Por suerte, "La manada" sigue dejando su rastro por los medios. Y digo por suerte porque eso significa que tanto la fiscalía como la víctima (sin duda, una valiente) van a recurrir la sentencia.
Es un caso muy importante, que está dejando al descubierto el funcionamiento del sistema judicial, de los medios de comunicación y de ciertos grupos de Whatsapp de "hombres". Ojalá, insisto, este debate se asiente en nuestras conversaciones, redes y medios, porque eso significará que continúa la protesta contra la sentencia y que los intentos de webs de acosadores como Forocoches no han conseguido el objetivo de amilanar a la víctima ni los cipotudos victimistas tampoco han logrado imponer su paranoia acerca del peligro del feminismo hacia todo lo establecido.
Sin embargo, siempre que he podido me he referido al conocido grupo de amigos sevillanos como "La Piara" y, a falta de otro mejor, sugiero que lo usemos como sustituto. Eso nos permitirá recordar que una manada puede ser un grupo de amigos o amigas muy unidas, sin necesidad de connotaciones repulsivas. O también que fue (y es) el título de una preciosa canción y de un gran disco de Ariel Rot, por cuya elección ha llegado a pedir perdón, a pesar de que, como decimos, no tiene por qué remitir a un grupo de abusadores machistas y, en cambio, contiene, sin duda, una de sus mejores canciones:
Pero, sobre todo, que, como reivindica el movimiento feminista "La manada sois vosotras". Y para no olvidarlo vaya este poema de Ana Pérez Cañamares:
VEINTE DE NOVIEMBRE Te fuiste a morir en la misma fecha que aquel que te había jodido la vida; nada personal por su parte: te la jodió a ti como a tantos otros. En el momento me pareció una coincidencia con más mala leche que otra cosa: una ironía fúnebre, una carcajada de la calavera. Pero luego pensé que tú reirías la última, que noviembre sería el mes de las madres que guardan la ternura y la dignidad en un cofre rodeado de pinos y regatos; no el mes de los que se van entre tubos, ajenos a la muerte como estuvieron ajenos a la vida, y que yacen incorruptos admirando la solidez del mármol. Una última cosa, madre: sé por ti que hay ideas que atentan contra el corazón. Dicho de otro modo: tener corazón no permite tener ciertas ideas. Y ninguna otra vida ninguna otra muerte me convencerá de lo contrario.
Milito en el partido de mi intimidad. Mi manifiesto: las conversaciones de los bares. En asambleas de dudas y miradas nos reunimos mis compañeros y yo. Defendemos nuestro programa a golpe de abrazos detenidos. Los votos cuentan en círculos de vasos sobre la mesa. Hay palabras y hay silencios. Más allá de las siglas hay palabras y hay silencios. Camaradas, os convoco al multitudinario congreso de las calles. Entrad en mi alma clandestina. Atrás queda el partido de los indiferentes. Os ofrezco una bandera tejida con restos de naufragios y la esperanza de la playa.
Desde que comencé este blog, utilizo la etiqueta Compromiso político y amor adolescente para compartir los textos (propios o ajenos) de una temática más puramente social. Se trata de un verso de la fabulosa canción de Juan Antonio Canta que comparto justo encima y supone además un recordatorio de que a veces resulta eficaz o incluso apropiado mezclar eros y pancarta.
Hace ya mucho que compartí también en esta bitácora el que en mi opinión es el mejor poema de amor escrito nunca. Se trata de "El esplendor de la metamorfosis" y puede encontrarse en Amarte sin regreso (poesía amorosa 1981-1994) de Jorge Riechmann. Curiosamente, esta antología me la regaló Leonardo Alanís, director y, sin embargo, amigo del instituto en el que, cuando me dejan, doy clase. Vayan desde aquí las gracias y un abrazo. Qué menos.
La antología tiene un prólogo precioso, que transcribiré completo en la entrada que estoy preparando sobre los, en mi opinión, mejores prólogos y que concluye así:
Amar es una aventura de totalidad: no se sale indemne de ella. "Yo ya sé que de amarte nunca se regresa". Vivir no puede ser prepararse para una despedida; tiene que ser, siempre, irse preparando para un encuentro. (La conciencia de que el encuentro último no se producirá perfila trágicamente nuestra existencia contra el fondo de la muerte.) Swift escribió: "¡Ojalá vivas todos los días de tu vida!" El calor que buscamos no es el del establo, sino el del abrazo de los amantes.
