Hace 115 años nació García Lorca.
Escribió mucho y muy bien y, después, le mataron los fascistas.
Más tarde, nosotros hicimos esto con sus versos.
(Pobre Federico)
"Aviso" es un poema de Alberto Tesán contenido en su magnífico poemario Piedras en el agua (editado por Pre-textos en el 2003). Hasta la fecha, desgraciadamente, su último libro publicado. Dice así:
AVISO
Con las piernas abiertas el mundo te sonríe
y yo muero de tanta ternura derramada
has quemado el dinero y toda mi paciencia,
pero te dejo hacer, segura entre las sábanas
con algún muchachito aspirante a poeta.
Empiezan a cansarme, sin embargo, las lágrimas
que sirven de chantaje en el peor momento,
y esa pose tan tuya de niña maltratada
que exhibes en tertulias con tanto desparpajo.
No te engañes, cariño, los años no perdonan.
Y tu edad es la edad brumosa del dolor.
Está cercano el día en que te sientas sola,
escuchando, a oscuras, la voz rota de Joplin.
Entonces no me llames, ni busques mi consuelo.
He aprendido a tu lado, a ser obedecido.
Cuando marques mi número y suenen tus disculpas
estaré celebrando tu piel envejecida
con la primera nínfula que sepa lo que busco:
la sumisión total a todos mis caprichos.
Nosotros hicimos una adaptación del poema, al que metimos un estribillo, un puente y del que nos vimos obligados a recortar un par de versos casi perfectos (“No te engañes, cariño, los años no perdonan./Y tu edad es la edad brumosa del dolor”) por razones musicales que yo no entiendo.
Aunque siempre la hemos conocido como "Tesán" o "la de Tesán" para no liarnos, en realidad se llama, para no liaros, "Con las piernas abiertas".
Según Ricardo Senabre: "Para un poeta que lo sea de verdad, recordar no es nunca repetir. Es utilizar, transformar, crear algo nuevo; incorporar, en suma, el eco ajeno a la voz propia e inconfundible".
Según Reyes: "Toda cita directa, incluso la más literal, es un simulacro, una imagen hecha a semejanza de otra cosa, nunca completamente igual a su modelo. Sólo por desplazarse de contexto, el texto citado se altera irremediablemente".
Nosotros sabemos que carecemos de voz propia, que no somos poetas de verdad. Pero confiamos en que el desplazamiento o la alteración de un poema de semejante calibre se haya convertido en una letra de canción inusitadamente buena. Al menos, para nuestro repertorio. En definitiva, que pese a nuestra contribución siga siendo casi tan buena como el poema de Alberto Tesán, sin traslaciones ni ecos que puta la falta que le hacen.
En nuestro, a falta de un nombre mejor, concierto-recital como “Un Hombre Exquisito y sus poetas añadidos” incluimos un fragmento del poema "Sospecha", de Víctor Martín Iglesias, contenido en Cómo hemos llegado a esto (editado por Casavaria en 2010; desgraciadamente también, hasta la fecha, su único poemario publicado). Igual que al musicar un poema de Alberto Tesán, sabíamos que contábamos con ciertas garantías: con un texto tan bueno era difícil que no quedara medianamente bien. Y dado que a esto había que sumarle la colaboración especial del pedazo de guitarrista Fernando Merino (que ya ha demostrado su talento en varios proyectos y, en especial, en el grupazo Anemsis, del que es fundador y compositor) sabíamos que muy mal se nos tenía que dar… Que puede que haya sido así. Pero con estos textos y estas colaboraciones, creemos que seguirá mereciendo la pena. Con perdón.
(En la imagen: Un Hombre Exquisito y sus poetas añadidos junto con "el poeta que murió de éxito" -foto de archivo-)
El próximo sábado 21 de Abril a partir de las 22:30Un Hombre Exquisito y sus poetas añadidos (Víctor Martín y Víctor Peña) darán un concierto-recital en la librería-café La Puerta Tannhäuser de Plasencia que, posiblemente, aterrorizaría por igual a músicos y poetas de no ser porque, esta vez (y esperemos que muchas otras), contarán con la colaboración del impresionante guitarrista Fernando Merino (fundador del grupazo Anemsis y conocido, aunque no tanto como debiera, por haber deslumbrado con su sapiencia guitarrera en multitud de grupos).
El (a falta de un nombre mejor) concierto-recital contendrá poemas de Víctor Martín y Víctor Peña y canciones de Un Hombre Exquisito que esperamos que os gusten, punteos de Fernando Merino que, seguro, os fliparán y, a lo mejor, alguna sorpresa que, quizás, os sorprenda. Así que, el que pueda pasarse (recordamos que el Barça-Madrid es a las 20:00 y os da tiempo de sobra) ya tiene una excusa más para cruzar la Puerta Tannhäuser de Plasencia y ver cosas que nadie creería (como que, esta vez y sin que sirva de precedente, hemos ensayado y todo).
Como alguno habrá notado, en algunas canciones de Un Hombre Exquisito, junto al gruñido que ya comenzaba a resultaros familiar y los graznidos a los que no os acostumbraréis nunca, suena la armoniosa, dulce y afinada voz de una chica que ha decidido echarnos una mano. Janis Joplin la tenga en su gloria.
