ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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jueves, 23 de enero de 2020

PRIMERO COMO TRAGEDIA, DESPUÉS COMO FARSA (ZIZEK)

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Marx comenzó el Dieciocho brumario de Luis Bonaparte con una corrección de la idea de Hegel de que la historia necesariamente se repite a sí misma: «Hegel observa en alguna parte que todos los grandes acontecimientos y personajes de la historia mundial se producen, por así decirlo, dos veces. Se le olvidó añadir: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa».
[1] Este complemento a la noción de Hegel sobre la repetición histórica era una figura retórica que ya le había rondado a Marx años antes: la encontramos en su «Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel», donde diagnostica la decadencia del Antiguo Régimen alemán en las décadas de 1830 y 1840 como una absurda repetición de la trágica caída del Antiguo Régimen francés:
Es instructivo [para las naciones modernas] ver al Antiguo Régimen, que en sus países ha experimentado su tragedia, representando ahora su comedia como espectro alemán. Su historia fue trágica, mientras era el poder establecido del mundo y la libertad, en cambio, una ocurrencia personal; en una palabra, mientras creía, y tenía que creer, en sus propios privilegios. Mientras como orden del mundo establecido el Antiguo Régimen luchaba contra otro mundo que sólo empezaba, se basaba en un error de dimensiones históricas, no en un error personal. Su hundimiento fue, por ello, trágico.
En cambio, el actual régimen de Alemania —un anacronismo, una contradicción flagrante con axiomas universalmente aceptados, la nulidad del Antiguo Régimen expuesta en público— no hace más que imaginarse que cree en sí mismo y exige del mundo la misma fantasía. Si creyera en su propio ser, ¿es que iba a esconderlo bajo la apariencia de un ser ajeno, buscando refugio en la hipocresía y el sofisma? El moderno Antiguo Régimen ya no es más que el comediante de un orden universal cuyos verdaderos héroes han muerto. La historia es concienzuda y atraviesa muchas fases mientras conduce al cementerio a una vieja figura. La última fase de una formación a nivel de historia universal es su comedia. Los dioses de Grecia ya habían sido trágicamente heridos de muerte en el Prometeo encadenado de Esquilo; pero tuvieron que volver a morir cómicamente en los Diálogos de Luciano. ¿Por qué va la historia a ese paso?
Para que la humanidad pueda separarse, riendo, de su pasado. Nosotros vindicamos que los poderes políticos en Alemania son históricamente así de risibles.
Nótese la precisa caracterización del Antiguo Régimen alemán como el que «solamente imagina que cree en sí mismo»; incluso se puede especular sobre el significado del hecho de que, durante el mismo periodo, Kierkegaard formulara su idea de que nosotros, los humanos, nunca podemos estar seguros de que creemos: en última instancia, nosotros sólo «creemos que creemos». La fórmula de un régimen que «sólo imagina que cree en sí mismo» captura con precisión la cancelación del poder performativo («eficiencia simbólica») de la ideología dominante: deja de funcionar eficazmente como la estructura fundamental del vínculo social. Y podemos preguntar: ¿no estamos hoy en la misma situación? ¿No sucede también que los actuales predicadores y profesionales de la democracia liberal igualmente «sólo imaginan que creen en sí mismos», en sus pronunciamientos? De hecho, sería más apropiado describir el cinismo contemporáneo como la representación de una inversión exacta de la fórmula de Marx: hoy día, nosotros sólo imaginamos que no «creemos realmente» en nuestra ideología. A pesar de esta distancia imaginaria, continuamos practicándola. Nosotros creemos no menos, sino mucho más de lo que imaginamos que creemos. Por lo tanto, Benjamin fue muy clarividente en su observación de que «todo depende de cómo cree uno en su propia creencia».
 
Doce años antes del 11S, el 9 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín. Este acontecimiento pareció anunciar el comienzo de los «felices años noventa», el comienzo de la utopía de Francis Fukuyama sobre «el fin de la historia», de la creencia de que la democracia liberal, en principio, había ganado, de que el advenimiento de una comunidad global liberal estaba a la vuelta de la esquina y de que los obstáculos para este final tipo Hollywood eran meramente empíricos y contingentes (bolsas locales de resistencia cuyos dirigentes todavía no habían entendido que su tiempo se había acabado). Por el contrario, el 11 de septiembre simbolizó el fin del periodo clintoniano, y anunció una era en la que por todas partes aparecían nuevos muros: no sólo entre Israel y la Ribera Occidental, alrededor de la Unión Europea, o a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, sino también dentro de los propios Estados-nación. (...)
En la China contemporánea, los nuevos ricos han levantado comunidades aisladas inspiradas en «típicas» ciudades occidentales idealizadas. Por ejemplo, cerca de Shanghái se encuentra una réplica «real» de una pequeña ciudad inglesa que incluye una calle principal con pubs, una iglesia anglicana, un supermercado de Sainsbury, etc.; toda la zona está aislada de sus alrededores por una cúpula invisible, pero no por ello menos real. Ya no existe una jerarquía de grupos sociales dentro de la misma nación; los residentes de esta ciudad viven en un universo para el cual, dentro de su imaginario ideológico, el mundo de «clase inferior» que lo rodea simplemente no existe. ¿No son estos «ciudadanos globales» que viven en áreas aisladas el auténtico polo opuesto de aquellos que viven en ciudades de miseria y otros «puntos negros» de la esfera pública? Realmente son las dos caras de la misma moneda, los dos extremos de la nueva división de clases. La ciudad que mejor personifica esa división es São Paulo, en el Brasil de Lula, que presume de 250 helipuertos en su área central.
