ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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lunes, 7 de junio de 2021

"FERIA" (Ana Iris Simón)


Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad. Cuando lo digo en alto siempre hay quien pone cara de extrañeza y me responde cosas como que a mi edad mis padres habían viajado la mitad que yo o que a ellos envidia ninguna, que tienen que hacer muchas cosas «antes de asentarse». Que ahora somos más libres y que nuestros padres no pudieron estudiar dos carreras y un máster en inglés ni se pegaron un año comiendo Doritos y copulando desordenadamente en Bruselas gracias a eso que llaman Erasmus y que no es sino una estrategia de unión dinástica del siglo XXI, una subvención para que las clases medias europeas se crucen entre ellas y pillen ETS europeas y celebren que eso era Europa y eso era la europeidad y que para eso hemos quedado los nietos de Homero y Platón. (...)

cuando lo digo la gente piensa con frecuencia que soy gilipollas y en respuesta lo que pienso yo es «tienes treinta y dos, cobras mil euros al mes, compartes piso y las muchas cosas que tienes que hacer “antes de asentarte” son ahorrar durante un año para irte a Tailandia diez días aunque en la vida te hayas interesado por qué pasa o qué hay en Tailandia, comerte una pastilla y hacerle arrumacos a tus colegas en festivales en los que no conoces ni a medio cartel pero tienes que fingir que sí y creer que las series que eliges ver y los libros de Blackie que eliges leer forman parte de tu identidad como individuo». (...)

seguramente nuestros padres se casaron y tuvieron hijos y se metieron en hipotecas por eso que se ha convenido en llamar «imperativo social», porque «era lo que había que hacer», pero que creer que sobre nuestras cabezas no sobrevuelan otros imperativos igual es la mayor prueba de que lo hacen y de que quizá nos hemos creído lo de la libre elección y lo del progreso y lo de la democracia liberal como única arcadia posible. Y menuda arcadia. Nos lo llevan diciendo diez años y nos negamos a creerlo. Somos la primera generación que vive peor que sus padres, somos los que se comieron 2008 saliendo de o entrando a la universidad o al grado o al instituto y lo del coronavirus cuando empezábamos a plantearnos que igual en unos años podríamos incluso alquilar un piso para nosotros solos. Nuestros imperativos existen y son materiales (...).

 

aunque nuestros padres tenían menos papeles académicos que un galgo, sí que tenían, con nuestra edad, hijos e hipotecas y pisos en propiedad. Porque era lo que había que hacer, seguramente. Pero también porque podían hacerlo. Nosotros, sin embargo, ni tenemos hijos ni casa ni coche. En propiedad no tenemos nada más que un iPhone y una estantería del Ikea de treinta euros porque no podemos tener más y ese es nuestro imperativo y es material. Pero nos autoconvencemos pensando que la libertad era prescindir de críos y casa y coche porque «quién sabe dónde estaré mañana». Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición con la que menos mal que hemos roto, que la emigración y la inmigración son oportunidades para aprender nuevas culturas y para convertir el mundo en un crisol de lenguas y colores en lugar de una putada, y que compartir piso es una experiencia de vida en lugar de, llegada una edad, un detalle denigrante que da vergüenza confesar. (...)

El gráfico de Nolan, ese que está tan de moda en Twitter y que te dice cuál es tu ideología según dos vectores, la opinión económica y la personal, tiene también dos vertientes, la teórica y la antropológica, pero no parecemos darnos cuenta y ese es uno de los logros del liberalismo: que sus lógicas nos han calado hasta los huesos sin que reparemos mucho en ellas. Su mayor logro, además de haberse hecho pasar por la neutralidad, por la ausencia de ideología, por lo normal y lo aséptico, ha sido hacernos olvidar que en paralelo a su modelo económico corren también unos valores. Y que parece compatible decir que uno rechaza lo primero y celebrar y vivir de acuerdo a lo segundo y que de hecho en esas estamos muchos. (...)

Durante la adolescencia había escrito mucho sobre Madrid como escribimos sobre Madrid los chavales que vivimos en la periferia, como si Madrid fuera una especie de Macondo en el que no llueven ranas pero qué bien se está en Comendadoras cuando atardece. Durante la adolescencia y la primera juventud me había imaginado con treinta y pico, ya con alguna cana y un par de bebés en un piso en el centro con una terraza y costillas de Adán y troncos de Brasil y muchos libros de Taschen en el salón. Durante la adolescencia y la primera juventud había desdeñado a los que se quedaban en Aranjuez porque menudos paletos, quedarse en un sitio tan pequeño y con tan poco que ofrecer. Pero la paleta y la que tenía poco que ofrecer era yo, y pequeñas mi alma y mis miras. (...)

Yo que había decidido vivir en un parque temático, yo que había creído que trabajar de lo mío desde los veintipocos aunque fuera por mil euros y mucha incertidumbre era un triunfo, yo que siempre había pensado que tener hijos joven era de pobres porque mis padres lo eran y que no plantearse siquiera hacerlo con menos de treinta era sinónimo de que algo había evolucionado cuando es justo al revés. Yo, que tenía que hacer no muchas pero sí algunas cosas «antes de asentarme» y que ahora cuando me dicen eso respondo que a mí ya no me quedan cosas y que, es más, esas cosas nunca existieron. Que eran vacío y polvo y nada y que no muerto sino asesinado Dios, es el ocio el que es el opio del pueblo y que lo que me pasa es que me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad y me da envidia porque cuando la Ana Mari tenía mi edad tenía un trabajo fijo, el mismo que tiene a día de hoy, más de veinte años después, y eso que le daba la mitad de importancia que yo al trabajo o se la daba de otra forma. (...)

Recordaba haber oído a mi abuela María Solo quejándose de los chinos antes de morirse. No de ellos, sino de sus establecimientos, que empezaban a crecer como setas, pero también la recordaba quejándose de los centros comerciales y del Indiana Bill, que era una piscina de bolas que había en Aranjuez, y de los Pizza Hut, «porque antes el único sitio donde podías comprar juguetes o montarte a los caballitos o comerte una hamburguesa era la feria y ahora mira». «Ahora mira» significaba que las ferias habían dejado de tener sentido porque la vida, el mundo, nuestra propia existencia se había convertido en una. A esas quejas nunca le respondí porque nunca habría sido capaz de contradecir a mi abuela María Solo, pero en mi diario escribí que a mí me parecían bien los chinos y los centros comerciales y el Indiana Bill y el Leclerc y el Pizza Hut, y el Burger King que estaban construyendo enfrente del Palacio de Aranjuez también me parecía bien aunque mi padre me decía que no me iba a llevar, que eso eran americanadas. (...) Años más tarde tuve que darle la razón, pero es que a mi padre siempre tengo que darle la razón, aunque sea años más tarde. Estaba siendo testigo del fin de España, del fin de la excepcionalidad. Y no me daba cuenta. (...)

