ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


Mostrando entradas con la etiqueta Luis Bagué Quílez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Bagué Quílez. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de noviembre de 2017

"La familia de Juan Carlos I" (un poemazo de Luis Bagué Quílez)

Antonio López: “Quería representar a una familia española” | Cultura | EL  PAÍS

LA FAMILIA DE JUAN CARLOS I

Una familia más.

Mejor un fondo blanco.
Ningún fondo mejor
para este trance hipnótico
de ver lo que no existe.

Di patata. Di Luis. Mira qué pintas.
Somos tan naturales que da miedo.
Se congeló la imagen, se nos heló
                                                              la risa
tras la resaca del 92.

Juntos la tradición y el porvenir,
naturaleza muerta y cuadro de costumbres. 

La eterna controversia
entre el tiempo real y el relativo.

Antonio López mira, corrige, se retrasa.
Lo apremian con plazos. A veces está a punto
de abdicar.

Que los juzgue la historia.

Clima mediterráneo.
Luis Bagúe Quílez.
Visor, 2017.

lunes, 20 de febrero de 2017

Palabra heredada en el tiempo

 

Palabra heredada en el tiempo: tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea (1980-2015) es un ensayo coordinado por Remedios Sánchez que recoge estudios de Luis Antonio de Villena, Raquel Lanseros, Manuel Rico, Jorge Riechmann, Luis Bagué Quílez y un largo etcétera.
En "Profundidad de campo (sobre Luis García Montero)", el artículo de José Luis Morante, aparecen estas líneas:

jueves, 29 de septiembre de 2016

5 años de Arrebatos Alíricos (y lo que te rondaré, morena)

Hoy se cumple un lustro desde que publiqué la primera entrada en este blog, que ya era una declaración de intenciones o, más bien, de afinidades literarias. Sin embargo, resulta algo inexacto deducir que llevo 5 años manteniendo Arrebatos Alíricos porque, como su mismo nombre indica, han tenido una vida en su mayor parte disipada, inconstante y, me temo, discreta.

En los últimos dos años, en cambio, el innegable aumento en la cantidad de las entradas y, aunque esté mal que lo diga yo, la plausible mejora en la calidad de los textos, ha producido un evidente aumento de lectores, especialmente notable en los últimos doce meses: gracias a todos por la atención y la paciencia.



Por eso, celebro el falso aniversario trayendo algunas de las entradas que han merecido más atención de los internautas o de las que, por diferentes motivos, recuerdo con más orgullo o cariño.

Seguiremos, si les parece, leyéndonos por aquí.



Recopilación de reseñas en distintos medios y blogs sobre La huida hacia delante

Ir hacia lo desconocido es la única forma respetable de vivir (prólogo completo a ¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas?, de Manuel del Barrio Donaire, escrito junto a Víctor Martín Iglesias)

"Pido la paz y un par de cañas" (poema homenaje a Blas de Otero y J.M. Aznar publicado en la revista Estación Poesía de Antonio Rivero Taravillo)


Reseña sobre Este es el momento exacto en que el tiempo empieza a correr, de Ana Llurba

El arte de la indignación: 5 años del 15-M

Discípulas de Coatlicue de María López Ponz en La Tribu de Frida

Zizek y la nueva lucha de clases (los refugiados y el terror)


Reseña de Más allá, Tánger de San Álvaro Valverde

Aparición de La huida hacia delante en el artículo "Del ADN al DNI: Cinco pistas sobre la última poesía española", en el suplemento Babelia de El País.

Bailando de mierda hasta el cuello: Reseña de Suplicaréis clemencia de Víctor Martín Iglesias


Quizá nada nos une excepto el fútbol: reseña sobre En lo mudable de Antonio Agredano

Prólogo completo a Los hombres me han tratado bien, de Myriam Rubio

La huida hacia delante entre lo mejor de 2015


"Borrador de un poema" (larguísimo y soberbio poema del último libro de Juan Bonilla, Poemas pequeño-burgueses)

Reseña de La Fiera del no menos feroz Ben Clark

Reseña de Cicerone, de Juan Ramón Santos

El cuentista de César Martín Ortiz


La revista Oculta publica el primer capítulo de mi ensayo La Generación Simpson

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales y yo)

Diario de un puretas recién casado entre las recomendaciones de Luis Bagué Quílez para la Feria del Libro de Madrid (en El País).

