ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


Mostrando entradas con la etiqueta autoficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autoficción. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de junio de 2023

PUNKI: UNA HISTORIA DE AMOR (Juarma)



Mirar cicatrices, las de fuera y las de dentro, se parece a rebobinar un casete con un bolígrafo. A Paula todos la llamábamos Pauli de niña. Luego, cuando se hizo fan de Nirvana, se empeñó en que la llamásemos Polly, como su canción favorita. Y con ese mote se quedó. Éramos amigos y vecinos. Nos criamos juntos. No hay ningún buen recuerdo en mi niñez y mi adolescencia donde no esté ella. En preescolar me corté el flequillo con unas tijeras de punta redonda y me pinté las uñas con rotuladores de colores. El tutor me castigó cara a la pared en una esquina y el resto de la clase se empezó a reír de mí, coreándome: «¡Mariquita, mariquita!». Polly se cortó el flequillo, se pintó las uñas y la cara con los rotuladores y el tutor la sancionó a mi lado. Los demás niños cerraron la boca. En 3º de EGB, Polly le prendió fuego a una papelera en clase y nos desalojaron del aula. Cuando nos alinearon en el pasillo para encontrar al culpable, Polly gimoteó y dio un paso al frente. Al verla, también di un pasito valiente y nos castigaron a los dos a un mes sin recreo. En 5º de EGB, Polly y yo nos sentábamos juntos y nos pasábamos cartas perfumadas durante las clases. Con un pintalabios, las llenábamos de besos, cada carta con su boca correspondiente. Un día el profesor nos pilló una y quiso humillarnos leyendo en voz alta el contenido. La cara le cambió cuando abrió el sobre y vio una caricatura suya, ahorcado en un árbol, con la picha por fuera y un letrerito que decía: DON JOSÉ LUIS ES GILIPOLLAS. Nos castigaron y nos prohibieron sentarnos juntos el resto de la EGB. En 7º de EGB, mientras amontonábamos palés, maderas y ramas de la tala de los olivos, arbulagas... para la hoguera de Las Candelarias, me caí de boca en Cuesta Colorá cuando arrastraba un hatillo con un hierro y una cuerda. Me hice polvo la cara. Al día siguiente en el colegio Polly me preguntó si me lo había hecho papá e hizo planes para que nos escapásemos juntos de Villa de la Fuente, con 500 pesetas que le regalaron por su cumpleaños." (...)




Polly se compró la cinta original del Dookie de Green Day. A mí Green Day no me gustaba demasiado, pero los prefería a Nirvana, Pixies, R.E.M. o The Smashing Pumpkins, que era lo que ponía cuando nos encerrábamos en su habitación a beber lo que tuviese su padre por casa. Para convencerla le dije que Green Day tenía una canción que me parecía preciosa, «She». Era la primera de la cara B. La pusimos. Estábamos sentados en su cama. Cogí el libretillo de la cinta y nos preparamos para escuchar con atención mientras cantábamos la letra. She... she screams in silence... Luego la letra se complicaba y nos reímos. Entonces Polly me cogió de la camiseta por el pecho, tirando hacia ella, con los labios plantados frente a mi cara para besarme. Para mí ese instante fue como estar en el cielo. Pero empecé a temblar y cuando nuestros labios iban a unirse por primera vez, me aparté y le puse la mejilla. Ella se ruborizó y me sentí un idiota. No volveríamos a estar tan cerca como aquel día cuando sonaba «She» en su habitación, rodeados de sus pósteres de Kurt Cobain. (...)


La Quinta del 98 éramos zagalillos del pueblo, nacidos en 1981, con dieciséis o diecisiete, dependiendo del mes en que cumpliésemos años. Nos compraban o prestaban trajes, imprimíamos camisetas conmemorativas, sacábamos fajos de tíquets de cubatas, todos los que tus padres pudieran pagarte, contratábamos a dos músicos, uno con guitarra y otro con acordeón y cantábamos por las calles y nos pasábamos las horas en los bares, en casas de otros quintos o en la discoteca de la Chari. Con dieciséis o diecisiete años tenías carta blanca de la sociedad para demostrar tu hombría bebiendo como un descosido. Unos se iban de putas al Paradise, otros se hinchaban a cubatas y porros, otros le daban a la farlopa, a los éxtasis, a los tripis... y algunos le pegaban a todo a la vez. Cinco días con sus noches. Así te hacías un hombre. Rober, Miguel y yo decidimos pillarle un gramo de farlopa al Golosinas en honor a San Isidro Labrador e hicimos un mocho. A regañadientes y casi obligado, le tocó a Miguel el Vuelcavasos ir a buscar la coca, porque era el más echao pa’lante de los tres. Qué gusto daba pillar farlopa a esa edad. Qué emociones tan tontas y qué bien te sentaban esas rayas. Cómo se te atravesaban en la garganta como si fuesen puñales. Cuando te envicias con la farlopa vas buscando esas sensaciones de las primeras veces, pero ya te puedes meter cuatro gramos durante un fin de semana empalmando las noches con los días, que no vas a percibir lo mismo. (...) Joder, qué buenísima estaba entonces la coca y qué bien te sentaba. Cómo no me iba a enamorar de ella. Cómo no se iba a convertir en el amor de mi vida. Cuando volvimos al Nacimiento nos sentíamos mil veces más seguros de nosotros mismos, con nuestra armadura de mentira. Por unos instantes nos creíamos menos pringaos. Desconocíamos lo mentirosa que era la farlopa y cómo te podía joder la puta existencia entera. (...)

