ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 10 de marzo de 2026

Lo mejor de DESDE EL JERGÓN (memorias de JOSELE SANTIAGO)



Siempre quise estar en una banda de rock. Desde pequeñín. Cuando las cosas se tuercen me obligo a recordármelo una y otra vez: «Es lo que querías, ¿no?». Como suele decirse, nadie dijo que iba a ser fácil. Se supone que eso no importa, pero la verdad es que cuesta llegar, y enseguida caes en la cuenta de que no tiene sentido esperar nada a cambio. Ese es precisamente el significado de «arriesgar». También cuesta mantener la nave a flote, porque el equilibrio depende exclusivamente de la tripulación. Desilusiones, sacrificios, secuelas… Este es uno de esos trabajos en los que te dejas la salud. Disculpa la divagación, pero ya que me pongo a escribir un libro quisiera dejarlo claro. Alegrías muchas, por supuesto. Satisfacción, pues también. Mucha. Pero todo eso se gana a pulso. «Respeto» es la palabra. Eso de que el tiempo pone las cosas en su sitio es una mierda. Las pones tú o vas listo. No digo yo que haya terminado aquí por puro descarte. Pero entonces cómo se explica que sea ahora lo que quería ser de chiquitillo. Pues vete tú a saber, pero el caso es que siempre me las he ingeniado para tener una guitarra a mano. ¿Lo recuerdas? No eras más que otro mocoso perdido en el bullicio de la verbena, extasiado frente a la orquesta y del todo ajeno a las atracciones. Ni siquiera el olor de los churros y el algodón de azúcar conseguían sacarte de tu abstracción. Porque esta fascinación por las guitarras eléctricas y el brillo de los tambores es como la mordedura de un lagarto: nunca te va a soltar. No serás capaz de apartar la mirada del escenario y te preguntarás de dónde salen todas esas canciones. Quién las escribe. Cómo lo hace. Por qué son tan buenas. Y el mero hecho de que un señor se plante ante el micrófono y cante las palabras despierta en ti el hechizo. (...)

Que yo recuerde, siempre me han rondado melodías por la cabeza. Diseño líneas de percusión para ellas con la boca, entrechocando las mandíbulas. Las muelas retumban en el cráneo con un timbre grave y seco, de manera que ellas se encargan del bombo, y con los incisivos marco lo que sería la caja. Los colmillos son perfectos para hacer redobles de timbal, y simulo los platos con golpes de aire. Soltándolo por la nariz el efecto es muy parecido al de un ride, y chistando la lengua se obtiene un crash bastante convincente. Los hijos únicos pasamos mucho tiempo solos y acabamos haciendo cosas raras. Yo voy por la calle bufando y desencajando las mandíbulas. Puede que parezca un pelín perturbado. Pero no estoy loco. Todavía no. Al menos no tanto como creen mis compañeros de clase, que me llaman así desde pequeño. El Loco. El Loco esto, el Loco lo otro, el Loco es anarquista… Yo qué sé. Incluso algún profesor me llama así. El Loco. Me importa un cojón. Solo intento llenarme de música. Me gusta sentirla dentro de mí. Cuando escribes una canción donde sea que estés con tu lápiz y tu guitarrica casi puedes escuchar en tu cabeza cómo va a sonar cuando esté lista para ser grabada. Formas parte de un ente que conoces a la perfección. Cuando la canción comienza a tomar forma en el local de ensayo, tú ya no estás en un local ni en un ensayo. Llegas a algún lugar y te encuentras firmemente anclado a él por líneas de bajo y golpes de tambor, mientras un ejército formado por cuerdas metálicas, cables e imanes acorazados te empuja con fuerza hasta un cielo que se deja acariciar por tus cuerdas vocales. Un árbol enorme y poderoso que, sin embargo, se presta a jugar contigo como si fuera un potrillo. Pero la canción, como todo, se acaba. Y el local de ensayo sigue ahí, a medio iluminar porque el fluorescente ha decidido ponerse a parpadear para recordarnos de dónde venimos y a dónde vamos. Recoges tus cacharros y sales a la calle. Bullen por tu cabeza contratos, facturas, cachés, derechos de autor y agencias de contratación. Haces cuentas. No cuadran. Cada paso que das resuena en la acera, y la boca de una alcantarilla se resiste a contar que, solo unos metros más abajo, millones de ratas se asesinan las unas a las otras para sobrevivir y que hay demasiados hombres imitándolas aquí arriba. No han pasado ni veinte minutos y ya no queda ni rastro de tu precioso árbol ni del cielo resplandeciente ni del potrillo. Afines que se atraen y contrarios que se repelen. A eso parece reducirse todo. Y, sin embargo, cualquier vida cobija una epopeya. (...)

Un día reparo en que, en lo que atañe más o menos directamente a lo profesional, la mía ha sido contada en versiones no solamente dispares, sino en su mayoría escasas de puntería y faltas de autoridad. No me encuentro cómodo con eso y, de repente, se me antoja razonable hacer algo al respecto. Nada drástico. Es solo este librito que empiezas a ojear. Una mirada subjetiva sobre el corazón de una banda que ha sido capaz de orear su testarudez durante cuatro décadas a lo largo y ancho de un país que no termina de deshacerse del adjetivo precario. Y ahí seguimos, quemando años, asfalto y menús del día. Nada de estrellas, cero patatero en glamur para Los Enemigos. Canciones desde el jergón, gente corriente y la bendita carretera, que no se cansa de vernos pasar. (...)


El riff de «Fuagrás» me delata. Fun House es mi disco favorito de todos los tiempos. Es una verdadera obsesión la que tengo con él. No puedo evitar revisitarlo mentalmente una y otra vez mientras me pateo la noche dejándome llevar por la dextroanfetamina o dedico tediosas mañanas a subrayar números de teléfono de posibles ñapas en la sección de empleos del periódico. No soy capaz de sacarme esas líneas de bajo de la cabeza. Mi organismo apenas tiene veinte años, pero ya empieza a quejarse. No importa, yo solo quiero escribir canciones chulas. El médico de cabecera me muestra el camino: «Cuando tengas cuarenta años, en lugar de hígado, tendrás fuagrás». Vale, doc. Aquí hay carrete. (...)
Me cuelo en la estación del Norte a fumarme una rasca que me está esperando incrustada en su cachito de papel albal. Se supone que la estación está abandonada, pero a veces un tren echa a andar sin previo aviso. Siempre lo pienso. Las vías del tren, el jaco, el alcohol… Mira que si un día me quedo frito por aquí… He leído que más de un bluesman terminó sus días así, despanzurrao en un lugar como este. A quién le importa. Releo por diezmillonésima vez un papelote arrugado que me saco del bolsillo y me siento bien. Porque creo que ya lo tengo. Me gusta el ripio: «Y es que el tren se lo llevó / a mi abuelo por delante. / Pobrecico, se quedó / mucho más feo que antes». Artemio siempre sostendrá que somos una banda de «ripianblús». Yo aún no sé quién es Artemio, pero eso no importa porque tenemos tiempo de sobra. Recogeremos el hígado del abuelo, se lo llevaremos a la abuela para que nos lo cocine, nos lo zamparemos y lo contaremos en el primer corte de nuestro primer disco, que se llamará Ferpectamente en honor al vino peleón y los tebeos de Astérix. (...)



Esto se va llenando. Soy el único que no va de rocker, porque sucede que últimamente me muevo con unos del instituto que son muy salaos y, bueno, se suelen juntar con otros rockers, claro. Aunque a mis nuevos amigos en realidad les importa tres cojones si vas de esto o si vas de lo otro. Son bastante abiertos de miras y escuchan otras cosas, aparte de lo que cabría esperar por sus tupés. Pero cuando se juntan con gente de su vaina no las tengo todas conmigo, ¿sabes? Porque resulta que por el centro de Madrid rula gente que se toma estas historias muy en serio. A la que te descuidas acaban a hostias con los mods o los punks o los skinheads y más cosas que hay. Yo no sé, en mi barrio tenemos nuestras movidas, claro, pero estas del centro son como más de película americana. Un protocolo del copón, con sus uniformes reglamentarios y toda la hostia. Me echo un culín de birra en el coco y me peino así para atrás, yo qué sé. Decido no mirar a las chicas, no la vayamos a tener. En la puerta hay un tipo tocando canciones de Bo Diddley con una Martin D-28. Nunca había visto una de cerca y me gustaría pararme a hablar un rato con su dueño, pero parece que las puertas se abren y mis colegas me empujan impacientes. Una vez dentro nos concentramos en beber gratis, que es a lo que hemos venido. Imposible no mirar a las chicas. Decido no mirar a los chicos. No sé cómo lo hago. Siempre acabo con una basca que no es la mía y sin un clavel en el bolsillo. Bueno, casi sin un clavel venía ya de casa. A veces acabo por ahí con no sé quién, pero la mayoría de las noches me vuelvo a casa solo y a pinrel. Si hay que patearse la ciudad entera, se patea. Madrid, oscuro y prácticamente desierto, me vuelve a engullir. (...)


«Qué, ¿parriba?», o bien «qué, ¿pabajo?». Una de dos. La señora Florinda no suele decir mucho más mientras estruja su autoestima en el mocho de fregar las escaleras. Con su gastada bata rosa, sus pantuflas con borla y los rulos puestos, Florinda es el primer ser humano que me encuentro casi todos los días al salir a la calle. Siempre con los labios pintados de rojo encendido y la sonrisa eternamente puesta. Algo me dice que en cuanto llega a casa se le borra. Florinda es la señora de la limpieza de mi bloque, y la primera canción que escribo se la debo a ella. Pobre Florinda. Su existencia no parece digna de ser relatada por la emergente cultura de «lo auténtico» que se extiende por Malasaña. Pero para eso estamos Los Enemigos. La imaginería del rock no nos dice gran cosa. Ni mujeres fatales ni lencería fina ni cuero negro ni leches en vinagre. Nuestra primera incursión en el universo femenino viene embutida en una bata de guata barata y no se quita los rulos ni para ir a trabajar. (...)

Detecto un intruso en nuestras plácidas tardes de vino guarrindongo y blues rural. Se trata nada menos que del futuro. El muy cabrón, que no solía ocupar más de media hora en nuestros horizontes, lleva un mes monopolizando las otrora divertidas tertulias en casa de Artemio. Últimamente andamos con esa paranoia metida en la cabeza, y yo hasta le he pedido al bueno del Marce que me enseñe a manejar la cafetera, sujetar la bandeja y todo ese rollo. De natural optimista y bondadoso, me augura un gran porvenir en la hostelería, a pesar de que los dos sabemos que si he nacido para algo, no ha sido para esto. Ah, el futuro. Las propuestas de Roberto parecen divertidas, pero uno del bar que es abogado nos advierte de que están todas castigadas con al menos diez años de prisión. (...)

