ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


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viernes, 19 de noviembre de 2021

"HERVACIANA" (GONZALO HIDALGO BAYAL)

 

Es uno de los síntomas de la mediocridad: nos satisface más el elogio que el consejo, el aplauso que la sugerencia. (...)

Las causas de la admiración resultarían hoy evidentes. Adames había superado pronto, y con creces, los planteamientos adolescentes que a unos nos llevaban a las arias tristes de Juan Ramón Jiménez, a otros a las soledades castellanas de Machado, a otros a la imaginería gitana de Lorca, sin duda los tres modelos más adhesivos de la literatura escolar de aquellos años oscuros y aún no postreros, y a todos, en fin, a las desolaciones otoñales y a las patologías del crepúsculo. (...)

Sí sé que todo lo que escribía me llenaba de asombro y que, mientras yo me empeñaba en romances vegetales, en tristezas amarillas y en superfluas lamentaciones de soledad y desamparo, con una exuberante euforia métrica, eso sí, él había sobrepasado los regocijos lastimeros y la noche oscura y se situaba con austero sosiego al otro lado del verso, del río y del horizonte. Si la adolescencia es una torpeza romántica y la madurez es serenidad clásica, Adames había incorporado los atributos clásicos y serenos de la madurez a la juventud. Y en la medida en que estamos condenados a lo imposible y a admirar lo que no podemos conseguir, yo admiraba sus poemas con la certeza de que nunca lograría escribir nada con aquella perfección. (...)

Si no concurren anomalías o turbulencias, los finales escolares (como la mayoría de los finales) se diluyen en un olvido plácido, se desvanecen sin dolor o, como mucho, perduran de manera difusa, nebulosa, sin contornos ni perfiles. (...)

Procedían de un pueblo de la sierra, uno de esos pueblos en que todos los vecinos eran entonces labradores y, en consecuencia, también pobres (podría haber un par de excepciones, tres a lo sumo, no más): porque en la sierra el terreno es árido y avaro y exige mucho más de lo que ofrece y aun esto como una graciosa dádiva de la providencia. Sembraban cereales y legumbres, cultivaban tomates y patatas, cuidaban sus árboles, pisaban la uva, prensaban la aceituna, bebían leche de cabra, comían a mediodía siempre garbanzos y administraban durante todo el año la matanza. En periodos de agobio o de cosecha, los más desafortunados podían trabajar como temporeros a destajo para las dos o tres excepciones que no daban abasto con sus propias manos. Ni unos ni otros tenían más horizonte que la continuidad de los días y el aplazamiento de la muerte. La mayoría no salía nunca del pueblo o salía solo a los pueblos vecinos, a las fiestas con baile los mozos, donde a veces encontraban novia (los novios forasteros han sustentado históricamente la movilidad rural), a ver a los parientes los casados, a bodas, entierros y bautizos. Rara vez se aventuraba alguno más allá, porque no había nada que hacer en ninguna parte y porque se trataba de una aventura incierta, llena de inconvenientes e imprevistos. Era así toda su vida: desidia y privaciones, penuria y mansedumbre. No diré más al respecto, porque quienes no han conocido esas condiciones de vida nunca podrán hacerse una idea cabal de aquellos tiempos o, peor aún, se harán una idea falsa, pintoresca, adulterada por el ingenio de la sintaxis, la deslealtad de las palabras y el elegiaco fulgor de la miseria. (...)


