ARREBATOS ALÍRICOS
Me fui sobreviviendo como pude
(José Luis Piquero)
domingo, 21 de mayo de 2017
sábado, 20 de mayo de 2017
Simón Viola escribe sobre la antología "Piedra de toque"
El crítico Manuel Simón Viola dedica esta entrada de su blog a la antología Piedra de toque y selecciona el poema "Carta abierta de lo que quedaba del Víctor Peña de 19 años al actual Víctor Peña antes de desaparecer para siempre".
Preparada por Daniel Casado (poeta trujillano autor de poemarios como El viento y las brasas, El proyector de sombras, Oscuro pez del fondo, Secretos que contar y La segunda mirada), Piedra de toque, que ahora publica la Editora Regional de Extremadura, es una antología de jóvenes poetas (todos ellos nacidos después de 1980) presentados en el texto introductorio por el prologuista como la poesía emergente de la región en la actualidad, un momento marcado no tanto por un cambio novedoso de referentes como por una transformación, esta sí radical, en la difusión de los textos, pues al contenedor tradicional de la poesía (el libro, del que esta antología es una buena muestra) se suman otros formatos, como blogs, performances, jams, sesiones de micrófono abierto…, que están alterando por completo, y de modo especial en el caso del género lírico, la relación entre escritor y lector, hasta el punto de que la poesía de este nuevo siglo -considera el prologuista- “encara así un nuevo reto: seguir siendo auténtica, singular e inolvidable en la época de la reproducción instantánea, el consumo masivo y el olvido inmediato”.
En la selección participan poetas como Álex Chico, Urbano Pérez Sánchez, Fernando de las Heras, Ángela Sayago Martínez, Úrsula Rodríguez, David Yáñez, Fernando Pérez Fernández, Julián Portillo, Francisco Fuentes, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Ángela Cayero, Francisco Naranjo Lanchazo, Antonio Rivero Machina y Patricia Amigo. Reproducimos una composición de Víctor Peña Dacosta, autor de los poemarios La huida hacia adelante (La Isla de Siltolá, 2014) y Diario de un puretas recién casado (Liliputienses, 2016).
jueves, 18 de mayo de 2017
Ya sobreviví a mi propio holocausto
Si esto es un hombre
La primera patrulla rusa avistó el campo hacia el mediodía del 27 de Enero de 1945 (…) Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, intercambiando palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos (…) No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que sellaba sus bocas y clavaba sus miradas sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones y cada vez que teníamos que soportar un ultraje o que asistir a él: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa en la que incurre otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.
PRIMO LEVI
Yo siempre he sido el niño que se aguanta la risa
en el segundo banco de la iglesia
antes de engullir la hostia consagrada.
Un subdelegado votado medio en broma
que reclama imparcialidad ante los exámenes.
Siempre he sido la mancha en la pared
con complejo de rueda de repuesto.
El bufón llorando en el entierro de un amigo.
Yo soy aquel que por las noches te describe.
Ya sobreviví a mi propio holocausto.
Confieso que escribo en verso por pura pereza.
La huida hacia delante,
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2015
martes, 16 de mayo de 2017
"Diles que no me maten" (relato de Juan Rulfo)
-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.FIN
lunes, 15 de mayo de 2017
"Hijos de la bonanza", nos llamaban
«Hijos de la bonanza», nos llamaban.
Los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.
Y cuando nuestras piernas, tan delgadas,
caían y sangraban porque el parque
era de un hormigón armado y frío,
se quedaban callados, observando
nuestro llanto con un gesto de sorna.
Debíamos vivir y dar las gracias
por la ocre rozadura en la garganta
que provocaba el aire al refugiarse.
Agradecer las flechas de las nubes
y que un fango lechoso a nuestros pies
–en un último gesto agonizante–
le mordiera las botas al progreso.
¿Y cómo agradecerles la alegría?
La risa provocada por los hombres
inocentes del mar
cuando se encaminaban hacia el río
dispuestos a bañarse entre excrementos.
También estaba el tedio
de tener que explicarles a los niños
palabras como pueblo indio, oso
pardo, ballena azul o lince ibérico.
Pero esto eran minucias, sacrificios
en nada comparables al sufrido
por aquellos que ahora nos decían
hijos de nuestra sangre, tan severos.
Aunque, a veces, es cierto, no era fácil,
simplemente intentamos ir viviendo.
Haciendo caso omiso a los escrúpulos,
al vacío que moraba en nosotros,
hijos de la bonanza;
los hijos de los hijos de la ira,
herederos de todos los despojos.
Los hijos de los hijos de la ira,
Ben Clark
Hiperión, 2006
(Reeditado por Editorial Delirio en 2017)
domingo, 14 de mayo de 2017
"García casado" (un poema de DIARIO DE UN PURETAS RECIÉN CASADO homenaje a PGC)
García casado
Porque amar es el empiece
de la palabra amargura.
MECANO
Soy un García casado de la vida.
Un hombre cualquiera, como tantísimos,
en una relación hetero sin aspavientos,
que arrastra su apellido y lo prolonga
más allá de lo estrictamente necesario.
Soy el terror de los buffets libres.
El que se queda callado en la sala de espera
cuando la enfermera repite su nombre.
Un godot que manda un whatsapp avisando
de que no le esperen si llega tarde.
Aunque no me llame así y otros
sean mi nombre y apellidos,
soy Fulano de Tal, j´est un autre,
un número impar emparejado, otra
cifra móvil motivo de disputa
entre políticos y sindicatos.
Soy el vecino de un quinto que delega
su voto en el presidente del bloque.
Alguien que espera que pasen las firmas
sin intervenir ni escuchar en los claustros.
Barrilete tragicómico, dime:
¿de qué planeta te caíste?
El que siempre da dinero a los mendigos
por miedo a encontrarse un día pidiendo
y que, por motivos parecidos, nunca protesta
demasiado a los camellos. Un afiliado
al escepticismo que a veces rompe
el carné en arrebatos de esperanza.
Soy otro García cansado de la vida
que paga una cuota fija de pretéritos
y otra variable de futuros simulados.
Un viejoven que remulga, otro
puñado añadido a la olla a tiempo
de estropear la sobremesa familiar
de un domingo cualquiera y piscinero.
Seré padre algún día mientras tanto
soy un hijo de puta moderado.
Diario de un puretas recién casado.
Ediciones Liliputienses, 2016
sábado, 13 de mayo de 2017
Gallo rojo, gallo negro
Cuando canta el gallo negro
es que ya se acaba el día.
Si cantara el gallo rojo,
otro gallo cantaría
¡Ay!, si es que yo miento,
que el cantar de mi canto
lo borre el viento
¡Ay, qué desencanto!
Si me borrara el viento
lo que yo canto...
