ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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domingo, 13 de mayo de 2018

"Despojamiento" (un poema de Inma Luna)

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DESPOJAMIENTO
El caballo está desnudo.
Clarice Lispector.

No hay peligro de adorno.
Llega un momento en que estás desarropada.
Del todo.
No hay bridas, riendas, correajes, freno.
Llega un momento de purísimo galope,
sin compostura.
Éste es el instante peligroso,
el más ansiado.
El caballo está desnudo.
Es todo despojamiento.
Me quedé donde nada me salva.
Al inicio de la historia.
Sé con lo que cuento.
No quiero caricias en el lomo.
Quiero vida, luz.
Quiero que me descubras.
Alquilar ese coche desde Venecia a Zagreb.
Que me des besos en la tripa.
Que me azotes el muslo para echar a correr.

No estoy limpia.
Inma Luna.
Baile del S

lunes, 15 de enero de 2018

"El trueque" (poema de Javier Cánaves)

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EL TRUEQUE

La verdad siempre tuvo un aire triste,
sobre todo después de limpiarse la cara.
Prefiero mirar por la ventana o centrar mi atención
en la curva perfecta de tu culo.
Dios bendiga los gimnasios de barrio, la fe en la perdurabilidad,
los domingos a partir de las ocho, después del Apocalipsis
y antes del telediario.

Quiero desmenuzar tu existencia
bajo la vigilancia imparcial del aire acondicionado. Quiero pensar
que recordaremos este momento con una precisión maniática
y no me refiero a tus palabras, sino a los detalles,
los detalles que después nos apuñalarán con su dulzura:
los libros apilados en la mesita de noche,
la lata de Kas Limón a medio beber, la persiana entreabierta
a una calle con muchos números para convertirse, al fin,
en la calle más triste y asesina del mundo,
una calle en la que zambullirse en pelotas,
con una copa de vino tinto en la mano,
después de haber brindado por todas las cosas rotas
que fuimos apilando a lo largo de nuestras vidas.
Pero esto es un primero y carecemos de vino,
debemos conformarnos con el Kas Limón
de los figurantes anónimos.

Te veo caminar desnuda por el pasillo.
Morirás siendo esclava, ciega y sin dientes, sola,
lejos de todo lo que un día amaste,
pero ahora mismo (y lo sabes ) eres una diosa,
la más grande entre todas las diosas que los hombres inventaron.
Tus pechos son lágrimas de cera viva.
Deja que queme mis labios en ellos, deja que me olvide de todo
por unos minutos, no, no prepares todavía la ensalada,
no me preguntes si estoy bien porque nunca he estado mejor,
necesito contártelo todo pero no puedo hablar,
sólo puedo abrir la boca para lamer tus pezones,
el vello de tu ombligo, para darte las gracias
con esta especie de quejido tonto,
como un perro salvado de la lluvia,
como un reo indultado en el último instante.

Ya te dije, cosas de poetas.
A veces se nos va la cabeza y andamos días, meses enteros,
sin nada sobre los hombros.
Decapitados que le aúllan a la luna,
a los letreros luminosos de las ciudades,
al culo de la primera que se arriesga a acogerlos en su cama
y les da de comer y de beber,
y les baila desnuda hasta que caen dormidos
o se tiran por la ventana.

La verdad es terrible, ¿lo sabías?
Al final la verdad es un juguete roto en manos de los pobres,
es esta música sonando en tu portátil mientras troceas el tomate
y mis ganas de arrancarme el corazón y entregártelo
sin condiciones ni plazos
y qué triste es la vida,
qué grande, ¿no la sientes?, ¿no escuchas sus pisadas,
el desplazamiento de tropas bajo la cama deshecha?
Mientras le añades pipas a la ensalada, y pasas, y cuadraditos de pavo
y no sé cuántas cosas más, yo me agacho y vigilo,
escruto el sideral abismo hecho de ausencias, sandalias
y cajas de cartón.

Todas las cosas rotas de mi vida, las que me empeciné en romper
y las que me llegaron así, ya rotas, sin posibilidad de ser devueltas.
Objetos hechos trizas, frases partidas y olvidadas en la guantera del coche
o en el cajón de los cubiertos.
El material de que está hecha mi ternura, la poca que logré salvar,
la que te entrego a cambio de tu cuerpo y tu alma
y unas hojas de lechuga
y un tomate.

El trueque me parece justo.
No debes preocuparte. Nadie
sabrá que nos vendimos por tan poco.

(Momentos estelares
Javier Cánaves.
Baile del Sol, 2013)

lunes, 8 de enero de 2018

"El amor es un deporte muy raro!" (Inma Luna)


El amor es un deporte muy raro
(Lichis, La cabra mecánica)

Esta historia de amor
tiene lugar en un piso pequeño,
en una habitación estrecha
con dos camas
y una mesilla en medio.
Retiran la mesilla
y juntan los colchones.

Dos, no pueden moverse, no se pueden hablar,
uno, ni tan siquiera sabe cerrar los ojos sin ayuda.
En sus desacertados cuerpos brotan
pulsos que no se corresponden con la práctica.
Quieren ir más allá,
con extensión del alma,
dándose al gozo de intervenirse
con los recursos que no tienen.
La baba cae, la lengua se atolondra,
tapona las bocas despistadas
entre los miembros blancos, inmóviles y absurdos.

