—Enfoque correcto, pero no lo has traducido. Asintió con la cabeza.
—Ay, Diosito mío, señora, ¿quié que le traiga arena?
—Bien.
—«Quié» cuesta de decir —intervino Glory, la mayor de los niños—. No acabar la palabra.
—Es verdad —dije—. Y no pasa nada por tartamudear. De hecho, es bueno. Qui-quié que le tr-tr-traiga un poco de arena?
—¿Y si no te entienden? —preguntó Lizzie.
—No pasa nada. Que se esfuercen para entenderte. Farfulla a veces, para que tengan la satisfacción de decirte que no farfulles. Disfrutan de corregirte y de creer que eres tonto. Acordaos, cuanto más decidan que no nos quieren escuchar, más podremos hablar entre nosotros delante de ellos.
—¿Y por qué Dios hizo las cosas así? —preguntó Rachel—. ¿Que ellos fueran amos y nosotros esclavos? —Dios no existe, hija. Existe la religión, pero no ese Dios suyo. Su religión dice que recibiremos nuestra recompensa al final, aunque parece que no menciona nada de su castigo. Cuando estamos con ellos, sin embargo, sí que creemos en Dios. Oh, Diosito, Diosito, en ti creemos. La religión no es más que una herramienta de control que usan y a la que se adhieren cuando les conviene.
—Tiene que existir algo —dijo Virgil.
—Lo siento, Virgil. Puede que tengas razón. Puede que exista algún poder superior, niños, pero no es su Dios blanco. Sin embargo, cuanto más habléis de Dios y de Cristo y del cielo y el infierno, mejor se sentirán ellos.
—Y cuanto mejor se sientan, más a salvo estaremos —dijeron los niños al unísono.
—February, traduce eso.
—Cuanto mejó estén, menos mal pa’ nosotros.
—Muy bien.
(...)
Nos echamos a reír y entonces vimos que venía un blanco por el camino. No había nada que irritara más a los blancos que un par de esclavos riendo. Sospecho que tenían miedo de que nos riéramos de ellos, o quizás simplemente odiaban la idea de que nos lo pasáramos bien. Fuera cual fuera el caso, no nos callamos lo bastante deprisa y llamamos su atención. Nos había oído y caminó hacia nosotros. —¿Qué son esas risillas de niñas? —preguntó. Yo había visto a aquel hombre alguna vez, pero no lo conocía. Vi que intentaba hacer una pose como de hombre peligroso. Aquello hizo que le tuviera más miedo y a la vez menos.
—Nos perguntábamos si sería verdá —dijo Luke.
—¿Si sería verdad el qué? —preguntó el hombre.
—Nos perguntábamos si es verdá que las calles de Nueva Orleans están hechas de oro, como dicen —dijo Luke, y me miró.
—Y si es verdá que, cuando se inunda, las calles se inundan de whisky. Yo no he probao nunca el whisky, no señó, pero tiene buena pinta.
—Me giré hacia Luke—. ¿A ti no te paíce que tiene buena pinta, Luke?
Llegado aquel punto temí durante un segundo que el tipo se diera cuenta de que nos estábamos burlando de él, pero soltó una risotada y dijo:
—Tiene buena pinta porque es bueno, chavales. —Y se alejó muerto de risa.
—Ahora se va a emborrachar, no tanto porque puede como porque nosotros no podemos —dije.
Luke soltó una risilla.
—Entonces, cuando lo veamos dando tumbos más tarde y haciendo el ridículo, ¿será un ejemplo de ironía proléptica o de ironía dramática?
—Podría ser las dos cosas. —Eso sí que sería irónico. (...)
Cuando el chico desapareció en la luz brillante de fuera, volví a sentir lo enfermo que estaba. En aquel momento ya sospechaba que no me iba a morir, pero no tenía claro si debía alegrarme de ello. Me daba vueltas la cabeza y sentía mucho dolor. Tenía náuseas y no se me había pasado la fiebre. Intenté ponerme de pie, pero tenía los pies entumecidos y no cooperaban. La verdad era que me daba miedo dormirme otra vez por si Huck volvía y oía mis pensamientos sin pasar por el filtro de esclavo. Me daba todavía más miedo seguir teniendo conversaciones imaginarias e improductivas con Voltaire, Rousseau y Locke sobre la esclavitud, las razas y nada menos que sobre el albinismo. Qué mundo tan extraño, qué existencia tan extraña, donde tu igual necesitaba pelearse por tu igualdad, donde tu igual necesitaba ostentar un estatus social que le permitiera presentar los argumentos en tu defensa, donde no podías presentar aquellos argumentos por ti mismo, donde las premisas de dichos argumentos las podían vetar aquellos iguales que no estaban de acuerdo. (...)
