ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


jueves, 1 de enero de 2026

Lo mejor de MANÍA (LIONEL SHRIVER)

 

–¿Y cómo van las cosas en la Voltaire? –preguntó Emory–. ¿Se portan bien tus críos? 
Me moría de ganas de hablar con ella sobre las tribulaciones que me producía dar clases de lengua y literatura inglesas incluso en la Universidad de Voltaire, una institución antaño prestigiosa, pero en ese momento me sentía cohibida. Si Roger estaba saliendo con Emory, prefería suponer que era uno de los nuestros, pero aún no había movido ficha y seguía siendo una incógnita. –Bueno, este otoño tenemos la primera tanda con admisión abierta a todo el mundo –contesté–. Algunos centros más conservadores, muy pocos, han resistido, pero está claro que a los exámenes estandarizados les quedan dos telediarios; todos esperan que el año que viene por estas fechas sean tan ilegales como los test de cociente intelectual. Y ahora que en primaria y secundaria han dejado de poner notas, en las universidades tampoco podrán ponerlas. La presunción..., o mejor dicho, la premisa aceptada es que todo el mundo tiene el mismo nivel... Por eso es inaceptable la idea de admitir a un candidato y a otro no. No sé a ciencia cierta si sacan los nombres de un sombrero o si van dejando entrar por orden de llegada, pero, sinceramente, no tiene sentido seguir disponiendo de una oficina de admisiones. Con un bedel basta y sobra: solo tiene que abrir la puerta. –Así ahorrarán, pues –dijo Emory. –Yo misma, cuando no conseguí entrar en la Voltaire, supongo que me sentí herida –dije–. Al mismo tiempo, en lo más hondo de mí sabía que en realidad no era... lo bastante buena para... Que no estaba lo bastante cualificada... Pero me habría encantado que me admitieran. Me pregunto si no estaremos negando a los jóvenes un rito de paso que puede ser estimulante. Esa carta en el buzón. Ese estallido de alegría, la sensación de ser una elegida, de haber dado la talla, de que te reconozcan y te alcen sobre el resto, el vértigo repentino de que te vean como alguien especial y creer por fin que quizá tengas un futuro. –Esa última parte la solté con mucho entusiasmo, de un tirón, pero después me contuve–: Solo quiero decir que entrar en la Voltaire, en Cornell, en Harvard... hoy ya no significa nada. Parece una pérdida. Una pérdida emocional, como mínimo. –Pero has dicho que te sentiste herida –señaló Roger–. Parece haber ahí una sensación de inferioridad por aquel rechazo, una sensación que aún no ha desaparecido... ¿cuánto, veinte años después? ¿No dirías que los jóvenes que han quedado devastados por esa carrera para entrar en la universidad son muchos más que los pocos «estimulados»? ¿No es ese, a nivel colectivo, un precio atroz, altísimo, a cambio de un par de subidones? (...)

–En cuanto a mi experiencia en clase este otoño –dije–, si solo fuera por la admisión abierta, sería... difícil..., todo un desafío, pero hay otra cosa que ha cambiado. –Estaba hartándome de tener que andar pisando huevos en mi propia casa, sobre todo después de pasarme varios días a la semana quitándome cáscaras de los pies al volver de la universidad, así que elevé un poquito el cociente de franqueza–. Los estudiantes, en especial los de primero, hacen gala de una pugnacidad inexplicable. No hay uno solo que no lleve uno de esos distintivos de Menos CI (escrito así: «-CI») que ahora se ven por todas partes, como aquellas chapas con smileys de cuando yo era niña. Como son casi obligatorios, no distinguen a los fanáticos de los estudiantes más pasivos que solo se dejan llevar por la corriente. Aun así, los incondicionales tienen maneras de hacerse notar. Escogen los pupitres de delante y se sientan ahí, fulminándome con la mirada, a menudo de brazos cruzados, retándome a que trate de enseñarles algo que no sepan, como si estuvieran seguros de que ya lo saben o, si no lo saben, seguros de que no vale la pena. Son engreídos y huraños. También muy susceptibles, y están siempre al acecho. Darwin me dijo que... ciertos estudiantes fardan de esa misma astucia depredadora incluso en primaria. Como si el propósito de ir a la universidad fuese poner a prueba al claustro y no a los estudiantes. –¿Tú sigues poniendo notas? –preguntó Emory. –Ahora todas las asignaturas se califican con aprobado o suspenso. Pero no durará. Hoy, que un profesor suspendiera a un alumno ya sería suicida. Se parecería a discriminar. Dios, ¿os acordáis de cuando discriminar podía tener también un sentido positivo? Así que todos aprobarán. La cosa es que ya no entiendo para qué sirve ir a la universidad. ¿No se supone que los estudiantes deben dominar todo un corpus de conocimientos, adquirir nuevas capacidades? No parece que piensen eso. ¿Qué estamos haciendo, entonces? ¿Voy a dar clase solo para entretenerlos? No se miran las lecturas obligatorias, lo cual no acarrea consecuencia alguna, lo cual a su vez da a entender que leer no es importante. La mitad del tiempo no me prestan atención, hablan entre ellos como si estuvieran en la cantina. Soy la primera en reconocer que decidí dar clases en la universidad porque era un trabajo tranquilo y relativamente poco exigente que me dejaba mucho tiempo libre, pero ahora se está poniendo muy muy duro. No sé qué hago ahí y me siento una... (...)

Esperando no poner a Darwin en un aprieto, conté los detalles de su expulsión del colegio esa tarde. –Bueno, ¿cuál es el veredicto? –me arriesgué a preguntar–. Sabemos que el chico llevaba esa camiseta puesta, sí, pero ¿puede ser «estúpida» una camiseta o no? –«Si tan listo eres, ¿por qué no eres listo?» –repitió Emory, mirándome con cierta cautela–. Suena más bien opaco. Tal vez signifique «Buena suerte aferrándote a una etiqueta anticuada ahora que ya no reconocemos esa categoría». –Muy rebuscado –dije–. Yo sigo apostando por estúpido. No estaba segura, pero me pareció ver que Roger daba un respingo. –Quizá, Darwin, como regla general –dijo–, convenga evitar ese lenguaje tan cargado. De esa manera, además de considerados, es probable que seamos más elocuentes. Los nombres feos para... para lo que ahora llamamos «procesamiento alternativo», un concepto que tal vez hayas oído mencionar a tus profesores..., bueno, tienden a ser vulgares e inexactos y revelan cierta pereza mental. Podrías haber dicho que el eslogan de la camiseta de tu amigo era «vago» o «extraño». O, como ha sugerido Emory, «opaco»..., en el sentido de difícil de entender. Puede que debas aplicarte y escoger adjetivos como esos, que aportan valor y contenido, más allá de ser meramente crueles. Estoy seguro de que tu intención no era herir los sentimientos de tu amigo, pero cuando uno emplea palabras que también pueden usarse como injurias, aunque solo esté refiriéndose a una camiseta, corre el riesgo de que le interpreten mal. Tanta ejemplaridad empezaba a hacer mella en el ambiente, como un bajón de la presión atmosférica. Si Roger solo estaba cediendo a las sensibilidades del momento para protegerse, resultaba sospechosamente convincente. (...)




–Hace un par de años –dijo Darwin– podría haber llamado a Stevie... esa misma palabra y él tal vez me hubiese pegado un mamporro. Es posible que la profesora nos hubiera dicho que nos esforzáramos más por llevarnos bien, pero nunca me habrían mandado al despacho del director. Nadie habría llamado a mi mamá para que fuese a recogerme. Quiero saber qué ha cambiado, por qué ya no nos ponen exámenes. Yo siempre aprobaba. –A veces los adultos nos juntamos –dijo Roger– y decidimos que a partir de ese momento haremos las cosas de otra manera. Encontramos un modo mejor de pensar en las cosas. –O peor –señalé–. Algo de historia sí estudian, ¿sabes? Hasta en primaria. –Oye, colega –dijo Wade, dirigiéndose a Darwin–, nuestro amigo Roger está complicando demasiado las cosas. No uses esa palabra y punto. –Porque si la uso tendré problemas –concluyó Darwin. –Sip. Y tampoco uses otro montón de palabras, ya sabes cuáles. No vale la pena. –Entonces, ¿cómo se supone que nuestro hijo tiene que llamar a algo que es manifiestamente estúúúúpido? –estallé–. ¿«Oh, qué procesamiento tan alternativo»? –No tiene por qué llamarlo nada –dijo Wade–. No hace ninguna falta buscarse problemas sin necesidad..., Pearson–. Rara vez me llamaba por mi nombre; cuando lo hacía, era porque quería ser mordaz. –Estoy en mi casa, con mi familia –dije–. No estoy obligada a cuidar mi lenguaje. (...)

Empezó siendo un sistema nepotista y ahora es peor: descaradamente arbitrario y con unas ínfulas tremendas de superioridad moral. 
–Vamos, Pearson –dijo Emory–. Tienes que reconocer que como estrategia de comunicación fue pésima. A los estadounidenses modernos no les parecieron unos audaces revolucionarios, sino reductos de derechas que intentaban llevar a su país de vuelta a la brutal moralidad del pasado. Como esas pancartas en la plaza Tahrir... «¡Que vuelva el mérito!» «Mubarak es un...» Bueno, digamos que empieza por sub y acaba con mal. No sé por qué escribieron esas pancartas en inglés. Alejaron sin remedio a todo su público occidental. 
–¿Sabéis la única protesta eficaz? –terció Roger–: ocupar el centro de Nueva York. En la acampada del parque Zuccotti no solo hay cada vez más gente, sino que el movimiento se está propagando ya a otras ciudades y hasta se está haciendo internacional. Me encantaría tener los derechos del «¡Somos el 99%!». La de «Si tan listo eres» no sé, pero esa camiseta sí dará que hablar. La protesta que había empezado el mes anterior la había desencadenado en parte la crisis financiera de 2008, pero lo que de veras había dado alas al movimiento habían sido unos estudios nuevos según los cuales el cincuenta y ocho por ciento de la riqueza de Norteamérica estaba en manos de personas con un cociente intelectual «percibido» superior a 135, es decir, solo un uno por ciento de la población. –No confío en esa estadística –dije, y tomé otro trago de vino, aunque no me convenía nada seguir desinhibiéndome–. Mi experiencia me dice que los inteligentes hacen montones de sandeces, y eso incluye tomar decisiones financieras nefastas, como todos los demás. Roger, con gesto afligido y deliberada parsimonia, dejó la cuchara del helado en la mesa. 
–Además –proseguí–, ¿y ese nuevo libro, La brecha salarial cognitiva, que también sostiene que es la inteligencia «percibida» lo que explica de manera abrumadora la disparidad de ingresos? Me parece escandaloso que el autor niegue la discriminación por raza, sexo y orientación sexual. En el fondo, está cometiendo un error categorial. La discriminación racial no solo es real: también es una verdadera injusticia. El color de la piel no tiene nada que ver con la capacidad, pero la razón por la que nadie contrata a un tonto para un trabajo intelectual exigente es que no puede hacerlo. (...)

