ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 7 de junio de 2021

"FERIA" (Ana Iris Simón)


Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad. Cuando lo digo en alto siempre hay quien pone cara de extrañeza y me responde cosas como que a mi edad mis padres habían viajado la mitad que yo o que a ellos envidia ninguna, que tienen que hacer muchas cosas «antes de asentarse». Que ahora somos más libres y que nuestros padres no pudieron estudiar dos carreras y un máster en inglés ni se pegaron un año comiendo Doritos y copulando desordenadamente en Bruselas gracias a eso que llaman Erasmus y que no es sino una estrategia de unión dinástica del siglo XXI, una subvención para que las clases medias europeas se crucen entre ellas y pillen ETS europeas y celebren que eso era Europa y eso era la europeidad y que para eso hemos quedado los nietos de Homero y Platón. (...)

cuando lo digo la gente piensa con frecuencia que soy gilipollas y en respuesta lo que pienso yo es «tienes treinta y dos, cobras mil euros al mes, compartes piso y las muchas cosas que tienes que hacer “antes de asentarte” son ahorrar durante un año para irte a Tailandia diez días aunque en la vida te hayas interesado por qué pasa o qué hay en Tailandia, comerte una pastilla y hacerle arrumacos a tus colegas en festivales en los que no conoces ni a medio cartel pero tienes que fingir que sí y creer que las series que eliges ver y los libros de Blackie que eliges leer forman parte de tu identidad como individuo». (...)

seguramente nuestros padres se casaron y tuvieron hijos y se metieron en hipotecas por eso que se ha convenido en llamar «imperativo social», porque «era lo que había que hacer», pero que creer que sobre nuestras cabezas no sobrevuelan otros imperativos igual es la mayor prueba de que lo hacen y de que quizá nos hemos creído lo de la libre elección y lo del progreso y lo de la democracia liberal como única arcadia posible. Y menuda arcadia. Nos lo llevan diciendo diez años y nos negamos a creerlo. Somos la primera generación que vive peor que sus padres, somos los que se comieron 2008 saliendo de o entrando a la universidad o al grado o al instituto y lo del coronavirus cuando empezábamos a plantearnos que igual en unos años podríamos incluso alquilar un piso para nosotros solos. Nuestros imperativos existen y son materiales (...).

 

aunque nuestros padres tenían menos papeles académicos que un galgo, sí que tenían, con nuestra edad, hijos e hipotecas y pisos en propiedad. Porque era lo que había que hacer, seguramente. Pero también porque podían hacerlo. Nosotros, sin embargo, ni tenemos hijos ni casa ni coche. En propiedad no tenemos nada más que un iPhone y una estantería del Ikea de treinta euros porque no podemos tener más y ese es nuestro imperativo y es material. Pero nos autoconvencemos pensando que la libertad era prescindir de críos y casa y coche porque «quién sabe dónde estaré mañana». Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición con la que menos mal que hemos roto, que la emigración y la inmigración son oportunidades para aprender nuevas culturas y para convertir el mundo en un crisol de lenguas y colores en lugar de una putada, y que compartir piso es una experiencia de vida en lugar de, llegada una edad, un detalle denigrante que da vergüenza confesar. (...)

El gráfico de Nolan, ese que está tan de moda en Twitter y que te dice cuál es tu ideología según dos vectores, la opinión económica y la personal, tiene también dos vertientes, la teórica y la antropológica, pero no parecemos darnos cuenta y ese es uno de los logros del liberalismo: que sus lógicas nos han calado hasta los huesos sin que reparemos mucho en ellas. Su mayor logro, además de haberse hecho pasar por la neutralidad, por la ausencia de ideología, por lo normal y lo aséptico, ha sido hacernos olvidar que en paralelo a su modelo económico corren también unos valores. Y que parece compatible decir que uno rechaza lo primero y celebrar y vivir de acuerdo a lo segundo y que de hecho en esas estamos muchos. (...)

Durante la adolescencia había escrito mucho sobre Madrid como escribimos sobre Madrid los chavales que vivimos en la periferia, como si Madrid fuera una especie de Macondo en el que no llueven ranas pero qué bien se está en Comendadoras cuando atardece. Durante la adolescencia y la primera juventud me había imaginado con treinta y pico, ya con alguna cana y un par de bebés en un piso en el centro con una terraza y costillas de Adán y troncos de Brasil y muchos libros de Taschen en el salón. Durante la adolescencia y la primera juventud había desdeñado a los que se quedaban en Aranjuez porque menudos paletos, quedarse en un sitio tan pequeño y con tan poco que ofrecer. Pero la paleta y la que tenía poco que ofrecer era yo, y pequeñas mi alma y mis miras. (...)

Yo que había decidido vivir en un parque temático, yo que había creído que trabajar de lo mío desde los veintipocos aunque fuera por mil euros y mucha incertidumbre era un triunfo, yo que siempre había pensado que tener hijos joven era de pobres porque mis padres lo eran y que no plantearse siquiera hacerlo con menos de treinta era sinónimo de que algo había evolucionado cuando es justo al revés. Yo, que tenía que hacer no muchas pero sí algunas cosas «antes de asentarme» y que ahora cuando me dicen eso respondo que a mí ya no me quedan cosas y que, es más, esas cosas nunca existieron. Que eran vacío y polvo y nada y que no muerto sino asesinado Dios, es el ocio el que es el opio del pueblo y que lo que me pasa es que me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad y me da envidia porque cuando la Ana Mari tenía mi edad tenía un trabajo fijo, el mismo que tiene a día de hoy, más de veinte años después, y eso que le daba la mitad de importancia que yo al trabajo o se la daba de otra forma. (...)

Recordaba haber oído a mi abuela María Solo quejándose de los chinos antes de morirse. No de ellos, sino de sus establecimientos, que empezaban a crecer como setas, pero también la recordaba quejándose de los centros comerciales y del Indiana Bill, que era una piscina de bolas que había en Aranjuez, y de los Pizza Hut, «porque antes el único sitio donde podías comprar juguetes o montarte a los caballitos o comerte una hamburguesa era la feria y ahora mira». «Ahora mira» significaba que las ferias habían dejado de tener sentido porque la vida, el mundo, nuestra propia existencia se había convertido en una. A esas quejas nunca le respondí porque nunca habría sido capaz de contradecir a mi abuela María Solo, pero en mi diario escribí que a mí me parecían bien los chinos y los centros comerciales y el Indiana Bill y el Leclerc y el Pizza Hut, y el Burger King que estaban construyendo enfrente del Palacio de Aranjuez también me parecía bien aunque mi padre me decía que no me iba a llevar, que eso eran americanadas. (...) Años más tarde tuve que darle la razón, pero es que a mi padre siempre tengo que darle la razón, aunque sea años más tarde. Estaba siendo testigo del fin de España, del fin de la excepcionalidad. Y no me daba cuenta. (...)

En la cinta de la boda salían juntas la familia de mi padre y la de mi madre y me enfadaba no estar. Me enfadaba no poder correr por el banquete mientras alguien me decía que no corriera y me enfadaba no poder mezclar sorbetes de limón con pan y con el kétchup que daban para el filete empanado del menú de niños en los salones de Pelos, que es donde se casaron mis padres y donde se casaba mucha de la gente que se casaba en mi pueblo. Me enfadaba no poder salir en ese vídeo al lado de mis tíos mientras comían gambas o bebían DYC o fumaban, porque cuando se casaron mi padre y la Ana Mari, en el noventa, aún se fumaba en los restaurantes y en las discotecas, en los vagones de tren y en las clases y delante de los niños. (...)


Pero más que ETA y quién era ese tal Miguel Ángel lo me inquietaba era que la boda de la Rebeca no fuera a ser tan divertida como la de mis padres o que su vídeo no fuera a tener efecto caleidoscopio por culpa de un desconocido. Tardé muchos años en entender que a mi familia le pusiera tan triste la muerte de un concejal de por ahí, que ni siquiera era de esos que a veces veíamos en Las Cuevas cuando íbamos a tomar café la Ana Mari y yo con Coral y Carmen, que eran las secretarias del Ayuntamiento de Ontígola. Tardé muchos años en comprender que a veces los muertos de los otros son también los propios, lo que es una tragedia, lo que es un malnacido y lo que es un pueblo. (...)

pensaba eso: que tenía las piernas más bonitas del mundo y que era mi madre, aunque no la llamara así hasta primero de primaria, cuando me di cuenta de que todo el mundo tenía una madre pero yo tenía una Ana Mari. Tampoco se lo dije nunca, ni lo de las piernas ni que en primero de primaria me había dado cuenta de que llevaba seis años sin madre ni lo del jersey de angora, porque ser niño es guardar secretos. Empezamos a ser adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse y que todo merece la pena ser contado. (...)

"Hacíamos pulseras de hilo y me ponía sus camisetas, que a ella le quedaban por encima del ombligo pero a mí no, y me contó que el 85 del luminoso de su caseta era por el año en el que se habían casado sus padres y me enamoré de ella como se enamoran las niñas de otras niñas más mayores, queriendo parecerse a ellas, queriendo ser ellas. (...)

Cuando estaba hinchando globos en la caseta de tiro o colocando las miniaturas de las botellas de Larios en los estantes de chapa y me veía llegar, me sonreía y me dejaba pasar y me alzaba un poco en brazos y lo sublime no podía ser otra cosa más que esa. Lloré mucho el día que me despedí de ella mientras de fondo sonaba seguramente Camela y aquel fue mi primer amor de verano. (...)

 

Cuando la profesora, que se llamaba Rosa, nos preguntó qué habíamos hecho en verano, rodeada de una veintena de niños a los que no conocía, no hablé de Mari Luz ni de que me había pasado varias semanas durmiendo con mi abuela María Solo y mi abuelo Gregorio en una caseta, ayudándoles a descargar la Mercedes, lavándome en una palangana y andando descalza hasta la fuente en la que cogíamos el agua mientras mi abuela me gritaba que no fuera descalza, que me iba pinchar e iba a coger el tétano. No hablé de nada de eso porque me daba vergüenza, no fueran a pensar que éramos gitanos y que por eso yo no sabía leer, porque eso era lo que, fuera de la feria, había oído que éramos los feriantes. Cuando me tocó el turno dije que había estado en la playa con mis padres, y cuando me preguntaron en qué playa respondí que en la de La Mata, que era lo que había dicho otro niño que había respondido antes que yo. Gritó «pues no te he visto» y antes de que la profesora lo llamara al orden sentí por primera vez lo que era la sospecha y me acordé de eso que me decía mi abuela María Solo de que «las mentiras tenían las patas muy cortas», así que durante años intenté alargarlas lo máximo posible. Por lo pronto, ese día intenté no cruzarme en el recreo con el niño que sí que había ido a La Mata, para que no me preguntara qué había en ese sitio, porque nunca había estado allí. Ni siquiera había pisado nunca una playa. (...)

La madre está siempre condenada al reproche porque es el amor primero, el amor puro y el dolor sobrevenido de no poder ser el otro, de no poder ser uno con el otro, imposible siempre de satisfacer. La decepción primigenia viene, como el amor primigenio, de la madre. (...)