Por primera vez en la vida, tenía papel y tinta. Estaba entusiasmado. Encontré un palo recto, le afilé la punta y le hice un surco en el costado. Me puse el papel en el regazo, mojé la punta en el tintero y escribí el alfabeto. Dibujé las letras de imprenta tal como las había visto en los libros, despacio y con torpeza. Después escribí mis primeras palabras. Quería estar seguro de que eran mías y no las que había leído en algún libro de la biblioteca del juez. Escribí: Me llaman Jim. Todavía no he elegido nombre. Según las prédicas religiosas de mis captores blancos, soy víctima de la Maldición de Cam. Los supuestos amos blancos no pueden hacer frente a su crueldad y su codicia, sino que deben buscar su justificación religiosa en ese fraile dominicano mentiroso. Pero no pienso permitir que esa aflicción me defina. No pienso permitir que mi mente se ahogue en miedo e indignación. He de sentirme indignado, como es natural. Pero lo que me interesa es cómo hacer que las marcas que estoy dejando en este papel puedan ser significativas. Si tienen sentido, entonces la vida también lo puede tener y yo lo puedo tener. (...)
—¿Crees en Jesucristo? —gritó Huck.
—Claro —dije—. Pero a lo mejó le has de pedí ayuda tú. No paíce que haga caso de lo que quieren los esclavos.
Tras alejarse la barcaza, seguimos achicando. Ya nos mecíamos con menos violencia.
—¿Le has rezao al Señó? —pregunté.
—No me ha dao tiempo —dijo Huck—. Pero nos hemos salvao igual.
—Paíce que sí.
Me moría de ganas de leer. Aunque Huck estaba dormido, no me podía arriesgar a que se despertara y me viera con la cara pegada a un libro abierto. Luego pensé: ¿Y cómo va a saber que estoy leyendo de verdad? Podría decirle que estaba simplemente mirando las letras y las palabras sin entenderlas, preguntándome qué demonios significarían. ¿Cómo lo iba a saber él? En aquel momento se me hizo real y evidente el poder de la lectura. Mientras tuviera delante las palabras, nadie podría controlarlas ni controlar lo que yo obtuviera de ellas. Ni siquiera podrían saber si las estaba mirando sin más o leyéndolas, haciéndolas sonar o entendiéndolas. Era una relación completamente privada y libre y, por tanto, completamente subversiva.
¿Es posible querer a alguien sin conocerlo, solo de vista? ¿Cómo puedo explicar lo que me pasó sin utilizar la palabra amor? Ahí de pie, en esa galería, no sentí únicamente atracción sexual (de la que fui consciente, pero de un modo vago, como un ruido de fondo), sino lo que solo puedo describir como una profunda e inquietante compasión. Con ello no quiero decir que me sintiera superior a él. Durante casi todo el tiempo que estuvimos juntos lo consideré mejor que yo, tanto en los aspectos esenciales como en los superficiales. Por «compasión» me refiero a que, con solo mirarlo, me invadió una ternura profunda hacia su condición: la condición de ser humano. En aquel momento, el afecto y la pena básicos que me suscita cualquier persona se intensificaron hasta el punto de que no podía respirar. Incluso ahora, después de todo lo que ocurrió entre nosotros, puedo sentirme conmovida por él. (...) Ciaran no fue el primer hombre guapo con el que me acosté, ni el primer hombre por el que tuve sentimientos obsesivos, pero fue el primero al que adoré. Su cuerpo se convirtió para mí en un lugar de oración, un refugio donde olvidarme de mi propia carne y estar solo con la suya. Se trataba de placer absoluto, de belleza absoluta. ¿Creéis que no soy consciente de que estoy hablando de su cuerpo como de un lugar, un objeto? ¿Creéis que no soy consciente de lo que significa hablar de esta manera del cuerpo de un hombre siendo mujer? ¿Qué sé yo del cuerpo de un hombre?, y ¿acaso puede cualquiera de ellos merecer o necesitar un momento más de alabanza? (...)
