Cierro los ojos y empiezo a bajar las manos, imagino que estoy en otro lugar, en uno con alguien con quien conecto, con alguien que me entiende y a quien yo entiendo. Es una pena. Por un segundo, creí de verdad que Randy podía ser ese chico. Es callado y malhumorado. Pensé que eso podría significar que tenía pensamientos tan apasionantes que no podía expresarlos en voz alta por temor a arruinarlos.
—Tienes unas tetas preciosas —dice.
—Gracias.
—Tienes unas tetas preciosas —dice.
—Gracias.
—Preciosísimas —repite mientras las aplasta con los dedos, como un niño con una bola de plastilina—. Todo tu cuerpo es…
—Gracias —vuelvo a decir, vacilante.
A lo mejor mi cuerpo es precioso. No lo sé, ya que en los dos años que han pasado desde que tengo esta nueva versión de mi cuerpo, he estado mucho más obsesionada con ocuparme de él que con apreciarlo. Afeitarlo, rasparlo, cubrirlo, exfoliarlo, enjabonarlo o meterle un tapón de algodón grueso. Hacer siempre algo para evitar que mi cuerpo haga lo que quiere hacer. Supurar, estallar o sangrar, producir demasiado pelo en los lugares que no corresponde y poco en los que sí. Aún no estoy acostumbrada a esta figura, con estas curvas y estrías nuevas y esta silueta irreconocible. Es como si mi cuerpo menudo y de pecho plano ya no pudiera contener todo lo que había dentro y se hubiera expandido para hacer espacio. Ahora mi cuerpo va por delante de mi mente, y mi mente necesita alcanzarlo. Necesita comprender que esto no es un Airbnb. Esto es ahora su hogar. Aunque no lo sienta como tal aún.
—¿Estás preparada? —me pregunta Randy. Entrecierra los ojos con una intensidad extraña. Quiero recordarle que esto no es Apollo 13. Es una pareja que va a follar en una cama de matrimonio. (...)
Randy me penetra con un bombeo en staccato. Igual que todos. O al menos los tres chicos con los que he tenido sexo, todos ellos con sus erecciones, sus espinillas y su forma de tocar mi cuerpo, como si estuvieran buscando las llaves de su coche. Sin pasión, sin ataduras. Solo sudor, bombeo y genitales. Partes del cuerpo dentro de partes del cuerpo. No es por no intentarlo. Lo intentan. Yo también lo intento. Sin embargo, por mucho escupitajo o semen, por mucha estimulación o besos, sexo oral o mamada, caricias o control del orgasmo, el sexo siempre se queda corto. Parece torpe y superficial. Un recuerdo descarado de las piezas deformes del puzle que son las partes íntimas del cuerpo. Y después se vuelven a abotonar los pantalones y yo me vuelvo a abrochar el sujetador, y admito, en medio de un silencio incómodo, la desagradable realidad de que me he conformado con placer cuando yo quería conexión, una realidad desagradable que me niego a aceptar pronunciándola en voz alta, así que, en lugar de ello, salimos a comprar un helado. A lo mejor soy yo. Puede que yo sea el problema. Cuando tenía siete años, mi madre me dijo que era difícil quererme, y la frase se me quedó grabada, a pesar de que juró no haberlo dicho en serio veinte minutos más tarde, y dos días después negó haberlo mencionado siquiera. (...)
Problema resuelto, pensé. No es difícil quererme. Solo necesito demasiado y soy demasiado. Alcancé entonces un libro para colorear que quería, pero me lo pensé mejor y lo dejé en la estantería. A lo mejor querer cosas es lo que me hace demasiado. Si pudiera querer menos, sería la cantidad adecuada de persona. La cantidad que supuestamente he de ser. No la cantidad demasiada. La cantidad fácil de querer. (...)
Es un enfoque que he llevado conmigo en mis tres relaciones, si es que se les puede llamar así, que probablemente no se pueda. He intentado no pedir mucho y esperar todavía menos. He intentado hacerlos sentir divertidos cuando todos hacen las mismas bromas, e inteligentes cuando poseen todos el mismo punto de vista, o que tienen razón cuando una búsqueda rápida en Google confirma que no es así. He intentado reírme en el momento justo, sonreír en el momento justo, hacer un cumplido en el momento justo. He diluido mi personalidad hasta convertirla en una versión de cartón piedra de mí misma, y eso me parecía bien siempre y cuando mi cuerpo apareciera en 4D con todo lujo de detalles, listo para tocar, manosear, lamer y chupar. Pero cuanto más lo intento, más entiendo que no es posible. Un cuerpo no puede conectarse a demanda, ni encontrar una chispa que no está ahí, ni forzar una química que no existe. Es posible que puedas extraerle un par de emociones baratas, pero al final el cuerpo dice: «Se acabó». (...)