En la cinta de la boda salían juntas la familia de mi padre y la de mi madre y me enfadaba no estar. Me enfadaba no poder correr por el banquete mientras alguien me decía que no corriera y me enfadaba no poder mezclar sorbetes de limón con pan y con el kétchup que daban para el filete empanado del menú de niños en los salones de Pelos, que es donde se casaron mis padres y donde se casaba mucha de la gente que se casaba en mi pueblo. Me enfadaba no poder salir en ese vídeo al lado de mis tíos mientras comían gambas o bebían DYC o fumaban, porque cuando se casaron mi padre y la Ana Mari, en el noventa, aún se fumaba en los restaurantes y en las discotecas, en los vagones de tren y en las clases y delante de los niños. (...)


Pero más que ETA y quién era ese tal Miguel Ángel lo me inquietaba era que la boda de la Rebeca no fuera a ser tan divertida como la de mis padres o que su vídeo no fuera a tener efecto caleidoscopio por culpa de un desconocido. Tardé muchos años en entender que a mi familia le pusiera tan triste la muerte de un concejal de por ahí, que ni siquiera era de esos que a veces veíamos en Las Cuevas cuando íbamos a tomar café la Ana Mari y yo con Coral y Carmen, que eran las secretarias del Ayuntamiento de Ontígola. Tardé muchos años en comprender que a veces los muertos de los otros son también los propios, lo que es una tragedia, lo que es un malnacido y lo que es un pueblo. (...)

pensaba eso: que tenía las piernas más bonitas del mundo y que era mi madre, aunque no la llamara así hasta primero de primaria, cuando me di cuenta de que todo el mundo tenía una madre pero yo tenía una Ana Mari. Tampoco se lo dije nunca, ni lo de las piernas ni que en primero de primaria me había dado cuenta de que llevaba seis años sin madre ni lo del jersey de angora, porque ser niño es guardar secretos. Empezamos a ser adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse y que todo merece la pena ser contado. (...)

"Hacíamos pulseras de hilo y me ponía sus camisetas, que a ella le quedaban por encima del ombligo pero a mí no, y me contó que el 85 del luminoso de su caseta era por el año en el que se habían casado sus padres y me enamoré de ella como se enamoran las niñas de otras niñas más mayores, queriendo parecerse a ellas, queriendo ser ellas. (...)

Cuando estaba hinchando globos en la caseta de tiro o colocando las miniaturas de las botellas de Larios en los estantes de chapa y me veía llegar, me sonreía y me dejaba pasar y me alzaba un poco en brazos y lo sublime no podía ser otra cosa más que esa. Lloré mucho el día que me despedí de ella mientras de fondo sonaba seguramente Camela y aquel fue mi primer amor de verano. (...)

 

Cuando la profesora, que se llamaba Rosa, nos preguntó qué habíamos hecho en verano, rodeada de una veintena de niños a los que no conocía, no hablé de Mari Luz ni de que me había pasado varias semanas durmiendo con mi abuela María Solo y mi abuelo Gregorio en una caseta, ayudándoles a descargar la Mercedes, lavándome en una palangana y andando descalza hasta la fuente en la que cogíamos el agua mientras mi abuela me gritaba que no fuera descalza, que me iba pinchar e iba a coger el tétano. No hablé de nada de eso porque me daba vergüenza, no fueran a pensar que éramos gitanos y que por eso yo no sabía leer, porque eso era lo que, fuera de la feria, había oído que éramos los feriantes. Cuando me tocó el turno dije que había estado en la playa con mis padres, y cuando me preguntaron en qué playa respondí que en la de La Mata, que era lo que había dicho otro niño que había respondido antes que yo. Gritó «pues no te he visto» y antes de que la profesora lo llamara al orden sentí por primera vez lo que era la sospecha y me acordé de eso que me decía mi abuela María Solo de que «las mentiras tenían las patas muy cortas», así que durante años intenté alargarlas lo máximo posible. Por lo pronto, ese día intenté no cruzarme en el recreo con el niño que sí que había ido a La Mata, para que no me preguntara qué había en ese sitio, porque nunca había estado allí. Ni siquiera había pisado nunca una playa. (...)

La madre está siempre condenada al reproche porque es el amor primero, el amor puro y el dolor sobrevenido de no poder ser el otro, de no poder ser uno con el otro, imposible siempre de satisfacer. La decepción primigenia viene, como el amor primigenio, de la madre. (...)

Acabamos, como siempre, yéndonos por las ramas y despotricando contra el Satisfyer porque no es sino una manera de abrazar la precariedad también en lo sexual y de desvincularnos en nombre de nuestra libertad y de empoderarnos en nombre del sexo vacío y del «bonobocapitalismo», que es un término que se ha inventado mi amigo Gonzalo, que está en contra del porno y de la masturbación y de muchas otras cosas que ahora no vienen a cuento. Después el orden del día viró hacia que si estábamos intentando derruir el mito del amor romántico —que en realidad no es un mito, porque nada puede ser creado de la nada y antes que Blancanieves, amiga, fue Penélope tejiendo y destejiendo— no era porque fuera dañino —que no lo negábamos tampoco, todo tiene sus cosas—, sino porque éramos y somos unos mediocres y a los mediocres no les gusta intuir nada que aspire a lo sublime o a lo épico. Así que trabajan —trabajamos— constantemente para destruir cualquier atisbo de ello. Para hacer como que todo lo relacionado con ello —el amor romántico, por ejemplo— nunca debió existir. O peor aún: como que nunca existió. Concluimos, extasiadas y con un gato acostado entre nosotras en un sofá que no era nuestro, sino de Jaime, que queríamos tener hijos y poder cuidarlos, no pagarle cuatrocientos euros al mes a otro para que los criara, y en que para gustar los hombres tienen que hacer pero a nosotras nos basta con ser y en la posibilidad de que toda mujer ame a un fascista como escribió Sylvia Plath y en que Sylvia Plath también escribió que se preguntaba si no era mejor «abandonarse a los fáciles ciclos de la reproducción y a la presencia cómoda y tranquilizadora de un hombre en casa», así que a ver cuánto tardaban en mandarla a la hoguera. Hablamos de eso y de muchas cosas más que, de haber sido filmadas y colgadas en Twitter o de haber sido expresadas, simplemente, en presencia del resto de nuestras amigas, habrían hecho que nos acusaran de algunas cosas. (...)