La primera parte del libro se llama "Tanto abril en octubre" y reúne los poemas escritos durante la convalecencia de su mujer a la espera de un autotrasplante de médula ósea que, como aclara el propio autor, salió bien. Para acabar de dejarlo claro, añadió a esta sección "El esplendor de la metamorfosis", ya citado y este "Otro comienzo más"
OTRO COMIENZO MÁS
Hoy
un día de febrero
aterido de lumbre hasta los codos
has escapado
otra vez
al anto de ceniza
al restregón del cáncer
dispones
disponemos
de un día más
una semana más un año
un día
pero no te equivoques: no se trata
de un últio día
nunca te dejes tutear por un tumor
este día ganado es el primero.
A continuación Riechmann reúne poemas de El corte bajo la piel y Baila con un extranjero. Entre ellos, destaco, por motivos poéticos y biográficos, los siguientes:
ELOGIO DE LA DURMIENTE
Yacer despierto a tu lado
en el profundo cobijo de tu sueño.
Boca abajo, respiras
una canción de la tierra
que no recordarás al despertar.
Acompaso mi ser a esa canción.
ELOGIO DEL PLACER EN SEVILLA
En qué pliegue de tu carne desdoblada
anidaba el placer
y por qué ahora
tras un vuelo instantáneo
dilata el magnolio
desborda el río
excede el vino la torre el patio de naranjos
por qué respira tanto
en el pecho del mundo.
Después llega la sección "Figuraciones tuyas", inédita hasta esta colección. Lirismo romántico con precisión cirujana del que se puede extraer, verbigracia, este ejemplo:
MI AMANTE SE EDUCÓ EN UN COLEGIO DE MONJAS
Ese país lentísimo donde las gotas de lluvia
llegan al suelo uno a una
en ordenadas sartas.
Esa tibieza neutra donde ya no se advierten
las cicatrices antaño abrasadorasa,
la ausencia del deseo. Lentísimos rosarios de la lluvia.
Niña con cuerpo de agua. Te arrancaron
algo y después no dejaron de arrancarte
la memoria de algo
ni la memoria del extirpamiento.
Hoy tu cuerpo se acuerda de la lluvia
y mi cuerpo se acuerda de tu cuerpo.
Completan el libro poemas de Material móvil, Cuaderno de Berlín, Cántico de la erosión, La esperanza violeta y, por último, La verdad es un fuego donde ardemos que se abre con este poema en prosa sin título (ni falta que hace):
Amar es descubrir en el otro lo sagrado: el paraíso, el abismo, la cima, la noche, el espacio y el infierno. La experiencia puede llegar a ser devastadadora.
Yo sólo quise ser a veces, en mañanas concéntricas y casi inabordables, el deslumbrado panadero de tu goce.
Además, aunque en realidad podríamos elegir cualquiera con seguro azar, selecciono otro par de joyas:
CONTRA EL OLVIDO
Vivir cada presente rescatando
todos los presentes ya vividos.
Que no borre este amor
ninguno de los amores anteriores:
cada uno de ellos prefiguraba este
desde la llaga o la transparencia.
Estancias de una casa en cuyo patio
conversas toda la noche con la luna.
MEMENTO
¿Padecimos? No sé.
No quedan cadáveres que nos recuerden tal siembra,
ni quebradizos árboles de días amarillos,
ni muerte maleable.
Sólo este frágil aposento de equilibrio
donde estar, donde no estar.
Aplazando la espera.
Queda el desolado placer de la memoria
cantando aguas abajo.
En cuanto a De regreso a nosotros, último libro, hasta el momento, de nuestra admirada Ana Pérez Cañamares, debe su título a uno cita de Antoine de Saint-Exupéry:
Tal vez el amor sea el proceso por el cual yo te conduzca delicadamente de regreso a ti mismo.
Entre los poemas que podemos citar de un libro recomendable de principio a fin están los siguientes:
Vienes y revolucionas
todas las estaciones
florezco, lluevo
nievo y relumbro
soy un libro de haikus
mis hojas bailan al aire
que mueves al caminar.
