ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 8 de julio de 2026

Lo mejor de AMOR SIN FIN (Scott Spencer)



Sigo creyendo que la afirmación que mejor explica mi estado mental de esa noche es que provoqué el incendio para que los Butterfield tuvieran que salir de su casa y enfrentarse a mí. El problema con las excusas es que de forma inevitable se vuelven difíciles de creer después de utilizarlas un par de veces. Es como ese juego de palabras que descubren los niños: si repites una palabra las veces suficientes, pierde todo su significado. Pie. Pie. Cien veces pie, hasta que, al final, ¿qué es pie? Aunque pese a que mi motivo verdadero se haya desgastado un poco (y a través de su diáfano centro detecte otros motivos posibles), sigo pudiendo decir que la idea más clara que tuve cuando encendí la cerilla fue que prender un fuego en el porche era la mejor manera de incitar a los Butterfield a que salieran de su exclusiva velada, mejor que un grito desde la acera o una piedra contra la ventana o cualquier otra señal desesperada y potencialmente denigrante que pudiera yo hacer. Me lo imaginaba así: olisquearían el humo que despediría la pila de periódicos viejos, intercambiarían miradas y saldrían en fila a ver qué pasaba. (...)

Yo pertenecía, lo supe entonces, a la vasta red de hombres y mujeres condenados: el amor había tomado un camino equivocado dentro de mí y me había empujado al caos. No era mejor que los que hacían llamadas anónimas, que los fanáticos, las alimañas enloquecidas, los que amputaban orejas, los que perpetraban extravagantes suicidios acusadores, los que contrataban a detectives privados o que un rey medieval dispuesto a desplegar un ejército de diez mil almas para ganarse el favor de una doncella distante y quien, una vez que los campos están abrasados y los cuerpos yacen en montones bajo el sol, se golpea el pecho y dice: «Lo hice todo por amor». Desapareció el alivio, me quedé mirando la casa y lloré, aunque apenas me daba cuenta de que estaba llorando, porque era casi lo único que había hecho desde el día siguiente al incendio, como supongo que haría cualquiera en su sano juicio. (...)

Me había preparado para que las apariciones de Jade me sobresaltaran de manera regular. No sé de dónde provenía esa información —probablemente de alguna canción o de una película—, pero tenía entendido que el corazón hambriento fabrica espejismos. Si ves a alguien con falda gris y camisa azul…, o que mida uno cincuenta y tenga los pechos pequeños…, con bolitas turquesas en los lóbulos de las orejas…, caminando con los ojos bajos y ladeada hacia la derecha…, con el pelo color galleta, rizado como el de la pequeña Lulú. Veía todas esas semejanzas y más. Oía voces que era posible confundir con la suya y vi a una chica que parecía estar de camino a una fiesta disfrazada de Jade. Llevaba los pantalones caqui de Jade, con la ancha cintura elástica, y la camiseta verde y roja de Jade; caminaba con los ojos clavados a la derecha de sus pies; fumaba un cigarrillo que perfectamente podría haber sido un Chesterfield. Tenía el pelo mucho más corto que Jade, pero esa misma discrepancia en el largo revelaba una similitud más reveladora: un lunar marrón en la nuca, justo encima del hombro, que era pura pura Jade. Pero no me sentí tentado: ni por un instante confundí a esas impostoras con la verdadera Jade, y no entendía a los que aseguraban ver a sus amantes en todas partes. La gente se toma esos errores como demostración de su pasión, pero me parece que confundir a una desconocida con tu amada es en realidad un tipo absurdo de narcisismo. ¿Cómo no lo vas a saber? ¿Cómo vas a cometer un error? Las palomas de una bandada distinguen a sus parejas sin confusión, los pingüinos y los herrerillos no son propensos a las ilusiones ópticas ni a ninguna otra ilusión. Ellos saben, y yo lo sabría también. (...)