Por un lado, estaba mi vida pública, en la que trabajaba, salía de copas y a bailar y me mostraba divertida y vital; miraba a los hombres con ojos seductores en los bares y a veces volvía a casa con alguno, y les decía a todos que me encantaba vivir sola, y ellos me creían por lo contenta que me veían. Estaba realmente contenta cuando aparentaba estarlo. Soy incapaz de mentir acerca de mis sentimientos. Pero estos no tienen coherencia ni continuidad. Por otro lado, estaba la vida que pasaba en mi habitación, torturándome hasta lograr la calma y la sumisión. No era capaz de estar feliz sola, y como me constaba que eso era un signo de debilidad, me obligaba a aguantar todo el tiempo posible, aunque a veces creía volverme loca. Tal como yo lo veía, uno se sentía realizado en compañía de otras personas. Por eso quería estar enamorada. El enamorado no necesita a todas horas la presencia física del amado para realizarse. El amor en sí mismo sostiene y valida los momentos horribles que de otro modo desperdiciaría mientras practica ser una persona, yendo de aquí para allá en un piso de mierda, aguantando hasta las siete de la tarde para abrir la botella de vino. El enamorado recibe una especie de gracia. Un amigo me comentó en una ocasión que imaginarse a su padre o a Dios mirándolo mientras trabajaba lo ayudaba a rendir más.
Para mí, estar enamorado era lo mismo, un escudo, un propósito más elevado, un compromiso con algo que estaba fuera de nosotros mismos. La noche que conocí a Ciaran me emborraché como nunca lo había hecho. Yo conocía dos clases de borrachera. La primera solía ser solitaria y no obedecía al deseo de emborracharme, sino al de pasar el rato de la manera menos patética. Era una borrachera parsimoniosa, una copa de vino cada media hora más o menos, nada demasiado excesivo, aunque nunca por debajo de una botella, y se caracterizaba por una autocompasión lacrimógena que a veces se agriaba dando paso a la violencia. La otra clase de borrachera era mucho más aparatosa y se caracterizaba por una alegría eufórica con un toque de obsesión compartida; en esas noches gastaba una gran cantidad de dinero que no tenía, porque el tiempo más allá del presente me parecía —aún más que de costumbre— absolutamente irreal, y las necesidades del momento eran acuciantes. El desfase de esas noches nunca era deprimente mientras duraba, y formaba parte de ser joven y no tener compromisos ni estabilidad. Por lo general, esas noches se veían venir, se percibía en el ambiente un aire de picardía. (...)
Como la mayoría de mis amigos, yo era una gran bebedora, en el sentido de que podía beber mucho, me gustaba beber y no me volvía desagradable cuando estaba bebida. La maldición de mi vida eran las resacas. Casi todas las mañanas me despertaba un poco resacosa, pero unas dos veces a la semana la resaca era fuerte. Y cuando era fuerte perdía días enteros acurrucada en la cama, deslizando un dedo por la pantalla del móvil sin disfrute ni propósito, refugiándome en lo repetitivo del gesto. Miraba a través de las cortinas el sol de las cuatro de la tarde y pensaba que era mejor que me quedara en casa hasta que oscureciera. Tenía mucho miedo. Una vez rellené un cuestionario que determinaba el nivel de dependencia del alcohol. La última pregunta de la sección que se suponía que señalaba a los «alcohólicos en fase terminal» era: «¿Se despierta a menudo sintiéndose muy asustado después de una borrachera?». Y cuando la leí, pensé: «Es exactamente como lo habría descrito yo». «Muy asustado» resumía la sensación de temor más propia de una persona mayor que experimentaba al despertarme por las mañanas. Me recordó a las ancianas que salían en las películas, tambaleándose al borde de la demencia, que habían perdido a su marido y no recordaban los detalles de su hogar; una angustia y un desconcierto inútiles pero absolutos. Me despertaba continuamente muy asustada. William Faulkner, en las etapas finales de su alcoholismo, viajó a Nueva York para visitar a amigos y ver alguna obra de teatro. Después de diez días bebiendo sin parar, desapareció. Un amigo acudió a su hotel para ver cómo estaba y, tras aporrear la puerta y gritar en vano su nombre, presionó al personal para que abriera su habitación. Al irrumpir en ella, encontraron a Faulkner en el suelo del cuarto de baño, semiinconsciente y gimiendo con voz ronca. En el aire flotaba un curioso olor fétido. A pesar de las temperaturas bajo cero, todas las ventanas estaban abiertas. Faulkner se había levantado en mitad de la noche para vomitar y se había caído contra una tubería del radiador. Perdió el conocimiento, y durante muchas horas la tubería le ardió contra la espalda sin que él reaccionara. Cuando lo encontraron, la quemadura ya era de tercer grado. En el hospital, su médico, el doctor Joe, acudió y le preguntó:
—¿Por qué lo hace?