Acabamos, como siempre, yéndonos por las ramas y despotricando contra el Satisfyer porque no es sino una manera de abrazar la precariedad también en lo sexual y de desvincularnos en nombre de nuestra libertad y de empoderarnos en nombre del sexo vacío y del «bonobocapitalismo», que es un término que se ha inventado mi amigo Gonzalo, que está en contra del porno y de la masturbación y de muchas otras cosas que ahora no vienen a cuento. Después el orden del día viró hacia que si estábamos intentando derruir el mito del amor romántico —que en realidad no es un mito, porque nada puede ser creado de la nada y antes que Blancanieves, amiga, fue Penélope tejiendo y destejiendo— no era porque fuera dañino —que no lo negábamos tampoco, todo tiene sus cosas—, sino porque éramos y somos unos mediocres y a los mediocres no les gusta intuir nada que aspire a lo sublime o a lo épico. Así que trabajan —trabajamos— constantemente para destruir cualquier atisbo de ello. Para hacer como que todo lo relacionado con ello —el amor romántico, por ejemplo— nunca debió existir. O peor aún: como que nunca existió. Concluimos, extasiadas y con un gato acostado entre nosotras en un sofá que no era nuestro, sino de Jaime, que queríamos tener hijos y poder cuidarlos, no pagarle cuatrocientos euros al mes a otro para que los criara, y en que para gustar los hombres tienen que hacer pero a nosotras nos basta con ser y en la posibilidad de que toda mujer ame a un fascista como escribió Sylvia Plath y en que Sylvia Plath también escribió que se preguntaba si no era mejor «abandonarse a los fáciles ciclos de la reproducción y a la presencia cómoda y tranquilizadora de un hombre en casa», así que a ver cuánto tardaban en mandarla a la hoguera. Hablamos de eso y de muchas cosas más que, de haber sido filmadas y colgadas en Twitter o de haber sido expresadas, simplemente, en presencia del resto de nuestras amigas, habrían hecho que nos acusaran de algunas cosas. (...)

No podíamos competir con Alberto, el hijo de la Tere, la vecina, porque él tenía un santo hecho en madera oscura, noble y barnizada, mientras que el nuestro estaba decorado con Pintiplus. Además, él no ponía ni a María ni a Isabel en la cruz para hacer de Jesús, sino a un Nenuco con sangre pintada, y se iba a la era a por flores y decoraba el paso con margaritas y amapolas y retales que le daba su madre, pero hacíamos lo que podíamos. Y aunque todos éramos hijos del ateísmo monoteísta no nos decían nada, porque en Dios no podíamos creer, pero sí en los rituales. Y al fin y al cabo eso es jugar. Creer —aún— en los rituales. (...)

Mi padre es comunista porque mi abuelo es comunista y mi bisabuelo murió exiliado en Francia por comunista. Llegó hasta allí tras escapar de la prisión de Valdenoceda, en Burgos, y aquel exilio y los años que mi abuelo pasó viviendo en Radio Comunista, la emisora del Partido en el pueblo, y arando al sol y trabajando desde Alemania en los setenta para mandar dinero a sus siete hijos y a su mujer, mi abuela, y recibiendo Mundo Obrero de tapadillo marcaron para siempre el linaje de los Simón. Cuando apenas sabía hablar, mi primo Sergio, el que duerme en una litera y arriba España, repetía todo el rato que «España mañana sería republicana y si era lista, comunista». Me atrevería a decir que todos los Simones tenemos, como mínimo, una foto haciendo «lo del puñete», que es como llama Carolina a sus cinco años a levantar el puño derecho cuando le dicen que levante el puño derecho. (...)

En primero de la ESO también me aprendí Primavera, uno de los himnos de la División Azul, porque María, la punki de mi clase, me ponía la versión de Estirpe Imperial en su MP3 no sé muy bien por qué y me parecía muy bonito eso de que un ángel fuera cabalgando con brío y valor y de que le cantaran a una patria que echaban de menos desde la lejana y gélida Rusia, porque una de las discusiones que tenía recurrentemente en la adolescencia con mi padre era por qué los obreros no podíamos tener patria, a lo que me respondía que él tenía más en común con un cartero francés o alemán que con Emilio Botín. A lo de por qué los comunistas parecía que no podían decir España sin sonrojarse directamente no me respondía o me respondía con la eterna pregunta, la de qué era España, y yo le decía entonces que España era precisamente esa pregunta, que nada más español que preguntarse qué es España y qué somos los españoles o incluso si existe tal cosa, si existimos. (...)

A Javi mi padre solía llevárselo a la sede del Partido y le enseñaban a recitar a Lorca y a Hernández y a Marcos Ana y a cantar La Internacional y a decir que había muchos niños que se morían de hambre en el mundo y que por ellos había que combatir, pero que ninguno era cubano. Fue el encargado de entregarle a Concha Carretero, la rosa número catorce, que se libró del fusilamiento, su ramo de flores cuando le hicieron un homenaje en la sede del PCE de Aranjuez y fue el encargado de votar por mi padre desde los ocho y hasta los dieciocho que pudo votar él. La primera vez que lo hizo en su nombre y no en el de mi padre votó por Errejón y fue acusado de traidor, como cuando con diecisiete se metió en las Juventudes Libertarias y nos explicaba entre risas que «no nos rayáramos», que «era para matar al padre». (...)

La Ana Mari nunca le dijo nada a mi padre por inculcarle a Javi que la socialización de los medios de producción era la única manera, pero ella no era comunista. Era del realismo mágico, porque mi abuela María Solo era del realismo mágico y mi bisabuela era del realismo mágico. Y del sentido común. Solía decirme cuando me bañaba con ella, porque las cosas importantes me las decía la Ana Mari cuando me bañaba con ella, que lo de que mi padre odiara el cristianismo no tenía sentido porque Jesucristo fue el primer comunista. Ella, desnuda mientras me enjabonaba el pelo, teóloga de la liberación. A veces me cantaba «Escuela de calor» y otras «Me quedo contigo» en la bañera, y cuando le preguntaba que por qué tenía estrías en la tripa y me respondía que por mi embarazo yo me sentía culpable porque el resto de su cuerpo, pensaba, era tan bonito que no merecía esas estrías. A la Ana Mari le gustaba José Bono porque fue durante décadas el Tomás Guitarte de La Mancha, el que la puso en el mapa e hizo que los niños manchegos tuvieran libros gratis y los viejos manchegos una sanidad que daba gusto. Cuando vino a Ontígola a inaugurar el nuevo Ayuntamiento la Ana Mari se hizo una foto agarrada de su brazo y empezó a llamarlo Pepe, Pepe Bono, como si se hubieran hecho amigos. A su abuela, a mi bisabuela, me contaba la Ana Mari, le gustaba Adolfo Suárez porque era muy guapo, y aun cuando llegó la democracia seguía teniéndoles miedo a los aviones porque de joven cada vez que veía uno pasar tenía que irse corriendo al cementerio, que era el único lugar del pueblo a salvo de las bombas. Y por eso también le gustaba Adolfo Suárez, porque le había hecho tener menos miedo. A su marido, el abuelo de mi madre, lo pilló el bando republicano, y al hermano de su marido, el tío abuelo de mi madre, el nacional. Esto también me lo contaba la Ana Mari y me decía que por eso su familia no era «ni de los unos ni de los otros». (...)

Cuando más me gustaba la feria era por la tarde. Los puestos empezaban a abrir y los ruidos metálicos de los cierres se mezclaban con las primeras frases del de la tómbola, «y otra chochona, y otra chochona; si quiere la chochona, le damos la chochona». Mi abuelo Gregorio le daba a las cajas de juegos de té de plástico o a las muñecas con el trapo en la mano y el cigarro en la boca, mientras le decía a algún crío, sin quitarse el Bisonte de entre los labios, «llora un poco, hombre; llora, que si no lloras, no te van a comprar na». (...)

Igual cuando más me gustaba la feria era a primera hora porque siempre sentí que había llegado tarde a ella, cuando se intuía que su brillo se apagaría pronto, cuando la olla y el gusano loco se habían empezado a oxidar y la gente ya no esperaba impaciente San Lorenzo o la Virgen del Rosario o la fiesta patronal que tocara para comprarse un ato nuevo y pasearlo por el ferial, sino para irse de vacaciones al Levante primero y a alguna capital europea después. Crecí escuchando historias de una feria que ya no era, de pueblos que recibían con aplausos a los circos y a los zoos chicos y al Bombero Torero, que era un grupo de enanos recortadores con los que la Ana Mari tiene una foto que me encantaba de niña en la que van todos vestidos de rosa. Mis titos me contaban que cuando eran pequeños, mi Abuela María Solo y mi abuelo Gregorio les ponía a ellos un puesto aparte al lado del puesto grande; a la Arantxa le tocó de blandiblús y a la Vanessa, que era la hermana menor de la Ana Mari y mi tía favorita porque me llevaba solo nueve años y fue lo más parecido a una hermana mayor que tuve nunca, le asignaron uno de cajas sorpresa. (...)

El progreso trajo consigo, además de rotondas y chalés adosados con las puertas de madera clarita y supermercados que ya no olían a animal muerto, una ola de crueldad, y la trajo no al mundo, sino a nuestros ojos, que de pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5, 4. La única vez que vi animales en la feria fue cuando vino un tiovivo de ponis y mi abuela se pasó tres días compadeciéndose y «ay pobreticos, tú fijate, con la calor que hace» a la hora de la siesta. La Ana Mari siempre me hablaba de la Tuta, la Tota y la Fátima, tres hermanas feriantas que tenía ella de amigas y que llevaban en su zoo chico hasta una boa y un mono muy listo, pero en las ferias que yo conocí no había rastro ya ni de la Tuta ni de la Tota ni de la Fátima, ni mucho menos de su boa o de su mono, y por eso siempre tuve la sensación de haber llegado tarde a la feria. (...)

 

Iba por la feria de Criptana como Pedro por mi casa, pero cuando algún Simón, cuando mi tía Ana Rosa o mi prima Marta me decían que había salido a los Bisuteros o que menuda bisutera estaba hecha, me enfadaba. Me enfadaba porque entreveía ahí una acusación, un reproche al que tardé muchos años en ponerle nombre: lumpen proletariado. (...) Pero me daba rabia que me llamaran así porque creía saber lo que había detrás y porque no éramos unos cueveros ni unos quinquis, ni mis abuelos ni mis titas ni por su puesto mi tito José Mari, que acababa de terminar la universidad y que sabía un montón y tenía una sudadera de la Complutense de color azul, pero cómo se lo iba yo a explicar a la Ana Rosa o a mi prima Marta o a mis compañeros del colegio. Tardé más de veinte años en decir que mis abuelos eran feriantes. Normalmente hablaba de que vendían juguetes, pero no decía dónde, no decía que tenían un puesto de dos por diez ni que meaban en una palangana cuando los baños del ferial cogían lejos ni que en otoño e invierno hacían mercaíllos y en primavera romerías y en verano ferias. También tardé más de veinte años en dejar de avergonzarme de que a la Ana Mari le gustara el flamenco pero también el flamenquito; Lole y Manuel y Triana pero también el Parrita y Los Chichos y el Chiquetete. Ella dice que es una de las secuelas que le quedan de la feria, igual que mi tito José Mari dice que tiene de secuela lo de no poder dormir por las noches porque en la feria dormir no se duerme mucho y menos de noche, con el de la Tómbola diciendo lo de avanti tuti a tuti jorobi y los últimos borrachos saliendo del recinto a deshora. (...) Me ocurrió lo mismo con Camela cuando mis amigos lo empezaron a poner en los botellones, que a mí no me salía ponerme a vocear «Cuando zarpa el amor» con el vaso de vodka Knebep del Mercadona en la mano, porque cuando tus padres te llevan al teatro y al Reina Sofía los domingos o cuando simplemente no llevan toda la vida escuchando Camela mientras hacen de sábado es muy fácil apreciar lo que a ti te parece la cultura popular porque tú no perteneces al pueblo, no a ese pueblo, pero cuando te han llamado cueverota porque provienes de un lugar en el que no paran de sonar y sobre todo donde apenas suena otra cosa, pues te hace menos gracia. Años más tarde, en los 2000, me volvió a pasar con el reguetón. (...) Lo que viene después lo sabemos todos: tras el «Lo que pasó, pasó» y el «Rakatá» y el «Agárrala, pégala, azótala», después de lo que mi hermano Javi convino en llamar un día reguetón vintage, porque llegó a España a la par que él al mundo, vino el reguetón empoderado y empoderador, el reguetón como signo de pedigrí, de ausencia de clasismo o racismo en particular y de prejuicios en general. Llegó Bad Bunny como icono revolucionario por pintarse las uñas y por vestirse de tía en un vídeo porque la historia no es sino la historia del adanismo y porque nadie pareció caer en que aquello no solo lo hicieron los que le bailaron el agua a Tierno en la Movida en nombre de la contracultura, sino también Odín y Aquiles y todos nuestros padres, que de jóvenes se vistieron de chica en algún carnaval o en la mili con unas medias por las que se les salían los pelos y dos globos haciendo de tetas. En aquellos tiempos disfrazarse de chica aún no era machista. Ahora sí, salvo si uno es Bad Bunny. Resultó que la decolonización era apuntarse a clases de twerking, ponerse uñas encima de uñas y hacer sentadillas para echar caderas. Y resultó también que el reguetón pasó de ser una cosa zafia y vulgar, lo que sonaba en las macros de los pueblos mientras la gente que quería molar de los pueblos se negaba a ir a las macros porque solo sonaba reguetón, a ser el principal gancho del Primavera y del Sónar y a sonar en cualquier after y a ser incluido como cuñita rompedora en forma de verso en los poemarios de todo aquel que quería ser distinguido precisamente por abrazar la ausencia de distinción, por no tener prejuicios, por valorar lo popular, sin reparar en que popular es también la adicción temprana al alcohol y el fracaso escolar y las casas de apuestas y eso nadie lo celebra como parte de la cultura plebeya. Y Dios me libre de comparar a Bad Bunny con las casas de apuestas, aunque los dos encajen en el cuadradito de arriba del diagrama de Nolan, porque el liberalismo no es solo una cosa económica, es también un señor cantándole a que «estar soltera está de moda / por eso ella no se enamora» porque se conoce que amar es una cosa antiquísima y que la revolución será perreando hasta abajo o no será, y me gustaría a mí saber cuántos banqueros han sido guillotinados con la técnica de romper el piso moviendo el culo hasta abajo o de fingir follisquear con unos y con otros sin orden ni concierto. (...) La otra cara de la clase media aspiracional, de esos pobretones que nos pensamos menos pobretones por vivir en los centros de las ciudades y vestir del COS y tener plantas tropicales en vez de geranios para parecer menos provincianos es la lumpen burguesía, los hijos de las clases medias y altas que habiendo pasado los veranos en Irlanda y teniendo dos másteres y un doctorado sin acabar con treinta y tres y habiendo visto un gitano de cerca por primera vez a los veintiséis cuando fueron a Casa Patas porque les empezó a gustar el flamenco con Los Ángeles de Rosalía, le dicen al que ha crecido en bloques de VPO que menudo clasista por no escuchar reguetón y seguir diciendo que es machista o que le baila el agua al liberalismo, que si no le gusta Camela es porque es un elitista o que no tiene ni puta idea por no ver en el Sálvame y en Jorge Javier el katejon antifascista. Nada nuevo bajo el sol: señoritos diciéndole al pueblo lo que el pueblo es. (...)

