ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


jueves, 15 de septiembre de 2016

La noche pasada soñé que Murcia iba a desaparecer...


Poema de cumpleaños para mi abuela (un poema de Sharon Olds)


Esta noche me quedé de pie en el porche-      ¿hacia dónde
miramos para hablarles a los muertos?      Pensé en la
rosa nueva,      y me acerqué hasta la
hierba gris-      en realidad las cosas
de noche no tienen ningún color.      Bajé
los peldaños de piedra,      como si fuera hasta el lugar en el que
se hablar con los muertos.      La rosa estaba
a medio erguir,      iluminada su blancura en
el aire negro.      Más tarde recordé
tu día.      Habrías cumplido noventa y yo te habría regalado
rosas.      ¿Están ahí los muertos
si no hablamos con ellos?      Cuando iba a verte
siempre estabas sentada      tranquilita en tu silla,
sin poder hacer punto,      por la artritis,
sin poder leer,      por la ceguera,
ahí sentada.      Nunca supe cómo
lo hacías ni lo que pensabas.      Ahora
me siento a veces en el porche,      espero,
intentando sentir que estás presente como el color de
las flores en la oscuridad.

Sharon Olds.
Los muertos y los vivos.
Edicion bilingüe con traducción de J.J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.
Bartleby Editores.

"EL FASCISMO PUEDE SER EL FUTURO AMERICANO"

En 1998, Richard Rorty, el gran filósofo pragmatista americano, escribía estas proféticas palabras:
"El fascismo puede ser el futuro americano. El electorado no suburbano decidirá que el sistema ha fracasado y comenzará a buscar alrededor un hombre fuerte a quien votar, alguien dispuesto a asegurarles que, una vez que haya sido elegido, los burócratas petulantes, los comerciantes superpagados y los profesores posmodernos ya no tomarán las decisiones... Algo que es muy verosímil que ocurra es que las conquistas de los últimos cuarenta años de los americanos negros, morenos y de los homosexuales serán barridas. El desprecio chistoso por las mujeres volverá a estar de moda"
(Achieving our country)

martes, 13 de septiembre de 2016

La revista Oculta publica el primer capítulo de mi ensayo LA GENERACIÓN SIMPSON

No sé si en este blog habíamos hablado ya de Oculta, sí sé que, sin duda, deberíamos haberlo hecho: es una nueva revista de literatura dirigida por Diego Álvarez Miguel y con lo más granado de la nueva hornada de poetas y autores jóvenes. Su aparición es una buena noticia y esperemos que dure muchos años.

En este enlace pueden acceder al primer capítulo de un ensayo en el que estoy trabajando y que irá apareciendo paulatinamente en Oculta: La Generación Simpson.
Que ustedes lo disfruten.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Héctor Castilla, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña y, sobre todo, J.M. Fonollosa

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José María Fonollosa fue un poeta maldito, rescatado por Pere Gimferrer y Albert Pla y hoy por todos conocido y reivindicado, del que poco se puede añadir más allá de recordar que, todo lo que se diga de él, conviene hacerlo "a ser posible, de rodillas", como diría Roberto Bolaño.
Recientemente, se ha publicado por primera vez su mítico Ciudad del hombre (Edhasa) de forma íntegra, y el poeta Héctor Castilla, en su recomendabílisimo blog, hizo una selección fantástica que, entre otras cosas, supongo que más útiles, me alegró el verano y me recordó una vieja conferencia que defendí en la Universidad de Vilanova A MEDIADOS DE 2010 (cuando aún era joven y atractiva) y posteriormente publiqué en la revista Naufragios gracias a la generosidad de Víctor Martín Iglesias y a la de Carmela Tomé Cornejo, correctora profesional de casi todo lo que he publicado hasta el momento y, espero, correctora de cuanto publique en el futuro. 

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Así que esta burda excusa puede valer para reivindicar a Héctor Castilla y su blog, a Víctor Martín Iglesias (y la revista Naufragios) y, sobre todo, al bueno de J.M. Fonollosa. Como decía, a ser posible, de rodillas. Dejo a continuación ese pequeño ensayo que, algún día, debería retomar. O no:

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La posibilidad de hallazgo y el riesgo de extravío 
en Ciudad del hombre: New York de José María Fonollosa

1-El hallazgo

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.

Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechazo otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado. (Fonollosa 2006: 19)

Estas 87 palabras repartidas en 12 versos son, en cierto modo, las últimas de José María Fonollosa, ya que, según dicen, fueron encontradas junto a un esbozo de testamento en su mesa de trabajo tras su muerte. Y resulta difícil evitar el tópico de considerar este hallazgo, además de como una curiosa nota al pie de sus últimas voluntades, como un epílogo oportuno para una obra ambiciosa, rencorosa e ignorada, escrita durante seis décadas a espaldas de todos y de cara a casi todo, pero siempre consciente de su unidad y, por tanto, sabedora de necesitar un final. Porque José María Fonollosa, que debutó literariamente en 1945 a los 22 años con La sombra de tu luz, permaneció después más de 35, desde 1955 hasta 1990, sin publicar nada, puliendo de manera casi obsesiva los 97 poemas que configurarían Ciudad del hombre: New York y que sólo se decidió a editar 13 meses antes de su muerte. Espero que sepan perdonarme el exceso de cifras, pero tratándose de José María Fonollosa la meticulosidad es importante. Por tanto, no es tampoco gratuita la elección del epígrafe Ciudad del hombre: New York para agrupar una serie de versos donde nos habla de “esa materia donde anida el dolor: el Universo” (Fonollosa 2001: 131) sin mencionar ni una sola vez el nombre de la ciudad (exceptuando el título del primer poema) y solo una vez el del continente al que pertenece. Y esto es lo que vamos a intentar justificar en aproximadamente 2600 palabras que, por supuesto incluyen cinco que son inexcusables: gracias anticipadas por su paciencia.

2-“Nada bueno hay en ti: por eso te amo”

Este verso constituye íntegramente el primer poema del libro, titulado "Hello, New York" (Ibid.: 19) y sirve para introducir la relación ambivalente que se va a mantener con la ciudad a lo largo de los 96 poemas siguientes. New York supone para Fonollosa el símbolo de fin del viaje (“el camino está lleno de ciudades cuyo nombre he perdido”, [Ibid.: 41]) pero no del punto de encuentro: el poeta está solo y no ha venido para quedarse sino que ha venido para matar y dejarse morir según las reglas de nuestra sociedad: dinero, éxito, sexo, violencia, envidia y odio. New York es, por tanto, elegida como ciudad del hombre por contener todo el horror que puede albergar el mundo. Sanz de Villanueva calificó con gran acierto a Onetti como “urbanista de la ciudad del mal”. Fonollosa será un simple paseante de la ciudad del crimen que recorre el tablero de forma anárquica y desganada pero enfurecida, con un incesante y enfebrecido monólogo interior, sin aparente orden pero con indudable cohesión. Escribe Pere Gimferrer en el prólogo del libro que “los textos pueden leerse o bien como fragmentos de un diario íntimo o bien como breves monólogos autónomos de múltiples personajes distintos, cada uno con su propia opción moral” (ibíd.: 13). Con el debido respeto, no estoy de acuerdo: no existe la elección moral porque el poeta y sus heterónimos están sometidos a las reglas de la ciudad y todo el libro es un código basado en la trama criminal oculta en la metrópoli: el refugio de los don nadie, los fracasados y los canallas amparados en la masa, en el que cualquiera puede ser tanto un sicótico en potencia como la víctima azarosa de un psicópata impotente.
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3-La ciudad como soporte de la trama

Me siento a gusto aquí, en esta ciudad.
Estoy en plena selva. Un duro bosque
De cemento con cuevas de ladrillos
Donde seres mezquinos y cobardes
Se esconden con sus bienes más preciados. (ibíd.: 117)

La trama literaria surge, probablemente, cuando la apariencia no se corresponde con la realidad. Por consiguiente, donde más probabilidad hay del anonimato, tan necesario para el perpetuo crimen perfecto o, al menos, para la posible inmunidad transitoria. Y es que la ciudad está en el centro del conflicto existencial de nuestro tiempo, de la literatura contemporánea y, concretamente, de Ciudad del Hombre: New York de José María Fonollosa. 
Como asegura Francisco Joaquín Cortés García (2003: 161), “la ciudad moderna es un espacio nuevamente descubierto y conquistado por la trama literaria para la ideación poética. Hay una trama genuina en la ciudad moderna que no se puede dar en otros territorios”. O, dicho de otro modo, en la metrópoli moderna ya es posible el género policiaco que necesita de alguien que tenga a la masa como víctima y a la vez como refugio, y que debe ser individualizado y extirpado de ella.
Para ello, como bien precia Cortés García, es necesario encontrar la diferencia: un hombre distinto, el detective, que busca a su álter ego en la masa: héroe y asesino que, como bien sabemos, tienen en común la característica de estar condenados a la soledad excepto en el momento de enfrentarse el uno al otro.

