«Respetad la polla. Grabaos esta idea. Yo soy el que manda.
Yo soy el que dice sí. No. Ahora. Aquí.
Porque es universal, tíos, es evolutivo, es antropológico, es biológico, es animal.
Nosotros somos hombres».
Magnolia, P. T. ANDERSON
«Follar es como ir a misa, ya sabes lo que va a pasar». La frase pertenece al primer capítulo de Autodefensa, una de las mejores series que he visto en los últimos años y una de las que más palos recibió. Si el mayor miedo que tenemos los hombres es a que se rían de nosotros, como sostiene la escritora Margaret Atwood, la serie lo hace de forma cruel y despiadada, sin buscar en ningún momento la complicidad o el codazo amistoso. No hay guiños. No hay una caída de ojos al final que indique que todo es un paréntesis irónico. Vale, chicos, sabemos que nos hemos pasado. En realidad, queremos entenderos y reírnos juntos. Para nada.
Lo que la serie deja muy claro es otra cosa: no nos importáis. Sois prescindibles para pasarlo bien o para pasarlo mal, como hemos sido nosotras en vuestras historias. No queremos oíros ni que nos miréis. No queremos vuestra validación. No os admiramos, no os escuchamos, no os
amamos y, por lo tanto, no os vamos a cuidar. Da igual si sois nuestros padres o hermanos. No nos vamos a hacer cargo. Nos hemos dado cuenta de que sois ridículos y ya no tenemos miedo a cómo podáis reaccionar.
La serie sigue la vida de dos mujeres jóvenes en Barcelona que tienen los nombres de las creadoras, Berta y Memé. Con un cambio de roles de género, su actividad encaja con las llamadas buddy movie o películas de colegas de la cultura Bro, donde se refleja la vida despreocupada y hedonista de la juventud masculina, ávida de experiencias antes de acabar
en las dulces, pero asfixiantes garras del matrimonio. Son dos mujeres que se van de fiesta sin miedo a ser atacadas; dos mujeres que dicen que no y que dicen que sí, pero que no se enamoran porque no nos toman en serio; dos mujeres que hacen todo lo que hemos hecho nosotros en las pelis: tener la casa hecha una mierda, consumir drogas, reírse de las emociones ajenas, despreocuparnos de la logística, no cuidarse físicamente, ridiculizar la implicación de la persona con la que acabamos de estar o, en el último capítulo, mear en la calle. Es complicado que los hombres no sexualicemos un cuerpo femenino y es casi imposible que no sexualicemosun sexo femenino. Esta serie lo logró. No se maquillan, no se depilan, no buscan una luz favorecedora, no son amables, no quieren agradar, no buscan la mirada. Ellas son mirada. Es decir, antiporno. Dos pijas, señalaron las críticas. No sabemos de dónde sacan el dinero, cómo se pagan ese piso. Están todo el día de fiesta. No hacen más que follar y drogarse. No se toman nada en serio. Son una caricatura que no refleja los problemas reales que sufren los jóvenes, como la precariedad laboral o el acceso a la vivienda. Más o menos, todo eso se dijo, otorgando a la serie un componente de representatividad que sorprendió a las
creadoras, pero que encaja con el modelo social donde el varón blanco heterosexual es «lo uno» y todo lo demás es «lo otro». Somos el centro.
Hablamos por nosotros mismos o encarnamos a toda la humanidad, mientras que las otras voces son genéricas y representan a su grupo concreto. Carecen de esa capacidad de individuación porque son periferia. Aún hoy, existe la idea de «literatura» y «literatura de mujeres». De hecho, las mujeres aprenden a amar a los hombres en su individualidad, mientras
que los varones nos socializamos en que ellas nos atraigan en su esencia genérica. Algo que se resume en las bromas de tipo «me gustan todas».
Señalar la falta de realismo era algo muy revelador porque, en general,la narrativa española es introspectiva y suele eludir todo lo que tiene que ver con las condiciones materiales. Durante años, mantuve una apuesta con las y los asistentes a mis talleres de lectura y escritura: si me traían diez narraciones sobre la crisis de 2008, invitaba a todo el mundo a unas cañas. Podían ser novelas, libros de cuentos, películas o series. Nadie lo logró. Creo que ahora esa lista sí podría hacerse, aunque con una presencia mayoritaria de la autoficción. Es decir, cómo me ha afectado a mí la crisis.
El realismo tiene mala suerte en España. La movida acabó con el cine quinqui, la novela psicológica con la generación de los cincuenta y así podríamos seguir repasando cómo, desde el misticismo, no nos gusta la gente que explica lo que sucede.
