ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


viernes, 30 de mayo de 2014

"Gol" (magnífico cuento de fútbol escrito por Rafael Azcona)


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Debía faltar poco más de un minuto para que el árbitro señalara el final de la prórroga, y el 0-0 en el marcador seguía negándole al equipo del viejo Panocha los puntos que necesitaba para ascender automáticamente a primera división. Fue entonces cuando la pelota, despejada de un patadón por alguno de sus compañeros, y como llovida del cielo- nunca mejor dicho, porque estaba diluviando-, vino a caer en el fango que ocultaba las líneas del campo, justo en las cercanías de la que lo partía por la mitad, un territorio en el que Panocha vivaqueaba desde hacía un par de temporadas con el permiso del entrenador: cada vez que obligado por las lesiones o las tarjetas lo levantaba del banquillo, junto a la orden de quitarse el chándal el míster le concedía tácitamente la autorización para quedarse allá arriba: “Salga, Panocha. No le pido que corra, sólo le ruego que no se me siente”, eso le decía aquel cantamañanas convencido de que no existía ninguna diferencia entre la pizarra y el césped y de que los goles los metía él desde la banda con sus mocasines italianos. Pero Panocha no podía negar- al contrario, lo asumía- que si bajaba a defender su puerta luego no tenía resuello para subir a atacar la contraria, y él era- o había sido- eso que se llama un goleador nato.
Todo lo que tengo que hacer- pensó Panocha, ya con el balón en los pies- es levantarlo del barro, levarlo hasta la portería contraria, esperar la salida del portero, dejarlo tirado con un regate, y cuando esos comemierdas de las gradas empiecen a cantar el gol, hacerles un corte de mangas, o mejor, enseñarles los huevos, y echar la pelota fuera con la patada de Charlot.
Miró hacia atrás para calcular sus posibilidades de éxito: aunque los tacos se les quedaran clavados en el lodo, los jugadores rivales- todavía ante la portería del equipo de Panocha, a la que habían acudido para rematar un saque de esquina- no se iban a quedar mirando cómo él avanzaba hacia la de ellos, custodiada únicamente por el portero, y seguro que se alcanzarlo lo zancadillearían sin ningún miramiento. ¿A quién le iba a importar una tarjeta más o menos en el último partido de la temporada y con la prórroga dando las últimas boqueadas? Luego estaban sus propios compañeros, para quienes Panocha era un prescindible suplente sin ninguna autoridad: seguro que habría algún titular dispuesto a echar el bofe por la boca para llegar a su altura y exigirle que le cediera el honor y gloria- con el consiguiente aumento de la ficha- de marcar aquel gol de oro.
Mal nacidos. Pero a mí no me estropean el pasodoble, por la gloria de mi madre, pobrecita, lo que pudo llorar aquella santa cada vez que yo volvía a casa con los zapatos rotos y las canillas llenas de cardenales.
Y allí venían, dos, tres, cuatro y hasta seis de aquellos mal nacidos, inidentificable bajo la capa de barro que ocultaba sus rostros, sus números y hasta el color de sus camisetas, decididos a estropearle el pasodoble. Pero Panocha llevaba en el campo cinco minutos escasos, el entrenador lo había sacado con vistas a la tanda de penaltis- a balón parado prefería la serenidad del veterano a los nervios de los canteranos- y mientras que él conservaba impolutos el pantalón y la camiseta e intactas sus reservas físicas- que no eran muchas, cierto, pero que deberían bastarle para llevar a cabo su proeza-, a los demás les pesaba en las piernas el cansancio acumulado a lo largo de las dos horas de partido, un encuentro que había salido bronco, pródigo en choques físicos, sin otras vías de solución que el patadón y tente tieso.
Venga, Panochita, pica el pelotón, y vamos a ajustarle las cuentas al fútbol y a la vida, que así se las ponían a fernandoséptimo.
