ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 2 de marzo de 2026

Algunos poemas de MALOS ENTENDIDOS (Lolbé González)



Miro en la tele un programa acerca de personas que se enamoran de objetos. Un granjero que es amante de su tractor y una arquitecta en una relación romántica con su impresora. Toda la ilusión puesta en algo que no tiene posibilidades de responder. Me río. Luego no me río más.
La pasión amorosa y la violencia duermen en habitaciones distintas de la misma casa. En esa casa no hay puertas.

Una vez, el hombre más cruel al que he besado me confesó sus reservas para aplastar a una hormiga.
Las únicas despedidas verdaderas son en retrospectiva. Hoy miré una foto y pensé: hace tanto que no sé nada de esta persona. Más que decir adiós, intento que pase el tiempo.


LOST AND FOUND
Decir hasta luego y muchas gracias
silenciar conversación
bloquear contacto
archivar
sentarse a esperar que pase el tiempo
picar con precisión las verduras
lavar los trastes como una devota del jabón
pensar que el calor está bárbaro
que hay que llamar al gas
escuchar un nombre
la vaga sensación de lo conocido
decir, sí, me acuerdo
no sonreír
no llorar
reproducir el gesto de quien observa una cosa
sin familiaridad
un objeto que se le extravió a otra persona.


WISH YOU LOVE
Ahora tengo la fuerza
para desearte lo mejor
siempre y cuando
y tal vez precisamente
porque ya no se alza sobre mí
como una sombra
la urgencia
de ser yo quien te lo provea

hablo entonces
como alguien que puede desearte el bien
no con fervor
sino con quien ve
a la orilla de la carretera
un auto aparcado
el cambio de una llanta por otra
y piensa:
ojalá que lo resuelva pronto.


MALOS ENTENDIDOS
LOLBÉ GONZÁLEZ.
EDICIONES LILIPUTIENSES

domingo, 1 de marzo de 2026

Lo mejor de LA ÚNICA HISTORIA (Julian Barnes)



¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.
Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor.
La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía.
Pero aquí surge el primer problema. Si se trata de tu única historia, entonces es la que has contado y vuelto a contar más veces, aunque sea —como es mi caso— principalmente a ti mismo. Así que la cuestión es la siguiente: ¿todas esas narraciones te acercan a la verdad de lo que sucedió o te alejan de ella? No estoy seguro. Una prueba podría ser si, a medida que pasan los años, sales mejor o peor parado de tu historia. Salir peor podría indicar que estás siendo más veraz. Por otro lado, existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: fingir que te comportaste peor puede ser una forma de autobombo. De modo que tengo que ser cuidadoso. Bueno, andando el tiempo he aprendido a serlo. Tan cuidadoso ahora como descuidado entonces. ¿O quiero decir despreocupado? ¿Puede tener una palabra dos antónimos?


¿La época, el lugar, el medio social? No sé muy bien lo importantes que son en las historias de amor. Quizá en la antigüedad, en los clásicos, donde hay batallas entre el amor y el deber, el amor y la religión, el amor y la familia, el amor y el Estado. Esta no es una de esas historias. (...)

Quizá lo hayas entendido demasiado deprisa. Difícilmente podría reprochártelo. Tendemos a encasillar en una categoría preexistente cualquier relación nueva que entablamos. Vemos lo que hay de general o común en ella, mientras que los protagonistas solo ven —perciben— lo que es individual y particular para ellos. Nosotros decimos: era de esperar; ellos dicen: ¡qué sorpresa! Una de las cosas que pensaba de Susan y de mí —en aquel entonces y ahora de nuevo, tantos años después— era que a menudo no había palabras para nuestra relación; al menos, ninguna que encajase. Pero quizá esto sea una ilusión que todos los amantes tienen sobre sí mismos: que escapan a toda categoría y descripción. (...)



¿Qué palabras, por tanto, podrían emplearse para describir hoy una relación entre un chico, o casi un hombre, de diecinueve años y una mujer de cuarenta y ocho? ¿Quizá esos términos de los tabloides, «asaltacunas» y «yogurín»? Pero estas palabras no se usaban entonces, aunque la gente se comportaba así adelantándose a lo que significaban. O podríamos pensar: novelas francesas, una mujer más mayor enseñando «las artes amatorias» a un hombre más joven, ooh là là. Pero no había nada francés en nuestra relación ni en nosotros. Éramos ingleses, y en consecuencia para explicarlo solo disponíamos de palabras inglesas, llenas de carga moral: palabras como mujer pública y adúltera. Pero no ha habido nunca una mujer menos pública que Susan; y, como me dijo un día, la primera vez que oyó hablar de adulterio pensó que se refería al hecho de aguar la leche.
Hoy día hablamos de sexo transaccional y sexo recreativo. En aquel entonces nadie practicaba el sexo recreativo. Bueno, tal vez sí, pero no lo llamaban así. En aquel entonces había amor, y había sexo, y había una combinación de ambas cosas, en ocasiones incómoda, en ocasiones fluida, que a veces funcionaba y a veces no.
Un diálogo entre mis padres (léase: mi madre) y yo, uno de esos diálogos ingleses que condensan párrafos de animosidad en un par de frases.
—Pero tengo diecinueve años.
—Exactamente…, solo tienes diecinueve años.
Los dos éramos el segundo amante del otro: casi vírgenes, de hecho. Yo tuve mi iniciación sexual —el típico combate de tierna e impaciente refriega y pifia— con una chica de la universidad, hacia el final del tercer trimestre; Susan, por su parte, a pesar de tener dos hijos y llevar casada veinticinco años, no tenía más experiencia que yo. Retrospectivamente, quizá habría sido distinto si uno de los dos hubiera sido más ducho. Pero ¿a quién, en el amor, le apetece mirar atrás? Y, de todos modos, ¿hablo de «más experimentado en el sexo» o «más experimentado en el amor»?
Pero veo que me estoy adelantando. (...)

Espero que se entienda que lo estoy contando todo tal como lo recuerdo.
Nunca he llevado un diario, y la mayoría de los protagonistas de mi historia —¡mi historia!, ¡mi vida!— han muertos o están desperdigados. Así que no necesariamente estoy relatando las cosas en el orden en que sucedieron. Creo que existe una autenticidad distinta de la memoria, y que no es inferior. La memoria clasifica y criba con arreglo a las exigencias de quien rememora.
¿Tenemos acceso al algoritmo de sus prioridades? Probablemente no. Pero yo presumiría que la memoria prioriza lo más útil para orientar al poseedor de esos recuerdos. De modo que habría un interés personal en que los más felices sean los que afloren antes. Pero es solo una conjetura. (...)

Por ejemplo, recuerdo una noche en que estaba en la cama, desvelado por una de esas erecciones que te palmotean el estómago y que cuando eres joven das por sentado —o no te preocupa— que durarán el resto de tu vida. Pero aquella vez era diferente. Verán, era una especie de erección generalizada, sin ninguna conexión con una persona o un sueño o una fantasía. Se trataba más bien del puro gozo de ser joven. Joven de cerebro, corazón, polla y alma, y resultaba ser la polla lo que mejor expresaba aquel estado general.
.
Creo que cuando eres joven piensas en el sexo casi todo el tiempo, pero no reflexionas mucho al respecto. Estás tan enfrascado en el quién, el cuándo, el dónde, el cómo —o, más a menudo, en el gran y si…— que piensas menos en el por qué y el para qué. Antes de conocer el sexo has oído todo tipo de cosas sobre él; actualmente muchas más, y mucho antes y mucho más gráficamente que cuando yo era joven. Pero el resultado viene a ser el mismo: una mezcla de sentimentalismo, pornografía y tergiversación. Cuando vuelvo la mirada a mi juventud, la veo como una época de vigor genital tan insistente que impedía el examen de para qué servía tanta pujanza.
Quizá hoy no entiendo a los jóvenes: me gustaría hablar con ellos y preguntarles cómo lo ven ellos y sus amigos, pero entonces surge la timidez.
Y quizá tampoco comprendía a los jóvenes cuando yo lo era. Esto también podría ser verdad. 
Pero por si te lo preguntas, no envidio a los jóvenes. En mis tiempos de furia e insolencia adolescente, me preguntaba: ¿para qué sirven los viejos, si no para envidiar a los jóvenes? Me parecía su propósito principal y definitivo antes de extinguirse. Una tarde paseaba al encuentro de Susan y había llegado al paso de cebra del Village. Se acercaba un coche, pero impulsado por la impaciencia normal de un amante, empecé a cruzar. El coche frenó, más en seco de lo que el conductor evidentemente había pretendido, y tocó la bocina.
Me paré donde estaba, justo delante del capó del coche, y miré fijamente al conductor. Reconozco que quizá yo tenía una pinta irritante. El pelo largo, vaqueros color púrpura y joven, un sucio y puto joven. El conductor bajó la ventanilla y soltó unos juramentos. Me dirigí hacia él, sonriendo, y con ganas de pelea. Él era viejo, un puto y sucio viejo, con las estúpidas orejas rojas de un anciano. ¿Conoce esa clase de orejas tan carnosas, cubiertas de pelos por dentro y por fuera? Con cerdas densas dentro; finas y peludas fuera.
—Morirás antes que yo —le informé, y me marché contoneándome del modo más exasperante que pude.



Así que ahora que soy más mayor comprendo que una de mis funciones humanas es permitir que los jóvenes crean que los envidio. Pues es obvio que los envidio en la cruda cuestión de morir antes; por lo demás, sin embargo, no. Y cuando veo una pareja de jóvenes amantes, entrelazados verticalmente en la esquina de una calle, o entrelazados horizontalmente sobre una manta tendida en el parque, el sentimiento principal que me suscitan es una especie de impulso protector. No, no compasión: un sentimiento de protección. No se trata de que ellos la deseen. Y, no obstante (y resulta curioso), cuanto más bravucona es su conducta, más fuerte es mi reacción. Quiero protegerlos de lo que es probable que les depare el mundo y de lo que se harán probablemente el uno al otro. Por supuesto, esto no es posible. No solicitan mi asistencia, y su confianza es una insensatez. (...)

No sé cuándo adquirí la costumbre —muy pronto, sin duda—, pero solía sujetarle las muñecas. Quizá empezó con el juego de ver si podía abarcarlas con los dedos corazón y pulgar. Pero enseguida se convirtió en una costumbre. Ella extiende los antebrazos hacia mí, con los dedos formando un pequeño puño, y dice: «Cógeme las muñecas, Paul». Yo se las ciño y aprieto con toda mi fuerza. No hacían falta palabras para este acto. Era un gesto para calmarla, para transmitirle algo. Una inyección, una transfusión de fuerza. Y de amor.

Mi actitud ante nuestro amor era singularmente franca, aunque sospecho que esa singular franqueza es característica de todo primer amor. Yo pensaba, simplemente: Bueno, una vez establecida la certeza de que nos amamos, el resto de la vida tiene que encajar alrededor. Y tenía plena confianza en que así sería. Recuerdo de algunas de mis lecturas escolares que la pasión supuestamente crecía gracias a los obstáculos, pero ahora que estaba experimentando lo que previamente solo había leído, el concepto de un obstáculo al amor no parecía necesario ni deseable. Pero yo era emocionalmente muy joven y quizá sencillamente ciego a los escollos que otros verían a simple vista.
O quizá no me guiaba por ninguna lectura previa. Quizá lo que pensaba realmente era esto: Ahora estamos aquí los dos y es ahí adonde tenemos que llegar; todo lo demás no importa. Y aunque al final sí llegamos cerca de donde yo soñaba, ignoraba a qué precio.



He dicho que no recordaba el clima. Y hay también algo más, como la ropa que yo llevaba y lo que comía. La ropa era una necesidad sin importancia y la comida un mero combustible. Tampoco recuerdo cosas que debería recordar, como el color del cupé de los Macleod. Creo que era de dos tonos. Pero ¿era gris y verde o quizá azul y beige? Y aunque pasé muchas
horas cruciales en sus asientos de piel, no sabría decir de qué color eran. ¿Era de nogal el salpicadero? Qué más da. A mi memoria, desde luego, le da igual, y mi memoria es mi guía aquí. (...)

