostenido por su backbeat sesentero bañado en sintetizadores posdisco. Me encantó el álbum Purple Rain y fui a ver la película el día que se estrenó, pero era tan mala, pese a la música y a las interpretaciones hipnóticas (¿has intentado verla desde 1984, ahora que esas maravillosas canciones ya no son desconocidas?) que aún no se ganó un sitio vip en mi cerebro. Y entonces, una noche de agosto de 1986, vi a Prince en directo por primera vez, y fue sensacional. La iconografía y el sonido rock que lo habían convertido en una superestrella mundial habían desaparecido. Era como un concierto de James Brown: una canción empalmaba con la siguiente, y la gran banda –bailarines masculinos, una sección de viento– coordinada hasta rozar la perfección. Y luego estaba Prince. Prince, el gran cantante de soul con su profundo gruñido y su penetrante falsete. Prince, el bailarín magnético. Prince, el mejor guitarrista del mundo. Al año siguiente, Sign o’ the Times, su mejor álbum, vio la luz, y a partir de ahí todo fue cuesta abajo. Vi un par de conciertos más, pero la siguiente vez –en la gira Lovesexy, como ya deberíamos haber adivinado por el título...– había coches y camas en el escenario, y ni por asomo toda la música que yo habría deseado, y que me había ofrecido aquella primera vez. Pero con el paso de los años se hizo evidente que Prince era un tipo de genio muy particular. No podía dejar de escribir, de grabar, de tocar. No podía frenar su creatividad. (...)

Lo cierto es que no hay muchos artistas sin interruptor de apagado, y no creo que los haya entre Mi Gente, aparte de Prince y Dickens. ¿Qué podemos aprender al observar a dos artistas, ambos sui generis (tal vez por eso el emparejamiento no resulte tan extraño), que tenían, literalmente, más talento del que les correspondía por justicia? ¿Qué hicieron con él? ¿Los dañó de alguna forma, ya fuera en lo personal o en lo profesional? ¿Hay alguna forma de saber de dónde les venía? ¿Acabó matándolos? (...)

Como puede verse, no he tenido que rascar mucho para encontrar nombres. James Dean, Monroe, Elvis, Hendrix... Se podían comprar pósters de todos ellos en cualquier tienda de música y decoración (en la época en que aún existían cosas así). Warhol hizo litografías de algunos de ellos. Una educación privada puede garantizarte una plaza en la universidad, una cátedra, un trabajo en un bufete de abogados o un banco, un asiento en el consejo de administración de una gran empresa o una carrera política. Lo que por lo visto no puede garantizarte es el estrellato en el campo de las artes populares. Y esta es una de las muchas razones por las que me encantan las artes populares. Uno podría pasarse toda su vida cultural observando, leyendo y escuchando a gente que creció sin tener acceso a muchas cosas y esa vida cultural sería rica y plena (ciertamente más rica y plena que la de alguien que, por una razón u otra, solo quisiera consumir cosas producidas por los nacidos en familias pudientes). (...)



Es difícil decir cuál de los dos, Prince o Dickens, tuvo una infancia más traumática, sobre todo si tenemos en cuenta lo reservado que se mostraba Prince sobre su vida previa a la fama. El trauma de Dickens fue profundo, sin duda, pero llegó de golpe, y el peor período fue notoriamente breve. La mayoría de los niños que sufren una pobreza extrema siguen siendo pobres, pero el periplo financiero de la familia Dickens fue bronco y accidentado. John Dickens ganaba un sueldo decente, pero era tan incompetente gestionando su dinero que sus deudas lo acabaron poniendo contra las cuerdas, momento en que el lento descenso de los Dickens a través del escalafón de clases victoriano acabó precipitándose. (...)