Y lo picó, con la puntera de la bota izquierda, que era la buena, saboreando ya su venganza. Qué estupidez degustarla fría, mejor paladearla ardiendo; se iban a enterar de quién era Panocha directivos, entrenadores, jugadores, periodistas, hinchas, aficionados y miserables en general que lohabían utilizado, cada uno para sus propios fines, durante la tira de años que llevaba en el club, primero como promesa sin otra compensación que el placer de jugar, luego como figura esclavizada y mal pagada, al final como artrósico ejemplar, de una especie a extinguir, estafado por los presidentes, humillado por los místeres, ninguneado por los compañeros, despreciado por los críticos, ridiculizado por el público, puteado por su propia mujer. Porque la desgraciada, apenas intuyó el comienzo de su ocaso, se largó a Los Ángeles con un alero de baloncesto a poco de conocerlo en la fiesta que siguió a la concesión de unos premios al juego limpio. Al ferplei, como decían los mamones de la Federación.
Y yo, mientras aquel negro lleno de dientes me la bailaba, y cómo bailaba el tío, con lo alto que era, que la cabeza de Paquita le quedaba a la altura del ombligo cuando la abrazaba para bailar agarrados, y yo allí, en el borde de la pista, bajito y escayolado, con el tendón de Aquiles hecho cisco tras una alevosa patada que me sacudieron por detrás.¡Toma ferplei, Panochita!
El punterazo había desplazado el balón una veintena de metros, y ahora le esperaba fondeado en un enorme charco. Parecía recién salido de una lavandería, y sin embargo, al darle la segunda patada, Panocha- que ya acezaba como un bulldog subiendo unas escaleras- lo sintió más pesado que la primera, cosa verdaderamente extraña, pues en la primera, a pesar de estar rebozado en barro y con laguna pella de césped pegado a sus costuras, lo había encontrado más liviano y manejable que nunca, y en cambio ahora, aunque estaba limpio como una patena, tuvo la impresión de que pesaba lo que una sandía de tres o cuatro kilos. Y la imagen de la sandía le hizo sentir una sed de beduino, una sed que le obligó a levantar la cabeza y, sin dejar de correr, abrir la boca para beberse a tragos la lluvia.
Como si pesa una arroba. La directiva, los accionistas, la marca patrocinadora, el nuevo entrenador y la madre que los parió se van a quedar con las ganas de echarme, que es lo primero que harían de subir a primera, darme la libertad, como ellos dicen. A buenas horas, mangas verdes, la libertad me la debieron dar diez años atrás, cuando marcaba quince goles por temporada y el Madrid se interesó por mí.
Esta vez el esférico- el esférico, eso también lo decían ellos- había recorrido una docena de metros y Panocha lo alcanzó cuando empezaba a oír, todavía lejanos, los gritos del nueve, aquel turco en quien ahora tenía la afición puestas sus esperanzas y complacencias, y al que reconoció por el acento:
- ¡Pasa pelota, pasa pelota!
Estaba apañado: a menos de veinte metros de la puerta enemiga y con el indefenso portero como único obstáculo, Panocha no le haría cedido el balón ni por un carro de azafrán- que según su abuela era lo que más valía en el mundo- ni al iluso turco ni al mismísimo Maradona en la plenitud de sus facultades. Y superando el terrible ahoguío que amenazaba con asfixiarlo, le dio la tercera patada a la puñetera sandía- su peso debía andar ahora por los diez o doce kilos, y su corazón por los doscientos o trescientos latidos por minuto- y reemprendió la carrera convencido de que iba a reventar de un momento a otro.
Tengo que llegar. Porque cuando llegue a la línea de meta y eche fuera el balón, la moral del equipo se va a quedar hecha una braga, los que lancen los penaltis los fallarán todos, y los tíos de la directiva, que cuando ganamos presumen de cargo fumando Montecristos en la televisión, esta noche tendrán que quedarse en sus casas llorando lágrimas de sangre. Que se jodan: eso les pasa por no haberme traspasado al Madrid.
