"Hoy se cumplen seis meses desde que juré que no volvería a beber. Y Haim. Y Ella. Y otras cosas. Una noche llena de juramentos, aquella noche. Seis meses de nada, absolutamente nada, que no me han librado de los lunares del cuello, no me han humedecido la libido, no me han motivado a vivir más o con alguien en concreto. Y, ya que ha salido el tema, debo confesar lo que más me fastidia: seis meses en los que ni siquiera he ahorrado, porque cuando no bebo, como, como hasta atiborrarme. En otras palabras, seis meses en los que no se ha cumplido nada de lo prometido por Benoît Gérard, Rue de Bagnolet, 15, un imbécil. Para espantar la idea de beber, como ahora, me lavo los dientes hasta hacerme sangrar y salgo al bosque a correr. Mi correr es, en realidad, un caminar furioso, una rabia en movimiento, y el bosque, un parque rebosante de orugas y ratas cerca de mi casa. Sin embargo, bosque suena mejor que parque, y correr, mejor que caminar; suena a resolución y denota determinación, y resolución y determinación son los mejores amigos del exalcohólico incipiente. El objetivo de esta actividad, manifiestamente inútil, no es ni de lejos desintoxicar el organismo, como creen los principiantes. Tampoco recuperar la salud, como fingen los mediadores. Ni siquiera la purificación de la mente, como piensan los ingenuos como yo, que han cometido errores toda la vida, pero están convencidos de que pueden arreglarlos con unos cuantos ejercicios intensos para el trasero. El objetivo es el agotamiento. Escurrirte hasta la última gota, eliminar hasta la última pizca de placer y atormentarte tanto que llegues a asquearte a ti misma, que te asquee esa persona en la que te has convertido. Cuanto más desprecies aquello en lo que te has convertido, mayor será la posibilidad de volver a ser lo que eras. Cuando comprendí esto, después de unos dos meses de tormento diario, con la motivación hecha jirones y las encías como ubres, me derrumbé en las escaleras de mi casa y me eché a llorar. El problema es que yo no tengo nada que volver a ser. Yo ni siquiera tengo adonde regresar, tampoco nada que rectificar o aclarar, porque en todo mi pasado, en todos los lugares de respiro y de azul, una sola cosa no ha faltado nunca: el alcohol. Cuando bebo, puedo olvidar. Cuando bebo, mi padre se cuela dentro de mí y ahí ya no puede morir. (...)
La mujer de Haim dice que en esos momentos debería pensar en las apariencias. En cómo se me velan los ojos y me revienta el hígado, en cómo se me engrosa la piel y aumentan las posibilidades de tener cáncer en cualquier órgano. En cómo se multiplican los pólipos y los quistes y los tumores —esos seres pequeños y asquerosos— dentro de mí y en mí, y el resto cae. Caen las mejillas, caen los pechos, cae el hombre, en mi caso la mujer, lo que es todavía más grave, porque, una vez que ha caído, una mujer no se levanta jamás, solo se ahoga, se ahoga, se ahoga.
Yo pienso, en cambio, en todos los borrachos que conozco. Hombres que beben mucho y son respetados. Hombres que beben todo el tiempo y son geniales. Hombres que beben cuanto quieren, donde quieren, con quien quieren, pero siguen siendo hombres. Pienso en mi padre a mi edad, volviendo borracho e inconsciente a casa, unas veces lloroso, cada vez más a menudo golpeado, siempre con un poema nuevo en el bolsillo de la chaqueta. Mi padre escribía en sobres, en revistas, en las servilletas de la cantina. Escribía incluso en cortezas de abedul, solo por parecer bohemio, pero no lo parecía, porque un borracho solo puede ser bohemio cuando tiene mucho dinero, y él no tenía. (...)
Mi elección, al igual que este amontonamiento de palabras, que saltan de mí como las escamas de los peces de Malik, es precisamente un recuerdo. He llegado a contar con los dedos de una mano las verdades en las que confío. Me llamo Mila. Mi padre me quiere. Nosotros tres no nos separaremos jamás. Pero tampoco en ellas confío demasiado. ¿Cuál de nosotros habla ahora? ¿Desde qué mundo? En octubre me encontré en cuclillas en un aparcamiento, con una caja ante mí y las manos llenas de sangre. No recordaba cómo había llegado hasta allí, pero reconocí el supermercado que veo cada día desde el tren, de camino a casa de Haim. Mi primer pensamiento, reminiscencia de la juventud, fue una violación. Me toqué la entrepierna para ver si fluía algo, me miré la ropa, me palpé la boca. Si no era una violación, y no lo era, debía de ser dinero. Busqué el monedero en el bolsillo de los vaqueros y encontré el ticket. Acababa de pagar con tarjeta una caja de cinco kilos de halva.[1] Por primera vez en los últimos veinticinco años, sentí miedo. Acababa de salir de un mes de borracheras atroces en las que, entre otras cosas, prometí empezar a ahorrar. Dejar de tomar cafés. Llevar siempre una botella de agua. No hacer la compra en el último momento, porque entonces me meto muerta de hambre en cualquier tienda y pago por un kilo de tomates lo mismo que por un caballo. Intenté convencerme de que había ido allí para ver si la comida —pero sobre todo la bebida— era tan barata como aseguraba Fima. O tal vez hubiera bebido hasta perder el sentido, como mi padre. Pensé incluso eso. (...)
