ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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jueves, 27 de julio de 2023

LA MALA COSTUMBRE (Alana S. Portero)


Vi caer como ángeles terminales a una generación entera de muchachos. Adolescentes con la piel gris a los que les faltaban dientes, que olían a amoniaco y a orina. Flanqueaban con sus escorzos la salida del metro de San Blas en la calle Amposta y las praderitas del parque El Paraíso como cristos de Mantegna. Cubiertos de agujas como san Sebastián. Sentados o tendidos de cualquier manera. Moviéndose apenas, lentos y sincopados como muñecos rotos. Con la sonrisa elevada de los crucificados. Indefensos pero ya flotando en lugares donde nada podía tocarlos. Los vi brotar y hacerse cada vez más lentos hasta alcanzar la quietud final y descomponerse en el fango que se acumulaba en nuestro barrio con nombre de santo pero dejado de la mano de Dios. La primera vez que me enamoré fue de uno de aquellos ángeles. Se precipitó desde la ventana de casa de sus padres, que quedaba encima de nuestro bajo de treinta y cinco metros cuadrados, con una jeringuilla clavada en el pie. (...)
Excepto el parque y las propias casas, aquellos basurales, aquellas nadas, eran los patios de recreo de los niños del barrio y sus propios morideros cuando se hacían lo suficientemente mayores para meterse caballo. Varias generaciones de criaturas de clase obrera crecimos así, imaginando mundos enteros en las mismas nadas que podían terminar siendo nuestros lechos de muerte. Hasta la esquina de la Peluca no llegaba el jardín. La vista desde su piso bajo, si alguna vez hubiera levantado la persiana verde de cuerda que tapiaba día y noche su ventana, eran los cubos de basura. Nuestros edificios eran parte de un gran proyecto franquista de construcción de viviendas de los años cincuenta bautizado como «El Gran San Blas», que antes se llamaba el Cerro de la Vaca, nombre que debía de olerles a sudor y mierda a las autoridades fascistas. Los cobradores a domicilio lo llamaban «el barrio sin madres» porque solían abrirles las puertas de las casas niños sin escolarizar; a las luminarias del régimen no se les ocurrió que las más de treinta mil familias que fueran a parar allí necesitarían colegios cerca para sus hijos y tardaron años en cubrir esa necesidad, también la del agua corriente o la de los mercados en los que abastecerse, que fueron llegando con la lentitud y la dejadez de las cosas que no le importan a quien es responsable de ellas. Los obreros nunca fueron vistos por el franquismo de otra forma que como bestias de carga que estabular en la periferia. Ese abandono generó una conciencia de clase en el barrio que las autoridades de la Transición democrática decidieron atajar a finales de los setenta y durante toda la década de los ochenta con jeringazos de heroína casi regalados. La droga fue la última forma de ejecución sumarísima de disidentes de un régimen que había encontrado la forma de perpetuarse. (...)

LA MALA COSTUMBRE en CULTURAS2 

Mis primeros pasos como travesti fueron los de una transformista de metro veinte que imitaba a una anciana bruja y chamarilera que olía a tanatorio. (...)

Eran dos chicas que apenas habían cumplido los veinte años desplegando toda la crueldad de la que la juventud es capaz, que es mucha. Los remordimientos y la contención llegan con la decrepitud, como el egoísmo, cuando se habita el reverso de la vida y se entiende que casi nada feo existe que no nos termine por alcanzar. (...)

Yo, niña lista, marica encubierta, tartamuda, carnosa, con un parche cubriéndome el ojo izquierdo y llevando unas gafas algo más grandes de lo deseable, era lo contrario a la imagen de una criatura endiablada y no parecía albergar la crueldad inocente que se les presupone a los niños. Cuando los adultos me miraban, o les hacía gracia o sentían algo de lástima, nada grave, les recordaba lo atléticos y desenvueltos que eran sus hijos y eso les tranquilizaba; mi presencia, excepto para los verdaderamente malvados, era apaciguadora. Me daba cuenta de ello y aprendí a usarlo a mi favor. Sí que podía pensar en términos crueles. La conciencia de que necesitas un armario para esconderte te hace listísima en lo tocante al juego de la verdad y la mentira, de lo que dejas ver y de lo que no. (...)

Me hice la encontradiza garabateando los escalones bajos de nuestra escalera con un trozo de ladrillo. Ella pasaba por delante de mi casa no menos de cuatro veces al día en sus misteriosos paseos cargando bolsas de plástico bien llenas de nadie sabía qué. —Me sé los nombres de todas las vecinas de la calle. Se lo dije con el tono con el que una niña pequeña imitaría a una niña más pequeña que ella, porque a ser una mezquina hija de la gran puta también se aprende cuando te maquillas a escondidas, bailas canciones de Raffaella Carrà y de Bonnie Tyler en tu cuarto y sabes que, por todo ello, te espera una vida complicada. (...)


Cuando reímos con ganas no tenemos edad, lo hacemos igual durante toda nuestra vida y puede adivinarse en nuestra mueca la niña que fuimos o la anciana que seremos. En ese instante sin importancia nos separaban muy pocas cosas. No me equivocaba al elegirla como referente, aunque aquello se quedase ahí y no volviéramos a cruzar una palabra. Aprendí que a las mujeres que viven a su manera, que envejecen a su manera y que llevan la vida marcada en la cara, bien visible, se las suele cubrir con el manto del patetismo y de la burla porque se las teme. (...)

Para mí, que leía compulsivamente cuentos, mitos y leyendas, Gema, por su soledad, su melena larga y roja, el silencio a su alrededor y su indefensión, era Lady Godiva. Desde que tuve entendimiento y como niña que necesitaba aprender a vivir en dos realidades porque tenía dos vidas, solía situar a las mujeres que me rodeaban en espacios de fantasía en los que nada podía tocarlas y en los que podía incluirme imaginando historias tejidas con hilo de oro; veía Afroditas, Circes, Nimues y Elaines de Astolat en la parada del 28, en el andén del metro de Simancas o haciendo cola en la charcutería del señor Lucas. A veces, si me quedaba a mano, les tocaba el pelo a algunas de aquellas extrañas cuando se sentaban delante de mí y de mi madre en el transporte público, enrollaba alrededor de mi dedo índice algún mechón que se les escapaba, como haciendo un tirabuzón; a mí me parecía un gesto lacónico de cuento, de nereidas que se peinan unas a otras, y a ellas, cuando se daban cuenta, les hacía gracia. Mi madre se pasaba la vida disculpándose por ello. Muchas noches me quedaba dormida enredándome el pelo a mí misma, por si acaso el camino a la vida de ninfa comenzaba rizándose el cabello en el mundo de los sueños. No recuerdo ninguna semana en la que aquella casa miserable no estallase bajo la ira de Aurelio al menos un par de veces. Cuando no se oían gritos y golpes, ningún ruido salía de aquellas paredes. Ni televisión, ni radio ni conversaciones. Nada excepto el «té» convulsivo de Lady Godiva. (...)
Laura me pintaba las uñas a escondidas y me las limpiaba antes de que nadie lo viese, a mí y a otro niño maricón del barrio, más feo e igual de necesitado de aquellas atenciones que yo, hijo de un mecánico al que mi padre conocía desde la infancia. Sabía que la actitud de Laura le costaba que su abusador se emplease con especial encono con ella, para entender eso no hacía falta ser mayor, pero no podía evitar pedirle a menudo que se portase bien por si ayudaba a que amainase la brutalidad. Que la violencia machista se dispensa con independencia de lo que hagamos o dejemos de hacer las mujeres era algo que todavía no había aprendido. (...)