Sólo Panocha sabía todo lo que soñó a cuenta del Madrid y de Madrid; él ya había jugado en el Bernabéu contra el Castilla sin sentirse intimidado por su graderío: la conquista de la ciudad empezaba por exigir en el contrato un chalé en una buena zona residencial y el último modelo de BMW que era un coche que le gustaba mucho; hasta se compró un plano para marcar con un rotulador el itinerario de Majadahonda a Chamartín, y a todo el que iba a la capital del reino le pedía que le trajera La Guía del Ocio para estar al tanto de las cosas. Pero los mangantes de su club lo engañaron: según ellos, un ojeador italiano se había puesto en contacto con el presidente, Panochita no debía precipitarse, la Liga italiana era la mejor del mundo, cómo se iba a perder la dolce vita por ir a los sanisidros, donde estuvieran los espaguetis que se quitara el cocido madrileño, y en cuanto a las tías- que era lo más importante- ¿iba a comparar las españolas con las italianas?
Y así, cuando aquella entrada criminal me dejó sin meniscos ni ligamentos y me pasé un año en rehabilitación, ni dolce vita, ni sanisidros, ni espaguetis, ni cocido madrileño, ni italianas ni pollas en vinagre.
De la cal que marcaba los límites del área enemiga no quedaban rastros, pero Panocha, tras calcular que el balónde había clavado en el barrizal a la altura del ángulo derecho, con una mirada hacia atrás se cercioró de que sus perseguidores no tenían ninguna posibilidad de impedirle llevar a cabo lo que se proponía, y con las manos apoyadas en los muslos y el cuerpo echado hacia adelante dedicó unos segundos a regularizar el resuello; podría haber mandado ya la pelota a la grada de un voleón, pero aquello hubiera sido una chapuza. No, lo bueno era burlar al portero, y ya solo ante los tres palos, cortar en agraz el “¡Goooool!” de la hinchada tirando la bolita fuera en lugar de meterla dentro.
Cabrones. Antes no me dejaban pagar en los bares, y ahora desvían la mirada para no hablarme. Fulanos que entonces me ofrecían a sus hermanas, a sus novias y hasta a sus mujeres, hoy levantan el índice y el meñique para llamarme cornudo a mis espaldas.
Había dejado de llover. La boca le sabía a cuchillo de cocina. Metió la puntera de la bota, siempre la izquierda, bajo la pelota, y la impulsó hacia delante un par de metros para cebar al portero, mientras volvía a oír la voz del turco, que habituado a llamar a todo cristo por su número en su macarrónico italiano, se desgañitaba todavía a la altura de la línea media rival encabezando el tropel de perseguidores:
- ¡Úndichi, úndichi, dami la pelota, puta madre!
Porque, eso sí, las expresiones malsonantes, como decía el presidente del club- un meapilas de mucho cuidado que pretendía hacerles rezar el rosario en las concentraciones- era lo primero que aprendían los extranjeros.
El sombrero le salió perfecto y el portero, en su afán de revolverse, patinó y al perder pie quedó con la cara incrustada en el fango. Panocha, con todo el sosiego que le permitía su disnea, avanzó hacia la puerta contrario acompañado por los rugidos del público, y cuando estuvo a tres metros de la línea de meta se volvió hacia el palco presidencial en particular y hacia la afición en general, extendió el brazo derecho, con la mano izquierda se dio un seco golpe en el bíceps, y empinó el antebrazo contra el cielo; después, con mucha calma, elevó la pelota a l altura de su cadera, y con displicente golpe de tacón la echó fuera justo en el instante en que se le venía encima el montón de gente que había atravesado el campo persiguiéndole:
- ¡Gooooool!
El grito del público pilló al viejo y feliz Panocha de espaldas a la puerta. Cuando de volvió, perplejo, y vio el jodido esférico entre las mallas, ni siquiera pudo descargar su rabia en una blasfemia, porque sus compañeros le cayeron encima para abrazarlo y besuquearlo.
Qué malo eres, Panochita, se dijo, rompiendo a llorar. Pero mientras caía a al suelo, aplastado por aquella masa de carne sudada y gozosa, en las gradas se alzó un himno:
- ¡Panocha, Panocha, Panocha es cojonudo, como Panocha, no hay ninguno!
Y sin dejar de llorar, el viejo Panocha, Panochita, empezó a derretirse en un delicioso deliquio y eyaculó como hacía siglos que no eyaculaba.
 (Rafael Azcona
Publicado por El Pais Semanal, el 20 de julio de 1997)

