ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 12 de agosto de 2026

Algunos fragmentos de DE PROFUNDIS (Oscar Wilde)





 Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste; y tú mismo sentirás, creo, en tu corazón que escribirme cuando me consumo en la soledad de la vida de presidio es mejor que publicar mis cartas sin mi permiso o dedicarme poemas sin consultar, aunque el mundo no haya de saber nada de las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia, que quieras enviarme en respuesta o apelación.
No me cabe duda de que en esta carta en la que tengo que escribir de tu vida y la mía, del pasado y el futuro, de cosas dulces que se tornaron amargura y cosas amargas que pueden trocarse en alegría, ha de haber mucho que hiera tu vanidad en lo vivo. Si así fuera, vuelve a leerla una y otra vez hasta que mate tu vanidad. Si algo encuentras en ella de lo que te parezca ser acusado injustamente, recuerda que hay que agradecer que existan faltas de las que se nos pueda acusar injustamente. Si hubiera en ella un solo pasaje que lleve lágrimas a tus ojos, llora como lloramos en la cárcel, donde el día no menos que la noche está hecho para llorar. Eso es lo único que puede salvarte. Si vas con lamentaciones a tu madre, como hiciste a propósito del desprecio de ti que manifesté en mi carta a Robbie, estarás totalmente perdido. Si encuentras una sola excusa falsa para ti, enseguida encontrarás un ciento, y serás exactamente lo mismo que fuiste antes. ¿Sigues diciendo, como le dijiste a Robbie en tu contestación, que yo «te atribuyo motivos indignos»? ¡Si tú no tenías motivos en la vida! No tenías más que apetitos. Un motivo es un propósito intelectual. ¿Que eras «muy joven» cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era que supieras muy poco de la vida, sino que sabías mucho.
El alba de la juventud, con su flor delicada, su luz clara y pura, su alegría inocente y expectante, tú la habías dejado muy atrás. Con pies muy raudos y corredores habías pasado del Romance al Realismo. La cloaca y las cosas que en ella viven habían empezado a fascinarte. Ése fue el origen del problema en el que buscaste mi ayuda, y yo, nada sabio según la sabiduría de este mundo, por compasión y simpatía te la di. (...)



El sufrimiento es un solo momento largo. No podemos dividirlo por estaciones, sólo podemos registrar sus estados de ánimo y hacer la crónica de su regreso. Con nosotros el tiempo en sí no progresa, gira, parece dar vueltas alrededor de un centro de dolor. La inmovilidad paralizante de una vida en la que cada circunstancia está regulada según un patrón inmutable, de modo que comemos y bebemos y nos acostamos y rezamos, o nos arrodillamos al menos para rezar, según las leyes inflexibles de una fórmula de hierro: esta cualidad inmóvil, que hace que cada espantoso día se parezca en el más mínimo detalle a su hermano, parece comunicarse a esas fuerzas externas cuya esencia misma es el cambio incesante. De la época de la siembra o de la cosecha, de los segadores inclinados sobre el maíz, o de los vendimiadores ensartando las vides, de la hierba en el huerto blanqueada por las flores rotas o sembrada de frutos caídos: de todo esto no sabemos ni podemos saber nada. Para nosotros sólo hay una estación, la estación de la tristeza. El sol y la luna parecen habernos sido arrebatados. Fuera, el día puede ser azul y dorado pero la luz que se cuela por el grueso cristal de la pequeña ventana de barrotes de hierro bajo la que uno se sienta es gris y está ennegrecida. Siempre es crepúsculo en la celda de uno, como siempre es crepúsculo en el corazón de uno. Y en la esfera del pensamiento, no menos que en la esfera del tiempo, el movimiento ya no existe. Lo que tú personalmente has olvidado hace tiempo, o puedes olvidar fácilmente, me está sucediendo ahora y me volverá a suceder mañana. Recuerda esto y podrás comprender un poco por qué escribo, y de esta manera escribo… (...)

Una semana más tarde, me trasladan aquí. Pasan tres meses más y mi madre muere. Nadie sabía lo profundamente que yo la amaba y la honraba. Su muerte fue terrible para mí; pero yo, otrora señor de la lengua, no tengo palabras para expresar mi angustia y mi vergüenza. Ella y mi padre me habían legado un nombre que habían convertido en noble y honrado, no sólo en la literatura, el arte, la arqueología y la ciencia, sino en la historia pública de mi propio país, en su evolución como nación. Yo había deshonrado eternamente ese nombre, lo había convertido en una palabra vulgar entre gente vulgar, lo había arrastrado por el fango mismo. Se lo había dado a los brutos para que lo convirtieran en brutal, y a los tontos para que lo convirtieran en sinónimo de locura. Lo que sufrí entonces, y sigo sufriendo, no es para que lo escriba la pluma o lo registre el papel. Mi esposa, siempre amable y gentil conmigo, en lugar de que yo oyera la noticia de labios indiferentes, viajó, enferma como estaba, desde Génova hasta Inglaterra para comunicarme ella misma la noticia (...).