Tiene unos siete años más que yo y es un espectáculo en sí misma. Muy elegante y estilosa, trabaja en un bufete de abogados, y cuando vamos juntos por ahí, la gente debe de pensar que es mi asistente social o algo así. Pero es mi chica. Que me he echado novia, coño. Lola es una rubia con mucho carácter. Lleva el pelo cardado, tiene unas piernas perfectas y, si se lo propusiera, con una mirada sería capaz de derretir el Capitolio. No sé qué habrá visto en mí, pero ha decidido que yo sea su chico. Por las noches se maquea a conciencia, y entonces ya no sé lo que parezco a su lado, con esta zarrapastrosidad que arrastro por la vida. (...)

Artemio y un servidor llevamos un buen rato sin parpadear ni nada. Mi amigo está como petrificado. 
—Ahora es cuando nos abren el ojete, ¿no? 
El hecho de que nos hayamos quedado solos los dos parece cosa del destino. Conectamos enseguida cuando nos presentaron. Se trata de algo cósmico y natural. Nos reímos con historias que a nadie le hacen gracia y nos atraen las mismas cosas: el vino peleón y el coñac, el blues rural y el otro, los bichejos y las plantas, los Kinks, Dr. Feelgood, los Flamin’ Groovies, la jota aragonesa y la navarra, Robert Crumb y Mortadelo, salir por la noche en la ciudad y respirar el aire fresco del campo, los versos de Quevedo y las novelas de Eduardo Mendoza, los callos a la madrileña y el gazpacho andaluz… También ocurre que a los dos nos encanta el rock and roll, pero nos da mucho por culo toda esa parafernalia que se trae. No nos interesan las chupas de cuero ni las motos ni tatuarnos el pellejo ni todo ese rollo del malditismo y la autodestrucción. Bueno, a mí las drogas sí que me gustan. Todas. Desde que tengo uso de razón. Pero a Artemio le sientan mal. Bastante ha tenido ya con hacer la mili dos veces. Volveremos sobre esto. (...)

Entre todo el cristo que se está armando en el estudio me ha dado por pensar que aquí, entre todos esos botones y piloticos de colores que se encienden y se apagan, tendré que volver una y otra vez mientras siga en este cochino mundo, porque eso querrá decir que sigo escribiendo canciones y que me dejan cantarlas por ahí. Que sigo con vida y todo va ferpectamente. (...)

Los Glutamato fueron unos padrinos fantásticos. Al volver de los bolos tienen el detalle de acercarme a mi casa o a donde sea. El primer sueldo se lo pensaba dar a mis padres para ayudar en casa y todo eso. Anda que no iba a quedar yo bien. Pero ya estaba tuteándome con los ángeles cuando mi colega el Julito, que lo ve todo antes de que exista, me sale al paso. Siempre está donde se cuecen las habas, el jodío. En este caso, los cincuenta metros que separan mi portal de la furgoneta. Tampoco es que le costara mucho convencerme. Nos lo gastamos todo o casi todo. En qué va a ser, coño. En el país de Comprasvendes las cuentas nunca cuadran. (...)


Probamos un montón de bajistas, y después Artemio y yo nos quedamos en el local para contrastar ideas. Aparte de eso, ya casi nunca quedamos. Nos vamos cada uno con nuestra chica por ahí. Nunca habíamos tenido novia y ahora hemos picado los dos casi a la vez. Hay que ver. Es un poco raro que Lola y Paloma, nuestras respectivas, sean hermanas. Ahora somos, como quien dice, cuñaos. Creo que «Soy un ser humano» refleja esta situación con un sentido del humor que no pillaré hasta mucho más tarde. He apostado todo a una carta: Los Enemigos. No tengo nada aparte de eso, y todo gira a su alrededor. Además de una obsesión, para mí es una cuestión de supervivencia. Artemio me trae la letra casi terminada y me pide que le ponga música, en un movimiento que enseguida interpreto como simbólico y premonitorio, porque es evidente que perdemos sintonía. Algo así como «hagamos algo chulo juntos antes de que se vaya todo al carajo». Pero detrás de la coña hay toneladas de nostalgia. De todo lo que deja uno atrás al enamorarse. De olvidarte de jugar en la calle con tus amigos… En «Soy un ser humano» uno se topa de bruces con la enorme añoranza de un futuro sin rostro. Hago lo que buenamente puedo y tengo a bien mostrarle el resultado a mi compadre en la furgoneta, con la guitarra acústica que solemos llevar para amenizar estos viajes tan largos. Y entre que comentamos la jugada y añadimos este detalle y quitamos aquel otro, entramos en un túnel larguísimo que bien podría ser el del tiempo. De súbito, nos encontramos bebiendo vino peleón en casa de Artemio, escuchando blues y tocando la guitarra y aporreando la mesa con los vasos… Estamos atravesando el tiempo y el espacio. Así es. El panel de mandos confirma alteraciones sustanciales en ambas dimensiones: han pasado un par de horas (tiempo) y nos encontramos algunos kilómetros más cerca del bolo (espacio). O más lejos de casa. Eso ya se conoce que va por gustos. (...)


Anda que no se conoce gente tocando con The Nativos estos, copón. He coincidido varias veces con Antonio Fidel de El Último de la Fila, y se viene encantado a hacer un par de conciertos bastante delirantes con Los Enemigos. Antoñito ya me había iniciado en los misterios del murcianismo, que es una corriente filosófica de la que sigo siendo fiel devoto. Nos vamos a Valencia el día anterior para hacer unas radios y todo eso. Pernoctamos en casa de Manolo Rock, que es algo así como el Turmix de allí, y por la mañana caemos en que se nos ha perdido Artemio. Anoche tuvimos algún que otro cambio de impresiones con una poderosa dama llamada Mescalina y nadie recuerda haberlo visto marcharse. Hemos aprovechado las entrevistas para intentar localizarlo («Artemio, tío, si estás oyendo esto blabla…»), pero no ha sido hasta la hora de la prueba cuando ha aparecido por las inmediaciones de la sala. Viene acompañado de seis o siete perros, todos ellos machos. Se conoce que huele a perrilla en celo o algo así. Asunto aclarado. Nada que no se arregle con una buena ducha y un par de cervezas. En uno de los bolos nadie aplaude ni nada, y decidimos hacer el repertorio entero otra vez, a ver qué pasa. Al otro no viene nadie. Nos lo hemos pasado de puta madre con Antonio, pero la pieza que nos falta sigue sin aparecer. El hueco es un tumor que ocupa ya más espacio que Artemio y yo juntos, no hace más que crecer y se extiende de manera alarmante por todo el organismo enemigo. La situación de Fino también es rara. Lo ha dejado todo en Almería para unirse a los Glutamato Ye-Yé, y a los pocos meses los tíos van y se separan. Ha tenido el tiempo justo para hacer algunos conciertos y grabar el disco de despedida. Seguimos coincidiendo a menudo por la noche malasañera, pero no se me había ocurrido nunca tomar una cerveza con él. Lo hacemos y quedamos al día siguiente para tocar un ratillo. A veces uno tiene la solución tan cerca que ni la ve. (...)

Aunque no vayamos mucho por allí, mantenemos nuestro local de ensayo en el Chueca pre-Orgullo, que es una especie de parque temático de la droga dura en pleno centro de Madrid. Hay heroína por todas partes. El tugurio está regentado por un gringo que asegura pertenecer al Cuerpo de Marines. Aquí siempre huele a rayos porque el tipo se pasa el día hirviendo coles en un camping gas. Cada vez que nos ve nos da una tarjeta de Matabicho, una empresa de fumigaciones cuya trayectoria, me temo, se limita a describir una elipse entre el magín de este personajo y sus tarjetas, antes de desaparecer para siempre en el éter. «si tiene bicho, llamen matabicho». (...)


A la gente de la Movida les encanta sentar cátedra y prohibir cosas. Lo hacen sin previo aviso, y todo el mundo vive aterrorizado ante la idea de no enterarse a tiempo y quedar como un garrulo. De tanto teorizar, han acabado aburriendo hasta a los intelectuales. La lista de artistas proscritos incluye a todos los pioneros sin cuyo talento ningún modernillo se hubiera podido subir jamás a un escenario a hacer el moña. El blues es uno de los estilos más afectados por toda esta subnormalidad. Se considera bazofia para jipis. Pero si a gente más o menos asentada en el bisnes como Pata Negra o Siniestro Total todo este asunto se la trae floja, imagínate a nosotros. Ya me había acercado al blues rural cuando escribí «Tengo una casa», y ahora parece que le ha llegado el turno al «otro», que es como llama Artemio al blues electrificado. Vamos a ponerle letra. (...)


Los locales del marine han cerrado, y Lalo sugiere que traslademos nuestros bártulos al de Los Ronaldos, que está a dos o tres manzanas, y lo usemos hasta que encontremos otra cosa. A los de Coque Malla les está empezando a ir realmente bien. Pese a compartir local, respiramos aires distintos. El suyo está impregnado de renovada euforia, y el nuestro sigue oliendo al mismo vino peleón de siempre. Sin embargo hacemos buenas migas y nos convertimos en algo así como sus teloneros oficiales. Un poco como el perro del afilador, que se traga las chispas para llevarse a la boca algo caliente. Abrimos para ellos un montón de conciertos, lo cual sanea nuestras maltrechas economías y nos proporciona una buena dosis de rodaje. Cada vez viene más gente a verlos, y ellos suenan cada día mejor. Lo de Coque y el escenario es un flechazo que amenaza con llegar a la estratosfera. Solemos ir siete músicos y un conductor apretujados en la furgoneta, tirando de hostales cutres y alimentándonos a base de bocadillos. Discutimos sobre gastronomía parda durante nuestras paradas en zonas de descanso. —El chorizo Revilla con tranchetes: un clásico insuperable. —Quita, quita. El maridaje natural es con jamón york, por supuesto… Pero algo está cambiando en este país. Huele como a nuevo. Los ceros se acumulan sin control a la derecha de los cachés de los grupos de postín. Nosotros somos unos pardillos que por no tener no tenemos ni criterio, pero el pescao es muy gordo y Lalo lo olfatea. Consciente de nuestro escaso potencial, se centra en Los Ronaldos. Quiere su parte del pastel y, como suele decirse, se lanza a la yugular. Pero no se olvida de que somos una familia. El muy sinvergüenza no tarda en montar su propia oficina de contratación. Los tiene bien puestos, porque este es un gremio especialmente endogámico y hostil con los recién llegados. Pero Lalo Cortés tiene un abrelatas mágico y se cuela dentro con elegancia y naturalidad. (...)


Lalo y Fino se mudan a un piso más grande, y nada más llegar montan la primera oficina de Attraction, que consiste en dos terminales de teléfono y una agenda. Solemos tirarnos horas y horas allí, tocando la guitarra, berreando y haciendo el ganso. Ups, el teléfono. Salimos disparados para pegar la oreja. Lalo carraspea mientras se lleva el auricular 1 a la oreja izquierda y engola la voz, aflautándola lo justo para no dar el cante: 
—Un momento, le paso con Contratación. 
Después utiliza su voz habitual para hablar por el auricular 2, que sostiene en la derecha: 
—Contratación, dígame… 
Una carcajada generalizada arrasa con todo. Lalo Cortés se ha subido a nuestra destartalada tartana de la misma manera que John Wayne lo hizo en la más legendaria diligencia de la historia del cine. Sin pedir permiso y, seguramente, aunque eso no lo podremos saber nunca, para librarla de un cataclismo inminente. Mánagers, bandas, subvenciones, dinero negro. Es la guerra. Born to Kill. Full Metal Jacket. Eres tú John Wayne o lo soy yo. (...)


