ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 26 de agosto de 2026

TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA (Mario Vargas Llosa)


El verano, sea o no de Cervantes, es un tiempo propicio para releer, muy especialmente El Día del Watusi, Plataforma o todo lo que se pueda de Carmen Martín Gaite...

Esta canícula he aprovechado para visitar TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA, una deliciosa novela menor de Vargas Llosa, es decir, palabras mayores, en la que narra el amor hacia una mujer fatal que hace la mentira y la seducción una forma de vida, de castigo y casi de muerte.
Siempre merece la pena (re)leer a Vargas Llosa y recordar lo peligroso que puede resultar querer a quien no lo merece, especialmente si se trata "de una loca, de una aventurera, de una mujercita sin escrúpulos con la que ningún hombre, y yo menos que cualquier otro, podría mantener una relación estable, sin terminar pisoteado":



Yo de Lily me enamoré como un becerro, la forma más romántica de enamorarse —se decía también templarse al cien—, y, en ese verano inolvidable, le caí tres veces. La primera, en la platea alta del Ricardo Palma, ese cine que estaba en el Parque Central de Miraflores, en la matinée del domingo, y me dijo que no, era todavía muy joven para tener enamorado. La segunda, en la pista de patinaje que se inauguró justamente ese verano al pie del Parque Salazar, y me dijo no, necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gustaba un poquito, sus padres le habían pedido que no tuviera enamorado hasta que terminara el cuarto de media y ella estaba todavía en tercero. Y, la última, pocos días antes del gran lío, en el Cream Rica de la avenida Larco, mientras tomábamos un milk-shake de vainilla, y, por supuesto, otra vez que no, para qué me iba a decir que sí ya que estando como estábamos parecíamos enamorados. ¿No nos ponían siempre de pareja donde Marta cuando jugábamos a las verdades? ¿No nos sentábamos juntos en la playa de Miraflores? ¿No bailaba ella conmigo más que con cualquiera en las fiestas? ¿Para qué, pues, me iba a dar formalmente el sí si todo Miraflores ya nos creía enamorados? Con su fachita de modelo, unos ojos oscuros y pícaros y una boquita de labios carnosos, Lily era la coquetería hecha mujer. «De ti, me gusta todo», le decía yo. «Pero, lo que más, tu manerita de hablar.» Era chistosa y original, por su entonación y su música, tan distintas de las peruanas, y también por ciertas expresiones, palabritas y dichos que a los del barrio nos dejaban en la luna, tratando de adivinar lo que querían decir y si en ellos se escondía alguna burla. Lily se pasaba la vida diciendo cosas en doble sentido, haciendo adivinanzas o contando unos chistes tan colorados que a las chicas del barrio las hacían comerse un pavo. «Esas chilenitas son terribles», sentenciaba mi tía Alberta, quitándose y poniéndose los anteojos con el aire de profesora de colegio que tenía, preocupada de que ese par de forasteras desintegrara la moral miraflorina. (...)



En esos comienzos de los años sesenta París vivía la fiebre de la Revolución Cubana y pululaba de jóvenes venidos de los cinco continentes que, como Paúl, soñaban con repetir en sus países la gesta de Fidel Castro y sus barbudos y se preparaban para ello, en serio o en juego, en conspiraciones de café. (...)

yo le insinuaba a Paúl que muchos de esos becarios que el MIR mandaba a Cuba, y a veces a Corea del Norte o China Popular, aprovechaban la ocasión para hacer un poco de turismo, y que jamás subirían a los Andes o se sumirían en la Amazonía con un fusil al hombro y una mochila en la espalda. 
—Todo está calculado, mi viejo —me respondía Paúl, posando de magíster que tiene de su lado las leyes de la historia—. Si la mitad nos responde, la Revolución es pan comido.



Cierto, el MIR hacía las cosas con un poco de prisa, pero ¿cómo podía darse el lujo de dormirse? La historia, después de andar tantos años a paso de tortuga, de pronto, gracias a Cuba, se volvió un bólido. Había que actuar, aprendiendo, tropezando, levantándose. No estaban los tiempos para reclutar a los jóvenes guerrilleros haciéndoles pasar exámenes de conocimiento, pruebas físicas y tests psicológicos. Lo importante era sacar partido a esas cien becas antes de que Cuba las ofreciera a otros grupos —el Partido Comunista, el Frente de Liberación, los trotskistas— que competían por ser los primeros en poner en marcha la revolución peruana. La mayoría de becarios que fui a recoger a Orly para llevarlos a los hotelitos y pensiones donde pasarían encerrados la escala de París, eran varones y muy jóvenes, algunos adolescentes. Un día descubrí que también había mujeres entre ellos. 
—Recógelas y llévatelas a este hotelito de la rue Gay-Lussac —me pidió Paúl—. Camarada Ana, camarada Arlette y camarada Eufrasia. Trátalas bien. 
Una regla sobre la que los becarios venían bien aleccionados era no dar a conocer sus verdaderos nombres. Incluso entre ellos sólo usaban sus apodos o nombres de guerra. Apenas aparecieron las tres chicas tuve la impresión de que a la camarada Arlette la había visto en alguna parte. (...)

Nos quedamos en L’Escale hasta las mil quinientas y yo pude besarla y acariciarla, pero sin ser correspondido. No me apartaba los labios cuando yo se los buscaba; pero no hacía el menor movimiento de respuesta, se dejaba besar con indiferencia, y, por supuesto, nunca abría la boca para que yo pudiera sorber su saliva. También su cuerpo parecía un témpano cuando mis manos le acariciaban la cintura, los hombros, y se detenían en los duros pechitos de botones erectos. Permaneció quieta, pasiva, resignada a aquellas efusiones como una reina a los homenajes de un vasallo, hasta que, por fin, con naturalidad, advirtiendo que mis caricias tomaban un rumbo atrevido, me apartó. 
—Ésta es mi cuarta declaración de amor, chilenita —le dije, en la puerta del hotelito de la rue Gay-Lussac—. ¿La respuesta es sí, por fin? 
—Ya veremos —me echó un beso volado, alejándose—. No pierdas las esperanzas, niño bueno. Los diez días que siguieron a este encuentro, la camarada Arlette y yo tuvimos algo parecido a una luna de miel. Nos vimos todos los días y yo quemé en ellos todo el dinero que me quedaba de los giros de la tía Alberta. La llevé al Louvre y el Jeu de Paume, al museo Rodin y las casas de Balzac y de Victor Hugo, la Cinémathèque de la rue d’Ulm, a una función del Teatro Nacional Popular que dirigía Jean Vilar (vimos Ce fou de Platonov, de Chéjov, en que el propio Vilar encarnaba al protagonista) y, el domingo, tomamos el tren a Versalles, donde, luego de visitar el palacio, dimos un largo paseo por el bosque en el que nos sorprendió la lluvia y terminamos empapados. En esos días cualquiera nos habría tomado por amantes, pues andábamos todo el tiempo de la mano y yo la besaba y acariciaba con cualquier pretexto. Ella me dejaba hacer, divertida a veces, otras indiferente, y siempre terminaba poniendo fin a mis efusiones con un mohín de impaciencia: «Y ahora basta, Ricardito». Alguna rara vez, ella tomaba la iniciativa de peinarme o despeinarme un mechón con su mano o pasarme un dedo afilado por la nariz o por la boca como queriendo alisarlas, una caricia que se parecía a la de una ama afectuosa a su caniche. De esa intimidad de diez días saqué una certeza: a la camarada Arlette, la política en general, y la revolución en particular, le importaban un comino. Era probablemente un cuento chino su militancia en la Juventud Comunista y después en el MIR, así como sus estudios en la Universidad Católica. No sólo no hablaba jamás de temas políticos ni universitarios; cuando yo llevaba la conversación a ese terreno, no sabía qué decir, ignoraba las cosas más elementales y se las arreglaba para cambiar de tema muy de prisa. Era evidente que se había conseguido esta beca de guerrillera para salir del Perú y viajar por el mundo, algo que de otro modo, siendo una chica de origen muy humilde —saltaba a la vista—, jamás hubiera podido hacer. Pero sobre nada de esto me atreví a interrogarla para no ponerla en aprietos, ni obligarla a contarme otro cuento chino. Al día octavo de nuestra púdica luna de miel accedió, de manera inesperada, a pasar la noche conmigo en el Hotel du Sénat. Era algo que yo le había pedido —rogado— en vano todos los días anteriores. Esta vez, ella tomó la iniciativa (...).

A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, la vi, aseada y vestida, al pie de la cama, observándome con una mirada que traslucía una profunda inquietud. —¿De veras estás enamorado de mí? Asentí varias veces y estiré la mano para coger la suya, pero ella no me la alcanzó. —¿Quieres que me quede a vivir contigo, aquí en París? —me preguntó, con el tono de voz con que me hubiera podido proponer ir al cine a ver una de las películas de la Nouvelle Vague, de Godard, Truffaut o de Louis Malle, que estaban en pleno apogeo. Volví a asentir, totalmente desconcertado. ¿Significaba eso que la chilenita también se había enamorado de mí? —No es por amor, para qué te voy a mentir —me respondió, con frialdad—. Pero, no quiero ir a Cuba, y menos volver al Perú. Quisiera quedarme en París. Tú puedes ayudarme a que me libre del compromiso con el MIR. Háblale al camarada Jean y, si me libera, me vendré a vivir contigo —vaciló un momento y, suspirando, hizo una concesión—: Capaz termino enamorándome de ti. (...)

Guillermo Lobatón era otra cosa. De la muchedumbre de revolucionarios que gracias a Paúl me tocó conocer en París, ninguno me pareció tan inteligente, culto y resuelto como él. Era aún muy joven, apenas vencida la treintena, pero tenía ya un rico pasado de hombre de acción. Había sido el líder de la gran huelga de la Universidad de San Marcos de 1952 contra la dictadura de Odría (desde entonces era amigo de Paúl), a raíz de la cual fue apresado, enviado al Frontón y torturado. De esta manera se truncaron sus estudios de filosofía, en los que, se decía en San Marcos, competía con Li Carrillo, futuro discípulo de Heidegger, en ser el más brillante estudiante de la Facultad de Letras. En 1954 fue expulsado del país por el gobierno militar y, luego de mil pellejerías, llegó a París, donde, a la vez que se ganaba la vida con las manos, retomó sus estudios de filosofía en la Sorbona. El Partido Comunista le consiguió luego una beca en Alemania Oriental, en Leipzig, donde continuó sus estudios de filosofía y estuvo en una escuela de cuadros del Partido. Allí lo sorprendió la Revolución Cubana. Lo sucedido en Cuba lo llevó a reflexionar de manera muy crítica sobre la estrategia de los partidos comunistas latinoamericanos y el espíritu dogmático del estalinismo. Antes de conocerlo en persona yo había leído un trabajo suyo, que circuló en París impreso a mimeógrafo, en que acusaba a aquellos partidos de haberse cortado de las masas por su sumisión a los dictados de Moscú, olvidando que, como había escrito el Che Guevara, «el primer deber de un revolucionario era hacer la revolución». En ese trabajo, en el que exaltaba el ejemplo de Fidel Castro y sus compañeros como modelos revolucionarios, había una cita de Trotski. Por esta cita fue sometido a un tribunal de disciplina en Leipzig y expulsado de manera infamante de Alemania Oriental y del Partido Comunista peruano. Así llegó a París, donde se había casado con una muchacha francesa, Jacqueline, también militante revolucionaria. En París encontró a Paúl, su viejo amigo de San Marcos, y se afilió al MIR. Había recibido formación guerrillera en Cuba y contaba las horas para regresar al Perú y pasar a la acción. Durante los días de la invasión a Cuba en Bahía de Cochinos, lo vi multiplicarse, asistiendo a todas las manifestaciones de solidaridad con Cuba y hablando en un par de ellas, en un buen francés, con una arrolladora retórica. Era un muchacho delgado y alto, de piel ébano claro, con una sonrisa que mostraba su magnífica dentadura. A la vez que podía discutir horas, con gran solvencia intelectual, sobre temas políticos, era capaz de enfrascarse en apasionantes diálogos sobre literatura, arte o deportes, en especial el fútbol y las proezas de su cuadro, el Alianza Lima. Había en su manera de ser algo que contagiaba su entusiasmo, su idealismo, el desprendimiento y sentido acerado de la justicia que guiaban su vida, algo que no creo haber advertido —sobre todo, de manera tan genuina— en ninguno de los revolucionarios que pasaban por París en los sesenta. Que hubiera aceptado ser apenas un militante del MIR, donde no había nadie que tuviera su talento y su carisma, decía muy a las claras la pureza de su vocación revolucionaria. Las tres o cuatro veces que conversé con él quedé convencido, pese a mi escepticismo, de que, si alguien con la lucidez y la energía de Lobatón estaba al frente de los revolucionarios, el Perú podía ser la segunda Cuba de América Latina. (...)

Cuando llegué a Les Deux Magots, madame Robert Arnoux estaba ya allí, en una mesa de la terraza protegida por una vidriera, fumando con boquilla de marfil, y tomándose un café. Parecía un maniquí de Vogue vestida toda de amarillo, con unos zapatitos blancos y una sombrilla floreada. El cambio era extraordinario, en verdad. 
—¿Todavía sigues enamorado de mí? —me dijo de entrada, rompiendo el hielo. 
—Lo peor es que creo que sí —admití, sintiendo calor en las mejillas—. Y, si no lo estuviera, volvería a estarlo desde hoy mismo. Te has convertido en una mujer bellísima, además de elegantísima. Te veo y no creo lo que veo, niña mala. 
—Ya ves lo que te perdiste por cobarde —replicó, sus ojitos color miel constelados de chispas burlonas, mientras me echaba una bocanada de humo a la cara con toda intención—. Si aquella vez que te propuse quedarme contigo me hubieras dicho sí, ahora sería tu mujer. Pero no querías quedar mal con tu amigo, el camarada Jean, y me despachaste a Cuba. Perdiste la ocasión de tu vida, Ricardito. 
—¿No tiene compostura? ¿No puedo hacer examen de conciencia, dolor de corazón y propósito de enmienda? 
—Ahora ya es tarde, niño bueno. ¿Qué partido puede ser para la esposa de un diplomático francés un pichiruchi traductor de la Unesco? Hablaba sin dejar de sonreír, moviendo su boca con una coquetería más refinada que la que yo le recordaba. Contemplando sus labios tan marcados y sensuales, arrullado por la música de su voz, tuve unos deseos enormes de besarla. Sentí que se me apuraba el corazón. —Bueno, si ya no puedes ser mi mujer, queda siempre la posibilidad de que seamos amantes. 
—Soy una esposa fiel, la perfecta casada —me aseguró, simulando ponerse seria. Y, sin transición—: ¿Qué fue del camarada Jean? ¿Regresó al Perú a hacer la revolución? 
—Hace varios meses. No he sabido nada de él ni de los otros. Ni he leído ni oído que haya guerrillas por allá. A lo mejor todos esos castillos en el aire revolucionarios se hicieron humo. Y todos los guerrilleros se volvieron a sus casas y se olvidaron del asunto. (...)