Vivos por dentro,
les recorren los bichos que pican en el gusto,
la carne –negada- no responde,
es un cacharro descompuesto.
Sin poderse besar, ni transitar,
sin chuparse, arañarse, penetrarse,
decirse porquerías, sutilezas,
sin conseguir mirar ni agradecerse
las caricias que se quedan al borde.

Debajo de la piel, del hueso blando,
fluyen las aguas encendidas
y salpican aceite
pintando llagas como puertas abiertas.

El hombre y la mujer tienen la vida dentro,
en el relleno, en el fondito dulce de su sexo.
Las manos y las piernas y las bocas
nunca responden,
nada les pertenece de esa materia
mientras laten urgentes y conmovidos.

Tres locas generosas
se acuestan a su lado
y tachan con sus manos en las sábanas
cosas tan mal descritas como follar y discapacitado.
Acompasan los impulsos, el ritmo,
componen una escena ilimitada y fértil
hasta que el corazón
les salta en lágrimas rompiendo las defensas.

Cinco personas en una habitación:
dos hacen el amor,
tres colocan, empujan, remueven y voltean.
Cinco personas en una habitación:
cinco hacen amor
en una habitación minúscula,
trascienden.

Las dos sillas de ruedas contemplan vacías el milagro.

No estoy limpia.
Inma Luna.
Baile del Sol, 2011 (segunda edición 2015)

sábado, 6 de enero de 2018

"El contrato" (un poema de Ana Pérez Cañamares)

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EL CONTRATO

 A todo me he entregado
como si fuera a durar.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad
firmé un contrato
escrito sobre la piel.
Para decir adiós
he tenido que arrancarme
las cláusulas
a tiras.
Así ha sido
una y otra vez.
con cada persona
cada casa
cada ciudad.
La letra pequeña
se esconde ya
entre cicatrices.

La alambrada de mi boca.
Ana Pérez Cañamares.
Baile del Sol, 2007 (3ª edición, 2015)

miércoles, 30 de agosto de 2017

DESDE LAS ENTRAÑAS (Inma Luna & Zaida Escobar)

Muy, muy recomendable este bello libro con poemas de Inma Luna e ilustraciones de Zaida Escobar publicado en una cuidadísima edición de Baile del Sol.

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viernes, 12 de mayo de 2017

"Despojamiento" (un poema de Inma Luna)

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DESPOJAMIENTO
El caballo está desnudo.
Clarice Lispector.

No hay peligro de adorno.
Llega un momento en que estás desarropada.
Del todo.
No hay bridas, riendas, correajes, freno.
Llega un momento de purísimo galope,
sin compostura.
Éste es el instante peligroso,
el más ansiado.
El caballo está desnudo.
Es todo despojamiento.
Me quedé donde nada me salva.
Al inicio de la historia.
Sé con lo que cuento.
No quiero caricias en el lomo.
Quiero vida, luz.
Quiero que me descubras.
Alquilar ese coche desde Venecia a Zagreb.
Que me des besos en la tripa.
Que me azotes el muslo para echar a correr.

No estoy limpia.
Inma Luna.
Baile del Sol.

martes, 4 de abril de 2017

Cambio de hora (un relato genial de César Martín Ortiz)


Nos mandan atrasar una hora el reloj, como cada primavera. Hay una luz de las siete y media, pero son las ocho y media de la tarde. Hay que ir pensando en salir a tomar las cañas y cenar y meternos en la cama cuando todavía la noche no ha puesto en marcha su oscuro mecanismo de absorción de calor y aún se deslizan vetas de aire cálido entre las cortinas del dormitorio cuando vamos a cerrar las ventanas. La luz de las siete y media, nuestro cuerpo de las siete y media, que no sabe qué apetecer en esta hora tonta, tarde para el té con la galleta, pronto para la cerveza, es una luz que incita a la nadería y al fantaseo propio de la ausencia de actividad y premura de hacer cosas. Estamos en casa, solos; al otro lado de las ventanas la calle se pone grisácea, disminuye el contraste cromático y todo pierde algo de realidad. Ya no somos seres laborables y aún no somos seres sociales; también nosotros hemos perdido contraste, nos hemos quedado en blanco, como conferenciantes novatos, en medio de las obligaciones coercitivas o voluntarias que nos hacían un hueco, un lecho, un nicho entre la vasta humanidad, y empezamos a sentirnos un poco borrachos, un poco alucinados por la repentina volatilización de las firmezas de costumbre, que tan rigurosamente nos ponían en nuestro sitio.
Hora peligrosa esta. Toda autoridad cae de su pedestal; toda responsabilidad parece descender desde el encumbramiento de lo ético y útil hasta la condición de lo que se puede chalanear sin perder el propio respeto. La laboriosa conciencia del yo se gasifica, el viejo tema del yo se presta a variaciones imaginarias en ese momento engañoso, y algo que hace unas horas nos parecía imposible y dentro de unas horas nos parecerá delirante, ahora se pone al alcance de la mano, colocado ahí por la luz incierta de la hora confusa, una para el cuerpo, otra diferente para el reloj, el noticiario y las obligaciones.
Ya no somos jóvenes; nos hallamos, o nos opinamos, en una buena situación basada en el compromiso entre la flexibilidad absoluta y la rigidez igualmente absoluta. Ya no nos dejamos zarandear por cualquier emoción de serie B y aún no estamos petrificados de contumacia senil. En cierto modo agradecemos a los años transcurridos sus lecciones no siempre amables; hemos ganado en fundamento, quizá no en el fundamento que hubiésemos querido, pero ahora nos parece que un fundamento, el que sea, es mejor que ninguno y no echamos de menos la inestimable pesadilla juvenil. Y todo esto estaba muy bien, pero el cambio de hora nos ha traído esta hora desubicada que nos hace perder el compás del día, el paso alegre con el que marchábamos inconscientes nadie sabe adónde, y nos llena la cabeza de remotos vapores intoxicantes y de estampas resucitadas que ya solo barajábamos en algún ensueño mañanero.
¿Por qué no fuimos más audaces? ¿Por qué no viajamos más? ¿Por qué no cogimos lo que queríamos antes de que pasara el momento? La hora perdida que ha frenado en seco nuestro desfile de soldaditos movidos a cuerda nos proyecta una escogida recopilación de renuncias y cobardías propias. Renuncias y cobardías que ya habíamos ido ensartando en nuestro argumento general y que la interesada desmemoria había conseguido empurpurar de nobles o heroicas, o al menos de inevitables, y que ahora, pasajeramente desconectadas de ese argumento, se nos aparecen con su reproche y su gesto de amarga burla.
No es un asunto trivial este del cambio de hora. Los gobiernos que lo decretan, so pretexto de ahorrarle unos durillos o unos euros a no sé quién, deberían saber que esta hora encierra un peligro de sublevación y disgusto con lo que cada uno es, un temblor revolucionario. Cualquier día de abril la calle puede llenarse de ciudadanos espoleados por el bochorno y el arrepentimiento, decididos a rectificar su andadura, resueltos a arrojar por la ventana logros imaginarios y esclavitudes improductivas, y a socavar los cimientos de la economía de mercado, la tradición cristiana y el orden público.
Esa hora no es cosa de broma. Todas las prédicas del mundo sobre cualquier teoría no valen lo que una sola hora de experiencia de primera mano. La subversión de los valores no nos está esperando al final de la lectura de un volumen empachoso; es la sombra de todo lo que hacemos, es el reverso de todo lo que creemos. Está ahí, a la vuelta de la esquina de nuestra vida, tan cerca de ella como lo están la cara y la cruz de una moneda, y basta una hora perdida para que sintamos la curiosidad de asomarnos y averiguar qué hay al otro lado.
Cien centavos
César Martín Ortiz