Lo más justo sería decir que ninguno de los dos lo tuvo fácil, especialmente en la adolescencia. No sería desacertado describir ambas juventudes como dickensianas, y podría utilizarse el mismo adjetivo para describir las infancias de muchos de los iconos mencionados antes. Muy pocos de ellos fueron pobres como lo fue Dolly Parton: una chabola de una sola habitación, once hermanos y los dos padres. La pobreza de Marilyn, James Dean (otro claro miembro del club del nombre y el apellido), Hendrix o Chaplin fue acompañada de catástrofes: abandono o muerte de los progenitores, violencia, maltrato. Varios de estos iconos del siglo XX fueron criados, en algún momento de su infancia, por personas que no eran sus padres. Son cosas que suelen pasarle más a los pobres, y que reducen todavía más sus probabilidades de alcanzar logros extraordinarios. Así pues, ¿qué hicisteis con vuestras catástrofes, Prince y Dickens? Cuando Prince aún vivía en casa, tenía acceso al piano que su padre –pianista profesional– había dejado. (...)



Prince era tan buen batería, teclista y bajista como cualquiera de los que empleó a lo largo de su vida, y un guitarrista superlativo. Su nombre fue el único que aparecía en los créditos de For You, su primer álbum. Todos los temas los escribió, produjo, cantó y tocó él, y solo él: cada canción, cada instrumento, cada coro. Tenía veinte años, y es difícil imaginar que su etapa de morador de sótanos no tuviera nada que ver con semejante demostración de virtuosismo. (...)

El talento –según el psicólogo Dean Keith Simonton– hay que «entenderlo como un conjunto de características personales que acelera la adquisición de habilidad». Parece evidente que, pasara lo que pasase, Dickens iba a ser escritor, y Prince, músico. El «conjunto de características personales» –el poder de observación y de imitación de Dickens; el hambre de música de Prince y su aptitud para tocar cualquier instrumento que pudiera caer en sus manos– estaba ahí desde una edad temprana, y solo podía desembocar en esos resultados. Pero el tipo de talento que tenían estaba claramente moldeado por sus singulares experiencias en aquellos años de formación, y más o menos en el momento en que dejaron de ser adolescentes, ambos se encendieron e iluminaron el mundo. (...)

No perdían el tiempo. Antes de cumplir treinta años, Prince había escrito «I Feel For You», «Controversy», «1999», «Little Red Corvette», «Let’s Go Crazy», «Purple Rain», «When Doves Cry», «Raspberry Beret», «Pop Life», «Girls & Boys», «Kiss», «Sign o’ the Times» y «Alphabet Street». Entre su vigésimo cuarto y su vigésimo noveno cumpleaños hubo una sucesión de cinco álbumes (1999, Purple Rain, Around the World in a Day, Parade y Sign o’ the Times) que está a la altura de cualquier racha creativa triunfal de la historia de la música popular. (...)



Ahora bien, cuidado. Sí, era muy joven cuando empezó, pero también lo eran todos en ese mundillo. La música pop –incluso la gran música pop– la hace la gente joven, y lo más potente suele llegar al principio de la carrera. Hay muchos músicos que han hecho grandes álbumes mucho después de su impacto inicial –Dylan, sin duda, y unos cuantos más–, pero los títulos que perduran (Sgt. Pepper’s, Astral Weeks, Exile on Main St., Blue, Blonde on Blonde, Off the Wall, It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back, Spirit in the Dark, Nevermind, Tapestry, Pet Sounds y compañía) fueron creados por veinteañeros. ¿Tenía Prince algo diferente, entonces? Tal vez. En primer lugar, su racha de cinco grandes álbumes en seis años tuvo lugar cuando los artistas no tenían que hacer lo que habían hecho sus predecesores. Las exigencias del mercado eran otras. Los Beatles lanzaron sus trece álbumes en los siete años comprendidos entre 1963 y 1970 porque eso era lo que esperaba y necesitaba una discográfica a principios y mediados de los sesenta. Michael Jackson, en cambio, el rival más obvio de Prince, publicó solo dos discos, Thriller y Bad, en los años ochenta, mientras que Prince publicó nueve. Y sí, Thriller fue el disco que tuvo más éxito, pero Prince apenas necesitaba el dinero después del de Purple Rain (el álbum) y Purple Rain (la película). (...)