–Disculpa. –Roger apoyó las palmas de las manos en los muslos a la vez que perforaba la mesa con la mirada–. He tratado de reservarme mis opiniones porque soy consciente de que estoy en tu casa y no quiero pasarme de rosca, pero estoy empezando a sentirme cómplice y temo que no podré seguir sentado en silencio oyendo una calumnia tras otra sin objetar nada. Aunque solo sea por hacerme un favor, Pearson, te pediría que moderases el discurso del odio. 
–¿Qué? ¿Es porque he dicho «tonto»? Perdón, pero lo de «la palabra con T» no me sirve como eufemismo porque..., quizá por ese sonido tan onomatopéyico que tiene la te, puede referirse a demasiadas palabras: «tarado», «tontaina», «tarugo»... 
–¡Basta! –gritó Roger–. Mira, nada más llegar he sospechado que albergas una sutil hostilidad contra la Paridad Mental... 
–Sutil no. Una hostilidad abierta. 
–Que podemos debatir con tolerancia y respeto, pero solo si dejas de usar un lenguaje ofensivo. 
–¿Es algo personal? –pregunté–. ¿Te han bombardeado con palabras de esas impronunciables que empiezan por te?
 –No. La verdad es que no –dijo Roger, visiblemente avergonzado. Me sorprendí. Era de rigor hacer públicas las muchas ocasiones en que compañeros de clase o colegas te habían tildado de memo, así como afirmar que el trauma había atrofiado para siempre tu psique y truncado tus perspectivas. Si sacabas la carta de aquella vez, siquiera una, que te llamaron mentecato te ibas de rositas. 
–Yo, igual que Emory –siguió diciendo Roger–, me beneficié de la educación selectiva que se ha convertido, con toda razón, en anatema, pues en realidad no era más «dotado» que nadie. Creo que la responsabilidad de enmendar el sistema recae sobre todo en los que nos hemos aprovechado de esa asquerosa estratificación. 
–¿No significaría eso que sigues teniendo el control? –repliqué–. «Enmendar el sistema» significa más de una cosa. Lo que me asombra de ese movimiento es que ha sido la intelligentsia la que se ha puesto al frente de la cruzada. (...)

O Anders Breivik, que se ha convertido en un auténtico icono mundial, una cause célèbre, y todo por ese absurdo manifiesto en el que se lamenta de las burlas que ha sufrido por tener..., ¿cómo debería decir esto, Roger?, una inteligencia no especialmente espectacular. Al pobrecillo lo rechazaron incluso las fuerzas armadas noruegas, algo que dice mucho, y todo bueno, de esos militares. Así que si mató a sesenta y nueve jóvenes en esa isla fue solo por una envidia comprensible y por un íntimo dolor, porque a todos esos chicos los consideraban «líderes prometedores del futuro», mientras que nadie cometió nunca el error de calificarlo a él de «prometedor». Si le hubieran diagnosticado un peligroso trastorno de personalidad narcisista y antisocial, al menos lo habrían tenido encerrado y aislado en un manicomio durante años. ¡Pero no! Lo más seguro es que se libre con un tirón de orejas porque, por el contrario, el psiquiatra que ha designado el tribunal le diagnosticó un doloroso trauma por el rechazo sufrido desde la niñez, y con razón, por ser un pedazo de idiota. 
–Vale, se acabó –dijo Roger, poniéndose en pie y abandonando su derretido helado de chocolate con almendras–. ¿Emory? Creo que deberíamos irnos. No puedo quedarme callado y aprobar con mi silencio este frenesí de fanatismo y fanfarronadas. Yo habría dado por sentado que, después de ponerse en ridículo con semejante numerito, Emory rompería con él y se quedaría en casa. Mi amiga y yo abriríamos otra botella y nos reiríamos sin piedad de todas las efes de su mojigata cacofonía. Pero no, tuve que contemplar, incrédula, cómo mi mejor amiga también se levantaba de la mesa. (...)



Nunca querría reducir a nadie a una sola experiencia que lo explicara todo. Tampoco querría retratarme yo en mitad de la vida como alguien que sigue luchando contra el aspecto más odioso de su infancia, concediéndole así a esa perdurable molestia un poder inmerecido. No obstante, que me educaran como testigo de Jehová es un ingrediente de mi carácter, del mismo modo que la calabaza es un ingrediente de la tarta de calabaza. O tal vez una analogía mejor sería veneno para ratas en una tarta de calabaza, ya que no era un problema de proporciones. Durante mis años escolares, mis compañeros, perplejos, se solidarizaban conmigo sobre todo cuando me veían desterrada de las celebraciones, en especial de los cumpleaños y las Navidades. Eso es lo que sabe la mayoría de la gente sobre los testigos de Jehová, y es cierto que esas privaciones de jolgorio son particularmente crueles para los niños. No solo tenía prohibido aceptar invitaciones a fiestas privadas; tampoco me dejaban comer un trozo de tarta cuando otro crío llevaba una a clase para celebrar su cumpleaños con los compañeros. (...)

Así que, en quinto, cuando el chico que se sentaba en el pupitre de delante me pasó una tarjeta de San Valentín, yo sabía que debía rechazarla, pero en mi interior ya había germinado una semilla subversiva. Escondí la recargada tarjeta comercial en la cartera. Cuando mi madre la encontró, me obligó a quemarla en el fregadero de la cocina. Aquel breve incendio se apagó enseguida con un buen chorro de agua del grifo. El fuego que ardía en mi vientre fue mucho más difícil de sofocar. La mayor parte de esas perversas fiestas eran supuestamente «paganas». Fechas como el Día de la Independencia o el Día de los Caídos expresaban lealtad a un gobierno secular; «nosotros» solo debíamos lealtad a Dios. Aunque la lógica interna empleada para aguar las fiestas, literalmente, me importa un carajo, es revelador que la única efeméride que conmemoran esos cenizos no sea la promesa del nacimiento de Cristo, sino el bajón del día de su muerte. Creedme, la Conmemoración de la Muerte de Cristo no es como para esperarla ansiosos. Lo que más me dolía de toda esa forzosa falta de esparcimiento era la sensación de exclusión. A cambio, lo que sí venía incluido era un asco. No recibí jamás un solo regalo de ninguna clase hasta el día en que cumplí dieciséis años. Cuando Emory me regaló un fular de color carmesí, lloré tanto que mi amiga pensó que no me gustaba. (...)

A fin de cuentas, los niños ya tienden a anticipar las fechas señaladas con mucha más impaciencia de la que pudiera justificar la experiencia real cuando por fin llega tan ansiado día. Hacen falta muchos ciclos reiterados de deseosa espera seguidos de íntima decepción para comprender por fin que la verdadera recompensa, mucho más que el día de Navidad propiamente dicho, es la anticipación misma. Por desgracia, una vez que caemos en la cuenta de que ese aliento contenido no es la antesala de la recompensa, sino la recompensa en sí, adiós, ilusión, el hechizo se rompe..., y esa es la razón por la que, para muchos adultos, la Navidad acaba siendo un verdadero grano en el culo. (...)

Por suerte, en mi vida adulta no he padecido ese síndrome. Aunque Wade y yo no éramos cristianos practicantes, el 25 de diciembre no escatimaba esfuerzos: árbol, espumillón, flores de Pascua. Les compraba a los niños montones de juguetes que ellos no tardarían en romper. Puede que no disfrutara con la casa llena de chiquillos corriendo y alborotando, pero nunca dejé de organizar espléndidas fiestas de cumpleaños para mis tres hijos, con serpentinas, banderines y tarta, de la que apartaba siempre una porción para mí. Todos los años, el cuarto jueves de noviembre preparaba sin falta un banquete completo de Acción de Gracias, con todas y cada una de las guarniciones tradicionales, me gustara o no la salsa de arándanos. Porque siempre me ha movido algo mucho más inagotable que una autoengañosa anticipación. Y, mientras navego por la mediana edad, ese combustible no da muestras de flaquear. Me refiero al rencor. Sin embargo, la prohibición de festejar no era realmente lo peor. Cuando recuerdo esos años, cuyas imágenes en mi cabeza están teñidas de un sepia que no evoca tanto un daguerrotipo como una mala diarrea, lo que más me viene a la mente no son los ansiados paquetes de esponjosos pollitos amarillos de malvavisco en Pascua. Es el aburrimiento. Un aburrimiento pastoso y embotador que sin duda tiene mucho más de maltrato infantil que cualquier test de cociente intelectual. Los «hermanos» y las «hermanas» eran aburridos, y lo que hacía fascinantes a las pocas excepciones era su comportamiento inusitadamente autoritario y sádico o (en el caso de las mujeres) inusitadamente sumiso y masoquista. Las reuniones eran aburridas..., y se prolongaban cuatro horas seguidas, cuatro horas hablando entre dientes. El Salón del Reino era aburrido; parecía más un almacén que una iglesia, despojado de todo destello de algún vitral o el más mínimo esplendor de belleza redentora. Y las reuniones no se celebraban solo los domingos, sino dos veces por semana, tres si les sumamos la Noche de Adoración en Familia, la más opresiva; ahí, oyendo el obediente sonsonete de mi padre bajo la estricta mirada de mi madre, era más difícil desconectar. (...)

Las lecturas obligatorias eran aburridas, cosa increíble, pues cabría esperar que, generando semejante cantidad de palabrería, los ungidos fanfarrones de la sede central de Warwick, en el estado de Nueva York, dejaran caer al menos una o dos frases chisposas o agudas, aunque fuese sin querer. Pero no, los de arriba nunca la pifiaban: La Atalaya y ¡Despertad!, con sus fotografías desvaídas y sus torpes gráficos, eran para morirse de aburrimiento, y se esperaba de los testigos bautizados que consumieran unas tres mil páginas al año de esas rimbombantes sandeces para analfabetos funcionales. Que Jesús no es igual a Dios, que la Trinidad no existe, y que, aunque te habíamos dicho que el mundo se acabaría la semana pasada y no se acabó, eso no significa que no vaya a acabarse mañana. De adolescente, solo con mirar uno de esos mortíferos panfletos me inundaba una repulsión que bordeaba la náusea. ¿Qué podía ser peor que la vida sin Navidades? La evangelización. Que es obligatoria, por si alguien creía que esos grupos que van fatigosamente de puerta en puerta con los brazos cargados de apocalipsis lo hacen por obra y gracia de una efusión religiosa espontánea. (...)




Los testigos deben dedicar al menos dieciocho horas por semana a torturar a sus vecinos, y remitir a los ancianos un registro mensual que consigne con exactitud cuánto resentimiento provocaron en los incautos. Ah, y se espera que los matrimonios lleven consigo a los hijos, aunque sea a rastras. Yo lo odiaba. No solo porque me obligaban a desperdiciar casi todo mi tiempo libre fuera del cole con los ojos clavados en el felpudo de la casa de turno mientras un progenitor u otro informaba con dulzura a sus propietarios de que todas sus creencias eran inexactas y de que, si no se adherían a su culto aguafiestas, se extinguirían en ese Fin del Mundo que llegaría en cualquier momento, tras lo cual el paraíso en la tierra sería gobernado al alimón por Jehová y sus ciento cuarenta y cuatro mil autoungidos charlatanes. Y aún más: lo odiaba porque desde muy temprana edad fui intensamente consciente de lo mucho que esa pobre gente despreciaba las visitas de los testigos y de la desesperación con que deseaban que mi familia diera media vuelta y se marchase. (...)