sábado, 30 de noviembre de 2013

El género Cumbreño

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A muchos o, espero, a alguno de los presentes, tal vez les sorprenda, antes que nada, que hoy presentemos dos libros de un mismo autor. Sin embargo, esto no es tan extraño teniendo en cuenta que José María Cumbreño es un poeta nacido en Cáceres que, desde que debutara en el año 2000 con Las ciudades de la llanura, ha publicado un total de 11 libros y 2 antologías, lo que supone una media de libro por año y, si eliminamos las antologías, de 0,85 libros por año. Además, dirige una de las mejores editoriales de poesía en castellano, Ediciones Liliputienses, que, desde que hace poco más de veintiseis meses comenzara su andadura, ha publicado un total de 36 magníficos libros, es decir, 1,38 libros al mes.
Cabría pensar entonces que Cumbreño se dedica exclusivamente a la literatura, mientras es alimentado por un gotero, hace sus necesidades por una sonda y es espoleado a latigazos, pongamos que uno cada 4,67 minutos, por algún negrero que cobra, pongamos 6,25 euros la hora (según convenio). Pero no, resulta que Cumbreño es profesor de Secundaria en un instituto, lo que suponen unas 20 horas a la semana de clase, más otras 17 reconocidas (no hagan caso a Esperanza Aguirre) de trabajo en casa y que, además, ese centro está en Mérida, lo que suponen 2 horas más de viaje entre ir y volver cada día… A esto hay que sumar que, lejos de vivir en la cueva a la que cabía apuntar por lógica, Cumbreño vive en una casa con su mujer, por suerte, solo una y dos niños pequeños. Además, tiene un blog.
Por todo esto, la primera pregunta que, cuando empiece el coloquio, yo haría si estuviera entre el público sería: ¿cómo cojones lo hace? Bien, en "Una casa llena de ruido", el precioso texto con el que cierra La temperatura de las palabras, tenemos algunos trucos y un resumen:

“Escribir habiendo descubierto que el verdadero dilema
no es escribir o vivir, sino escribir o dormir”

Sin embargo, por mucho que no duerma, el día sigue teniendo 24 horas, y no parece solución suficiente. La única posibilidad sería que Cumbreño sea un genio y tenga un sistema. Con sistema me refiero a que, a la manera de Simenon, desarrolle sus obras con un esquema eficaz pero repetitivo, como un engranaje que le permita automatizar el proceso.
Pues todo lo contrario: Cumbreño tiene un estilo propio, sí, muy reconocible, sin duda, pero su literatura parece partir sobre todo de la búsqueda. Da incluso la sensación de que va descubriendo el mundo, la poesía o alguna reflexión a medida que la va escribiendo. De ahí probablemente su insistencia a la hora de mezclar, revolver y confundir géneros: da la impresión de que Cumbreño, cuando se pone a escribir, no sólo no tiene establecido ningún engranaje perfecto sino ni siquiera trazado un plan previo. De ahí que sepa mezclar con tanto acierto prosa, poesía, memorias o ensayo. De ahí que no le quede más remedio que ser un genio.
En realidad, creo que el único truco de Cumbreño o, al menos, el único que servidor haya podido desentrañar, es su habilidad para encontrar poesía en cualquier parte: en las respuestas de sus alumnos (como la alumna que en la oración Laura quiere a David argumentó que a David era un “Complemento Sentimental”) o, muy especialmente, en la poesía inconsciente de los niños, como cuando su hija Irene le dice a su madre mirándola de cerca: “mamá, en tus ojos estoy yo”.
Hoy Cumbreño viene a presentar dos libros, dos: uno muy fino, muy intenso, muy duro, digamos que de poesía, aunque también contiene varios textos en prosa, llamado Made in china. Y otro más grueso, también intenso a su manera, menos duro, digamos que de memorias, aunque también contiene, sin duda ,poesía: La temperatura de las palabras. Pero vayamos por partes:

