ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 25 de septiembre de 2023

"INVASIÓN DE CAMPO: manifiesto contra el fútbol como negocio y en defensa el aficionado" (Alejandro Requeijo)


DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS 
El fútbol es una cosa muy seria, es un elemento de identidad, aunque la opción normalmente es trivial, tú eres del equipo de tus padres o de tus hermanos mayores, naces y te dicen «Tú eres de este equipo» y así te quedas para los restos. El fútbol sirve para odiarse sin hacerse daño, pero también para sentir que perteneces a un grupo. Tú te sientes unido a la gente de tu equipo con independencia de que sean ricos, pobres, guapos, feos, tontos o listos, si eres hincha de un equipo formas parte de un colectivo y cuando eres pequeño eso refuerza tu autoestima y te hace sentir acompañado. Eso no excluye que todos tengamos íntimos amigos del equipo rival.
ALMUDENA GRANDES, escritora

Ha llegado el momento de 'invadir' el campo de fútbol y recuperar lo que nos pertenece

Me gustan las invasiones de campo porque tienen un aroma a fútbol antiguo. Cada vez es más difícil verlas, ahora la seguridad de los estadios se encarga de acordonar el perímetro del césped para que nadie salte desde el graderío. Y si saltas, te multan o te llevas un palo. Pero una invasión de campo es una expresión de júbilo incapaz de contenerse, como una botella que se descorcha para dar el pistoletazo de salida a una fiesta. Es una imagen irremediablemente feliz. Una comunidad de personas con historias particulares, pero unidas por la adhesión a una causa que celebran en masa sobre el escenario mismo de la gesta. Permite pisar el césped al menos una vez, que te impregne de lleno ese olor a hierba que normalmente solo se percibe desde las primeras filas. La invasión de campo tiene algo de conquista, de reivindicación de un protagonismo que durante el juego queda relegado a la butaca. Con la invasión, el aficionado ocupa el lugar central de los focos. Una invasión es la consecuencia natural de un estado de ánimo, el demarraje incontrolable de una emoción contenida, no solo noventa minutos, sino meses, años, incluso décadas. Hay aficiones que penan largas temporadas de sufrimiento entre una alegría y la siguiente. La primera a veces es la única. Para que una invasión cuaje, es necesario que haya un pionero que asuma el riesgo de que su acción no vaya más allá del calabozo. Basta que uno ponga su pie sobre el verde para que la multitud interprete la señal y todo se desborde. (...)
Va al estadio simplemente porque hay que ir. Porque forma parte de algo superior a él que trasciende edades y clases sociales. Se va porque se es parte de algo, y eso es una actitud como la de quien se consagra al rock and roll y a una vida en la carretera. El carnet de socio significa mucho más que un plástico que presentar en los tornos de entrada. El aficionado de estadio no ejerce en condición de cliente. No calienta la butaca sino la grada. No pedirá que le devuelvan el dinero de la entrada si no queda satisfecho con el juego de su equipo. Se cabrea si no le gusta lo que ve, claro. Pero vuelve la semana siguiente porque el fútbol, como la vida, siempre da revancha. (...)

El aficionado de estadio quiere divertirse. Pero eso no dependerá necesariamente de que presencie una goleada o el balón se mueva muy rápido sobre el pasto. Aquí entretenerse o aburrirse son conceptos muy pequeños frente a identidad, pertenencia, compromiso, adhesión, comunidad. (...)

 "Vivir el fútbol en soledad por televisión es un exilio autoimpuesto"


Un máster en marketing deportivo avanzado cursado en una escuela de negocios de pago no da derecho a vulnerar los símbolos que nos explican. Un escudo no es feo ni bonito, es el tuyo. Y el estadio es tu casa, tu historia, tu ciudad, tus recuerdos. Aquí no entenderemos el fútbol como un producto a exportar a nuevos mercados. A eso lo llamaremos simplemente expolio y señalaremos a los culpables con nombres y apellidos. Tampoco tragaremos con la estafa de justificar el saqueo en presuntas misiones redentoras por países carentes de derechos humanos. La diplomacia deportiva es el lucrativo blanqueamiento de dictaduras. El fútbol es un patrimonio inherente al entorno en el que se desarrolla. No se puede plantar un olivo en el polo norte ni ver crecer pinos en el desierto. Los equipos pertenecen a los barrios que les dotaron de una esencia, a las ciudades donde se forjaron rivalidades, a las aficiones que poblaron las bancadas de sus estadios construidos a veces con sus propias manos. No, cualquiera no tiene el mismo derecho a poseer algo que no le pertenece por el hecho de tener la posibilidad de pagarlo. El fútbol español es un patrimonio cultural a proteger y las instituciones políticas deberían ser conscientes de ello. Despojado de su hábitat, el fútbol se convierte en un simulacro desvirtuado y sin futuro. Se muere. (...)