Siempre he creído que los nombres pueden condicionar la vida de sus portadores y que su repercusión lo mismo puede ser adversa que propicia. Sin embargo, como nos enseñaron los maestros antiguos, tal vez solo la adversidad se preste verdaderamente a la narración, porque es en las adversidades donde vivimos y nos reconocemos. La dicha, en cambio, y la alegría son interrupciones efímeras de la adversidad que solo en esa doble circunstancia encuentran su sentido: en la adversidad que interrumpen y en su fugaz naturaleza. Nadie se atreve a imaginar una dicha perdurable ni una alegría perenne. Las manifestaciones de la dicha, por otra parte, ni son tantas ni son tan variadas: se acogen siempre al mismo escaso e invariable número de signos de un código antiguo, primitivo e invariable, el código animal y rudimentario de la especie. La desdicha, en cambio, enfrenta a cada persona consigo misma y la coloca ante una encrucijada en la que de nada sirven los recursos filogenéticos ni la experiencia ajena. Nos sabemos condenados a la adversidad y a la aflicción, a la desventura y al infortunio, y en ese camino nos desenvolvemos sin otras armas que la soledad más sola y la mayor o menor penuria de nuestras fuerzas. En la desdicha surgen, pues, la reflexión y el pensamiento, madura la consciencia, arraigan las creaciones del hombre. A no ser que ocurra justo lo contrario, que sea en el pensamiento, en la reflexión y en la consciencia donde se origina la desdicha. Poco importa en realidad el orden de los factores si a fin de cuentas es lo que somos: seres conscientes de nuestra desdicha. (...)

 En los triunfadores admiramos la modestia, como si con ella alcanzaran una envidiable perfección moral, pero también conviene comprender sus flaquezas, muy principalmente la satisfacción que les proporcionan sus propias aptitudes y, en consecuencia, la exhibición pública, enfática, mayúscula, de esa satisfacción. Dime de qué presumes y te diré de qué careces, dice un refrán de sabiduría práctica. Pues bien, a veces, excepcionalmente, la presunción no proviene de la carencia, sino de la suma posesión, de lo que ahora llaman excelencia

Hervaciana.
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Tusquets, 2021. 

domingo, 19 de enero de 2020

"El soñador" (un poema al padre de Vicente Gallego)

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EL SOÑADOR
Vicente Gallego
Una noche dijiste, padre,
poniéndome en la frente
un fresco paño:
no temas a los sueños.
Yo volvía del mundo
más real que conozco,
donde afila
la vida sus ultrajes. .
¿Dónde estabas
cuando fui perseguido,
cuando casi,
cuando ya me tenían?
Un alma tan menuda
y ya en asedio.

Cuando alzaron
esta carne ensartada:
¿por qué no me asistió
tu brazo fuerte,
por qué no te acercaste
a susurrarme
que era todo un engaño
hasta aquel escondido matadero?

Y aunque hubieras logrado
llegar aguas abajo hasta el profundo
lugar de mi extravío
por ahorrarme el mal sueño,
por tenerme avisado,
¿cómo hubiera podido yo creerte
que no había razón para temer;
que aquel cuerpo de duelo
no dolía;
que aquel pánico mudo

no era el mío?
Quién sabrá convencer al soñador
de que está descansando,
si de pronto
hace pie en carne viva
sobre una tierra dura
como todas,
si allí se ve despierto y abrumado
como nunca lo estuvo.
En mitad de la noche
me ha llamado mi hijo:
volvía de lo hondo;
traía del viaje
en las pupilas
un pavor verdadero;
lloraba amargamente
una certeza.
Y me vi repitiendo


gustando con mi lengua su congoja-
las palabras más falsas:
no temas a los sueños.

Cualquier niño comprende
muy pronto que esta vida
es un doble trabajo,
y siempre cierto:
galeras con el sol,
más remo en el nublado.
En esta casa, ahora,
duermen tres,
y siempre duermen solos.
El que me llama padre,
la que me dice amigo,
¿dónde van cada noche
que no sé defenderlos?
Las tres banderas negras

y oscuro el mar vinoso,
ya se acercan los buques
que habrán de separarnos.
Qué solo el soñador:
el que despierta
y vuelve a despertar
nunca sabe en qué orilla
de este sueño tan vivo

Si temieras morir.
Vicente Gallego.
Incluido en sus colecciones de poesía completas 
y en la antología de Tu sangre en mis venas (Renacimiento).

lunes, 25 de marzo de 2019

EL CUARTO DEL SIROCO (ÁLVARO VALVERDE)

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CINCO POEMAS DE AMOR
1
Para siempre
parece mucho tiempo,
pese a todo,
yo te dije una vez
que ése era el plazo
que me daba, sin fin,
para quererte.

