ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 21 de octubre de 2026

Lo mejor de TODOS MIS PECADOS Y LA MITAD DE MI DOLOR (Elena Medel)

 

Lo contrario de la muerte es el deseo. La respuesta sencilla —la evidente— nos colmaría la boca sin mentir: la vida es lo contrario de la muerte. Pero yo he deseado. Un labio que se muerde hasta que brota la sangre de la piel rota, la rasgadura del deseo que se clava contra el pecho: feroz deseo —feroz— quebrando el velo que guarda las costillas, doblegándome hasta sustituirme, inexistente yo. Me refiero al hambre y a la urgencia. (...)

—Yo no sé si usted tiene talento. Puedo pensar que sí —continuó Guzmán Espinosa—, por su respuesta en la ficha de alumno, por esta conversación; después de tantos años, he aprendido a distinguir entre quienes fingen y quienes revelan. He vivido algunas decepciones, pero la máscara cae y muestra el rostro verdadero del fingidor, «reality’s dark dream!», «¡el sombrío sueño de la realidad!». ¿Ha leído usted a Coleridge? 
—Estefanía negó, aunque le sonaba el nombre—. En breve. 
—No entiendo muy bien qué me quiere decir. 
—Usted tiene que estar a la altura de su talento. Eso implica un sacrificio: esfuerzo, trabajo. No le hablo de renuncias puntuales, sino de entregarse a su vocación, servirla. ¿Y cuál es? ¿La enseñanza? ¿La investigación? ¿O algo más allá, comprender que el estudio de la literatura es una religión, y consagrarse a ella? ¿Que para quien ama la literatura no existe una vida más allá? Su talento, ¿para qué quiere usarlo? He conocido a alumnos inteligentes cuya vida consiste en explicar a treinta zotes cómo identificar el sujeto y el predicado. Honorable, no lo dudo. Pero cuando pienso en ellos, en las ideas sobre las grandes obras que podrían haber desarrollado, y compartido, pienso en que tan fácil resulta elegir el camino correcto como el equivocado. ¿No todos alcanzan la meta? Por supuesto. Por este despacho, por mis clases, han desfilado personas sobresalientes; alumnos cuyos comentarios ansiaba y temía, porque ridiculizaban con su brillantez. ¿Dónde están? Trabajaron mucho, pero no lo suficiente. Cuatro años de tesis sobre Lives of the English Poets para no conseguir ninguna posdoctoral y vender imanes y postales frente a la catedral. Le da clase Fernández Cortés, ¿verdad? Fíjese en él: un ejemplo magnífico para alguien como usted. Sabía de Fernández Cortés, su profesor de Introducción a las Literaturas en Inglés. Conocía de vista a su familia, del final del barrio, donde los bloques. No le había parecido el más inteligente, pero de todos los profesores era el que había explicado mejor qué hacer y cómo. ¿Soñaba Estefanía con parecerse a él, que estudió en su instituto y bebió cerveza en los mismos bancos que ella? (...)



