ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


domingo, 1 de marzo de 2026

Lo mejor de LA ÚNICA HISTORIA (Julian Barnes)



¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.
Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor.
La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía.
Pero aquí surge el primer problema. Si se trata de tu única historia, entonces es la que has contado y vuelto a contar más veces, aunque sea —como es mi caso— principalmente a ti mismo. Así que la cuestión es la siguiente: ¿todas esas narraciones te acercan a la verdad de lo que sucedió o te alejan de ella? No estoy seguro. Una prueba podría ser si, a medida que pasan los años, sales mejor o peor parado de tu historia. Salir peor podría indicar que estás siendo más veraz. Por otro lado, existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: fingir que te comportaste peor puede ser una forma de autobombo. De modo que tengo que ser cuidadoso. Bueno, andando el tiempo he aprendido a serlo. Tan cuidadoso ahora como descuidado entonces. ¿O quiero decir despreocupado? ¿Puede tener una palabra dos antónimos?


¿La época, el lugar, el medio social? No sé muy bien lo importantes que son en las historias de amor. Quizá en la antigüedad, en los clásicos, donde hay batallas entre el amor y el deber, el amor y la religión, el amor y la familia, el amor y el Estado. Esta no es una de esas historias. (...)

Quizá lo hayas entendido demasiado deprisa. Difícilmente podría reprochártelo. Tendemos a encasillar en una categoría preexistente cualquier relación nueva que entablamos. Vemos lo que hay de general o común en ella, mientras que los protagonistas solo ven —perciben— lo que es individual y particular para ellos. Nosotros decimos: era de esperar; ellos dicen: ¡qué sorpresa! Una de las cosas que pensaba de Susan y de mí —en aquel entonces y ahora de nuevo, tantos años después— era que a menudo no había palabras para nuestra relación; al menos, ninguna que encajase. Pero quizá esto sea una ilusión que todos los amantes tienen sobre sí mismos: que escapan a toda categoría y descripción. (...)



¿Qué palabras, por tanto, podrían emplearse para describir hoy una relación entre un chico, o casi un hombre, de diecinueve años y una mujer de cuarenta y ocho? ¿Quizá esos términos de los tabloides, «asaltacunas» y «yogurín»? Pero estas palabras no se usaban entonces, aunque la gente se comportaba así adelantándose a lo que significaban. O podríamos pensar: novelas francesas, una mujer más mayor enseñando «las artes amatorias» a un hombre más joven, ooh là là. Pero no había nada francés en nuestra relación ni en nosotros. Éramos ingleses, y en consecuencia para explicarlo solo disponíamos de palabras inglesas, llenas de carga moral: palabras como mujer pública y adúltera. Pero no ha habido nunca una mujer menos pública que Susan; y, como me dijo un día, la primera vez que oyó hablar de adulterio pensó que se refería al hecho de aguar la leche.
Hoy día hablamos de sexo transaccional y sexo recreativo. En aquel entonces nadie practicaba el sexo recreativo. Bueno, tal vez sí, pero no lo llamaban así. En aquel entonces había amor, y había sexo, y había una combinación de ambas cosas, en ocasiones incómoda, en ocasiones fluida, que a veces funcionaba y a veces no.
Un diálogo entre mis padres (léase: mi madre) y yo, uno de esos diálogos ingleses que condensan párrafos de animosidad en un par de frases.
—Pero tengo diecinueve años.
—Exactamente…, solo tienes diecinueve años.
Los dos éramos el segundo amante del otro: casi vírgenes, de hecho. Yo tuve mi iniciación sexual —el típico combate de tierna e impaciente refriega y pifia— con una chica de la universidad, hacia el final del tercer trimestre; Susan, por su parte, a pesar de tener dos hijos y llevar casada veinticinco años, no tenía más experiencia que yo. Retrospectivamente, quizá habría sido distinto si uno de los dos hubiera sido más ducho. Pero ¿a quién, en el amor, le apetece mirar atrás? Y, de todos modos, ¿hablo de «más experimentado en el sexo» o «más experimentado en el amor»?
Pero veo que me estoy adelantando. (...)