Se divertía ayudándome en mis trajines, practicando su francés con corredores inmobiliarios y porteras, y mostraba tan buen humor que —se lo dije— parecía que aquel departamentito al que estaba dando vida fuera para que lo compartiéramos. 
—Es lo que te gustaría, ¿no, niño bueno? 
Estábamos en un bistrot de l’avenue de Tourville, junto a les Invalides, y yo le besaba las manos y le buscaba la boca, loco de amor y de deseo. Asentí, varias veces. 
—El día que te mudes, lo estrenaremos —me prometió. 
Cumplió su promesa. Fue la segunda vez que hicimos el amor, esta vez a plena luz de un día que entraba a chorros por la ancha claraboya desde la cual unas palomas curiosas nos observaban desnudos y abrazados sobre el colchón sin sábanas, recién liberado del plástico en que lo había traído envuelto el camión de La Samaritaine. Las paredes olían a pintura fresca. Su cuerpo seguía tan delgadito y bien formado como en mi memoria, con su estrecha cintura que parecía caber en mis manos y su pubis de ralos vellos, más blanco que el terso vientre o los muslos donde la piel se oscurecía y matizaba con un viso verdoso pálido. Toda ella despedía una fragancia delicada, que se acentuaba en el nido tibio de sus axilas depiladas, detrás de sus orejas y en su sexo pequeñito y húmedo. En sus arqueados empeines la piel dejaba traslucir unas venitas azules y a mí me enternecía imaginar la sangre fluyendo despacito por ellas. Como la vez anterior, se dejó acariciar con total pasividad y escuchó callada, fingiendo una exagerada atención o como si no oyera nada y pensara en otra cosa, las palabras intensas, atropelladas, que yo le decía al oído o a la boca mientras pugnaba por separarle los labios. 
—Hazme venir, primero —me susurró, con un tonito que escondía una orden—. Con tu boca. Después, será más fácil que entres. No te vayas a venir todavía. Me gusta sentirme irrigada. (...)

Hablaba con tanta frialdad que no parecía una muchacha haciendo el amor sino un médico que formula una descripción técnica y ajena del placer. No me importaba nada, era totalmente feliz, como no lo había sido en mucho tiempo, acaso nunca. «Jamás podré pagarte tanta felicidad, niña mala.» Estuve largo rato con mis labios aplastados contra su sexo fruncido, sintiendo que los vellos de su pubis me cosquilleaban la nariz, lamiendo con avidez, con ternura, su clítoris pequeñito, hasta que la sentí moverse, excitada, y terminar con un temblor de su bajo vientre y sus piernas. 
—Entra, ahora —susurró, con la misma vocecita mandona. 
Tampoco esta vez fue fácil. Era estrecha, se encogía, me resistía, se quejaba, hasta que por fin lo conseguí. Sentí mi sexo como fracturado por esa víscera palpitante que lo estrangulaba. Pero era un dolor maravilloso, un vértigo en el que me hundía, trémulo. Casi inmediatamente eyaculé. 
—Te vienes muy rápido —me riñó la señora Arnoux, jalándome los cabellos—. Tienes que aprender a demorarte, si quieres hacerme gozar. 
—Aprenderé todo lo que tú quieras, guerrillera, pero ahora calla y bésame. 
Ese mismo día, al despedirnos, me invitó a cenar, para presentarme a su marido. (...)

Llevaba una blusa ligera, transparente, que dejaba ver la orilla de sus pechos, una casaca suelta que aleteaba con sus movimientos y unos botines de taco alto color ladrillo. Se quedó un buen rato contemplando la estatua al perro desconocido de la entrada y, con aire melancólico, lamentó tener una vida «tan complicada», si no, le hubiera gustado adoptar un cachorrito. Tomé nota, mentalmente: ése sería mi regalo el día de su cumpleaños, si conseguía averiguarlo. La estreché por la cintura, la atraje hacia mí y le dije que si se decidía a dejar a monsieur Arnoux y casarse conmigo me comprometía a que tuviera una vida normal y criara todos los perros que se le antojara. En vez de contestarme, me preguntó, burlándose: 
—¿La idea de pasar la noche conmigo te hace el hombre más feliz del mundo, miraflorino? Te lo pregunto, para que me digas una de esas huachaferías que tanto te gusta decirme. 
—Nada podría hacerme más feliz —le dije, apretando mis labios contra los suyos—. Hace años que sueño con eso, guerrillera. 
—¿Cuántas veces me vas a hacer el amor? —siguió ella, con el mismo tonito burlón. 
—Todas las que pueda, niña mala. Diez, si me da el cuerpo. 
—Te permito sólo dos —me advirtió, mordiéndome la oreja—. Una al acostarnos y otra al despertarnos. Eso sí, nada de levantarse tempranito. Para no tener nunca arrugas, necesito ocho horas de sueño como mínimo. Nunca había estado tan juguetona como esa mañana. Y creo que nunca lo estaría después, tampoco. (...)

—Me parece que no estás para faire la fête —me dijo, compasiva, a la hora del postre—. ¿Quieres que lo dejemos para otra vez, Ricardito? 
Protesté que no y le besé las manos y le juré que, pese a la horrible noticia, pasar una noche con ella era lo más maravilloso que me había ocurrido nunca. Pero, cuando llegamos a mi departamento de Joseph Granier y ella sacó de su maletín de mano un coqueto baby doll, su escobilla de dientes y una muda de ropa para el día siguiente, y nos tendimos sobre la cama —yo había comprado flores para la salita y el dormitorio— y comencé a acariciarla, me di cuenta, avergonzado y humillado, que no estaba en condiciones de hacerle el amor. 
—A esto, los franceses le llaman un fiasco —dijo, riéndose—. ¿Sabes que es la primera vez que me pasa con un hombre? 
—¿Cuántos has tenido? Deja que adivine. ¿Diez? ¿Veinte? 
—Soy pésima en matemáticas —se enojó. Y se vengó con una orden—: Más bien, hazme terminar con tu boca. Yo no tengo por qué guardar luto. Apenas conocí a tu amigo Paúl, y, además, acuérdate, por su culpa tuve que ir a Cuba. 

Y, sin más, con la misma naturalidad con que hubiera encendido un cigarrillo, abrió las piernas y se tendió de espaldas, con un brazo sobre los ojos, en esa inmovilidad total, de concentración profunda en que, olvidándose de mí y del mundo circundante, acostumbraba sumirse a esperar su placer. Tardaba siempre mucho en excitarse y terminar, pero esa noche tardó todavía más que de costumbre, y, dos o tres veces, con la lengua acalambrada, debí parar unos instantes de besarla y sorberla. Cada vez, su mano me amonestaba, tirándome de los cabellos o pellizcándome la espalda. Al fin, la sentí moverse y oí ese ronroneo suavecito que parecía subirle a la boca desde el vientre, y sentí el encogimiento de sus miembros y su largo suspiro complacido. «Gracias, Ricardito», murmuró. Casi de inmediato, se quedó dormida. Yo estuve desvelado mucho rato, con una angustia que me estrujaba la garganta. Tuve un sueño difícil, con pesadillas que al día siguiente apenas recordaba. Desperté cerca de las nueve de la mañana. Ya no había sol. Por la claraboya se divisaba el cielo encapotado, color panza de burro, el eterno cielo parisino. Ella dormía, dándome la espalda. Parecía muy joven y frágil, con ese cuerpecito de niña, ahora sosegado, apenas conmovido por una respiración ligera y espaciada. Nadie, viéndola así, se hubiera imaginado la vida difícil que debió haber llevado desde que nació. Traté de imaginarme la infancia que tuvo, por ser pobre en ese infierno que es el Perú para los pobres, y su adolescencia, acaso todavía peor, las mil pellejerías, entregas, sacrificios, concesiones, que habría debido de hacer, en el Perú, en Cuba, para salir adelante y llegar donde había llegado. Y lo dura y fría que la había vuelto el tener que defenderse con uñas y dientes contra el infortunio, todas las camas por las que debió pasar para no ser aplastada en ese campo de batalla que sus experiencias la habían convencido era la vida. Sentía una inmensa ternura por ella. Estaba seguro que la querría siempre, para mi dicha y también mi desdicha. Verla y sentirla respirar me inflamaron. Comencé a besarle la espalda, muy despacio, el culito respingado, el cuello y los hombros, y, haciéndola ladearse, los pechos y la boca. Ella simulaba dormir, pero estaba ya despierta, pues se acomodó de espaldas de manera que pudiera recibirme. La sentí húmeda, y, por primera vez, pude entrar en ella sin dificultad, sin sentirme haciendo el amor a una virgen. La quería, la quería, no podía vivir sin ella. Le rogué que dejara a monsieur Arnoux y se viniera conmigo, ganaría mucho dinero, la engreiría, le costearía todos los caprichos, le... 
—Vaya, te has redimido —se echó a reír—, y hasta te aguantaste más que otras veces. Creí que te habías vuelto impotente, después del fiasco de anoche. Le propuse prepararle el desayuno, pero ella prefirió que saliésemos a tomarlo a la calle, estaba antojada de un croissant croustillant. Nos duchamos juntos, me dejó jabonarla y secarla y, sentado en la cama, verla vestirse, peinarse y arreglarse. Yo mismo le calcé los mocasines, besándole antes, uno por uno, los dedos de los pies. Fuimos de la mano a un bistrot de l’avenue de la Bourdonnais, donde, en efecto, las mediaslunas crujían como si acabaran de salir del horno. 
—Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en París, ¿cuánto habríamos durado, Ricardito? 
—Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca. Dejó de hablar en broma y me miró, muy seria y algo despectiva: 
—Qué ingenuo y qué iluso eres —silabeó, desafiándome con sus ojos—. No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia. —¿Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala? 
—Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Ricardito. De lo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocuparte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar. (...)

agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor. 
—Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más. No supe qué contestarle, porque, aunque me doliese, había dicho algo cierto. Para mí la felicidad era tenerla a ella y vivir en París. ¿Significaba eso que eras un irredimible mediocre, Ricardito? Sí, probablemente. Antes de regresar al departamento, madame Robert Arnoux se levantó a telefonear. Volvió con la cara preocupada. 
—Lo siento, pero tengo que irme, niño bueno. Se me han complicado las cosas. No me dio más explicaciones ni aceptó que la llevara a su casa o donde tenía que ir. Subimos a que recogiera su maletín de mano y la acompañé a tomar un taxi a la estación, junto al metro de la École Militaire. 
—Pese a todo, fue un bonito fin de semana —se despidió, rozándome los labios—. Chau, mon amour. Al volver a mi casa, sorprendido por su brusca partida, descubrí que había dejado olvidada su escobilla de dientes en el cuarto de baño. Una preciosa escobillita que llevaba impresa en el estuche la firma del fabricante: Guerlain. ¿Olvidada? A lo mejor, no. A lo mejor era un olvido deliberado para dejarme un recuerdo de esa noche triste y ese despertar feliz. (...)

—Jamás me dijo una palabra. Nunca lo sospeché. Yo creía que ustedes se llevaban muy bien, que eran felices. 
—Yo también lo creía —murmuró, cabizbajo. Pidió otra botella de vino. Y añadió, con la vista velada y la voz ácida—: No tenía necesidad de hacer lo que hizo. Fue feo, fue sucio, fue desleal actuar así conmigo. Yo le había dado mi nombre, me desvivía por hacerla feliz. Puse en peligro mi carrera para sacarla de Cuba. Aquello fue un verdadero viacrucis. La deslealtad no puede llegar a esos extremos. Tanto cálculo, tanta hipocresía, es inhumano. Se calló de golpe. Movía los labios sin emitir sonido y su bigotito cuadriculado se retorcía y estiraba. Había empuñado el vaso vacío y lo estrujaba como si quisiera hacerlo añicos. Tenía los ojitos inyectados y húmedos. No sabía qué decirle, cualquier frase de consuelo me saldría falsa y ridícula. De pronto, comprendí que tanta desesperación no sólo se debía al abandono. Había algo más que quería contarme, pero le costaba trabajo. 
—Los ahorros de toda mi vida —susurró monsieur Arnoux, mirándome de manera acusadora, como si yo fuera culpable de su tragedia—. ¿Usted se da cuenta? Soy un hombre mayor, no estoy en condiciones de rehacer toda una vida. ¿Lo comprende? No sólo engañarme vaya usted a saber con quién, un gángster con el que debió planear la fechoría. Además, eso: mandarse mudar con todo el dinero de la cuenta que teníamos en Suiza. Yo le había dado esa prueba de confianza, ¿lo ve usted? Una cuenta conjunta. Por si tenía yo un accidente, una muerte súbita. Para que los impuestos a la sucesión no se llevaran todo lo que había ahorrado en una vida de trabajo y sacrificio. ¿Se da cuenta qué deslealtad, qué vileza? (...)




En la segunda mitad de los sesenta, Londres desplazó a París como la ciudad de las modas que, partiendo de Europa, se desparramaban por el mundo. La música reemplazó a los libros y a las ideas como centro de atracción de los jóvenes, sobre todo a partir de los Beatles, pero también de Cliff Richard, los Shadows, los Rolling Stones con Mick Jagger y otras bandas y cantantes ingleses, y de los hippies y la revolución psicodélica de los flower children. Como antes a París a hacer la revolución, muchos latinoamericanos emigraron a Londres a enrolarse en las huestes del cannabis, la música pop y la vida promiscua. Carnaby Street sustituyó a Saint Germain como ombligo del mundo. En Londres nacieron la minifalda, los largos cabellos y los estrafalarios atuendos que consagraron los musicales Hair y Jesus Christ Superstar, la popularización de las drogas, comenzando por la marihuana y terminando por el ácido lisérgico, la fascinación por el espiritualismo hindú, el budismo, la práctica del amor libre, la salida del ropero de los homosexuales y las campañas del orgullo gay, así como un rechazo en bloque del establishment burgués, no en nombre de la revolución socialista a la que los hippies eran indiferentes, sino de un pacifismo hedonista y anárquico, amansado por el amor a la naturaleza y a los animales y una abjuración de la moral tradicional. Ya no fueron los debates de la Mutualité, el Nouveau Roman, refinados cantautores como Leo Ferré o Georges Brassens, ni los cinemas de arte parisino, los puntos de referencia para los jóvenes rebeldes, sino Trafalgar Square y los parques donde, detrás de Vanessa Redgrave y Tariq Alí, se manifestaban contra la guerra de Vietnam entre conciertos multitudinarios de los grandes ídolos y soplidos de hierba colombiana, y con los pubs y las discotecas como símbolos de la nueva cultura que tenía a millones de jóvenes de ambos sexos imantados (...).