No te conformaste sólo
con derribar los horarios
aspirabas a la Revolución:
guillotinaste el tiempo.
En tus libros encuentro poeas
con versos subrayados:
me paseo por tu historia
con palabras prestadas me señalas
el camino que te trajo hasta aquí.
Siento mi amor por ti
como algo denso y concreto
de hecho cada mañana
lo visto y lo peino
le doy mi nombre
lo paseo entre la gente.
Tú y yo somos dos poemas
escritos en diferentes idiomas
que nuestros cuerpos mudos
se empeñan en traducir.
Me tocas como lee
un ciego el Quijote
al final de la lectura
no sabemos quién es libro
quién loco, quién lector
quien la obra maestra
de quién.
Suena la ducha:
me ha relevado el agua
en la tarea de acariciarte.
Dormimos espalda contra espalda
respetamos cada uno
la tierra de los sueños del otro
al despertar nos citamos
en el puesto fronterizo
allí aprendemos entre brumas
que dos exiliados hacen país.
Quererte no me servirá
para comprender el amor
también los buceadores
olvidan la idea del mar.
Con esta pequeña selección y un mínimo homenaje concluyo esta entrada sobre dos poetas siempre necesarios, tanto en su faceta combativa como en la amorosa. Como hemos visto, difícilmente disociables:
EL BAR
El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.
EL BAR DE AMIGO CHECHU (Drunk song): un poema de Ape Rotoma
El bar de mi amigo Chechu es el café
de Nicanor que canta Joaquín Sabina,
es el Cheers de Boston, where
everybody knows your name
y también knows otras cosas
about you, es la taberna de Moe,
es un refugio nuclear que protege
del fracaso y del desánimo
a unos cuantos desnortados
que devienen importantes y famosos
personajes sólo con estar allí,
es un gran templo pagano
donde oficia sus ministerios
la sacerdotisa Patty, camarera
y confesora, juez y parte,
simpatía por arrobas y una sonrisa perenne,
es también sala de juegos
(tanto da julepe o trívial)
y pabellón de reposo, es un barrio
de Calcuta en ocasiones,
donde se ve lo más raro
y más variado y a nadie le importa un pijo,
donde se habla o no se habla
con nadie o se habla solo,
se arregla el mundo y se rompe,
se respira una empatía hipertrofiada,
se recuerda y fantasea,
se merienda si hace falta una pizza
o un jamón, algo del chino
o del búrguer de la esquina
y, sobre todo, se bebe, claro está,
las copas que pone el Gato
y que parecen piscinas aunque
sin escalerilla, diría mi colega Frito
al que me alegra traer a colación
ya que pasa allí más horas
que los propios taburetes y es el alma
de las obligadas fiestas de los viernes
y los sábados y las menos obligadas
de algún jueves y algún domingo que otro
y del miércoles que toque
porque eso nunca se sabe,
es el abono que propicia la existencia y crecimiento
de una gran familia falsa, o sea,
una de las más auténticas, enmarcada y sustentada
por los vapores etílicos, el humo denso
del tabaco o lo que sea y los viajes
al servicio a lo que sea también,
es la hostia, es el copón
de la baraja, es la leche.
Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, “donde la soledad se verifica en medio de los demás”. Se trata de un espacio en el que “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto”. El novelista italiano acude a escribir casi siempre al Café San Marcos, en Trieste. Está acostumbrado a su torbellino, donde nada lo molesta. En Microcosmos, uno de sus más interesantes libros, rinde homenaje a los cafés. Joya del art nouveau, se trata del mismo local en el que Italo Svevo solía empezar sus mañanas, con la segunda caja de cigarrillos del día a medio fumar. No demasiado lejos de allí, en el Café Stella Polare, Svevo recibía clases de inglés de James Joyce, que también a menudo escribía en bares.
Magris necesita intimidad, y el bar es el lugar perfecto. Solo hay gente y ruido. Al parecer, son la clase de condiciones adversas que favorecen el tipo de aislamiento en el que su literatura avanza con determinación. Porque no se trata tanto de estar solo, como incomunicado, y eso lo consigue pese al ruido de la clientela y la máquina del café. Las multitudes, y sus barullos, también arrullan. Hay un momento en Gilda (1946), de Charles Vidor, en que el individuo que limpia los baños del casino consuela al personaje que interpreta Rita Hayworth diciéndole: “Con tanta gente se siente uno solo”. Esta clase de multitud, justamente, es la que consuela a Magris y lo acuna para escribir entre el gentío.