Tenía miedo de que mis padres dejasen de quererme si sabían que yo era diferente de como ellos creían. Escuchar a los adultos hablar de las personas diferentes dejaba marcas que no se borraban nunca. Las niñas siempre estamos escuchando y nunca se sabe qué se agita dentro de cada una que puede ser dañado para siempre con una palabra. (...)


 


Mi padre nos hablaba a menudo de los problemas de los trabajadores, de permanecer unidos, de dar la guerra necesaria para conseguir que todo el mundo tuviese lo básico y fuese respetado. La madrugada de la primera huelga general de trabajadores de la democracia, sorteando la razonable oposición de mi madre, nos levantó de la cama para que le acompañásemos, a él y a sus compañeros de sindicato, a sellar con silicona las puertas de las empresas del polígono industrial del barrio. Después, tomando las precauciones lógicas, nos llevó a hacer bulto al piquete para que supiésemos de primera mano qué era aquello. Mi hermano y yo éramos demasiado pequeños para entenderlo, para nosotros fue una oportunidad de pasar tiempo con nuestro padre, al que veíamos poco por sus jornadas de trabajo infinitas, y jugar juntos a algo extraño y divertidísimo. Cuando llegó la mañana y algunos trabajadores intentaron sortear el piquete, se formó el pandemonio habitual de empujones e insultos; mi padre se aseguró de que viésemos y escuchásemos todo lo que estaba sucediendo, que aquello se quedase grabado en nuestras mentes infantiles confiando en que, con el tiempo, sabríamos interpretar aquella rabia en toda su complejidad. No fue un buen final para nuestra aventura, pasamos bastante miedo, pero sí fue útil, en todo caso mi padre hacía las cosas así, su forma de demostrar amor era no mentirnos nunca, adelantarse a nuestra madurez, mostrar un respeto a nuestro criterio que no se solía reservar a las infancias. (...)
Lo primero que sí entendí fue que un esquirol, esa palabra que escuchaba a menudo y que me intrigaba muchísimo, era alguien que abandona a los suyos y los traiciona por medrar, o, peor aún, por mantener una posición de miseria más o menos segura. Quizá es que el esquirolaje no se aplicaba al ámbito doméstico o que traicionar a las mujeres no era lo mismo que presentarse como un desgraciado ante los compañeros, que entonces era otra palabra sagrada. El caso es que los hombres del edificio no creían pertinente intervenir en una situación como la del tirano del bajo izquierda. (...)

El miedo que se pasa en el armario fabrica monstruos a partir de sombras chinescas. Cada vez que se descolgaba con cosas como que estaba contentísima de haber parido dos varones, «aunque Arturo estaba loco por tener niñas, pero yo lo prefiero así, que los chicos son más noblotes». O su insistencia en llamarnos «machotes» con muchísimo orgullo en cuanto tenía oportunidad, como si el apelativo fuese una promesa que le arrancaba al futuro además de una recompensa que nos otorgaba después de terminarnos la comida o completar alguna otra tarea. Eran pequeñas afirmaciones que se iban acumulando y que parecían describir a otra criatura que no era yo. Ninguna malicia había en ellas, pero mi naturaleza sensible y despierta las recibía como avisos de la vergüenza que supondría negarlas. Yo no era un machote, ni noblote ni ninguna de esas cosas, y poco a poco me encontré intentando serlo para no parecer a ojos de mi madre eso tan débil y decepcionante que se encontraba en el lugar contrario a los machotes. Justo donde yo quería estar. (...)

Éramos una familia ruidosa que vivía en un vecindario ruidoso. La paz y el sosiego eran para las zonas residenciales. Aquella mañana, al otro lado de las ventanas, se escuchaba la eterna radial de los barrios obreros, en los que siempre hacía falta estar reconstruyendo algo porque se caían a pedazos. El vendedor de cupones hacía lo suyo en la esquina entre dos bares, cantaba los décimos con vozarrón de legionario. Cuando derrapaba con el vino barato, el canalla acostumbraba a arrancarse con el Cara al sol a todo pecho, aunque no solía llegar al «rojo ayer» sin que algún vecino le mandase callar y le recordase que no le partía la cara porque era ciego. (...)

Me acercaba a los aquelarres domésticos de las mujeres de mi familia pero mantenía la distancia exacta para no resultar obvia y romper el ambiente con mi presencia ambigua. Esto no siempre me salía bien, a menudo me llamaban la atención y solían hacer notar en voz alta y con leve fastidio que siempre estaba con los adultos, especialmente con las mujeres. Lo achacaban a querer enterarme de cotilleos, cosa que me servía como coartada y no me molestaba en discutir. El baño seguía siendo mi reino privado. Allí improvisaba maquillajes veloces, cada vez más precisos, y ponía en marcha lo aprendido observando a las mujeres de mi vida. La tristeza cada vez era más honda. La disforia, que ni siquiera sabía que se llama así, ocupaba tanto espacio mental y tanto desagrado físico ya, con nueve malditos años, que casi no dejaba lugar para nada más. En los estudios era más que solvente, casi brillante; en todo lo demás, un desastre. Imaginaba más que vivía pero no tenía dotes artísticas que me sacasen la pena, ningún desahogo me asistía, no sabía pintar mi desgracia, ni se me ocurría escribirla para no dejar pruebas. Así que la bailaba o me desdoblaba y fantaseaba con escenarios de liberación. Sobre todo escapaba a través de la literatura, del cine y de la música. Era una espectadora de todo lo que me rodeaba pero no podía tocar nada. Sobrevivía en público imitando versiones cada vez más cerradas de la masculinidad que tenía como ejemplo, que era rampante. Eso también lo ensayaba frente al espejo, que acababa siendo testigo de todas mis mentiras, de mi dolor y de mis destellos de belleza. Delante de él aprendía a mirarme sin verme. A ser un autómata. (...)


 

la aversión de mi madre por los cerrojos, en concreto si sus hijos estábamos del otro lado, era exagerada. Reaccionaba con tanta vehemencia cuando se encontraba con la puerta atrancada que una no sabía si estaba muy asustada, muy enojada o las dos cosas. Esto casaba mal con una infancia en el armario. Detrás de esa puerta solía estar sucediendo algo importante. Un paréntesis de liberación o una sesión de castigo, pero importante de todos modos. En el mundo de las puertas abiertas no había espacio para el contoneo ni para el llanto, solo para los machotes  (...).

Una parte fundamental de la estrategia de construcción de mi armario consistía en aparentar desgana ante cosas que estaba loca por hacer pero que, de hacerlas con entusiasmo, desvelarían una naturaleza no especialmente masculina. Lo primero que una niña trans aprende cuando el entorno es hostil a su causa, antes incluso de saber que lo es, cuando todo son intuiciones, es a controlar la ilusión, o a fingirla hasta que casi ni ella misma sabe cuándo es cierta y cuándo no. La construcción del binarismo era feroz en ese inicio de década. La pompa andrógina de los ochenta solo fue un espejismo para activar nuestros deseos y hacer nuestros anhelos más dolorosos por tenerlos tan presentes y tan lejanos. Para mí, pequeña travesti de incógnito en un barrio obrero, que no tenía ni idea de quién demonios iba a terminar siendo, contemplar a Boy George en toda su alegre feminidad o a Prince en medias de rejilla era como ver luciérnagas en una cueva negra y húmeda. Un instante de esperanza tan breve del que casi no se puede decir que haya existido. (...)

