ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 10 de marzo de 2026

Lo mejor de DESDE EL JERGÓN (memorias de JOSELE SANTIAGO)


Siempre quise estar en una banda de rock. Desde pequeñín. Cuando las cosas se tuercen me obligo a recordármelo una y otra vez: «Es lo que querías, ¿no?». Como suele decirse, nadie dijo que iba a ser fácil. Se supone que eso no importa, pero la verdad es que cuesta llegar, y enseguida caes en la cuenta de que no tiene sentido esperar nada a cambio. Ese es precisamente el significado de «arriesgar». También cuesta mantener la nave a flote, porque el equilibrio depende exclusivamente de la tripulación. Desilusiones, sacrificios, secuelas… Este es uno de esos trabajos en los que te dejas la salud. Disculpa la divagación, pero ya que me pongo a escribir un libro quisiera dejarlo claro. Alegrías muchas, por supuesto. Satisfacción, pues también. Mucha. Pero todo eso se gana a pulso. «Respeto» es la palabra. Eso de que el tiempo pone las cosas en su sitio es una mierda. Las pones tú o vas listo. No digo yo que haya terminado aquí por puro descarte. Pero entonces cómo se explica que sea ahora lo que quería ser de chiquitillo. Pues vete tú a saber, pero el caso es que siempre me las he ingeniado para tener una guitarra a mano. ¿Lo recuerdas? No eras más que otro mocoso perdido en el bullicio de la verbena, extasiado frente a la orquesta y del todo ajeno a las atracciones. Ni siquiera el olor de los churros y el algodón de azúcar conseguían sacarte de tu abstracción. Porque esta fascinación por las guitarras eléctricas y el brillo de los tambores es como la mordedura de un lagarto: nunca te va a soltar. No serás capaz de apartar la mirada del escenario y te preguntarás de dónde salen todas esas canciones. Quién las escribe. Cómo lo hace. Por qué son tan buenas. Y el mero hecho de que un señor se plante ante el micrófono y cante las palabras despierta en ti el hechizo. (...)

Que yo recuerde, siempre me han rondado melodías por la cabeza. Diseño líneas de percusión para ellas con la boca, entrechocando las mandíbulas. Las muelas retumban en el cráneo con un timbre grave y seco, de manera que ellas se encargan del bombo, y con los incisivos marco lo que sería la caja. Los colmillos son perfectos para hacer redobles de timbal, y simulo los platos con golpes de aire. Soltándolo por la nariz el efecto es muy parecido al de un ride, y chistando la lengua se obtiene un crash bastante convincente. Los hijos únicos pasamos mucho tiempo solos y acabamos haciendo cosas raras. Yo voy por la calle bufando y desencajando las mandíbulas. Puede que parezca un pelín perturbado. Pero no estoy loco. Todavía no. Al menos no tanto como creen mis compañeros de clase, que me llaman así desde pequeño. El Loco. El Loco esto, el Loco lo otro, el Loco es anarquista… Yo qué sé. Incluso algún profesor me llama así. El Loco. Me importa un cojón. Solo intento llenarme de música. Me gusta sentirla dentro de mí. Cuando escribes una canción donde sea que estés con tu lápiz y tu guitarrica casi puedes escuchar en tu cabeza cómo va a sonar cuando esté lista para ser grabada. Formas parte de un ente que conoces a la perfección. Cuando la canción comienza a tomar forma en el local de ensayo, tú ya no estás en un local ni en un ensayo. Llegas a algún lugar y te encuentras firmemente anclado a él por líneas de bajo y golpes de tambor, mientras un ejército formado por cuerdas metálicas, cables e imanes acorazados te empuja con fuerza hasta un cielo que se deja acariciar por tus cuerdas vocales. Un árbol enorme y poderoso que, sin embargo, se presta a jugar contigo como si fuera un potrillo. Pero la canción, como todo, se acaba. Y el local de ensayo sigue ahí, a medio iluminar porque el fluorescente ha decidido ponerse a parpadear para recordarnos de dónde venimos y a dónde vamos. Recoges tus cacharros y sales a la calle. Bullen por tu cabeza contratos, facturas, cachés, derechos de autor y agencias de contratación. Haces cuentas. No cuadran. Cada paso que das resuena en la acera, y la boca de una alcantarilla se resiste a contar que, solo unos metros más abajo, millones de ratas se asesinan las unas a las otras para sobrevivir y que hay demasiados hombres imitándolas aquí arriba. No han pasado ni veinte minutos y ya no queda ni rastro de tu precioso árbol ni del cielo resplandeciente ni del potrillo. Afines que se atraen y contrarios que se repelen. A eso parece reducirse todo. Y, sin embargo, cualquier vida cobija una epopeya. (...)

Un día reparo en que, en lo que atañe más o menos directamente a lo profesional, la mía ha sido contada en versiones no solamente dispares, sino en su mayoría escasas de puntería y faltas de autoridad. No me encuentro cómodo con eso y, de repente, se me antoja razonable hacer algo al respecto. Nada drástico. Es solo este librito que empiezas a ojear. Una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de orear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario. Y ahí seguimos, quemando años, asfalto y menús del día. Nada de estrellas, cero patatero en glamur para Los Enemigos. Canciones desde el jergón, gente corriente y la bendita carretera, que no se cansa de vernos pasar. (...)


El riff de «Fuagrás» me delata. Fun House es mi disco favorito de todos los tiempos. Es una verdadera obsesión la que tengo con él. No puedo evitar revisitarlo mentalmente una y otra vez mientras me pateo la noche dejándome llevar por la dextroanfetamina o dedico tediosas mañanas a subrayar números de teléfono de posibles ñapas en la sección de empleos del periódico. No soy capaz de sacarme esas líneas de bajo de la cabeza. Mi organismo apenas tiene veinte años, pero ya empieza a quejarse. No importa, yo solo quiero escribir canciones chulas. El médico de cabecera me muestra el camino: «Cuando tengas cuarenta años, en lugar de hígado, tendrás fuagrás». Vale, doc. Aquí hay carrete. (...)
Me cuelo en la estación del Norte a fumarme una rasca que me está esperando incrustada en su cachito de papel albal. Se supone que la estación está abandonada, pero a veces un tren echa a andar sin previo aviso. Siempre lo pienso. Las vías del tren, el jaco, el alcohol… Mira que si un día me quedo frito por aquí… He leído que más de un bluesman terminó sus días así, despanzurrao en un lugar como este. A quién le importa. Releo por diezmillonésima vez un papelote arrugado que me saco del bolsillo y me siento bien. Porque creo que ya lo tengo. Me gusta el ripio: «Y es que el tren se lo llevó / a mi abuelo por delante. / Pobrecico, se quedó / mucho más feo que antes». Artemio siempre sostendrá que somos una banda de «ripianblús». Yo aún no sé quién es Artemio, pero eso no importa porque tenemos tiempo de sobra. Recogeremos el hígado del abuelo, se lo llevaremos a la abuela para que nos lo cocine, nos lo zamparemos y lo contaremos en el primer corte de nuestro primer disco, que se llamará Ferpectamente en honor al vino peleón y los tebeos de Astérix. (...)



Esto se va llenando. Soy el único que no va de rocker, porque sucede que últimamente me muevo con unos del instituto que son muy salaos y, bueno, se suelen juntar con otros rockers, claro. Aunque a mis nuevos amigos en realidad les importa tres cojones si vas de esto o si vas de lo otro. Son bastante abiertos de miras y escuchan otras cosas, aparte de lo que cabría esperar por sus tupés. Pero cuando se juntan con gente de su vaina no las tengo todas conmigo, ¿sabes? Porque resulta que por el centro de Madrid rula gente que se toma estas historias muy en serio. A la que te descuidas acaban a hostias con los mods o los punks o los skinheads y más cosas que hay. Yo no sé, en mi barrio tenemos nuestras movidas, claro, pero estas del centro son como más de película americana. Un protocolo del copón, con sus uniformes reglamentarios y toda la hostia. Me echo un culín de birra en el coco y me peino así para atrás, yo qué sé. Decido no mirar a las chicas, no la vayamos a tener. En la puerta hay un tipo tocando canciones de Bo Diddley con una Martin D-28. Nunca había visto una de cerca y me gustaría pararme a hablar un rato con su dueño, pero parece que las puertas se abren y mis colegas me empujan impacientes. Una vez dentro nos concentramos en beber gratis, que es a lo que hemos venido. Imposible no mirar a las chicas. Decido no mirar a los chicos. No sé cómo lo hago. Siempre acabo con una basca que no es la mía y sin un clavel en el bolsillo. Bueno, casi sin un clavel venía ya de casa. A veces acabo por ahí con no sé quién, pero la mayoría de las noches me vuelvo a casa solo y a pinrel. Si hay que patearse la ciudad entera, se patea. Madrid, oscuro y prácticamente desierto, me vuelve a engullir. (...)


«Qué, ¿parriba?», o bien «qué, ¿pabajo?». Una de dos. La señora Florinda no suele decir mucho más mientras estruja su autoestima en el mocho de fregar las escaleras. Con su gastada bata rosa, sus pantuflas con borla y los rulos puestos, Florinda es el primer ser humano que me encuentro casi todos los días al salir a la calle. Siempre con los labios pintados de rojo encendido y la sonrisa eternamente puesta. Algo me dice que en cuanto llega a casa se le borra. Florinda es la señora de la limpieza de mi bloque, y la primera canción que escribo se la debo a ella. Pobre Florinda. Su existencia no parece digna de ser relatada por la emergente cultura de «lo auténtico» que se extiende por Malasaña. Pero para eso estamos Los Enemigos. La imaginería del rock no nos dice gran cosa. Ni mujeres fatales ni lencería fina ni cuero negro ni leches en vinagre. Nuestra primera incursión en el universo femenino viene embutida en una bata de guata barata y no se quita los rulos ni para ir a trabajar. (...)

Detecto un intruso en nuestras plácidas tardes de vino guarrindongo y blues rural. Se trata nada menos que del futuro. El muy cabrón, que no solía ocupar más de media hora en nuestros horizontes, lleva un mes monopolizando las otrora divertidas tertulias en casa de Artemio. Últimamente andamos con esa paranoia metida en la cabeza, y yo hasta le he pedido al bueno del Marce que me enseñe a manejar la cafetera, sujetar la bandeja y todo ese rollo. De natural optimista y bondadoso, me augura un gran porvenir en la hostelería, a pesar de que los dos sabemos que si he nacido para algo, no ha sido para esto. Ah, el futuro. Las propuestas de Roberto parecen divertidas, pero uno del bar que es abogado nos advierte de que están todas castigadas con al menos diez años de prisión. (...)

Tiene unos siete años más que yo y es un espectáculo en sí misma. Muy elegante y estilosa, trabaja en un bufete de abogados, y cuando vamos juntos por ahí, la gente debe de pensar que es mi asistente social o algo así. Pero es mi chica. Que me he echado novia, coño. Lola es una rubia con mucho carácter. Lleva el pelo cardado, tiene unas piernas perfectas y, si se lo propusiera, con una mirada sería capaz de derretir el Capitolio. No sé qué habrá visto en mí, pero ha decidido que yo sea su chico. Por las noches se maquea a conciencia, y entonces ya no sé lo que parezco a su lado, con esta zarrapastrosidad que arrastro por la vida. (...)