Si hasta empecé a sentir algo parecido a respeto por los hombres (siempre eran hombres) que nos echaban un vistazo y nos daban con la puerta en las narices. Todos nos tenían miedo y algunos se escondían de nosotros, aunque mi madre podía ser insistente con un timbre. ¿Querrías ser una criatura ante cuya presencia casi todo el mundo exclamase, la mayoría en silencio, pero algunos en voz alta: «¡OH, NOOO!»? De hecho, llegué a sentir lástima sobre todo por el puñado de excepciones que escuchaban con atención nuestro dramático discursito, hacían preguntas y a veces incluso consentían en que volviésemos. Para la mayor parte de esos seres aislados, estar tan necesitados de contacto humano como para hablar con los testigos de Jehová debía de ser tocar un nuevo fondo. (...)
Aunque no estoy ni mucho menos en condiciones de preguntárselo, en aquellos tiempos sospechaba que al menos mi madre se daba perfecta cuenta de que nos percibían como la undécima plaga de Egipto. Creo que a ella le gustaba. Por decirlo de la manera menos desagradable posible, le encantaba enfrentarse a un desafío. Pero también le encantaba hacer sufrir a esa gente. Utilizaba la cortesía de esas personas a propósito, como un permiso implícito para seguir hablando, y confiaba en el decoro general para endilgarles propaganda a vecinos que no querían parecer groseros. En otras palabras, del mismo modo que en el kárate se emplea la fuerza del oponente como un arma en su contra, mi madre convertía las virtudes de nuestras víctimas en artillería pesada para nuestras tropas. También parecía experimentar satisfacción cuando la víctima antagónica se ponía ofensiva e insultante: esos desaparecerían de la faz de la tierra cuando se librara el Armagedón, y bien merecido. (...)

Esas concesiones particulares de tácita amabilidad eran compasivos recordatorios de que aquel ancho mundo por el que circulaban locuras concretas como la de nuestra secta seguía siendo un lugar relativamente cuerdo. Me temo que hoy en día ese mismo consuelo –ver que, al menos en el panorama general, no todo el mundo está loco de remate– ya no está disponible. El otro aspecto de mi niñez que me angustiaba más que tener que quedarme en casa sin poder ir al desfile del Día de la Bandera era no tener amigos. No quiero decir con esto que la amistad en sí estuviese prohibida. Si bien nos advertían que no nos convenía tener vínculos con los «mundanos», me alentaban a jugar con chicos de mi edad que compartían nuestra fe. Así y todo, en la práctica esa restricción en apariencia leve se traducía en no tener amigos. Y aquí es cuando me hago una y otra vez la misma pregunta dolorosa, por lo mucho que tiene que ver con el presente: ¿Qué les pasaba a esos críos? No quisiera pecar de injusta. Los niños pequeños aceptan el mundo tal como lo encuentran. Antes de cumplir los ocho años, más o menos, yo daba por hecho que todo lo que me decían mis padres era cierto, y del mismo modo daba por hecho que si yo disentía –al fin y al cabo, no consigo recordar haber querido ir alguna vez a las reuniones del Salón del Reino–, se debía a que era desobediente y mala, no a que su paradigma tuviese algo de equivocado. Yo no sabía que era un paradigma, ni como palabra ni como concepto. Cuando uno está totalmente atrapado dentro de una burbuja, no hay tal burbuja. (...)

Dicho lo cual, todos los pequeños testigos íbamos a la escuela pública. Nos daban clases de educación cívica sobre un gobierno que, si todo hubiera dependido de gente como nuestros padres –que tenían prohibido votar, apoyar a los candidatos, formar parte de un jurado e incluso tener opiniones políticas–, no habría existido. Estudiábamos una historia en la que antes de 1881 nuestra ridícula y finísima tajada de humanidad ilustrada no habría interpretado ni el papel más secundario. Como otros norteamericanos, andábamos por un mundo inundado de libros, periódicos y canales de televisión laicos, y ninguno de ellos encajaba en la versión de la realidad que nos inculcaban en casa. Vivíamos rodeados todos los días de gente que no creía que hubiese un catastrófico juicio divino esperándonos a la vuelta de la esquina, que no iba afligida de casa en casa cargada de panfletos todos los fines de semana, y que no parloteaba día y noche sobre el número ciento cuarenta y cuatro mil por culpa de una frase suelta del Apocalipsis sacada de contexto. Sí, es posible que todos esos desdichados que no conocían «la Verdad» estuvieran bajo la influencia de Satán y destinados a quedar reducidos a cenizas por el justo fuego de Yahvé, que el día menos pensado vendrá a separar el trigo de la paja en toda la población. Pero, al menos a los diez años, qué clase de niño no permitía que se le pasara por la cabeza: ¿Y si no? (...)

Mi madre es –o era; supongo que nadie se habría dignado a informarme si hubiera muerto– la típica triunfadora nata. Era natural que le atrajese un catecismo que la elevaba al nivel de elegida desde el minuto uno; los testigos de Jehová proporcionaban a los creyentes zapatos con alzas para moverse en sociedad. Con solo unos pocos millones de adeptos en todo el mundo, circunscribían también el contexto en que mi madre podía destacar a un estanque pequeño y manejable. Ávida de reconocimiento, desplegó siempre una maniaca hiperactividad en la ajetreada colmena de la Sociedad de la Atalaya. (...)
En otras palabras, quería ganar. Y cuando se quiere ganar, es útil conocer las reglas. Los testigos de Jehová lo ponen fácil: hay un sinfín de reglas. Pero la humanidad en general no cesa de cambiarlas, y ahí fuera, en el vacío sin límites del laicismo, no es raro imaginar que vas muy por delante de tus competidores para terminar descubriendo, al final, que has estado todo este tiempo jugando al juego equivocado. (Por fin consigues el ascenso y, ¡sorpresa!, tu mujer decide dejarte.) A Glenda Converse la educaron como testigo de Jehová y ahí se quedó, aferrada al juego al que sabía jugar. (...)

Sea como fuere, ese afán por acumular estrellitas doradas era, más que ninguna otra cosa, infantil. Suponiendo que haya seguido haciendo girar la rueda de hámster de la tercera edad, es probable que se encamine a una amarga vejez. Mientras Gloria Steinem ponía en marcha la revista Ms., mi madre se dedicaba a apuntalar febrilmente un patriarcado arcaico. Menuda estrellita dorada. Además, aunque uno se empeñe en distinguirse como una oveja aplicadísima, sigue siendo una oveja. He dicho que esta religión carece de alegría, pero no es del todo cierto. Para los testigos de Jehová, la falta de alegría es en sí un gozo. Celebrar sin cesar una perfecta ausencia de celebraciones se parece a una fiesta permanente, y chafar la diversión a otros es también una forma de diversión. En ese sentido, mi madre se lo pasó bomba durante toda mi niñez. (...)
Cierto, el rencor de una hija hacia su madre y la idolatría hacia su padre son algo de lo más manido, pero no quiero distorsionar el relato con tal de parecer interesante. John Converse es –no diré «o era» porque lo vi en la acera de enfrente la semana pasada– un hombre cariñoso y decente que, venciendo una cobardía innata, más de una vez protegió a sus hijos del peor fanatismo de su mujer. Es un testigo converso, cosa que tal vez lo excuse menos que a mi madre de haberse adherido a un dogma de infelicidad y control, aunque, según contaba Glenda, siempre con evasivas y vergüenza fingida, a los dieciocho años ya estaba loco por ella. La única manera de salir juntos (y con carabina) era declarar su intención de desposarla, y la única manera que tenía de desposarla era convertirse. Por lo tanto, si mi padre juró lealtad a un catecismo a todas luces demente para meterse en las bragas de mi madre, esa es una motivación mejor que la mayoría. (...)

En el rostro de Glenda Converse no tardaría en aparecer un rasgo de dureza, un sombrío pliegue que bajaba desde las comisuras de los labios, pero a los dieciocho años Glenda Tate era una joven espléndida, y las fotos de la boda confirman que no se trata de un entrañable mito familiar. Sus mechones oscuros tenían una ondulación natural y en su rostro brillaba una pureza virginal que, como no fuese en sentido metafórico, en 1968 era difícil de encontrar. Puede que a mi padre también le atrajera su ambición –no importa que mi madre aspirase a ascender en una jerarquía constreñida y hermética dedicada a someter a la mujer– porque él no tenía ambición alguna. No lo digo con maldad. No hay ninguna obligación de que los jóvenes deseen ser una cosa u otra de mayores. A él debió de parecerle bien ingresar en un entorno social en que sus parientes políticos nunca lo presionarían para que se sacase un título ni se exasperarían por que no fuera más próspero. Como a los testigos de Jehová se les intenta quitar por todos los medios las ganas de ir a la universidad, tienen el nivel medio educativo más bajo de todas las confesiones de Estados Unidos, e incluso el diploma del instituto otorgaba a mi padre credenciales más elevadas de las que jamás gozaría la tribu de su mujer. (...)

Una vez, mi padre me confió que convertirse a la religión de su mujer fue «un reto» mayor del que había esperado, y yo inferí que empleaba un eufemismo para decir «una desgracia». No obstante, aunque desde un punto de vista logístico podría haber escapado, consideraba que tenía que apechugar con su decisión, y, bendito sea, no tenía lo que hay que tener para abandonar a tres hijos. En este punto hago lo imposible para entender por qué mis padres se encerrarían en la cárcel de esa congregación y arrojarían la llave, pero sigo luchando contra un total desconcierto. Los testigos de Jehová ni siquiera fomentan la creencia supersticiosa en el más allá. Cuando te mueres, te mueres. Tampoco creen en la reencarnación. Así, en lo que respecta a mis padres, solo tenían una vida que vivir, esta vida. Eran adultos. No eran metafísicos propensos a enredarse con nada; por tanto, aceptarían alegremente la idea de que ejercían control sobre sus destinos. En esa época ya pasada, este era un «país libre», aun tratándose de algo creíble solo a medias. Vistas todas las opciones –una plantación de fresas en Oregón, una residencia canina en Oklahoma, mudarse a Francia–, ¿cómo es posible que eligieran una vida tan terrible? (...)

A veces se da por hecho que los inadaptados, los bichos raros y los marginados deben sentirse naturalmente atraídos por otros inadaptados, bichos raros y marginados, pero nada más lejos de la verdad. En todo caso, los raros se evitan entre sí; es lo más conveniente para no contagiarse de una peste aún más fuerte, y, además, los otros raros les parecen tan raros a sus iguales como a los chicos normales. Como sus hermanos más normativos, los atípicos se sienten atraídos por lo socialmente obvio. Las gordas o las feas sin esperanza son tan propensas como una mujer sexy a perder la cabeza por el capitán del equipo de fútbol. (...)

Dado que asociaba los libros a la desobediencia, a la porfía, la pereza y las enfermedades fingidas, detestaba las clases de lengua. No me gustaba que me dijeran lo que tenía que leer, así que cualquier texto obligatorio ya estaba contaminado de antemano; es decir, yo estaba predispuesta a odiarlo. Que me impusieran un libro desde arriba me negaba la posibilidad de poseerlo íntegramente, a la vez que me robaba el precioso tiempo que podía llamar mío fuera del colegio y de los testigos. Un ejemplo: en décimo detesté Silas Marner y Julio César, y culpé a la señorita Townsend por incluirlos en la lista de lecturas obligatorias. Sobre todo le guardé rencor por incluir también El señor de las moscas, que yo ya había leído y, por tanto, era mío. No me daba la gana permitirle que lo escogiera y me lo arruinara. (...)




De los veinte a los treinta estuve un poco desatada. Puede que sea lo normal, pero yo tenía menos ataduras que la mayoría. Separada brutalmente de mi pasado, no tenía familia ni fe, nada que me mantuviera los pies en el suelo. Embriagada con el grunge insumiso de los noventa, pasé más de una noche bailando sola como una loca en mi miniapartamento al ritmo de los Pixies y los Smashing Pumpkins hasta que los vecinos se quejaban. Vivía extasiada, disfrutando de una libertad que aún no entendía: libertad de hacer cosas, pero también de ejercitar la contención. Para ser breve, diré que me acosté con una cantidad nada desdeñable de hombres –demasiados, ahora que lo pienso–. Lo hice porque podía. No estoy segura de con cuántos de esos encuentros disfruté. (...)