Aquello no cuadraba, no cuadraba en absoluto, porque yo odio los hipermercados, esos cementerios de los sentidos donde todo huele a podrido y a rancio, a sangre de animal y a cloro. Los odio porque es imposible que te salga más barato comprar tres en lugar de uno, leche en lugar de agua; es simplemente imposible que sea bueno un lugar donde la carne abarrota los huesos, las frutas brillan como perlas y todo yace amontonado —carne entre ropa, entre cosméticos— como prueba de lo que ha llegado a significar el bienestar para una persona: comer basura, pero limpiarse el culo con papel perfumado. El halva, sin embargo, me alegró tanto que me olvidé incluso de las manos lastimadas —como noté después, al intentar abrir la caja con las llaves— y del miedo que había sentido. Me senté en el bordillo de la acera y recordé las largas tardes en las que, esperando la cena, salíamos los tres al patio del bloque con una manzana o un troncho de col y describíamos con aire soñador qué compraríamos en cuanto consiguiéramos dinero. Tantos helados, tantos chicles, tantas cajas de Fanta. Tanto y tanto y tanto. El hecho de que, a unos metros de nosotros, las mujeres se afanaran pelando patatas de verdad, friendo pescado fresco y pollos aún tibios, sirviéndonos tazones de leche coronadas de nata y untándonos el pan con mantequilla rezumante de grasa, es decir, cocinando comida de verdad con alimentos de verdad, nos desagradaba. Nosotros éramos de ciudad y soñábamos con productos artificiales. Yo soñaba con halva. Con una montaña de halva que me comería yo sola, hasta sentir náuseas. Y allí estaba, en aquel aparcamiento miserable, mi único sueño cumplido. (...)
Yo empecé a esperar esos despistes, en cierto modo. Parecía que, abandonado a su suerte, mi cuerpo vivía, por fin, como quería. Sin embargo, el invierno llegó como un enemigo y lo cambió todo. Un día, me olvidé a Haim debajo del puente. Otro, busqué por ahí unas mantas gruesas y cubrí con ellas la puerta y las ventanas. El asombro dio paso al miedo, el sueño se secó y mis amables fantasmas empezaron a pudrirse por la casa. Quedaba solo una cosa, que era lo que más miedo me daba, porque sabía que a eso me iba a resultar muy difícil renunciar, pero no tenía escapatoria. Al cabo de un mes, cuando me desperté casi congelada en una parada de autobús, vi a Donna. «¿Qué estás haciendo en esta ciudad que no te acepta?», me preguntó con la voz de mi padre y un brillo en la mirada. «Estamos aquí para ayudar», me dijo en la primera visita el especialista en adicciones Benoît Gérard, un lechuguino con botas camperas. Cuando se les cede el poder, los hombres hablan en plural y no les da miedo mostrar sus debilidades. Estamos. Nos encanta. «Nos duele que nuestra profesión esté demonizada.» Yo estaba contenta porque había llegado bastante rápido a su consulta en Drancy, que comparte jueves y viernes con un reflexólogo «y los miércoles con nadie», y aunque no esperara gran cosa de una consulta gratuita, algo sí que esperaba. No comí nada por la mañana, por si tenían que hacerme un análisis de sangre, y preparé algunos recuerdos de mi padre vinculados a la bebida. No fue difícil, porque a los cincuenta años mi padre bebía todo el tiempo. Bebía en las terrazas. Bebía en la Casa de la Prensa. Bebía en la Unión de Escritores. Bebía más de lo que comía y más de lo que dormía. En fin, muchos ejemplos que nadie necesitaba. (...)