Me temo que el concierto en El Manco de la calle Lepanto solo será memorable para nosotros tres. Más que nada porque aquí no hay ni cincuenta personas, y al menos una de ellas no para de abuchearnos entre canción y canción. Esto se va llenando, y la gente se concentra en sus cervezas a la espera de que salgan los Juliansons, que ofrecen al respetable un bolazo del copón. Es Carnaval y el centro de la ciudad se ha puesto insoportable. Acabamos todos en el puerto, en un tugurio fascinante de fauna peculiar. Siempre que paso por Vigo compruebo con satisfacción que el Kiosko das Almas Perdidas sigue en pie, si bien un tanto engullido por el progreso y este neoliberalismo rampante que acabará por deslucir, más si cabe, el invierno de nuestros días. El jefe del local nos recibe amablemente: 
—¿Qué tal esos carnavales, chicos? —pregunta el buen señor. 
—Nosotros no somos vosotros —le responde Julián. Uno tarda en acostumbrarse, pero una vez que se le pilla el punto, el laconismo de los gallegos hasta se agradece. Según Artemio, todo se reduce a una cuestión de orden alimenticio. 
—Es como el nuestro, pero con grelos. 
Con grelos o sin ellos, se extiende a los más variados aspectos de la vida cotidiana, sin excluir los más conflictivos. Esto me queda bien claro cuando, sin discusión ni griterío previo, un parroquiano agarra un cenicero de cristal y se lo estampa en la nariz a un marinero sudamericano. La que se arma a continuación es digna de una peli del Oeste. Bueno, del Noroeste. (...)


Mi manera de escribir canciones está virando hacia un rock más contundente, y me temo que el principal perjudicado por este giro es Artemio, cuyo estilo como baterista no acaba de encajar en el concepto. El hombre las pasa putas intentando cogerle el rollo a los temas nuevos, que se alejan de su querido ripianblús cada día un poco más. Esto está dejando de ser divertido. No hace ni medio año que estábamos solos los dos tirando del carro, y ahora hay que cortar por lo sano. Porque esto va de avanzar o desaparecer (...)
Esta noche tenemos que abrir para los Barricada en la primera edición del Espárrago Rock, que se celebra en Huétor-Tájar (Granada) y tiene un carácter marcadamente destroyer. El pueblo está lleno de crestas mohicanas y botas militares. Fans de los Exploited y gente así. Mal asunto. Nuestro directo se distingue ya por su solvencia, pero ni el socarrón repertorio ni nuestra actitud despreocupada parecen los más indicados para entretener a este enjambre de avispas desquiciadas que vamos a tener por público esta noche. Desde el camerino se los oye corear el nombre de los cabezas de cartel a pleno pulmón, mientras las primeras litronas vacías y otros objetos saltan por los aires en señal de protesta por el retraso. Dejémoslo en que intimida. Cristóbal es el mánager de los Barri. 
—Esta gente tiene sus valores, ¿sabes? Pero no te preocupes: tú sal ahí y reivindica algo —me sugiere Cristóbal. 
—¿Algo como qué? —contesto perplejo. 
—Yo qué sé: «Anarquía», «Revolución», «Exterminio»… 
—Vale. Gracias, tío —le digo todavía más perplejo, si cabe. 



A la hora de la verdad, me planto delante del micro con la mente en blanco. Levanto el puño y grito tan alto como puedo. Articulo algunas frases sueltas como «que les den por culo» y cosas así, pero el resto de lo que escupo son sílabas inconexas. No sé qué decir, coño. Estoy por reivindicar la nacionalización de la vía férrea. No soy yo, soy Antonio Ozores poseído por Adolf Hitler. Abro los ojos y distingo un montón de puños en alto como el mío, mientras una clamorosa ovación ahoga mis desvaríos. Aprovechamos la ocasión para empezar nuestro show. Repito la misma retahíla después de cada canción, y a la media hora estipulada salimos disparados de aquel infierno. Contra todo pronóstico, llegamos a la furgoneta sin un rasguño. Diez minutos más y creo que nos habrían machacado a botellazos. Mientras nos abrimos paso, unos descerebrados aporrean la furgo. Poco a poco nos vamos curtiendo en este delirante oficio que es la música popular. (...)


«Un tío cabal» es una adaptación al castellano de un tema que escribí en inglés para The Nativos. Parte de una de mis grandes debilidades musicales: las bandas californianas de principios de los setenta. Discos como Laid Back de Gregg Allman o Sailin’ Shoes de Little Feat. Pero sobre todo Paradise and Lunch de Ry Cooder, que me trae de cabeza. En este segundo disco me atrevo a acercarme a otros estilos que me gustan tanto o más que el R&B cazallero que hasta entonces habíamos practicado Los Enemigos. Podíamos haber seguido por ese rumbo, pero enseguida vi que el filón de Ferpectamente estaba agotado el mismo día que el disco salió a la calle. Una segunda parte no hubiera tenido la mitad de gracia. Conjeturas aparte, es el material que hay y sobre él tenemos que trabajar. Podemos ponernos muy fraternales, pero, en mi opinión, lo que realmente importa en una banda son las canciones. Lo demás es pura anécdota. Estamos aquí por ellas, y nuestro trabajo es hacérselas llegar al público en condiciones. Para este disco, que terminará titulándose Un tío cabal, tenemos el blues de «Qué bien me lo paso», el rock sureño de «Soy un ser humano», el hard rock de «No amanece en Bouzas», el power pop de «Yo, el rey», el rock and roll de «John Wayne»… Creo que he hecho un buen trabajo como compositor, pero puede que haya sobreestimado nuestras posibilidades como intérpretes y el disco lo acaba pagando caro. Suena frío y distante, sin sentimiento. Estoy seguro de que ahora que contamos con Chema a la batería estas canciones resucitarán en el escenario, libres ya de toda esta tensión perniciosa. Nunca olvidaré los primeros días de Los Enemigos, que dentro de mi magín terminan aquí. Mi adolescencia tuvo mucho de pesadilla, y reírme de todo como tuve ocasión de hacerlo con Artemio fue la mejor medicina que nadie me pudo dar. Aún puedo verlo cantando y bailando jotas teloneando a los Barracudas, haciendo playback con una bandurria en el programa de Carlos Tena, durmiendo la mona en el suelo de una pista de baile abarrotada de gente en La Rioja o negándose a seguir viajando hasta que no le diéramos santo sepulcro a una pobre paloma que se estrelló contra el parabrisas de la furgoneta, haciendo añicos la luna e inundándolo todo de plumas. Como baterista era inimitable. En una buena noche podía darle sopas con honda a cualquier san dios de las baquetas sin quitarse el cigarrillo de la boca. Para hacerte una idea aproximada, aunque el sonido no ayuda, escucha atentamente el increíble trabajo que hay detrás de los instrumentales «Velardestrit bugui» o «Mátame camión». En realidad, Artemio se fue de la banda porque no soportaba ver tantísimo bicho muerto en el morro de la furgoneta. Esa fue la versión «oficial» que dio a cuantos le preguntaron, entrevistas para radio y televisión incluidas. No seré yo quien le quite la razón. Entre otras cosas porque lo conozco bien y sé que, por surrealista que parezca, hay mucha verdad tras esa respuesta. (...)


Carlos Martos está consiguiendo que me olvide de eso de buscar un cantante. Hoy hasta me he sentido a gusto metiendo voces en la jaula. Siempre me había parecido un tormento, creo que ya lo había comentado. Desde aquí puedo ver a todo el mundo opinando después de cada toma, pero no los oigo. Los observo mientras mueven la boca y apuntan cosas. Soy un HAL 9000 en plena espiral conspiranoica. Que no esté programado para leer los labios no hace sino empeorar las cosas… ¿Lo ves? Se me va la olla. Así no hay quien se concentre. Tomo nota. Cuanta menos gente ronde por aquí mientras meto las voces, mejor. Esta tarde Carlos me ha ido animando, y poco a poco he llegado con convicción a unos agudos que no me los creo ni yo. Me anima desde la mesa de mezclas a través del talk back. 
—Aquí control. 
—Aquí no. Cantando esta letra detrás del cristal, la identificación con el protagonista de la historia no puede ser más clara. Estoy esperando el fogonazo final en la cabina de ejecución. Me han inmovilizado con unas correas muy apretadas. El sacerdote se aleja y me deja un rancio olor a sotana renegrida. Veo una luz blanca. Me dirijo hacia ella. Alguien me toca el hombro y me despierto. Es Charlie, que abre la puerta. 
—Lo tenemos. Ven para acá. 
Qué poco me gusta escuchar mi voz, cojones. Más vale que me vaya acostumbrando, porque la perspectiva de ganarme las lentejas delante de un micrófono es cada vez más real. Mira, ojalá. Porque otros oficios no sé yo. Y como delincuente sería un completo desastre. Caería preso a las primeras de cambio, como el chaval de la canción. Menos mal que aquí, de momento, no tenemos corredores de la muerte. La pena capital. Ante la pregunta de si se está a favor o no, se da con frecuencia una respuesta que me parece un insulto a la inteligencia. Es aquello de «en algunos casos sí». Como si a los demás no nos aterraran ciertos crímenes. No te jode. Esas firmes convicciones… ¡«En algunos casos sí» es «sí», joder! ¡Es exactamente lo mismo! Si estás a favor de la pena de muerte, ten la decencia de decirlo claro, coño. Personalmente me parece una salvajada. Por atroz que sea el crimen a purgar. Hace poco programaron El verdugo de Berlanga en la filmoteca y al salir me puse manos a la obra. Es de las últimas canciones que les he enseñado a los chicos y la letra no la terminé hasta ayer, así que toda esta expectación que se palpa en el estudio es comprensible. (...)