En el trabajo me relacionaba lo menos posible con mis colegas. Acabé enseñando lengua y literatura en la universidad principalmente porque, a diferencia de Emory, no se me daban bien otras cosas; no se me daba bien casi nada. Nunca me había sentido insultada por ese axioma que dice que los que no saben hacer nada, enseñan: esa era yo. No sabía hacer la o con un canuto. Si bien haber encontrado un trabajo en que me pagaban por leer historias inventadas era tentadoramente escandaloso, todo lo académico me resultaba insufrible, esa verborrea profesoral desconectada de todo lo real o importante, o, por lo general, de lo cierto. (...)

En pocas palabras, si los testigos de Jehová están decididos a seguir «separados del mundo», yo estoy igualmente decidida a seguir separada de los testigos de Jehová. Aun así, esta dependencia de la oposición es una debilidad de mi carácter. Mi pilar es el rechazo. Soy una construcción hecha con negaciones. Donde la mayoría almacena sus convicciones, yo acumulo aquello en lo que no creo. Soy menos propensa al abrazo apasionado que a la antipatía feroz. Detesto que me digan lo que tengo que hacer más de lo que deseo hacer algo en particular. Sigo siendo reactiva, lo que a su manera también es ser irreflexiva. Haré o diré cualquier cosa que los testigos de Jehová prohíban. Dudo que sea patriótica por naturaleza, pero todos los años hago ondear las barras y estrellas el Día de los Caídos y el Día de la Independencia. Suelto tacos, aunque aprendí a hacerlo más tarde que la mayoría de la gente, y a veces mis blasfemias suenan un punto forzadas y pueden parecer casi mojigatas. Concebí a mis dos primeros hijos por inseminación artificial, una de las máximas prohibiciones de los testigos. Sigo prefiriendo las tiendas de segunda mano del Ejército de Salvación a las de la Asociación del Corazón. He comprado más de un paquete simbólico de morcilla, aunque no me gusta en particular; el único lado bueno de la apendicitis de mi hija mayor consistió en poder consentir con total libertad la operación. (...)

Por muy vacía y destructiva que pueda parecer, la oposición me ha proporcionado una energía y un aguante que el ímpetu de una aspiración más positiva nunca podría igualar. Las emociones más tenebrosas son más potentes y duraderas que sus primas más luminosas. Si fuera posible meterlos en el depósito de un coche, el asco, la furia, la indignación y la antipatía nos llevarían a toda velocidad hacia un horizonte lejano; en cambio, un combustible destilado de compasión, empatía, aprecio y perdón nos dejaría tirados en la cuneta al cabo de unos centenares de metros. Así pues, durante mucho tiempo he confiado en que el resentimiento incendiario que acumulé en la infancia me propulse por una vejez amarga. No obstante, poco a poco, al acercarme a la mediana edad, empezó a preocuparme que incluso mis hogueras, avivadas con sentimientos contrarios a la virtud, pudieran acabar extinguiéndose. (...)

Todo muy bien, salvo por el hecho de que hacerme un ovillo y esperar a que la fiebre de la igualdad intelectual desapareciera iba directamente en contra de mi naturaleza. Además, las histerias sociales no paran quietas. Si aún no están perdiendo fuelle, es que están empeorando. Y esta empeoraba. Los movimientos radicales aumentan sus demandas por etapas porque nada debilita más una causa que el éxito. A los cruzados no les gusta nada quedarse sin objetivo cuando completan su misión; llegar a la tierra prometida deja desamparados a quienes iban en su búsqueda. Poco hay que hacer en un oasis utópico aparte de beber agua de coco. Así pues, conviene no dar nunca el viaje por terminado. El objetivo debe permanecer fuera de nuestro alcance. Para preservar la imposibilidad total de alcanzarlo, el tan deseado destino final se vuelve cada vez más extremo. (...)




Como su condescendiente y sabelotodo protagonista exhibía sin rubor su «inteligencia excluyente», la serie británica Sherlock corrió la misma suerte. Quizá siga circulando por ahí un puñado de DVD piratas, pero hoy en día nadie reconocería que ve ese horror retrógrado y, por tanto, es fácil olvidar lo popular que fue cuando empezaron a emitirla. Sin embargo, en el verano de 2010, el primer episodio coincidió fatalmente con el giro ideológico casi universal de la recién formada intelligentsia antiintelligentsia. Sospecho que la asociación, con el odioso estereotipo que encarnaba, ha hundido hasta nuevo aviso la carrera de actor de Benedict Cumberbatch. Yo reservé mi duelo particular para The Big Bang Theory, una telecomedia para adultos ingeniosa como pocas que venía consolidándose desde 2007 y hasta 2012 había dado pocas muestras de flaquear. Sí, los guionistas se desvivieron para lograr que los guiones fueran más «relevantes» haciendo que los desagradables idiotas del reparto cometieran grandes errores –aunque el concepto mismo de «error» estaba volviéndose problemático– e introduciendo un simbólico procesador alternativo cuya inteligencia, no tan evidente a simple vista, siempre ponía en evidencia el pensamiento defectuoso de personajes que hacían gala de tener un doctorado. Ninguno de esos valientes empeños consiguió salvar la serie, porque siguió siendo ingeniosa, y el ingenio en sí había pasado a ser sospechoso. Cuando la CBS la reemplazó por El joven Sheldon, en la que el engreído físico del original se presentaba como un niño de lo más normal, no más capaz que sus compañeros, nadie la vio, pero al menos tampoco nadie fue a manifestarse con pancartas delante de la cadena pidiendo que se cancelara. (...)




Por supuesto, el repudio de Sheldon Cooper y sus muy creídos amiguetes solo fue el comienzo, y la purga tuvo dos frentes. En primer lugar, debía eliminarse cualquier representación de una inteligencia elevada, incluso en clásicos que se reponen hasta la saciedad, por ser una expresión de supremacía intelectual. Los guionistas de Padre de familia hicieron que el arrogante bebé genio Stewie falleciese de muerte súbita en la cuna. Avergonzada por su participación en un prejuicio histórico, la Paramount anunció que había aparecido entre los papeles del difunto Gene Roddenberry un último episodio de Star Trek. La nueva generación, que nunca se había filmado. (...)



Niles y Frasier Crane eran unos esnobs intelectuales vanidosos e incurables, junto con Lilith, la desdeñosa exmujer del segundo; muy orgullosa, la NBC anunció el adiós muy buenas a las once temporadas del programa epónimo de Frasier. En segundo lugar, como no podía ser de otra manera, se cargaron también las representaciones de cabezahuecas. Dos tontos muy tontos fue una de las primeras películas que incluyó una advertencia sobre la aparición en ella de modelos ofensivos de inferioridad cognitiva, algo que los no iniciados interpretaron como un gag más; tras ver que el público reía cada vez que veía el aviso, los censores se cargaron la película entera. 





No solo hicieron desaparecer Rain Man; la Academia le retiró a Dustin Hoffman el Óscar al Mejor Actor de 1989 y llegó al extremo de exigirle que devolviera la estatuilla. (El hecho de que su personaje, Raymond, no estuviera concebido como un tonto sino como un autista con altas capacidades era una distinción demasiado sutil para 2012.) Lo mismo le hicieron a Tom Hanks, desafiando una breve pero ruidosa campaña que sostenía que su interpretación de Forrest Gump tenía un valor político redentor. Si bien Forrest no era muy inteligente, sí era muy sabio; otra diferenciación demasiado sutil para la época. Y luego estaban los programas cancelados por incluir tanto a lumbreras como a personajes con pocas luces. A Los Simpson los condenaron por partida doble: por el bobo Homer y por su hija, la estudiosa Lisa. La isla de Gilligan se basaba en la oposición, ahora inaceptable, entre el profesor y el primer oficial, un auténtico botarate. Los dibujos de El correcaminos apelaban a la misma polaridad cognitiva, así que ni siquiera los cucos astutos ni los coyotes poco espabilados estaban a salvo. (...)



Soy consciente de que la mayoría de los que leáis esto –suponiendo que alguien lo esté leyendo– reparasteis en muchas de esas desapariciones cuando se produjeron, pero ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente, ¿verdad? En consecuencia, vale la pena recordar todo el canon de nuestra cultura popular que ha acabado en el vertedero de la basura histórica. Hemos perdido un sinfín de personajes arquetípicos porque les faltaba una patatita para el kilo: el tocayo de Woody Harrelson en Cheers; el Clark Griswold de Chevy Chase en Las vacaciones de una chiflada familia americana; el Navin de Steve Martin en Un loco anda suelto; el míster Bean de Rowan Atkinson, e incluso, ¡por el amor de Dios!, la estrella de mar de Bob Esponja. También perdimos a la Rose de Betty White en Las chicas de oro; al Joey de Matt LeBlanc en Friends; al doctor Rumack de Leslie Nielsen en Aterriza como puedas... ¿Quién recuerda aún aquel «No puedo decirlo. A mí sí, soy médico» o la gloriosa frase de Lloyd Bridges, «Elegí un mal día para dejar de beber»? Hasta al plasta de Barney Fife del Show de Andy Griffith lo tiraron al cubo de la basura por ser un burdo estereotipo. A veces me pregunto cuántas películas desopilantes nos habremos perdido desde que actores como Ben Stiller, Adam Sandler, Jim Carrey y Sacha Baron Cohen se retiraron tras caer en desgracia. (...)



De mayor peso que el saqueo de nuestros hábitos televisivos: en enero, los apparátchiks del Partido Demócrata convinieron en que Barack Obama se había convertido en una carga. El presidente era distante, engreído y despectivo. Como no había recibido ninguna circular pidiéndole que cerrase ese piquito de oro que tenía, seguía refregando su facundia en los morros del público. O no conseguía percibir el estado de ánimo de la nación, o simplemente no le gustaba ese estado. A pesar de los insistentes consejos de su secretario de prensa, Obama siguió dando la impresión de creerse más inteligente que el ciudadano medio. Por más complicado que resulte hacer memoria ahora, en muchas épocas anteriores tener un líder más perspicaz, elocuente y bien informado que la mayoría era algo que a cualquier país le habría parecido una ventaja considerable. Sin embargo, en 2012 parecer cualquier cosa que no fuese uno más del montón era la muerte electoral, porque la idea misma de mirar desde abajo a alguien que ocupaba una posición de autoridad se había vuelto absurda. Peor aún, el seco sentido del humor del presidente y su carisma natural tenían el mismo efecto que el crucigrama del New York Times: hacían sentir a los votantes que, en comparación, a ellos les pasaba o les faltaba «algo». (...)



Estoy razonablemente segura de que para los funcionarios del partido convencer al vicepresidente de un presidente en ejercicio de que se enfrentase a este en primarias fue algo sin precedentes. No obstante, yo sería la primera en conceder que, para los tiempos que corrían, Joe Biden resultaba un candidato ideal: era impresionante lo poco que impresionaba. A diferencia de la cargante oratoria motivadora de Obama, la manera de hablar de Biden era deliciosamente pesada. Su versión de la profundidad consistía en decir algo prosaico y luego repetirlo palabra por palabra. Cada vez que el vicepresidente se quedaba sin saber qué decir, su compulsivo «¡Vamos, hombre!» no conseguía parecer siquiera estimulante y moderno, y ese año electoral cualquier práctica que pusiera de relieve un defecto era un boleto ganador. En otras palabras, cuanto peor era la campaña de Biden, a más votantes atraía. (...)