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4-“No me reconocéis. Y sin embargo
soy uno de vosotros. Ese mismo”

Con toda ciudad existe esa relación de encantamiento y desencanto. De nuevo en palabras de Joaquín Cortés García:
El poeta contemporáneo es el arqueólogo urbano en busca de la diferencia, la ciudad le permite la búsqueda de sentidos espaciales. Es la paradoja de la ciudad contemporánea y la ideación literaria: el poeta busca espacios diferenciales y sutiles en espacios cada vez más homogéneos (porque la multitud se convierte en masa) y violentos. (ibíd.: 164).
Sin duda es ya un tópico literario el tema del regreso a la ciudad y el intento de ser o encontrarse a uno mismo, entre tanta gente, de camino al hogar. Por eso cada poema tiene el nombre de una calle: porque describe una peregrinación laberíntica que acaba por ser recurrente, pues, la ciudad, incluso la inmensa New York, es limitada. Por eso tenemos tantos poemas con el mismo nombre: el poeta vuelve a las mismas calles variando la intención, el significado, el sujeto lírico y su comportamiento. Porque ya no es el mismo poeta y porque ¿es posible acaso adentrarse dos veces en la misma calle? 
Y es que la multitud engulle, modifica y transforma todo. Sólo podremos reconocernos en la citada diferencia: lo diferente se presenta entonces al hombre moderno como un espacio de seducción o como una amenaza. Lo que nos conduce al siguiente punto:

5-La amenaza de deseo en el laberinto

La ciudad para el escritor es el escenario y entramado de su obra, y también el personaje que acompleja y complementa al protagonista: porque la ciudad es un laberinto y cada habitante una forma de extravío. New York, en cambio, es la ciudad del consumo, la ciudad donde se llega buscando el éxito y, por tanto, la ciudad con mayor número de fracasados conscientes de su mediocridad. Es entonces cuando dejamos de ser aquello que tenemos, para ser aquello que miramos a través de las vitrinas de los comercios: Cela dijo que su concepto de la masculinidad se resumía en que ni lloraba ni miraba escaparates. Fonollosa, en cambio, desarrolla su concepto de la posmodernidad al mirar los escaparates llorando:
No es fácil escapar de lo que es uno.A veces se consigue, por un tiempo,Con un libro. O el cine. O la bebida.Miro la cartelera de espectáculos (Fonollosa 2001: 46).
Pero, sobre todo, la reivindicación de la ciudad literaria es la reivindicación de la mujer, del encuentro y el desencuentro, de los apilamientos de objetos, cuerpos y edificios, del transeúnte y el desocupado, de la apropiación de la calle por el hombre que sale de la habitación de hotel, el hombre que sale a ganarse el pan, el hombre que sale a divertirse y el hombre que sale a buscar a su víctima o su amor, que tal vez sean la misma persona. Es decir, el hombre que alimenta la posibilidad de redención gracias a la casualidad:

6-La posibilidad del hallazgo
Cuando de algo me alejo más me acercoa ti, a quien aún no he hallado en mi camino (ibíd.: 119).
Ya para Baudelaire, la mujer, en el poema "A un paseante" es tratada como un ser único, singular, nacido de la masa en un “presente repentino”, y que luego desaparecerá, otra vez, en las multitudes. Resulta inevitable establecer el paralelismo con el siguiente poema de Fonollosa:

Pobre mucha hermosa que deprisa
Hacia mí vienes al cruzar la calle
Y pasas por mi lado, sin saber
Que yo soy la razón de tu existencia.

Ni siquiera me ves. Y te sonrío.

Admiro tu cabello, culo y piernas.
Estás buena. Te haría muy dichosa.
Pero tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada (ibíd.:94).

