ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 13 de octubre de 2026

"EL CONFLICTO NO ES ABUSO: CONTRA LA SOBREDIMENSIÓN DEL DAÑO" (Sarah Schulman)



¿Cómo llamaríamos a eso? Por supuesto, no debería sentirme obligada a besar a alguien a quien no quiero besar. Pero ¿y si no quiero querer besarla, pero aun así quiero hacerlo? Entonces, ¿es la respuesta del otro una invasión? Yo creo que no. 
Correos electrónicos, mensajes de texto y escalada negativa: Este papel central de la ansiedad en la escalada de un conflicto es una de las razones por las que, en nuestra época, el correo electrónico y los mensajes de texto son tan a menudo el origen de trágicas separaciones en relaciones potencialmente enriquecedoras. En primer lugar, el correo electrónico y los mensajes de texto son unidireccionales y no permiten que la información de retorno mejore o transforme la comprensión. Hay que hablar con la otra persona, sobre todo cuando los acontecimientos o los sentimientos están agitados. Me gustaría que todas las personas del sector industrial firmaran un compromiso para que cualquier intercambio negativo que se genere a través del correo electrónico o del mensaje de texto tenga continuidad a través de una conversación presencial. Es evidente que tenemos la responsabilidad de animar a nuestros amigos y colegas a no hacer juicios negativos basados en correos electrónicos o mensajes de texto. Muchas relaciones se arruinan por la naturaleza artificial de estos muros entorpecedores, en particular cuando una de las partes hace un juego de poder negativo al rehusar hablar en persona con la contraparte. Se crea entonces el falso problema sobre si las dos partes en conflicto hablarán o no lo harán en absoluto, lo que imposibilita abordar y avanzar hacia la verdadera fuente de ansiedad. 

Negarse a comunicarse siempre ha sido una de las principales causas de la falsa acusación, ya que garantiza una fantasía negativa sobre el otro, sobre todo en ámbitos especialmente sensibles como la sexualidad, el amor, la comunidad, la familia, la materialidad, la identidad de grupo, el género, el poder, la accesibilidad y la violencia. El correo electrónico y los mensajes de texto no nos permiten atravesar las fases humanas de los sentimientos que se producen cuando nos comunicamos cara a cara. Negarse a hablar con alguien sin condiciones de reparación es un extraño e infantil acto de destrucción en el cual no se puede ganar nada. Como toda negación, procede de un estado de rabia, y los estados de rabia son productos del pasado. Como dicen algunos: «Si hay histeria, es porque hay historia». Al negarse a hablar sin condiciones, una persona se niega a aprender sobre sí misma y, por tanto, a tener una mejor vida. Perjudica a todos los que la rodean al dividir las comunidades e inhibir el aprendizaje. Cuando tenemos condiciones (por ejemplo, «Me robaste el dinero para comprar drogas, así que hablaré contigo de esto cuando lleves tres años sobrio»), puede que no se cumplan nunca. Pero al menos siempre hay una posibilidad de reparación. Ocultar esta posibilidad convierte el conflicto común o la resistencia en la principal fuente de injusticia entre nosotros. Está diseñado para herir, y lo hace sin obtener nada más que dolor. Sin conversación, es la persona con más limitaciones la que tiene el control. El objetivo deseable para todos nosotros no es restringir a los que pueden, sino aportar más habilidades comunicativas a los que no pueden. El rechazo a través del correo electrónico, de los mensajes de texto y otras tecnologías impide que la persona que no sabe cómo resolver problemas aprenda a hacerlo. La mantiene presa en sus propios temores negativos e imaginados sobre el otro y en sus fantasías sobre su propia humillación o desaparición potencial si llegara a hablar con la otra persona y, por tanto, comprendiera lo que ella piensa y siente. A menudo estos bloqueos son instigados por la nada, el conflicto normativo o la simple diferencia. En la mente de quien bloquea, esto adquiere mayor importancia porque está demasiado ansioso por negociar o está paralizado por fantasías negativas sobre la posibilidad de hablar realmente con ese otro deshumanizado. No obstante, como también niega estas condiciones internas, la negociación se vuelve imposible. No pueden avanzar, al igual que le pasará a cualquiera que esté controlado por su negativa. Si pudiéramos reconocer que las relaciones son necesarias para la paz y la sociedad humanas, entonces los amigos o la familia dirían: «¿Qué es lo peor que podría pasar si hablas?» o «¿Cómo puedo ayudarte a comunicarte?». Por desgracia, la norma social distorsionada es ver el deseo de reparación como una agresión y la proyección de la fantasía negativa como un derecho. (...)