Aunque Polly se hacía la dura delante de otras personas, era tan insegura y frágil como yo o cualquier otro adolescente. Polly estaba más integrada en el pueblo y me relataba cómo eran en realidad todas esas personas a las que deseaba parecerme. Me advertía de que cuando alguien se daba la vuelta todos empezaban a criticarle y sacarle defectos, creándoles complejos. No se libraba ni Dios. Todo era falso, nadie estaba tranquilo y ni sabían quién iba de buenas o quién de malas. Me contaba como ella y sus amigas aprendieron a vomitar después de comer porque una de ellas les había dicho que así podían adelgazar. Años haciéndolo y no sabían ni que eso se llamaba bulimia y era una enfermedad. Las chicas sufrían presión social con el físico. Polly decía que lo peor de todas esas hipocresías e inseguridades era que aparte de volverte una acomplejada y no fiarte de nadie, te cambiaba el carácter, te modificaba el comportamiento y hasta la postura. Si a alguna le decían que tenía pocas tetas, se quedaba erguida, así con la chepa, para que no se notase. Si a otra le decían que igual sus orejas eran grandes, ya se dejaba siempre el pelo suelto. Si cerraban las piernas y se les quedaban un poco separadas es porque habían follado y cuanto más separadas las tuviesen, era porque más lo habían hecho. Como nadie les explicaba las verdades pensaban que la gente creía que eran unas putas. Cuando se encontraban con alguien, sus amigas y ella se colocaban en mil posturas diferentes, cruzaban una pierna, se ponían de puntillas, lo que fuese con tal de que no se les viera el hueco ahí. También me refería que las compresas eran muy malas, un algodón delante y otro detrás y se manchaban. Todas las chicas iban con camisetas o chaquetas atadas en la cintura. Les agobiaba que se les acercara alguien. Se ponían la ropa de sus hermanos porque era más ancha. Igual Polly se hizo grunge por eso. Si se juntaban con tíos les decían que eran marimachos o lesbianas, como si acaso eso fuera algo malo. No era fácil ser chica a finales de los noventa en Villa de la Fuente. (...)

A los traumas de niño y los de adolescente luego he añadido los de mayor. Mi cabeza es una coctelera con complejos y nitroglicerina. (...) Odio cuando se va apagando el fuego, porque las llamas se transforman en vergüenza y culpa. La vergüenza me pinta la cara como a un payaso y la culpa es un palo con la punta afilada que se hunde en mi pecho, provocándome escalofríos en las entrañas. (...)

He sido callado desde niño y nunca le he contado a nadie lo que hago o dejo de hacer. Ni siquiera a mis amigos o a mis parejas, hombres o mujeres. Me cuesta abrirme a los demás, mostrar mis sentimientos, jamás he sido capaz de decir un simple te quiero. Es mi mecanismo de autodefensa. Tus errores, tus debilidades o tu pasado son herramientas para que otras personas te hagan daño. Pero a la larga, esto ha sido como poner microexplosivos en mi organismo que estallaron todos a la misma vez. Cuando era adolescente mis amigos tenían tantos problemas como yo, no hablábamos de nosotros, no nos preguntábamos unos a otros ¿cómo estás? Estar puteados y callarnos el sufrimiento era el pegamento que nos unía. Sé que a veces sospechaban cosas, o había situaciones que no era capaz de explicar u oían rumores. Pero si mirabas para otro lado, las preocupaciones parecían desaparecer. Ni tan siquiera a Polly, a quien se suponía que se lo contaba todo, podía decirle la mayoría de mis secretos porque temía que se fuese de la lengua. Era un anarquista menor de edad, atrapado en mis contradicciones, maltratado por papá, que follaba con fascistas a cambio de droga. Como para haber ido a ver a don Alfonso, el médico de cabecera, a punto de cumplir diecisiete años para explicarle por qué estaba deprimido. Mamá se había quedado en casa con Ángela, que todavía no tenía edad de pindonguear. Ni en un día de feria papá era capaz de salir con mamá a la calle y tomarse algo juntos, no fuera a ser que alguien la mirara. Estar en la cárcel es horrible, pero ahí no tienes elección. Es lo que hay. Pero ser mujer y acabar atada a un tarado celoso y posesivo como lo era papá se debe parecer a estar en prisión. (...)

Todas las cosas son para toda la vida. Todos los golpes, los malos momentos y los buenos, dejan marcas y heridas, algunas de las cuales nunca cicatrizan. Pero esas, al contrario que los tatuajes, no se ven. Puedes esconderlas y que nadie las descubra, mientras te gangrenan por dentro. (...)

Solo quiero estar bien. Pero como no sé lo que es estar bien y jamás he estado bien, cuesta mucho, porque lo desconozco, es una isla utópica. El estado de WhatsApp de Rachid es: «Lo importante no es cuántas veces te caes, sino cuántas te levantas». Y en este taxi, el día que cumplo treinta y siete años, he conseguido ponerme en pie. Para poder erguirme y sacar fuerzas para dar un paso hacia delante he tenido que romper con todo, escapar de mi entorno, dejar atrás a las personas a las que quiero. Quizás irme lejos es la única forma de curarme, por más que me duela o añore a Sarah. Uno nunca deja de querer, sino de estar. (...)
Punki: una historia de amor.  
Juarma. 
Blackie Books, 2023 

viernes, 21 de febrero de 2020

Despiece/lo mejor de LISTAS, GUAPAS, LIMPIAS (Anna Pacheco)