En palabras de Meter Elmore (PAZ SOLDÁN y Edmundo FAVERÓN PATRIAU (ed.) 2008: 259) “El motivo de búsqueda conjura tanto la posibilidad del hallazgo como el riesgo del extravío (…) impulsa una obra de índole fragmentaria y vocación proliferante”. Sin embargo, en Ciudad del hombre: New York el hallazgo conduce al extravío mental, el encuentro provoca el encontronazo y el amor la violencia y el abandono. No es posible ser felices en pareja:

Podemos elegir entre estar juntos
Y hacernos mutuamente desgraciados.

O separarnos ahora y ser también
Cada uno por su lado desgraciados (Fonollosa 2001:60).

Pero mucho menos sentido tiene prolongar el error de la existencia en otros:

Tener hijos es cosa de mediocres,
Ineptos sexualmente, analfabetos
Sexuales o de gente irresponsable.

O es un pobre y mezquino agarradero
Para dejar constancia de su paso
Por el tiempo en la vida. A través de otros.
La adopción de este medio deshonesto
Delata su estulticia y su ignorancia (ibíd.: 64).

El hombre que encuentra la diferencia en la masa no es capaz de integrarse en ella, está condenado a la soledad y asesina su reflejo antes de desintegrarse de nuevo. Es la teoría del cuchillo como nexo o el asesinato como forma de supervivencia:

Ella me dio el cuchillo y dijo: «Clávalo
en el segundo espacio intercostal». 
«¿Cuál es?», le pregunté. Se abrió la blusa
y señaló, risueña, un punto: «Aquí». 
(…)Sugerí: «¿Por qué no con barbitúricos?»
«Es lento», me objetó. «Ya lo he probado. 
Y el lavado de estómago es horrible.
Como un trauma mental, pero en lo físico» 
Sustituí su dedo por el mío
y apoyé allí el cuchillo suavemente. 
Y lo empujé de súbito. No fuera
que cambiara de idea si iba lento. (ibíd.: 61)

7- “Es a los que no matan a los que debieran entregar a los psiquiatras” 

Señaló Artaud “la vie c’est toujours la mort de quelqu’un”. Para el poeta francés, la crueldad suponía explorar hasta los últimos límites de la sensibilidad nerviosa, mientras que en Fonollosa, la metamorfosis constante de los personajes contribuye a moderar el efecto de la crueldad. El crimen, el asesinato por pura pereza, abulia, aburrimiento o un odio leve, absurdo, es constante en Ciudad del hombre. Escribe con gran acierto Pere Gimferrer: 
“Ciudad del hombre: New York tiene tres temas fundamentales: la vida urbana, la sexualidad y el crimen. (…) El delito pertenece a la zona de la relación entre el yo y el mundo visible; la agresión es aquí metáfora de la sed de conocimiento, y diríase que, ante la imposibilidad de romper el cerco o armazón del yo, de rebasar el coso o coto de la individuación, se recurre a la violencia (…) a modo de exorcismo o simulacro vano: ya que no nos es dado ser otro que quien somos ni conocer de verdad el ser ajeno, la vulneración hace las veces de espejismo de la fusión con otro ser, y con el ser universal; con el no-yo, si se quiere”. (ibíd.: 14-15)
Ahora sí, estoy completamente de acuerdo. Fonollosa resume de manera más directa:

Se mata por librarse de algún trauma.
Para así recobrar un equilibrio
Que estaba en gran peligro de perderse.
(…)
Quien mata, lo que mata es su complejo (ibíd.:100)

Además, el crimen es también la ensoñación del poeta fracasado y casi inédito, muerto de hambre y envidioso, que pasó 35 años escribiendo y rumiando su venganza, fantaseando con un éxito que nunca llegó y apenas se le insinuaría unos meses antes de su muerte.

Si en ti hay la aberración, rara e inútil,
De querer ser un hombre que trascienda,
No estudies ni te esfuerces. Simplemente 
Aprende a manejar una pistola (ibíd.:58)

Al final, el poeta ha de rendirse y llegar a la conclusión inapelable, ineludible, inevitable:

Si no puedes destruir a los demás
destrúyete a ti mismo. (ibíd.: 104)

Lo que nos conduce, también de manera irremediable, al último punto de nuestro artículo.