Cuando era pequeña pensaba en mis abuelos, pensaba en los Bisuteros como en el titiritero de la canción de Serrat, que me la ponía mi padre en el coche, seguramente más de una vez camino de una feria. Pensaba en mis abuelos, en mis titos y en la Ana Mari no como unos cueverotes ni como unos cerrilleros, sino como una raza que va de plaza en plaza, de feria en feria, siempre risueña, de aldea en aldea. Hoy sigo pensándolos igual pero también como un vestigio de una España que fue y ya no es. Una España en la que había zoos chicos y enanos recortadores y en la que sonaba Camela, pero donde también había recitadores como Waldo, el amigo de mi abuelo Gregorio, que declamaba romances y coplas de pie quebrado en el teatro chino de Manolita Chen. (...)

FERIA.

Ana Iris Simón (Círculo de Tiza, 2020) 

 

martes, 1 de junio de 2021

YO, ADICTO: UN RELATO PERSONAL DE DEPENDENCIA Y RECONCILIACIÓN (Javier Giner)


"Las historias de los adictos (sin importar la sustancia o actividad adictiva) no se diferencian tanto: todos compartimos una emocionalidad parecida. Aunque cada contexto es diferente, nuestras emociones no lo son tanto. Son tan similares que hay un término para definirlas: malestar adictivo. Independientemente de las circunstancias personales, todos los adictos somos gente enferma. Nadie escoge ser adicto. Repito, por si acaso, en cursiva, que esto es importante: Nadie-escoge-ser-adicto. Nadie se levanta un día y decide de forma consciente: «Voy a esforzarme con todas mis fuerzas en joderme la vida, a mí y a todos los que me rodean, y si en el camino me muero, pues mejor, eso que me llevo». Volveré sobre esto una y otra vez. Por ahora, basta decir que cuando la pulsión de muerte supera a la de vida es un síntoma bastante contundente de que hay algo ahí dentro que no funciona del todo bien. Como cuando un aparato electrónico comienza a hacer ruiditos raros o el móvil se bloquea demasiado o no se le rellena del todo la batería por muchos cargadores que se prueben. El personaje de la madre de O que arde, la película de Óliver Laxe, resumía esta idea, sin hablar específicamente de la adicción, de una manera preciosa, en una línea de diálogo conmovedora: «Si hacen sufrir es porque sufren». (...)

Ese es el primer detalle importante que merece la pena señalar: este es el libro de alguien enfermo. Curiosamente, como ocurre con la enfermedad mental, no son pocos los estigmas asociados a la adicción y a la toxicomanía. Supongo que en el mundo que hemos construido no solo hay clases socioeconómicas, sino también clases de enfermedades: enfermedades de primera y de segunda, enfermedades respetables y otras que no lo son tanto, enfermedades que se padecen y enfermedades que se buscan, enfermedades de las que se habla sin tapujos y otras que se esconden. Quién decide cuál es cuál y a qué grupo pertenece cada una es... uno de los misterios de la vida. (...)

No quiero que se me malinterprete: no me avergüenzo, al contrario. Es posiblemente de lo que más orgulloso estoy en mi vida: de haber tenido la capacidad de enderezar el timón, de responsabilizarme de mis actos y emociones y de cambiar la destrucción denigrante en la que había convertido mi existencia. Sin embargo, siempre he sentido que quería ser yo quien lo compartiese: a mi manera, cara a cara, de forma personal. Conocemos demasiadas historias de gente que entra y sale de clínicas y nos referimos a estas como si fuesen parques de atracciones o un Primark. Desintoxicarse se ha convertido en una aventura pop. Sin embargo, mi experiencia es demasiado personal para tratarla así. Nunca quise que otros pudieran frivolizar sobre lo que para mí había sido un infierno. Por eso lo he ido contando poco a poco, en la intimidad. No soy Lindsay Lohan ni Amy Winehouse ni Philip Seymour Hoffman ni Carrie Fisher, y mi vida no es, ni quiero que sea, motivo de choteo social. Lamentablemente, a menudo, la adicción y sus consecuencias se convierten en eso. La toxicomanía, como la enfermedad mental, de nuevo, está llena de lugares comunes, prejuicios y estereotipos, y la gente habla de ella sin tener ni la menor idea de lo que dice, cuando no convirtiéndola en un arma arrojadiza sensacionalista. (...)

Es evidente, y si no, lo explico encantado, que convertirme en alcohólico y toxicómano no ocurrió de la noche a la mañana. Entre los momentos que acabo de relatar (mis primeros consumos) y mi ingreso en la clínica pasaron muchos años, unos diez. En todo ese tiempo yo mantuve el estatus de consumidor social ocasional, como muchas personas. Nada especialmente reseñable. Es cierto que tal vez hubo fines de semana en los que la fiesta era más intensa, pero venían seguidos de etapas más calmadas. Es cierto que quizá hubo más lagunas de las previstas, noches más estiradas de lo deseable, experiencias tímidamente vergonzosas, algún momento incómodo propiciado por una boca dada a expulsar palabras incendiarias sin medir sus consecuencias, algo típico de la desinhibición, pero nada que no pudiese enmascararse al día siguiente con un «Creo que anoche se me fue un poco la mano» y unas risas maliciosas de los cómplices de mis correrías nocturnas. En mi caso, la adicción fue una escalada progresiva que operó en la sombra, ajena a mi reconocimiento. El ascenso no consistió tanto en los efectos físicos del desfase (todos hemos vivido mañanas resacosas, de boca seca y pastosa, tembleques causados por un cuerpo destemplado, apetencia de comida basura, manta e ibuprofeno) como en algo mucho más incisivo y peligroso: el efecto silencioso, a través de un proceso interno acumulativo y destructivo, que todo aquello fue, muy poco a poco, provocando en mi estabilidad emocional y mental. La sigilosa pérdida de mi identidad, la bruma confusa del toxicómano, la lóbrega nebulosa de la adicción, la laguna perpetua de la dependencia. Hoy sé que todo lo que hacemos, incluso los estímulos externos a los que estamos expuestos diariamente (sonidos, colores, olores, palabras, gestos, miradas), tiene reflejos internos a nivel emocional. Experimentamos mucho más de lo que somos capaces de registrar. En aquel momento, si lo sabía, y dudo que lo hiciera, no tenía ningún interés en pararme a aclararlo. Prefería seguir viviendo, incansable, sin pausa. (...)


El proceso de la toxicomanía se asemeja bastante a una relación en la que predomina el maltrato (al fin y al cabo, una adicción no deja de ser una forma de maltrato hacia uno mismo). No quiero que se me malinterprete: ambas realidades no tienen nada que ver más que en los mecanismos psicológicos que se ponen en juego en el interior del individuo. En el comienzo de una relación de maltrato puede que el cariño y el amor fluyan sin medida, sin límite, que se experimenten sentimientos novedosos, que todo se viva con la alegría del descubrimiento y con la satisfacción de entrar en contacto con algo especial, distinto, incomparable, y que las cimas de felicidad parezcan consecuencia de una magia inexplicable. Pronto, las caretas empiezan a caer y las verdaderas personalidades anuncian su aparición. El abuso siempre comienza de una manera tan sutil que es imperceptible: con pequeños detalles humillantes dirigidos como misiles a horadar la autoestima, que, por supuesto, con el tiempo queda despedazada. A posteriori es fácil identificarlo, también doloroso. (...)

Al igual que en una adicción, la persona maltratada desarrolla una peligrosísima tolerancia al maltrato: se ve a sí misma en situaciones que nunca habría imaginado, con la culpa y la vergüenza resultantes, pero las normaliza en un autoengaño constante. En sus momentos más extremos, el amor, como la vida para el adicto, es un componente que solo brinda un dolor y un sufrimiento gigantescos, pero para ese instante la persona está tan confundida, tan aislada, tan frágil, tan aterrorizada, que ya no sabe cómo salir de esa situación que la destroza. Sus capacidades cognitivas y emocionales se ven diezmadas. Ya no es capaz de sentir ni pensar con claridad, ni de manera lógica, y el autocuidado no tiene cabida en su vocabulario. Está sobrecogida y sola. Las personas abusadas comienzan estando enamoradas de sus maltratadores y, poco a poco, enfermas de dependencia, van perdonando, transigiendo, ampliando el abismo con sus conductas. El adicto hace lo mismo: olvidar el daño, esconderlo, en una maniaca huida hacia delante. Prometiéndose, una y otra vez, arrebatado por la negación, que a la próxima será distinto. Que todo ha cambiado. Y tal vez sí que lo haya hecho, pero solo a peor. En una relación de abuso y maltrato, la persona está secuestrada por otra, que ha arrasado con su identidad y su autoestima. En una relación de adicción, de manera paralela, el adicto es prisionero de sí mismo y de la sustancia, que le ha sepultado. (...) Soy una portada perfecta viviendo en una casa admirable. Me desvivo en trasladar la autenticidad que yo no soy capaz de transmitir al mundo a mi entorno y mi apariencia. Acumulo y acumulo y acumulo. Voy por la vida en modo automático, sin disfrutar de los objetos. Lo único que importa es tenerlos. Más adelante, cuando lo material no surta efecto, esta acumulación patológica la llevaré a las personas. (...)