Como sostiene la filósofa Florencia Abadi, «el absoluto patriarcal es el reino de los seres que no reconocen haber recibido nada», algo que comienza desde el origen. Aceptamos proceder de una madre, pero no del deseo de una mujer. La Virgen concibió y fue concebida sin pecado: la Inmaculada Concepción, un dogma del puritano siglo XIX. Para Abadi, el origen de la misoginia es la envidia de la capacidad creadora de la mujer.
Los hombres hacemos, queremos hacerlo todo, pero no podemos hacer lo más importante.
No hemos escrito, pintado o investigado por ser más capaces, sino porque el trabajo de esas personas, disfrazado de amor o producto de la coacción, nos daba el tiempo necesario para hacerlo. También, porque teníamos estructuras de poder formales o informales para cerrar el paso y que el mundo y la historia fueran una conversación entre caballeros. Por último, cuando había algún fallo del sistema y alguna mujer se colaba, solía ser arrinconada inmediatamente. Los escritores de cierta edad se quejan cuando se recupera a alguna autora ya fallecida y hablan de inclusión forzada, quizá para no pensar que lo impuesto era lo otro. Es decir, la situación anómala fue la que permitió tener tanto espacio a un porcentaje muy pequeño de la humanidad. Siempre es duro darse cuenta de que no eres tan bueno y, aún peor, que quizá el mundo que viene no te recordará porque la estructura que permitió tu carrera está desapareciendo. De ahí, la reacción actual.
Es lógico que, a nivel general, los grupos que han tenido ciertas cuotas de poder reivindiquen ese viejo contrato social basado en la exclusión y la desigualdad cuando se resquebraja el que lo sustituyó, basado en la inclusión y la redistribución. Es decir, la fuerza y la ley. Si los derechos humanos están en crisis y la movilidad social se percibe como algo roto, puedo refugiarme en mi paraguas particular como europeo, hombre, blanco, heterosexual o propietario y defenderlo de forma agresiva. Si la política no me ofrece esperanza, ciertos relatos pueden darme certezas.
Son caminos opuestos, pero llegan al mismo lugar: seguridad emocional, la sensación de tener el control.
«Una vez que dejemos de valorar más lo público que lo privado, seguramente estaremos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley, el bien público por excelencia, que la fuerza», sostenía el historiador Tony Judt. Si las estructuras públicas y generales de bienestar se degradan, no es extraño que los grupos sociales se refugien en otros aspectos, como lo cultural, y traten de construir redes segregadas y, además, que lo hagan de una forma cruda, tanto nativos como migrantes.
Se habla de los problemas de integración de la gente que llega a un sitio, pero deberíamos pensar que el principal problema es que los que ya estaban no quieren formar un grupo común. La hospitalidad era un deber histórico en culturas como la griega o la cristiana.
Como el modelo propone la competición como formato para hacerse con los recursos, esas redes estarán basadas en la homogeneidad y su actuación tendrá un componente violento que, salvo que sea necesario, no pasará de lo lingüístico o la representación, pero también puede concretarse. Discursos que se susurraban, como el machismo o el racismo, se presentan de forma explícita y ganan legitimidad con el fin de asustar a otros grupos para que no compitan por los mismos recursos. Es la funcionalidad clásica de la violencia contra «el otro». No es cuestión de que no estén, sino de que no crean tener los mismos derechos. Eufemísticamente, a esa segregación del espacio público se le llama «un mundo ordenado».
Vuelve Berta a hablar: a todos los hombres, solo se les exige que sean una buena persona. Yo hago los deberes, soy ordenada, he sido cuatro veces la delegada de la clase, siempre llego puntual y además soy muy creativa. Participo en todas las actividades del cole. Hago música, danza y teatro. Soy mejor que Dídac Nadal. La empatía es una virtud tradicionalmente femenina igual que la confianza es masculina. Es muy extraño oír hablar a una mujer con esa seguridad, explicitando sus logros o virtudes. De hecho, es más habitual el autodesprecio y, por ejemplo, hablar de sus proyectos con diminutivos. La mujer ambiciosa ha sido castigada en los relatos clásicos, siempre hay un lobo para quien se sale del camino. En nosotros, es lo que se espera. Eres un hombre, puedes hacer cosas, tienes que hacer cosas, tienes que decir las cosas, tienes que protagonizar las cosas.