8-El riesgo de extravío: 

Y aquí, entre tanta gente, en la ciudad
Siente uno que no importa nada a nadie. (ibíd: 85)

La ciudad, más que un tema para la poesía, es, sobre todo, un problema. El poeta acaba definitivamente solo, abandonado hasta por sus víctimas:

Hay que huir de la gente. La familia 
Es la mano que aguanta la cabeza
Para que permanezca bajo el agua.

Y el amor es tan sólo una palabra
Que una mujer nos pone entre los brazos.
Al irse la mujer duele su nombre.

Estar aislado es grato para el alma.
Estar aislado es grato para el cuerpo.
Morir es sólo aislarse un poco más. (ibíd.: 110)

Sin embargo, este aislamiento es siempre dentro de la ciudad, un exilio interior pero que no permite la huida y por tanto, impide la felicidad. De esta manera debemos entender que es la propia ciudad y, por tanto, el no lugar, el laberinto, el habitáculo de la masa y el soporte de la trama el que dirige al poeta estas palabras cerca del final del libro:

Tú siempre has vuelto a mí. Volverás siempre.
Tus piernas te traerán siempre a mi lado,
Pues no hay más que mi nombre en tus sentidos. (ibíd: 111)

Obsérvese, por último, que en este cambio del sujeto lírico se mantiene el soporte de un endecasílabo blanco natural, con una aparente simplicidad en la línea fronteriza entre poesía y narración, pues de los mayores aciertos de Fonollosa, como espero que hayan podido notar en los fragmentos seleccionados pese a la torpeza del narrador es, como señaló Roberto Bolaño en 2666, escribir en todo momento: 
“Con palabras sencillas, como si estuvieras contando una historia en un bar y todos a tu alrededor fueran tus amigos y se murieran de ganas de escucharte” (Bolaño 2004: 359)

BIBLIOGRAFÍA

FONOLLOSA, José María (2001). Ciudad del hombre: New York. Barcelona: El Acantilado.

FONOLLOSA, José María.(2006) Ciudad del hombre: Barcelona. Barcelona: DVD Ediciones S.L.

PAZ SOLDÁN, Edmundo y FAVERÓN PATRIAU, Gustavo (ed.) (2008) Bolaño Salvaje. Barcelona: Editorial Candaya S.L.

CORTÉS GARCÍA Francisco Joaquín (2003) “La construcción del concepto de ciudad a partir de la ideación literaria”. Ciudades, arquitectura y espacio urbano Núm 3.

AUGÉ, Marc (1993) Los no lugares: espacios del anonimato: antropología sobre modernidad. Barcelona: Gedisa.

BOLAÑO, Roberto (2004). 2666. Barcelona: Anagrama 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Una columna de Juan Tallón

Comparto la idea, cada vez más extendida, de que vivimos en edad dorada del columnismo en España porque, a los clásicos (Elvira Lindo, Enric González, J.J. Millás...), se han sumado muchos nombres que, o han venido para quedarse o llevan una racha larguísima e irreprochable: Manuel Jabois, Ricardo F. Colmenero, Sergio del Molino, Leila Guerreiro (argentina que publica en El País) y, en ocasiones, Juan Soto Ivars.
Hoy traigo una columna de uno de mis autores preferidos, Juan Tallón, recopilada en un libro magnífico desde la portada: Mientras haya bares.