Me habló sobre sus padres autoritarios. Sobre el deseo-refugio y el deseo-venganza. Sobre la isla de Reunión, donde la vida era tan estrecha que una raya de cocaína le prometía a un joven un horizonte, y yo no había llegado todavía a mis despistes: a los fallos de memoria, a las alucinaciones, a la tentación del suicidio. Sabía, por supuesto, que bebía demasiado, pero lo que más me asustaba era la desesperación con la que había empezado a buscar el alcohol. Cuando quería beber, estaba dispuesta a salir de casa a medianoche y caminar varios kilómetros. A autolesionarme para poner una excusa en el trabajo. A pelearme con quien fuera. Le habría contado todo eso de un tirón, pero Benoît Gérard tenía otros métodos. «¿Qué efectos le provoca la bebida?» «¿Qué tipo de alcohol prefiere?» «¿A qué imagen asocia el vino?» Un montón de pruebas estúpidas, supuestamente asociativas, que me recordaban a las clases de francés en la escuela, cuando, como yo ahora, Senea-drocilka[2] respondía rápido, pero mal, a todas las preguntas de la profesora. «¡Gagnant, Senea, ga-gnant!», le gritaba Elena Vasilevna, exhausta, chistándonos a todos, como si fuéramos insectos, con su vara de madera. «Piensa un poco…, ¿qué haces tú en el gimnasio?» «El potro, la comba, prisidănii»,[3] respondía él con la cabeza gacha, y nosotros, colorados de tanto reír, esperábamos la siguiente palabra, que por asociación solo podía ser perdant, lo que nos hacía reír incluso sin sus respuestas. La fase tangible de la consulta fue otro espectáculo: Benoît Gérard me presentó como material didáctico un cráneo de plástico de colores. Retuve el hipocampo y el hipotálamo, porque uno se ocupa de la memoria y el otro, de la vejiga, y yo las tenía, sobre todo la segunda, llenas a reventar. Después de aquel ping-pong inútil, me quedó claro que o bien él no era muy buen especialista, o bien yo no era alcohólica. Como de lo mío estaba segura, me levanté dispuesta a marcharme, y solo entonces dijo él algo que se me quedó grabado. No le interesaba tanto lo bien que me sentía cuando bebía —que describí con metáforas y comparaciones, como le habría gustado a mi padre— cuanto el dolor que intentaba esconder bajo la bebida. «En la raíz de toda adicción, hay un trauma. ¿Cuál es nuestro trauma?», me preguntó también en plural, y a esas palabras he vuelto más de una vez. Al final, no me marché de allí con las manos vacías. De los folletos de su colega, el reflexólogo, aprendí que el punto de la garganta se encuentra en la base del dedo gordo del pie. (...)
Miro a la vieja que bebe agua y quiero vino. Miro la barriga de la embarazada y la veo llena de vino. Veo que no viene el tren y querría que viniera. Ayer hice de tripas corazón y se lo conté todo a Fima. No para que me aconsejara, por supuesto, sino para saber que lo sabe alguien más. De todas formas, Fima no me entiende y nada de lo que me dice tiene sentido para mí. La vida eterna, las habladurías de la gente, el pecado. Un ángel caído que vierte brea caliente en la garganta de los borrachos. Ella, como es creyente, se ve ya en el otro mundo, con sus santos, con sus balanzas, disfrutando de la recompensa por todas las buenas acciones que no ha hecho todavía. Yo, sin embargo, nunca tendré otra vida y tampoco la espero. Yo quiero vivir esta como me merezco. Trabajar de lo que he estudiado, comer bien y poder dormir al menos los domingos, al menos hasta el mediodía. Me gustaría también disfrutar de fines de semana largos y vacaciones. Pintarme las uñas de rojo y veranear en la playa con un hombre sano, al que no tenga que cargar en una silla de ruedas o empujar entre los omóplatos. Un hombre que me vea y que desee lo que ve. Pero, como no tengo nada de lo que debería ser mío, al menos tenía el alcohol, que me arrastraba a través de esa negrura, como por un puente largo, hacia unos tragaluces iluminados donde tenía padres, Malik era mío y nosotras dos nos llamábamos por nuestro nombre. Ahora ni siquiera tengo eso. «Date un bofetón y se te pasa», me aconsejó Fima. «Así murió también mi madre, y mi hermana, y mi abuelita, así mueren todas las mujeres que beben y lo ocultan. Mueren solas y meadas, sin dientes y sin familia, enterradas por desconocidos que se quedan con su casa a cambio del ataúd, que se quedan con sus vestidos en lugar de donarlos, porque la ocasión hace al ladrón, no lo olvides, la ocasión hace al ladrón. (...)