La prosperidad, el placer y el éxito pueden ser ásperos de grano y comunes en fibra pero la pena es la más sensible de todas las cosas creadas. No hay nada que se agite en todo el mundo del pensamiento por lo que la pena no vibre en terrible y exquisita pulsación. La delgada hoja batida de oro trémulo que relata la dirección de fuerzas que el ojo no puede ver es, en comparación, tosca. Es una herida que sangra cuando cualquier mano que no sea la del amor la toca e incluso entonces debe sangrar de nuevo, aunque no con dolor. Donde hay dolor hay tierra santa. Algún día la gente se dará cuenta de lo que eso significa. No sabrán nada de la vida hasta que lo hagan, y naturalezas como la de él pueden darse cuenta de ello. (...)

Debo decirme a mí mismo que me arruiné y que nadie, grande o pequeño, puede arruinarse si no es por su propia mano. Estoy dispuesto a decirlo. Intento decirlo, aunque no lo piensen en este momento. Esta despiadada acusación la formulo sin piedad contra mí mismo. Por terrible que fuera lo que el mundo me hizo, lo que me hice a mí mismo fue mucho más terrible aún. (...)

Los dioses me lo habían dado casi todo. Pero me dejé llevar por largas rachas de desenfado sensual y sin sentido. Me divertí siendo un flâneur, un dandy, un hombre de moda. Me rodeé de las naturalezas más pequeñas y las mentes más mezquinas. Me convertí en el derrochador de mi propio genio, y malgastar una eterna juventud me proporcionaba una curiosa alegría. Cansado de estar en las alturas, fui deliberadamente a las profundidades en busca de nuevas sensaciones. Lo que la paradoja era para mí en la esfera del pensamiento, la perversidad se convirtió para mí en la esfera de la pasión. El deseo, al final, era una enfermedad, o una locura, o ambas cosas. (...)

Dejé de ser señor de mí mismo. Ya no era el capitán de mi alma y no lo sabía. Dejé que el placer me dominara. Acabé en una horrible desgracia. Ahora sólo me queda una cosa: la humildad absoluta. He permanecido en prisión durante casi dos años. De mi naturaleza ha surgido una desesperación salvaje, un abandono a la pena que daba lástima incluso mirarla, una rabia terrible e impotente, amargura y desprecio, angustia que lloraba en voz alta, miseria que no encontraba voz, pena que enmudecía. He pasado por todos los estados de ánimo posibles del sufrimiento. Mejor que el propio Wordsworth sé lo que Wordsworth quiso decir cuando dijo, «El sufrimiento es permanente, oscuro y tenebroso y tiene la naturaleza del infinito». Pero aunque hubo momentos en los que me regocijé con la idea de que mis sufrimientos iban a ser interminables, no podía soportar que carecieran de sentido. (...)

Cuando me metieron en la cárcel por primera vez, algunas personas me aconsejaron que intentara olvidar quién era. Fue un consejo ruinoso. Sólo al darme cuenta de lo que soy he encontrado algún tipo de consuelo. Ahora otros me aconsejan que, al salir, intente olvidar que alguna vez he estado en la cárcel. Sé que eso sería igualmente fatal. Significaría que siempre me perseguiría una intolerable sensación de desgracia, y que aquellas cosas que están destinadas a mí tanto como a cualquier otra persona —la belleza del sol y la luna, el desfile de las estaciones, la música del amanecer y el silencio de las grandes noches, la lluvia cayendo a través de las hojas o el rocío arrastrándose sobre la hierba, haciéndola plateada— estarían todas manchadas para mí y perderían su poder curativo y su poder de comunicar alegría. Lamentar las propias experiencias es detener el propio desarrollo. Negar las propias experiencias es poner una mentira en boca de la propia vida. Es nada menos que una negación del alma. (...)