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Fui a la universidad porque quería conocer de cerca el jueves por la noche. Y por nada más. Entonces todavía se ingresaba en una facultad por motivos así. Me matriculé en filosofía, para disimular. En el instituto había estado interesándome vagamente por Nietzsche y el nihilismo, así que la carrera me sirvió de coartada. Nadie sospechó nada en casa. Tampoco en el Gobierno, que me concedió una beca de trescientas mil pesetas, para mi sorpresa. Eso favoreció notablemente la aproximación a mi objeto de estudio. Bebí cosas que nunca había bebido. Enseguida descubrí que los jueves por la noche no tenían una fecha fija. A veces empezaban un martes y acababan el domingo. Eran frondosos, como un bosque, y te hacían perder la noción del calendario. Había momentos, cuando te colocabas, en los que creías que las horas eran almohadas. Recuerdo que una mañana, a las seis de la tarde, me llamó mi madre. Yo estaba pendiente del desayuno y salí desorientado hacia el teléfono, que estaba colgado de una pared del pasillo. «Soy mamá», me saludó cortante. «¿Qué mamá?», pregunté algo aturdido. «¿No piensas venir a cenar?», dijo en tono de reproche. Yo manejaba la idea de que al día siguiente tenía un examen de Historia de latiffanys Filosofía Medieval, pero como no quería ser displicente, inquirí si existía algún motivo especial por el que debía subirme a un autobús, hacer trescientos kilómetros y presentarme a esa cena. «Es Nochebuena», aclaró, con voz de cuchillo romo.
 En aquellos años los jueves por la noche implicaban justamente un cuestionamiento rotundo del tiempo, vinculado a un cierto nihilismo: era comienzos de octubre, entraba el jueves por la noche, salías de casa en busca de nuevas civilizaciones, y al día siguiente era Navidad por la tarde. Lo importante era salir; salir, aunque no supieses a dónde. En último término, cuando todo estaba cerrado, siempre podías dirigirte a clases de Filosofía de la ciencia. Así, por descarte, cerrando un bar tras otro, hasta caer en el de la facultad, es como yo me licencié. Lamentablemente, sólo me llevó cinco años.
Me moría de envidia cuando veía a mis amigos emplear seis, siete, ocho, incluso nueve años antes de acabar la carrera. Yo quería ser como Alberto. Empezó Economía. Empezó Empresariales. Empezó Filología hispánica. No cejó hasta licenciarse en Historia. Ahora es banquero. Envidiaba el modo en que desechaba una carrera tras otra. Envidiaba la manera en la que se levantaba a las ocho de la tarde. Envidiaba esos días de examen que desayunaba, cogía un pantalón sucio y, cuando había vestido una pierna, decía «a tomar por culo» y regresaba a la cama. No había nada que no envidiase. Fueron muchos sus jueves por la noche. Su vida era un fracaso rotundo, prolongado, vertiginoso. Es decir, todo lo que yo deseaba. A menudo me hacía pensar en una historia popular que contaba Manolo Rivas. Hablaba de dos vecinos. Uno lo envidiaba todo del otro, que tenía la vaca que daba más leche, los mejores árboles frutales… El vecino envidioso pactó con el diablo y su suerte cambió. De pronto, todo lo suyo pasó a ser lo mejor. A su vecino incluso lo atropella un camión y pasa una larga temporada en el hospital. Cuando regresa a casa, el vecino está al acecho. Un nuevo torrente de envidia lo invade por dentro cuando lo ve bajar del taxi en muletas, mientras musita: «Qué bien cojea este cabrón».

El oficio más impúdico del mundo

"¿Cómo quiere que un escritor sea púdico? Es el oficio más impúdico del mundo; a través del estilo, de las ideas, de la historia, de las investigaciones, los escritores no hacen otra cosa que hablar de sí mismos, y además con palabras. Los pintores y los músicos también hablan de sí mismos, pero lo hacen con un lenguaje mucho menos crudo que nosotros. No, señor, los escritores son obscenos; si no lo fueran, serían contables, conductores de tren, telefonistas, serían gente respetable."
Amélie Nothomb

jueves, 8 de septiembre de 2016

"El embargo" (poema de Gabriel y Galán musicado por Bucéfalo)


Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo...

Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro...

¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro...

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo...
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!...

domingo, 4 de septiembre de 2016

Enseñanza rural en la España vacía: misioneros e interinos buscando redención.