Dispensado de la actividad agotadora de las ciruelinueces, se puso una camisa limpia, afiló los lapiceros, que en sus viajes se desgastaban «como las rimas de Eduard Dudcă», y se fue al archivo. Mi madre era lluvia. No tormenta, no ventisca; a veces también podía serlo, pero entonces no lo era. Era solo lluvia. Había hecho grandes planes para Nochevieja. Un vestido de seda, un lucio relleno, diversión. Había comprado cuatro sombreros plateados y cuatro máscaras, también plateadas, y había quedado desde el otoño con una familia de vecinos «intelectuales» para celebrarla todos juntos en nuestra casa. Sin embargo, él le anunció que había hecho otros planes, más interesantes que su pescado relleno y la cuenta atrás con una contable del Palacio de los Ferroviarios. Se iba a un pueblo del norte «a recopilar rarísimas tradiciones y costumbres de invierno». La Cabra, los Jinetes, los Sargentos. Una oportunidad verdaderamente única. Dejamos puesto el abeto hasta marzo. Yo me tumbaba debajo con mi madre, comíamos ciruelinueces y mirábamos los adornos. Éramos muy diferentes mi madre y yo. A mí me gustaba la zanahoria; a ella, el cohete. A mí el submarino; a ella, la luna. Mi madre quería volar, ser invisible y volar por todas partes detrás de mi padre, y yo quería ir en trineo como los demás niños, arrastrada por uno de ellos dos. Creo que así terminó ella en el cielo y yo en el hoyo: eligiendo ese invierno los adornos equivocados bajo un abeto asesino. Mi madre murió un domingo. Las mujeres estaban guisando en la cocina comunitaria; ella, pobrecilla, preparaba una sopa, y a mí, pobrecilla, me calentaba la leche. Y así, sin más, apoyó las manos en la pared, soltó un gemido y se fue, se fue la pobrecilla, de repente. He escuchado tantas veces esta historia, contada siempre con las mismas palabras, colocadas en el mismo orden, que he llegado a pensar que, si cambiara al menos una, al menos una coma o una letra, la magia negra que me la había arrebatado se rompería y ella, pobrecilla, resucitaría. Mi padre estaba de viaje ese día. Entonces no había teléfonos móviles, solo fijos, y solo en los ayuntamientos; así que, para cuando dieron con él en uno de los cinco pueblos adonde había ido para escribir sobre ordeñadoras hacendosas y agrónomos prometedores, habían pasado tres días. Las familias de la residencia lo organizaron todo. Las mujeres le pusieron su vestido azul, todavía nuevo. Los hombres recaudaron dinero y compraron un féretro. Como los dos eran huérfanos —mi padre no lo era, aunque eso decía él—, los vecinos no avisaron a nadie más, y se alegraron cuando lo vieron entrar por la puerta de la residencia. Llevaba corbata, la cámara de fotos en una mano y un taco de galeradas en la otra. Había pasado antes por la redacción. No sé si sufrió, porque no sé si la amaba. Los vi juntos pocas veces. El espacio donde vivíamos era tan pequeño que no había sitio para movimientos rápidos, menos aún para grandes gestos. Comíamos por turnos, dormíamos juntos, nos aseábamos en baños distintos. Mi padre solo pasaba por casa a cambiarse de ropa y descansar para las cosas verdaderamente importantes: el trabajo en la redacción, los amigos, los viajes. Para mi madre, en cambio, el trabajo era yo, y lo verdaderamente importante era la emoción. Antes de casarse, quería dedicarse a algo relacionado con el arte. «Actriz, bailarina, fotógrafa», enumeraba, después de alguna discusión, todas sus carreras malogradas. Películas, giras, exposiciones. Hipóstasis a las que había renunciado por cuidar de mí. Cuando hablaba de lo que habría podido llegar a ser si no se hubiera quedado embarazada, mi madre resplandecía. Sus ojos se agrandaban todavía más, sus cabellos largos se desparramaban por todas partes y rozaban la pared como carámbanos electrizados. Yo la escuchaba siempre en silencio. Desde la bañerita de plástico, llena de patos amarillos y champú Krea-Krea, de la que salía al cabo de un rato con la piel arrugada. O desde el borde del sofá, donde comía con el plato sobre las rodillas, porque nuestra mesa estaba ocupada por las cosas de mi padre: apuntes, diccionarios, hojas a medio escribir que él llamaba «manuscritos». E incluso aunque nunca la interrumpiera, ni siquiera cuando sentía que se me escapaba el pis, siempre le parecía que no la escuchaba con atención o que dudaba de sus palabras. Entonces se tumbaba rápidamente bocabajo, sacaba de debajo del sofá un saquito de fotografías en blanco y negro —sus creaciones, realizadas con su cámara de fotos— y me las plantaba delante como una prueba irrefutable. Las veo como a través de la niebla. Un puente, una calle con farolas que no podía ser Chisináu, una fiesta con hombres melenudos y mujeres con vestidos trapecio. Fotografías banales, desgastadas de tanto toquetearlas, sobre las que un director de cine de Moscú al parecer dijo en algún momento que tenían la visión de un genio. Mi padre dijo que el director era un comemierda. (...)
Para ser sincera, aparte de ofendida o esperando a su marido, guardo pocos recuerdos de mi madre. Me acuerdo sobre todo de sus cosas, que, una tras otra, se mudaron de nuestra habitación estrecha a mi imaginario vacío y construyeron allí un mundo entero solo para ella. Cuando estoy mal, me basta con cerrar los ojos para encontrarme de repente en aquel espacio extraño, siempre cambiante, como una gigantesca fotografía movediza, donde el aire huele a cigarros mentolados y de su vestido de muerta crecen flores y pájaros de seda. Nadie sabe lo que ocurrió antes de que yo naciera, pero por la actitud de mi padre en el funeral, comprendí que los dos permanecieron juntos no por mí, sino por mi culpa. Mi padre no derramó una sola lágrima; sacó en cambio dos rollos de fotos que reveló al día siguiente. Al cabo de unos años, descubrí que la cámara de fotos era efectivamente de ella. (...)