Se encontraron en la arena
los dos gallos frente a frente.
El gallo negro era grande,
pero el rojo era valiente.
¡Ay!, si es que yo miento,
que el cantar de mi canto
lo borre el viento
Se miraron cara a cara
y atacó el negro primero.
El gallo rojo es valiente,
pero el negro es traicionero.
¡Ay! Si es que yo miento,
que el cantar de mi canto
lo borre el viento
Gallo negro, gallo negro,
gallo negro te lo advierto:
no se rinde un gallo rojo
más que cuando está ya muerto.
¡Ay! Si es que yo miento,
que el cantar de mi canto
lo borre el viento
(Letra y música originales de Chicho Sánchez Ferlosio.
Canción incluida en su mítico disco A contratiempo)
viernes, 12 de mayo de 2017
"Despojamiento" (un poema de Inma Luna)
DESPOJAMIENTO
No hay peligro de adorno.
Llega un momento en que estás desarropada.
Del todo.
No hay bridas, riendas, correajes, freno.
Llega un momento de purísimo galope,
sin compostura.
Éste es el instante peligroso,
el más ansiado.
El caballo está desnudo.
Es todo despojamiento.
Me quedé donde nada me salva.
Al inicio de la historia.
Sé con lo que cuento.
No quiero caricias en el lomo.
Quiero vida, luz.
Quiero que me descubras.
Alquilar ese coche desde Venecia a Zagreb.
Que me des besos en la tripa.
Que me azotes el muslo para echar a correr.
El caballo está desnudo.
Clarice Lispector.
Llega un momento en que estás desarropada.
Del todo.
No hay bridas, riendas, correajes, freno.
Llega un momento de purísimo galope,
sin compostura.
Éste es el instante peligroso,
el más ansiado.
El caballo está desnudo.
Es todo despojamiento.
Me quedé donde nada me salva.
Al inicio de la historia.
Sé con lo que cuento.
No quiero caricias en el lomo.
Quiero vida, luz.
Quiero que me descubras.
Alquilar ese coche desde Venecia a Zagreb.
Que me des besos en la tripa.
Que me azotes el muslo para echar a correr.
No estoy limpia.
Inma Luna.
Baile del Sol.
Calvino, Sartre, JRJ, Zizek, Jenaro Talens y Víctor Peña Dacosta (Vicente Luis Mora)
El sujeto boscoso:
Tipologías subjetivas de la poesía española contemporánea
entre el espejo y la notredad (1978-2015)
Vicente Luis Mora
miércoles, 10 de mayo de 2017
LAS PARTÍCULAS ELEMENTALES (Michel Houellebecq)
Michel juega rara vez con los chicos de su edad, pero no se lleva mal con ellos. Lo consideran un poco aparte; tiene excelentes notas en el colegio, lo entiende todo sin esfuerzo aparente. Desde siempre es el primero en todas las materias; naturalmente, su abuela está muy orgullosa. Pero sus compañeros no le odian, ni lo tratan con crueldad; él les deja que copien sus deberes sin la menor oposición. Espera a que su vecino acabe, y luego pasa la página. A pesar de sus excelentes notas, se sienta en la última fila. Las condiciones del reinado son frágiles. (...)
El primer recuerdo de Bruno databa de los cuatro años: era el recuerdo de una humillación. Entonces iba al parvulario del parque Laperlier, en Argel. Una tarde de otoño, la institutriz había explicado a los niños cómo hacer collares de hojas. Las niñas esperaban sentadas en medio de la cuesta, ya con los signos de una estúpida resignación femenina; la mayoría llevaban vestidos blancos. El suelo estaba cubierto de hojas doradas; los árboles eran sobre todo castaños y plátanos. Uno tras otro, sus compañeros terminaban el collar e iban a colgarlo al cuello de su pequeña favorita. Él no hacía progresos, las hojas se rompían, todo se destruía entre sus manos. ¿Cómo explicarles que necesitaba amor? ¿Cómo explicárselo sin el collar de hojas? Se echó a llorar de rabia; la institutriz no acudió en su ayuda. Ya había acabado todo, los niños se levantaron para salir del parque. Un poco después, el colegio cerró. (...)
Las chicas sin belleza son desgraciadas porque pierden cualquier posibilidad de que las amen. A decir verdad, nadie se burla de ellas ni las trata con crueldad; pero parecen transparentes y nadie las mira al pasar. Todo el mundo se siente molesto en su presencia y prefiere ignorarlas. Por el contrario, una belleza extrema, una belleza que sobrepasa por mucho la seductora frescura habitual de las adolescentes, produce un efecto sobrenatural y parece presagiar invariablemente un destino trágico. (...)
Éste es uno de los principales inconvenientes de la extrema belleza en las chicas: sólo los ligones experimentados, cínicos y sin escrúpulos se sienten a su altura; así que los seres más viles son los que suelen conseguir el tesoro de su virginidad, lo cual supone para ellas el primer grado de una irremediable derrota. (...)
Al considerar el pasado siempre se tiene la impresión -probablemente falsa- de un cierto determinismo. (...)
Los problemas de valores de la vida humana, de los que nunca se hablaba abiertamente, siguieron dando vueltas en todas las cabezas; se puede afirmar sin la menor duda que en parte contribuyeron, en el curso de las últimas décadas de la civilización occidental, al establecimiento de un clima general depresivo e incluso masoquista. (...)
Él quería moverse, pero no podía; sentía con toda claridad que se estaba hundiendo en un lago helado. Sin embargo, todo era excesivamente tranquilo. Se sentía separado del mundo por unos cuantos centímetros de vacío, que formaban en torno a él un caparazón o una armadura. (...)
Los cuerpos jóvenes son los que despiertan, en el fondo, el deseo sexual, y la progresiva entrada de las chicas muy jóvenes en el campo de seducción no fue más que un retorno a lo normal, un retorno a la verdad del deseo semejante a ese retorno a los precios reales que sigue a un recalentemiento bursátil anormal. No obstante, las mujeres que tenían veinte años en torno a "la época del 68" se encontraron, al llegar a los cuarenta, en una enojosa situación. Por lo general divorciadas, casi nunca podían contar con esa conyugalidad -cálida o miserable- cuya desaparición habían acelerado todo lo posible. Formaban parte de una generación que había proclamado la superioridad de la juventud sobre la edad madura -la primera generación que lo había hecho hasta ese extremo-, y no era de extrañar que la generación que venía detrás las despreciara. El culto al cuerpo que habían contribuido tanto a establecer las llevaba, a medida que se marchitaban, a experimentar una repugnancia cada vez más viva hacia sí mismas; una repugnancia semejante a la que leían en las miradas ajenas.
Los hombres de su edad se encontraban, grosso modo, en la misma situación, pero el destino común no engendraba al menor solidaridad. (...)
Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez; y se mueren bastante deprisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Tienen el cuerpo débil y estropeado; lo saben y sufren por ello. Pero siguen adelante, porque no logran renunciar a ser amadas. Son víctimas de esta iluisón hasta el final. A partir de cierta edad, una mujer siempre tiene la posibilidad de frotarse contra una polla; pero ya no tiene la menor posibilidad de ser amada. Los hombres son así, eso es todo. (...)
Una de las características más sorprendentes del amor físico es la sensación de intimidad que procura, al menos cuando va acompañado de un mínimo de simpatía mutua. (...)

Bruno llegó a eso de las nueve; había bebido un poco y tenía ganas de abordar temas teóricos.
-Siempre me ha sorprendido -empezó sin sentarse siquiera- la extraordinaria precisión de las predicciones que hizo Huxley en Un mundo feliz. Es alucinante pensar que ese libro fue escrito en 1932. Desde entonces, la sociedad occidental no ha hecho otra cosa que acercarse a ese modelo. Un control cada vez más exacto de la procreación, que cualquier día acabará estando completamente disociada del sexo, mientras que la reproducción de la especie humana tendrá lugar en un laboratorio, en condiciones de seguridad y fiabilidad genética totales. Por lo tanto, desaparecerán las relaciones familiares, las nociones de paternidad y de filiación. Gracias a los avances farmacéuticos, se eliminarán las diferencias entre las distintas edades de la vida. En el mundo que escribió Huxley, los hombres de sesenta años tienen el mismo aspecto físico, los mismos deseos, y llevan a cabo las mismas actividades que los hombres de veinte años. Después, cuando ya no es posible luchar contra el envejecimiento, uno desaparece gracias a una eutanasia libremente consentida; con mucha discreción, muy deprisa, sin dramas. La sociedad que describe Brave New World es una sociedad feliz, de la que ha desparecido la tragedia y los sentimientos violentos. Hay total libertad sexual, no hay ningún obstáculo para la alegría y el placer. Quedan al gunos breves momentos de depresión, de tristeza y de duda; pero se pueden tratar fácilmente con ayuda de fármacos; la química de los antidepresivos y de los ansiolíticos ha hecho considerables progresos. (...) Es exactamente el mundo al que aspiramos actualmente, el mundo en el cual desearíamos vivir.


Sé muy bien -continuó Bruno haciendo un gesto con la mano como para barrer una objeción que Michel no había hecho- que el universo de Huxley se suele describir como una pesadilla totalitaria, que se intenta hacer pasar ese libro por una denuncia virulenta; pura y simple hipocresía. En todos los aspectos, control genético, libertad sexual, lucha contra el envejecimiento, cultural del ocio, Brave New World es para nosotros un paraíso, es exactamente el mundo que estamos intentando alcanzar, hasta ahora sin éxito. Actualmente solo hay una cosa que choca un poco con nuestro sistema de valores igualitario, o más bien meritocrático, y es la división de la sociedad en castas. (...) No cabe duda de que Aldous Huxley era muy mal esscritor, de que sus frases son pesadas y no tienen gracia, de que sus personajes son insípidos y mecánicos. Pero tuvo una intuición fundamental: que la evolución de las sociedades humanas estaba desde hacía muchos siglos, y lo estaría cada vez más, en manos de la evolución científica y tecnológica, exclusivamente. Puede que le faltara sutileza, psicología, estilo; todo eso pesa poco al lado de la exactitud de su intución primera. Y fue el primer escritor, incluidos los escritores de ciencia ficción, en entender que el papel principal, después de la física, lo iba a desempeñar la biología.




-Huxley publicó La isla en 1962; fue su último libro -continuó mientras removía el arroz viscoso-. Sitúa la acción en una isla paradisíaca. (...) En esa isla se ha desarrollado una civlización original, apartada de las grandes rutas comerciales del siglo XX, muy avanzada a nivel tecnológico y a la vez respetuosa con la naturaleza; pacífica, completamente liberada de las neurosis familiares y las inhibiciones judeocristianas. La desnudez es algo natural; el amor y la voluptuosidad se practican con toda libertad. Es un libro mediocre pero fácil de leer; tuvo una gran inluencia sobre los hippies y, a través de éstos, sobre los adeptos a la New Age. Si te fijas un poco, la armoniosa comunidad descrita en La isla tiene muchos puntos en común con la de Un mundo feliz. De hecho no parece no parece que el propio Huxley, que probablemente ya estaba gagá, se diera cuenta de la semejanza, pero la sociedad descrita en La Isla está tan cerca de Un mundo feliz como la sociedad hippie libertaria de la sociedad liberal burguesa, o más bien de su variante socialdemócrata sueca. (...) La mutación metafísica que originó el materialismo y la ciencia moderna tuvo dos grandes consecuencias: el racionalismo y el individualismo. El error de Huxley fue evaluar mal la relación de fuerzas entre ambas consecuencias. Más concretamente, su error fue subestimar el aumento del individualismo producido por la conciencia creciente de la muerte. Del invidualismo surgen la libertad, el sentimiento del yo, la necesidad de distinguirse y superar a los demás. En una sociedad racional como la que describe Un mundo feliz, la lucha puede atenuarse. La competencia económica, metáfora del dominio del espacio, no tiene razón de ser en una sociedad rica, que controla los flujos económicos. La competencia sexual, metáfora del dominio del tiempo mediante la procreación, no tiene razón de ser en una sociedad en la que el sexo y la procreación están perfectamente separados; pero Huxley olvida tener en cuenta el individualismo. No supo comprender que el sexo, una vez disociado de la procreación, subsiste no ya como principio de placer, sino como principio de diferenciación narcisista; lo mismo ocurre con el deseo de riquezas. ¿Por qué el modelo socialdemócrata sueco no ha logrado nunca sustituir al modelo liberal? ¿Por qué nunca se ha aplicado al ámbito de la satisfacción sexual? Porque la mutación metafísica operada por la ciencia moderna conlleva la individualización, la vanidad, el odio y el deseo. En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre. (...) En el extremo opuesto, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres. (...)

Soy un empleado, vivo en régimen de alquiler, no tengo nada que dejarle a mi hijo.. No tengo un oficio que enseñarle, no tengo ni idea de lo que hará en la vida; de todos modos, las reglas que yo conozco no valdrán para él, vivirá en otro universo. Aceptar la ideología del cambio continuo es aceptar que la vida de un hombre se reduzca estrictamente a su existencia individual, y que las generaciones pasadas y futuras ya no tengan ninguna importancia para él. Así vivimos, y actualmente tener un hijo ya no tiene sentido para un hombre. El caso de las mujeres es diferente, porque siguen necesitando alguien a quien amar; cosa que nunca ha sido y nunca será el caso de los hombres. Es falso pretender que los hombres también necesitan cuidar a un bebé, jugar con sus hijos, hacerles mimos. Por mucho que lo repitan desde hace años, sigue siendo falso. En cuanto un hombre se divorcia, tan pronto como pierde el entorno familiar, las relaciones con los hijos pierden todo su sentido. El hijo es la trampa que se cierra, el enemigo al que hay que seguir manteniendo y que nos va a sobrevivir. (...)