Soy un experto en la infidelidad, la manipulación emocional y el engaño. Mantengo las barreras altas, no les doy permiso para que entren en mi intimidad. Me convierto en un trofeo de metal, nada más. Soy una transacción. Durante todo este tiempo no he dejado de salir y he seguido manteniendo mis rutinas de alcohol y drogas. Ha habido un gran aumento generalizado (necesito dosis mayores para mantener el estado que al comienzo lograba casi de inmediato) y las consecuencias negativas van amontonándose: resacas, olvidos, irascibilidad, vacío, falta de sentido, enfados con gente, meteduras de pata, agresividad, desplantes, impulsividad, estrés, ansiedad, angustia, trastornos del sueño, incapacidad de sentir, anhedonia, negativismo e insatisfacción. A todo ello se añade una sensación de soledad desoladora, como si estuviese separado del mundo por un muro invisible que se magnifica cuando me encuentro rodeado de gente. Me siento abandonado. Sé que mi familia de la noche no es más que un cúmulo de relaciones superficiales y que hay algo que nos impide establecer vínculos reales, porque la verdad es que conocemos muy poco los unos de los otros, más allá de lo que nos une: la fiesta y los pasotes. No hay compañía real y cuando intento buscarla, en las parejas que he mencionado, por ejemplo, no sale bien. Todavía no soy consciente de que para poder conectar necesito abandonar el disfraz. La gente que me rodea me repite que soy muy divertido, que estoy fatal, pero lo dicen apoyándome, como quien lo celebra, jaleándome. (...)

A mí ellos me aburren. Y en secreto les desprecio, igual que me desprecio a mí mismo. Nadie habla conmigo para decirme que tengo un problema serio. Curiosamente, las criaturas coloridas hablamos mucho, sin parar, pero nada de lo que sale de nuestra boca tiene la más mínima importancia. Aunque todos los mecanismos de la adicción están ya en pleno funcionamiento, nadie me señala el peligro y yo, no es ninguna sorpresa, soy incapaz de verlo. (...)

En nuestra sociedad, a no ser que te despiertes bebiendo vodka, no puedas vocalizar a las nueve de la mañana, te despidan del trabajo y lleves una jeringuilla clavada en el cuello después de haber robado un banco, nadie suele pensar que se trata de una adicción. Así, mientras no te hayas convertido en un estereotipo no existe el problema. La razón es clara: la adicción, en todas sus variantes, es algo profundamente naturalizado, lo que hace que sea casi imposible de detectar, salvo en sus casos más visibles y peligrosos. Pero no todos los adictos somos así. Existe mucha gente como yo: yonquis con la capacidad de estar días enteros sin consumir, que mantienen una estructura y unos compromisos laborales, sin que eso nos plantee ningún tipo de problema. (...)

No paro de pensar que todo el mundo es mejor que yo, más exitoso, merece más la pena, sabe subsistir y enfrentarse a la vida. Me corroe la envidia y el desánimo. Yo, por el contrario, nunca acierto, soy incapaz; a mí me ocurre algo que no logro definir que me hace ser menos y peor. Me siento defectuoso e inútil. Pero no quiero admitírmelo. Sigo viviendo, como puedo. Cambio de lugares por los que salir, de ambientes, de círculos, porque el problema son los otros, no yo. Las discotecas se transforman y, con el paso del tiempo, los afters empiezan a ser en mi casa: fiestas que duran días completos, incluso fines de semana enteros, gente que entra y sale, desconocidos, da igual. (...)


Todo me aburre. Todo es demasiado conocido. Todo es una realidad vulgar y gris de la que quiero escapar. Necesito sentir, más, más intensamente, lo que sea. Salto de fiesta en fiesta porque no soy capaz de estar solo conmigo mismo. Huyo y huyo. La búsqueda desesperada de la novedad. La evitación. Cada vez más alcohol, cada vez más drogas. Ya he entrado en el círculo vicioso. Es la traición. (...)

Dicen que en la vida de todo adicto hay un momento de lucidez. Incluso pueden ser varios. Es eso o la muerte, porque esta historia, la de la adicción, no tiene otro final. Yo sé que el mío, al menos el primero, fue ese. Algo en mi interior se rebeló, salió a flote como un corcho que resurge a la superficie despedido con un impulso desconocido y paré de inmediato. (...)

Hoy sé que mi interior nadaba todavía en negación y, en consecuencia, en vanidad y petulancia, y que aún no estaba preparado para admitir mi derrota. Me faltaban, aunque no me lo pudiera imaginar, los escalones finales, tras los cuales, esta vez sí, caería precipicio abajo. Toda historia de adicción encierra un relato de terror. (...)

A lo largo de los años he oído tantas veces el argumento de «Si es yonqui es porque quiere», como si fuese un razonamiento válido, que me veo obligado a romper una lanza a favor de los adictos. La toxicomanía es una enfermedad. Dudo que exista una sola persona en el mundo, sin estar gravemente enferma, a la que se le pregunte si desea convertir su vida en un averno, habitar una realidad angustiosa y asfixiante dominada por la desesperación y destrozar las vidas de todos a los que quiere, y responda que sí, que encantada, que cuándo empieza porque se muere de ganas. Yo no he conocido a nadie que disfrute autodestruyéndose. Repito: a nadie. ¿Y los masoquistas? En este caso se trataría de una parafilia circunscrita al terreno de la fantasía sexual. No tiene ninguna relación. Si aun así alguien levantase el brazo y dijese «Ya, pero...», le interrumpiría y pasaría a explicar, con templanza y asertividad, que esas personas desarrollan sus prácticas en un marco temporal concreto: con un principio y un final nítidos. Y que, como prueba, en sus aventuras eróticas existen palabras de seguridad (o safe words), estipuladas desde un comienzo, que anulan de inmediato el sufrimiento porque decirlas frena la actividad en seco. Como todo el mundo sabe, espero, en la adicción no existe ese tipo de conjuros, previamente pactados con la fuente del dolor, ni una horquilla temporal determinada. En la adicción no hay ninguna combinación de letras que se convierta de forma mágica en una estrategia de supervivencia o de paralización del dolor emocional y físico. Y el abismo de la adicción, me temo, exige una dedicación continuada y eterna. No tiene fin. Bueno, sí, el que nos espera a todos, pero con la certeza de una llegada mucho más rápida: un ataúd. (...)

También he conocido a suicidas, el paradigma más extremo de la autodestrucción, y tengo algunos amigos cercanos que lo terminaron llevando a cabo y se colgaron de una viga del techo o se mataron con pastillas, pero puedo asegurar, con conocimiento directo de causa, que bien de lo suyo, lo que se dice bien, no estaban. Por cierto, cada año en España se suicidan más de 3.600 personas. Por término medio, cada día se matan en nuestro país más de diez personas. El suicidio provoca más del doble de muertes que los accidentes en carretera. Curiosamente, como ocurre con la toxicomanía, nadie habla de ello. El suicidio, como la adicción, como la enfermedad mental, se silencia, se esconde y se estigmatiza. Sospecho que es más cómodo vivir como si nada de esto existiese, aunque sea falso. Como sociedad siempre hemos tenido una capacidad infinita de mirar hacia otro lado. Existe una leyenda urbana, creada por vete tú a saber quién, según la cual visibilizar estas problemáticas provoca fomentarlas. Ojalá pronto no sea necesario repetir que tratarlas con dignidad, empatía, naturalidad y rigor no solo no las refuerza, sino que las previene. No estoy escurriendo el bulto. Reniego del victimismo yonqui. Los toxicómanos somos responsables de lo que hacemos y de los estragos que causamos a nuestro alrededor. Es decir, a mí nadie me convirtió en yonqui, fue un logro devastador en el que participé yo solo. Pero eso no significa que yo decidiese serlo y lo buscase con ahínco, porque quería. Es injusto e irreal eliminar la enfermedad de la ecuación y juzgarnos como personas sin ningún tipo de problema de adaptación emocional ni psicológico. No lo somos. Transformarse en toxicómano no es en absoluto una elección libre que se realiza en pleno desempeño de las facultades: no se trata de escoger un lugar para vivir o qué cocinar. Principalmente porque una de las primeras bajas causadas por el trastorno de la toxicomanía es la propia identidad, la construcción del yo tan necesaria para funcionar en sociedad. El basurero psicológico y emocional en el que nos convierte la enfermedad, aunque tenga apariencia de ser humano, dista mucho de serlo. (...)

De hecho, esa es una de las tragedias más amargas de la escalada acelerada de la adicción: la destrucción del yo y del propio deseo. Descubrirte haciendo cosas en las que no te reconoces, que consideras monstruosas, que sabes, porque lo sientes en cada célula, que te hacen daño a niveles desconocidos, que te avergüenzan intensamente, y dejar de comprender por qué las haces siquiera si, en realidad, no quieres hacerlas. Yo llegué a no salir de casa en varios días, hibernando con las cortinas opacas cerradas, para evitar tener que mirar a nadie a la cara por la calle, porque pensaba que esos completos desconocidos podrían adivinar en mis gestos y en mi mirada la mierda irreversible en la que me había convertido. (...)

Salir de la adicción es un proceso muy lento y pausado, sin fórmulas rápidas, y no tiene relación alguna con la voluntad ni con apretar los puños ni, desde luego, con echarle cojones. Dejar de drogarse es sencillo: no se hace y ya está. Pero mantener esa renuncia en el tiempo al cabo de meses o años exige cambios muchísimo más profundos e íntimos que no tienen nada que ver con el uso de una sustancia, sino con la emocionalidad interna. Con la construcción del yo que la enfermedad ha destruido. Las sustancias y actividades adictivas, no lo sabía entonces, son un síntoma. Liberarse del síntoma (dejar de consumir) no hace que la enfermedad desaparezca. Puede abandonarse durante una temporada, pero, si no hay más cambios que ese, probablemente aparezca en forma de otra adicción diferente o incluso de la misma, más fuerte que nunca, como me ocurría a mí. Puedes pasar el síndrome de abstinencia de la heroína y limpiar el organismo, pero eso no asegura que no vayas a recaer en cuanto dobles la esquina dos meses más tarde o que no sustituyas una adicción por otra. Sería como aquella famosa frase de El gatopardo: «Cambiarlo todo para que no cambie nada». Es decir, cambios estéticos y superficiales que no conllevan una modificación de las estructuras personales internas. En el momento en el que se reactiven los interruptores emocionales y los estímulos que lanzan al toxicómano al uso de su sustancia, la adicción reaparecerá, ya que el interior —su sistema de creencias, su pensamiento y su estructura emocional— no ha sido transformado. (...)

(...) fui testigo directo de personas que eran cocainómanas y se desintoxicaban solo para volver a ingresar al cabo del tiempo como heroinómanas. He conocido a alcohólicos que renuncian al alcohol y se convierten en ludópatas. Si una persona es adicta al dulce y es su manera de premiar un día estresante, podrá ponerse a dieta estricta y dejar el dulce una temporada, pero, si no aprende a manejar el estrés o la tristeza o los pensamientos incapacitantes, es solo cuestión de tiempo que recaiga. Muchos nutricionistas hablan del «hambre emocional», que no tiene que ver con un sentimiento físico de hambre, sino con una gestión emocional deficiente a través de la comida. Porque el problema no son los dónuts ni la bollería industrial, sino lo que se oculta y se tapa bajo el manto calentito de la hinchazón estomacal. La adicción tiene mucho de esto: de esconder, de evitar, de huir. Y es increíble la cantidad de energía que se moviliza para mantener una eterna huida hacia delante. (...)