MANÍA
(Lionel Shriver)

lunes, 15 de diciembre de 2025

Lo mejor de COMERÁS FLORES (Lucía Solla Sobral)


Diana tenía toda la seguridad que yo no tenía, pero me la prestaba. A Diana no le asustó cambiarse de carrera, así que a mí no me asustó cambiarme de Filosofía a Periodismo. A Diana no le importó empezar a trabajar en una franquicia de muebles y decoración con normas rígidas sobre maquillaje y peinados, así que a mí no me costó nada aceptar mi trabajo como redactora de contenidos especializada en succionadores de clítoris, cócteles, inteligencia emocional o las diez mejores rutas para comer pintxos. Diana no le tenía miedo a nada y yo le tenía miedo a todo pero, a su lado, un poquito menos, porque Diana podía ser Diana por ella y por mí. (...)

Mientras recorría la alameda y no lo encontraba, me burlaba de mí misma, era ridículo llevar seis años huyendo de esa villa y acabar enganchada a su suelo sucio y meado buscando a un desconocido al que había visto la noche anterior. Yo siempre quise urgente, buscaba amores que se atragantasen de ganas, que hirviesen, que no diesen tiempo a nada más que a querer. Un amor con gusto a la levadura del corazón de una palmera recién horneada. (...)

Y Diana y yo nos las comíamos inmediatamente porque una dice cuidado y la otra entiende ahora justo ahora, una dice espera un poco y la otra escucha que mejor ya-ya-ya antes de que se enfríen. Un amor de los que sobra mucha cama porque se apelotona todo en el mismo lado. Ese amor que te deja los labios hinchados un día entero y que te convierte las piernas en flan cuando paseando con Frida y mirando el móvil, sientes cien higos abiertos respirando a tu lado y levantas la mirada y te da la risa nerviosa porque ahora ya sí, ahora está pasando. (...)

—Hola, ¿dónde tomamos algo? —me hablaba muy serio, como si conocerme se tratase de algo importante—. Me llamo Jaime, por cierto. 
En un bar, donde las mesas de Estrella Galicia tenían el logo tapado con cinta aislante, me contó que él también vivía en Pontevedra, que era compositor de atmósferas, que acababa de cerrar un restaurante clandestino en su casa, que su hija estaba en Madrid probando suerte, que estaba leyendo a Deleuze, que adoraba a los perros. Y yo a él que me fui por amor a Andalucía y que volví por aburrimiento, que trabajaba en una agencia de marketing, que vivía con mi mejor amiga, que mi padre había muerto hacía cinco meses. (...)

Era sábado y fui, siguiendo las indicaciones de Google Maps. Mis pies sabían ir, pero mis nervios no y mis nervios siempre ganan, eso lo sé desde los seis años cuando me perdía en El Corte Inglés, con once cuando me hice pis en casa de mi tía mientras operaban a mi padre, con diecisiete cuando me rompí en el baño durante Selectividad porque no valía para aprobar un examen de matemáticas ni para ir a la universidad ni para mudarme a Compostela ni para conocer gente ni para sonreír sin ganas ni para cambiar de piso cada curso. Y encontré a mi madre en El Corte Inglés y mi padre presumió de cicatriz y aprobé matemáticas y descubrí que se me daba bien socializar, simplemente no me gustaba, como las mudanzas. Pero mis nervios ganan, duelen en el estómago, hielan mis dedos, me hacen nudos en el pelo. Era sábado y fui, comprobando mi cara en la cámara del móvil. Intentando caminar en línea recta por esa calle tan céntrica, con todas mis inseguridades enredadas, peinándome el pelo con los dedos. Las estrías, las tetas, las caderas, este top, peina que te peina, el vello, la barriga, joder, los pinkies, me peino. Me esperaba en su portal. Su pelo negro y gris, su mandíbula cuadrada, un polo negro, unas gafas de montura transparente, distintas a las del día anterior. Ese olor a madera con mermelada o a higuera. Un hola, Marina, dos besos, un estás muy bonita, un mechón detrás de la oreja, una intención de darme la mano que finalmente no. Subí con él unas escaleras que crujían, crujían, crujían y, aun así, olían a silencio. (...)

Pasamos la noche juntos y despiertos. Desnudos y con nuestras piernas enredadas, como para no perdernos, como para que no se fuese lejos o que yo no pudiese moverme y encontrar señales que anticipasen el aburrimiento. Quería estar pendiente de mi propio cuerpo, de sus movimientos y rugosidades, pero Jaime me dibujó el mentón con un dedo y me dijo: quiero quererte. Y de debajo de mi piel salieron todas sus arañitas y rodearon mis pezones y subieron por la garganta y también a las mejillas y sentí que ojalá, que ojalá algún día. Será cuestión de tiempo, dije. Y él me colocó el mechón de pelo detrás de la oreja y repitió: quiero quererte. Y yo no dije pues ojalá me quieras, Jaime. Pero lo pensé. (...)
Yo quería que me quisieran tanto como para que no hubiese un ojalá sino un ya, nada de cuentas atrás, solo un ahora mismo. Que un quiero verte significase en quince minutos estoy ahí. Que un quiero dormir todas las noches contigo resultase una llave para entrar en la casa más bonita del mundo. Un amor al que no dedicar canciones porque al estar tan pegadita a ese amor, tan tan dentro de él, no tuviese tiempo para elegirlas ni para echar de menos. (...)
Tic tac tic tac y yo sentía que tenía seis años otra vez y una bolsa de chuches que no se acababa nunca. Me quería tan rápido y con tanta fuerza que a mí me daba la risa y no me daba tiempo a escribir ni a leer ni a escuchar música ni a pensar en papá porque todo era amor amor amor y planes para alargar el amor. Yo seguía sus pasos agarrada fuerte de su mano y pensaba que qué felicidad más tonta, que qué suerte que al final tenía yo razón y la clave estaba en sentir como si todo estuviese a punto de explotar. (...)


Lo que menos me gustaba del amor era tener que pausarlo. De lunes a viernes, de nueve a siete, me guardaba los nuevos olores, nuestro lenguaje, los sabores y las texturas para poder ir al trabajo. Lo metía todo calentito en los bolsillos y dejaba que latiese ahí dentro mientras yo volvía a ser redactora en una agencia de marketing digital. El trabajo no era muy exigente y se me daba bien, así que cada día me sobraban algunas horas para entrar en la Rockdelux y la Pitchfork y lamentarme por otras vidas laborales alternativas. En mi adolescencia, me sentaba en el comedor y dejaba que pasasen sobre mí las horas y las canciones que todavía siguen pegadas a mí como animales viejos. A veces, encendía el único ordenador de sobremesa que había para toda la familia y transcribía las letras de mis grupos favoritos para subirlas a las webs de letras y acordes. Las de El Niño Gusano eran mis preferidas, no las entendía pero me hacían reír. Media vida, pero media vida entera enterita entera, viviría aplastada entre el sofá y una pila de vinilos. Y la otra media, en los conciertos y las ganas de hacer crónicas de todos ellos. Alguna vez envié crónicas gratis por si me las publicaban, pero nunca me respondió nadie. No hablaba sobre la limpieza del sonido, la distorsión, los riff de guitarras y los punteos, yo escribía sobre el esternón, la nostalgia, la amistad y sobre colgar en el tendal camisetas de grupos. (...)

Durante mis primeras semanas en la agencia creía que me gustaba Rubén. Rubén era como Diana, pero sin ser Diana. Era alegre, rápido y me hacía sentir cómoda. Siempre me tocaba el pelo y se mordía el labio. Es suave, decía. Y brilla mucho. Hablaba tanto de mí conmigo que creía que le gustaba y entonces creía que a mí también me gustaba. ¿Cómo no me iba a gustar? El amor antes de Jaime funcionaba así. Tú me haces caso, yo te hago caso, tú me pellizcas, yo te pellizco, tú me quieres, yo te quiero. Lo importante era darse cuenta de que la otra persona te hacía caso, te pellizcaba, te quería. Lo de Rubén duró poco. (...)

Guardar el amor nuevo en el bolsillo, disimularlo debajo del pelo o en el olor de la ropa, hacía que no se desgastase nunca. Intentaba esconder ese amor tan brillante en las notas que Jaime me metía en la mochila del portátil, en los mensajes que le enviaba desde el baño, en las galletas que me preparaba para tomar con el té. Era un amor pequeño pero macizo. No lo compartía. No quería que nadie lo viese para que nadie lo estropease. Hasta que una tarde, sin que hubiésemos quedado, Jaime me esperó a la salida del trabajo. Me quedé al otro lado de la puerta de cristal. Martín me miró, lo miró, se le escapó una o minúscula por la boca, así que es él, y se fue. Jaime había destapado el amor de golpe, sin previo aviso. (...)
Y me pregunto si tiene sentido algo. Estudiar aquello, trabajar de esto otro, mudarme, esa relación que fue tan bonita tan lejos tan difícil, o esta otra que rueda tan rápido que tengo miedo a que se resquebraje por el camino y vaya soltando pedazos y que todos los pedazos sean míos. Como la canción que dice que pudo ser un amor del montón, pero todo el montón era mío. Se me llenan los mofletes de nostalgia. Nostalgia anticipada, porque aún no sé qué echo de menos, qué me falta, qué me sobra si yo no tengo nada. ¿Cuánto hay que perder para no tener nada? ¿Un padre? Un padre perdí, apunte ahí usted. Cuando se me ponen ojos de vaca me cuestiono todo tanto que repito mi nombre varias veces para no olvidarlo. Lo hacía con seis años, lo hago con veintisiete y lo hice durante la comida con veinticinco. Veinticinco años de ojos de vaca que solo una carcajada de mamá logró borrar. (...)

Jaime hacía que no tuviese que gustar, sino que la otra persona quisiera gustarle a él. Y a mí toda esa sensación de no tener que ir con cinturón de seguridad me provocaba que Jaime me enamorase más y más. Nadie ponía un pero y a mí se me mezclaba la adrenalina con la calma. (...)


La primera vez que lloré por él, aprendí que llorar tenía un castigo: el silencio. El silencio y echarme la culpa a mí como quien lanza un balón medicinal contra el pecho. (...)
Soñarás que siempre será primavera y que no tendrás que llorar como los adultos. Soñarás con que tu abuela te sigue peinando con sus dedos torcidos cada tarde después del cole y después de las lentejas. Soñarás con que la persona más bonita de Compostela sea la misma que la que te llame miquiña mía y no alguna de las de tu facultad que huelen a licor café y a tabaco y a apuntes de Locke y Hume fotocopiados. Soñarás que los consejos de tu madre estarán por encima de los temblores de tus piernas en las crisis de ansiedad. Soñarás con poder llegar siempre a fin de mes sin que las notificaciones del banco te muerdan el pecho. Soñarás con que vengan bien dadas. (...)
Yo sabía que salir del amor era como salir de una catástrofe aérea porque se lo leí a Peri Rossi, pero no sabía yo lo difícil que era hablar del amor sin que a una se le llenasen los mofletes de miga de pan y se le pegase el calor a la piel como un pijama de franela. No sabía yo que el amor podía ser suave y saber a breva. Después del amor en esa habitación yo no recordaba quién era Samir ni Rubén ni Pablo Rosales ni Damián. Y después de caminar de la mano por el Barrio de las Letras y de sacarnos fotos en los espejos del Rastro, después de ese viaje a Madrid, lloré un lunes entero por si algún día todo eso desaparecía. Por si acaso, se me pusieron los ojos rosa pastel cuando me di cuenta de que no solo sabía hablar de aburrimiento, y que lo que más me coloreaba las orejas era recordar la primera vez que me dijo te quiero y que yo no entendí si me había dicho te quiero u otra cosa y sonreí. Por si acaso, sonreí. Y esperé a que llegase otro y otro y otro te quiero que sí entendí, y guardé algunos pero otros los desgasté de tanto recordarlos. Creía yo que el amor era una catástrofe aérea pero el amor era empacharse con los churros que no había comido. (...)

