ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


viernes, 30 de octubre de 2026

Lo mejor de CUANDO SEAS FELIZ, GOLPEA TÚ PRIMERO (Tatiana Tibuleac)


 "Hoy se cumplen seis meses desde que juré que no volvería a beber. Y Haim. Y Ella. Y otras cosas. Una noche llena de juramentos, aquella noche. Seis meses de nada, absolutamente nada, que no me han librado de los lunares del cuello, no me han humedecido la libido, no me han motivado a vivir más o con alguien en concreto. Y, ya que ha salido el tema, debo confesar lo que más me fastidia: seis meses en los que ni siquiera he ahorrado, porque cuando no bebo, como, como hasta atiborrarme. En otras palabras, seis meses en los que no se ha cumplido nada de lo prometido por Benoît Gérard, Rue de Bagnolet, 15, un imbécil. Para espantar la idea de beber, como ahora, me lavo los dientes hasta hacerme sangrar y salgo al bosque a correr. Mi correr es, en realidad, un caminar furioso, una rabia en movimiento, y el bosque, un parque rebosante de orugas y ratas cerca de mi casa. Sin embargo, bosque suena mejor que parque, y correr, mejor que caminar; suena a resolución y denota determinación, y resolución y determinación son los mejores amigos del exalcohólico incipiente. El objetivo de esta actividad, manifiestamente inútil, no es ni de lejos desintoxicar el organismo, como creen los principiantes. Tampoco recuperar la salud, como fingen los mediadores. Ni siquiera la purificación de la mente, como piensan los ingenuos como yo, que han cometido errores toda la vida, pero están convencidos de que pueden arreglarlos con unos cuantos ejercicios intensos para el trasero. El objetivo es el agotamiento. Escurrirte hasta la última gota, eliminar hasta la última pizca de placer y atormentarte tanto que llegues a asquearte a ti misma, que te asquee esa persona en la que te has convertido. Cuanto más desprecies aquello en lo que te has convertido, mayor será la posibilidad de volver a ser lo que eras. Cuando comprendí esto, después de unos dos meses de tormento diario, con la motivación hecha jirones y las encías como ubres, me derrumbé en las escaleras de mi casa y me eché a llorar. El problema es que yo no tengo nada que volver a ser. Yo ni siquiera tengo adonde regresar, tampoco nada que rectificar o aclarar, porque en todo mi pasado, en todos los lugares de respiro y de azul, una sola cosa no ha faltado nunca: el alcohol. Cuando bebo, puedo olvidar. Cuando bebo, mi padre se cuela dentro de mí y ahí ya no puede morir. (...)

La mujer de Haim dice que en esos momentos debería pensar en las apariencias. En cómo se me velan los ojos y me revienta el hígado, en cómo se me engrosa la piel y aumentan las posibilidades de tener cáncer en cualquier órgano. En cómo se multiplican los pólipos y los quistes y los tumores —esos seres pequeños y asquerosos— dentro de mí y en mí, y el resto cae. Caen las mejillas, caen los pechos, cae el hombre, en mi caso la mujer, lo que es todavía más grave, porque, una vez que ha caído, una mujer no se levanta jamás, solo se ahoga, se ahoga, se ahoga. 
Yo pienso, en cambio, en todos los borrachos que conozco. Hombres que beben mucho y son respetados. Hombres que beben todo el tiempo y son geniales. Hombres que beben cuanto quieren, donde quieren, con quien quieren, pero siguen siendo hombres. Pienso en mi padre a mi edad, volviendo borracho e inconsciente a casa, unas veces lloroso, cada vez más a menudo golpeado, siempre con un poema nuevo en el bolsillo de la chaqueta. Mi padre escribía en sobres, en revistas, en las servilletas de la cantina. Escribía incluso en cortezas de abedul, solo por parecer bohemio, pero no lo parecía, porque un borracho solo puede ser bohemio cuando tiene mucho dinero, y él no tenía. (...)


Mi elección, al igual que este amontonamiento de palabras, que saltan de mí como las escamas de los peces de Malik, es precisamente un recuerdo. He llegado a contar con los dedos de una mano las verdades en las que confío. Me llamo Mila. Mi padre me quiere. Nosotros tres no nos separaremos jamás. Pero tampoco en ellas confío demasiado. ¿Cuál de nosotros habla ahora? ¿Desde qué mundo? En octubre me encontré en cuclillas en un aparcamiento, con una caja ante mí y las manos llenas de sangre. No recordaba cómo había llegado hasta allí, pero reconocí el supermercado que veo cada día desde el tren, de camino a casa de Haim. Mi primer pensamiento, reminiscencia de la juventud, fue una violación. Me toqué la entrepierna para ver si fluía algo, me miré la ropa, me palpé la boca. Si no era una violación, y no lo era, debía de ser dinero. Busqué el monedero en el bolsillo de los vaqueros y encontré el ticket. Acababa de pagar con tarjeta una caja de cinco kilos de halva.[1] Por primera vez en los últimos veinticinco años, sentí miedo. Acababa de salir de un mes de borracheras atroces en las que, entre otras cosas, prometí empezar a ahorrar. Dejar de tomar cafés. Llevar siempre una botella de agua. No hacer la compra en el último momento, porque entonces me meto muerta de hambre en cualquier tienda y pago por un kilo de tomates lo mismo que por un caballo. Intenté convencerme de que había ido allí para ver si la comida —pero sobre todo la bebida— era tan barata como aseguraba Fima. O tal vez hubiera bebido hasta perder el sentido, como mi padre. Pensé incluso eso. (...)



Aquello no cuadraba, no cuadraba en absoluto, porque yo odio los hipermercados, esos cementerios de los sentidos donde todo huele a podrido y a rancio, a sangre de animal y a cloro. Los odio porque es imposible que te salga más barato comprar tres en lugar de uno, leche en lugar de agua; es simplemente imposible que sea bueno un lugar donde la carne abarrota los huesos, las frutas brillan como perlas y todo yace amontonado —carne entre ropa, entre cosméticos— como prueba de lo que ha llegado a significar el bienestar para una persona: comer basura, pero limpiarse el culo con papel perfumado. El halva, sin embargo, me alegró tanto que me olvidé incluso de las manos lastimadas —como noté después, al intentar abrir la caja con las llaves— y del miedo que había sentido. Me senté en el bordillo de la acera y recordé las largas tardes en las que, esperando la cena, salíamos los tres al patio del bloque con una manzana o un troncho de col y describíamos con aire soñador qué compraríamos en cuanto consiguiéramos dinero. Tantos helados, tantos chicles, tantas cajas de Fanta. Tanto y tanto y tanto. El hecho de que, a unos metros de nosotros, las mujeres se afanaran pelando patatas de verdad, friendo pescado fresco y pollos aún tibios, sirviéndonos tazones de leche coronadas de nata y untándonos el pan con mantequilla rezumante de grasa, es decir, cocinando comida de verdad con alimentos de verdad, nos desagradaba. Nosotros éramos de ciudad y soñábamos con productos artificiales. Yo soñaba con halva. Con una montaña de halva que me comería yo sola, hasta sentir náuseas. Y allí estaba, en aquel aparcamiento miserable, mi único sueño cumplido. (...)

Yo empecé a esperar esos despistes, en cierto modo. Parecía que, abandonado a su suerte, mi cuerpo vivía, por fin, como quería. Sin embargo, el invierno llegó como un enemigo y lo cambió todo. Un día, me olvidé a Haim debajo del puente. Otro, busqué por ahí unas mantas gruesas y cubrí con ellas la puerta y las ventanas. El asombro dio paso al miedo, el sueño se secó y mis amables fantasmas empezaron a pudrirse por la casa. Quedaba solo una cosa, que era lo que más miedo me daba, porque sabía que a eso me iba a resultar muy difícil renunciar, pero no tenía escapatoria. Al cabo de un mes, cuando me desperté casi congelada en una parada de autobús, vi a Donna. «¿Qué estás haciendo en esta ciudad que no te acepta?», me preguntó con la voz de mi padre y un brillo en la mirada. «Estamos aquí para ayudar», me dijo en la primera visita el especialista en adicciones Benoît Gérard, un lechuguino con botas camperas. Cuando se les cede el poder, los hombres hablan en plural y no les da miedo mostrar sus debilidades. Estamos. Nos encanta. «Nos duele que nuestra profesión esté demonizada.» Yo estaba contenta porque había llegado bastante rápido a su consulta en Drancy, que comparte jueves y viernes con un reflexólogo «y los miércoles con nadie», y aunque no esperara gran cosa de una consulta gratuita, algo sí que esperaba. No comí nada por la mañana, por si tenían que hacerme un análisis de sangre, y preparé algunos recuerdos de mi padre vinculados a la bebida. No fue difícil, porque a los cincuenta años mi padre bebía todo el tiempo. Bebía en las terrazas. Bebía en la Casa de la Prensa. Bebía en la Unión de Escritores. Bebía más de lo que comía y más de lo que dormía. En fin, muchos ejemplos que nadie necesitaba. (...)


Me habló sobre sus padres autoritarios. Sobre el deseo-refugio y el deseo-venganza. Sobre la isla de Reunión, donde la vida era tan estrecha que una raya de cocaína le prometía a un joven un horizonte, y yo no había llegado todavía a mis despistes: a los fallos de memoria, a las alucinaciones, a la tentación del suicidio. Sabía, por supuesto, que bebía demasiado, pero lo que más me asustaba era la desesperación con la que había empezado a buscar el alcohol. Cuando quería beber, estaba dispuesta a salir de casa a medianoche y caminar varios kilómetros. A autolesionarme para poner una excusa en el trabajo. A pelearme con quien fuera. Le habría contado todo eso de un tirón, pero Benoît Gérard tenía otros métodos. «¿Qué efectos le provoca la bebida?» «¿Qué tipo de alcohol prefiere?» «¿A qué imagen asocia el vino?» Un montón de pruebas estúpidas, supuestamente asociativas, que me recordaban a las clases de francés en la escuela, cuando, como yo ahora, Senea-drocilka[2] respondía rápido, pero mal, a todas las preguntas de la profesora. «¡Gagnant, Senea, ga-gnant!», le gritaba Elena Vasilevna, exhausta, chistándonos a todos, como si fuéramos insectos, con su vara de madera. «Piensa un poco…, ¿qué haces tú en el gimnasio?» «El potro, la comba, prisidănii»,[3] respondía él con la cabeza gacha, y nosotros, colorados de tanto reír, esperábamos la siguiente palabra, que por asociación solo podía ser perdant, lo que nos hacía reír incluso sin sus respuestas. La fase tangible de la consulta fue otro espectáculo: Benoît Gérard me presentó como material didáctico un cráneo de plástico de colores. Retuve el hipocampo y el hipotálamo, porque uno se ocupa de la memoria y el otro, de la vejiga, y yo las tenía, sobre todo la segunda, llenas a reventar. Después de aquel ping-pong inútil, me quedó claro que o bien él no era muy buen especialista, o bien yo no era alcohólica. Como de lo mío estaba segura, me levanté dispuesta a marcharme, y solo entonces dijo él algo que se me quedó grabado. No le interesaba tanto lo bien que me sentía cuando bebía —que describí con metáforas y comparaciones, como le habría gustado a mi padre— cuanto el dolor que intentaba esconder bajo la bebida. «En la raíz de toda adicción, hay un trauma. ¿Cuál es nuestro trauma?», me preguntó también en plural, y a esas palabras he vuelto más de una vez. Al final, no me marché de allí con las manos vacías. De los folletos de su colega, el reflexólogo, aprendí que el punto de la garganta se encuentra en la base del dedo gordo del pie. (...)