Al dejar el instituto, su profesora de Inglés le regaló un cuaderno para la facultad. En casa, Estefanía lo abrió y encontró una postal —una mujer leyendo, por Jean-Honoré Fragonard— con un número de teléfono, y un nombre: Mariángeles. 
A comienzos de octubre la llamó: una emergencia, se disculpó. Te lo di porque confío en ti, le explicó su antigua profesora. Estefanía se sentía decepcionada consigo misma: soy mucho más tonta que el resto, más constatación que queja, y voy a quedarme atrás. ¿Tú qué quieres, Estefanía? Yo lo quería todo, profesora. Quiero dar clase, tener un buen trabajo; salir de aquí. Todo lo que pueda, lo quiero. Estefanía recibió el silencio, primero, y luego la voz de doña Mariángeles: pues sigue en ello. Te diría que la ambición exige sacrificios, pero eso ya lo sabes tú, aunque no seas consciente. ¿Te acuerdas de cómo se marchaban tus amigas, tu novio? Y ahí seguías, pese a todo. Estefanía calló, lo compensó la profesora: ¿te da clase Guzmán Espinosa? En tercero, explicó Estefanía, y se jubila este curso; pero voy a ir de oyente y me he apuntado a su seminario. Bien hecho, celebró doña Mariángeles. Aprende de él, apréndelo todo. Es el que parte el bacalao. Pues en realidad como el instituto, reanudó Estefanía su conversación con Tamara, pero más difícil; me tengo que esforzar más. Fani había renunciado a salir los fines de semana por la noche, porque madrugaba para estudiar; toleraba un paseo con Sergio los viernes y los sábados, a la hora de la cena, y otro los domingos después de comer. Se había quejado él a Tamara, cuando Estefanía se marchaba y él enganchaba con algún grupo de amigos, y ambos coincidían en la plaza; esto va a ser siempre así, y Tamara daba un trago a la litrona, resignada. Trabajar no es tan malo, se reubicó Tamara en la tarde laborable, en la cocina del piso de los padres de su amiga: es una putada, mejor se está en la cama. Pero hay trabajos entretenidos, a mí me gustaron la juguetería y la tienda de ropa, y luego el dinero... Yo le daba la mitad a mi madre y la mitad para mí, hasta ahorré. ¿Para qué quieres estudiar? Yo no sé qué te pasó en el bar aquel del polígono. ¿Te hicieron algo? ¿Me lo quieres contar? Estefanía se negó: no pasó nada, en realidad; me atendió el matrimonio este que conocía a mi padre, me tomé un refresco, estuve poquísimo tiempo allí. Pero luego no volviste cuando te cogieron en el bazar, insistió Tamara, que preferías irte en autobús. Prefería no depender de mi padre, no sé explicarme bien. Estefanía no mintió. Salió de la entrevista de trabajo, actuó tal como su padre le había indicado —una consumición, no más—, conversó con los encargados del bar y se mantuvo educada con los parroquianos; disimuló las arcadas —aceite quemado, tabaco de horas con la puerta cerrada, whisky barato— y calló ante las bromas de mal gusto. Su padre adelantó unos minutos la salida, intentó pagar el refresco y el matrimonio se revolvió: que tu hija nos lo pague cuando sea ministra. Sí que mintió Estefanía sobre su imprecisión. Tamara nunca lo comprendería; Estefanía misma no alcanzaba, por desconocimiento o por vergüenza, como si se le contagiaran las manchas en la piel de los borrachos del polígono. El escalofrío observando a su padre y a su hermano; el que la estremecía en los ratos con Sergio. (...)





Y esto qué es, Tamara hojeó la traducción; a ver qué te ha gustado. No es lo que me ha gustado, explicó Estefanía, es lo que me parece importante para comprender mejor el poema. Tamara, en el sofá junto a Caro, con la gavilla de folios: ¿esto es de clase? No, de un seminario. ¿Lo de los curas? Es que el catedrático se reúne fuera de clase con gente interesada por los poetas que él estudia, y nos los explica un poco más. Tamara recitó: «Como el espacio / sin límites, al alma se aparece / el mal que ha de servir en la conciencia: / un segundo infinito, desventura / que no tiene esperanza ni termina». Estefanía la escuchó, aunque ya se sabía aquellos versos —los había destacado con el fluorescente rosa—, y se acordó de la naturalidad con la que Tamara leía en voz alta; sin trastabillarse, deslizando la voz incluso cuando identificaba algo por primera vez. 
—¿Quién lo ha escrito? 
—Lord Byron. —Tamara esperaba más información—. ¿Te acuerdas de Espronceda? 
—Tamara negó—. El del pirata: «Con diez cañones por banda, / viento en popa a toda vela». —Sí, ahora sí: memorizaron algunas estrofas antes de que Tamara dejase el instituto—. Pues Byron es como Espronceda, pero en guapo. 
—¿Y de qué va esto? —Es un poema sobre un vampiro. Más o menos... Eso me ha parecido entender, porque hablan de temas que no están directamente en el poema. La mitad se la inventan. Hay una mujer que se llama Leila, y que forma parte del harén de un hombre, Hassan. Ella es la favorita. Hasta que tiene una aventura con otro, no se dice el nombre, aparece como giaour o el infiel, porque es cristiano y no musulmán. Hassan se entera y asesina a Leila, y luego el otro hombre, el giaour, mata a Hassan para vengarse. El giaour es un vampiro, se supone, no sé si de antes o porque al matar se queda entre los vivos y los muertos, de tanta pena y tanto dolor. Si el catedrático me escuchase, me echaría. Qué ida de olla, zanjó Tamara, mientras Fani recogía las fotocopias para no mancharlas. Tu hermano no viene, preguntó Tamara, y Caro se adelantó: estará con los colegas, yo no lo voy a esperar. Bajo la cumbrera entre el salón y el pasillo, allí donde Estefanía cruzaba de una vida a otra, con la tarta en las manos y las velas en el bolsillo, esperando a Sergio que subía del taller, contemplar a su amiga y su hermana le trasladó a un futuro de diez o quince años: arqueología, restos de huesecillos a los que limpiar la tierra con un pincel, un objeto folclórico que exhibir en el museo de lo que esquivó. (...)