Cuando me asomaba al jardín de las travestis o de las transexuales famosas, porque yo podía negarme tres veces diarias a mí misma, pero estaba sedienta de referentes y resulta que casi todas eran de la misma naturaleza, todas parecían criaturas de otro mundo, perladas, inmensas y fascinantes. Sylvester, Bibi, Amanda Lear, Tula Cossey, Cris Miró. No me atrevía a pensar que esa era la que quería que fuese mi vida, aunque una punzadita de euforia me llenaba el pecho solo mirándolas. No podía desearlo. Todo lo que había oído sobre ser como ellas contenía palabras que se parecían a las que se usaban cuando se hablaba de alguien que está enfermo. También palabras de aflicción o de vergüenza. A veces de admiración, pero no como se admira algo maravilloso, más bien como el aplauso que se le daba a una obra de teatro o a una mascarada cualquiera. Algo que es vistoso solo como espectáculo pero que no tiene belleza por sí mismo sin el artificio para el que está pensado. Las peores veces, las que estaban acompañadas de un par de cubatas, las que se usaban en las comedias o en los programas familiares de televisión, eran las palabras de burla, chistes que me daban ganas de vomitar. Yo trataba de encontrar en alguna parte un lenguaje de orgullo y de fuerza para poder explicarme de una maldita vez, pero no lo lograba por más que buscase.
LA MALA COSTUMBRE.
Alana S. Portero.
Seix Barral, 2023 

sábado, 22 de febrero de 2020

"Evocación e invocación"/"Vía personal" (poemas al padre de Jesús Cotta)

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EVOCACIÓN E INVOCACIÓN

Yo soy aún
el niño que escalaba por tus piernas
interminables,
el que llevaste a hombros por los ríos,
el que ya no tenía fiebre
cuando tu recia mano lo tocaba.

Todos mis versos los ha escrito
el trepador feliz desde la altura
de tu mano, tus hombros y tus piernas.
Ni el Faro ni la Torre ni la Cumbre
me elevaron jamás como tus palmas
para que viera el nido de zorzales
en pleno corazón del limonero
o arrancase el limón más grande y alto
o la pluma del ángel que sestea.

Toma las lunas de este limonero
a cuya sombra escribo y te recuerdo.
Lucieron en tu ojal cuando eras novio
y conquistaste el corazón de la muchacha
que me llevó en su vientre.

Cuídala desde las estrellas, padre.

VÍA PERSONAL
Porque el azar no explica a Rita Hayworth,
porque mira esa flor en la colina,
porque, si no, a quién daré las gracias,
porque también existes tú, mi vida,
porque no he muerto treinta y tres mil veces,
porque tengo una sed que es infinita,
porque apuntan a Él todos los árboles,
los zigurats, los ríos y las vidas.
Que sí, que existe Dios.
Me lo dijo mi padre en su agonía.

Menos la luna y yo
Jesús Cotta.

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013
                                

domingo, 19 de enero de 2020

"El soñador" (un poema al padre de Vicente Gallego)

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EL SOÑADOR
Vicente Gallego
Una noche dijiste, padre,
poniéndome en la frente
un fresco paño:
no temas a los sueños.
Yo volvía del mundo
más real que conozco,
donde afila
la vida sus ultrajes. .
¿Dónde estabas
cuando fui perseguido,
cuando casi,
cuando ya me tenían?
Un alma tan menuda
y ya en asedio.

Cuando alzaron
esta carne ensartada:
¿por qué no me asistió
tu brazo fuerte,
por qué no te acercaste
a susurrarme
que era todo un engaño
hasta aquel escondido matadero?

Y aunque hubieras logrado
llegar aguas abajo hasta el profundo
lugar de mi extravío
por ahorrarme el mal sueño,
por tenerme avisado,
¿cómo hubiera podido yo creerte
que no había razón para temer;
que aquel cuerpo de duelo
no dolía;
que aquel pánico mudo

no era el mío?
Quién sabrá convencer al soñador
de que está descansando,
si de pronto
hace pie en carne viva
sobre una tierra dura
como todas,
si allí se ve despierto y abrumado
como nunca lo estuvo.
En mitad de la noche
me ha llamado mi hijo:
volvía de lo hondo;
traía del viaje
en las pupilas
un pavor verdadero;
lloraba amargamente
una certeza.
Y me vi repitiendo


gustando con mi lengua su congoja-
las palabras más falsas:
no temas a los sueños.

Cualquier niño comprende
muy pronto que esta vida
es un doble trabajo,
y siempre cierto:
galeras con el sol,
más remo en el nublado.
En esta casa, ahora,
duermen tres,
y siempre duermen solos.
El que me llama padre,
la que me dice amigo,
¿dónde van cada noche
que no sé defenderlos?
Las tres banderas negras

y oscuro el mar vinoso,
ya se acercan los buques
que habrán de separarnos.
Qué solo el soñador:
el que despierta
y vuelve a despertar
nunca sabe en qué orilla
de este sueño tan vivo

Si temieras morir.
Vicente Gallego.
Incluido en sus colecciones de poesía completas 
y en la antología de Tu sangre en mis venas (Renacimiento).

domingo, 19 de mayo de 2019

La sabiduría que otorga el fracaso: prólogo a MISERIA, GRANDEZA Y AGONÍA DEL PCE (Gregorio Morán)

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En este blog somos muy de Gregor. Y es que resulta imposible no adorar a un pitufo tan gruñón como el mítico Gregorio Morán, francotirador tan solitario que ha disparado siempre contra todo lo que se mueve. Alguien que, en 1979, con 32 años publica Adolfo Suárez, ambición y destino, una biografía crítica con el primer presidente de la democracia, que entonces gobernaba en mayoría. demuestra ser valiente e inconformista. Pero que luego el blanco de sus trabajadísimos ensayos pasen a ser el PCE, los nacionalistas vascos y catalanes, el PSOE y los diversos intelectuales que se vendieron al poder solo han servido para agrandar su condición de periodista implacable.
En su último libro, Memoria personal de Cataluña, tiene tiempo para analizar el procès en general y, en concreto, su despido como columnista de La Vanguardia por un artículo incómodo para el director y el pensamiento único separatista.

Además de la citada biografía de Suárez, recomiendo muy vivamente su Miseria, grandeza y agonía del PCE. Resulta especialmente conmovedor la carta de amor y despecho al comunismo que resulta su prólogo, de la que extraigo los párrafos que aparecen a continuación.