Me quería con tanta fuerza que a mí me daba la risa y no me daba tiempo a escribir ni a ver películas ni a escuchar música porque todo era amor amor amor y planes para alargar el amor. Y yo me decía que ojalá no sea verdad eso de que solo existimos cuando el amor nos mira. Pero también me decía yo es verdad, es verdad porque siempre me duele la cara de reír y mira cómo se me llenan los bolsillos de sopa cuando me siento a comer en la mesa larga de mi madre, la buena, la que está en el salón y no en la cocina, y él tiene la atención y el cariño de todos. Yo seguía sus pasos agarrada fuerte a su brazo y pensaba que qué felicidad más tonta, qué suerte. Menos cuando decía algo que no le gustaba, entonces parecía que se olvidaba de quererme y yo pensaba más en mi padre y en mí. (...)


Diana siempre me compraba gominolas cuando tenía un mal día en la universidad, hasta que nos dimos cuenta de que la universidad era siempre un mal día. (...)

El amor tiene muchas caras, muchos pies, muchas manos, sobre todo, muchas manos. Las de Diana son pequeñas, como un topo, dice ella, aunque les tiene miedo a los topos porque dice que se parecen a las ratas. Diana siempre apoyaba la palma de su mano en la mía para reírse de mis dedos largos o de sus dedos pequeños. Yo nunca hacía esas cosas. Eso de poner mi mano en la suya o poner mi cabeza en su hombro o agarrarme a su brazo de camino a casa. A mí me daba como miedo o angustia el contacto físico. Pero ella colaba su pie entre mis manos para que se lo acariciase. En el tren de Compostela a Pontevedra me pedía que le tocase el pelo. Si bebía mucho, me pedía un beso en la boca. Uno de sus novios se enfadaba con nuestros picos pero a mí me daba igual y a Diana más. Entonces, si el amor tiene muchas formas y muchas manos y si las manos de Diana son tan pequeñas, quizá fue normal que me dejase caer. O que me soltase. Pero si las mías son tan grandes, si, precisamente, mis dedos son largos como lágrimas, ¿por qué se me escapó Diana? Por qué mis manos no cogieron nunca el teléfono y la llamaron y le dijeron a Diana ¿nos acabamos de enfadar? Diana, ¿estamos bien? Estamos bien, ¿no?

durante un año estuve un poco menos aburrida encerrada en esa sierra imaginando cómo quería casarme. Porque sí, quería casarme. No tenía claro si con un vestido largo o corto, quizá negro o rojo, con mi familia pero sin mi tía Agustina. Quería muchas polaroids y en todas mis elucubraciones yo me reía muchísimo, a carcajada limpia, pero en todas mi padre seguía vivo y no había ni rastro del hombre con el que me acababa de casar. Quería casarme, por supuesto que quería casarme, porque apoyada en los muslos de mamá, con sus dedos recorriendo mi oreja, Elizabeth Bennet se casó con Mr. Darcy y Jane Eyre con el señor Rochester y Harry con Sally y Anna Scott con William Thacker. Y todos, por fin, eran felices y, sobre todo, mamá y yo éramos muy felices. Hasta que mis hermanos llegaban a casa y se ponían los pijamas y se unían a nosotras y se tiraban al sofá como gatos y me arrancaban el mando de las manos y peleaban por ver quién ponía no sé qué y mamá se iba y yo le hacía cosquillas a Berto para que Bea recuperase el mando y papá nos miraba desde la puerta y cerraba con llave y decía ya estamos todos y sonreía tan fuerte que se sentía dentro del pecho y aparecía otra vez mamá con un bol con agua donde remojaba los dedos para quitarse las cutículas y le decía a Bea ¿te las quito a ti después? Y sí, sí, sí, así que al final Berto ponía la NBA. (...)
Yo quería un amor tranquilo, suave, paciente. Un amor de terciopelo, que no rascase, que no colocase su rodilla entre mis piernas, que no me hiciese callar. No sé. A lo mejor solo quiero volver a ver películas con mi madre. (...)



No fui a su fiesta, ya no le enviaba canciones por mucho que me gustasen o que dijesen la palabra parque, beso, moto, risa. Si me enviaba una foto, la veía, hacía zoom a su cara, a sus labios de cenicero, a sus manos. Después, la borraba. Ya no dormía con el teléfono debajo de la almohada. Edu fue desapareciendo y apareció de nuevo Eduardo y de Eduardo a la nada bastaron un mes y tres semanas. Fue así de fácil. Tan fácil como dejarlo pasar. No tuve que llenarme la boca de entrañas y gritar con el pecho colorado ¡me has destrozado! Eliminar nuestras conversaciones y dejar de escuchar a Sen Senra fue más discreto, más amable con la nueva realidad. Cada canción que añadió a la playlist que nos inventamos para acariciarnos en la distancia era una canción que no volvería a escuchar jamás. Cada recuerdo podía hacerme dudar de mi decisión y preferí olvidarlo todo. Dolía mi miedo, dolía fantasear con otra vida, dolía la mano de Jaime apretándome fuerte para llevarme a cada sitio al que íbamos como si no pasase nada. Dolía como cuando mi hermano me quitaba una tirita a la de tres y en realidad era a la de uno. Porque no era el cuerpo el que se quejaba, era otra cosa. Todos los pelos de mi rodilla en esa tirita de My Little Pony y su traición escociéndome. Conté hasta tres y ¡zas!, las fotos, los espejos, los planes, las canciones. Quise contar hasta tres y a la de uno ya escoció, pero no dolió. Pudo doler todo lo que compartimos. Las canciones de Khruangbin, los libros de Nora Ephron o el olor a Marlboro. Pero lo olvidé todo y no dolió más. También el parque al lado de la estación que nunca volví a pisar, salvo una vez, solo una vez, con Frida, por si él estaba. Pero no estaba y no dolió. Me alegré de que no nos hubiese dado tiempo a ver juntos mis películas favoritas ni de leerle las letras de las páginas que marco doblando las esquinas. Me alegré de no haberle hablado de mi obsesión por Cristina Peri Rossi y de no haber cenado con él leche con frosties para luego desaparecer y vomitar. No nos dio tiempo a tumbarnos en el parque de Bonaval ni pudimos pasar frío en Bueu con las tripas llenas de pizza de O Farol ni nos perdimos buscando tiendas de discos de tres plantas. Eduardo nunca me preguntó por qué. Sabía, supongo, por quién. (...)

Sabrás que lo que se acaba, se acabó mucho antes y no se acabará del todo hasta tiempo después.

COMERÁS FLORES.
Lucía Solla Sobral.
Libros del Asteroide, 2025


domingo, 14 de diciembre de 2025

COCAÍNA: MANUAL DE USUARIO



Cocaína (Manual de usuario) es una colección de dieciséis relatos que giran en torno a la cocaína y su consumo. Cada relato tiene una mayor o menor presencia de esta droga, pero siempre está. Son relatos breves, de discurso duro y afilado como es habitual en el autor. Son pequeñas piezas conectadas por el consumo, abuso o negocio de una sustancia que parafraseando al célebre Roberto Saviano, mueve el mundo. 

El libro comienza con una cita de Escándalo en Bohemia, la novela sherlockhomiana de Arthur Conan Doyle, en la que el narrador testigo Watson hace esta confesión:
 Últimamente yo había visto poco a Holmes. Mi matrimonio nos había distanciado. Mi completa felicidad, y los intereses centrados en el hogar que envuelven al hombre que se ve por primera vez dueño y señor de su propia casa, absorbían toda mi atención, mientras Holmes, cuya misantropía le alejaba de cualquier forma de sociabilidad, seguía en nuestras dependencias de Baker Street, enterrado entre sus viejos libros, y oscilando, semana tras semana, entre la cocaína y la ambición, entre la somnolencia de la droga y la fiera energía de su ardiente naturaleza. 
Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de la historia. (...)


Llámenme Yo. Estoy sentado en Baker Street. Gasto mi dinero en el true west que sube y baja mis pulmones. Todo oxígeno es un círculo nasal: el cesto lleno de Kleenex, los Kleenex llenos de sangre, los Kleenex llenos de mí. Enciendo la computadora. Juego Solitario hasta entumecer mi mano izquierda. Luego intento escribir. Luego miro el reloj: ya pasaron veinte minutos. Voy al baño, me siento a horcajadas en la taza, vacío sobre el espejo un poquito de polvo, luego un poquito más. Lo huelo, lo muelo con mi tarjeta de cheque automático Serfín, hago dos rayas largas y bien gruesas. Aspiro. Esto es todos los días. Va casi un tercio de onza, llevo no sé cuántas horas sin dormir, no sé cómo parar. Van a correrme del trabajo. Llámenme como quieran: perico, vicioso, enfermo, hijitoqueteestapasando yaparalecarnal vivomuertopaqué, llámenme escoria y llámenme dios, llámenme por mi nombre y por el nombre de mis dolores de cabeza, de mis lecturas hasta que amanece y yo desesperado. Soy el que busca una piedrita debajo del buró, encima del lavabo, en el espejo, en mi camisa, y amanece otra vez y sin dinero, y la sonrisa helada del vecino a través de la persiana, y a poco crees que no se han dado cuenta. Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de mi vida. (...)
Llámenme Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme. Mide casi una legua, su cola es pura espuma, sus ojos tienen la pesadez y el brillo de la sal más brava. Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente, que cuando no te mata parte tu vida en dos. Pero es también una bestia lúcida y hermosa, y respira música, y en el momento en que su cola te azota y arroja tu cuerpo por el aire no piensas ni en el dolor ni en la sangre que gotea: piensas solamente en la velocidad —que es como no pensar, o sentir el pensar, o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias. Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia. (...)

De acuerdo a los cánones de compra-venta establecidos para Latinoamérica por nuestros expertos en mercadotecnia, un usuario habitual es aquel individuo que consume en forma semanaria un promedio de entre 2 y 6 g. Todo consumidor por debajo de ese margen apenas si alcanza el calificativo de cliente; pero quien lo rebasa se convierte casi siempre en un moroso. Por breve lapso: es que no duran. (...)



lunes, 8 de diciembre de 2025

"SIN RELATO: atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad" (LOLA LÓPEZ MONDÉJAR)


De las muchas transformaciones que está sufriendo de forma generalizada el individuo en la modernidad tardía, una de las más relevantes es, a mi entender, la atrofia de la capacidad narrativa, la progresiva dificultad para contarse a sí mismo y para elaborar una historia. Se trata de una dificultad que nos afecta a todos, pero que sufren en mayor medida quienes han nacido en la era digital. (...)

Desde finales del siglo XX, los profesionales que nos dedicamos a la escucha del malestar observamos con preocupación que quienes nos consultan han dejado de poder relacionar su sufrimiento psíquico con causa alguna. Sienten angustia, insomnio, irritabilidad, tristeza, desgana, experimentan problemas en sus relaciones sociales, se autolesionan, se deprimen, sufren de atracones o de comportamientos obsesivos, pero no pueden atribuir estos malestares a ninguna circunstancia biográfica o social que les perturbe. Ni siquiera encuentran un nexo aproximado entre el síntoma que sufren y sus circunstancias personales. Este hecho no es nuevo para nosotros, pues los pacientes psicosomáticos, aquellos que expresan el dolor psíquico con malestares en el cuerpo, ya acusaban esta pérdida de narratividad que hacía más difícil su tratamiento; pero lo novedoso hoy es la universalización de esta atrofia (...).