Por una de esas extrañas conjugaciones que trama el azar, resulté, en los años finales de los sesenta, pasando muchas temporadas en Inglaterra y viviendo en el corazón mismo del swinging London: en Earl’s Court, una zona muy animada y cosmopolita de Kensington que, por la afluencia de neozelandeses y australianos, era conocida como el Valle del Canguro (Kangaroo Valley). Precisamente, la aventura de mayo de 1968, en que los jóvenes de París llenaron el Barrio Latino de barricadas y declararon que había que ser realistas eligiendo lo imposible, a mí me sorprendió en Londres, donde, debido a las huelgas que paralizaron las estaciones y aeropuertos de Francia, quedé varado un par de semanas, sin poder averiguar si le había ocurrido algo a mi pisito de la École Militaire. Al volver a París descubrí que estaba intacto, pues la revolución de mayo del 68 en realidad no había desbordado el perímetro del Barrio Latino y Saint Germain- des-Prés. Contrariamente a lo que muchos profetizaron en aquellos días de euforia, no tuvo mayor trascendencia política, salvo acelerar la caída de De Gaulle, inaugurar la breve era de cinco años de Pompidou y revelar la existencia de una izquierda más moderna que la del Partido Comunista francés («la crapule stalinienne», según expresión de Cohn-Bendit, uno de los líderes del 68). Las costumbres se volvieron más libres, pero, desde el punto de vista cultural, con la desaparición de toda una ilustre generación —Mauriac, Camus, Sartre, Aron, Merleau Ponty, Malraux—, en aquellos años vino una discreta retracción cultural, en la que, en vez de creadores, los maîtres à penser pasaron a ser los críticos, estructuralistas primero, a la manera de Michel Foucault y Roland Barthes, y luego los deconstructivistas, tipo Gilles Deleuze y Jacques Derrida, de arrogantes y esotéricas retóricas, aislados en sus cábalas de devotos y alejados del gran público, cuya vida cultural, a consecuencia de esa evolución, resultó banalizándose cada vez más. (...)


Muchos hippies, acaso la mayoría, procedían de la clase media o alta, y su rebelión era familiar, dirigida contra la regulada vida de sus padres, contra lo que consideraban la hipocresía de sus costumbres puritanas y las fachadas sociales tras las que escondían su egoísmo, su espíritu insular y su falta de imaginación. Eran simpáticos su pacifismo, su naturismo, su vegetarianismo, su afanosa búsqueda de una vida espiritual que diera trascendencia a su rechazo de un mundo materialista y roído por prejuicios clasistas, sociales y sexuales con el que no querían saber nada. (...)
era anárquico, espontáneo, sin centro ni dirección, ni siquiera ideas, porque los hippies —por lo menos los que conocí y observé de cerca—, aunque decían identificarse con la poesía de los beatniks —Allen Ginsberg hizo un recital de sus poemas en Trafalgar Square en el que cantó y bailó danzas hindúes y al que asistieron miles de jóvenes—, lo cierto es que leían muy poco o no leían nada. Su filosofía no estaba basada en el pensamiento y la razón sino en los sentimientos: en el feeling. (...)

¿Por qué no tenía Juan una pareja estable, como tantos otros hippies? En las fiestas a las que me llevaba casi siempre terminaba desapareciéndose con una chica, y a veces hasta con dos. Pero, una noche, me sorprendí viéndolo acariciar y besar en la boca con mucho ímpetu a un muchachito pelirrojo, delgado como un canuto, al que estrujaba en sus brazos con furia amorosa. 
—Espero que no te haya chocado lo que has visto —me dijo después, algo amoscado. 
Le contesté que a mis treinta y cinco años ya nada me chocaba en el mundo y aún menos que otras cosas que los seres humanos hicieran el amor al derecho o al revés. 
—Yo lo hago de las dos maneras y así soy feliz, viejo —me confesó, distendiéndose—. Creo que me gustan más las chicas que los chicos, pero en todo caso no me enamoraría de una ni de otro. El secreto de la felicidad, o, por lo menos, de la tranquilidad, es saber separar el sexo del amor. Y, si es posible, eliminar el amor romántico de tu vida, que es el que hace sufrir. Así se vive más tranquilo y se goza más, te aseguro. 
Una filosofía que hubiera suscrito con puntos y comas la niña mala, pues la venía practicando sin duda desde siempre. (...)


era un imbécil reincidente por seguir enamorado de una loca, de una aventurera, de una mujercita sin escrúpulos con la que ningún hombre, y yo menos que cualquier otro, podría mantener una relación estable, sin terminar pisoteado.

La cogí del brazo con fuerza, y, sonriéndole, la obligué a apartarse de quienes la rodeaban. Me miró con un desagrado que le torció la boca y le oí proferir las primeras palabrotas desde que la conocí: 
—Suéltame, fucking beast —murmuró, entre dientes—. Suéltame, me vas a meter en un lío. 
—Si no me llamas por teléfono, le diré a Mr. Richardson que estás casada en Francia y que te persigue la policía de Suiza por vaciar la cuenta secreta de monsieur Arnoux. Y le puse en la mano un papelito con el teléfono del pied-à-terre de Juan en Earl’s Court. Después de un instante de pasmo y mudez —su carita se volvió un rictus— lanzó una carcajada, abriendo mucho los ojos: 
—Oh, my God! You are learning, niño bueno —exclamó, reponiéndose de la sorpresa, con un tonito de aprobación profesional. (...)

¿Cómo era posible que volver a verla después de tanto tiempo te trastornara así, Ricardito? Porque, era cierto todo lo que le había dicho: seguía loco por ella. Me bastó verla para reconocer que, aun a sabiendas de que cualquier relación con la niña mala estaba condenada al fracaso, lo único que realmente deseaba yo en la vida con esa pasión con que otros persiguen la fortuna, la gloria, el éxito, el poder, era tenerla a ella, con todas sus mentiras, sus enredos, su egoísmo y sus desapariciones. Una huachafería, sin duda, pero era verdad que hasta el viernes no haría otra cosa que maldecir la lentitud con que pasaban las horas que faltaban para el nuevo encuentro.

viernes, 14 de agosto de 2026

Algunos poemas de EL DON DE LA TRISTEZA (Alfonso Brezmes)



TEORÍA Y PRÁCTICA DEL LLANTO
Según estudios muy recientes,
para sobrevivir largos periodos
de tiempo sin tener que tocar tierra
algunas aves han desarollado
un sofisticado sistema
con que expulsar la sal fuera del cuerpo,
pudiendo así beber agua del mar.

Lo que no dicen los estudios
es qué hacen esas aves cuando lloran,
cómo expulsan entonces su aflición,
o si es que, como Ulises,
demoran con excusas su regreso
y se tragan las lágrimas a mares
con tal de no volver.

TEMBLOR
Como el ruido apagado
de algo que está aún por llegar
-un seísmo, un alud, una tormenta-
y que solo los animales oyen,
la vida y el deseo no se anuncian
con la boca repleta de palabras,
sin con un temblor.

COLLIGE, VIRGO, SPINAS
Tuve la juventud entre mis manos,
ahora su fulgor en los demás
aleja cualquier forma de consuelo
y trae hasta mí el inconfundible
olor a mar de la melancolía.

Otros lo han contado antes y mejor,
lo que me exime de la servidumbre
de tener que pararme en los detalles:
me entrego a la costumbre de la edad
que domestica su animal salvaje
y lo encierra en la jaula del deseo.

Esta es al fin y al cabo la certeza
del que cuida un jardín lo conoce:
la posverdad rosada de la rosa,
la espinosa verdad de las espinas.

UNA ISLA ES LO QUE QUEDA
Una isla es lo que queda
cuando todo se ha perdido.
MARÍA NEGRONI

Todos sabemos cuál es el mapa
de entre todas las islas la que es nuestra:
ese lugar en el que levantamos
los cimientos de nuestra soledad:
allí, donde jamás seremos náufragos,
porque estamos a salvo de los otros;
aquí, donde es difícil ser feliz,
porque nosotros somos el tesoro
y también los dragones que lo guardan.

LOS OFICIOS
Mi oficio es entregarte un sobre en llamas.
El tuyo abrirlo
antes de que ya sea tarde.


CRY ME A RIVER
Una lágrima es cosa disculpable,
por su carácter único,
por su tímida clandestinidad.
Lo que no tiene ya defensa
en este mundo tan reseco,
es el llorar sobre mojado, 
a chorro vivo.
Como si no pasara nada
por dejar al aire la grieta
por donde el mundo asoma,
pero fuese algo indigno
reconocer que descendemos
de un río interior
y de un desbordamiento,
y que volvemos, rotos del placer.

MENTIRAS RELATIVAS
Hay quien dice que escribir es mentir.
Mentira.
Escribir es contar una verdad
que no existía antes.

RECREACIÓN
Todo un día llorando
no me sirvió para nada,
pero al séptimo día,
de tanto vaciar los ojos
de mi propia existencia,
creé de nuevo
al verlo
el mundo.

EL DON DE LA TRISTEZA.
Alfonso Brezmes.
Visor, 2026
XXIV PREMIO EMILIO ALARCOS

miércoles, 12 de agosto de 2026

Algunos fragmentos de DE PROFUNDIS (Oscar Wilde)





 Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste; y tú mismo sentirás, creo, en tu corazón que escribirme cuando me consumo en la soledad de la vida de presidio es mejor que publicar mis cartas sin mi permiso o dedicarme poemas sin consultar, aunque el mundo no haya de saber nada de las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia, que quieras enviarme en respuesta o apelación.
No me cabe duda de que en esta carta en la que tengo que escribir de tu vida y la mía, del pasado y el futuro, de cosas dulces que se tornaron amargura y cosas amargas que pueden trocarse en alegría, ha de haber mucho que hiera tu vanidad en lo vivo. Si así fuera, vuelve a leerla una y otra vez hasta que mate tu vanidad. Si algo encuentras en ella de lo que te parezca ser acusado injustamente, recuerda que hay que agradecer que existan faltas de las que se nos pueda acusar injustamente. Si hubiera en ella un solo pasaje que lleve lágrimas a tus ojos, llora como lloramos en la cárcel, donde el día no menos que la noche está hecho para llorar. Eso es lo único que puede salvarte. Si vas con lamentaciones a tu madre, como hiciste a propósito del desprecio de ti que manifesté en mi carta a Robbie, estarás totalmente perdido. Si encuentras una sola excusa falsa para ti, enseguida encontrarás un ciento, y serás exactamente lo mismo que fuiste antes. ¿Sigues diciendo, como le dijiste a Robbie en tu contestación, que yo «te atribuyo motivos indignos»? ¡Si tú no tenías motivos en la vida! No tenías más que apetitos. Un motivo es un propósito intelectual. ¿Que eras «muy joven» cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era que supieras muy poco de la vida, sino que sabías mucho.
El alba de la juventud, con su flor delicada, su luz clara y pura, su alegría inocente y expectante, tú la habías dejado muy atrás. Con pies muy raudos y corredores habías pasado del Romance al Realismo. La cloaca y las cosas que en ella viven habían empezado a fascinarte. Ése fue el origen del problema en el que buscaste mi ayuda, y yo, nada sabio según la sabiduría de este mundo, por compasión y simpatía te la di. (...)



El sufrimiento es un solo momento largo. No podemos dividirlo por estaciones, sólo podemos registrar sus estados de ánimo y hacer la crónica de su regreso. Con nosotros el tiempo en sí no progresa, gira, parece dar vueltas alrededor de un centro de dolor. La inmovilidad paralizante de una vida en la que cada circunstancia está regulada según un patrón inmutable, de modo que comemos y bebemos y nos acostamos y rezamos, o nos arrodillamos al menos para rezar, según las leyes inflexibles de una fórmula de hierro: esta cualidad inmóvil, que hace que cada espantoso día se parezca en el más mínimo detalle a su hermano, parece comunicarse a esas fuerzas externas cuya esencia misma es el cambio incesante. De la época de la siembra o de la cosecha, de los segadores inclinados sobre el maíz, o de los vendimiadores ensartando las vides, de la hierba en el huerto blanqueada por las flores rotas o sembrada de frutos caídos: de todo esto no sabemos ni podemos saber nada. Para nosotros sólo hay una estación, la estación de la tristeza. El sol y la luna parecen habernos sido arrebatados. Fuera, el día puede ser azul y dorado pero la luz que se cuela por el grueso cristal de la pequeña ventana de barrotes de hierro bajo la que uno se sienta es gris y está ennegrecida. Siempre es crepúsculo en la celda de uno, como siempre es crepúsculo en el corazón de uno. Y en la esfera del pensamiento, no menos que en la esfera del tiempo, el movimiento ya no existe. Lo que tú personalmente has olvidado hace tiempo, o puedes olvidar fácilmente, me está sucediendo ahora y me volverá a suceder mañana. Recuerda esto y podrás comprender un poco por qué escribo, y de esta manera escribo… (...)

Una semana más tarde, me trasladan aquí. Pasan tres meses más y mi madre muere. Nadie sabía lo profundamente que yo la amaba y la honraba. Su muerte fue terrible para mí; pero yo, otrora señor de la lengua, no tengo palabras para expresar mi angustia y mi vergüenza. Ella y mi padre me habían legado un nombre que habían convertido en noble y honrado, no sólo en la literatura, el arte, la arqueología y la ciencia, sino en la historia pública de mi propio país, en su evolución como nación. Yo había deshonrado eternamente ese nombre, lo había convertido en una palabra vulgar entre gente vulgar, lo había arrastrado por el fango mismo. Se lo había dado a los brutos para que lo convirtieran en brutal, y a los tontos para que lo convirtieran en sinónimo de locura. Lo que sufrí entonces, y sigo sufriendo, no es para que lo escriba la pluma o lo registre el papel. Mi esposa, siempre amable y gentil conmigo, en lugar de que yo oyera la noticia de labios indiferentes, viajó, enferma como estaba, desde Génova hasta Inglaterra para comunicarme ella misma la noticia (...).