César Aira, desde las cafeterías del barrio de Flores, en Buenos Aires, también cultiva esta suposición: el bar ayuda a escribir. “Yo necesito una mezcla de concentración y distracción”, asegura, y eso sóolo se lo proporciona un local lleno de gente comentando trivialidades en la barra. “Si hay suerte, alguna me sirve para la siguiente novela, incluso para dar un giro a la que estoy escribiendo en ese momento”.
La literatura no siempre tiene que ver con la comodidad de una habitación con vistas, ni con la posibilidad de escribir en bata y en zapatillas a cuadros, mientras buscas la novela perfecta desde tu hogar. Hay muchas formas de comodidad, y entre ellas se encuentra el fastidio de un local ruidoso y transitado, cuando no con olor a cebolla frita en el ambiente. No es lo peor que puede haber en el aire. En 1922, instalado ya en París, Ernest Hemingway bajaba a escribir al café que había en la planta baja de su edificio, donde se bailaba bal musette a todo volumen. Allí escribió sus primeros cuentos, mecido por el caos, incluso el mal gusto, y bebiendo ron Saint James, con propiedades aislantes. Todo el instrumental que precisaba eran la bebida, las libretas de lomo azul, los lápices y el sacapuntas. Poco después de que su primera mujer, Hadley Richardson, extraviara durante un viaje en tren la maleta con su primer manuscrito, el autor norteamericano se puso a escribir en La Closerie des Lilas Fiesta. El ambiente del local le sentaba bien a su estilo. Allí plasmó también parte de Adiós a las armas. En realidad, las cosas más interesantes, si eras un escritor floreciente, solo podían sucederte en aquel lugar. Allí, de hecho, Francis Scott Fitzgerald le dio a leer El gran Gatsby, después de conocerse, en 1925, en el bar Dingo.
En aquellos años felices, entre guerras, todo lo bueno ocurría en la cama y los bares, como en la actualidad, probablemente. Aunque no se puede hablar de la generación perdida, como su madrina Gertrude Stein la bautizó —”You’re all a Lost Generation“, le dijo a Hemingway durante una de sus conversaciones—, sin mencionar el último reducto: el bar del Ritz. Casi al final de la SEgunda Guerra Mundial, Ernest se sumó a las escaramuzas para liberar el local de la presencia alemana. Y una vez liberado, lo celebró como se debe. La leyenda dice que se bebió 51 dry martinis. Puede ser. En Al romper el alba confiesa, esclarecedoramente: “Por lo que contaban, Churchill bebía el doble que yo y acababan de darle el premio Nobel de Literatura. Yo lo único que intentaba era ir aumentando mi cuota de alcohol para estar a una altura razonable por si me daban el premio a mí, ¿quién sabe?”.
Decir adiós a un novio es fácil
si uno se concentra en repartir los recuerdos:
aquel CD te lo regalé yo
este libro es mío
nunca me gustó esta foto
pero el marco es una herencia de mi madre.
Pero con los amigos a la hora de romper
no hay nada para repartirse
nada que repare el daño
que simulacre la ruptura.
No hay aniversarios que llorar.
Sólo huecos, tardes de domingo
pipas que se enrancian
películas que envejecen
bromas que nadie entiende
que flotan arrastradas por el aire como globos después de una fiesta.
A la hora de romper no hay un momento perfecto.
Las manos están en movimiento
se agarran, se sueltan
bailan juntas o por separado
se pellizcan
se enredan los dedos en las frases
en un abrazo o en un pulso.
Sólo vale un tajo inesperado
zas
y entonces yo me he quedado con dos de tus dedos
tú con dos de los míos
y no nos sirven para nada los dedos ajenos
ni los muñones propios.
Los números de teléfonos no se olvidan de un día para otro
no se vacían las piscinas
ni se agostan los veranos
y en el recuerdo las risas suenan siempre burlonas.
Además, intervienen autores como Inma Luna, Alberto García-Teresa, Marcus Versus y sus gatos Layla y Sola (Poe prefirió quedarse en un discreto segundo plano). No tanto como sus libros pero, sin duda, merece la pena.