Resultado de imagen de CABALLO DE TROYA GUAPAS


Lo mejor para dejar a un novio es que ese día te despiertes guapa. Hoy es exactamente uno de esos días. He quedado con Hugo en el bar en el que alguna vez fantaseamos que eran otros los que rompían. No ha sido algo deliberado. Es domingo y está todo cerrado. Solo resulta que hoy esos otros somos nosotros. En términos cuantitativos, siempre llora menos el que deja. Así que es posible que esa sea yo. Todo lo que voy a decir suena convincente: Universidad. Otros amigos. Necesito mi espacio. Estoy empezando a descubrir quién soy. Estoy muy liada, hago una carrera muy difícil, todo el mundo lo dice. Ojalá nos hubiéramos conocido en cinco o diez años. Somos tan jóvenes. Tengo que buscarme un trabajo porque quiero tener más dinero. Quiero tener más dinero. Sé que eso no te incumbe, pero creo que debes saberlo. Además, siento que lo nuestro es algo circunscrito al instituto. (....)
«Circunscrito» me parece una palabra bastante precisa. Espero que la entienda. De repente, todo ha cambiado. Lo siento. Cuando se rompe hay que decir lo siento por haber conducido al otro a una inversión fallida. Buscamos amores rentables. Yo también lo haré. Diré lo siento y perdóname y si a los treinta aún nos queremos, nos casamos, ¿vale?" (...)
Los amores prescriben y después todo el mundo hace como si nada. Los amores caducan por el bien de una convivencia pacífica. Si no fuera así, el ambiente sería sofocante. (...)
Esta casa es la segunda residencia de mi abuela, opción de veraneo de las familias como la mía. Antes, las familias trabajaban todo el rato para ahorrar un poco, pagarse un piso en propiedad y, con suerte y si se les daba bien, aspirar a una segunda residencia. Todo el mundo quería su terreno con un huerto y, tal vez, incluso piscina, y luego, automáticamente, te convertías en clase media. Ahora todo es distinto. Tengo diecinueve años. A mi edad mi madre estaba casándose, yo solo reclamo dinero yestar sola en mi cuarto. (...)
Le decía a Hugo «rosa, rosae, rosam», y entonces él me colocaba mi mano encima de sus pantalones: «Mira cómo estoy ya». Y yo «Hay que estudiar». Y él «Solo una rápida. Una mamada rápida. No te cuesta nada. Soy tu novio». Por supuesto, nunca se aprendió las declinaciones del latín. Por supuesto, lo suspendió todo. Yo casi siempre accedía a la mamada para superar cuanto antes esa fase. Además, siempre he creído que practico mamadas con mucho talento, o es que todas nos sentimos muy talentosas haciéndoles mamadas a los chicos. En Internet leí que hay que llegar a la arcada o nada. También leí que hay que tragar el semen, nunca escupirlo, mientras miras de forma sexy a tu amante. Mis fuentes eran un artículo titulado «Cómo hacer que tu chico se corra en dos minutos o menos» y mi amiga Bárbara Saruso, de 3.º B. A veces nos acostábamos solo porque tenía calculado que así me dejaba más tiempo tranquila y podíamos recuperar el estudio antes. Él siempre acababa diciendo que había sido increíble, realmente se pensaba que los dos nos habíamos corrido a la vez, como en una película romántica. (...)
Resultado de imagen de CABALLO DE TROYA GUAPAS
Mamá, ¿por qué nos llevabais al Carrefour a comprar libros? —suelto yo de golpe—. ¿Tanto os costaba llevarnos a librerías? La gente normal compra libros en librerías, no en el Carrefour. A mi madre se le quita la sonrisa por el momento niño y frunce el ceño. Me mira. No logro recordar cuánto se alarga mi discurso sobre las librerías y la importancia de comprar en librerías porque ¿sabes, mamá? los libreros te recomiendan libros y quizás autores de los que nunca he oído a hablar a mi edad y debería haber oído hablar ya, de hecho debería haberlos superado, a mi edad, a mi edad, a mi edad, Salinger, Bolaño, Austen, Yeats, Kafka, Bukowski, Dostoievski, Woolf, Plath, los estoy conociendo ahora y por casualidad, mamá, sin ningún orden ni rigor, suerte que existe internet, qué tarde es para todo, mamá, las librerías, mamá, qué importantes son. He perdido toda mi vida leyendo literatura juvenil y ahora todo es un desastre. —Pero ¿qué estás diciendo? —Mi madre farfulla algo que no comprendo—. ¿La gente normal? Ahora seremos anormales, si te parece. —Solo digo que... —Te quejarás de libros. Tienes un montón. Nunca te hemos puesto pegas, te hemos dicho siempre que compres lo que quieras. ¿O no? Aquí hay de todo, ¿no hay de todo aquí? —Es igual. Luego se desvía un momento de la cola, se acerca a la sección de congelados y coge tres pizzas congeladas para la cena. Las coloca bruscamente dentro del carro. —¿Tus favoritas, o ya tampoco? (...)
"Me pongo camisetas más ajustadas los días de autoescuela. Me siento en una fila anterior a la de ellos y hago ver que no los miro. Noto cómo sus miradas me siguen desde el top hasta las sandalias de dedo. No sé si me gusta o solo es que me aburro. Ellos hablan y ríen detrás de mí de formas bruscas e incomprensibles, creo que dicen mi nombre pero tampoco podría asegurarlo. Se pegan codazos y emiten sonidos medio guturales tapándose la boca con el puño. Lolololo. Me acomodo el pelo y contesto obediente a todas las preguntas de Rufina. Realmente me tomo la autoescuela como si fuera el instituto. (...)

Directamente me corría así. No necesitaba desnudos, no necesitaba porno, necesitaba más bien poco. Me bastaba con un par de dedos que ni siquiera introducía. Entre orgasmo y orgasmo me asaltaban pensamientos fugaces sobre por qué hasta mi masturbación era patética y poco ambiciosa. Y sobre si estaría haciendo bien eso de masturbarme, la técnica propiamente dicha. Me preguntaba si eso de no introducir los dedos sería lo normal, por qué me bastaba con frotarme el clítoris. ¿Estaría enferma? ¿Funcionaría todo bien allí abajo? Luego continuaba hasta acabar con el cuello torcido, contraída, acalorada y sin la parte de arriba. Seguía así un rato más, frotando ya casi automáticamente, incluso pensando en temas prácticos, burocráticos, cinco, seis, siete orgasmos, hasta que las piernas se me agarrotaban y sentía algo parecido a las agujetas. Y luego aparecía esa especie de culpa, como si alguien me hubiera estado observando por una mirilla y yo tuviera que demostrarle que, en fin, era mucho más que ese último rato que acababa de verme así, de esa guisa. Espasmódica perdida. A veces me olía los dedos para acabar y luego me preguntaba qué pintaba Ane en todo ese asunto, si no sería ya lesbiana por eso. O, como mínimo, bisexual. (...)
Dijo mi madre que la vida era un calvario para algunos y que algunas familias parecía que tenían la negra. Mi madre y mi abuela me miraban, entonces, satisfechas al ver que todas las partes de mi cuerpo funcionaban correctamente y las de mi hermana también, y las de ellas también aunque eso era lo menos importante. Me miraban con ternura y alivio y maternalismo, del mismo modo en que se miran cuando ven a un niño minusválido babear en una silla de ruedas y se alegran de que ese niño no sea yo, ni mi hermana, ni ningún primo ni pariente lejano o cercano. Pregunté qué era eso de tener la negra, si tenía que ver algo con las personas negras, y que si tener la negra era una forma de llamar a la suerte, a lo que mi madre contestó: —La suerte, bueno. Es una forma de decirlo, porque la suerte no existe. Los pobres siempre son más desgraciados que los ricos, y también envejecen más rápido. Eso que no se te olvide. ¿Tú no te has fijado en que la gente de dinero tiene como otro brillo? Se gastan dinero en eso. Yo si pudiera me quitaba las bolsas de los ojos y me estiraba los párpados y todas estas arrugas. —Y hacía el gesto de estirarse la cara—. Anda que no cambia la cosa. —Pero la verdad es que nosotros no nos podemos quejar. Nos ha salido todo estupendamente. Que no se tuerza —agregó mi abuela. Entonces mi abuela se santiguó ese día sin ser ella muy creyente, algo que hacía todas las veces que se hablaba de cosas feas en su presencia. Lo hacía como un ritual profano. Cero sentimiento. Solo rutina y hasta desdén. —Pero si tú no crees en Dios, yaya —le dije, tirándole de la blusa. —Es por si él cree en mí. (...) 
Cuelgo a mi madre con esa sensación de que podría haberlo hecho mejor. Tres minutos de llamada. Nada te impedía ser mejor persona, sin embargo has decidido no serlo. Alguna vez me entran ganas de enviarle un mensaje: «Perdona por ser tan estúpida». Pero al final no lo hago. (...) 
 Mis padres querían enseñarnos Andalucía porque nunca habían estado con sus hijos y les parecía que debíamos conocer lo que ellos llamaban intensamente «su tierra». Aunque decían que era suya, —lo dijeron muchas veces durante aquel primer y único viaje al sur—, lo cierto es que en Cataluña apenas hablaban de sus respectivos pueblos natales, en Jaén; o de cómo era la abuela o ellos mismos antes de emigrar, ni siquiera se decía la palabra «emigrar», se hablaba de ir de un sitio a otro, o de que «antes» teníamos esto y «ahora» tenemos lo otro. Reconocía en las palabras y en los romances de mi abuela lo que yo creía que era Andalucía: cuchá, ea y eso es una chominá. O en mis padres, siempre en un terreno incierto, el de llamar chamarreta a la samarreta cuando hablaban catalán y luego vestirnos de flamencas para ir a la feria aunque ni siquiera sabíamos bailar sevillanas. Nunca lo suficientemente catalanes, nunca lo suficientemente andaluces. (...) La única relación sincera que unía a mi familia con Andalucía eran unas transacciones periódicas de aceite de oliven virgen extra y la Gran Enciclopedia de Andalucía que estaba en el mueble del televisor y que jamás vi a nadie leer. Andalucía era, en mi cabeza de nueve años, una especie de marco más bien teórico, abstracto, puede que hasta ficcionado. Ni siquiera tenía muy claro que Andalucía existiera de verdad. (...)
 Cuando eres niña, crees que los padres solo pueden hacer cosas ejemplares, y luego te enteras de que solo hacen lo que pueden.
Listas, guapas, limpias.
Anna Pacheco.
Caballo de Troya, 2019. 