–Soy un fracaso —es lo primero que nos dice—. Un fracaso absoluto. Sí, es dramático, pero hace que suelte el móvil, que es más de lo que puedo decir de cualquiera de los otros profesores. Todos ellos intentan forzar que exista una buena relación, llevarse bien con nosotros haciendo alguna broma sobre el director Sanders, con el pánico de la obsolescencia acuciante en cada una de sus palabras, como si la aprobación de un puñado de muchachos de la generación Z hormonados los volviera relevantes. Y les asegurara que continúan en la onda. Que siguen siendo seres humanos valiosos. (...)
Mi atracción por el señor Korgy es instantánea. Tan repentina que me parece alarmante. Tan palpable que resulta confusa. No es que le falte atractivo. Está claro que en algún momento fue boxeador. En el pasado. Pero su apariencia se ha desdibujado. Atrofiado. Marchitado por la grotesca decadencia de la evidente mediana edad. Y todo cuanto queda ahora son sus ojos profundos y su sonrisa encantadora, los últimos vestigios de una cara que antes era bonita. Los chicos con los que me he acostado son todos guapos. Tal vez no sean quarterbacks de rostros cincelados y abdominales marcados, pero sí la clase de chicos que han mojado las bragas de algunas chicas con sus rasgos característicos: labios carnosos, piel bronceada o pelo desaliñado. Así y todo, lo que siento por el señor Korgy es más intenso que cualquier cosa que haya sentido por ninguno de ellos. (...)
—¿Por qué os cuento esto? —pregunta el señor Korgy mientras se dirige a su mesa—. Porque en esta clase no quiero que presumáis en vuestros escritos ni que estos sean divertidos ni superficiales. Quiero que seáis sinceros. Y si os pido que seáis sinceros, es justo que yo también lo sea.
Se tira hacia arriba de las perneras de los pantalones y se inclina sobre el borde de la mesa.
—Así que aquí la tenéis. Mi verdad. La verdad de cómo llegué aquí, donde estoy hoy: un hombre de cuarenta años que enseña escritura creativa a alumnos de último curso del instituto East High, en Anchorage, Alaska. La verdad de por qué soy un fracaso. Me palpita la vagina. No porque sea un fracaso. No sé qué vagina palpitaría por eso. Es porque sea capaz de llamarse así. Porque sea capaz de mostrarse honesto con las cosas que lamenta, con su estatus, sus defectos. No los oculta como hace todo el mundo, fingiendo sentirse realizado con su trabajo de nueve a cinco y con sus vacaciones anuales que contrata con descuento en Kayak. Con el orgullo de pagar sus impuestos en hora o tener siempre una hoja de sellos en un cajón de «por si acaso» junto a un tubo de Neosporin y un cargador de móvil extra. Es una persona que se ha enfrentado a la decepcionante realidad del lugar en donde ha aterrizado su vida y quiere mostrarse directo y vulnerable. Estudio el pelo ralo y los poros de la nariz del señor Korgy. Los vasos sanguíneos rotos que florecen a los lados de sus fosas nasales. Su mandíbula suave y las arrugas de alrededor de los ojos. Sus rasgos supuestamente poco atractivos que tanto me atraen. Es insoportable. Embriagador. Inevitable. Esta clase de atracción. La que ya sabe que voy a estar con él, aunque todavía no sepa cómo. (...)