Nunca había trabajado tan concienzudamente unas letras. Ni unas músicas. Las canciones se ciñen a unos patrones muy clasicotes —si estás leyendo esto no hace falta que te diga que lo nuestro no son las vanguardias—, pero estamos afrontando muchos cambios respecto a los discos anteriores, y eso implica asumir riesgos. Si en «El gran calambre final» fueron los solos largos, a «Traspiés» le ha tocado un cambio de compás. A Chema no le acaba de convencer ese 3x4 ahí en medio, y hemos tenido un encendido debate que se ha llevado media tarde de estudio. Considero estas discusiones como un síntoma de salud, pero a esto de hoy no se le puede llamar discusión. El hombre se ha cerrado en banda. Que no lo ve. No nos esperábamos algo así… Finoski y yo nos miramos y sé que estamos pensando lo mismo. ¡Es tan borrico como nosotros! Incluso puede que un poco más, mira lo que te digo. Que tampoco es tan raro, Animal. Sucede con frecuencia en muchos discos que nos gustan a los tres. Finoski menciona a Sonic Youth, pero no parece muy impresionado. Está como bloqueado. Hasta que llega Charlie y trae a colación «We Can Work It Out». Ha sido mano de santo. Tendremos gustos muy diferentes y seremos todo lo tercos que quieras, pero los Beatles siempre serán medicina de la buena para los tres (¿mi disco favorito? Sin duda alguna, Revolver). Además, un día que me puse a tocar «Gimme Three Steps» de Lynyrd Skynyrd se puso a hacer segundas voces y flipé, porque se sabía la letra de memoria como yo. Que nadie se meta con el nuevo. Corre la voz, anda. Ah, los Beatles. Cuando escuché por primera vez ese acorde suelto que introduce «A Hard Day’s Night» supe que después vendría algo que me iba a gustar. Lo que no sabía es que me iba a gustar tanto. No paré de dar la tabarra en casa hasta que un día mi madre agarró y me llevó hasta la parada del 31 y desde ahí hasta la sección de discos de El Corte Inglés de la calle Preciados. Nos atendió una joven rubia, y mis rodillas se pusieron a temblar espasmódicamente cuando me estampó un beso en la frente mientras me revolvía el pelo. Íbamos a por el single, pero acabó colándonos el casete entero, que, según dijo, traía un montón de canciones tan buenas o más que el «Espinajá». Me hubiera colado cualquier cosa, aquella preciosidad. Se puede decir que para mí ese acorde fue el pistoletazo de salida hacia el rock and roll. Supongo que lo del tembleque ante las rubias también empezó con aquella sonrisa… Mi madre, que me conoce bien, no paró de partirse de risa durante el trayecto de vuelta cada vez que observaba mi cara de bobo. Que pierdo el hilo, coño. (...)


Me preguntas que por qué escribo canciones. Que si me pongo antes con la letra o con la música. Que si me levanto temprano para trabajar o si me inspiran más las tinieblas de la noche. Que quién me ha enseñado. Que si me drogo para escribir. Que qué me meto. Me preguntas todas estas cosas y yo no puedo contestarte porque no lo sé. Nunca es igual. Las soluciones que encuentras para una canción no suelen valer para la siguiente. Me preguntas que si existe la inspiración, y entonces te contesto que algunos días te sientes un poco más lúcido que de costumbre, y que si la inspiración no es eso entonces vete tú a saber lo que es. En cualquier caso, hay que aprender a reconocer esos días y aprovecharlos. La mejor manera es poniéndose a trabajar, pero a lo mejor cuando te das cuenta te pilla por ahí, a otra cosa. Con el tiempo aprendes que algunas ideas vienen con más urgencia que otras, pero a mí eso me da igual. Me voy para casa y me pongo con ellas de inmediato, según llegan. Porque sí, porque me gustan frescas. Es entonces cuando empiezan a perseguirte y a describir órbitas a tu alrededor. Se siente uno de maravilla acompañado por estas caprichosas criaturas. ¿Demasiado abstracto? OK. Como carezco de estudios, cuando llevo demasiado tiempo sin ideas pruebo con mi método de emergencia. Si no me ronda ninguna melodía por la sesera, me pongo a tocar al albur, con la mente relajada, dejándome llevar. Pruebo combinaciones de acordes que no sean demasiado obvias. Es cuestión de tiempo que te encuentres con alguna melodía, porque de vez en cuando les encanta echarse una siestecilla entre esas seis cuerdas. Cuando espabilan, que suelen tardar lo suyo porque son muy remolonas, las repites muchas veces y las grabas con la misma convicción que si estuvieran terminadas. Es importante esto. Casi tanto como tararearlas primero con sílabas inconexas, o en pichinglis o como mejor te parezca. Luego puede que vengan algunas palabras. Si es así, pues dabuten. Y si no, también. No tienen sentido, pero eso te tiene que dar igual ahora mismo. Porque esas palabrejas te van a ayudar a comprender mejor la melodía, y seguramente te sugieran algún tipo de estructura. Dónde va el estribillo, de cuántos versos por estrofa estamos hablando y todo eso. Hazles caso y no olvides que nada es definitivo. Siempre estás a tiempo de concederte un capricho inesperado. Cada uno tiene sus manías. Yo, por ejemplo, detesto la simetría. Abres tu libreta de notas, que, si se parece a la mía, estará llena de estupideces garabateadas de cualquier manera. Seguro que hay alguna frase que te cuadra por lo que sea o te llama la atención. A partir de aquí tienes que mirar hacia dentro de ti sin miedo. Habrá que darle vueltas hasta encontrar algo que se te clave hondo en el corazón. Porque todos tenemos uno. Así que no es descabellado pensar que también funcione con el de quien sea que vaya a escucharte. Todos llevamos un tiempo haciendo el cafre por este mundo. Observándolo. Eso debería bastar para conferirnos cierta autoridad. (...)



Alberto Haro había sido el chico de Lola antes que yo (puede que compartiéramos este privilegio durante un tiempo), y sin embargo conectamos desde el primer momento. Nos entendemos bien, ninguno de los dos sabe qué cojones hacer con su vida. Alberto milita en Sindicato Malone, una banda muy vinculada a los Glutamato, con los que mantiene un constante intercambio personal y de ideas. La Fender Coronado que utilicé en la final del Villa es suya. Puede parecer una tontería, pero esto une mucho. A veces quedamos sin más objetivo que dar una vuelta. Su discurso está salpicado de una fina ironía que tiene la virtud de ser un fin en sí misma. No tenemos dinero, simplemente deambulamos por ahí. Me presenta a su hermano, que también era integrante ocasional de los Glutamato. Hacemos buenas migas y algún que otro viaje por ahí. Eugenio vive en la calle General Perón, al lado del Bernabéu, en un piso muy alto que siempre está lleno de gente. A Eduardo, el mayor, se le puede ver a veces por Malasaña armando la de Dios en compañía de Leopoldo María Panero. A mí me impresionan mucho estos dos, porque ni cárceles ni palizas han podido con sus versos. Los tienen lo que se dice bien puestos. Eduardo Haro Ibars es responsable, entre otras muchas cosas, de las letras del primer disco de La Orquesta Mondragón, un disco fundamental para mí. Por su parte, los versos de Panero son de una intensidad fuera de lo común. De primeras echan un poco para atrás, pero en realidad solo hay que dejarse llevar. Ejercen un efecto hipnótico instantáneo. Sus relatos son la hostia en vinagre. Para mí están a la altura de los de Poe o Ambrose Bierce. Son sencillamente estratosféricos. Algunos acojonan de verdad. Estamos hablando de un hombre que le plantó cara a la mismísima locura. Un coraje difícil de superar. A veces nos acabamos juntando varias generaciones en un interminable y alcoholizado viaje al fin de la noche que suele acabar de día en su casa. Lo voy a dejar ahí porque las anécdotas que me vienen a la cabeza con este señor son impublicables. (...)


Alberto se hartó de todo y se fue a vivir a Londres. Consiguió algunos empleos, escribió alguna postal y enfermó. Volvió con el tiempo justo para morirse. A su memoria quise dedicar Un tío cabal, y fue para su hermano Eugenio, que no tardó en seguirle, para el que escribí «Ouija». A partir de ahí empezó a caer gente a saco. En mi barrio solo nos libramos los pocos que habíamos pasado de compartir chutas. Hasta hace poco casi todo el mundo tenía hepatitis, pero esto de ahora es el horror. Sonrisas resplandecientes que se apagan y se consumen para, en cuestión de meses, morir sin que ni los médicos puedan hacer nada. El mío era un barrio con sus problemas y sus cosas, pero muy vivo, con la gente vacilando y trapicheando sin parar. Eran tremendas aquellas desbandadas cada vez que alguien daba el agua. Primero se escuchaban las sirenas, y después… nadie. Tan solo persiste un penetrante olor a hachís. Yo no me juego la libertad como la mayoría de mis compadres y no tengo ningunas ganas de empezar a hacerlo. Corro hasta echar el bofe contra la tapia del cementerio de San Isidro y recobro el resuello apoyado en ella mientras los latidos de mi corazón intercambian impresiones con los muertos. (...)



Para hablar de armonías vocales en Madrid hay que acercarse a Vallecas. Gente como Asfalto o Topo, entre otros, siempre han exhibido unas voces exquisitamente empastadas. El único grupo de la Movida que puede comparárseles en ese sentido son Los Secretos. Por cierto que ha echado raíces la idea de que antes de la Movida aquí solo había grupos de rock sinfónico dando la tabarra con solos interminables, y esto no es así ni por el forro. Los madrileños siempre le hemos echado imaginación a la vida. Si no de qué. Mermelada (antes Mermelada de Lentejas, después Teixi Blues Band) practicaban un R&B muy primitivo y cañero, en la onda de Dr. Feelgood o Eddie & The Hot Rods. También podías pasarte por el MM a ver a Burning, que se traían un rollo más Stones, eran más chelis que nadie y gastaban unas pintas que… No sé, yo no había visto nunca nada igual ni en la tele. Para delirantes, los directos de Cucharada: un ballet clásico alrededor de una cabra subida a una escalera, o un minidesfile de legionarios mientras tocan sin inmutarse disfrazados. Memorable es su primer álbum, El limpiabotas que quería ser torero, editado por el sello más inasequible al desaliento de la historia: Chapa Discos, cuyo logotipo ejerció de lámpara de Aladino en las primeras grabaciones de prácticamente todos estos valientes. A Leño los adorábamos todos. Actuaban con regularidad en fiestas de barrio y colegios mayores. Era muy fácil seguirles la pista (¿lo recuerdas?, la información estaba en la calle) y siempre lo petaban. Yo soy de Madrid, pero no te confundas, amigo. Soy del Madrid de Leño. De «Este Madrid». Moris venía de Argentina, pero antes de bajar del avión ya era más castizo que nadie. Las canciones que escribió aquí, siempre salpicadas con certeras polaroids del Madrid de la época, convirtieron a este espigado porteño en una especie de Galdós embutido en pantalones de cuero. Sus directos eran demoledores, y Fiebre de vivir, su debut a este lado del charco, vivirá eternamente en los corazones de muchos de nosotros… Nunca se me pasó por la cabeza ir a un concierto de Tequila, maldita sea. No tenían muy buena prensa entre la gente del rock. Craso error. Pensábamos que era música para petardas. Ups. No puedes juzgar un libro por su portada. Después de conocer al insustituible Julián Infante y escuchar los discos de Tequila me sentí bastante gilipollas por habérmelos perdido. No puedo cerrar este inciso sin mencionar, en reclinatorio, a Laboratorios Colectivos Chueca —La Cochu—, sin cuyas prodigiosas fintas a la burocracia de la época casi ninguna de estas bandas habría salido de su local de ensayo. (...)