Miro a la vieja que bebe agua y quiero vino. Miro la barriga de la embarazada y la veo llena de vino. Veo que no viene el tren y querría que viniera. Ayer hice de tripas corazón y se lo conté todo a Fima. No para que me aconsejara, por supuesto, sino para saber que lo sabe alguien más. De todas formas, Fima no me entiende y nada de lo que me dice tiene sentido para mí. La vida eterna, las habladurías de la gente, el pecado. Un ángel caído que vierte brea caliente en la garganta de los borrachos. Ella, como es creyente, se ve ya en el otro mundo, con sus santos, con sus balanzas, disfrutando de la recompensa por todas las buenas acciones que no ha hecho todavía. Yo, sin embargo, nunca tendré otra vida y tampoco la espero. Yo quiero vivir esta como me merezco. Trabajar de lo que he estudiado, comer bien y poder dormir al menos los domingos, al menos hasta el mediodía. Me gustaría también disfrutar de fines de semana largos y vacaciones. Pintarme las uñas de rojo y veranear en la playa con un hombre sano, al que no tenga que cargar en una silla de ruedas o empujar entre los omóplatos. Un hombre que me vea y que desee lo que ve. Pero, como no tengo nada de lo que debería ser mío, al menos tenía el alcohol, que me arrastraba a través de esa negrura, como por un puente largo, hacia unos tragaluces iluminados donde tenía padres, Malik era mío y nosotras dos nos llamábamos por nuestro nombre. Ahora ni siquiera tengo eso. «Date un bofetón y se te pasa», me aconsejó Fima. «Así murió también mi madre, y mi hermana, y mi abuelita, así mueren todas las mujeres que beben y lo ocultan. Mueren solas y meadas, sin dientes y sin familia, enterradas por desconocidos que se quedan con su casa a cambio del ataúd, que se quedan con sus vestidos en lugar de donarlos, porque la ocasión hace al ladrón, no lo olvides, la ocasión hace al ladrón. (...)

Dispensado de la actividad agotadora de las ciruelinueces, se puso una camisa limpia, afiló los lapiceros, que en sus viajes se desgastaban «como las rimas de Eduard Dudcă», y se fue al archivo. Mi madre era lluvia. No tormenta, no ventisca; a veces también podía serlo, pero entonces no lo era. Era solo lluvia. Había hecho grandes planes para Nochevieja. Un vestido de seda, un lucio relleno, diversión. Había comprado cuatro sombreros plateados y cuatro máscaras, también plateadas, y había quedado desde el otoño con una familia de vecinos «intelectuales» para celebrarla todos juntos en nuestra casa. Sin embargo, él le anunció que había hecho otros planes, más interesantes que su pescado relleno y la cuenta atrás con una contable del Palacio de los Ferroviarios. Se iba a un pueblo del norte «a recopilar rarísimas tradiciones y costumbres de invierno». La Cabra, los Jinetes, los Sargentos. Una oportunidad verdaderamente única. Dejamos puesto el abeto hasta marzo. Yo me tumbaba debajo con mi madre, comíamos ciruelinueces y mirábamos los adornos. Éramos muy diferentes mi madre y yo. A mí me gustaba la zanahoria; a ella, el cohete. A mí el submarino; a ella, la luna. Mi madre quería volar, ser invisible y volar por todas partes detrás de mi padre, y yo quería ir en trineo como los demás niños, arrastrada por uno de ellos dos. Creo que así terminó ella en el cielo y yo en el hoyo: eligiendo ese invierno los adornos equivocados bajo un abeto asesino. Mi madre murió un domingo. Las mujeres estaban guisando en la cocina comunitaria; ella, pobrecilla, preparaba una sopa, y a mí, pobrecilla, me calentaba la leche. Y así, sin más, apoyó las manos en la pared, soltó un gemido y se fue, se fue la pobrecilla, de repente. He escuchado tantas veces esta historia, contada siempre con las mismas palabras, colocadas en el mismo orden, que he llegado a pensar que, si cambiara al menos una, al menos una coma o una letra, la magia negra que me la había arrebatado se rompería y ella, pobrecilla, resucitaría. Mi padre estaba de viaje ese día. Entonces no había teléfonos móviles, solo fijos, y solo en los ayuntamientos; así que, para cuando dieron con él en uno de los cinco pueblos adonde había ido para escribir sobre ordeñadoras hacendosas y agrónomos prometedores, habían pasado tres días. Las familias de la residencia lo organizaron todo. Las mujeres le pusieron su vestido azul, todavía nuevo. Los hombres recaudaron dinero y compraron un féretro. Como los dos eran huérfanos —mi padre no lo era, aunque eso decía él—, los vecinos no avisaron a nadie más, y se alegraron cuando lo vieron entrar por la puerta de la residencia. Llevaba corbata, la cámara de fotos en una mano y un taco de galeradas en la otra. Había pasado antes por la redacción. No sé si sufrió, porque no sé si la amaba. Los vi juntos pocas veces. El espacio donde vivíamos era tan pequeño que no había sitio para movimientos rápidos, menos aún para grandes gestos. Comíamos por turnos, dormíamos juntos, nos aseábamos en baños distintos. Mi padre solo pasaba por casa a cambiarse de ropa y descansar para las cosas verdaderamente importantes: el trabajo en la redacción, los amigos, los viajes. Para mi madre, en cambio, el trabajo era yo, y lo verdaderamente importante era la emoción. Antes de casarse, quería dedicarse a algo relacionado con el arte. «Actriz, bailarina, fotógrafa», enumeraba, después de alguna discusión, todas sus carreras malogradas. Películas, giras, exposiciones. Hipóstasis a las que había renunciado por cuidar de mí. Cuando hablaba de lo que habría podido llegar a ser si no se hubiera quedado embarazada, mi madre resplandecía. Sus ojos se agrandaban todavía más, sus cabellos largos se desparramaban por todas partes y rozaban la pared como carámbanos electrizados. Yo la escuchaba siempre en silencio. Desde la bañerita de plástico, llena de patos amarillos y champú Krea-Krea, de la que salía al cabo de un rato con la piel arrugada. O desde el borde del sofá, donde comía con el plato sobre las rodillas, porque nuestra mesa estaba ocupada por las cosas de mi padre: apuntes, diccionarios, hojas a medio escribir que él llamaba «manuscritos». E incluso aunque nunca la interrumpiera, ni siquiera cuando sentía que se me escapaba el pis, siempre le parecía que no la escuchaba con atención o que dudaba de sus palabras. Entonces se tumbaba rápidamente bocabajo, sacaba de debajo del sofá un saquito de fotografías en blanco y negro —sus creaciones, realizadas con su cámara de fotos— y me las plantaba delante como una prueba irrefutable. Las veo como a través de la niebla. Un puente, una calle con farolas que no podía ser Chisináu, una fiesta con hombres melenudos y mujeres con vestidos trapecio. Fotografías banales, desgastadas de tanto toquetearlas, sobre las que un director de cine de Moscú al parecer dijo en algún momento que tenían la visión de un genio. Mi padre dijo que el director era un comemierda. (...)


Para ser sincera, aparte de ofendida o esperando a su marido, guardo pocos recuerdos de mi madre. Me acuerdo sobre todo de sus cosas, que, una tras otra, se mudaron de nuestra habitación estrecha a mi imaginario vacío y construyeron allí un mundo entero solo para ella. Cuando estoy mal, me basta con cerrar los ojos para encontrarme de repente en aquel espacio extraño, siempre cambiante, como una gigantesca fotografía movediza, donde el aire huele a cigarros mentolados y de su vestido de muerta crecen flores y pájaros de seda. Nadie sabe lo que ocurrió antes de que yo naciera, pero por la actitud de mi padre en el funeral, comprendí que los dos permanecieron juntos no por mí, sino por mi culpa. Mi padre no derramó una sola lágrima; sacó en cambio dos rollos de fotos que reveló al día siguiente. Al cabo de unos años, descubrí que la cámara de fotos era efectivamente de ella. (...)

Mi mayor regocijo, sin embargo, era cuando me llevaba al café del centro, donde nos quedábamos hasta pasada la medianoche. De esas salidas vivía yo semanas enteras, recordando cada palabra: qué había dicho, qué habíamos dicho, cómo iba vestido el hombre que se había parado a saludarnos y sobre el que mi padre me había susurrado que era un gran poeta o un gran canalla. Él tomaba cafés, más cafés, y a mí me pedía un batido y un pastel, luego otro y otro más. Hablábamos por los codos. Me hablaba sobre las vidas controvertidas de gente controvertida; sobre la solución ingeniosa de un traductor, por lo demás mediocre; sobre Prometeo y sus suplicios, insignificantes en comparación con el drama de Eduard Dudcă, «que escribe lo que ve, pero no ve lo que escribe»; sobre el hecho de que las rosas se multiplican también a través de semillas, no solo de injertos, y de que los grillos viven solo un año. De mi madre no hablábamos nunca. No sé qué era lo que más me gustaba: que estuviéramos juntos o que él fuera, por fin, solo mío. «Mi hija», «mi Mila», «la señorita Mila», «esta chiquilla», me presentaba a todos sus amigos, y ellos me sonreían, me daban un cachete, me recitaban versos propios o me decían: «Por desgracia, te pareces a tu padre, pero quizá se te pase». Eran todos unos locos hermosos, escritores, fotógrafos o simples alcohólicos…, su manada. Volvíamos a casa en autobús cuando queríamos jugar «a las personas» —inventando una historia para cada persona que nos encontráramos—, o en taxi si después de mis batidos la manada pedía también vino, pero siempre volvíamos felices. Por lo demás, mi padre estaba en la redacción de lunes a viernes, cada sábado, todas las fiestas de noviembre y febrero, de marzo y mayo; en aquel entonces no celebrábamos la Pascua. Iba a la redacción el día de su cumpleaños y el día de mi cumpleaños; en Nochevieja solo trabajaba hasta la tarde, pero trabajaba, y en vacaciones, si estábamos juntos, iba unas horas, pero iba. Enfermo, resacoso, apenado, asqueado, mi padre estaba siempre en la redacción. (...)