Artemio y un servidor llevamos un buen rato sin parpadear ni nada. Mi amigo está como petrificado. 
—Ahora es cuando nos abren el ojete, ¿no? 
El hecho de que nos hayamos quedado solos los dos parece cosa del destino. Conectamos enseguida cuando nos presentaron. Se trata de algo cósmico y natural. Nos reímos con historias que a nadie le hacen gracia y nos atraen las mismas cosas: el vino peleón y el coñac, el blues rural y el otro, los bichejos y las plantas, los Kinks, Dr. Feelgood, los Flamin’ Groovies, la jota aragonesa y la navarra, Robert Crumb y Mortadelo, salir por la noche en la ciudad y respirar el aire fresco del campo, los versos de Quevedo y las novelas de Eduardo Mendoza, los callos a la madrileña y el gazpacho andaluz… También ocurre que a los dos nos encanta el rock and roll, pero nos da mucho por culo toda esa parafernalia que se trae. No nos interesan las chupas de cuero ni las motos ni tatuarnos el pellejo ni todo ese rollo del malditismo y la autodestrucción. Bueno, a mí las drogas sí que me gustan. Todas. Desde que tengo uso de razón. Pero a Artemio le sientan mal. Bastante ha tenido ya con hacer la mili dos veces. Volveremos sobre esto. (...)

Entre todo el cristo que se está armando en el estudio me ha dado por pensar que aquí, entre todos esos botones y piloticos de colores que se encienden y se apagan, tendré que volver una y otra vez mientras siga en este cochino mundo, porque eso querrá decir que sigo escribiendo canciones y que me dejan cantarlas por ahí. Que sigo con vida y todo va ferpectamente. (...)

Los Glutamato fueron unos padrinos fantásticos. Al volver de los bolos tienen el detalle de acercarme a mi casa o a donde sea. El primer sueldo se lo pensaba dar a mis padres para ayudar en casa y todo eso. Anda que no iba a quedar yo bien. Pero ya estaba tuteándome con los ángeles cuando mi colega el Julito, que lo ve todo antes de que exista, me sale al paso. Siempre está donde se cuecen las habas, el jodío. En este caso, los cincuenta metros que separan mi portal de la furgoneta. Tampoco es que le costara mucho convencerme. Nos lo gastamos todo o casi todo. En qué va a ser, coño. En el país de Comprasvendes las cuentas nunca cuadran. (...)


Probamos un montón de bajistas, y después Artemio y yo nos quedamos en el local para contrastar ideas. Aparte de eso, ya casi nunca quedamos. Nos vamos cada uno con nuestra chica por ahí. Nunca habíamos tenido novia y ahora hemos picado los dos casi a la vez. Hay que ver. Es un poco raro que Lola y Paloma, nuestras respectivas, sean hermanas. Ahora somos, como quien dice, cuñaos. Creo que «Soy un ser humano» refleja esta situación con un sentido del humor que no pillaré hasta mucho más tarde. He apostado todo a una carta: Los Enemigos. No tengo nada aparte de eso, y todo gira a su alrededor. Además de una obsesión, para mí es una cuestión de supervivencia. Artemio me trae la letra casi terminada y me pide que le ponga música, en un movimiento que enseguida interpreto como simbólico y premonitorio, porque es evidente que perdemos sintonía. Algo así como «hagamos algo chulo juntos antes de que se vaya todo al carajo». Pero detrás de la coña hay toneladas de nostalgia. De todo lo que deja uno atrás al enamorarse. De olvidarte de jugar en la calle con tus amigos… En «Soy un ser humano» uno se topa de bruces con la enorme añoranza de un futuro sin rostro. Hago lo que buenamente puedo y tengo a bien mostrarle el resultado a mi compadre en la furgoneta, con la guitarra acústica que solemos llevar para amenizar estos viajes tan largos. Y entre que comentamos la jugada y añadimos este detalle y quitamos aquel otro, entramos en un túnel larguísimo que bien podría ser el del tiempo. De súbito, nos encontramos bebiendo vino peleón en casa de Artemio, escuchando blues y tocando la guitarra y aporreando la mesa con los vasos… Estamos atravesando el tiempo y el espacio. Así es. El panel de mandos confirma alteraciones sustanciales en ambas dimensiones: han pasado un par de horas (tiempo) y nos encontramos algunos kilómetros más cerca del bolo (espacio). O más lejos de casa. Eso ya se conoce que va por gustos. (...)


Anda que no se conoce gente tocando con The Nativos estos, copón. He coincidido varias veces con Antonio Fidel de El Último de la Fila, y se viene encantado a hacer un par de conciertos bastante delirantes con Los Enemigos. Antoñito ya me había iniciado en los misterios del murcianismo, que es una corriente filosófica de la que sigo siendo fiel devoto. Nos vamos a Valencia el día anterior para hacer unas radios y todo eso. Pernoctamos en casa de Manolo Rock, que es algo así como el Turmix de allí, y por la mañana caemos en que se nos ha perdido Artemio. Anoche tuvimos algún que otro cambio de impresiones con una poderosa dama llamada Mescalina y nadie recuerda haberlo visto marcharse. Hemos aprovechado las entrevistas para intentar localizarlo («Artemio, tío, si estás oyendo esto blabla…»), pero no ha sido hasta la hora de la prueba cuando ha aparecido por las inmediaciones de la sala. Viene acompañado de seis o siete perros, todos ellos machos. Se conoce que huele a perrilla en celo o algo así. Asunto aclarado. Nada que no se arregle con una buena ducha y un par de cervezas. En uno de los bolos nadie aplaude ni nada, y decidimos hacer el repertorio entero otra vez, a ver qué pasa. Al otro no viene nadie. Nos lo hemos pasado de puta madre con Antonio, pero la pieza que nos falta sigue sin aparecer. El hueco es un tumor que ocupa ya más espacio que Artemio y yo juntos, no hace más que crecer y se extiende de manera alarmante por todo el organismo enemigo. La situación de Fino también es rara. Lo ha dejado todo en Almería para unirse a los Glutamato Ye-Yé, y a los pocos meses los tíos van y se separan. Ha tenido el tiempo justo para hacer algunos conciertos y grabar el disco de despedida. Seguimos coincidiendo a menudo por la noche malasañera, pero no se me había ocurrido nunca tomar una cerveza con él. Lo hacemos y quedamos al día siguiente para tocar un ratillo. A veces uno tiene la solución tan cerca que ni la ve. (...)

Aunque no vayamos mucho por allí, mantenemos nuestro local de ensayo en el Chueca pre-Orgullo, que es una especie de parque temático de la droga dura en pleno centro de Madrid. Hay heroína por todas partes. El tugurio está regentado por un gringo que asegura pertenecer al Cuerpo de Marines. Aquí siempre huele a rayos porque el tipo se pasa el día hirviendo coles en un camping gas. Cada vez que nos ve nos da una tarjeta de Matabicho, una empresa de fumigaciones cuya trayectoria, me temo, se limita a describir una elipse entre el magín de este personajo y sus tarjetas, antes de desaparecer para siempre en el éter. «si tiene bicho, llamen matabicho». (...)


A la gente de la Movida les encanta sentar cátedra y prohibir cosas. Lo hacen sin previo aviso, y todo el mundo vive aterrorizado ante la idea de no enterarse a tiempo y quedar como un garrulo. De tanto teorizar, han acabado aburriendo hasta a los intelectuales. La lista de artistas proscritos incluye a todos los pioneros sin cuyo talento ningún modernillo se hubiera podido subir jamás a un escenario a hacer el moña. El blues es uno de los estilos más afectados por toda esta subnormalidad. Se considera bazofia para jipis. Pero si a gente más o menos asentada en el bisnes como Pata Negra o Siniestro Total todo este asunto se la trae floja, imagínate a nosotros. Ya me había acercado al blues rural cuando escribí «Tengo una casa», y ahora parece que le ha llegado el turno al «otro», que es como llama Artemio al blues electrificado. Vamos a ponerle letra. (...)


Los locales del marine han cerrado, y Lalo sugiere que traslademos nuestros bártulos al de Los Ronaldos, que está a dos o tres manzanas, y lo usemos hasta que encontremos otra cosa. A los de Coque Malla les está empezando a ir realmente bien. Pese a compartir local, respiramos aires distintos. El suyo está impregnado de renovada euforia, y el nuestro sigue oliendo al mismo vino peleón de siempre. Sin embargo hacemos buenas migas y nos convertimos en algo así como sus teloneros oficiales. Un poco como el perro del afilador, que se traga las chispas para llevarse a la boca algo caliente. Abrimos para ellos un montón de conciertos, lo cual sanea nuestras maltrechas economías y nos proporciona una buena dosis de rodaje. Cada vez viene más gente a verlos, y ellos suenan cada día mejor. Lo de Coque y el escenario es un flechazo que amenaza con llegar a la estratosfera. Solemos ir siete músicos y un conductor apretujados en la furgoneta, tirando de hostales cutres y alimentándonos a base de bocadillos. Discutimos sobre gastronomía parda durante nuestras paradas en zonas de descanso. —El chorizo Revilla con tranchetes: un clásico insuperable. —Quita, quita. El maridaje natural es con jamón york, por supuesto… Pero algo está cambiando en este país. Huele como a nuevo. Los ceros se acumulan sin control a la derecha de los cachés de los grupos de postín. Nosotros somos unos pardillos que por no tener no tenemos ni criterio, pero el pescao es muy gordo y Lalo lo olfatea. Consciente de nuestro escaso potencial, se centra en Los Ronaldos. Quiere su parte del pastel y, como suele decirse, se lanza a la yugular. Pero no se olvida de que somos una familia. El muy sinvergüenza no tarda en montar su propia oficina de contratación. Los tiene bien puestos, porque este es un gremio especialmente endogámico y hostil con los recién llegados. Pero Lalo Cortés tiene un abrelatas mágico y se cuela dentro con elegancia y naturalidad. (...)


Lalo y Fino se mudan a un piso más grande, y nada más llegar montan la primera oficina de Attraction, que consiste en dos terminales de teléfono y una agenda. Solemos tirarnos horas y horas allí, tocando la guitarra, berreando y haciendo el ganso. Ups, el teléfono. Salimos disparados para pegar la oreja. Lalo carraspea mientras se lleva el auricular 1 a la oreja izquierda y engola la voz, aflautándola lo justo para no dar el cante: 
—Un momento, le paso con Contratación. 
Después utiliza su voz habitual para hablar por el auricular 2, que sostiene en la derecha: 
—Contratación, dígame… 
Una carcajada generalizada arrasa con todo. Lalo Cortés se ha subido a nuestra destartalada tartana de la misma manera que John Wayne lo hizo en la más legendaria diligencia de la historia del cine. Sin pedir permiso y, seguramente, aunque eso no lo podremos saber nunca, para librarla de un cataclismo inminente. Mánagers, bandas, subvenciones, dinero negro. Es la guerra. Born to Kill. Full Metal Jacket. Eres tú John Wayne o lo soy yo. (...)