Para explicarlo de la forma más simple posible: la adicción es como la fiebre. La fiebre es síntoma de que existe una infección en el cuerpo. La fiebre es el semáforo, la bandera roja, el neón que posee el cuerpo para avisarnos de que en nuestro interior hay algo que no funciona, que se pudre. Podemos tomar paracetamol y analgésicos, pero hasta que no superemos la infección... la fiebre volverá a aparecer. En el caso de los toxicómanos, dejar las drogas, el alcohol o la actividad adictiva es solo el primer paso para la curación. Dejar de consumir sería, para seguir con el símil, como ponerse tibio a paracetamol. Pero la verdadera recuperación, la que con suerte hará desaparecer la infección y la enfermedad, comienza una vez que uno se compromete a abandonarlo todo. La necesaria salvación es interna y no tiene nada que ver con las sustancias o las actividades porque la adicción y sus causas no están fuera, sino dentro de nosotros mismos. La infección, la verdadera enfermedad, es la adicción. La sustancia es solo el síntoma. Llevándolo a mi terreno: el problema no eran el alcohol o la cocaína, el problema era yo. (...)

El miedo al cambio es una de las barreras psicológicas más poderosas que existen. Opera en nuestro subconsciente con la fuerza de un tornado y nos arrasa con olas poderosas sin apenas darnos cuenta. El ser humano puede llegar a hacer cosas increíbles, verdaderamente sorprendentes, con tal de no cambiar. Somos seres conservadores: preferimos mantener la estructura instaurada a enfrentarnos a la angustia, por momentos insoportable, de la incertidumbre que provoca un salto al vacío. Somos capaces de acostumbrarnos a cualquier cosa, por aberrante que esta sea. Suena asombroso, pero es así. Aquel viejo dicho de «Más vale malo conocido que bueno por conocer» es real y condiciona nuestro interior y nuestros actos a cada segundo. ¿Cuántos no abandonan ese trabajo que les provoca tanta ansiedad y les vuelve tan miserables porque «aquí estoy seguro» y «a saber qué me encuentro fuera»? ¿Cuántas personas continúan atadas a relaciones tóxicas, o simplemente insatisfactorias, porque «en todos lados cuecen habas»? ¿Cuántos individuos nunca han dado ni un paso para perseguir sus sueños, con los que fantasean en vidas monótonas? ¿Cuántas veces el cansancio y la pereza encierran, bajo la promesa de la comodidad, miedo al cambio? (...)


Los adictos, acostumbrados a vivir en el malestar, no somos una excepción y, como muelles que vuelven a su posición original después de estirarlos, regresamos a ese malestar de manera natural, una y otra vez, porque no sabemos funcionar de otra forma y porque la zona de confort de un toxicómano, por muy delirante que suene, es el sufrimiento. Estamos abonados al espectáculo de la tragedia personal, con butacas de primera fila. Si pudiésemos analizarlo en el momento, nos daríamos cuenta de que nos empeñamos en padecer por la sencilla razón de que es algo que, al menos, conocemos. Es una deformación y un espejismo, pero es nuestro espejismo. Nos manejamos, sabemos movernos en él. Hemos aprendido. Salir de la adicción implica iniciar un camino que exige no solo valentía y constancia, sino un salto de fe. No tenemos ni idea de cuánta agua habrá en esa piscina y preferimos evitar comprobarlo. Estar bien nos aterroriza porque es algo desconocido, y por eso no saltamos. Ingresar en una clínica de desintoxicación es, por definición, dar ese paso, forzarnos a él, para evitar regresar al mundo conocido y descubrir, por fin, el bienestar y el placer en el mundo real. Aprender los recursos (los adictos los llamamos «herramientas») que nos permitan vivir en él, que nos estructuren, nos anclen y nos sostengan. Que es lo que hace cualquier ser humano funcional: no escapar, cobardemente, tapándose los ojos y los oídos, anestesiándose, a universos ficticios donde los problemas no existen. Muchos, ni encerrándose obligados lo logran. Prefieren destruirse por completo antes que abandonar el sufrimiento. Así de poderosos son el miedo al cambio y la atracción del toxicómano al malestar. (...)

A grandes rasgos, a todos los toxicómanos se nos presupone un trastorno de ansiedad generalizada, trastornos depresivos y un trastorno del control de los impulsos en diversos grados. Parte de la recuperación pasa por dejarlos atrás, pero estos, por expresarlo de manera coloquial, se regulan solos con el abandono de la adicción y los cambios internos que se producen en el proceso. De todas formas, todos los seres humanos presentan rasgos de casi todos los trastornos. Una persona funcional puede sufrir ansiedad y falta de control de los impulsos y tener hábitos que fácilmente podrían catalogarse como trastorno obsesivo-compulsivo. El problema, y el momento en el que se convierte en un trastorno psiquiátrico, es cuando se rebasa cierto límite. Hay instantes en los que todo ello condiciona el fluir de la vida más allá de lo saludable, impidiendo el desarrollo sano de la persona. Eso es un trastorno: un obstáculo a la hora de vivir con normalidad. En el caso de la patología dual el tratamiento es complejo, y de ahí que los pacientes necesiten ingresos más largos. Por un lado, se debe vencer la toxicomanía, y por otro, estabilizar y superar, si es que es posible, la enfermedad mental. Todo se complica mucho más cuando se desconoce qué origina qué: si la toxicomanía ocasiona la enfermedad mental o si es el trastorno psiquiátrico el que produce la adicción. (...)


el abuso de sustancias es un síntoma, no la enfermedad. Una clínica de desintoxicación se basa en esta máxima: los toxicómanos somos personas enfermas expertas en evadirnos, en evitar el dolor y la confrontación con nosotros mismos, en hacer todo lo posible por no sentirnos mal, por no conectar con nuestra angustia. No sabemos gestionar nuestras emociones, especialmente las negativas (aunque también hay casos en los que gestionamos mal las positivas, como me ocurría a mí con la euforia). Tampoco nos interesa demasiado aprender, para ser sinceros. Preferimos huir. De ahí que se nos aísle de esta manera, se nos encierre y se nos confisquen todos los estímulos externos que nos puedan distraer (ordenadores, móviles, etc.). En el proceso de desintoxicación se nos obliga a enfrentarnos a todo aquello que hemos estado intentando tapar y bloquear desesperadamente: emociones, creencias, sentimientos, traumas, dolor. Sin escapatoria, sin entretenimiento, no tenemos más opción que esperar a que afloren nuestros demonios internos más escondidos para plantarles cara. Esos diablos ocultados y disimulados, negados, acallados por nosotros mismos, son la verdadera adicción y lo que debe ser apaciguado. Esa es la enfermedad real a la que debemos hacer frente. (...)

La adicción es un enfermedad compulsiva, obsesiva, crónica y progresiva. Puede aparecer en cualquier etapa de la vida y, aunque habrá consumidores casuales o sociales que puedan dejar de usar la droga cuando quieran, el adicto, por el contrario, será aniquilado por la compulsión a consumir. Las alteraciones químicas en el cerebro le impiden su funcionamiento normal. El cerebro necesita la droga para recuperar su equilibrio y para reemplazar sus sustancias químicas naturales. De la misma manera en que se comportaría el organismo cuando tiene sed o hambre al faltarle el agua o el alimento, así se comporta el cerebro del adicto. La parte mental de la enfermedad, que todos los ingresados sufrimos, se equilibra con un sofisticado sistema de autoengaño, negación de la realidad y justificación para volver una y otra vez al consumo. (...)

Aprendo las características conductuales que mis compañeros y yo compartimos. Con independencia de nuestros contextos, historias y experiencias, todos los toxicómanos las tenemos, en mayor o menor medida. Son las siguientes. El enfermo no acepta ser adicto, no reconoce que necesita ayuda. Vive en una subcultura particular y utiliza un lenguaje con códigos típicos de esa subcultura para comunicarse. Es una persona con inteligencia promedio o superior (la mayoría). Tiene conflictos con la autoridad y la rechaza. Es egocéntrico e individualista, se suele preocupar poco por los demás. Distingue entre el bien y el mal, pero cuando actúa primero lo hace y después piensa (es impulsivo). Tiene controles internos pobres o débiles. Es inconsistente, no persevera. Comienza las cosas pero no las termina. No tolera la rutina. Vive el presente como un niño. Quiere las cosas cuando las pide y no puede esperar. No planifica en base a la realidad. Es manipulador, siempre busca salirse con la suya. Es inmaduro, ansioso e inseguro. No aprende de sus experiencias ni de las de otros. Tiene una bajísima tolerancia a la frustración y también una bajísima autoestima. No se hace cargo ni se responsabiliza de sus conductas, los culpables siempre son los demás. Presenta embotamiento afectivo, le cuesta sentir amor y se le hace muy difícil recibirlo. Es mentiroso y se cree sus propias mentiras. Tiene ambiciones y autoexigencias desmedidas, así como una gran capacidad para seducir y agradar. No se conforma nunca, siempre quiere más. O provoca conflictos con su pareja (objeto que puede usar como quiere) o, por el contrario, se deja usar. Trata de modificar el mundo de acuerdo con sus propios intereses. Le cuesta aceptar las reglas y las pautas externas. Es un ser desconfiado. Su complejo de inferioridad a menudo se desarrolla en forma de patología narcisista. Tiene poca confianza en sí mismo. A veces se torna irascible, negativo y hostil. Siente una culpabilidad y una vergüenza permanentes con autodesvaloración, minusvalía y tendencia al autocastigo. Tiende a la amargura existencial y la depresión. Necesita obtener la aprobación de los demás. (...)

Esos somos nosotros, radiografiados en negro sobre blanco. Las personas con baja tolerancia a la frustración no aceptan que sus deseos no sean satisfechos de inmediato, no quieren esperar, ni saben sustituir un deseo no realizable por otro que sí lo sea. Aunque este comportamiento suele ser frecuente en niños, también se da en los adultos que consideran que sus propias necesidades están por encima de cualquier otra cosa o persona, incluidas las leyes o las normas sociales. No soportan que las cosas no salgan como ellos quieren. Cometer un error es algo terrible y fracasar es inadmisible. Todo aquello que a las personas con una adecuada tolerancia a la frustración les resulta simplemente molesto o desagradable para nosotros es una verdadera catástrofe. (...)


William Burroughs lo expone muy bien en su libro Marica, que leería durante mi ingreso, hablando de su protagonista, Lee (un alter ego del autor): «El caballo no solo le provoca un cortocircuito con el apetito sexual, sino que además le embota las reacciones emocionales, hasta casi anularlas, según la dosis. Cuando se quita la tapa, todo lo que ha estado controlado por el caballo sale a borbotones. El adicto con síndrome de abstinencia está sujeto a los excesos emocionales de un niño». La adicción es una enfermedad que implica una conducta no adaptativa de evitación. Es una solución irreal y desestructurada a las miserias emocionales, los pensamientos negativos y el dolor. Un yonqui hará lo que sea con tal de no sentir y de no enfrentarse a sí mismo. Su manera de gestionar las emociones, según ha aprendido, es huir de ellas, taparlas, eliminarlas. Eso lo consigue mediante el uso indiscriminado de la sustancia adictiva, con consecuencias trágicas. Si lo piensas, no es muy distinto de lo que dice la gente común en la calle: «Estoy fatal, hoy salgo de fiesta», «Vamos a pillarnos un buen pedo y a pasar de todo», «Con unos cuantos bailes y un par de morreos se te quita», «Lo que necesitas es una buena juerga y olvidarte». Lo nuestro, lo de los yonquis, es ese mismo mecanismo evitativo pero llevado al extremo. Nosotros no salimos de fiesta, nosotros nos noqueamos. La adicción como una resistencia catastrófica a sentir dolor. (...)

Por ello, cuando un toxicómano se ve obligado a ingresar y se queda incomunicado, sin estímulos externos que le distraigan y sin acceso a la droga que utiliza para paliar su dolor emocional (o su euforia maniaca), el estallido de emociones es atómico. Todo lo que ha permanecido anestesiado y negado aflora a la superficie con la contundencia aniquiladora de un tifón. Ya no existen maneras de acallar, de esconderse, de evitar la realidad, y el adicto debe aprender a lidiar con la ansiedad y la angustia y los complejos y las creencias y las inseguridades y los miedos y los abandonos y la desesperación sin destruirse en el camino. A pelo, sin muletas. (...)