Conferencia sobre José María Fonollosa pronunciada en la Universidad de Vilanova en 2010 y posteriormente publicada como artículo en la revista Naufragios.


Lectura en el IES Carmen Laffón junto a Víctor Domínguez Calvo

Presentacion del libro de relatos Palabras menores, de Juan Ramón Santos

Bendita locura: Ediciones Liliputienses y La Puerta Tannhaüser de Plasencia

Santiago Castelo y la Soledad desierta

jueves, 11 de agosto de 2016

"Borrador de un poema" (brutales versos en el último libro de Juan Bonilla)


Llevaba desde que salió, resistiéndome a comprar Poemas pequeño-burgueses, el último poemario de Juan Bonilla, pese a que es un libro publicado en una editorial de prestigio, de un autor que me encanta y que tiene un título genial (en realidad, ésa podía ser la razón oculta: pensar que se me había adelantado y que, en su momento, debía haberlo utilizado como subtítulo para La huida hacia delante y/o Diario de un puretas recién casado. En fin.)

Finalmente, acabé cayendo en la tentación, quizá espoleado por reseñas tan elogiosas (con razón) de críticos más que fiables como Antonio Rivero Taravillo, Álvaro Valverde o Luis Bagué Quílez, además de comentarios en privado o vía Facebook de autores que considero una referencia, como la gran Ballerina Vargas Tinajero.
ACTUALIZACIÓN: Añado la lectura que ofreció Gonzalo Gragera para Oculta, Juan Bonilla, común y universal.

El libro no me ha decepcionado en absoluto y he encontrado lo que esperaba: crítica social desde la ironía y el sarcasmo, humor triste y versos inapelables.

Pero, sobre todo, he descubierto lo que me ha parecido el mejor poema que he leído, al menos, en lo que va de 2016:

BORRADOR DE UN POEMA

Me levanto a las seis aunque detesto madrugar.
Me pone malo el agua fría pero abro el grifo de agua fría
y aguanto diez segundos bajo el chorro.
Me gusta el café solo y me sienta mal la leche
pero le echo un golpe de leche al café y lo tomo con azúcar
aunque no me gusta endulzarlo.
Solo fumo cuando atardece, y aún así
enciendo tan temprano un Camel:
si todo sale según lo previsto
al terminar el día me habré fumado cajetilla y media.
Detesto oír la radio en la mañana, esos comentaristas
que avisan del apocalipsis a diario,
pero prendo la radio y oigo un bocazas
decir que España se rompe y que hay que echar a los moros.
Gomina en el pelo. Agua de colonia.
Sus zapatos y su pantalón y su camisa.
No bebo alcohol pero a las seis y media estoy
en la barra del Zettelmeyer
tomándome un coñac.
Me deprimen los tambores de la prensa deportiva
pero ahí estoy leyendo el Marca, un reportaje
sobre el mercado de fichajes de este invierno.

¿A qué viene todo esto?
Digamos que es costumbre familiar.
Cuando se muere un padre alguno de sus hijos
tiene que regalarle un día,
hacer durante un día las cosas que el difunto ya no hará,
ponerse en su lugar.
El día de regalo, ya te digo.
Son las siete y se yergue ahora la pregunta:
¿qué hacía mi viejo toda la mañana?
¿qué hacía un hombre de cincuenta y nueve
años en paro desde hacía dos
después de cuarenta años de trabajo?
Supongo que buscar trabajo ansioso,
pensar en el suicidio mientras llegaba el infarto
que al fin puso remedio a sus tristezas.
No sé. Era demasiado orgulloso
para arrastrarse a pedir algún favor o mendigar unas faenas.
A las nueve tengo que volver a casa
para llevar a Joaquín a la guardería y me preguntará
por qué no lo lleva el abuelo como siempre
-y siempre ahí significa tres meses a diario-.
Se va, se va, el poema se me va por lo anecdótico.
No es más que un borrador.