Qué historia también la de esta mujer, Anaïs. Yo no la trago. Es una mentirosa y siempre finge no tener cambio; claro que tiene, solo que no te lo da. Además, me saca de mis casillas con sus quejas interminables sobre los impuestos, las vacunas, la edad de la jubilación. Todo va mal en este país: los ministros son demasiado jóvenes; los alumnos, unos vagos; los inmigrantes, unos mimados. Solo ella es trabajadora y lista y entiende cómo funcionan las cosas. Los vecinos del barrio, sin embargo, la aprecian y prefieren comprar gourmandise[5] donde «la pauvre Anaïs, le sel de la terre»,[6] aunque todo sea más caro y ni siquiera especialmente bueno. Allá ellos con su sal. «Tenemos que adaptarnos, no adoptarlos», dijo una vez la esposa de Haim, hablando de los inmigrantes y los derechos que deberíamos tener nosotros en Francia. Cada vez que llevo a Haim al centro, pienso en mi padre. En mi padre joven y vigoroso, en mi padre con su camisa amarilla que brillaba entre los castaños de Chisináu, en mi hermoso padre muerto. Creo que no estaría contento conmigo ni con lo que hago aquí, pero tampoco él contentó a nadie mientras vivió, así que estamos en paz. (...)

En el año que pasé en la AFP pienso como en otra vida. Un buen trabajo. Me lo encontró una de las señoras que venían a tomar café, ni siquiera tuve que enviar un currículum. Hablé diez minutos en ruso con una asistente, y ella me pidió que fuera al día siguiente para que me pasaran los ficheros. Tampoco me interesaba el dinero, solo hablar francés de verdad con franceses de verdad y trabajar con la cabeza. Estaba convencida de que, a partir de entonces, todo iría a mejor. El siguiente contrato podría ser más largo, tal vez incluso indefinido. Si tenía un contrato, podría alquilar algo por mi cuenta. Si tenía un espacio propio, podría traer a Malik a vivir conmigo. Una tarde, les hablé a mis compañeros del tema de mi tesis doctoral y se quedaron muy impresionados. «¡Ni siquiera nosotros sabemos tanto sobre Balzac!», me alabó la jefa, una mujer delgadita, madre de cuatro hijos, que parecía una cría. Así sería yo en unos pocos años: una madre con un hijo, con trabajo, con Malik. Generosa con mis compañeros más jóvenes. Sin embargo, todo acabó tan rápido como había empezado. La chica de recursos humanos regresó de la baja maternal y se asustó al comprobar que yo no tenía papeles ni dirección. Contrató en mi lugar a una finlandesa que se había pasado el verano follándose a un ruso de Petrozavodsk y que había puesto en su currículum que hablaba ruso. Fluido. (...)

Un grupo de niños pasa a nuestro lado volando una cometa y Haim sonríe al escuchar sus voces. Sonrío también yo. Me gustan los niños que juegan con tirachinas, que saltan a la comba, que hacen barquitos de papel o dibujan rayuelas en el suelo. Los juegos antiguos producen una alegría pura, una alegría que pide ser compartida con todo el mundo, no solo con los que han comprado una entrada. Cuando veo una cometa de papel en el aire, mi corazón fatigado se eleva también un poco. Qué le voy a hacer, me enternecen, todavía me enternecen los niños. Incluso los revoltosos, incluso los desobedientes. Ellos aún están a tiempo de cambiar. Le doy un golpecito entre los omóplatos y nos detenemos. Lo sujeto de la cintura, le desabrocho el primer botón de la camisa y lo pongo de cara al sol. Es guapo. Todo lo que nos rodea es bonito. La luz inunda la ciudad como si no la hubiera tocado en mucho tiempo. Su cuello huele a limpio y a hierbas. Hago como que le arreglo el cuello de la camisa y hundo la cara en él. La última vez que estuve tan cerca de un hombre era invierno, estaba borracha, todo terminó como de costumbre. —Pasa el barco de la basura —le digo mientras le lío un cigarrillo—. Dos japonesas con bolsos caros. Una tiene el pelo rosa. La otra es tu tipo. 
—¿Menuda? —me pregunta. 
—Vieja —le respondo, y nos echamos a reír al unísono. 
Nos reímos siempre de las mismas cosas, pero Haim tiene dentadura postiza y parece más feliz que yo. Al final del sendero, una cuidadora con dos niñas se detiene delante del puesto y le compra un algodón de azúcar a cada una. La pequeña camina un par de pasos y el algodón se le cae al suelo; la otra corre para poner a salvo su propio algodón. Aquí nada me recuerda a mi país, a la alegría con la que vagabundeábamos sin vigilancia por las calles de Chisináu y compartíamos un helado, un Tarhun, un algodón de azúcar entre tres. Me asusta haber olvidado el sabor del algodón de azúcar, pero conozco de memoria las estaciones de metro de una ciudad extranjera. (...)

El humo del hachís me adormece el cerebro y recuerdo brevemente a mi madre. Otro recuerdo equivocado: mi madre oliendo a hachís. Es como si en él se hubiera mezclado todo —los muertos, los vivos, el entonces, el ahora—, como los botones de colores en los cajones de Nina. Me pregunto si el año que viene reconoceré a alguien. Si los médicos tienen razón y la enfermedad avanza deprisa, Haim será para mí un desconocido. Aunque no sé qué me traerá el olvido. Tal vez recordaré bastantes cosas, solo que no significarán nada. Puede que se me presenten imágenes con Malik en la playa, nosotros dos en el jardín, Nina haciendo mermelada, y que yo me pregunte en qué película o en qué revista he visto a esas personas. También puede que sea al revés. Que ni siquiera recuerde a esa mujer del espejo, ese pecio abandonado que aún se cree velero. «Son unos años preciosos en los que debería explicarles a sus seres queridos lo que le sucede», dijo el médico listo. O tal vez no dijera exactamente eso. Tal vez no dijera «a sus seres queridos», sino solo «a la gente», y estoy segura de que no dijo «preciosos», sino solo «años». Y tampoco los médicos lo saben todo, nadie lo sabe todo en este mundo. (...)
Antes de mudarnos a la nueva casa, mi padre sacó trescientos rublos del banco y visitó a los vecinos para saldar sus deudas. Algunos se sintieron ofendidos y no quisieron aceptar el dinero. La mayoría, sin embargo, lo aceptó. Por la noche, tras pasar un buen rato lavándose las manos con jabón, como después de una tarea extremadamente sucia, mi padre se sentó a la mesa y arrancó del cuadernito los tres gastos que habían supuesto una carga: ataúd, aguardiente, comida. Luego me habló una hora entera sobre lo importante que es en la vida hacer borrón y cuenta nueva. No nos resultó fácil. Comer comíamos bien, siempre se las apañó en la cocina, pero, más allá de eso, no sabía qué hacer con una niña cualquier día que no fuera domingo. Él se había acostumbrado a salir de casa temprano y regresar tarde o no regresar, y yo me había acostumbrado a tener madre. Como observé desde los primeros días, él ni siquiera tenía ropa de andar por casa. Todas las «operaciones de traslado» las hizo vestido con pantalones de traje y una camisa blanca arremangada. No se puso corbata, eso sí. Recuerdo con una claridad dolorosa la primera vez que eché en falta a mi madre. Había salido del baño y tenía los ojos llenos de lágrimas. Él no solo había dejado en la residencia la bañerita y los patos, sino que se había negado en redondo a comprarme el champú con el que no picaban los ojos, a frotarme la «espaldita» o hablar conmigo, como había hecho mi madre hasta entonces. De los cuentos antes de dormir no tenía ni idea. «La casa está llena de libros», me soltó por encima del hombro, y me mandó a la cama. (...)

En septiembre, convencido de que así se libraría de mí y de que todo volvería a ser como antes, me apuntó al parvulario. Pero no lo fue. Las cosas fueron incluso peor. El parvulario era ruso, los niños no me entendían y él discutía con las educadoras cada mañana, lo que me convirtió rápidamente en una paria. No iba bien vestida, me mandaba allí despeinada y sin lazos, y por la tarde era el último en venir a recogerme, mucho después del cierre. Un par de veces, para escarmentarlo, las monitoras me dejaron con el guarda. Pero esto no solo no lo volvió más responsable, sino que lo animó a demorarse todavía más, contento de haber encontrado una solución. El problema principal, sin embargo, era otro. Yo lo intuía y había empezado a sentirlo en mi propia piel. Por mi culpa, mi padre ya no podía viajar, y eso lo sacaba de sus casillas. Un domingo, sin paños calientes, me preguntó si estaría dispuesta a quedarme sola en casa tres días. «Con comida, con la tele, con todo», me dijo, como si estuviera recitando un poema, y yo me eché a llorar. Acababa de cumplir seis años, apenas conocía el nuevo barrio. Todo lo que me rodeaba era desconocido y no tenía amigos. Además, aunque él no lo supiera, mi madre se aparecía cada noche junto a mi cama y me preguntaba qué había hecho él ese día. ¿Qué camisa se había puesto? ¿Olía a tabaco? ¿Había bebido? ¿Con quién? Mi reacción lo decepcionó profundamente, me di cuenta al instante. «Si te vas a poner así, no hay más que hablar», farfulló, y durante una temporada así fue. En cambio, mi padre era sorprendentemente apreciado por los vecinos. Tenía para cada uno una palabra de ánimo, un consejo, una explicación. No pasaba nunca junto a una mujer sin reparar en sus ojos o en el corte de su vestido o en lo extraordinariamente sano que tenía el cabello y, con toda seguridad, también las encías. Mi padre piropeaba incluso a los perros: «Mira, Mila, qué perro tan azulado, y qué pecho tiene, ¡como una hogaza!» (...)

La solución llegó en invierno gracias a una vecina médica que también criaba sola a su hijo. Al ver los esfuerzos que teníamos que hacer, cómo mi padre me sacaba por la mañana a la puerta como una locomotora y cómo me traía de vuelta del parvulario por la tarde con cara de mártir, Dina Andreevna le dijo que sería más sencillo mandarme a la escuela, porque en el colegio podría quedarme después del horario escolar. Al día siguiente, mi padre habló con la directora. «Va a cumplir siete años en julio, no es para tanto», dijo en tono autosuficiente y la directora estuvo de acuerdo. Ciertamente, no era para tanto. De todas formas, yo me sabía todas las letras y contaba bien hasta diez: mi madre solía contar con los dedos, hasta diez, todas las oportunidades que había perdido en la vida por mi culpa, y eran diez. Periodista, fotógrafo, viudo…, todo eso también contó a favor de mi padre. (...)