miércoles, 22 de marzo de 2017

El bar, el bar y no pensar en nada...


EL BAR
El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.
Elena Román.
Ciudad girándose 
(Ediciones de Baile del Sol, 2015).


Bares, ¡qué lugares! (en el blog de Elías Moro)
15 bares míticos de Madrid
Aproximación a los bares madrileños para "puretas"
Karmelo C. Iribarren: el poeta salvaje que nació en un bar

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(Karmelo C. Iribarren.
Seguro que esta historia te suena,
Renacimiento, 2005)

EL BAR DE AMIGO CHECHU (Drunk song): un poema de Ape Rotoma

El bar de mi amigo Chechu es el café
de Nicanor que canta Joaquín Sabina,
es el Cheers de Boston, where
everybody knows your name
y también knows otras cosas
about you, es la taberna de Moe,
es un refugio nuclear que protege
del fracaso y del desánimo
a unos cuantos desnortados
que devienen importantes y famosos
personajes sólo con estar allí,
es un gran templo pagano
donde oficia sus ministerios
la sacerdotisa Patty, camarera
y confesora, juez y parte,
simpatía por arrobas y una sonrisa perenne,
es también sala de juegos
(tanto da julepe o trívial)
y pabellón de reposo, es un barrio
de Calcuta en ocasiones,
donde se ve lo más raro
y más variado y a nadie le importa un pijo,
donde se habla o no se habla
con nadie o se habla solo,
se arregla el mundo y se rompe,
se respira una empatía hipertrofiada,
se recuerda y fantasea,
se merienda si hace falta una pizza
o un jamón, algo del chino
o del búrguer de la esquina
y, sobre todo, se bebe, claro está,
las copas que pone el Gato
y que parecen piscinas aunque
sin escalerilla, diría mi colega Frito
al que me alegra traer a colación
ya que pasa allí más horas
que los propios taburetes y es el alma
de las obligadas fiestas de los viernes
y los sábados y las menos obligadas
de algún jueves y algún domingo que otro
y del miércoles que toque
porque eso nunca se sabe,
es el abono que propicia la existencia y crecimiento
de una gran familia falsa, o sea,
una de las más auténticas, enmarcada y sustentada
por los vapores etílicos, el humo denso
del tabaco o lo que sea y los viajes
al servicio a lo que sea también,
es la hostia, es el copón
de la baraja, es la leche.
Ape Rotoma
Mensajes de texto y otros mensajes,
Renacimiento, 2014




MIENTRAS HAYA BARES (ARTÍCULO DE JUAN TALLÓN -completo aquí)
Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, “donde la soledad se verifica en medio de los demás”. Se trata de un espacio en el que “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto”. El novelista italiano acude a escribir casi siempre al Café San Marcos, en Trieste. Está acostumbrado a su torbellino, donde nada lo molesta. En Microcosmos, uno de sus más interesantes libros, rinde homenaje a los cafés. Joya del art nouveau, se trata del mismo local en el que Italo Svevo solía empezar sus mañanas, con la segunda caja de cigarrillos del día a medio fumar. No demasiado lejos de allí, en el Café Stella Polare, Svevo recibía clases de inglés de James Joyce, que también a menudo escribía en bares.
Magris necesita intimidad, y el bar es el lugar perfecto. Solo hay gente y ruido. Al parecer, son la clase de condiciones adversas que favorecen el tipo de aislamiento en el que su literatura avanza con determinación. Porque no se trata tanto de estar solo, como incomunicado, y eso lo consigue pese al ruido de la clientela y la máquina del café. Las multitudes, y sus barullos, también arrullan. Hay un momento en Gilda (1946), de Charles Vidor, en que el individuo que limpia los baños del casino consuela al personaje que interpreta Rita Hayworth diciéndole: “Con tanta gente se siente uno solo”. Esta clase de multitud, justamente, es la que consuela a Magris y lo acuna para escribir entre el gentío.