Porque la atrofia de la capacidad que aquí analizamos no tiene solo que ver con una dificultad para ponerle palabras al pensamiento, sino con un déficit del pensamiento mismo y del mundo de la imaginación, con un progresivo vacío de representación que surge como defensa ante las condiciones de producción de la individualidad en un capitalismo de la atención que nos hace, precisamente, desatentos. (...)
Si ha disminuido nuestra capacidad de conversar, a pesar de la hiperproducción de textos que pueblan nuestro entorno, es también porque tenemos dificultad para pensar, y esta dificultad para pensar la vinculamos a un vaciamiento de nuestro mundo interno, a una incapacidad creciente para transformar lo que nos acontece en una experiencia subjetiva, propia, comunicable; esta será nuestra hipótesis. (...)

Christian Salmon, investigador y escritor, estructurará con sus aportaciones algunos ítems del fenómeno en su vertiente más política y social. Pero son el filósofo francés René Girard y su concepto de deseo mimético los referentes que están en la base de mi hipótesis. Girard observa que tanto don Quijote como Emma Bovary, entre otros personajes de ficción, imitan a los héroes de las novelas de caballería, el primero; a las heroínas románticas, la segunda. Todos somos miméticos como don Quijote imitando a Amadís de Gaula, todos somos Emma Bovary identificada con las heroínas de las novelas que lee, todos anhelamos lo que nuestros mediadores, aquellos a quienes admiramos, envidiamos o amamos, nos muestran. Siempre fue así, no hay deseo ex nihilo. El problema estriba entonces en quiénes son hoy nuestros modelos, qué ideales mueven nuestra sociedad de la información, y estimo que uno de ellos, por más que a algunos nos pese, es la ignorancia. Donald Trump sería el paradigma de este síntoma social, que bauticé hace algunos años como estultofilia (...)



La caída de los relatos globales que ya advirtió JeanFrançois Lyotard en 1979, junto con la multiplicación de los storytelling a partir del año 2000, produjo en la esfera individual esta progresiva atrofia (...).
Atrofia de la capacidad narrativa, huida del pensamiento crítico, rechazo del contacto a favor de una búsqueda de la satisfacción inmediata: el individualismo neoliberal y el mundo digital nos alejan de lo que considerábamos la condición humana. ¿Somos hoy, pues, menos humanos? (...)

La caída de los grandes relatos lleva de la mano el olvido de lo humano universal en pro de particularismos identitarios que provocan la ruptura de los lazos sociales para satisfacer las urgentes necesidades de reconocimiento que asolan nuestra sociedad de la incertidumbre, con el consecuente empobrecimiento afectivo que nos entristece. (...)

El aumento exponencial del número de personas que acuden a cursos de mindfulness, relajación o yoga, o a retiros de cualquier tipo, con la promesa de encontrarse mejor, apunta a un síntoma de esta ausencia de capacidad narrativa que mutila también la reflexividad y deja al individuo impotente frente a un malestar al que la sociedad de consumo ofrece mil posibilidades de solución, aunque pocas o ninguna de ellas pase por explorar el origen de esta mutilación, sino por colmar con otros recursos prestados la necesaria reflexividad perdida, como sucede con el consumo de libros de autoayuda. El itinerario escogido en esta investigación no es académico, sino personal, una selección de los autores que, en la búsqueda de una explicación, me han ayudado con sus aproximaciones, a veces incluso alejadas del tema, pero iluminadoras para nuestro análisis. Porque para comprender este nuevo síntoma personal y social, esta epidemia de mutismo introspectivo, necesitamos la confluencia de distintos saberes, a partir de una forma de articulación que bien podría asemejarse a lo que H. J. Eysenck y Jessica Benjamin llamaron sobreinclusión, es decir, la intersección de distintas disciplinas de las humanidades con las neurociencias, cuyos conocimientos se complementan para abordar el mismo objeto de estudio. Exploro una ontología del presente de larga tradición que toma de Günther Anders el carácter impresionista de la investigación, el intento de descubrir las claves que se esconden tras los emergentes sociales sirviéndome de los conocimientos acumulados por la experiencia vital y la práctica del psicoanálisis. (...)


Vamos a introducirnos brevemente en las nociones que esbozaré aquí a partir de unas notas (contienen spoilers) sobre el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio en la última película de Martin Scorsese, Los asesinos de la luna (Estados Unidos, 2023), que narra los crímenes cometidos por una acaudalada familia de terratenientes y ganaderos contra los nativos osage de Oklahoma para despojarlos de sus tierras, ricas en petróleo. El personaje que interpreta DiCaprio, sobrino del jefe de la trama mafiosa que ha comprado a las autoridades del condado para que no investiguen esas muertes, es un hombre sin atributos, un joven soldado que regresa de la Primera Guerra Mundial y se somete a las órdenes de su tío hasta llegar a cometer los asesinatos más atroces, mientras que en su vida pública aparece como un apuesto padre de familia, casado a instancias de aquel con una nativa osage, a la que intentará matar también suministrándole lentamente una droga junto con las inyecciones de la recién descubierta insulina, que la mujer necesita para tratar su diabetes. La disociación que experimenta este hombre es notable en cada uno de sus gestos. Su yo público es el de un padre y marido amante y cariñoso, y su yo secreto, el de un asesino disciplinado, que actúa a las órdenes de su implacable tío sin oponerse, siendo cómplice y ejecutor de los asesinatos de parte de los miembros de la familia de su esposa. Cuando, en una de las últimas escenas de la película, esta lo confronta y le pregunta qué le ha estado suministrando, él solo puede callar, incapaz de articular una respuesta. (...)


Personajes como el interpretado por DiCaprio han sido representados en el cine en películas como Nebraska, de Alexander Payne (Estados Unidos, 2013), o en la dirigida por Sébastien Pilote El vendedor (Canadá, 2011). Se trata de seres anodinos, con una identidad social alterdirigida por un amo o por los mandatos sociales, sean estos convencionales o no. Los llamamos hombres y mujeres huecos porque el yo neural, la autoconciencia corporal y social imitativa, no alcanza a desarrollar su yo narrativo. Para comprender a estos personajes, ejemplos de la individualidad que hoy se quiere universalizar, hemos de adentrarnos brevemente en las neurociencias y en algunas teorías sobre la conciencia que nos suministrarán los conceptos de los que servirnos después en nuestro recorrido. (...)

El colapso de la competencia narrativa está asociado en caso de enfermedad neurológica y mental a los efectos del trauma físico o psíquico sufrido; por ejemplo, el que se produce en patologías graves como la psicosis o los trastornos borderline, caracterizadas por romper la continuidad del sentido del sí mismo y, con él, de la competencia para narrarse. Porque narrarse es contextualizar la historia, caracterizar a los personajes y atribuirles motivaciones –en distintos grados de profundidad, ciertamente–, e incluye la descripción de acontecimientos relevantes como el porqué, el cómo y las interacciones entre los protagonistas, así como las consecuencias del hecho y la anticipación. Es decir, narrar es unir elementos biográficos en un relato donde se busca un sentido. Incluye identificar las emociones, que se transforman e integran al elaborar el relato mismo, por lo que aprender a narrarse constituye uno de los objetivos prioritarios en el tratamiento de pacientes con trauma relacional3 o en los adolescentes en crisis,4 cuya construcción histórica y, por ende, identitaria se ve interrumpida. (...)

ambién el psicoanálisis se ha ocupado de la génesis del yo y de la conciencia, estrechamente relacionados entre sí y con el narcisismo, si bien el yo abarca más aspectos que la conciencia dado que una parte de él sigue siendo inconsciente. Para Sigmund Freud, el yo surge del desarrollo de la maduración, formado por la dinámica del aprendizaje social y por las identificaciones, esto es, por efecto de la socialización y por las marcas inconscientes que nos dejan las relaciones con los otros significativos. El yo es el encargado de lidiar entre las pulsiones y la realidad, en un intento inestable por conservar su unidad frente a las exigencias de unas y de otra. Los paralelismos entre las intuiciones freudianas, que definen el yo como una masa dominante de representaciones que se forman a partir de las percepciones tanto internas, procedentes del organismo, como externas, coinciden con la idea de integración, central para las neurociencias a la hora de hablar de la conciencia. Pero a nosotros solo nos interesa indagar en el complejo entramado de teorías neurológicas de que disponemos para mostrar que puede haber un nivel mínimo de conciencia, de yo, que no desarrolle la metacognición reflexiva, como le sucede al personaje de Leonardo DiCaprio en la película de Scorsese. Y que construir ciudadanos con un yo mínimo, podríamos llamar inocentemente acrítico y alienado, «sin ningún sentido de identidad personal», como decía Anil Seth, reflejo solo de las sensaciones y emociones que experimenta, un yo exclusivamente corporal, basado en la autoconservación y la supervivencia, es una de las aspiraciones del capitalismo digital. (...)

En la vida cotidiana, las expresiones «mejor no pensar», «mejor pasar a otra cosa» o «hazte un viaje», entre muchas otras emitidas como consejo a nuestro interlocutor cuando le acosa un problema, remiten a esa progresiva atrofia de la capacidad para narrarse que vamos a tratar de explicar: no explores, huye, corre hacia delante, evita pensar. Hay algo más –algo nuevo, a nuestro entender– en este síntoma que analizamos, y es que el pensamiento hegemónico del capitalismo digital promueve abiertamente esta atrofia para sustraer la diversidad del mundo interior particular y sustituirla por una individualidad homogénea y conformista. La atrofia se quiere generalizada, el yo crítico se requiere mínimo y la epidemia ya afecta a parte de la población en distintos grados. Nuestro mundo interno se vacía a favor de la adhesión a las propuestas del mundo externo, que nos entretienen con reclamos constantes. En los vídeos que se exponen en las redes sociales, en los testimonios que se recogen en los programas de noticias de las televisiones, preguntados sobre cuestiones que requieren algún tipo de argumento, los ciudadanos interrogados no razonan, balbucean. (...)

El investigador y escritor francés Christian Salmon ha dedicado parte de su obra a analizar la progresiva desaparición de la narración en nuestras sociedades. En su libro La era del enfrentamiento opina que han sido tres las grandes crisis narrativas que ha conocido el siglo XX.13 La primera durante la Gran Guerra; la siguiente, ligada a la segunda contienda (1939-1945), ambas vinculadas tanto a la desproporción entre los medios humanos y los instrumentos mecánicos de que se disponía, como a la destrucción de la dimensión temporal de los acontecimientos que ya señaló Adorno al observar un ritmo bélico dividido en campañas discontinuas, con sacudidas y cese completo de hostilidades. La tercera gran crisis de la narración, según Salmon, comienza con el final de la guerra fría y se extiende hasta la universalización de internet, y fue provocada por varios acontecimientos que forman parte de lo que llama espiral del descrédito. Para el autor francés, los grandes relatos de la historia, desde Homero hasta Shakespeare, que transmitían lecciones de sabiduría fruto de la experiencia, dieron paso a los storytelling, que saturan la realidad de relatos artificiales, bloquean los intercambios dialógicos y, con la universalización de las redes, nos alejan de las historias para imponer intercambios de relatos anecdóticos14 que propician el enfrentamiento comunicativo y debilitan así la confianza en el valor referencial del lenguaje. (...)