Me temo que el concierto en El Manco de la calle Lepanto solo será memorable para nosotros tres. Más que nada porque aquí no hay ni cincuenta personas, y al menos una de ellas no para de abuchearnos entre canción y canción. Esto se va llenando, y la gente se concentra en sus cervezas a la espera de que salgan los Juliansons, que ofrecen al respetable un bolazo del copón. Es Carnaval y el centro de la ciudad se ha puesto insoportable. Acabamos todos en el puerto, en un tugurio fascinante de fauna peculiar. Siempre que paso por Vigo compruebo con satisfacción que el Kiosko das Almas Perdidas sigue en pie, si bien un tanto engullido por el progreso y este neoliberalismo rampante que acabará por deslucir, más si cabe, el invierno de nuestros días. El jefe del local nos recibe amablemente: 
—¿Qué tal esos carnavales, chicos? —pregunta el buen señor. 
—Nosotros no somos vosotros —le responde Julián. Uno tarda en acostumbrarse, pero una vez que se le pilla el punto, el laconismo de los gallegos hasta se agradece. Según Artemio, todo se reduce a una cuestión de orden alimenticio. 
—Es como el nuestro, pero con grelos. 
Con grelos o sin ellos, se extiende a los más variados aspectos de la vida cotidiana, sin excluir los más conflictivos. Esto me queda bien claro cuando, sin discusión ni griterío previo, un parroquiano agarra un cenicero de cristal y se lo estampa en la nariz a un marinero sudamericano. La que se arma a continuación es digna de una peli del Oeste. Bueno, del Noroeste. (...)


Mi manera de escribir canciones está virando hacia un rock más contundente, y me temo que el principal perjudicado por este giro es Artemio, cuyo estilo como baterista no acaba de encajar en el concepto. El hombre las pasa putas intentando cogerle el rollo a los temas nuevos, que se alejan de su querido ripianblús cada día un poco más. Esto está dejando de ser divertido. No hace ni medio año que estábamos solos los dos tirando del carro, y ahora hay que cortar por lo sano. Porque esto va de avanzar o desaparecer (...)
Esta noche tenemos que abrir para los Barricada en la primera edición del Espárrago Rock, que se celebra en Huétor-Tájar (Granada) y tiene un carácter marcadamente destroyer. El pueblo está lleno de crestas mohicanas y botas militares. Fans de los Exploited y gente así. Mal asunto. Nuestro directo se distingue ya por su solvencia, pero ni el socarrón repertorio ni nuestra actitud despreocupada parecen los más indicados para entretener a este enjambre de avispas desquiciadas que vamos a tener por público esta noche. Desde el camerino se los oye corear el nombre de los cabezas de cartel a pleno pulmón, mientras las primeras litronas vacías y otros objetos saltan por los aires en señal de protesta por el retraso. Dejémoslo en que intimida. Cristóbal es el mánager de los Barri. 
—Esta gente tiene sus valores, ¿sabes? Pero no te preocupes: tú sal ahí y reivindica algo —me sugiere Cristóbal. 
—¿Algo como qué? —contesto perplejo. 
—Yo qué sé: «Anarquía», «Revolución», «Exterminio»… 
—Vale. Gracias, tío —le digo todavía más perplejo, si cabe. 



A la hora de la verdad, me planto delante del micro con la mente en blanco. Levanto el puño y grito tan alto como puedo. Articulo algunas frases sueltas como «que les den por culo» y cosas así, pero el resto de lo que escupo son sílabas inconexas. No sé qué decir, coño. Estoy por reivindicar la nacionalización de la vía férrea. No soy yo, soy Antonio Ozores poseído por Adolf Hitler. Abro los ojos y distingo un montón de puños en alto como el mío, mientras una clamorosa ovación ahoga mis desvaríos. Aprovechamos la ocasión para empezar nuestro show. Repito la misma retahíla después de cada canción, y a la media hora estipulada salimos disparados de aquel infierno. Contra todo pronóstico, llegamos a la furgoneta sin un rasguño. Diez minutos más y creo que nos habrían machacado a botellazos. Mientras nos abrimos paso, unos descerebrados aporrean la furgo. Poco a poco nos vamos curtiendo en este delirante oficio que es la música popular. (...)


«Un tío cabal» es una adaptación al castellano de un tema que escribí en inglés para The Nativos. Parte de una de mis grandes debilidades musicales: las bandas californianas de principios de los setenta. Discos como Laid Back de Gregg Allman o Sailin’ Shoes de Little Feat. Pero sobre todo Paradise and Lunch de Ry Cooder, que me trae de cabeza. En este segundo disco me atrevo a acercarme a otros estilos que me gustan tanto o más que el R&B cazallero que hasta entonces habíamos practicado Los Enemigos. Podíamos haber seguido por ese rumbo, pero enseguida vi que el filón de Ferpectamente estaba agotado el mismo día que el disco salió a la calle. Una segunda parte no hubiera tenido la mitad de gracia. Conjeturas aparte, es el material que hay y sobre él tenemos que trabajar. Podemos ponernos muy fraternales, pero, en mi opinión, lo que realmente importa en una banda son las canciones. Lo demás es pura anécdota. Estamos aquí por ellas, y nuestro trabajo es hacérselas llegar al público en condiciones. Para este disco, que terminará titulándose Un tío cabal, tenemos el blues de «Qué bien me lo paso», el rock sureño de «Soy un ser humano», el hard rock de «No amanece en Bouzas», el power pop de «Yo, el rey», el rock and roll de «John Wayne»… Creo que he hecho un buen trabajo como compositor, pero puede que haya sobreestimado nuestras posibilidades como intérpretes y el disco lo acaba pagando caro. Suena frío y distante, sin sentimiento. Estoy seguro de que ahora que contamos con Chema a la batería estas canciones resucitarán en el escenario, libres ya de toda esta tensión perniciosa. Nunca olvidaré los primeros días de Los Enemigos, que dentro de mi magín terminan aquí. Mi adolescencia tuvo mucho de pesadilla, y reírme de todo como tuve ocasión de hacerlo con Artemio fue la mejor medicina que nadie me pudo dar. Aún puedo verlo cantando y bailando jotas teloneando a los Barracudas, haciendo playback con una bandurria en el programa de Carlos Tena, durmiendo la mona en el suelo de una pista de baile abarrotada de gente en La Rioja o negándose a seguir viajando hasta que no le diéramos santo sepulcro a una pobre paloma que se estrelló contra el parabrisas de la furgoneta, haciendo añicos la luna e inundándolo todo de plumas. Como baterista era inimitable. En una buena noche podía darle sopas con honda a cualquier san dios de las baquetas sin quitarse el cigarrillo de la boca. Para hacerte una idea aproximada, aunque el sonido no ayuda, escucha atentamente el increíble trabajo que hay detrás de los instrumentales «Velardestrit bugui» o «Mátame camión». En realidad, Artemio se fue de la banda porque no soportaba ver tantísimo bicho muerto en el morro de la furgoneta. Esa fue la versión «oficial» que dio a cuantos le preguntaron, entrevistas para radio y televisión incluidas. No seré yo quien le quite la razón. Entre otras cosas porque lo conozco bien y sé que, por surrealista que parezca, hay mucha verdad tras esa respuesta. (...)


Carlos Martos está consiguiendo que me olvide de eso de buscar un cantante. Hoy hasta me he sentido a gusto metiendo voces en la jaula. Siempre me había parecido un tormento, creo que ya lo había comentado. Desde aquí puedo ver a todo el mundo opinando después de cada toma, pero no los oigo. Los observo mientras mueven la boca y apuntan cosas. Soy un HAL 9000 en plena espiral conspiranoica. Que no esté programado para leer los labios no hace sino empeorar las cosas… ¿Lo ves? Se me va la olla. Así no hay quien se concentre. Tomo nota. Cuanta menos gente ronde por aquí mientras meto las voces, mejor. Esta tarde Carlos me ha ido animando, y poco a poco he llegado con convicción a unos agudos que no me los creo ni yo. Me anima desde la mesa de mezclas a través del talk back. 
—Aquí control. 
—Aquí no. Cantando esta letra detrás del cristal, la identificación con el protagonista de la historia no puede ser más clara. Estoy esperando el fogonazo final en la cabina de ejecución. Me han inmovilizado con unas correas muy apretadas. El sacerdote se aleja y me deja un rancio olor a sotana renegrida. Veo una luz blanca. Me dirijo hacia ella. Alguien me toca el hombro y me despierto. Es Charlie, que abre la puerta. 
—Lo tenemos. Ven para acá. 
Qué poco me gusta escuchar mi voz, cojones. Más vale que me vaya acostumbrando, porque la perspectiva de ganarme las lentejas delante de un micrófono es cada vez más real. Mira, ojalá. Porque otros oficios no sé yo. Y como delincuente sería un completo desastre. Caería preso a las primeras de cambio, como el chaval de la canción. Menos mal que aquí, de momento, no tenemos corredores de la muerte. La pena capital. Ante la pregunta de si se está a favor o no, se da con frecuencia una respuesta que me parece un insulto a la inteligencia. Es aquello de «en algunos casos sí». Como si a los demás no nos aterraran ciertos crímenes. No te jode. Esas firmes convicciones… ¡«En algunos casos sí» es «sí», joder! ¡Es exactamente lo mismo! Si estás a favor de la pena de muerte, ten la decencia de decirlo claro, coño. Personalmente me parece una salvajada. Por atroz que sea el crimen a purgar. Hace poco programaron El verdugo de Berlanga en la filmoteca y al salir me puse manos a la obra. Es de las últimas canciones que les he enseñado a los chicos y la letra no la terminé hasta ayer, así que toda esta expectación que se palpa en el estudio es comprensible. (...)


Nunca había trabajado tan concienzudamente unas letras. Ni unas músicas. Las canciones se ciñen a unos patrones muy clasicotes —si estás leyendo esto no hace falta que te diga que lo nuestro no son las vanguardias—, pero estamos afrontando muchos cambios respecto a los discos anteriores, y eso implica asumir riesgos. Si en «El gran calambre final» fueron los solos largos, a «Traspiés» le ha tocado un cambio de compás. A Chema no le acaba de convencer ese 3x4 ahí en medio, y hemos tenido un encendido debate que se ha llevado media tarde de estudio. Considero estas discusiones como un síntoma de salud, pero a esto de hoy no se le puede llamar discusión. El hombre se ha cerrado en banda. Que no lo ve. No nos esperábamos algo así… Finoski y yo nos miramos y sé que estamos pensando lo mismo. ¡Es tan borrico como nosotros! Incluso puede que un poco más, mira lo que te digo. Que tampoco es tan raro, Animal. Sucede con frecuencia en muchos discos que nos gustan a los tres. Finoski menciona a Sonic Youth, pero no parece muy impresionado. Está como bloqueado. Hasta que llega Charlie y trae a colación «We Can Work It Out». Ha sido mano de santo. Tendremos gustos muy diferentes y seremos todo lo tercos que quieras, pero los Beatles siempre serán medicina de la buena para los tres (¿mi disco favorito? Sin duda alguna, Revolver). Además, un día que me puse a tocar «Gimme Three Steps» de Lynyrd Skynyrd se puso a hacer segundas voces y flipé, porque se sabía la letra de memoria como yo. Que nadie se meta con el nuevo. Corre la voz, anda. Ah, los Beatles. Cuando escuché por primera vez ese acorde suelto que introduce «A Hard Day’s Night» supe que después vendría algo que me iba a gustar. Lo que no sabía es que me iba a gustar tanto. No paré de dar la tabarra en casa hasta que un día mi madre agarró y me llevó hasta la parada del 31 y desde ahí hasta la sección de discos de El Corte Inglés de la calle Preciados. Nos atendió una joven rubia, y mis rodillas se pusieron a temblar espasmódicamente cuando me estampó un beso en la frente mientras me revolvía el pelo. Íbamos a por el single, pero acabó colándonos el casete entero, que, según dijo, traía un montón de canciones tan buenas o más que el «Espinajá». Me hubiera colado cualquier cosa, aquella preciosidad. Se puede decir que para mí ese acorde fue el pistoletazo de salida hacia el rock and roll. Supongo que lo del tembleque ante las rubias también empezó con aquella sonrisa… Mi madre, que me conoce bien, no paró de partirse de risa durante el trayecto de vuelta cada vez que observaba mi cara de bobo. Que pierdo el hilo, coño. (...)