Nuestra «Ouija» ha cogido mucho empaque al electrificarla, y ahora podría situarse en algún punto equidistante entre los Rascals y Jackson Browne. El problema es que al meterle caña se ha puesto a pedir a gritos un solo, y a mí no se me ocurre gran cosa, así que he decidido invitar a alguien para que lo haga. Me suelo cruzar con Manuel Benítez en La Vía Láctea. Le he visto actuar alguna vez y creo que su estilo, tan alejado del mío, puede darnos un contraste cuanto menos curioso. El otro día le pasamos una maqueta para que se lo fuera currando y esta tarde se ha acercado a Kirios con su Les Paul, ha grabado un solo primoroso y se ha despedido muy educadamente. Parece un tipo tranquilo y tiene mucha mili. Nos ha dejado muy buenas sensaciones a todos. Algo me dice que nos volveremos a ver. (...)

"No te imaginas hasta qué punto agradezco el final del verano. Todo el mundo vuelve a casa y deja de armar jaleo. Se recogen las verbenas y el silencio retoma sus trabajos al amparo de ocres, grises y granates. El sol olvida sus delirios y las viejas pantuflas nos saludan desde el armario. El aire fresco desentumece las entendederas. Respiras, caminas, escribes. La vendimia. Queda mucho por escribir. Casi siempre lo hago en primera persona, porque encuentro más argumentos prestándole mi voz al protagonista que dando fe de sus venturas. Pero a este paso voy a tener que asegurar que no me he suicidado. Tampoco recuerdo haber caído preso, presenciado el apocalipsis o recibido una inyección letal. Caetano Veloso sostiene que todas las canciones son autobiográficas, hasta las que no lo son. El poso que un narrador deja en sus historias es tan inevitable como la pizca de pasado que la memoria se cuida de insertar en el presente y sin el cual desaparecerían las referencias. El mundo se volvería extático e inaccesible. A lo mejor molaba más, ahora que lo pienso. Pero las cosas son como son y en septiembre vuelven los exámenes. «Id a por el pan y a por la leche, que yo no voy a ir». Es la nota que deja un chaval de diecisiete años antes de colgarse de un pino. La leo en algún periódico gallego y la frialdad con la que está redactada me retuerce el esófago. A trabajar. ~ Das por terminada una canción y, hasta el día en que la grabes, puedes considerarla tuya. Puedes cambiar lo que te apetezca en ese lapso de tiempo. Pero desde el momento en que la publicas deja de pertenecerte. Lo que intentaras transmitir cuando la escribiste es ahora pura anécdota. Lo único que cuenta es si has sido capaz de llevar a alguna parte la imaginación de alguien. Me gusta que sean flexibles. Experimentaré sensaciones contradictorias observando al público pegar botes y corear la tremenda historia que se narra en «Septiembre». (...)


No voy a sentirme cómodo interpretándola hasta que comprenda todo esto. Acabaré aceptando que ya no es mía e intentaré ser consecuente con eso. No deja de contrariarme la explosión de alegría que se arma en la platea mientras sobre el escenario se desgrana a grito pelao lo que le pasa a un crío por la cabeza antes de quitarse la vida. Pamplinas del ego. Es la rabia, estúpido. La ira. El margen. Rock and roll ¿Qué quieres? ¿Que se pongan a llorar? Y Dios no es más que un personaje secundario en La vida mata. El hilo argumental es la muerte. Hemos abordado esta temática —generalmente asociada a músicas solemnes— partiendo de las estructuras clásicas del rock and roll y la hemos escupido con arrogancia. El poder de la blasfemia. Probablemente en esta irreverencia resida gran parte de su fuerza. (...)
La muerte se presenta sin maquillar en las canciones de La vida mata. El disco se desarrolla en las antípodas de la fe o la religión. Y alivia bastante más rápido. Se trata de canalizar en forma de canciones toda la ira acumulada tras enterrar demasiado pronto a demasiada gente. Así de sencillo. Es rabia en estado puro y frustración juvenil. Simplemente rock and roll. Con La vida mata estrenamos formato, y no tardo en cogerle manía. Alguien ha metido fotos de cementerios y lápidas en el libreto del CD sin consultármelo ni nada. Afortunadamente, en el vinilo no me encuentro con ninguna genialidad de última hora. Paco Rubio se entusiasmó con mi idea para la portada: dos helados despanzurrados contra el asfalto —uno rosa y otro verde— que se pierden por las cloacas sin haber tenido tiempo de derretirse. Escribo «Miedo» en la furgoneta y me doy cuenta de que el movimiento es propicio para la escritura. Volver de algún lugar o dirigirte a otro, de alguna manera, aporta sentido. Escribiré en trenes, autobuses y aviones. Llevaré siempre encima papel y bolígrafo e interrumpiré largas caminatas para anotar todo lo que me venga a la cabeza. Me apoyaré en árboles, buzones o cajeros automáticos para hacerlo, y estos gestos me remitirán a otros igual de simples en los que nunca había reparado, y entonces me volveré a apoyar en el capó de un coche o en la quilla de una barca para anotarlos, en una espiral de la que ya no voy a querer salir nunca. (...)




No hace ni un par de meses que salimos de las oficinas de GASA sumidos en el desconcierto y un tanto decepcionados. La verdad es que, después de La vida mata, Fino, Chema, Lalo y un servidor esperábamos que un espíritu más entusiasta asistiera e iluminase a nuestros jefes. Porque puede que nuestras ventas no fueran muy espectaculares, pero no era menos cierto que teníamos a la crítica especializada comiendo de nuestra mano y que nadie dudaba ya de la solvencia de nuestros directos. Por lo visto, no es suficiente o no se fían o yo no sé lo que le pasa por la mollera a esta gente. Básicamente, su punto de vista consiste en que, si con La vida mata hemos encontrado eso que se ha dado en llamar «una voz propia», ahora tenemos que demostrar que sabemos hacer algo interesante con ella. Una idea pegajosa que no lleva a ningún lado y que solo genera tensión. Quizás sea una torpe manera de comunicarnos que no piensan aumentarnos el presupuesto. En cualquier caso, el tufo a teatrillo va en aumento según avanza la reunión. El enfoque es muy desafortunado. Los Enemigos estamos acostumbrados a trabajar duro. De hecho, es lo que nos mantiene en forma. Esta charla paternalista, como si fuéramos unos recién llegados, nos sienta como una patada en la entrepierna. Estamos a punto de grabar nuestro cuarto disco y nos tratan como si fuera el primero y no hubiésemos aprendido nada en todos estos años. Espero equivocarme, pero creo interceptar algún atisbo de choteo en la reunión. Es como si se negaran a tomarnos en serio. Sospecho que esto va de que nosotros somos de barrio y ellos no. No nos ven como artistas. No nos entendemos. El caso es que llevan ya un rato dando la brasa con lo difícil que nos va a resultar superar las expectativas creadas con La vida mata cuando, de entre todas las sandeces que escuchamos, una brilla con especial nitidez. —Ahora la carrera es de verdad. La apunto en un papelajo y me lo guardo en el bolsillo. Es curioso leerla aquí, precisamente en un rally de verdad. He aprendido algo fundamental a la hora de escribir canciones: siempre están más cerca de lo que piensas. Y aquella nueva cuenta atrás se convertirá muy pronto en el primer single de nuestro nuevo disco. Chúpate esa. ~ Me preguntaba cómo habría sido mi primer día de curro en el caso de haber tenido uno con un mínimo de porvenir. He hecho algunas ñapas por aquí y por allá, pero no duro en ningún curro más de tres meses. Si nos sale un concierto, lo dejo. Ahora que nos están saliendo bastantes, el resto del tiempo lo dedico a ensayar, escribir canciones y pasármelo bien. Sigo pinchando discos, que es algo que me encanta, pero, aunque cobre por hacerlo, no lo percibo como un trabajo. Vivo de la música y ya no voy a querer volver a oír hablar nunca de otra cosa. En ese imaginario primer día de trabajo formal comienza a tomar forma la letra de «La cuenta atrás». La charla que ilustra el rito iniciático. El día en que dejas de ser un chaval para convertirte en todo un español. Atrapado en un estado emocional potencialmente explosivo y sin indicios de escapatoria. Ya con la guitarra caliente, se me ocurre que un aire militar le vendrá que ni al pelo. La disciplina, supongo. En cuanto di con él me asaltó la idea de interrumpirlo con una tempestad de melancolía, cuyo camino encuentro tonteando con una especie de clavicordio en casa de unos amigos. Porque creo que es así como me hubiera sentido ese día. Excitado y triste a la vez. No sé si te has fijado en que cada vez tiene menos estrofas entre cada estribillo: tres, dos, una… ¡La propia canción es una cuenta atrás! (...)

Me aficioné a leer solo un poco antes que a beber. Supongo que me refugié en los libros por lo mismo que me atrajo perderme. Pura evasión, no le des más vueltas. Eso de que para leer hay que esforzarse tanto como para escribir lo dirán los escritores, porque yo no estoy para nada de acuerdo. Me encanta despatarrarme en mi sillón de orejas y hartarme de leer hasta que me escuecen los ojos. A veces tomo notas, pero es mejor cuando no lo hago. El único problema de los libros es andar transportándolos de mudanza en mudanza. Porque ordenarlos no debería serlo. De hecho, una biblioteca demasiado ordenada pierde gran parte de su encanto. Al menos para mí. Prefiero no dar a la primera con el libro que busco, porque así me encuentro con otros con los que a lo mejor me apetece charlar un rato. Tanto es así que al final ni me acuerdo del que buscaba. (...)

Ya había tratado el tema del suicidio en «Septiembre», y ahora volvía a comparecer. Hubo un tiempo en el que los casinos tenían habilitada una habitación en la parte de atrás equipada con un sillón, una mesita y un revólver cargado. La vida valía mucho menos que ahora. La idea me rondaba la cabeza con obstinación. Mal asunto. Me estaba introduciendo en una espiral de oscuridad, cada día más encerrado en mí mismo. Y aún no lo sabía, pero la cosa no había hecho más que empezar. Cuando entramos a grabar La cuenta atrás hacía ya un lustro que me trataban con ansiolíticos, tranquilizantes y antidepresivos que engullía pasándome las pautas relativas a la ingesta de bebidas espirituosas por el forro de los cojones. Bien que me arrepiento. Una depresión mal tratada termina por hacerse crónica. No hay excepciones. (...)

Siempre aparte, siempre a la contra. Ni en la infancia ni en la adolescencia logré sentirme parte de ningún colectivo, y no supe lo que era tener un amigo de verdad hasta que conocí a Artemio. La soledad trae consigo frío y ansiedad. Normal que siempre acabes quemándote. Te arrimas demasiado al fogón. Falta de costumbre, supongo. La historia de Los Enemigos también tiene algo de eso. No encajábamos en ninguna parte. Demasiado rockeros para los chicos pop, sospechosamente indiferentes a la ortodoxia para los rockeros de pro. (...)

