ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sevilla Este

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Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica, perdónanos, Señor, perdónanos.

Dinero
Pablo García Casado, 

DVD Ediciones, Barcelona, 2007.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Aquella era una mujer buena.

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No había cenado (apenas tal vez un bocado en el tren antes de bajar a la cantina) y llevaba ya varias horas vagando por la noche y la estación y la ciudad, de modo que, pese a la angustia y el desamparo, pese al desconcierto y la zozobra, había llegado ya el momento en que el forastero se resignaba a la desdicha. (…) Se fue acercando, pues, despacio, siguiendo la llamada del olor y el apetito, a la luz de la ventana. A través de ella vio una mujer faenando en el interior. Era un cuarto diminuto, al que se accedía por alguna puerta interna y aparentemente secreta, pues él no conseguía distinguirla, y con una ventana cuyo alféizar, duplicado, hacia dentro y hacia fuera, hacia las veces de mostrador. (…) El forastero se acercó muy lentamente. Contó el dinero que tenía en el bolsillo, apenas unas monedas, la vuelta del café que había tomado en la cantina, céntimos, migajas, y sospechó que poco alimento podían darle a cambio de tan miserable calderilla. Se acercó pese a todo a la ventana y reclamó la atención de la mujer (…). El forastero colocó sobre el alféizar interior todo su capital disponible, una auténtica miseria en relieve desgastado de aluminio. Esto, dijo, lo que entre en esto. La mujer lo miró con cara de asombro, como preguntándose si no se estaría burlando de ella. Parece mentira, dijo con retintín, lo mismo tengo para poca masa. Y con la desenvoltura del oficio por una parte y con las muestras de desagrado que cabe expresar en movimientos imprecisos y airados por otra, cogió un junco, colocó dos churros escuálidos en tan largo atadero y se enfrentó a la ventana. Aquí tiene, dijo con evidente mordacidad. Recogió el dinero con desdén y entregó al hombre tan minúsculo festín. Entonces lo miró con las manos en jarras, que es una forma universal de interjección, y, pese a no advertir en el desconocido ningún signo de miseria, si acaso un asomo de cansancio en el rostro, la huella de una espera prolongada y sin esperanza, se compadeció de él. Espere, dijo. El forastero se acercó dudoso. La mujer le quitó el junco con presteza y decisión y colocó varios churros más en el atadijo. Ande, tome, dijo. Gracias, respondió el forastero en voz casi inaudible y se alejó lentamente, acongojado, dolorido. Era la primera vez que alguien le daba una limosna y se compadeció de sí mismo hasta tal punto que, como si se tratara de un bendito analgésico, sintió en el alma o en el pensamiento el intenso sabor, amargo y grato, de unas irreflexivas lágrimas, apenas un atisbo de calidad humedad en las mejillas sucumbiendo a la propia compasión. 
(...)
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Al principio, cuando lo vio, la mujer puso cara de sorpresa, tal vez porque recordaba al hombre que había acudido con unas monedas escasas noches atrás y veían en lo que se había convertido ahora, magullado, oscuro, herido, sucio y hambriento. Qué pronto se expanden las huellas del abandono y de la desolación, qué pronto la sombra extiende las marcas de su cicatriz donde antes hubo un semblante sereno y una mirada tranquila. Acérquese, dijo la mujer. Y el interventor se acercó con pasos lentos, miró al interior del garito, no dijo nada, no pronunció palabra. ¿Qué quiere?, preguntó. El interventor la miró suplicante, con vergüenza en los ojos. Nada, dijo. ¿Y qué hace aquí?, insistió la mujer. El interventor bajó los pies al suelo, escarbó con los zapatos en la tierra, los pies de barro, retrocedió dos pasos. Oler, dijo en voz audible apenas. ¿No ha comido usted hoy?, preguntó la mujer. El interventor negó con la cabeza. (…) La mujer se compadeció y, al tiempo que disponía una rueda de churros, iba relatando una cantinela, desgranando sus propósitos. Seguramente pensó que no podía alimentarlo cada noche por pura compasión y, sin que el interventor dijera ni preguntara ni pidiera nada, la mujer le dijo que tenía que recurrir a quienes estaban para ayudar a los transeúntes, que tenía que presentarse en el ayuntamiento, donde había un concejal de pobres, de la beneficiencia, o podía ir a donde los hervacianos, (…) o las hermanitas de la caridad (…). Cuando terminó con el catálogo de la filantropía, le ofreció una rueda completa de churros. Pero no se empique, dijo al entregarle el festín. El interventor le dio las gracias y se fue alejando, comiendo con voracidad y haciéndose la promesa de no volver jamás, porque con toda seguridad aquella era una mujer buena y, si él insistía en su mendicidad, antes o después ella tendría que dejar de socorrerlo.