El fondo de la barra le permitía controlar la situación, obtener una panorámica de sus competidores. Bravo ganaba a casi todos en edad, universitarios o soldaditos que se escapaban de la base militar. Ellos pretendían distraerse, beber, bailar un poco, conocer a alguna chica con la que pasar la noche, enamorarse, casarse, tener hijos; a él le bastaba con el primer y el cuarto punto. En qué consiste la vida: que suene el despertador, aguarden la ducha y el desayuno y el traje y el paseo hasta el despacho en el ayuntamiento, y un acto público en el que se inaugure algo, y un café con un periodista, y una reunión con un técnico, y una orden a su becaria o a un asesor de su asesor, y una comida con otros asesores o con el concejal o con el grupo político, y una siesta en el sofá de su jefe, y otro acto público en el que se inaugure algo, y una cerveza con un periodista, y dependiendo de la jornada convencer a alguien para que se tomara la última, regresar al apartamento vacío. Bravo se había matriculado en Ciencias Económicas y Empresariales —en la privada, la católica— por consejo de su padre, que impartía allí Política Económica y Macroeconomía y Economía del Sector Público, pero abandonó la carrera en el primer cuatrimestre porque no se manejaba con los números, aunque le hubiesen aprobado todas; luego en Derecho —en la privada, la católica— por indicación de su madre, hija de juez, pero no completó primero porque no se entendía con las leyes. Probó con la música: aparcaba el coche frente a los locales de ensayo del polígono, se ofrecía como cantante o guitarrista pero no memorizaba los acordes, en los conciertos —si no le echaban antes— le interesaban más las primeras filas que el escenario. Buscaba erasmus a las que follarse: prefería las centroeuropeas, rubias y lechosas. Para que reflexionase sobre su futuro, y evitar otro año en blanco, sus padres lo mandaron a Londres; allí intentó desenvolverse con el idioma y las drogas, dejó embarazada a una belga —le pagó el aborto: su madre le transfirió un extra para un intensivo sobre inglés de negocios— y se le ocurrió probar con el cine. Escribiría guiones y los dirigiría. El padre se negó: a tu hermana Maribel ya la han contratado en Arthur Andersen. Una cosa es poder, y otra apoyar todas las chorradas que se le ocurran. La tarde de la discusión Bravo anunció que le retiraba la palabra a su padre, y se marchó de cañas. Sin cita ni rumbo, sin epifanías. Antes de Londres se había acostumbrado a entretenerse algunas semanas con algún chaval de la universidad, y aburrirse, y alargar las cervezas con algún tipo que le sonara de los bares, y aburrirse a las semanas, y enlazar con uno del barrio con el que no se hubiera peleado u otro del instituto que no le hubiera padecido, y vuelta a empezar. No envió cartas describiendo las fiestas en Camden, no llamó a propósito de un cumpleaños o una borrachera que despertase la nostalgia, nadie le visitó. La amistad requiere esfuerzo: no me refiero a cuestiones más prácticas, como el fingimiento —se comparten aficiones, se toleran los puntos débiles, se simpatiza con la familia o el resto de amigos—, sino a asuntos más sutiles y complejos. Muchas cuestiones al margen de las evidentes, esto lo descubriría Bravo en los años previos a esta historia, exigían esfuerzo, abnegación: la amistad y el amor, por lo tanto el sexo y el placer, la confianza, la suerte, etcétera. Para que la gracia te identificase entre los cientos de miles de cabezas que se devanaban en torno a la hipoteca y el trabajo y las cacas de los hijos, y posase en ti sus dones, debías ofrecer algo a cambio. Sin cita ni rumbo, sin epifanías, Bravo se movería por los bares del centro, los de primera hora, y se acercaría hacia la catedral. Le apetecía beber, y le apetecía que ocurriese algo. (..)