Ah, las noches de Madrid, hervidero del underground patrio, siempre dispuesto a mimetizarse con el último grito que llegue del extranjero. Eso sí que era una paletada de cojones. Los principales importadores de tendencias en la capital ya no eran, como reza el tópico sobre la Movida, las ovejas negras de las familias bien que podían permitirse viajar a Londres. Las buenas nuevas pasaron a ser predicadas por recién llegados que, dando por hecho que en un entorno urbano todo el mundo está a la última, se habían informado a conciencia para no parecer demasiado garrulos al aterrizar en él. Los que se venían al Foro con los deberes hechos, vaya. El tiro les solía salir por la culata, porque el madrileño medio no suele sentirse atraído por la sofisticación ni los vaivenes de la moda. A nosotros lo que nos gusta es desayunar porras, cruzar semáforos en rojo y charlar con desconocidos. La cosa tenía gracia porque, cuanto más a la última lucía un palmito, más evidente resultaba que era de pueblo. (...)
Nada nuevo en realidad, porque, según lo veo, la cosa ha funcionado así desde el principio de los tiempos. El grito primordial del rock and roll proviene mayormente de la caída a los abismos del campesinado, convertido, a medida que medraba la burguesía, en la escoria de Europa y de África. De la ira de blancos y negros que, engañados, raptados o deportados, se vieron obligados a cruzar el Atlántico en condiciones deplorables —y esto ha venido siendo así hasta bien entrado el siglo xx— para terminar vendidos como esclavos o condenados a vivir asfixiados por las deudas y el albur del mercado libre. El ritmo que marcó nuestras vidas se hizo adulto (¿se adulteró?) al asentarse en las grandes ciudades después de la Segunda Guerra Mundial, pero la llama que lo alumbró llevaba siglos chisporroteando en el epicentro de la frustración incrustada en millones de almas olvidadas en diminutas aldeas. En la energía comprimida dentro de la maleta de un chaval que un día se juró a sí mismo marcharse para no volver jamás al pueblo. (...)


Creía que me llevaban a la comisaría de la calle de la Luna, pero no hacemos más que dar vueltas por el barrio. Nunca había estado dentro de un coche de la Policía. No sé por qué me acuerdo de mi hermano Dogo y de nuestras escaramuzas por las Tres Mil de Sevilla. Ya sé por qué: Ansia, el primer disco de Dogo y los Mercenarios. Pero además de la ansiedad ya se me viene encima lo otro. Me invaden escalofríos y sudo como un cerdo. Un moco líquido se empeña en mudarse de mis napias a la pernera del pantalón. Primeros retortijones y un fuerte calambre en las pantorrillas. Ya tenía síntomas antes de pillar, y no me ha dado tiempo ni a catarlo, así que parece claro que me voy a tragar a Maguila el Gorila enterito y a pelo en comisaría. Y de repente, humo. Lo que faltaba. Ese olor. No me puedo creer que este par de hijos de puta se estén fumando mi mandanga. Protesto airadamente varias veces y consigo que me caigan dos hostias antes de que me dejen en la misma esquina en la que unos tres cuartos de hora antes me habían «detenido». Calle de la Palma con Santa Lucía. Necesito cagar. Necesito pasta. Necesito llorar. Esto debe de ser el blues. (...)


Pero el karma va y existe. El mono es lo de menos (una semana haciendo de niña de El exorcista y listo), llevo ya unos cuantos pasados. Lo peor viene después. El néctar de las amapolas blancas no solo lo pagas en salud, dinero y amor. Si osas romper el contrato, también tendrás que devolverle uno a uno todos los servicios prestados, y con intereses. Llevan su tiempo, estas transacciones. Las nítidas ensoñaciones que campaban a sus anchas por los prados de tu imaginación son sustituidas por una estúpida pantalla en blanco que tardará meses en volver a ser capaz de reflejar alguna imagen. El dulce abrazo de Morfeo te abandona y te deja sumido en una ansiedad que amenaza con convertirse en crónica y un insomnio pertinaz que te va a estar torturando durante al menos medio año. La euforia proporcionada por la convicción de poseer un secreto esotérico es reemplazada por la certeza de no ser más que un cretino que ha tirado por la borda cinco años de su vida. De leerte cuatro o cinco libros a la semana pasas de golpe y porrazo a tirarte una noche entera intentando descifrar media página de Dickens. Tu habilidad como músico se esfuma y te asaltan serias dudas acerca de su regreso. De dios inmortal y omnipotente a la vulnerabilidad personificada en apenas treinta días. Y la amnesia. Me he pateado a conciencia los cerros de Úbeda durante estos dos últimos capítulos, pero el cantazo a laguna mental sigue impregnándolos por los cuatro costados. Aunque no es menos cierto que nos ha dado pie a hablar sobre un montón de cosas. No ha estado mal, pero la verdad es que no recuerdo casi nada de la grabación de estos dos discos. Porque la amnesia también actúa a tiempo real: cuando escuché las mezclas de «A la hera», flipé como un pepino con el solo de saxo, así que pregunté. Por lo visto no solo lo quise así, sino que incluso di alguna que otra indicación a Mr. Manolo Morales (el mismo maestro de «Nadie me quiere») mientras grabábamos el tema con Fino y Chema en Sonoland. No recordaba haber vuelto a ver al amigo Morales desde los días de La vida mata. (...)


Jugamos al frontón, al baloncesto, vamos a nadar, a remar o, si no hay presupuesto, simplemente a pasear por el parque y jugar al tute. En el Centro de Ayuda al Drogodependiente de la Comunidad de Madrid soportamos miles de charlas y aprendemos los rudimentos de algunos oficios. (...)
Se trataba básicamente de mantenerte ocupado. Enseguida te das cuenta de que debes aprender a mirarte a ti mismo desde una cierta distancia. Y lo que ves no mola nada: eres un pardillo y has caído en la trampa. Odiarás este traspiés toda tu vida. Nada que objetar, por cierto, a los trapicheros y narcotraficantes. He sido un imbécil, eso es todo. La topografía era estrictamente respetada. Controles constantes delimitaban las líneas rojas. La orina limpia de drogas estaba muy cotizada por los alrededores del centro. Se trataba de llenarte la boca con un buchito y echarla al frasco mientras te dabas la vuelta para hacer como que meabas. Estamos fabricados a base de contradicciones. A mí nunca me hizo falta el truco, entre otras cosas porque enseguida descubrí que el análisis no detectaba el alcohol. Con unos pocos tragos conseguía tener los nervios aceptablemente templados. A veces bebía colonia —o cualquier cosa que llevara alcohol— rebajada con agua o lo que fuera. (...)

Me costó volver a tocar la guitarra. Me faltaba agilidad y confianza. La acariciaba durante horas sin saber qué hacer con ella. Era frustrante de cojones. Solo escribí una canción en todo aquel tiempo, que fue con la que me presenté en el local cuando por fin volvimos a ensayar. «Hermana amnesia» es una canción desesperada que podía dar bastante de sí en manos de Los Enemigos y que iba no tanto de mis lagunas mentales como de la cada vez más acuciante necesidad de que me dejaran en paz. Que se olvidaran de mí un rato. Porque el verdadero peaje es tu intimidad. Esa puerta eternamente abierta. No es a mi amnesia, es a la vuestra a la que imploro. Pero estamos de acuerdo en que esto es mejor que ir a la guerra, ¿no? Y están los tumores, las leucemias, malformaciones de todo tipo. No tengo nada de eso. Mi sistema inmunológico carbura. Y el hígado no está jodido del todo. Es un puto milagro, pero sigue funcionando. No sería justo quejarse, ¿no? Parálisis, cegueras, esquizofrenias. Tampoco tengo ninguna de esas movidas. Y, sobre todo, tengo mis canciones. (...)

Me jodió cumplir diez años más de lo que me jodería después cumplir cuarenta. Recuerdo irme a la cama pensando que ya no volvería a tener edades de una sola cifra. Nunca me ha atraído la idea de hacerme adulto, y toda la vida me la he pasado pensando que menos mal que existen el sexo y los Kinks. (...)
Las nefastas expectativas de futuro en cuanto a la habitabilidad del planeta terminaron de despejar la incógnita. Nada de críos. Mi relación con ellos es muy desconcertante, supongo que como la de cualquiera que no haya experimentado la paternidad. Además, todo ese rollo de los espermatozoides que salen de los cojones de tu padre para disputar la final de los cien metros mariposa por el chichi de tu madre… Me da la risa floja con solo pensarlo. Es de locos, joder. Si fui yo quien ganó aquella carrera no quiero ni imaginarme al resto de participantes. Debió de ser digno de los Monty Python. Que no quiero saber nada, coño. Cuando las criaturas vociferantes llaman a mi puerta en Halloween, les doy caramelos Fisherman’s Friend de los fuertes para que no vuelvan. No quiero críos por aquí. Según van entrando en la adolescencia pasan de ser insoportables a directamente cretinos. Aunque yo no tengo mucho problema con eso, porque también puedo ser bastante capullo. Me suelo llevar bien con los teenagers, tenemos un cristo parecido en la cabeza. Todos son actores contratados para ponerme a prueba. Estoy a un paso de descubrir el secreto mundial de todo. Nada importa porque el fin del mundo tendrá lugar pasado mañana. Nadie me entiende. No paro de lanzar señales, pero nadie las capta… No es fácil vivir en una montaña rusa. No hay nada más frágil en este planeta que un mozalbete enamorado. En mi opinión, cualquier músico de rock que se precie haría bien en no permitirse superar la adolescencia hasta bien entrada la cincuentena. Si es que llega tan lejos, claro está. (...)



Soy el jodido hombre invisible —se me hace menos caso que a un disco de Mick Jagger en solitario—; un borracho que tenemos que poner en el centro para que cante y haga monadas; un estorbo, excepto durante la hora y media que dura el concierto, claro. Apenas puedo creerlo. Me desquicio por momentos, así que suelo perderme por ahí a echar un trago en paz cuando llegamos donde sea. Y después del bolo, más de lo mismo. Estamos entrando en un nefasto bucle del que no sé si seremos capaces de salir. Porque efectivamente hemos llegado a un punto en el que hay dos partes: un servidor y los que tienen que aguantarme. Los sufridos profesionales de la hostia y el alcohólico impredecible. El que escribe y canta todas las canciones y los que las interpretan, bien parapetados tras él, aportando profesionalidad al asunto… Cuestión de perspectiva, supongo. Pero en cualquier caso la lectura del uno y el tres es evidente para cualquiera que arrime el hocico por aquí. A veces tenemos hotel o algo parecido y otras hay que salir pitando para otro pueblo en la furgoneta esta del demonio. Entonces me agencio una botella de lo que sea para bebérmela por el camino. Me siento exactamente igual que una mierda de perro. (...)