Y además hay cosas que no voy a molestarme en decir. Como qué estudié en la universidad, cómo era mi habitación y en qué Eric era diferente de Barney e Ian de Sam, y cuál de ellos era pelirrojo. Salvo que Eric era mi amigo más íntimo, y siguió siéndolo durante muchos años. Era el más amable de todos nosotros, el más serio, el que más confiaba en los demás. Y, quizá por estas mismas cualidades, era el que más problemas tenía con las chicas y, más adelante, con las mujeres. ¿Había algo en su dulzura, y en su propensión a perdonar, que casi provocaba la maldad del prójimo? Ojalá conociera la respuesta a esta pregunta, no solo por la ocasión en que lo dejé tirado. Lo abandoné cuando necesitaba mi ayuda; lo traicioné, si se quiere. Pero hablaré de esto más tarde.
Y otra cosa. Cuando más arriba he hecho mi boceto de agente inmobiliario sobre el Village, puede que no haya sido estrictamente exacto.
Por ejemplo, respecto a los postes luminosos del paso de cebra. Puede que me los haya inventado, pues hoy día es raro ver un paso de cebra sin el obligado par de luces intermitentes. Pero entonces, en Surrey, en una carretera con poco tráfico…, lo dudo bastante. Supongo que podría hacer una investigación real, buscar postales antiguas en la biblioteca central o las pocas fotos que conservo de la época, y rectificar mi relato en consonancia con ellas. Pero estoy rememorando el pasado, no reconstruyéndolo. Así que no habrá muchos decorados. Quizá prefieras más. Quizá estés acostumbrado a ellos. Pero no puedo remediarlo. No intento tejer una historia; estoy tratando de contar la verdad. (...)



Aquella noche miré a mis padres y presté atención a todo lo que decían.
Intenté imaginar que ellos también habían tenido su historia de amor. En un tiempo lejano. Pero no llegué a ninguna conclusión. Después traté de imaginar que cada uno había vivido su historia de amor, pero por separado, antes del matrimonio o quizá —aún más emocionante— durante el mismo.
Pero desistí porque de esto tampoco pude sacar nada en limpio. Me pregunté, en cambio, si, al igual que Joan, yo también simularía, disimularía para desviar la curiosidad. ¿Quién sabe?
Rebobiné y traté de imaginar cómo habría sido la vida de mis padres en los años anteriores a mi nacimiento. Me los represento empezando juntos, lado a lado, codo con codo, felices, confiados, recorriendo un surco de hierba tierna y blanda. Todo es verdor y el entorno es extenso; no parece haber ninguna prisa. Después, a medida que avanza el curso normal, cotidiano de la vida, desprovisto de amenazas, el surco se hace más profundo muy despacio y
el verde aparece tachonado de pardo. Un poco más adelante —una década o dos—, el montón de tierra es más alto a ambos lados y no pueden ver por encima. Y ahora no hay escapatoria, no hay vuelta atrás. Solo hay el cielo arriba y muros cada vez más altos de tierra parda que amenaza con sepultarlos. (...)


Hay algo que debería haber aclarado antes. Tal vez estoy haciendo que mi relación con Susan parezca un dulce entreacto veraniego. A fin de cuentas, el estereotipo se empeña en verlo así. Hay una iniciación sexual y emocional, un suntuoso paso de gustos, placeres y mimos, y después la mujer, con una punzada pero también con sentido del humor, devuelve al joven al más ancho mundo y a los cuerpos más jóvenes de su propia generación. Pero ya te he
dicho que no fue así.
Estuvimos juntos —y digo bien: juntos— durante diez o doce años, según desde cuándo y hasta cuándo se cuente. Todos aquellos años coincidieron con lo que a los periódicos les gustaba denominar la «revolución sexual»: una época de jodienda a tutiplén —o eso nos inducían a creer—, de placeres instantáneos y de ligues informales, exentos de culpa, en los que la lujuria y la ligereza emocional pasaron a ser el orden del día. De modo que podría decirse que mi relación con Susan resultaba tan ofensiva para las nuevas normas como para las antiguas. (...)

Dicho de otra forma. Yo tenía diecinueve años y sabía que el amor era incorruptible, a prueba del tiempo y del deterioro. (...)



Si algo he descubierto a lo largo de los años es que el primer amor sienta una pauta para toda la vida. Puede ser que no supere a los amores posteriores, pero a estos siempre les afectará la existencia del primero. Puede servir de modelo o de ejemplo negativo. Puede ensombrecer a los amores siguientes o, por otra parte, puede facilitarlos o mejorarlos. Aunque en ocasiones el primer amor cauteriza el corazón, y lo único que encontrará quien busque después será tejido cicatricial.
«Nos eligieron por azar». No creo en el destino, como quizá ya he dicho. Pero ahora sí creo que cuando dos amantes se encuentran, ya existe tanta prehistoria que solo son posibles determinados resultados. Los amantes, por el contrario, se imaginan que el mundo vuelve a empezar desde cero y que las posibilidades son nuevas e infinitas.
Y el primer amor siempre acontece en la aplastante primera persona. ¿Cómo puede ser de otra manera? Y además en el abrumador presente de indicativo. Tardamos en comprender que existen otras personas y otros tiempos verbales. (...)



Soy un muchacho: ella es una mujer casada de mediana edad. Yo poseo el cinismo y el supuesto entendimiento de la vida; no obstante, soy tan idealista como cínico, convencido de que tengo voluntad y aptitud para resolver cosas.
¿Y ella? No es cínica ni idealista; vive sin enredarse en teorías y toma cada circunstancia y cada situación según vienen. Se ríe de cosas y a veces su risa es una forma de no pensar, de eludir verdades obvias y penosas. Pero al mismo tiempo creo que está más cerca de la vida que yo.
No hablamos de nuestro amor; simplemente sabemos que existe, incuestionable; que es lo que es y que todo emanará, inevitable y justamente, de este hecho. Para confirmarlo, ¿nos repetimos continuamente «Te quiero»?
A esta distancia, no lo sé muy bien. Pero recuerdo que cuando me acuesto con ella, después de haber cerrado la puerta trasera, ella susurra:
—No lo olvides nunca: el punto más vulnerable es la mitad de la pista. (...)


Podrías preguntarme lo profunda que era mi comprensión del amor a los diecinueve años. Un tribunal quizá considerase que se basaba en unos cuantos libros y películas, conversaciones con amigos, sueños embriagadores, dolorosas fantasías sobre determinadas chicas en bicicleta, y una cuarta parte de mi relación con la primera mujer con la que me había acostado. Pero el ego de mis diecinueve años corregiría al tribunal: se «comprende» el amor más tarde, la «comprensión» del amor bordea el sentido práctico, se «comprende» el amor cuando el corazón se ha enfriado. El amante, en su rapto, no quiere «comprender» el amor, sino experimentarlo, sentir la intensidad, la clarificación de las cosas, la aceleración de la vida, el egoísmo totalmente justificable, el descaro lascivo, la vociferante alegría, la seriedad serena, el
anhelo ardiente, la certeza, la simplicidad, la complejidad, la verdad, la verdad, la verdad del amor.
Verdad y amor, este era mi credo. Amo a Susan y veo la verdad. Así desencillo.
(...)

Cuando de nuevo aludió a mis futuras novias dije, muy clara y firmemente, que ella siempre estaría presente en mi vida: pasara lo que pasase, siempre habría un lugar para ella.
—Pero ¿dónde me pondrías, Casey Paul?
—En el peor de los casos, en un desván bien equipado.
Lo decía metafóricamente, por supuesto.
—¿Como un trasto viejo?
Yo detestaba esa conversación.
—No —repetí—, siempre estarás ahí.
—¿En tu desván?
—No, en mi corazón.
Lo decía de verdad, era la pura verdad: tanto lo del desván como lo del corazón. Toda mi vida.
No me percaté de que había pánico en su interior. ¿Cómo podía imaginarlo? Pensaba que solo lo sentía yo. Ahora, demasiado tarde, me doy cuenta de que todos lo sentimos. Es una condición de nuestra mortalidad.
Tenemos códigos de conducta para aplacarlo y minimizarlo, bromas y hábitos y numerosas formas de desviarlo y distraerlo. Pero estoy convencido de que hay pánico y un caos infernal a la espera de emerger dentro de todos nosotros.
Lo he visto rugir en los moribundos, como una última protesta contra la condición humana y su tristeza crónica. Pero existe en los más equilibrados y racionales de nosotros. Solo hacen falta las circunstancias propicias para que aparezca. Y entonces estás a su merced. El pánico empuja a algunos hacia Dios, a otros a la desesperación, a las obras benéficas, a la bebida, al olvido afectivo, y a otros a una vida en la que esperan que nada grave vuelva a Trastornarlos. (...)



Uno de tus problemas es el siguiente: durante un largo tiempo te resulta inconcebible que Susan sea bebedora. ¿Cómo va a serlo si su marido bebe y a ella le asquea la bebida? Aborrece hasta el olor del alcohol, aborrece las falsas emociones que desencadena en las personas. A Macleod lo vuelve más grosero, más colérico, más burdamente sentimental; cuando la agarraba del pelo y le apretaba un vaso contra los labios, ella habría preferido que el jerez se derramara sobre su vestido en vez de por su garganta. Tampoco ha habido en su vida nadie que le ofreciera un ejemplo creíble de lo contrario: que el alcohol es algo glamouroso, que sirve para desinhibir, que es divertido, que puedes controlarlo porque sabes cuándo permitírtelo y cuándo rechazarlo.
Tú la crees. Nunca le pides explicaciones por sus ausencias y sus retrasos cada vez más frecuentes. Cuando al llegar la encuentras inexpresiva y con aire somnoliento, te dices que habrá tomado por error una pastilla de más, lo cual a veces es cierto. Y como te resulta inevitable creer que una de las razones de que esté tomando antidepresivos es que no consigues hacerla tan feliz como para que no los necesite, te sientes culpable y la culpa te impide interrogarla.
Así que cuando, saliendo de su modorra, ella alza la vista, da unas palmadas a su lado en el sofá y pregunta: «¿Dónde has estado durante toda mi vida?», sientes un desgarro en tu interior y no hay nada que quieras más en el mundo que arreglar todos sus problemas, y no como tú quieres, sino como ella quiere resolverlos. Entonces te sientas a su lado y le coges las muñecas.
Del mismo modo que crees que tu amor es único, crees que las dificultades de Susan —sus problemas— son únicos. Eres demasiado joven para comprender que toda conducta humana se inscribe en pautas y categorías y que su caso —el tuyo— dista de ser único. Quieres que ella sea una excepción y no una norma. Si en aquel tiempo alguien hubiera aventurado una palabra como codependencia —en el supuesto de que ya la hubieran inventado—, la habrías desestimado riéndote como si fuera jerga norteamericana. Sin embargo, quizá te hubiera impresionado más un vínculo estadístico que entonces ignorabas: que los allegados de un alcohólico, lejos de sentir repulsión por el hábito —o, más bien, a pesar de que les repele el hábito—, a menudo sucumben ellos también. (...)