El centro es un depósito energético, un arsenal. La pólvora somos nosotros: seres invalidados por pastillas que no se acuerdan de cómo eran antes de las drogas y que tienen que reconstruirse. Conocerse. Renacer. En las primeras semanas descubro dos cosas muy curiosas que me llaman poderosamente la atención. La primera es que hay menos mujeres toxicómanas, en porcentajes estadísticos, pero a las adictas les es mucho más complicado salir de la enfermedad que a los adictos. Casi todas, además, sufren trastorno límite de la personalidad o trastorno bipolar. Y, al mismo tiempo, muchas de ellas también tienen trastornos alimentarios. No estoy capacitado para explicar en profundidad la razón médica de todo esto, si hay un componente genético o es simple construcción social, pero cualquier terapeuta especializado en la adicción puede certificarlo. La otra, que no he podido olvidar desde que la escuché por primera vez en un grupo de terapia, es que los dos únicos síndromes de abstinencia que pueden provocar la muerte son el del alcohol y el de las benzodiazepinas. Ni la cocaína, ni el crack, ni las metanfetaminas, ni la marihuana ni ninguna de las demás sustancias conocidas provocan la muerte por abstinencia. El mono del caballo puede ser brutal y dolorosísimo, y hay que ser capaz de atravesar ese infierno, pero nadie fallece como consecuencia de él. No, los únicos dos síndromes que pueden provocar fallos a nivel médico en el organismo (paros cardiacos, respiratorios, etc.) que se traduzcan en muerte son el del alcohol y el de las benzodiazepinas. Que, paradójicamente, son las dos únicas sustancias legales. (...)

nos explica el concepto de locura en la psicología social. Al contrario que en el caso de los psiquiatras, que entienden la locura como una enfermedad de origen médico, los psicólogos sociales entienden la locura como una herramienta adaptativa de la persona y dan mucha más importancia a los factores ambientales y psicosociales en su intento de definirla. Para ellos, la locura no es más que el umbral de tolerancia de la persona al dolor. El cerebro, cuando siente que el cuerpo y la mente rebosan un punto de sufrimiento insoportable, desconecta de la realidad y entra en el terreno de la locura como estrategia de supervivencia. Como si el cerebro decidiese que es preferible volverse loco que morir de dolor. Evidentemente desconozco si esto es así ni soy competente para argumentarlo, pero cuando la escucho me parece una explicación preciosa, casi lírica. Porque de alguna manera yo también creo que ocurre así, no sé si de manera tan radical, pero estoy convencido de que en el germen de la locura siempre anidan grandes dosis de dolor. Lo veo a diario en la clínica, a mi alrededor. Aquí todos sufrimos. Muchos años más tarde, leyendo Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, encontraré una explicación literaria similar a la que aquella tarde compartió Lucio. Cuando la autora desgrana la enfermedad mental de su madre se refiere a ella en estos términos: «Esos momentos de delirio en los que la vida se había vuelto tan pesada para ella que había necesitado escapar, en los que su dolor solo había podido expresarse mediante la fábula». Lucio nos explica que las drogas dan lo que prometen y que eso es una gran putada. Porque si no nos entregasen en bandeja el escapismo, la falsa seguridad, la confianza en nosotros mismos y la sensación de omnipotencia o de relax, no habría ningún problema. Nadie las tomaría. Drogarse no es una actividad placentera per se. Lo placentero son todas las sensaciones que provocan. Y esas sensaciones son reales, y las otorgan y luego las retiran para exigir más consumo para proveerlas de nuevo. Ahí reside lo diabólico de la adicción, porque las drogas no engañan, pero se vuelven compañeras traicioneras que te pillan por sorpresa y te apuñalan, cuando no tienes manera de escapar. También hablamos de cómo durante años nos hemos construido un personaje y de cómo llega un momento en el que ese disfraz ya no nos sirve de nada, lo cual es una de las razones fundamentales por las que estamos ingresados. Ahora una parte importante del proceso es ser capaz de descubrir a la persona que hay debajo, a la persona real, a la que nos hemos empeñado en aplastar y esconder. Aprender a vivir acorde a quiénes somos de verdad (...) Una noche en la cama, leyendo Otra noche de mierda en esta puta ciudad (una maravillosa novela autobiográfica de Nick Flynn, en torno a la destrucción, el perdón, el encuentro y la supervivencia), me descubro mirando los otros libros que tengo para decidir cuál será el siguiente que lea. No disfruto del libro, sino que elijo castigarme pensando en todos los que no estoy leyendo por tener ese entre las manos. Me gusta acumular, pero luego no disfruto de las cosas. No soy capaz de dar valor a la independencia de cada objeto o ser. De entender su individualidad y aprovecharla. Comienzo a plantearme que es un patrón que se repite en todos los aspectos de la vida, como ya me ha señalado Anais: no valorar las cosas pequeñas, los momentos, solo concentrarme en el conjunto y en su efecto a ojos del resto, en la grandiosidad de lo enorme. Así me pierdo todo y me frustro porque no logro abarcar, siempre hay más. Parece que es cierto: me rijo por el «más es mejor». Miro mi habitación, que ya tengo abarrotada de cosas: libros, cuadros, recortes... Le doy mucha más importancia a lo que parezco que soy (la apariencia, el conjunto, la imagen que quiero proyectar, la construcción del personaje y su entorno...) que a quien realmente soy. (...)

Más tarde, cuando se lo comento a mi psicólogo, Rafael, él se refiere a ello como una profecía autocumplida de fracaso: cuando imagino y adelanto el fracaso, inconscientemente doy todos los pasos necesarios para fracasar. Si mi mente augura el fracaso, haré lo que sea para que eso se cumpla. Después de todo, el mundo lo estructura mi mente, y ella siempre tiene razón. Los seres humanos no estamos preparados para que la realidad nos devuelva una visión que no se adecúe a lo que pensamos. (...)

Muchos comentamos la vergüenza que sentimos haciendo cosas solos. Casi ninguno se atreve a ir a un restaurante solo, por ejemplo, porque lo vivimos como una certificación de que no merecemos compañía. Llegamos a la conclusión de que lo único que sabemos hacer en soledad, en una soledad buscada, es destruirnos. El resto de las actividades, acompañadas de la falta de compañía, nos hace sentir defectuosos y conflictivos. Ahora, fuera del contexto del taller y de la clínica, mientras escribo estas líneas, no puedo evitar apreciar que parece que estoy describiendo una secta de sugestionados. Memeces new age de libro de autoayuda. Y quizá sea así en el devenir del día a día, en el ruido de la existencia, en las prisas de la realidad. Sin embargo, mi experiencia aquellos días fue la opuesta. Hoy entiendo que esos espacios los integrábamos personas con autoestimas destrozadas, heridas internas supurantes, que muchos de nosotros nunca hasta entonces habíamos penetrado en esas zonas de nuestro interior, y que hacerlo, de alguna manera, nos robustecía. Después de ir, poco a poco, deshaciéndonos de los disfraces, llegábamos a la carne viva, latente, a la que nos enfrentábamos por primera vez. (...)

 

Muchos de nosotros estábamos aprendiendo a sentir y a expresarnos, sin miedo, sin refugios. No estoy diciendo que la gente supere su adicción con tres cánticos y cuatro ejercicios grupales, ni mucho menos. Pero cuando la vida está sumida en la vergüenza y la recriminación, acceder a esos sentimientos y sensaciones, hablar de ellos sin pavor, sin culpa, sin juicio, en público, en grupo, es profundamente sanador. Y, por muy new age que suene, se convierte en un paso imprescindible en el camino de la gestión emocional. Cuando durante demasiado tiempo dar un abrazo te hace sentir frágil, cuando acceder a la intimidad parece un castigo porque la realidad se ha transformado en un búnker de cemento y has anulado la emocionalidad, aprender a hacerlo de nuevo, recuperar el calor que encierra ese contacto, es cuestión de vida o muerte. (...)

Sergi se convirtió en mi mejor amigo y en la primera persona para la que no tuve ningún secreto. Sé que a él le ocurrió lo mismo conmigo. Dejamos ver al otro nuestros lugares más oscuros. También fue el primer hombre heterosexual con el que creé un vínculo íntimo sin sentirme inferior a él. Pasamos horas y horas juntos, desmenuzándonos, apoyándonos. Dormimos juntos. Nos aconsejamos, nos acompañamos. Él no lo sabe, pero gracias a él descubrí mi homofobia interiorizada y le puse remedio (un tema demasiado extenso del que podría escribir otro libro). No es que yo tuviese ningún problema con mi homosexualidad, la vivía abiertamente, pero las personas LGTBI que lean estas líneas, al menos las de mi generación, entenderán de qué estoy hablando: el sentimiento tóxico de haber interiorizado décadas de mensajes negativos acerca de ti mismo, el peso de la diferencia, la opresión silenciosa de haber crecido bajo el yugo de las masculinidades hegemónicas, la condena inasumible de considerarse inferior por ser homosexual. (...)


asistimos a un taller médico impartido por el psiquiatra jefe de la institución. El taller pertenece, como su nombre indica, a la rama clínica de la adicción. En él aprendo que el alcohol es un depresor profundo del sistema nervioso (es decir, que provoca la depresión física en el cuerpo) y oigo por primera vez las explicaciones psiquiátricas sobre los neurotransmisores y los circuitos de gratificación instantánea de la adicción. Es increíble la de cosas que ocurren en nuestra existencia, dentro de nosotros, con nuestro absoluto desconocimiento. Descubro todos los mecanismos que se activan en el cerebro de los seres humanos al consumir cualquier tipo de sustancia (desde una simple cerveza hasta las drogas más duras). La dopamina, de la que yo no había oído hablar hasta entonces, es un neurotransmisor, es decir, se encarga de transmitir la información de unas neuronas a otras. Este es un intercambio tan rápido que no somos conscientes de él: lo sentimos, sin más. La dopamina está involucrada en distintas funciones y procesos, entre ellos, explicado de la manera más simple posible, enviar información de placer al cerebro. Por eso se la conoce como la hormona del placer. Cuando se libera, nos sentimos bien. Activa las mismas vías de recompensa y gratificación instantáneas que se activarían ante algo que nos produce un placer enorme, como el sexo o una tarta de chocolate. Consumo y gratificación. Instantáneo. Inmediato. Incuestionable. Si he mencionado la tarta de chocolate y el sexo no ha sido por casualidad: las adicciones al sexo y al azúcar pueden ser tan dañinas como las de las drogas ilegales. Porque la realidad, estudiada e irrefutable, es que, más allá de sustancias y actividades, vivimos en una sociedad adicta. (...)


Los circuitos que se activan en los seres humanos en el proceso adictivo y en el consumo son los mismos que se activan en las ratas de laboratorio. Existen vídeos en YouTube en los que las ratas, ante descargas de cocaína, regresan a ella, buscando el placer, hasta provocarse la muerte. ¿Por qué ocurre esto? Porque al consumir de forma habitual una sustancia adictiva el cerebro se acostumbra a ella, lo que hace que se suprima su producción normal de dopamina y se necesite una dosis más alta de esa sustancia para compensar la pérdida. La escasez o abstinencia de esos niveles de dopamina genera estrés, ansiedad y dolor, los cuales solo se mitigan temporalmente mediante el consumo de la droga que solicita el cerebro. Es decir, si se intenta huir de este malestar y buscar los mismos niveles de placer o superarlos, se necesitan dosis cada vez mayores de la sustancia. Por debajo de toda esta cháchara médica se esconde una cuestión fundamental: queremos sentirnos bien, y algunos, en esa búsqueda eterna del placer, sin límite y sin conciencia, nos destrozamos, como hacen las ratas. Un dato explosivo. Los circuitos neuronales de gratificación son exactamente los mismos en la adicción a las drogas que en la adicción a las redes sociales. Fin del dato explosivo. (...)