Mientras regalo el día me sacuden recuerdos del difunto:
a veces tiernos o hilarantes o brutales.
No me pegó jamás (claro que sí pegó a mi madre
una vez, después fue a emborrachase,
volvió a las tantas repitiendo su cantinela insoportable
"me tengo que matar" "qué he hecho" "tengo que matarme"
shalalá:
estuve un año sin dirigirle la palabra,
-tiene algo de mérito porque yo tenía doce años-).
Era de sangre muy caliente, yo creo que era bipolar,
había días que el mundo era un cachorro que estaba pidiéndonos
que saliésemos a jugar con el,
y otras era un campo de concentración
en el que nos había tocado el papel de prisioneros.
Se quejaba de su puta suerte muy a menudo.
He heredado algunas cosas suyas, no puedo negarlo.
La relación con el dinero por ejemplo: gastarlo
cuando lo tengo como si no hubiera mañana, no darle
importancia alguna y pasar luego meses penando
por haber gastado los ahorros y decirme qué idiota eres,
no darle importancia al dinero
te hace pensar en el dinero a todas horas.
También la frialdad emocional es suya.
Ese esconderse suyo para echar unas lágrimas por algo.

Mi padre tuvo una infancia complicada.
Hijo de madre soltera en la España de los cuarenta.
Lo inscribieron en el libro de familia como hermano de su madre.
Esas cosas pasaban en los heroicos días
del nacionalcatolicismo.
Se crió en un café cantante. Lo despertaban de madrugada
a los diez o doce años para que fuera por hielo.
Debió ver cosas muy edificantes
que le sirvieron luego para no escandalizarse por nada.
Se salvó mediante el fútbol.
Jugaba bien, se soñaba estrella de los estadios, como tantos,
como yo mismo más adelante.
Por las mañanas trabajaba en un taller de mecánico
mientras cumplía 21 y podía sacarse el carné de camión,
y por las tardes entrenaba.
Lo fichó el Atlético Sanluqueño, camiseta verdiblanca.
Luego conoció a mi madre en la Alameda Vieja.
Ella quedó embarazada y se casaron
como era lógico en la época.
Dejó el fútbol, empezó con los camiones.
Llegué yo.
A veces le tomaba el pelo diciéndole:
tú que querías ser futbolista y terminaste
conduciendo los autobuses que llevan a los futbolistas
del aeropuerto al hotel, del hotel al estadio, del estadio al aeropuerto.
Dejaba de hablarme durante semanas.

Y bien ya son las nueve. Mi madre ni siquiera se sorprende
de verme oliendo a él, vestido de él, dispuesto a hacer
lo que él hubiera hecho de estar vivo.
Llevar a su primer nieto a la guardería.
Un nieto que lleva su nombre y que es también hijo de madre soltera.
¿Por qué no me lleva el abuelo como siempre?
El abuelo ha muerto, peque.
Ah, vale.
Pero lo puedes seguir viendo: están los sueños.
Ah, claro.
¿Qué hacía mi padre toda la mañana?
Una zona de sombra o libertad hasta las 2,
cuando tenga que regresar a recoger a Joaquín a la guardería.
Me invento que se dedicaba a conducir.
Casi cuarenta años conduciendo
camionetas, camiones, pomposos coches de magnate, valencianas,
y de repente, el paro,
la quiebra de la empresa por orden del gobierno,
una indemnización y hasta la vista.
Me gustaba de niño,
verlo llegar en un interminable tráiler,
en cuya cabina -con una palanca de cambios del tamaño de un bastón-
nos apilábamos sus hijos mientras él subía a comer.
Y los camiones cisternas en los que alguna vez me llevó a Cádiz:
él cargaba en el puerto mientras yo, quice años, dieciséis,
me iba de librerias.
Ahora que lo pienso, si me preguntaran
qué hiciste con tu padre,
tendría que responder: kilómetros, muchos kilómetros.
Más kilómetros compartimos que palabras.