Sigues durmiendo con ella, pero no hacéis el amor desde hace mucho. No te preguntas cuánto hace según el calendario, porque lo que importa es cuánto hace según el corazón. Descubres más cosas del sexo de las que quieres saber,o más de las que deberían permitírsete descubrir mientras todavía eres joven.
Algunos descubrimientos habría que dejarlos para más adelante, cuando quizá duelan menos.
Sabes ya que hay sexo bueno y sexo malo. Naturalmente prefieres el bueno al malo. Pero también, siendo joven, piensas que aun así, considerados todos los aspectos, los duros y los blandos, el sexo malo es mejor que ningún sexo. Y a veces mejor que la masturbación; aunque otras veces no.
Pero si crees que estas dos categorías son las únicas que existen, es que estás equivocado. Porque hay una que no sabías que existiese, algo que no es, como podrías haber supuesto al oír hablar de ella, una mera subcategoría del mal sexo; y es el sexo triste. El sexo triste es el más triste de todos. El sexo triste es cuando la pasta de dientes dentro de la boca de Susan no encubre del todo el olor del jerez dulce y ella susurra: «Alégrame, Casey Paul». Y la complaces. Aunque alegrarla a ella también supone entristecerte tú.
El sexo triste es cuando ya está dopada por una píldora antidepresiva pero tú piensas que si la follas quizá la animes un poco más.
El sexo triste es cuando tú mismo estás tan desesperado, la situación es tan insoluble, la prehistoria tan opresiva, tu propio equilibrio anímico tan incierto de un día para otro, de un momento a otro, que piensas que bien podrías dejarte ir con el sexo durante unos minutos, durante media hora. Pero no te dejas ir, ni cambia tu estado de ánimo, ni siquiera durante un nanosegundo.
El sexo triste es cuando notas que estás perdiendo todo contacto con ella, y ella contigo, pero que es el medio de deciros mutuamente que la conexión existe todavía de algún modo; que ninguno de los dos va a abandonar al otro, aun cuando una parte de ti cree que deberías. Después descubres que insistir en esa conexión es lo mismo que prolongar la pena.
El sexo triste es cuando estás haciendo el amor con una mujer mientras piensas en la forma de matar a su marido, aunque nunca serías capaz de hacerlo porque no eres esa clase de persona. Pero al igual que tu cuerpo no se detiene, tampoco tu pensamiento; te ves pensando: sí, si lo sorprendieras estrangulando a Susan, te figuras que lo golpearías con una pala en la nuca, o que lo apuñalarías con un cuchillo de cocina, si bien comprendes que, en vista de tu ineptitud con los puños, podría suceder que la pala o el cuchillo resbalasen y en vez del cuerpo de Gordon acabaran hiriéndola a ella. Entonces este relato paralelo en tu cabeza se desquicia todavía más y te plantea que si fallaras el ataque a Gordon y en su lugar la alcanzases a ella podría ser porque secretamente querías lastimarla, puesto que Susan —esta mujer desnuda
ahora debajo de ti— te ha metido en este cenagal insoluble en una etapa tan temprana de tu vida.
El sexo triste es cuando ella está sobria, los dos os deseáis, sabes que tú la amarás siempre a pesar de todo y que ella te amará siempre a pesar de todo, pero tú —los dos, tal vez— comprendes ahora que amarse el uno al otro no necesariamente conduce a la felicidad. Y por eso hacer el amor se ha convertido no tanto en una búsqueda de consuelo como en un intento vano de negar vuestra desdicha recíproca.
El buen sexo es mejor que el sexo malo. El sexo malo es mejor que ningún sexo, salvo cuando la ausencia de sexo es mejor que el mal sexo. El autosexo es mejor que ningún sexo, salvo cuando ningún sexo es mejor que el autosexo. El sexo triste es siempre mucho peor que el buen sexo, el mal sexo, el autosexo y ningún sexo. El sexo triste es el más triste de todos. (...)


He dicho que nunca he llevado un diario. No es estrictamente cierto. En mi confusión y mi aislamiento hubo un punto en el que pensé que escribir cosas podría ayudarme. Utilicé una libreta de tapa dura, tinta negra y una cara de la página. Intenté ser objetivo. Pensé que no tenía sentido airear mis sentimientos de afrenta y traición. Recuerdo que la primera línea que escribí fue:
Todos los alcohólicos son mentirosos.
La idea, obviamente, no se basaba en una enorme muestra o en una amplia investigación. Pero lo creía entonces y ahora, decenios después, con más experiencia de campo, creo que es una verdad esencial de ese estado. Proseguí: Todos los amantes dicen la verdad.
De nuevo los ejemplos eran pocos, se limitaban principalmente a mí mismo. Me parecía evidente que el amor y la verdad estaban relacionados; de hecho, como quizá ya he dicho, vivir enamorado es vivir en la verdad.
Y luego la conclusión de este cuasi silogismo: Por consiguiente, el alcohólico es lo opuesto del amante.
Esto no solo era lógico, sino coherente con mis observaciones.
Hoy, toda una vida después, la segunda de estas premisas parece la más débil. He visto demasiados ejemplos de amantes que, lejos de vivir en la verdad, habitan en un país de fantasía donde imperan el autoengaño y el autobombo, y donde no hay rastro de realidad.
Sin embargo, mientras llenaba mi libreta y trataba de ser objetivo, la subjetividad no cesaba de minarme. Por ejemplo, al remontarme al tiempo que pasamos en el Village, advertí que aunque yo me consideraba amante y veraz, las verdades que había dicho lo eran solo para mí y para Susan. Dije mentiras a mis padres, a la familia de Susan, a mis amigos íntimos; hasta oculté cosas en el club de tenis. Protegí la zona de verdad con una muralla de mentiras. Al igual que ella me mentía ahora continuamente respecto a la bebida. Y también se mentía a sí misma. Y sin embargo seguía afirmando que me amaba.
En consecuencia, empecé a sospechar que me equivocaba al considerar que el alcoholismo era lo opuesto del amor. Quizá estuvieran mucho más cerca de lo que yo imaginaba. El alcoholismo es sin duda tan obsesivo —y absolutista— como el amor; y quizá para el bebedor el impacto del alcohol sea tan poderoso como el impacto del sexo para el amante. Así pues, el
alcohólico ¿no podría ser simplemente un amante o una amante que ha desplazado el objeto y el foco de su amor?
Mis observaciones y reflexiones llenaban ya unas docenas de páginas cuando una noche, al volver a casa, encontré a Susan en un estado que conocía demasiado bien: colorada, coherente solo a medias, propensa a ofenderse enseguida, y al mismo tiempo fingiendo afectadamente que todo iba de maravilla en el mejor de los mundos posibles. Fui a mi habitación y descubrí que mi escritorio había sido revuelto por una mano inexperta. El orden, incluso entonces, era uno de mis hábitos, y sabía dónde estaba cada cosa. Puesto que el escritorio contenía mis notas sobre alcoholismo, supuse, cansinamente, que lo más probable era que Susan las hubiera leído. Aun así, pensé que quizá a la larga la conmoción pudiese surtir un efecto provechoso en ella. A corto plazo, era evidente que no. (...)

A veces se hacía una pregunta sobre la vida. ¿Cuáles son más verídicos, los recuerdos felices o los infelices? Al final decidió que era una pregunta sin respuesta.
Llevaba decenios escribiendo en una pequeña libreta. En ella apuntaba lo que la gente decía del amor. Grandes novelistas, sabios de la televisión, gurús autodidactas, personas a las que había conocido en sus años de viajes. Reunió la evidencia. Y luego, cada dos años o así, la repasaba y tachaba todas las citas que ya no creía que eran verdad. Normalmente esta criba dejaba solo dos o tres temporalmente verdaderas. Temporalmente porque la vez siguiente era
probable que las tachara también para que otras dos o tres distintas ocupasen su puesto. (...)

Por supuesto, una anotación en su libreta era: «Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca». La frase resistió unos cuantos años; luego la tachó. Después volvió a escribirla; luego volvió a tacharla. Ahora las dos frases estaban una al lado de la otra, una clara y verdadera, la otra tachada y falsa. (...)

Una anotación de su libreta que había sobrevivido a varias inspecciones. «En el amor todo es verdad y mentira; es el único tema en el que es imposible decir algo absurdo». Desde que la descubrió le había gustado esta observación. Porque le llevaba a un pensamiento más amplio: que el propio amor nunca es absurdo, y tampoco ninguno de sus protagonistas. El amor se salta todas las severas ortodoxias de sentimientos y de conducta que una sociedad pueda querer imponer. A veces veías en el corral formas de afecto impensables: el ganso enamorado del burro, el gatito jugando sin peligro entre las patas del mastín encadenado. Y en el corral humano existían afectos igualmente inverosímiles, pero nunca absurdos para sus protagonistas. (...)

había advertido durante su vida una diferencia entre los sexos a la hora de hablar de las relaciones. Cuando una pareja rompía, era más probable que la mujer dijera: «Todo iba bien hasta que sucedió x». La x era un cambio de circunstancias o de ubicación, la llegada de otro hijo o, con demasiada frecuencia, la consabida —o no tan consabida— infidelidad. Lo más probable, por el contrario, era que el hombre dijese: «Me temo que todo fue mal desde el principio». Y estaría refiriéndose a una incompatibilidad mutua, o a un matrimonio contraído bajo coacción, o al descubrimiento de un secreto no revelado por una o las dos partes. Así, ella estaba diciendo:
«Fuimos felices hasta que», mientras que él decía: «Nunca fuimos realmente felices». Y la primera vez que había reparado en esta discrepancia, había intentado dilucidar cuál de las dos versiones tenía más probabilidades de ser cierta; pero ahora, en el otro extremo de la vida, aceptaba que las dos lo eran.
«En el amor todo es verdad y mentira; es el único tema en el que es imposible decir algo absurdo». (...)

Ahí estaba la anotación —una seria— que no había tachado en años. No recordaba de quién era: nunca anotaba el escritor o la fuente; no quería que la reputación lo amilanase; la verdad tenía que sostenerse por sí misma, clara y sin apoyos. Era la frase siguiente: «En mi opinión, todos los amores, felices o desdichados, son un auténtico desastre en cuanto te entregas por entero». Sí, merecía conservarse. Le gustaba la apropiada inclusión de «felices o desdichados». Pero la clave era: «En cuanto te entregas por entero». A pesar de las apariencias, no era una sentencia pesimista ni agridulce. Era una verdad expresada por alguien en pleno torbellino del amor, y que parecía contener toda la tristeza de la vida. Recordó de nuevo a la amiga que, largo tiempo atrás, le había dicho que el secreto del matrimonio era «zambullirte y emerger a conveniencia». Sí, comprendía que así podías mantenerte a salvo. Pero estar a salvo no tenía nada que ver con el amor.
La tristeza de la vida. Era otro enigma sobre el que reflexionaba a veces. ¿Cuál era la formulación correcta, o más correcta?: ¿«La vida es hermosa pero triste» o «La vida es triste pero hermosa»? Una u otra era obviamente cierta, pero nunca lograba decidir cuál.



Sí, el amor había sido para él un auténtico desastre. Y para Susan. Y para Joan. Y —retrocediendo a su época— bien podía haberlo sido también para Macleod.
Echó una ojeada a unas pocas entradas tachadas y volvió a guardar la libreta en el cajón. Tal vez siempre había sido una pérdida de tiempo. Tal vez el amor no podía encerrarse en una definición; solo se podía encerrar en un relato.
LA ÚNICA HISTORIA.
JULIAN BARNES.
ANAGRAMA, 2019

sábado, 28 de febrero de 2026

Lo mejor de MAJARETA (Juan Manuel Gil)

 

MAJARETA es, sin duda, como todas las de Juan Manuel Gil, una gran novela...
Sin embargo, tengo que reconocer que me ha sorprendido tanta unanimidad aseverando que se trata de "su mejor obra"... Yo, que le he leído todo, y todo con enorme gusto, situaría INCLUSO por encima Trigo limpio...
Pero, como ya digo, la unanimidad en reseñas como las que adjunto, muestran que mi opinión, completamente subjetiva, seguramente esté equivocada:


Yo estudié allí los tres primeros cursos de EGB, porque luego me matriculé en un colegio público que construyeron cerca de casa. Ya te adelanto que esos alumnos eran animales de granja intensiva. Tengo el recuerdo imborrable de verlos el primer día de clase, después del verano, con sandalias de goma apretujándoles los dedos, algunos sin camiseta y dándose raspones en la cabeza. Al parecer, según me contó mi madre, la cosa fue mejorando con el paso de los años, y no hace mucho me enteré de que ahora es un colegio decente donde la prensa hace cola de vez en cuando por si hay algún caso de acoso escolar. Pues no sé qué es peor, la verdad, si las sandalias de goma o las ensaladas de hostias. (...)