Tengo muchas ganas de verte. Te he invitado a comer y he estado pensando en lo que te voy a preparar. Sé que eres una madre soltera muy ocupada y asumo que poca gente te hace la comida, así que quiero ofrecerte algo diferente y agradable. Pero el día anterior cancelas la cita por correo electrónico. Esto es más o menos lo que escribes: Lo siento, pero la noche después de nuestra comida es la fiesta de la graduación de mi hijo y mi familia vendrá de fuera de la ciudad para la celebración y se quedarán en mi casa. Además, en dos días me lo llevaré de viaje y tengo un montón de preparativos que terminar. Lo siento mucho, Sarah. 
Ahora bien, si hubiéramos hablado, ni que fuera durante unos minutos, podríamos haber pasado por las reacciones normales. 
1. «Estoy decepcionada». 
2. «Ahora me doy cuenta de lo amable que fuiste al intentar quedar conmigo con todas las cosas que tenías que hacer, y quiero que sepas que lo valoro mucho». 
3. «Te traje un pequeño regalo. ¿Cuál es tu dirección? Te lo enviaré por correo antes de irme». 
4. Ahora que el asunto está resuelto, podemos pasar a conectar a otro nivel. «¿Cómo estás? ¿Estás emocionada por llevar a tu hijo de viaje?». 
5. Y, por último, agradecimiento: «Estoy muy contenta de haber tenido la oportunidad de escuchar tu voz». 
Tiempo total empleado para conectar, comunicar y respetar: de cinco a diez minutos. En cambio, con el correo electrónico, nada de esto es posible. Solo se puede transmitir un único sentimiento, en lugar de la progresión natural de emociones que permite la conversación. Así que, si respondo a tu correo electrónico con otro que diga: «Estoy triste, pero hablemos por teléfono antes de que te vayas», eso podría provocar la catástrofe definitiva. En lugar de llamarme, puedes decidir que te estoy acosando, que te estoy presionando, que te hago sentir culpable, que estás demasiado ocupada para llamar por teléfono, que no puedes enviar mensajes de texto, que estás demasiado enojada, agitada. Tienes demasiadas cosas en las que pensar. Simplemente no se nos permitirá avanzar. Toda tu rabia sobre tu familia y sobre quién estará o no en la fiesta de tu hijo, tus conflictos sobre tu vida, todo eso converge en mí y en la horrible demanda transgresora que te he hecho al pedirte que hablemos. En realidad soy tu amiga, pero tú me conviertes en tu enemiga. Por lo tanto, no me respondes y ahora estamos jodidas. 
El correo electrónico crea represión y ansiedad. Nadie es reconocido y nadie es afirmado. La única manera de recrear el ciclo humano normal de respuesta es enviar más correos electrónicos o textos cortos seguidos, cada uno con una posición mejorada. El siguiente mensaje te asegura que te entiendo, ya que temo que me estés malinterpretando. Y el último te desea un buen viaje. Sin embargo, para entonces no habré hecho más que empeorar las cosas al entrar en el terreno de lo que sé que considerarás, de manera simplista, como «excesivo», cuando en realidad es franca y literalmente insuficiente. Cinco mensajes de texto están culturalmente estigmatizados como excesivos, pero solo cubren un minuto o dos de conversación. Y las personas, para entenderse, necesitan conversaciones interactivas, aunque sean cortas. (...)