Cuando yo tenía que hacer los deberes y escribir mi diario, Malik murmuraba «vale, Mila» y encontraba de inmediato algo que arreglar por casa con el destornillador. A mí no me gustaba llevar un diario, pero mi padre me obligaba a escribir cada día por lo menos dos páginas y me pedía que le leyera «las anteriores». Nunca estaba satisfecho conmigo. «Has hecho una descripción escueta del jueves. ¿Cómo que hizo buen tiempo?» Él quería que utilizara comparaciones y metáforas, pero sobre todo oxímoros, que le gustaban incluso más que la bebida. Con el tiempo, le pillé el tranquillo y empecé a llenar páginas y páginas de «silencios ensordecedores», «dientes de león lechosos como vacas» o «liebres con orejas como las de Eduard Dudcă». (...)

Le había enseñado desde pequeño a cocinar y a lavar la ropa, y él siempre cocinaba de más. «Por si viene mami», decía avergonzado mientras pelaba otra patata o añadía más macarrones a la leche.[12] «Los vestidos de mami», les explicaba a las vecinas cuando salía a tender la colada lavada a mano. «Te pareces a mi madre», me decía a menudo, seguramente por las pecas; otra cosa no tenía por aquel entonces. Y, aunque no me sentía halagada por la comparación con una mujer a la que consideraba vieja, nunca se lo reproché, porque sabía que lo decía por amor. Ningún niño ha querido a su madre como él quería a la suya. A Fiódor, su padre, lo conocí al año siguiente, cuando vino de visita diez días. Era marino mercante y tenía otra familia en Jabárovsk. Los primeros años pasaron deprisa. Era buena estudiante, me llevaba bien con mis compañeros. Nuestra maestra era una persona decente y no esperaba, como las demás, propinas ni obsequios. Ante su puerta nunca había padres con regalos. En cierto sentido, también eso fue una suerte, porque, después de matricularme en la escuela, mi padre no volvió a poner un pie allí en diez años. Estaba terriblemente ocupado. Las reuniones del Frente Popular. El trabajo. Las borracheras. Estaba en todas partes, luchaba por todo. Por la lengua, por la unificación con Rumanía, por las reediciones, las reestructuraciones, las rehabilitaciones. Mientras él y sus amigos luchaban, otros, más listos, decidían. El tiempo demostró que la segunda opción era la mejor, porque decidir requiere una simple elección, mientras que luchar implica un credo. (...)

Lo apreciaban mucho en su trabajo. Los periódicos habían adoptado el alfabeto latino, necesitaban redactores y correctores de estilo. Los periodistas jóvenes no sabían escribir correctamente, la mayoría procedía del sistema soviético, así que él les ayudaba.[13] Les preparaba listas con los errores más frecuentes, les llevaba diccionarios y les recomendaba «lecturas». Mi padre conocía el rumano mejor que los demás, podía hacer incluso traducciones del ruso o del ucraniano. Trabajaba cada vez más y en más sitios todavía. Le pagaban lo mismo, pero el dinero no le interesaba. Decía que eran los años más hermosos del país, «sin comunistas y sin lagartijas». Sus años de gloria, en los que jugó con las palabras como le vino en gana, si bien no con las más grandes y no ante quien era necesario. Mi padre, tan inteligente, muerto con todas las palabras dentro. Cuando regresaba a casa cargado de bolsas de comida, casi siempre de madrugada, torturaba la cerradura de la puerta, se dirigía directamente a la cocina y se quedaba allí hasta la mañana. Yo fingía dormir para no disgustarlo, pero escuchaba con el corazón en un puño cada ruido que traspasaba la gruesa puerta de vidrio, intentando adivinar qué estaba haciendo. De costumbre, me preparaba la comida para el día siguiente, escribía, traducía, dibujaba. Cuando me despertaba para ir a clase, él ya se había marchado y yo volvía a ser una niña sin padre, volvía a sentir nostalgia de mi padre. En la mesa encontraba arroz con leche o sémola con leche o buñuelos con leche, y siempre una tila en una tetera de metal, envuelta sin falta en un paño de felpa para que conservara el calor. No sabía que yo nunca desayunaba, un hábito que mantengo incluso hoy en día, y que entraba en la cocina solo por sentir su aroma. A tabaco y a leche, así olía mi padre, mi padre, tan precioso como las grullas. (...)

Me instalaba con los ojos cerrados en la silla en la que se había sentado él y me imaginaba lo que había pensado mientras me preparaba aquellas exquisiteces. Me preguntaba si me consideraría guapa, si me consideraría lista, si me consideraría lo suficientemente buena como para poderle decir algún día al mundo entero que yo era su Mila, su hija, su niñita. Aparte de comida, encontraba otras cosas. Hojas arrugadas con poemas inacabados, retratos de amigos dibujados a cera y toda clase de notas escritas a lápiz en tiras de galeradas. «Mila, en la cazuelita tienes la salsa» o «Hay que lavar estas zapatillas» o «Mila, los amigos son como brotes de espigas». De Malik me gustaba todo y nada. Era un chico, eso menos. Era formal, eso más. No sabía hablar y no entendía de libros. Preparaba, en cambio, unas tortillas de muerte y sabía vendar una herida. Me resulta difícil describir nuestra relación de entonces. Éramos, evidentemente, mucho más que un hermano y una hermana, pero no habíamos empezado a dormir juntos todavía. Ni siquiera más adelante significaría el sexo gran cosa para nosotros. Tanto él como yo despreciábamos nuestros cuerpos. Los considerábamos inferiores respecto a lo que podíamos hacer con la mente y estábamos convencidos de que, por su culpa, la gente no nos valoraba como merecíamos. Hoy me parece extraño que, mientras que a nuestro alrededor nadie hablaba abiertamente sobre sentimientos, nosotros dos no tuviéramos ningún sentido de la vergüenza. Andábamos desnudos por casa, nos quitábamos mutuamente los granos y nos arrancábamos con los dientes las hebras de vello que crecían enquistadas. Con Malik me compré mi primer sujetador. Él me explicó lo que tenía que hacer cada mes para no empaparme de sangre. A él se lo mostré por primera vez. Lo que más me gustaba era bañarnos juntos. Él era el primero en tumbarse en la bañera, para que el calor no me quemara la espalda, y yo me acostaba sobre él, en sentido contrario, y apoyaba los pies en su pecho. Con lo que sé ahora —después de mucho tiempo tratando de comprender cómo empezó todo—, diría que ambos éramos asexuales. Aunque no creo que fuéramos ni eso. Aparte de aquella desnudez resbaladiza, que no exigía esfuerzo alguno y estaba al alcance de la mano, la carne no nos interesaba en absoluto. (...)

Una sola vez, ya en París, mantuvimos lo que podría denominarse una conversación sobre sexo. Los dos éramos pobres, nuestro orgullo estaba hecho añicos. Quedábamos una vez a la semana para emborracharnos y para odiarla a Ella. Malik me preguntó si yo sería capaz de practicar sexo por dinero y yo le respondí que sí. Entonces me preguntó si sería capaz de acostarme con una mujer y respondí que sí de nuevo. ¿Y con dos a la vez? ¿Y con un hombre malo? Estábamos tan borrachos que no nos importaban las palabras, las soltábamos al azar; de todas formas, nos entendíamos. Sin embargo, todo aquel mal-mal suyo me dio que pensar y le pedí que me jurara que no se había metido en ningún lío con los magrebíes. Le dije con toda sinceridad que para mí no había diferencias respecto a quién entregarme, hombre, mujer, joven, anciano; lo importante era que la persona a la que tenía enfrente me quisiera de verdad. «Yo pienso lo mismo —dijo él entonces—, yo pienso lo mismo.» Aquellos fueron unos tiempos extraños, y nosotros fuimos más extraños si cabe. No conozco otros niños que crecieran así, en una libertad total, sin reglas ni límites. En la escuela, alardeábamos de que a nosotros no nos llevaba nadie, de que éramos nuestros propios amos, pero la vida demostró lo contrario. Aquella libertad nos quitó más de lo que nos dio. Entonces nació Zavodskaia. Entonces nació Lyon. Entonces brotaron en nuestra mente pensamientos y placeres que nos desgarraron por dentro con el paso de los años. Una niña sin madre y un niño sin padre. Se daba por hecho que estaríamos siempre juntos. (...)

CUANDO SEAS FELIZ, GOLPEA TÚ PRIMERO.
Tatiana Tibuleac

miércoles, 21 de octubre de 2026

Lo mejor de TODOS MIS PECADOS Y LA MITAD DE MI DOLOR (Elena Medel)

 

Lo contrario de la muerte es el deseo. La respuesta sencilla —la evidente— nos colmaría la boca sin mentir: la vida es lo contrario de la muerte. Pero yo he deseado. Un labio que se muerde hasta que brota la sangre de la piel rota, la rasgadura del deseo que se clava contra el pecho: feroz deseo —feroz— quebrando el velo que guarda las costillas, doblegándome hasta sustituirme, inexistente yo. Me refiero al hambre y a la urgencia. (...)

—Yo no sé si usted tiene talento. Puedo pensar que sí —continuó Guzmán Espinosa—, por su respuesta en la ficha de alumno, por esta conversación; después de tantos años, he aprendido a distinguir entre quienes fingen y quienes revelan. He vivido algunas decepciones, pero la máscara cae y muestra el rostro verdadero del fingidor, «reality’s dark dream!», «¡el sombrío sueño de la realidad!». ¿Ha leído usted a Coleridge? 
—Estefanía negó, aunque le sonaba el nombre—. En breve. 
—No entiendo muy bien qué me quiere decir. 
—Usted tiene que estar a la altura de su talento. Eso implica un sacrificio: esfuerzo, trabajo. No le hablo de renuncias puntuales, sino de entregarse a su vocación, servirla. ¿Y cuál es? ¿La enseñanza? ¿La investigación? ¿O algo más allá, comprender que el estudio de la literatura es una religión, y consagrarse a ella? ¿Que para quien ama la literatura no existe una vida más allá? Su talento, ¿para qué quiere usarlo? He conocido a alumnos inteligentes cuya vida consiste en explicar a treinta zotes cómo identificar el sujeto y el predicado. Honorable, no lo dudo. Pero cuando pienso en ellos, en las ideas sobre las grandes obras que podrían haber desarrollado, y compartido, pienso en que tan fácil resulta elegir el camino correcto como el equivocado. ¿No todos alcanzan la meta? Por supuesto. Por este despacho, por mis clases, han desfilado personas sobresalientes; alumnos cuyos comentarios ansiaba y temía, porque ridiculizaban con su brillantez. ¿Dónde están? Trabajaron mucho, pero no lo suficiente. Cuatro años de tesis sobre Lives of the English Poets para no conseguir ninguna posdoctoral y vender imanes y postales frente a la catedral. Le da clase Fernández Cortés, ¿verdad? Fíjese en él: un ejemplo magnífico para alguien como usted. Sabía de Fernández Cortés, su profesor de Introducción a las Literaturas en Inglés. Conocía de vista a su familia, del final del barrio, donde los bloques. No le había parecido el más inteligente, pero de todos los profesores era el que había explicado mejor qué hacer y cómo. ¿Soñaba Estefanía con parecerse a él, que estudió en su instituto y bebió cerveza en los mismos bancos que ella? (...)