 2
Hubo un tiempo,
recuerdo con nostalgia,
en que un viaje contigo
era una ruta
segura hasta el infierno.

 3
Nuestro amor,
bien lo sabes,
no es perfecto;
ni maldita
la falta que nos hace.

 4
Brilla más la mañana
porque tú,
asomada al balcón,
das luz al sol.

 5
Esta palmera, amor,
es más que un árbol:
es el testigo fiel
de lo que fuimos
y el testigo veraz
de lo que somos
y el testigo de aquello
que ya nunca seremos.

UN VIAJE
Otra oportunidad desperdiciada.
La de pisar la nieve
de noviembre en Belgrado
y así poder sentirse
ese europeo errante
que camina de espaldas
al horror de la historia.

 HOMENAJE
Lo que iba a ser una conversación
entre viejos amigos que leyeron tus versos
con la pasión debida
se ha convertido al fin en un evento
con discursos, placas y autoridades.
Extraños nada más, usurpadores.
Lo dejó dicho Holan: al poeta
no se le perdona ni la muerte.

BAÑO
Ayer, en el molino,
me bañé otra vez solo
en el estanque.

Como siempre, al entrar,
aquél me pareció mi primer baño.

Como siempre, al salir,
tuve la sensación
de que era el último.
El cuarto del siroco.
Álvaro Valverde.
Tusquets, 2018.

sábado, 16 de febrero de 2019

DESPIECE DE "LA ESCAPADA" (GONZALO HIDALGO BAYAL)

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La escapada es una novela plena de hidalguía y puramente metabayaliana, pues supone una reflexión sobre la vida y la literatura tras un encuentro fortuito que conlleva recreación autoficticia y plagada de guiños y homenajes a obras ajenas y, sobre todo, del propio Gonzalo Hidalgo Bayal, como Paradoja del interventor, La sed de sal o Nemo. 
Es decir, una lectura más que recomendable para cualquiera que busque una prosa consistente y una delicia especialmente grata para sus lectores, cada vez más numerosos.

A continuación, dejo la acostumbrada selección personal de los pasajes que me han parecido más brillantes y menos dañinos para destripar un argumento que, en este caso, es lo de menos. Quizá porque, lejos de tratarse de una novela contante (y sonante) se trata de una obra memorable. Otra más.