Otro ejemplo, en esta ocasión ajeno. A veces, personas enfadadas, supremacistas o traumatizadas envían correos electrónicos ordenando: «No te pongas en contacto conmigo». Aquí quiero decir, para que conste, que nadie está obligado a obedecer una orden unidireccional que no ha sido discutida. La negociación es una responsabilidad humana. Los niños pequeños dan órdenes a sus padres: «¡Mamá, siéntate ahí!». Cuando los adultos dan órdenes escudándose en la tecnología, se comportan de forma ilegítima. Estas órdenes unilaterales no tienen que ser obedecidas. Hay que discutirlas. Dos personas presentes en una situación significan dos experiencias, dos puntos de vista, dos fuentes de información, dos voces. Hablar del conflicto ahorra tiempo, ya que mantener una enemistad producida por un correo electrónico/mensaje de texto con alguien con quien tu vida podría enriquecerse hace perder años, si no vidas. Así que enviar a una persona un correo electrónico que diga «No quiero hablar contigo» y luego negarse a discutir el problema en cuestión, o incluso a interactuar, no resuelve nada. De hecho, crea ansiedades, miedos, antagonismos y dolores que pueden ser duraderos. La presunción performativa que está en la raíz de este tipo de acciones agresivas es el melodrama según el cual las órdenes por correo electrónico son un «último recurso» en respuesta a alguna horrible transgresión. Pero lo más probable es lo contrario. A menudo, una conversación real iluminaría los matices y corregiría los malentendidos. La verdadera pregunta es: ¿por qué una persona prefiere tener un enemigo a tener una conversación? ¿Por qué prefiere verse a sí misma como acosada e invadida, en lugar de tener una conversación que podría revelarla como participante en igualdad de condiciones en la creación del conflicto? Debería haber un alivio al descubrir que uno no está siendo perseguido, pero, en realidad, en la forma en que hemos malinterpretado estas responsabilidades, el alivio, tristemente, está en confirmar que uno ha sido «victimizado». Esto viene acompañado del alivio que produce abdicar de la responsabilidad. Hay algo en la persona que se esconde detrás del correo electrónico que quiere que esas ofensas sean reales. Quiere sentirse víctima. Así no tiene que considerarse críticamente o pensar en el otro con cierta complejidad. No hay culpa ni responsabilidad si uno es víctima del correo electrónico. Del mismo modo, las «disculpas» por correo electrónico también pueden ser unidireccionales y crear aún más complicaciones por la falta de afecto. Una disculpa que no permite a la otra persona hablar no es una disculpa. Las personas necesitan hablar, mirar, oler, tocar, experimentar el tono de voz, la expresión facial, hacer bromas, sentarse, cambiar la velocidad y hacer evolucionar sus ideas y sentimientos frente al otro para producir significado. Necesitan comer juntos. Como dice el viejo chiste judío, «“Camarada Stalin, eres el verdadero líder de Rusia” también podría ser “Camarada Stalin, ¿eres el verdadero líder de Rusia?”». (...)



Ahora, la cualidad reductora de los eslóganes publicitarios se aplica a mensajes sociales extremadamente serios sobre los derechos humanos y la seguridad. No están ahí para vendernos pastillas de lavavajillas, sino que están pensados, por ejemplo, para ayudar a las mujeres a protegerse de la violencia machista. Pero debido a la resonante falta de sutileza, también pueden convertirse en refuerzos de la negación. La contradicción es un terreno difícil y lleno de matices que debemos abrazar si queremos ser funcionales, decentes y sinceros. Uno de ellos es «¡Hermana, yo sí te creo!».[3] Tenemos este eslogan en circulación porque a muchas mujeres no se las cree cuando dicen la verdad. Pero ¿qué pasa cuando no dicen la verdad? ¿Debemos seguir creyéndolas? 