Al dejar el instituto, su profesora de Inglés le regaló un cuaderno para la facultad. En casa, Estefanía lo abrió y encontró una postal —una mujer leyendo, por Jean-Honoré Fragonard— con un número de teléfono, y un nombre: Mariángeles. 
A comienzos de octubre la llamó: una emergencia, se disculpó. Te lo di porque confío en ti, le explicó su antigua profesora. Estefanía se sentía decepcionada consigo misma: soy mucho más tonta que el resto, más constatación que queja, y voy a quedarme atrás. ¿Tú qué quieres, Estefanía? Yo lo quería todo, profesora. Quiero dar clase, tener un buen trabajo; salir de aquí. Todo lo que pueda, lo quiero. Estefanía recibió el silencio, primero, y luego la voz de doña Mariángeles: pues sigue en ello. Te diría que la ambición exige sacrificios, pero eso ya lo sabes tú, aunque no seas consciente. ¿Te acuerdas de cómo se marchaban tus amigas, tu novio? Y ahí seguías, pese a todo. Estefanía calló, lo compensó la profesora: ¿te da clase Guzmán Espinosa? En tercero, explicó Estefanía, y se jubila este curso; pero voy a ir de oyente y me he apuntado a su seminario. Bien hecho, celebró doña Mariángeles. Aprende de él, apréndelo todo. Es el que parte el bacalao. Pues en realidad como el instituto, reanudó Estefanía su conversación con Tamara, pero más difícil; me tengo que esforzar más. Fani había renunciado a salir los fines de semana por la noche, porque madrugaba para estudiar; toleraba un paseo con Sergio los viernes y los sábados, a la hora de la cena, y otro los domingos después de comer. Se había quejado él a Tamara, cuando Estefanía se marchaba y él enganchaba con algún grupo de amigos, y ambos coincidían en la plaza; esto va a ser siempre así, y Tamara daba un trago a la litrona, resignada. Trabajar no es tan malo, se reubicó Tamara en la tarde laborable, en la cocina del piso de los padres de su amiga: es una putada, mejor se está en la cama. Pero hay trabajos entretenidos, a mí me gustaron la juguetería y la tienda de ropa, y luego el dinero... Yo le daba la mitad a mi madre y la mitad para mí, hasta ahorré. ¿Para qué quieres estudiar? Yo no sé qué te pasó en el bar aquel del polígono. ¿Te hicieron algo? ¿Me lo quieres contar? Estefanía se negó: no pasó nada, en realidad; me atendió el matrimonio este que conocía a mi padre, me tomé un refresco, estuve poquísimo tiempo allí. Pero luego no volviste cuando te cogieron en el bazar, insistió Tamara, que preferías irte en autobús. Prefería no depender de mi padre, no sé explicarme bien. Estefanía no mintió. Salió de la entrevista de trabajo, actuó tal como su padre le había indicado —una consumición, no más—, conversó con los encargados del bar y se mantuvo educada con los parroquianos; disimuló las arcadas —aceite quemado, tabaco de horas con la puerta cerrada, whisky barato— y calló ante las bromas de mal gusto. Su padre adelantó unos minutos la salida, intentó pagar el refresco y el matrimonio se revolvió: que tu hija nos lo pague cuando sea ministra. Sí que mintió Estefanía sobre su imprecisión. Tamara nunca lo comprendería; Estefanía misma no alcanzaba, por desconocimiento o por vergüenza, como si se le contagiaran las manchas en la piel de los borrachos del polígono. El escalofrío observando a su padre y a su hermano; el que la estremecía en los ratos con Sergio. (...)





Y esto qué es, Tamara hojeó la traducción; a ver qué te ha gustado. No es lo que me ha gustado, explicó Estefanía, es lo que me parece importante para comprender mejor el poema. Tamara, en el sofá junto a Caro, con la gavilla de folios: ¿esto es de clase? No, de un seminario. ¿Lo de los curas? Es que el catedrático se reúne fuera de clase con gente interesada por los poetas que él estudia, y nos los explica un poco más. Tamara recitó: «Como el espacio / sin límites, al alma se aparece / el mal que ha de servir en la conciencia: / un segundo infinito, desventura / que no tiene esperanza ni termina». Estefanía la escuchó, aunque ya se sabía aquellos versos —los había destacado con el fluorescente rosa—, y se acordó de la naturalidad con la que Tamara leía en voz alta; sin trastabillarse, deslizando la voz incluso cuando identificaba algo por primera vez. 
—¿Quién lo ha escrito? 
—Lord Byron. —Tamara esperaba más información—. ¿Te acuerdas de Espronceda? 
—Tamara negó—. El del pirata: «Con diez cañones por banda, / viento en popa a toda vela». —Sí, ahora sí: memorizaron algunas estrofas antes de que Tamara dejase el instituto—. Pues Byron es como Espronceda, pero en guapo. 
—¿Y de qué va esto? —Es un poema sobre un vampiro. Más o menos... Eso me ha parecido entender, porque hablan de temas que no están directamente en el poema. La mitad se la inventan. Hay una mujer que se llama Leila, y que forma parte del harén de un hombre, Hassan. Ella es la favorita. Hasta que tiene una aventura con otro, no se dice el nombre, aparece como giaour o el infiel, porque es cristiano y no musulmán. Hassan se entera y asesina a Leila, y luego el otro hombre, el giaour, mata a Hassan para vengarse. El giaour es un vampiro, se supone, no sé si de antes o porque al matar se queda entre los vivos y los muertos, de tanta pena y tanto dolor. Si el catedrático me escuchase, me echaría. Qué ida de olla, zanjó Tamara, mientras Fani recogía las fotocopias para no mancharlas. Tu hermano no viene, preguntó Tamara, y Caro se adelantó: estará con los colegas, yo no lo voy a esperar. Bajo la cumbrera entre el salón y el pasillo, allí donde Estefanía cruzaba de una vida a otra, con la tarta en las manos y las velas en el bolsillo, esperando a Sergio que subía del taller, contemplar a su amiga y su hermana le trasladó a un futuro de diez o quince años: arqueología, restos de huesecillos a los que limpiar la tierra con un pincel, un objeto folclórico que exhibir en el museo de lo que esquivó. (...)



El fondo de la barra le permitía controlar la situación, obtener una panorámica de sus competidores. Bravo ganaba a casi todos en edad, universitarios o soldaditos que se escapaban de la base militar. Ellos pretendían distraerse, beber, bailar un poco, conocer a alguna chica con la que pasar la noche, enamorarse, casarse, tener hijos; a él le bastaba con el primer y el cuarto punto. En qué consiste la vida: que suene el despertador, aguarden la ducha y el desayuno y el traje y el paseo hasta el despacho en el ayuntamiento, y un acto público en el que se inaugure algo, y un café con un periodista, y una reunión con un técnico, y una orden a su becaria o a un asesor de su asesor, y una comida con otros asesores o con el concejal o con el grupo político, y una siesta en el sofá de su jefe, y otro acto público en el que se inaugure algo, y una cerveza con un periodista, y dependiendo de la jornada convencer a alguien para que se tomara la última, regresar al apartamento vacío. Bravo se había matriculado en Ciencias Económicas y Empresariales —en la privada, la católica— por consejo de su padre, que impartía allí Política Económica y Macroeconomía y Economía del Sector Público, pero abandonó la carrera en el primer cuatrimestre porque no se manejaba con los números, aunque le hubiesen aprobado todas; luego en Derecho —en la privada, la católica— por indicación de su madre, hija de juez, pero no completó primero porque no se entendía con las leyes. Probó con la música: aparcaba el coche frente a los locales de ensayo del polígono, se ofrecía como cantante o guitarrista pero no memorizaba los acordes, en los conciertos —si no le echaban antes— le interesaban más las primeras filas que el escenario. Buscaba erasmus a las que follarse: prefería las centroeuropeas, rubias y lechosas. Para que reflexionase sobre su futuro, y evitar otro año en blanco, sus padres lo mandaron a Londres; allí intentó desenvolverse con el idioma y las drogas, dejó embarazada a una belga —le pagó el aborto: su madre le transfirió un extra para un intensivo sobre inglés de negocios— y se le ocurrió probar con el cine. Escribiría guiones y los dirigiría. El padre se negó: a tu hermana Maribel ya la han contratado en Arthur Andersen. Una cosa es poder, y otra apoyar todas las chorradas que se le ocurran. La tarde de la discusión Bravo anunció que le retiraba la palabra a su padre, y se marchó de cañas. Sin cita ni rumbo, sin epifanías. Antes de Londres se había acostumbrado a entretenerse algunas semanas con algún chaval de la universidad, y aburrirse, y alargar las cervezas con algún tipo que le sonara de los bares, y aburrirse a las semanas, y enlazar con uno del barrio con el que no se hubiera peleado u otro del instituto que no le hubiera padecido, y vuelta a empezar. No envió cartas describiendo las fiestas en Camden, no llamó a propósito de un cumpleaños o una borrachera que despertase la nostalgia, nadie le visitó. La amistad requiere esfuerzo: no me refiero a cuestiones más prácticas, como el fingimiento —se comparten aficiones, se toleran los puntos débiles, se simpatiza con la familia o el resto de amigos—, sino a asuntos más sutiles y complejos. Muchas cuestiones al margen de las evidentes, esto lo descubriría Bravo en los años previos a esta historia, exigían esfuerzo, abnegación: la amistad y el amor, por lo tanto el sexo y el placer, la confianza, la suerte, etcétera. Para que la gracia te identificase entre los cientos de miles de cabezas que se devanaban en torno a la hipoteca y el trabajo y las cacas de los hijos, y posase en ti sus dones, debías ofrecer algo a cambio. Sin cita ni rumbo, sin epifanías, Bravo se movería por los bares del centro, los de primera hora, y se acercaría hacia la catedral. Le apetecía beber, y le apetecía que ocurriese algo. (..)