Era el primero en levantarse y el último en acostarse. Bienvenidos sean los raros si cumplen con sus menesteres tan apasionadamente, ¿no te parece? Hasta donde a mí me dijeron, este hombre no se metía en ningún problema. Y quizá, si lo pensamos un segundo, eso sea lo más sospechoso de todo. ¿Quién no se mete en problemas hoy en día? Lo queramos o no, la vida está como está, y problemas llegan, y algunos con una cara de perro de la hostia. No sé si me explico. Cuando yo me cruzo con alguien que evita a toda costa los problemas me hago esta pregunta: ¿de qué no quiere que me entere? A lo mejor es que soy muy paranoica para estos detalles, pero he acertado muchas veces. Este hombre trabajaba en un colegio donde el anterior director había sido despedido por no se sabe bien qué pero todas nos imaginamos; donde el jefe de estudios daba rienda suelta a prácticas un tanto inquietantes; donde algunos de sus alumnos han ocupado la portada del periódico por grabar a alumnas en los aseos. ¿Te parece un sitio donde no vayas a tener problemas? Porque a mí no. Te pongas en el lado que te pongas, vas a tener que esquivar y recibir alguna pedrada. Cuando él aceptó vivir en la casa del colegio, mi madre se ofreció, junto con el resto de las compañeras de la limpieza, a desalojar todo lo que allí se almacenaba y a esclarecer unas habitaciones que quizá nadie había utilizado antes. Él no dijo ni que sí ni que no, de modo que ellas se pusieron manos a la obra. En dos fines de semana todo estaba listo. Supongo que él también arrimaría el hombro, no tengo constancia de lo contrario. Lo que sí sé, y dudo mucho que yo llegue a olvidar algo así, es que mi madre, el día que le hizo entrega de la llave de llaves, la que abría el armario metálico donde se guardaban y ordenaban todas las demás, le deseó suerte y le dio un abrazo que, según ella, no fue correspondido o, al menos, no supo devolver. Y aquí, en este momento, imagina un buen silencio, lo largo que tú quieras, y, si me apuras, un poquito más, para subrayar que no es ese abrazo lo que nunca olvidaré, sino las palabras que él pronunció, muy bajito, casi a modo de susurro, justo cuando tuvo su boca junto a la oreja de mi madre: Muchas gracias, mamá. Te lo repito por si no lo has escuchado bien: Muchas gracias, mamá. ¿Qué? ¿Qué me dices? Con veintitantos años en las alforjas, confundió a mi madre con la suya. Ay, amigo, no quiero pecar de suspicaz otra vez, pero me da a mí que a este tipo ya por entonces se le estaba llenando la cabeza de oscuridad. (...)

Fácilmente te hablo de 1979 o 1980, que estaríamos cursando quinto o sexto de EGB, o puede que octavo, yo qué sé, hace mucho de aquello. La comunión más que hecha, revolucionados con las niñas y obsesionados con tener pelos en los huevos. Ese podría ser nuestro curriculum vitae de entonces. Mi relación con él siempre fue dentro del colegio, nunca en la calle, porque ese chaval pertenecía a los internos de la residencia escolar, que estaba en un edificio anexo. Me refiero a nuestro antiguo colegio, no a ese del que ahora todo el mundo habla y del que él ha sido conserje su vida entera. El nuestro estaba, y sigue estando, vamos, que estas cosas no se mueven, en el centro de la ciudad, y tenían preferencia de matrícula las familias del campamento militar. Así que alguna relación debía de tener él con el ejército. No sé cuál. El padre no era de la milicia, eso sí te lo puedo decir sin temor a equivocarme, porque venía a recogerlo algunos viernes, muy pocos, y la hechura de ese hombre no casaba con el uniforme. Dispongo de un radar para detectar estas cosas. Para ser preciso, lo tengo en la espalda, que es donde mi padre me daba con los tirantes coloreados con la bandera de España. (...)

Que ahora el personal quiera ponerse a buscar en los detallitos una gran explicación a lo que les ha hecho a esas criaturas, pues perfecto, adelante, si aquí hay libertad de expresión, faltaría más. Pero que sepas que antes de que ocurriera nada, todos pensaban lo mismo en este barrio: el conserje tiene un golpe en la cabeza. Ahora bien, también entiendo que si estoy en lo cierto, si mi planteamiento es el correcto, pocas páginas vas a escribir tú. Cuestión por la que desde ya me declaro personaje irrelevante en tu nuevo libro. A veces, por suerte, las cosas son exactamente lo que se aprecia a primera vista, porque si no el mundo sería un lugar agotador. Y si al conserje del colegio, durante toda su vida, lo han llamado loco, rarito, grillado, majareta, maniático, ido, trastornado y artista, es porque el humo de ese incendio se contemplaba desde bien lejos. (...)

Y que conste que yo no tengo nada contra él. Ni ahora, que ha metido la pata hasta el cuello, ni antes, que se dedicaba a actuar como un perturbado. Porque, dentro de lo que cabe, este hombre no es el peor que tenemos en el barrio. Aquí vamos bien servidos. En cualquier caso, yo a quien traté más fue a su padre, un hombre que no era de aquí y, por tanto, nunca dejó de ser un desconocido. Tuvo épocas de todos los colores: la de no salir de la farmacia, la de frecuentar bares y extraviarse más de la cuenta, la de discutir con su hijo en mitad de la calle y la de ayudar a los de la parroquia día y noche sin que nadie supiera por qué. A gusto del consumidor, vamos. Por muy farmacéutico que haya sido, jamás he envidiado su vida. Y eso que a mí me ha tocado un hijo vago y otro escritor, que no sé si vienen a ser una misma cosa. (...)

Sacaba libros en todas las direcciones que una pueda imaginar. De uno sobre fundamentos de la filosofía pasaba a un atlas histórico mundial y de ahí se encaminaba hacia un ensayo etnográfico o un catálogo de arte prehispánico. Te aseguro que no había semana que no me sorprendiera con sus elecciones. Una de aquellas veces me pidió un libro sobre los principios básicos de la química moderna, y yo, contagiada por su misma curiosidad, le pregunté si por casualidad conocía a los fundadores de todo ese tema, a los alquimistas. Recuerdo cómo abrió los ojos más de la cuenta. Tuve la impresión de que se quedaba solo allí mismo, frente a mí, delante de dos mujeres que esperaban su turno. Supongo que no imaginaba que fuese a implicarme de ese modo en su propio interés. Me dijo que no los conocía y se dio media vuelta. En cuanto estuve en la biblioteca, busqué entre los ejemplares expurgados hasta dar con un librito que en mi labor de ordenar y descartar había pasado por mis manos en unas cuantas ocasiones. Se trataba de un breviario que abordaba el tema de los alquimistas a lo largo de la historia, lleno de pequeñas láminas, figuras y esquemas, publicado por la Fundación Recreo en los años cincuenta. Aunque era un breviario tan bello como sencillo, esa colección estaba marcada por la desgracia: la humedad de esta ciudad la hacía trizas por mucho que la restauráramos. Así que cogí uno de esos pequeños volúmenes medio descuajeringados y, en mi siguiente visita al barrio, se lo regalé con una anotación, no de mi autoría pero sí de mi puño y letra. Decía así: «¿No nace, por ejemplo, el oro de la piedra que lo encierra, como la almendra de la pulpa que la cerca?». Quizá te preguntes cómo demonios recuerdo con tal precisión este episodio. Casi palabra por palabra, hecho por hecho, detalle por detalle. Supongo que la respuesta vive implícita en lo que viene a continuación. Cuando Leo tomó entre sus manos La alquimia, ese era el título del libro, se le coloreó la cara como le habría ocurrido a un niño que escucha un cumplido en mitad de clase. (...)

Una noche pones el despertador para levantarte antes de que despunte el sol, y a la siguiente ya no hace falta que lo hagas más, ya puedes tirar el despertador a la basura y quedarte debajo de las sábanas hasta que te entren ganas de abrirte una lata de atún y un vasito de arroz precocinado. Día tras día hasta el último día. ¿Cómo se le llama a eso? ¿Una vida nueva? Una vida nueva es que te amputen las falanges de ambas manos en quinto curso de piano o que vayas a por el segundo hijo y te vengan trillizos. Esto que le hicieron a él fue sangrarlo como a un marrano y dejarlo con apenas un hilo de vida para que pudiera seguir tirando. Mira, Leo, que a partir de ahora ya no tienes que hacer primero lo que va primero, ni después lo que va segundo, ni, por supuesto, más tarde lo que va tercero. Y se quedaron tan a gusto, oye. Si te roban tus obligaciones y el orden que las soporta, sabes de sobra que lo que va a reinar a partir de ese momento es el caos. Y en el caos caben muchas cosas.
MAJARETA.
JUAN MANUEL GIL.
(SEIX BARRAL, 2026)

jueves, 26 de febrero de 2026

Lo mejor de PORNOCRACIA (Jorge Dioni López)




«Respetad la polla. Grabaos esta idea. Yo soy el que manda.
Yo soy el que dice sí. No. Ahora. Aquí. 
Porque es universal, tíos, es evolutivo, es antropológico, es biológico, es animal. 
Nosotros somos hombres».

Magnolia, P. T. ANDERSON

«Follar es como ir a misa, ya sabes lo que va a pasar». La frase pertenece al primer capítulo de Autodefensa, una de las mejores series que he visto en los últimos años y una de las que más palos recibió. Si el mayor miedo que tenemos los hombres es a que se rían de nosotros, como sostiene la escritora Margaret Atwood, la serie lo hace de forma cruel y despiadada, sin buscar en ningún momento la complicidad o el codazo amistoso. No hay guiños. No hay una caída de ojos al final que indique que todo es un paréntesis irónico. Vale, chicos, sabemos que nos hemos pasado. En realidad, queremos entenderos y reírnos juntos. Para nada.
Lo que la serie deja muy claro es otra cosa: no nos importáis. Sois prescindibles para pasarlo bien o para pasarlo mal, como hemos sido nosotras en vuestras historias. No queremos oíros ni que nos miréis. No queremos vuestra validación. No os admiramos, no os escuchamos, no os
amamos y, por lo tanto, no os vamos a cuidar. Da igual si sois nuestros padres o hermanos. No nos vamos a hacer cargo. Nos hemos dado cuenta de que sois ridículos y ya no tenemos miedo a cómo podáis reaccionar.


La serie sigue la vida de dos mujeres jóvenes en Barcelona que tienen los nombres de las creadoras, Berta y Memé. Con un cambio de roles de género, su actividad encaja con las llamadas buddy movie o películas de colegas de la cultura Bro, donde se refleja la vida despreocupada y hedonista de la juventud masculina, ávida de experiencias antes de acabar
en las dulces, pero asfixiantes garras del matrimonio. Son dos mujeres que se van de fiesta sin miedo a ser atacadas; dos mujeres que dicen que no y que dicen que sí, pero que no se enamoran porque no nos toman en serio; dos mujeres que hacen todo lo que hemos hecho nosotros en las pelis: tener la casa hecha una mierda, consumir drogas, reírse de las emociones ajenas, despreocuparnos de la logística, no cuidarse físicamente, ridiculizar la implicación de la persona con la que acabamos de estar o, en el último capítulo, mear en la calle. Es complicado que los hombres no sexualicemos un cuerpo femenino y es casi imposible que no sexualicemosun sexo femenino. Esta serie lo logró. No se maquillan, no se depilan, no buscan una luz favorecedora, no son amables, no quieren agradar, no buscan la mirada. Ellas son mirada. Es decir, antiporno. Dos pijas, señalaron las críticas. No sabemos de dónde sacan el dinero, cómo se pagan ese piso. Están todo el día de fiesta. No hacen más que follar y drogarse. No se toman nada en serio. Son una caricatura que no refleja los problemas reales que sufren los jóvenes, como la precariedad laboral o el acceso a la vivienda. Más o menos, todo eso se dijo, otorgando a la serie un componente de representatividad que sorprendió a las
creadoras, pero que encaja con el modelo social donde el varón blanco heterosexual es «lo uno» y todo lo demás es «lo otro». Somos el centro.
Hablamos por nosotros mismos o encarnamos a toda la humanidad, mientras que las otras voces son genéricas y representan a su grupo concreto. Carecen de esa capacidad de individuación porque son periferia. Aún hoy, existe la idea de «literatura» y «literatura de mujeres». De hecho, las mujeres aprenden a amar a los hombres en su individualidad, mientras
que los varones nos socializamos en que ellas nos atraigan en su esencia genérica. Algo que se resume en las bromas de tipo «me gustan todas».