sin más motivo que la nostalgia literaria, que no deja de ser una forma dulce de añoranza del pasado y del tiempo perdido (todo el tiempo pasado, como se sabe, es también tiempo perdido, doblemente perdido: porque no lo aprovechamos, porque no ha de volver). Quien sea o haya sido lector voraz rara vez pasa por delante de un puesto de libros sin detenerse, más aún si sus pasos no lo llevan a ninguna parte, y de ahí que me haya detenido a menudo ante las mesas de la librería de San Ginés e incluso pueda decir que he sido moderado cliente de sus ofertas, sus rarezas, sus saldos y sus libros de ocasión. Lamentablemente se me pasó ya la euforia de la posesión de libros y hasta de su lectura (también yo he leído ya todos los libros y me he entregado a las tristezas de la edad y a mi propia decadencia) y, salvo excepciones, me limito a mirar, a llevar a cabo comprobaciones de rutina, a comparar un ejemplar en oferta con mi propio ejemplar, inocuas menudencias, entretenimientos de hombre ocioso y cansado, adscrito a la fatiga (...).
Éramos poco más de veinte aprendices de filólogos y tenía que haber alguien asignado a ese papel de bufo, alguien que actuara como contrafigura de todos los demás, alguien a quien mi compañero de cuarto definió con precisión como un pobre hombre (pero él no lo sabe, dijo), alguien, por ejemplo, entre cuyas aficiones más recurrentes figuraba el empeño de averiguar la belleza de las mujeres por la espalda (el arte de la postergación, decía, lo que, según parece, era un experimento y provenía de una hipótesis: que los hombres que se vuelven a mirar la espalda de las mujeres con las que se cruzan o los que aceleran el paso para adelantarlas y poder mirarlas luego de frente, cosas ambas frecuentes, que practican muchos, y tal vez poco razonables, lo que en realidad pretenden, más que seguir los impulsos del deseo o, según su argot sociopoético, aquilatar el calibre de la belleza, es ver en qué medida el culo se corresponde con la cara o con las témporas) o que, habiendo averiguado la fecha de mi cumpleaños, me regalara con mucha solemnidad pública y prolijo envoltorio marrón un libro comprado en la cuesta de Moyano, no cualquier libro, naturalmente, no, uno específico, especial y aun especioso: Don Gonzalo González de la Gonzalera, colección Austral, quinta edición, 21 de mayo de 1965 (todavía lo tengo, no lo he leído). Pero sigo. (...)
Los motes tienen siempre un punto de burla o de malicia que, como es natural, se pierde cuando la víctima lo asume. (...)
Nunca dejarán de sorprenderme los mecanismos de la memoria, que puedan recuperarse lances olvidados, que alguien recuerde sucesos que nos pertenecen y que nosotros hemos olvidado y, al revés, que podamos recordar con toda nitidez detalles que no nos pertenecen y de los que su verdadero dueño no ha conservado ningún vestigio. (...)
Yo había empezado a trabajar como profesor no numerario en un instituto de mi tierra (PNN, parias de la enseñanza cuyas siglas en aquellos años postraumáticos muchos se esmeraban en pronunciar con una sonrisita tonta, o con una turbia mueca sicalíptica), había abandonado Madrid, por tanto, y tenía que someterme al calendario escolar. (...)
Cuando todo lo posterior es uniforme o carece de importancia, incluso de sentido, la memoria de lo anterior se robustece y perdura. (...)
En algo ha cambiado Foneto y en algo, sin embargo, no ha cambiado. No es ya, ciertamente, el Ordet que recordaba ni el austero y airado Cristo de Pasolini (sin duda, cuarenta años cambian la fisonomía y el aspecto de cualquiera: ya he dicho que no lo hubiera conocido, reconocido, por mí mismo), pero permanece en él la sombra de lo que era, cierto aire de ausencia y de distancia, cierta retraída aceptación de las convenciones. Sigue siendo moreno, por supuesto, aunque lo que antaño podría servir para atribuirle una extracción social acaso extrema (remotas periferias urbanas, alguna ascendencia rural y labrantía, pueblos quizás entregados a su pobre subsistencia, aunque sabíamos que no era el caso) o unos orígenes mestizos ahora parecía producto de una discreta y meritoria madurez. No ha prescindido de la barba, breve ahora y senecta, gris y entrecana, o entregrís quizás, ha claudicado en lo que al bigote se refiere (que lleva bigote es lo que digo, a juego con la barba) y me atrevería a decir que el pelo, ni corto ni largo, sin entradas, aún espeso, se acomoda a cierta estética de orden en el descuido, de discreta y no sé si vanidosa despreocupación. Conserva además la misma línea en su figura, tan delgada y escueta como antaño, sin las deformaciones a que la edad y el abandono nos condenan. Sigue vistiendo indumentaria sobria, eso sí, aunque menos sombría