MADE IN CHINA (De la luna Libros)



Son treinta y nueve poemas y cuatro textos misceláneos que llevan el mismo título repetido, o mejor, copiado "Made in China". Pero, como todos sabemos, las copias no son nunca iguales al original, si es que el original existe…
Este libro puede parecer muy narrativo, ya que lo que nos cuenta es la relación entre Emilia, una anciana española y Gladys, la inmigrante ecuatoriana encargada de cuidarla en el último periodo de su vida. Sin embargo, esto no quiere decir que el libro sea poco poético, aunque posiblemente guste a gente que normalmente desprecie la poesía, dado que cuenta con unos personajes e incluso distintas ramificaciones, como los hijos y nietos de Emilia, la madre y los hijos de Gladys, el choque cultural y demás. Sin embargo, el mejor resumen del libro viene contenido en el poema llamado "Treinta y seis (Motivos para escribir un libro)":

Hay libros que se escriben (dicen) por necesidad.
Hay libros que se escriben (aseguran) por interés.
Y otros, como éste, simplemente por mala conciencia.

En cuanto al estilo del poemario, también aparece desvelado en el último poema, una poética magnífica que espero que, si le parece, luego Chema lea al completo, pero del que yo voy a extirpar violentamente unos versos que, como digo, resumen la declaración de intenciones del libro:

aunque suene a contradicción,
la literatura, para serlo de verdad,
debe tratar por todos los medios
de no parecer literatura.

Pero quizás el verdadero tema del libro sea reflexionar sobre nuestra condición de extranjeros perpetuos, tantas veces extranjeros de nosotros mismos.


LA TEMPERATURA DE LAS PALABRAS (La Isla de Siltolá)



Como hemos dicho, recoge, a modo de dietario, la vida de Cumbreño desde Enero de 2009 hasta Septiembre de 2011. En estos casi 3 años tiene tiempo de trabajar en una editorial, Littera Libros, escribir, editar, publicar y presentar varios libros interesantes, abandonar la editorial y fundar la magnífica La Biblioteca de Gulliver, enfadarse, dar clases, vivir anécdotas, indignarse, enfadarse, desilusionarse, ver crecer a su hija, enfadarse (tiene cierta tendencia, hay que decir) y, en definitiva, por tópico que suene, a vivir.
Como seguidor del blog de Chema, siempre he admirado su habilidad para meterse en charcos, su incontinencia ante las injusticias y su capacidad para mantener el lirismo e, incluso, el ritmo, aunque esté cagándose en los muertos del último jurado literario corrupto. Por eso, cuando supe que iba a editar un libro que recogía lo publicado en su blog, supuse que iba a ahorrarse ciertas críticas o comentarios a los todopoderosos… Pues no.
            Es un libro cargado de reflexiones y, como decía antes, de búsqueda: asistimos muchas veces al mismo proceso en que Cumbreño lee un libro, le fascina, se pone a buscar al autor por Internet, le localiza, le convence de que no es una broma, que quiere editarle, y le edita.
No hay ningún tipo de poda, aquí se refleja el estado vital de Cumbreño, lo cual, por supuesto, implica contradicciones: así, alguno se sonreirá con que en Febrero de 2010 anuncie su decisión de alejarse del mundo de la edición y que apenas un año y medio después se lance a tumba abierta a una aventura editorial que llevará él sólo.
            Otra vez, el mejor resumen del libro lo hace el propio autor, en un texto llamado, precisamente, "Me gustan las personas que no se esconden" y que está dedicado a Álvaro Valverde. En él, escribe Cumbreño:
“la literatura o es pasión o no es. El café no sabe igual con leche desnatada”


En definitiva, en cualquiera de los dos libros encontrarán mucha pasión y literatura poco desnatada. Para resumir, Made in China es un libro, principalmente, de poesía, que contiene varios de los elementos por los que admiro a Cumbreño como escritor. Por su parte, La temperatura de las palabras es un libro, sobre todo, de memorias, que contiene muchos de los elementos por los que admiro a Chema como persona.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Cumbreño llega con un par