Entonces, debo aprender a ser feliz. Antes lo sabía, o creía saberlo, por instinto. Siempre era primavera alguna vez en mi corazón. Mi temperamento era afín a la alegría. Llenaba mi vida hasta el borde de placer, como se llena una copa hasta el borde de vino. Ahora enfoco la vida desde un punto de vista completamente nuevo e incluso concebir la felicidad me resulta a menudo extremadamente difícil. Recuerdo que durante mi primer trimestre en Oxford leí en el Renacimiento de Pater —ese libro que ha tenido una influencia tan extraña en mi vida— cómo Dante rebaja en el Infierno a los que voluntariamente viven en la tristeza y recuerdo ir a la biblioteca del college y llegar al pasaje de la Divina Comedia en el que bajo el lóbrego pantano yacen los que eran «hoscos en el dulce aire», diciendo por los siglos de los siglos a través de sus suspiros: «Tristi fummo Nell aer dolce che dal sol s’allegra». Sabía que la Iglesia condenaba los accidia, pero toda la idea me parecía bastante fantástica, justo el tipo de pecado que, me imaginaba, inventaría un cura que no supiera nada de la vida real. Tampoco podía entender cómo Dante, que dice que «el dolor nos vuelve a casar con Dios», podía haber sido tan duro con los enamorados de la melancolía, si es que realmente existían. Ignoraba que algún día esto se convertiría para mí en una de las mayores tentaciones de mi vida. Mientras estuve en la prisión de Wandsworth ansiaba morir. Era mi único deseo. Cuando después de dos meses en la enfermería me trasladaron aquí y me encontré cada vez mejor de salud física, me invadió la rabia. Decidí suicidarme el mismo día en que saliera de la cárcel. Al cabo de un tiempo se me pasó ese mal humor y me decidí a vivir pero para vestir la melancolía como un rey viste de púrpura: para no sonreír nunca más: para convertir cualquier casa en la que entrara en una casa de luto: para hacer que mis amigos caminaran lentamente en la tristeza conmigo: para enseñarles que la melancolía es el verdadero secreto de la vida: para mutilarlos con una pena ajena: para estropearlos con mi propio dolor. Ahora pienso de forma muy distinta. Veo que sería a la vez ingrato y poco amable por mi parte poner una cara tan larga que cuando mis amigos vinieran a verme tuvieran que poner caras aún más largas para mostrar su simpatía; o, si deseaba agasajarlos, invitarlos a sentarse en silencio a comer hierbas amargas y carnes fúnebres al horno. Debo aprender a estar alegre y feliz. (...)

Tengo ante mí tanto por hacer que consideraría una terrible tragedia si muriera antes de que se me permitiera completar al menos un poco de ello. Veo nuevos desarrollos en el arte y en la vida, cada uno de los cuales es un nuevo modo de perfección. Anhelo vivir para poder explorar lo que para mí es nada menos que un mundo nuevo. ¿Quieres saber cuál es ese mundo nuevo? Creo que puedes adivinarlo: es el mundo en el que he estado viviendo. El dolor, pues, y todo lo que le enseña a uno, es mi mundo nuevo. Yo vivía enteramente para el placer. Rehuía el sufrimiento y la pena de todo tipo. Los odiaba a ambos. Resolví ignorarlos en la medida de lo posible: tratarlos, es decir, como modos de imperfección. No formaban parte de mi esquema de vida. No tenían cabida en mi filosofía. Mi madre, que conocía la vida en su totalidad, solía citarme a menudo los versos de Goethe —escritos por Carlyle en un libro que le había regalado hacía años, y traducidos también por él, me imagino—: 
«Quien nunca comió su pan con tristeza, Quien nunca pasó las horas de medianoche Llorando y esperando el mañana… No los conoce, ustedes poderes celestiales». (...)

Detrás de la alegría y la risa puede haber un temperamento tosco, duro e insensible. Pero detrás de la pena siempre hay pena. El dolor, a diferencia del placer, no lleva máscara. La verdad en el arte no es ninguna correspondencia entre la idea esencial y la existencia accidental; no es la semejanza de la forma con la sombra o de la forma reflejada en el cristal con la forma misma; no es ningún eco procedente de una colina hueca, como tampoco es un pozo de agua plateada en el valle que muestra la luna a la luna y Narciso a Narciso. La verdad en el arte es la unidad de una cosa consigo misma: lo exterior convertido en expresivo de lo interior: el alma encarnada: el cuerpo instintivo con el espíritu. Por eso no hay verdad comparable a la pena. Hay momentos en los que el dolor me parece la única verdad. Otras cosas pueden ser ilusiones del ojo o del apetito, hechas para cegar al uno y empalagar al otro, pero del dolor se han construido los mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella hay dolor. Más que eso, hay en el dolor una realidad intensa, extraordinaria. He dicho de mí mismo que era alguien que estaba en relación simbólica con el arte y la cultura de mi época. No hay un solo desgraciado en este lugar miserable junto a mí que no esté en relación simbólica con el secreto mismo de la vida. Porque el secreto de la vida es el sufrimiento.Es lo que se oculta detrás de todo. (...)

Lo más terrible de ello no es que le rompa a uno el corazón —los corazones están hechos para romperse—, sino que le convierte a uno el corazón en piedra. (...)


Soporté todo con cierta terquedad de voluntad y mucha rebeldía de la naturaleza, hasta que no me quedó absolutamente nada en el mundo salvo una cosa. Había perdido mi nombre, mi posición, mi felicidad, mi libertad, mi riqueza. Era un prisionero y un indigente, pero aún me quedaban mis hijos. De repente, la ley me los arrebató. Fue un golpe tan atroz que no supe qué hacer, así que me arrodillé, incliné la cabeza, lloré y dije: «El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor: no soy digno de ninguno de los dos». (...)


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