Mira a Josemari, estoy acordándome de Josemari. No me olvido de él y su nariz torcida y su pelillo engominado ni un puto segundo de mi vida. Los boquerones en vinagre nos los han pagado Bernardo, Josemari, Cristina que le dijo que el chaval de la heladería le caía bien y a lo mejor le convenía tenerlo en cuenta, que parecía suelto. Y voy para veinte años llenándome hasta los codos de mierda, escondiéndole la basura debajo de la alfombra y levantando los teléfonos que hagan falta. ¿Tengo motivos para quejarme? No. Hablo con gente que a veces hasta me cae bien, me tomo mis cafés y mis cervecitas y mis copas, y a final de mes, pum, la nómina. Yo tengo mis inquietudes, no te rías, joder, estar aquí contigo, voy a muerte contigo, Chus, pero Josemari... Me acuerdo de una vez, estaba yo recién afiliado porque me insistió en que me convenía, y él todavía alternaba la diputación con la empresa del padre. ¿Las huelgas de Maravall, tú te acuerdas? En el 86, en el 87: por ahí. A tu padre le arrearon cuando intentó disolver un encierro. Estaba yo en el último intento de sacarme Derecho, y había un grupo de compañeros organizándose con los de la pública para protestar, una panda de pijos creyendo que por compartir un tiempo y una ciudad se parecían a los otros, pero ahí estaban: organizando una asamblea en la católica. Eran cinco o seis, no más, pero hacían mucho ruido. Había un Moya, creo que Salvador, el que lleva la empresa de basuras. Yo era joven, ingenuo, mi madre me daba los viernes quinientas pesetas para el fin de semana, como un rey, y aquello me pareció no admirable, no es esa la idea: me pareció insólito. Gente con la vida resuelta, con una matrícula que nos pagaba papá, que tendría su buen trabajo en cuanto se licenciase, perdiendo el tiempo por gente que probablemente les odiara, y con motivo. Se lo comenté a Josemari llevándole a algún pueblo para alguna reunión, ya por entonces, sabes que transmite igual que un corcho blanco, y me miró muy serio, tanto como nunca. Me dijo que él no entendía la política como una herramienta para mejorar el mundo, sino para mantenerlo tal como lo conocía, porque así funcionaba y si una pieza se movía apenas un milímetro todo el engranaje se derrumbaría. Me acuerdo todavía de aquello. Tú eres un androide, Chusito, y Josemari es un muro de contención: los dos, a vuestra manera, cumplís sin pensar la función que os han asignado para que nada cambie, y mantener el orden. Joder, qué bajón, Chus. Yo que te había llamado para pasárnoslo bien esta noche. Me voy a mi casa a cortarme las venas, que a las nueve me esperan en Urbanismo. ¿Llegas bien solo, o te acerco en taxi? (...)

—Es lady Caroline Lamb —explicó—. Mi tema de tesis, aunque luego he ampliado intereses, que es un eufemismo para explicar que doy tumbos según me lo pida el currículo. Estando casada tuvo una relación con lord Byron, Caroline Lamb. Se conocieron poco antes de que él escribiera The Giaour, justo, el poema del seminario. ¿La ha mencionado ya Guzmán Espinosa? Como me lo sé de memoria, a veces desconecto... El marido la envió a Irlanda unos meses, queriendo apartarla de Byron y de la maledicencia, y cuando ella volvió a Londres Byron se negó a continuar con la relación; tendría ya otras cuatro o cinco amantes más. Pero el deseo se transformó en literatura, y se escribían poemas con provocaciones y reproches, competían por ver quién trataba un asunto con mayor originalidad, con mayor brillantez... Por parte de él, ni idea; yo sobre Byron siempre pienso como Eliot, pero me interesa más el personaje. Por parte de ella se convirtió en un vínculo de dependencia, incluso consciente de cómo él la dañaba: sabía que la desdeñaba como escritora, que como mujer prefirió siempre al resto, e incluso así actuaba como si nada hubiese sucedido, siempre contestaba sus cartas, valoraba los poemas en los que él la insultaba. En uno la llama «demonio». ¡Demonio! ¡Byron, a cualquiera! Luego publicó una novela autobiográfica, Caroline Lamb, digo, Glenarvon, sin firmarla. —Raquel giró el rostro hacia la estantería y, sin moverse del asiento, alargó el brazo, marcó con las uñas el lomo de varios libros, y tomó uno de ellos—. Aprovechando la tesis la traduje y preparé la edición. Mucha nota al pie. En este libro, y en los alrededores, cuatro años enteros de mi vida: cómo la primera escritura del antihéroe byroniano fuera de la obra de Byron no deja de ser él mismo, igual que en sus poemas, porque se debe a Lamb y Lamb le retrata. Fernández Cortés me niega y defiende que Polidori se le adelantó, pero las cuentas no salen. Hay aquí —Raquel tomó el libro, ya en las manos de Estefanía, y localizó una página al comienzo— un elogio precioso de Goethe. Merece la pena: la historia romántica, los ricos también lloran, el retrato de la sociedad... No tengo muchos ejemplares, así que no te lo puedo dar, pero sí prestártelo si lo quieres leer. ¿Y tú, qué? Yo iba a aprovechar este rato para un trabajo de Lingüística General, habría contestado Estefanía. Quizá no hubiese aprendido demasiado sobre fonética o gramática, pero sí en cuanto a relaciones sociales: ante determinadas personas, la primera respuesta convenía callársela, y optar por la segunda. —Es bonito el despacho —la tercera, en realidad. —Lo que más me gusta es lo que se oye. —Estefanía pensó que quizá Tapia Navarro se refiriese a alguna conversación en el de Ramírez Rejano; espionaje entre facciones contrarias, me aventuraría yo, Raquel anotando las jornadas que Conchi había planificado para adelantarse al solicitar una ayuda, comentando con Guzmán Espinosa las reprimendas a sus doctorandos—. ¿Oyes cómo llueve? Otra lección para Estefanía: un profesor imposta el discurso incluso en privado, rompiendo el precinto de una bolsita de almendras peladas. Toda la historia de Caroline Lamb le serviría para impresionar al catedrático en el seminario, o cuando se examinase dentro de dos cursos. Pero aquella perorata de Raquel sobre la lluvia mientras se llenaba la boca de frutos secos, a la alumna le incomodó. (...)

Desplacémonos hasta otra rama del conocimiento: de la filología a la genealogía. La universidad —el hogar de Guzmán Espinosa, las cajas de fruta de Sánchez Rueda, Luis, el banco en el que consumía yo las horas— se fundó en el comienzo de la dictadura, aprovechando la existencia de una Escuela de la Tierra: muchachos de las provincias limítrofes se desplazaban para ahondar en los saberes de la agronomía. La Escuela dependía de una universidad histórica, la de la capital de la región, que amplió poco a poco su oferta en la ciudad: Veterinaria, Derecho, en los cincuenta Filosofía y Letras, con especializaciones en Historia, en Española; Jesús Guzmán Espinosa se matriculó en la segunda promoción que escogió Inglés. Para entonces ya disponían de un membrete, la Universidad Ramón y Cajal, y un claustro con quienes no habían conseguido una plaza en su alma mater: sin contactos, o tan limitados que ni el apellido compensaba. Aquellos profesores se marcharon conforme sus maestros se jubilaban o morían —Sánchez Rueda, Trinidad, explicaba que el de Fonética cayó fulminado ante la pizarra, enseñándoles a pronunciar /tʃ/, choke, repetía, método pedagógico extremo o ataque al corazón: esto último, dictaminó el forense—, y los sustituyeron unos pocos expulsados de la gran ciudad, con los Sánchez Rueda a la cabeza —Luis, Trinidad, su marido: Antonio Cabrera Velasco, Mudito para la comunidad universitaria; no por su costumbre de hablar menos de lo justo, sino por los ojos saltones y las orejas inmensas, sin un pelo, igual que el enanito—, y los primeros doctorandos locales, con Guzmán Espinosa marcando territorio. Don Jesús se esforzó en reivindicar sus méritos —leyendas, maldiciones, la ciudad desvaneciéndose sin alguien con su nombre y su apellido— y probar a sus discípulos, fracasados casi todos, mientras los Sánchez Rueda —Mudito en la ecuación— se acreditaron, forjaron una red de colaboradores, obtuvieron sus cátedras, lograron la plaza para la hija de Trinidad y Antonio y su novio de entonces, se sentaron a aguardar la jubilación: Luis, en dos años; en cuatro, Antonio; en cinco, Trini. (...)



martes, 13 de octubre de 2026

"EL CONFLICTO NO ES ABUSO: CONTRA LA SOBREDIMENSIÓN DEL DAÑO" (Sarah Schulman)



¿Cómo llamaríamos a eso? Por supuesto, no debería sentirme obligada a besar a alguien a quien no quiero besar. Pero ¿y si no quiero querer besarla, pero aun así quiero hacerlo? Entonces, ¿es la respuesta del otro una invasión? Yo creo que no. 
Correos electrónicos, mensajes de texto y escalada negativa: Este papel central de la ansiedad en la escalada de un conflicto es una de las razones por las que, en nuestra época, el correo electrónico y los mensajes de texto son tan a menudo el origen de trágicas separaciones en relaciones potencialmente enriquecedoras. En primer lugar, el correo electrónico y los mensajes de texto son unidireccionales y no permiten que la información de retorno mejore o transforme la comprensión. Hay que hablar con la otra persona, sobre todo cuando los acontecimientos o los sentimientos están agitados. Me gustaría que todas las personas del sector industrial firmaran un compromiso para que cualquier intercambio negativo que se genere a través del correo electrónico o del mensaje de texto tenga continuidad a través de una conversación presencial. Es evidente que tenemos la responsabilidad de animar a nuestros amigos y colegas a no hacer juicios negativos basados en correos electrónicos o mensajes de texto. Muchas relaciones se arruinan por la naturaleza artificial de estos muros entorpecedores, en particular cuando una de las partes hace un juego de poder negativo al rehusar hablar en persona con la contraparte. Se crea entonces el falso problema sobre si las dos partes en conflicto hablarán o no lo harán en absoluto, lo que imposibilita abordar y avanzar hacia la verdadera fuente de ansiedad. 