Si se maltrata al aficionado de estadio, si se le sigue expulsando de la ecuación por no considerarlo rentable, mañana no quedarán siquiera cenizas que recoger. Solo ruina. Nada hay más previsible y duradero que la lealtad, nada es más confortable para el dinero que la estabilidad de un plazo fijo. Y este es para toda la vida, varias generaciones. Porque fueron, somos, y porque somos, serán. Se puede cambiar de todo menos de pasión. (...)

cuando escucho a gente, demasiada, explicar lo que todo esto significa con términos como cláusula, inversión, marca global, industria o espectáculo. Cuando escucho a alguien vincular el fútbol a estos conceptos, echo la mano al bolsillo para comprobar que no me han robado la cartera. Simplificar el fútbol a su condición de espectáculo es una trampa. Para eso está el circo o el teatro. Al fútbol se va a otra cosa. Si algo tengo claro es que aquel hijo no cruzó medio continente con el afán de pasar un buen rato. No iba a divertirse precisamente, sino a algo mucho más importante. Igual que los miles que le acompañaron en el desembarco. Tampoco reclamaban un juego entretenido esa noche, sino llevar en volandas a su equipo, ser parte de la victoria. Es personal, claro. No es una afición, es una causa. (...)

No es que este deporte sea más aburrido ahora que antes, es igual de aburrido o divertido que siempre. Lo que han cambiado es la oferta y el individuo en un mundo que plantea nuevas opciones de ocio. El italiano Giovanni Sartori, premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, desarrolló la teoría del vídeo-niño. Explicaba que las nuevas generaciones estimuladas con la cultura audiovisual han perdido la capacidad de conocer. Ver no es entender. El caso es que Sartori desarrolló esta teoría a principios de siglo, por lo que vamos tarde. Nuevas plataformas como Instagram o TikTok solo han acentuado la pereza intelectual. Todo lo que dure más de un minuto y medio ya es eterno. La vida debe ser contada en pequeñas píldoras de segundos. Se da un fenómeno curioso con estas nuevas plataformas. Los vídeos más virales suelen ir acompañados de canciones antiguas y eso ha supuesto que los chavales conozcan éxitos pasados de Elton John, David Bowie o Abba, entre otros. Pero los vídeos son tan cortos que solo se saben el estribillo, si les pones otro tramo de la canción ni siquiera la reconocerían. (...)

proceso de inmersión al fútbol pasaba por un desplazamiento al estadio, generalmente acompañado por un familiar o un vecino —aquí los barrios van a ser importantes— encargado de inculcar los conceptos generales del juego y los particulares del estadio propio, que era como un segundo hogar. Los cánticos, los héroes de antaño, las características que lo hacen único, las rivalidades históricas, lo que sí y lo que no formaban parte de la lección semanal transmitida de padres a hijos y a nietos. ¿Por qué esa grada se llama así?, ¿qué pasó en aquella portería?, ¿qué representa el escudo de la camiseta?, ¿quién decidió lucir esos colores?, ¿qué hizo la persona que da nombre al estadio?, ¿a quién se homenajea con esa estatua?, ¿qué significa el mensaje de la pancarta?, ¿por qué silba la gente?... Es así como se establece un vínculo que empieza en la fe hacia tus mayores y acaba forjando una relación sentimental, una pertenencia a algo que ya es para siempre. Y el estilo del juego sobre el césped donde muchos acotan el espectáculo es simplemente un ingrediente extra. Es importante saber la historia del club al que uno pertenece, conocer el pasado es vital para valorar el presente. Las gradas reaccionan de forma distinta ante hechos similares porque cada una arrastra su propia memoria forjada a base de acumular experiencias diferentes. (...)

Ahora ese rito de conocer la historia del club al que perteneces queda relegado a una pantalla que cuenta otras cosas generalmente líquidas, menos trascendentes. Existen intereses comerciales que establecen relatos mediáticos interesados. En el caso español se lleva años explotando el mantra de la mejor liga del mundo y la rivalidad entre Real Madrid y Barcelona que lo centrifuga todo; lo último, el fútbol femenino. No es posible transmitir los códigos importantes de una tarde en el estadio en los resúmenes de cinco minutos con las mejores jugadas, como tampoco es posible conocer a Bowie a partir de un estribillo viral. (...)