En el taller también aprendo todas las consecuencias negativas que puede llegar a producir la enfermedad de la adicción en una persona. La lista parece un compendio de las peores pesadillas posibles: trastornos cardiovasculares, neurológicos, hematológicos, osteomusculares y metabólicos, infecciones, cambios genéticos, síndromes paranoides, alucinaciones, desorientación, depresión clínica, disfunción sexual, deterioro intelectual, trastornos de ansiedad, trastornos psíquicos, trastornos cognitivos, demencia, pánico, cáncer, hipertermia, hiponatremia, suicidio y un larguísimo etcétera. ¿Cuántas cosas ocurren en mi interior sobre las que no tengo ningún control? ¿Cuántas células, neurotransmisores, válvulas, músculos, órganos, venas y circuitos están operando en todo momento ajenos a mí y a mi consciencia? ¿Era esta la explicación de mi desamparo? Quienquiera que nos haya diseñado, si es que existe y no somos una simple casualidad del cosmos, nos ha otorgado un desconocimiento absoluto del funcionamiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente, las dos herramientas más importantes de nuestra realidad. La sociedad que hemos construido tampoco fomenta que lo descubramos. Es, cuanto menos, llamativo. (...)

—Tenéis que fiaros de nosotros, de vuestros terapeutas, casi más que de vosotros mismos. Vosotros os sabéis engañar, sois expertos en eso y en joderos la vida. De la única persona de la que tristemente, ahora mismo, no podéis fiaros es de vosotros mismos. Es clave. Esto y la abstinencia. Si no, volvéis a perder la perspectiva y la distancia. Y desde la cercanía estáis condenados. Uno de los compañeros habla de su ambivalencia. Él no la llama así, porque es un término psicológico, pero sí explica cómo hay días que echa de menos el pasado y que esos días piensa que no estaba tan mal. Y que, sabiendo todo lo que sabe ahora, cree que será capaz de tomar una cerveza y ponerse límites. Identifico de inmediato la fantasía de control del yonqui. Yo hace tiempo que he comprendido que eso no es cierto. Que en mi caso la única solución posible es la abstinencia total. Otro le contesta: —Yo renuncié, tú aún no has renunciado. Sigues pensando que puedes ganar la partida. En el pulso con la botella, lo tengo clarísimo: a mí siempre me gana ella. Idealizar nuestro pasado, echarlo de menos, decirnos que no estábamos tan mal, que no era tan horroroso como nos quieren hacer creer ni como pensamos... Los días en los que hacemos eso son peligrosos. Son los días en los que perdemos la perspectiva. Son los días en los que, en la calle, sin estar ingresados, podemos correr peligro, minimizando el riesgo y olvidando el infierno. Hay gente a la que le han recomendado llevar fotos de sus familias y de sus parejas en las carteras, para, cuando se dé la situación, poder mirarlas y recordar inmediatamente todo el daño que les infligimos. (...)

—¿Tú dirías que Néstor te quería? Asiento con la cabeza. Rafael me observa, sin desviar la mirada. —Por eso era aburrido, supongo. Porque yo sabía que me quería —consiento, en un susurro. —¿Y no mereces que te quieran? —No sabes las cosas que he hecho... He sido un monstruo... —Me hago una idea. ¿No mereces que te quieran? Silencio. —¿Es por eso por lo que sales huyendo de cualquier cosa que tiene continuidad y la revientas? ¿Puede ser miedo a que te quiten la careta y descubran que tu piel está toda quemada? ¿Puede ser que creas que si mantienes una relación en el tiempo y compartes una vida normal llegará el día en el que descubrirán que no eres más que eso, un monstruo? Si te quieren, tú mismo te encargas de apartarles. Haces lo imposible por que salgan huyendo de ti. Te aseguras de que ni siquiera pueda haber reconciliación, porque lo haces estallar todo de tal manera que sabes que no habrá vuelta atrás. ¿Te das cuenta de todo el dolor que tienes ahí dentro acumulado? Yo te escucho y no distingo maldad, solo veo dolor. —Llevo toda la vida mendigando amor en cualquier sitio. No tengo dignidad. Y si no es amor, es admiración. Cuando lo obtengo no me parece suficiente —confieso—. Toda la vida he querido que me quiera todo el mundo. Es una puta mierda. Así que salgo a buscar más. Pero nunca es suficiente. —¿Y tú? —¿Yo qué? —¿Tú eres suficiente? ¿A ti alguien te ha dicho que eres suficiente? ¿A ti alguien te ha hecho saber que sí mereces que te quieran? ¿Que mereces ser feliz? Percibo cómo una lágrima silenciosa brota de mi ojo izquierdo, se derrama y me recorre la cara. (...)

 

Me sorprende que haya estado condicionado por estas... ideas... que no sabía que tenía... ¿Entiendes lo que quiero decir? —En psicología las llamamos «creencias irracionales». Son creencias que operan silenciosamente, que se toman como leyes, de las que a menudo no somos conscientes, pero que nos coartan y nos marcan el camino, limitan nuestra experiencia y nuestras acciones. Son absolutos que tomas por verdades y que sigues al pie de la letra, sin saberlo. (...)

 

El problema es que intento solucionar mi malestar con una conducta autodestructiva. Esa es una de las cadenas que tengo que romper. Antes de las crisis hay una escalera, pequeñas alarmas que nos llevan a saber que vamos hacia allí. Es decir, las crisis no llegan de repente, hay señales que nos van marcando que vamos hacia ellas. Las crisis son, normalmente, una acumulación, una construcción que va poco a poco. Pero no identificamos los pasos, las alertas que se van disparando, en la velocidad del día a día. La solución: cuidarse. Bajar la marcha. Ir lento. En la velocidad no nos enteramos de nada. Cuando bajamos el ritmo, aumenta la conciencia. Es necesario atravesar el malestar, porque si no no me hago más fuerte. Gran parte del lenguaje que empleo para escribir este libro lo aprendí aquellos meses: palabras relacionadas con la psicología o la sociología. Acostumbrado a conversaciones de bar intrascendentes, divertidas, excesivas, intelectuales y ocurrentes, no solía hablar de esta manera. En la clínica comencé a hacerlo, entendiendo y aplicando por primera vez, con profusión, el lenguaje de las emociones. (...)

Reviví la soledad apabullante de aquella habitación, la imposición hostil de una masculinidad grupal, la cultura del macho, que yo no era capaz de compartir, y los intentos infructuosos de no dormir durante días para no revelar mi secreto y mi condición maldita. Sentí la congoja que me invadía en el patio del colegio porque no era el primero de la clase y el deporte se me daba fatal y no era tan masculino como el resto de los niños y me interesaban otras cosas. La melancolía abrasiva de no pertenecer, de no encajar en el molde previsto. La asfixia por la competición continua, las exigencias y los resultados académicos. Sentí la desolación de ser considerado en mi casa una presencia incómoda e incomprensible, una oveja negra, y la autocensura al intentar cambiar mi forma de vestir, de hablar, de sentir y de comportarme para transformarme en un ideal de buen hijo que no era yo. Y sentí y sentí y seguí sintiendo. Y mi vida ya no eran cosas que habían pasado sino sentimientos que había tenido. Y no guardaban relación alguna con el relato que yo me había contado. Porque esa tarde, por primera vez, sentí. Dejé de pensar, de justificar, de esconder, de blanquear, y abracé las emociones. Me envolví en todos los años de sufrimiento en silencio, de incomodidad y terror, de sentirme defectuoso y distinto. De saberme solo, abandonado, incapaz. Mi homosexualidad, mi peso, mi inteligencia, mis granos, mis gustos y aficiones, mi aburrimiento ante el fútbol, mi manera de expresarme y de percibir. Años y años de comparaciones, de ambición frustrante y desmedida, de mensajes negativos que adopté como forma de comprenderme a mí mismo, de complejos, de inseguridades, de observación silenciosa del entorno sintiéndome lastimosamente diferente. De creerme merecedor del castigo, porque, por mucho que hiciese o lograse, no era suficiente. (...)

Esa tarde comprendí que mi ansiedad se había fundado poco a poco, sin necesidad de un detonante concreto en forma de trauma. Mi personalidad se había forjado en torno al miedo y la angustia sin que yo fuese consciente de ello, como un río subterráneo que va horadando la montaña hasta que la derrumba. Eran las emociones que me había obligado a esconder, a negar, a no sentir, porque se oponían frontalmente con la historia oficial de una infancia envidiable en la que lo tuve todo. Esa tarde descubrí que había vivido una vida en la que el primer rehén de mí mismo había sido yo. Porque no había hecho otra cosa más que mentirme, dominado por el miedo y la vergüenza de reconocerme la realidad. (...)


Por mucho que no desee hablar de ellos, por mucho que sienta que estoy siendo ingrato e injusto y que, por momentos, me invadan la culpa y la duda, sé que, para proteger la honestidad y el compromiso que he adquirido conmigo mismo en la escritura, debo hacerlo. No podría explicar mi toxicomanía sin hablar de mis padres, porque la enfermedad de un toxicómano comienza en la familia, aunque esta habitualmente lo niegue. Aun así, quiero que quede constancia: he estado evitándolo todo lo posible. En primer lugar, porque me resulta harto complicado mantener el rigor que me he impuesto. No sé diferenciar qué pertenece a aquel momento en la clínica y qué al transcurso de mi análisis posterior. La familia, como estructura férrea, como ecosistema de desarrollo, como origen de múltiples neurosis y de aprendizajes erróneos, como templo de la disfuncionalidad, ha sido uno de los grandes temas en los que he trabajado a lo largo de todos estos años. Me atrevería a decir, con la seguridad de la experiencia, que el 99,8% de las toxicomanías ocultan algún trastorno familiar (de muchas clases y condiciones) y, como he ido desvelando, es más que corriente que en un recinto de desintoxicación las conversaciones de los pacientes giren en torno a las relaciones con sus familias. La familia es el inicio, el germen, el patio en el que nos reflejamos y damos forma a todo lo que nos definirá como personas. Aprendemos por imitación, por interrelación y, evidentemente, por educación. Aprendemos, también, por ensayo y error. La familia nos condiciona y nos contiene, para bien y para mal. Gran parte de la recuperación consiste en poner el foco en ello, analizarlo y darse permiso para modificar el relato. A menudo, en el proceso, el paciente descubre (como hice yo) que gran cantidad de sus sentimientos, creencias y pensamientos no son propios, sino heredados, aprendidos y repetidos hasta convertirlos en hábitos inconscientes, en una identidad. Es entonces cuando comienza un viaje que tiene como objetivo deshacerse de todo aquello que no le pertenece para poder construir un sujeto autónomo e independiente. Es un camino larguísimo y pausado, lleno de requiebros e incomodidad, como cualquier muda de piel. Es un nuevo aprendizaje para lograr encender la luz presionando el interruptor en el lado que le corresponde. (...)