César Aira, desde las cafeterías del barrio de Flores, en Buenos Aires, también cultiva esta suposición: el bar ayuda a escribir. “Yo necesito una mezcla de concentración y distracción”, asegura, y eso sóolo se lo proporciona un local lleno de gente comentando trivialidades en la barra. “Si hay suerte, alguna me sirve para la siguiente novela, incluso para dar un giro a la que estoy escribiendo en ese momento”.
La literatura no siempre tiene que ver con la comodidad de una habitación con vistas, ni con la posibilidad de escribir en bata y en zapatillas a cuadros, mientras buscas la novela perfecta desde tu hogar. Hay muchas formas de comodidad, y entre ellas se encuentra el fastidio de un local ruidoso y transitado, cuando no con olor a cebolla frita en el ambiente. No es lo peor que puede haber en el aire. En 1922, instalado ya en París, Ernest Hemingway bajaba a escribir al café que había en la planta baja de su edificio, donde se bailaba bal musette a todo volumen. Allí escribió sus primeros cuentos, mecido por el caos, incluso el mal gusto, y bebiendo ron Saint James, con propiedades aislantes. Todo el instrumental que precisaba eran la bebida, las libretas de lomo azul, los lápices y el sacapuntas. Poco después de que su primera mujer, Hadley Richardson, extraviara durante un viaje en tren la maleta con su primer manuscrito, el autor norteamericano se puso a escribir en La Closerie des Lilas Fiesta. El ambiente del local le sentaba bien a su estilo. Allí plasmó también parte de Adiós a las armas. En realidad, las cosas más interesantes, si eras un escritor floreciente, solo podían sucederte en aquel lugar. Allí, de hecho, Francis Scott Fitzgerald le dio a leer El gran Gatsby, después de conocerse, en 1925, en el bar Dingo.
En aquellos años felices, entre guerras, todo lo bueno ocurría en la cama y los bares, como en la actualidad, probablemente. Aunque no se puede hablar de la generación perdida, como su madrina Gertrude Stein la bautizó —”You’re all a Lost Generation“, le dijo a Hemingway durante una de sus conversaciones—, sin mencionar el último reducto: el bar del Ritz. Casi al final de la SEgunda Guerra Mundial, Ernest se sumó a las escaramuzas para liberar el local de la presencia alemana. Y una vez liberado, lo celebró como se debe. La leyenda dice que se bebió 51 dry martinis. Puede ser. En Al romper el alba confiesa, esclarecedoramente: “Por lo que contaban, Churchill bebía el doble que yo y acababan de darle el premio Nobel de Literatura. Yo lo único que intentaba era ir aumentando mi cuota de alcohol para estar a una altura razonable por si me daban el premio a mí, ¿quién sabe?”. 
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MI PATRIA SON LOS BARES

Mi patria son los bares
y los patios. Sitios
donde estar sola
y sentir los rumores
de la vida. Por desgracia
hace ya tiempo
que abandoné las ramas
y los claros del bosque.
Ahora lo amortiguado
los saldos, la imitación:
donde también se vive.
Ana Pérez Cañamares.
Economía de guerra.
Ediciones Lupercalia

viernes, 2 de septiembre de 2016

Adioses (un poema de Ana Pérez Cañamares)

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ADIOSES

Decir adiós a un novio es fácil
si uno se concentra en repartir los recuerdos:
aquel CD te lo regalé yo
este libro es mío
nunca me gustó esta foto
pero el marco es una herencia de mi madre.

Pero con los amigos a la hora de romper
no hay nada para repartirse
nada que repare el daño
que simulacre la ruptura.
No hay aniversarios que llorar.
Sólo huecos, tardes de domingo
pipas que se enrancian
películas que envejecen
bromas que nadie entiende
que flotan arrastradas por el aire como globos después de una fiesta.
A la hora de romper no hay un momento perfecto.
Las manos están en movimiento
se agarran, se sueltan
bailan juntas o por separado
se pellizcan
se enredan los dedos en las frases
en un abrazo o en un pulso.
Sólo vale un tajo inesperado
zas
y entonces yo me he quedado con dos de tus dedos
tú con dos de los míos
y no nos sirven para nada los dedos ajenos
ni los muñones propios.

Los números de teléfonos no se olvidan de un día para otro
no se vacían las piscinas
ni se agostan los veranos
y en el recuerdo las risas suenan siempre burlonas.

Ana Pérez Cañamares.
La alambrada de mi boca.
Baile del Sol.

sábado, 13 de agosto de 2016

El cuentista de César Martín Ortiz.


César Martín Ortiz fue un escritor brillante nacido en Salamanca en 1958 y fallecido abruptamente en 2010. Dejó publicados dos libros de poesía (premiados y supongo que magníficos, pero con los que aún no he logrado hacerme) y tres de relatos, género en el que demostró ser un absoluto maestro.