Señalar la falta de realismo era algo muy revelador porque, en general,la narrativa española es introspectiva y suele eludir todo lo que tiene que ver con las condiciones materiales. Durante años, mantuve una apuesta con las y los asistentes a mis talleres de lectura y escritura: si me traían diez narraciones sobre la crisis de 2008, invitaba a todo el mundo a unas cañas. Podían ser novelas, libros de cuentos, películas o series. Nadie lo logró. Creo que ahora esa lista sí podría hacerse, aunque con una presencia mayoritaria de la autoficción. Es decir, cómo me ha afectado a mí la crisis.
El realismo tiene mala suerte en España. La movida acabó con el cine quinqui, la novela psicológica con la generación de los cincuenta y así podríamos seguir repasando cómo, desde el misticismo, no nos gusta la gente que explica lo que sucede.

Como sostiene la filósofa Florencia Abadi, «el absoluto patriarcal es el reino de los seres que no reconocen haber recibido nada», algo que comienza desde el origen. Aceptamos proceder de una madre, pero no del deseo de una mujer. La Virgen concibió y fue concebida sin pecado: la Inmaculada Concepción, un dogma del puritano siglo XIX. Para Abadi, el origen de la misoginia es la envidia de la capacidad creadora de la mujer.



Los hombres hacemos, queremos hacerlo todo, pero no podemos hacer lo más importante.
No hemos escrito, pintado o investigado por ser más capaces, sino porque el trabajo de esas personas, disfrazado de amor o producto de la coacción, nos daba el tiempo necesario para hacerlo. También, porque teníamos estructuras de poder formales o informales para cerrar el paso y que el mundo y la historia fueran una conversación entre caballeros. Por último, cuando había algún fallo del sistema y alguna mujer se colaba, solía ser arrinconada inmediatamente. Los escritores de cierta edad se quejan cuando se recupera a alguna autora ya fallecida y hablan de inclusión forzada, quizá para no pensar que lo impuesto era lo otro. Es decir, la situación anómala fue la que permitió tener tanto espacio a un porcentaje muy pequeño de la humanidad. Siempre es duro darse cuenta de que no eres tan bueno y, aún peor, que quizá el mundo que viene no te recordará porque la estructura que permitió tu carrera está desapareciendo. De ahí, la reacción actual.

Es lógico que, a nivel general, los grupos que han tenido ciertas cuotas de poder reivindiquen ese viejo contrato social basado en la exclusión y la desigualdad cuando se resquebraja el que lo sustituyó, basado en la inclusión y la redistribución. Es decir, la fuerza y la ley. Si los derechos humanos están en crisis y la movilidad social se percibe como algo roto, puedo refugiarme en mi paraguas particular como europeo, hombre, blanco, heterosexual o propietario y defenderlo de forma agresiva. Si la política no me ofrece esperanza, ciertos relatos pueden darme certezas.
Son caminos opuestos, pero llegan al mismo lugar: seguridad emocional, la sensación de tener el control. 



«Una vez que dejemos de valorar más lo público que lo privado, seguramente estaremos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley, el bien público por excelencia, que la fuerza», sostenía el historiador Tony Judt. Si las estructuras públicas y generales de bienestar se degradan, no es extraño que los grupos sociales se refugien en otros aspectos, como lo cultural, y traten de construir redes segregadas y, además, que lo hagan de una forma cruda, tanto nativos como migrantes.
Se habla de los problemas de integración de la gente que llega a un sitio, pero deberíamos pensar que el principal problema es que los que ya estaban no quieren formar un grupo común. La hospitalidad era un deber histórico en culturas como la griega o la cristiana.
Como el modelo propone la competición como formato para hacerse con los recursos, esas redes estarán basadas en la homogeneidad y su actuación tendrá un componente violento que, salvo que sea necesario, no pasará de lo lingüístico o la representación, pero también puede concretarse. Discursos que se susurraban, como el machismo o el racismo, se presentan de forma explícita y ganan legitimidad con el fin de asustar a otros grupos para que no compitan por los mismos recursos. Es la funcionalidad clásica de la violencia contra «el otro». No es cuestión de que no estén, sino de que no crean tener los mismos derechos. Eufemísticamente, a esa segregación del espacio público se le llama «un mundo ordenado».



Vuelve Berta a hablar: a todos los hombres, solo se les exige que sean una buena persona. Yo hago los deberes, soy ordenada, he sido cuatro veces la delegada de la clase, siempre llego puntual y además soy muy creativa. Participo en todas las actividades del cole. Hago música, danza y teatro. Soy mejor que Dídac Nadal. La empatía es una virtud tradicionalmente femenina igual que la confianza es masculina. Es muy extraño oír hablar a una mujer con esa seguridad, explicitando sus logros o virtudes. De hecho, es más habitual el autodesprecio y, por ejemplo, hablar de sus proyectos con diminutivos. La mujer ambiciosa ha sido castigada en los relatos clásicos, siempre hay un lobo para quien se sale del camino. En nosotros, es lo que se espera. Eres un hombre, puedes hacer cosas, tienes que hacer cosas, tienes que decir las cosas, tienes que protagonizar las cosas.
Desde el patio del colegio, los hombres estamos socializados en la ocupación del espacio. Señalamos las porterías y, tras expulsar los comportamientos tradicionalmente femeninos, competimos con otros hombres. Mientras nosotros estamos concentrados en la actividad, ellas tienen que estar atentas, vigilar, hacerse cargo. Es decir, estar a varias cosas a la vez, una capacidad que parece innata. Si recibes un balonazo, es que te pusiste en peligro por estar en el lugar inadecuado, una enseñanza que luego se aplica a cualquier espacio. De todos los deportes, el fútbol es donde las mujeres han recibido más inquina cuando han buscado participar en igualdad de condiciones. La clave es que no es un deporte, sino un territorio, lo mismo que los videojuegos. El gamergate fue una campaña de ciberacoso que comenzó en 2014 a las mujeres de la industria de los videojuegos en foros y redes sociales. Aunque esté gestionado por empresas privadas y las administraciones hayan desistido, hablamos de segregación en un ciberespacio que debería ser público.



El porno también es un territorio. Como sostienen Analía Iglesias y Martha Zein, el porno es una utopía de pollas sin problemas de erección ni rendimiento, vulvas abiertas e hinchadas, anos blancos sin mierda ni dentro ni fuera. Más rápido, más fuerte, más duro. Es una utopía
masculina. Es el país de las maravillas donde seguimos siendo los fuertes, los proveedores, los empotradores, los que deciden, los que monopolizan la actividad, los que controlan el relato. Es un refugio donde nuestros deseos se cumplen, nuestra voluntad se impone, se mantienen los
privilegios, la estructura de poder está inalterada y nuestra superioridad queda clara constantemente. Si, como decía Virginia Woolf, los hombres buscamos un reflejo que nos engrandezca, el porno es el gran espejo trucado. Es una de las construcciones sociales que convierten la diferencia en desigualdad.




¿Qué pasa si nos da la gana ser unas zorras o unas tontas o unas flipadas?, dice Memé. ¿Qué pasa si no queremos tu puta opinión, qué pasa si no queremos que intervengas en nuestra conversación? ¿Qué pasa si te pasamos la mano por la cara? Nada, se responde en la serie. El porno recupera la respuesta tradicional: me da igual lo que pienses porque haré lo que quiera. Todo ajuste en la estructura binaria toca hueso. Que las mujeres pudieran votar o trabajar significaba destruir la división público-privada. Que las mujeres ejercieran su libertad sexual, sostiene Clara Ramas, significaba destruir el único modo posible en que los hombres han adiestrado su deseo, como posesión y depredación. (...)

En el porno, el no de las mujeres puede ser cuestionado y es habitual que sea el argumento central de la escena. Uno de los puntos excitantes es invadir el espacio y romper la resistencia inicial. Es decir, vencer el obstáculo, plantearlo como un desafío. Puede ser mediante la palabra, el dinero o la violencia, ya sea como amenaza o concretada. También, como explosión histérica al ver el físico masculino. Otro argumento habitual es la incapacidad de las mujeres para mantener el control de su propio cuerpo al ver una polla descomunal. Como explica la filósofa Mónica Alario, el derecho a la autonomía sexual de las mujeres, marcar límites respecto al acceso a su espacio, entra en conflicto con el deseo de los hombres de acceso total. Solo un igual puede restringir. El porno manda un mensaje claro: sucederá. Más que deseo o encuentro, el porno muestra la manifestación de la voluntad neoliberal: lo hago porque puedo.
De nuevo, la dinámica actividad-pasividad. Los hombres hacen, las mujeres admiran; los hombres hablan, las mujeres escuchan; los hombres empotran, las mujeres dilatan. En la visión clásica, el cuerpo de la mujer tenía un papel pasivo en la reproducción y era el horno donde se
desarrollaba el ser creado por la semilla masculina. El porno recupera el esperma como elemento protagónico, ya no tanto como potencia creadora, sino como muestra de dominio. Marca terreno. La subversión que propone la serie no es tanto que las mujeres hagan y hablen, algo casi asumido y recogido en buena parte por las leyes europeas, sino que las mujeres no
admiren y no escuchen. La clave es el abandono del otro espacio simbólico que, si queda vacío, ¿quién lo ocupará?
La maternidad forma parte de ese territorio y es una actividad insustituible. Lo que la serie presenta sutilmente y con humor es el fantasma que recorre Occidente: las mujeres ya no quieren formar familias y es algo que va más allá de los salarios o el acceso a la vivienda. No
quieren asumir una doble o triple jornada laboral. No desean compartir su vida con gente con la que no comparten una visión del mundo. Están hartas de cargar con gente aparentemente adulta que no solo no se ocupa de la crianza, sino que hay que pedirles cita en el médico. Ellas tienen formación y empleo, y ya no quieren sacrificar su vida para otros.

PORNOCRACIA. (Por qué el mundo actual nos agota
y qué podemos hacer con el deseo)
JORGE DIONI LÓPEZ

martes, 17 de febrero de 2026

Lo mejor de LA MITAD DE SU EDAD (Jennette McCurdy)


Cierro los ojos y empiezo a bajar las manos, imagino que estoy en otro lugar, en uno con alguien con quien conecto, con alguien que me entiende y a quien yo entiendo. Es una pena. Por un segundo, creí de verdad que Randy podía ser ese chico. Es callado y malhumorado. Pensé que eso podría significar que tenía pensamientos tan apasionantes que no podía expresarlos en voz alta por temor a arruinarlos. 
—Tienes unas tetas preciosas —dice. 
—Gracias. 
—Preciosísimas —repite mientras las aplasta con los dedos, como un niño con una bola de plastilina—. Todo tu cuerpo es… 
—Gracias —vuelvo a decir, vacilante. 
A lo mejor mi cuerpo es precioso. No lo sé, ya que en los dos años que han pasado desde que tengo esta nueva versión de mi cuerpo, he estado mucho más obsesionada con ocuparme de él que con apreciarlo. Afeitarlo, rasparlo, cubrirlo, exfoliarlo, enjabonarlo o meterle un tapón de algodón grueso. Hacer siempre algo para evitar que mi cuerpo haga lo que quiere hacer. Supurar, estallar o sangrar, producir demasiado pelo en los lugares que no corresponde y poco en los que sí. Aún no estoy acostumbrada a esta figura, con estas curvas y estrías nuevas y esta silueta irreconocible. Es como si mi cuerpo menudo y de pecho plano ya no pudiera contener todo lo que había dentro y se hubiera expandido para hacer espacio. Ahora mi cuerpo va por delante de mi mente, y mi mente necesita alcanzarlo. Necesita comprender que esto no es un Airbnb. Esto es ahora su hogar. Aunque no lo sienta como tal aún. 
—¿Estás preparada? —me pregunta Randy. Entrecierra los ojos con una intensidad extraña. Quiero recordarle que esto no es Apollo 13. Es una pareja que va a follar en una cama de matrimonio. (...)