No podíamos competir con Alberto, el hijo de la Tere, la vecina, porque él tenía un santo hecho en madera oscura, noble y barnizada, mientras que el nuestro estaba decorado con Pintiplus. Además, él no ponía ni a María ni a Isabel en la cruz para hacer de Jesús, sino a un Nenuco con sangre pintada, y se iba a la era a por flores y decoraba el paso con margaritas y amapolas y retales que le daba su madre, pero hacíamos lo que podíamos. Y aunque todos éramos hijos del ateísmo monoteísta no nos decían nada, porque en Dios no podíamos creer, pero sí en los rituales. Y al fin y al cabo eso es jugar. Creer —aún— en los rituales. (...)

Mi padre es comunista porque mi abuelo es comunista y mi bisabuelo murió exiliado en Francia por comunista. Llegó hasta allí tras escapar de la prisión de Valdenoceda, en Burgos, y aquel exilio y los años que mi abuelo pasó viviendo en Radio Comunista, la emisora del Partido en el pueblo, y arando al sol y trabajando desde Alemania en los setenta para mandar dinero a sus siete hijos y a su mujer, mi abuela, y recibiendo Mundo Obrero de tapadillo marcaron para siempre el linaje de los Simón. Cuando apenas sabía hablar, mi primo Sergio, el que duerme en una litera y arriba España, repetía todo el rato que «España mañana sería republicana y si era lista, comunista». Me atrevería a decir que todos los Simones tenemos, como mínimo, una foto haciendo «lo del puñete», que es como llama Carolina a sus cinco años a levantar el puño derecho cuando le dicen que levante el puño derecho. (...)

En primero de la ESO también me aprendí Primavera, uno de los himnos de la División Azul, porque María, la punki de mi clase, me ponía la versión de Estirpe Imperial en su MP3 no sé muy bien por qué y me parecía muy bonito eso de que un ángel fuera cabalgando con brío y valor y de que le cantaran a una patria que echaban de menos desde la lejana y gélida Rusia, porque una de las discusiones que tenía recurrentemente en la adolescencia con mi padre era por qué los obreros no podíamos tener patria, a lo que me respondía que él tenía más en común con un cartero francés o alemán que con Emilio Botín. A lo de por qué los comunistas parecía que no podían decir España sin sonrojarse directamente no me respondía o me respondía con la eterna pregunta, la de qué era España, y yo le decía entonces que España era precisamente esa pregunta, que nada más español que preguntarse qué es España y qué somos los españoles o incluso si existe tal cosa, si existimos. (...)

A Javi mi padre solía llevárselo a la sede del Partido y le enseñaban a recitar a Lorca y a Hernández y a Marcos Ana y a cantar La Internacional y a decir que había muchos niños que se morían de hambre en el mundo y que por ellos había que combatir, pero que ninguno era cubano. Fue el encargado de entregarle a Concha Carretero, la rosa número catorce, que se libró del fusilamiento, su ramo de flores cuando le hicieron un homenaje en la sede del PCE de Aranjuez y fue el encargado de votar por mi padre desde los ocho y hasta los dieciocho que pudo votar él. La primera vez que lo hizo en su nombre y no en el de mi padre votó por Errejón y fue acusado de traidor, como cuando con diecisiete se metió en las Juventudes Libertarias y nos explicaba entre risas que «no nos rayáramos», que «era para matar al padre». (...)

La Ana Mari nunca le dijo nada a mi padre por inculcarle a Javi que la socialización de los medios de producción era la única manera, pero ella no era comunista. Era del realismo mágico, porque mi abuela María Solo era del realismo mágico y mi bisabuela era del realismo mágico. Y del sentido común. Solía decirme cuando me bañaba con ella, porque las cosas importantes me las decía la Ana Mari cuando me bañaba con ella, que lo de que mi padre odiara el cristianismo no tenía sentido porque Jesucristo fue el primer comunista. Ella, desnuda mientras me enjabonaba el pelo, teóloga de la liberación. A veces me cantaba «Escuela de calor» y otras «Me quedo contigo» en la bañera, y cuando le preguntaba que por qué tenía estrías en la tripa y me respondía que por mi embarazo yo me sentía culpable porque el resto de su cuerpo, pensaba, era tan bonito que no merecía esas estrías. A la Ana Mari le gustaba José Bono porque fue durante décadas el Tomás Guitarte de La Mancha, el que la puso en el mapa e hizo que los niños manchegos tuvieran libros gratis y los viejos manchegos una sanidad que daba gusto. Cuando vino a Ontígola a inaugurar el nuevo Ayuntamiento la Ana Mari se hizo una foto agarrada de su brazo y empezó a llamarlo Pepe, Pepe Bono, como si se hubieran hecho amigos. A su abuela, a mi bisabuela, me contaba la Ana Mari, le gustaba Adolfo Suárez porque era muy guapo, y aun cuando llegó la democracia seguía teniéndoles miedo a los aviones porque de joven cada vez que veía uno pasar tenía que irse corriendo al cementerio, que era el único lugar del pueblo a salvo de las bombas. Y por eso también le gustaba Adolfo Suárez, porque le había hecho tener menos miedo. A su marido, el abuelo de mi madre, lo pilló el bando republicano, y al hermano de su marido, el tío abuelo de mi madre, el nacional. Esto también me lo contaba la Ana Mari y me decía que por eso su familia no era «ni de los unos ni de los otros». (...)

Cuando más me gustaba la feria era por la tarde. Los puestos empezaban a abrir y los ruidos metálicos de los cierres se mezclaban con las primeras frases del de la tómbola, «y otra chochona, y otra chochona; si quiere la chochona, le damos la chochona». Mi abuelo Gregorio le daba a las cajas de juegos de té de plástico o a las muñecas con el trapo en la mano y el cigarro en la boca, mientras le decía a algún crío, sin quitarse el Bisonte de entre los labios, «llora un poco, hombre; llora, que si no lloras, no te van a comprar na». (...)

Igual cuando más me gustaba la feria era a primera hora porque siempre sentí que había llegado tarde a ella, cuando se intuía que su brillo se apagaría pronto, cuando la olla y el gusano loco se habían empezado a oxidar y la gente ya no esperaba impaciente San Lorenzo o la Virgen del Rosario o la fiesta patronal que tocara para comprarse un ato nuevo y pasearlo por el ferial, sino para irse de vacaciones al Levante primero y a alguna capital europea después. Crecí escuchando historias de una feria que ya no era, de pueblos que recibían con aplausos a los circos y a los zoos chicos y al Bombero Torero, que era un grupo de enanos recortadores con los que la Ana Mari tiene una foto que me encantaba de niña en la que van todos vestidos de rosa. Mis titos me contaban que cuando eran pequeños, mi Abuela María Solo y mi abuelo Gregorio les ponía a ellos un puesto aparte al lado del puesto grande; a la Arantxa le tocó de blandiblús y a la Vanessa, que era la hermana menor de la Ana Mari y mi tía favorita porque me llevaba solo nueve años y fue lo más parecido a una hermana mayor que tuve nunca, le asignaron uno de cajas sorpresa. (...)