Este viernes 29 a las 20:30 el gran José María Cumbreño presentará dos grandes libros, dos, en la Puerta Tannhäuser de Plasencia.
Al referirnos a un autor como Chema, resulta complicado hablar de géneros, pues una de sus muchas virtudes es la habilidad para mezclar poesía, narración y autobiografía de forma natural y acertada. Pese a todo, yo les diría que Made in China (editado por de la luna libros) es, principalmente, un pequeño gran libro de poemas, intenso y duro, sobre la relación entre una anciana con problemas de salud y la inmigrante encargada de su cuidado en el último periodo de su vida. Por otro lado, si tuviera que hacerlo, definiría brevemente La temperatura de las palabras (editado por La Isla de Siltolá) como un interesantísimo diario que recoge las ilusiones, desilusiones y reflexiones vitales, sociales y literarias de Cumbreño entre Enero de 2009 y Septiembre de 2011, destacando su lirismo, su humor, su franqueza y su incapacidad absoluta para morderse la lengua. Sin embargo, como nos enseña la cita de Oliver W. Holmes que Cumbreño ha elegido como epígrafe: "el joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones" y, aunque, como pueden ver en la foto, Chema sigue siendo y estando joven, nunca dejará de ser mayor y más sabio que yo.
Este viernes intentaremos que disfruten de las reglas, excepciones, y contradicciones de un autor brillante desde que inició su carrera literaria hace ya diez años y, últimamente, cada vez más necesario. Para muestra, dos botones, dos:

DIECIOCHO

Camino, oigo a la gente hablar. Y, aunque el idioma es el mismo, me siento extraña, cada vez más extraña... Camino y ni siquiera parece que estoy pisando del todo.

VEINTITRÉS

Todas las tardes, después de comer, Emilia y Gladys se sientan en la mesa camilla para ver juntas la telenovela.

Allí, en silencio, frente a la pantalla iluminada (un argumento previsible, unos personajes planos, un final feliz), las dos se compadecen por igual de la fortuna adversa de la protagonista y sufren de la misma manera con las asechanzas del villano.

Las dos paradas en aquel salón.

Las dos llegadas de muy lejos: una, de la necesidad; la otra, del olvido.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Confesiones de un soltero autopoético en Plasencia


Tras el éxito de la primera y segunda edición, Manuel del Barrio Donaire presenta la tercera edición de su antología poética "¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas”, prologada por Víctor Martín Iglesias y Víctor Peña Dacosta, que le acompañarán en la presentación en la Sala Verdugo a las 20h. Allí, firmarán libros, leerán poemas, responderán preguntas e intentarán hacer las delicias del respetable.
Posteriormente, su álter ego, Danilo T. Brown, acompañado de lo que quede de Víctor Martín y Víctor Peña, leerá poemas, bailará, se quitará la ropa, hablará de su novela inédita y otras estupideces en la Sesión Golfa de las 22:30 en la Librería Café Puerta de Tannhaüser. También se sortearán libros, habrá alcohol y, por fin, se desvelará la gran incógnita: “¿por qué hay un plato que gira dentro del microondas?”.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sevilla Este

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Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica, perdónanos, Señor, perdónanos.

Dinero
Pablo García Casado

DVD Ediciones, Barcelona, 2007.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Aquella era una mujer buena.