Ahora, Baile del Sol publica Cien centavos, una amplia selección de varios de sus mejores cuentos con un magnífico y sentido prólogo de José María Cumbreño en el que nos recuerda que "siempre ha habido una especie de historia de la literatura paralela a la oficial en la que habitan autores extraordinarios a los que se diría que lo único que les importa es escribir, escribir como si la vida les fuera en ello sin preocuparse de nada más. Y justo a esa raza de artistas verdaderos pertenecía César Martín Ortiz."


Yo voy a ser más directo y menos prosaico: para mí, sencillamente es uno de los mejores cuentistas de los últimos años, a la altura de Quim Monzó, Eloy Tizón o Juan Carlos Méndez Guédez. Creo que todo aquel que aprecie los relatos debería hacerse con la antología de Baile del Sol, tan completa que solo tiene una pega: no incluye "Fácil", una maravilla de relato que sí aparecía en Paso de contarlo, el último libro que César publicó en vida, gracias a la editorial Alcancía (cuya labor también debe ser reivindicada a la menor ocasión, especialmente por las obras de Gonzalo Hidalgo Bayal, María Ángeles Pérez López o la ya mencionada colección de César, absolutamente inapelable). Por eso, no puedo resistirme a compartirlo aquí:

FÁCIL 
Es fácil sacudir la pluma estilográfica antes de ponerse a escribir, porque las plumas estilográficas, a diferencia de los modernos rotuladores calibrados y los bolígrafos de tinta de gel o de punta cerámica, no ofrecen esa disponibilidad inmediata y esa regularidad mecánica, y su trazo es mucho más subjetivo y depende de la fuerza con que se apriete o del ángulo del plumín sobre el papel o del hecho de haber soltado un poco la tinta con algunas sacudidas. Estas sacudidas suelen provocar la aparición de unas gotitas de tinta sobre el papel, y es fácil, mientras el papel aún no ha empapado del todo la tinta y la tensión superficial de ésta la mantiene en forma de pequeñas cúpulas semiesféricas, sacarles a las gotitas unas patas de araña sin apretar el plumín, es decir, sin gastar tinta del propio depósito de la pluma; sacar ocho patitas a cada una de las gotas semiesféricas y dibujar de este modo tan simple media docena de arañas dispuestas en forma escalonada a lo largo y ancho de la hoja del cuaderno, y como la hoja del cuaderno ya se ha vuelto inservible para escribir nada en ella, entonces es fácil dibujar unas líneas rectas, verticales, que parten del dorso de cada una de las arañitas y llegan, paralelas, hasta el borde superior de la hoja del cuaderno, y esto es especialmente satisfactorio cuando, por ejemplo, dos de las arañitas han tenido el capricho de aparecer casi sobre la misma vertical, de modo que el hilo que parte de una de ellas debe atravesar a la otra arañita o por lo menos cruzarse con sus patas, y de este modo tan fácil se crea una ilusión de profundidad tridimensional que resulta muy linda de ver. Y cuando ya están los seis o siete hilos, tantos como arañitas, tendidos hasta el borde superior de la hoja, es fácil dibujar allí arriba las telas de las correspondientes arañitas mediante el procedimiento de trazar, desde un punto dado, líneas divergentes, como las varillas de un paraguas, y unirlas mediante otras líneas curvas que serían la tela del paraguas, suponiendo que fuera una tela de rayas y no con otro tipo de decoración; y esto de dibujar las telas de las arañitas es también muy fácil, aunque quizá no para el principiante, pero sí para los que tenemos larga experiencia en reuniones, comisiones, conferencias, cursillos, seminarios y otras modalidades de trabajo en equipo que serían de un aburrimiento insufrible si no fuese porque en todas ellas le permiten a uno llevar pluma y papel - en algunas incluso te los proporcionan los organizadores - para dibujar arañitas e hilos de arañitas y telas allí arriba, en el borde de la página. Y cuando ya están dispuestas las telas y los hilos largos que utilizan las arañas para simular que en ese momento no están en la tela, y las arañas al final de cada hilo largo vertical, podemos observar que la página, aunque armoniosamente dispuesta, adolece de un cierto estatismo, y entonces es fácil dar unos pinchacitos suaves con la pluma, al azar, en torno a las arañitas y los hilos largos y las telas, de manera que formen una nube o constelación de puntos a los que luego es fácil dibujarles dos bucles y transformarlos en moscas dípteras que pululan por la página, convertida ahora, con esta facilidad, en un escenario natural en el que se desarrolla el drama de la vida de un modo dinámico. El dinamismo procede, más que nada, del hecho de que las moscas dípteras no están colgadas de hilo alguno sino revoloteando por sus propios medios, pero si esto no nos satisface por entero, es muy fácil incrementar el dinamismo dibujando unas comillas junto a las alas de las moscas dípteras y creando de este modo tan fácil un efecto de movimiento vibratorio muy real. Y cuando la página, cuando esa página inocente de un cuaderno escolar barato, resulta que es el escenario catastrófico del horror de la vida, donde unos seres existen para que otros se los coman, a despecho de sus emociones y de sus vidas privadas que les dan felicidad o no, y a despecho de sus obligaciones familiares y de sus vocaciones y de su relevancia personal en el conjunto del todo; cuando resulta que esos seres, las moscas dípteras en este caso, con sus vidas interesantes, no son más que pura papilla alimenticia para las arañitas, que por otra parte nos empezaban a caer simpáticas, entonces es cuando se abre la puerta y entra nuestra querida compañera, la mujer a la que amamos, que se había ido con su madre a comprar una blusa, y nos pregunta, al vernos sumergidos en el cuaderno, si hemos trabajado algo, y entonces es muy fácil decir que sí, corazón, que hoy nos ha salido algo muy bonito.
Paso de contarlo.
César Martín Ortiz
Alcancía, 2004 

domingo, 10 de julio de 2016

"El bar" un relato/poema de Elena Román


EL BAR

El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.