Prince no iba por ahí. Dos de las canciones del primer álbum de Dylan las escribió él mismo. Las demás eran o bien temas tradicionales o bien versiones. Los Beatles escribieron algo más de la mitad de su primer disco. Los Stones escribieron tres de las doce canciones del suyo. Buena parte del tiempo que pasaban en el estudio lo dedicaban a aprender cómo grabar en disco sus actuaciones en directo (los temas que habían estado interpretando desde hacía tiempo). Entretanto, aprendían a componer. En sus conciertos Prince versionaba canciones todo el rato, sobre todo en sus últimos años, pero no incluyó ninguna versión en sus discos hasta 1996, dieciocho años después de su debut, y cuando ya había publicado diecisiete álbumes. Y en los créditos de sus discos no aparece ningún otro músico hasta el tercero, en el que Lisa Coleman hizo los coros en el tema «Head» y Dr. Fink tocó el sintetizador en dos canciones. En veinticuatro de sus veintiséis primeros temas no participó ningún otro músico, pese a que todos ellos estaban pensados para que los interpretara una banda completa. (...)



Se enamoró y, para parecer un mejor partido, procedió a presionar a un tío suyo para que le ayudara a encontrar trabajo como reportero parlamentario (glug). Al final empezó a escribir escenas de la vida londinense en un periódico con el seudónimo de «Boz», y esas escenas, poco a poco, fueron volviéndose ficcionales y empezaron a llamar la atención. Cuando las publicó en un libro, aún con el seudónimo de «Boz», recibieron buenas críticas y se vendieron muy bien. Otro editor que lo admiraba acudió a él para que escribiera unas escenas que acompañarían a una serie de dibujos. Este libro se convirtió en Los papeles póstumos del Club Pickwick, también firmado por «Boz». Los papeles de Pickwick que aparecerían, como sería habitual en Dickens, en entregas mensuales– tuvieron un comienzo azaroso. El primer número solo vendió cuatrocientos ejemplares. Pero entonces Dickens introdujo un nuevo personaje cómico, Sam Weller, un cockney que no tardó en adueñarse del libro, y, de repente, tanto la serialización como Dickens llegaron a lo más alto. Pickwick alcanzó tiradas de cuarenta mil ejemplares al mes, y Dickens se volvió famoso para el resto de su vida. «Los fascículos se vendían por un chelín y pasaban de mano en mano; no era infrecuente ver a los aprendices de los carniceros leyéndolos por la calle», dice Claire Tomalin en su espléndida biografía de Dickens. «Jueces y políticos, la clase media, los ricos, todos compraban, leían y aplaudían los fascículos; el pueblo llano vio que Dickens estaba de su parte y lo adoraron por ello.» El formato económico atrajo a nuevos lectores. El negocio editorial estaba en crisis cuando Dickens empezó a publicar. (...)


Pickwick fue plagiado –varios autores escribieron más aventuras–, y Sam Weller se hizo, por así decirlo, viral, y tuvo su propia secuela: Sam Weller’s Pickwick Jest-Book [El libro de las bromas de Sam Weller de Pickwick]. La cubierta prometía TODAS LAS FRASES GRACIOSAS DE SAM Y SUS COMPAÑEROS, Y MÁS DE MIL CHISTES, JUEGOS DE PALABRAS, EPIGRAMAS, OCURRENCIAS, ETC. Incluso antes de inventar la Navidad, Dickens inventó también –sin querer– «el regalito navideño». Resulta cómico ver los intentos de los editores por reproducir la magia de Pickwick, y lo que lo hace todavía más divertido es que parecen haber aprendido bien poco en los últimos ciento ochenta años. ¿Cuántas nuevas Bridget Jones ha habido? ¿Y cuántos Dientes blancos, y cuántos Perdida? Cada vez que se da un éxito espectacular surgen montones de intentos de imitarlo, aunque hayan sido la frescura y la originalidad de los originales las verdaderas responsables de tales logros. (...)