Para protegerse de los peligros de mezclarse con la gente común, los ricos de São Paulo prefieren utilizar helicópteros, de manera que, viendo el horizonte de la ciudad, uno realmente se siente como si estuviera en una megalópolis futurista de la clase que se imagina en películas como Blade Runner o El quinto elemento; la gente común pululando abajo, por las peligrosas calles, mientras los ricos circulan por el aire en un nivel superior.
De este modo, parece que la utopía de Fukuyama sobre la década de los noventa tenía que morir dos veces, ya que el colapso en el 11S de la utopía política democrático-liberal no afectó a la utopía económica del capitalismo global de mercado. Si el colapso financiero de 2008 tiene un significado histórico, es como señal del fin de la cara económica del sueño de Fukuyama. Esto nos devuelve a la paráfrasis de Marx sobre Hegel; podemos recordar que, en la década de los sesenta, Herbert Marcuse, en su introducción a una nueva edición del Dieciocho Brumario, añadió otra vuelta de tuerca: algunas veces, la repetición a modo de farsa puede ser más terrorífica que la tragedia original.
Este libro toma como punto de partida la crisis actual, y mediante el desentrañamiento de sus condiciones e implicaciones, se mueve gradualmente a «cuestiones relacionadas». El primer capítulo ofrece un diagnóstico de nuestra difícil situación, esbozando el núcleo utópico de la ideología capitalista que determinó tanto la propia crisis como nuestras percepciones y reacciones frente a ella. El segundo capítulo se esfuerza por localizar aspectos de nuestra situación que abran espacio para nuevas formas de praxis comunista. (...)
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En los viejos buenos tiempos del Socialismo Realmente Existente, entre los disidentes había un popular chiste que se utilizaba para ilustrar la futilidad de sus protestas. En el siglo XV, cuando Rusia estaba ocupada por los mongoles, un campesino y su mujer estaban andando por un polvoriento camino; un guerrero mongol a caballo se detiene a su lado y le dice al campesino que va a violar a su mujer; a continuación, añade: «Pero, como hay mucho polvo en el suelo, debes sujetar mis testículos mientras violo a tu mujer, de manera que no se ensucien». Una vez que el mongol ha realizado la acción y se aleja cabalgando, el campesino empieza a reírse y a dar saltos de alegría. Su sorprendida mujer le pregunta: «¿Cómo puedes estar dando saltos de alegría, cuando he sido brutalmente violada en tu presencia?».
El agricultor responde: «¡Pero le he fastidiado! ¡Tiene los cojones llenos de polvo!».
Esta triste broma revela la difícil situación de los disidentes: pensaban que estaban asestando serios golpes a la nomenklatura del partido, pero todo lo que hacían era ensuciar ligeramente los testículos de la nomenklatura, mientras la elite en el poder continuaba violando al pueblo…
¿No está la actual izquierda crítica en la misma posición? (entre los nombres contemporáneos para desprestigiar con más ligereza que nunca a aquellos en el poder, podríamos incluir la «deconstrucción» o la «protección de las libertades individuales»).
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En un famoso enfrentamiento en la Universidad de Salamanca en el año 1936, Miguel de Unamuno se descolgaba diciendo a los franquistas: «Venceréis, pero no convenceréis»; ¿es eso todo lo que la izquierda puede decir actualmente al capitalismo global triunfante? ¿Está la izquierda predestinada a continuar desempeñando el papel de aquellos que, por el contrario, convencen, pero, a pesar de todo, siguen perdiendo (y que son especialmente convincentes en explicar retroactivamente las razones de su propio fracaso)? Nuestra tarea es descubrir cómo dar un paso adelante. Nuestra Tesis 11 debe ser: en nuestras sociedades, los izquierdistas críticos hasta ahora sólo han conseguido ensuciar a los que están en el poder, cuando de lo que se trata es de castrarlos…
¿Pero cómo podemos hacerlo? Debemos aprender de los fracasos de la política izquierdista del siglo XX. La tarea no es dirigir la castración hacia una culminante confrontación directa, sino socavar a los que están en el poder con un paciente trabajo crítico-ideológico, de manera que, aunque sigan en el poder, uno de repente note que los poderes-que-sean están aquejados por voces anormalmente altas. Ya en la década de 1960, Lacan bautizó al irregular y efímero periódico de su escuela como Scilicet.
El mensaje no era el actual significado predominante de la palabra («es decir», «a saber», «lo que equivale a decir»), sino literalmente «lo que está permitido saber». (Saber ¿qué? Lo que la Escuela freudiana de París piensa sobre el inconsciente…).
Hoy día nuestro mensaje debe ser el mismo: está permitido saber y comprometerse por completo con el comunismo, actuar de nuevo en completa fidelidad con la Idea comunista. La permisividad liberal es del tipo videlicet, «lo que está permitido ver» pero la misma fascinación por la obscenidad que se nos permite observar nos impide saber qué es lo que vemos. La moraleja de la historia: el tiempo del chantaje moralista democrático-liberal se ha acabado. Nuestro lado ya no tiene que continuar disculpándose; mientras que el otro debería empezar a hacerlo pronto. (...)