Elena Román.
Ciudad girándose 
(Ediciones de Baile del Sol, 2015).

viernes, 8 de julio de 2016

Tercera planta (un poema de Eva Vaz)


Baja a mi habitación.
Estuve pensando en ti.
Y estuve a punto de seducirme a mí mismo
Leonard Cohen

Sube a mi habitación, amor,
sabes que allí está la verdad.

Una mujer y un hombre
que comparten mucho más
que el miedo a la muerte.

Sube a mi habitación, amor,
no sea que la muerte se acerque
y nos coja
rezándole a otro Dios.

Un hombre encuentra
a una mujer desnuda
sobre la cama.

Ven aquí, amor,
vamos a matarnos de mentira.

(Frágil: Antología 2001-2009
Baile del Sol)

lunes, 4 de julio de 2016

Documental y poética de Ana Pérez Cañamares


Además, intervienen autores como Inma Luna, Alberto García-Teresa, Marcus Versus y sus gatos Layla y Sola (Poe prefirió quedarse en un discreto segundo plano). No tanto como sus libros pero, sin duda, merece la pena.

De paso, aprovecho la excusa para dejar por aquí su poética, citada al principio del documental e incluida en la antología 23 Pandoras. Poesía alternativa española, seleccionada por Vicente Muñoz Alvárez y publicada por Baile del Sol:
Escribo porque mi madre no escribía; escribo porque no tengo jardín ni perro y vivo en un lugar sin mar; escribo porque mi voz y sus ecos me hacen compañía; porque soy un laboratorio y quiero difundir los resultados de mis experimentos; porque, siempre, después de analizarme, levanto la cabeza y observo dónde me coloca lo que he visto, y esto también tengo que escribirlo; escribo para decir “yo también” o para preguntar “¿tú también?”. Escribo para saber si tengo que perdonarme, pedir disculpas o exigir responsabilidades. Escribo para ser agradecida y también para cagarme en todo lo que se menea. Escribo porque sé hacer otras cosas, pero ésta es la que elijo y la que siempre me espera. Escribo para rescatar aquello en lo que quiero creer, lo que no puedo olvidar; para salvar mi voz del barullo. Escribo porque entiendo a Virginia Woolf, a Anne Sexton, a Sylvia Plath, pero yo quiero sobrevivir y seguir escribiendo. Escribo porque quiero que se sepa con qué fuerza lo intenté, y con qué fervor lo intentaron otros. Para hacer del fracaso un lugar habitable. Escribo para no dejarme invadir y colonizar. Escribo para ser la primera en acusarme de falsedad o hipocresía o cobardía, antes de que lo hagan los que se fortalecen acusando a los otros. Escribo porque no sé gritar sin quedarme afónica. Escribo porque una palabra precisa me aparta de la confusión. Escribo para llegar al lugar donde las dudas ya no son defensas ni huidas, sino brazos abiertos a los cómplices. Escribo porque a mi ansia de comprensión sólo la calma y la humaniza la constatación de sus límites. Escribo para encontrar utilidad a las heridas. Para que mi hija conozca lo que no supe o no me atreví a explicarle a la cara. Escribo porque los momentos en que escribo nunca son iguales entre sí, y me salvan de la rutina. Escribo porque la belleza no sólo consuela, sino que, además, es lo único que me permite mirar el dolor cara a cara. Escribo para que lo propio y lo ajeno se disuelvan. Escribo porque lo escrito es el disfraz más honesto y más cercano a la piel que conozco. Escribo para no dar nada por sabido.

miércoles, 1 de junio de 2016

No estoy limpia (Inma Luna)


No estoy limpia. Vengo de un cuento de hombres y mujeres tan verdad y mentira como cualquiera. No hace falta contar lo que se ve en mis brazos, lo amordazado de mis ingles. Tú sabes. Yo aprendo. Esa es la parte buena del negocio. Que estoy dispuesta. Quería decírtelo personalmente mientras te abro la boca para que puedas devorarme. Me pongo así en tus manos y empieza el juego. No estoy limpia. Atrás se quedan cosas que me han dejado estrías en la tripa, rayas blancas, brillantes, en las que puedes colocar tu lengua para que lama a trompicones la inexperiencia que dan los años, las señales que delatan mi edad de árbol. Empezaré soplando el color de tu carne. La acercaré a mis labios, me hundiré en el sabor de cada trago como si fueras mi nutriente. Luego, cuando conozca tu grado de acidez, llegaré a más. No habrá contemplaciones. Seré una plaga de dedos que entren y salgan y arañen, froten, lleven y traigan líquidos y olores. Seré dientes que hagan crujir tus huesos y arrebaten las regiones más blandas. Seré una pierna dúctil y escurridiza anudada en tu origen. Me ensartaré en todos tus extremos hasta verme inundada. No estoy limpia. Ya lo ves. No es necesario que me tapes ahora. No es necesario. No tengo nada que ocultar. Las manchas que arrastramos son las que nos dan forma. Ahora quiero que te quedes aquí, que me dejes hacer, que me dejes hacerme.