Randy me penetra con un bombeo en staccato. Igual que todos. O al menos los tres chicos con los que he tenido sexo, todos ellos con sus erecciones, sus espinillas y su forma de tocar mi cuerpo, como si estuvieran buscando las llaves de su coche. Sin pasión, sin ataduras. Solo sudor, bombeo y genitales. Partes del cuerpo dentro de partes del cuerpo. No es por no intentarlo. Lo intentan. Yo también lo intento. Sin embargo, por mucho escupitajo o semen, por mucha estimulación o besos, sexo oral o mamada, caricias o control del orgasmo, el sexo siempre se queda corto. Parece torpe y superficial. Un recuerdo descarado de las piezas deformes del puzle que son las partes íntimas del cuerpo. Y después se vuelven a abotonar los pantalones y yo me vuelvo a abrochar el sujetador, y admito, en medio de un silencio incómodo, la desagradable realidad de que me he conformado con placer cuando yo quería conexión, una realidad desagradable que me niego a aceptar pronunciándola en voz alta, así que, en lugar de ello, salimos a comprar un helado. A lo mejor soy yo. Puede que yo sea el problema. Cuando tenía siete años, mi madre me dijo que era difícil quererme, y la frase se me quedó grabada, a pesar de que juró no haberlo dicho en serio veinte minutos más tarde, y dos días después negó haberlo mencionado siquiera. (...)
Problema resuelto, pensé. No es difícil quererme. Solo necesito demasiado y soy demasiado. Alcancé entonces un libro para colorear que quería, pero me lo pensé mejor y lo dejé en la estantería. A lo mejor querer cosas es lo que me hace demasiado. Si pudiera querer menos, sería la cantidad adecuada de persona. La cantidad que supuestamente he de ser. No la cantidad demasiada. La cantidad fácil de querer. (...)



Es un enfoque que he llevado conmigo en mis tres relaciones, si es que se les puede llamar así, que probablemente no se pueda. He intentado no pedir mucho y esperar todavía menos. He intentado hacerlos sentir divertidos cuando todos hacen las mismas bromas, e inteligentes cuando poseen todos el mismo punto de vista, o que tienen razón cuando una búsqueda rápida en Google confirma que no es así. He intentado reírme en el momento justo, sonreír en el momento justo, hacer un cumplido en el momento justo. He diluido mi personalidad hasta convertirla en una versión de cartón piedra de mí misma, y eso me parecía bien siempre y cuando mi cuerpo apareciera en 4D con todo lujo de detalles, listo para tocar, manosear, lamer y chupar. Pero cuanto más lo intento, más entiendo que no es posible. Un cuerpo no puede conectarse a demanda, ni encontrar una chispa que no está ahí, ni forzar una química que no existe. Es posible que puedas extraerle un par de emociones baratas, pero al final el cuerpo dice: «Se acabó». (...)

–Soy un fracaso —es lo primero que nos dice—. Un fracaso absoluto. Sí, es dramático, pero hace que suelte el móvil, que es más de lo que puedo decir de cualquiera de los otros profesores. Todos ellos intentan forzar que exista una buena relación, llevarse bien con nosotros haciendo alguna broma sobre el director Sanders, con el pánico de la obsolescencia acuciante en cada una de sus palabras, como si la aprobación de un puñado de muchachos de la generación Z hormonados los volviera relevantes. Y les asegurara que continúan en la onda. Que siguen siendo seres humanos valiosos. (...)

Mi atracción por el señor Korgy es instantánea. Tan repentina que me parece alarmante. Tan palpable que resulta confusa. No es que le falte atractivo. Está claro que en algún momento fue boxeador. En el pasado. Pero su apariencia se ha desdibujado. Atrofiado. Marchitado por la grotesca decadencia de la evidente mediana edad. Y todo cuanto queda ahora son sus ojos profundos y su sonrisa encantadora, los últimos vestigios de una cara que antes era bonita. Los chicos con los que me he acostado son todos guapos. Tal vez no sean quarterbacks de rostros cincelados y abdominales marcados, pero sí la clase de chicos que han mojado las bragas de algunas chicas con sus rasgos característicos: labios carnosos, piel bronceada o pelo desaliñado. Así y todo, lo que siento por el señor Korgy es más intenso que cualquier cosa que haya sentido por ninguno de ellos. (...)


—¿Por qué os cuento esto? —pregunta el señor Korgy mientras se dirige a su mesa—. Porque en esta clase no quiero que presumáis en vuestros escritos ni que estos sean divertidos ni superficiales. Quiero que seáis sinceros. Y si os pido que seáis sinceros, es justo que yo también lo sea. 
Se tira hacia arriba de las perneras de los pantalones y se inclina sobre el borde de la mesa. 
—Así que aquí la tenéis. Mi verdad. La verdad de cómo llegué aquí, donde estoy hoy: un hombre de cuarenta años que enseña escritura creativa a alumnos de último curso del instituto East High, en Anchorage, Alaska. La verdad de por qué soy un fracaso. 

Me palpita la vagina. No porque sea un fracaso. No sé qué vagina palpitaría por eso. Es porque sea capaz de llamarse así. Porque sea capaz de mostrarse honesto con las cosas que lamenta, con su estatus, sus defectos. No los oculta como hace todo el mundo, fingiendo sentirse realizado con su trabajo de nueve a cinco y con sus vacaciones anuales que contrata con descuento en Kayak. Con el orgullo de pagar sus impuestos en hora o tener siempre una hoja de sellos en un cajón de «por si acaso» junto a un tubo de Neosporin y un cargador de móvil extra. Es una persona que se ha enfrentado a la decepcionante realidad del lugar en donde ha aterrizado su vida y quiere mostrarse directo y vulnerable. Estudio el pelo ralo y los poros de la nariz del señor Korgy. Los vasos sanguíneos rotos que florecen a los lados de sus fosas nasales. Su mandíbula suave y las arrugas de alrededor de los ojos. Sus rasgos supuestamente poco atractivos que tanto me atraen. Es insoportable. Embriagador. Inevitable. Esta clase de atracción. La que ya sabe que voy a estar con él, aunque todavía no sepa cómo. (...)

La segunda clase del señor Korgy es una lección acerca de cómo rompen los grandes poetas hallan lo universal en lo particular. Escupe saliva y gesticula con las manos, pero, a pesar de su pasión, a los alumnos no les importa. Juegan con los pies, se examinan la manicura, hacen dibujitos en las libretas. No lo escuchan y no lo ven. Pero yo sí. Veo la tristeza en sus ojos. Y el profundo deseo de que sus palabras resuenen. El deseo de conectar. Puede que la pasión sea solo eso: tristeza más deseo de conectar. Llevo toda la clase fantaseando con él. Fantasías que no sabía que tenía con cosas que no sabía que quería. Fantasías pervertidas. Fantaseo con que vierto su olor en un frasco de perfume y me lo rocío para poder oler igual que él: pino, almizcle y un suave toque de olor corporal. Fantaseo con que le levanto la camiseta y le toco la barriga. Veo cómo se mueve. Estudio el pelo rizado de su ombligo y lo lamo. Fantaseo con que me agacho por debajo de su mesa y le desabotono los pantalones, oigo el tintineo del cinturón al caer al suelo, meto luego las manos por dentro de los bóxeres y las coloco en torno a los testículos arrugados. Los acaricio. Juego con ellos hasta que vuelven a estar tensos y esperanzados. Nunca he querido las partes sucias de nadie. Solo las partes buenas. Las partes suaves, las limpias, las abotonadas, cepilladas y abrochadas. Pero con él lo quiero todo. Incluso las partes sucias. Sobre todo las partes sucias. 
—Como primera tarea, quiero que escribáis un poema —indica el señor Korgy, apoyado en el borde de la mesa—. Un poema corto, sencillo. Tiene que empezar con las palabras «Vengo de». El resto lo decidís vosotros. Suena el timbre. 
—Para el jueves —añade y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. La intensa luz fluorescente incide en una parte plateada de su alianza de boda, que destella en mis ojos. (...)


El señor Korgy vacila un momento y después asiente. 
—Bien. —Su rostro es imperturbable y habla con tono firme, pero sus ojos dicen más. Que está impresionado. Que le gusto. Que me ve. Después de clase, corro por el pasillo, zigzagueando entre la multitud de estudiantes. Abro la puerta del baño y entro en un cubículo. Cierro la puerta con el codo y abro el perfil de Instagram del señor Korgy con una mano mientras meto la otra por debajo de mi falda y el elástico del tanga. Su foto principal está cortada, es de cuello para arriba y le falta la parte superior de la cabeza. Lleva una camisa marrón de pana (supongo que ese día no resolvió el crucigrama del New York Times) y sonríe de oreja a oreja; sus ojos azules se arrugan incluso en una foto del tamaño de una uña. Hago clic en su perfil, disfrutando de mi grotesca excitación. Una excitación muy grande por una foto tan pequeña. Por una persona que no conozco. Por mi profesor. (...)

Me seco el pelo con el secador y me doy con un cepillo redondo en las puntas para que no sobresalgan. Luego lo abraso con un rizador de pelo porque, por mucho que la gente con pelo liso diga que le encanta el pelo rizado natural, es mentira. Adoran el pelo rizado genéticamente modificado, brillante, con volumen y artificial. Me pongo unas medias negras nuevas, botas, una falda de tenis plisada e imitación de Lulu, un top con cuello halter que hace que mis pechos resalten y un jersey acrílico con cremallera de Mango al que le quito las bolitas con los dedos. Estoy todo lo cerca que puedo de la divinidad. Soy pura. Soy digna de amor. Estoy exhausta. (...)

Solo nos miramos. Hasta que los pasos desaparecen por completo. Y seguimos mirándonos. Lo que debería de ser un momento incómodo es, por extraño que parezca, íntimo. Un acuerdo silencioso sentenciado con nuestras miradas fijas. No necesitamos entablar una conversación informal, tú y yo. Nosotros tenemos una conexión real. La tensión es asfixiante. Me gustaría ser valiente, agacharme debajo de la mesa, arrastrarme de rodillas hasta él y subir las manos por sus piernas hasta que se le levantase el pene. Quiero desabotonarle los pantalones para liberarlo y ver cómo salta hacia mí, como si me necesitara. Quiero recorrerlo de arriba abajo con la lengua, provocándolo, y besarlo hasta que empiece a temblar de placer. Quiero mirarlo a los ojos mientras se lo chupo, arrancarle la tristeza a lametazos y convertirla en algo mejor. (...)



Me pregunta cuándo me siento más conectada en mi vida y pienso «Ahora mismo», pero digo: «Cuando escribo» porque supongo que es lo que desea escuchar. Parece contento. Me siento orgullosa. Le pregunto cuándo se siente él más conectado y me responde que cuando escribe también, aunque lleva mucho sin hacerlo. La última vez que lo intentó fue hace un par de años, cuando estaba limpiando el ático y encontró su novela distópica futurista a medio terminar metida en el fondo de un cajón, polvorienta, desgastada, con las páginas sujetas con clips y llena de notas que nunca llegó a desarrollar. Intentó hacer algunos cambios en los días posteriores, pero la vida lo llevó por otro camino. 
—Los recados y la logística prevalecieron —expone—. Las quimeras se quedan en el camino cuando tienes responsabilidades. Se ríe en un intento de restarle importancia, pero yo sé que la novela sigue siendo importante para él, que la llama «quimera» para distanciarse de ella. Para sentir que tiene el control sobre ella. Que está por encima de ella. Pero, en realidad, la decepción sigue escociéndole. No sé por qué la gente prefiere amargarse a reconocer la decepción. Puede que algún día lo sepa. (...)