Me preguntas que por qué escribo canciones. Que si me pongo antes con la letra o con la música. Que si me levanto temprano para trabajar o si me inspiran más las tinieblas de la noche. Que quién me ha enseñado. Que si me drogo para escribir. Que qué me meto. Me preguntas todas estas cosas y yo no puedo contestarte porque no lo sé. Nunca es igual. Las soluciones que encuentras para una canción no suelen valer para la siguiente. Me preguntas que si existe la inspiración, y entonces te contesto que algunos días te sientes un poco más lúcido que de costumbre, y que si la inspiración no es eso entonces vete tú a saber lo que es. En cualquier caso, hay que aprender a reconocer esos días y aprovecharlos. La mejor manera es poniéndose a trabajar, pero a lo mejor cuando te das cuenta te pilla por ahí, a otra cosa. Con el tiempo aprendes que algunas ideas vienen con más urgencia que otras, pero a mí eso me da igual. Me voy para casa y me pongo con ellas de inmediato, según llegan. Porque sí, porque me gustan frescas. Es entonces cuando empiezan a perseguirte y a describir órbitas a tu alrededor. Se siente uno de maravilla acompañado por estas caprichosas criaturas. ¿Demasiado abstracto? OK. Como carezco de estudios, cuando llevo demasiado tiempo sin ideas pruebo con mi método de emergencia. Si no me ronda ninguna melodía por la sesera, me pongo a tocar al albur, con la mente relajada, dejándome llevar. Pruebo combinaciones de acordes que no sean demasiado obvias. Es cuestión de tiempo que te encuentres con alguna melodía, porque de vez en cuando les encanta echarse una siestecilla entre esas seis cuerdas. Cuando espabilan, que suelen tardar lo suyo porque son muy remolonas, las repites muchas veces y las grabas con la misma convicción que si estuvieran terminadas. Es importante esto. Casi tanto como tararearlas primero con sílabas inconexas, o en pichinglis o como mejor te parezca. Luego puede que vengan algunas palabras. Si es así, pues dabuten. Y si no, también. No tienen sentido, pero eso te tiene que dar igual ahora mismo. Porque esas palabrejas te van a ayudar a comprender mejor la melodía, y seguramente te sugieran algún tipo de estructura. Dónde va el estribillo, de cuántos versos por estrofa estamos hablando y todo eso. Hazles caso y no olvides que nada es definitivo. Siempre estás a tiempo de concederte un capricho inesperado. Cada uno tiene sus manías. Yo, por ejemplo, detesto la simetría. Abres tu libreta de notas, que, si se parece a la mía, estará llena de estupideces garabateadas de cualquier manera. Seguro que hay alguna frase que te cuadra por lo que sea o te llama la atención. A partir de aquí tienes que mirar hacia dentro de ti sin miedo. Habrá que darle vueltas hasta encontrar algo que se te clave hondo en el corazón. Porque todos tenemos uno. Así que no es descabellado pensar que también funcione con el de quien sea que vaya a escucharte. Todos llevamos un tiempo haciendo el cafre por este mundo. Observándolo. Eso debería bastar para conferirnos cierta autoridad. (...)



Alberto Haro había sido el chico de Lola antes que yo (puede que compartiéramos este privilegio durante un tiempo), y sin embargo conectamos desde el primer momento. Nos entendemos bien, ninguno de los dos sabe qué cojones hacer con su vida. Alberto milita en Sindicato Malone, una banda muy vinculada a los Glutamato, con los que mantiene un constante intercambio personal y de ideas. La Fender Coronado que utilicé en la final del Villa es suya. Puede parecer una tontería, pero esto une mucho. A veces quedamos sin más objetivo que dar una vuelta. Su discurso está salpicado de una fina ironía que tiene la virtud de ser un fin en sí misma. No tenemos dinero, simplemente deambulamos por ahí. Me presenta a su hermano, que también era integrante ocasional de los Glutamato. Hacemos buenas migas y algún que otro viaje por ahí. Eugenio vive en la calle General Perón, al lado del Bernabéu, en un piso muy alto que siempre está lleno de gente. A Eduardo, el mayor, se le puede ver a veces por Malasaña armando la de Dios en compañía de Leopoldo María Panero. A mí me impresionan mucho estos dos, porque ni cárceles ni palizas han podido con sus versos. Los tienen lo que se dice bien puestos. Eduardo Haro Ibars es responsable, entre otras muchas cosas, de las letras del primer disco de La Orquesta Mondragón, un disco fundamental para mí. Por su parte, los versos de Panero son de una intensidad fuera de lo común. De primeras echan un poco para atrás, pero en realidad solo hay que dejarse llevar. Ejercen un efecto hipnótico instantáneo. Sus relatos son la hostia en vinagre. Para mí están a la altura de los de Poe o Ambrose Bierce. Son sencillamente estratosféricos. Algunos acojonan de verdad. Estamos hablando de un hombre que le plantó cara a la mismísima locura. Un coraje difícil de superar. A veces nos acabamos juntando varias generaciones en un interminable y alcoholizado viaje al fin de la noche que suele acabar de día en su casa. Lo voy a dejar ahí porque las anécdotas que me vienen a la cabeza con este señor son impublicables. (...)


Alberto se hartó de todo y se fue a vivir a Londres. Consiguió algunos empleos, escribió alguna postal y enfermó. Volvió con el tiempo justo para morirse. A su memoria quise dedicar Un tío cabal, y fue para su hermano Eugenio, que no tardó en seguirle, para el que escribí «Ouija». A partir de ahí empezó a caer gente a saco. En mi barrio solo nos libramos los pocos que habíamos pasado de compartir chutas. Hasta hace poco casi todo el mundo tenía hepatitis, pero esto de ahora es el horror. Sonrisas resplandecientes que se apagan y se consumen para, en cuestión de meses, morir sin que ni los médicos puedan hacer nada. El mío era un barrio con sus problemas y sus cosas, pero muy vivo, con la gente vacilando y trapicheando sin parar. Eran tremendas aquellas desbandadas cada vez que alguien daba el agua. Primero se escuchaban las sirenas, y después… nadie. Tan solo persiste un penetrante olor a hachís. Yo no me juego la libertad como la mayoría de mis compadres y no tengo ningunas ganas de empezar a hacerlo. Corro hasta echar el bofe contra la tapia del cementerio de San Isidro y recobro el resuello apoyado en ella mientras los latidos de mi corazón intercambian impresiones con los muertos. (...)



Para hablar de armonías vocales en Madrid hay que acercarse a Vallecas. Gente como Asfalto o Topo, entre otros, siempre han exhibido unas voces exquisitamente empastadas. El único grupo de la Movida que puede comparárseles en ese sentido son Los Secretos. Por cierto que ha echado raíces la idea de que antes de la Movida aquí solo había grupos de rock sinfónico dando la tabarra con solos interminables, y esto no es así ni por el forro. Los madrileños siempre le hemos echado imaginación a la vida. Si no de qué. Mermelada (antes Mermelada de Lentejas, después Teixi Blues Band) practicaban un R&B muy primitivo y cañero, en la onda de Dr. Feelgood o Eddie & The Hot Rods. También podías pasarte por el MM a ver a Burning, que se traían un rollo más Stones, eran más chelis que nadie y gastaban unas pintas que… No sé, yo no había visto nunca nada igual ni en la tele. Para delirantes, los directos de Cucharada: un ballet clásico alrededor de una cabra subida a una escalera, o un minidesfile de legionarios mientras tocan sin inmutarse disfrazados. Memorable es su primer álbum, El limpiabotas que quería ser torero, editado por el sello más inasequible al desaliento de la historia: Chapa Discos, cuyo logotipo ejerció de lámpara de Aladino en las primeras grabaciones de prácticamente todos estos valientes. A Leño los adorábamos todos. Actuaban con regularidad en fiestas de barrio y colegios mayores. Era muy fácil seguirles la pista (¿lo recuerdas?, la información estaba en la calle) y siempre lo petaban. Yo soy de Madrid, pero no te confundas, amigo. Soy del Madrid de Leño. De «Este Madrid». Moris venía de Argentina, pero antes de bajar del avión ya era más castizo que nadie. Las canciones que escribió aquí, siempre salpicadas con certeras polaroids del Madrid de la época, convirtieron a este espigado porteño en una especie de Galdós embutido en pantalones de cuero. Sus directos eran demoledores, y Fiebre de vivir, su debut a este lado del charco, vivirá eternamente en los corazones de muchos de nosotros… Nunca se me pasó por la cabeza ir a un concierto de Tequila, maldita sea. No tenían muy buena prensa entre la gente del rock. Craso error. Pensábamos que era música para petardas. Ups. No puedes juzgar un libro por su portada. Después de conocer al insustituible Julián Infante y escuchar los discos de Tequila me sentí bastante gilipollas por habérmelos perdido. No puedo cerrar este inciso sin mencionar, en reclinatorio, a Laboratorios Colectivos Chueca —La Cochu—, sin cuyas prodigiosas fintas a la burocracia de la época casi ninguna de estas bandas habría salido de su local de ensayo. (...)

Nuestra «Ouija» ha cogido mucho empaque al electrificarla, y ahora podría situarse en algún punto equidistante entre los Rascals y Jackson Browne. El problema es que al meterle caña se ha puesto a pedir a gritos un solo, y a mí no se me ocurre gran cosa, así que he decidido invitar a alguien para que lo haga. Me suelo cruzar con Manuel Benítez en La Vía Láctea. Le he visto actuar alguna vez y creo que su estilo, tan alejado del mío, puede darnos un contraste cuanto menos curioso. El otro día le pasamos una maqueta para que se lo fuera currando y esta tarde se ha acercado a Kirios con su Les Paul, ha grabado un solo primoroso y se ha despedido muy educadamente. Parece un tipo tranquilo y tiene mucha mili. Nos ha dejado muy buenas sensaciones a todos. Algo me dice que nos volveremos a ver. (...)