Mira a Josemari, estoy acordándome de Josemari. No me olvido de él y su nariz torcida y su pelillo engominado ni un puto segundo de mi vida. Los boquerones en vinagre nos los han pagado Bernardo, Josemari, Cristina que le dijo que el chaval de la heladería le caía bien y a lo mejor le convenía tenerlo en cuenta, que parecía suelto. Y voy para veinte años llenándome hasta los codos de mierda, escondiéndole la basura debajo de la alfombra y levantando los teléfonos que hagan falta. ¿Tengo motivos para quejarme? No. Hablo con gente que a veces hasta me cae bien, me tomo mis cafés y mis cervecitas y mis copas, y a final de mes, pum, la nómina. Yo tengo mis inquietudes, no te rías, joder, estar aquí contigo, voy a muerte contigo, Chus, pero Josemari... Me acuerdo de una vez, estaba yo recién afiliado porque me insistió en que me convenía, y él todavía alternaba la diputación con la empresa del padre. ¿Las huelgas de Maravall, tú te acuerdas? En el 86, en el 87: por ahí. A tu padre le arrearon cuando intentó disolver un encierro. Estaba yo en el último intento de sacarme Derecho, y había un grupo de compañeros organizándose con los de la pública para protestar, una panda de pijos creyendo que por compartir un tiempo y una ciudad se parecían a los otros, pero ahí estaban: organizando una asamblea en la católica. Eran cinco o seis, no más, pero hacían mucho ruido. Había un Moya, creo que Salvador, el que lleva la empresa de basuras. Yo era joven, ingenuo, mi madre me daba los viernes quinientas pesetas para el fin de semana, como un rey, y aquello me pareció no admirable, no es esa la idea: me pareció insólito. Gente con la vida resuelta, con una matrícula que nos pagaba papá, que tendría su buen trabajo en cuanto se licenciase, perdiendo el tiempo por gente que probablemente les odiara, y con motivo. Se lo comenté a Josemari llevándole a algún pueblo para alguna reunión, ya por entonces, sabes que transmite igual que un corcho blanco, y me miró muy serio, tanto como nunca. Me dijo que él no entendía la política como una herramienta para mejorar el mundo, sino para mantenerlo tal como lo conocía, porque así funcionaba y si una pieza se movía apenas un milímetro todo el engranaje se derrumbaría. Me acuerdo todavía de aquello. Tú eres un androide, Chusito, y Josemari es un muro de contención: los dos, a vuestra manera, cumplís sin pensar la función que os han asignado para que nada cambie, y mantener el orden. Joder, qué bajón, Chus. Yo que te había llamado para pasárnoslo bien esta noche. Me voy a mi casa a cortarme las venas, que a las nueve me esperan en Urbanismo. ¿Llegas bien solo, o te acerco en taxi? (...)