La prosperidad, el placer y el éxito pueden ser ásperos de grano y comunes en fibra pero la pena es la más sensible de todas las cosas creadas. No hay nada que se agite en todo el mundo del pensamiento por lo que la pena no vibre en terrible y exquisita pulsación. La delgada hoja batida de oro trémulo que relata la dirección de fuerzas que el ojo no puede ver es, en comparación, tosca. Es una herida que sangra cuando cualquier mano que no sea la del amor la toca e incluso entonces debe sangrar de nuevo, aunque no con dolor. Donde hay dolor hay tierra santa. Algún día la gente se dará cuenta de lo que eso significa. No sabrán nada de la vida hasta que lo hagan, y naturalezas como la de él pueden darse cuenta de ello. (...)

Debo decirme a mí mismo que me arruiné y que nadie, grande o pequeño, puede arruinarse si no es por su propia mano. Estoy dispuesto a decirlo. Intento decirlo, aunque no lo piensen en este momento. Esta despiadada acusación la formulo sin piedad contra mí mismo. Por terrible que fuera lo que el mundo me hizo, lo que me hice a mí mismo fue mucho más terrible aún. (...)

Los dioses me lo habían dado casi todo. Pero me dejé llevar por largas rachas de desenfado sensual y sin sentido. Me divertí siendo un flâneur, un dandy, un hombre de moda. Me rodeé de las naturalezas más pequeñas y las mentes más mezquinas. Me convertí en el derrochador de mi propio genio, y malgastar una eterna juventud me proporcionaba una curiosa alegría. Cansado de estar en las alturas, fui deliberadamente a las profundidades en busca de nuevas sensaciones. Lo que la paradoja era para mí en la esfera del pensamiento, la perversidad se convirtió para mí en la esfera de la pasión. El deseo, al final, era una enfermedad, o una locura, o ambas cosas. (...)

Dejé de ser señor de mí mismo. Ya no era el capitán de mi alma y no lo sabía. Dejé que el placer me dominara. Acabé en una horrible desgracia. Ahora sólo me queda una cosa: la humildad absoluta. He permanecido en prisión durante casi dos años. De mi naturaleza ha surgido una desesperación salvaje, un abandono a la pena que daba lástima incluso mirarla, una rabia terrible e impotente, amargura y desprecio, angustia que lloraba en voz alta, miseria que no encontraba voz, pena que enmudecía. He pasado por todos los estados de ánimo posibles del sufrimiento. Mejor que el propio Wordsworth sé lo que Wordsworth quiso decir cuando dijo, «El sufrimiento es permanente, oscuro y tenebroso y tiene la naturaleza del infinito». Pero aunque hubo momentos en los que me regocijé con la idea de que mis sufrimientos iban a ser interminables, no podía soportar que carecieran de sentido. (...)

Cuando me metieron en la cárcel por primera vez, algunas personas me aconsejaron que intentara olvidar quién era. Fue un consejo ruinoso. Sólo al darme cuenta de lo que soy he encontrado algún tipo de consuelo. Ahora otros me aconsejan que, al salir, intente olvidar que alguna vez he estado en la cárcel. Sé que eso sería igualmente fatal. Significaría que siempre me perseguiría una intolerable sensación de desgracia, y que aquellas cosas que están destinadas a mí tanto como a cualquier otra persona —la belleza del sol y la luna, el desfile de las estaciones, la música del amanecer y el silencio de las grandes noches, la lluvia cayendo a través de las hojas o el rocío arrastrándose sobre la hierba, haciéndola plateada— estarían todas manchadas para mí y perderían su poder curativo y su poder de comunicar alegría. Lamentar las propias experiencias es detener el propio desarrollo. Negar las propias experiencias es poner una mentira en boca de la propia vida. Es nada menos que una negación del alma. (...)

Entonces, debo aprender a ser feliz. Antes lo sabía, o creía saberlo, por instinto. Siempre era primavera alguna vez en mi corazón. Mi temperamento era afín a la alegría. Llenaba mi vida hasta el borde de placer, como se llena una copa hasta el borde de vino. Ahora enfoco la vida desde un punto de vista completamente nuevo e incluso concebir la felicidad me resulta a menudo extremadamente difícil. Recuerdo que durante mi primer trimestre en Oxford leí en el Renacimiento de Pater —ese libro que ha tenido una influencia tan extraña en mi vida— cómo Dante rebaja en el Infierno a los que voluntariamente viven en la tristeza y recuerdo ir a la biblioteca del college y llegar al pasaje de la Divina Comedia en el que bajo el lóbrego pantano yacen los que eran «hoscos en el dulce aire», diciendo por los siglos de los siglos a través de sus suspiros: «Tristi fummo Nell aer dolce che dal sol s’allegra». Sabía que la Iglesia condenaba los accidia, pero toda la idea me parecía bastante fantástica, justo el tipo de pecado que, me imaginaba, inventaría un cura que no supiera nada de la vida real. Tampoco podía entender cómo Dante, que dice que «el dolor nos vuelve a casar con Dios», podía haber sido tan duro con los enamorados de la melancolía, si es que realmente existían. Ignoraba que algún día esto se convertiría para mí en una de las mayores tentaciones de mi vida. Mientras estuve en la prisión de Wandsworth ansiaba morir. Era mi único deseo. Cuando después de dos meses en la enfermería me trasladaron aquí y me encontré cada vez mejor de salud física, me invadió la rabia. Decidí suicidarme el mismo día en que saliera de la cárcel. Al cabo de un tiempo se me pasó ese mal humor y me decidí a vivir pero para vestir la melancolía como un rey viste de púrpura: para no sonreír nunca más: para convertir cualquier casa en la que entrara en una casa de luto: para hacer que mis amigos caminaran lentamente en la tristeza conmigo: para enseñarles que la melancolía es el verdadero secreto de la vida: para mutilarlos con una pena ajena: para estropearlos con mi propio dolor. Ahora pienso de forma muy distinta. Veo que sería a la vez ingrato y poco amable por mi parte poner una cara tan larga que cuando mis amigos vinieran a verme tuvieran que poner caras aún más largas para mostrar su simpatía; o, si deseaba agasajarlos, invitarlos a sentarse en silencio a comer hierbas amargas y carnes fúnebres al horno. Debo aprender a estar alegre y feliz. (...)

Tengo ante mí tanto por hacer que consideraría una terrible tragedia si muriera antes de que se me permitiera completar al menos un poco de ello. Veo nuevos desarrollos en el arte y en la vida, cada uno de los cuales es un nuevo modo de perfección. Anhelo vivir para poder explorar lo que para mí es nada menos que un mundo nuevo. ¿Quieres saber cuál es ese mundo nuevo? Creo que puedes adivinarlo: es el mundo en el que he estado viviendo. El dolor, pues, y todo lo que le enseña a uno, es mi mundo nuevo. Yo vivía enteramente para el placer. Rehuía el sufrimiento y la pena de todo tipo. Los odiaba a ambos. Resolví ignorarlos en la medida de lo posible: tratarlos, es decir, como modos de imperfección. No formaban parte de mi esquema de vida. No tenían cabida en mi filosofía. Mi madre, que conocía la vida en su totalidad, solía citarme a menudo los versos de Goethe —escritos por Carlyle en un libro que le había regalado hacía años, y traducidos también por él, me imagino—: 
«Quien nunca comió su pan con tristeza, Quien nunca pasó las horas de medianoche Llorando y esperando el mañana… No los conoce, ustedes poderes celestiales». (...)

Detrás de la alegría y la risa puede haber un temperamento tosco, duro e insensible. Pero detrás de la pena siempre hay pena. El dolor, a diferencia del placer, no lleva máscara. La verdad en el arte no es ninguna correspondencia entre la idea esencial y la existencia accidental; no es la semejanza de la forma con la sombra o de la forma reflejada en el cristal con la forma misma; no es ningún eco procedente de una colina hueca, como tampoco es un pozo de agua plateada en el valle que muestra la luna a la luna y Narciso a Narciso. La verdad en el arte es la unidad de una cosa consigo misma: lo exterior convertido en expresivo de lo interior: el alma encarnada: el cuerpo instintivo con el espíritu. Por eso no hay verdad comparable a la pena. Hay momentos en los que el dolor me parece la única verdad. Otras cosas pueden ser ilusiones del ojo o del apetito, hechas para cegar al uno y empalagar al otro, pero del dolor se han construido los mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella hay dolor. Más que eso, hay en el dolor una realidad intensa, extraordinaria. He dicho de mí mismo que era alguien que estaba en relación simbólica con el arte y la cultura de mi época. No hay un solo desgraciado en este lugar miserable junto a mí que no esté en relación simbólica con el secreto mismo de la vida. Porque el secreto de la vida es el sufrimiento.Es lo que se oculta detrás de todo. (...)

Lo más terrible de ello no es que le rompa a uno el corazón —los corazones están hechos para romperse—, sino que le convierte a uno el corazón en piedra. (...)


Soporté todo con cierta terquedad de voluntad y mucha rebeldía de la naturaleza, hasta que no me quedó absolutamente nada en el mundo salvo una cosa. Había perdido mi nombre, mi posición, mi felicidad, mi libertad, mi riqueza. Era un prisionero y un indigente, pero aún me quedaban mis hijos. De repente, la ley me los arrebató. Fue un golpe tan atroz que no supe qué hacer, así que me arrodillé, incliné la cabeza, lloré y dije: «El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor: no soy digno de ninguno de los dos». (...)


miércoles, 5 de agosto de 2026

LAS PRUEBAS DE MI INOCENCIA (Jonathan Coe)


La detective enseguida distinguió a su sospechoso en medio de la multitud de la estación de Paddington, a pesar de que era una ajetreada mañana de martes y el vestíbulo estaba abarrotado de pasajeros. Observó cómo aquella figura furtiva y escurridiza se abría camino hacia el andén número 5 y cogía un tren a Worcester.
          Subiéndose también al tren, buscó un asiento cerca del sospechoso, pero no demasiado. En el vagón siguiente. Allí tampoco la descubriría, aunque ella seguiría teniendo una buena visión de su presa si se inclinaba hacia delante y echaba un ojo a través de las puertas acristaladas que separaban los dos vagones.
          El tren se puso suavemente en marcha justo a su hora. Mientras iba cogiendo velocidad y atravesando los barrios de las afueras del oeste de Londres, se oyó un anuncio por el sistema de megafonía:

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
          Lo solucionaremos.
          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

Había algo definitivamente molesto en aquel anuncio, aunque la detective no podría haber dicho con exactitud de qué se trataba. Sabía que el sospechoso se bajaría en la estación de Moreton-in-Marsh (un trayecto de una hora y media, más o menos) y esperaba emplear aquel tiempo en organizar sus notas sobre el caso. Pero cada pocos minutos sus pensamientos se veían interrumpidos por aquel mensaje exasperante.

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
          Lo solucionaremos.
          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

Llegó a la conclusión de que era la expresión «y asunto solucionado» lo que la crispaba tanto. Su falso tono popular. ¿Había alguien que todavía usara aquella expresión en esos términos? En su intento por aportar un matiz que no fuera excluyente ni elitista, ¿la persona que había redactado aquel mensaje tenía que hacerlo sonar como algo sacado de una película donde se pretendiera imitar, sin conseguirlo, la jerga de los mafiosos?
          Trató de olvidarse y centrarse por el contrario en el caso y apuntar al único elemento (fuera el que fuese) que todavía no encajaba en su sitio. Estaba convencida, en un noventa y nueve por ciento, de que la persona a la que seguía era culpable. Pero no se sentiría realmente a gusto hasta que no hubiera despejado el uno por ciento restante de duda.

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
          Lo solucionaremos.
          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado.

Las estaciones iban pasando a toda velocidad. Reading. Oxford. Hanborough. Charlbury. Kingham. Y fue en ese momento, cuando solo quedaban cinco minutos para que llegasen a su destino, en el que se le aclararon de golpe las ideas, y la detective se dio cuenta de que había encontrado por fin la cosa que andaba buscando. Cogió el móvil y, tras unos segundos de cliquear y desplazarse por la pantalla, accedió a una página que confirmó sus sospechas. Las confirmó con toda precisión. Había desaparecido el uno por ciento de duda, y llegado el momento de dejarse de miramientos y entrar decididamente en acción.
          La detective de pelo blanco, vestida de negro de los pies a la cabeza, se levantó de su asiento y se pasó al otro vagón. Su cuerpo se balanceaba un poco con el movimiento del tren. Pronto se encontró de pie junto al sospechoso, que estaba encorvado sobre la pantalla de un teléfono móvil. En el móvil se veía una retransmisión en directo desde los escalones del número 10 de Downing Street. Cuando la sombra de la detective cayó sobre la pantalla, dos ojos recelosos e inquisitivos se alzaron despacio para toparse con los suyos, y vio que una lucecita de reconocimiento se encendía en ellos. Dijo el nombre completo del sospechoso y añadió «Queda usted detenido por el asesinato de...», antes de que una vez más la interrumpieran.

Si ve algo que no le parece bien, hable con el personal o envíe un mensaje de texto a la Policía Británica de Transportes al 61016.
          Lo solucionaremos.
          Lo ve. Nos lo cuenta. Y asunto solucionado. (...)