martes, 9 de octubre de 2018

CONTRA LA IZQUIERDA: para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI.




La colección de mini-ensayos o panfletos agrupada en la colección Nuevos Cuadernos Anagrama es espectacular. Desde el primer número, El secreto y no, de Claudio Magris, hasta el análisis de Schopenhauer por parte de Houellebecq y pasando por la crónica de la inmigración y el ascenso de la extrema derecha en Calais de Emmanuel Carrère. Tampoco puedo dejar de resaltar La conjura de los irresponsables de Jordi Amat, una autopsia exacta de las causas del Procès que ya despiezamos y compartimos en esta entrada de mi blog.

Pero mi preferido hasta el momento es este "ensayino" de Jordi Gracia: Contra la izquierda. Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI. Comparto a continuación algunas de las citas que más me han sacudido, gustado o sorprendido y reitero mi recomendación para que los lectores de este blog se hagan con este y otros títulos de la colección, como los citados previamente o los de Rafael Chirbes (El año que nevó en Valencia) o David Trueba (La tiranía sin tiranos).

El único fantasma que hoy recorre Europa es el desengaño ante una izquierda sin respuesta ideológica a los desastres del presente. (...) La socialdemocracia se ha mimetizado con la derecha y ha dilapidado la expectativa de ser alternativa real, y el lastre paleorrevolucionario de la nueva izquierda no seduce a mayorías suficientes. La izquierda parece sonámbula, pero no lo está en la calle ni en las casas. (...)
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LO QUE NO ES DE IZQUIERDAS 
Ser de izquierdas era antes relativamente sencillo (...). Pero ese mundo desapareció tras la crisis económica de 2008 y todavía no parece asentado el vendaval de cambios que ha sacudido esta sociedad. (...) a ella le han afectado por partida doble la decadencia de un partido socialista desahuciado y la aparición de una nueva izquierda tentadora y atrevida, pero también inconsistente y parlanchina. (...) No es de izquierdas obviar educadamente que la discriminación de género más salvaje de Occidente arranca de los confesionarios y las escuelas religiosas.
Tampoco es de izquierdas pedir y defender lo imposible porque esa retórica abona la perpetuación del orden fundamental; (...) No es de izquierdas descalificar cuarenta años de democracia sin señalar las culpas de las generaciones posteriores (la mía, entre ellas). No es de izquierdas creer que las élites arruinaron los sueños de la izquierda durante la Transición; no es de izquierdas arrojar hoy a aquel pasado las culpas del presente, porque es un fraude intelectual. Casi nadie supo hacer mejor entonces las cosas y tampoco después. (...)
Tanto el movimiento feminista como el movimiento ecologista son paradigmas de éxito de la izquierda. Han logrado instalar en el programa global del neoliberalismo a los que fueron causas emprendidas por vanguardias minoritarias y a menudo caricaturizadas; (...)
A pesar de las tamborradas de la izquierda en Cataluña, me temo que tampoco es de izquierdas ser independentista. El procés ha llevado a la izquierda al colapso porque ha respondido a las movilizaciones populares sumándose acríticamente a ellas. A la izquierda le ha sobrado inercia revoltosa y le ha faltado coraje para oponerse a un discurso de fondo insolidario y antiguo; ha aceptado la caricatura de una España reducida a los despachos del poder conservador y no ha encontrado el momento para promover la discusión sobre por qué, contra qué, a cambio de qué y a qué precio se aspira a ese destino redentor. No ha planteado siquiera el debate de la legitimidad ideológica o se ha acobardado al abordarlo. La nueva izquierda ha creído de forma oportunista y táctica que sus banderas no podían faltar entre las banderas callejeras del independentismo. Ha sido el síntoma más flagrante (...) de su debilidad argumental y de la pobreza de su idea de solidaridad y cohesión social, de su olvido de las clases trabajadoras inmigradas a lo largo de todo el siglo, y no ha sido de izquierdas tampoco su adopción de un relato ajeno y tácitamente supremacista. (...)
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POR UNA IZQUIERA IRÓNICA  
(...) la zona de confort dejó de existir para la izquierda incluso antes de la crisis de 2008. Su volatilidad ideológica ha hecho surfear al socialismo en un precario equilibrio, mientras el oportunismo de la nueva izquierda ha atronado con soluciones categóricas y a menudo impracticables. (...) La socialdemocracia acentúa su conservadurismo como solución mecánica y la nueva izquierda acentúa artificialmente su radicalismo. (...)
Posiblemente el reformismo más exigente empieza por la conciencia de la invulnerabilidad del capitalismo, de su blindaje formidable y de su infinita capacidad mutante. (...) prefiero la defensa irónica de una causa perdida en la que no todo está perdido, donde lo real no es una fatalidad pero tampoco lo es la enmienda de lo real. (...) Para hacerse visible y audible en el mercado mediático, necesitó reactivar los viejos eslóganes y el radicalismo teórico de otros tiempos, en España y fuera de España. La estrategia funcionó y fue capaz de atraer a multitud de ciudadanos. Con un discurso libresco y arqueológico, reactivó la conciencia de la injusticia y de la desigualdad y puso contra las cuerdas a una socialdemocracia desmejorada y dócil con la depauperación de las clases medias.
Ese fue un mérito objetivo de la izquierda nueva, pero hoy todo aquello está ya amortizado. Esa clase media degradada hará lo que sea para proteger o recuperar su reciente ascenso social, sin pensar por asomo en ruptura alguna ni nada semejante. (...)
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No hay ya batalla entre iguales porque la izquierda es también capitalista. (...) Su renuncia a objetivos macrosociales concentra la energía para combatir microdesgracias pandémicas. Esa es una izquierda posible, posibilista, limitada y necesaria, sin soflamas que la hagan vivir en falso, soñar en falso, sentir en falso, gesticular en falso. (...) La urgencia de lo real le exige a la izquierda prudencia y pragmatismo para reparar las averías de un sistema que ni puede ni sabe cómo reemplazar. (...)
Y aunque algunos líderes se nutran de pantalones y camisas en el Carrefour (...) sus votantes naturales podrían vender a la madre por unos Levi´s como los míos. (...) 
Que el discurso de la izquierda sea eficaz pasa por asumir sin vergüenza el fracaso y el horror de las utopías y aclimatar las expectativas a la realidad de un Occidente rico y a la vez saturado de desigualdades atroces (...). Alimentar una expectativa retrorrevolucionaria es la tumba de la izquierda y garantiza su debilidad crónica. (...) El discurso redentor es letal para la izquierda porque todo el mundo sabe que no hay redención alguna. Quizá incluso ser de izquierdas empieza hoy por no parecer de izquierdas, mientras que la exhibición de izquierdismo se parece mucho a la nostalgia (...).
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En cuanto la izquierda oye un eslogan hímnico o la cantinela de turno de la revolución, en cuanto asoma la coreografía de una movilización estudiantil, sale disparada pavlovianamente a su encuentro y corea con el viejo fervor las consignas de la memoria. (...) No produce otra respuesta que el ensimismamiento gratificante y la nostalgia autocompasiva de un pasado que no existe fuera de la memoria sentimental, fuera de los libros de historia, fuera de las discotecas o cedetecas de padres con alopecia peleona y edad avanzada. (...)
 
A veces parece que la izquierda occidental no ha entendido que es una izquierda burguesa que aspira antes que nada a preservar su estatus. (...) Si la izquierda burguesa es egoísta no es solo porque quiera preservar lo suyo, sino porque la clase baja le suscita culpa y la clase alta, rencor o desprecio. (...)
La izquierda acusa ahora la mala conciencia de saberse burguesa, culpable de sus gustos y sus consumos, y a cambio sobrelleva la penitencia impagable de encajar imperturbablemente victorias morales con sus correspondientes derrotas reales. Seguimos coreando no nos moverán, seguimos repitiendo contra toda evidencia no pasarán, o incluso nos creemos de veras que es la unión la que hace la fuerza y lo coreamos a coro. Pero todo desprende el aire antiguo de una obra del viejo teatro de la lucha obrera sin lucha y sin obreros. (...)
Condenar la Transición como contrafigura grotesca de una República mitificada tampoco es producto del conocimiento histórico ni del deber de contar la verdad. (...) Sacralizar la Transición infantiliza aquel proceso tanto como impugnarla. (...)
Lo que de veras encadenó aquel candado fue la continuidad institucional, política, cultural y jurídica del franquismo. (...) Han olvidado la sórdida cultura política del país que fuimos, han olvidad el tutelaje de un ejército presto a tomarse la revancha por la prematura (sic) muerte de Franco, han olvidado que la mayoría de la población fue pasivamente franquista y que una masiva minoría fue convencidamente franquista. (...) Esa izquierda demuestra su incapacidad para entender que España era un país estructural, moral y políticamente subdesarrollado y sin la menor cultura democrática. (...)
 
