ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


sábado, 28 de febrero de 2026

Lo mejor de MAJARETA (Juan Manuel Gil)

 

MAJARETA es, sin duda, como todas las de Juan Manuel Gil, una gran novela...
Sin embargo, tengo que reconocer que me ha sorprendido tanta unanimidad aseverando que se trata de "su mejor obra"... Yo, que le he leído todo, y todo con enorme gusto, situaría INCLUSO por encima Trigo limpio...
Pero, como ya digo, la unanimidad en reseñas como las que adjunto, muestran que mi opinión, completamente subjetiva, seguramente esté equivocada:


Yo estudié allí los tres primeros cursos de EGB, porque luego me matriculé en un colegio público que construyeron cerca de casa. Ya te adelanto que esos alumnos eran animales de granja intensiva. Tengo el recuerdo imborrable de verlos el primer día de clase, después del verano, con sandalias de goma apretujándoles los dedos, algunos sin camiseta y dándose raspones en la cabeza. Al parecer, según me contó mi madre, la cosa fue mejorando con el paso de los años, y no hace mucho me enteré de que ahora es un colegio decente donde la prensa hace cola de vez en cuando por si hay algún caso de acoso escolar. Pues no sé qué es peor, la verdad, si las sandalias de goma o las ensaladas de hostias. (...)

Era el primero en levantarse y el último en acostarse. Bienvenidos sean los raros si cumplen con sus menesteres tan apasionadamente, ¿no te parece? Hasta donde a mí me dijeron, este hombre no se metía en ningún problema. Y quizá, si lo pensamos un segundo, eso sea lo más sospechoso de todo. ¿Quién no se mete en problemas hoy en día? Lo queramos o no, la vida está como está, y problemas llegan, y algunos con una cara de perro de la hostia. No sé si me explico. Cuando yo me cruzo con alguien que evita a toda costa los problemas me hago esta pregunta: ¿de qué no quiere que me entere? A lo mejor es que soy muy paranoica para estos detalles, pero he acertado muchas veces. Este hombre trabajaba en un colegio donde el anterior director había sido despedido por no se sabe bien qué pero todas nos imaginamos; donde el jefe de estudios daba rienda suelta a prácticas un tanto inquietantes; donde algunos de sus alumnos han ocupado la portada del periódico por grabar a alumnas en los aseos. ¿Te parece un sitio donde no vayas a tener problemas? Porque a mí no. Te pongas en el lado que te pongas, vas a tener que esquivar y recibir alguna pedrada. Cuando él aceptó vivir en la casa del colegio, mi madre se ofreció, junto con el resto de las compañeras de la limpieza, a desalojar todo lo que allí se almacenaba y a esclarecer unas habitaciones que quizá nadie había utilizado antes. Él no dijo ni que sí ni que no, de modo que ellas se pusieron manos a la obra. En dos fines de semana todo estaba listo. Supongo que él también arrimaría el hombro, no tengo constancia de lo contrario. Lo que sí sé, y dudo mucho que yo llegue a olvidar algo así, es que mi madre, el día que le hizo entrega de la llave de llaves, la que abría el armario metálico donde se guardaban y ordenaban todas las demás, le deseó suerte y le dio un abrazo que, según ella, no fue correspondido o, al menos, no supo devolver. Y aquí, en este momento, imagina un buen silencio, lo largo que tú quieras, y, si me apuras, un poquito más, para subrayar que no es ese abrazo lo que nunca olvidaré, sino las palabras que él pronunció, muy bajito, casi a modo de susurro, justo cuando tuvo su boca junto a la oreja de mi madre: Muchas gracias, mamá. Te lo repito por si no lo has escuchado bien: Muchas gracias, mamá. ¿Qué? ¿Qué me dices? Con veintitantos años en las alforjas, confundió a mi madre con la suya. Ay, amigo, no quiero pecar de suspicaz otra vez, pero me da a mí que a este tipo ya por entonces se le estaba llenando la cabeza de oscuridad. (...)

Fácilmente te hablo de 1979 o 1980, que estaríamos cursando quinto o sexto de EGB, o puede que octavo, yo qué sé, hace mucho de aquello. La comunión más que hecha, revolucionados con las niñas y obsesionados con tener pelos en los huevos. Ese podría ser nuestro curriculum vitae de entonces. Mi relación con él siempre fue dentro del colegio, nunca en la calle, porque ese chaval pertenecía a los internos de la residencia escolar, que estaba en un edificio anexo. Me refiero a nuestro antiguo colegio, no a ese del que ahora todo el mundo habla y del que él ha sido conserje su vida entera. El nuestro estaba, y sigue estando, vamos, que estas cosas no se mueven, en el centro de la ciudad, y tenían preferencia de matrícula las familias del campamento militar. Así que alguna relación debía de tener él con el ejército. No sé cuál. El padre no era de la milicia, eso sí te lo puedo decir sin temor a equivocarme, porque venía a recogerlo algunos viernes, muy pocos, y la hechura de ese hombre no casaba con el uniforme. Dispongo de un radar para detectar estas cosas. Para ser preciso, lo tengo en la espalda, que es donde mi padre me daba con los tirantes coloreados con la bandera de España. (...)