Phyl se inclinó hacia delante en el banco del jardín y sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Eran las ocho menos veinte, ya se estaba poniendo el sol y empezaba a hacer más frío por la noche. El alto seto de aligustre, perfectamente podado, arrojaba su larga sombra sobre el césped que su padre había cortado en franjas muy pulcras unos días antes. Desde el fondo del estanque de nenúfares, Gregory, la vieja y dorada carpa dorada (valga la redundancia), salía de vez en cuando a la superficie y le lanzaba besos indiferentes con sus labios bulbosos. Pájaros que no habría podido identificar emitían sus cantos crepusculares desde las ramas de árboles que no sabía cómo se llamaban. Las nubes salpicaban el cielo cada vez más rojo, y entre ellas, a lo lejos, distinguió el destello plateado de un avión que descendía lentamente hacia Heathrow. Era una escena de encantadora tranquilidad, que la dejaba completamente fría. Había resuelto la Palabra Oculta de ese día en tres intentos y, al mirar sus estadísticas, descubierto que llevaba una racha de sesenta y ocho. Eso significaba que aquel viernes de septiembre hacía sesenta y ocho días que había vuelto de la universidad. Sesenta y ocho desde que su padre se había acercado a Newcastle en el nuevo Toyota del que tan orgulloso estaba, había metido como había podido todas sus pertenencias en la parte trasera y se la había llevado para siempre de la asquerosa casa infestada de ratas, que se iba desmoronando poco a poco, donde había pasado los años más felices de su vida. Y todo para devolverla a la comodidad, la quietud y la embrutecedora opulencia de la vida cotidiana de unos padres que ya se iban haciendo mayores. Se estremeció de nuevo.
          Faltaban diecisiete minutos para las ocho. Parecía que el tiempo pasaba tan despacio cuando no estaba trabajando... Durante las últimas tres semanas, Phyl había trabajado en turnos de nueve horas en una filial de una cadena de mucho éxito, especializada en comida japonesa. La filial se encontraba en la terminal 5 de Heathrow, a veintitantos kilómetros de la casa de sus padres. El rasgo distintivo de la cadena era la novedad de tener bandejas en miniatura de rollitos de sushi serpenteando entre las mesas de los clientes, en pequeñas cintas transportadoras. La mayoría de los platos se elaboraban en el propio local, así que Phyl se pasaba el día cortando verduras y cubriendo diminutas briquetas de arroz con finas capas de salmón ahumado. Empezaba a aprender la diferencia entre los distintos cuchillos japoneses de cocina: el usuba de hoja ancha, que se usaba para las verduras; el yanagiba, el mejor para cortar pescado crudo en tiras de sashimi; el cuchillo deba, más pesado y más grueso, utilizado para partir las espinas. Era un trabajo bastante duro, y después de nueve horas (con un descanso de veinte minutos para comer) acababa con los ojos vidriosos y la espalda y las piernas doloridas, y un permanente olor a pescado en los dedos. De todas formas, el tedio sin preocupaciones de su trabajo la ayudaba a olvidarse un rato del otro tedio sin preocupaciones de su vida casera, y en el trayecto de regreso en autobús, largo y complicado, desde el aeropuerto a la ciudad donde vivían sus padres le daba tiempo a pensar en sus planes de futuro, o más bien en su carencia de ellos, porque no tenía ni idea de qué tipo de empleo buscar después, ni tampoco de lo que quería hacer con el resto de su vida. Aparte, eso sí, de una cosa que se le había ocurrido hacía poco, pero que era tan personal y tan audaz, que no se había atrevido a contársela a nadie, y menos a su madre o a su padre.
          Estaba pensando en escribir un libro.
          Pero ¿qué clase de libro? ¿Una novela? ¿Unas memorias? ¿Algo en la frontera de ambas cosas? No sabía. Phyl nunca había escrito nada, a pesar de que era una lectora insaciable. Lo único que sabía era que, desde que había vuelto de la universidad (no, desde antes: se había dado cuenta en aquellas pocas semanas indolentes tras los exámenes finales), tenía un impulso creciente, una necesidad (y no estaba exagerando nada) de crear, de escribir palabras en una pantalla, de intentar darle forma a algo lleno de sentido a partir del aburrido bloque de mármol que constituía su inane y amorfa experiencia.
          No sabía lo que podría ser. Aunque ese día había decidido que había un episodio que, sin lugar a dudas, iba a formar parte de aquello. Era algo que le había sucedido unas horas antes. Un incidente sin importancia, pero del que sabía que se iba a acordar mucho.
          Cuando había terminado su turno a las tres, Phyl se había acercado a los ascensores y esperado a que llegase alguno. La terminal 5 estaba tranquila. El ascensor tenía que subir desde cuatro pisos más abajo, y luego debías aguardar a que se abrieran las puertas. Había un botón para llamarlo y otro para abrirlas, pero a esas alturas Phyl se había percatado de que eran solo de adorno y que todo funcionaba de forma automática. Literalmente, no servía de nada apretarlos. Poco antes de que llegase el ascensor a su piso, un hombre de su misma edad, más o menos, se aproximó y se puso a su lado. Llevaba una bolsa de deporte y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas morenas, musculosas y velludas. (Desde que trabajaba en Heathrow, Phyl estaba sorprendida con la cantidad de hombres que se ponían pantalones cortos para viajar en avión.) Se quedó allí meneando una pierna, impaciente, mientras no aparecía el ascensor. Phyl se encontraba más cerca de los botones, pero no los apretó. Sabía que las puertas se abrirían automáticamente después de diez segundos. Lo había comprobado todos los días. Tras nueve segundos, sin embargo, la impaciencia del hombre pudo con él. No iba a retrasar su viaje por aquella mujer pasiva e inútil. Se inclinó por delante de ella y apretó el botón, y, por supuesto, en un segundo las puertas se abrieron y entraron los dos.
          Cuando empezó el descenso hasta la planta baja, Phyl sabía exactamente lo que estaba pensando aquel hombre. Había salvado la situación. Sin su intervención rápida y decidida, aún estarían plantados en la cuarta planta esperando a que se abrieran las puertas. La sensación de satisfacción que emanaba era tan fuerte que casi parecía que quería que lo felicitaran. En cambio, cuando llegaron a la planta baja, ella estaba tan molesta que no pudo evitar decir:
          –Por cierto, se iban a abrir de todas maneras.
          Él levantó la vista de su móvil un momento.
          –¿Qué?
          –Las puertas. Se habrían abierto igual.
          La miró sin comprender.
          –No hacía falta apretar el botón.
          –Pero lo he apretado –contestó.
          –Pues no hacía falta.
          –Lo he apretado –dijo– y se han abierto. Qué casualidad, ¿no?
          –Se habrían abierto de todos modos.
          –Ya, pero las puertas de los ascensores no se abren solas quedándote ahí parado.
          –Pues es lo que estoy diciendo –insistió Phyl–. Con estas puertas, eso es exactamente lo que hay que hacer.
          Él se encogió de hombros y volvió a mirar su teléfono.
          –Uso estos ascensores todos los días –continuó ella.
          –Me alegro por ti –respondió él, sin levantar la vista. Y tras una pausa–: Eso son muchos vuelos. Piensa en la huella de carbono.
          –Qué gracioso –dijo Phyl–. Es que trabajo aquí.
          –Mira –dijo el hombre, levantando de mala gana la vista de su teléfono e intentando claramente rematar la conversación con aquella mujer trastornada–. Si no fuera por mí, aún estaríamos los dos esperando ahí arriba. Reconócelo.
          El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.
          –¿Y ahora qué? –dijo Phyl–. Se han abierto sin que ninguno de los dos apretara ningún botón.
          –Espabila y haz algo, tía –dijo él, saliendo furioso en dirección a la parada de taxis–. Puta fracasada...
          Se quedó quieta, viendo cómo se alejaba de espaldas a ella. Estaba atónita (atónita y paralizada), y durante las horas siguientes no fue capaz de quitarse de la cabeza las dos últimas palabras de aquel hombre. Les había dado vueltas en el autobús de regreso a casa, y todavía seguía pensando en ellas en ese momento. De hecho, si no hacía algo importante, corría el peligro de continuar así toda la noche hasta que se acostara, a la hora que fuese. (El insomnio era uno de los muchos problemas que tenía esa temporada.) Así que hizo lo que solía hacer en situaciones de estrés. Rodeando el garaje donde su padre andaba buscando cajas de cartón, y el estudio en el que estaba trabajando su madre, subió rápidamente las escaleras hasta su dormitorio y se echó, completamente estirada, sobre la cama. Con los auriculares puestos y sosteniendo el móvil en alto, Phyl entró en Netflix y se desplazó con el dedo hacia abajo, buscando algún episodio de Friends. Era su forma habitual de consolarse con la televisión, una de las maneras más fiables de desconectar un rato del mundo. Ya había visto cada episodio más de diez veces, conque a esas alturas solo había que dejarse llevar por el azar. Ese día fue a parar al episodio 21 de la primera temporada: El de la Mónica falsa, en el que una ladrona de tarjetas de crédito usurpaba la identidad a uno de los personajes. Un buen episodio, en opinión de Phyl, entre otras cosas porque la timadora en cuestión resultaba muy interesante. Al final acababa en la cárcel, y a Phyl siempre le daba pena que nunca reapareciese en los siguientes. Le habría gustado saber más cosas sobre ella. ¿Tan mal le iba en la vida que quería usurparle la identidad a alguien y reinventarse a sí misma? Era una idea tan tentadora por tantas razones... Desaparecer, evaporarse en el aire, dejando atrás una vida llena de errores y humillaciones, y luego reaparecer con un aspecto totalmente distinto. Renacer...
          Por supuesto, había más tramas con las que entretenerse: la búsqueda de Ross de una nueva casa para su mono, los intentos de Joey de encontrar un nuevo nombre artístico. Para Phyl, todo el atractivo del universo de Friends radicaba en lo encantadoramente predecible que era su línea argumental a lo largo de sus 236 episodios. Cuando aquel se terminó (como le pasaba siempre), estaba mucho más tranquila. El regusto amargo de su encuentro en los ascensores se iba desvaneciendo, dejando tan solo una estela de rabia ante la arrogancia del hombre en cuestión. Estaba más segura que nunca, eso sí, de que escribir sobre aquella experiencia le resultaría liberador y catártico. Pero no sabía por dónde empezar. A lo mejor solo tenía que zambullirse en ello y contar la historia, comenzar a ponerla en palabras y luego ver dónde la llevaba aquel proceso. ¿Era así como lo hacían los escritores?
          Decidió echar un vistazo a la biblioteca de su padre, buscando inspiración.
          La vicaría de Rookthorne era un edificio victoriano tardío, igual que la iglesia, y como ella, provocativamente fea, pero lo que le faltaba de encanto le sobraba de espacio. Ya solo la planta baja comprendía una cocina abovedada enorme, un comedor, dos salas de visitas, el estudio donde trabajaba la madre de Phyl en lo que su hija denominaba «cosas de la vicaría», y otra sala de estar que había sucumbido a la disparatada colección de libros de su padre. «La biblioteca», la llamaban sus padres, y constituía una prueba fehaciente de una bibliomanía que se había descontrolado hacía mucho tiempo, con sus cuatro paredes repletas de estantes y llena desde el suelo hasta el techo de miles de libros: la mayoría ejemplares de los siglos XVIII y XIX encuadernados en piel, y el resto, unos pocos miles más encajados entre ellos, relativamente nuevos: libros de historia, biografías y una pequeña muestra de primeras ediciones contemporáneas. También había tres sillones muy cómodos, con el respaldo vuelto hacia la luz que dejaban pasar las ventanas de guillotina, y en uno de esos sillones estaba sentado Andrew, el padre de Phyl, forzando la vista para leer la letra diminuta de alguna novela victoriana olvidada. Se encontraba rodeado de cajas de cartón, y también de pilas de libros, amontonados en una serie de torres precarias, que parecía escoger siguiendo algún criterio personal. Levantando la vista cuando entró su hija, dijo:
          –¿Todo bien, cariño?
          –Sí, estoy bien –respondió ella, y poco a poco tomó conciencia de aquel organizado desorden que reflejaba la situación de su padre–. ¿Qué estás haciendo?
          –Limpieza. Ya no caben. –Miró a su alrededor y suspiró, aparentemente amedrentado por todo el trabajo que le quedaba–. Me es muy difícil, la verdad. Tengo que elegir como cuatro o cinco metros de libros y empaquetarlos.
          Phyl cogió un libro de bolsillo de uno de los montones y le echó un vistazo mecánicamente, sin auténtico interés.
          –¿Y luego qué vas a hacer con ellos? –preguntó.
          –Llevárselos a Victor, supongo, y venderlos, muy a mi pesar.
          Al principio no sabía a qué Victor se refería; después recordó que era uno de los amigos de Londres de su padre, el dueño de una librería de viejo con el que a veces hacía negocios.
          Andrew torció la cabeza para ver la cubierta del libro que ella había cogido.
          –¿Cuál es?
          Phyl lo miró con atención por primera vez. Se trataba de un volumen pesado, de quinientas o seiscientas páginas. Se titulaba Lilliput Rising, y su autor era un tal Piers Capon. Tanto la cubierta como el diseño de la letra parecían de otra época. Consultó la página de créditos y vio que se había publicado en 1993.
          –No se puede decir que me acuerde de haberlo comprado –dijo su padre.
          Phyl estaba leyendo la nota publicitaria del editor.
          –Jo, escucha esto. «Lilliput Rising es una sátira épica sobre la locura de la vida moderna, que abarca diferentes continentes y generaciones: la obra de uno de nuestros novelistas jóvenes más brillantes en plenitud de facultades, destinada sin duda a convertirse en un futuro clásico.»
          Su padre soltó una carcajada.
          –Pues no le funcionó muy bien, ¿no? Si ni siquiera alguien como yo se acuerda de quién era ese tipo... Piers Capon. Ponlo en el montón de la tienda benéfica, haz el favor.
          Phyl puso el libro donde le señalaba, lo colocó sobre la pila, y luego se quedó mirándolo un momento, perdida en sus pensamientos. Le entró una tristeza extraña e inexplicable al darse cuenta de que una vez, hacía casi treinta años, a un autor su editor y sus críticos le habían asegurado que había escrito un clásico que admirarían las generaciones siguientes; y, sin embargo, ahora estaba totalmente olvidado y ya no lo leía nadie. Podría no haberse molestado en escribirlo perfectamente.
          En lo alto del siguiente montón había un libro que reconoció, aunque nunca lo había leído: Dinero, de Martin Amis. A pesar de que su padre no paraba de decirle que se trataba de una obra maestra, nunca le había tentado demasiado la idea. Lo abrió por la portada interior y se fijó en que llevaba el subtítulo «Carta de un suicida». Eso era intrigante, en cierta forma. También le llamó la atención la sencilla cubierta azul celeste de aquel ejemplar de bolsillo, que no llevaba más ilustraciones que el nombre del autor y las palabras «Pruebas sin corregir. Prohibida su venta o reproducción». (...)



Pero luego fue al meollo de la cuestión. El problema de la sociedad británica, lo que la estaba paralizando y retrasando de verdad, era el progresismo. No dijo en qué consistía tal progresismo. Tampoco hizo falta, porque el público lo entendía perfectamente. En cambio, hizo una interpretación de aquel concepto de la que el Humpty Dumpty de Lewis Carroll habría estado orgulloso; las palabras estaban a su servicio, y podía emplearlas para que significaran lo que ella quisiera que significaran. Así que todo era progre. O al menos, todo lo que decía y hacía la élite inglesa era progre; a pesar de que esa élite tampoco podía definirse realmente. De todas formas, no tenía intención de que la frenaran sutilezas terminológicas. La BBC era progre. No cabía la menor duda. La Iglesia de Inglaterra era progre. Eso estaba clarísimo. La judicatura era progre. No había ni que decirlo. Prácticamente toda la prensa era progre, casi todos los medios digitales también y, obviamente, (de hecho, resultaba demasiado evidente para que hiciera falta comentarlo) todo el mundo académico era profunda, terrible, irremediablemente progre. Pagar el canon televisivo era progre. Vacunarse era progre. Querer volver a unirse a la UE era progre. Poner tu basura en contenedores de diferentes colores era progre. Salvar el planeta era progre. Dar dinero a los sintecho, acoger a los inmigrantes y querer pagar a los sanitarios un sueldo decente era toto progre. Arrodillarse para protestar era progre, coger el tren era progre (sobre todo cuando la alternativa consistía en viajar en avión), comer verdura era progre, comprar aguacates era progre, y leer novelas era progre. (...)