A los militantes anónimos que murieron por la libertad y que
no tienen tumba, ni familia, ni partido que los recuerde.
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PRÓLOGO
Cuando inicié esta historia del PCE se trataba de algo semejante a tomarle la tensión a un enfermo grave. Estábamos en 1982. Ahora tengo la impresión de que no era otra cosa que la autopsia de un cadáver. En varios años de trabajo he sido testigo de esta mutación suicida. Ni entonces ni después tenía la intención de hacer un alegato contra nadie, sino de contar una historia a la que no será fácil encontrarle precedentes. Intenté describir la recuperación del PCE desde la derrota hasta su momento más esplendoroso, desde el día 1 de abril de 1939 hasta la legalización en abril de 1977. Un fragmento definitivo de la historia de España que iba del final de la guerra civil al restablecimiento de la democracia. Luego, contemplé el minucioso ritual del harakiri, una singularidad que merecerá figurar, quizá, en la ciencia política. En los seis años que dura la transición, el PCE se suicida ante la mirada perpleja de amigos y enemigos. En 1976 podía decirse sin exagerar que se trataba del partido con mayor implantación social, prestigio y autoridad; su líder estaba considerado el profesional político más experimentado y hábil no solo del país, sino allende las fronteras. Pasaron seis años y el partido se convertía en una parodia de sí mismo y su secretario general, dimitido y denostado, en un fantasma sin castillo, un tipo que llama la atención pero que no impresiona ni a los niños y que ni siquiera divierte a los mayores. (...)
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Como todas las historias de la historia, esta es una aventura de enanos y gigantes. Se dice que la Revolución rusa de octubre fue una obra de gigantes que se consideraban enanos y tengo la impresión de que esta historia nuestra, como el propio país, trata de gente bajita, de enanos que nos creíamos gigantes. Este prólogo es la única parte del libro en el que se utiliza el «nos» sin sentido mayestático. Muchos excomunistas son más fanáticos en su papel de renegados que aun en el de militantes. Nos ocurre lo que al poeta catalán Carles Riba y también decimos: «Exijo en el objeto de mi ira o de mi cariño un cierto grado de dureza». Si bien yo he preferido por dignidad y coherencia seguir otra consigna que, a pesar de ser más frívola, se convirtió en leyenda entre algunos caballeros franceses, la de jamás escupir sobre aquello que uno ha amado.(...)
Una recomendación que daría a mis hijos si algún día me pidieran una, lo que es bastante improbable, es que se prepararan para el día que dejen de creer. Porque creer fieramente en algo no lo pueden hacer ni los estúpidos, ni los mediocres, ni los viejos, pero es bueno que, si algún día abandonan sus firmes convicciones, lo hagan con dignidad, sin aspavientos y sobre todo sin nuevas conversiones. Admito que respeto a aquellas personas que defienden la idea de que la Organización del Atlántico Norte es un baluarte de la democracia; aunque no la comparta. Lo que me indigna es escuchar a los mismos que han defendido de modo implacable que el Pacto de Varsovia era el garante de la «nueva democracia» convertirse en acérrimos cantores de la OTAN. Hay una generación de conversos del siglo XX que recuerda demasiado a los del XVI. (...)
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Pienso que cuando uno se ha equivocado una vez debe ser muy discreto a la hora de declarar nuevas adhesiones incondicionales. De algo hay que vivir, pero la ventaja de un régimen democrático respecto a otro totalitario es que no te obligan todos los días a proteger el condumio declarándote feroz partidario del sistema. Con que lo hagas una vez al mes basta. Nuestra generación —que abarca algo así como tres décadas— está condicionada desde su más tierna adolescencia por ser «ex» de algo; hemos tenido que sufrir esa especie de tara que no permitía ser una cosa sin renunciar de manera inapelable a otra. Hemos vivido durante cuarenta años bajo un Régimen que obligaba a ser consecuente con los principios o a no tenerlos. No dejaba opciones. Por eso es muy difícil que en España alguien tire la primera piedra; tenemos techos de cristal, algunos ni eso. La diferencia quizá está en que algunas gentes procedentes de la izquierda tienden a revisar su historia con escalpelo y a dejarse en carne viva, mientras que es infrecuente, por no decir insólito, que ciertos personajes que deben su cátedra a méritos de guerra, o su categoría de funcionario a diez años de militancia en el Opus Dei, o su prebenda al «glorioso movimiento», jamás le hayan dedicado al tema ni una línea avergonzada. Esta atrofia ética lleva a comparar la afiliación al Opus Dei con la clandestinidad comunista. Es el modo que tiene una sociedad con mala conciencia de evitar los recuerdos; unos rezaban con los ministros y otros llevaban paquetes a los presos.
Aunque es un hecho personal e intrascendente para la historia en general, es bueno precisar que el autor de este libro militó durante once años en el PCE y para evitar malentendidos señala que abarcaron desde 1965-1966 a febrero de 1977. (La afiliación a un partido clandestino es siempre imprecisa; ni existen papeles ni carnés). Entró porque había que hacer una revolución y salió porque ya no se iba a hacer y, si la hacían, lo cual era harto improbable, ya no le necesitaban. Fue un sentimiento entonces muy subjetivo y personal, nada político; percibió que si ganaban los nuestros perdíamos nosotros. Esos once años quizá no estén entre los más felices de su vida, porque la clandestinidad, salvo para los masoquistas, es castradora y, además, porque nuestra generación no tuvo muchas oportunidades de ser feliz sin ser a la vez irresponsable. Pero debo decir que es el periodo del que me siento más orgulloso. (...)
Me siento satisfecho de poder decir: ahora tenemos el marco, interpretémoslo. Fuimos durante un periodo el peonaje de la historia; la única ventaja de esta condición es que nos forjamos la paciencia necesaria para ir desenterrando cada pieza y dándole su valor en el tiempo. En el fondo este libro nace de una insatisfacción personal que comparten muchos de los que vivimos intensamente esta historia. (...)
Quien mejor la expresa es un hombre curtido en esa experiencia, el filósofo Ernest Fischer, cuando escribe en sus memorias aquel revelador diálogo con su esposa:
—He fracasado —dije.
—¡Nuestra época ha fracasado! —respondió ella.
—También la época, pero sería muy sencillo consolarme con eso.

jueves, 3 de mayo de 2018

Homenaje de Manuel Vilas a su madre, a nuestras madres.

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Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,
aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida
en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba
en mi matrimonio y en todas partes
y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,
me veías beber esos licores fuertes,
me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,
que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber
si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;
yo te lo diré: a nadie.

De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado,
arrodillado
para la decapitación,
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi nombre,
nuestro nombre.

No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno,
te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar,
lo habrías tirado por la ventana,
como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en Oriente,
tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre
porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley,
poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,
siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,
porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga aprobación,
cuya moralidad no es de este mundo.

Sabedlo.

Tú, que me amabas hasta la desesperación.
Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y oscura vida,
llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,
y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente
he acabado sabiendo,
igualado en ese conocimiento
al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio,
como ya escribí en un poema con ese título,
en el que hablaba de tu marido, mi padre,
a quien también quemamos,
unos mil grados alcanzan esos hornos.

Mi gran padre, del que tú te enamoraste —vete a saber por qué—
en mil novecientos cincuenta y nueve,
y a quién demonios le importa ya sino a mí,
el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada
un domingo
por la mañana
de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,
lloviendo,
en una primavera inesperadamente fría,
mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata
—mira que somos pobres— en el fuego final,
al que mi hermano y yo
te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios
antiguos y acabados,
pero aún conscientes los míos;
los tuyos,
venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este:
la envidia que me diste, la codicia de tu muerte,
codiciando tu muerte,
porque me dejabas aquí,
completamente solo
por primera vez
un nuestra larga historia de amor,
y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres
que querían acostarse conmigo,
hacer el amor conmigo,
y eso acabó siendo mi vida,
cuando yo solo quería
estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.
Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,
en una culpable tarde de primavera
en donde comienza el mundo,
en donde para ti acaba el mundo,
en donde para mí ni acaba ni comienza
sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,
donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, en ese sitio tan nuestro,
tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Ah, se me olvidaba: podías haber dejado algo
para pagar tu entierro,
no sabes lo mal que me va y lo pobre que soy,
mira que fuiste manirrota y derrochadora,
y lo que vale
el ataúd más económica,
como dicen ellos, los caballeros dulces de la funeraria.

Mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,
ma mère, en esta España de granes hijosdeputa enriquecidos
hasta la abominación.
Y aun así, pobres como ratas tú y yo,
mantuvimos el tipo,
como dos enamorados.

Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero
o te quise, ya no sé, y a quién le importa,
desde luego no a la Historia de España,
nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba
la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.

El hundimiento. 
Manuel Vilas.
Visor, 2015.

jueves, 5 de abril de 2018

"La Reina de mis Telediarios..."


Aunque no sea el más guapo 
de todos los inmortales 
quisiera ser el sereno 
de tus cositas terrenales. 

Como no tengo cabeza 
ni cuadra de pura sangre 
yo te llevo a caballito 
"pa" enseñarte todas las calles. 

No me hacen falta pistolas 
ni castillos en el aire: 
te regalaré un imperio 
en Cádiz por carnavales. 

Tu lengua es un mar despacio 
y a mí me matan sus olas, 
que teniendo aquí tu boca... 
¿pa qué quiero yo un palacio? 