na técnica de comunicación y domesticación enfocada a transmitir mensajes que capten la atención y enganchen al ciudadano, apelando básicamente a sus aspectos más emocionales; una técnica, utilizada tanto en la publicidad como en la política, que envuelve la realidad en una red narrativa que estimula las emociones útiles para el fin que el storytelling se proponga, mediante unos engranajes narrativos que conducen a los individuos a identificarse con modelos y protocolos prescritos. Lo importante del storytelling es movilizar mediante anécdotas las emociones. El llamado giro narrativo, que se expandió a casi todas las disciplinas a mediados de los años sesenta, dio paso a las condiciones de aparición de los storytelling en los noventa, coincidiendo con la explosión de internet y los avances de las nuevas técnicas de información y de comunicación.15 Salmon analiza ejemplos de storytelling en las campañas electorales de Ronald Reagan, Bill Clinton, Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, en las grandes compañías e industrias, en la guerra y en la propaganda. Progresivamente, y como consecuencia también del avance de las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), desembocamos en la que denomina era del enfrentamiento, que comienza en 2016 con el ascenso de Donald Trump y que produce un nuevo contexto, un nuevo régimen de verdad, y la aparición de burbujas informativas independientes donde la información se elige de acuerdo con las opiniones de los usuarios, sin contrastar con los hechos, donde la falta de diferenciación entre la verdad y la mentira es la regla, pues todos los enunciados se mantienen en un régimen de inestabilidad. En la era del enfrentamiento, el ruido de la batalla en Twitter sustituye al storytelling, y las pulsiones se imponen sobre la palabra y el diálogo, hasta producir una ruptura posnarrativa, una ausencia de relato, casi un «asco por la palabra», escribe Salmon, citando a Hermann Broch. (...)

efectos de nuestro trabajo propondremos una escalada de esta desaparición progresiva de la capacidad de narrar que podríamos pautar así: la crisis narrativa que se extiende desde la Primera a la Segunda Guerra Mundial, de la que dan cuenta en su obra Walter Benjamin, Theodor Adorno y Günther Anders; el descrédito de los grandes relatos que analizaron Lyotard, Baudrillard o Sennett, que se extendería desde la caída del muro de Berlín en 1989 hasta comienzos del siglo XXI, y la disolución de la capacidad narrativa que supone la universalización de internet y la digitalización del mundo, de la que nos ocuparemos aquí más ampliamente junto con quienes también se han detenido en ella desde diferentes perspectivas. En su artículo «¿Qué puede y qué no puede hacer el psicoanálisis frente a la desazón (“malêtre”) contemporánea?», el psicoanalista francés René Kaës insiste en cómo los cambios sociales acaecidos en apenas dos decenios –en los vínculos intergeneracionales, en las relaciones hombre-mujer, en las estructuras familiares, en el trabajo y el amor– han producido modificaciones en los procesos psíquicos y en la identidad.16 Esta fragilización de lo que denomina garantes metasociales17 (metaencuadres sociales, grandes relatos, ideales, cultura) afecta al sufrimiento psíquico y al funcionamiento de la familia, los grupos y las instituciones. La caída de los grandes relatos de la modernidad, que sostenían las referencias identificatorias comunes, dificulta la capacidad de ser (...).

Walter Benjamin escribió «Experiencia y pobreza» en 1933. Este breve ensayo aborda la sensación de vacío de la generación que había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial y que ya anticipaba el comienzo de la Segunda. Benjamin observa que los soldados, jóvenes educados en el medio rural, regresaron del campo de batalla enmudecidos, sin poder contar la experiencia de haber sufrido el inmenso poder de las máquinas de guerra frente a su quebradizo cuerpo humano. Y considera que se produjo en ellos una pérdida de la capacidad narrativa. Para el filósofo, «una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo que ese enorme desarrollo de la técnica».19 Una pobreza de la capacidad para contar la experiencia que no afectará solo a las de carácter privado, sino a las de la humanidad en su conjunto. Para Benjamin, los edificios de acero y vidrio que la arquitectura de su tiempo ha creado, Scheerbart y la Bauhaus, son espacios en los que resulta difícil dejar huella a los hombres cansados y pobres en experiencias que residen en ellos; hombres que reparan el cansancio y la tristeza soñando una existencia llena de prodigios, como la del ratón Mickey; prodigios que no proceden de la técnica, sino de sus cuerpos o de la naturaleza que los rodea. (...) añade con agudeza el autor, como si hablase de hoy mismo. Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo «actual».20 Tres años después, en su famoso texto El narrador (1936), donde reproduce párrafos enteros del comienzo de «Experiencia y pobreza», Walter Benjamin insiste en que el arte de la narración está tocando a su fin. Es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad. Con creciente frecuencia se asiste al embarazo extendiéndose por la tertulia cuando se deja oír el deseo de escuchar una historia. Diríase que una facultad que nos pareciera inalienable, la más segura entre las seguras, nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias. Una causa de este fenómeno es inmediatamente aparente: la cotización de la experiencia ha caído y parece estar cayendo irremediablemente al vacío.21 Este descenso comienza, según el filósofo, tras la Primera Guerra Mundial: Con la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que aún no se ha detenido. ¿No se notó acaso que la gente volvía enmudecida del campo de batalla? En lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos.22 Un proceso que viene de lejos y que Benjamin vincula también a la desaparición del consejo como correlato de la narración de una historia en curso que ya no somos capaces de narrar, y a la difusión de la información que abunda «cada mañana», mientras que «somos pobres en historias memorables». Sin embargo, observamos cómo ese consejo oral perdido al que alude Benjamin se ve hoy sustituido por la sobreabundancia de libros de autoayuda y por los numerosos blogs y vídeos que saturan las redes de recomendaciones sobre cualquier cosa, convertidos en auténticas guías sobre cómo hemos de vivir. El consejo oral cara a cara ha perdido crédito frente al consejo que se busca en los gurús de las pantallas. Pero la pérdida de la capacidad narrativa está también vinculada a la capacidad de escuchar, que Benjamin considera asimismo en declive: Cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se impregna su memoria de lo oído. Cuando está poseído por el ritmo de su trabajo, registra las historias de tal manera que es sin más agraciado con el don de narrarlas. Así se constituye, por tanto, la red que sostiene al don de narrar. Y así también se deshace hoy por todos sus cabos, después de que durante milenios se anudara en el entorno de las formas más antiguas de artesanía. (...)

Pensemos, además, que si en 1936 el filósofo ya vislumbraba la disminución de la capacidad de escuchar, qué nos estará pasando hoy, cuando la pérdida de atención es señalada unánimemente como un síntoma innegable por quienes observan las modificaciones que la sociedad digital ha impuesto en nosotros.24 El olvido de sí mismo que Benjamin consideraba indispensable para poder escuchar resulta casi imposible en nuestra sociedad narcisista, donde la satisfacción autárquica y solipsista se impone, donde apenas existe la capacidad de construir un espacio interno que pueda acoger al otro. (...)

Pensemos, además, que si en 1936 el filósofo ya vislumbraba la disminución de la capacidad de escuchar, qué nos estará pasando hoy, cuando la pérdida de atención es señalada unánimemente como un síntoma innegable por quienes observan las modificaciones que la sociedad digital ha impuesto en nosotros.24 El olvido de sí mismo que Benjamin consideraba indispensable para poder escuchar resulta casi imposible en nuestra sociedad narcisista, donde la satisfacción autárquica y solipsista se impone, donde apenas existe la capacidad de construir un espacio interno que pueda acoger al otro. (...)

Una pérdida de atención que crece a medida que se nos bombardea cada vez más con informaciones que no podemos elaborar. Secuestrada por las redes sociales, la falta de atención homogeniza las experiencias, haciéndolas comunes y no memorables, pues la información suplanta tanto el pensamiento como la marca biográfica de las sensaciones que provoca, ya que todo se olvida fácilmente, todo cae en la vertiginosa carrera acelerada en la que se ha convertido la vida. Por citar un solo ejemplo, con el que considero que muchos nos veremos identificados, pensemos en cómo recordábamos antes a los directores de las películas que nos impresionaban. Verlas constituía una experiencia duradera. Seleccionábamos la película de acuerdo con su director o nuestras inquietudes particulares, buscábamos en la cartelera, quedábamos con amigos, íbamos al cine. De la vivencia participaban todos los sentidos y se incluía también la locomoción. Hoy homogeneizamos en nuestra memoria casi todas las películas, dada la rapidez con que podemos verlas en nuestras plataformas sin movernos de casa. Además, la mayoría de los usuarios de dichas plataformas ven las películas que estas publicitan. Cero singularidad. De todas las que vemos de este modo, muy pocas se convierten en una experiencia singular. Y esto sucede también en otros órdenes de la vida. (...)

Günther Anders, de origen judío, nació en 1902 en Breslavia (por entonces Breslau, Alemania) y tuvo que emigrar a Estados Unidos en 1936. En 1959 escribió el primer tomo de su ensayo La obsolescencia del hombre.25 Las tesis principales de este libro indispensable surgen de una visita que realizó con su amigo T. (se especula que era Theodor Adorno) a una exposición técnica, donde observó el estupor que este sentía frente a la tecnología, hasta el punto de que, según confiesa, se pasó la exposición observándolo a él y no a las máquinas. Anders sugiere una explicación para el mutismo que aquejó a T. durante la visita a la muestra, la vergüenza prometeica, que expone del siguiente modo: ante la calidad de los productos que fabrica el hombre, este acaba por compararse con ellos y se avergüenza de haber nacido de modo natural y no haber sido hecho, de no ser manufacturado. Volveré a este concepto al final del libro, pero lo que nos interesa ahora es destacar la aportación de Anders a la atrofia de la capacidad narrativa que señaló con tanto acierto Benjamin dos décadas antes que él. (...)

«Los aparatos nos quitan el habla; por eso nos transforman en menores de edad y en subordinados», afirma textualmente en el epígrafe que abre el apartado cuatro de su libro, y continúa señalando las pocas ganas de hablar que nos asisten frente a la televisión o mientras escuchamos un programa de radio; incluso los enamorados que pasean por el Hudson, el Támesis o el Danubio, con un «portable hablante», según sus palabras, no conversan entre ellos, sino que escuchan esa tercera voz, impidiéndose así voluntariamente la conversación íntima. ¿No les parece fascinante esta precocísima observación? A mí sí. Pero lo que me produce estupor, como al misterioso T. la tecnología, es la claridad con la que el autor observa un fenómeno que por entonces era tan incipiente. (...)

Por su parte, T., si este fue realmente Adorno, en su libro Minima moralia, cuya estructura fragmentaria parece anticiparse a los posts de nuestros blogs actuales, reflexiona en el exilio sobre la vida dañada, como subtitula su trabajo, de una manera dialógica, aproximándose y aproximando al lector a sus preocupaciones de entonces.26 No tiene Adorno un estilo fácil ni es demasiado grato descifrar su pensamiento a partir de estos fragmentos, lastrados algunos por el particularismo que a todos los textos imprime la época en la que fueron escritos, pero, entre los muchos temas que trata de forma casi impresionista, uno de ellos es el psicoanálisis, que critica injustamente, a mi entender. El filósofo reprocha a las teorías freudianas su capacidad para adaptar a los pacientes, haciendo que sustituyan por conceptos prestados lo que habría de ser una «autognosis singularizada». Sin embargo, es precisamente este autoconocimiento, esta autognosis, lo que está en el centro de la terapia analítica, que siempre huyó de los diagnósticos estigmatizantes, caros a la psiquiatría de entonces, para abrirse a la singularidad de cada paciente. Adorno salpica su texto de observaciones brillantes que anticipan lo que no ha hecho sino aumentar desde los años cincuenta, en que lo escribió, hasta hoy: la absorción del ámbito privado por la actividad comercial, esto es, la colonización de la vida íntima por el mercado que hoy denuncian tanto Eva Illouz como otros pensadores. Adorno señala la soledad y el aislamiento que el encadenamiento de la vida al proceso de producción genera en los hombres, que se valoran a sí mismos en términos de provecho e interpretan estas cadenas como una elección independiente. (...)



SIN RELATO: atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad.
LOLA LÓPEZ MONDÉJAR.
Premio Anagrama de Ensayo, 2024