Al parecer, Faulkner sacó la mandíbula y respondió:
—¡Porque me gusta!
Su editor Bennett fue a verlo.
—Bill —le dijo, y me imagino a Faulkner mirándose las manos, con la cabeza temblándole ligeramente, incapaz de sostener la mirada de su amigo—. ¿Por qué querrías hacer algo así en tus vacaciones?
Al oírlo, Faulkner se erizó cuan largo era en la cama.
—Al fin y al cabo, son mis vacaciones, ¿no?
¿Por qué lo haces? Porque me gusta. Lo que significa no tanto que disfruto con ello, sino que así lo he decidido.
Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. [...] ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?
La noche que conocí a Ciaran bebí hasta que vomité y se me reventaron las venitas de encima y debajo de los ojos; las examiné con detenimiento en el espejo, sabiendo que señalaban un comienzo. (...)
Cosas objetivamente peores que las que pasarían con Ciaran habían ocurrido en los primeros años de mi vida adulta, sórdidos controles de la mujer herida. No puedo hablar de ellas antes de tiempo porque sus nombres, por sí solos, suscitan como un conjuro la indiferencia de un lector instruido. Se abusa del sufrimiento femenino, que es utilizado a la ligera por las mujeres deshonestas que solo buscan atención, y entre nuestros pecados capitales seguro que figura la búsqueda de atención. Todo el sufrimiento que yo había experimentado antes de conocer a Ciaran lo había soportado como un niño. Eso no quiere decir que no fuera severo, que lo era, o que no lo comprendiera, que lo comprendía. Pero antes de Ciaran todavía contemplaba el sufrimiento como algo que tenía sentido. Entendía que hasta la tragedia más inexplicable estaba impregnada de algún propósito aún por descubrir. Creía que había personas afortunadas y desafortunadas, y que yo me contaba entre las primeras. Incluso en medio de mis peores depresiones, siempre lo había tenido claro. Mi sufrimiento parecía venir del convencimiento de que no era lo bastante buena para merecer la vida objetivamente afortunada que se me había dado. (...)
A mi modo de ver, cada acción acabaría llevándome a donde debería estar, y ese lugar era el enamoramiento. El amor era el gran consuelo, incendiaría de golpe los campos de mi vida sin dejar nada atrás. Yo lo veía como el gran nivelador, como una fuerza que me purificaría y que con su presencia me haría digna de él. La religión había estado ausente de mi vida después de la primera infancia, y en su lugar había cultivado una gran fe en el amor. Vamos, no os riais de mí por esto, porque sea una mujer quien os diga esto. Me oigo hablar. (...)
Estaba muy resacosa pero sin náuseas, en el punto perfecto antes de recuperar la sobriedad total. Me alegré. Ir por la vida con resaca es duro, pero estar sin resaca tampoco es un chollo. La confusión y el aturdimiento propios de la resaca pueden contribuir a que el día pase sin que nos demos demasiada cuenta; estamos demasiado ocupados aliviando el malestar y la sed para prestar mucha atención a cualquier otra cosa que pueda preocuparnos. (...)
Me reí con nerviosismo y sacudí la cabeza, llena de afecto hacia mí misma. Me quiero cuando estoy enamorada. Encuentro mis sentimientos fascinantes y humanos, y por una vez puedo identificarme con mis propios actos. (...)