Las historias del racismo y el colonialismo a menudo nos recuerdan que las mentiras de las mujeres blancas han sido utilizadas para justificar todo tipo de crueldades contra la gente racializada, en especial los hombres negros y morenos de Estados Unidos. Cuando insistimos en que hay que creer a las mujeres pase lo que pase, estamos ayudando a las personas que dicen la verdad sobre las violencias que han sufrido. Pero hay todo tipo de verdades. A veces «decir la verdad» significa representarse a una misma como imperfecta o equivocada, y a menudo se castiga este acto productivo y generoso. Por eso, insistir en que las mujeres están diciendo «la verdad» que, de hecho, no se nos permite contar puede negarles la posibilidad de contar historias mucho más matizadas y complejas sobre sí mismas, que podría ser lo único capaz de ayudarlas a acercarse a una vida más plena. ¿Qué pasa cuando las mujeres dicen cosas que no son ciertas porque no se entienden a sí mismas, a nosotras mismas? Defenderse, por supuesto, rara vez es deliberado cuando no somos autoconscientes, autocríticas, responsables o psicológicamente afinadas. ¿Siguen los demás obligados a obedecer? 


Existe un modelo social contemporáneo de «agresión» bastante visible, acordado colectivamente y casi tradicional en el que un hombre invita a una mujer a responder a sus deseos cuando ella no los comparte ni ha sugerido o anunciado que lo haría. Se supone que él reconoce que ella nunca sintió ni sugirió esos sentimientos. Si en este punto de la narración él la fuerza física o —lo que es más interpretable— psicológicamente de alguna manera, todos estamos de acuerdo en que esto es una forma de abuso. Es «poder sobre otro». Por lo general, el final alternativo que se ofrece es que, en lugar del uso de la fuerza, esperamos que él reconozca y se disculpe por el malentendido. Entonces ella puede marcharse y decirle a todo el mundo que él «trató de ligar» con ella, pero que ella lo rechazó. Esa es la versión en clave de «final feliz» de este escenario. Dadas las limitaciones en el comportamiento de las mujeres, ella conserva su pureza, su adecuada falta de sentimiento erótico femenino. Consigue anunciar que es atractiva, como se supone que deben ser las mujeres, pero que no se siente atraída, porque se supone que las mujeres no deben sentir atracción. Pero ¿y si ella se sintiera atraída por él y lo demostrara y no lo reconociera? ¿Y si él no quiere vivir con la narrativa de «Él se me insinuó»? Como escritora, sé que existe, después de todo, el derecho a ser descrito de una forma precisa. Lo que él quiere es la versión de «Me sentí atraída por él, pero yo no quería reconocerlo, así que me confundí». No tenemos lenguaje ni metodología para esa opción, porque de inmediato se convierte en «culpa» de ella. En un mundo basado en la culpa, desafortunadamente, las mujeres tienen que ser claras para permanecer limpias, así que evitar la culpa significa evitar la complejidad, las contradicciones y las ambivalencias. Hay algunas mujeres, a menudo de clase burguesa, que ahora representan ese acto público comúnmente reconocido como «abuso» o «agresión» con facilidad: que la otra persona, hombre o mujer, quería algo de mí que yo no quería y por eso «fui agredida». Es un atajo. Pueden seleccionar algunos detalles y omitir otros; pueden reordenar los acontecimientos para que las consecuencias se reconstruyan como causas; pueden negarse a comprometer la secuencia, el objetivo. Si recito estas pocas palabras: «Fui agredida» o «Abusó de mí» o «Era una relación basada en el maltrato», de inmediato se entiende como que tengo razón, que he sido violentada, que estoy en peligro y que, por lo tanto, merezco la aprobación del grupo, mientras que la otra persona (él/ella) está equivocada, es una acosadora; tuvo deseo y yo no, por lo que yo estoy limpia y él/ella es un maltratador. Y si esa persona quisiera aclarar esto o discutirlo hasta que se revelen más complejidades, entonces él/ella sería considerado un acosador obsesivo, mientras que yo seguiría limpia. (...)