Espero que se entienda que lo estoy contando todo tal como lo recuerdo.
Nunca he llevado un diario, y la mayoría de los protagonistas de mi historia —¡mi historia!, ¡mi vida!— han muertos o están desperdigados. Así que no necesariamente estoy relatando las cosas en el orden en que sucedieron. Creo que existe una autenticidad distinta de la memoria, y que no es inferior. La memoria clasifica y criba con arreglo a las exigencias de quien rememora.
¿Tenemos acceso al algoritmo de sus prioridades? Probablemente no. Pero yo presumiría que la memoria prioriza lo más útil para orientar al poseedor de esos recuerdos. De modo que habría un interés personal en que los más felices sean los que afloren antes. Pero es solo una conjetura. (...)

Por ejemplo, recuerdo una noche en que estaba en la cama, desvelado por una de esas erecciones que te palmotean el estómago y que cuando eres joven das por sentado —o no te preocupa— que durarán el resto de tu vida. Pero aquella vez era diferente. Verán, era una especie de erección generalizada, sin ninguna conexión con una persona o un sueño o una fantasía. Se trataba más bien del puro gozo de ser joven. Joven de cerebro, corazón, polla y alma, y resultaba ser la polla lo que mejor expresaba aquel estado general.
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Creo que cuando eres joven piensas en el sexo casi todo el tiempo, pero no reflexionas mucho al respecto. Estás tan enfrascado en el quién, el cuándo, el dónde, el cómo —o, más a menudo, en el gran y si…— que piensas menos en el por qué y el para qué. Antes de conocer el sexo has oído todo tipo de cosas sobre él; actualmente muchas más, y mucho antes y mucho más gráficamente que cuando yo era joven. Pero el resultado viene a ser el mismo: una mezcla de sentimentalismo, pornografía y tergiversación. Cuando vuelvo la mirada a mi juventud, la veo como una época de vigor genital tan insistente que impedía el examen de para qué servía tanta pujanza.
Quizá hoy no entiendo a los jóvenes: me gustaría hablar con ellos y preguntarles cómo lo ven ellos y sus amigos, pero entonces surge la timidez.
Y quizá tampoco comprendía a los jóvenes cuando yo lo era. Esto también podría ser verdad. 
Pero por si te lo preguntas, no envidio a los jóvenes. En mis tiempos de furia e insolencia adolescente, me preguntaba: ¿para qué sirven los viejos, si no para envidiar a los jóvenes? Me parecía su propósito principal y definitivo antes de extinguirse. Una tarde paseaba al encuentro de Susan y había llegado al paso de cebra del Village. Se acercaba un coche, pero impulsado por la impaciencia normal de un amante, empecé a cruzar. El coche frenó, más en seco de lo que el conductor evidentemente había pretendido, y tocó la bocina.
Me paré donde estaba, justo delante del capó del coche, y miré fijamente al conductor. Reconozco que quizá yo tenía una pinta irritante. El pelo largo, vaqueros color púrpura y joven, un sucio y puto joven. El conductor bajó la ventanilla y soltó unos juramentos. Me dirigí hacia él, sonriendo, y con ganas de pelea. Él era viejo, un puto y sucio viejo, con las estúpidas orejas rojas de un anciano. ¿Conoce esa clase de orejas tan carnosas, cubiertas de pelos por dentro y por fuera? Con cerdas densas dentro; finas y peludas fuera.
—Morirás antes que yo —le informé, y me marché contoneándome del modo más exasperante que pude.



Así que ahora que soy más mayor comprendo que una de mis funciones humanas es permitir que los jóvenes crean que los envidio. Pues es obvio que los envidio en la cruda cuestión de morir antes; por lo demás, sin embargo, no. Y cuando veo una pareja de jóvenes amantes, entrelazados verticalmente en la esquina de una calle, o entrelazados horizontalmente sobre una manta tendida en el parque, el sentimiento principal que me suscitan es una especie de impulso protector. No, no compasión: un sentimiento de protección. No se trata de que ellos la deseen. Y, no obstante (y resulta curioso), cuanto más bravucona es su conducta, más fuerte es mi reacción. Quiero protegerlos de lo que es probable que les depare el mundo y de lo que se harán probablemente el uno al otro. Por supuesto, esto no es posible. No solicitan mi asistencia, y su confianza es una insensatez. (...)