Negarse a comunicarse siempre ha sido una de las principales causas de la falsa acusación, ya que garantiza una fantasía negativa sobre el otro, sobre todo en ámbitos especialmente sensibles como la sexualidad, el amor, la comunidad, la familia, la materialidad, la identidad de grupo, el género, el poder, la accesibilidad y la violencia. El correo electrónico y los mensajes de texto no nos permiten atravesar las fases humanas de los sentimientos que se producen cuando nos comunicamos cara a cara. Negarse a hablar con alguien sin condiciones de reparación es un extraño e infantil acto de destrucción en el cual no se puede ganar nada. Como toda negación, procede de un estado de rabia, y los estados de rabia son productos del pasado. Como dicen algunos: «Si hay histeria, es porque hay historia». Al negarse a hablar sin condiciones, una persona se niega a aprender sobre sí misma y, por tanto, a tener una mejor vida. Perjudica a todos los que la rodean al dividir las comunidades e inhibir el aprendizaje. Cuando tenemos condiciones (por ejemplo, «Me robaste el dinero para comprar drogas, así que hablaré contigo de esto cuando lleves tres años sobrio»), puede que no se cumplan nunca. Pero al menos siempre hay una posibilidad de reparación. Ocultar esta posibilidad convierte el conflicto común o la resistencia en la principal fuente de injusticia entre nosotros. Está diseñado para herir, y lo hace sin obtener nada más que dolor. Sin conversación, es la persona con más limitaciones la que tiene el control. El objetivo deseable para todos nosotros no es restringir a los que pueden, sino aportar más habilidades comunicativas a los que no pueden. El rechazo a través del correo electrónico, de los mensajes de texto y otras tecnologías impide que la persona que no sabe cómo resolver problemas aprenda a hacerlo. La mantiene presa en sus propios temores negativos e imaginados sobre el otro y en sus fantasías sobre su propia humillación o desaparición potencial si llegara a hablar con la otra persona y, por tanto, comprendiera lo que ella piensa y siente. A menudo estos bloqueos son instigados por la nada, el conflicto normativo o la simple diferencia. En la mente de quien bloquea, esto adquiere mayor importancia porque está demasiado ansioso por negociar o está paralizado por fantasías negativas sobre la posibilidad de hablar realmente con ese otro deshumanizado. No obstante, como también niega estas condiciones internas, la negociación se vuelve imposible. No pueden avanzar, al igual que le pasará a cualquiera que esté controlado por su negativa. Si pudiéramos reconocer que las relaciones son necesarias para la paz y la sociedad humanas, entonces los amigos o la familia dirían: «¿Qué es lo peor que podría pasar si hablas?» o «¿Cómo puedo ayudarte a comunicarte?». Por desgracia, la norma social distorsionada es ver el deseo de reparación como una agresión y la proyección de la fantasía negativa como un derecho. (...)


Tengo muchas ganas de verte. Te he invitado a comer y he estado pensando en lo que te voy a preparar. Sé que eres una madre soltera muy ocupada y asumo que poca gente te hace la comida, así que quiero ofrecerte algo diferente y agradable. Pero el día anterior cancelas la cita por correo electrónico. Esto es más o menos lo que escribes: Lo siento, pero la noche después de nuestra comida es la fiesta de la graduación de mi hijo y mi familia vendrá de fuera de la ciudad para la celebración y se quedarán en mi casa. Además, en dos días me lo llevaré de viaje y tengo un montón de preparativos que terminar. Lo siento mucho, Sarah. 
Ahora bien, si hubiéramos hablado, ni que fuera durante unos minutos, podríamos haber pasado por las reacciones normales. 
1. «Estoy decepcionada». 
2. «Ahora me doy cuenta de lo amable que fuiste al intentar quedar conmigo con todas las cosas que tenías que hacer, y quiero que sepas que lo valoro mucho». 
3. «Te traje un pequeño regalo. ¿Cuál es tu dirección? Te lo enviaré por correo antes de irme». 
4. Ahora que el asunto está resuelto, podemos pasar a conectar a otro nivel. «¿Cómo estás? ¿Estás emocionada por llevar a tu hijo de viaje?». 
5. Y, por último, agradecimiento: «Estoy muy contenta de haber tenido la oportunidad de escuchar tu voz». 
Tiempo total empleado para conectar, comunicar y respetar: de cinco a diez minutos. En cambio, con el correo electrónico, nada de esto es posible. Solo se puede transmitir un único sentimiento, en lugar de la progresión natural de emociones que permite la conversación. Así que, si respondo a tu correo electrónico con otro que diga: «Estoy triste, pero hablemos por teléfono antes de que te vayas», eso podría provocar la catástrofe definitiva. En lugar de llamarme, puedes decidir que te estoy acosando, que te estoy presionando, que te hago sentir culpable, que estás demasiado ocupada para llamar por teléfono, que no puedes enviar mensajes de texto, que estás demasiado enojada, agitada. Tienes demasiadas cosas en las que pensar. Simplemente no se nos permitirá avanzar. Toda tu rabia sobre tu familia y sobre quién estará o no en la fiesta de tu hijo, tus conflictos sobre tu vida, todo eso converge en mí y en la horrible demanda transgresora que te he hecho al pedirte que hablemos. En realidad soy tu amiga, pero tú me conviertes en tu enemiga. Por lo tanto, no me respondes y ahora estamos jodidas. 
El correo electrónico crea represión y ansiedad. Nadie es reconocido y nadie es afirmado. La única manera de recrear el ciclo humano normal de respuesta es enviar más correos electrónicos o textos cortos seguidos, cada uno con una posición mejorada. El siguiente mensaje te asegura que te entiendo, ya que temo que me estés malinterpretando. Y el último te desea un buen viaje. Sin embargo, para entonces no habré hecho más que empeorar las cosas al entrar en el terreno de lo que sé que considerarás, de manera simplista, como «excesivo», cuando en realidad es franca y literalmente insuficiente. Cinco mensajes de texto están culturalmente estigmatizados como excesivos, pero solo cubren un minuto o dos de conversación. Y las personas, para entenderse, necesitan conversaciones interactivas, aunque sean cortas. (...)


Otro ejemplo, en esta ocasión ajeno. A veces, personas enfadadas, supremacistas o traumatizadas envían correos electrónicos ordenando: «No te pongas en contacto conmigo». Aquí quiero decir, para que conste, que nadie está obligado a obedecer una orden unidireccional que no ha sido discutida. La negociación es una responsabilidad humana. Los niños pequeños dan órdenes a sus padres: «¡Mamá, siéntate ahí!». Cuando los adultos dan órdenes escudándose en la tecnología, se comportan de forma ilegítima. Estas órdenes unilaterales no tienen que ser obedecidas. Hay que discutirlas. Dos personas presentes en una situación significan dos experiencias, dos puntos de vista, dos fuentes de información, dos voces. Hablar del conflicto ahorra tiempo, ya que mantener una enemistad producida por un correo electrónico/mensaje de texto con alguien con quien tu vida podría enriquecerse hace perder años, si no vidas. Así que enviar a una persona un correo electrónico que diga «No quiero hablar contigo» y luego negarse a discutir el problema en cuestión, o incluso a interactuar, no resuelve nada. De hecho, crea ansiedades, miedos, antagonismos y dolores que pueden ser duraderos. La presunción performativa que está en la raíz de este tipo de acciones agresivas es el melodrama según el cual las órdenes por correo electrónico son un «último recurso» en respuesta a alguna horrible transgresión. Pero lo más probable es lo contrario. A menudo, una conversación real iluminaría los matices y corregiría los malentendidos. La verdadera pregunta es: ¿por qué una persona prefiere tener un enemigo a tener una conversación? ¿Por qué prefiere verse a sí misma como acosada e invadida, en lugar de tener una conversación que podría revelarla como participante en igualdad de condiciones en la creación del conflicto? Debería haber un alivio al descubrir que uno no está siendo perseguido, pero, en realidad, en la forma en que hemos malinterpretado estas responsabilidades, el alivio, tristemente, está en confirmar que uno ha sido «victimizado». Esto viene acompañado del alivio que produce abdicar de la responsabilidad. Hay algo en la persona que se esconde detrás del correo electrónico que quiere que esas ofensas sean reales. Quiere sentirse víctima. Así no tiene que considerarse críticamente o pensar en el otro con cierta complejidad. No hay culpa ni responsabilidad si uno es víctima del correo electrónico. Del mismo modo, las «disculpas» por correo electrónico también pueden ser unidireccionales y crear aún más complicaciones por la falta de afecto. Una disculpa que no permite a la otra persona hablar no es una disculpa. Las personas necesitan hablar, mirar, oler, tocar, experimentar el tono de voz, la expresión facial, hacer bromas, sentarse, cambiar la velocidad y hacer evolucionar sus ideas y sentimientos frente al otro para producir significado. Necesitan comer juntos. Como dice el viejo chiste judío, «“Camarada Stalin, eres el verdadero líder de Rusia” también podría ser “Camarada Stalin, ¿eres el verdadero líder de Rusia?”». (...)



Ahora, la cualidad reductora de los eslóganes publicitarios se aplica a mensajes sociales extremadamente serios sobre los derechos humanos y la seguridad. No están ahí para vendernos pastillas de lavavajillas, sino que están pensados, por ejemplo, para ayudar a las mujeres a protegerse de la violencia machista. Pero debido a la resonante falta de sutileza, también pueden convertirse en refuerzos de la negación. La contradicción es un terreno difícil y lleno de matices que debemos abrazar si queremos ser funcionales, decentes y sinceros. Uno de ellos es «¡Hermana, yo sí te creo!».[3] Tenemos este eslogan en circulación porque a muchas mujeres no se las cree cuando dicen la verdad. Pero ¿qué pasa cuando no dicen la verdad? ¿Debemos seguir creyéndolas? 







Las historias del racismo y el colonialismo a menudo nos recuerdan que las mentiras de las mujeres blancas han sido utilizadas para justificar todo tipo de crueldades contra la gente racializada, en especial los hombres negros y morenos de Estados Unidos. Cuando insistimos en que hay que creer a las mujeres pase lo que pase, estamos ayudando a las personas que dicen la verdad sobre las violencias que han sufrido. Pero hay todo tipo de verdades. A veces «decir la verdad» significa representarse a una misma como imperfecta o equivocada, y a menudo se castiga este acto productivo y generoso. Por eso, insistir en que las mujeres están diciendo «la verdad» que, de hecho, no se nos permite contar puede negarles la posibilidad de contar historias mucho más matizadas y complejas sobre sí mismas, que podría ser lo único capaz de ayudarlas a acercarse a una vida más plena. ¿Qué pasa cuando las mujeres dicen cosas que no son ciertas porque no se entienden a sí mismas, a nosotras mismas? Defenderse, por supuesto, rara vez es deliberado cuando no somos autoconscientes, autocríticas, responsables o psicológicamente afinadas. ¿Siguen los demás obligados a obedecer? 