-¿Ha habido suerte esta mañana? -le preguntó.
El hombre negó con la cabeza.
-No, hoy nada.
-Lo siento. ¿Qué intenta pesacar? ¿Lucio, perca, trucha?
-No sabría decirle.
-Bueno, ¿cuánto puede pescar en un día normal?
-Nada.
-¿Nada de nada? 
-Nada. Nunca he visto ningún pez, ni tampoco he pescado ninguno.
-Ah... -Cristopher se quedó bastante chafado con aquella confesión- Y dígame... ¿cuánto tiempo lleva viniendo aquí?
-Casi cinco años, creo.
-¿Y nunca ha picado ninguno?
-Ni uno.
-Vaya por Dios. Entonces es una cosa... bastante inútil, ¿no?
El hombre se lo pensó un momento y luego se encogió de hombros.
-La vida entera es inútil, en realidad, cuando te paras a pensarlo, ¿no cree?

LAS PRUEBAS DE MI INOCENCIA.
JONATHAN COE (traducido por Javier Lacruz).
ANAGRAMA, 2026.

domingo, 2 de agosto de 2026

Lo mejor de ODISEA en la versión de STEPHEN FRY


 
Supongo que para aquellos con una suficiente formación clásica las adaptaciones de Stephen Fry serán innecesarias o, incluso, su estilo sencillo, didáctico, coloquial, tremendamente claro e ilustrativo... puede resultar, si no una herejía, puede que sí una superficialidad...

En mi caso, en cambio, confieso, que esta forma de narrar las historias clásicas me resulta, ante todo, cercana y, además, entretenida, divertidísima... Son ya varios por tanto los volúmenes del famoso actor que he adquirido, leído y disfrutado... pero este mes, como comprenderán, toca LA ODISEA.
Si Nolan leído, les recomiendo, encarecidamente, que empiecen por aquí:


Mientras la gran y dorada Troya ardía reducida a ruinas y escombros, Atenea no experimentó ningún arrebato triunfal. Observó cómo sus ciudadanos eran violados, esclavizados y descuartizados en una orgía frenética de asesinatos como el mundo no había visto jamás. Lo que sintió –no podía llamarlo vergüenza; ningún olímpico era capaz de sentir vergüenza– fue una mezcla de horror y decepción, algo completamente nuevo para ella. ¿Era posible que los mortales estuviesen empezando a contagiar a los dioses con la perversa autocomplacencia de los sentimientos íntimos? Era tarea de los dioses inspirar a la humanidad para que imitara lo divino, en lugar de permitir que los humanos redujeran a los dioses a imágenes defectuosas de sí mismos. Con la caída de Troya, algo más había caído, aunque Atenea no lograba precisar qué. Tenía la sensación de que nada, ni en el reino mortal ni en el inmortal, volvería a ser igual. Contempló a los griegos victoriosos cargando sus carros de tesoros y arreando a sus esclavos hacia la gran flota que durante tanto tiempo había permanecido anclada en la costa troyana. Un espeso silencio se cernía sobre el mundo; Atenea se consumía con la convicción de que se había producido un cambio en el equilibrio de las cosas, que el mundo de los dioses y de los hombres había sufrido una alteración. (...)

Podríamos llenar una estantería con comentarios sobre las diferencias, similitudes y concomitancias entre los inmortales del panteón griego y del romano. Es llamativo que los romanos renombraran a todos los dioses griegos heredados salvo a uno: Apolo. Los atributos en cada caso eran similares, pero no siempre idénticos. Por ejemplo, los griegos veneraban a la diosa a la que llamaban Atenea más que los romanos a su versión, MINERVA, quien –a pesar de ser diosa de las artes de la guerra– significaba menos para ellos que MARTE, su adaptación de Ares. Marte representaba los aspectos más viriles, violentos e implacables del combate, algo conveniente para los romanos militaristas. Su Campo de Marte, el Campus Martius, era la gran milla cuadrada central y populosa de Roma. Su nombre perdura en el planeta Marte, en el mes de marzo y en el martes o mardi, martedì, marţi…, el día de Marte del mundo latino. En las narraciones más populares sobre los orígenes de Roma, Marte engendró a los gemelos fundadores de la ciudad, Rómulo y Remo, y por lo tanto puede considerarse el patriarca divino de Roma. Los romanos eran un pueblo marcial con todas las letras. En claro contraste, hoy apenas encontramos restos lingüísticos de Minerva. Como Atenea, pervive en el nombre de la gran capital de Grecia, Atenas, pero como Minerva… sí, aparece en el nombre de una imprenta tipográfica sentimental y fue razonablemente popular como nombre femenino en el siglo XIX (y para una profesora en Hogwarts)…, pero, por lo demás, queda relegada casi a la categoría de una diosa menor;2 eso dice algo de las diferencias en la visión que griegos y romanos tenían de sí mismos y del resto. (...)

Pero antes de soltar a Proteo, quería saber más cosas. «¿Mis compañeros aqueos, mis hermanos de armas, han llegado todos a casa?» «Todos menos tres», me contestó. Primero, describió la muerte de Áyax Locrio. Me costó compadecerlo. ¿Cómo se le ocurrió desafiar a los dioses de aquella manera? La guerra debía de haberlo vuelto loco. Pero a continuación Proteo me contó el destino de mi hermano. Lloré como un niño al recibir la noticia. Grité que me quería morir. Si no podía vengar a Agamenón, la vida no tendría sentido. Pero el dios me lanzó aquella mirada ictínea de nuevo. «Tampoco te pongas tan dramático. A lo mejor tú matas a Egisto, o igual ya lo ha hecho tu sobrino Orestes.» Esto me calmó un poco. «Has sido indulgente, Viejo. Perdona la fuerza con que te sujetamos. Haremos todo lo que nos has dicho.» «¡Espera! ¿No te he dicho que había tres de tus compañeros que no habían encontrado el camino de vuelta a casa? Tu amigo del alma, el hijo de Laertes, es el tercero.» «¡Odiseo! ¡No me digas que él también ha perecido!» «El laértida1 se encuentra atrapado en la isla de Ogigia, prisionero de la ninfa CALIPSO, que ha enloquecido de amor por él. Sueña con Ítaca, con Penélope y con su hijo Telémaco, pero ha perdido a su tripulación, sus naves y cualquier medio de volver a casa. Lleva allí años, quién sabe si alguna vez podrá marcharse.» Menelao hizo una pausa. Telémaco se había quedado pálido y temblaba. Menelao consideró lo más discreto alargar un poco para darle tiempo a reponerse. 
–Bueno, y siguió profetizando un poco mi destino… 
Pamplinas, seguramente. «A pesar de que eres lento sacrificando a los dioses, les agradas», dijo. O una chorrada así. «Vaya si les agradas. Después de todo, eres yerno del mismísimo Zeus.» Y más del estilo. No me voy a molestar en repetirlo.1 Y luego: «Mi piel y mis escamas no están hechas para este sol abrasador. Has obtenido de mí lo que deseabas. Adiós, hijo de Atreo». Antes de que nos diéramos cuenta, Proteo se escurrió y se deslizó por la arena hasta la rompiente, y nos quedamos solos en la playa mientras un gran corro de focas nos observaba con desaprobación. »En cuanto al resto… Bueno, siguiendo aquellas instrucciones, dirigimos nuestras naves hacia el padre Nilo, y todo fue bien a partir de ahí. Construí un monumento conmemorativo a mi hermano Agamenón; nos detuvimos a quemar sacrificios a Zeus y a los otros once olímpicos, por no hablar de un centenar de dioses locales distintos, y finalmente dimos la vuelta, navegamos mar adentro y aprovechamos un buen viento hacia Esparta. Helena le había cogido una mano a Telémaco. –Son buenas noticias. ¡Buenas noticias! El Viejo del Mar será muchas cosas… –¡Pero literalmente, muchas cosas! Un león, una serpiente, un… –Menelao, no ayudas… Será muchas cosas, pero no un mentiroso. Tu padre está vivo. (...)


–Querido padre, tengo que preguntártelo –le dijo Atenea a Zeus–. ¿Cuándo quedará realizado por completo tu plan? 
–¿Hum? ¿Mi plan? ¿Qué plan? 
–Tu plan para que toda la humanidad sea gobernada solo por tiranos, criminales y necios. Tu plan para erradicar la justicia de la esfera terrenal. Tu plan para inaugurar una era sin tratados, promesas, honor ni ley. Ese plan. 
–¿Eh? –Zeus miró desconcertado a los otros dioses–. Yo no tengo ningún plan. ¿O sí? 
Estos se encogieron de hombros y negaron con la cabeza. Atenea era presa de uno de sus arranques retóricos. Mejor aguantar el chaparrón. 
–Porque si uno de los mortales más eximios, sabios y justos que caminan por la tierra ahora mismo ha de verse cruelmente encarcelado durante años, ¿qué han de significar la justicia y el honor? ¿Qué va a significar nada? –gritó Atenea–. Que los ríos detengan su curso. Que los frutos caigan de los árboles hacia arriba. Que el fuego enfríe los huesos y que el aire sea duro como piedra. Que lo mismo… 

Zeus rezongó: 
–¡Odiseo! Todo esto vuelve a ser por ese condenado Odiseo. 
–¡Dices «condenado» y dices bien, padre! Siete años lleva cautivo de una inmortal. Condenado, y tanto. Para un mortal, siete años pueden ser un tiempo insoportablemente largo. Siete años en completa soledad. Condenado, sí. Sin barco, sin compañeros de viaje. Solo Calipso tejiéndole una cárcel particular con su magia pervertida. Condenado, condenado y requetecondenado. Mientras tanto, en la lejana Ítaca, unos hombres viles traman fechorías contra su casa. Su hijo Telémaco, un joven noble que no le ha hecho daño a ningún ser humano ni a ningún dios, lleva casi un año viajando en busca de noticias de su padre. ¡Cómo desearían esos miserables ver muerto al joven y a Penélope abocada al matrimonio por la fuerza! ¿Y por qué gran pecado se condena a Odiseo? ¿Por querer estar en casa? ¿Por el crimen monstruoso de tener la inteligencia y la imaginación para hallar la manera de poner fin a aquella guerra terrible de diez años? Condenado por tamaña transgresión… 
–¡Pero, pero, pero un momento! ¿No fuiste tú quien me rogó que enviara una tormenta para confundir a Odiseo y a los demás griegos que regresaban a casa? 
–Uf, por favor, padre, ¡de eso hace diez años! Que, por cierto, es un lapso tremendo para… 
–¡Que sí, que sí, que sí! Que se haga saber que a Odiseo se le permite volver a casa con la mayor rapidez y facilidad posibles. Hermes, desciende e informa a Calipso de mi voluntad. El hijo de Laertes debe abandonar su isla ipso facto. Sin ningún impedimento divino, pero sin ninguna ayuda divina, asimismo. Que le construya ella algún tipo de embarcación sencilla. Bueno, ¿a qué esperas? Hermes se calzó sus sandalias doradas, levantó su caduceo, se ladeó el casco de ala baja y se fue. Zeus se volvió hacia Atenea. 
–En cuanto al joven Telémaco, ya lo visitaste como Mentes y lo guiaste como Mentor. Puedes protegerlo de nuevo si te place. Y ahora, Ganimedes: un trago de néctar; Hebe: un paño fresco para la frente; Apolo: ¡música! Atenea. 
–¿Sí, papá querido? 
–Atenea…, déjame en paz un ratito. (...)



–Dime, ¿qué edad tiene ahora tu Penélope? 
–Apenas un año menos que yo –murmuró con la boca llena de pan. Calipso se examinó las uñas. 
–Me pregunto qué aspecto tiene. 
Odiseo tragó el pan. Una sonrisa se dibujó en su rostro. 
–Bueno, veamos. A las líneas que habrán marcado el paso de los años hay que añadir todas las preocupaciones que la llevan hostigando durante dos décadas. Cuidar de mis padres, Laertes y Anticlea, a medida que envejecen y se debilitan. Atender el reino. Criar a mi hijo Telémaco. Preocuparse de si el miserable de su marido volverá alguna vez a casa. Todo esto habrá grabado arrugas aún más profundas en su rostro. Era hermosa de joven. Hermosísima. Pero no de una belleza comparable a la tuya, Calipso. Era una belleza humana, muy inferior al atractivo de las ninfas. De algún modo, para los oídos de Calipso, la palabra «ninfas» sonó casi a insulto.
 –A estas alturas, la juventud de Penélope se habrá desvanecido seguro –continuó Odiseo–. Pero se habrá transformado en algo más profundo. Tendrá la clase de belleza profunda que solo las mujeres poseen. La delicadeza de una mujer. Personalidad. Carácter. No, no te preocupes. Penélope nunca podría igualar a una chica como tú en juventud y belleza. Incluso podrías considerarla fea. Cuando la vea, sabré que es Penélope. Mi esposa. Calipso frunció los labios. Otro pensamiento le vino a la mente. –Hago lo que puedo para que esta isla sea un lugar encantador, ¿sabes? Estamos protegidos de tormentas y vendavales. Cuando llueve, es en forma de ligera llovizna que refresca la tierra y limpia cuerpo y espíritu. Ni lobos ni osos te amenazan aquí. Flores de todos los colores brotan e impregnan de su dulce perfume el aire. Se pueden recoger granadas, limones, uvas, olivas e higos aún calientes de los árboles. El murmullo de las olas y el trino de los grillos te adormecen por la noche, y por la mañana la música de los pájaros te da la bienvenida a otro día perfecto. Pero supongo que Ogigia es poca cosa comparada con Ítaca, ¿no? 
Odiseo soltó una carcajada. 
–Uy, qué va, no has visto un lugar más rocoso, árido, estéril e implacable –respondió–. Nuestros agricultores apenas pueden cultivar maleza, conque mucho menos cereales o frutas. Tenemos un vino acidísimo, unas ovejas raquíticas, el ganado más escuchimizado de todas las islas del ancho mar Jónico. Los vendavales derriban los árboles y las casas cada año. Algunos años no llueve y la tierra se convierte en arena. Otros, toda la isla se inunda de barro. Créeme, Ítaca no es Ogigia. Pero es otra cosa… Es… –Sus ojos se llenaron de lágrimas y la palabra salió con ronquera– … el hogar. (...)