Filósofos de bar. Gente solitaria que al traspasar el umbral de la puerta se transforma en una estrofa más de esta oda al desapego. Helia es la máxima autoridad allí, pero hace valer sus galones con la coherencia debida al espíritu decididamente ácrata que anima su taberna. Una mañana, ante una patidifusa parroquia, entra en el bar la mismísima Esperanza Aguirre, que vive por allí y le ha debido de dar por mezclarse con la chusma. Se pide una cañita. —Está reservado el derecho de admisión, señora. Haga el favor de salir del local. Yo solo soy una mandada, la jefa es esta —y señala a la Golfa, su perra. Con un par. De un color canela muy conseguido, nuestra cuadrúpeda amiga es más lista que el hambre y adicta sin remedio a la cerveza de barril. A la que te descuidas, se ha bebido tu caña. Más de una mona tengo dormida con ella, lomo con lomo, en el almacén de la parte de atrás. Me aficiono al ron jamaicano, que por una temporada sustituye al whisky. Hedonismo absoluto. Moscas de bar. Niveles de alcohol en sangre estratosféricos. Me salen novias por todas partes. Actividad sexual frenética. Zumbidos de abejas locas. Sudores. La vida es bella, aunque vuelvan los temblores matutinos. No importa, me desayuno un sol y sombra y listo. La n con la o: sí. O ya puestos, más. Me bebo la vida a cucharás. (...)

Es sabido que los fanzines y las disqueras independientes se inventaron en el Rastro madrileño. De hecho, el término «do it yourself» lo acuñó una fría mañana de febrero Joe Strummer mientras observaba al señor Amadeo remover un perol de caracoles en su local de la Ribera de Curtidores. Por otra parte, a Malcolm McLaren le vino la inspiración mientras contemplaba el puesto de bragas con bujeros que tenían a pachas Pedro Almodóvar y Fabio McNamara junto a la estatua de Cascorro. Este momento está considerado por los expertos como el auténtico germen de la modernidad tal y como la conocemos hoy. (...)


—Hase farta musho dinero pa poné un bar con tapah. No podía haber sido de otro modo. 
Rafa Fustes recordó esta frase de An-tonio mientras andábamos de cañas por el Rastro con su inseparable Montsina. A An-tonio se le metió en la cabeza montar un bar en Algeciras y no paraba de darle vueltas a la idea. Hacía poco que nos habíamos enterado de su muerte gracias al precioso obituario que le dedicó Diego A. Manrique en su columna de El País. Y ahora estamos de cañas por el Rastro y Rafa recuerda la frase y yo salgo disparado hacia mi casa porque tengo el enfoque. Me lo ha servido en bandeja mi querido Fustes. Es lo más importante, el enfoque. Antoñito lo sabía bien. Quiero que sea como si la canción estuviera dictada por sus cenizas mientras se alejan hacia la luz del estrecho y se funden con él. Una canción salada, azul, mecida por el viento. Una canción de almadraba para mi colega An-tonio. Qué abrazo te daba, carapapa. (...)


Nos traemos a Gonzalo Lasheras, gran ingeniero, de cuya profesionalidad y buen gusto se beneficia el enorme sonido que sale de los surcos de Nada. Porque, por si no lo has notado, este disco suena de la leche. Afrontamos las canciones con precisión milimétrica en la hostia de pistas independientes repletas de detalles que, una vez mezcladas por Carlos Martos en Madrid, hacen de nuestro noveno larga duración un viaje muy particular y excitante para la imaginación. Escúchalo con auriculares y compruébalo tú mismo. (...)



Stanisław Lem sostiene que existe una asimetría entre el mal y el bien: el primero necesita del segundo para armar sus argumentaciones. Su discurso consistirá básicamente en desprestigiarlo y humillarlo. Sin embargo, el del bien se sostendría per se, sin necesidad de recurrir al mal. Otra ilustre sesera, la de Bertrand Russell, desmenuza el drama humano. La duda, que no es sino una potencia del bien, tiene la carrera perdida de antemano, porque quien no es capaz de reflexionar pasa directamente a la acción y, en consecuencia, llega antes. Parece que la columna vertebral de la historia de los hombres no es otra que la envidia. Este fenómeno está más relacionado de lo que parece con todo el cristo que se monta periódicamente a cuento de la apropiación cultural. Busquen «Abel y Caín» de Baudelaire y calculen si les place la magnitud de mi condena, porque no pienso cumplirla. Retorcer un clásico hasta dejarlo casi irreconocible, esa impertinencia, me parece un síntoma de salud en sí misma. Toda esa mojigatez me pone enfermo… Mostrar tus respetos en los créditos es más que suficiente. Últimamente es imposible superar el récord de tópicos recurrentes: «Los tomates ya no saben a tomate»; «lo barato sale caro»; «yo es que soy un poco bruja»; «tenemos los políticos que nos merecemos»; «el humor tiene sus límites»; «todo esto antes era campo»… ¿Las canciones son literatura? ¿Son poetas los letristas? 


Un LSD muy bueno, por cierto. Se corrió la voz y el palmípedo oráculo dictó el comportamiento diario de una legión de colgaos durante semanas enteras. Miedo y asco en el Parque del Buen Retiro. Cocimientos de mandrágora, decenas de ampollas de nitrato de amilo encontradas en una clínica abandonada y un sello con el que decorar como merece la ocasión unos cincuenta tacos de recetas y dejarlos listos para obtener dexedrinas, Bustaid, centraminas… Me encantaba el Tilitrate. Unas goticas en un terrón de azúcar y hala, a volar. Para las taquicardias, Valium a mansalva. Un día me desperté sin poder articular palabra y empapado en litros de sudor. Me asusté y me pasé a los porros una temporada. Correría el año 1980 o el 81, y reconozco que desde entonces he dado la turra con lo poco que recuerdo de estas batallitas en alguna tertulia de bar que otra. (...)

La insensatez se ha generalizado en modo kamikaze, y así es como andamos purgando nuestros pecados a través de este siglo xxi los pocos boomers que quedamos con vida. Familias numerosas organizan bodas y primeras comuniones en las que se dedican a eructar como ráfagas de Kalashnikov, hacerse selfies con líderes nazis y tatuarse el cuerpo cual arponeros samoanos. Todo el mundo se mete de todo al compás de insufribles reggaetones. La saliva de cualquier niño es capaz de fulminar en el acto a cinco dragones de Komodo en edad de merecer, y es así como enormes jaurías de perros callejeros desaparecen de los vertederos sin dejar el menor rastro. Las niñas van por ahí rebañando las cuencas oculares de la gente con sus kilométricas uñas. Lo avisé, siempre lo he mantenido: la verdadera perversión está en la música ligera y el folklore nacional. En comparación, los rockeros somos monjas. Bueno, tampoco está tan mal. Una monja puede acojonar bastante si se lo propone. En estas andaba meditabundo cuando me acordé de una frase que le soltó Chema a un plasta que no lo dejaba en paz: «No busques en los demás lo que puedes encontrar en una farmacia». Me encantó aquello y lo apunté por ahí. Estaba seguro de que acabaría saliendo por alguna parte. Puede que Mutations de Beck sea el disco más escuchado en la historia de las furgonetas enemigas. Antes o después tenía que notarse en algo, y esto de combinar guitarras acústicas con moogs y mellotrones se materializó en «Animal». Se volvió a encargar de manejarlos Ángel Valdivia, cuya aportación había funcionado de puta madre en una de las maquetas que habíamos grabado (la de Almería), y decidimos seguir por ahí. Ese airecillo a lo Van Der Graaf Generator, que es una de mis bandas favoritas de todos los tiempos, le sienta de maravilla (pero nunca intentes emular a Peter Hammill, que te harás daño. Mejor hazlo a tu manera). «Animal» se convertiría en el último tema en estudio que grabamos antes de disolver la banda, y, en mi opinión, no podíamos haber planeado mejor broche final. A día de hoy, sigue estando en la lista de mis enemigos favoritos. (...)




Tengo que centrarme en las canciones. Lo demás no importa. Solo ellas parecen sinceras y carentes de expectativas. Me he vuelto huraño y suspicaz, así que para olvidarme de todo me sumerjo a pulmón en ellas. Flipo tanto ahí abajo que pierdo la noción del tiempo, y Nacho Mastretta, el productor de mi primer disco en solitario, a menudo se ve obligado a tirar del cable para recordarme que pertenezco a la superficie. Regreso a ella con una banda de ensueño —Pablo Novoa, Luca Frasca, Ricardo Moreno y Pablo Navarro—, cuya experiencia y virtuosismo me intimida hasta el agarrotamiento. «Sin perdón dormid» es sacrilegio en estado puro. Soy el puto Dios creador y sollozo amargamente al contemplar la mierda de obra que me ha salido. 



Pero antes de este delirio blasfemo han desfilado por los surcos del disco «Ole papa» (canto de bienvenida a una recién estrenada libertad), «Mi prima y sus pinceles» (síndrome de abstinencia voluntariamente interrumpido, léase espantá o recaída si se prefiere), «Tragón» (la genética del vicio), «Con las manos vacías» (un número ignoto de Chavela Vargas que decidí recuperar para la ocasión), «Serrín» (historia de mendigos inspirada en Misericordia de Galdós) y así hasta un total de trece canciones en las que me regodeo al paladear gloriosos, benditos y adorables silencios. Dios, cómo los necesitaba. La foto de la portada es un guiño a mí mismo que nunca he comentado con nadie hasta ahora. Nos conocemos desde siempre, la burra y yo. Tengo que tirar de ella, es terca de cojones, y no tardo en cansarme, soltar la brida y darme un garbeo para ver qué se cuece por ahí. Describo círculos, por eso no avanzo. Y antes o después me la encuentro allí plantada, esperándome. Es capaz de quedarse clavada al suelo seis meses. Tres años. Un lustro… No importa. Llegará el día en que no sea capaz de pasar de largo. Así que aprovecho la ocasión y vuelvo a tirar fuerte de la brida. (...)




Aún a merced de los caprichos de mi muy obtusa acémila, el resultado final es más que satisfactorio. La prensa especializada se hace eco de ello, y mi primer disco en solitario genera bastante trabajo, con lo cual la incertidumbre se despeja un tantito mientras voy haciendo acopio de experiencia, que falta me hace. Cuando llega el momento de enfrentarme al segundo disco, he dejado más o menos atrás las comeduras de tarro y he aprendido a valorarme. Porque no hay mucha gente escribiendo canciones. Sospecho que la culpa es toda del futuro. Está bien no perderlo de vista, claro. Pero deberíamos tener en cuenta que no es muy predecible que digamos. No. De eso nada. Escribir es un acto de presencia absoluta. No hay sitio para el futuro mientras estás escribiendo. A la mierda con él. Su primo el presente decide darnos una buena hostia el 11 de marzo de 2004. Desde la cercana estación de Atocha sube un extraño olor que inunda toda la casa. La luz es también muy rara y el aire se ha vuelto pesado. Huele regular, pon la radio a ver. De entrada, la estupefacción y la rabia son brutales. Esa misma mañana, unos cuantos nos acercamos a la Puerta del Sol. En uno de los corrillos me encuentro con Kike Sierra. El cambio de impresiones, transistores en mano, va tomando forma. No ha podido ser ETA, por mucho que las fuentes del Gobierno peperoni aseguren que sí. La rabia es ya incontenible. Volvemos a casa convencidos de que esto se aclara en la calle, a hostia limpia si hace falta, hoy mismo. (...)