Hay algo que nunca le perdonaré,
ni siquiera mientras le regalo el día.
Chicuelo, nuestro bóxer.
Nos lo trajo una tarde y unos meses después nos lo quitó.
Él, que nunca le hacía caso a mi madre, se lo hizo en aquello.
Joaquín, no bebas. Y seguía bebiendo.
Joaquín, no fumes. Y seguía fumando.
Joaquín, no tardes. Y volvía a las tantas si volvía.
Joaquín, deshazte del perro. Y se deshizo del perro.
Qué cabrón.
Nos hizo creer que Chicuelo se había escapado
y allá que nos fuimos todos los hermanos a buscarlo.
Gritábamos su nombre en barrios en los que antes
no hubiéramos entrado ni hartos de droga
igual que los chavales de esos barrios
no entraban en el nuestro.
Volvíamos de nuestras expediciones con las manos vacías
y el ánimo arrasado.
Todos nos ocultábamos para que los otros no nos vieran llorar.
Qué cabrón.
También él se ocultaba.
Se dio cuenta a los dos días que perder un perro
era mucho más grave de lo que su elocuente infancia cruel
podía permitirse.
Una vez Chicuelo se meó en el pasillo
y él cogió al perro y le metió el hocico en los orines:
así aprenderá que aquí no se hace,
a mí me lo enseñaron cuando chico.
Se meaba en la cama, y para enseñarle que eso no se hacía,
que no tenían plata para colchones y sábanas,
le hundían la cara en la mancha de meado.
Pero siguió meándose en la cama algún tiempo más.
Se levantaba y antes de que le hundieran la cara en la mancha de orín
él mismo hundía la cara.
Mucho más tarde, cuando Chicuelo era sólo un fantasma
que se nos aparecía en sueños,
e iba del sueño de uno al de otro como familiar solitario
que cada tarde visista a un pariente para recordarles que existe,
mi padre nos contó que lo dejó en la carretera de Trebujena.
Primero nos dijo que se lo había dado a unos de una finca,
pero la verdad fue más fuerte que él
y años más tarde nos la tuvo que contar.
Vi claramente al perro extrañado en el camino,
pensando que era un juego de su amo,
se metía en el coche y él tenía que perseguirlo,
pero aceleraba y aceleraba,
lo miraba por el espejo retrovisor y le decía adiós a Chicuelo.
Y el perro se cansaba y se paraba y se iba empequeñeciendo
sin saber que iba a agrandarse nuestra angustia.
Qué pedazo de cabrón.

El día de regalo lo emplearé en conducir por la carretera de Trebujena.
Han pasado más de veinte años y seguro que Chicuelo
murió atropellado o desfalleció de hambre o lo encontró alguien
y lo adoptó o lo utilizaron unos miserables
para que se entrenaran unos perros de pelea.
Pero yo conduzco en el papel de mi padre
por la carretera de Trebujena
buscándolo en aquellos días felices de mi infancia
en que los hermanos nos peleábamos por ser los primeros
en regresar a casa
par sacar a Chicuelo.
Creo que es la única vez que odié a mi madre, cuando supe.
Si encontrara a un perro cualquiera en el camino
lo montaría en el coche de mi padre
y se lo llevaría de regalo a Joaquín, su nieto.
Después por la tarde, tras comer y tras la siesta -que nunca duermo-
me tomaré otro café con leche, pugnando con la náusea,
iré al España a tomarme un par de finos,
le compraré cupones al ciego y haré una quiniela
aunque jamás me gasto un duro en juegos de azar,
y más tarde veré algún programa bobo de televisión
y me tomaré un gin-tonic por toda cena,
un Camel detrás de otro para acabar el día de regalo,
hasta que toque irse a la cama,
encenderé la radio, aunque me tortura oír la radio de madrugada,
esos programas de gente que llama para contar tragedias
que quizá le hicieran sentir a mi padre
que tampoco le iba tan mal.