que antaño, sustituidos los tintes oscuros, generalmente negros o marinos, por la placidez ocre del desierto al atardecer, en sintonía con esos individuos que no prestan atención a sus ropajes y a los que, sin embargo, nada puede reprochárseles, como si a partir de cierta edad, cuando ya no importan la presencia exterior ni la prestancia social, hubieran alcanzado una suerte de armonía natural sin servidumbres. Pienso esto sin saber muy bien lo que digo ni estar en nada seguro de mi opinión. Nunca he sabido componer retratos ni me he atrevido a aventurarme en etopeyas. Tengo conciencia de no preocuparme en absoluto por estas cuestiones y me temo que mi aliño indumentario peca más de torpe y uniforme que de ninguna otra cosa favorable. (...)
Hay ciertos actores de cine que, cuando son jóvenes y actúan como galanes (no sé si la palabra se sigue usando en el cine de hoy), porque son guapos y esbeltos y simpáticos, resultan de todo punto insoportables, porque su ventura depende solo de su belleza y, por ello, parecen incapaces de los matices del sentimiento, del dolor, de la ausencia, de la fatiga, de la desolación, y, ajenos a los recursos de la inteligencia, avanzan por la vida (por el cine, quiero decir) como pequeños diosecillos a los que nada puede negarse. No les hacen falta las tonalidades de la interpretación que dan sentido a un personaje: les basta con la exhibición de su presencia. Son, si se me permite el juego de palabras, pura y vana superchería. Tal vez no sea culpa suya, no lo sé, tal vez se limiten a prestar su belleza juvenil y masculina, su reclamo viril, a tramas tontas y cursis, a comedias ligeras, a romanticismos de serie. Como digo, no lo sé. Al fin y al cabo, el comercio cultural se enriquece a base de concesiones, convenciones, engaños y simplezas. Son, pues (o serían), actorzuelos o incluso algo peor (con todo, no me atrevo a anteponerles una eme, especie de prefijo con que bromeaba un grupo de jóvenes cinéfilos con quien trabé amistad en aquellos años), pero algunos de estos actorzuelos (no todos, solo algunos, los predilectos de los dioses), cuando envejecen y pierden los atributos de la juventud, asumen con resignación su circunstancia, también quizás con ironía, y aprenden a comportarse como tales, en primera persona. Adquieren una dignidad que no solo resulta ejemplar y afortunada, sino que, pienso yo, debe hacerles avergonzarse de sus papeles jóvenes, de la parte frívola y sentimental de su biografía y de su filmografía, tan a menudo comunicantes. Han tenido que avenirse a las realidades de una edad ajena a la figura. (...)
 Si nunca llegamos a conocernos del todo a nosotros mismos cómo vamos a poder pensar siquiera en llegar a conocer mínimamente a los demás. Cierto es que ningún procedimiento psicológico, psíquico o psicoanalítico agota al individuo y por eso cierta concepción canónica de la novela se impuso como objetivo elaborar un amplio y minucioso catálogo de variantes del carácter y la desdicha, por muy incongruentes y extravagantes que fueran lo uno y lo otro. Siendo esto así, qué puedo decir yo de Foneto que no sea conjetura narrativa. Es verdad que compartimos unos años estudiantiles, pero también lo es que nuestra relación se prestó más a la observación directa e inmediata que a las confianzas y las confidencias. Nunca hablaba Foneto de sí mismo desde dentro, de modo que de la observación de entonces (y tampoco éramos demasiado dados a observar en aquel tiempo, nos limitábamos a estar, toda la observación que pudiéramos prestar viene ahora filtrada por las traiciones de la memoria) solo pueden salir deducciones a posteriori y, por tanto, por interesadas, poco, muy poco fiables. Eso aparte, poco sé, poco puedo saber de la vida de Foneto más allá de lo que él haya querido contarme. Ignoro, por ejemplo, si la soledad en que lo incluyo fue realmente tan radical como imagino, si sería lo que llamé en cierta ocasión solitud ontológica, o si, por el contrario, se ha tratado solo de una soledad cómoda y práctica, de un solitario y apacible bienestar, la que predica el refrán que dice «buey solo bien se lame», aquella ataraxia de Schopenhauer que consolaba nuestras flaquezas, una soledad inmobiliaria, doméstica, parcial, complementada por horas con una o varias compañías externas, estables, alternas, permanentes. Lo ignoro. No sé, pues, hasta qué punto no estaré fabulando un personaje literario superpuesto a una persona real a la que, además, conocí y con la que tuve buena amistad y notable sintonía. Por eso me pregunto si mi intención al contar mi encuentro con Foneto no obedecerá a una maquinación de los dioses, si no estaré viendo en él la encarnación de un personaje acorde con los