Que ahora el personal quiera ponerse a buscar en los detallitos una gran explicación a lo que les ha hecho a esas criaturas, pues perfecto, adelante, si aquí hay libertad de expresión, faltaría más. Pero que sepas que antes de que ocurriera nada, todos pensaban lo mismo en este barrio: el conserje tiene un golpe en la cabeza. Ahora bien, también entiendo que si estoy en lo cierto, si mi planteamiento es el correcto, pocas páginas vas a escribir tú. Cuestión por la que desde ya me declaro personaje irrelevante en tu nuevo libro. A veces, por suerte, las cosas son exactamente lo que se aprecia a primera vista, porque si no el mundo sería un lugar agotador. Y si al conserje del colegio, durante toda su vida, lo han llamado loco, rarito, grillado, majareta, maniático, ido, trastornado y artista, es porque el humo de ese incendio se contemplaba desde bien lejos. (...)

Y que conste que yo no tengo nada contra él. Ni ahora, que ha metido la pata hasta el cuello, ni antes, que se dedicaba a actuar como un perturbado. Porque, dentro de lo que cabe, este hombre no es el peor que tenemos en el barrio. Aquí vamos bien servidos. En cualquier caso, yo a quien traté más fue a su padre, un hombre que no era de aquí y, por tanto, nunca dejó de ser un desconocido. Tuvo épocas de todos los colores: la de no salir de la farmacia, la de frecuentar bares y extraviarse más de la cuenta, la de discutir con su hijo en mitad de la calle y la de ayudar a los de la parroquia día y noche sin que nadie supiera por qué. A gusto del consumidor, vamos. Por muy farmacéutico que haya sido, jamás he envidiado su vida. Y eso que a mí me ha tocado un hijo vago y otro escritor, que no sé si vienen a ser una misma cosa. (...)

Sacaba libros en todas las direcciones que una pueda imaginar. De uno sobre fundamentos de la filosofía pasaba a un atlas histórico mundial y de ahí se encaminaba hacia un ensayo etnográfico o un catálogo de arte prehispánico. Te aseguro que no había semana que no me sorprendiera con sus elecciones. Una de aquellas veces me pidió un libro sobre los principios básicos de la química moderna, y yo, contagiada por su misma curiosidad, le pregunté si por casualidad conocía a los fundadores de todo ese tema, a los alquimistas. Recuerdo cómo abrió los ojos más de la cuenta. Tuve la impresión de que se quedaba solo allí mismo, frente a mí, delante de dos mujeres que esperaban su turno. Supongo que no imaginaba que fuese a implicarme de ese modo en su propio interés. Me dijo que no los conocía y se dio media vuelta. En cuanto estuve en la biblioteca, busqué entre los ejemplares expurgados hasta dar con un librito que en mi labor de ordenar y descartar había pasado por mis manos en unas cuantas ocasiones. Se trataba de un breviario que abordaba el tema de los alquimistas a lo largo de la historia, lleno de pequeñas láminas, figuras y esquemas, publicado por la Fundación Recreo en los años cincuenta. Aunque era un breviario tan bello como sencillo, esa colección estaba marcada por la desgracia: la humedad de esta ciudad la hacía trizas por mucho que la restauráramos. Así que cogí uno de esos pequeños volúmenes medio descuajeringados y, en mi siguiente visita al barrio, se lo regalé con una anotación, no de mi autoría pero sí de mi puño y letra. Decía así: «¿No nace, por ejemplo, el oro de la piedra que lo encierra, como la almendra de la pulpa que la cerca?». Quizá te preguntes cómo demonios recuerdo con tal precisión este episodio. Casi palabra por palabra, hecho por hecho, detalle por detalle. Supongo que la respuesta vive implícita en lo que viene a continuación. Cuando Leo tomó entre sus manos La alquimia, ese era el título del libro, se le coloreó la cara como le habría ocurrido a un niño que escucha un cumplido en mitad de clase. (...)

Una noche pones el despertador para levantarte antes de que despunte el sol, y a la siguiente ya no hace falta que lo hagas más, ya puedes tirar el despertador a la basura y quedarte debajo de las sábanas hasta que te entren ganas de abrirte una lata de atún y un vasito de arroz precocinado. Día tras día hasta el último día. ¿Cómo se le llama a eso? ¿Una vida nueva? Una vida nueva es que te amputen las falanges de ambas manos en quinto curso de piano o que vayas a por el segundo hijo y te vengan trillizos. Esto que le hicieron a él fue sangrarlo como a un marrano y dejarlo con apenas un hilo de vida para que pudiera seguir tirando. Mira, Leo, que a partir de ahora ya no tienes que hacer primero lo que va primero, ni después lo que va segundo, ni, por supuesto, más tarde lo que va tercero. Y se quedaron tan a gusto, oye. Si te roban tus obligaciones y el orden que las soporta, sabes de sobra que lo que va a reinar a partir de ese momento es el caos. Y en el caos caben muchas cosas.
MAJARETA.
JUAN MANUEL GIL.
(SEIX BARRAL, 2026)

No hay comentarios:

Publicar un comentario