–Es que… El porqué da igual. Tú ten fe en que te deseo con todo mi corazón un viaje seguro. Lo deseo yo y lo desean los dioses. Odiseo le tendió a Calipso uno de los largos postes de madera que había hecho para usarlos como palancas y facilitar una botadura suave. Juntos llevaron la balsa hasta la orilla. –Bueno, supongo que aquí es donde nos despedimos –dijo Odiseo empujando la balsa y subiendo a bordo. Sabía que era una fórmula un poco manida, pero no se le ocurría ninguna otra. 
–Te quiero, espanto de hombre –dijo Calipso. La vela se hinchió con la brisa y la figura de la inmortal sola en la arena fue menguando. Odiseo la observó un rato con la mano levantada en señal de despedida, luego volvió la mirada hacia el horizonte y su hogar.



Hubo momentos en que Zeus se planteó seriamente transformarse en un pastor de Frigia o Tracia o algún lugar igual de remoto y poco interesante, y mantenerse en ese humilde estado durante toda la eternidad. Sin tener que dar órdenes, sin tener que emitir juicios; o, por lo menos, ninguno más acuciante que el de trasladar las ovejas y las cabras a pastos frescos o decidir cuáles ordeñar y cuáles engordar para el sacrificio. La disputa había estallado cuando Atenea le preguntó (con diplomacia, debía de pensar ella) si era correcto que las furias hubieran comenzado a atormentar a Orestes de Micenas. Hera estaba indignada. Por principio, y por su temperamento tradicionalista, habría desaprobado cualquier cambio importante en el orden establecido de las cosas, pero como madre y reina, la idea de que un crimen de sangre como el matricidio real pudiera pasar sin un castigo ortodoxo… Afrodita y Artemisa secundaron su protesta. Dioniso soltó un eructo de apoyo desde un rincón. Zeus se volvió hacia Apolo, que había permanecido en silencio, cosa rara. Por regla general, el dios de la profecía, la razón y el arco prestaba su apoyo a Artemisa, su amada hermana. (...)

Muy bien. Después de dejar Troya, los doce barcos de mi flota itacense cometieron el error de detenerse a saquear la tierra de los cícones. Digo que los barcos cometieron el error… y fue error mío, por supuesto. Aunque sabía que no era lo más sensato, nos quedamos en tierra una noche más de lo debido. Los cícones nos hicieron frente y sufrimos la humillación de volver corriendo a nuestras naos y escapar al mar, justo para darnos de bruces con la furia de una tormenta como ninguna que jamás hubiéramos experimentado. Posible castigo por lo que había hecho Áyax Locrio. Castigo por… a saber qué. Siempre sabes cuándo están enfadados los dioses. El porqué, no siempre. No perdimos ninguna nave, pero más de la mitad de los barcos de mi flota necesitaban algún tipo de reparación. Una vez que la tormenta pasó…, ya sabéis cómo va: como un niño después de una llorera. Todo risas y radiantes sonrisas, como si nunca hubiera habido rabieta. Tal cual. Nunca habéis visto un cielo más azul ni un mar más plano. ¿Tormenta? ¿Qué tormenta? ¡Y la isla que encontramos! Después del gris y el negro de la tempestad, y el azul del mar y el cielo, aquella visión verde al llegar y fondear… nos alegró el corazón. Debí suponerlo. Tal vez vosotros sí estáis enterados. Es cosa sabida que no hay mejores marineros en el mundo que vosotros, los feacios; tal vez, en vuestros viajes, vosotros también encontrasteis la tierra de los lotófagos. ¿No? Bueno, dejad que os la describa. La isla, con unas colinas verdes que se alzan en el centro, aparece abrazada por dos romos acantilados de piedra caliza, interrumpidos por bahías arenosas, en una de las cuales encontramos refugio y anclamos. Con campos tan verdes, se daba por sentado que aquella tierra sería el lugar perfecto para criar ovejas y ganado, pero no se veía ni rastro de ganado. Como ahora sé, las personas que viven allí subsisten a base de un único alimento. Una fruta que crece allí en abundancia. La llaman loto. Los hombres se dispersaron por los caminos que salían de las bahías en busca de agua y madera para las reparaciones. Yo me quedé a bordo de mi nave y los observé alejarse mientras dirigía las labores de reconstrucción que podían hacerse sin traer nada de la isla. Después de varias horas, nos dimos cuenta de que ninguno de los hombres de la partida de reconocimiento había vuelto. Iban bien armados; no encontraríais luchadores más curtidos en batalla en todo el mundo. Era poco probable que hubieran sido capturados por sorpresa a manos de habitantes hostiles, pero para asegurarme, cogí mi espada, me enfundé una coraza y tomé uno de los caminos que subían por los acantilados para averiguar lo ocurrido. Cuando llegué a la cima vi lo hermosa que era aquella isla. Los árboles estaban llenos de hojas, las flores brotaban en cada arbusto, el agua clara brotaba de los manantiales y los pájaros cantaban con lo que parecía auténtica alegría vital. Y entonces casi tropiezo con uno de mis hombres, Perimedes, tendido en la hierba. 
–¡¿Qué tal?! –murmuró él mirándome con una sonrisa de lo más ridícula. Lo zarandeé. 
–¿Qué puñetas te pasa? ¿Estás borracho? Y entonces vi a otro, y otro más. Toda la tropa de exploración tirada, tumbada a la bartola, sonriendo, tarareando y riéndose como niños. Fui de uno a otro intentando levantarlos. Me di cuenta de que no era el vino lo que había nublado sus mentes, sino la fruta, aquella maldita fruta de loto de la que se habían estado atiborrando. Uno de los isleños se acercó entonces con una bandeja llena de aquellas malditas cosas, como si fuera un sacerdote. 
–¡Bienvenido, visitante! –me abordó con una voz tan suave y amigable que me dieron ganas de estrangularlo–. Ven con nosotros. Sírvete de esta fruta, ¿por qué no?, y olvídate de todas las preocupaciones. Le pegué una patada a la bandeja que hizo saltar la fruta por los aires. El isleño, como un sacerdote ofendido, soltó un sollozo y se tiró al suelo intentando recogerlas. Agarré a uno de mis hombres, lo levanté y le di unas cuantas bofetadas con la mano abierta. Me sonrió con la mirada nublada. 
–Qué sensación más rara –dijo. 
–¡Volved al barco! –grité–. ¡Todos a vuestras naves! ¿No queréis volver nunca más a vuestro hogar? Sus respuestas me helaron la sangre. 
–¿Hogar? ¿Qué hogar? 
–¿Quién necesita hogar? 
–Este es nuestro hogar. 
–Déjanos dormir al sol.
(...)



Una vez más, hizo entrar al rebaño, empujó la piedra frente a la entrada de la cueva y se sentó a ordeñar las ovejas y las cabras. Yo había planeado acercarme a él cuando terminase y entablar una conversación preparada, pero el cíclope pasó sin solución de continuidad de depositar a la última oveja en el suelo a coger a otros dos de mis hombres. Sus cerebros reventaron y ya los estaba trasegando con otro cubo de leche antes de que me diera tiempo a hacer nada. ¿Podría haberlos salvado? Me entenderéis si os digo que aún le doy vueltas a esa pregunta por la noche; las noches que el sueño se hace de rogar. Avancé con una copa de madera llena de vino cicón sin aguar. 
–Su enormidad quizá no sepa comportarse como un anfitrión, pero yo sí sé comportarme como un invitado. Aquí tienes vino para acompañar tu yantar de carne humana. Él me arrebató la copa de mala manera y se la bebió de un trago. 
–Maldita sea, qué bueno –dijo satisfecho–. Échame otro y dime tu nombre. Tengo un valioso regalo para ti. Le serví otra copa, y otra, y una más. Cuando tuve la seguridad de que el vino lo había atontado, hablé. 
–Cíclope, te diré mi nombre, como me has pedido, y a cambio exigiré el regalo que me prometías. Me llamo NADIE. Nadie. Mi familia, amigos y compañeros, todos me llaman Nadie. 
–¿Nadie, eh? Bueno, Nadie, aquí tienes tu regalo. Tu regalo es… –Soltó una risita y le entró hipo–. Tu regalo es que te comeré… el último de todos. ¡Ja,ja! ¡Ja! ¡Jaaaaa! 

Y dicho esto, se le puso el ojo en blanco y cayó de espaldas en un sopor mortal. Su risa se transformó en un resuello, y el resuello estalló al punto en un torrente de vómito. Cuando su cabeza golpeó el suelo, un río de vino brotó de su garganta, entremezclado con trozos de carne humana. Nosotros a duras penas contuvimos las ganas de hacer lo mismo. Una vez su ronquido atronador adoptó un ritmo, me dirigí al rincón, recogí la pértiga y metí la punta en la hoguera, esta vez para calentarla al rojo vivo. Aunque la madera de olivo era verde y joven, estuvo a punto de prenderse. La saqué y llamé a mis cuatro hombres. Ellos agarraron el palo, lo levantaron y clavaron la punta directamente en el ojo del cíclope. (...)


–POLIFEMO, ¿qué pasa? De modo que tenía nombre, ¿eh? 
–¿Qué ocurre? 
–¿Quién está ahí contigo, Polifemo? 
–¡Nadie! –gritó Polifemo. 
–¿Entonces qué pasa? 
–¡Nadie me ha engañado y Nadie me va a matar! 
–¡Ah! Bueno, pues si nadie te está haciendo daño, será que estás soñando a saber qué. 
–Di una oración y vuélvete a dormir. Ese es mi consejo. 
–¡Pero es que Nadie me ha cegado! –sollozó Polifemo. 
–Es probable que esté borracho –comentó uno de los cíclopes mientras se alejaban–. Tiene muy mal beber. 
–¡Nadie me ha dado vino fuerte! 

No pude evitar partirme de risa. Los siete nos apartamos ágilmente de su camino mientras daba tumbos por la cueva chocando y tratando de localizarnos. Ya llevaba matadas sin querer a pisotones a cuatro de sus preciosas cabras cuando se dio por vencido. Gimoteando furioso, berreó: –Sé que estás escondido por ahí en alguna parte, Nadie. Tus amigos y tú no escaparéis jamás. Contaré cada animal al salir. Te arrancaré los brazos y las piernas uno por uno con los dientes y me reiré de tus alaridos. Aquello me dio mucho que pensar. Luego, durante la noche, tuve otra ideaza. Mientras Polifemo dormía, me acerqué al redil donde guardaba sus carneros. Eran animales grandes y fuertes, lo bastante fuertes, calculé, como para soportar el peso de un hombre. Usando manojos de varas de sauce, até carneros de tres en tres. Me llevó casi toda la noche hacer esto mismo seis veces, pero valió la pena. Les dije a mis hombres que se colgaran boca arriba agarrados del espeso vellón del vientre del carnero del medio de cada trío. Quedaba un carnero, uno negro, el más grande de todos. Me metí bajo su panza y me colgué también. Cuando despuntó el alba, los carneros ya se habían acostumbrado a llevarnos colgando de sus barrigas y no armaban ningún escándalo. Oímos a Polifemo incorporarse tambaleándose, gimiendo y maldiciendo en su lamentable agonía ciega. Era patético, pero no me inspiró ni una pizca de compasión. Solo podía pensar en los seis hombres buenos que había matado y devorado. Consiguió ordeñar como buenamente pudo e incluso se preparó algo de desayuno. Finalmente, retiró la roca, y la luz del día inundó la cueva. A través de la espesa lana de mi carnero, apenas pude distinguirlo, en cuclillas en la entrada y llamando a sus animales. Donde antes estaba su ojo, no había ahora más que una pulpa brillante bordeada de sangre reseca. Cada cabra u oveja que avanzaba le daba empujones y lo hocicaba con afecto, como si supiera que algo andaba mal. Él las arrullaba y las acariciaba palpándoles el lomo para asegurarse de que nadie iba montado encima para escapar. O, mejor dicho, por si Nadie iba montado encima para escapar. (...)

Me solté y caí libre sobre la hierba. Mis hombres estaban más adelante, corriendo y riendo. Reunimos todas las ovejas y cabras que pudimos, las llevamos hasta la orilla y las cargamos en nuestro barco. Lo único que nos quedaba por hacer ahora era remar hasta el puerto donde nos esperaban los otros once barcos de la flota. Pero, cómo no, tenía que liarla. Estábamos todos a salvo a bordo y a cierta distancia cuando me volví y vi a Polifemo tambaleándose, llamando en vano a su rebaño. Desde el timón grité a voz en cuello: 
–¡Eso te enseñará a ignorar los sagrados ritos de la hospitalidad! ¡Zeus te ha castigado! El cíclope arrancó con sus propias manos un peñasco del acantilado y nos lo arrojó. Pasó por encima de nuestro barco, pero cayó con tal fuerza que la ola resultante casi nos empuja de nuevo hasta la orilla. Los hombres redoblaron esfuerzos con los remos y conseguimos alejarnos. Pero no pude resistirme a provocar de nuevo al cíclope. Los hombres intentaban callarme, pero me había venido arriba. –En serio, capitán. Puede que no vea, pero oye y es capaz de localizarnos. 
–Por favor, señor, ya has visto lo que casi nos hace la última roca. Estaba tan henchido de orgullo y de furia por las espantosas muertes de seis buenos hombres que ni mi esposa Penélope ni mi madre Anticlea juntas habrían podido disuadirme. 
–¡Eh! –grité de nuevo hacia la orilla–. Que quede claro que mi nombre no es Nadie. Solo un tonto del haba se creería algo así. Puedes contar al mundo que quien te venció y te dejó ciego no fue otro que Odiseo de Ítaca. 
Lo sé. Lejos de ser modesto. 
Polifemo bramó y lanzó una oración: 
–¡Padre! ¡Sacudidor de la Tierra y dios del mar! Soy tu hijo Polifemo. Haz que Odiseo nunca encuentre el camino de vuelta a casa. O si las moiras decretan que ha de regresar a su familia, que lo haga únicamente después de años de tormento e infortunio, solo, después de perder sus tesoros, a sus compañeros y sus barcos. Y que encuentre su hogar devastado y atormentado. Escúchame, oh, padre Poseidón, Creador de Tormentas y Dominador de Caballos, escucha mi maldición. 



No quiero estropear mi relato, buena gente, pero no creo que esté revelando demasiado cuando digo que Poseidón escuchó, y escuchó a conciencia. (...)