Momificar idealmente la Segunda República es una superstición más de la izquierda contemporánea, y otro indicio de la pandemia de autoengaño. (...) Me parece que prefiero una izquierda sin mitos y sin héroes, porque ambos suelen llevar dentro alguna forma interesada de falacia. (...)
La agitación callejera o la agitación verbal sacuden a los medios pero solo movilizan a sectores previamente movilizados, a veces por edad y por biografía, a veces por convicción juvenil. (...)
La realidad se ha movido a toda velocidad, pero los socialistas no. (...) Los cambios sociales, la crisis, la emergencia de la nueva izquierda y la conciencia democrática de las nuevas generaciones han dejado a la socialdemocracia clavada en el centro ideológico, con una inquietante propensión al centroderecha. (...)
Tuvieron razón hace cuarenta años al redirigir hacia el centro al socialismo, que llegaba descamisado desde los años setenta; tendrían razón hoy sus nuevos líderes al redirigir hacia la izquierda a su propio partido, de acuerdo con las nuevas reglas de juego, de acuerdo con las nuevas demandas sociales y hasta de acuerdo con la plena madurez de una democracia ya nada juvenil. (...)
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POR UNA IZQUIERDA PESIMISTA 
La credibilidad de la izquierda se ha ido a la mierda porque ha vivido ensimismada en una especie de planeta paralelo nutrido de la modesta opulencia de las clases medias y de la ilusión contradictoria de derogar el orden que ellas mismas han crecido. (...) domesticada no por los poderes financieros y bancarios sino por su propia falta de honradez a la hora de ofrecerse como poder real y alternativo. (...) 
POR UNA IZQUIERDA RECELOSA 
La izquierda parece más cautiva de la combatividad dialéctica y airada que de la definición precisa de lo urgente. Sucumbe a eslóganes, mensajes liposuccionados, ideas planchadas para su reproductibilidad indefinidamente reenviada por mensajería caliente. Pero es una ruta atolondrada e irreflexiva, y quizá es el camino menos útil para recuperar una credibilidad suficiente más allá de los propios círculos convencidos: tiendo a creer que, en lugar de incluir a ciudadanos, los excluye. (...)
La izquierda todavía puede explorar el espacio de la distancia crítica y la desentimentalización, sin renunciar a la rebelión racional y práctica contra la desigualdad. (...) Subsisten aquellos en quienes prevaleció la reflexión disidente y la insumisión a la doctrina partidista. De ahí que la memoria de los perdedores natos sea mucho más potente y estimulante, como (...) Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin. (...)
En la práctica, el ruido mediático es conservador. Lo convierte todo en irrelevante y esconde lo estructural tras la mensajería frenética. Fomentar la agitación en la red es indispnesable para la visibilidad guerrillera de la izquierda, pero puede contribuir tamibén a su corrosión. A la derecha le conviene el bullicio en los medios y la histeria comunicativa, porque desjerarquiza e invisibiliza lo fundamental en favor de lo accesorio y provocador. (...)
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No estoy seguro de que la hiperactividad nerviosa de las redes contribuya a consolidar una columna vertebral crítica, segura de sus prioridades, abstraída del runrún. (...) La inyección de mensajes estructurales, la renuncia a la rebatiña de patio vecinal y hasta la relativa inhibición podrían ayudar a la izquierda a dejar de funcionar como involuntario salvavidas de la derecha. (...)
Por eso a veces pienso que ser de izquierdas hoy es más complicado que antes, y también más contradictorio y necesariamente irónico. (...) Ser de izquierdas es aborrecer amistosamente las gracias y paradojas de Zizek para que sus gracias y paradojas no sean lo único que quede de Zizek. (...) ser de izquierdas es interiorizar a la vez el entusiasmo y el recelo ante las redes sociales, con su paradójico efecto de retracción sociofóbica y autoexplotación esclavista, de acuerdo con César Rendueles y Remedios Zafra; ser de izquierdas es llorar con las emociones de Juan Marsé porque la derrota no salvó a los vencidos de sus propias flaquezas morales, y ser de izquierdas es encontrar en la fragilidad de las emociones la fortaleza de la resistencia, como en las novelas de Marta Sanz (...). 
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POR UNA IZQUIERDA DEL SIGLO XXI 
(...) El agujero negro de las izquierdas sigue estando dentro de las mismas izquierdas, y no fuera; su agujero negro se lo han fabricado ellas y no la combinación diabólica de poderes mediáticos y conspiraciones político-empresariales (...). Su agujero negro está hecho del descrédito ante sí misma y la desconfianza hacia su propio poder como discurso racional, disciplina crítica e instrumento político. (...)
¿Por qué es tan poco ágil la respuesta del centroizquierda ante el espectáculo más sórdido que ha dado la derecha española desde los tiempos aznaristas de su empatía neofranquista? (...) ¿Qué se ha roto para que la socialdemocracia tolere el lenguaje fósil de la derecha cuando la derecha está en el pozo más hondo de su descrédito intelectual y moral? (...)
O la izquierda es pragmática, irónica, recelosa y pesimista o seguirá siendo el auxiliar de campo de la derecha real, estable, imperturbable y optimista. 
CONTRA LA IZQUIERDA:
Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI.
Jordi Gracia.
Nuevos Cuadernos Anagrama

martes, 9 de mayo de 2017

El matrimonio es el más siniestro y osado de los excesos sexuales

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El matrimonio mismo es la desviación de la norma más sensacional y la rebelión más romántica. Cuando la pareja de enamorados proclama sus votos matrimoniales, solos y de un modo un tanto necio e intrépido entre las múltiples tentaciones de los placeres promiscuos, sin duda eso sirve para recordarnos que la figura original y poética es el matrimonio, mientras que los adúlteros y los que participan en orgías no son más que plácidos y antiguos conservadores cósmicos, felices en la inmemorial respetabilidad de los primates y los lobos. El voto matrimonial se basa en el hecho de que el matrimonio es el más siniestro y osado de los excesos sexuales.
John Cheever
citado por Slavoj Zizek en Problemas en el paraíso 

viernes, 16 de diciembre de 2016

Cómo los ultraconservadores (populistas) conquistaron el corazón (y el poder) de EE.UU

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EE.UU es, desde su fundación o invención, un género en sí mismo. En literatura, además de "la gran novela americana" que siempre se anuncia y pocas veces llega, debemos destacar varios ensayos que sirven para clarificar esa visión grandilocuente y esperpéntica de un mundo que también es nuestro.
Entre ellos, sin duda, destaca ¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de EE.UU, libro, en sí mismo, interesantísimo y cuya tesis es extrapolable a muchas latitudes (como puede ser la inquebrantable fidelidad al PP de sus votantes) pero que ahora que las elecciones han coronado como emperador a Donald Trump, nos interesa a todos, nos guste o no:

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Nota editorial: Historia de un Doppelgänger
La lucha de clases no sólo definió la conflictividad social durante gran parte de los dos últimos siglos. De alguna manera también contribuyó a “estructurar” la sociedad y hacerla legible, distribuyendo los campos del antagonismo y sus coordenadas, la posición de los adversarios y sus identidades, los términos infalibles en los que podía leerse la realidad (alienación, conciencia, explotación, contradicción, etc.). Ironías de la historia que el pensamiento dialéctico trataba de desentrañar, reforzándolas a su modo.
Hace ya algún tiempo que todo eso llegó a término. Pero el fin de la lucha de clases no significa que se acabara la desigualdad, la explotación o la división social, como quisiera hacernos creer la cultura consensual (la democracia-mercado como fin de la historia). Significa más bien la derrota irreversible uno de los contendientes en liza, la clase obrera, que durante un segundo toco el cielo mediante sus luchas: la destrucción de las mismas estructuras sociales que definían al proletariado como proletariado.
Entonces supimos que el Apocalipsis no era la lucha de clases, sino más bien su desaparición.
Junto con la misma realidad, saltaron por los aires todas las brújulas, los aparatos de medición, los mapas y las escalas. El mundo se volvió salvaje, disperso, confuso, indescifrable, deforme. Aparecieron entonces auténticos monstruos, imposibilidades lógicas pero bien reales que desafían toda razón, toda coherencia, toda previsión. Uno de esos monstruos imposibles es el objeto de este libro.
Thomas Frank lo llama “Contragolpe”. Es un cambio sísmico, un movimiento telúrico, la reacción violenta de placas tectónicas, un contraimpulso: la “revolución conservadora” que empezó hace más de tres décadas en EEUU, no precisamente un lugar sin consecuencias en el mundo globalizado. Su resultado más visible es la transformación del Partido Republicano en “heraldo de los más pobres”. No se trata sólo de que el Partido Republicano se proclame desde hace algún tiempo “defensor de la gente corriente” y “del hombre común”, sino de que efectivamente una parte muy significativa de las clases populares lo apoye entusiasta y activamente, cavando así más y más hondo su propia tumba.
La máquina de guerra republicana es una paradoja andante: promueve el neoliberalismo salvajey apela a valores sustantivos (“El buen republicano es leal, honesto y muy cristiano”) ¡que el mismo neoliberalismo socava! Privatiza todos los recursos comunes y manipula más tarde el miedo al desarraigo y la desposesión. Fomenta la precarización generalizada de la vida y lamenta luego la pérdida de referentes. Critica la “decadente” industria cultural y hace un uso hiper-sofisticado de las nuevas tecnologías. Da la vuelta a la lucha de clases: todos los conflictos que antes se inscribían en el contexto de estructuras políticas, sociales y económicas ahora se codifican como “conflictos culturales” (cultural wars) que oponen “buenos americanos” y “arrogante élite progresista”. (...)