Mientras caminábamos en direcciones opuestas, me volví para mirarlo por encima del hombro y él hizo lo mismo, y yo me sentí muy ligera, como si levitara. Los dos nos reímos, y me di la vuelta y eché a correr; tenía que hacerlo, lo que sentía era demasiado fuerte. Corrí y corrí, y no podía dejar de reírme de asombro, pensando en cómo me había besado y en que ya no quería besar a nadie más. Cuando hago memoria, lo que más me choca es la tranquilidad con que transcurrió el día con él. Nos habíamos caído bien, habíamos congeniado y era evidente que nos sentíamos atraídos, pero no había habido ningún avance en la conversación. No se había producido ese momento que había compartido con otros hombres antes que él, en el que parece que todas las piezas se alinean y se impone un ritmo. Creo que fui consciente de ello incluso durante ese primer arrebato, corriendo por los muelles a lo largo de una puesta de sol de abril. Me traía sin cuidado lo extraño que era, lo que pensara de mí o los libros que habíamos leído los dos. (...)
Antes de Ciaran había probado con otros hombres. Probaba muchas cosas. Me encontraba en una época extraña. Ya no era la adolescente apenas mayor de edad pero espabilada que tanto poder había ejercido sobre los hombres. Tampoco tenía nada de la mujer adulta y dueña de sí misma que tal vez los atraía con su autonomía. La gente disfrutaba conmigo porque, aunque era bastante atractiva, no intimidaba. Era una chica alegre y de buen carácter, a veces un poco mala, pero de una manera divertida. Parecía y follaba como una mujer, pero podía beber, drogarme y hablar como un tío. (...)
Creo que lo que más deseaba yo era ser tan auténtica como ellas, pero no sabía cómo, no conocía otra forma de estar cerca de esos chicos que salir de copas con ellos. No es que yo no valiera, simplemente no me hacía valer y no sabía qué hacer para cambiarlo. Mi vida social nocturna fue menguando. Me acostaba con los novios de demasiadas personas, vomitaba en demasiadas salas de estar. Dejé de ser agradablemente divertida para serlo solo de un modo desesperado, y luego me sentía demasiado mayor para todo eso. Adquirí la costumbre de ir únicamente con hombres mucho mayores. Sin saber qué hacer conmigo misma, era fácil caer en sus vidas. Con ellos importaba menos si yo era realmente guapa, excepcional o interesante. Todavía era muy joven en términos generales, aunque no lo bastante para seguir siendo una novedad de la vida nocturna. Era lo suficientemente joven para cautivarlos tan solo por mi juventud, erigiéndome como un monumento. (...)
Era algo sorprendente ver a hombres que no eran particularmente atractivos pero que creían, más o menos acertadamente, que podían tener y hacer lo que quisieran. Yo siempre calculaba con precisión científica la belleza relativa de las personas con las que quería estar, y me mantenía alejada de los que me superaban demasiado. Pero luego veías a tipos como ese, que iban por el mundo pisando fuerte y solo tenían que alargar la mano para tomar con alegre despreocupación la primera cosa bonita que pasaba. No sentían la necesidad de llegar a un trato equitativo; simplemente avanzaban hacia ti, sonriendo quizá con cierta timidez, y su convicción de estar en su derecho era tan insólita y envidiable que resultaba casi encantadora. —Tengo una especie de novia —dijo entrecortadamente dentro de mi boca después de haberme empujado contra una pared. —Está bien —fue mi respuesta, luego puse los ojos en blanco y volví a besarlo. Cuando al fin me llevó a su casa unas semanas después, perdí al instante la ventaja que me parecía tener. Era rico. Vivía en un piso enorme de dos dormitorios en Merrion Square, todo en telas suaves de tonos beige. Una pequeña corgi soñolienta llamada Dots nos miró parpadeando desde el sofá. Ser joven y guapa a veces era mucho, parecía traducirse en poder en el mundo real, pero el dinero siempre lo estropeaba todo. (...)
—Llevo tanto tiempo deseando esto —dijo—. Desde la primera vez que te vi.
—Yo también —respondí, aunque no lo pensaba.
Yo no había querido acostarme con él. Nunca había querido acostarme con él. Había querido que siguiéramos hablando, que me despertaran sus mensajes, que nos divirtiéramos. Quería que nuestras castas citas en una cafetería continuaran eternamente, porque nada de todo eso se acababa, mientras que el sexo, lo sabía, era el final. En cierto modo me sentía bien, porque él estaba muy excitado y me alegraba de ser yo la causa, pero cada cosa nueva que me hacía me llenaba de tristeza. Cada cosa que hacía era otro final. Cuando hubimos hecho todo lo que se podía hacer, él se quedó inconsciente y yo me aferré a su estómago tranquilizadoramente sólido y blando —paternal, tan diferente de los estómagos de los indies delgaduchos— y lloré. (...)