El progreso trajo consigo, además de rotondas y chalés adosados con las puertas de madera clarita y supermercados que ya no olían a animal muerto, una ola de crueldad, y la trajo no al mundo, sino a nuestros ojos, que de pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5, 4. La única vez que vi animales en la feria fue cuando vino un tiovivo de ponis y mi abuela se pasó tres días compadeciéndose y «ay pobreticos, tú fijate, con la calor que hace» a la hora de la siesta. La Ana Mari siempre me hablaba de la Tuta, la Tota y la Fátima, tres hermanas feriantas que tenía ella de amigas y que llevaban en su zoo chico hasta una boa y un mono muy listo, pero en las ferias que yo conocí no había rastro ya ni de la Tuta ni de la Tota ni de la Fátima, ni mucho menos de su boa o de su mono, y por eso siempre tuve la sensación de haber llegado tarde a la feria. (...)

 

Iba por la feria de Criptana como Pedro por mi casa, pero cuando algún Simón, cuando mi tía Ana Rosa o mi prima Marta me decían que había salido a los Bisuteros o que menuda bisutera estaba hecha, me enfadaba. Me enfadaba porque entreveía ahí una acusación, un reproche al que tardé muchos años en ponerle nombre: lumpen proletariado. (...) Pero me daba rabia que me llamaran así porque creía saber lo que había detrás y porque no éramos unos cueveros ni unos quinquis, ni mis abuelos ni mis titas ni por su puesto mi tito José Mari, que acababa de terminar la universidad y que sabía un montón y tenía una sudadera de la Complutense de color azul, pero cómo se lo iba yo a explicar a la Ana Rosa o a mi prima Marta o a mis compañeros del colegio. Tardé más de veinte años en decir que mis abuelos eran feriantes. Normalmente hablaba de que vendían juguetes, pero no decía dónde, no decía que tenían un puesto de dos por diez ni que meaban en una palangana cuando los baños del ferial cogían lejos ni que en otoño e invierno hacían mercaíllos y en primavera romerías y en verano ferias. También tardé más de veinte años en dejar de avergonzarme de que a la Ana Mari le gustara el flamenco pero también el flamenquito; Lole y Manuel y Triana pero también el Parrita y Los Chichos y el Chiquetete. Ella dice que es una de las secuelas que le quedan de la feria, igual que mi tito José Mari dice que tiene de secuela lo de no poder dormir por las noches porque en la feria dormir no se duerme mucho y menos de noche, con el de la Tómbola diciendo lo de avanti tuti a tuti jorobi y los últimos borrachos saliendo del recinto a deshora. (...) Me ocurrió lo mismo con Camela cuando mis amigos lo empezaron a poner en los botellones, que a mí no me salía ponerme a vocear «Cuando zarpa el amor» con el vaso de vodka Knebep del Mercadona en la mano, porque cuando tus padres te llevan al teatro y al Reina Sofía los domingos o cuando simplemente no llevan toda la vida escuchando Camela mientras hacen de sábado es muy fácil apreciar lo que a ti te parece la cultura popular porque tú no perteneces al pueblo, no a ese pueblo, pero cuando te han llamado cueverota porque provienes de un lugar en el que no paran de sonar y sobre todo donde apenas suena otra cosa, pues te hace menos gracia. Años más tarde, en los 2000, me volvió a pasar con el reguetón. (...) Lo que viene después lo sabemos todos: tras el «Lo que pasó, pasó» y el «Rakatá» y el «Agárrala, pégala, azótala», después de lo que mi hermano Javi convino en llamar un día reguetón vintage, porque llegó a España a la par que él al mundo, vino el reguetón empoderado y empoderador, el reguetón como signo de pedigrí, de ausencia de clasismo o racismo en particular y de prejuicios en general. Llegó Bad Bunny como icono revolucionario por pintarse las uñas y por vestirse de tía en un vídeo porque la historia no es sino la historia del adanismo y porque nadie pareció caer en que aquello no solo lo hicieron los que le bailaron el agua a Tierno en la Movida en nombre de la contracultura, sino también Odín y Aquiles y todos nuestros padres, que de jóvenes se vistieron de chica en algún carnaval o en la mili con unas medias por las que se les salían los pelos y dos globos haciendo de tetas. En aquellos tiempos disfrazarse de chica aún no era machista. Ahora sí, salvo si uno es Bad Bunny. Resultó que la decolonización era apuntarse a clases de twerking, ponerse uñas encima de uñas y hacer sentadillas para echar caderas. Y resultó también que el reguetón pasó de ser una cosa zafia y vulgar, lo que sonaba en las macros de los pueblos mientras la gente que quería molar de los pueblos se negaba a ir a las macros porque solo sonaba reguetón, a ser el principal gancho del Primavera y del Sónar y a sonar en cualquier after y a ser incluido como cuñita rompedora en forma de verso en los poemarios de todo aquel que quería ser distinguido precisamente por abrazar la ausencia de distinción, por no tener prejuicios, por valorar lo popular, sin reparar en que popular es también la adicción temprana al alcohol y el fracaso escolar y las casas de apuestas y eso nadie lo celebra como parte de la cultura plebeya. Y Dios me libre de comparar a Bad Bunny con las casas de apuestas, aunque los dos encajen en el cuadradito de arriba del diagrama de Nolan, porque el liberalismo no es solo una cosa económica, es también un señor cantándole a que «estar soltera está de moda / por eso ella no se enamora» porque se conoce que amar es una cosa antiquísima y que la revolución será perreando hasta abajo o no será, y me gustaría a mí saber cuántos banqueros han sido guillotinados con la técnica de romper el piso moviendo el culo hasta abajo o de fingir follisquear con unos y con otros sin orden ni concierto. (...) La otra cara de la clase media aspiracional, de esos pobretones que nos pensamos menos pobretones por vivir en los centros de las ciudades y vestir del COS y tener plantas tropicales en vez de geranios para parecer menos provincianos es la lumpen burguesía, los hijos de las clases medias y altas que habiendo pasado los veranos en Irlanda y teniendo dos másteres y un doctorado sin acabar con treinta y tres y habiendo visto un gitano de cerca por primera vez a los veintiséis cuando fueron a Casa Patas porque les empezó a gustar el flamenco con Los Ángeles de Rosalía, le dicen al que ha crecido en bloques de VPO que menudo clasista por no escuchar reguetón y seguir diciendo que es machista o que le baila el agua al liberalismo, que si no le gusta Camela es porque es un elitista o que no tiene ni puta idea por no ver en el Sálvame y en Jorge Javier el katejon antifascista. Nada nuevo bajo el sol: señoritos diciéndole al pueblo lo que el pueblo es. (...)