Una mentira es útil cuando permite transformar la realidad, pensó; pero cuando la transformación fracasa sólo queda la mentira, la amargura y la conciencia de la mentira. (...)
Las palomas (Columba livia) picotean el suelo sin parar cuando no pueden conseguir el codiciado alimento, aunque en el suelo no haya nada comestible. Y no sólo picotean de ese modo indiscriminado, sino que a menudo se alisan las plumas; esa conducta tan fuera de lugar, frecuenta en las situaciones que implican frustración o conflicto, se llama conducta sustitutiva. A principios de 1986, poco después de cumplir treinta años, Bruno empezó a escribir. (...)
Puede que la vejez sea eso; las reacciones emocionales se embotan, hay pocos rencores y pocas alegrías; uno se preocupa sobre todo por el funcionamiento de sus órganos. Por su precario equilibrio. (...)
-No sirvo para nada -dijo Bruno con resignación-. Soy incapaz hasta de criar cerdos. No tengo ni idea de cómo se hacen las salchichas, los tenedores o los teléfonos móviles. Soy incapaz de producir cualquiera de los objetos que me rodean, los que uso o los que me como; ni siquiera soy capaz de entender su proceso de producción. Si la industria se bloqueara, si desaparecieran los ingenieros y los técnicos especializados, yo sería incapaz de volver a poner en marcha una sola rueda. Estoy fuera del complejo económico-industrial, y ni siquiera podría asegurar mi propia supervivencia: no sabría alimentarme, vestirme o protegerme de la intemperie; mis competencias técnicas son ligeramente inferiores a las del hombre del Neardenthal. Dependo por completo de la sociedad que me rodea, pero yo soy para ella poco menos que inútil; todo lo que sé hacer es producir dudosos comentarios sobre objetos culturales anticuados. Sin embargo gano un sueldo, incluso un buen sueldo, muy superior a la media. La mayor parte de la gente que me rodea está en el mismo caso. (...)
Las partículas elementales.
Michel Houellebecq
(traducción de Encarna Castejón)
Editorial Anagrama, 1ª edición 1999, 6ª edición 2006
martes, 9 de mayo de 2017
El matrimonio es el más siniestro y osado de los excesos sexuales

El matrimonio mismo es la desviación de la norma más sensacional y la rebelión más romántica. Cuando la pareja de enamorados proclama sus votos matrimoniales, solos y de un modo un tanto necio e intrépido entre las múltiples tentaciones de los placeres promiscuos, sin duda eso sirve para recordarnos que la figura original y poética es el matrimonio, mientras que los adúlteros y los que participan en orgías no son más que plácidos y antiguos conservadores cósmicos, felices en la inmemorial respetabilidad de los primates y los lobos. El voto matrimonial se basa en el hecho de que el matrimonio es el más siniestro y osado de los excesos sexuales.
John Cheever,
citado por Slavoj Zizek en Problemas en el paraíso
domingo, 7 de mayo de 2017
Lo terrible es el borde, no el abismo (Piedad Bonnett)
EN EL BORDE
Lo terrible es el borde, no el abismo.En el borde
hay un ángel de luz del lado izquierdo,
un largo río oscuro del derecho
y un estruendo de trenes que abandonan los rieles
y van hacia el silencio.
Todo
cuanto tiembla en el borde es nacimiento.
Y sólo desde el borde se ve la luz primera
el blanco -blanco
que nos crece en el pecho.
Nunca somos más hombres
que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas.
Nunca estamos más solos.
Nunca somos más huérfanos.
Piedad Bonnett
Los habitados, Visor, 2017
sábado, 6 de mayo de 2017
Puro y ligero (Pablo Und Destruktion)
Sin duda, Pablo Und Destruktion son uno de los grupos más interesantes de la actualidad, como puede observarse en el videoclip del tema que precede a estas líneas.
Ya les trajimos anteriormente a este blog acompañando "el despiece" de Limónov, la "novela" de Emmanuel Carrère en la que se inspiraron para su canción "Limónov: desde Asturias al infierno".
Sin embargo, considero que la letra más interesante de todas las que han hecho hasta ahora es la perteneciente al temazo que aparece a continuación. En este enlace dejo también la versión de estudio incluida en su último disco.
Me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento,
me arrepiento de muchas cosas.
Me arrepiento y hay personas que lo notan
cuando me ven cantando en mitad de la noche.
Una mañana después de haberme metido en todo,
incluso en ella, me fui a ver al cura de mi familia.
Me dijo: "Pablo, tranquilo, yo te confieso,
pero existen los médicos y existen las pastillas".
Pastillas, pastillas, solo pastillas le dieron...
También me arrepiento:
debí de haberme explicado mejor
para que el cáncer no fuera el único movimiento.
Me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento
de todo el mal del mundo.
De cada bomba, de cada idiota,
de cada chicle en el suelo,
de la jodida expansión del universo.
Cómo volver a ser otra vez puro y ligero,
cómo volver a ser otra vez puro y ligero.
Cómo volver a casa otra vez desde tan lejos,
cómo volver a ser otra vez puro y ligero.
Me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento,
de no usar mi odio como un buen soldado.
Debería irme al Kurdistán a combatir
y dejar este país de puticlubs, farlopa y jubilados.
Me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento
de haber sucumbido a los hechizos baratos.
Tuve que hacer un cruceiro de neón
para poder dormir en nuestro cuarto.
Me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento
de irme a cenar y hablar demasiado.
Amigos, artistas, queridísimas chicas:
quitadme el ocio y dadme una familia.
Y es que, el que vea una injusticia,
que la arregle con su mano
y, si no puede, que la arregle con su voz;
si tampoco puede que la arregle con su corazón.
Y esa es la menor de las entregas.
Cómo volver a ser otra vez puro y ligero,
cómo volver a ser otra vez puro y ligero.
Cómo volver a casa otra vez desde tan lejos,
cómo volver a ser otra vez puro y ligero.
miércoles, 3 de mayo de 2017
"AMÉRICA" de Manuel Vilas

He visto a grandes desesperados en Estados Unidos, tipos en la calle, rebosando miseria, emperadores de la basura, y tenían estilo. No es lo mismo estar desesperado en Estados Unidos que estarlo en cualquier otra parte del planeta: tal vez ese sea el tema de este libro. Dedico este libro a todos los desesperados estadounidenses. A su estilo. Porque tenían estilo. (...) Este libro es también autobiográfico y cuenta mis viajes por muchas ciudades norteamericanas. Entonces, dedico este libro a mi desesperación americana… Por muy grande que sea la desesperación de un país o un continente, más grande será siempre la mía. (...)