sábado, 6 de abril de 2019

DESPIECE DE "CAMBIAR DE IDEA" (AIXA DE LA CRUZ)

Resultado de imagen de cambiar de idea aixa de la cruz

Me ha encantado esta crónica de la zozobra millennial desde un enfoque feminista autocrítico que es Cambiar de idea de Aixa de la Cruz. Está escrito con inteligencia, rabia y cinismo y solo tiene el pequeño defecto de dejarte con ganas de más. A continuación, como siempre, dejo algunos de los párrafos que me han parecido más potentes  y menos decisivos en la trama, si es que la hay:
June dice que estas historias contienen el sustrato de un buen cuento. June grita que solo escriben autoficción los señores aburridos y solemnes, y las señoras judías. Que Vivian Gornick no tiene ni idea de lo que es una madre difícil. Que visto el fracaso cosechado, quizás vaya siendo hora de subastar nuestras vísceras. En pleno apogeo etílico, todo el mundo habla de lo mucho que quiere escribir, pero nadie escribe. Surgen otros planes. Me ofrecen cocaína, por ejemplo, y mi atención se dispersa. Monologo ante un cargo de Podemos. Le reprocho que su formación no esté capitalizando los resultados que obtuvieron en Euskadi. Me siento una autoridad en la materia hasta que confieso que yo jamás los he votado, y me da la risa. Hay una chica que está de MDMA por primera vez y le encanta el tejido de mi camiseta. Le encantan los letreros luminosos que se ven por la ventana, las cosquillas de un reguero de sudor que le atraviesa la nuca, las imágenes ralentizadas como si el cinematógrafo se hubiera atascado. Me da envidia y quiero estar en su cuerpo, así que engullo una piedrita de cristal a pesar de que las drogas ya no son lo que eran antes. Me arrepiento ahora de la resaca de mañana. (...)
Hace casi un año que no veo a casi nadie. La redacción de mi tesis me tuvo recluida de enero a junio, diez horas al día en mi burbuja frente a la playa en invierno, con el teléfono apagado, el pelo sucio y una alimentación paupérrima a base de latas de atún que ha transformado mis pechos en dos legajos de piel con pezones; seis meses de exención de cuidados hacia fuera y hacia dentro. Soñaba con la fecha en la que depositaría mi tesis, con las vacaciones, con retomar el contacto con mis seres humanos afines, pero no he sabido volver. Sigo desnutrida, indiferente, sin ninguna obligación y siempre demasiado ocupada para quedar con mi madre o responder a un maldito mensaje de WhatsApp. (...)
La autocompasión me pega mucho más fuerte que las imágenes sensacionalistas, peor que la sangre y la carrocería deshecha, y llegan las reacciones somáticas que buscaba. (...)
Declamo entre hipidos: ¿qué pensará de mí? ¿Qué se piensa de alguien que tarda diez días en contestar al anuncio de que casi mueres? Porque tiene desactivado el doble check, o sea que no podía saber si había abierto el mensaje o no, si estaba siendo una hija de puta o una grandísima hija de puta. Iván y June me observan atónitos desde el sofá. La sorpresa les borra los signos de resaca. Dejan de ser cadáveres hermosos, con las líneas de expresión difuminadas por la sobrecarga de serotonina, y hacen muecas, activan sus músculos faciales y sus arrugas de cuasi-cuarentones para procesar mis mañas de cuasi-treintañera. (...)
Soy hija de los miedos de mi madre, quien afirma que ser madre es descubrir el miedo. Su lema antes del parto era «Lo que tenga que pasar, pasará». Su vida después del parto fue la de un guardaespaldas. (...)
 Resultado de imagen de cambiar de idea aixa de la cruz