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Aunque la idea de las misiones pedagógicas estaba ya en el espíritu de Giner de los Ríos, quien las propuso por primera vez en 1881 con el nombre de "misiones ambulantes", fue Manuel Bartolomé Cossío (...). El proyecto era de una sencillez y de una ingenuidad propias de apóstoles y cristianos primitivos. Consistía en llevar la cultura a los rincones más aislados y remotos del país. (...)
El Patronato de las Misiones Pedagógicas, una de las primeras instituciones que se crearon en 1931, tenía unos mandamientos para quienes aspirasen a entrar en la orden: "Él (el misionero) podrá divertirse y gozar de la obra que realiza y con todo lo que a ella necesaria y legítimamente acompaña, pero se guardará muy y mucho de que pudiera producirse en el pueblo la sensación desmoralizadora de que ha ido allí a divertirse. Rompiendo los hábitos urbanos, pocas veces en concordia con los lugareños, debe amoldarse a éstos, sin hacer nada que pudiera, no ya servir de escándalo, mas ni siquiera llamar con rareza la atención o ser chocante".
(...)
Las memorias de los exiliados magnificaron aquellos días, que se convirtieron en días de redención y paraísos perdidos. Las misiones fueron copiadas en Argentina, en Brasil, en Uruguay y en otros lugares de Latinoamérica (en México ya existían), extendiendo su mito. El impacto real de las misiones es anecdótico, pero el símbolo es enorme y se ha pegado al ideal democrático de la República. Su espíritu está detrás de todas las aproximaciones que se han hecho a la escuela rural. Y persiste hoy.

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Vuelvo al año 2015, al tiempo de escritura de este libro. A las siete de la mañana de un día cualquiera de octubre. Estoy en mi ciudad, Zaragoza, pero puedo estar en Valladolid o incluso en Sevilla, Valencia o cualquier capital de comunidad autónoma que rebase el medio millón de habitantes. (...) Son las siete, pero a lo mejor son las seis. O las cinco. Todo depende de lo lejos que esté el destino. Hace frío. Cuatro jóvenes de entre veinticinco y treinta años se suben el cuello del abrigo, se frotan las manos y esperan bostezando en una esquina. Un conche para. Se suben. El coche arranca y enfila las salidas de la ciudad. Cada día es un coche distinto. Se turnan para no tener que conducir todos los días. (...) Llegan al pueblo recién amanecidos. Se desperezan y empiezan su jornada. Son los profesores del colegio. (...)
El diseño aparentemente meritocrático de reclutamiento de profesores para el sistema educativo público español propicia que los más jóvenes, los que empiezan en la docencia, a menudo no tengan más remedio que aceptar sustituciones e interinidades en pueblos remotos de su comunidad. (...) Entre esos jóvenes profesores que cada mañana comparten coche para viajar setenta, cien o ciento cincuenta kilómetros hasta su puesto de trabajo hay muchos vocacionales y enérgicos. El rodillo de los años no les ha mellado la voluntad ni las ganas de levantarse cuando suena el despertador. El contador de decepciones está casi a cero y la vitalidad, al cien por cien. Creen en lo que hacen, están convencidos de la importancia del magisterio y unos cuantos han ido más allá de la formación convencional, han leído mucha pedagogía y les apetece innovar dentro de los años límites del sistema (que pueden ser estrechos). En la escuela rural encuentran un campo de intervención prodigioso. Quizá muchos pueblos no tengan docentes veteranos y curtidos, porque nadie aguanta en ellos una temporada larga, pero, a cambio, disponen de jóvenes que se toman su trabajo muy pasionalmente (...)
Ya no son setecientos voluntarios apoyando a un cuerpo de maestros de escuela muy pobres y aislados, sino todo un sistema con miles de funcionarios. Quizá no se llamen Rafael Alberti o Antonio Machado, pero, en términos pedagógicos, están mucho mejor formados que cualquier joven misionero de los años 30 y tienen muchas más aptitudes y herramientas para enfrentarse a su trabajo. (...) Es difícil que muchos de estos docentes jóvenes no se sientan un poco misioneros. Están de paso, al fin y al cabo. Llevan la cultura y la educación a los pueblos como un bien importado porque ellos mismos no se quedan. Al terminar las clases, vuelven a sus ciudades. Persiste, débil aunque reastreable, una idea de redención. (...)
Quizá con otro sistema de reclutamiento del profesorado, con mayores facilidades para conseguir una plaza y menos interinidades, se producirían muchas epifanías como la de Doctor en Alaska. El urbanita reticente que se enamora del pueblo y hace de él su casa. Tal vez así se acabaría con todo resto de la vida redentora y misionera. Pero, mientras muchos docentes estén de paso, el espíritu de redención seguirá latente.