Yo soy el Rey 
y Príncipe de Vecindario 
pero tú eres la Reina 
de mis telediarios. 

Mi boca es mi ley, 
mi frontera son tus piernas 
y toda toda tu risa 
me la pongo por bandera. 

Yo soy lo que veis:
Príncipe del Abecedario 
y toda toda mi corte 
es mi corte de salario. 

Corónate,
ponte flores en la melena 
hoy tenemos una audiencia 
con pucheros de hierba de la buena. 

Pondremos en la almohada 
y, en otro lugar urgente 
de este cuento sin hadas, 
después de noches calientes,
mañanitas de mermelada...

Soy monarca de tu horario, 
el infante de tus piernas, 
el esclavo de tus labios, 
lacayo de tus caderas... 

Tu lengua es un mar despacio 
y a mí me matan sus olas, 
que como se esta en tu boca 
no se está en ningún palacio. 

sábado, 28 de octubre de 2017

La España sin transición


LA ESPAÑA SIN TRANSICIÓN
Mi suegra va a misa cada domingo
y a mí me gustaría creer, al menos, 
en Pablo Iglesias. Pero apenas me queda 
esperanza en las propiedades 
curativas de la cerveza y en las faltas 
escoradas al borde del área.

Mi abuela iba a misa de vez en cuando
o la veía por la tele desde la cocina.
La pobre creía en Azaña y Felipe 
y cada vez que votaba se ponía nerviosa
por haber aguantado callada
cuarenta años de miedo.

Sería gracioso si no diera pena.

Vivió más que de sobra para enterarse
de que Azaña se volvió loco en Francia
e iba por los pasillos buscando papeles
que no existían con los que hacer gestiones 
imposibles que, de todas formas,
llegaban demasiado tarde.
(Pobre viejo chocho progresista).

Pero por suerte se murió antes 
de saber cómo acabó González.

Yo supongo que moriré demasiado tarde:
sin abuela, ni Azaña, ni Guevara,
ni Felipe o Guerra ni, por supuesto,
misa, padres, suegra, patria ni iglesias.
(Poema inédito)

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL DÍA DEL WATUSI: Danzad, malditos, danzad