La segunda clase del señor Korgy es una lección acerca de cómo rompen los grandes poetas hallan lo universal en lo particular. Escupe saliva y gesticula con las manos, pero, a pesar de su pasión, a los alumnos no les importa. Juegan con los pies, se examinan la manicura, hacen dibujitos en las libretas. No lo escuchan y no lo ven. Pero yo sí. Veo la tristeza en sus ojos. Y el profundo deseo de que sus palabras resuenen. El deseo de conectar. Puede que la pasión sea solo eso: tristeza más deseo de conectar. Llevo toda la clase fantaseando con él. Fantasías que no sabía que tenía con cosas que no sabía que quería. Fantasías pervertidas. Fantaseo con que vierto su olor en un frasco de perfume y me lo rocío para poder oler igual que él: pino, almizcle y un suave toque de olor corporal. Fantaseo con que le levanto la camiseta y le toco la barriga. Veo cómo se mueve. Estudio el pelo rizado de su ombligo y lo lamo. Fantaseo con que me agacho por debajo de su mesa y le desabotono los pantalones, oigo el tintineo del cinturón al caer al suelo, meto luego las manos por dentro de los bóxeres y las coloco en torno a los testículos arrugados. Los acaricio. Juego con ellos hasta que vuelven a estar tensos y esperanzados. Nunca he querido las partes sucias de nadie. Solo las partes buenas. Las partes suaves, las limpias, las abotonadas, cepilladas y abrochadas. Pero con él lo quiero todo. Incluso las partes sucias. Sobre todo las partes sucias.
—Como primera tarea, quiero que escribáis un poema —indica el señor Korgy, apoyado en el borde de la mesa—. Un poema corto, sencillo. Tiene que empezar con las palabras «Vengo de». El resto lo decidís vosotros. Suena el timbre.
—Para el jueves —añade y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. La intensa luz fluorescente incide en una parte plateada de su alianza de boda, que destella en mis ojos. (...)
El señor Korgy vacila un momento y después asiente.
—Bien. —Su rostro es imperturbable y habla con tono firme, pero sus ojos dicen más. Que está impresionado. Que le gusto. Que me ve. Después de clase, corro por el pasillo, zigzagueando entre la multitud de estudiantes. Abro la puerta del baño y entro en un cubículo. Cierro la puerta con el codo y abro el perfil de Instagram del señor Korgy con una mano mientras meto la otra por debajo de mi falda y el elástico del tanga. Su foto principal está cortada, es de cuello para arriba y le falta la parte superior de la cabeza. Lleva una camisa marrón de pana (supongo que ese día no resolvió el crucigrama del New York Times) y sonríe de oreja a oreja; sus ojos azules se arrugan incluso en una foto del tamaño de una uña. Hago clic en su perfil, disfrutando de mi grotesca excitación. Una excitación muy grande por una foto tan pequeña. Por una persona que no conozco. Por mi profesor. (...)
Me seco el pelo con el secador y me doy con un cepillo redondo en las puntas para que no sobresalgan. Luego lo abraso con un rizador de pelo porque, por mucho que la gente con pelo liso diga que le encanta el pelo rizado natural, es mentira. Adoran el pelo rizado genéticamente modificado, brillante, con volumen y artificial. Me pongo unas medias negras nuevas, botas, una falda de tenis plisada e imitación de Lulu, un top con cuello halter que hace que mis pechos resalten y un jersey acrílico con cremallera de Mango al que le quito las bolitas con los dedos. Estoy todo lo cerca que puedo de la divinidad. Soy pura. Soy digna de amor. Estoy exhausta. (...)
Solo nos miramos. Hasta que los pasos desaparecen por completo. Y seguimos mirándonos. Lo que debería de ser un momento incómodo es, por extraño que parezca, íntimo. Un acuerdo silencioso sentenciado con nuestras miradas fijas. No necesitamos entablar una conversación informal, tú y yo. Nosotros tenemos una conexión real. La tensión es asfixiante. Me gustaría ser valiente, agacharme debajo de la mesa, arrastrarme de rodillas hasta él y subir las manos por sus piernas hasta que se le levantase el pene. Quiero desabotonarle los pantalones para liberarlo y ver cómo salta hacia mí, como si me necesitara. Quiero recorrerlo de arriba abajo con la lengua, provocándolo, y besarlo hasta que empiece a temblar de placer. Quiero mirarlo a los ojos mientras se lo chupo, arrancarle la tristeza a lametazos y convertirla en algo mejor. (...)
Me pregunta cuándo me siento más conectada en mi vida y pienso «Ahora mismo», pero digo: «Cuando escribo» porque supongo que es lo que desea escuchar. Parece contento. Me siento orgullosa. Le pregunto cuándo se siente él más conectado y me responde que cuando escribe también, aunque lleva mucho sin hacerlo. La última vez que lo intentó fue hace un par de años, cuando estaba limpiando el ático y encontró su novela distópica futurista a medio terminar metida en el fondo de un cajón, polvorienta, desgastada, con las páginas sujetas con clips y llena de notas que nunca llegó a desarrollar. Intentó hacer algunos cambios en los días posteriores, pero la vida lo llevó por otro camino.