Adoro los Estados Unidos, tal vez porque adoro la vida en la tierra. Pero adorar no es amar. Amar, solo amaría el paraíso. Y no es posible el paraíso en la tierra. (...)
Desde el siglo XIX sabemos que llamamos vida y existencia al tránsito político de nuestro cuerpo sobre las sociedades humanas. De ahí que a veces tenga uno la sensación de que no ha vivido. (...)
Walmart no cierra jamás, como el corazón de un poeta. (...)
Estados Unidos me hizo ver que mi desafección por España podría tener un fon de nobleza, de dignidad, de necesidad o de legítima defensa; que podría ser una desafección razonable, ineludible. No a causa de los españoles, que los pobres no tienen nada que ver con España, y a quienes yo siempre quise y amé, sino de las élites españolas y de la fabricación de su cultura canónica y de su mitología literaria, en donde nunca me sentí cómodo. (...)
No se puede ser europeo toda una vida, por eso se fundó América. (...) América era el sitio para una reinvención pronosticada en nuestros genes más febriles.América era el lugar del asombro. Así la pensó Franz Kafka en su novela del mismo título. (...) Kafka jamás estuvo aquí, y sin embargo adivinó qué era América. Kafka describió una estatua de la Libertad con espada en vez de con antorcha. (...)
Tal vez cuando este libro se publique ya haya llegado, sí, es muy posible que al final gane Trump, porque la gente ha elegido el caos, la aniquilación, la enfermedad, el rencor, la melancolía pesada, porque los basements le están ganando la partida a Abraham Lincoln. Porque quien vota ya no es un ser humano sino un zombi. Es posible, sí, muy posible que gane Trump. Porque si el pueblo judío esperaba un Mesías, el pueblo zombi espera la llegada de un Terminator. (...)
Y aparecen los Simpson. (...) Y pienso que en algún momento estelar de finales de la década de los años ochenta del siglo XX el dibujante de cómics Matt Groening tuvo una visión que era, en realidad, una reconciliación. Dio un paso hacia delante en la renovación y actualización de la épica americana: satirizó de forma moderada, y aceptable, el American Way of Life.
No quiso derruir ese sueño, sino ampliarlo, completarlo, otorgarle el prestigio europeo de la parodia. (...)
Y fue entonces cuando asistimos al tránsito de la épica de los westerns de John Ford a la comedia inteligente de los Simpson. Todo un país transformaba su existencia. Los Simpson ofrecían al americano medio -con algún tipo de formación aunque fuese muy básica, con algún libro leído encima, en fin, con algo que le diera cobijo frente a la ironía- un bálsamo y un consuelo hiriente, para seguir siendo dichoso en medio de las ruinas del capitalismo de empresa familiar. El acierto de Groening fue fijarse en la familia, porque la familia fue, es y será un cimiento político del capitalismo y de la religión y de la democracia. Es decir, de la civilización. (...)
Houston no llegaba a los dos mil habitantes en 1850 y ahora tiene más de dos millones, de los cuales aproximadamente más de un millón y medio son extraterrestres importados por la NASA. Los marcianos de Houston hacen prácticamente lo mismo que los marcianos de Madrid: trabajar, vivir y envejecer. (...)
Jesucristo es una celebridad en Estados Unidos. Johnny Cash creía en él, y yo creo en Johnny Cash, pero no en Jesucristo. Las creencias tienen sus laberintos. Bob Dylan también creyó en Jesucristo. Los famosos ciento dos pasajeros del Mayflower, que fundaron América, eran todos cristianos. Cristo es importante en USA. Dylan lo sabía, o lo sabe. En América a Jesucristo le dieron una vida alternativa. Se convirtió en estrella. El Jesucristo de Estados Unidos es muy distinto del de Europa. (...) Es normal que te guste el Jesucristo made in USA. Es normal que no te guste el Jesucristo made in Europe. Y el made in Spain ni te cuento. (...)
Tras la Segunda Guerra Mundial, la industria cultural estadounidense construyó el mito legendario de la autenticidad, de lo legítimo, del ídolo de masas, pero de masas exigentes y "enrolladas", un producto popular sin fecha de caducidad. Lo hizo con Elvis, y lo repitió con muchos más. (...)
Al capitalismo no le hace ninguna gracia el poder igualatorio de la muerte y del envejecimiento. Lo mismo se mueren los rockeros de éxito que los rockeros fracasados, como ya dio a entender Jorge Manrique. (...)
Pero el rock no produce novelas ni ensayos enjudiosos. El rock es energía de la vida, no de la inteligencia. No nos interesa un Dylan inteligente, para eso ya nos apañamos con la bonita arqueología de la literatura. Y para eso ya está Jorge Luis Borges o cualquier otro. Enriquecimos a Dylan cuando compramos todos sus discos y cuando fuimos a todos sus conciertos a condición de que renunciara a la inteligencia y al conocimiento.
Nos interesan la alegría y los instintos. Eso fue el rock: la monumentalidad de la alegría. Era sentimiento, no pensamiento. Por poseer la alegría, seríamos capaces de matar.
Porque la alegría es más poderosa que la inteligencia. Con Hegel o con Borges no puedes bailar, no puedes fornicar.
Con Dylan, sí.
Fornicamos históricamente con Bob Dylan de música de fondo.
Nos dimos cuenta de que la inteligencia era una construcción cultural más, como la religión. Nos dimos cuenta de que la profundidad era una superstición universitaria. Y el rock era un "no" permamenente al aburrimiento y a cualquier forma de convencionalismo histórico. (...)
En el negocio de la alegría es imprescindible pagar la entrada. Los asépticos escenarios de repetidas capitales del mundo son el lugar que Dylan ha escogido para la celebración del envejecimiento. Ya no queda nada de la alegría de los años sesenta y setenta. Todo el mundo occidental pensaba que existía el futuro. Eso ha sido el pop: una fantasía que nos dio razones para vivir más. (...)
El rock y la música pop son museísticos porque eran blandamente amorosos y muy erotizantes. Toda la cultura pop tiene un principio visual y pictórico que la hace exhibible. (...)
El pop ha sido una iconografía con música de fondo. Pero hay algo nuevo: ha pasado el tiempo. (...)
El pop es ahora solo las cosas que escribimos sobre él. De hecho, todos los grandes del rock acaban escribiendo un libro. Escribir un libro es otra forma de entrar en un museo. (...)