Sé, con una seguridad inapelable, que mis padres me han querido y me continúan queriendo, y que jamás pretendieron nada para mí excepto lo mejor. Pero eso, por desgracia, no evitó que cometieran multitud de faltas y que yo me extraviase. Ahora, desde el adulto que escribe estas líneas, sin rencor ni rabia, puedo comprenderlo: yo también me he equivocado a menudo cuando solo intentaba hacer lo mejor. Yo también les he querido y les quiero, y eso no ha impedido que les haya causado un daño terrible. Nos ocurre a todos. Aprendemos matemáticas y geografía e historia y literatura y física y ciencias naturales y tecnología, pero nadie nos enseña cómo querer de manera sana, ni a los demás ni a nosotros mismos. (...) Más allá de flashes inconexos, he tardado años de terapia semanal en lograr armar el puzle de mis primeros veinte años. Siempre, inconscientemente, ha existido una razón de peso: no quería aceptar que muchos de mis demonios, por no decir todos, los que luego se desarrollarían y me arrasarían con todas sus fuerzas, ya estaban presentes en esa época. Preferí durante mucho tiempo mantener la apariencia de que todo había sido maravilloso, y esa era la versión oficial que contaba, tanto al mundo como a mí mismo. La deuda hacia mis padres, por todo lo que hicieron por mí, tenía demasiado peso. Pero la realidad es que mi familia se cimentó siempre en el reproche, la imposición, la comparación y la culpa. En la tensión. En la oposición. En la exigencia. En señalar el error, nunca el acierto. (...) El hecho de que la familia anule los sentimientos, percepciones e ideas del hijo a efectos de sostener los mitos familiares y la imagen pública hace que el niño sienta que él no es bastante. El niño experimenta su propio yo como invisible y, por lo tanto, impotente. Como los padres, en una familia adictiva, todavía están ocupados en satisfacer sus propias necesidades emocionales, sin darse cuenta se relacionan con sus hijos como si estos fueran objetos, como si fueran extensiones de ellos mismos, y no individuos independientes con necesidades distintas de las suyas. Son incapaces, por lo tanto, de brindar la aceptación que los hijos necesitan para crecer y convertirse en personas verdaderamente autónomas. El hijo, en este tipo de familia, puede recibir un constante bombardeo de mensajes acerca de lo que debe hacer para complacer a los padres. El mensaje que se le transmite al niño es: «No seas tú mismo... Sé alguien que me haga sentirme mejor a mí». El niño se adapta, sofoca sus auténticas emociones y percepciones y erige un falso yo, algo que como hemos visto constituye un aspecto clave de la personalidad adictiva. Los autores también explican el germen de la adicción en las «buenas familias» o en las familias que socialmente son consideradas «normales»: En una familia que a todas luces parece ser cariñosa y atenta, la individualidad del hijo puede ignorarse tanto como en una familia visiblemente caótica; solo que, en este caso, la situación queda oculta tras una apariencia de corrección social. En este tipo de familia, lo que el hijo recibe puede ser una especie de aplastante «pseudoamor». Y cuando el rechazo, abuso o descuido emocional está presente pero encubierto, puede ser aún más difícil para el hijo (y más adelante el adulto-niño) llegar a afrontarlo. Este individuo se siente profundamente herido, pero no tiene pruebas de haberlo sido. Atrapado en un dilema en el que el rechazo se mantiene oculto e incluso es negado, desarrolla intensos sentimientos de culpa. Como el progenitor está cumpliendo el rol exterior de un «buen padre», el hijo solo puede sacar en conclusión que él mismo está equivocado al sentirse enojado y rencoroso. (...)

 

aprendemos la diferencia entre desliz y recaída, conceptos básicos en el lenguaje yonqui. Desde el principio me percato de que todos atendemos con verdadero interés, puesto que en este espacio asimilaremos cómo protegernos a nosotros mismos en la realidad y cómo gestionar nuestras posibles apetencias futuras de volver a consumir. Un desliz es el uso inicial de una sustancia después de que alguien se haya comprometido a dejarla. Una recaída es regresar a las conductas desadaptativas asociadas en su origen con la utilización de dicha sustancia. Es decir, un desliz es darle una calada huérfana a un cigarro en una cena, mientras que una recaída es volver a fumar a diario; o, dicho de otro modo, un desliz es saltarse un poco la dieta una noche y una recaída es mandarla a tomar por el culo. (...)

Nadie desea tener un desliz, sobre todo porque es imposible que se produzca una recaída sin haber sufrido un desliz antes; pero, si ocurre, no es el fin del proceso. Si se da, nuestro objetivo principal será pararlo, no continuar, volver al redil, por así decirlo, y no lanzar por los aires todo lo conseguido por un mínimo error. Hay una estructura conductual muy peligrosa que se repite y que Anais subraya: una persona tiene un desliz, no le da importancia, lo minimiza, no lo comparte con su red, no habla de él... la recaída entonces está esperando a la vuelta de la esquina. Tener un desliz, nos tranquiliza, no quiere decir que vayamos a recaer. Pero eso tampoco significa que no pase nada por tenerlo. La acción llama a la acción, y un desliz, si no se le presta atención y se trabaja en él, puede ser muy comprometido. Hace mucho hincapié, repitiéndolo varias veces, en que un desliz no es señal de fracaso y en que empieza mucho antes que el consumo. Lo único importante es ponerle freno y no actuar de manera derrotista. La mejor forma de protegernos, nos señala, es no consumir, pero si tenemos un desliz, lo más urgente es reflexionar sobre él, entender por qué ha ocurrido y volver a comprometernos de inmediato con la abstinencia, antes de que perdamos el control sobre nuestros propios impulsos. (...)

 

comprendo la autolesión como un medio desadaptado de tolerancia al malestar a corto plazo, igual que las drogas: un estremecimiento tan intenso que hace que la desazón desaparezca frente a la extrema sensación física de la automutilación. Pero, como ocurre con las sustancias, a medio y largo plazo no sirve de nada, porque no hace otra cosa más que añadir sufrimiento al dolor original. (...) 

¿Cómo es posible, pregunto desde el presente, que nadie, nunca, en ninguna clase, me hubiese enseñado algo tan vital e importante como la gestión emocional? La primera vez que tuve acceso a ella fue en la clínica, como consecuencia directa de estar enfermo. Es decir, necesité de la enfermedad para descubrir quién era. No pretendo sonar pedante, pero teniendo en cuenta que los seres humanos invertimos la mayor parte de nuestro tiempo en relacionarnos unos con otros y con nosotros mismos, ¿no debería ser materia obligada en los planes de estudios algo tan básico como gestionar nuestras emociones? ¿Cómo vamos a crear una sociedad de adultos autónomos, saludables y responsables si ni ellos mismos saben lo que sienten? (...) "Hoy reflexiono frente al ordenador que no es necesario ser una mente privilegiada para llegar a la conclusión de que vivimos en una sociedad obsesionada y enfocada en dar importancia y valor a cualquier cosa intrascendente: la vanidad, la fama, tener un coche determinado, seguidores o tetas más grandes, vestir de cierta forma, depilarse el ojete, ocultar las arrugas... Quiero decir, por mucho que lo intento, no consigo encontrar ningún valor a nada de esto cuando los gusanos estén alimentándose de mi cuerpo. Ninguno. No conozco a una sola especie de gusanos que le haga ascos a un orificio con pelo, sinceramente. O que decidan no devorarte, pasto de la tierra, si tus seguidores en redes sociales superan un número concreto. Si esa especie de gusanos existe, estaré equivocado y seré el primero en depilarme y en entregarme a acumular seguidores para cuando eche horas enterrado. Mientras tanto, seguiré convencido de que damos importancia a todas las cosas que no la tienen. A lo que me refiero es que hemos logrado crear, entre todos, un artefacto perfecto para hacernos eternamente infelices a nosotros mismos. Parece que nuestro único objetivo es complicarnos la vida para frustrarnos sin descanso. Es como lo del palo, la zanahoria y el burro, con el añadido de que somos simultáneamente el burro que va tras la zanahoria y el labriego que la coloca. Somos hámsteres dando vueltas mareados sin llegar a ningún sitio y riéndonos de los demás porque no corren tanto como nosotros. Somos gilipollas. Si no, que alguien me explique qué diferencia habrá entre nosotros el día en que Dulceida y yo descansemos en un cementerio. ¿Que a ella le llevarán más flores sus followers? Pues ya ves tú lo que me van a importar a mí los ramos que me coloquen en la tumba una vez que esté muerto. (...)


COSAS QUE MERECEN LA PENA Hablar toda la noche. Quedarse sentado. Un café al sol. Dos cigarrillos seguidos. Cerrar los ojos y sentir la brisa en la cara. Sonreír a un extraño. Tirarse un pedo, y dos y tres. Las lágrimas sin dueño. Doler por otros. Los silencios compartidos. Aceptar un consejo. Escuchar con atención. Sonreír de nuevo. Un abrazo por sorpresa. Una mano que te tapa la boca con cariño. Aceptar en quién te has convertido. Apoyarse. Respirar. Un email. Que te pinten las uñas. Compartirlo todo. Dejar ir. Las sonrisas furtivas y las carcajadas insolentes. Responsabilizarse. Seguir hablando. Los dedos en la boca. Eyacular dentro de la persona a la que amas. Apretar la mano con fuerza metiendo todos los dedos dentro del lazo. Que se apoyen en ti. Una canción recuperada. Aprender lo que significa respeto. Una llamada de teléfono. Sentirte querido. Querer. Estar aquí, junto a vosotros. No solo la leo esa noche en la reunión de la clínica, sino que la imprimo. Un salto en el tiempo. Tendré colgada la lista en todas las habitaciones en las que viva a partir de ese momento, hasta la actualidad. Como las contraventanas pintadas y otros detalles de la clínica que han encontrado su lugar silencioso en mi casa, a veces, cuando el día es gris y mi ánimo no atraviesa su mejor momento, me detengo frente a ella y la releo en silencio. Aunque algunas de las cosas enumeradas han cambiado con los años, al hacerlo recuerdo de inmediato de dónde vengo y lo que he avanzado y me aseguro que, por muy amenazadora que se presente la realidad, siempre hay cosas que merecen la pena. Fin del salto en el tiempo. (...)


Años más tarde leeré en Querer no es poder. Cómo comprender y superar las adicciones un resumen concreto de acciones. Aunque lo que yo aprendí en la clínica va mucho más allá y es más amplio, este «plan de acción», como lo llaman en el libro, es una buena manera de hacerse una idea de lo que estoy hablando: El objetivo a lograr, cuando lo acomete una apetencia, es sobrellevarla e impedir que lo conduzca a una reincidencia. El plan de acción que usted elabore para combatir las apetencias debería incluir las siguientes medidas: 

1. Aléjese de la situación en la que está experimentando la apetencia. Apártese de la persona, lugar o cosa que la está provocando. 

2. Póngase de inmediato en contacto con un miembro de su red de apoyo. Alguien que comprende la adicción puede hablar con usted hasta que se le pase la apetencia. 

3. Despéguese mentalmente del impulso y trate de contemplarlo como si usted fuera un observador imparcial. Observe la apetencia desde la perspectiva de «¡Qué interesante!», en lugar de «Me va a atrapar». 

4. Planee lo que hará en las próximas horas. ¿Cómo pasará el tiempo? ¿Adónde irá? ¿Con quién? 

5. Asista a un encuentro de autoayuda, si es posible, o lea alguna bibliografía sobre la recuperación. Como alternativa, ocúpese en algo que lo distraiga del impulso, como hacer gimnasia o ir al cine, preferentemente con algún integrante de su equipo de apoyo. 

6. Piense más allá del efecto inmediato de la droga, en lo que le espera después, si cede y la usa. Concéntrese en un recuerdo negativo o desagradable de su consumo de la droga, en lugar de evocar los más placenteros. No idealice el efecto inmediato de la droga. 

7. Anótelo por escrito. 

8. Haga ejercicios de relajación. 

9. Visualícese a usted mismo sobrellevando con éxito sus apetencias. Lo mejor es hacer esto con un miembro de su equipo de apoyo, por si usted necesita hablar al respecto después. (...)


Si existe un problema insostenible, el único consejo que puedo dar es acudir a los profesionales. Leer libros acompaña y sosiega, pero no cura. Ojalá lo hiciera. Esto es lo que yo viví, pero el camino de la superación de la adicción (cualquiera que esta sea) es un trayecto personal e introspectivo, que cada uno debe descubrir por sí mismo y que exige movimiento y acción. No hay guiones, no hay pautas, no hay reglas. Solo dos cimientos básicos: pedir ayuda y la abstinencia total. No tengas vergüenza. No eres un fracaso. Mereces ser feliz.


YO, ADICTO: UN RELATO PERSONAL DE DEPENDENCIA Y RECONCILIACIÓN 

(Javier Giner. Paidós, 2021)