Lo que no aprendí de aquel accidente lo he aprendido autolesionándome. Nunca me he hecho cortes en los brazos, no fui una adolescente lánguida que se infecta los muslos con las cuchillas de afeitar de su padre, pero me arranco pedazos de mucosa labial, abro surcos de varios milímetros en la cara interior de mis labios, me arranco las costras de las picaduras de insecto, pido que me marquen con la fusta, sin tonterías, llagas rojas y en relieve, y he entrenado hasta hacerme daño, o para hacerme daño. (...)
Más tranquila que antes, comprendo que esta frialdad con la que escudriño el sufrimiento ajeno es un músculo que llevo tiempo entrenando, el que me ha permitido mantener la cordura en un escritorio en el que se mezclaban los post-it de colores con los abusos a prisioneros de Abu Ghraib y en el que el reproductor rebobinaba sin descanso escenas de tortura, de ficción y de no ficción, interrogatorios de Homeland y decapitaciones del ISIS, la ejecución sumaria con la que abre la quinta temporada de The Walking Dead y las amenazas en 8mm del cartel de los Zetas. Me he acostumbrado a diseccionar la violencia, a tomar notas sobre encuadres y planos, porque era mi obligación, porque elegí que mi tesis versara sobre representaciones culturales del terrorismo y no sobre la evolución del soneto petrarquista. Asume las consecuencias. (...)
Resultado de imagen de cambiar de idea aixa de la cruz 
Decirle que este relato sobre cómo la traen y la llevan, la abren y suturan y vuelven a abrir con el consentimiento de terceros porque ella está inconsciente me ha hecho entender mejor a Foucault es tan inapropiado como relatarle mi fin de semana. Es lunes de Semana Grande y anoche me acosté por primera vez en cuarenta y ocho horas. Blue monday. Me he tomado los restos de speed que sobraron para hacer frente a esta visita y apenas puedo mantener la atención. Aunque los químicos tiren hacia arriba, mi cuerpo tira hacia abajo con más fuerza. (...)
nunca tenemos estómago para lo que el poder hace en nuestro nombre, pero hay que seguir leyendo: que el olor y el estado de Abu Zubdayah, el primer detenido en relación con el 11-S, hacía vomitar a los analistas que entraban a verle, que los soldados intercambiaban fotografías de guerra por suscripciones a portales de hardcore porn, que muchos hombres estadounidenses se querían masturbar con la imagen de una chica iraquí que acababa de perder una pierna y, con ella, sus bragas. Aún parece imposible, pero acabaré dándole la razón a Sontag y encontrando paralelismos entre las celdas de Guantánamo y nuestros dormitorios heterosexuales; cambiaré de bando crítico, regaré mis bonsáis con la sangre de mi endometrio, me volveré una antena que capta y depura las historias de terror que la rodean, me haré radical y adulta (...).
Bloqueo el teléfono y lo arrojo al bolso con una cólera explosiva que me asusta y que debería someter a análisis, pero entonces pasa una veinteañera frente a la cafetería en la que estoy desayunando y se me olvida el berrinche. Tiene las piernas finas y compactas, la piel brillante, gotas de sudor entre las tetas. La miro con tanta violencia que la diseco. Ella no lo sabe, pero está cubierta de alfileres como una mariposa en su vitrina, clavada para que la admire. Aprieto unas mandíbulas que son cepos de caza. No es particularmente linda, pero es muy joven y las chicas jóvenes son como el placer de pisotear castillos de arena. Hasta hace muy poco yo también era así, un cuerpo que despiezar, y recuerdo que la noche en que nos conocimos Muriel me miró del mismo modo en que ahora miro a esta y a otras chicas, con la intensidad de un esclavista en el mercado. Hizo que me golpearan los nervios que te duerme una inyección epidural. Así que un parto es lo contrario al sexo, y descubro que no me asusta mi propio parto como me asusta el de Muriel, porque mi coño es un órgano con funciones muy distintas, con menstruaciones y residuos de papel higiénico y sesiones de depilación y visitas al ginecólogo. (...)
Qué frivolidad, pero aún hoy es lo único que cambiaría de mi biografía. Cambiaría mi adolescencia de competir con las chicas guapas por una adolescencia de chicas guapas con las que poder tocarme. Quiero volver atrás y follarme a todas y cada una de las compañeras de clase que me putearon en el instituto. Y no estoy hablando de sexo de venganza, estoy hablando de enmendar la historia. Comencé la secundaria en el año 2000 y en Euskadi no existían ni el lesbianismo ni el bullying. Existían las camioneras y los matones. Las camioneras eran «mujeres con cuerpo de hombre», u «hombres con pechos»... No recuerdo la definición exacta que en algún momento me ofreció mi padre. Los matones le rompían las gafas al chico miope de primera fila, vendían hachís en el patio y era mejor no mirarles directamente a los ojos porque, a la mínima, te esperaban a la salida con su séquito de bestias fieles. Si eras hombre, te pateaban hasta que vomitaras el almuerzo y, si eras mujer, te humillaban en función de tu físico: si fea, con insultos; si guapa, manoseándote como a un paso de la Semana Santa de Sevilla. Utilizando las mismas estrategias que años después me permitirían salir indemne de los peores afters de la ciudad, con sigilo y tacto, me libré del acoso masculino, que era un acoso tipo slasher. El que sufrí a manos de la comunidad estudiantil femenina, en cambio, era más de terror psicológico. (...)
Crecí rodeada de hombres porque las mujeres me daban miedo y no les perdí el miedo hasta que empecé a follármelas. Durante años intenté enmendar la historia así, seduciendo a las que me escaneaban de arriba abajo como si midieran al enemigo, porque el sexo permite que el poder cambie de bando y porque se me daba muy bien. Después de todo, había aprendido a mirarlas desde lejos, desde el lado contrario, como esperaban que las mirara un hombre. Solía llevar la cuenta del número de chicas heterosexuales a las que convertía, como si mi proyecto fuera un proyecto de evangelización. (...)
Al igual que hay falsos suicidas, de esos que dejan la puerta del baño abierta para que alguien los rescate a tiempo, hay falsos fugitivos, escapistas que desaparecen para que los busquen. (...)
Tuve que lidiar con muchos dilemas morales, pero el machismo que lo impregnaba todo jamás me molestó como me molestaba la lentitud burocrática o las chabolas que no tenían aislante en las paredes y sí antenas de televisión satélite. Por aquel entonces no me consideraba feminista. Ni siquiera me gustaba ser «mujer». «Mujer» era un partido que no representaba mis valores. (...) llego a casa odiando a México porque es una fábrica de asesinos, un país donde cualquier hombre es culpable por el simple hecho de serlo y donde el patriarcado es tan brutal y hegemónico que muchas mujeres ni lo intuyen. Ya no me quedan patrias. He renegado de todas, incluso de las que elegí. Eso me digo mientras enciendo el ordenador y las pestañas abiertas se van cargando, una a una, con fotos postapocalípticas. El terremoto fue hace quince minutos pero yo tiemblo ahora. Comienza la rutina que nos han inculcado los ataques yihadistas: mensajes en redes y en WhatsApp buscando la confirmación de que a ti no te ha tocado el boleto. ¿Estáis todos bien? Es obvio que no están todos bien porque hay balance inicial de muertos, pero se sobreentiende que uno pregunta por su agenda de contactos, por su banda. (...) 
Desde que me fui de casa de mis padres, he vivido en siete ciudades distintas y en ninguna de ellas más de nueve meses. Los mejores, o los que más idealizo, son los que pasé en Granada mientras estudiaba el máster. Tenía veinticuatro años y una asignación de seiscientos euros al mes que se estiraba milagrosamente gracias a un alquiler simbólico, a las tapas generosas y a las compañeras rusas y alemanas que venían de la cultura del frío y tenían la costumbre de celebrar fiestas en sus apartamentos con galletas que horneaban ellas mismas. No dependía de nadie y no quería demostrar nada. Había escrito dos novelas y ninguna había funcionado. Tras el enésimo rechazo editorial elegí rendirme, opté por la carrera académica, donde sobresalía sin ningún esfuerzo, y descubrí la paz, un egoísmo risueño con el que la vida era solo un ratito, pero qué ratito. (...) 
Descubrir de golpe, a los veintitrés años, que la gente te desea es como intoxicarse de una droga que tu organismo no depura, que permanece en sangre y modifica estructuras cognitivas, tu forma de hablar y de moverte, y te imbuye de un poder terrible y sin propósito, como si tuvieras un millón de billetes de una divisa que solo sirve para comprar chucherías, y te atracaras. Todo lo anterior, lo que se consideraba extraordinario para alguien tan joven, como haber viajado y recibido premios y publicado libros, me parecía una pérdida de tiempo. Acababa de salir de la cárcel. (...) Tenía habitación y cama propias. Por las mañanas asistía a clases de materialismo cultural y teoría feminista y de género y adquiría el marco teórico que aportaba trascendencia a cuanto hacía por las noches. (...)  Disfrazarse de objeto era lo mismo que ser un objeto pero con distancia irónica. Las colas para entrar en locales de moda se acortaban, los camareros te servían al instante y con una sonrisa de anuncio, e incluso los trámites administrativos eran más rápidos. No había de qué avergonzarse porque me había acostumbrado tanto a la atención masculina que la desdeñaba. Confundí mi afición por los retos difíciles con lesbianismo. Aunque no, nunca utilicé esa etiqueta. La orientación sexual era un continuo y me estaba acercando al polo opuesto del que partí. El polo de partida nunca fue real. (...)
 