Resulta vital defender la cuota de protagonismo que tiene el aficionado de estadio, injustamente infrarrepresentado en el gran circo del fútbol actual. El modelo del fútbol lleva mucho tiempo expulsando al hincha de la toma de decisiones que afectan a su club. Reduce su participación a la de mero cliente. Pagar y callar. Se desprecia la pasión presentándola como sinónimo de ingenuidad primitiva. El cínico analista dirá que mientras el jugador rinda en el campo, todo lo demás es perdonable porque son profesionales. Son axiomas que luego se repiten en la calle de manera idéntica a como emanan previamente de los medios de comunicación, donde apenas hay voces con sensibilidad de grada que ejerzan un mínimo de contrapunto." (desde "Invasión de campo: Un manifiesto contra el fútbol como negocio y en defensa del aficionado (...).

Los medios incluso rentabilizan las polémicas alojando en sus diarios digitales votaciones virtuales en las que puede opinar todo el mundo sin requisito alguno. Vale lo mismo el clic de un acreditado seguidor del equipo que el de un lector del eterno rival al que le ha parecido divertido opinar mientras mata el tiempo con su smartphone antes de bajarse en la siguiente parada. Del resultado de esas encuestas nada rigurosas luego nace una información con un titular informativo dando por bueno que eso es lo que piensa la afición. A esto se le suma una corriente poco periodística que consiste en recoger ante el micrófono una pluralidad de opiniones para presentar una presunta distancia imparcial sin que necesariamente esa paridad sea real. «Ya ven, opiniones para todos los gustos», suele concluir el presentador de turno. Culmina así la operación de blanqueo de decisiones que hieren a seguidores y ofrecen al espectador en general y a la afición afectada en particular una realidad profundamente distorsionada. (...)

Desde su aparente imparcialidad, los análisis futboleros evidencian en realidad un distanciamiento con los intereses de la grada. Demasiado a menudo se atreven a decirle a una afición lo que debe opinar o cuál debe ser su grado de exigencia. Si el runrún del Bernabéu empieza a murmurar impaciente en el minuto veinte, ¿quiénes son unos señores ajenos al sentir y la memoria madridista para decirle a ese estadio lo que debe manifestar? La grada del Metropolitano, en la misma ciudad, pero con características distintas, demostró durante más de una década una adhesión mayoritaria a Simeone que en nada coincidía con el tono crítico que desprendían buena parte de los análisis futboleros casi desde el inicio de su etapa en el banquillo rojiblanco. Durante la primera temporada de Xavi en el Barcelona se escuchó un Camp Nou más dispuesto a arrimar el hombro y apoyar a los suyos que los discursos catastrofistas de los comentaristas." (desde "Invasión de campo: Un manifiesto contra el fútbol como negocio y en defensa del aficionado (...).

A Guardiola le han salido más falsos imitadores que a Francisco Umbral. Álex Couto es el autor de un libro titulado Catenaccio, el arte de defender. Tiene una frase fantástica para reivindicar la validez del catenaccio que es todo un desafío: «Es el derecho del pobre». Agazaparse en campo propio renunciando al balón y al preciosismo como metáfora de la guerra de guerrillas ante la que ejércitos poderosos sucumbieron tantas veces frente a un enemigo teóricamente inferior. (...)

La grada: conciencia de clase.

Estamos condenados a que las gradas del futuro estén ocupadas por vídeo-niños adultos caprichosos que no sepan interpretar todo lo que tienen alrededor ni lo que sucede en el césped y a la mínima se aburran o protesten si lo que pasa no satisface sus demandas de divertimento. La alternativa de la televisión ha supuesto una opción más barata para el consumidor, que tiene acceso a más partidos ofrecidos como opción de ocio. Desde hace tiempo los horarios no son simultáneos, por lo que es posible echar el día desde la mañana a la noche sin renunciar a ningún encuentro. El lugar ya no es el estadio, sino la soledad de un salón. Se impone el individualismo del aficionado-cliente que ya no interactúa con una masa de gente ni toma conciencia de grada, lugar en el que conjuntamente se expresa la idiosincrasia de un club, un barrio, una ciudad. La soledad del aficionado frente al televisor dispersa su personalidad como actor y diluye hasta la insignificancia su poder para hacerse escuchar. Internet no ha mejorado mucho la cosa. La capacidad de interrelacionarse con otros ha permitido opinar en condiciones de igualdad al que lleva varias generaciones experimentando el fútbol en comunidad y al que no ha pisado nunca un vomitorio. Todo un avance, muchas gracias, red de redes. La premisa de que la televisión permite llegar a cualquier estadio del mundo es una estafa, lo que hace en realidad es alejarte de todos empezando por el que tienes más cerca. (...)