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El Doppelgänger en España
¿Resonancias o traducciones literales? Es la pregunta que martillea en la cabeza de uno durante la lectura del libro de Frank. ¿Cómo es posible que un relato sobre la revuelta ultraconservadora en Kansas nos suene tantísimo a lo que hemos vivido en España los últimos años, es decir, a la aparición de una nueva derecha con una gran sintonía con los malestares sociales y una mayor capacidad de producir realidad? Es otra de las motivaciones que nos ha animado a publicar este libro.
La respuesta fácil también se ha negado aquí a medir la verdadera profundidad del fenómeno: la etiqueta de “neo-fascismo” servía para pre-comprender la situación y librarse así de tener que acercarse a ver o pensar por uno mismo. Recordemos la actitud del Grupo Prisa frente a las “tesis conspiranoicas” sobre el 11-M: ni siquiera las mencionó durante más de dos años, como si la “sinrazón” fuese a disiparse por sí sola como un mal sueño. Pero la bola de nieve fue ya insoslayable cuando el portavoz del gobierno tuvo que responder en el Congreso de los Diputados a preguntas del PP sobre la factura del atentado. ¡Responder a unas preguntas que llevaban un subtexto conocido por todos: el 11 de marzo fue un golpe de Estado para derribar al PP cuyo precio político se concretaría más tarde en la negociación entre el PSOE y ETA! La nueva derecha llega lejos, pero el verdadero problema es que el mundo la sigue. (...)
La nueva derecha es también una reacción horizontal y desde abajo que, en lugar de abrir preguntas críticas sobre la sociedad en que vivimos, captura la rabia en el tablero de ajedrez de la política-espectáculo.
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En Estados Unidos, el tablero de ajedrez son “Las dos Américas”: los estados que votan a los demócratas y los estados que votan a los republicanos. Da igual por ejemplo que los índices más altos de divorcios se encuentren en los estados que votan masivamente a los republicanos, es decir, los estados “morales” de la “América buena”. Aquí, la propaganda de la nueva derecha manipula con mucha eficacia el imaginario victimista de “Las dos Españas”. “España se rompe” y, con ella, la igualdad constitucional de los españoles (“¡Viva 1812!” grita Esperanza Aguirre). La responsibilidad apunta exclusivamente a la presión centrífuga de los nacionalistas periféricos (con la “complicidad” de la izquierda). No encontraremos ni por asomo el menor análisis sobre cómo el contexto de globalización capitalista hace trizas los atributos clásicos de la soberanía del Estado-nación: fronteras, moneda, ejército, cultura...
La revuelta de la derecha populista ocupa el vacío de lo político y el vacío de las calles. Tanto en Estados Unidos como en España. Hace tiempo que la izquierda oficial decidió que habían llegado los tiempos “postpolíticos” de la mera administración de los efectos de la economía global. Se volvió retórica, cínica, autista, hipócrita, elitista, pija o simplemente gestora. No es casual que la nueva derecha critique que el PSOE “vive fuera de la realidad”, sin contacto con “los verdaderos problemas de la gente“, “los españoles corrientes que trabajan”. De hecho, la única baza posible de la izquierda oficial a estas alturas es jugar en el mismo tablero de política-espectáculo que la derecha: entre los últimos gestos simbólicos del gobierno ZP, la corbata de Miguel Sebastián, la regañina a Rouco Varela, los “palabros” de Bibiana Aído, la sonrisa de Leire Pajín, Chacón embarazadísima como ministra de Defensa, el puño en alto y la Internacional en el Congreso... Así no es de extrañar que las frustraciones cotidianas sintonicen mejor con la onda agresiva de la nueva derecha que con el “talante” soporífero de la izquierda retórica. ¡Si la política es espectáculo que al menos tenga algo de acción! Eso lo sabe muy bien el equivalente español del agitador de las ondas Rush Limbaugh.
La nueva derecha instrumentaliza malestares reales que no se politizan autónomamente, que no encuentran espacios colectivos para hacerlo, que no elaboran una voz propia. Explota la victimización y a su vez revictimiza. Anger is an energy. (...)
A. F-S.

Como han podido ver, simplemente los dos prólogos que abren el libro ofrecen enjundia suficiente para plantearnos el enfoque de ciertos debates ideológicos que damos por inamovibles. Pero entremos plenamente en materia con el inicio de la obra:

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¿QUÉ PASA CON KANSAS?
El condado más pobre de Estados Unidos no está en los Montes Apalaches ni en los estados del sureste, sino en las Grandes Llanuras, una región de rancheros humildes y agonizantes pueblos agrícolas donde en las elecciones del año 2000 para elegir el candidato Republicano a la presidencia, George W. Bush ganó por una mayoría superior al ochenta por ciento.
Cuando me enteré en un principio me desconcertó, como a mucha de la gente que conozco. Para nosotros, el partido Demócrata es el de los trabajadores, los pobres, los débiles y los victimizados. Desde nuestro punto de vista es un planteamiento básico; forma parte del abecé de la edad adulta.
Cuando le hablé a una amiga sobre aquel condado empobrecido de las Altas Llanuras tan entusiasmado con el presidente Bush se quedó perpleja. “¿Cómo puede alguien que siempre ha trabajado para otros votar a los republicanos?”, preguntó. ¿Cómo podía estar equivocada tanta gente?
Dio en el clavo con su pregunta; una pregunta que es, en muchos sentidos, el mayor problema de nuestra época. La vida política estadounidense consiste en gente que confunde sus intereses principales. Esta especie de trastorno es el fundamento de nuestro orden cívico, la base sobre la que descansa todo lo demás: ha situado a los republicanos al mando de las tres ramas del gobierno; ha elegido presidentes, senadores y gobernadores; ha desplazado a los demócratas hacia la derecha y luego pone en marcha un proceso de destitución contra Bill Clinton sólo para divertirse.
La gente que gana más de 300.000 dólares al año le debe mucho a este trastorno y debería brindar alguna vez por los republicanos indigentes de las Altas Llanuras mientras contempla su suerte: gracias a sus votos desinteresados ya no les agobian los impuestos estatales, los molestos sindicatos o los entrometidos reguladores de banca. Gracias a la lealtad de estos hijos e hijas del trabajo duro, se han librado de lo que sus prósperos antepasados solían llamar niveles “confiscatorios” de impuestos sobre la renta (...) También están los que defendían a Estados Unidos allá por 1968, hartos de oír a aquellos niños ricos cubiertos de collares hablando pestes del país cada noche en televisión. Puede que ellos supieran exactamente lo que quería decir Nixon cuando hablaba de la “mayoría silenciosa”, gente cuyo trabajo duro era recompensado con insultos constantes en las noticias, en las películas de Hollywood y en boca de los profesores universitarios sabelotodo que no se interesaban por nada de lo que uno tuviera que decir. O tal vez fueran los jueces progresistas los que les irritaran cuando reescribían despreocupadamente las leyes de su estado según alguna idea absurda que aprendieron en un cóctel; o cuando ordenaban a sus ciudades que afrontaran un proyecto de mil millones de dólares para suprimir la segregación racial que habían ideado por su cuenta; o cuando soltaban a los criminales para que vivieran a costa de los diligentes trabajadores. (...) Puede que Ronald Reagan empujara a muchos hacia una espiral conservadora, con su modo de
hablar sobre esa Norteamérica alegre de Glenn Miller justo antes de que el mundo se fuera a la mierda. O quizá Rush Limbaugh, el locutor de derechas de la radio, les convenciera con sus constantes diatribas contra los arrogantes y presumidos. O puede que fueran presionados. A lo mejor Bill Clinton convirtió a algunos al republicanismo con su “compasión” claramente falsa y su desprecio evidente por los estadounidenses corrientes que no han estudiado en la Liga Ivy –el grupo de las ocho universidades privadas más prestigiosas de Estados Unidos–, a los que tuvo el valor de mandar a combatir aun cuando él mismo escurrió el bulto cuando le llegó el turno.
Casi todo el mundo tiene una historia de conversión que contar: cómo su padre había sido sindicalista en una acerería de Estados Unidos y demócrata incondicional, pero todos sus hermanos y hermanas empezaron a votar a los republicanos; o cómo su primo dejó el metodismo y comenzó a ir a la iglesia de Pentecostés a las afueras del pueblo; o cómo ellos mismos se hartaron de que les criticaran tanto por comer carne o por llevar ropa con la mascota india de la Universidad de Arkansas hasta que un día las noticias de Fox les empezaron a parecer “imparciales y equilibradas”. (...)                                    Este trastorno o desfase es el rasgo distintivo del Gran Contragolpe, un modelo de conservadurismo que llegó a la escena nacional gruñendo en respuesta a las fiestas y protestas de finales de los sesenta. Mientras las primeras formas de conservadurismo ponían énfasis en la moderación fiscal, el Contragolpe moviliza a los votantes con asuntos sociales explosivos –buscando el escándalo público por encima de todo, desde el busing (traslado de estudiantes de clases bajas, generalmente negros, a zonas más acomodadas para que se integren) hasta el arte anticristiano–, los cuales después vincula con políticas económicas favorables al libre mercado. Se explota la furia cultural con fines económicos. Y son estos logros económicos, no las escaramuzas poco memorables de la interminable guerra ideológica, los monumentos más importantes del movimiento. A los expertos de todo el mundo les gusta considerar la grandeza divina de Internet e imaginar que es la fuerza que ha hecho realidad los milagros políticos de los últimos años, privatizando, liberalizando y desindicalizando de un lado a otro del planeta según dicta su sabiduría. Pero en realidad es el
Contragolpe que ha tenido lugar en Estados Unidos lo que ha hecho posible el consenso internacional del libre mercado, conduciendo a la solitaria superpotencia implacablemente hacia la derecha y permitiendo a sus sucesivos gobiernos librecambistas impulsar su visión del neoliberalismo económico sin temor a contradecirse. Resulta cada vez más evidente que para entender nuestro mundo debemos entender a Estados Unidos y para comprender a Estados Unidos tenemos que comprender el Contragolpe. Un artista decide escandalizar al estadounidense medio sumergiendo a Jesús en orina* y el Contragolpe decide que el planeta entero ha de reformarse según los criterios del Partido Republicano.
El Gran Contragolpe ha hecho posible el resurgimiento liberal, pero esto no significa que su estilo sea el de los capitalistas de antaño, que invocaban el derecho divino del dinero o exigían que los humildes supieran cuál era su lugar en la gran cadena de la existencia. Todo lo contrario, el Contragolpe se ve a sí mismo como enemigo de la élite, como la voz de los injustamente perseguidos, como una protesta justificada de las víctimas de la historia. Les importa un bledo que sus defensores controlen hoy las tres ramas del gobierno. Ni les da qué pensar que sus beneficiarios más importantes sean la gente más rica del planeta.
(...)  Puede que los líderes del Contragolpe hablen de Dios, pero comulgan con la empresa. A los votantes les importarán más los “valores”, pero siempre desempeñan un papel secundario frente al imperio del dinero una vez que se han ganado las elecciones. Este es un rasgo básico del fenómeno,
de una constancia absoluta a lo largo de las décadas de su historia. El aborto no cesa. La discriminación positiva no se suprime. Nunca se fuerza a la industria cultural a enmendarse. Incluso el mayor guerrero cultural de todos ellos les dio la espalda cuando le llegó la hora de cumplir lo prometido. “Reagan se consagró como el defensor de los ‘valores tradicionales’, pero no hay indicios de que considerara la restauración de dichos valores como algo prioritario”, escribió Christopher Lasch, uno de los analistas más sagaces de la sensibilidad del Contragolpe. “Lo que realmente buscaba era el renacimiento del capitalismo salvaje de los años veinte: la revocación del New Deal”.
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Para los observadores este comportamiento es irritante y cabría esperar que disguste aún más a los verdaderos partidarios del movimiento. Sus líderes fanfarrones nunca cumplen lo prometido, su rabia no para de aumentar y sin embargo cada vez que hay elecciones vuelven a votar para que sus héroes de la derecha tengan una segunda, tercera, vigésima oportunidad. La trampa nunca falla; la ilusión nunca desaparece. Vote para frenar el aborto y reciba una reducción en impuestos sobre plusvalías. Vote para fortalecer de nuevo nuestro país y reciba desindustrialización. Vote para darles una lección a esos profesores universitarios políticamente correctos y reciba liberalización de la electricidad. Vote para que el Estado les deje en paz y reciba concentración y monopolio por todas partes, desde los medios hasta el embalaje de la carne. Vote para luchar contra los terroristas y reciba la privatización de la Seguridad Social. Vote para asestarle un golpe al elitismo y reciba un orden social en que la riqueza está más concentrada que nunca, en que los trabajadores han sido despojados de su poder y los ejecutivos son recompensados más allá de lo imaginable.
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Los teóricos del Contragolpe, como veremos, imaginan incontables conspiraciones en las que los ricos, poderosos y con buenos contactos –los medios de comunicación progresistas, los científicos ateos, la detestable élite del Este– manejan los hilos y hacen bailar a los títeres. Aún así, el propio Contragolpe ha sido una trampa política tan desastrosa para los intereses de la clase media estadounidense que incluso el más diabólico de los manipuladores habría tenido problemas ideándola. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de una rebelión contra “el sistema” que ha acabado aboliendo el impuesto de sucesiones. Hay una ideología cuya respuesta a la estructura de poder es hacer al rico aún más rico; cuya solución para la degradación inexorable de la vida de la clase trabajadora es arremeter furiosamente contra los sindicatos y los programas de seguridad en el lugar de trabajo; cuya solución al aumento de la ignorancia en Estados Unidos es quitar las ayudas a la educación pública.
Como una revolución francesa a la inversa –una en que los sans culottes salen en tropel a la calle reclamando más poder para la aristocracia– el Contragolpe empuja el espectro de lo aceptable hacia la extrema derecha. Puede que nunca vuelva a introducir los rezos en las escuelas, pero ha rescatado toda clase de panaceas económicas de derechas del cubo de basura de la historia. Una vez que ha eliminado las históricas reformas económicas de la década de los sesenta (la lucha contra la pobreza de Lyndon B. Johnson) y las de los años treinta (la legislación laboral, los subsidios para mantener los precios agrícolas, la regulación bancaria), sus líderes apuntan sus armas hacia los logros de los primeros años del progresismo (el impuesto estatal de Woodrow Wilson o las medidas antimonopolio de Theodore Roosevelt). Con un poco más de esfuerzo, el Contragolpe podría invalidar todo el siglo veinte.
¿Qué pasa con Kansas?
Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de EE.UU.
Thomas Frank. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Zizek y la nueva lucha de clases (los refugiados y el terror)