No sé cuándo adquirí la costumbre —muy pronto, sin duda—, pero solía sujetarle las muñecas. Quizá empezó con el juego de ver si podía abarcarlas con los dedos corazón y pulgar. Pero enseguida se convirtió en una costumbre. Ella extiende los antebrazos hacia mí, con los dedos formando un pequeño puño, y dice: «Cógeme las muñecas, Paul». Yo se las ciño y aprieto con toda mi fuerza. No hacían falta palabras para este acto. Era un gesto para calmarla, para transmitirle algo. Una inyección, una transfusión de fuerza. Y de amor.

Mi actitud ante nuestro amor era singularmente franca, aunque sospecho que esa singular franqueza es característica de todo primer amor. Yo pensaba, simplemente: Bueno, una vez establecida la certeza de que nos amamos, el resto de la vida tiene que encajar alrededor. Y tenía plena confianza en que así sería. Recuerdo de algunas de mis lecturas escolares que la pasión supuestamente crecía gracias a los obstáculos, pero ahora que estaba experimentando lo que previamente solo había leído, el concepto de un obstáculo al amor no parecía necesario ni deseable. Pero yo era emocionalmente muy joven y quizá sencillamente ciego a los escollos que otros verían a simple vista.
O quizá no me guiaba por ninguna lectura previa. Quizá lo que pensaba realmente era esto: Ahora estamos aquí los dos y es ahí adonde tenemos que llegar; todo lo demás no importa. Y aunque al final sí llegamos cerca de donde yo soñaba, ignoraba a qué precio.



He dicho que no recordaba el clima. Y hay también algo más, como la ropa que yo llevaba y lo que comía. La ropa era una necesidad sin importancia y la comida un mero combustible. Tampoco recuerdo cosas que debería recordar, como el color del cupé de los Macleod. Creo que era de dos tonos. Pero ¿era gris y verde o quizá azul y beige? Y aunque pasé muchas
horas cruciales en sus asientos de piel, no sabría decir de qué color eran. ¿Era de nogal el salpicadero? Qué más da. A mi memoria, desde luego, le da igual, y mi memoria es mi guía aquí. (...)

Y además hay cosas que no voy a molestarme en decir. Como qué estudié en la universidad, cómo era mi habitación y en qué Eric era diferente de Barney e Ian de Sam, y cuál de ellos era pelirrojo. Salvo que Eric era mi amigo más íntimo, y siguió siéndolo durante muchos años. Era el más amable de todos nosotros, el más serio, el que más confiaba en los demás. Y, quizá por estas mismas cualidades, era el que más problemas tenía con las chicas y, más adelante, con las mujeres. ¿Había algo en su dulzura, y en su propensión a perdonar, que casi provocaba la maldad del prójimo? Ojalá conociera la respuesta a esta pregunta, no solo por la ocasión en que lo dejé tirado. Lo abandoné cuando necesitaba mi ayuda; lo traicioné, si se quiere. Pero hablaré de esto más tarde.
Y otra cosa. Cuando más arriba he hecho mi boceto de agente inmobiliario sobre el Village, puede que no haya sido estrictamente exacto.
Por ejemplo, respecto a los postes luminosos del paso de cebra. Puede que me los haya inventado, pues hoy día es raro ver un paso de cebra sin el obligado par de luces intermitentes. Pero entonces, en Surrey, en una carretera con poco tráfico…, lo dudo bastante. Supongo que podría hacer una investigación real, buscar postales antiguas en la biblioteca central o las pocas fotos que conservo de la época, y rectificar mi relato en consonancia con ellas. Pero estoy rememorando el pasado, no reconstruyéndolo. Así que no habrá muchos decorados. Quizá prefieras más. Quizá estés acostumbrado a ellos. Pero no puedo remediarlo. No intento tejer una historia; estoy tratando de contar la verdad. (...)