Un año después de su primer éxito, Prince y Dickens tenían ambos veinticinco, como probablemente el lector ya habrá calculado. Un año después de Pickwick, la gente ya leía Oliver Twist. Un año después de 1999, Prince lanzaba Purple Rain. El álbum, en el momento de escribir estas líneas, tiene treinta y ocho años, y el libro de Dickens ciento ochenta y cinco, lo que equivale –por una extraña coincidencia– a treinta y ocho en años de álbum, que son como años de perro. Incluso aunque este último hecho resultara no ser un hecho en absoluto, son dos obras de arte que han perdurado hasta la fecha. No es posible oír las palabras «Dearly beloved» (Queridos míos) en un contexto cualquiera sin pensar en las palabras «We are gathered here today to get through this thing called life» (Estamos aquí reunidos hoy para abrirnos paso por eso que llamamos vida). Quienquiera que alguna vez haya pedido «más» de cualquier cosa, llegado un punto, ha sido recibido con un rugido de incredulidad burlona. Tanto Purple Rain como Oliver Twist fueron grandes éxitos desde el momento de su aparición, pero no fueron éxitos pasajeros que se desvanecieron cuando el entusiasmo inicial se desinfló: ambos se han vuelto referencias culturales permanentes. Prince, de hecho, parece haber logrado convertir todo un color en marca registrada. (...)

No será un color primario, vale, pero sin duda está entre los diez o quince más importantes. «Purple Rain» fue elegida la mejor canción de los años ochenta por Pitchfork, y una de las quinientas mejores de todos los tiempos por Rolling Stone. «When Doves Cry», del mismo álbum, acabó alcanzando un puesto aún más alto en la lista. La Biblioteca del Congreso incluyó el disco en el National Recording Registry, junto a Coltrane y Dylan y Memphis Minnie y el resto de la mejor música creada desde que el ser humano aprendió a grabar sonido. (...)



Algo que Purple Rain y Oliver Twist tienen en común es que algunos fans acérrimos de Prince y algunos devotos de Dickens no las adoran precisamente. O, mejor dicho, reconocemos su importancia e influencia, su inmensa contribución a la historia de sus creadores, su popularidad, sus innovaciones... pero no suelen estar entre nuestras obras preferidas. «Para alguien que asiste por primera vez a un concierto de Prince, [“Purple Rain”]», dice Matt Thorne en su libro Prince, «[...] es la primera canción que quiere escuchar, y seguramente es la última (junto con “Cream”, “Kiss” y “Let’s Go Crazy”) que un veterano fan quiere oír.» Hablando como alguien que se asombró y entusiasmó al escuchar a Prince interpretando «How Much Is That Doggie in the Window?», sé exactamente a qué se refiere Thorne. Cuando la música pop alcanza cierto nivel de ubicuidad, es difícil que conserve algo de jugo, sentido o misterio. Todos sabemos lo que pensamos de los Beatles, pero escuchamos sus canciones constantemente, sin quererlo, y sé que yo no suelo elegir ponerlas. No mientras haya tantas otras cosas que me encantan y que no han tenido tanta difusión, y tanta música aún por descubrir. ¿Cuántas veces puedes escuchar un tema de tres minutos (ocho, en el caso de «Purple Rain»)? «Purple Rain» es mucho más reciente que «She Loves You» o «Baby Love», pero tiene casi cuarenta años. Al menos, el solo de guitarra de Prince era distinto cada vez que lo tocaba. Sign o’ the Times es –coinciden tanto críticos como muchos fans de Prince– un álbum mejor que Purple Rain, entre otras cosas porque es un álbum doble que contiene canciones que es muy posible que casi hayamos olvidado. (...)