Que Zizek es uno de los pensadores más influyentes y necesarios de la actualidad es una obviedad innegable, guste más o menos su caricaturización y mainstremización, sus incursiones en el cine o su espídico ritmo de publicaciones. Por eso, tan pronto como pude me hice con un ejemplar de La nueva lucha de clases: los refugiados y el terror, que terminó subrayado casi en su totalidad. Comparto aquí algunos de los párrafos que me han parecido más interesantes y necesarios:

Del interesantísimo capítulo Romper los tabúes de la izquierda: 
La lección hay que extraer del mundo posterior al 11-S es que el sueño de Francis Fukuyama de una democracia liberal global se ha mostrado ilusiorio, pero a nivel económico el capitalismo ha triunfado en todo el orbe: las naciones del Tercer Mundo (China, Vietnam…) que lo suscriben son aquellas que crecen (…)
El capitalismo global no tiene ningún problema a la hora de adaptarse a una pluralidad de religiones, culturas y tradiciones locales; de hecho, la máscara de la diversidad cultural la sustenta el presente universalismo global funciona aún mejor si se organiza políticamente según los así llamados “valores asiáticos”, es to es, de manera autoritaria. (…)
En resumen, se tiende a rechazar los valores culturales occidentales justo en el momento en que, reinterpretados de manera crítica, muchos de ellos (igualitarismo, derechos fundamentales, Estado del bienestar) podrían servir de arma contra la globalización capitalista. ¿Acaso hemos olvidado que toda la idea de la emancipación comunista, tal como la concibió Marx, es absolutamente “eurocéntrico”?
El siguiente tabú que hay que abandonar es la idea de que la protección de nuestro modo de vida es en sí misma una categoría protofascista o racista. La idea es más o menos así: si protegemos nuestro modo de vida, abrimos la puerta a la oleada antiinmigración que campa por toda Europa
(…)
La verdadera amenaza a nuestro modo de vida comunitario no son los extranjeros, sino la dinámica del capitalismo global: sólo en los Estados Unidos, los últimos cambios económicos han contribuido más a destruir la vida comunitaria en las ciudades pequeñas –el modo en que la gente corriente participa en los acontecimientos políticos y se esfuerza por resolver sus problemas locales de manera colectiva- que todos los inmigrantes juntos
(...)
El siguiente tabú izquierdista que hay que abandonar es el de prohibir cualquier crítica al islam tachándola de “islamofobia”, una auténtica imagen especular de la demonización populista antiinmigración del islam: hay que acabar ya con ese miedo patológico de muchos izquierdistas liberales de Occidente a ser culpables de islamofobia.
(…)
Las alternativas políticas que proporciona el islam pueden identificarse claramente; van del nihilismo fascista, que parasita el capitalismo, a lo que representa Arabia Saudí; ¿podemos imaginar un país más integrado en el capitalismo global que Arabia Saudí o cualquiera de los Emiratos? Lo máximo que el islam puede ofrecer, en su versión moderada, es otro tipo de “modernidad alternativa” más, una visión del capitalismo sin sus antagonismos, que no puede sino parecerse al fascismo
Resulta del todo legítimo plantear la cuestión de si existen rasgos en su religión y cultura que abonen el terreno para la brutalidad contra las mujeres. Sin culpar al Islam en cuanto que tal (en sí mismo no es más misógino que el cristianismo), podemos observar que la violencia contra las mujeres va asociada a su subordinación y su exclusión de la vida púbica en muchos países y comunidades musulmanes, por no mencionar que, entre muchos grupos y movimientos señalados como fundamentalistas, la estricta imposición de una diferencia sexual jerárquica constituye el primer punto de su programa.
Así pues, deberíamos aplicar el mismo criterio a ambos lados, sin temor a admitir que, aunque nuestros fundamentalistas cristianos están más marginados que los del mundo musulmán (¿quién se los toma realmente en serio?), nuestra crítica liberal laica del fundamentalismo también está contaminada por la falsedad.
Uno de los conceptos más interesantes del libro es la explicación y reinterpretación de "justicia divina", que Zizek matiza y desarrolla así: 
Tal como señala Le Gaufey, ahí reside la diferencia entre Carl Schmitt y Benjamin: Schmitt ve limitado el tema de la violencia como medio para alcanzar un fin, y por eso la expresión de violencia más radical que puede imaginar es la de la violencia mítica, violencia que sirve para fundamentar el estado derecho (aun cuando viole el orden de la existente), mientras que la “violencia divina” de Benjamin es, tal como dijo, un caso de medios sin ningún fin.

A continuación, pone el ejemplo de los disturbios de París para desarrollar su tesis:
El triste hecho de que una oposición al sistema sea incapaz de articularse en forma de una alternativa realista, o al menos de un proyecto utópico significativo, y sólo pueda tomar la forma de un estallido absurdo, es una seria denuncia de la situación en que nos encontramos. ¿De qué sirve nuestra celebrada libertad de elección, cuando las únicas opciones a escoger son seguir las reglas o entregarse a una violencia (auto)destructiva? La violencia de los manifestantes se dirigió casi exclusivamente contra los suyos. Los coches que había en las escuelas incendiadas no eran los de sus vecinos ricos, sino que formaban parte del patrimonio ganado con gran esfuerzo por el mismo estrato social del que surgían los manifestantes. (…)
Hay que resistirse a o que yo denomino “la tentación hermenéutica”: la búsqueda de un algún significado más profundo o algún mensaje oculto en esos estallidos violentos. Lo que resulta más difícil de aceptar es precisamente la falta de sentido de esos disturbios; más que una forma de protesta, son lo que Lacan denominó un passage à l´acte: un impulsivo pasar a la acción que no se puede traducir en palabras o reflexión y que va acompañado de una frustración intolerable.
(…)
La violencia divina es brutalmente injusta: suele ser algo aterrador, no una sublime intervención de la bondad y la justicia divinas.(…) La triste conclusión que se impone es doble. En primer lugar, no hay nada noble ni sublime en lo que Benjamin denomina “violencia divina”: es “divina” precisamente en nombre de su carácter en excesivo destructor. En segundo lugar, hemos de abandonar la idea de que hay algo emancipador en las experiencias extremas, como si nos permitieran abrir los ojos y ver la verdad definitiva de una situación. (…) La lección más deprimente del horror y el sufrimiento: que no hay nada que aprender de ellos. La única manera de salir del círculo vicioso de esta depresión es pasar a un terreno de análisis económico y social concreto.