—Los recados y la logística prevalecieron —expone—. Las quimeras se quedan en el camino cuando tienes responsabilidades. Se ríe en un intento de restarle importancia, pero yo sé que la novela sigue siendo importante para él, que la llama «quimera» para distanciarse de ella. Para sentir que tiene el control sobre ella. Que está por encima de ella. Pero, en realidad, la decepción sigue escociéndole. No sé por qué la gente prefiere amargarse a reconocer la decepción. Puede que algún día lo sepa. (...)
El Black Friday en cualquier tienda es el mejor ejemplo del comportamiento del cliente, un vistazo aterrador de cuánto dolor es capaz de infligir un humano a otro con tal de ahorrar cinco dólares en una loción con purpurina. (...)
Echamos a caminar. Me pregunta por mi futuro y yo le pregunto por su pasado, y hay algo en ello que me pesa: la suposición de que mi vida está por delante de mí y la suya, detrás de él. Que veinte años marcan la diferencia entre una vida que se considera aún por vivir y una que se considera terminada. (...)
Rabia porque no me desea. Y porque es posible que sí lo hiciera si no tuviera ojeras, rosácea, acné o rizos. Sé que existen más obstáculos obvios. Es mi profesor. Tiene mujer, un hijo y una vida plena. Y, sin embargo, no puedo evitar pensar en ello. ¿Existe un nivel de belleza que te convierta en alguien indiscutiblemente deseable? ¿Me encuentro a un tono de pintalabios de distancia de ese nivel? El Spicy Sienna no funcionó la última vez, puede que el Berry Queen lo haga. (...)
El semáforo cambia a verde. Estoy en el asiento trasero mirando una foto de la cuenta de Instagram de Korgy en la que sale en un evento escolar vestido con su cárdigan morado y rodeado de otros compañeros de enseñanza. Sonríe con las manos en los bolsillos. Ahí está, mi profesor. El profesor con el que me he frotado hasta que se ha corrido en los pantalones. Traté de dilucidar qué había pensado después, pero no pude.
—Ha sido… vaya —murmuró. Intenté analizarlo. Su forma de apartar la mirada. ¿Era una aversión tímida, o bien recatada o avergonzada? ¿La pausa entre el «sido» y el «vaya» ha sido buena? ¿Una pausa de asombro? ¿De «deberíamos repetirlo»? ¿O una pausa mala? ¿Una pausa de miedo? ¿De arrepentimiento? ¿De vergüenza?
—Sí —coincidí, aunque no sabía con qué estaba coincidiendo.
—Estoy… hecho un desastre —comentó y miró con timidez la mancha húmeda de sus pantalones. Me dieron ganas de tocarla. De frotar la mano por encima. De sentir su semen pegajoso entre los dedos. De lamerlo. Me sentí extrañamente satisfecha por el drama que había originado. Yo le había hecho eso. Le había pasado eso por mí. El poder definitivo. La rendición definitiva.
—Me gusta el desastre —afirmé. Sus mejillas se ruborizaron y vi la marca de su pene, que volvía a crecer en sus pantalones. Se despidió, excusándose. Yo regresé al auditorio sin que nadie se diera cuenta de que me había ido. (...)
Voy caminando por el patio de casa cuando me escribe. Valoro la opción de esperar hasta mañana para leer el mensaje. Dejar que la inseguridad de lo que dice me mantenga en este limbo de inquietud. Hay algo embriagador en este limbo. Quiero disfrutarlo. Y eso requiere todo mi autocontrol. Y una vez dentro, mientras le quito el envoltorio a un dulce y me lo como de tres bocados en la encimera de la cocina, entiendo que yo no tengo autocontrol. Me trago el último pedazo y, a medida que la gominola desciende por mi garganta, abro el mensaje con manos temblorosas para ver qué dice. Tenemos que hablar. (...)
Doy un sorbo al café y él se muerde el labio. Ninguno de los dos dice nada durante al menos medio minuto. Nos quedamos aquí sentados, evaluándonos, o tratando de hacerlo, como una partida de ajedrez silenciosa que se mueve de un lado a otro, que jugamos con nuestros ojos. ¿Cuál es el siguiente movimiento?
—Mira, Waldo, esto… no puede volver a suceder, ¿de acuerdo?