Hoy el aficionado de sofá crea más vínculos con el Manchester City que con su equipo local. A uno solo le interesa lo que ve y lo que no ve no existe. El gran reto de muchos padres hoy no es evitar que su hijo llegue un día a casa con la camiseta del eterno rival, sino posponer todo lo posible el momento en el que diga que es del peseyé sin haber estado nunca en París. Siempre he sentido más propia una derrota o una victoria de mi equipo cuando me he dejado algo en el camino empezando por el tiempo o el esfuerzo que supone trasladarse hasta el estadio, pasar frío en invierno o calor en verano. La militancia es otra forma de ejercitar el vínculo. (...)

Aunque no te pierdas ninguno de los partidos, de facto no hay ninguna diferencia de comportamiento entre ver a tu equipo, al eterno rival o una película de Marvel. Como mucho, solo el vecino notará la diferencia si eres de los que gritan en casa cuando marcan los suyos. Si acaso la distancia o la economía son las únicas justificaciones para que ir al campo no sea la prioridad del aficionado. La televisión supone un exilio sentimental voluntario. A veces ir al estadio es un privilegio del que solo puede disfrutar una minoría, concretamente los miles que caben en su aforo o los que todavía pueden pagarlo. Habrá quien considere eso elitista y defienda el poder democratizador de la televisión al llegar a una mayoría. Ambos mundos son compatibles. El riesgo es que los segundos acaben desplazando por completo a los primeros como viene sucediendo desde hace muchos años. El estadio debe mantener su halo aspiracional y el aficionado de estadio no puede perder su condición preferente. El hecho de que una cultura llegue a más gente no la hace necesariamente mejor. Y si el coste de una cultura de todos —advierte Sartori— es el desclasamiento en una subcultura incapacitada para conocerla, entonces la operación representa solamente una pérdida. «Si el maestro sabe más que el alumno, tenemos que matar al maestro; y el que no razona de este modo es un elitista», se quejaba el sociólogo italiano. (...)

El espectador-líquido No, el fútbol no puede ser solo un espectáculo. Es algo sujeto a unas normas que no se pueden alterar si la gente se aburre. No hay un guion preestablecido que se pueda adaptar a los gustos de cada público. El fútbol no es lo que algunos pretenden por la sencilla razón de que es real. Y la vida real es a veces injusta, imprevisible, siempre incontrolable. En ocasiones es simplemente aburrida, otras veces fea, pero es nuestra vida y hay que aceptarla como tal. La pertenencia a un club es eso. Hay rachas mejores y peores, esfuerzos no correspondidos, golpes de suerte, éxitos y fracasos. La derrota es parte del juego, algo habitual con lo que hay que contar y saber sobreponerse. La diversión no está garantizada. Fomentar el fútbol como un espectáculo que culmina con el pitido final por encima de la adhesión inquebrantable a unos colores moldea un consumidor-cliente líquido que con toda seguridad se cansará pronto. (...)
El fútbol-negocio-espectáculo dejará de ser negocio-espectáculo el día que se pierda o se expulse del todo al aficionado tradicional. Porque ese día ya no habrá nadie dispuesto a pagar un dineral por ver un partido de fútbol. Buena parte de la motivación del turista adinerado es ver el ambiente y la atmósfera creada por el aficionado tradicional en su ecosistema de fútbol real y no verse rodeado de iguales participando de una impostura. (...)

Hoy se ha roto ese equilibrio y el negocio ya no es un medio, es el fin en sí mismo, y las preocupaciones del socio, un obstáculo. Pero la paciencia y la economía del hincha no es infinita y el día que se agote se acabará, no solo el fútbol tradicional, sino también el fútbol-negocio. Esta tendencia no es nueva, pero se ha acelerado en los últimos años en el marco de una sociedad entregada al consumismo que lo quema todo rápido. Zygmunt Bauman fue sociólogo y ensayista como Sartori. Dedicó parte de su obra a desarrollar el concepto de «modernidad líquida». Dejó dicho que el consumismo no gira en torno a la satisfacción de deseos sino a la incitación del deseo de deseos nuevos. Ganar no es suficiente si el de enfrente ha ganado más. La alegría por el título conseguido no es completa porque no se ha fichado a tal jugador. El recuerdo de la victoria en el último campeonato se convierte drásticamente en dudas si el equipo arranca el siguiente torneo con una derrota. La rueda del negocio seguirá girando siempre que la expectativa se sitúe en niveles inalcanzables. «La sociedad de consumo consigue hacer permanente esa insatisfacción», advierte Bauman. El mundo del fútbol entendido como un espectáculo que consumir no es ajeno a esta situación. Si no se cumple el objetivo un año, se considera todo un fracaso que obliga a cambiarlo todo. (...)