Estas canciones bendecidas con su chorro de voz son, por ahora, La Soledad Desierta y Con las piernas abiertas. Curiosamente, las dos son canciones a partir de dos poemas: el primero de Santiago Castelo y el segundo de Alberto Tesán. Hoy aprovechamos para contaros la historia de La soledad desierta:
Cuando los dos personajes que, por ahora, formamos (o conformamos o deformamos) Un Hombre Exquisito estábamos en 2º de Bachillerato, vino al Aula de Literatura de José Antonio Gabriel y Galán, José Miguel Santiago Castelo, poeta extremeño del que, pobrecitos de nosotros, no conocíamos nada o casi nada. En el librillo que repartían a los asistentes, se encontraba un soneto que me llamó poderosamente la atención. Era este:
La soledad desierta
Ya tengo el corazón hablando a solas
-la casa entera descorazonada-,
ya tengo en mi sentir la puñalada
de tus labios de sangre y amapolas.
Ya tengo todo tu desdén callando
en esta tarde de la primavera...
y se han muerto las rosas de la espera
en el jarrón que fuimos modelando.
Ya se ha muerto mi voz que por oirte
en otro tiempo abrió ventana y puerta.
Sólo puedo si acaso maldecirte
pero me siento la saliva muerta...
Y no me queda, amor, sino decirte
que hasta mi soledad está desierta.
En la primera lectura me pareció precioso; en la segunda, buenísimo. Cuando fui a leerlo una tercera vez me di cuenta de que lo estaba cantando… Me pareció incluso que era una canción de alguien que no conseguía identificar o, al menos, que estaba adaptando esos versos a una melodía preexistente… Tan absorto estaba que, lo reconozco, no atendí mucho a la lectura de Santiago Castelo, aunque por las carcajadas que la acompañaron y por los comentarios que la siguieron, creo poder afirmar que fue bastante divertida. Sin embargo, yo estaba a otra cosa: tarareando por lo bajo una melodía que no podía concebir como propia, ya que entonces no sería melodía (cualquiera que me conozca o que haya tenido que soportar mis coros en nuestras grabaciones sabe perfectamente que no tengo, precisamente, talento musical). Tan convencido estaba de mi teoría que, en el momento en que el autor firmaba, generoso, libros, librillos y cuadernos, me acerqué a preguntarle si ese poema había sido musicado. “No que yo sepa” contestó, no demasiado sorprendido, “¿por?, ¡no me digas que me han plagiado!”, siguió, divertido. No sé si llegué a contestarle: “todavía no” pero, desde luego, era lo que debía haber hecho.
Ahora, si fuéramos alguien, debería decir que es donde acaba la historia y comienza la leyenda… Pero como no somos nada (si acaso, enanos subidos a hombros de gigantes) simplemente continúa la anécdota:
Fui a buscar a mi compañero de fatigas, que no había venido al Aula porque él era de Ciencias (y lo sigue siendo), mientras que yo era de Letras (aunque ahora a duras penas “voy de Letras”) y le pedí que encendiera la grabadora en la que, a veces, grababa alguna melodía, algún rif, algún verso y yo registraba berridos carentes de armonía para cantar lo que ya había dejado de ser el poema y comenzado a ser la canción “La soledad desierta”. Cuando acabé, sencillamente dijo: “no está mal… ¿Por qué cojones la cantas con acento argentino?”.
Esta es, por tanto, nuestra canción más antigua: no porque fuera la primera que compusimos, sino porque es la primera que compusimos y no hemos desechado por el camino. Ya tiene, sin embargo, algo que se podría considerar nuestro sello: descarado saqueo de buena poesía ajena rematado con malos versos de cosecha propia. Somos tan vagos que no sabría decir si acabamos arreglando nuestros malos versos hasta dejarlos en “escuchables” o, al menos, soportables al lado de la lírica de Castelo. Juzguen ustedes escuchándola que no pensamos escribirla, pues leyéndola será imposible evitar el sonrojo de la comparación. Si se fijan, al fondo, aún se puede escuchar un tenue acento porteño
Por cierto, Santiago Castelo colabora en el diarioHOYdesde los diecisiete años, a los veintiuno ingresó en elABC de Madrid, diario en el que es Subdirector desde 1988 . Ha dirigido varias revistas culturales, y organizado coloquios y lecturas poéticas; colabora en periódicos y revistas iberoamericanas y sus versos han aparecido en numerosas publicaciones de todo el mundo. Es miembro de la Academia Cubana de la Lengua, de la Academia Norteamericana de la Lengua y de la Real Academia de Extremadura, de la que es Director. Entre sus obras destacan:
Tierra en la carne.Ed. Orines, Madrid, 1976.
Como disponga el olvido (Antología 1970-1985).Ed. Rialp, Adonais, Madrid, 1986.
Diario de a bordo.Cuadernos poéticos Kylix, Badajoz 1994.
Ahora, y esto es lo principal, la canción ha cobrado un nuevo aire con los coros de una chica que no parece tener acento argentino pero al menos tiene una voz cojonuda que, aunque sea por compensar, no nos viene nada mal.