Mi psiquiatra mencionó que el miedo a la violación anal es el terror más vívido que experimenta la gente al pensar en la cárcel, más horrible que la separación de los seres queridos, la pérdida de tiempo, el hundimiento de su carrera, etcétera. No sé exactamente adónde quería llegar Clark, si lo consideraba un vestigio de nuestro pasado de babuinos o si quería sugerir que la fobia era el disfraz del deseo latente. Pero sí que me daba escalofríos la idea de ser ofrecido a un pabellón de presos enloquecidos. Hay algo tan increíblemente cruel en darle por el culo a alguien. Por supuesto que la abertura está ahí y es, supongo, accesible. Pero es aprovecharse del cuerpo. Es como hacerle muecas a un ciego. Sé que uno es sospechoso diga lo que diga sobre esas cosas. Si dices que te gusta el sexo anal, es un poco raro, y si te molestas en decir que te parece horrible, entonces, por algún motivo, es todavía más raro. Pero tuve que pensar en eso cuando mi caso estaba pendiente y no sabía si mi alegato de locura saldría adelante o si me mandarían a Joliet. Nunca he estado en ninguno de los dos extremos de una transacción sexual brutal, hasta la vieja maniobra del instituto de emborrachar a una chica y agarrarle el coño me parecía una locura y un error. (...)

Una vez, cuando Jade y yo estábamos haciendo el amor en su habitación, más o menos en la época en que nos pusieron la cama de matrimonio, llevábamos haciéndolo tanto tiempo que Jade estaba tan mojada por dentro como un río y apenas podía ya sentirme y apenas podía ya sentirla, pero necesitábamos, por razones que no eran físicas, seguir haciéndolo, se dio la vuelta, se acostó boca abajo y se puso de rodillas. Pensé que me estaba pidiendo que entrase por detrás, donde la inclinación de la vagina crea la ilusión de novedad y estrechez, como habíamos hecho tantísimas veces. Jade tenía la espalda empapada de sudor y las sábanas eran como de aguanieve. Yo estaba jadeando y sudando y me dolía todo el cuerpo, pero no quería parar, ninguno de los dos queríamos parar. A esas alturas la fricción, nuestra necesidad de ella, no estaba conectada con el deseo. Era más un intento de borrar nuestros cuerpos y salir explotando de ellos, convertidos en materia pura. Era por la tarde, había una luz suave en su pequeño cuarto, y cuando abrió las piernas y me ofreció su grupa, miré la mitad trasera de su vulva, con el vello castaño oscuro empapado y sobresaliendo en puntas rizadas. Nunca entenderé con exactitud lo que producía en mí la visión de su cuerpo, quiero decir que por qué funcionaba como lo hacía, pero su efecto era tan poderoso, tan infaliblemente poderoso, que creía entonces y creeré siempre que había nacido para verlo, para mirarle la cara, el cuello, los pechos, los genitales y sentir un calor y una amplitud que ninguna palabra de mi vocabulario podía siquiera empezar a expresar. Creo que después de toda esa humedad, ese folleteo húmedo, solo estaba duro al setenta y cinco por ciento, hasta que la vista de su trasero restableció mi erección en su apogeo y de inmediato empecé a moverme dentro de ella. Pero me detuvo y me dijo algo un poco desconcertante, como «Métela en el otro», algo así como un atípico juego del cucutrás, pero que entendí perfectamente. No quería decirle que no, pero me puse nervioso. Nunca habíamos hecho eso antes, y no quería dejarla sola en su deseo de explorar un sitio nuevo. Así que le di un golpe torpe en el agujero del culo con la polla para tantear su ceguera lila. Como la primera vez que hicimos el amor, Jade tuvo que guiarme para entrar, solo que esta vez me estaba indicando un camino que mi mente y mi corazón se negaban a seguir. (...)

El amor nos otorga una conciencia intensificada con la cual aprehender el mundo, pero la rabia nos da una percepción precisa, separada de sí misma. Me senté en la silla de estilo náutico del escritorio de mi pequeño dormitorio y miré a Rose y a Arthur, que estaban sentados al borde de mi cama individual. Arthur le daba tirones a la colcha rústica y Rose husmeaba en su bolso buscando sus caramelos de regaliz con anís, y vi que mi ausencia les había robado su última excusa para seguir juntos. (...)

Aporreé el escritorio violentamente con las palmas de las manos. Me levanté y derribé la silla. La recogí y pensé en tirarla: a mis padres, por la ventana, contra la pared. Mis padres se habían quedado callados. Me miraron con esa mezcla de bochorno, disgusto y envidia que se siente cuando alguien da rienda suelta a sus sentimientos más feos, más irracionales. (...)


No había motivo para apresurarse. Por el momento, lo único que podía hacer era estar donde estaba, en mi aburrida y estúpida habitación, y sentir las lágrimas —¿cuándo había empezado a llorar?— cayéndome por la cara. Esperaba que mis padres no irrumpieran en mi cuarto y me encontraran así. Pero no era cuestión de reprimirme. No tenía ni la fortaleza ni la maliciosa desconsideración para enfrentarme a la herida más profunda de mi ser. Me senté en la cama y busqué a tientas la almohada. La liberé de la funda y me la apreté contra la cara. Entonces abrí la garganta hasta que no pude abrirla más del dolor y sollocé contra ese suave montículo y su millón de plumas.