En este marco general la globalización también juega un papel a tener en cuenta dado que ha acentuado las incertidumbres de la sociedad del bienestar. Ante eso, el fútbol representará un refugio emocional siempre que mantenga intactas las certezas que uno creía para siempre. El antropólogo Alberto del Campo explicaba así esta idea en una entrevista para El Confidencial: «Cuando la gente experimenta que su destino ya no está regido por uno mismo, ni siquiera por los políticos, que las decisiones se toman muy lejos y que se produce una guerra y el petróleo sube al doble así que no se puede ir de vacaciones, siente cierto desasosiego de vivir en un mundo volátil, cambiante, en el que lo local, lo tradicional y lo propio se van diluyendo. Eso explica que se vuelva a contextos donde se vive la singularidad: “De acuerdo, todos somos seres humanos, pero yo soy del Betis”». (...)

Guy Debord fue el alma del situacionismo francés. Un año antes de Mayo del 68 publicó La sociedad del espectáculo. El paso del tiempo ha demostrado que algunas de sus advertencias sobre las trampas de la espectacularización se han cumplido a rajatabla en el negocio del fútbol. Sostiene que «el espectáculo hunde sus raíces en una economía de la abundancia, y de ella proceden los frutos que tienden a dominar finalmente el mercado del espectáculo». Una vez introducidos en esa deriva caníbal, no hay argumentos emocionales que se resistan al espectáculo porque «es absolutamente dogmático, pero al mismo tiempo no puede desembocar en ningún dogma sólido. Para él, nada se detiene, tal es su estado natural». Y en la fórmula del éxito de este modelo encaja mucho mejor el aficionado en su salón que las gradas con personalidad propia ejerciendo de contrapoder. Debord lo explicaba así en el contexto histórico de la Europa que había alcanzado el estado del bienestar tras la Segunda Guerra Mundial y caminaba decididamente hacia la globalización: «La unidad irreal proclamada por el espectáculo enmascara la división en clases en la cual se apoya la unidad real del modo de producción capitalista. Lo que obliga a los trabajadores a participar en la edificación del mundo es lo mismo que les separa de él. Aquello que relaciona a los hombres, liberándoles de sus limitaciones locales o nacionales es lo mismo que les aleja a unos de otros». (...)

Entonces se abrió una fase clasificatoria previa en los meses de verano que amplió la cifra de posibles aspirantes, hasta 80 clubes de 54 países en la 2021/2022. Sin embargo, el palmarés histórico de la competición demuestra que esa ampliación no ha supuesto un aumento en la pluralidad de campeones, sino todo lo contrario. Entre 1962 y 1992 hubo 19 equipos distintos de 9 países que alzaron el trofeo. Entre 1992 y 2022 la cifra se ha reducido a 13 equipos de 7 países. Salvo excepciones y accidentes —porque esto es fútbol— existe un techo de cristal para una inmensa mayoría fuera de la élite económica a la que se condena a un papel de sparring antes de que los de casi siempre afronten las fases decisivas. La privatización es más nítida si se analizan los semifinalistas. Entre 1962 y 1992, hubo 55 equipos de casi otras tantas ciudades de 20 países europeos. Entre 1992 y 2020, y a pesar de que la competición en teoría acoge más aspirantes, el dato dice que 34 equipos de 11 países alcanzaron el penúltimo escalón a lo largo de estos últimos treinta años. La muestra es lo suficientemente amplia como para negar la reducción. La supuesta democratización del fútbol se demuestra cuando menos discutible. Son muchas las aficiones que se van quedando en el camino sin poder sentirse parte importante de la máxima competición. Ni siquiera ese consuelo de actor secundario le quedará ya a una mayoría de ciudades europeas con la Superliga. El dinero se ha convertido en protagonista cuando hablamos de fútbol. Hoy un aficionado medio conoce antes los nombres de mánager y representantes como Mino Raiola, Jorge Mendes o Jonathan Barnett que al defensa titular de un equipo de mitad de tabla. Las negociaciones por un fichaje acaparan el tratamiento informativo no ya solo en verano, cuando no hay partidos, porque encaja a la perfección en ese ansia aspiracional de consumir que diagnosticó Bauman. Se ha asumido sin apenas resistencia el relato empresarial a la hora de explicar el fútbol. (...)
 INVASIÓN DE CAMPO: 
un manifiesto contra el fútbol como negocio y en defensa del aficionado.
Alejandro Requeijo. 
 

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