Sociológica y políticamente, el capítulo más interesante puede ser La economía política de los refugiados, en el que analiza las causas de la situación actual: 
Abandonados a su suerte, los africanos no conseguirán cambiar sus sociedades. ¿Por qué no? Porque nosotros, los europeos, se lo impedimos. Fue la intervención europea en Libia lo que sumió el país en el caos. Fue el ataque de Estados Unidos a Irak lo que creó las condiciones para la aparición del Estado Islámico (ISIS).
Zizek sostiene esta idea con muchos ejemplos, como los de República Centroafricana, Congo, Haití… y prosigue:
Lo único que hemos de hacer es eliminar a las empresas extranjeras de alta tecnología de la ecuación y todo el edificio de la guerra étnica alimentada por viejas pasiones se desmorona. Deberíamos empezar por ahí si realmente queremos ayudar a los africanos y detener el flujo de refugiados. Lo primero es recordar que casi todos los refugiados proceden de “estados fracasados” (…) (Siria, Líbano, Irak, Libia, Somalia, Congo, Eritrea…) En todos estos casos, la desintegración del poder estatal no es un fenómeno local, sino el resultado de la política y la economía internacionales, y en algunos casos, como en Libia e Irak, el resultado directo de la intervención occidental. Está claro que este incremento de los “estados fracasos” a finales del siglo XX y principios del XXI no es una desgracia fortuita, sino uno de los mecanismos mediante los que las grandes potencias ejercen su colonialismo económico. 
¿Por qué los musulmanes, que sin duda se vieron expuestos a la explotación, la dominación y otros aspectos destructivos y humillantes del colonialismo, escogieron como objetivo de su hostilidad lo que es (al menos para nosotros) la mejor parte del legado occidental, nuestro igualitarismo y libertades personales, incluyendo una saludable dosis de ironía y burla hacia todas las autoridades?
(…)
En ciertomodo, el terrorista noruego Anders Breivik tenía razón cuando escogió su objetivo: no atacó a los extranjeros, sino a aquellos de su propia comunidad que se mostraban demasiado tolerantes con los extranjeros intrusos. El problema no son los extranjeros, sino nuestra propia identidad (europea). Aunque la actual crisis de la UE se presenta como una crisis económica y financiera, en su dimensión fundamental se trata de una crisis ideológico-política: el fracaso de los referéndums que votaron la Constitución de la Unión Europea en Francia y Holanda en el año 2005 fue una clara señal de que los votantes percibían la UE como una unión económica “tecnocrática”.
La universalidad es una universalidad de “extraños”, de individuos reducidos al abismo de la impenetrabilidad no sólo para los demás, sino también para sí mismos. Cuando abordamos el tema de los extranjeros, deberíamos tener en cuenta la concisa fórmula de Hegel: los secretos de los antiguos egipcios también eran secretos para los egipcios mismos. Por eso, la manera más válida de llegar hasta el prójimo no es la empatía, intentar comprenderlo, sino una carcajada irrespetuoso que se burle tanto de él como de nosotros en nuestra mutua falta de (auto)comprensión. (…)
Ocurre exactamente lo mismo con los refugiados: ¿y si el hecho de “conocerlos” revela que son más o menos como nosotros, impacientes y violentos, exigentes, y, por lo general, miembros de una cultura que no puede aceptar muchos de los principios que nosotros consideramos incuestionables? Deberíamos cortar el vínculo entre refugiados y empatía humanitaria, y dejar de fundamentar nuestra ayuda en la compasión hacia su sufrimiento. En cambio, deberíamos ayudarlos porque es nuestro deber ético hacerlo, porque no podemos no hacerlo si queremos seguir siendo personas decentes, pero sin ese sentimentalismo que se rompe en el momento en que comprendemos que la mayor parte de los refugiados no son “personas como nosotros” (no porque sean extranjeros, sino porque nosotros mismos no somos “personas como nosotros”). Parafraseando a Winston Churchill: “A veces hacer el bien no es suficiente, aun cuando sea lo mejor que puedes hacer. A veces tienes que hacer lo necesario.” No basta con hacer (lo que consideramos) lo mejor para los refugiados: recibirlos con las manos abiertas, mostrar toda la simpatía y generosidad de que seamos capaces. El mismo hecho de que esa muestra de generosidad nos haga sentirnos bien debería despertar nuestro recelo: ¿no estaremos haciendo todo esto para olvidar qué es lo necesario?

Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo es una forma de ignorancia u odio mutuos legalmente regulados. (…)
La única manera de salir de esta disyuntiva consiste en ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.
(…)
Nuestro axioma debería ser que todo forma parte de la misma lucha universal: la lucha contra el neocolonialismo occidental, la lucha contra el fundamentalismo, la lucha de Wikileaks y Snowden, la lucha de Pussy Riot, la lucha contra el antisimetismo y también la lucha contra el sionismo agresivo. Si aquí transigimos, nos perdemos en componendas pragmáticas, y nuestra vida no vale la pena.
Así pues, hay que ampliar la perspectiva: los refugiados son el precio que paga la humanidad por la economía global. Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante de la historia humana, en la historia moderna su principal causa es la expansión colonial:antes de la colonización, los países del Tercer Mundo estaban formados de manera casi exclusiva por comnidades locales relativamente aisladas y autosuficientes, y fue la ocupación colonial lo que destruyó este modo de vida tradicional y condujo a renovadas migraciones a gran escala.
(…)
Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso con proporcionar medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados. En este punto no podemos ceder: las grandes migraciones son nuestro futuro, y la única alternativa a ese compromiso es una renovada barbarie (lo que algunos denominan el “choque de civilizaciones”). No obstante, la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto los países de Grecia y otros países europeos.
(…)
Lo que todas las luchas para defender estos bienes comunes comparten es la conciencia del potencial destructivo que podría liberarse si se permite que la lógica capitalista de privatizar estos bienes comunes campe a sus anchas, quizá hasta el punto de la autodestrucción de la propia humanidad.
Por fin, llegamos a la tesis final, la conclusión que convierte un ensayo interesantísimo en uno necesario:
Giorgio Agamben observó que “el pensamiento es el valor de la desesperanza”, una intuición que resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, cuando incluso los diagnósticos más pesimistas acostumbran a terminar aludiendo a alguna esperanzadora versión de la proverbial luz al final del túnel. El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible. El sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos. En resumen, la postura realmente valiente consiste en admitir que es probable que la luz al final del túnel sea la de un tren que se acerca en dirección contraria.
(…)
¿Es todo una utopía? A lo mejor, quién sabe. De hecho, es incluso posible que así sea. Los últimos sucesos caóticos en Europa, la mezcla medio trágica y medio cómica de declaraciones de impotencia y comportamiento caótico y egoísta por parte de los miembros de la Unión Europea, la incapacidad de imponer un mínimo de acción coordinada, demuestran no sólo el fracaso de la Unión Europea, sino que también suponen una amenaza para su supervivencia.
(…)
Durante la primera mitad de 2015, el temor a los movimientos radicales emancipadores (Syriza, Podemos) recorrió Europa, mientras que en la segunda mitad la atención se desplazó hacia la cuestión “humanitaria” de los refugiados: un desplazamiento mediante el que la lucha de clases fue literalmente reprimida y reemplazada por la cuestión liberal-cultural de la tolerancia y la solidaridad. Con los asesinatos terroristas de París el viernes 13 de noviembre, incluso esta cuestión (que el menos todavía implica importantes motivos socioeconómicos) ha quedado eclipsada por la simple oposición de todas las fuerzas democráticas, atrapadas en una guerra implacable con las fuerzas del terror, y es fácil imaginar lo que seguirá: una búsqueda paranoica de agentes del ISIS entre los refugiados, animosidad contra los inmigrantes y restricciones a nuestras libertades, que en realidad no servirán para combatir a ISIS, sino sólo para introducir un espíritu permanente de emergencia. (…)
No deberíamos intentar “comprender mejor” a los terroristas del ISIS, en el sentido de que sus “actos deplorables son sin embargo la reacción a las intervenciones europeas”, sino que habría que caracterizarlos como lo que son: el reverso islamofascista de los racistas europeos antiinmigración; ambos son las dos caras de la misma moneda.
Lo que hay que recuperar, pues, es la lucha de clases, y la única manera de hacerlo es insistir en la solidaridad global con los explotados y oprimidos.
(…)
Quizá la solidaridad global sea una utopía, pero si no luchamos por ella, entonces estamos realmente perdidos, y merecemos estar perdidos.