Como es bien sabido, si no suena nunca, el teléfono no es más que un trozo melancólico de plástico y cobre. Mis padres tenían mi número y me llamaban a menudo, pero no me llamaba nadie más. Ah, sí, una vez me llamó Eddie Watanabe, mi agente de la libertad condicional, para retrasar una semana nuestra cita, pero aparte de eso, el teléfono estaba tan callado como los viejos y severos sofás y sillones que el casero había dejado para mí. Lo que el teléfono sí me proporcionaba era la tentación constante de llamar a los nombres de mi lista de Butterfield. Hacía esas llamadas con una sensación de culpa frenética, como si estuviera coqueteando compulsivamente con una droga adictiva o evadiéndome en la pornografía. Cada vez que marcaba un número, me decía que sería el último y luego que solo uno más. No sé cuánto tiempo habría seguido haciéndolo si hubiese terminado con las manos vacías todas las veces, pero diez días después de que me instalaran el teléfono encontré a Ann en Nueva York. (...)

Ya que toda tu familia cree en compartir (¡qué ardientes igualitarios erais!), te quedaste no poco estupefacto al saber que le escondía mi chocolate a mi propia familia. Solía saborearlo a escondidas y, en realidad, se derretía o se echaba a perder tanta cantidad como la que me comía. Sentía un indudable sobresalto al pasar por delante de los sitios donde lo había escondido. A veces, mientras hablaba con Hugh o con uno de los niños, con la mano apoyada en la caja de costura de madera de arce donde había escondido, debajo de los retales de fieltro y carretes de hilos vacíos, cinco dólares de chocolate austriaco semiamargo, sufría un sonrojo que se iba extendiendo como una mancha por mi cara y el corazón me palpitaba, literalmente. Pensaba: «Dios mío, me estoy delatando. ¡Me han descubierto, estoy perdida!». Era como cruzarse con tu amante por la calle y que él fuera con su mujer y tú con tus hijos, así de aterrador y así de placentero. Los secretos ofrecen el consuelo de la privacidad y de la posibilidad. Son la x de tu ecuación, lo compasivo desconocido. Esos alijos de dulces escondidos, esos recursos sin explotar que remplazaban a todos los demás, fingía que estaban disponibles para mí. (...)


Cada vez que podía, quedaba con Arthur en su oficina. No me cansaba nunca de recordar la noche que entré allí a hurtadillas y encontré mis cartas, y casi siempre Arthur pasaba por el baño antes de que saliéramos a almorzar, y yo tentaba al destino y a mis reflejos leyendo una o dos cartas en su ausencia. (No había tenido el valor de robarlas, aunque terminé por llevármelas un día entero y las fotocopié todas). Esperaba con confusa paciencia a que Arthur me dijera lo desesperada que se había vuelto su vida en casa, pero él solo expresaba su pena con digresiones: encogimientos de hombros, suspiros, llamando a su mujer «tu madre», como si no fuera nada más. El doctor Ecrest me había aconsejado que no me involucrara en el deplorable matrimonio de mis padres y, de todos los consejos psiquiátricos que se habían cruzado en mi camino, ninguno me había resultado más fácil y más natural de seguir. Me contentaba con devolverle a mi padre los besos de saludo y despedida, con alimentarme con avidez de la angustia sentimental de su amor por mí: era un amor puro de padre, natural y demente. Lo único que me pedía era que fuera su hijo; apenas sabía cómo lo adoraba yo. Cada vez que quedábamos para comer, hablábamos solo de mí y entonces, un día casi a finales de noviembre, entré en la oficina de mi padre y me contó que había decidido dejar a Rose. Estaba sentado detrás del escritorio con las manos cruzadas delante de él, como si fuera el presidente dando una charlita por la tele desde el Despacho Oval. Llevaba el pelo peinado con esmero y una chaqueta de sport nueva de color marrón con las solapas anchas; parecía uno de esos hombres mayores que deciden «cambiar de imagen». Solo que ese hombre era Arthur, y ninguno de sus gestos podía estar del todo exento de extravagancia: parecía un ciego bondadoso vestido por alguien que no lo conociera demasiado bien. (...)

AMOR SIN FIN
Scott Spencer 
(traducido por Inmaculada Pérez Parra).
Muñeca Infinita, 2025.

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