Cuando era pequeña pensaba en mis abuelos, pensaba en los Bisuteros como en el titiritero de la canción de Serrat, que me la ponía mi padre en el coche, seguramente más de una vez camino de una feria. Pensaba en mis abuelos, en mis titos y en la Ana Mari no como unos cueverotes ni como unos cerrilleros, sino como una raza que va de plaza en plaza, de feria en feria, siempre risueña, de aldea en aldea. Hoy sigo pensándolos igual pero también como un vestigio de una España que fue y ya no es. Una España en la que había zoos chicos y enanos recortadores y en la que sonaba Camela, pero donde también había recitadores como Waldo, el amigo de mi abuelo Gregorio, que declamaba romances y coplas de pie quebrado en el teatro chino de Manolita Chen. (...)

FERIA.

Ana Iris Simón (Círculo de Tiza, 2020) 

 

martes, 3 de marzo de 2020

MARIBEL A. LLAMERO: El bus de la España vacía (o todo lo que no es silencio acaba por ser aullido)

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CAMPOS DE TIERRA
Esto es Castilla,
                           mi cuerpo tan seco,
esta carne prieta y dura como alpaca,
levantada por leves lomas, colinas
modestas, algún apacible remanso.
Esto es Castilla,
los ojos oscuros color de barro,
la piel y las trenzas recias, pardas.

Vengo de la tierra del pan y del vino,
donde otros antes que yo
escondieron la cebada
que no saciaría su hambre ni su sed.
Soy nieta de emigrantes, carbón humano,
las entrañas unidas con alambre,
mujeres y hombres ceñidos de esparto
y entregados al delito del trabajo
manual. Ellos me levantaron el alma
con golpes de azada que aún retumban
en el amor áspero y tierno que me puebla
los surcos de las severas costillas.
En frágiles pasos de albarcas me han traído
para que un día yo soltara
las hoces de la siega, la esteva del arado
y cantara estos poemas;
me han colmado la boca de trigales,
me han confiado toda la luz,
la digna primavera de la maleza.

Soy de un hogar que se seca y se adhiere
como costra en los codos de la tez morena.
Soy de un hogar compacto hasta la grieta,
donde el roble solo sangra si lo partes.

Ay del agua oculta -dentro siempre dentro-
en nuestro pecho, quién oirá este canto
de labranza que cargo en las espaldas,
quién este ruido de savia entre los huesos.

Esto es Castilla,
y todos los árboles
que me brotan en hilera
señalan que debajo
fluye un río.

LA NIETA DEL MOLINERO
muele la tierra muele muele
muele el trigo molinero
muele pan
son sus manos morenas
pan pan pan
muelen
pan trigo pan
guarda la maquila o el dinero
de los que vienen de Gema Jambrina y Moraleja
a Casaseca
muele pan pan pan
muele
el hijo del molinero corre y juega
y me sueña dormido
entre sacos calientes
muele
ochava media ochava y fanega
solo muele por el día
si lo hiciera por la noche
la Guardia Civil
pam

muele muele muele muele
pan pan pan y pan
el trigo en la panera
la cebada en el costal
la piedra para el cuerpo
muele
salvado salvadilla
harina harinilla
muele

sonríe la tolva está lista
la piquera con grano
ya muele muelen
sus manos
Castilla
la tierra muele
el molino que no conocí
la espalda
el alma
Castilla
muele
muele la tierra
muele
a mi abuelo


ENCICLOPEDIA
Mi aldea en cambio solo existió una vez
en la televisión pública el día
en que la vuelta ciclista
pasó por ella y dejó —cometa Halley—
una estela en nuestra imaginación
y tres botellines.


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TERRITORIO Y FRAGILIDAD

Conozco un no-lugar
suspendido entre dos lugares.
Un espacio sin identidad igual a otros
donde el tiempo                        acecha fuera

sin atreverse a entrar
donde nada sucede
salvo la nada                  de la espera.
Es la inexistencia
de las coordenadas espaciales            la dimensión alucinada.
«Buen viaje» repiten mecanos sin deseo
vacío el lenguaje
al sellar el rostro de busto remoto
que ya no te pertenece.
«Buen retorno a la vida».
Puerta 146 y es cada una
igual a todas umbrales idénticos
de otros mundos —dónde estoy
se miran unos a otrosa dónde pertenezco
dónde            mi lugar—.
En el nuevo laberinto rizoma
los carteles señalan
                                      gritan
                                                   acusan:
Pasajeros en tránsito
en trance

y unos seres como pequeñas cobayas sufrientes
se revuelven inquietos en sus asientos
cegados por luces de colores
aturdidos por puertas corredizas
escaleras mecánicas
señales refulgentes
avisos sonoros
desesperados
por la incomodidad de no estar
en ninguna parte
por el dolor de vivir en la grieta
que separa quienes hemos sido
de quienes vamos a ser
en unas horas. Por la angustia
de no pertenecer      aún
a nada.
Ya no estoy aquí,
pero todavía no he llegado.

Sostenerse en esa coma
en esa ausencia
en la pausa de la oración
en el suspiro
en el instante de tomar aire
para recomenzar.
Vivir en el margen ficticio
a tientas tambaleándose
sobre el puente inestable      y aséptico
en tránsito
en tránsito
en tránsito
en tránsito

donde cada uno aguarda
su propio trasplante.

BRINDIS
Era un poblado sumido en un valle
en una tibia noche de verbena.
Eran ya noventa y dos los años
de baile sin cesar:
su movimiento de caderas,
desafinado y festivo,
contenía la indómita alegría
de quien va a morir de edad. 

CASTILLA ROAD
Hay pájaros danzando con precisión
para nosotros.
He visto esta escena en las películas
pero eran distintas las coordenadas,
se gozaba en otras lenguas
en las áreas de servicio.
Vibra rotunda la claridad de este mar, 
son arena del océano las nubes, 
bailan las llamas.
Tierra amarilla y cielo azul
son tus líneas geometría, —cuadro de Klee, campos sembrados, 
origen de la abstracción—límites,
como los de este amor,
que no se cumplen.
Castilla, nada en ti se cierra, horizonte,
tú abres el mundo a la trashumancia, 
epicentro de los puntos cardinales, 
fuga de todas las rutas.