Paradoja del interventor 
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Los libros del Oeste/Tusquets

martes, 10 de septiembre de 2013

La historia es nuestra. Y la hacen los pueblos.

No puedo imaginar nada más triste que ser fascista en Chile: llevan 40 años intentando matar a Allende y no lo han conseguido todavía...


lunes, 9 de septiembre de 2013

Que tenemos que hablar de muchas cosas...


(Foto extraída del perfil de Facebook de Manolo Finish, gran fotógrafo que, hoy, como muchos otros, debe estar bastante triste.)

miércoles, 5 de junio de 2013

"Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es mi casa."

Hace 115 años nació García Lorca.
Escribió mucho y muy bien y, después, le mataron los fascistas.
Más tarde, nosotros hicimos esto con sus versos.
(Pobre Federico)


viernes, 17 de mayo de 2013

Todo irá bien

San Enric González escribe un artículo brillantísimo hoy en El Mundo que reproduzco a continuación sin ningún tipo de permiso:

EN GENERAL, se tiende a creer que Europa reaccionará. Que después de las elecciones alemanas, en otoño, la Unión enderezará el rumbo hacia el crecimiento. Que la economía no llegará al colapso. Que el euro resistirá, porque su destrucción tendría efectos inconcebibles. Que todo esto, al final, acabará saliendo bien.
Hay que esperar que así sea.
También en 1914 había esperanzas. La guerra era inevitable, pero no iba a durar. Los generales de uno y otro bando sabían lo que hacían: habían estudiado a fondo las campañas napoleónicas y el conflicto franco-prusiano y garantizaban unos movimientos masivos y vertiginosos de la infantería, dotada de transportes y de armas automáticas. La gente vitoreaba a las tropas que partían hacia la guerra-relámpago. Cuatro años más tarde, en 1918, sobre una Europa traumatizada se alzaba una montaña de nueve millones de cadáveres.
Esa guerra era la última, se dijo.
Alemania, sometida a profundas convulsiones políticas tras la caída del Kaiser y al pago de reparaciones de guerra, entró en una fase de hiperinflación. En 1930, sofocada el alza de precios, el canciller Brüning aplicó una política deflacionista. Lo que llamamos devaluación interna. El principal objetivo de Brüning consistía en cumplir con el pago de las deudas para que siguiera llegando crédito, y los acreedores no aceptaban cobrar en moneda devaluada. Era necesario, por tanto, devaluar todo lo demás. Bajaron salarios y precios. El desempleo aumentó de forma vertiginosa. No hace falta subrayar la similitud con ciertas situaciones de hoy. Sólo tres años después, Adolf Hitler ocupaba la Cancillería de Berlín.
En la primera mitad del siglo XX, la historia del continente es la historia de un suicidio colectivo. Nos acostumbramos a pensar que eso quedó en el pasado. La convergencia económica y política trajo paz y prosperidad.
No hemos tenido demasiado en cuenta, quizá, las condiciones excepcionales en que se desarrolló ese proceso virtuoso. La Guerra Fría suponía una amenaza, pero también una garantía de estabilidad. Las dos Alemanias permanecían ocupadas por las potencias vencedoras, aunque se notara mucho más la ocupación soviética en la RDA. Y Europa disponía de una élite política que había conocido personalmente los horrores del pasado.
Aún no sabemos si el paréntesis es la crisis actual, o si el paréntesis fue la Europa rica y pacífica a la que nos acostumbramos durante décadas. Aún no sabemos si Europa se ha curado ya de sus tendencias suicidas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

En la plaza (un poema de Vicente Aleixandre)

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

(Vicente Aleixandre)

martes, 7 de mayo de 2013

Marca España

No sé si se han fijado, pero la "marca España", más que tener solera, huele a rancio.

miércoles, 3 de abril de 2013

Agamenón y su porquero

Yo no sé si las declaraciones de Montoro (acerca de que en el 2013 se acaba la crisis) no me han inspirado ninguna credibilidad por venir de un ministro que ha hecho una amnistía fiscal para blanquear el dinero de los mafiosos de su partido o por haberlo dicho en un foro organizado por un pseudopanfleto llamado "La Razón", pero ojalá me equivoque.

martes, 19 de febrero de 2013

Machismo

Todavía hay demasiado machismo. En este país no habrá verdadera igualdad hasta que una mujer pueda favorecerse de los viajes, coches y regalos que La Mafia regala a su marido y poder seguir en su puesto de Ministra sin ponerse ni "colorá"

miércoles, 13 de febrero de 2013

La revolución

“En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.

Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese ‘cierto tiempo’. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución. Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna. Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez ‘cierto tiempo’ también se mostró impotente.

Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio —es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba. Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario”.

La revolución, de Sławomir Mrożek. Perteneciente a la obra La vida para principiantes
© de la traducción, 1995 Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles y Quaderns Crema S.A.U.

lunes, 11 de febrero de 2013

Plasencias y Valverdes




Plasencia siempre ha sido una ciudad provinciana con ínfulas de una grandeza que, en realidad, nunca tuvo y, aparentemente, está lejos de poder llegar a tener jamás. Así, dicen, poco después de su fundación como simple emplazamiento estratégico por parte de Alfonso VIII, fue “refundada” como “Ciudad Libre” y amparada bajo el ampuloso lema "Ut placeat Deo et Hominibus" (Para agrado de Dios y de los hombres). Posteriormente, cuentan, luchó por mantener su realengo, es decir, el dudoso honor de ser propiedad exclusiva de la Corona (cada cual elige sus cadenas) y, desde entonces, ha sabido mirar con suficiencia incluso a ciudades mayores, más bonitas y más prosperas. Pese a todo, o quizás en parte gracias a ese aire de falso aristócrata arruinado, es un sitio apacible, donde se puede comer, vivir y beber bien y donde resisten (y, últimamente, están abriendo) bares que merecen la pena.
Plasencias, por su parte, es un poemario magníficamente editado por de la luna libros sobre las andanzas en una ciudad provinciana de un yo poético que pasea, siente, recuerda y resiste. Y, sobre todo lo anterior, escribe. Su autor es Álvaro Valverde (Á.V. de aquí en adelante) que, que yo sepa, nunca ha tenido las ínfulas que su grandeza podría provocarle y cuyo aspecto de aristócrata es, sin duda, más estético que poético.
“Habito una ciudad de la memoria./ Me obliga a ello/ la pobre realidad que determina/ la imagen que refleja”, se disculpa Á.V. en el inicio del primer poema del libro, “Memoria de Plasencia”, que ya incluyera hace cierto tiempo en A debida distancia y que constituye una introducción magnífica para los distintos prismas callejeros que determinarán el libro, esto es, un recorrido errabundo por distintos lugares (de paseo, de camino al trabajo, en coche y/o recordando) donde se desarrolla “(…) una existencia/tan común y distinta como todas”. Y ese deambular anodino (“cifra/ de la vida a que aspira quien resiste) se torna universal a través de, por ejemplo, “Calles secundarias”, “Junto al río” por “Periferias” y “Conventos” y el lector entiende que el plural de “Puerta del Sol” no es gratuito ni se refiere solo al poeta y su abuela Feliciana: a fin de cuentas, a todos “Entre verso y pespunte/ se nos va la existencia”.
Servidor, que solo se siente patriota en algunas manifestaciones y orgulloso de su tierra al leer algo de Gonzalo Hidalgo, Juan Ramón Santos o Gabriel y Galán, admite que necesitaba un guía afectivo para su propia ciudad, ahora reconocida, revalorizada y pronto, seguro, releída. Pero, más allá de desapegos particulares que a nadie importan, lo vital es la forma en que Á.V. hace suya la máxima de John Dewey, “lo local es lo único universal”, logrando, como ya hicieran anteriormente otros con Murania o Aracia, levantar un territorio para agrado, no sé si de Dios, pero sí seguro de los hombres. O, al menos, en este caso, de aquellos que aprecian la buena poesía.

viernes, 1 de febrero de 2013

Entre falsas promesas de un mundo habitable


TIERRA
Apretar el gatillo sería lo correcto.
Y dejar para siempre de agachar la cabeza.
Un disparo certero entre los ojos
es el remedio a nuestros problemas.
La vida cansa y cansan los políticos,
las ideas mezquinas de un rebaño
decadente. Es tiempo de poetas
y de asesinos, tiempo de suicidas
y violadores, tiempo de actuar.
Porque cansa la vida y la verdad cansa,
la verdad putrefacta y única que nos venden,
que nos hacen tragar como cartón mojado
entre falsas promesas de un mundo habitable.
Es tiempo de actuar, tiempo de cambios.
El cargador está lleno y las balas
esperan, impacientes, su destino.
Pero no, siempre habrá alguien en la sombra,
un verdadero dios bañado en sangre
que manipule nuestras intenciones,
y se apodere de ellas, y las reduzca a polvo.
Siempre habrá una mano que maneje los hilos
y nos haga comer frente al televisor,
con el silencio familiar más triste,
mascando las imágenes que mecen nuestro sueño.

(Alberto Tesán)