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Llego a la cima del monte Tibidabo y veo a unos cincuenta huérfanos en su uniforme verde aceituna alineados frente al mirador que se abre a la ciudad. Los niños tiritan de frío y ansia bajo los arcos de la oficina del parque de atracciones. Los parques de atracciones... Algún original dice que esos lugares son un negativo burlesco del infierno, brillo de emoción en aristas de azogue; el Leteo discurre por túneles donde chillan las parejas y el tobogán de la montaña rusa es un precipicio de hierro que lanza condenados a las llamas. Todo es posible. Aunque si esos retóricos de la ingeniería alegórica llegasen a leer estas páginas, se turbarían cuando me vieran subido en una de las atracciones al final de la jornada, que merecen un prólogo la circunstancia y el modo en que me ha sido encargado el Informe. Este Informe. Unos papeles que, si nadie lo impide, serán un relato sobre raras variaciones de las que he sido testigo a lo largo de mi vida. Y esas variaciones no han sido rígidas, ideales; no hay Cielo, ni Infierno, ni sus ilusiones: uno encuentra laberintos sin plan, construcciones espirales sin centro y monstruos, muchos monstruos, nunca iguales, nunca diferentes, rendidos al misterio de una vida secreta que un aprendiz de mago ha vuelto ópera bufa.
Una vez fui la inspiración de un personaje muy secundario en la novela escrita por un imbécil. (...)
En ese momento recuerdo una expresión no sé si feliz, “A los raros nos pasan cosas raras”, y me convenzo otra vez de que mi vida es una cadena de exageraciones; o quizá sean extremos esos puntos de giro, el accidente que provoca el cambio de costumbres y de edad, y el resto sea sólo lamerse las heridas y maravillarse como un tonto de los sucesos al fin banales que las causaron. (…)
Acabo el whisky y, mientras Trueta se aproxima, concluyo que así, bebiendo, es como he alejado los temores de mi vida, y mi vida del resto de otras vidas, una reflexión fuente de nuevos miedos, difíciles y purulentos. (…) Los carismáticos quiebran. ¿Y sabes por qué? Según mi criterio, por falta de auténtica conciencia, de responsabilidad. Han dejado en mal lugar sus ideales, fueran éstos los que fueren al margen de la ambición meridiana, para acabar pensando, pobrecitos, que los demás somos tontos y que el cinismo lo han inventado ellos. Otro resultado de esas trayectorias extrañas… el hijo del chupatintas convertido en ministro, el sobrino del banquero, marxista de ida y vuelta, que solicita la readmisión en sociedad y aporta una gramática aprendida, un nuevo blindaje ante los tiempos, por decir algo… Pero se trae del brazo al hijo del chupatintas.  (…)
Hoy he visto cómo alguien que no era quien decía ser entregaba a huérfanos que no eran huérfanos regalos quizá vacíos. Entonces, alguien que tampoco era quien decía ser me ha dicho que representaba a no se sabe quién. Ese hombre me ha encargado un trabajo sobre un personaje que no existe para que un llamado Lector calibre lo que un tonto como yo averigua acerca de hechos importantes sobre los que nadie, nunca, debe saber nada. La tarea consiste en demostrar que este mundo puede ser doloroso, hasta infernal, pero no es serio. (…)
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El 15 de agosto de 1971 es el día más importante de mi vida. El día del Watusi. El arco que se tiende sobre la madrugada en que Pepito y yo, resguardados de la lluvia por un plástico azul, pescamos sobre un dique derrumbado, y acaba sin gloria el amanecer también lluvioso del día siguiente. Los sucesos nos han devuelto al mismo lugar. Allá abajo, sólo un vaivén entre dos aguas, se mece un cuerpo con cadencia eterna. (...)
Y los sacerdotes nos dijeron que el hombre, la humanidad, volvía a señalar el cielo, porque alguien subía y bajaba de allí, del cielo. Eso sólo podía significar el paso a una excusa como quien se esfuerza por hacer un retoque en el mobiliario o una ligera mudanza en su rutina para no caer en la desesperación que sigue al aburrimiento. Ese engaño ocurría en todo el mundo, pero en nuestro país las circunstancias hicieron que se pugnara por más juventud. Una época de rígida decadencia parecía acabar y eso sólo significaba el paso, a veces doloroso, siempre un sacrificio en el altar del progreso, a una edad de pujanza. (…)
Durante el inicio de la época que nos llevó del miedo esperanzado al tedio se fomentó el olvido como un valor. Nadie se avergonzaba de su amnesia, pero a diferencia de aquellos que sí tenían algo que olvidar, hubo otros que por edad, o porque en ellos el olvido ya era un rasgo hereditario como unas manos anchas de dedos cortos, se les impuso el valor espiritual del olvido y olvidaron Nada. Olvidar Nada se convirtió en una nueva categoría, un ímpetu del cuerpo y del alma que los empujó a inmolarse en la novedad, la muerte como novedad última, como última sospecha. Eso fue la frivolidad extrema. Se murió por una canción, una noche de juerga o un ritmo interno al que nadie podía encontrar palabras. Se murió de risa y de gusto. (…) Se fue frívolo en el comercio, en la propaganda, en la política, y por caminos abyectos la inconsciencia se resolvió una vez más en la estupidez. (…)
En El asno de oro, Lucio, su protagonista, se una de una sustancia mágia que habrá de convertirle en pájaro, pero le vuelve burro. Es la historia de mi vida. (…)
Los empleados de la gasolinera, algunos peatones, empezaron a reír, a llamarse uno a otro entre guiños; pero la franqueza de aquella risa se volvió enseguida nerviosismo, un reflejo de la histeria que transmitía la situación. Yo no estaba nervioso. Yo era feliz. No porque todas aquellas chicas, treinta, cuarenta, se estuviesen rompiendo la cara, no llegué a pensar en eso, sino en el espectáculo que provocaban. Si era una epifanía excéntrica y no concéntrica como suelen ser estas situaciones de idilio y exaltación, que nadie me eche la culpa. Todas las circunstancias de mi vida habían coincidido para que fuera feliz en aquel remolino de coches parados y peleas en el túnel del tiempo, y a pesar de que el sentido común me dictase otra norma de comportamiento, buscar esos agujeros en una galaxia de rutina ha sido una de las justificaciones de mi conducta a lo largo de los años. (…) El crepitar de telas baratas parecía el de antorchas dispersas a lo largo de la perspectiva casi infinita de la avenida. Un incendio con sus rojos y amarillos, pero también con otros colores que daban la idea de un escape de gases inflamables. Un desastre auténtico entre rugidos preorgásmicos de lucha. Era maravilloso estar vivo. (…)
-El watusi es un baile. Una manera de bailar, digo. Un baile de América que si lo bailas mal pareces un pringado. Y el Watusi de pringado  no tiene nada. Y a bailar, macho, a bailar no le ha ganado nunca nadie. El Watusi ya camina como si bailase. Y, cuando respira, o cuando fuma, te lo juro, respira y fuma como si siguiera un ritmo, como si estuviese escuchando una canción de puta madre en algún sitio. (…) A mí me ha eplicado que el ritmo viene de cómo eres. Así eres tú, así es el ritmo. Algo que viene antes que el compás. Porque hay gente que confunde el ritmo con el compás, pero no es lo mismo. (…)
Andrónico de Rodas clasificó trece tipos de temor. A mí, sin pensarlo, me salen más: temor a la libertad, temor a estar siendo otro, temor a estar siendo demasiado uno mismo (y estar vacío), temor a la locura de los demás, temor a la propia locura, temor a la carne, temor a la paranoia, temor a temor, temor a la falta de temor (el mal presagio), temor al temor de los demás, temor al dolor ajeno que pudiera volverse propio, temor de que la vida no se parezca a nada (porque es todo, y lo idéntico que es todo a ese todo), miedo a ser, miedo a dejar de ser, temor al pasado agotado y, aún mayor, temor al pasado inagotable, a los secretos de familia, a los propios secretos, a lo que puede dar de sí un día. (…) ni en la montaña rusa de ocultaciones que ha sido mi vida, ni en la esquina donde fui egoísta, ni en los bares donde fui ridículo, ni en las avenidas que me llenaron de asco y donde cada uno de los dieciséis temores míos encontraba su nombre, ni en las azoteas donde sin serlo me creí sublime, ni ahora, cuando vuelvo a recordar (…)
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Porque cada uno de nosotros está comprometido con un culto íntimo y es el fundador de un gesto, de un chiste y de una moda. Y de ese gesto, de ese chiste y de esa moda, nuestros pensamientos, nuestras caras, nuestros cuerpos, nuestras virtudes y sobre todo nuestros vicios son expresiones fragmentarias que buscan su complemento en lo que se transformó, en lo que transformaron y un día salió de nuestra boca, pasó ante nuestra vista, tocaron nuestras manos. Y lo hemos perdido, Vane. Y no hay memoria que lo consiga recuperar, ni ese capricho, la experiencia, porque está aquí, a nuestro alrededor, como una jauría de perros salvajes que no acorralara. (…) 
La gente se escandalizaba porque no sabía que en estos años existió un argumento sumergido, paralelo a la casi idílica nación de la que todos nos sentíamos orgullosos. Y ahora ese argumento secundario emerge como un susto. Y alguien teme que no se quede en razón de Estado, vomitiva quizá, pero razón: las palizas, el asesinato, métodos peliculeros que hasta ahora solo podían aceptarse de algún financiero prepotente y barrigudo. ¿Saldrán los negocios paralelos? (…) El impostor de cada uno de sus actos que estuvo a punto de llegar a ministro, extorsionó y saqueó, y luego se entregó nada menos que en Laos, adonde había huido aconsejado por otro antiguo playboy que hizo fortuna en lugares exóticos (…). Los únicos funcionarios que trabajan estos días veraniegos son los del Ministerio de Justicia. Los españoles se lo creerán todo, todas las conspiraciones, y se volverán cínicos. Sería el mal menor. (…)
La calma que el dinero necesita para brindar al mundo un modelo satisfactorio de hombres y mujeres: languidez en piscinas y bares y coños con aroma de tabaco rubio. De mito hortera a decorado y, de ahí, a espejo cóncavo de una vaga furia social que en realidad no siento, porque no deseo que se convierta en otro de mis muchos vicios. El resentimiento y la conciencia de clase mal digerida, como las drogas, acaban tiñendo cada uno de tus actos y el blando pensamiento que los valora. (…)
Tengo treinta y siete años y sigo con la misma cara de primo. Algunos drogadictos y muchos tontos no envejecen. Y reúno ambas condiciones. (…)
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En los trece años que viví junto a las chabolas, jamás oí hablar de política, ni de Historia reciente. Teniendo en cuenta que pese a mi candidez era un radar ambulante, eso quiere decir que nadie decía nada. Tardé poco en darme cuenta de que el olvido que comporta la miseria es absoluto, como lo es el que implica la destrucción. Sólo los que de algún modo, pese al dolor, salen airosos del desastre tienen fuerzas para quejarse, para opinar, para recordar, y los aiste menos que a los que callan. La necesidad de silencio iguala a víctimas y verdugos. (…)
La obsesión por un dinero con el que ya no sólo se podía comprar, sino lucir, aunque la austeridad continuara siendo brutal, no se ocultaba como antes con la vergüenza de la miseria; se trataba de construir un trampolín para saltar sobre él y zambullirse en días luminosos. (…)
Ahora iremos a dirección general. Entras, coges el busto de Franco que encontrarás en el despacho y lo bajas al archivo. El señor (…) estará en el despacho, o a lo mejor no. Esta situación le produce mucho dolor, o quizá no. Por eso no te dirá nada, ni tú le dirás nada. O quizá te dirá algo para demostrar su paternalismo y tú le contestarás en la forma adecuada para que vea que respiras ilusión y te impresiona estar frente a un gran hombre. Luego, sobre todo, esconderás el busto en un sitio perdido, pero no tan perdido como para que luego no podamos encontrarlo si hace falta. No comentarás esto con nadie, o lo puedes hacer con todo el mundo. Pero si lo haces, tus días en esta casa están contados. De todo lo que te he dicho, eso es lo único de lo que puedes estar seguro. De eso, y de que algún día todos nos iremos a la mierda. (…)
Todos hablaban de un lugar en la Meseta, peinado por los vientos, oreado por el perfume serrano, fondo saludable de cacerías y livianos estupros y tópicos adulterios, tan cerca del cielo el selecto grupo allí reunido. Además de encajar y contabilizar en el libro mayor de la calamidad los golpes que infligían sin reposo vencedores y vencidos, justos y poderosos, amigos y enemigos de España, esa gente, en ese lugar, pensaba mucho y discutía para organizar el nuevo Estado, un buen remedo o una excusa convincente, que devolviera el país al engranaje idóneo, al concierto de las naciones occidentales… Se aceptaría ser el último violín, se claudicaría percutiendo el bombo o el triángulo, se atendería la mínima sugerencia de la batuta, pero era más necesario que nunca hacer amigos. Que se rieran de nosotros, pero poco. (…) Esa reunión importante era conocida por sus miembros como el sanedrín. La dirigía un hombre de naturaleza persuasiva y ademán honesto, el mejor yerno del mundo, a quien los mismos habitantes del Estado para el que deseaba lo mejor o mentaban con desprecio en un momento u otro del día. En torno a su figura, que había crecido entre las mamas peludas del antiguo régimen como un cadete humilde, listo y dispuesto a hacer lo que fuera (exactamente la idea que mi madre tenía de lo quera un hombre, y por eso todas las madres del país le adoraban en un momento u otro del día), se reunían otros como él y tan convencidos como su jefe estaban de que romper un juramento de fidelidad a quienes habían roto un juramento de fidelidad no era sino continuar una larga tradición política que sólo podía afear la conducta del desconfiado primate que había inventado los juramentos. (…) 