Solo en Castilla se rozan los cielos.

Autobús de Fermoselle.
Maribel Andrés Llamero.
XXXIV Premio de Poesía Hiperión

sábado, 15 de junio de 2019

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA (antología mínima)




Alzado de la rutina
Tiene siete notificaciones nuevas.
Madres solteras, padres ausentes
y niños con llave. Altazor
es una línea de bajo coste.

Ariadna ha publicado un nuevo hilo en Twitter.

El desafío soberanista,
la reforma constitucional,
tribulaciones de la clase media.
Pequeñas mentiras en el Big Data.

Meninas haciéndose un selfie
en los baños del instituto.
El amor es un estado de Facebook.

El deseo viaja por webcam.
A veces la conexión falla.

Banco de recuerdos virtuales.
La amistad es un algoritmo.

Cambios en la política de privacidad.

Resultado de imagen de victor peña dacosta obsolescencia

La vida moderna
El terrorista suicida llevaba
puesto el cinturón de seguridad.

Himno generacional
Se nos rompían enseguida los chándals
y nuestros padres, que no reparaban
en gastos, compraban ordenadores
carísimos que quedaban obsoletos
en dos años. Poco sacrificio
en esos años de burbuja inmobiliaria.

Todas las fiestas eran de disfraces.

Cambiábamos de todo a la mínima.

Muchos cambiamos incluso de equipo
de fútbol, de ciudad, de trabajo
o de bebida preferida. Seguimos
adelante sin mirarnos y acabamos
buscando la sombra en cubículos para fieras.

Acabamos pasándonos al diésel,
al pádel y a las drogas de diseño.

Encontramos vuelos baratos
y ofertas de telefonía móvil.
Abandonamos las llamadas para siempre
y compramos el último CD.

Nosotros inventamos las series de culto.

Nos fuimos a vivir al extrarradio
olvidando que hace falta un refugio
mejor para escapar de uno mismo.

Nos llevamos siglos de ventaja.

Imagen relacionada
La felicidad paradójica
Sherezade trabaja en un locutorio
mientras encuentra algo de lo suyo.

Cree en el feminismo y le gusta
que la dominen en la cama.

Lee sobre todo biografías
y catálogos de decoración.
Escribe poemas que luego rompe.

En ocasiones,
queda con alguno por Tinder,
ve telebasura o se masturba
meticulosamente.

Una vez se enamoró de un chico
hasta que descubrió que era igual
de gilipollas que el resto.
Ahora su estado sentimental
“es complicado”.

A veces piensa en hacerse lesbiana
solo por ver la cara de su padre.

Pero termina por abrirse un vino
y mirar fotos de gatitos.

No recuerda cuándo fue la última
vez que tuvo una conversación
privada por teléfono, pero
cuando va sola por la calle
lleva siempre los cascos puestos.

En varios tests de internet le ha salido
que es moderadamente feliz.

Tampoco le pide más a la vida.

El vacío
Sabe que no le va a servir de mucho
llenar la nada de nada.
Pero sigue pidiendo más.

In media veritas
Vivo en los extremos: me gasto todo
mi dinero en spas y cocaína.

Política: manual de instrucciones
El cielo no se toma por consenso
ni tampoco se toma por asalto:
si acaso, se toma traicionándote
y cediendo ante los poderes fácticos.

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Autobiografía
Yo voté a Reagan por miedo al comunismo.

Pasé delante del cadáver de Franco
y aparqué en la Via Caetani
el coche que llevaba el cuerpo de Moro.

Cuando hizo falta grité “a Barrabás”
con toda la fuerza de mis pulmones.

Yo fui uno de los campesinos
que denunciaron al Che
y los suyos. Y también estuve
entre los guardias civiles que intentaron
tirar al suelo a Gutiérrez Mellado.

Yo vi a un tirador en la loma de Dallas
pero no dije esta boca es mía.

Me chivé de mis vecinos judíos
escondidos en un falso techo.
Pero lo hice porque tenía miedo.

No me mires así: tú habrías
hecho lo mismo.

Zweig murió por los pecados de alguien
pero no por los nuestros.

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El espíritu áspero
El mundo no tiene arreglo. Ya no
nos quedará París ni tomaremos
el cielo. Probablemente tampoco
podamos encontrar a nuestros viejos 
amigos ni volverán tiempos mejores.

No van a resucitar nuestros padres, 
jamás ganaremos lo que queremos
ni refundaremos la democracia.

Va siendo hora de admitirlo: buscamos
bastante pero nunca nadie supo 
nada de campos de amapolas blancas.

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Modelo para amar
Digo más veces “vete a tomar por culo” que “buenos días”.
Luis Aragonés

Si algún día tuviera un hijo,
mi modelo como padre sería 
Luis Aragonés: cascarrabias
y justo, con su poquito 
de demencia senil prematura
y un humor constante 
más allá de la suerte.

 
Campos de fresas a ratos
Nos sentamos juntos, la montaña y yo,
hasta que queda solo la montaña.
Ching –Ying
Aquí criaré a mi hijo sin lujos 
ni privaciones, incubando
rarezas y cánceres benignos.

Pero no me importa: lo que antes
hacía por amor hoy lo hago 
por pereza, dinero o costumbre.

El caso es que sigo siendo aquel 
que hace como que no se da cuenta
y finge que todo tiene gracia.

A veces lanzo botellas sin mensaje.
Otras veces las recojo.
En ocasiones duermo bien.

Quizá algún día me convierta en mi padre.