Volví al dormitorio y me fijé en que en el lado de la cama donde yo había estado durmiendo había unos zapatos de tacón, un frasco de perfume y una crema hidratante Avène. Su novia podría tener la edad de mi madre, pensé. Ahí había una vida de verdad, una vida real, en la que me había metido arrastrando conmigo el fango de mi vida. Nunca me había sentido tan distinta de un ser humano, tan desechable y endeble, construida únicamente para funcionar. Él llamó un taxi para que me llevara a casa y supe que nunca volvería a saber de él, y nunca lo hice. (...)
Todas las cosas que Lisa hacía genuinamente por placer eran en apariencia buenas, cosas que yo no buscaba de por sí. Pensé que una vida como esa —limpia, moderada, de principios nobles— me proporcionaría lo que realmente quería, que tenía que ver con obtener lo máximo posible de las personas: su atención, su deseo, su curiosidad. A veces pensaba en las personas como Lisa —personas que nunca perdían el control de sí mismas, que nunca tenían demasiado de nada, que nunca estaban despiertas después de la una de la madrugada— con algo parecido al desdén. Valoraba lo que consideraba mi naturaleza libre, mi predisposición a hacer lo que quisiera en todo momento, mi capacidad para dejarme llevar por el primer impulso físico que se presentara. ¿No había en mi forma de existir alguna verdad que esas personas más precavidas eran demasiado tímidas para seguir en su propia vida? No se me ocurrió pensar que Lisa tal vez estaba haciendo exactamente lo que quería hacer, que era llevar la vida tranquila y benévola que llevaba. No lo pensé porque me resultaba incomprensible que alguien pudiera tomarse una copa y no tuviera ganas de seguir bebiendo, no entendía que algunas personas no tuvieran dentro de ellas ese deseo. (...)
La primera vez que hicimos el amor me sentí fuera de mí de felicidad, porque era evidente que estaba sucediendo entre nosotros lo que tenía que suceder. Flotaba alrededor de su boca un olor perfecto que casi podía saborear, y sabía que lo que componía ese olor indefinible estaba también en las sustancias químicas que unían nuestros cuerpos. (...)
Mediar en tu propia victimización es parte de ser mujer. Utilizándola o negándola, odiándola o adorándola, y todo ello a la vez. Ser víctima es aburrido para todos los involucrados. Me aburre presentarme a través de experiencias que se emplean constantemente como recursos narrativos en las telenovelas y la prensa sensacionalista. ¿Por eso me avergüenza tanto hablar de ciertos sucesos o encontrarlos interesantes? Forma parte del horror a ser herido de manera genérica. Nuestras experiencias son tan comunes que resulta imposible hablar de ellas de forma sugestiva. Si quiero decir algo sobre mi herida, oigo cómo mi voz abraza el canon de las Mujeres Que Han Sido Heridas y se vuelve desconocida, deja de ser la mía. No puedo ni quiero hacerme entender. ¿Por qué debería convertir mi experiencia en algo especial?, ¿de qué serviría? ¿Debo hablaros de la violación? Me enfadé por haberme vuelto real de esa manera, en contra de mi voluntad. Hay una buena razón para que no vivamos todo el tiempo dentro de nuestro cuerpo, y después de ese suceso volví a estar atrapada en él durante mucho, hasta que logré salir de nuevo. Todo el lado funcional, el hecho de ser tan prosaica, me deprimía. Mi cuerpo no era espléndido ni milagroso, ni estaba vivo, solo era algo que se usaba. Eso no me entristecía ni me sorprendía, únicamente me aburría: me miraba a mí misma, tan vulgar, ramplona y maltratada, y pensaba: «¿Y qué?». Lo que más me enfurecía no era el acto sexual no deseado, sino el tedioso recordatorio de que los hombres a menudo pueden hacer lo que quieren y que algunos de ellos lo harán. Sé que no está de moda describir la violación como un acto sexual (el acto que implica la violación tiene más de violento que de sexual; pero ¿no puede ser ambas cosas, y a veces una más que la otra?), pero para mí eran muy parecidos. Desde un punto de vista puramente físico, ni siquiera fue muy distinto de algunas de las peores experiencias de sexo consentido que yo había tenido, esas veces en las que enseguida me daba cuenta de que prefería no continuar pero lo hacía por cortesía, fingiendo que disfrutaba para terminar antes. (...)