Ballesta (a López y López): ¿Conoce la fábula de Aquiles y la tortuga? (...) Me estoy refiriendo a la fábula de Aquiles y la tortuga, aplicada, dentro del sistema capitalista y sus esquemas, a una política constante de centro. (...) La izquierda, en la calle, parece muy fuerte. Y más estos días, con tanto pretexto para el alboroto. Eso es obvio. Y es posible que en número también lo sea. Y la democracia es número, estadística y puro recuento, no lo olvidemos. Contra la idea de una mayoría natural de derechas, amante de una pax hispana, por decirlo así, que yo creo que no existe como tal, porque de cuando en cuando me paseo por la calle y ogio y veo, y me parece que esa mayoría vota o votará a la izquierda en cuanto desaparezca el factor miedo. La izquierda, por tanto, es más fuerte y no dejará de repetir la idea marxista de que la historia, si se repite, siempre lo hace como farsa. Que la modernización de España pasa por dar el relevo a gente que, digamos, se dirige al pueblo en su idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma. Eso es lo importante, el idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma y no tengan más remedio que asumir la práctica política, jugar en serio. Aquiles es la izquierda, potente, con esa atracción juvenil de la novedad y esa lengua que pronuncia "divinas palabras".
López y López: ¿Y la tortuga?
Ballesta: Los poderes fácticos. Lo que a partir de ahora, con la entrada de los sindicatos, de los grupos terroristas, de los ánimos enervados de unos y otros, pasarán a denominarse grupos de influencia. (...)
Como cuenta la fábula, la tortuga posee una diferencia de salida que cada vez es menor, pero paradójicamente, aunque siempre sea menor, siempre es una distancia cuantificable. Aquiles nunca cogerá a la tortuga. Ese espacio, por muy menor que sea, es el poder a la vista, que tampoco es manco. En el más grotesco de los casos, un nuevo grupo de influencia, legítimo, si es que usted quiere perfumar la cosa, ¿no? La paradoja es que ese espacio progresivamente reducido que vamos inventando, pero que siempre existe, es el centro. El centro es maleable como el barro. Según la época puede ser tan progresista o conservador como quiera, pero nunca dejará de ser el centro. (...) 
Porque una cosa, Fernando, es muchas cosas, y aún puede ser muchas cosas más. Hasta que se acaba todo. Hasta que sólo quedan madrugadas de borrachos. (…)
Esa noche tuve un hermano. Un hermano de verdad. Una carcajada auténtica entre el millón de risas falsas. Dios se entretiene con nosotros. (…)

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La masa nacional descubre el efecto dominó y, como un niño que vuelca soldaditos de plomo, se entusiasma con la corrupción, el desfalco y la guerra sucia al mirar las llagas que la arrogancia se hace a sí misma. Se indigna al tener de nuevo conciencia de que no ha vivido la vida que le contaban, que viscosas mutaciones de la franqueza y de la vocación de servicio y del sentido del Estado serpentean en la atmósfera del secreto. Y se contagia la masa nacional de esa arrogancia desbordada al intuir un realismo superior, de mayor reputación, aunque gaste la joroba del sensacionalismo, del odio y del miedo. Los asesinos oficiales de terroristas entran y salen de la cárcel: muñecas rusas que se abren para descubrir en su seno a un superior sonriente y con los hombros encogidos, y a otro, y a otro, hacia el interior de la cadena de mando, que es lo más alto. (…) La tarea no consiste ya en no equivocarse, sino en ocultarte. Todo está al revés, loco. Y lo que hay de locura en este mundo, Dios lo ha escogido para confundir a los sabios. No hay mártir sin una religión enfrentada a otra religión, sin un querer enfrentado a otro poder. Nadie sabe nunca la verdad. (…)
Era de noche. Una tontería, ya, pero fue lo que pensé: “Es de noche”. Y también pensé: “No quiero dormir, no quiero dormir nunca más. Quiero salir de noche siempre.” Había oído la expresión: “Salir de noche.” La gente salía de noche. Mis vecinos, los que ponían discos a todas horas, salían de noche. Yo pegaba la oreja a la pared y escuchaba las canciones que mis vecinos hacían sonar en el tocadiscos. Les oía decir, casi cantando: “¡Esta noche salimos!” Y yo pensaba que, si saliese de noche, me encontraría con mis vecinos y escucharía esas canciones. Por eso, la noche en que me dejaron subir al terrado a ver los fuegos artificiales, me hice una idea muy clara de lo que podría ser salir de noche, de lo que yo haría si saliese de noche. Empezaría a caminar por la calle oyendo las canciones, me iría encontrando con mis vecinos y más gente que conociese y otra que pudiera conocer. Saludaría: “¡Hola! ¿Estáis saliendo de noche?” Y seguiría caminando. Caminaría mucho, escucharía muchas canciones y saludaría a todo el mundo con la mano, moviéndola de lado, como la reina de Inglaterra, mientras les preguntaba a uno y a otro si es que estaban saliendo de noche. Haría todo eso hasta llegar a un sitio, muy lejos, en que ya no fuera de noche. El sitio en que la noche acaba. Eso era salir de noche y así es como sigue siendo. Y más cuando aquella verbena de San Juan acabó a golpes. Algún borracho quiso meterle mano a mi madre. O eso le pareció a mi padre. Mi padre ha sido mago y a veces ve manos donde no las hay. Se las imagina. Otras veces, no quiere verlas. ¿Por qué te cuento esto? ¿Cómo dices que te llamas? (…)
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Sostiene Pujol que la situación en Cataluña está controlada y que Cataluña debe seguir luchando por Cataluña para asentar la democracia en Cataluña y fuera de Cataluña y, en ella, la soberanía de Cataluña. Cataluña. (…)
-(...) El nombre médici indica que habían sido médicos. Primero médicos, luego banqueros y luego gobernantes. ¿Le suena esa curiosa evolución, la coincidencia? ¿Sabe que Pujol, nuestro grosero virrey, está licenciado en Medicina?
-Ni idea-
-Pues sí. Primero médico, después banquero y ahora gobernante. ¿Nos hallamos ante otro príncipe del Renacimiento? No ponga esa cara de charnego agradecido, amigo Atienza, que va mal encaminado… Del papel de Pujol como banquero, mejor no hablar, ya que todos han callado. Como gobernante… parece repasar alguna de las asignaturas que suspendió de banquero. Sí, esas lecciones que no enseñan en la universidad. ¿Y si hubiera ejercido la Medicina? Sea sincero por una vez en su vida, Atienza. ¿Usted hubiera confiado su salud a los cuidados del doctor Pujol?
Quizá solo fuera un modo de molestar los designios familiares; porque los sujetos eran o el hijo listo del que se guardan enormes logros, o el hijo tonto al que, sin embargo, todo el mundo quiere, o vástagos dejados de la mano de Dios. Lo cierto es que un poco antes y, sobre todo, después de aquel año 81, miles de jóvenes de toda España se precipitaron a recuperar un tiempo que ellos no habían perdido. Era el modo de vivir, con métodos bastardos, el instante de la sensación verdadera; la intuición de que nadie pude aguantar una existencia más allá de la música. (…)
Cuando a partir de la noche de octubre del 82 (…) los progres (los tíos de los sobrinos) empezaron a mandar, vieron que necesitaban un barniz moderno para paliar la irritante turbación del que no está en la onda. El poderoso envejece aunque mande, y por eso rumia el argumento banal que le conviene para invocar enseguida su desdén en la capacidad para rebatir ese mismo argumento, que ha existido sólo en su razón corrupta. Ése fue el motivo de que algunos animadores culturales en todos los grados de la escala administrativa fingieran tomarse en serio lo que esos grupos y su entorno estaban haciendo (…). Cuando decidieron que cierta actitud podía ser manipulable y provechosa, quizá no se desvaneció toda la música, pero sí los ecos perfectos en las covachas, y en apariencia se disolvió esa nueva ética del disparate, para ser sustituida por la frivolidad y el lechuguinismo en los que se confundían sus elementos más incapaces. Los verdaderos amos del desastre se tomaron en serio los juegos de los niños, los ensalzaron con la tentación de que si ellos, los izquierdistas indomables, eran de rebeldía fungible, también lo iba a ser la de esos mocosos, a quienes sólo ellos podían ver como rebeldes. Luego los ridiculizaron hablando del asunto y los destruyeron como si el crear un enemigo o un tonto útil para enseguida acabar con él en una periodística, escolástica y nula demostración circense signifique que se ha entendido algo. (…) 
Y a mí me dio por pensar que todas aquellas zanjas, las obras municipales rodeándome, hubiesen dotado a Barcelona de un romántico aire de ciudad bombardeada si efectivamente alguien la hubiese bombardeado, y tanta restauración no respondiera a la imperiosa necesidad de cubrir de argamasa y escombros, de hormigón y mentiras, los sedimentos adolescentes de una ciudad, su hedor de años, el material de derribo que formaba el idioma imposible mal enterrado, por el centro y por las afueras, sin que nadie percibiera que la locura provinciana era el único bien de la provincia, que se estaban quedando con lo peor, con la finalidad de las cosas.
El día del Watusi
Francisco Casavella
Anagrama, 2016  