—¿Eso es lo que quieres? El camarero de abajo grita «Marianne» con un tono de «me rindo» en la voz. —Sí —responde sin parpadear. Quiero acercarme, agarrarle el pene, sentir cómo se pone duro en mi mano y decirle: «No, no es lo que quieres. Me quieres a mí. Y te sientes culpable por ello, y fatal, y decepcionado contigo mismo, pero no importa lo que sientas sobre lo que quieres. Lo que importa es que lo quieres. Lo que quieres es quien eres realmente. Y me quieres a mí». Pero en lugar de esas palabras salen otras. Tímidas, casi temblorosas.
—¿Estás seguro? (...)
estoy seguro —responde. Pienso en la otra noche, en el baile de invierno, en cómo decía su cuerpo una cosa completamente diferente a lo que estaba diciendo su boca. Así que me concentro en su cuerpo. Tiene las piernas cruzadas y los brazos sobre el vientre, como si tratara de aislarse por completo, de dejarme fuera. Pero el gesto parece forzado, en contra de su voluntad incluso. Bajo la pose noto su atracción, magnética e innegable. La verdad.
—No. Creo que te gustaría querer que no volviera a suceder. Pero no creo que eso sea lo que deseas de verdad. ¿Puedes al menos admitir eso?
—Waldo, eres muy joven —dice, suplicándome y luchando consigo al mismo tiempo. Se pasa las manos por el pelo, cierra los ojos y lo repite entre dientes—. Muy joven.
No sé si sentirme insultada o validada. ¿Esto es un rechazo o una confesión de sentimientos? O tal vez sea un reto. Estoy a punto de presionar, pero algo me detiene. ¿Dignidad, tal vez? No, no puede ser eso. Curiosidad entonces. O tal vez reconocimiento. Tiene algo más que decir. Me mira con una mezcla de culpa y angustia, una profunda preocupación y un intenso anhelo, y siento que una parte de él se abre antes incluso de que lo diga.
—Albergo sentimientos por ti y… no me dejan dormir por la noche. Pero no puedo hacer nada con ellos. Una explosión en mi interior. Es todo cuanto quería, cuanto necesitaba, y ahora lo tengo. No me importa lo que haya al otro lado: resistencia, rechazo, incluso un «no» firme. Lo ha admitido. Alberga sentimientos por mí.
—Sí puedes. Yo puedo hacer algo con ellos.
—Ya he traspasado demasiado esa línea. Estoy horrorizado. Estoy avergonzado de mí mismo. Esto está muy, muy mal. Tengo que… recomponerme por mi familia.
—No estoy intentando interferir en tu familia. Me parece bien no tenerte por completo. Tomaré lo que pueda tener.
—No, Waldo, mereces a alguien por completo. Alguien que pueda estar ahí para ti. Alguien emocionalmente disponible.
—¿Un chico de diecisiete años? ¿Crees que un chico fornido de último curso va a estar emocionalmente disponible entre sus rondas del videojuego Grand Theft Auto y su hora diaria en Pornhub?
—Hay chicos buenos y apropiados para tu edad ahí fuera.
—¿Qué demonios es «apropiados para mi edad»? (...)
—Tienes razón, son cosas que no deberían preocupar a chicos de diecisiete años. Pero sigues teniendo diecisiete años. Y yo sigo siendo mucho mayor que tú. Tengo experiencia en la vida, una perspectiva que solo llega con la edad. He cometido errores que tú no. Lamento cosas que tú no. Te aseguro que tus sentimientos por mí desaparecerán. En tres meses irás al baile de fin de curso con tu nuevo novio y te reirás por el encaprichamiento que tuviste por tu viejo profesor desgastado.
—No quiero un novio. Te quiero a ti —le aseguro—. Y sé que tú también me deseas. Somos dos personas tristes, aburridas, cansadas y solitarias que se desean mutuamente. El camarero grita «Marianne» por tercera vez, en esta ocasión con tono vengativo. Marianne acude a por su frappuccino. A veces tienes que luchar por que te oigan.
—Por favor —le pido—, prométeme solo que lo pensarás. (...)
Me pruebo el top. No me parece tan mono frente a la honestidad del espejo de mi baño. Este espejo me ha visto un millón de veces antes. Sabe quién soy exactamente. Sabe que no soy una chica que lleva tops sin mangas. (...)