No estoy limpia.
Inma Luna
Baile del Sol, 2011 (2ªedición 2015).

lunes, 9 de mayo de 2016

A pelo (breves apuntes sobre "Anestesia" de Inaxio Goldaracena)


Uno, por deformación profesional (o por gilipollez congénita o adquirida, vayan ustedes a saber) hacía tiempo que no leía un libro de poesía como hice con Anestesia, de Inaxio Goldaracena: es decir, sin ideas previas, sin subrayar pasajes ni apuntando ideas más o menos estúpidas al respecto. Lo hice en una noche de insomnio y de un tirón (aunque no de golpe: tuve que volver o decidí releer varios varios poemas bastantes veces). Me acosté con la sensación de haber leído un libro sólido, sin fisuras, que funcionaba a la perfección y sobre el que tendría que volver con menos sueño y más calma.

Lo he hecho después, varias veces, sin que cambie mi opinión general al respecto, aunque, ahora sí, variando mi comportamiento particular: es decir, subrayando muchos versos, arrugando alguna página, apuntando varias cosas. Entre ellas, algunas de las que leerán a continuación.

Sin embargo, poco podría (o, más bien, debería) añadir yo sobre un libro del que ya han escrito Isabel Bono (en su magnífico prólogo) o Álvaro Valverde y Carlos Alcorta (en sus siempre atinadas reseñas). Por lo que será más justo, útil y fácil citarles. Así, la primera nos desvela alguna de las posibles referencias del libro:
Me acuerdo de Trakl y de su Sumisión a la noche, de su Canción de las horas. Inaxio Goldaracena también canta temores nocturnos aunque sobre la mesa haya frutas amarillas.(...) Me acuerdo de Maléfica, ofreciendo anestesia en forma de deliciosa fruta. Me acuerdo de Thoreau buscando arbustos, convencido de que hay manzanas que saben mejor fuera de casa.
Por su parte, Carlos Alcorta en su reseña se centra en la importancia del insomnio como marco, tema y motor de un libro que, sin duda, pasa el corte de su siempre exigente blog:
El insomnio crea un mundo paralelo, parecido al del sonámbulo, un mundo al que ni los somníferos pueden ponerle coto, acaso un mundo que guarde alguna similitud con la amnesia, porque, como escribe en el poema que lleva por título esa misma palabras, «Amnesia»: «El silencio/ oculta un dolor más profundo./ El vacío sujeta las piernas». La noche se convierte así en un lugar propicio para la introspección y el autoanálisis, aunque ese estado al que aludíamos acaso no sea el más adecuado para realizar un examen de conciencia. El poema que da titulo al libro, «Anestesia», lo deja suficientemente explícito: «…en la habitación,/ rodeado de nadie,/ esperando el comienzo/ de cualquier programa/ para pulsar off/ en el botón de pensar». El fraseo elíptico, la realidad construida a base de fragmentos, la identidad a punto de disolverse en un vaco sin forma, el periscopio del tiempo saliendo a la superficie para observar como la realidad se descompone 
Álvaro Valverde destaca que, pese a tratar temas manidos (la noche, el insomnio, etc) logre sonarle fresco incluso a un autor (y lector) diurno como él. Además, coloca una etiqueta a Inaxio que nos deja una excusa (innecesaria) para releerle o estar atentos a sus próximos libros.
Habla Trapiello en Seré duda de ciertas tipologías de poetas que de natural son de una manera y lo que escriben se empeña en demostrar todo lo contrario. Así, "meláncolicos alegres","melancólicos que no pueden vencer su contumaz tristeza", "alegres tristes" y "alegres irreductibles". Pues bien, a uno, que no conoce de nada a Goldaracena, le da que es de los que pertenecen al segundo grupo. O como mucho al tercero. Al menos eso se deduce de la serena tristeza que destilan sus versos, lo que en nada desmerece, al contrario, su salida a escena. 
En lo que respecta a mí, que no tengo, por el momento, tanta alergia por la nocturnidad (y ni siquiera por la alevosía) no hube de vencer esas reticencias para entregarme a un libro y a unos poemas que merecen el desvelo. Pueden comprobarlo (si es que no lo han leído que, por cierto, deberían) en alguno de los que añado a continuación:

TRANSPARENCIAS

Tus vecinos ya no te saludan.
Eres, para ellos, invisible.

Evitan tropezar sus cuerpos,
custodiar tus llaves,
desearte los buenos días.

Incluso las facturas
han dejado de escribirte.

Todos profanan tu radiografía,
todos ocupan
el vano que tu ser arrastra,

que tira de tus huesos
hasta el desagüe.

CARRETERA

Eres
de los que observan ambos lados
al cruzar un paso de cebra:
mitad cautela, mitad paranoia.
De los que conducen tranquilo
y encienden los intermitentes.
De los que esperan
a que el semáforo madure
para manejar su destino.

No tienes prisa.
El futuro llegará
tarde o temprano;
hasta entonces
circulas por fuera
en las rotondas,
tomas siempre autopistas
además de dejarte adelantar
cuando coagula en ti
                                la niebla.


AMNESIA

9 de noviembre de 1938

Doce y cuarto de la noche.