No estoy manchada por el deseo o la curiosidad sexual, no he hecho nada malo y, por lo tanto, soy una víctima. Soy una virgen ética. Reconozco lo anterior por mi propia experiencia en ambos lados de la moneda. Me he sentido atraída por alguien y luego he fingido que no lo estaba o he negado que lo estuviera. Recuerdo que una persona me dijo: «No deberías decir que no te sientes atraída cuando sí lo estás». Tenía razón, y eso se me ha quedado grabado. Ahora, al oír «Cuando una mujer dice que no, quiere decir que no», sé que eso es demasiado simple, porque yo he dicho que no cuando esa no era mi intención, y soy mujer. Cuando dije que no, había veces que no sabía que en realidad sentía que sí, así como hubo veces en las que sabía que en realidad «sentía» un sí. Las personas no siempre saben lo que sienten ni reconocen lo que realmente saben. A veces decimos lo que creemos que debemos decir o lo que estamos acostumbradas a decir; no le damos una oportunidad al momento real. A veces solo probamos a decir ciertas cosas. En consecuencia, hacer una acusación no nos da la razón, estar enfadados no nos da la razón, negarnos a comunicarnos no nos da la razón. De hecho, todas esas cosas pueden hacernos estar muy equivocadas. En la experiencia del «romance», existe toda una gama de narrativas de persuasión. A veces hay una seducción de por medio, una conquista. A veces hay un proceso de reafirmación. A veces una persona empieza resistiéndose, pero luego se abre o se da cuenta de que está confundiendo su pasado con su presente o que simplemente tiene miedo al cambio. A veces una de las partes puede ver el futuro con claridad mientras que la visión de la otra está oscurecida por antiguas experiencias no resueltas. A veces alguien necesita ser seducido. A veces una de las partes tiene una impresión equivocada de la otra persona y es incapaz de ver sus cualidades. (...)


En la película, el amante potencial va, toca la puerta y dice: «Espera», y la parte reticente espera. «Escucha —le dice—, sé que alguien, tu ex o tu padre o alguien, te ha contado una historia sobre ti. Que no sabes cómo amar. Pero estoy aquí para decirte que no es cierto». Por desgracia, en nuestra confusión contemporánea, cuando el otro golpea la puerta de nuestra protagonista, se convierte en un acosador. Ya no está permitido visitar sin avisar cuando las cosas están tensas. No se puede llamar por teléfono para ofrecer el monólogo de la persuasión a corazón abierto, porque nuestra heroína se esconde detrás del buzón de voz. Tampoco es posible enviarlo por correo electrónico, porque será borrado o reenviado a miles de personas. Si ha tocado la puerta, telefoneado y enviado un correo electrónico, es oficialmente, en la era de la sobredimensión del daño, un acosador (o acosadora). La persona que lucha por una conversación honesta que pueda sanar —antaño un personaje tan conocido y querido—,por desgracia ya no existe. Y así, la Sra. Reticente nunca consigue la realidad afectiva, la piel, la voz, el tono, los ojos, la sonrisa, las bromas y, sobre todo, el vaivén, la interactividad que le recuerda lo que se siente al dejar entrar a alguien, la interactividad que produce la revelación de que su futuro no es imposible. En cambio, el dolor del pasado domina sobre la posibilidad. Sugerir lo contrario está prohibido. Si el cine replicara estos valores restrictivos, las películas serían aún peores de lo que ya son. No hay sorpresas. El primer impulso sería el único impulso. Pero, en la realidad, el romance no siempre empieza con buen pie: dos personas no siempre ven el potencial de la otra al mismo tiempo y, afortunadamente, otras personas pueden transformarnos con su esperanza, su perdón y su optimismo. A pesar de todos nuestros temores, podemos mejorar la vida del otro. A veces uno de nosotros lo sabe antes que el otro. También hay sorpresas positivas en la vida. Que nuestra heroína haya decidido que nunca podrá construir una relación que tenga sentido con alguien no significa que tenga que aferrarse a esa creencia. Aunque los traumas no recuperados son a menudo una prisión de inflexibilidad, algunas personas tienen opciones para responder. Es posible que otra persona haga realidad ese cambio atreviéndose a imaginar lo que para nosotros puede parecer inimaginable. Lo cual puede ser el amor. (...)