Mi mayor regocijo, sin embargo, era cuando me llevaba al café del centro, donde nos quedábamos hasta pasada la medianoche. De esas salidas vivía yo semanas enteras, recordando cada palabra: qué había dicho, qué habíamos dicho, cómo iba vestido el hombre que se había parado a saludarnos y sobre el que mi padre me había susurrado que era un gran poeta o un gran canalla. Él tomaba cafés, más cafés, y a mí me pedía un batido y un pastel, luego otro y otro más. Hablábamos por los codos. Me hablaba sobre las vidas controvertidas de gente controvertida; sobre la solución ingeniosa de un traductor, por lo demás mediocre; sobre Prometeo y sus suplicios, insignificantes en comparación con el drama de Eduard Dudcă, «que escribe lo que ve, pero no ve lo que escribe»; sobre el hecho de que las rosas se multiplican también a través de semillas, no solo de injertos, y de que los grillos viven solo un año. De mi madre no hablábamos nunca. No sé qué era lo que más me gustaba: que estuviéramos juntos o que él fuera, por fin, solo mío. «Mi hija», «mi Mila», «la señorita Mila», «esta chiquilla», me presentaba a todos sus amigos, y ellos me sonreían, me daban un cachete, me recitaban versos propios o me decían: «Por desgracia, te pareces a tu padre, pero quizá se te pase». Eran todos unos locos hermosos, escritores, fotógrafos o simples alcohólicos…, su manada. Volvíamos a casa en autobús cuando queríamos jugar «a las personas» —inventando una historia para cada persona que nos encontráramos—, o en taxi si después de mis batidos la manada pedía también vino, pero siempre volvíamos felices. Por lo demás, mi padre estaba en la redacción de lunes a viernes, cada sábado, todas las fiestas de noviembre y febrero, de marzo y mayo; en aquel entonces no celebrábamos la Pascua. Iba a la redacción el día de su cumpleaños y el día de mi cumpleaños; en Nochevieja solo trabajaba hasta la tarde, pero trabajaba, y en vacaciones, si estábamos juntos, iba unas horas, pero iba. Enfermo, resacoso, apenado, asqueado, mi padre estaba siempre en la redacción. (...)
Qué historia también la de esta mujer, Anaïs. Yo no la trago. Es una mentirosa y siempre finge no tener cambio; claro que tiene, solo que no te lo da. Además, me saca de mis casillas con sus quejas interminables sobre los impuestos, las vacunas, la edad de la jubilación. Todo va mal en este país: los ministros son demasiado jóvenes; los alumnos, unos vagos; los inmigrantes, unos mimados. Solo ella es trabajadora y lista y entiende cómo funcionan las cosas. Los vecinos del barrio, sin embargo, la aprecian y prefieren comprar gourmandise[5] donde «la pauvre Anaïs, le sel de la terre»,[6] aunque todo sea más caro y ni siquiera especialmente bueno. Allá ellos con su sal. «Tenemos que adaptarnos, no adoptarlos», dijo una vez la esposa de Haim, hablando de los inmigrantes y los derechos que deberíamos tener nosotros en Francia. Cada vez que llevo a Haim al centro, pienso en mi padre. En mi padre joven y vigoroso, en mi padre con su camisa amarilla que brillaba entre los castaños de Chisináu, en mi hermoso padre muerto. Creo que no estaría contento conmigo ni con lo que hago aquí, pero tampoco él contentó a nadie mientras vivió, así que estamos en paz. (...)
En el año que pasé en la AFP pienso como en otra vida. Un buen trabajo. Me lo encontró una de las señoras que venían a tomar café, ni siquiera tuve que enviar un currículum. Hablé diez minutos en ruso con una asistente, y ella me pidió que fuera al día siguiente para que me pasaran los ficheros. Tampoco me interesaba el dinero, solo hablar francés de verdad con franceses de verdad y trabajar con la cabeza. Estaba convencida de que, a partir de entonces, todo iría a mejor. El siguiente contrato podría ser más largo, tal vez incluso indefinido. Si tenía un contrato, podría alquilar algo por mi cuenta. Si tenía un espacio propio, podría traer a Malik a vivir conmigo. Una tarde, les hablé a mis compañeros del tema de mi tesis doctoral y se quedaron muy impresionados. «¡Ni siquiera nosotros sabemos tanto sobre Balzac!», me alabó la jefa, una mujer delgadita, madre de cuatro hijos, que parecía una cría. Así sería yo en unos pocos años: una madre con un hijo, con trabajo, con Malik. Generosa con mis compañeros más jóvenes. Sin embargo, todo acabó tan rápido como había empezado. La chica de recursos humanos regresó de la baja maternal y se asustó al comprobar que yo no tenía papeles ni dirección. Contrató en mi lugar a una finlandesa que se había pasado el verano follándose a un ruso de Petrozavodsk y que había puesto en su currículum que hablaba ruso. Fluido. (...)
Un grupo de niños pasa a nuestro lado volando una cometa y Haim sonríe al escuchar sus voces. Sonrío también yo. Me gustan los niños que juegan con tirachinas, que saltan a la comba, que hacen barquitos de papel o dibujan rayuelas en el suelo. Los juegos antiguos producen una alegría pura, una alegría que pide ser compartida con todo el mundo, no solo con los que han comprado una entrada. Cuando veo una cometa de papel en el aire, mi corazón fatigado se eleva también un poco. Qué le voy a hacer, me enternecen, todavía me enternecen los niños. Incluso los revoltosos, incluso los desobedientes. Ellos aún están a tiempo de cambiar. Le doy un golpecito entre los omóplatos y nos detenemos. Lo sujeto de la cintura, le desabrocho el primer botón de la camisa y lo pongo de cara al sol. Es guapo. Todo lo que nos rodea es bonito. La luz inunda la ciudad como si no la hubiera tocado en mucho tiempo. Su cuello huele a limpio y a hierbas. Hago como que le arreglo el cuello de la camisa y hundo la cara en él. La última vez que estuve tan cerca de un hombre era invierno, estaba borracha, todo terminó como de costumbre. —Pasa el barco de la basura —le digo mientras le lío un cigarrillo—. Dos japonesas con bolsos caros. Una tiene el pelo rosa. La otra es tu tipo.