Ponemos música, canciones que le gustaban cuando era adolescente. He escuchado algunas de ellas: Simple Kind of Life, de No Doubt; Bent, de Matchbox Twenty; y esa canción que dice «how long, how looong, will I slide», de Red Hot Chili Peppers, pero el resto no las conozco. Radiohead, The Cure y los Pixies, enumera, y yo intento memorizar al menos las melodías de los estribillos por si vuelven a sonar alguna otra vez cuando estemos juntos y puedo usarlas como referencia e impresionarlo.
—A los hombres les impresionan mucho las referencias —me explicó un día mi madre—. Es su lenguaje del amor. Lo único que tienes que hacer es conocer un par de citas de El gran Lebowski y has triunfado. Yo una vez dije «El Nota aguanta» a un chico y fue como si le hubiera hecho una mamada.
El señor Korgy sigue poniendo canciones. Echa la cabeza atrás y canta, desafinando y riéndose cuando se le quiebra la voz, y yo lo miro. Me deja en casa y, cuando me incorporo para salir del coche, me mira y dice:
—Waldo, haces que vuelva a sentirme joven.
Yo lo miro y respondo:
—Tú haces que me sienta joven. (...)
Tengo su pene en la boca cuando lo llama ella.
—Mierda. Debería contestar —dice. Aparto los labios de él y, mientras se disculpa, su miembro se queda flácido. Para cuando ha carraspeado y responde, ha encogido a su tamaño de reposo.
—Hola, cariño —la saluda. La voz que usa con su esposa suena una octava más aguda de lo habitual. Y apaciguadora. Y cobarde.
—¿Has salido ya de la tienda? —oigo que pregunta con tono agudo y desprovisto de la naturalidad pastosa de nuestra cena.
—Tenía que ir a Vons —explica Korgy mientras presiona el botón del volumen del teléfono para bajarlo. Seguramente no quiere que oiga cómo le habla su mujer—. No tenían tu leche condensada en Fred Meyer.
—De acuerdo. ¿Puedes comprar arándanos?
—Sí.
—Un paquete grande. De un kilo, no de quinientos gramos.
—De acuerdo.
—¿Me has escuchado? El de quinientos gramos, no.
—Te he escuchado.
—Vale, porque la última vez compraste el de quinientos.
—No voy a comprar el de quinientos.
Durante un segundo, me sorprende que lo domine con tan poco esfuerzo, que lo esté riñendo por unos arándanos mientras yo estoy aquí sentada, metiéndome su pene en la boca, rezando entre arcadas para lograr introducirlo tan hondo en la garganta que tenga que amarme. (...)
Un sentimiento amargo me revuelve el estómago. Celos. Sé que no tienen lugar aquí. Firmé un contrato verbal con una serie de reglas y estoy contenta con lo acordado. Contenta de ser su amante. Mientras su mujer recita una serie de peticiones de última hora que, por algún motivo, no se le ocurrió cuando hizo la lista (suero de leche, nueces, melocotones y menta fresca «para decorar el chocolate caliente»), yo hago lo que cualquier amante feliz haría. Me inclino hacia delante y empiezo a acariciarle el pene. A lamérselo. A chuparle los testículos arrugados. A concederle la masculinidad que ella le ha arrebatado. A aliviarlo del agotamiento del matrimonio, de la familia, de una carrera decepcionante y una raya del pelo cada vez más rala. Sé cuál es mi trabajo. Mi papel. Hacer que se sienta bien. Ser su vía de escape. Alejarlo de la presión de su vida, lo que incluye no ejercer ninguna presión en él para que se convierta en una parte mayor de la mía. La presión nos mataría, así que me limito a chupar. Soplar. Besar. Acariciar. Lamer. Y dejo que esos sean los lugares donde se me permite desear. Se le doblan las rodillas. Estalla en mi boca y me trago su líquido caliente y fluido como si fueran mis celos. Es un dos por uno, su placer y mi dolor descendiendo por mi garganta al mismo tiempo. Se me escapa una gota, que cae por mi barbilla a la alfombra justo cuando le dice a su esposa que vuelve enseguida a casa. (...)
Estoy acostumbrada a que la persona con la que salgo, o con la que me acuesto, o lo que sea, me diga todo lo que debería de saber en lugar de intentar conocerme. Así se comunican los hombres, o los chicos, o ambos. Citan, improvisan, despotrican y explican y explican y explican.
LA MITAD DE SU EDAD.
Jennette McCurdy
Stefano Books, 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario