Lizzie miró el techo y habló mientras lo pensaba.
—¿Quiere que le traiga arena?
—Enfoque correcto, pero no lo has traducido. Asintió con la cabeza.
—Ay, Diosito mío, señora, ¿quié que le traiga arena?
—Bien.
—«Quié» cuesta de decir —intervino Glory, la mayor de los niños—. No acabar la palabra.
—Es verdad —dije—. Y no pasa nada por tartamudear. De hecho, es bueno. Qui-quié que le tr-tr-traiga un poco de arena?
—¿Y si no te entienden? —preguntó Lizzie.
—No pasa nada. Que se esfuercen para entenderte. Farfulla a veces, para que tengan la satisfacción de decirte que no farfulles. Disfrutan de corregirte y de creer que eres tonto. Acordaos, cuanto más decidan que no nos quieren escuchar, más podremos hablar entre nosotros delante de ellos.
—¿Y por qué Dios hizo las cosas así? —preguntó Rachel—. ¿Que ellos fueran amos y nosotros esclavos? —Dios no existe, hija. Existe la religión, pero no ese Dios suyo. Su religión dice que recibiremos nuestra recompensa al final, aunque parece que no menciona nada de su castigo. Cuando estamos con ellos, sin embargo, sí que creemos en Dios. Oh, Diosito, Diosito, en ti creemos. La religión no es más que una herramienta de control que usan y a la que se adhieren cuando les conviene.
—Tiene que existir algo —dijo Virgil.
—Lo siento, Virgil. Puede que tengas razón. Puede que exista algún poder superior, niños, pero no es su Dios blanco. Sin embargo, cuanto más habléis de Dios y de Cristo y del cielo y el infierno, mejor se sentirán ellos.
—Y cuanto mejor se sientan, más a salvo estaremos —dijeron los niños al unísono.
—February, traduce eso.
—Cuanto mejó estén, menos mal pa’ nosotros.
—Muy bien.
(...)
Nos echamos a reír y entonces vimos que venía un blanco por el camino. No había nada que irritara más a los blancos que un par de esclavos riendo. Sospecho que tenían miedo de que nos riéramos de ellos, o quizás simplemente odiaban la idea de que nos lo pasáramos bien. Fuera cual fuera el caso, no nos callamos lo bastante deprisa y llamamos su atención. Nos había oído y caminó hacia nosotros. —¿Qué son esas risillas de niñas? —preguntó. Yo había visto a aquel hombre alguna vez, pero no lo conocía. Vi que intentaba hacer una pose como de hombre peligroso. Aquello hizo que le tuviera más miedo y a la vez menos.
—Nos perguntábamos si sería verdá —dijo Luke.
—¿Si sería verdad el qué? —preguntó el hombre.
—Nos perguntábamos si es verdá que las calles de Nueva Orleans están hechas de oro, como dicen —dijo Luke, y me miró.
—Y si es verdá que, cuando se inunda, las calles se inundan de whisky. Yo no he probao nunca el whisky, no señó, pero tiene buena pinta.
—Me giré hacia Luke—. ¿A ti no te paíce que tiene buena pinta, Luke?
Llegado aquel punto temí durante un segundo que el tipo se diera cuenta de que nos estábamos burlando de él, pero soltó una risotada y dijo:
—Tiene buena pinta porque es bueno, chavales. —Y se alejó muerto de risa.
—Ahora se va a emborrachar, no tanto porque puede como porque nosotros no podemos —dije.
Luke soltó una risilla.
—Entonces, cuando lo veamos dando tumbos más tarde y haciendo el ridículo, ¿será un ejemplo de ironía proléptica o de ironía dramática?
—Podría ser las dos cosas. —Eso sí que sería irónico. (...)
Cuando el chico desapareció en la luz brillante de fuera, volví a sentir lo enfermo que estaba. En aquel momento ya sospechaba que no me iba a morir, pero no tenía claro si debía alegrarme de ello. Me daba vueltas la cabeza y sentía mucho dolor. Tenía náuseas y no se me había pasado la fiebre. Intenté ponerme de pie, pero tenía los pies entumecidos y no cooperaban. La verdad era que me daba miedo dormirme otra vez por si Huck volvía y oía mis pensamientos sin pasar por el filtro de esclavo. Me daba todavía más miedo seguir teniendo conversaciones imaginarias e improductivas con Voltaire, Rousseau y Locke sobre la esclavitud, las razas y nada menos que sobre el albinismo. Qué mundo tan extraño, qué existencia tan extraña, donde tu igual necesitaba pelearse por tu igualdad, donde tu igual necesitaba ostentar un estatus social que le permitiera presentar los argumentos en tu defensa, donde no podías presentar aquellos argumentos por ti mismo, donde las premisas de dichos argumentos las podían vetar aquellos iguales que no estaban de acuerdo. (...)
Por primera vez en la vida, tenía papel y tinta. Estaba entusiasmado. Encontré un palo recto, le afilé la punta y le hice un surco en el costado. Me puse el papel en el regazo, mojé la punta en el tintero y escribí el alfabeto. Dibujé las letras de imprenta tal como las había visto en los libros, despacio y con torpeza. Después escribí mis primeras palabras. Quería estar seguro de que eran mías y no las que había leído en algún libro de la biblioteca del juez. Escribí: Me llaman Jim. Todavía no he elegido nombre. Según las prédicas religiosas de mis captores blancos, soy víctima de la Maldición de Cam. Los supuestos amos blancos no pueden hacer frente a su crueldad y su codicia, sino que deben buscar su justificación religiosa en ese fraile dominicano mentiroso. Pero no pienso permitir que esa aflicción me defina. No pienso permitir que mi mente se ahogue en miedo e indignación. He de sentirme indignado, como es natural. Pero lo que me interesa es cómo hacer que las marcas que estoy dejando en este papel puedan ser significativas. Si tienen sentido, entonces la vida también lo puede tener y yo lo puedo tener. (...)
—¿Crees en Jesucristo? —gritó Huck.
—Claro —dije—. Pero a lo mejó le has de pedí ayuda tú. No paíce que haga caso de lo que quieren los esclavos.
Tras alejarse la barcaza, seguimos achicando. Ya nos mecíamos con menos violencia.
—¿Le has rezao al Señó? —pregunté.
—No me ha dao tiempo —dijo Huck—. Pero nos hemos salvao igual.
—Paíce que sí.
Me moría de ganas de leer. Aunque Huck estaba dormido, no me podía arriesgar a que se despertara y me viera con la cara pegada a un libro abierto. Luego pensé: ¿Y cómo va a saber que estoy leyendo de verdad? Podría decirle que estaba simplemente mirando las letras y las palabras sin entenderlas, preguntándome qué demonios significarían. ¿Cómo lo iba a saber él? En aquel momento se me hizo real y evidente el poder de la lectura. Mientras tuviera delante las palabras, nadie podría controlarlas ni controlar lo que yo obtuviera de ellas. Ni siquiera podrían saber si las estaba mirando sin más o leyéndolas, haciéndolas sonar o entendiéndolas. Era una relación completamente privada y libre y, por tanto, completamente subversiva.


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