No hay manera de enfrentarse a lo nuevo sin compararlo con lo conocido. Ya me pasó en México. Me costó entender que el paisaje existiera por sí mismo y no como una antítesis de Europa, que hubiera estado antes y no después, y aunque aprendí a observarlo desde dentro, la semana pasada visité Lima y todo lo que encontré en Lima fue el DF. Mi experiencia de Perú fue la experiencia de no estar en México, y algo similar me ocurre aquí, en Sevilla, que no es ni Córdoba ni Granada. La cerveza te la sirven sin seseo ni aperitivo y yo también soy otra. Ya no tengo veinte años ni se me dilatan las pupilas con cada detalle. Estoy de paso y cansada. (...) Está mi fobia al ruido, los colapsos tras esa fiesta en la que había demasiada gente y la necesidad de vivir aislada para purgarme, veinticuatro horas de silencio tras una reunión familiar, cuarenta y ocho tras un vuelo con turbulencias. Siempre que aterrizo pienso que voy a morir y descubro que no me importa demasiado. De hecho, me embarga una paz hipnótica, de benzodiacepinas o de domingo a la mañana cuando la casa está tan sucia que no importa arrojar una colilla más al piso. Pero después, durante días, recuerdo el episodio y me tengo miedo.
Cambiar de idea.
Aixa de la Cruz.
Caballo de Troya, 2019. 

sábado, 16 de febrero de 2019

DESPIECE DE "LA ESCAPADA" (GONZALO HIDALGO BAYAL)

Image result for la escapada gonzalo hidalgo bayal

La escapada es una novela plena de hidalguía y puramente metabayaliana, pues supone una reflexión sobre la vida y la literatura tras un encuentro fortuito que conlleva recreación autoficticia y plagada de guiños y homenajes a obras ajenas y, sobre todo, del propio Gonzalo Hidalgo Bayal, como Paradoja del interventor, La sed de sal o Nemo. 
Es decir, una lectura más que recomendable para cualquiera que busque una prosa consistente y una delicia especialmente grata para sus lectores, cada vez más numerosos.

A continuación, dejo la acostumbrada selección personal de los pasajes que me han parecido más brillantes y menos dañinos para destripar un argumento que, en este caso, es lo de menos. Quizá porque, lejos de tratarse de una novela contante (y sonante) se trata de una obra memorable. Otra más.