Se quiera o no, los Sex Pistols fueron la última provocación consistente. de carácter político, que trajo el pop. Una simple canción como "God Save the Queen"removió más conciencias que cien años de literatura social.
El pop se llevó por delante a la literatura, en tanto en cuanto esta ya era incapaz de de escandalizar. Los Sex Pistols convirtieron a la reina de Inglaterra en un icono pop y con ello se exploraban campos nuevos en la encrucijada del arte y la sociedad. No ha ocurrido lo mismo, para nuestra desgracia, con la monarquía española. (...) Los Sex Pistols acabaron trayendo riqueza. En el capitalismo la combustión es oro. (...) El pop nos enseñó lo que Warhol ya sabía: que la profundidad es mentira y que la vida ordinaria de la gente tiene las mismas potencialidades artísticas que la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. Una lata de sopas Campbell era más importante que una tempestad en medio del Atlántico o que las elegias de Rilke, porque la sopa Campbell era real. La profundidad es una superstición arqueológica de la alta cultura. La supuesta complejidad, el simbolismo, el hermetismo, la solemnidad, la gravedad, la trascendencia, el prestigio de lo ininteligible, eran atributos de una cultura que apestaba a muerto. El humor, la alegría y la locura sustituyeron al aburrimiento, al idealismo y a eso que aún se llama "la poesía verdadera". La literatura española siempre fue conventual. Rechazó el pop sin haberlo probado. (...)
La diferencia entre Teresa de Ávila y Marilyn Monroe es que de la primera no conocemos bien su rostro. (...)
¿Qué es el pop? Es la democratización de la experiencia estética, eso es. Todo el mundo tiene derecho a emocionarse con lo que le dé la gana y a construir sus mitos. Nació el frikismo, claro. La cultura pop es una creación del mundo anglosajón que colonizó el mundo. (...)
Este país tiene un problema con una droga legal: la comida hipercalórica consumidad como un antidepresivo. Y a mí me tiena drogarme también, porque la comida es una droga barata y legal, y destruye tu cuerpo igual que lo hace la heroína o la cocaína o el alcohol. Te destruyes en plan barato. (...)
Me encanta eso de "Dios era barato". Me encanta poque es verdad. Era tan barato que hubo que convertirlo en algo cruel. La oligarquía española convirtió a Dios en una boñiga. (...)
De Martin Luther King a Homer Simpson hay treinta años de pasadizos históricos, pero hay un puente secreto entre los dos. El que va de la invocación de la justicia política a la exhibición correosa del humor político. Uno sirvió para la llegada del otro.
Somos gente que se quiere y somos un municipio, somos el pueblo de Springfield, que es una metonimia de Estados Unidos, y hacemos lo que nos da la gana y nuestro secreto es este: nos gusta la vida, no tenemos ningún problema en elevar nuestra vulgaridad a una forma whitmaniana de celebrar el simple hecho de comerse una hamburguesa goteante con cien millones de patatas fritas y ver la televisión siete horas seguidas. (...) Un anti-William Faulkner, eso son los Simpson. Un antídoto contra cualquier drama pasional, religioso o étnico. (...)
Martin Luther King, como Homer Simpson, padecía de sobrepeso. Y triunfaron los dos en la iconografía americana, uno desde la solemnidad y el otro desde la vulgaridad, porque la exploración del fracaso de la clase media y la clase baja estadounidense, hecha con humor, (...) devolvía un aire de fiesta a la vida.
A Bruce Springsteen le gussta la gente, creen en la gente. Por su rock posee una fuerza descomunal, por eso es el Boss, porque procede del pueblo y va directo a él. No es un rockero sofisticado, ni es un provocador, ni es un artista de vanguardia. Es sencillo, pero poderoso. Tiene demasiada fuerza y nos quema. Es una máquina de energía popular.
El Boss se convierte en tu familia. Puede ser tu padre, tu hermano mayor, tu marido, lo que quieras. (...) El Boss quiere que el mundo se convierta en ruido. El Boss es poesía. La poesía está con él. El Boss es perfecto.
La voz del Boss es la voz de la reconciliación.
América
Manuel Vilas
Círculo de Tiza, 2017
lunes, 24 de abril de 2017
Ballerina Vargas Tinajero: el secreto peor guardado de la poesía española
La revista Estación Poesía incluye en su número 10 una reseña mía sobre Antolejía: poemas para limpiar el wáter, el soberbio poemario de Ballerina Vargas Tinajero publicado por Ediciones Liliputienses.
(En este enlace pueden acceder a la revista completa, más que recomendable. La reseña ha sido magníficamente editada por Antonio Rivero Taravillo, aunque también la dejo completa a continuación).
BALLERINA
VARGAS TINAJERO:
EL
SECRETO PEOR GUARDADO DE LA POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA
El
11 de septiembre de 2015 terminó de imprimirse en los “minúsculos talleres de
Ediciones Liliputienses” (sic) un libro, de curioso título y sobria portada aséptica,
llamado Antolejía: poemas para limpiar el
váter. Estaba firmado por una tal Ballerina
Vargas Tinajero y, evidentemente, se trataba de un seudónimo.
Concretamente, el elegido por una poeta culta y, hasta entonces, relativamente
oculta (pronto supimos que llevaba desde 2009 compartiendo el blog Ínfula
Barataria y, por tanto, los principios del “post-itismo” -de nuevo, sic- con otro autor agazapado, en su caso
tras el alias de Marcos Matacana Martín).
Desde entonces, la (supuesta) autora ha mantenido la voluntad de conservar el
anonimato a pesar de que el libro iba haciéndose cada vez más conocido gracias,
principalmente, al boca a boca físico o, sobre todo, digital, a la aparición de
(elogiosas) reseñas o, incluso, según rumores bastante fidedignos, a haber estado
a punto de hacerse con un importante premio nacional.