Es cierto que las canciones de Purple Rain le permiten soltarse con la guitarra, y su manera de tocar me maravilla tanto como a cualquiera. («Si Prince se hubiera limitado a tocar la guitarra», dice un amigo, «habría sido el guitarrista más grande de la historia. Pero era Prince.») Sin embargo, no hay música realmente bailable en el disco. No hay ningún «Housequake», ni ningún «Get on the Boat», lo cual es una pena porque me encanta ver bailar a Prince, y gran parte de Purple Rain se lo impide. De hecho, su pomposidad le imposibilita pasarlo realmente bien. No hay ninguna gran balada en el álbum: ninguna «Condition of the Heart» o «Sometimes It Snows in April» o «Slow Love». No hay nada tan atrevido y jubiloso como «Delirious». ¿Y es injusto decir que algunos de los sintetizadores y las baterías suenan muy de los ochenta, esa década olvidada por el gusto musical? Ninguna de esas objeciones puede restar impacto al disco. Ojalá pudiera volver a escuchar «Purple Rain» y «When Doves Cry» por primera vez. Hay algo más que Oliver Twist y Purple Rain tienen en común, además de su perdurabilidad cultural y la juventud de sus creadores: ambas le deben muchísimo al cine. Sin la película Purple Rain es inimaginable que el álbum hubiera tenido el mismo impacto. Y sin el musical Oliver!, de Lionel Bart, y el grandísimo éxito de su adaptación cinematográfica dirigida por Carol Reed, es posible que Oliver Twist no se hubiera convertido en la obra más famosa y representativa del autor, por encima de Grandes esperanzas o David Copperfield. (...)


Thomas Hardy, nacido menos de treinta años después de Dickens y novelista victoriano (fue un poeta del siglo XX, pero todas sus novelas se publicaron antes de la muerte de la reina Victoria), fue hasta Marble Arch para ver una adaptación cinematográfica de Tess de los d’Urberville. Una anécdota literaria que nunca deja de asombrarme. Dickens no llegó a vivir la era del cine, pero por poco. Si hubiera llegado hasta los ochenta y cinco años podría haber visto La muerte de Nancy Sykes, un cortometraje mudo que dramatizaba una escena de Oliver Twist. Y a Dickens se le reconoce el haber ejercido una enorme influencia en los primeros cineastas: Eisenstein –nada menos– escribió un ensayo titulado «Dickens, Griffith y el cine actual», en el que señalaba que D. W. Griffith se limitaba a trasladar los recursos narrativos de Dickens a sus guiones. La innovación de Griffith acabó conociéndose como «montaje paralelo». (...)

Está claro que, si se tiene en cuenta la sabiduría convencional de los siglos XX y XIX sobre cómo escribir ficción, Dickens lo hizo todo mal, en todos los sentidos. «Escribir un libro dedicándole todo el tiempo del día es una tarea que cuesta entre dos y diez años», dice Annie Dillard, de forma inexplicable, en su libro Vivir, escribir. «Creo que quienes escriben a tiempo completo llevan una media de un libro cada cinco años: setenta y tres páginas decentes cada año, la quinta parte de una página al día.» Tenía que conocer a Dickens, a quien esa «quinta parte de una página» le habría supuesto la ruina. Tenía que saber que Kerouac escribió En el camino en tres semanas. Tal vez ni sabía ni le importaba saber que P. G. Wodehouse, uno de los grandes estilistas de la literatura inglesa, escribió noventa libros, cuarenta obras de teatro y doscientos relatos en aproximadamente setenta años. Y la mayoría se siguen leyendo y apreciando hoy día. «Corta hasta que ya no puedas cortar más», dijo un prestigioso novelista en las «Ten rules for writing fiction» [Diez reglas para escribir ficción] de The Guardian. «Relee, reescribe, relee, reescribe. Si aun así no funciona, descártalo», decía otro. «Escribe para mañana, no para hoy», decía un tercero. «Avanza despacio, y con cuidado», añadía un cuarto. Cabe suponer que Dickens, con su apretada agenda, no hizo ninguna de estas cosas. «David Copperfield», escribió David Gates, «es una novela de la que cualquier escritor aún podría aprender, y ante la cual aún tendría que sentirse intimidado. Sería ya bastante intimidante si la hubiera sometido a años de reescrituras, pero no fue así. La escribió tal y como escribía todas sus novelas: sobre la marcha y para su publicación por entregas.» Si sumamos las palabras de Oliver Twist y Nicholas Nickleby, el total asciende a medio millón aproximadamente, lo que equivale a dos Moby Dick, o a las cuatro novelas napolitanas de Elena Ferrante. Dickens empezó a publicar Oliver Twist en febrero de 1837, y la concluyó en abril de 1839. El último episodio de Nicholas Nickleby se publicó en octubre del mismo año. (...)