que protagonizan mis narraciones, un carácter solitario, ajeno a todo y conforme consigo mismo, si no habrán desembocado de algún modo en Foneto, en una persona real, sus precursores de ficción, Sín y Nemo, tal vez el propio interventor, y de algún modo también yo mismo en la medida en que, sea ello como fuere (madame Bovary c’est moi, es cierto, pero Charles Bovary también c’est moi), me incluyo necesariamente en ellos. (...) si esto fuere así, si no supero las dificultades, los espejismos de la retórica, entonces no estaría hablando de Foneto como persona, sino como personaje. Y es verdad que puede construirse un personaje literario a partir de una persona real, pero no es eso, desde luego, lo que pretendo. Me temo, sin embargo, que al final no sea otro el resultado. No es infrecuente, según creo, que de ciertos individuos de los que tenemos noticias externas, individuos marcados puntualmente por el acontecimiento y por la actualidad, hagamos altos personajes y, cuando eso ocurre, se debe a menudo más a lo que nosotros añadimos que a lo que de verdad ellos tienen. Rellenamos el vacío con una imaginación formada en los cauces de la tradición, les aplicamos unos atributos, una entereza, una integridad y una capacidad de sufrimiento que acaso estén lejos de su carácter, les adornamos con virtudes literarias (heroicas, épicas) de las que seguramente carecen, porque los héroes no existen y la épica es solo el modo como contemplamos conductas del pasado cuya verdad desconocemos. Sin aditamento, las personas reales dan poco juego como personajes novelescos. Sabemos, sí, que se levantan, se peinan, desayunan, salen a la calle, tosen, estornudan, dichosos labran su alto jornal, se complacen en su pecho colorado, viven en suma su tiempo, que es un tiempo neutro, un continuo amorfo de instantes átonos (también tal vez atónitos), sin significado propio. En los personajes novelescos, en cambio, todos son instantes narrativos. Tal es la diferencia: tiempo neutro frente a tiempo narrativo. Todo en unos tiene significado y se elige precisamente por su significación. En otros no hay significado posible, porque la existencia carece de significado. El personaje novelesco es una invención y una composición: admite por ello todos los atributos que lo convierten en tal, la suma de las agregaciones que lo conforman. La persona, en cambio, no admite los añadidos de la imaginación, ni siquiera los que, siendo razonablemente deducibles de los hechos, carecen de documentación y de entidad biográfica. Todo son lagunas, sombras e ignorancias. He ahí la diferencia: los personajes de ficción aparecen con todas las necesidades de la libertad, son libres, pero lo que hacen ha de plantearse como necesario, como la única elección posible; Foneto, en cambio (este Foneto, no el que escribió alejandrinos a los ovísimos y descifró el código π), aparece con todas las necesidades de la realidad; no se trata de verosimilitud, sino de verdad: esto fue lo que ocurrió, esto fue lo que dijo. Heme aquí, pues, en el trance y en la dificultad de querer hablar de una persona, como tal, no como personaje. Veré qué puedo hacer. (...) 
Toda añoranza manifiesta (manifestación de abandono, de soledad no querida) es una forma de egoísmo y una forma de venganza. Tal vez por eso nos identificábamos con el autor anónimo de aquel TE ECHO DE MENOS, quizás unos porque todos hemos echado de menos a alguien alguna vez, quizás otros porque no es difícil solidarizarse con quien siente y manifiesta esa añoranza, con toda certeza unos y otros porque las intrigas sentimentales insolubles gozan de un intenso aliciente narrativo y perduran con el aura de las melancolías ajenas. Con todo, creo que la pintada sobrevivió a cualquier conjetura, tal vez incluso a la biografía de los personajes implicados. Tal vez el autor anónimo se arrepintiera de su fogosidad mural. Tal vez acabaran reencontrándose y vivieran más o menos felizmente e incluso bajaran juntos las escaleras y sonrieran al ver lo que el TE ECHO DE MENOS había supuesto para ellos o, en caso contrario, a qué desventuras los había conducido, cómo tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama. Pocas cosas escapan a la libertad de la ficción, pero en este caso se trataba de una novela inconclusa, más aún, de una novela en ciernes, o acaso un solo verso suelto, desgarrado y estéril. Lo que no sabíamos entonces es que nosotros pertenecíamos más a aquella época que al presente y que a aquella época íbamos a dedicar entero el día. Por eso recordábamos ambos la pintada al cabo de tanto tiempo.
La escapada.
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Tusquets, 2019. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