El Black Friday en cualquier tienda es el mejor ejemplo del comportamiento del cliente, un vistazo aterrador de cuánto dolor es capaz de infligir un humano a otro con tal de ahorrar cinco dólares en una loción con purpurina. (...)



Echamos a caminar. Me pregunta por mi futuro y yo le pregunto por su pasado, y hay algo en ello que me pesa: la suposición de que mi vida está por delante de mí y la suya, detrás de él. Que veinte años marcan la diferencia entre una vida que se considera aún por vivir y una que se considera terminada. (...)


Rabia porque no me desea. Y porque es posible que sí lo hiciera si no tuviera ojeras, rosácea, acné o rizos. Sé que existen más obstáculos obvios. Es mi profesor. Tiene mujer, un hijo y una vida plena. Y, sin embargo, no puedo evitar pensar en ello. ¿Existe un nivel de belleza que te convierta en alguien indiscutiblemente deseable? ¿Me encuentro a un tono de pintalabios de distancia de ese nivel? El Spicy Sienna no funcionó la última vez, puede que el Berry Queen lo haga. (...)

El semáforo cambia a verde. Estoy en el asiento trasero mirando una foto de la cuenta de Instagram de Korgy en la que sale en un evento escolar vestido con su cárdigan morado y rodeado de otros compañeros de enseñanza. Sonríe con las manos en los bolsillos. Ahí está, mi profesor. El profesor con el que me he frotado hasta que se ha corrido en los pantalones. Traté de dilucidar qué había pensado después, pero no pude. 
—Ha sido… vaya —murmuró. Intenté analizarlo. Su forma de apartar la mirada. ¿Era una aversión tímida, o bien recatada o avergonzada? ¿La pausa entre el «sido» y el «vaya» ha sido buena? ¿Una pausa de asombro? ¿De «deberíamos repetirlo»? ¿O una pausa mala? ¿Una pausa de miedo? ¿De arrepentimiento? ¿De vergüenza? 
—Sí —coincidí, aunque no sabía con qué estaba coincidiendo. 
—Estoy… hecho un desastre —comentó y miró con timidez la mancha húmeda de sus pantalones. Me dieron ganas de tocarla. De frotar la mano por encima. De sentir su semen pegajoso entre los dedos. De lamerlo. Me sentí extrañamente satisfecha por el drama que había originado. Yo le había hecho eso. Le había pasado eso por mí. El poder definitivo. La rendición definitiva. 
—Me gusta el desastre —afirmé. Sus mejillas se ruborizaron y vi la marca de su pene, que volvía a crecer en sus pantalones. Se despidió, excusándose. Yo regresé al auditorio sin que nadie se diera cuenta de que me había ido. (...)



Voy caminando por el patio de casa cuando me escribe. Valoro la opción de esperar hasta mañana para leer el mensaje. Dejar que la inseguridad de lo que dice me mantenga en este limbo de inquietud. Hay algo embriagador en este limbo. Quiero disfrutarlo. Y eso requiere todo mi autocontrol. Y una vez dentro, mientras le quito el envoltorio a un dulce y me lo como de tres bocados en la encimera de la cocina, entiendo que yo no tengo autocontrol. Me trago el último pedazo y, a medida que la gominola desciende por mi garganta, abro el mensaje con manos temblorosas para ver qué dice. Tenemos que hablar. (...)

Doy un sorbo al café y él se muerde el labio. Ninguno de los dos dice nada durante al menos medio minuto. Nos quedamos aquí sentados, evaluándonos, o tratando de hacerlo, como una partida de ajedrez silenciosa que se mueve de un lado a otro, que jugamos con nuestros ojos. ¿Cuál es el siguiente movimiento? 
—Mira, Waldo, esto… no puede volver a suceder, ¿de acuerdo? 
—¿Eso es lo que quieres? El camarero de abajo grita «Marianne» con un tono de «me rindo» en la voz. —Sí —responde sin parpadear. Quiero acercarme, agarrarle el pene, sentir cómo se pone duro en mi mano y decirle: «No, no es lo que quieres. Me quieres a mí. Y te sientes culpable por ello, y fatal, y decepcionado contigo mismo, pero no importa lo que sientas sobre lo que quieres. Lo que importa es que lo quieres. Lo que quieres es quien eres realmente. Y me quieres a mí». Pero en lugar de esas palabras salen otras. Tímidas, casi temblorosas. 
—¿Estás seguro? (...)
estoy seguro —responde. Pienso en la otra noche, en el baile de invierno, en cómo decía su cuerpo una cosa completamente diferente a lo que estaba diciendo su boca. Así que me concentro en su cuerpo. Tiene las piernas cruzadas y los brazos sobre el vientre, como si tratara de aislarse por completo, de dejarme fuera. Pero el gesto parece forzado, en contra de su voluntad incluso. Bajo la pose noto su atracción, magnética e innegable. La verdad. 
—No. Creo que te gustaría querer que no volviera a suceder. Pero no creo que eso sea lo que deseas de verdad. ¿Puedes al menos admitir eso? 
—Waldo, eres muy joven —dice, suplicándome y luchando consigo al mismo tiempo. Se pasa las manos por el pelo, cierra los ojos y lo repite entre dientes—. Muy joven. 
No sé si sentirme insultada o validada. ¿Esto es un rechazo o una confesión de sentimientos? O tal vez sea un reto. Estoy a punto de presionar, pero algo me detiene. ¿Dignidad, tal vez? No, no puede ser eso. Curiosidad entonces. O tal vez reconocimiento. Tiene algo más que decir. Me mira con una mezcla de culpa y angustia, una profunda preocupación y un intenso anhelo, y siento que una parte de él se abre antes incluso de que lo diga. 
—Albergo sentimientos por ti y… no me dejan dormir por la noche. Pero no puedo hacer nada con ellos. Una explosión en mi interior. Es todo cuanto quería, cuanto necesitaba, y ahora lo tengo. No me importa lo que haya al otro lado: resistencia, rechazo, incluso un «no» firme. Lo ha admitido. Alberga sentimientos por mí. 
—Sí puedes. Yo puedo hacer algo con ellos. 
—Ya he traspasado demasiado esa línea. Estoy horrorizado. Estoy avergonzado de mí mismo. Esto está muy, muy mal. Tengo que… recomponerme por mi familia. 
—No estoy intentando interferir en tu familia. Me parece bien no tenerte por completo. Tomaré lo que pueda tener. 
—No, Waldo, mereces a alguien por completo. Alguien que pueda estar ahí para ti. Alguien emocionalmente disponible. 
—¿Un chico de diecisiete años? ¿Crees que un chico fornido de último curso va a estar emocionalmente disponible entre sus rondas del videojuego Grand Theft Auto y su hora diaria en Pornhub? 
—Hay chicos buenos y apropiados para tu edad ahí fuera. 
—¿Qué demonios es «apropiados para mi edad»? (...)



—Tienes razón, son cosas que no deberían preocupar a chicos de diecisiete años. Pero sigues teniendo diecisiete años. Y yo sigo siendo mucho mayor que tú. Tengo experiencia en la vida, una perspectiva que solo llega con la edad. He cometido errores que tú no. Lamento cosas que tú no. Te aseguro que tus sentimientos por mí desaparecerán. En tres meses irás al baile de fin de curso con tu nuevo novio y te reirás por el encaprichamiento que tuviste por tu viejo profesor desgastado. 
—No quiero un novio. Te quiero a ti —le aseguro—. Y sé que tú también me deseas. Somos dos personas tristes, aburridas, cansadas y solitarias que se desean mutuamente. El camarero grita «Marianne» por tercera vez, en esta ocasión con tono vengativo. Marianne acude a por su frappuccino. A veces tienes que luchar por que te oigan. 
—Por favor —le pido—, prométeme solo que lo pensarás. (...)

Me pruebo el top. No me parece tan mono frente a la honestidad del espejo de mi baño. Este espejo me ha visto un millón de veces antes. Sabe quién soy exactamente. Sabe que no soy una chica que lleva tops sin mangas. (...)



Ponemos música, canciones que le gustaban cuando era adolescente. He escuchado algunas de ellas: Simple Kind of Life, de No Doubt; Bent, de Matchbox Twenty; y esa canción que dice «how long, how looong, will I slide», de Red Hot Chili Peppers, pero el resto no las conozco. Radiohead, The Cure y los Pixies, enumera, y yo intento memorizar al menos las melodías de los estribillos por si vuelven a sonar alguna otra vez cuando estemos juntos y puedo usarlas como referencia e impresionarlo. 
—A los hombres les impresionan mucho las referencias —me explicó un día mi madre—. Es su lenguaje del amor. Lo único que tienes que hacer es conocer un par de citas de El gran Lebowski y has triunfado. Yo una vez dije «El Nota aguanta» a un chico y fue como si le hubiera hecho una mamada. 


El señor Korgy sigue poniendo canciones. Echa la cabeza atrás y canta, desafinando y riéndose cuando se le quiebra la voz, y yo lo miro. Me deja en casa y, cuando me incorporo para salir del coche, me mira y dice: 
—Waldo, haces que vuelva a sentirme joven. 
Yo lo miro y respondo: 
—Tú haces que me sienta joven. (...)



Tengo su pene en la boca cuando lo llama ella. 
—Mierda. Debería contestar —dice. Aparto los labios de él y, mientras se disculpa, su miembro se queda flácido. Para cuando ha carraspeado y responde, ha encogido a su tamaño de reposo. 
—Hola, cariño —la saluda. La voz que usa con su esposa suena una octava más aguda de lo habitual. Y apaciguadora. Y cobarde. 
—¿Has salido ya de la tienda? —oigo que pregunta con tono agudo y desprovisto de la naturalidad pastosa de nuestra cena. 
—Tenía que ir a Vons —explica Korgy mientras presiona el botón del volumen del teléfono para bajarlo. Seguramente no quiere que oiga cómo le habla su mujer—. No tenían tu leche condensada en Fred Meyer. 
—De acuerdo. ¿Puedes comprar arándanos? 
—Sí. 
—Un paquete grande. De un kilo, no de quinientos gramos. 
—De acuerdo. 
—¿Me has escuchado? El de quinientos gramos, no. 
—Te he escuchado. 
—Vale, porque la última vez compraste el de quinientos. 
—No voy a comprar el de quinientos. 
Durante un segundo, me sorprende que lo domine con tan poco esfuerzo, que lo esté riñendo por unos arándanos mientras yo estoy aquí sentada, metiéndome su pene en la boca, rezando entre arcadas para lograr introducirlo tan hondo en la garganta que tenga que amarme. (...)

Un sentimiento amargo me revuelve el estómago. Celos. Sé que no tienen lugar aquí. Firmé un contrato verbal con una serie de reglas y estoy contenta con lo acordado. Contenta de ser su amante. Mientras su mujer recita una serie de peticiones de última hora que, por algún motivo, no se le ocurrió cuando hizo la lista (suero de leche, nueces, melocotones y menta fresca «para decorar el chocolate caliente»), yo hago lo que cualquier amante feliz haría. Me inclino hacia delante y empiezo a acariciarle el pene. A lamérselo. A chuparle los testículos arrugados. A concederle la masculinidad que ella le ha arrebatado. A aliviarlo del agotamiento del matrimonio, de la familia, de una carrera decepcionante y una raya del pelo cada vez más rala. Sé cuál es mi trabajo. Mi papel. Hacer que se sienta bien. Ser su vía de escape. Alejarlo de la presión de su vida, lo que incluye no ejercer ninguna presión en él para que se convierta en una parte mayor de la mía. La presión nos mataría, así que me limito a chupar. Soplar. Besar. Acariciar. Lamer. Y dejo que esos sean los lugares donde se me permite desear. Se le doblan las rodillas. Estalla en mi boca y me trago su líquido caliente y fluido como si fueran mis celos. Es un dos por uno, su placer y mi dolor descendiendo por mi garganta al mismo tiempo. Se me escapa una gota, que cae por mi barbilla a la alfombra justo cuando le dice a su esposa que vuelve enseguida a casa. (...)