sin más motivo que la nostalgia literaria, que no deja de ser una forma dulce de añoranza del pasado y del tiempo perdido (todo el tiempo pasado, como se sabe, es también tiempo perdido, doblemente perdido: porque no lo aprovechamos, porque no ha de volver). Quien sea o haya sido lector voraz rara vez pasa por delante de un puesto de libros sin detenerse, más aún si sus pasos no lo llevan a ninguna parte, y de ahí que me haya detenido a menudo ante las mesas de la librería de San Ginés e incluso pueda decir que he sido moderado cliente de sus ofertas, sus rarezas, sus saldos y sus libros de ocasión. Lamentablemente se me pasó ya la euforia de la posesión de libros y hasta de su lectura (también yo he leído ya todos los libros y me he entregado a las tristezas de la edad y a mi propia decadencia) y, salvo excepciones, me limito a mirar, a llevar a cabo comprobaciones de rutina, a comparar un ejemplar en oferta con mi propio ejemplar, inocuas menudencias, entretenimientos de hombre ocioso y cansado, adscrito a la fatiga (...).
Éramos poco más de veinte aprendices de filólogos y tenía que haber alguien asignado a ese papel de bufo, alguien que actuara como contrafigura de todos los demás, alguien a quien mi compañero de cuarto definió con precisión como un pobre hombre (pero él no lo sabe, dijo), alguien, por ejemplo, entre cuyas aficiones más recurrentes figuraba el empeño de averiguar la belleza de las mujeres por la espalda (el arte de la postergación, decía, lo que, según parece, era un experimento y provenía de una hipótesis: que los hombres que se vuelven a mirar la espalda de las mujeres con las que se cruzan o los que aceleran el paso para adelantarlas y poder mirarlas luego de frente, cosas ambas frecuentes, que practican muchos, y tal vez poco razonables, lo que en realidad pretenden, más que seguir los impulsos del deseo o, según su argot sociopoético, aquilatar el calibre de la belleza, es ver en qué medida el culo se corresponde con la cara o con las témporas) o que, habiendo averiguado la fecha de mi cumpleaños, me regalara con mucha solemnidad pública y prolijo envoltorio marrón un libro comprado en la cuesta de Moyano, no cualquier libro, naturalmente, no, uno específico, especial y aun especioso: Don Gonzalo González de la Gonzalera, colección Austral, quinta edición, 21 de mayo de 1965 (todavía lo tengo, no lo he leído). Pero sigo. (...)
Los motes tienen siempre un punto de burla o de malicia que, como es natural, se pierde cuando la víctima lo asume. (...)
Nunca dejarán de sorprenderme los mecanismos de la memoria, que puedan recuperarse lances olvidados, que alguien recuerde sucesos que nos pertenecen y que nosotros hemos olvidado y, al revés, que podamos recordar con toda nitidez detalles que no nos pertenecen y de los que su verdadero dueño no ha conservado ningún vestigio. (...)
Yo había empezado a trabajar como profesor no numerario en un instituto de mi tierra (PNN, parias de la enseñanza cuyas siglas en aquellos años postraumáticos muchos se esmeraban en pronunciar con una sonrisita tonta, o con una turbia mueca sicalíptica), había abandonado Madrid, por tanto, y tenía que someterme al calendario escolar. (...)
Cuando todo lo posterior es uniforme o carece de importancia, incluso de sentido, la memoria de lo anterior se robustece y perdura. (...)
En algo ha cambiado Foneto y en algo, sin embargo, no ha cambiado. No es ya, ciertamente, el Ordet que recordaba ni el austero y airado Cristo de Pasolini (sin duda, cuarenta años cambian la fisonomía y el aspecto de cualquiera: ya he dicho que no lo hubiera conocido, reconocido, por mí mismo), pero permanece en él la sombra de lo que era, cierto aire de ausencia y de distancia, cierta retraída aceptación de las convenciones. Sigue siendo moreno, por supuesto, aunque lo que antaño podría servir para atribuirle una extracción social acaso extrema (remotas periferias urbanas, alguna ascendencia rural y labrantía, pueblos quizás entregados a su pobre subsistencia, aunque sabíamos que no era el caso) o unos orígenes mestizos ahora parecía producto de una discreta y meritoria madurez. No ha prescindido de la barba, breve ahora y senecta, gris y entrecana, o entregrís quizás, ha claudicado en lo que al bigote se refiere (que lleva bigote es lo que digo, a juego con la barba) y me atrevería a decir que el pelo, ni corto ni largo, sin entradas, aún espeso, se acomoda a cierta estética de orden en el descuido, de discreta y no sé si vanidosa despreocupación. Conserva además la misma línea en su figura, tan delgada y escueta como antaño, sin las deformaciones a que la edad y el abandono nos condenan. Sigue vistiendo indumentaria sobria, eso sí, aunque menos sombría que antaño, sustituidos los tintes oscuros, generalmente negros o marinos, por la placidez ocre del desierto al atardecer, en sintonía con esos individuos que no prestan atención a sus ropajes y a los que, sin embargo, nada puede reprochárseles, como si a partir de cierta edad, cuando ya no importan la presencia exterior ni la prestancia social, hubieran alcanzado una suerte de armonía natural sin servidumbres. Pienso esto sin saber muy bien lo que digo ni estar en nada seguro de mi opinión. Nunca he sabido componer retratos ni me he atrevido a aventurarme en etopeyas. Tengo conciencia de no preocuparme en absoluto por estas cuestiones y me temo que mi aliño indumentario peca más de torpe y uniforme que de ninguna otra cosa favorable. (...)
Hay ciertos actores de cine que, cuando son jóvenes y actúan como galanes (no sé si la palabra se sigue usando en el cine de hoy), porque son guapos y esbeltos y simpáticos, resultan de todo punto insoportables, porque su ventura depende solo de su belleza y, por ello, parecen incapaces de los matices del sentimiento, del dolor, de la ausencia, de la fatiga, de la desolación, y, ajenos a los recursos de la inteligencia, avanzan por la vida (por el cine, quiero decir) como pequeños diosecillos a los que nada puede negarse. No les hacen falta las tonalidades de la interpretación que dan sentido a un personaje: les basta con la exhibición de su presencia. Son, si se me permite el juego de palabras, pura y vana superchería. Tal vez no sea culpa suya, no lo sé, tal vez se limiten a prestar su belleza juvenil y masculina, su reclamo viril, a tramas tontas y cursis, a comedias ligeras, a romanticismos de serie. Como digo, no lo sé. Al fin y al cabo, el comercio cultural se enriquece a base de concesiones, convenciones, engaños y simplezas. Son, pues (o serían), actorzuelos o incluso algo peor (con todo, no me atrevo a anteponerles una eme, especie de prefijo con que bromeaba un grupo de jóvenes cinéfilos con quien trabé amistad en aquellos años), pero algunos de estos actorzuelos (no todos, solo algunos, los predilectos de los dioses), cuando envejecen y pierden los atributos de la juventud, asumen con resignación su circunstancia, también quizás con ironía, y aprenden a comportarse como tales, en primera persona. Adquieren una dignidad que no solo resulta ejemplar y afortunada, sino que, pienso yo, debe hacerles avergonzarse de sus papeles jóvenes, de la parte frívola y sentimental de su biografía y de su filmografía, tan a menudo comunicantes. Han tenido que avenirse a las realidades de una edad ajena a la figura. (...)