Desde el patio del colegio, los hombres estamos socializados en la ocupación del espacio. Señalamos las porterías y, tras expulsar los comportamientos tradicionalmente femeninos, competimos con otros hombres. Mientras nosotros estamos concentrados en la actividad, ellas tienen que estar atentas, vigilar, hacerse cargo. Es decir, estar a varias cosas a la vez, una capacidad que parece innata. Si recibes un balonazo, es que te pusiste en peligro por estar en el lugar inadecuado, una enseñanza que luego se aplica a cualquier espacio. De todos los deportes, el fútbol es donde las mujeres han recibido más inquina cuando han buscado participar en igualdad de condiciones. La clave es que no es un deporte, sino un territorio, lo mismo que los videojuegos. El gamergate fue una campaña de ciberacoso que comenzó en 2014 a las mujeres de la industria de los videojuegos en foros y redes sociales. Aunque esté gestionado por empresas privadas y las administraciones hayan desistido, hablamos de segregación en un ciberespacio que debería ser público.
El porno también es un territorio. Como sostienen Analía Iglesias y Martha Zein, el porno es una utopía de pollas sin problemas de erección ni rendimiento, vulvas abiertas e hinchadas, anos blancos sin mierda ni dentro ni fuera. Más rápido, más fuerte, más duro. Es una utopía
masculina. Es el país de las maravillas donde seguimos siendo los fuertes, los proveedores, los empotradores, los que deciden, los que monopolizan la actividad, los que controlan el relato. Es un refugio donde nuestros deseos se cumplen, nuestra voluntad se impone, se mantienen los
privilegios, la estructura de poder está inalterada y nuestra superioridad queda clara constantemente. Si, como decía Virginia Woolf, los hombres buscamos un reflejo que nos engrandezca, el porno es el gran espejo trucado. Es una de las construcciones sociales que convierten la diferencia en desigualdad.
¿Qué pasa si nos da la gana ser unas zorras o unas tontas o unas flipadas?, dice Memé. ¿Qué pasa si no queremos tu puta opinión, qué pasa si no queremos que intervengas en nuestra conversación? ¿Qué pasa si te pasamos la mano por la cara? Nada, se responde en la serie. El porno recupera la respuesta tradicional: me da igual lo que pienses porque haré lo que quiera. Todo ajuste en la estructura binaria toca hueso. Que las mujeres pudieran votar o trabajar significaba destruir la división público-privada. Que las mujeres ejercieran su libertad sexual, sostiene Clara Ramas, significaba destruir el único modo posible en que los hombres han adiestrado su deseo, como posesión y depredación. (...)
En el porno, el no de las mujeres puede ser cuestionado y es habitual que sea el argumento central de la escena. Uno de los puntos excitantes es invadir el espacio y romper la resistencia inicial. Es decir, vencer el obstáculo, plantearlo como un desafío. Puede ser mediante la palabra, el dinero o la violencia, ya sea como amenaza o concretada. También, como explosión histérica al ver el físico masculino. Otro argumento habitual es la incapacidad de las mujeres para mantener el control de su propio cuerpo al ver una polla descomunal. Como explica la filósofa Mónica Alario, el derecho a la autonomía sexual de las mujeres, marcar límites respecto al acceso a su espacio, entra en conflicto con el deseo de los hombres de acceso total. Solo un igual puede restringir. El porno manda un mensaje claro: sucederá. Más que deseo o encuentro, el porno muestra la manifestación de la voluntad neoliberal: lo hago porque puedo.
De nuevo, la dinámica actividad-pasividad. Los hombres hacen, las mujeres admiran; los hombres hablan, las mujeres escuchan; los hombres empotran, las mujeres dilatan. En la visión clásica, el cuerpo de la mujer tenía un papel pasivo en la reproducción y era el horno donde se
desarrollaba el ser creado por la semilla masculina. El porno recupera el esperma como elemento protagónico, ya no tanto como potencia creadora, sino como muestra de dominio. Marca terreno. La subversión que propone la serie no es tanto que las mujeres hagan y hablen, algo casi asumido y recogido en buena parte por las leyes europeas, sino que las mujeres no
admiren y no escuchen. La clave es el abandono del otro espacio simbólico que, si queda vacío, ¿quién lo ocupará?
La maternidad forma parte de ese territorio y es una actividad insustituible. Lo que la serie presenta sutilmente y con humor es el fantasma que recorre Occidente: las mujeres ya no quieren formar familias y es algo que va más allá de los salarios o el acceso a la vivienda. No
quieren asumir una doble o triple jornada laboral. No desean compartir su vida con gente con la que no comparten una visión del mundo. Están hartas de cargar con gente aparentemente adulta que no solo no se ocupa de la crianza, sino que hay que pedirles cita en el médico. Ellas tienen formación y empleo, y ya no quieren sacrificar su vida para otros.
PORNOCRACIA. (Por qué el mundo actual nos agota
y qué podemos hacer con el deseo)
JORGE DIONI LÓPEZ

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