(Dejaré aquí este borrador de poema,
quizá algún día mi hijo lo descubra entre mis cosas,
y piense: un día de regalo, vale, padre,
y se levante como yo a las tantas, aunque le guste madrugar,
y se tome un café solo y sin azúcar, aunque le siente mal,
y se duche con agua muy caliente aunque prefiera la templada,
y se vaya a caminar aunque lo suyo sea el gimnasio,
y luego abra mi computadora
aunque escribir no sea su modo de estar en el mundo,
y encuentre este poema en borrador
y ajuste cuentas conmigo
y me regale uno de los milagrosos días de su vida
cuando el milagro de la mía haya terminado
y corrija y termine este poema).

Poemas pequeño-burgueses
Juan Bonilla
Renacimiento, 2016

viernes, 27 de mayo de 2016

domingo, 10 de enero de 2016

La huida hacia delante entre lo mejor del año (pasado) para alguno que otro.

Ya habíamos rescatado en este blog que, hace poco, Enrique Villagrasa tuvo la amabilidad de cometer el error de incluirme entre "los 10 poetas españoles del momento" (sic) en este artículo para la revista Librújula. Aprovecho la ocasión para volver a darle las gracias.

Con bastante anterioridad, Luis Bagué Quílez, sin duda uno de los críticos más importantes de la actualidad (no se pierdan, si pueden, ensayos suyos como el monumental Poesía en pie de paz: modos del compromiso hacia el tercer milenio), tuvo a bien mencionarme dentro de "la poesía que viene" en su blog Página en construcción y, anteriormente, en un artículo publicado en Babelia y llamado Última poesía española: Del ADN al DNI.

También en verano me llevé la agradable sorpresa de que el prestigioso Antonio Taravillo se acordara de este pecador en su reflexión sobre la "poesía joven" (sobre todo porque alguien siguiera considerándome joven a estas alturas). 

Sin embargo, los finales de año, son, como saben, especialmente propicios para las listas. Entre ellas, voy a rescatar la de Rosario Troncoso para el Diario Bahía de Cádiz y la de Ángel Manuel Gómez Espada que, además de incluir mi libro (de nuevo, muchas gracias), seleccionan varias de las lecturas que más me han gustado este año.

Aunque, sin duda, mi lista preferida es la realizada por David Pérez Vega en su blog Desde la ciudad sin cines: chapó.
(Recordemos que David Pérez Vega también hizo en su momento una completísima reseña de La huida hacia delante)



viernes, 29 de mayo de 2015

La vida te hará trizas (Luis Bagué Quílez)




LA VIDA TE HARÁ TRIZAS

La vida te hará trizas,
pasará sobre ti como un tornado,
te marcará la frente con la espuela
de plata de los años,
y, con la soga al cuello,
acabarás bailando
ante cualquier espejo
la danza ritual de los ahorcados,
porque el futuro suele
tener cambiado
                       el paso.

Hazme caso, resuelve tus asuntos.
Hazme caso, muchacho.
la vida te hará trizas
como lo hizo con tantos
y a los viejos errores
acabarás llamándolos
                                pasado.

Una página en construcción
Luis Bagúe Quílez.
Visor.

martes, 20 de marzo de 2012

Otraedad

OTRAEDAD

Je est un autre, évidemment.
L’autre est l’altérité
EMMANUEL LÉVINAS

A mi edad, Hölderlin se había
ya retirado a su buhardilla
LÁZARO SANTANA


Hoy he cumplido treinta años.
A mi edad Ian Curtis
había cantado todas las canciones,
Rimbaud buscaba en Yemen
la sombra de sí mismo,
Dylan Thomas soñaba
la máscara de un sueño,
Van Gogh no había pintado
aún los girasoles.

Pero no sé qué excusa
puedo ponerme ahora
si alguien me contradice
al fondo del espejo:
ese otro que soy yo
sigue siendo un extraño para mí.

LUIS BÁGUEZ QUÍLEZ