"No te imaginas hasta qué punto agradezco el final del verano. Todo el mundo vuelve a casa y deja de armar jaleo. Se recogen las verbenas y el silencio retoma sus trabajos al amparo de ocres, grises y granates. El sol olvida sus delirios y las viejas pantuflas nos saludan desde el armario. El aire fresco desentumece las entendederas. Respiras, caminas, escribes. La vendimia. Queda mucho por escribir. Casi siempre lo hago en primera persona, porque encuentro más argumentos prestándole mi voz al protagonista que dando fe de sus venturas. Pero a este paso voy a tener que asegurar que no me he suicidado. Tampoco recuerdo haber caído preso, presenciado el apocalipsis o recibido una inyección letal. Caetano Veloso sostiene que todas las canciones son autobiográficas, hasta las que no lo son. El poso que un narrador deja en sus historias es tan inevitable como la pizca de pasado que la memoria se cuida de insertar en el presente y sin el cual desaparecerían las referencias. El mundo se volvería extático e inaccesible. A lo mejor molaba más, ahora que lo pienso. Pero las cosas son como son y en septiembre vuelven los exámenes. «Id a por el pan y a por la leche, que yo no voy a ir». Es la nota que deja un chaval de diecisiete años antes de colgarse de un pino. La leo en algún periódico gallego y la frialdad con la que está redactada me retuerce el esófago. A trabajar. ~ Das por terminada una canción y, hasta el día en que la grabes, puedes considerarla tuya. Puedes cambiar lo que te apetezca en ese lapso de tiempo. Pero desde el momento en que la publicas deja de pertenecerte. Lo que intentaras transmitir cuando la escribiste es ahora pura anécdota. Lo único que cuenta es si has sido capaz de llevar a alguna parte la imaginación de alguien. Me gusta que sean flexibles. Experimentaré sensaciones contradictorias observando al público pegar botes y corear la tremenda historia que se narra en «Septiembre». (...)


No voy a sentirme cómodo interpretándola hasta que comprenda todo esto. Acabaré aceptando que ya no es mía e intentaré ser consecuente con eso. No deja de contrariarme la explosión de alegría que se arma en la platea mientras sobre el escenario se desgrana a grito pelao lo que le pasa a un crío por la cabeza antes de quitarse la vida. Pamplinas del ego. Es la rabia, estúpido. La ira. El margen. Rock and roll ¿Qué quieres? ¿Que se pongan a llorar? Y Dios no es más que un personaje secundario en La vida mata. El hilo argumental es la muerte. Hemos abordado esta temática —generalmente asociada a músicas solemnes— partiendo de las estructuras clásicas del rock and roll y la hemos escupido con arrogancia. El poder de la blasfemia. Probablemente en esta irreverencia resida gran parte de su fuerza. (...)
La muerte se presenta sin maquillar en las canciones de La vida mata. El disco se desarrolla en las antípodas de la fe o la religión. Y alivia bastante más rápido. Se trata de canalizar en forma de canciones toda la ira acumulada tras enterrar demasiado pronto a demasiada gente. Así de sencillo. Es rabia en estado puro y frustración juvenil. Simplemente rock and roll. Con La vida mata estrenamos formato, y no tardo en cogerle manía. Alguien ha metido fotos de cementerios y lápidas en el libreto del CD sin consultármelo ni nada. Afortunadamente, en el vinilo no me encuentro con ninguna genialidad de última hora. Paco Rubio se entusiasmó con mi idea para la portada: dos helados despanzurrados contra el asfalto —uno rosa y otro verde— que se pierden por las cloacas sin haber tenido tiempo de derretirse. Escribo «Miedo» en la furgoneta y me doy cuenta de que el movimiento es propicio para la escritura. Volver de algún lugar o dirigirte a otro, de alguna manera, aporta sentido. Escribiré en trenes, autobuses y aviones. Llevaré siempre encima papel y bolígrafo e interrumpiré largas caminatas para anotar todo lo que me venga a la cabeza. Me apoyaré en árboles, buzones o cajeros automáticos para hacerlo, y estos gestos me remitirán a otros igual de simples en los que nunca había reparado, y entonces me volveré a apoyar en el capó de un coche o en la quilla de una barca para anotarlos, en una espiral de la que ya no voy a querer salir nunca. (...)




No hace ni un par de meses que salimos de las oficinas de GASA sumidos en el desconcierto y un tanto decepcionados. La verdad es que, después de La vida mata, Fino, Chema, Lalo y un servidor esperábamos que un espíritu más entusiasta asistiera e iluminase a nuestros jefes. Porque puede que nuestras ventas no fueran muy espectaculares, pero no era menos cierto que teníamos a la crítica especializada comiendo de nuestra mano y que nadie dudaba ya de la solvencia de nuestros directos. Por lo visto, no es suficiente o no se fían o yo no sé lo que le pasa por la mollera a esta gente. Básicamente, su punto de vista consiste en que, si con La vida mata hemos encontrado eso que se ha dado en llamar «una voz propia», ahora tenemos que demostrar que sabemos hacer algo interesante con ella. Una idea pegajosa que no lleva a ningún lado y que solo genera tensión. Quizás sea una torpe manera de comunicarnos que no piensan aumentarnos el presupuesto. En cualquier caso, el tufo a teatrillo va en aumento según avanza la reunión. El enfoque es muy desafortunado. Los Enemigos estamos acostumbrados a trabajar duro. De hecho, es lo que nos mantiene en forma. Esta charla paternalista, como si fuéramos unos recién llegados, nos sienta como una patada en la entrepierna. Estamos a punto de grabar nuestro cuarto disco y nos tratan como si fuera el primero y no hubiésemos aprendido nada en todos estos años. Espero equivocarme, pero creo interceptar algún atisbo de choteo en la reunión. Es como si se negaran a tomarnos en serio. Sospecho que esto va de que nosotros somos de barrio y ellos no. No nos ven como artistas. No nos entendemos. El caso es que llevan ya un rato dando la brasa con lo difícil que nos va a resultar superar las expectativas creadas con La vida mata cuando, de entre todas las sandeces que escuchamos, una brilla con especial nitidez. —Ahora la carrera es de verdad. La apunto en un papelajo y me lo guardo en el bolsillo. Es curioso leerla aquí, precisamente en un rally de verdad. He aprendido algo fundamental a la hora de escribir canciones: siempre están más cerca de lo que piensas. Y aquella nueva cuenta atrás se convertirá muy pronto en el primer single de nuestro nuevo disco. Chúpate esa. ~ Me preguntaba cómo habría sido mi primer día de curro en el caso de haber tenido uno con un mínimo de porvenir. He hecho algunas ñapas por aquí y por allá, pero no duro en ningún curro más de tres meses. Si nos sale un concierto, lo dejo. Ahora que nos están saliendo bastantes, el resto del tiempo lo dedico a ensayar, escribir canciones y pasármelo bien. Sigo pinchando discos, que es algo que me encanta, pero, aunque cobre por hacerlo, no lo percibo como un trabajo. Vivo de la música y ya no voy a querer volver a oír hablar nunca de otra cosa. En ese imaginario primer día de trabajo formal comienza a tomar forma la letra de «La cuenta atrás». La charla que ilustra el rito iniciático. El día en que dejas de ser un chaval para convertirte en todo un español. Atrapado en un estado emocional potencialmente explosivo y sin indicios de escapatoria. Ya con la guitarra caliente, se me ocurre que un aire militar le vendrá que ni al pelo. La disciplina, supongo. En cuanto di con él me asaltó la idea de interrumpirlo con una tempestad de melancolía, cuyo camino encuentro tonteando con una especie de clavicordio en casa de unos amigos. Porque creo que es así como me hubiera sentido ese día. Excitado y triste a la vez. No sé si te has fijado en que cada vez tiene menos estrofas entre cada estribillo: tres, dos, una… ¡La propia canción es una cuenta atrás! (...)

Me aficioné a leer solo un poco antes que a beber. Supongo que me refugié en los libros por lo mismo que me atrajo perderme. Pura evasión, no le des más vueltas. Eso de que para leer hay que esforzarse tanto como para escribir lo dirán los escritores, porque yo no estoy para nada de acuerdo. Me encanta despatarrarme en mi sillón de orejas y hartarme de leer hasta que me escuecen los ojos. A veces tomo notas, pero es mejor cuando no lo hago. El único problema de los libros es andar transportándolos de mudanza en mudanza. Porque ordenarlos no debería serlo. De hecho, una biblioteca demasiado ordenada pierde gran parte de su encanto. Al menos para mí. Prefiero no dar a la primera con el libro que busco, porque así me encuentro con otros con los que a lo mejor me apetece charlar un rato. Tanto es así que al final ni me acuerdo del que buscaba. (...)

Ya había tratado el tema del suicidio en «Septiembre», y ahora volvía a comparecer. Hubo un tiempo en el que los casinos tenían habilitada una habitación en la parte de atrás equipada con un sillón, una mesita y un revólver cargado. La vida valía mucho menos que ahora. La idea me rondaba la cabeza con obstinación. Mal asunto. Me estaba introduciendo en una espiral de oscuridad, cada día más encerrado en mí mismo. Y aún no lo sabía, pero la cosa no había hecho más que empezar. Cuando entramos a grabar La cuenta atrás hacía ya un lustro que me trataban con ansiolíticos, tranquilizantes y antidepresivos que engullía pasándome las pautas relativas a la ingesta de bebidas espirituosas por el forro de los cojones. Bien que me arrepiento. Una depresión mal tratada termina por hacerse crónica. No hay excepciones. (...)

Siempre aparte, siempre a la contra. Ni en la infancia ni en la adolescencia logré sentirme parte de ningún colectivo, y no supe lo que era tener un amigo de verdad hasta que conocí a Artemio. La soledad trae consigo frío y ansiedad. Normal que siempre acabes quemándote. Te arrimas demasiado al fogón. Falta de costumbre, supongo. La historia de Los Enemigos también tiene algo de eso. No encajábamos en ninguna parte. Demasiado rockeros para los chicos pop, sospechosamente indiferentes a la ortodoxia para los rockeros de pro.

DESDE EL JERGÓN.
JOSELE SANTIAGO.
CONTRA, 2026

lunes, 2 de marzo de 2026

Algunos poemas de MALOS ENTENDIDOS (Lolbé González)



Miro en la tele un programa acerca de personas que se enamoran de objetos. Un granjero que es amante de su tractor y una arquitecta en una relación romántica con su impresora. Toda la ilusión puesta en algo que no tiene posibilidades de responder. Me río. Luego no me río más.
La pasión amorosa y la violencia duermen en habitaciones distintas de la misma casa. En esa casa no hay puertas.

Una vez, el hombre más cruel al que he besado me confesó sus reservas para aplastar a una hormiga.
Las únicas despedidas verdaderas son en retrospectiva. Hoy miré una foto y pensé: hace tanto que no sé nada de esta persona. Más que decir adiós, intento que pase el tiempo.


LOST AND FOUND
Decir hasta luego y muchas gracias
silenciar conversación
bloquear contacto
archivar
sentarse a esperar que pase el tiempo
picar con precisión las verduras
lavar los trastes como una devota del jabón
pensar que el calor está bárbaro
que hay que llamar al gas
escuchar un nombre
la vaga sensación de lo conocido
decir, sí, me acuerdo
no sonreír
no llorar
reproducir el gesto de quien observa una cosa
sin familiaridad
un objeto que se le extravió a otra persona.