Campos de amapolas blancas

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A mí me quedan los eslabones del tiempo en la memoria; la espinela, los tribunos de la plebe, la náusea, ay, infelice, Butch Cassidy and the Sundance Kid, das Ewigweibliche, la mansarda de Les Halles, Charlie Parker, "Lucy in the Sky with Diamonds", el sueño de la script, una sonrisa triste y bondadosa y la persistencia plural de la lluvia, la lluvia que se esconde en las palabras y los libros, la lluvia que azota la ciudad y las ventanas, la lluvia que cae sobre el olvido y la ceniza. Por mi parte, he contemplado campos de fresas, de trigo, de algodón, oigo a veces el sonido compacto de Strawberry Fields Forever, he sabido de campos de batalla, magnéticos y santos, pero, por más que miro a los lados de la carretera cuando viajo en coche por tierras de murgaños, aún no he encontrado campos de amapolas blancas.
Campo de amapolas blancas.
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Tusquets 

viernes, 13 de octubre de 2017

La princesa, la muerte, el hijo, el carpintero y GHB

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Tusquets acaba de reeditar La princesa y la muerte, soberbia colección de cuentos publicados por Gonzalo Hidalgo Bayal hace años en la colección La Gaveta de la Editora Regional de Extremadura.
Aprovecho para recordar a Tusquets que Mísera fue, señora, la osadía, debut como novelista de GHB en 1988 es inencontrable y tremendamente disfrutable y para dejar aquí mi relato preferido de La princesa y la muerte, junto con mi recomendación encarecida:

El hijo del carpintero
Cuando el hijo del carpintero cumplió diecisiete años, se dispuso a cumplir el destino que predijeron los oráculos en el día de su nacimiento, así que abandonó la aldea y se encaminó al palacio del rey para conquistar la mano de la princesa y convertirse en heredero del trono. Tendría que superar numerosos peligros en el trayecto, pero, según los augurios, sólo uno de ellos era tan espantoso y extraordinario como para impedir el logro de su objetivo. ‘Cuídate de las insidias y asechanzas del guardián con un parche en el ojo izquierdo, porque ni el fuego ni la cólera darán tregua a su maldad’, había dicho el oráculo. De modo que el hijo del carpintero recorrió los bosques y cruzó los ríos y atravesó las montañas del país camino del palacio, venciendo sin dificultad los obstáculos que salían a su paso, porque era intrépido y valiente. A la orilla del mar, en efecto, en los restos de un barco que había naufragado tiempo atrás, encontró a un viejo pirata con barba y un parche en el ojo izquierdo. Al hijo del carpintero le pareció una persona inofensiva y nada terrible, incluso afable, pero, cumpliendo su destino, lo mató con un golpe de remo en la cabeza y lo arrojó al agua. Después, aunque con el remordimiento de haber dado muerte tal vez a un hombre inocente, siguió su camino con alegría, seguro y confiado, sintiéndose ya dueño del corazón de la princesa.Y así llegó a la ciudad. Pero apenas llamó a la puerta de la muralla, los centinelas lo acusaron de haber asesinado al marinero predilecto del monarca, lo detuvieron y lo condujeron a los tribunales de justicia. Fue entonces, al encontrarse ante el juez, cuando el hijo del carpintero maldijo entre dientes la fatalidad de los designios divinos, pues la severidad del magistrado que lo observaba desde el estrado lucía un parche en el ojo izquierdo y un rayo de cólera y de fuego en el derecho.
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jueves, 19 de enero de 2017

NEMO de GHB gana el premio Centrifugados 2016

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Como bien cuenta Álvaro Valverde en esta entrada de su blog, el Premio Centrifugados a la mejor obra publicada por un autor extremeño en 2016 ha sido para Nemo, de Gonzalo Hidalgo Bayal. 
Me alegro muchísimo por Gonzalo, por el prestigio del premio y también porque Diario de un puretas recién casado haya estado entre las finalistas.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Aquella era una mujer buena.