Tal vez el futuro sea yo.

lunes, 13 de mayo de 2019

ESPAÑA: HISTORIA DE UNA FRUSTRACIÓN (Josep M. Colomer)

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La aventura imperial española fue un desastre tanto para los colonizados como para los colonos y para los que se quedaron en España, del cual el país nunca se ha recuperado del todo. La Monarquía española se debatió, primero, entre el Imperio europeo, incluido el Sacro Imperio Romano-Germánico durante un tiempo, y el nuevo Imperio Americano –como continúa vacilando ahora entre la Unión Europea e Hispanoamérica– y desperdició sus escasos recursos en una múltiple empresa enorme y ruinosa. Los historiadores han escrito mucho sobre el coste del Imperio y las consecuencias económicas de su pérdida para España, pero mucho menos sobre el coste de oportunidad del Imperio mismo: qué otras cosas podrían haberse hecho si las aventuras imperiales no se hubieran emprendido tan temprano y tan rudamente y no hubieran durado tanto tiempo. Se suele reconocer que la plata y el oro de América no fueron fuentes importantes de inversión productiva, sino más bien de inflación, deuda y desperdicio. Pero la peor parte no fueron los escasos resultados, sino la ocasión perdida de crear una administración eficiente de un estado efectivo, así como una cultura integradora dentro de la Península, como otros países europeos comenzaron a hacer en esa época. (...)
El temprano Imperio español, por el contrario, partía de una sociedad agraria, rural y pobre, dependía de débiles aparatos financieros, técnicos, organizativos y militares, tuvo que recurrir a la Iglesia, y en gran parte al saqueo y la violencia, y se desintegró en mil pedazos. Durante el período que algunos historiadores han llamado «la era del imperio», a finales del siglo XIX y principios del XX, el Imperio español ya estaba desmantelado. Cuando, a mediados del siglo XX, Estados Unidos y Europa occidental establecieron las bases de un nuevo orden global, España estaba completamente aislada. En Gran Bretaña, como en Francia, un Estado temprano fundamentó un Imperio tardío, mientras que en España un Imperio prematuro aplazó y frustró un Estado moderno. El intento más serio de construir un estado nacional moderno en España comenzó tan tarde como a fines del siglo XX. Desde entonces, el número de funcionarios públicos y la recaudación de impuestos se han multiplicado. Pero a diferencia de las condiciones favorables que habrían existido en el pasado, el proyecto de estado nacional está lastrado actualmente por la inserción en la Unión Europea y en amplias relaciones internacionales y globales, así como por las tendencias centrífugas de la descentralización territorial. Una gran parte del legado del fracaso imperial se ha reproducido: una clase política incompetente, corrupta y arrogante que ni siquiera es capaz de formar un gobierno mayoritario, y un paisanaje que duda entre la apatía, el cinismo y la bullanga. Según lo define el diccionario, «frustración» es un sentimiento que resulta de no poder lograr algo que se esperaba o se intentaba alcanzar. España no es un «estado fallido» en el sentido que se aplica a algunas antiguas colonias que carecen incluso de las mínimas estructuras administrativas y viven en permanente conflicto violento. Para la gente que vive en la pobreza extrema y la ignorancia en lugares aislados, no hay «frustración» porque nadie espera que algo cambie o se logre; las personas más despiertas tienden a emigrar en masa. La frustración de España se deriva, en cambio, de haber pretendido ser el imperio más grande y poderoso, un estado moderno eficiente, una nación orgullosa y una democracia ejemplar, y haber quedado lejos de lograr plenamente estos objetivos. (...)

el régimen democrático establecido desde fines de los años setenta se basa en unos partidos políticos oligárquicos que tienden a producir gobiernos minoritarios y decisiones excluyentes. La competencia entre autonomías territoriales en dispersión también erosiona el apoyo al régimen. La insatisfacción y la desconexión de la gente con la forma como funciona la democracia están generalizadas. (...)
En resumen: un Imperio ruinoso hizo un Estado débil, el cual construyó una Nación incompleta, la cual sustenta una Democracia minoritaria. Esta es, en pocas palabras, la historia política de la España moderna. (...)

CATALUÑA
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Por un lado, Cataluña nunca ha sido lo suficientemente grande para liderar España. Muchos catalanes se han visto a sí mismos como más prósperos, listos y emprendedores que la mayoría de los españoles, y por lo tanto capaces de liderarlos. Pero el tamaño relativo de Cataluña en población y economía (actualmente alrededor de un sexto y un quinto, respectivamente) nunca ha sido lo suficientemente grande y las otras cualidades tampoco lo suficientemente excelsas para tener éxito en los intentos de liderazgo. Por otro lado, Cataluña nunca ha sido lo suficientemente pequeña para que Castilla y el resto de España la dejen ir por su cuenta o negocien un camino hacia la autodeterminación. La pérdida para España sería demasiado grande, y los gobernantes centrales españoles nunca han estado dispuestos a permitir a Cataluña los altos niveles de autogobierno que han aceptado, en cambio, para una comunidad más pequeña como el País Vasco. Al mismo tiempo, Cataluña está abocada al fracaso por sus divisiones internas. Por un lado, la sociedad catalana fue históricamente suficientemente burguesa y mediocre como para permitir que el Estado español intentara llegar a arreglos con sectores catalanes moderados en torno a una autonomía limitada. (...)
A través de una serie de ciclos, que se repiten como un tiovivo, los bloqueos y las diferencias tienden a producir una inestabilidad infinita. Las tres estrategias alternativas recién mencionadas se han intentado una y otra vez en la historia catalana moderna: liderar y modernizar España, llegar a un arreglo con un autogobierno limitado, o buscar la independencia de Cataluña con respecto a España –siempre llevando a fracaso y frustración. Para hacer frente a la tensión sostenida, muchos de los gobernantes del Estado español han tendido a confiar en la doctrina de la «conllevancia». Según el diccionario español, la palabra significa llevarse bien, congeniar, pero también sufrir algo adverso o penoso. (...)
Ortega y Gasset en su discurso contra el proyecto de Estatuto de Autonomía en 1932, la actitud se basa en la creencia de que «el problema catalán no se puede resolver, solo se puede conllevar; es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular, y seguirá siendo mientras España subsista». Este punto de vista implica que la España dominada por Castilla es demasiado débil tanto para asimilar a los catalanes como para confiar en su capacidad de atracción y reconocer la autodeterminación de Cataluña; solo puede tratar de lograr arreglos para ir tirando. (...)
las tres estrategias catalanas mencionadas han sido apoyadas al mismo tiempo por diferentes grupos o partidos, pero cada una de ellas ha prevalecido en diferentes etapas: bien liderando España, bien centrándose en el autogobierno, bien persiguiendo la independencia. Cada etapa ha implicado una reacción ante la decepción o el fracaso de la anterior, la sustitución del grupo dirigente y la elección de un curso de acción alternativo y una nueva fórmula institucional. Si los españoles no aceptan el liderazgo catalán, dediquémonos –pensarán algunos catalanes—a cultivar nuestro propio jardín; si esto también resulta insuficiente y frustrante, vayámonos por nuestra cuenta. (...)
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Los votos a las candidaturas a favor de la independencia ascendieron al 37 % del electorado nuevamente (el 48 % de los votos con una participación del 76 %). Con el nuevo presidente, Carles Puigdemont, se convocó un referéndum ilegal sobre la independencia en 2017 que, según los datos de los organizadores, atrajo alrededor del 38 % del electorado una vez más (un 90 % de «sí» con un 42 % de participación). Unos días más tarde, Puigdemont interpretó que tenía «el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república», pero propuso «suspender los efectos de la declaración de independencia». El episodio fue noticia de primera plana en todo el mundo, aunque nadie entendió muy bien qué es lo que había querido decir exactamente. Dos semanas después, el Parlamento de Cataluña votó una resolución para constituir «la república catalana, como Estado independiente y soberano». A continuación, los consejeros y diputados se fueron de fin de semana. El gobierno de España disolvió el gobierno y el Parlamento catalanes y convocó unas elecciones autonómicas. El presidente catalán huyó del país mientras varios miembros de su gobierno eran encarcelados. En las elecciones, los partidos por la independencia recibieron, por cuarta vez, el apoyo de un 38 % del electorado (un 48 % de los votos con una participación del 80 %). Sobre un fondo de alta división y polarización de los ciudadanos, con un empate permanente entre los partidarios y los adversarios de la independencia, Cataluña –como, cada vez más, España— se mostró ingobernable y quedó enredada en una duradera inestabilidad política. (...)
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La historia de las relaciones políticas de Cataluña con el Estado español, que han estado rotando como un tiovivo, ha sido una historia de fracasos y frustraciones. Los catalanes no fueron capaces de liderar la Península, como el Piamonte; no han logrado un estado autogobernado dentro de una federación, como, pongamos, Massachusetts (o siquiera como el enclave privilegiado del País Vasco); ni han conseguido ser un país separado de España, como Portugal. La histórica «experiencia de disociaciones externas y contradicciones internas ha acabado por constituirse en resorte psicológico del comportamiento colectivo», observó el historiador Jaume Vicens Vives. (...)
Cuando el presidente Carles Puigdemont anunció la convocatoria de un referéndum por la independencia en 2017, auguró: «Aunque nos quieran ver vencidos o derrotados», al final «seremos soldados derrotados de una causa invencible». (...)