WISH YOU LOVE
Ahora tengo la fuerza
para desearte lo mejor
siempre y cuando
y tal vez precisamente
porque ya no se alza sobre mí
como una sombra
la urgencia
de ser yo quien te lo provea

hablo entonces
como alguien que puede desearte el bien
no con fervor
sino con quien ve
a la orilla de la carretera
un auto aparcado
el cambio de una llanta por otra
y piensa:
ojalá que lo resuelva pronto.


MALOS ENTENDIDOS
LOLBÉ GONZÁLEZ.
EDICIONES LILIPUTIENSES

domingo, 1 de marzo de 2026

Lo mejor de LA ÚNICA HISTORIA (Julian Barnes)



¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.
Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor.
La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía.
Pero aquí surge el primer problema. Si se trata de tu única historia, entonces es la que has contado y vuelto a contar más veces, aunque sea —como es mi caso— principalmente a ti mismo. Así que la cuestión es la siguiente: ¿todas esas narraciones te acercan a la verdad de lo que sucedió o te alejan de ella? No estoy seguro. Una prueba podría ser si, a medida que pasan los años, sales mejor o peor parado de tu historia. Salir peor podría indicar que estás siendo más veraz. Por otro lado, existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: fingir que te comportaste peor puede ser una forma de autobombo. De modo que tengo que ser cuidadoso. Bueno, andando el tiempo he aprendido a serlo. Tan cuidadoso ahora como descuidado entonces. ¿O quiero decir despreocupado? ¿Puede tener una palabra dos antónimos?


¿La época, el lugar, el medio social? No sé muy bien lo importantes que son en las historias de amor. Quizá en la antigüedad, en los clásicos, donde hay batallas entre el amor y el deber, el amor y la religión, el amor y la familia, el amor y el Estado. Esta no es una de esas historias. (...)

Quizá lo hayas entendido demasiado deprisa. Difícilmente podría reprochártelo. Tendemos a encasillar en una categoría preexistente cualquier relación nueva que entablamos. Vemos lo que hay de general o común en ella, mientras que los protagonistas solo ven —perciben— lo que es individual y particular para ellos. Nosotros decimos: era de esperar; ellos dicen: ¡qué sorpresa! Una de las cosas que pensaba de Susan y de mí —en aquel entonces y ahora de nuevo, tantos años después— era que a menudo no había palabras para nuestra relación; al menos, ninguna que encajase. Pero quizá esto sea una ilusión que todos los amantes tienen sobre sí mismos: que escapan a toda categoría y descripción. (...)


¿Qué palabras, por tanto, podrían emplearse para describir hoy una relación entre un chico, o casi un hombre, de diecinueve años y una mujer de cuarenta y ocho? ¿Quizá esos términos de los tabloides, «asaltacunas» y «yogurín»? Pero estas palabras no se usaban entonces, aunque la gente se comportaba así adelantándose a lo que significaban. O podríamos pensar: novelas francesas, una mujer más mayor enseñando «las artes amatorias» a un hombre más joven, ooh là là. Pero no había nada francés en nuestra relación ni en nosotros. Éramos ingleses, y en consecuencia para explicarlo solo disponíamos de palabras inglesas, llenas de carga moral: palabras como mujer pública y adúltera. Pero no ha habido nunca una mujer menos pública que Susan; y, como me dijo un día, la primera vez que oyó hablar de adulterio pensó que se refería al hecho de aguar la leche.
Hoy día hablamos de sexo transaccional y sexo recreativo. En aquel entonces nadie practicaba el sexo recreativo. Bueno, tal vez sí, pero no lo llamaban así. En aquel entonces había amor, y había sexo, y había una combinación de ambas cosas, en ocasiones incómoda, en ocasiones fluida, que a veces funcionaba y a veces no.
Un diálogo entre mis padres (léase: mi madre) y yo, uno de esos diálogos ingleses que condensan párrafos de animosidad en un par de frases.
—Pero tengo diecinueve años.
—Exactamente…, solo tienes diecinueve años.
Los dos éramos el segundo amante del otro: casi vírgenes, de hecho. Yo tuve mi iniciación sexual —el típico combate de tierna e impaciente refriega y pifia— con una chica de la universidad, hacia el final del tercer trimestre; Susan, por su parte, a pesar de tener dos hijos y llevar casada veinticinco años, no tenía más experiencia que yo. Retrospectivamente, quizá habría sido distinto si uno de los dos hubiera sido más ducho. Pero ¿a quién, en el amor, le apetece mirar atrás? Y, de todos modos, ¿hablo de «más experimentado en el sexo» o «más experimentado en el amor»?
Pero veo que me estoy adelantando. (...)

Espero que se entienda que lo estoy contando todo tal como lo recuerdo.
Nunca he llevado un diario, y la mayoría de los protagonistas de mi historia —¡mi historia!, ¡mi vida!— han muertos o están desperdigados. Así que no necesariamente estoy relatando las cosas en el orden en que sucedieron. Creo que existe una autenticidad distinta de la memoria, y que no es inferior. La memoria clasifica y criba con arreglo a las exigencias de quien rememora.
¿Tenemos acceso al algoritmo de sus prioridades? Probablemente no. Pero yo presumiría que la memoria prioriza lo más útil para orientar al poseedor de esos recuerdos. De modo que habría un interés personal en que los más felices sean los que afloren antes. Pero es solo una conjetura. (...)

Por ejemplo, recuerdo una noche en que estaba en la cama, desvelado por una de esas erecciones que te palmotean el estómago y que cuando eres joven das por sentado —o no te preocupa— que durarán el resto de tu vida. Pero aquella vez era diferente. Verán, era una especie de erección generalizada, sin ninguna conexión con una persona o un sueño o una fantasía. Se trataba más bien del puro gozo de ser joven. Joven de cerebro, corazón, polla y alma, y resultaba ser la polla lo que mejor expresaba aquel estado general.
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Creo que cuando eres joven piensas en el sexo casi todo el tiempo, pero no reflexionas mucho al respecto. Estás tan enfrascado en el quién, el cuándo, el dónde, el cómo —o, más a menudo, en el gran y si…— que piensas menos en el por qué y el para qué. Antes de conocer el sexo has oído todo tipo de cosas sobre él; actualmente muchas más, y mucho antes y mucho más gráficamente que cuando yo era joven. Pero el resultado viene a ser el mismo: una mezcla de sentimentalismo, pornografía y tergiversación. Cuando vuelvo la mirada a mi juventud, la veo como una época de vigor genital tan insistente que impedía el examen de para qué servía tanta pujanza.
Quizá hoy no entiendo a los jóvenes: me gustaría hablar con ellos y preguntarles cómo lo ven ellos y sus amigos, pero entonces surge la timidez.
Y quizá tampoco comprendía a los jóvenes cuando yo lo era. Esto también podría ser verdad. 
Pero por si te lo preguntas, no envidio a los jóvenes. En mis tiempos de furia e insolencia adolescente, me preguntaba: ¿para qué sirven los viejos, si no para envidiar a los jóvenes? Me parecía su propósito principal y definitivo antes de extinguirse. Una tarde paseaba al encuentro de Susan y había llegado al paso de cebra del Village. Se acercaba un coche, pero impulsado por la impaciencia normal de un amante, empecé a cruzar. El coche frenó, más en seco de lo que el conductor evidentemente había pretendido, y tocó la bocina.
Me paré donde estaba, justo delante del capó del coche, y miré fijamente al conductor. Reconozco que quizá yo tenía una pinta irritante. El pelo largo, vaqueros color púrpura y joven, un sucio y puto joven. El conductor bajó la ventanilla y soltó unos juramentos. Me dirigí hacia él, sonriendo, y con ganas de pelea. Él era viejo, un puto y sucio viejo, con las estúpidas orejas rojas de un anciano. ¿Conoce esa clase de orejas tan carnosas, cubiertas de pelos por dentro y por fuera? Con cerdas densas dentro; finas y peludas fuera.
—Morirás antes que yo —le informé, y me marché contoneándome del modo más exasperante que pude.



Así que ahora que soy más mayor comprendo que una de mis funciones humanas es permitir que los jóvenes crean que los envidio. Pues es obvio que los envidio en la cruda cuestión de morir antes; por lo demás, sin embargo, no. Y cuando veo una pareja de jóvenes amantes, entrelazados verticalmente en la esquina de una calle, o entrelazados horizontalmente sobre una manta tendida en el parque, el sentimiento principal que me suscitan es una especie de impulso protector. No, no compasión: un sentimiento de protección. No se trata de que ellos la deseen. Y, no obstante (y resulta curioso), cuanto más bravucona es su conducta, más fuerte es mi reacción. Quiero protegerlos de lo que es probable que les depare el mundo y de lo que se harán probablemente el uno al otro. Por supuesto, esto no es posible. No solicitan mi asistencia, y su confianza es una insensatez. (...)

No sé cuándo adquirí la costumbre —muy pronto, sin duda—, pero solía sujetarle las muñecas. Quizá empezó con el juego de ver si podía abarcarlas con los dedos corazón y pulgar. Pero enseguida se convirtió en una costumbre. Ella extiende los antebrazos hacia mí, con los dedos formando un pequeño puño, y dice: «Cógeme las muñecas, Paul». Yo se las ciño y aprieto con toda mi fuerza. No hacían falta palabras para este acto. Era un gesto para calmarla, para transmitirle algo. Una inyección, una transfusión de fuerza. Y de amor.

Mi actitud ante nuestro amor era singularmente franca, aunque sospecho que esa singular franqueza es característica de todo primer amor. Yo pensaba, simplemente: Bueno, una vez establecida la certeza de que nos amamos, el resto de la vida tiene que encajar alrededor. Y tenía plena confianza en que así sería. Recuerdo de algunas de mis lecturas escolares que la pasión supuestamente crecía gracias a los obstáculos, pero ahora que estaba experimentando lo que previamente solo había leído, el concepto de un obstáculo al amor no parecía necesario ni deseable. Pero yo era emocionalmente muy joven y quizá sencillamente ciego a los escollos que otros verían a simple vista.
O quizá no me guiaba por ninguna lectura previa. Quizá lo que pensaba realmente era esto: Ahora estamos aquí los dos y es ahí adonde tenemos que llegar; todo lo demás no importa. Y aunque al final sí llegamos cerca de donde yo soñaba, ignoraba a qué precio.



He dicho que no recordaba el clima. Y hay también algo más, como la ropa que yo llevaba y lo que comía. La ropa era una necesidad sin importancia y la comida un mero combustible. Tampoco recuerdo cosas que debería recordar, como el color del cupé de los Macleod. Creo que era de dos tonos. Pero ¿era gris y verde o quizá azul y beige? Y aunque pasé muchas
horas cruciales en sus asientos de piel, no sabría decir de qué color eran. ¿Era de nogal el salpicadero? Qué más da. A mi memoria, desde luego, le da igual, y mi memoria es mi guía aquí. (...)