—¿Menuda? —me pregunta.
—Vieja —le respondo, y nos echamos a reír al unísono.
Nos reímos siempre de las mismas cosas, pero Haim tiene dentadura postiza y parece más feliz que yo. Al final del sendero, una cuidadora con dos niñas se detiene delante del puesto y le compra un algodón de azúcar a cada una. La pequeña camina un par de pasos y el algodón se le cae al suelo; la otra corre para poner a salvo su propio algodón. Aquí nada me recuerda a mi país, a la alegría con la que vagabundeábamos sin vigilancia por las calles de Chisináu y compartíamos un helado, un Tarhun, un algodón de azúcar entre tres. Me asusta haber olvidado el sabor del algodón de azúcar, pero conozco de memoria las estaciones de metro de una ciudad extranjera. (...)
El humo del hachís me adormece el cerebro y recuerdo brevemente a mi madre. Otro recuerdo equivocado: mi madre oliendo a hachís. Es como si en él se hubiera mezclado todo —los muertos, los vivos, el entonces, el ahora—, como los botones de colores en los cajones de Nina. Me pregunto si el año que viene reconoceré a alguien. Si los médicos tienen razón y la enfermedad avanza deprisa, Haim será para mí un desconocido. Aunque no sé qué me traerá el olvido. Tal vez recordaré bastantes cosas, solo que no significarán nada. Puede que se me presenten imágenes con Malik en la playa, nosotros dos en el jardín, Nina haciendo mermelada, y que yo me pregunte en qué película o en qué revista he visto a esas personas. También puede que sea al revés. Que ni siquiera recuerde a esa mujer del espejo, ese pecio abandonado que aún se cree velero. «Son unos años preciosos en los que debería explicarles a sus seres queridos lo que le sucede», dijo el médico listo. O tal vez no dijera exactamente eso. Tal vez no dijera «a sus seres queridos», sino solo «a la gente», y estoy segura de que no dijo «preciosos», sino solo «años». Y tampoco los médicos lo saben todo, nadie lo sabe todo en este mundo. (...)
Antes de mudarnos a la nueva casa, mi padre sacó trescientos rublos del banco y visitó a los vecinos para saldar sus deudas. Algunos se sintieron ofendidos y no quisieron aceptar el dinero. La mayoría, sin embargo, lo aceptó. Por la noche, tras pasar un buen rato lavándose las manos con jabón, como después de una tarea extremadamente sucia, mi padre se sentó a la mesa y arrancó del cuadernito los tres gastos que habían supuesto una carga: ataúd, aguardiente, comida. Luego me habló una hora entera sobre lo importante que es en la vida hacer borrón y cuenta nueva. No nos resultó fácil. Comer comíamos bien, siempre se las apañó en la cocina, pero, más allá de eso, no sabía qué hacer con una niña cualquier día que no fuera domingo. Él se había acostumbrado a salir de casa temprano y regresar tarde o no regresar, y yo me había acostumbrado a tener madre. Como observé desde los primeros días, él ni siquiera tenía ropa de andar por casa. Todas las «operaciones de traslado» las hizo vestido con pantalones de traje y una camisa blanca arremangada. No se puso corbata, eso sí. Recuerdo con una claridad dolorosa la primera vez que eché en falta a mi madre. Había salido del baño y tenía los ojos llenos de lágrimas. Él no solo había dejado en la residencia la bañerita y los patos, sino que se había negado en redondo a comprarme el champú con el que no picaban los ojos, a frotarme la «espaldita» o hablar conmigo, como había hecho mi madre hasta entonces. De los cuentos antes de dormir no tenía ni idea. «La casa está llena de libros», me soltó por encima del hombro, y me mandó a la cama. (...)
En septiembre, convencido de que así se libraría de mí y de que todo volvería a ser como antes, me apuntó al parvulario. Pero no lo fue. Las cosas fueron incluso peor. El parvulario era ruso, los niños no me entendían y él discutía con las educadoras cada mañana, lo que me convirtió rápidamente en una paria. No iba bien vestida, me mandaba allí despeinada y sin lazos, y por la tarde era el último en venir a recogerme, mucho después del cierre. Un par de veces, para escarmentarlo, las monitoras me dejaron con el guarda. Pero esto no solo no lo volvió más responsable, sino que lo animó a demorarse todavía más, contento de haber encontrado una solución. El problema principal, sin embargo, era otro. Yo lo intuía y había empezado a sentirlo en mi propia piel. Por mi culpa, mi padre ya no podía viajar, y eso lo sacaba de sus casillas. Un domingo, sin paños calientes, me preguntó si estaría dispuesta a quedarme sola en casa tres días. «Con comida, con la tele, con todo», me dijo, como si estuviera recitando un poema, y yo me eché a llorar. Acababa de cumplir seis años, apenas conocía el nuevo barrio. Todo lo que me rodeaba era desconocido y no tenía amigos. Además, aunque él no lo supiera, mi madre se aparecía cada noche junto a mi cama y me preguntaba qué había hecho él ese día. ¿Qué camisa se había puesto? ¿Olía a tabaco? ¿Había bebido? ¿Con quién? Mi reacción lo decepcionó profundamente, me di cuenta al instante. «Si te vas a poner así, no hay más que hablar», farfulló, y durante una temporada así fue. En cambio, mi padre era sorprendentemente apreciado por los vecinos. Tenía para cada uno una palabra de ánimo, un consejo, una explicación. No pasaba nunca junto a una mujer sin reparar en sus ojos o en el corte de su vestido o en lo extraordinariamente sano que tenía el cabello y, con toda seguridad, también las encías. Mi padre piropeaba incluso a los perros: «Mira, Mila, qué perro tan azulado, y qué pecho tiene, ¡como una hogaza!» (...)
