ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


domingo, 6 de septiembre de 2026

AMOK (Stefan Zweig)



(...) quizá sólo porque hasta aquel momento me comprendía todavía a mí mismo…, como médico podía diagnosticar mi estado en todo momento. Pero a partir de entonces se apoderó de mí una especie de fiebre…, perdí el control de mi persona… Quiero decir que sabía de sobra lo absurdo que era todo lo que hacía, pero ya no tenía poder sobre mí… Yo mismo no me comprendía… Me limitaba a correr tras el objeto de mi obsesión… Aunque, espere…, quizá sí que pueda explicárselo… ¿Sabe qué es el amok? —¿Amok?… Creo recordar que se trata de… una especie de embriaguez entre los malayos. —Es más que una embriaguez…, es una locura, una especie de rabia humana…, un ataque de monomanía homicida, insensata, que no se puede comparar con ninguna intoxicación alcohólica… Durante mi estancia allí yo mismo estudié algunos casos (cuando se trata de los demás uno siempre es muy sensato y objetivo), aunque sin desentrañar en ninguno de ellos el terrible secreto de su origen… De alguna forma guarda relación con el clima, con aquella atmósfera sofocante y pesada que ataca los nervios como una tormenta, hasta que estallan… Pues bien, el amok…, sí, el amok es esto: un malayo, un hombre cualquiera, sencillo y de buena pasta, bebe su brebaje…, está ahí sentado, abúlico, indiferente, abatido…, igual que yo estaba en mi habitación… y, de repente, se pone en pie de un salto, coge su puñal y sale corriendo a la calle…, corre en línea recta, siempre derecho…, sin saber adónde… Todo cuanto se interpone en su camino, hombre o animal, él lo abate con su kris y el delirio de la sangre lo vuelve aún más furioso… Mientras corre le sale espuma de la boca, aúlla como un loco…, pero sigue corriendo y corriendo, no mira a la derecha ni a la izquierda, corre lanzando gritos agudos, con su ensangrentado puñal, siguiendo siempre esa misma y espantosa línea recta… Las gentes de los poblados saben que ninguna fuerza puede detener al loco homicida…, de modo que, cuando lo ven, previenen a los demás con gritos de: «¡Amok, amok!», y todo el mundo huye…, pero él corre sin oír, corre sin ver, derriba todo lo que encuentra a su paso…, hasta que lo matan de un tiro como a un perro rabioso o cae él mismo, exhausto, echando espuma por la boca…

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