De paso, aprovecho la excusa para dejar por aquí su poética, citada al principio del documental e incluida en la antología 23 Pandoras. Poesía alternativa española, seleccionada por Vicente Muñoz Alvárez y publicada por Baile del Sol:
Escribo porque mi madre no escribía; escribo porque no tengo jardín ni perro y vivo en un lugar sin mar; escribo porque mi voz y sus ecos me hacen compañía; porque soy un laboratorio y quiero difundir los resultados de mis experimentos; porque, siempre, después de analizarme, levanto la cabeza y observo dónde me coloca lo que he visto, y esto también tengo que escribirlo; escribo para decir “yo también” o para preguntar “¿tú también?”. Escribo para saber si tengo que perdonarme, pedir disculpas o exigir responsabilidades. Escribo para ser agradecida y también para cagarme en todo lo que se menea. Escribo porque sé hacer otras cosas, pero ésta es la que elijo y la que siempre me espera. Escribo para rescatar aquello en lo que quiero creer, lo que no puedo olvidar; para salvar mi voz del barullo. Escribo porque entiendo a Virginia Woolf, a Anne Sexton, a Sylvia Plath, pero yo quiero sobrevivir y seguir escribiendo. Escribo porque quiero que se sepa con qué fuerza lo intenté, y con qué fervor lo intentaron otros. Para hacer del fracaso un lugar habitable. Escribo para no dejarme invadir y colonizar. Escribo para ser la primera en acusarme de falsedad o hipocresía o cobardía, antes de que lo hagan los que se fortalecen acusando a los otros. Escribo porque no sé gritar sin quedarme afónica. Escribo porque una palabra precisa me aparta de la confusión. Escribo para llegar al lugar donde las dudas ya no son defensas ni huidas, sino brazos abiertos a los cómplices. Escribo porque a mi ansia de comprensión sólo la calma y la humaniza la constatación de sus límites. Escribo para encontrar utilidad a las heridas. Para que mi hija conozca lo que no supe o no me atreví a explicarle a la cara. Escribo porque los momentos en que escribo nunca son iguales entre sí, y me salvan de la rutina. Escribo porque la belleza no sólo consuela, sino que, además, es lo único que me permite mirar el dolor cara a cara. Escribo para que lo propio y lo ajeno se disuelvan. Escribo porque lo escrito es el disfraz más honesto y más cercano a la piel que conozco. Escribo para no dar nada por sabido.
Creo que nadie se escandalizará si repito aquí la obviedad de que La Isla de Siltolá se ha convertido en una de las editoriales de poesía más sólidas del momento.
Sin embargo, lejos de conformarse con eso, parecen empeñados en crecer, lanzando colecciones de novela, relatos o aforismos.
En esta última colección han salido recientemente libros tan interesantes como Hielo seco de Isabel Bono, Hablando solo por la calle, de Javier Salvago, El silencio escribe con tijeras de Luis Arturo Guichard o Ley de conservación del momento de Ana Pérez Cañamares, que no para. De esta última autora voy a destacar algunos "pecios", que diría Sánchez Ferlosio, especialmente agudos y sin haber tenido que sacrificar su magnífica capacidad de crítica social (recordemos que Economía de guerra puede ser uno de los mejores (y más necesarios) libros de poesía de los últimos años):
En casi todas las reglas, interesa ser la excepción. La niebla convierte el paisaje en japonés. Detrás de un provocador siempre hay un niño que quiere llamar la atención. Sin expulsión mediante, no hay quien abandone un paraíso. El reloj interno que te despierta a las siete del sábado es el capitalismo hecho entraña.
Por otra parte, un libro que llama especialmente la atención de esta colección es Antiaforismos (aforismos de mierda) de Jaime Sánchez Martín. En él, podemos leer reflexiones como estas:
La literatura no es universal, es artificial. El lector medio no es lector. En la playa de la literatura, el aforismo es la papelera. En la geografía de la literatura el aforismo es el golfo. En el carnaval de la literatura el aforismo es el Kichi. En el mito del aforismo no hay ninguna caverna. La Constitución Española es un aforismo mal escrito. Hay que leer un haiku dos o tres veces para no entenderlo.