La solución llegó en invierno gracias a una vecina médica que también criaba sola a su hijo. Al ver los esfuerzos que teníamos que hacer, cómo mi padre me sacaba por la mañana a la puerta como una locomotora y cómo me traía de vuelta del parvulario por la tarde con cara de mártir, Dina Andreevna le dijo que sería más sencillo mandarme a la escuela, porque en el colegio podría quedarme después del horario escolar. Al día siguiente, mi padre habló con la directora. «Va a cumplir siete años en julio, no es para tanto», dijo en tono autosuficiente y la directora estuvo de acuerdo. Ciertamente, no era para tanto. De todas formas, yo me sabía todas las letras y contaba bien hasta diez: mi madre solía contar con los dedos, hasta diez, todas las oportunidades que había perdido en la vida por mi culpa, y eran diez. Periodista, fotógrafo, viudo…, todo eso también contó a favor de mi padre. (...)
Cuando yo tenía que hacer los deberes y escribir mi diario, Malik murmuraba «vale, Mila» y encontraba de inmediato algo que arreglar por casa con el destornillador. A mí no me gustaba llevar un diario, pero mi padre me obligaba a escribir cada día por lo menos dos páginas y me pedía que le leyera «las anteriores». Nunca estaba satisfecho conmigo. «Has hecho una descripción escueta del jueves. ¿Cómo que hizo buen tiempo?» Él quería que utilizara comparaciones y metáforas, pero sobre todo oxímoros, que le gustaban incluso más que la bebida. Con el tiempo, le pillé el tranquillo y empecé a llenar páginas y páginas de «silencios ensordecedores», «dientes de león lechosos como vacas» o «liebres con orejas como las de Eduard Dudcă». (...)
Le había enseñado desde pequeño a cocinar y a lavar la ropa, y él siempre cocinaba de más. «Por si viene mami», decía avergonzado mientras pelaba otra patata o añadía más macarrones a la leche.[12] «Los vestidos de mami», les explicaba a las vecinas cuando salía a tender la colada lavada a mano. «Te pareces a mi madre», me decía a menudo, seguramente por las pecas; otra cosa no tenía por aquel entonces. Y, aunque no me sentía halagada por la comparación con una mujer a la que consideraba vieja, nunca se lo reproché, porque sabía que lo decía por amor. Ningún niño ha querido a su madre como él quería a la suya. A Fiódor, su padre, lo conocí al año siguiente, cuando vino de visita diez días. Era marino mercante y tenía otra familia en Jabárovsk. Los primeros años pasaron deprisa. Era buena estudiante, me llevaba bien con mis compañeros. Nuestra maestra era una persona decente y no esperaba, como las demás, propinas ni obsequios. Ante su puerta nunca había padres con regalos. En cierto sentido, también eso fue una suerte, porque, después de matricularme en la escuela, mi padre no volvió a poner un pie allí en diez años. Estaba terriblemente ocupado. Las reuniones del Frente Popular. El trabajo. Las borracheras. Estaba en todas partes, luchaba por todo. Por la lengua, por la unificación con Rumanía, por las reediciones, las reestructuraciones, las rehabilitaciones. Mientras él y sus amigos luchaban, otros, más listos, decidían. El tiempo demostró que la segunda opción era la mejor, porque decidir requiere una simple elección, mientras que luchar implica un credo. (...)
Lo apreciaban mucho en su trabajo. Los periódicos habían adoptado el alfabeto latino, necesitaban redactores y correctores de estilo. Los periodistas jóvenes no sabían escribir correctamente, la mayoría procedía del sistema soviético, así que él les ayudaba.[13] Les preparaba listas con los errores más frecuentes, les llevaba diccionarios y les recomendaba «lecturas». Mi padre conocía el rumano mejor que los demás, podía hacer incluso traducciones del ruso o del ucraniano. Trabajaba cada vez más y en más sitios todavía. Le pagaban lo mismo, pero el dinero no le interesaba. Decía que eran los años más hermosos del país, «sin comunistas y sin lagartijas». Sus años de gloria, en los que jugó con las palabras como le vino en gana, si bien no con las más grandes y no ante quien era necesario. Mi padre, tan inteligente, muerto con todas las palabras dentro. Cuando regresaba a casa cargado de bolsas de comida, casi siempre de madrugada, torturaba la cerradura de la puerta, se dirigía directamente a la cocina y se quedaba allí hasta la mañana. Yo fingía dormir para no disgustarlo, pero escuchaba con el corazón en un puño cada ruido que traspasaba la gruesa puerta de vidrio, intentando adivinar qué estaba haciendo. De costumbre, me preparaba la comida para el día siguiente, escribía, traducía, dibujaba. Cuando me despertaba para ir a clase, él ya se había marchado y yo volvía a ser una niña sin padre, volvía a sentir nostalgia de mi padre. En la mesa encontraba arroz con leche o sémola con leche o buñuelos con leche, y siempre una tila en una tetera de metal, envuelta sin falta en un paño de felpa para que conservara el calor. No sabía que yo nunca desayunaba, un hábito que mantengo incluso hoy en día, y que entraba en la cocina solo por sentir su aroma. A tabaco y a leche, así olía mi padre, mi padre, tan precioso como las grullas. (...)