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No había cenado (apenas tal vez un bocado en el tren antes de bajar a la cantina) y llevaba ya varias horas vagando por la noche y la estación y la ciudad, de modo que, pese a la angustia y el desamparo, pese al desconcierto y la zozobra, había llegado ya el momento en que el forastero se resignaba a la desdicha. (…) Se fue acercando, pues, despacio, siguiendo la llamada del olor y el apetito, a la luz de la ventana. A través de ella vio una mujer faenando en el interior. Era un cuarto diminuto, al que se accedía por alguna puerta interna y aparentemente secreta, pues él no conseguía distinguirla, y con una ventana cuyo alféizar, duplicado, hacia dentro y hacia fuera, hacia las veces de mostrador. (…) El forastero se acercó muy lentamente. Contó el dinero que tenía en el bolsillo, apenas unas monedas, la vuelta del café que había tomado en la cantina, céntimos, migajas, y sospechó que poco alimento podían darle a cambio de tan miserable calderilla. Se acercó pese a todo a la ventana y reclamó la atención de la mujer (…). El forastero colocó sobre el alféizar interior todo su capital disponible, una auténtica miseria en relieve desgastado de aluminio. Esto, dijo, lo que entre en esto. La mujer lo miró con cara de asombro, como preguntándose si no se estaría burlando de ella. Parece mentira, dijo con retintín, lo mismo tengo para poca masa. Y con la desenvoltura del oficio por una parte y con las muestras de desagrado que cabe expresar en movimientos imprecisos y airados por otra, cogió un junco, colocó dos churros escuálidos en tan largo atadero y se enfrentó a la ventana. Aquí tiene, dijo con evidente mordacidad. Recogió el dinero con desdén y entregó al hombre tan minúsculo festín. Entonces lo miró con las manos en jarras, que es una forma universal de interjección, y, pese a no advertir en el desconocido ningún signo de miseria, si acaso un asomo de cansancio en el rostro, la huella de una espera prolongada y sin esperanza, se compadeció de él. Espere, dijo. El forastero se acercó dudoso. La mujer le quitó el junco con presteza y decisión y colocó varios churros más en el atadijo. Ande, tome, dijo. Gracias, respondió el forastero en voz casi inaudible y se alejó lentamente, acongojado, dolorido. Era la primera vez que alguien le daba una limosna y se compadeció de sí mismo hasta tal punto que, como si se tratara de un bendito analgésico, sintió en el alma o en el pensamiento el intenso sabor, amargo y grato, de unas irreflexivas lágrimas, apenas un atisbo de calidad humedad en las mejillas sucumbiendo a la propia compasión. 
(...)
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Al principio, cuando lo vio, la mujer puso cara de sorpresa, tal vez porque recordaba al hombre que había acudido con unas monedas escasas noches atrás y veían en lo que se había convertido ahora, magullado, oscuro, herido, sucio y hambriento. Qué pronto se expanden las huellas del abandono y de la desolación, qué pronto la sombra extiende las marcas de su cicatriz donde antes hubo un semblante sereno y una mirada tranquila. Acérquese, dijo la mujer. Y el interventor se acercó con pasos lentos, miró al interior del garito, no dijo nada, no pronunció palabra. ¿Qué quiere?, preguntó. El interventor la miró suplicante, con vergüenza en los ojos. Nada, dijo. ¿Y qué hace aquí?, insistió la mujer. El interventor bajó los pies al suelo, escarbó con los zapatos en la tierra, los pies de barro, retrocedió dos pasos. Oler, dijo en voz audible apenas. ¿No ha comido usted hoy?, preguntó la mujer. El interventor negó con la cabeza. (…) La mujer se compadeció y, al tiempo que disponía una rueda de churros, iba relatando una cantinela, desgranando sus propósitos. Seguramente pensó que no podía alimentarlo cada noche por pura compasión y, sin que el interventor dijera ni preguntara ni pidiera nada, la mujer le dijo que tenía que recurrir a quienes estaban para ayudar a los transeúntes, que tenía que presentarse en el ayuntamiento, donde había un concejal de pobres, de la beneficiencia, o podía ir a donde los hervacianos, (…) o las hermanitas de la caridad (…). Cuando terminó con el catálogo de la filantropía, le ofreció una rueda completa de churros. Pero no se empique, dijo al entregarle el festín. El interventor le dio las gracias y se fue alejando, comiendo con voracidad y haciéndose la promesa de no volver jamás, porque con toda seguridad aquella era una mujer buena y, si él insistía en su mendicidad, antes o después ella tendría que dejar de socorrerlo.

Paradoja del interventor 
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Los libros del Oeste/Tusquets