Contra
todo pronóstico, parece haber conseguido preservar el misterio de su identidad y
resulta imposible encontrar alguna foto o vídeo que pruebe su existencia. El
caso es que, en realidad, poco sabemos o deberíamos saber más allá de los escasos
datos que aporta la contraportada: la tal Ballerina afirma ser sevillana,
licenciada en Periodismo, dice ejercer como profesora de Secundaria y proclama que,
ante la imposiblidad de entender el mundo, escribe. Sin embargo, igual que en
su momento se alzaron voces reclamando que Pere Gimferrer era la verdadera
identidad tras el supuesto poeta maldito José María Fonollosa, no falta quien conjeture
que Ballerina Vargas Tinajero en realidad es otra máscara del citado Marcos
Matacana Martín o, al igual que Humbero Fabbro, otro heterónimo gamberro y
genial de Antonio Rivero Tavarillo. Quién sabe. En cualquier caso, tal vez sea
mejor dejar las elucubraciones a un lado y centrarnos en el libro y su
recepción o, mejor, en su uso. Y es que Rafael Sánchez Ferlosio explicaba, en
palabras de José Luis Pardo, que la lírica no tiene, en rigor, “receptores (pues no comunica contenido
semántico alguno) sino únicamente usuarios,
y que su uso consiste precisamente en subrogarse en el yo del poema (que, por
tanto y desde el principio, no es el yo del poeta, sino una suerte de casilla
vacía que debe acoger al usuario que quiera servirse del poema para expresar
sus sentimientos)”. Pues bien, en esta identificación radica el éxito del
libro, ya que, sepamos o no quién está detrás de los versos de Ballerina Vargas
Tinajero, resulta sencillo usarlos, ocupar su casilla, sentirlos y, en
definitiva, valernos de sus palabras para decirnos a nosotros mismos. De ahí
que su identidad sea el secreto peor guardado de la poesía española pues, en
parte, Ballerina Vargas no deja de ser un poco todos nosotros, al menos
mientras mantengamos el humor como analgésico para combatir la azarosa
circunstancia de ser, o no, infelices.
El
poemario se abre con dos citas, número fetiche que advierte que se trata de una
obra de contrastes que sabe moverse entre los filos: divertidísima sin caer en
la frivolidad, decadente sin patetismo (involuntario), grave sin tomarse demasiado
en serio, muy buena sin necesidad de darse aires de grandeza o, en resumen,
posmoderna sin espacio para mamarrachadas. O, en palabras de Hilario Barrero: “algunos
de los poemas (…) son como fragmentos de una película porno dirigida por una
monja de clausura en estado místico”.
Las
dos referencias curvas iniciales que comentaba son: “Que no intenten descubrir
quién fui/ por cuánto hice y cuanto dije” (C.P. Cavafis) y “No sé lo que digo,
aunque siento lo que quiero decir; porque jamás blasoné del amor con la lengua
que no tuviera muy lastimado lo interior del ánimo” (Francisco de Quevedo). Dan
pie a un primer poema excepcional, inusualmente largo y, curiosamente, de los
pocos que no recurren a ninguna referencia externa, “Lo mío no es normal”:
No
me gusta hablar de mi vida
Ni
de mí
No
cometan el error
De
confundirme con lo que escribo.
Tras
esta beckettiana declaración de
intenciones, llegan los 4 bloques temáticos en los que se divide el libro. El
primero, “Tremendismos nocturnos” incluye los poemas más salvajes, con un punto
decadentemente macarra y desesperadamente festivo, que hace apología y burla de
la autodestrucción. De nuevo, usa el contraste entre dos citas, Novalis (“pero
mi corazón, en secreto,/ permanece fiel a la noche”) y Cindy Lauper (“Girls
just wanna have fun”). Es decir, nos indica que su mirada va a oscilar entre el
sarcasmo posmoderno y la reverencia culturalista y nos advierte de que, aunque
desesperado y cruel, el humor va a estar presente a lo largo de todo el
poemario haciéndolo más variado, entretenido y, curiosamente, consiguiendo que
el tono agrio que va y viene sea aun más efectivo. (Este recurso será una
constante a lo largo de todo el libro. Por ejemplo, en el poema “Rojo y Gris”
comparten cursiva Jaime Gil de Biedma y la segunda parte de Kill Bill de Quentin Tarantino; en “A
negro” lo hacen Garcilaso de la Vega y Tony Soprano; en “Neverland”,
Ferlinghetti y Peter Pan, más tarde Gloria Fuertes y Álex y Christia, etc).
En
esta primera parte, noctívaga y tremendista y, en realidad, no tanto, hay
guiños a Bukowski, Fonollosa, Walter H. White de Breaking Bad y el crapulismo melancólico y arrebatado de los que apuran
el trago amargo sabiéndose perdidos de antemano. Luego el nihilismo destructivo
se irá dispersando o tiñendo de inexpresable ternura, ácida nostalgia o lacónica
clarividencia (muy a su pesar), pero mantendrá siempre una cínica mirada
(desesperanzada, desganada incluso, pero) llena de humor negro, verdadero elemento
vertebrador del poemario.
El
segundo epígrafe del libro se llama “Pipas, muelles, Peta Zetas” y se abre con
tres citas, respectivamente de Felipe Benítez Reyes (“Como si el pasado fuera
un alegre lugar de tránsito”), Raymond Carver y Súper Ratón (“¡No olviden
supervitaminarse y mineralizarse!”). Evidentemente, el leit-motiv de este apartado va a ser el recuerdo nostálgico de la
infancia (“las vías del tren marcaban/ Los límites de nuestro territorio”) y la
melancolía alegremente disimulada del adulto que hoy añora los años que
entonces odió y la “pequeña galaxia caótica” que conllevaban. Inicia este
apartado “Retrospectiva” con estos versos:
Mi
infancia son desvelos de mis padres
Olor
a muerte en un libro
Miedo
al camino eterno
Porque
un capullo me insultaba cada día
De
vuelta sola
Al
colegio
Un
apuntáselo a mi madre
Detrás de otro
Silencio
en casa
Mientras
llaman a la puerta
Las
deudas sin saldar
Pan
con aceite y azúcar
Pantalones
cortinas
Mantel y colcha a juego
El
abecedario completo
Sobre
el fondo azul
De
unas ojeras
El
poema “Contigo” contiene una cita de J.L. Piquero que parece sintetizar esta
evocación general de la infancia (“si algún día/ me olvidase de todo, de eso
no”) y, en particular, del primer amor infantil y puro, perfecto. Y,
probablemente, exagerada e injustamente idealizado:
Te
quería con ese amor nuevo
Sin
sombra sin resabios
Sin
olor a cuerno quemado
Ese
que es luz
Una vez
Que
no se piensa ni se habla
Que
se limita a ser
Sin
preguntarse
Sin
recordar lo que ha dolido
Antes
Sin
anticipar el daño que vendrá más tarde
“Descampado”
condensa el epígrafe, de hecho, el título de esta parte parece casi un remedo
de su caótica enumeración melancólica (Manchas
de tierra en los vaqueros/ Matorral en los tobillos (…)/Cabezas patas/Rabos
amputados/ Pilas pipas chicles quicos).
Sin
embargo, pronto se produce un desplazamiento del yo poético, que pasa a
contemplar ese mundo desde el presente expurgado de inocencia en poemas como
“Bus stop” o, sobre todo, “Pipas”: Veinte
años después/ Sigo comiendo pipas en aquel banco/ Mirando El grito de Munch/
Sepultada por las cáscaras/ Sola/ Perpleja/ Con los ojos saldas/ como entonces/
Sin enterarme de nada.