Obsérvese que cualquier expectativa de lograr algún éxito concreto tendió a estar ausente de todos esos compromisos y convocatorias; el pronóstico más común fue la derrota y la reanudación de las quejas. Pasarán los años, los gobiernos, los parlamentos, los partidos, y el problema de Cataluña continuará sin resolverse; volveremos a sufrir una y otra vez; pero continuaremos teniendo derecho a lamentarnos y a levantarnos con la cabeza bien alta; continuaremos picando piedra durante trescientos años más, empezando, una y otra vez, nuevas etapas de lucha, y seremos, una y otra vez, vencidos y derrotados en una causa invencible. Que estas declaraciones se pronunciaran durante dos ciclos históricos separados durante un período de más de ochenta años confirma que esto fue lo que realmente sucedió casi todo el tiempo. (...) Cuando la Unión Soviética se disolvió y se crearon quince nuevas repúblicas en torno a 1991, se descartó explícitamente la oportunidad política de seguir la tendencia y reclamar la independencia de Cataluña. El presidente Jordi Pujol sostuvo entonces que «tenemos iguales derechos que Lituania, solo que ellos los ejercen a través de la vía de la independencia, y nosotros, de la autonomía». (...)
España: historia de una frustración.
Josep M. Colomer.
Anagrama, 2018

domingo, 12 de mayo de 2019

"Nuestros eran los bosques" (un poemazo de Maribel Andrés Llamero)

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NUESTROS ERAN LOS BOSQUES
Al atardecer ya éramos otros
los que transitaban el sendero de antes.
Fue aquel pueblo isla primera
que abarcamos con los pies y con las dudas,
tras haberla sentido tanto
territorio hostil.
Extraviamos en el monte a las abuelas,
porque la libertad era perder
las horas vagando solos,
mientras tardos y seguros
como quejigo frente al aire, roble,
nos enderezábamos.
Se burlaban de nosotros aquellos
que amanecían entre osos pardos.
Pero estábamos aprendiendo a enfrentar
al animal que ladraba y respetaba
el refugio donde moría una niña;
en nosotros estaban creciendo
también los bosques.
Donde el ganado abreva hemos jugado,
nos hemos regado con su saliva;
hemos visto a los perros engancharse.
En el verano del noventa y ocho
empezamos a soñar los besos
que aún tardaríamos en dar,
mientras entreteníamos la boca
estallando higos,
y en ese gesto sensual estaban
las primeras ascuas de las brasas.
Los labios manchados de moras
delataban al ladrón de zarzas,
al que había tenido que herirse
para morder:
ahora existía el cuerpo.
No podría repetir ninguna de las frases
de aquel estío, pero sé
que renunciamos entonces
a las señas del campamento,
esperando descubrir las palabras
que nos abrieran otras puertas.
Autobús a Fermoselle.
Maribel Andrés Llamero.
XXXIV Premio de Poesía Hiperión.

domingo, 4 de septiembre de 2016

La Extremadura vacía: Ibarra vs Extremoduro

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"El populismo en España siempre se ha vestido de chico de pueblo que triunfa en los estudios y vuelve a su tierra para beber vino del porrón de sus abuelos. Juan Carlos Rodríguez Ibarra se hizo con una mayoría absoluta y se convirtió en lo que pronto se llamaría un barón: un líder territorial con mucha fuerza y apoyo en su comunidad que le permite influir en el partido nacional. Fue presidente de la Junta de Extremadura durante casi veinticinco años. Fue el barón de los barones, y hay quien sostiene que, durante su baronesado, diseñó (quizá sin quererlo, por la propia inercia del poder y el carisma) un sistema clientelar no muy distinto al de muchos caudillos de Latinoamérica.
Para la nueva Extremadura, la que tenía una bandera, la que había descubierto una identidad, la que vindicaba su habla, había varios estigmas que eliminar. Rodríguez Ibarra triunfaba con sus promesas de modernidad. A finales de la década de 1980 empezó a sonar un grupo de rock de Plasencia llamado Extremoduro. Hacían un rock muy bronco, de inspiración punk, con cantos a la politoxicomanía y a la deshinbición sexual, asuntos muy lógicos si se conoce Plasencia y se sabe que es una de esas ciudades-catedral tan propias del interior de España (como Sigüenza, Tarazona, Segorbe o Calahorra), dominadas durante siglos por la curia y con una vida social vigilada y dictada por la iglesia. Extremoduro era la catarsis que un burgo como Plasencia necesitaba en una década en la que las catedrales de la España vacía empezaban a caerse a pedazos."
La España vacía.
Sergio del Molino.
(Turner Publicaciones, 2016)