Y además hay cosas que no voy a molestarme en decir. Como qué estudié en la universidad, cómo era mi habitación y en qué Eric era diferente de Barney e Ian de Sam, y cuál de ellos era pelirrojo. Salvo que Eric era mi amigo más íntimo, y siguió siéndolo durante muchos años. Era el más amable de todos nosotros, el más serio, el que más confiaba en los demás. Y, quizá por estas mismas cualidades, era el que más problemas tenía con las chicas y, más adelante, con las mujeres. ¿Había algo en su dulzura, y en su propensión a perdonar, que casi provocaba la maldad del prójimo? Ojalá conociera la respuesta a esta pregunta, no solo por la ocasión en que lo dejé tirado. Lo abandoné cuando necesitaba mi ayuda; lo traicioné, si se quiere. Pero hablaré de esto más tarde.
Y otra cosa. Cuando más arriba he hecho mi boceto de agente inmobiliario sobre el Village, puede que no haya sido estrictamente exacto.
Por ejemplo, respecto a los postes luminosos del paso de cebra. Puede que me los haya inventado, pues hoy día es raro ver un paso de cebra sin el obligado par de luces intermitentes. Pero entonces, en Surrey, en una carretera con poco tráfico…, lo dudo bastante. Supongo que podría hacer una investigación real, buscar postales antiguas en la biblioteca central o las pocas fotos que conservo de la época, y rectificar mi relato en consonancia con ellas. Pero estoy rememorando el pasado, no reconstruyéndolo. Así que no habrá muchos decorados. Quizá prefieras más. Quizá estés acostumbrado a ellos. Pero no puedo remediarlo. No intento tejer una historia; estoy tratando de contar la verdad. (...)



Aquella noche miré a mis padres y presté atención a todo lo que decían.
Intenté imaginar que ellos también habían tenido su historia de amor. En un tiempo lejano. Pero no llegué a ninguna conclusión. Después traté de imaginar que cada uno había vivido su historia de amor, pero por separado, antes del matrimonio o quizá —aún más emocionante— durante el mismo.
Pero desistí porque de esto tampoco pude sacar nada en limpio. Me pregunté, en cambio, si, al igual que Joan, yo también simularía, disimularía para desviar la curiosidad. ¿Quién sabe?
Rebobiné y traté de imaginar cómo habría sido la vida de mis padres en los años anteriores a mi nacimiento. Me los represento empezando juntos, lado a lado, codo con codo, felices, confiados, recorriendo un surco de hierba tierna y blanda. Todo es verdor y el entorno es extenso; no parece haber ninguna prisa. Después, a medida que avanza el curso normal, cotidiano de la vida, desprovisto de amenazas, el surco se hace más profundo muy despacio y
el verde aparece tachonado de pardo. Un poco más adelante —una década o dos—, el montón de tierra es más alto a ambos lados y no pueden ver por encima. Y ahora no hay escapatoria, no hay vuelta atrás. Solo hay el cielo arriba y muros cada vez más altos de tierra parda que amenaza con sepultarlos. (...)


Hay algo que debería haber aclarado antes. Tal vez estoy haciendo que mi relación con Susan parezca un dulce entreacto veraniego. A fin de cuentas, el estereotipo se empeña en verlo así. Hay una iniciación sexual y emocional, un suntuoso paso de gustos, placeres y mimos, y después la mujer, con una punzada pero también con sentido del humor, devuelve al joven al más ancho mundo y a los cuerpos más jóvenes de su propia generación. Pero ya te he
dicho que no fue así.
Estuvimos juntos —y digo bien: juntos— durante diez o doce años, según desde cuándo y hasta cuándo se cuente. Todos aquellos años coincidieron con lo que a los periódicos les gustaba denominar la «revolución sexual»: una época de jodienda a tutiplén —o eso nos inducían a creer—, de placeres instantáneos y de ligues informales, exentos de culpa, en los que la lujuria y la ligereza emocional pasaron a ser el orden del día. De modo que podría decirse que mi relación con Susan resultaba tan ofensiva para las nuevas normas como para las antiguas. (...)

Dicho de otra forma. Yo tenía diecinueve años y sabía que el amor era incorruptible, a prueba del tiempo y del deterioro. (...)



Si algo he descubierto a lo largo de los años es que el primer amor sienta una pauta para toda la vida. Puede ser que no supere a los amores posteriores, pero a estos siempre les afectará la existencia del primero. Puede servir de modelo o de ejemplo negativo. Puede ensombrecer a los amores siguientes o, por otra parte, puede facilitarlos o mejorarlos. Aunque en ocasiones el primer amor cauteriza el corazón, y lo único que encontrará quien busque después será tejido cicatricial.
«Nos eligieron por azar». No creo en el destino, como quizá ya he dicho. Pero ahora sí creo que cuando dos amantes se encuentran, ya existe tanta prehistoria que solo son posibles determinados resultados. Los amantes, por el contrario, se imaginan que el mundo vuelve a empezar desde cero y que las posibilidades son nuevas e infinitas.
Y el primer amor siempre acontece en la aplastante primera persona. ¿Cómo puede ser de otra manera? Y además en el abrumador presente de indicativo. Tardamos en comprender que existen otras personas y otros tiempos verbales. (...)



Soy un muchacho: ella es una mujer casada de mediana edad. Yo poseo el cinismo y el supuesto entendimiento de la vida; no obstante, soy tan idealista como cínico, convencido de que tengo voluntad y aptitud para resolver cosas.
¿Y ella? No es cínica ni idealista; vive sin enredarse en teorías y toma cada circunstancia y cada situación según vienen. Se ríe de cosas y a veces su risa es una forma de no pensar, de eludir verdades obvias y penosas. Pero al mismo tiempo creo que está más cerca de la vida que yo.
No hablamos de nuestro amor; simplemente sabemos que existe, incuestionable; que es lo que es y que todo emanará, inevitable y justamente, de este hecho. Para confirmarlo, ¿nos repetimos continuamente «Te quiero»?
A esta distancia, no lo sé muy bien. Pero recuerdo que cuando me acuesto con ella, después de haber cerrado la puerta trasera, ella susurra:
—No lo olvides nunca: el punto más vulnerable es la mitad de la pista. (...)


Podrías preguntarme lo profunda que era mi comprensión del amor a los diecinueve años. Un tribunal quizá considerase que se basaba en unos cuantos libros y películas, conversaciones con amigos, sueños embriagadores, dolorosas fantasías sobre determinadas chicas en bicicleta, y una cuarta parte de mi relación con la primera mujer con la que me había acostado. Pero el ego de mis diecinueve años corregiría al tribunal: se «comprende» el amor más tarde, la «comprensión» del amor bordea el sentido práctico, se «comprende» el amor cuando el corazón se ha enfriado. El amante, en su rapto, no quiere «comprender» el amor, sino experimentarlo, sentir la intensidad, la clarificación de las cosas, la aceleración de la vida, el egoísmo totalmente justificable, el descaro lascivo, la vociferante alegría, la seriedad serena, el
anhelo ardiente, la certeza, la simplicidad, la complejidad, la verdad, la verdad, la verdad del amor.
Verdad y amor, este era mi credo. Amo a Susan y veo la verdad. Así desencillo.
(...)

Cuando de nuevo aludió a mis futuras novias dije, muy clara y firmemente, que ella siempre estaría presente en mi vida: pasara lo que pasase, siempre habría un lugar para ella.
—Pero ¿dónde me pondrías, Casey Paul?
—En el peor de los casos, en un desván bien equipado.
Lo decía metafóricamente, por supuesto.
—¿Como un trasto viejo?
Yo detestaba esa conversación.
—No —repetí—, siempre estarás ahí.
—¿En tu desván?
—No, en mi corazón.
Lo decía de verdad, era la pura verdad: tanto lo del desván como lo del corazón. Toda mi vida.
No me percaté de que había pánico en su interior. ¿Cómo podía imaginarlo? Pensaba que solo lo sentía yo. Ahora, demasiado tarde, me doy cuenta de que todos lo sentimos. Es una condición de nuestra mortalidad.
Tenemos códigos de conducta para aplacarlo y minimizarlo, bromas y hábitos y numerosas formas de desviarlo y distraerlo. Pero estoy convencido de que hay pánico y un caos infernal a la espera de emerger dentro de todos nosotros.
Lo he visto rugir en los moribundos, como una última protesta contra la condición humana y su tristeza crónica. Pero existe en los más equilibrados y racionales de nosotros. Solo hacen falta las circunstancias propicias para que aparezca. Y entonces estás a su merced. El pánico empuja a algunos hacia Dios, a otros a la desesperación, a las obras benéficas, a la bebida, al olvido afectivo, y a otros a una vida en la que esperan que nada grave vuelva a Trastornarlos. (...)



Uno de tus problemas es el siguiente: durante un largo tiempo te resulta inconcebible que Susan sea bebedora. ¿Cómo va a serlo si su marido bebe y a ella le asquea la bebida? Aborrece hasta el olor del alcohol, aborrece las falsas emociones que desencadena en las personas. A Macleod lo vuelve más grosero, más colérico, más burdamente sentimental; cuando la agarraba del pelo y le apretaba un vaso contra los labios, ella habría preferido que el jerez se derramara sobre su vestido en vez de por su garganta. Tampoco ha habido en su vida nadie que le ofreciera un ejemplo creíble de lo contrario: que el alcohol es algo glamouroso, que sirve para desinhibir, que es divertido, que puedes controlarlo porque sabes cuándo permitírtelo y cuándo rechazarlo.
Tú la crees. Nunca le pides explicaciones por sus ausencias y sus retrasos cada vez más frecuentes. Cuando al llegar la encuentras inexpresiva y con aire somnoliento, te dices que habrá tomado por error una pastilla de más, lo cual a veces es cierto. Y como te resulta inevitable creer que una de las razones de que esté tomando antidepresivos es que no consigues hacerla tan feliz como para que no los necesite, te sientes culpable y la culpa te impide interrogarla.
Así que cuando, saliendo de su modorra, ella alza la vista, da unas palmadas a su lado en el sofá y pregunta: «¿Dónde has estado durante toda mi vida?», sientes un desgarro en tu interior y no hay nada que quieras más en el mundo que arreglar todos sus problemas, y no como tú quieres, sino como ella quiere resolverlos. Entonces te sientas a su lado y le coges las muñecas.
Del mismo modo que crees que tu amor es único, crees que las dificultades de Susan —sus problemas— son únicos. Eres demasiado joven para comprender que toda conducta humana se inscribe en pautas y categorías y que su caso —el tuyo— dista de ser único. Quieres que ella sea una excepción y no una norma. Si en aquel tiempo alguien hubiera aventurado una palabra como codependencia —en el supuesto de que ya la hubieran inventado—, la habrías desestimado riéndote como si fuera jerga norteamericana. Sin embargo, quizá te hubiera impresionado más un vínculo estadístico que entonces ignorabas: que los allegados de un alcohólico, lejos de sentir repulsión por el hábito —o, más bien, a pesar de que les repele el hábito—, a menudo sucumben ellos también. (...)