Una vez, después de un almuerzo increíblemente cómodo y enriquecedor con alguien con quien no había potencial para una relación romántica, le pregunté a la mujer en un mensaje si le gustaría seguir hablando por teléfono. «Por favor, siéntete cómoda de decir que no», escribí. Ella respondió que sí, que le gustaría, que también había disfrutado de nuestra conversación. Entonces le envié un mensaje para ver si quería hablar el sábado. 
«Tengo planes —me respondió—. Pero hablemos pronto, ¿vale?». En mi mente, ahora tenía dos asentimientos evidenciados por la palabra disfrutar y la frase «Hablemos pronto, ¿vale?». 
Así que le respondí: «¿Qué tal cuando llegue a casa mañana?». 
No me contestó. ¿Y ahora qué? Había dicho que sí dos veces. Esperé y luego le ofrecí una salida. 
«Si estás muy ocupada, avísame. Si no, ¿qué tal el día 25?». 
No respondió. Si vuelvo a contactarla, ¿soy una acosadora? Desde mi punto de vista, creí lo que dijo. Le había preguntado y ella había dicho que sí. Ambas reconocimos mutuamente que había un entendimiento, un placer. Luego ella desapareció. Sin embargo, todavía le di la oportunidad de una salida elegante. ¿No tiene la gente cierta responsabilidad de rendir cuentas? ¿O es que la nueva victimología me obliga a interpretar un sí como un no y el silencio como un «Cambié de opinión»? No responder no es una respuesta. No es razonable esperar que otras personas interpreten nuestros silencios. Eso, creo, es una carga injusta. Creo que ella debió haberme dicho: «Dije que sí, pero ahora me doy cuenta de que tengo miedo, no estoy tan interesada como creía, soy tímida, me siento intimidada, temo que me vuelvan a hacer daño, no quiero la responsabilidad», lo que sea. Y yo podría haber dicho: «Gracias por hacérmelo saber». O, incluso mejor, podríamos haber hablado sobre la ansiedad. (...)

¿Pedir algún tipo de respuesta es ser acosador? No responder pone toda la responsabilidad en la otra parte. Hace tiempo que pienso que reprimir produce ansiedad, mientras que rendir cuentas crea alivio. Pero hay ansiedades que son consecuencia y otras que son causa. ¿Por qué no tener un valor común de resolución? Imaginemos que esta persona se hace responsable y al final elige la amabilidad/responsabilidad mutua en lugar de la acusación. Se da cuenta de que está enfadada conmigo sin ninguna razón causada por mí, de que se trata de cosas viejas actuando en lugares nuevos y, por lo tanto, hace lo correcto: levanta el teléfono y hablamos. Nos vemos y, de ese modo, permitimos que la amistad se vuelva importante para nosotras. Tenemos un final feliz gracias a una simple llamada telefónica. El problema es que el silencio no es responsabilidad. Sentirse confundido, sentir la ansiedad de la atracción por un cuerpo o una mente, sentir que ha llegado alguien para quien no se está preparado no son señales de que alguien me esté haciendo algo malo. La mujer que me dijo: «No deberías decir que no te sientes atraída cuando sí lo estás» no me estaba acosando. No me estaba quitando el poder, no me estaba dominando, no quería controlarme. Por el contrario, me estaba ofreciendo un regalo: me dio un código de decencia. (...)

EL CONFLICTO NO ES ABUSO: 
CONTRA LA SOBREDIMENSIÓN DEL DAÑO.
Sarah Schulman.
CAPITÁN SWING.

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