Estoy acostumbrada a que la persona con la que salgo, o con la que me acuesto, o lo que sea, me diga todo lo que debería de saber en lugar de intentar conocerme. Así se comunican los hombres, o los chicos, o ambos. Citan, improvisan, despotrican y explican y explican y explican. (...)

Estoy hambrienta, dolida y quiero más. Quiero mucho más. Pero no puedo decir eso. Porque he observado a mi madre el tiempo suficiente para saber que nada asusta tanto a un hombre como lo que quiere una mujer de él. (...)

La rosácea se me pone de un tono rojo intenso, reprendiéndome por ser tan estúpida. Por creer solo por un segundo que las limitaciones de nuestro tiempo juntos se debían a mi horario en el trabajo y no a su… vida. No hay Hawái, ni playa. Solo el roce de los limpiaparabrisas contra el hielo. Un nudo crece caliente en mi interior, fiero y cargado. ¿Sabe lo que está haciendo? ¿Está usando su fantasía de huir juntos como una forma perezosa de apaciguarme? ¿Un sustituto de la disponibilidad emocional? ¿De estar presente? ¿De quererme? Intento tragarme este nudo, hacer que desaparezca, recordarle lo mucho que se esfuerza el señor Korgy, que da todo lo que puede, que pasó mi cumpleaños conmigo, que me ha traído el sándwich en mi pausa para el almuerzo, pero no se va. Y si este nudo no se va, lo único que puedo hacer es ponerle un chupete para acallarlo. Y tan solo se me ocurre un chupete posible. 
—Fóllame —le pido. 
Y lo hace. Duro. Aquí, en el asiento trasero abatible de su Subaru, en el aparcamiento del JCPenney con el aguanieve golpeteando la ventana como banda sonora. Se adentra en mi furia sólida, una y otra vez, cada embestida la perfora, la hace supurar como una ampolla. Nos volteamos y yo me pongo arriba, presionando con la rodilla las migas de cereales que hay en el cojín del asiento, y él me dice que estoy increíble, me pregunta si soy su chica buena y yo le digo que sí. Después lo cabalgo como la chica buena que soy. La chica que lo quiere. Que solo desea complacerlo. Ponerle las cosas fáciles. Ser exactamente lo que él quiere. Lo que necesita. La chica que espera que, al encajar en una muñeca, un sueño, una marioneta con ojos inertes, piel de porcelana y sin necesidades propias, una muñeca que complace sus fantasías y se traga su semen, tal vez él también me quiera. (...)

Él pide un manhattan, yo una Coca-Cola y nos tomamos de la mano por encima de la mesa. —Gracias por adaptarte tan bien al cambio de planes —señala—. Sentí que te había decepcionado. 
—Oh, no. No pasa nada —miento. 
Sí que ha pasado. Ha sido un infierno, cada día que he esperado con ansiedad a que me diera una nueva fecha y, cuando lo hizo, cada día que he esperado con ansiedad a que la cancelara. 
—Significa mucho para mí que seas tan comprensiva. Eres muy madura. 
—Por supuesto —contesto con una sonrisa convincente. Pero algo más oscuro acecha debajo. Una pregunta. ¿De verdad me está haciendo un cumplido? ¿Piensa realmente que soy madura? ¿O está intentando validar lo que él quiere que yo sea, reforzarlo y asegurarse de que siga así, de que solidifique la versión de mí que hace su vida más sencilla? (...)


Y entonces explota. Hunde los hombros y su cuerpo sufre convulsiones. Lo abrazo y sus lágrimas gotean en mi pecho. Un largo reguero de mocos se mece a un lado y a otro. Se los limpia con la manga. 
—No digas eso, Waldo. Por favor, no lo digas. 
—No puedo evitarlo. Es así. No creo que debamos darnos espacio, ni un descanso, ni nada. Puedo hacer que funcione. Porque te quiero. 
—Ojalá no me quisieras. Dios, ojalá no lo hicieras —lloriquea—. Soy una decepción. Para Gwen, para mis padres, para mí mismo, para ti. 
—No eres una decepción para mí. —Debería serlo. Waldo, cada vez tengo menos pelo, me está creciendo la barriga y la mayor parte del tiempo estoy triste. Mis suegros pagan la mayoría de las facturas de mi familia. Soy un maldito profesor de instituto. Tu profesor. Debería de haberme alejado. No debería de haber cedido. Se supone que yo soy más fuerte. Mayor. Se supone que yo soy el adulto aquí. 
—Eh, eh. Me alegro de que hayas cedido. Yo quiero esto. Te quiero a ti. 
—Pero no deberías —solloza—. Lo que te estoy haciendo es injusto. No está bien. 
—¿Cómo no va a estar bien? Estar contigo es lo único que está bien. Lo único que siempre ha estado bien para mí. 
—Las cosas que están bien no deberían hacerte daño. Estás sufriendo mucho, lo veo. Veo el dolor que te está causando esto. Que te estoy causando yo. Tengo que parar. Se vuelve a limpiar la nariz con la manga y su llanto se calma mientras le acaricio la espalda. Lo acerco a mí y apoyo la cabeza sobre la de él; le acaricio el dorso de la mano como si fuera mi hijo que ha despertado de una pesadilla horrible y yo fuera la madre que lo tranquiliza para que vuelva dormirse. —Waldo, lo que estamos haciendo está mal. Lo que estoy haciendo. Me siento culpable todos los días. Tengo una familia, una familia preciosa con la que no puedo estar presente ni siquiera un segundo porque tan solo puedo pensar en ti. Eres todo cuanto deseo. —A mí ya me tienes. Se aparta bruscamente, con el rostro desfigurado por el odio por sí mismo. —Pero tú no me tienes a mí porque… ¿cómo vas a tenerme? Todo eso me pesa, las cosas que no puedo darte y que tanto deseo darte. Me siento muy mal. Te estoy quitando algo que nunca podrás recuperar. Tu primera experiencia en el amor. Algo que tiene que ser especial, delicado y maravilloso. —Pero es todo eso contigo. Te lo prometo. —Waldo, por favor. Para. Eres joven y guapa. Tienes toda la vida por delante. Al final, acabarás guardándome rencor, dirás que soy un asaltacunas y te arrepentirás. Eso me da miedo. Me aterra. No quiero ser la persona de quien te arrepientas cuando tú eres lo mejor que me ha pasado en años. 
—No voy a arrepentirme de estar contigo. 
—Pero deberías. Merezco que te arrepientas. ¿Lo entiendes? No te merezco. ¿Me oyes? Eres guapa, inteligente, capaz y joven. Tu vida no está hecha aún, no como la mía. Puedes tener a cualquiera, puedes ser lo que quieras. Tienes potencial. No malgastes tu potencial conmigo. El señor Korgy me acerca a él y me besa la coronilla una y otra vez, alisándome el pelo con cada beso. 
—Yo… estoy muy confundido, Waldo. Estoy tan confundido. Nadie te dice que tendrás cuarenta años y seguirás tan jodidamente perdido. (...)

Esto es una locura. Es un comportamiento delirante y desquiciado de una mujer al borde de un colapso mental. Me he convertido en el peor estereotipo de una mujer despechada. Si es que se me puede llamar así. ¿Qué marca el rito del paso de niña a mujer? ¿Una edad? ¿Un corazón roto? ¿El hastío? ¿Un sujetador de verdad? ¿Usar compresas para controlar el sangrado posmenstrual en lugar de llenar las bragas de papel higiénico? No sé qué se necesita exactamente para ser considerada una mujer, pero sí sé que ahora mismo, mientras estoy aquí sentada, en el aparcamiento de su casa, con una gorra tapándome la cara, comiendo una bolsa grande de patatas fritas con miel y mostaza, me siento como tal. O al menos estoy lo bastante enfadada como para serlo. (...)


Las proclamaciones de romance son bonitas, pero el lugar deja mucho que desear. Azulejos sucios, alguna que otra mancha húmeda cuestionable en el suelo, inodoro mugriento cuya cisterna se activa cada veinte segundos por el sensor de movimiento de gatillo fácil. Supongo que encaja. Primero el baile de invierno. Ahora este. Debe de haber algo en los bailes de instituto. La música pop cargada de sexo. Las hormonas revueltas. O tal vez solo estoy guapa con el vestido. Me aparto de él. Tiene los ojos ligeramente rojos, el pelo peinado hacia atrás. Huele diferente a como solía oler. Tequila y regaliz. 
—Eres lo mejor de mi vida —dice—. Te necesito. 
—Puedes tenerme —respondo con demasiada facilidad. (...)

Estamos de nuevo en Beluga Point el día después del baile cuando me dice que me quiere, o al menos se disculpa por no habérmelo dicho después de que yo se lo dijera a él, lo cual parece un paso en la buena dirección. 
—Eh. —El señor Korgy me gira la cara hacia él—. Me sentía demasiado culpable para decirlo. Temía que pronunciarlo me convirtiera en un mal tipo. 
—No eres un mal tipo… 
—En teoría sí lo soy. En teoría, soy el peor tipo que hay. Y no quería admitirlo. Aceptarlo. Pero me he dado cuenta de que prefiero ser honesto en cuanto a que soy un mal tipo a ser deshonesto en cuanto a que soy uno bueno. 
—La teoría son solo hechos fríos y duros sin contexto. Sin matices. Sin sutilezas. No sé si la teoría importa. Alcanza una rama y la arroja al agua. 
—Mira, no digo esto para que me defiendas o me animes. Lo digo para hacerme cargo de mis propios actos. Llevo tanto tiempo mintiendo que es hora de que deje de mentirme, al menos a mí mismo. Y a ti. Y eso empieza diciéndote que te quiero. (...)


La borla me da en la cara. Estoy a dos segundos de distancia de arrancarme esta cosa cuando pronuncian mi nombre. Me adelanto y cruzo el escenario improvisado en el centro del campo de fútbol. Acepto el diploma con una mano y extiendo la otra para estrechársela al director Sanders. Sus ojos cansados y desinteresados traicionan a su enorme sonrisa falsa. Qué actuación tan extraña, la graduación. La toga de gala de la profesora McGonagall. Los apretones de manos ominosamente formales de los adultos, como si te dieran la bienvenida a la tribu o te advirtieran sobre ella. La letra cursiva fea en el diploma que nunca volverás a mirar hasta que un día tu hijo se lo encuentre en el ático y se dé cuenta de que tu nombre está mal escrito. Los hermanos menores descontentos amontonados en las gradas entre madres que les dan codazos para que presten atención y padres que graban con sus iPhone como si fuera el trabajo de su vida. Los «adiós» forzados, los «te echaré de menos» y «tenemos que mantener el contacto» vacíos. Los discursos de graduación solemnes pronunciados por una alumna del decimosegundo curso que tienes que fingir que es inteligente a pesar de que está diciendo cosas que he visto en felpudos de HomeGoods. Supongo que no difiere de ningún otro hito de la vida: un compromiso, una boda, una baby shower o un funeral. Todos los momentos que definen la vida reducidos a actuaciones. (...)

El coito en sí ha empezado a adquirir un tono más oscuro, al menos para mí; la fuerza enfatiza cada chupada, embestida, lametón, y trago. Está bien, le digo a mi cuerpo mientras unas gotas de sudor furioso me caen por la espalda, el antebrazo, los hombros. La ira es la forma más auténtica de la pasión. —Estás muy sexi —me dice y me mete el dedo en la boca. Tengo que convencerme de no morderlo, y lo hago. Todas las veces me convenzo. —¿Sí? —gimoteo con voz de chica porno, con ganas de escupirle en la cara. En lugar de eso, dejo que se corra en la mía. Me trago las lágrimas mientras le suplico que me folle más y más duro, con la esperanza de que, si me folla lo bastante duro, me quitará el resentimiento con embestidas. Nunca sucede.

LA MITAD DE SU EDAD.
Jennette McCurdy
Stefano Books, 2026