Sigues durmiendo con ella, pero no hacéis el amor desde hace mucho. No te preguntas cuánto hace según el calendario, porque lo que importa es cuánto hace según el corazón. Descubres más cosas del sexo de las que quieres saber,o más de las que deberían permitírsete descubrir mientras todavía eres joven.
Algunos descubrimientos habría que dejarlos para más adelante, cuando quizá duelan menos.
Sabes ya que hay sexo bueno y sexo malo. Naturalmente prefieres el bueno al malo. Pero también, siendo joven, piensas que aun así, considerados todos los aspectos, los duros y los blandos, el sexo malo es mejor que ningún sexo. Y a veces mejor que la masturbación; aunque otras veces no.
Pero si crees que estas dos categorías son las únicas que existen, es que estás equivocado. Porque hay una que no sabías que existiese, algo que no es, como podrías haber supuesto al oír hablar de ella, una mera subcategoría del mal sexo; y es el sexo triste. El sexo triste es el más triste de todos. El sexo triste es cuando la pasta de dientes dentro de la boca de Susan no encubre del todo el olor del jerez dulce y ella susurra: «Alégrame, Casey Paul». Y la complaces. Aunque alegrarla a ella también supone entristecerte tú.
El sexo triste es cuando ya está dopada por una píldora antidepresiva pero tú piensas que si la follas quizá la animes un poco más.
El sexo triste es cuando tú mismo estás tan desesperado, la situación es tan insoluble, la prehistoria tan opresiva, tu propio equilibrio anímico tan incierto de un día para otro, de un momento a otro, que piensas que bien podrías dejarte ir con el sexo durante unos minutos, durante media hora. Pero no te dejas ir, ni cambia tu estado de ánimo, ni siquiera durante un nanosegundo.
El sexo triste es cuando notas que estás perdiendo todo contacto con ella, y ella contigo, pero que es el medio de deciros mutuamente que la conexión existe todavía de algún modo; que ninguno de los dos va a abandonar al otro, aun cuando una parte de ti cree que deberías. Después descubres que insistir en esa conexión es lo mismo que prolongar la pena.
El sexo triste es cuando estás haciendo el amor con una mujer mientras piensas en la forma de matar a su marido, aunque nunca serías capaz de hacerlo porque no eres esa clase de persona. Pero al igual que tu cuerpo no se detiene, tampoco tu pensamiento; te ves pensando: sí, si lo sorprendieras estrangulando a Susan, te figuras que lo golpearías con una pala en la nuca, o que lo apuñalarías con un cuchillo de cocina, si bien comprendes que, en vista de tu ineptitud con los puños, podría suceder que la pala o el cuchillo resbalasen y en vez del cuerpo de Gordon acabaran hiriéndola a ella. Entonces este relato paralelo en tu cabeza se desquicia todavía más y te plantea que si fallaras el ataque a Gordon y en su lugar la alcanzases a ella podría ser porque secretamente querías lastimarla, puesto que Susan —esta mujer desnuda
ahora debajo de ti— te ha metido en este cenagal insoluble en una etapa tan temprana de tu vida.
El sexo triste es cuando ella está sobria, los dos os deseáis, sabes que tú la amarás siempre a pesar de todo y que ella te amará siempre a pesar de todo, pero tú —los dos, tal vez— comprendes ahora que amarse el uno al otro no necesariamente conduce a la felicidad. Y por eso hacer el amor se ha convertido no tanto en una búsqueda de consuelo como en un intento vano de negar vuestra desdicha recíproca.
El buen sexo es mejor que el sexo malo. El sexo malo es mejor que ningún sexo, salvo cuando la ausencia de sexo es mejor que el mal sexo. El autosexo es mejor que ningún sexo, salvo cuando ningún sexo es mejor que el autosexo. El sexo triste es siempre mucho peor que el buen sexo, el mal sexo, el autosexo y ningún sexo. El sexo triste es el más triste de todos. (...)


He dicho que nunca he llevado un diario. No es estrictamente cierto. En mi confusión y mi aislamiento hubo un punto en el que pensé que escribir cosas podría ayudarme. Utilicé una libreta de tapa dura, tinta negra y una cara de la página. Intenté ser objetivo. Pensé que no tenía sentido airear mis sentimientos de afrenta y traición. Recuerdo que la primera línea que escribí fue:
Todos los alcohólicos son mentirosos.
La idea, obviamente, no se basaba en una enorme muestra o en una amplia investigación. Pero lo creía entonces y ahora, decenios después, con más experiencia de campo, creo que es una verdad esencial de ese estado. Proseguí: Todos los amantes dicen la verdad.
De nuevo los ejemplos eran pocos, se limitaban principalmente a mí mismo. Me parecía evidente que el amor y la verdad estaban relacionados; de hecho, como quizá ya he dicho, vivir enamorado es vivir en la verdad.
Y luego la conclusión de este cuasi silogismo: Por consiguiente, el alcohólico es lo opuesto del amante.
Esto no solo era lógico, sino coherente con mis observaciones.
Hoy, toda una vida después, la segunda de estas premisas parece la más débil. He visto demasiados ejemplos de amantes que, lejos de vivir en la verdad, habitan en un país de fantasía donde imperan el autoengaño y el autobombo, y donde no hay rastro de realidad.
Sin embargo, mientras llenaba mi libreta y trataba de ser objetivo, la subjetividad no cesaba de minarme. Por ejemplo, al remontarme al tiempo que pasamos en el Village, advertí que aunque yo me consideraba amante y veraz, las verdades que había dicho lo eran solo para mí y para Susan. Dije mentiras a mis padres, a la familia de Susan, a mis amigos íntimos; hasta oculté cosas en el club de tenis. Protegí la zona de verdad con una muralla de mentiras. Al igual que ella me mentía ahora continuamente respecto a la bebida. Y también se mentía a sí misma. Y sin embargo seguía afirmando que me amaba.
En consecuencia, empecé a sospechar que me equivocaba al considerar que el alcoholismo era lo opuesto del amor. Quizá estuvieran mucho más cerca de lo que yo imaginaba. El alcoholismo es sin duda tan obsesivo —y absolutista— como el amor; y quizá para el bebedor el impacto del alcohol sea tan poderoso como el impacto del sexo para el amante. Así pues, el
alcohólico ¿no podría ser simplemente un amante o una amante que ha desplazado el objeto y el foco de su amor?
Mis observaciones y reflexiones llenaban ya unas docenas de páginas cuando una noche, al volver a casa, encontré a Susan en un estado que conocía demasiado bien: colorada, coherente solo a medias, propensa a ofenderse enseguida, y al mismo tiempo fingiendo afectadamente que todo iba de maravilla en el mejor de los mundos posibles. Fui a mi habitación y descubrí que mi escritorio había sido revuelto por una mano inexperta. El orden, incluso entonces, era uno de mis hábitos, y sabía dónde estaba cada cosa. Puesto que el escritorio contenía mis notas sobre alcoholismo, supuse, cansinamente, que lo más probable era que Susan las hubiera leído. Aun así, pensé que quizá a la larga la conmoción pudiese surtir un efecto provechoso en ella. A corto plazo, era evidente que no. (...)

A veces se hacía una pregunta sobre la vida. ¿Cuáles son más verídicos, los recuerdos felices o los infelices? Al final decidió que era una pregunta sin respuesta.
Llevaba decenios escribiendo en una pequeña libreta. En ella apuntaba lo que la gente decía del amor. Grandes novelistas, sabios de la televisión, gurús autodidactas, personas a las que había conocido en sus años de viajes. Reunió la evidencia. Y luego, cada dos años o así, la repasaba y tachaba todas las citas que ya no creía que eran verdad. Normalmente esta criba dejaba solo dos o tres temporalmente verdaderas. Temporalmente porque la vez siguiente era
probable que las tachara también para que otras dos o tres distintas ocupasen su puesto. (...)

Por supuesto, una anotación en su libreta era: «Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca». La frase resistió unos cuantos años; luego la tachó. Después volvió a escribirla; luego volvió a tacharla. Ahora las dos frases estaban una al lado de la otra, una clara y verdadera, la otra tachada y falsa. (...)

Una anotación de su libreta que había sobrevivido a varias inspecciones. «En el amor todo es verdad y mentira; es el único tema en el que es imposible decir algo absurdo». Desde que la descubrió le había gustado esta observación. Porque le llevaba a un pensamiento más amplio: que el propio amor nunca es absurdo, y tampoco ninguno de sus protagonistas. El amor se salta todas las severas ortodoxias de sentimientos y de conducta que una sociedad pueda querer imponer. A veces veías en el corral formas de afecto impensables: el ganso enamorado del burro, el gatito jugando sin peligro entre las patas del mastín encadenado. Y en el corral humano existían afectos igualmente inverosímiles, pero nunca absurdos para sus protagonistas. (...)

había advertido durante su vida una diferencia entre los sexos a la hora de hablar de las relaciones. Cuando una pareja rompía, era más probable que la mujer dijera: «Todo iba bien hasta que sucedió x». La x era un cambio de circunstancias o de ubicación, la llegada de otro hijo o, con demasiada frecuencia, la consabida —o no tan consabida— infidelidad. Lo más probable, por el contrario, era que el hombre dijese: «Me temo que todo fue mal desde el principio». Y estaría refiriéndose a una incompatibilidad mutua, o a un matrimonio contraído bajo coacción, o al descubrimiento de un secreto no revelado por una o las dos partes. Así, ella estaba diciendo:
«Fuimos felices hasta que», mientras que él decía: «Nunca fuimos realmente felices». Y la primera vez que había reparado en esta discrepancia, había intentado dilucidar cuál de las dos versiones tenía más probabilidades de ser cierta; pero ahora, en el otro extremo de la vida, aceptaba que las dos lo eran.
«En el amor todo es verdad y mentira; es el único tema en el que es imposible decir algo absurdo». (...)

Ahí estaba la anotación —una seria— que no había tachado en años. No recordaba de quién era: nunca anotaba el escritor o la fuente; no quería que la reputación lo amilanase; la verdad tenía que sostenerse por sí misma, clara y sin apoyos. Era la frase siguiente: «En mi opinión, todos los amores, felices o desdichados, son un auténtico desastre en cuanto te entregas por entero». Sí, merecía conservarse. Le gustaba la apropiada inclusión de «felices o desdichados». Pero la clave era: «En cuanto te entregas por entero». A pesar de las apariencias, no era una sentencia pesimista ni agridulce. Era una verdad expresada por alguien en pleno torbellino del amor, y que parecía contener toda la tristeza de la vida. Recordó de nuevo a la amiga que, largo tiempo atrás, le había dicho que el secreto del matrimonio era «zambullirte y emerger a conveniencia». Sí, comprendía que así podías mantenerte a salvo. Pero estar a salvo no tenía nada que ver con el amor.
La tristeza de la vida. Era otro enigma sobre el que reflexionaba a veces. ¿Cuál era la formulación correcta, o más correcta?: ¿«La vida es hermosa pero triste» o «La vida es triste pero hermosa»? Una u otra era obviamente cierta, pero nunca lograba decidir cuál.



Sí, el amor había sido para él un auténtico desastre. Y para Susan. Y para Joan. Y —retrocediendo a su época— bien podía haberlo sido también para Macleod.
Echó una ojeada a unas pocas entradas tachadas y volvió a guardar la libreta en el cajón. Tal vez siempre había sido una pérdida de tiempo. Tal vez el amor no podía encerrarse en una definición; solo se podía encerrar en un relato.
LA ÚNICA HISTORIA.
JULIAN BARNES.
ANAGRAMA, 2019