lunes, 31 de octubre de 2016

"Conmigo y por mí": El País de Cebrián y Fraga


El proyecto del diario El País había nacido en 1972 en torno a tres figuras. Una de raigambre cultural, otra empresarial y otra política. La cultural la formaba José Ortega Spottorno, hjo del pensado José Ortega y Gasset, (...) hombre siempre bien visto por los sectores más abiertos del régimen, al que había servido militarmente durante la Guerra Civil. La figura política no podía ser sino Manuel Fraga Iribarne, de quien nadie dudaba -ni dentro ni fuera del sistema- que por sus manos pasaría el posfranquismo. El dinámico promotor cultural no era otro que Jesús Polanco, cuya andadura en la suculenta industria de los libros de texto estaba muy unida, personal y profesionalmente, a la de Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga y director general de Cultura Popular en la década de los sesenta.
En los blocs de notas que Manuel Fraga redactaría durante su larga estancia en Londres como embajador -publicados luego en el volumen Memoria breve de una vida pública (1980)- hay referencias muy significativas respecto a El País. El 25 de mayo de 1974, José Ortega Spottorno le visista en Londres para proponerle una terna de directores, una vez que el escritor Miguel Delibes ha renunciado a serlo. De la conversación saldría como director Juan Luis Cebrián, un periodista entonces de treinta años, que gozaba de un pedigree perfecto para quienes desde el régimen aspiraban a capitanear una transición, cualquiera que esta fuera.
Era hijo de Vicente Cebrián -falangista veterano, influyente miembro de la Jefatura de Prensa del Movimiento Nacional-, había estudiado en El Pilar, semillero de jóvenes con patrimonio y futuro, inició sus prácticas periodísticas en el órgano de los Sindicatos Verticales, Pueblo, bajo la dirección del mítico Emilio Romero, quien le nombraría redactor jefe. Posteriormente, en Informaciones, llegaría a subidrector, máximo cargo que podía regentar en un periódico controlado por una familia del régimen de toda la vida como eran los De la Serna. A mayor abundamiento, cuando decide ponerle a la cabeza del nuevo diario, Juan Luis Cebrián es director de los Servicios Informativos de Televisión Española, designado expresamente por el ministro Pío Cabanillas, colaborador estrechísimo del embajador Fraga. El 27 de enero de 1975, el ya director in pectore viaja a Londres y Fraga anota en su diario: "Juan Luis Cebrián me dice que se embarca en la aventura conmigo y por mí".
El precio de la Transición
Gregorio Morán
Ediciones Akal (1991, 2015)

Gloria y miseria del Partido Socialista

 
Conforme avanzaba la Transición, los partidos, en vez de reforzarse se debilitaron. (...) Al filo de 1981 la situación de los partidos se precipitó con la crisis de la UCD, el estancamiento crítico de AP, la endémica sangría del PC, sin contar fenómenos periféricos tan importantes como el fraccionamiento familiar del PNV, los giros suicidas del Partido Andalucista, el desligamiento del izquierdismo... ante todo eso sl PSOE se ofrecía no solo como única alternativa, sino como única realidad política. Fuera de él, dificultades o desolación.
Todos los defectos de ese partido, su falta de consistencia, la fragilidad de sus líderes, la ausencia de raíces: prácticamente su historia se reducía a la refundación en el Congreso de Suresnes (1974) y una trayectoria durante el franquismo minoritaria y perezosa... estos defectos resultaban virtudes: le permitían afrontar lo nuevo sin ataduras. En realidad, el PSOE era la única alternativa diferente durante la Transición; incluso la marginación a la que fue sometido por el tándem Suárez-Carrillo resultaba ahora un privilegio y no una sanción. Aunque en el contenido de su programa hubiera elementos de progreso y radicalidad que atrajeron a una parte del electorado que no era suyo, la evidencia política les llevaría a que, para ocupar todo el terreno político que los adversarios habían dejado huérfano, tenian que hacer una administración centrista.
La estabilidad del Partido Socialista, tras el intento de golpe militar del 23-F y la arrolladora victoria posterior de octubre de 1982, les desplazaría hacia el centro. (...)
Si el Congreso de Suresnes había sido la refundación del partido al dotarle de un nuevo equipo dirigente, la Transición sería para el Partido Socialista la segunda parte de esa refundación: su constitución en instrumento. (...) De ahí que sea muy importante situar cronológicamente el final de la Transición en la victoria del Partido Socialista. (...) En apariencia, la España de 1982 empalmaba con lo mejor del periodo republicano. Pero nada que ver. El Partido Socialista de los ochenta no conservaba del pasado más que el nombre. (...) Un grupo político sin patrimonio y sin historia se hacía cargo de la democracia parlamentaria. La Transición había terminado. La izquierda retiraba en las urnas la hegemonía a la derecha. Una clase política iba a ser obligada socialmente a retirarse, mientras que otra, sin memoria y sin mala conciencia tampoco, se hacía cargo de las instituciones. No quiero decir que tal o cual dirigente no tuviera su patrimonio y su historia, sino que como cuerpo social habían nacido a la vida política en vísperas del 15 de junio de 1977 (...).
El Partido Socialista, que había ganado en las urnas su derecho a escribir la historia, acababa de decidir hacer uso de sus prerrogativas. Iban a gobernar con la satisfacción de no haber renunciado a ningún principio ni estrategia y con la convicción de que el mundo los contemplaba con el mismo arrobo con el que aún hoy se mira la columna de Trajano.

El precio de la Transición
Gregorio Morán, 1991 
(edición corregida y actualizada en 2015)
Akal.