Estaba reuniendo el valor para avanzar cuando, como salido de la nada, un joven se plantó ante mí. Tenía los primeros atisbos de vello en mejillas y mentón y una mirada destellante en los ojos. 
–Vaya, vaya, si es mi bisnieto Odiseo –dijo–. ¿O tataranieto? Me cuesta llevar la cuenta. 
–¡Hermes! –Realicé una especie de reverencia precipitada. 
–¿De verdad crees que tu espada de plata y tus flechas de madera pueden hacerle algo a una inmortal como CIRCE? ¡Circe! ¡Claro! Debería haberlo adivinado. 
–¿Así que esta es la isla de Circe? 
–Bienvenido a Ea. Había oído hablar de Circe, cómo no. Era hija del titán del sol, HELIOS, y de una ninfa de agua o algo así,1 célebre por su incomparable habilidad con hierbas y pociones. Su hermana Pasífae se casó con el rey Minos de Creta y dio a luz al monstruoso Minotauro. Su sobrina Medea ayudó a Jasón a obtener el vellocino de oro. Cuando Jasón encontró otra esposa, Medea asesinó a sus propios hijos por él. Y a la novia, por supuesto. De este linaje procedía Circe. Menuda familia. 
–Si entras –dijo Hermes–, te hará beber un brebaje, como hizo con tus amigos. Pero yo te daré una hierba mágica que contrarresta su poción. Te hará completamente inmune. Lo que debes hacer es lo siguiente: entras y tomas el brebaje; ella te dará un golpecito con su varita, pero gracias a mi hierba no pasará nada. Saca de inmediato tu espada y pónsela en la garganta. Entonces susurrará que quiere hacer el amor contigo. Pero tú, siempre a punta de espada, oblígala a hacer juramento divino de que no te hará daño ni usará magia contra ti. Si no lo haces, te desnudará, te hará el amor y te robará la virilidad para siempre. Así que hazla jurar. Un inmortal no puede romper un juramento. Ni siquiera un dios de las mentiras como yo, ¿te lo puedes creer? ¡Es verdad! ¿O no? ¡Ja, ja! No, pero calla. ¿Por dónde iba? –Estaba con la espada en su garganta. 
–¡Ah, sí! Y solo después de que haya jurado no hacerte daño, aceptas la oferta de irte a la cama con ella. Estoy seguro de que eso no te costará ningún esfuerzo. Hermes se agachó y arrancó del suelo una plantita de raíz negra y flor blanca. 
–A esto lo llamamos moly. Si ves alguna de estas por ahí no la cojas. Solo nosotros, los inmortales, podemos desenterrarla –dijo Hermes, arrancando las hojas y los pétalos y entregándomelos–. Sabe un poco amarga, pero tú mastícala bien.
–¿Un poco? Hermes se rio al ver mi cara torcida en una mueca. 
–Tu viejo bisabuelo te desea suerte –dijo, y se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Me tragué lo que quedaba del moly y, una vez hubo pasado lo peor del amargor, entré en el jardín. Una de las lobas se acercó y me lamió el dorso de la mano. El león ronroneó y se acurrucó perezoso a mis pies. 
–Les caes bien –dijo una voz suave. Y allí estaba. Circe. Irradiaba poder y belleza. Supongo que la miré como un niño enamorado. ¿Cómo evitarlo? (...)


Circe y yo disfrutamos del placer de nuestros cuerpos, y todos nos deleitamos comiendo, bebiendo y bañándonos como los legendarios reyes egipcios. Tan bien nos acogieron, y tan satisfactorio y delicioso fue el recibimiento, que las semanas, y luego los meses, se sucedieron. Circe dio a luz a un hijo mío. Llamamos al bebé Agrio. Transcurrido un año entero, algunos de los hombres me abordaron. 
–Nunca pensamos que diríamos esto, señor, pero…, bueno, ¿no crees que ya es hora de irnos y poner rumbo a casa? Puede que Circe cumpliera su promesa de no hechizarme con hierbas y pociones, pero sí me había embrujado con la belleza y las cualidades de su persona y carácter. Acudí ante su presencia, me abracé a sus rodillas en señal de súplica y le recordé su promesa. Ella me escuchó con gravedad, pero luego se descolgó con algo extraordinario. 
–Odiseo, bienamado mío. Por supuesto que te dejaré ir. La idea de mantenerte aquí en contra de tu voluntad ni se plantea. Pero he de contarte una visión que he tenido. De los dioses, o de las profundidades de la propia Gea, no puedo decirte su origen. Solo sé que lo que voy a contarte es importante y es verdad. Me puso una mano en la mejilla y me habló directamente. Era imposible dudar de su sinceridad. 
–Odiseo, nunca llegarás a casa a menos que primero visites el inframundo y consultes la sombra del gran profeta tebano Tiresias.1 Él, y solo él, sabe cómo podrás encontrar el camino a Ítaca. (...)




La estampa del que fuera todopoderoso rey de los hombres reducido a un ser tan quejumbroso, lastimero y patético me llenó de pesar y de una especie de ira contra los dioses. El mundo sabía que Zeus detestaba el linaje de Tántalo y de Atreo. Pero tanto dolor y tanta pérdida, tanto fracaso tras una vida tan grande… ¿Quién merecía algo así? El espíritu de Agamenón se desvaneció, y en su lugar apareció alguien cuya presencia allí sí podía celebrar. 
–¡Aquiles! Aquiles, querido amigo. He venido a consultar a Tiresias. Me ha desvelado mi futuro. Todavía no he llegado a casa, aunque confío en que llegaré. Pero tú… Ya existen más cantos y poemas en el mundo narrando tus hazañas que los de ningún mortal que haya vivido jamás. Y aquí abajo sé que debes de ser el príncipe de los muertos, admirado y venerado por todos. El Elíseo y los campos de asfódelos son tu hogar, ¿no?, ¿verdad? 
–Sí, se me concede el «honor» de los Campos Elíseos. Sí, piso las praderas de asfódelos. Sí, me llaman «príncipe» y me elogian como a un héroe. Pero una cosa te digo, Odiseo… –estas palabras casi las escupió–: preferiría vivir como un campesino miserable y paupérrimo, ganándome a duras penas la vida de un suelo yermo, antes que ser señor de todo este reino. Es un reino de muertos. Ves sus formas, oyes sus voces, pero están…, estamos… No hay vida, no hay alegría, no hay esperanza. A este melocotón no le queda ni una gota de su jugo. Aquí nada tiene sentido. Así que vive, por lo que más quieras, viejo amigo. Sal de este lugar maldito y vive cada día con toda la fuerza y la pasión de que seas capaz. (...)

Ay, te echaré de menos, Odiseo, sabio y maravilloso trotamundos. La besé con suavidad y tristeza. 
–Y yo te echaré de menos, Circe, sabia y maravillosa bruja. 
Ella se rio, pero luego se puso seria. 
–Debes saber –dijo– que llevo en mí otro de tus hijos. Será un hermano para Agrio. ¿Qué nombre le pongo? 
–Para entonces ya estaré en casa –dije–, así que llámalo TELÉGONO, «el nacido lejos». (...)


Odiseo miró hacia las puertas y el patio que caía más allá. 
–Hermoso –dijo–. Buenas proporciones. Quienquiera que diseñase y construyera esto sabía lo que hacía. –Eres buen juez, amigo. Fue mi amo, el propio Odiseo. Cada ladrillo y cada teja. No está mal, ¿eh? El olor a carne asada les llegó a las narices, y el sonido de la música y las carcajadas ruidosas a los oídos. –Entra tú primero –dijo Odiseo–. No hace falta que todo el mundo te relacione con un viejo mendigo zarrapastroso. 
–Tú ten cuidado –advirtió Eumeo–. Les cuesta lo mismo tirarte una lanza que una piedra o un taburete. –No te preocupes, buen amigo. Ya estoy acostumbrado. 



Eumeo entró. Odiseo hizo ademán de seguirle, pero cuando se acercaba a la puerta oyó un extraño gañido. Sobre un montón de huesos viejos, estiércol y basura, yacía un perro viejo y demacrado, jadeando, con el pelaje gris y destrozado por la sarna y las garrapatas. Se estiró hacia Odiseo, aplanó las orejas y movió la cola débilmente. Odiseo apenas pudo contener un grito. Reconoció al instante a Argos, su perro favorito. Lo había visto por última vez casi de cachorro, aullando lastimero en el muelle veinte años atrás cuando su amo partía rumbo a Troya. Aquella había sido la última visión de su hogar mientras su barco abandonaba el puerto. Telémaco en brazos de su madre, Argos pegando brincos y aullando, Penélope tratando de contener el llanto. Odiseo bajó la mano para acariciarlo. Argos levantó la cabeza y gimió de alegría. Su espera de veinte años había terminado. Se había reencontrado con su dueño. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Emitió un gruñido grave y expiró. Odiseo sabía que no podía entrar al palacio entre lágrimas. Con el mayor esfuerzo de autocontrol que jamás había necesitado, respiró hondo, se serenó y se recompuso. Luego, encorvándose de nuevo como un mendigo, giró el pesado anillo de bronce de la puerta y entró en su palacio. Un muro de sonido lo golpeó al entrar en el gran salón. Dos músicos competían desde rincones opuestos lanzándose canciones uno contra el otro. Mayordomos, pajes y sirvientas corrían de aquí para allá tratando de satisfacer los ruidosos requerimientos de los pretendientes, que vociferaban por más vino, más carne, más música, más de todo. La estampa de Odiseo, viejo, encorvado y envuelto en andrajos de lo más cochambrosos, provocó una gran ovación de bienvenida irónica por parte de los pretendientes. 
–¡Menudo figura! Primero le lanzaron una manzana. Luego un plato de bronce. Odiseo esquivó ambos. Antínoo se levantó. 
–Si acierto en el blanco, me dais una moneda de plata cada uno. Dicho esto, levantó un taburete de madera que lanzó a Odiseo y fue a estrellarse contra su cadera. Odiseo se mantuvo firme. El taburete, bien podría haber sido de paja, a juzgar por el escaso efecto que pareció tener en él. Tal vez habría sido mejor si hubiera mostrado algo de dolor. Porque los otros pretendientes empezaron a burlarse de Antínoo por tener un brazo tan débil y comenzaron a arrojar más taburetes contra Odiseo, quien, para regocijo general, se vio obligado a esconderse bajo la mesa. Telémaco le había prometido a su padre que no interferiría, pero aquello era demasiado. 
–¿No tenéis modales ni educación? –les gritó a los pretendientes–. Sois unos perros salvajes. ¿No sabéis que los forasteros son sagrados para Zeus? Ya sean mendigos o reyes, los visitantes siempre han sido bienvenidos aquí. Vergüenza os debería dar. Vergüenza. 
–¡Ooh, «vergüenza», dice! 
–Qué descarado. 
–¿Quién se cree que es este beato gazmoño? 
–Vamos a darle una lección al mocoso. Odiseo salió de su escondite con una sonrisilla. 
–Los caballeros bien tienen que divertirse –dijo. Se acercó a las mesas de los pretendientes con el morral abierto. Cualquier cosa con tal de desviar su atención de Telémaco–. Cualquier sobra se agradece, mis nobles señores. Algunos de los pretendientes lo apartaron a patadas con saña, mientras que otros se divirtieron llenándole el morral de restos de manzanas y huesos, hasta que, endeble como era, se abrió por las costuras y se despanzurró. Las carcajadas que siguieron al ver a Odiseo correteando de acá para allá tratando de recoger los restos podridos que rodaban por las baldosas se cortaron en seco. Un hombre vestido de harapos de la cabeza a los pies había entrado en el salón. Se quedó paralizado al ver a Odiseo. –Vaya, vaya –exclamó Antínoo–. Por fin nos vemos las caras. (....)



Tratar de presentar la Odisea como la historia de un esposo fiel y amoroso que anhela a su amada está muy bien, pero dada su propensión a engendrar hijos con mujeres cuyos nombres empiezan por C únicamente –Circe, Calipso y ahora Calídice (que, irónicamente, significa «buen juicio»)–, tenemos que evaluar a Odiseo según unos estándares de fidelidad conyugal y monogamia muy distintos a los nuestros. La Telegonía nos lleva a continuación a Ea, donde Circe le revela a su hijo Telégono, ahora en plena juventud, quién es: el hijo de un gran héroe guerrero, Odiseo de Ítaca, el astuto, el errante, el vencedor de la guerra de Troya. Telégono, como cualquier joven sensato y lleno de espíritu, está ansioso por dejar los confines de su isla natal y explorar el mundo. Circe le entrega una lanza encantada salida de la forja del mismísimo Hefesto. Su punta está recubierta de veneno de raya. Tomando prestada una frase de Thomas Hardy, ahora somos testigos de la convergencia de los pares. Odiseo regresa a Ítaca mientras Telégono explora el ancho mar. El chico se encuentra, como su padre se encontrara en tantas ocasiones, varado por una tormenta en una orilla extranjera. Sobrevive matando algunas vacas para comer. Odiseo llega a casa y se encuentra a un joven matando su ganado. Se produce una pelea. La lanza envenenada acierta a Odiseo, que cae herido de muerte. Telégono descubre la identidad de su oponente y llora sobre Odiseo moribundo, que lo perdona. No es exactamente la «muerte serena procedente del mar a una edad avanzada y próspera» que Tiresias le había vaticinado. Quizá el veneno de raya proporciona (de manera un tanto forzada) el elemento «procedente del mar», pero parece poco probable que la muerte que produce sea «serena». Luego, una pareja algo increíble acaba de poner la guinda de la historia. Telégono lleva el cuerpo de Odiseo, junto con Penélope y Telémaco, a la isla de su madre y al lugar de su nacimiento, Ea. Entierran a Odiseo.1 Circe los hace inmortales a todos. Telégono se casa con Penélope y Telémaco se casa con Circe. Así, las mujeres maduras se hacen con nuevos hijos de Odiseo para reemplazar al original, y por lo tanto, supongo, podrían considerarse las ganadoras. He utilizado como epígrafe para este libro los últimos dos versos del poema de R. L. Stevenson «Réquiem». Teniendo en cuenta lo que ahora sabemos de la muerte y el entierro de Odiseo, podríamos usar todo el poema como epitafio. Bajo el vasto cielo estrellado cavad mi tumba y dejadme yacer allí. Viví alegre y alegre moriré, y caeré con un último deseo. Que sea este el verso que graben para mí: «Aquí yace donde añoraba yacer; ha vuelto el marinero, ha vuelto del mar, y ha vuelto del monte el cazador». Quizá Odiseo no «añoraba yacer» en Ea, pero Circe deseaba que él estuviera allí, desde luego. Los inmortales, por lo general, consiguen lo que quieren.