Me instalaba con los ojos cerrados en la silla en la que se había sentado él y me imaginaba lo que había pensado mientras me preparaba aquellas exquisiteces. Me preguntaba si me consideraría guapa, si me consideraría lista, si me consideraría lo suficientemente buena como para poderle decir algún día al mundo entero que yo era su Mila, su hija, su niñita. Aparte de comida, encontraba otras cosas. Hojas arrugadas con poemas inacabados, retratos de amigos dibujados a cera y toda clase de notas escritas a lápiz en tiras de galeradas. «Mila, en la cazuelita tienes la salsa» o «Hay que lavar estas zapatillas» o «Mila, los amigos son como brotes de espigas». De Malik me gustaba todo y nada. Era un chico, eso menos. Era formal, eso más. No sabía hablar y no entendía de libros. Preparaba, en cambio, unas tortillas de muerte y sabía vendar una herida. Me resulta difícil describir nuestra relación de entonces. Éramos, evidentemente, mucho más que un hermano y una hermana, pero no habíamos empezado a dormir juntos todavía. Ni siquiera más adelante significaría el sexo gran cosa para nosotros. Tanto él como yo despreciábamos nuestros cuerpos. Los considerábamos inferiores respecto a lo que podíamos hacer con la mente y estábamos convencidos de que, por su culpa, la gente no nos valoraba como merecíamos. Hoy me parece extraño que, mientras que a nuestro alrededor nadie hablaba abiertamente sobre sentimientos, nosotros dos no tuviéramos ningún sentido de la vergüenza. Andábamos desnudos por casa, nos quitábamos mutuamente los granos y nos arrancábamos con los dientes las hebras de vello que crecían enquistadas. Con Malik me compré mi primer sujetador. Él me explicó lo que tenía que hacer cada mes para no empaparme de sangre. A él se lo mostré por primera vez. Lo que más me gustaba era bañarnos juntos. Él era el primero en tumbarse en la bañera, para que el calor no me quemara la espalda, y yo me acostaba sobre él, en sentido contrario, y apoyaba los pies en su pecho. Con lo que sé ahora —después de mucho tiempo tratando de comprender cómo empezó todo—, diría que ambos éramos asexuales. Aunque no creo que fuéramos ni eso. Aparte de aquella desnudez resbaladiza, que no exigía esfuerzo alguno y estaba al alcance de la mano, la carne no nos interesaba en absoluto. (...)
Una sola vez, ya en París, mantuvimos lo que podría denominarse una conversación sobre sexo. Los dos éramos pobres, nuestro orgullo estaba hecho añicos. Quedábamos una vez a la semana para emborracharnos y para odiarla a Ella. Malik me preguntó si yo sería capaz de practicar sexo por dinero y yo le respondí que sí. Entonces me preguntó si sería capaz de acostarme con una mujer y respondí que sí de nuevo. ¿Y con dos a la vez? ¿Y con un hombre malo? Estábamos tan borrachos que no nos importaban las palabras, las soltábamos al azar; de todas formas, nos entendíamos. Sin embargo, todo aquel mal-mal suyo me dio que pensar y le pedí que me jurara que no se había metido en ningún lío con los magrebíes. Le dije con toda sinceridad que para mí no había diferencias respecto a quién entregarme, hombre, mujer, joven, anciano; lo importante era que la persona a la que tenía enfrente me quisiera de verdad. «Yo pienso lo mismo —dijo él entonces—, yo pienso lo mismo.» Aquellos fueron unos tiempos extraños, y nosotros fuimos más extraños si cabe. No conozco otros niños que crecieran así, en una libertad total, sin reglas ni límites. En la escuela, alardeábamos de que a nosotros no nos llevaba nadie, de que éramos nuestros propios amos, pero la vida demostró lo contrario. Aquella libertad nos quitó más de lo que nos dio. Entonces nació Zavodskaia. Entonces nació Lyon. Entonces brotaron en nuestra mente pensamientos y placeres que nos desgarraron por dentro con el paso de los años. Una niña sin madre y un niño sin padre. Se daba por hecho que estaríamos siempre juntos. (...)
CUANDO SEAS FELIZ, GOLPEA TÚ PRIMERO.
Tatiana Tibuleac

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