Quizá fuera una coincidencia, pero este lío me caía encima en un momento en el que había perdido el interés por la enseñanza, y desgraciadamente no solo eso.
Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que desmontar una obra maestra literaria, pasaje por pasaje, delante de una poblada aula de estudiantes de primer año me parecía no solo un delicioso privilegio, sino también una misión de importancia solo inmediatamente inferior al sueño de abrirme camino en el mundo de la literatura. (...)
Mitad rabino, mitad sacerdote, así me sentía: intérprete de la palabra artística y al mismo tiempo intermediario entre a literatura universal y muchas mentes jóvenes y sedientas. Como es lógico, no todas las clases salen a la perfección. Pero algunas sí, y os aseguro que cuando eso sucede no ves el momento de que vuelva a suceder.
¿Y ahora qué? ¿Qué había sido del afán de compartir, de la voluntad de seducir, del sueño de ganar prosélitos para la causa? A estas alturas, estrujarse el cerebro para hacer inteligible un verso de Mallarmé ya no era un desafío electrizante, sino un tormento. Si perder la pasión por el trabajo era un delito, entonces sí, merecía ser puesto en la picota.
Para entendernos: no le habría dado tantas vueltas al asunto si mi desamor por la enseñanza no hubiera ido acompañado de una alarmante náusea frente a la escritura. (...)
De repente me sentía agotado, sin voz, carente de estímulos, como un artista al final de su carrera; y por ello más próximo a la muerte de lo que nunca había estado. Nada dramático si -como el viudo que se descubre enamorado de su esposa una hora después de enterrarla- no me hubiera encontrado ante la evidencia de que, sin el trabajo del que a esas alturas me sentía incapaz, la vida se había vaciado de belleza y propósito. (...)
En definitiva, ¿qué hacer? ¿Someterme a la humillación que estaba a punto de serme infligida o decirles a todos que se fuera a tomar por culo?
Entonces, ¿por qué lo había hecho? Muy sencillo: porque no me encontraba bien, porque no era feliz, porque cada vez me sentía menos a gusto dando clases, porque había perdido el placer de compartir cosas hermosas con los chicos, porque ya no tenía confianza en mí mismo, porque llevaba meses sin conseguir escribir un párrafo del que me sintiera orgulloso. (...)
¿Habría llegado también para mí el momento en que todo empieza a hablarte de lo que ya no existe? ¿Habría alcanzado esa edad en la que te encuentras caminando por las calles de tu ciudad como un zombi entre los vivos? La sensación era parecida a la de un hombre que acaba de salir de la cárcel y está convencido de que encontrará el mundo tal como lo dejó, pero en cambio se ve obligado a darse cuenta de que nada ni nadie se ha molestado en esperarlo. (...)
Había olvidad lo agradable que era gastar dinero innecesariamente y ser admirado por ello. (...)
(...) al cabo de un rato el tema de los hijos suplantó a todos los demás. No sin arrogancia, se les acusaba, pobres muchachos, de no ser nosotros, como si ser nosotros fuera lo máximo a lo que se pudiera aspirar. En resumen, como en cualquier buena reunión burguesa, un cliché llevaba a otro en un festival de trivialidad y respetabilidad. (...)
Mi desazón había dado comienzo mucho antes de que a Teresa se le metiera en la cabeza masacrarme. Si hubiera mantenido la guardia alta las cosas no habrían tomado ese cariz tan desagradable. Si no me hubiera regodeado en la idea de merecer un castigo tan severo habría reaccionado con mayor determinación. Si realmente hubiera creído que el fuerte necesitaba protección no lo habría dejado tan desprotegido, a merced de los enemigos. (...)

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