En el cielo un tapiz de tristeza.
Bajo el manto de nubes
la ciudad recorre sus calles.
Camina sin rumbo
arrastrando el paso.

Desconoce las heridas
que su propia armadura
va marcando en cada cruce.

El silencio
oculta un dolor más profundo.
El vacío sujeta las piernas.

Sobre una alcantarilla
dos basureros
se fuman un canuto;
cuando concluyen
vuelven al trabajo.

Toman el cepillo
y lustran la Historia.
Salvan, como reliquia,
una hilera de cristales rotos

para que nadie resbale mañana.

ALTA FIDELIDAD

Toda la noche escuchando la radio,
dejando que otros hablen por ti.

Toda la noche en alerta,
permitiendo que trivialicen
sobre las neurosis enraizadas
en la estructura de las urbes.
Horas y horas modulando el dolor,
aumentando la frecuencia
en la ingesta de pastillas.

Toda la noche
dejando que sean otros
quienes digan lo que piensan,

sin hallar sintonía,

escuchando la emisora
de tu propia noche.



domingo, 27 de marzo de 2016

Un poema de "Margen de espejo" de Luis Arturo Guichard.

Acabo de ver esta foto en el muro de Facebook de la gran Ballerina Vargas Tinajero y no he podido evitar copiarla aquí. Aprovecho para recordar que Luis Arturo Guichard es un grande y su antología publicada por Ediciones Liliputineses, indispensable. 


Margen de espejo.
Luis Arturo Guichard.
Baile del Sol, 2016.

lunes, 29 de junio de 2015

Fingidor (un poema de David Pérez Vega)

Ella, correctora profesional, en un nuevo asalto
a las editoriales -fortalezas inexpugnables,
las llama Fonollosa-,había revisado mis dos libros
de poemas, escritos hacía seis y nueve años,
y en el gran espacio vacío del restaurante
chino de la plaza de los Cubos, desangelado
como una nave espacial que con ahínco transportase
bambú y garzas de plástico a una galaxia
remota, dijo: me he agobiado,
tú no sientes eso que está ahí por mí,
por no hablar de la obsesión con las rubias
y las extranjeras.
                          El poeta es un fingidor, cité de Pessoa.

Había tratado de dar fuerza, presencia, a días grises,
manipulando los hechos y los sentimientos
-incluso con tintes becquerianos que después
me avergonzarían- y lo rubio fue, en el país
mediterráneo de mi vida, símbolo de lo inalcanzable.

Esot, supongo, será diferente para los publicados,
tendrán lectores que no busquen hurgar en su interior,
a los que -tras leer mi última novela inédita: Entoces,
¿tú te vas de putas?- no haya que explicar que Cervantes
no era quien se adornaba con una bacía de barbero.

¿Y dónde está mi poema?, me espetó ante la mirada
atenta y algo irónica de los desocupados
camareros chinos, tripulantes de una nave espacial
que custodiase negros secretos de la Tierra.
Pero ya me había dejado atrás la órbita de aquellos libros,
y como ahogados que devolvía el mar del tiempo
por entonces arribaban a las orillas de mi mente
las imágenes de un borracho solitario
al que trataba de dignificar sobre el papel,
un maestro que cruzó mi niñez, una mirada
indagadora sobre la vocación o un exorcismo
sobre mi vida universitaria a los veinte años.

No mucho después se acabó la relación,
yo no sentía eso que está ahí. Pero sí había deseado
seguir con ella, morena de película italiana.
Estaba madurando, no había salido corriendo,
como en las otras ocasiones, ante el mínimo
atisbo de un futuro estable.
                                          Ella se había creído
mis poemas, y supongo que esto debería
anotarlo -igual que en la cancha el último triple
que te hace campeón- como el auténtico
triunfo de mi arte. Aquí, aquí está 
tu poema. 


El bar de Lee.
David Pérez Vega.
Baile del Sol

miércoles, 11 de febrero de 2015

Un poemazo de Javier Cánaves

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Sed

La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos y qué triste es todo
ahora. No me dejes esta noche
beber más. Todo brilla y todo duele
en un temblor descontrolado. Bebo
y no debiera. ¿Qué se hizo, dime,
de tanto amor y tanta sed? Aquella
sed era diferente, era sagrada,
sed de gigantes en la cuerda floja,
sed de Clyde Chestnut y de Bonnie Parker,
sed de un fulgor violento, irrepetible
como mi cuerpo de los dieciocho
años, como tu risa que ya nunca
escucho. Todo brilla y todo duele.
En esta noche inmensa, no me dejes
beber más. No me dejes. Tengo miedo.
Mi sed es diferente, es más oscura.
La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos, Dios, qué grandes fuimos.


(Momentos estelares
Javier Cánaves.
Baile del Sol, 2013)

martes, 13 de enero de 2015

¿No lo sabe, señor Stoner? ¿Aún no se comprende a sí mismo?

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"¿Pero no lo sabe, señor Stoner?", preguntó Sloane. "¿Aún no se comprende a sí mismo? Usted va a ser profesor".
De repente Sloane parecía muy distante y los muros del despacho se alejaron. Stoner se sentía suspendido en el aire y oyó su voz preguntar: "¿Está seguro?".
"Estoy seguro", dijo Sloane suavemente.
"¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar seguro?"
"Es amor, señor Stoner", dijo Sloane jovial. "Usted está enamorado. Así de sencillo". 


(Stoner
John Williams
Baile del Sol)