La España vacía.
Sergio del Molino.
(Turner Publicaciones, 2016) 

La Extremadura vacía: Ibarra vs Extremoduro

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"El populismo en España siempre se ha vestido de chico de pueblo que triunfa en los estudios y vuelve a su tierra para beber vino del porrón de sus abuelos. Juan Carlos Rodríguez Ibarra se hizo con una mayoría absoluta y se convirtió en lo que pronto se llamaría un barón: un líder territorial con mucha fuerza y apoyo en su comunidad que le permite influir en el partido nacional. Fue presidente de la Junta de Extremadura durante casi veinticinco años. Fue el barón de los barones, y hay quien sostiene que, durante su baronesado, diseñó (quizá sin quererlo, por la propia inercia del poder y el carisma) un sistema clientelar no muy distinto al de muchos caudillos de Latinoamérica.
Para la nueva Extremadura, la que tenía una bandera, la que había descubierto una identidad, la que vindicaba su habla, había varios estigmas que eliminar. Rodríguez Ibarra triunfaba con sus promesas de modernidad. A finales de la década de 1980 empezó a sonar un grupo de rock de Plasencia llamado Extremoduro. Hacían un rock muy bronco, de inspiración punk, con cantos a la politoxicomanía y a la deshinbición sexual, asuntos muy lógicos si se conoce Plasencia y se sabe que es una de esas ciudades-catedral tan propias del interior de España (como Sigüenza, Tarazona, Segorbe o Calahorra), dominadas durante siglos por la curia y con una vida social vigilada y dictada por la iglesia. Extremoduro era la catarsis que un burgo como Plasencia necesitaba en una década en la que las catedrales de la España vacía empezaban a caerse a pedazos."
La España vacía.
Sergio del Molino.
(Turner Publicaciones, 2016) 

sábado, 3 de septiembre de 2016

"Viviendo con los etarras": artículo de Íñigo Domínguez que hay que leer

Quien no lo haya leído, que no se lo pierda y, el que lo pillara en su momento, que sepa que merece una relectura. O dos.

Sábado (un poema de Manuel del Barrio Donaire)


SÁBADO

Paso la tarde del sábado jugando a la play
y viendo Lost in Translation por cuarta o quinta vez
mientras pienso que debería dejarme de gilipolleces
y escribir
no sé muy bien el qué
pero escribir algo,
un poema, cualquier cosa para actualizar el blog
y no sentirme culpable cuando esta noche salga
y me introduzca entre la juventud
y me beba unas cervezas
y las mujeres me miren como a uno más sin saber que yo
no pierdo el tiempo viendo el fútbol o la fórmula uno porque yo
soy escritor joder y si me las quiero follar
no es por follar
sino para escribir sobre ello
y ser alguien en la vida
y poder mirar atrás.

¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas?
Ediciones Liliputienses

(Cuando Víctor Martín Iglesias y yo aceptamos el honor de hacer el prólogo a la antología ¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas? de Manuel del Barrio Donaire para Ediciones Liliputienses, solo exigimos que se incluyera este poema. El prólogo completo, por cierto, pueden leerlo en este enlace)

viernes, 2 de septiembre de 2016

Adioses (un poema de Ana Pérez Cañamares)

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ADIOSES

Decir adiós a un novio es fácil
si uno se concentra en repartir los recuerdos:
aquel CD te lo regalé yo
este libro es mío
nunca me gustó esta foto
pero el marco es una herencia de mi madre.

Pero con los amigos a la hora de romper
no hay nada para repartirse
nada que repare el daño
que simulacre la ruptura.
No hay aniversarios que llorar.
Sólo huecos, tardes de domingo
pipas que se enrancian
películas que envejecen
bromas que nadie entiende
que flotan arrastradas por el aire como globos después de una fiesta.
A la hora de romper no hay un momento perfecto.
Las manos están en movimiento
se agarran, se sueltan
bailan juntas o por separado
se pellizcan
se enredan los dedos en las frases
en un abrazo o en un pulso.
Sólo vale un tajo inesperado
zas
y entonces yo me he quedado con dos de tus dedos
tú con dos de los míos
y no nos sirven para nada los dedos ajenos
ni los muñones propios.

Los números de teléfonos no se olvidan de un día para otro
no se vacían las piscinas
ni se agostan los veranos
y en el recuerdo las risas suenan siempre burlonas.

Ana Pérez Cañamares.
La alambrada de mi boca.
Baile del Sol.