Existe un modelo social contemporáneo de «agresión» bastante visible, acordado colectivamente y casi tradicional en el que un hombre invita a una mujer a responder a sus deseos cuando ella no los comparte ni ha sugerido o anunciado que lo haría. Se supone que él reconoce que ella nunca sintió ni sugirió esos sentimientos. Si en este punto de la narración él la fuerza física o —lo que es más interpretable— psicológicamente de alguna manera, todos estamos de acuerdo en que esto es una forma de abuso. Es «poder sobre otro». Por lo general, el final alternativo que se ofrece es que, en lugar del uso de la fuerza, esperamos que él reconozca y se disculpe por el malentendido. Entonces ella puede marcharse y decirle a todo el mundo que él «trató de ligar» con ella, pero que ella lo rechazó. Esa es la versión en clave de «final feliz» de este escenario. Dadas las limitaciones en el comportamiento de las mujeres, ella conserva su pureza, su adecuada falta de sentimiento erótico femenino. Consigue anunciar que es atractiva, como se supone que deben ser las mujeres, pero que no se siente atraída, porque se supone que las mujeres no deben sentir atracción. Pero ¿y si ella se sintiera atraída por él y lo demostrara y no lo reconociera? ¿Y si él no quiere vivir con la narrativa de «Él se me insinuó»? Como escritora, sé que existe, después de todo, el derecho a ser descrito de una forma precisa. Lo que él quiere es la versión de «Me sentí atraída por él, pero yo no quería reconocerlo, así que me confundí». No tenemos lenguaje ni metodología para esa opción, porque de inmediato se convierte en «culpa» de ella. En un mundo basado en la culpa, desafortunadamente, las mujeres tienen que ser claras para permanecer limpias, así que evitar la culpa significa evitar la complejidad, las contradicciones y las ambivalencias. Hay algunas mujeres, a menudo de clase burguesa, que ahora representan ese acto público comúnmente reconocido como «abuso» o «agresión» con facilidad: que la otra persona, hombre o mujer, quería algo de mí que yo no quería y por eso «fui agredida». Es un atajo. Pueden seleccionar algunos detalles y omitir otros; pueden reordenar los acontecimientos para que las consecuencias se reconstruyan como causas; pueden negarse a comprometer la secuencia, el objetivo. Si recito estas pocas palabras: «Fui agredida» o «Abusó de mí» o «Era una relación basada en el maltrato», de inmediato se entiende como que tengo razón, que he sido violentada, que estoy en peligro y que, por lo tanto, merezco la aprobación del grupo, mientras que la otra persona (él/ella) está equivocada, es una acosadora; tuvo deseo y yo no, por lo que yo estoy limpia y él/ella es un maltratador. Y si esa persona quisiera aclarar esto o discutirlo hasta que se revelen más complejidades, entonces él/ella sería considerado un acosador obsesivo, mientras que yo seguiría limpia. (...)


No estoy manchada por el deseo o la curiosidad sexual, no he hecho nada malo y, por lo tanto, soy una víctima. Soy una virgen ética. Reconozco lo anterior por mi propia experiencia en ambos lados de la moneda. Me he sentido atraída por alguien y luego he fingido que no lo estaba o he negado que lo estuviera. Recuerdo que una persona me dijo: «No deberías decir que no te sientes atraída cuando sí lo estás». Tenía razón, y eso se me ha quedado grabado. Ahora, al oír «Cuando una mujer dice que no, quiere decir que no», sé que eso es demasiado simple, porque yo he dicho que no cuando esa no era mi intención, y soy mujer. Cuando dije que no, había veces que no sabía que en realidad sentía que sí, así como hubo veces en las que sabía que en realidad «sentía» un sí. Las personas no siempre saben lo que sienten ni reconocen lo que realmente saben. A veces decimos lo que creemos que debemos decir o lo que estamos acostumbradas a decir; no le damos una oportunidad al momento real. A veces solo probamos a decir ciertas cosas. En consecuencia, hacer una acusación no nos da la razón, estar enfadados no nos da la razón, negarnos a comunicarnos no nos da la razón. De hecho, todas esas cosas pueden hacernos estar muy equivocadas. En la experiencia del «romance», existe toda una gama de narrativas de persuasión. A veces hay una seducción de por medio, una conquista. A veces hay un proceso de reafirmación. A veces una persona empieza resistiéndose, pero luego se abre o se da cuenta de que está confundiendo su pasado con su presente o que simplemente tiene miedo al cambio. A veces una de las partes puede ver el futuro con claridad mientras que la visión de la otra está oscurecida por antiguas experiencias no resueltas. A veces alguien necesita ser seducido. A veces una de las partes tiene una impresión equivocada de la otra persona y es incapaz de ver sus cualidades. (...)


En la película, el amante potencial va, toca la puerta y dice: «Espera», y la parte reticente espera. «Escucha —le dice—, sé que alguien, tu ex o tu padre o alguien, te ha contado una historia sobre ti. Que no sabes cómo amar. Pero estoy aquí para decirte que no es cierto». Por desgracia, en nuestra confusión contemporánea, cuando el otro golpea la puerta de nuestra protagonista, se convierte en un acosador. Ya no está permitido visitar sin avisar cuando las cosas están tensas. No se puede llamar por teléfono para ofrecer el monólogo de la persuasión a corazón abierto, porque nuestra heroína se esconde detrás del buzón de voz. Tampoco es posible enviarlo por correo electrónico, porque será borrado o reenviado a miles de personas. Si ha tocado la puerta, telefoneado y enviado un correo electrónico, es oficialmente, en la era de la sobredimensión del daño, un acosador (o acosadora). La persona que lucha por una conversación honesta que pueda sanar —antaño un personaje tan conocido y querido—,por desgracia ya no existe. Y así, la Sra. Reticente nunca consigue la realidad afectiva, la piel, la voz, el tono, los ojos, la sonrisa, las bromas y, sobre todo, el vaivén, la interactividad que le recuerda lo que se siente al dejar entrar a alguien, la interactividad que produce la revelación de que su futuro no es imposible. En cambio, el dolor del pasado domina sobre la posibilidad. Sugerir lo contrario está prohibido. Si el cine replicara estos valores restrictivos, las películas serían aún peores de lo que ya son. No hay sorpresas. El primer impulso sería el único impulso. Pero, en la realidad, el romance no siempre empieza con buen pie: dos personas no siempre ven el potencial de la otra al mismo tiempo y, afortunadamente, otras personas pueden transformarnos con su esperanza, su perdón y su optimismo. A pesar de todos nuestros temores, podemos mejorar la vida del otro. A veces uno de nosotros lo sabe antes que el otro. También hay sorpresas positivas en la vida. Que nuestra heroína haya decidido que nunca podrá construir una relación que tenga sentido con alguien no significa que tenga que aferrarse a esa creencia. Aunque los traumas no recuperados son a menudo una prisión de inflexibilidad, algunas personas tienen opciones para responder. Es posible que otra persona haga realidad ese cambio atreviéndose a imaginar lo que para nosotros puede parecer inimaginable. Lo cual puede ser el amor. (...)

Una vez, después de un almuerzo increíblemente cómodo y enriquecedor con alguien con quien no había potencial para una relación romántica, le pregunté a la mujer en un mensaje si le gustaría seguir hablando por teléfono. «Por favor, siéntete cómoda de decir que no», escribí. Ella respondió que sí, que le gustaría, que también había disfrutado de nuestra conversación. Entonces le envié un mensaje para ver si quería hablar el sábado. 
«Tengo planes —me respondió—. Pero hablemos pronto, ¿vale?». En mi mente, ahora tenía dos asentimientos evidenciados por la palabra disfrutar y la frase «Hablemos pronto, ¿vale?». 
Así que le respondí: «¿Qué tal cuando llegue a casa mañana?». 
No me contestó. ¿Y ahora qué? Había dicho que sí dos veces. Esperé y luego le ofrecí una salida. 
«Si estás muy ocupada, avísame. Si no, ¿qué tal el día 25?». 
No respondió. Si vuelvo a contactarla, ¿soy una acosadora? Desde mi punto de vista, creí lo que dijo. Le había preguntado y ella había dicho que sí. Ambas reconocimos mutuamente que había un entendimiento, un placer. Luego ella desapareció. Sin embargo, todavía le di la oportunidad de una salida elegante. ¿No tiene la gente cierta responsabilidad de rendir cuentas? ¿O es que la nueva victimología me obliga a interpretar un sí como un no y el silencio como un «Cambié de opinión»? No responder no es una respuesta. No es razonable esperar que otras personas interpreten nuestros silencios. Eso, creo, es una carga injusta. Creo que ella debió haberme dicho: «Dije que sí, pero ahora me doy cuenta de que tengo miedo, no estoy tan interesada como creía, soy tímida, me siento intimidada, temo que me vuelvan a hacer daño, no quiero la responsabilidad», lo que sea. Y yo podría haber dicho: «Gracias por hacérmelo saber». O, incluso mejor, podríamos haber hablado sobre la ansiedad. (...)

¿Pedir algún tipo de respuesta es ser acosador? No responder pone toda la responsabilidad en la otra parte. Hace tiempo que pienso que reprimir produce ansiedad, mientras que rendir cuentas crea alivio. Pero hay ansiedades que son consecuencia y otras que son causa. ¿Por qué no tener un valor común de resolución? Imaginemos que esta persona se hace responsable y al final elige la amabilidad/responsabilidad mutua en lugar de la acusación. Se da cuenta de que está enfadada conmigo sin ninguna razón causada por mí, de que se trata de cosas viejas actuando en lugares nuevos y, por lo tanto, hace lo correcto: levanta el teléfono y hablamos. Nos vemos y, de ese modo, permitimos que la amistad se vuelva importante para nosotras. Tenemos un final feliz gracias a una simple llamada telefónica. El problema es que el silencio no es responsabilidad. Sentirse confundido, sentir la ansiedad de la atracción por un cuerpo o una mente, sentir que ha llegado alguien para quien no se está preparado no son señales de que alguien me esté haciendo algo malo. La mujer que me dijo: «No deberías decir que no te sientes atraída cuando sí lo estás» no me estaba acosando. No me estaba quitando el poder, no me estaba dominando, no quería controlarme. Por el contrario, me estaba ofreciendo un regalo: me dio un código de decencia. (...)

EL CONFLICTO NO ES ABUSO: 
CONTRA LA SOBREDIMENSIÓN DEL DAÑO.
Sarah Schulman.
CAPITÁN SWING.