Algunas de las enseñanzas que se pueden extraer de los asombrosos logros de Dickens resultan antitéticas, como mínimo para los escritores. Deberíamos, como dice Gates, sentirnos intimidados ante ellas, al menos si es a esa clase de logros a lo que aspiramos. (Lo mejor, creo, es llegar a la conclusión de que no vale la pena molestarse, por mucho que te hayan publicado, hayas tenido buenas ventas o hayas ganado premios: no llegarás ahí.) Pero, junto a esa intimidación, hay algo muy liberador en su método de trabajo, porque revienta de inmediato la idea de que existe una forma correcta de hacer las cosas. Si el que posiblemente sea el mejor novelista de la lengua inglesa escribía para hoy y no para mañana, y lo hacía muy deprisa y sin demasiado cuidado, quizá los consejos que dispensan otros escritores no valgan gran cosa. Y quizá es solo cosa mía, pero la fecundidad de su imaginación, su acceso inmediato a ideas narrativas –ideas que le llegaban «listas para la punta de la pluma», como le dijo a un joven escritor–,* palabras, personajes, todo ello bajo la superficie en una reserva aparentemente inagotable de burbujeante creatividad, resulta también refrescante e inspirador. La próxima vez que alguien nos diga que la creatividad es difícil, rara, preciosa, inaccesible, o que hay que tratarla con recelo, recordemos al joven de veinticinco años que fue capaz de escribir dos novelas extensas y brillantes al mismo tiempo. Él era el Inimitable, lo sé, pero contemplar con qué facilidad lo hacía lo relaja a uno. Dickens no era un perfeccionista. No tenía tiempo. (...)

Es difícil saber qué pasa con los escritores que desaparecen diez o quince años entre libro y libro, o que no vuelven a escribir después de un éxito notable. Al parecer, Salinger escribió un montón de novelas después de El guardián entre el centeno, pero no publicó nada tras el relato que apareció en el New Yorker en 1965, cuando tenía cuarenta y seis años: probablemente se asustó de su enorme éxito. El fascinante libro de Casey Cep Horas cruentas describe cómo después de Matar un ruiseñor Harper Lee quiso escribir una historia de crímenes reales –similar a A sangre fría, de su amigo Truman Capote–, pero no consiguió nada, ni en ese ni en ningún otro intento. Harold Brodkey tardó veintisiete años en terminar El alma fugitiva, que alcanzó un estatus casi mítico cuando se publicó en 1991. «El alma fugitiva es sin duda el último libro del que uno querría decir esto, pero le habría venido bien una reescritura», fue el veredicto del crítico de Newsweek. En el momento de escribir esto, el libro está descatalogado. ¿Eran Brodkey, Lee y Salinger perfeccionistas? Si es que sí, no les valió de mucho. (...)

Dickens no era, al parecer, un hombre falto de confianza en sí mismo, pero hay cierta humildad en el hecho de seguir sacando libros como churros. Es la marca del escritor que se ve a sí mismo como un entretenedor, con un deber para con su público, y como el sostén económico de una joven familia que no paraba de crecer. (Su décimo hijo nació en 1852, cuando él tenía cuarenta años.) Esto no es muy diferente de la forma en que se veía a sí mismo el otro insigne escritor de la historia de Inglaterra. En 1599, Shakespeare escribió Enrique V, Julio César y Como gustéis. Ah, y Hamlet. En el siglo XX o XXI, la escritura de cualquiera de esas obras podría haber dado lugar a grandes dosis de dudas e inseguridades. «Dios, ¿qué diablos puedo escribir después de Hamlet?» Pero Shakespeare tenía una compañía teatral que mantener. Los actores de los Lord Chamberlain’s Men necesitaban contenido –mucho más que la quinta parte de una página al día–, y Shakespeare tenía que dárselo. Solo un necio argüiría que la gran literatura solo puede crearse deprisa, y por necesidad económica. Pero el argumento contrario –que la gran literatura solo se crea lentamente y sin tener en cuenta el dinero es aún más disparatado. La verdad es que nadie sabe nada. Lo único que podemos afirmar con seguridad es que los grandes libros y las grandes obras de teatro proceden de personas de cualquier origen, y de cualquier edad o circunstancia. (...)