 Si nunca llegamos a conocernos del todo a nosotros mismos cómo vamos a poder pensar siquiera en llegar a conocer mínimamente a los demás. Cierto es que ningún procedimiento psicológico, psíquico o psicoanalítico agota al individuo y por eso cierta concepción canónica de la novela se impuso como objetivo elaborar un amplio y minucioso catálogo de variantes del carácter y la desdicha, por muy incongruentes y extravagantes que fueran lo uno y lo otro. Siendo esto así, qué puedo decir yo de Foneto que no sea conjetura narrativa. Es verdad que compartimos unos años estudiantiles, pero también lo es que nuestra relación se prestó más a la observación directa e inmediata que a las confianzas y las confidencias. Nunca hablaba Foneto de sí mismo desde dentro, de modo que de la observación de entonces (y tampoco éramos demasiado dados a observar en aquel tiempo, nos limitábamos a estar, toda la observación que pudiéramos prestar viene ahora filtrada por las traiciones de la memoria) solo pueden salir deducciones a posteriori y, por tanto, por interesadas, poco, muy poco fiables. Eso aparte, poco sé, poco puedo saber de la vida de Foneto más allá de lo que él haya querido contarme. Ignoro, por ejemplo, si la soledad en que lo incluyo fue realmente tan radical como imagino, si sería lo que llamé en cierta ocasión solitud ontológica, o si, por el contrario, se ha tratado solo de una soledad cómoda y práctica, de un solitario y apacible bienestar, la que predica el refrán que dice «buey solo bien se lame», aquella ataraxia de Schopenhauer que consolaba nuestras flaquezas, una soledad inmobiliaria, doméstica, parcial, complementada por horas con una o varias compañías externas, estables, alternas, permanentes. Lo ignoro. No sé, pues, hasta qué punto no estaré fabulando un personaje literario superpuesto a una persona real a la que, además, conocí y con la que tuve buena amistad y notable sintonía. Por eso me pregunto si mi intención al contar mi encuentro con Foneto no obedecerá a una maquinación de los dioses, si no estaré viendo en él la encarnación de un personaje acorde con los que protagonizan mis narraciones, un carácter solitario, ajeno a todo y conforme consigo mismo, si no habrán desembocado de algún modo en Foneto, en una persona real, sus precursores de ficción, Sín y Nemo, tal vez el propio interventor, y de algún modo también yo mismo en la medida en que, sea ello como fuere (madame Bovary c’est moi, es cierto, pero Charles Bovary también c’est moi), me incluyo necesariamente en ellos. (...) si esto fuere así, si no supero las dificultades, los espejismos de la retórica, entonces no estaría hablando de Foneto como persona, sino como personaje. Y es verdad que puede construirse un personaje literario a partir de una persona real, pero no es eso, desde luego, lo que pretendo. Me temo, sin embargo, que al final no sea otro el resultado. No es infrecuente, según creo, que de ciertos individuos de los que tenemos noticias externas, individuos marcados puntualmente por el acontecimiento y por la actualidad, hagamos altos personajes y, cuando eso ocurre, se debe a menudo más a lo que nosotros añadimos que a lo que de verdad ellos tienen. Rellenamos el vacío con una imaginación formada en los cauces de la tradición, les aplicamos unos atributos, una entereza, una integridad y una capacidad de sufrimiento que acaso estén lejos de su carácter, les adornamos con virtudes literarias (heroicas, épicas) de las que seguramente carecen, porque los héroes no existen y la épica es solo el modo como contemplamos conductas del pasado cuya verdad desconocemos. Sin aditamento, las personas reales dan poco juego como personajes novelescos. Sabemos, sí, que se levantan, se peinan, desayunan, salen a la calle, tosen, estornudan, dichosos labran su alto jornal, se complacen en su pecho colorado, viven en suma su tiempo, que es un tiempo neutro, un continuo amorfo de instantes átonos (también tal vez atónitos), sin significado propio. En los personajes novelescos, en cambio, todos son instantes narrativos. Tal es la diferencia: tiempo neutro frente a tiempo narrativo. Todo en unos tiene significado y se elige precisamente por su significación. En otros no hay significado posible, porque la existencia carece de significado. El personaje novelesco es una invención y una composición: admite por ello todos los atributos que lo convierten en tal, la suma de las agregaciones que lo conforman. La persona, en cambio, no admite los añadidos de la imaginación, ni siquiera los que, siendo razonablemente deducibles de los hechos, carecen de documentación y de entidad biográfica. Todo son lagunas, sombras e ignorancias. He ahí la diferencia: los personajes de ficción aparecen con todas las necesidades de la libertad, son libres, pero lo que hacen ha de plantearse como necesario, como la única elección posible; Foneto, en cambio (este Foneto, no el que escribió alejandrinos a los ovísimos y descifró el código π), aparece con todas las necesidades de la realidad; no se trata de verosimilitud, sino de verdad: esto fue lo que ocurrió, esto fue lo que dijo. Heme aquí, pues, en el trance y en la dificultad de querer hablar de una persona, como tal, no como personaje. Veré qué puedo hacer. (...) 
Toda añoranza manifiesta (manifestación de abandono, de soledad no querida) es una forma de egoísmo y una forma de venganza. Tal vez por eso nos identificábamos con el autor anónimo de aquel TE ECHO DE MENOS, quizás unos porque todos hemos echado de menos a alguien alguna vez, quizás otros porque no es difícil solidarizarse con quien siente y manifiesta esa añoranza, con toda certeza unos y otros porque las intrigas sentimentales insolubles gozan de un intenso aliciente narrativo y perduran con el aura de las melancolías ajenas. Con todo, creo que la pintada sobrevivió a cualquier conjetura, tal vez incluso a la biografía de los personajes implicados. Tal vez el autor anónimo se arrepintiera de su fogosidad mural. Tal vez acabaran reencontrándose y vivieran más o menos felizmente e incluso bajaran juntos las escaleras y sonrieran al ver lo que el TE ECHO DE MENOS había supuesto para ellos o, en caso contrario, a qué desventuras los había conducido, cómo tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama. Pocas cosas escapan a la libertad de la ficción, pero en este caso se trataba de una novela inconclusa, más aún, de una novela en ciernes, o acaso un solo verso suelto, desgarrado y estéril. Lo que no sabíamos entonces es que nosotros pertenecíamos más a aquella época que al presente y que a aquella época íbamos a dedicar entero el día. Por eso recordábamos ambos la pintada al cabo de tanto tiempo.
La escapada.
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Tusquets, 2019.