—Es lady Caroline Lamb —explicó—. Mi tema de tesis, aunque luego he ampliado intereses, que es un eufemismo para explicar que doy tumbos según me lo pida el currículo. Estando casada tuvo una relación con lord Byron, Caroline Lamb. Se conocieron poco antes de que él escribiera The Giaour, justo, el poema del seminario. ¿La ha mencionado ya Guzmán Espinosa? Como me lo sé de memoria, a veces desconecto... El marido la envió a Irlanda unos meses, queriendo apartarla de Byron y de la maledicencia, y cuando ella volvió a Londres Byron se negó a continuar con la relación; tendría ya otras cuatro o cinco amantes más. Pero el deseo se transformó en literatura, y se escribían poemas con provocaciones y reproches, competían por ver quién trataba un asunto con mayor originalidad, con mayor brillantez... Por parte de él, ni idea; yo sobre Byron siempre pienso como Eliot, pero me interesa más el personaje. Por parte de ella se convirtió en un vínculo de dependencia, incluso consciente de cómo él la dañaba: sabía que la desdeñaba como escritora, que como mujer prefirió siempre al resto, e incluso así actuaba como si nada hubiese sucedido, siempre contestaba sus cartas, valoraba los poemas en los que él la insultaba. En uno la llama «demonio». ¡Demonio! ¡Byron, a cualquiera! Luego publicó una novela autobiográfica, Caroline Lamb, digo, Glenarvon, sin firmarla. —Raquel giró el rostro hacia la estantería y, sin moverse del asiento, alargó el brazo, marcó con las uñas el lomo de varios libros, y tomó uno de ellos—. Aprovechando la tesis la traduje y preparé la edición. Mucha nota al pie. En este libro, y en los alrededores, cuatro años enteros de mi vida: cómo la primera escritura del antihéroe byroniano fuera de la obra de Byron no deja de ser él mismo, igual que en sus poemas, porque se debe a Lamb y Lamb le retrata. Fernández Cortés me niega y defiende que Polidori se le adelantó, pero las cuentas no salen. Hay aquí —Raquel tomó el libro, ya en las manos de Estefanía, y localizó una página al comienzo— un elogio precioso de Goethe. Merece la pena: la historia romántica, los ricos también lloran, el retrato de la sociedad... No tengo muchos ejemplares, así que no te lo puedo dar, pero sí prestártelo si lo quieres leer. ¿Y tú, qué? Yo iba a aprovechar este rato para un trabajo de Lingüística General, habría contestado Estefanía. Quizá no hubiese aprendido demasiado sobre fonética o gramática, pero sí en cuanto a relaciones sociales: ante determinadas personas, la primera respuesta convenía callársela, y optar por la segunda. —Es bonito el despacho —la tercera, en realidad. —Lo que más me gusta es lo que se oye. —Estefanía pensó que quizá Tapia Navarro se refiriese a alguna conversación en el de Ramírez Rejano; espionaje entre facciones contrarias, me aventuraría yo, Raquel anotando las jornadas que Conchi había planificado para adelantarse al solicitar una ayuda, comentando con Guzmán Espinosa las reprimendas a sus doctorandos—. ¿Oyes cómo llueve? Otra lección para Estefanía: un profesor imposta el discurso incluso en privado, rompiendo el precinto de una bolsita de almendras peladas. Toda la historia de Caroline Lamb le serviría para impresionar al catedrático en el seminario, o cuando se examinase dentro de dos cursos. Pero aquella perorata de Raquel sobre la lluvia mientras se llenaba la boca de frutos secos, a la alumna le incomodó. (...)

Desplacémonos hasta otra rama del conocimiento: de la filología a la genealogía. La universidad —el hogar de Guzmán Espinosa, las cajas de fruta de Sánchez Rueda, Luis, el banco en el que consumía yo las horas— se fundó en el comienzo de la dictadura, aprovechando la existencia de una Escuela de la Tierra: muchachos de las provincias limítrofes se desplazaban para ahondar en los saberes de la agronomía. La Escuela dependía de una universidad histórica, la de la capital de la región, que amplió poco a poco su oferta en la ciudad: Veterinaria, Derecho, en los cincuenta Filosofía y Letras, con especializaciones en Historia, en Española; Jesús Guzmán Espinosa se matriculó en la segunda promoción que escogió Inglés. Para entonces ya disponían de un membrete, la Universidad Ramón y Cajal, y un claustro con quienes no habían conseguido una plaza en su alma mater: sin contactos, o tan limitados que ni el apellido compensaba. Aquellos profesores se marcharon conforme sus maestros se jubilaban o morían —Sánchez Rueda, Trinidad, explicaba que el de Fonética cayó fulminado ante la pizarra, enseñándoles a pronunciar /tʃ/, choke, repetía, método pedagógico extremo o ataque al corazón: esto último, dictaminó el forense—, y los sustituyeron unos pocos expulsados de la gran ciudad, con los Sánchez Rueda a la cabeza —Luis, Trinidad, su marido: Antonio Cabrera Velasco, Mudito para la comunidad universitaria; no por su costumbre de hablar menos de lo justo, sino por los ojos saltones y las orejas inmensas, sin un pelo, igual que el enanito—, y los primeros doctorandos locales, con Guzmán Espinosa marcando territorio. Don Jesús se esforzó en reivindicar sus méritos —leyendas, maldiciones, la ciudad desvaneciéndose sin alguien con su nombre y su apellido— y probar a sus discípulos, fracasados casi todos, mientras los Sánchez Rueda —Mudito en la ecuación— se acreditaron, forjaron una red de colaboradores, obtuvieron sus cátedras, lograron la plaza para la hija de Trinidad y Antonio y su novio de entonces, se sentaron a aguardar la jubilación: Luis, en dos años; en cuatro, Antonio; en cinco, Trini. (...)



No hay comentarios:

Publicar un comentario