Prince trabajaba en varios proyectos a la vez mientras grababa Purple Rain entre 1983 y 1984. Se podría decir que la música es música y que, por tanto, grabar un álbum no es comparable con escribir una novela. Prince no tenía que mantener separados temas, tramas y personajes. Pero lo que intentaba hacer seguía siendo bastante complicado. Necesitaba –o anhelaba, al menos– tres álbumes diferentes para acompañar la película de Purple Rain. Estaba el álbum Purple Rain, cuyas canciones moldeaban el guión de la película (y eran moldeadas por él). Quería, además, un nuevo álbum de The Time, la banda liderada por Morris Day, que interpreta al archienemigo de The Kid en la película, y un álbum de Apollonia 6, una especie de grupo, más o menos liderado por Apollonia, que interpreta al objeto de deseo de The Kid. Todo ello ayudaría a promover la película, pero solo si él ejercía el control absoluto. (The Time fue una banda funcional e independiente hasta que se les incluyó en la película, momento en el que Prince empezó a mandar tanto en la producción como en el personal.) Y luego estaba el álbum que preparaba «con y para» Sheila E., su percusionista y amiga, y el álbum que preparaba para The Family, una banda formada por los músicos que veía a menudo en el estudio. El saxofonista Eric Leeds dijo que el álbum de The Family era «un álbum tan de Prince como cualquier otro de los que había hecho hasta entonces». Enterrada en el álbum de The Family estaba la canción «Nothing Compares 2 U», más tarde rescatada y transformada. Escribió y grabó «Sugar Walls» con Sheena Easton. (Sugerencia de búsqueda en Google: «¿Son la misma persona Sheila E. y Sheena Easton?».) Escribió «Manic Monday» para Apollonia 6, pero era evidente que con grandes dudas sobre su potencial comercial. Y ya estaba enfrascado en su Around the World in a Day, un álbum con un sonido muy diferente, influenciado por las músicas del mundo en las que lo había iniciado David, el hermano de Lisa Coleman. Según PrinceVault.com (y créeme, saben lo que dicen), se grabaron ciento ocho temas en estos dos años, y en todos participó de forma decisiva. Muchos de ellos se lanzaron con su nombre, como caras B, y más tarde en la reedición ampliada de Purple Rain de 2015, que contenía once canciones hasta entonces solo disponibles en ediciones pirata. (...)



«El perfeccionismo es la voz del opresor, el enemigo del pueblo», escribió Anne Lamott en Pájaro a pájaro, su libro sobre la escritura. «Te hará vivir presa de la estrechez y la locura de por vida.» Pero, en realidad, no es algo que se pueda elegir. Estoy seguro de que, fuera lo que fuese lo que hizo que Harper Lee no escribiera un segundo libro, ella habría preferido que ese impedimento no hubiera estado ahí. Y Salinger, en esa fotografía robada triste y tardía, no parecía alguien que estuviera disfrutando de los cheques de sus derechos de autor y de unos cuantos hoyos de golf. El problema tampoco podía resolverse con una severa autoamonestación y la determinación de dejar que la próxima vez las cosas siguieran su curso. Todo perfeccionista necesita dejar de ser quien es, y eso es muy difícil. Entiendo mejor a Prince y a Dickens que a los perfeccionistas. Desde que empecé a escribir profesionalmente, siempre ha habido algo con lo que quería ponerme que –justamente– no es en lo que estaba trabajando en ese momento. (...)