Así,
analizando la infancia desde la, por así decirlo, desencantada madurez, llega
la unión entre dos mundos ajenos, con varios poemas seguidos tremendamente
tiernos y nada empalagosos: por ejemplo, el recuerdo de la abuela fallecida en
“La loca del café”:
Se
parecía tanto
Pero tanto a ti
Como la vida a una
resaca
Que
por un momento
He
creído en los milagros
O la recuperación fugaz del paraíso perdido de
la infancia en algún actual compañero de juegos, como refleja “La certeza”: Pareces hecho de todo/Lo que una vez/ a
long time ago/ in a galaxy far far away/
hubo en mí de bueno.
El
tercer “libro” contenido en esta colección de “para limpiar el wáter”, llamado “Las cosas del querer”, aúna
poemas de amor y, sobre todo desamor, además de una “Breve historia sentimental
en cinco haikus (o algo así)”. Parte de una concepción afectiva tan romántica
como cínica y en sus versos se percibe el influjo de Bécquer, Salinas o
Fonollosa junto a los (que aparecerán) citados Quevedo, Luis Alberto de Cuenca,
Gimferrer y Borges. Sin embargo, como ya habíamos indicado, el elemento vertebrador
será el humor, que no solo evita caer en la ñoñería sino, además, para provocar
algunos de los momentos más memorables del conjunto, como en “Efecto Grey”, en
“Rescate” o en “Impotencia”:
No
sé si el balance de tu voz
Entre
el rollo lastimero o castigator
Te
funcionará con otras
En
otros antros en otros puertos
Que
quieran salvarte o cambiarte
(…)
Porque
en noches como esta
Me
la sudan
Y
no sabes de qué modo
Neruda
el destino la metafísica
(…)
Dime
que sabes lo que quieres
Que
hace tiempo que no lo haces
O
que hace mucho que esperas esto
Me
lo creeré un rato
Lo
justo entre el primer roce
De
las lenguas los dientes torpes
Y
el último jadeo
En
“Primero, el sufrimiento”, prólogo a la edición completa de su poesía, Michel
Houellebecq afirmaba: “Los seres se
diversifican y se hacen más complejos, sin perder nada de su naturaleza
primera. A partir de un determinado nivel de conciencia, se produce el grito.
La poesía deriva de él. (…) El primer paso de la trayectoria poética consiste
en remontarse al origen. A saber: al sufrimiento”. Llegamos pues a la última
parte del libro, “La resaca”, es decir, al sufrimiento. Este epígrafe incluye,
quizás, los versos más agrios y desencantados. con un despertar simbólico que,
como no podía ser de otra manera, debía resultar también decepcionante y duro. De
ahí la inclusión de una nueva referencia cinematográfica, concretamente el
Marsellus Wallace de Pulp Fiction y
su “Estoy a mil jodidas millas de estar bien”. De esta parte debemos rescatar
el poema generacional de obsolescencia programada “La bola y el cristal” (y su
grito de guerra perdida: Viva el mal/ Viva el Prozac) o la reescritura del
cuento clásico “Cenicienta”: La boca me sabe a ceniza/ La chimenea lleva todo
el día apagada. Pero, sobre todo, “Ispahán” que, bajo una referencia a Juan
Eduardo Cirlot (“Estoy cansado de estar muerto y ser”) desgrana estos versos:
El
niño de los vecinos
como siempre
Dando
por culo a la hora de la siesta
Y
no sé si adoptarlo para llenar el vacío
Que
juega a la pelota y golpea mis entrañas
O
darle un beso en la frente y abandonarlo
Tumbado
y tranquilo
En
un campo de amapolas
Desangrado.
(….)
Fakir
borracha posmoderna tumbada
Sobre
una cama de recuerdos como clavos.
Escribió
José Luis Morante en su reseña de la Antología:
“Cuando Charles Baudelaire escribe Le
spleen de Paris la deriva existencial en la urbe moderna encuentra los
contornos que limitan su semántica. La bilis negra y la melancolía dictan su
codificación poética. De ellas manan otros idearios que narran el hastío del
hombre deshabitado; y en esa forma de entender la erosión del tiempo sobre la
conciencia tiene nuevo cobijo la poesía de Ballerina Vargas Tinajero. En su
retrato gris del desasosiego solo ha cambiado el latido cronológico y los
referentes escenográficos que enmarcan el rostro cansado y ojeroso del perdedor”.
Sin
embargo, como hemos dicho, la amargura y el cinismo van adquiriendo diferentes
tonalidades más o menos trágicas pero siempre barnizadas por un humor constante
más allá de la muerte. Y, si el libro se abría con un gran poema (“Lo mío no es
normal”), el cierre queda para una guinda aún mejor: “Instrucciones para mi
funeral”, con cita (y deje) a Karmelo C. Iribarren.
Ya
concluyo: recientemente ha tenido lugar un intenso y, a ratos, interesante
debate en redes sobre la poesía contemporánea española que, además de filias,
fobias y enredos ha dejado ver que los juicios estéticos demasiado a menudo se
desvían de faro de la calidad a la vieja dicotomía entre apocalípticos e
integrados. No es intención de este reseñista agitar más las ascuas de un
debate más público que oculto y, en lo referente a este libro, diré que, a la
vez, es fácil de leer como interesante de haber leído. Hemos hecho bastantes
referencias al continuo contraste entre la poesía clásica y cotidiana, sagrada
y posmoderna, clásica y pop. Cabe pues acordarse de la reflexión de José Luis
Pardo en Introducción al malestar en la
cultura de masas explicando que es imposible el tránsito entre baja y alta
cultura “elevando gradualmente el nivel
de complejidad o de dificultad sino que, a pesar de que ambas no pueden
definirse más que la una contra la otra, su naturaleza es totalmente
discontinua; de tal modo que lo que resulta imposible de mantener es que la facilidad de la cultura popular sea el resultado de
rechazar la complejidad de la alta cultura (concebida esta dificultad como una
complicación progresiva de aquella facilidad); más bien habría que decir que la
inclinación popular a la gratuidad
argumental es un modo de apreciación de esa dificultad objetiva –la diferencia
de clase-, y que el testimonio de tal apreciación de la dificultad es
justamente el que la baja cultura
sólo pueda contemplar la superación de esa barrera como un evento prodigioso
del tipo de los que tienen lugar en el cuento de La cenicienta o en el Romance de Gerineldo, pues el salto de una naturaleza a otra,
precisamente porque es imposible darlo progresivamente, sólo puede ser un
milagro”.
Probablemente
eso sea lo mejor que se pueda decir de este libro: extraño cóctel imposible, pero
tan bien servido que acaba dejando un regusto extraño pero agradable. Como a
lejía, pero de la buena. Casi un milagro.
Víctor Peña Dacosta
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