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No había cenado (apenas tal vez un bocado en el tren antes de bajar a la cantina) y llevaba ya varias horas vagando por la noche y la estación y la ciudad, de modo que, pese a la angustia y el desamparo, pese al desconcierto y la zozobra, había llegado ya el momento en que el forastero se resignaba a la desdicha. (…) Se fue acercando, pues, despacio, siguiendo la llamada del olor y el apetito, a la luz de la ventana. A través de ella vio una mujer faenando en el interior. Era un cuarto diminuto, al que se accedía por alguna puerta interna y aparentemente secreta, pues él no conseguía distinguirla, y con una ventana cuyo alféizar, duplicado, hacia dentro y hacia fuera, hacia las veces de mostrador. (…) El forastero se acercó muy lentamente. Contó el dinero que tenía en el bolsillo, apenas unas monedas, la vuelta del café que había tomado en la cantina, céntimos, migajas, y sospechó que poco alimento podían darle a cambio de tan miserable calderilla. Se acercó pese a todo a la ventana y reclamó la atención de la mujer (…). El forastero colocó sobre el alféizar interior todo su capital disponible, una auténtica miseria en relieve desgastado de aluminio. Esto, dijo, lo que entre en esto. La mujer lo miró con cara de asombro, como preguntándose si no se estaría burlando de ella. Parece mentira, dijo con retintín, lo mismo tengo para poca masa. Y con la desenvoltura del oficio por una parte y con las muestras de desagrado que cabe expresar en movimientos imprecisos y airados por otra, cogió un junco, colocó dos churros escuálidos en tan largo atadero y se enfrentó a la ventana. Aquí tiene, dijo con evidente mordacidad. Recogió el dinero con desdén y entregó al hombre tan minúsculo festín. Entonces lo miró con las manos en jarras, que es una forma universal de interjección, y, pese a no advertir en el desconocido ningún signo de miseria, si acaso un asomo de cansancio en el rostro, la huella de una espera prolongada y sin esperanza, se compadeció de él. Espere, dijo. El forastero se acercó dudoso. La mujer le quitó el junco con presteza y decisión y colocó varios churros más en el atadijo. Ande, tome, dijo. Gracias, respondió el forastero en voz casi inaudible y se alejó lentamente, acongojado, dolorido. Era la primera vez que alguien le daba una limosna y se compadeció de sí mismo hasta tal punto que, como si se tratara de un bendito analgésico, sintió en el alma o en el pensamiento el intenso sabor, amargo y grato, de unas irreflexivas lágrimas, apenas un atisbo de calidad humedad en las mejillas sucumbiendo a la propia compasión. 
(...)
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Al principio, cuando lo vio, la mujer puso cara de sorpresa, tal vez porque recordaba al hombre que había acudido con unas monedas escasas noches atrás y veían en lo que se había convertido ahora, magullado, oscuro, herido, sucio y hambriento. Qué pronto se expanden las huellas del abandono y de la desolación, qué pronto la sombra extiende las marcas de su cicatriz donde antes hubo un semblante sereno y una mirada tranquila. Acérquese, dijo la mujer. Y el interventor se acercó con pasos lentos, miró al interior del garito, no dijo nada, no pronunció palabra. ¿Qué quiere?, preguntó. El interventor la miró suplicante, con vergüenza en los ojos. Nada, dijo. ¿Y qué hace aquí?, insistió la mujer. El interventor bajó los pies al suelo, escarbó con los zapatos en la tierra, los pies de barro, retrocedió dos pasos. Oler, dijo en voz audible apenas. ¿No ha comido usted hoy?, preguntó la mujer. El interventor negó con la cabeza. (…) La mujer se compadeció y, al tiempo que disponía una rueda de churros, iba relatando una cantinela, desgranando sus propósitos. Seguramente pensó que no podía alimentarlo cada noche por pura compasión y, sin que el interventor dijera ni preguntara ni pidiera nada, la mujer le dijo que tenía que recurrir a quienes estaban para ayudar a los transeúntes, que tenía que presentarse en el ayuntamiento, donde había un concejal de pobres, de la beneficiencia, o podía ir a donde los hervacianos, (…) o las hermanitas de la caridad (…). Cuando terminó con el catálogo de la filantropía, le ofreció una rueda completa de churros. Pero no se empique, dijo al entregarle el festín. El interventor le dio las gracias y se fue alejando, comiendo con voracidad y haciéndose la promesa de no volver jamás, porque con toda seguridad aquella era una mujer buena y, si él insistía en su mendicidad, antes o después ella tendría que dejar de socorrerlo.

Paradoja del interventor 
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Los libros del Oeste/Tusquets

martes, 10 de septiembre de 2013

La historia es nuestra. Y la hacen los pueblos.