Le he cogido el gusto al formato acústico y decido seguir indagando por ahí. Quiero incluir un violonchelo en la banda. A lo que no me acostumbro es a la sobriedad, y no tardo en volver a abandonarla en algún bar de carretera. Qué le vamos a hacer. Entre sobrio y borracho sigo prefiriendo lo segundo. A pesar de las transaminasas, que se vuelven a disparar hacia un cirrótico infinito. La burra, ya sabes. Después de un lamentable episodio en A Coruña, donde resido desde hace un año con Cristina, me vuelvo a Madrid, y en el viaje, nocturno y precipitado, me cruzo con Kike Turmix, que se me viene encima a toda hostia desde el carril contrario. Su bólido negro, lleno de cicatrices y sin ruedas, deja un rastro de fuego en la autopista. No hay duda de que se dirige al otro barrio. Intento saludar, pero pasa de largo sin mirarme. Aparco mi viejo Volvo colorao en la Corredera Baja y me planto en el Garaje Sónico, mítico bar sito en la plaza del Dos de Mayo, donde procedemos a despedirnos del gordo. Me reciben una foto suya, una pequeña urna (según Manolo UVI es imposible que las cenizas del Turmix entren ahí) y un chupito para brindar con él y por él con un montón de amigos. No sé por qué, decido que esta noche beberé ron. Mucho ron. Al llegar a casa —tampoco sé por qué— me zampo una caja entera de Trankimazin y media botella de coñac del de cocinar. Si no me despierto me la suda. No me importaría pasarme lo que queda de noche quemando asfalto con un bólido como el del Turmix. La mañana siguiente parece ser que no es la mañana siguiente, sino la otra. Cuarenta y ocho horas en coma y resulta que sigo en este mundo. Ni siquiera tengo resaca. Me digo que bueno, que vale, y me bajo a tomar el vermú como si no hubiera pasado nada. Porque eso es exactamente lo que ha pasado: nada. (...)


Me asocio con Pablo Novoa y pateamos cientos de garitos en formato de dúo antes de entrar en el estudio para grabar Garabatos. Esos miles de kilómetros nos proporcionan una complicidad estratosférica, tanto en el escenario como fuera de él. «Pensando no se llega a ná» (modesta aproximación a Randy Newman, a cuento de un discurso de José María Aznar), «Baile de los peces» (pizpireto número de cabaret fluvial), «Farol» (o cómo camelarse a un camarero para que no te eche del penúltimo bar), «Luna nueva» (oscuras sombras de madurez) o «En tu estampa» (nostalgia herida con un ligero aire al Elton John de los setenta), solo por citar algunas de las más habituales en los directos a día de hoy, van pasando por la mesa de mezclas con soltura y elegancia. Ventajas de tener las ideas medianamente claras. La banda sigue siendo de campanillas, aunque Pablo Navarro es sustituido a última hora por Mac Hernández. Marina Sorín se encarga de las partes de violonchelo bajo la supervisión de Novoa, que se ha currado unos arreglos preciosos para la ocasión. (...)

La criatura lo tiene difícil. Virgin ha cerrado Chewaka, con lo que a partir de ahora seré un número. Un número negativo, concretamente. Tengo los días contados y doy por hecho que la promoción va a ser muy justita. Por suerte, Javier Liñán sigue en nómina y al final no puedo quejarme. No tardo en percatarme de que el estilo deliberadamente naíf de la portada está lejos de ayudar (Javier me había prevenido al respecto) y el título resulta que se presta a malentendidos. Parte de la prensa califica el disco de «minimal», cuando en realidad se trata de una grabación cuidada al milímetro en todos los sentidos. La producción de Pablo Novoa es elegante y minuciosa hasta decir basta. Su aportación a la guitarra, estratosférica. En las sesiones de grabación (en riguroso directo, incluida la voz) consigue sacar lo mejor de nosotros. Estuve a punto de titularlo Las cosas fingen, como la canción de las mil mudanzas que se incluye en el álbum (una de mis favoritas, por cierto). Puede que si lo hubiera hecho se lo hubieran tomado más en serio. Pero decidí seguir el consejo de alguien a quien respeto muchísimo y terminé bautizando a la criatura con este título —ahora lo veo— desafortunado y proclive a equívocos. Así que a partir de ahora, respetos los justos. Pobre Garabatos. (...)


Pero crisis, crisis, crisis y más crisis. Nadie habla de otra cosa. Javier Liñán, también damnificado por los recortes en Virgin, inaugura la disquera independiente El Volcán Música con mi tercer larga duración, Loco encontrao. Llevo trabajando con Javier desde los tiempos de RCA y somos ya como de la familia. Él siempre ha estado ahí, y su mediación ha sido decisiva más de una vez. Y más de dos. También gracias a él conozco a un montón de personajes del gremio, algunos de ellos realmente grandes, como Peret, Enrique Morente o Kiko Veneno. Por cierto que cuando me presenta a este último, mi sordera me juega una curiosa jugarreta. El maestro estaba trabajando sobre unos versos de Rafael Alberti y se le ocurrió preguntarme por mi opinión acerca del trovador gaditano, y yo entendí «qué te parece er Betih», el equipo de fútbol. No me esperaba yo algo así, por muy de Sevilla que fuera Kiko. Salí como pude. Que yo soy del Atleti, pero que mi abuelo, que por cierto había sido futbolista profesional antes de la Guerra Civil —interior izquierdo en el Egabrense F.C.—, era seguidor del Betis y que, en consecuencia, se trata de un club que siempre gozará de mis más sinceras simpatías, etcétera. Tras un silencio sepulcral, Liñán deshace el entuerto. Desde entonces siempre nos saludamos con un «¡viva Alberti manque pierda!» y un abrazote. El primer disco de Veneno cambió mi forma de entender la música para siempre, y Échate un cantecito vino a darle otra vuelta de tuerca años más tarde. Parezco una fan sudada, cojones. En fin. La asociación con Pablo Novoa continúa viento en popa, y de la vieja banda solo quedan él y un Luca Frasca cada día más estratosférico a los teclados. Coke Santos, Javier Rojas y David Krahe completan el excelente elenco, que resulta ideal para dotar al repertorio de un empaque más rockero y visceral a la hora de grabar Loco encontrao. «Baila el viento» (serena aceptación de la muerte, en las antípodas de La vida mata), «Vuelo de volar» (otra taza del mismo caldo), «Mar de fondo» (retrato alcohólico-portuario con perro, probablemente mi favorita del lote), «Pescao» (canción de amor imposible y submarino), «Fresa y limón» (pop amable para esa asesina de pasiones llamada rutina) «Siendo güeno» (adaptación al castellano de una de mis canciones favoritas de todos los tiempos: «Ain’t Misbehavin’») o «Loco encontrao» (apasionadas rimas que dedico a Núria, mi prometida) son algunos de los órganos vitales de la nueva criatura, que ha sido gestada junto al fragor del Atlántico, impregnada por el yodo de la brisa de la ría de Pontevedra y curtida en largas inmersiones dentro de sus heladas aguas. Sin embargo, acabo instalándome en Cataluña, a escasos metros del Mediterráneo, donde me caso —perdidamente enamorado— con Núria el 17 de octubre de 2009. La noche anterior tengo un concierto en Valencia y por poco no llego a la ceremonia. 

La salud de mi padre flaquea por momentos y le es imposible acudir a la boda. He atravesado la península con frecuencia durante estos últimos meses para hacerle compañía y que conozca a Núria, primero en su casa de El Puerto y después en el hospital San Rafael de Cádiz, donde fallece tras largos padecimientos el 18 de febrero de 2010, en plenos carnavales gaditanos y bajo una impresionante tormenta eléctrica. Le gustó verme sereno y le encantó Núria. Le tiraba pellizcos y todo. Siete días después actúo en L’Auditori de Barcelona con la banda mientras cumplo cuarenta y cinco tacos. Un compromiso duro de roer. Así son las cosas. Durante aquellos interminables viajes en tren, en avión y en automóvil casi he terminado de escribir, sin apenas darme cuenta, las letras de las canciones que darán forma a Lecciones de vértigo. La inmensidad del invierno en la playa de Castelldefels es toda para mí. Lo primero que me encuentro al abrir los cuadernos de Cádiz son unos apuntes, a modo de instantáneas, tomados en la cafetería del hospital durante los carnavales. El edificio se encuentra al lado del teatro Manuel de Falla, sede del concurso anual de chirigotas. No es raro que los concursantes se pasen por allí a echar un buchito. Te puedes tropezar con una abeja Maya tamaño XXL contando chistes al acercarte a la barra. El contraste con la habitación donde se consume mi padre es brutal. Esto ya es enfermizo: enseguida veo una canción allí. Una sucesión de imágenes que no me cuesta demasiado relacionar entre sí, a pesar de su disparidad. Releyendo las notas, decido empapar la canción con el aguacero que cayó el último día de mi padre en este mundo para resaltar la espectral carga dramática. Y venga caer agua. Al final, la canción, el hospital, los carnavales y toda la ciudad acabamos sumergidos y flotando bajo el agua de la bahía. (...)



La cadencia y los arreglos le hacen ojitos al Dylan de Time Out of Mind. Es «Pae», mi pae. El hecho de que en los créditos aparezcan las tres letras en mayúscula sigue siendo un misterio para mí. Poco antes de morir, papá nos regaló un reloj de mesa muy chulo, y no sé qué le pasa, pero no da la hora bien por mucho que le cambie las pilas. Me gusta pensar que marca la hora de él, del lugar al que se ha ido, al que se lo hayan llevado o lo que sea que le pasa a uno cuando la casca. No hay intención terapéutica en la canción. Ni en ninguna otra, al menos en mi caso. Escribo porque tengo que hacerlo, sin más. Así es como ordeno un poco mi tiempo. A veces caigo en la cuenta, según voy haciendo, de que aligero carga. Eso es todo. Y ni siquiera sigo escribiendo por eso. Se trata de algo más visceral. Lo hago porque sí, porque tengo que hacerlo, y es cuestión de vida o muerte que quede de puta madre. Lo siento como una certeza. Puede que lo haga por amor, aunque ni siquiera sé hacia dónde va dirigido, ni falta que me hace. Creo que es mejor así. La chispa que prende «Sol de invierno» salta en el viejo astillero de Bueu (Pontevedra). En aquel cementerio del mar, las antiguas embarcaciones se consumen por la acción el viento y la sal de la ría, pero sobre todo por la tristeza de no haber podido contar su verdadera historia, que poco tiene que ver con las fanfarronadas escuchadas mil y una veces en tabernas de medio mundo. No hay nada como preguntar con educación, y es evidente que este cascarón de doce metros mal contados de eslora está deseando hablar. Así es como accede a reinterpretar para mí la última arenga que un viejo capitán tuvo a bien pronunciar para su tripulación antes de abandonar para siempre toda una vida de sangre y rapiña. (...)


DESDE EL JERGÓN.
JOSELE SANTIAGO.
CONTRA, 2026