No puedo imaginar nada más triste que ser fascista en Chile: llevan 40 años intentando matar a Allende y no lo han conseguido todavía...


lunes, 9 de septiembre de 2013

Que tenemos que hablar de muchas cosas...


(Foto extraída del perfil de Facebook de Manolo Finish, gran fotógrafo que, hoy, como muchos otros, debe estar bastante triste.)

miércoles, 5 de junio de 2013

"Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es mi casa."

Hace 115 años nació García Lorca.
Escribió mucho y muy bien y, después, le mataron los fascistas.
Más tarde, nosotros hicimos esto con sus versos.
(Pobre Federico)


viernes, 17 de mayo de 2013

Todo irá bien

San Enric González escribe un artículo brillantísimo hoy en El Mundo que reproduzco a continuación sin ningún tipo de permiso:

EN GENERAL, se tiende a creer que Europa reaccionará. Que después de las elecciones alemanas, en otoño, la Unión enderezará el rumbo hacia el crecimiento. Que la economía no llegará al colapso. Que el euro resistirá, porque su destrucción tendría efectos inconcebibles. Que todo esto, al final, acabará saliendo bien.
Hay que esperar que así sea.
También en 1914 había esperanzas. La guerra era inevitable, pero no iba a durar. Los generales de uno y otro bando sabían lo que hacían: habían estudiado a fondo las campañas napoleónicas y el conflicto franco-prusiano y garantizaban unos movimientos masivos y vertiginosos de la infantería, dotada de transportes y de armas automáticas. La gente vitoreaba a las tropas que partían hacia la guerra-relámpago. Cuatro años más tarde, en 1918, sobre una Europa traumatizada se alzaba una montaña de nueve millones de cadáveres.
Esa guerra era la última, se dijo.
Alemania, sometida a profundas convulsiones políticas tras la caída del Kaiser y al pago de reparaciones de guerra, entró en una fase de hiperinflación. En 1930, sofocada el alza de precios, el canciller Brüning aplicó una política deflacionista. Lo que llamamos devaluación interna. El principal objetivo de Brüning consistía en cumplir con el pago de las deudas para que siguiera llegando crédito, y los acreedores no aceptaban cobrar en moneda devaluada. Era necesario, por tanto, devaluar todo lo demás. Bajaron salarios y precios. El desempleo aumentó de forma vertiginosa. No hace falta subrayar la similitud con ciertas situaciones de hoy. Sólo tres años después, Adolf Hitler ocupaba la Cancillería de Berlín.
En la primera mitad del siglo XX, la historia del continente es la historia de un suicidio colectivo. Nos acostumbramos a pensar que eso quedó en el pasado. La convergencia económica y política trajo paz y prosperidad.
No hemos tenido demasiado en cuenta, quizá, las condiciones excepcionales en que se desarrolló ese proceso virtuoso. La Guerra Fría suponía una amenaza, pero también una garantía de estabilidad. Las dos Alemanias permanecían ocupadas por las potencias vencedoras, aunque se notara mucho más la ocupación soviética en la RDA. Y Europa disponía de una élite política que había conocido personalmente los horrores del pasado.
Aún no sabemos si el paréntesis es la crisis actual, o si el paréntesis fue la Europa rica y pacífica a la que nos acostumbramos durante décadas. Aún no sabemos si Europa se ha curado ya de sus tendencias suicidas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

En la plaza (un poema de Vicente Aleixandre)

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

(Vicente Aleixandre)

martes, 7 de mayo de 2013

Marca España

No sé si se han fijado, pero la "marca España", más que tener solera, huele a rancio.

miércoles, 3 de abril de 2013

Agamenón y su porquero

Yo no sé si las declaraciones de Montoro (acerca de que en el 2013 se acaba la crisis) no me han inspirado ninguna credibilidad por venir de un ministro que ha hecho una amnistía fiscal para blanquear el dinero de los mafiosos de su partido o por haberlo dicho en un foro organizado por un pseudopanfleto llamado "La Razón", pero ojalá me equivoque.