Aquella noche miré a mis padres y presté atención a todo lo que decían.
Intenté imaginar que ellos también habían tenido su historia de amor. En un tiempo lejano. Pero no llegué a ninguna conclusión. Después traté de imaginar que cada uno había vivido su historia de amor, pero por separado, antes del matrimonio o quizá —aún más emocionante— durante el mismo.
Pero desistí porque de esto tampoco pude sacar nada en limpio. Me pregunté, en cambio, si, al igual que Joan, yo también simularía, disimularía para desviar la curiosidad. ¿Quién sabe?
Rebobiné y traté de imaginar cómo habría sido la vida de mis padres en los años anteriores a mi nacimiento. Me los represento empezando juntos, lado a lado, codo con codo, felices, confiados, recorriendo un surco de hierba tierna y blanda. Todo es verdor y el entorno es extenso; no parece haber ninguna prisa. Después, a medida que avanza el curso normal, cotidiano de la vida, desprovisto de amenazas, el surco se hace más profundo muy despacio y
el verde aparece tachonado de pardo. Un poco más adelante —una década o dos—, el montón de tierra es más alto a ambos lados y no pueden ver por encima. Y ahora no hay escapatoria, no hay vuelta atrás. Solo hay el cielo arriba y muros cada vez más altos de tierra parda que amenaza con sepultarlos. (...)


Hay algo que debería haber aclarado antes. Tal vez estoy haciendo que mi relación con Susan parezca un dulce entreacto veraniego. A fin de cuentas, el estereotipo se empeña en verlo así. Hay una iniciación sexual y emocional, un suntuoso paso de gustos, placeres y mimos, y después la mujer, con una punzada pero también con sentido del humor, devuelve al joven al más ancho mundo y a los cuerpos más jóvenes de su propia generación. Pero ya te he
dicho que no fue así.
Estuvimos juntos —y digo bien: juntos— durante diez o doce años, según desde cuándo y hasta cuándo se cuente. Todos aquellos años coincidieron con lo que a los periódicos les gustaba denominar la «revolución sexual»: una época de jodienda a tutiplén —o eso nos inducían a creer—, de placeres instantáneos y de ligues informales, exentos de culpa, en los que la lujuria y la ligereza emocional pasaron a ser el orden del día. De modo que podría decirse que mi relación con Susan resultaba tan ofensiva para las nuevas normas como para las antiguas. (...)

Dicho de otra forma. Yo tenía diecinueve años y sabía que el amor era incorruptible, a prueba del tiempo y del deterioro. (...)



Si algo he descubierto a lo largo de los años es que el primer amor sienta una pauta para toda la vida. Puede ser que no supere a los amores posteriores, pero a estos siempre les afectará la existencia del primero. Puede servir de modelo o de ejemplo negativo. Puede ensombrecer a los amores siguientes o, por otra parte, puede facilitarlos o mejorarlos. Aunque en ocasiones el primer amor cauteriza el corazón, y lo único que encontrará quien busque después será tejido cicatricial.
«Nos eligieron por azar». No creo en el destino, como quizá ya he dicho. Pero ahora sí creo que cuando dos amantes se encuentran, ya existe tanta prehistoria que solo son posibles determinados resultados. Los amantes, por el contrario, se imaginan que el mundo vuelve a empezar desde cero y que las posibilidades son nuevas e infinitas.
Y el primer amor siempre acontece en la aplastante primera persona. ¿Cómo puede ser de otra manera? Y además en el abrumador presente de indicativo. Tardamos en comprender que existen otras personas y otros tiempos verbales. (...)



Soy un muchacho: ella es una mujer casada de mediana edad. Yo poseo el cinismo y el supuesto entendimiento de la vida; no obstante, soy tan idealista como cínico, convencido de que tengo voluntad y aptitud para resolver cosas.
¿Y ella? No es cínica ni idealista; vive sin enredarse en teorías y toma cada circunstancia y cada situación según vienen. Se ríe de cosas y a veces su risa es una forma de no pensar, de eludir verdades obvias y penosas. Pero al mismo tiempo creo que está más cerca de la vida que yo.
No hablamos de nuestro amor; simplemente sabemos que existe, incuestionable; que es lo que es y que todo emanará, inevitable y justamente, de este hecho. Para confirmarlo, ¿nos repetimos continuamente «Te quiero»?
A esta distancia, no lo sé muy bien. Pero recuerdo que cuando me acuesto con ella, después de haber cerrado la puerta trasera, ella susurra:
—No lo olvides nunca: el punto más vulnerable es la mitad de la pista. (...)


Podrías preguntarme lo profunda que era mi comprensión del amor a los diecinueve años. Un tribunal quizá considerase que se basaba en unos cuantos libros y películas, conversaciones con amigos, sueños embriagadores, dolorosas fantasías sobre determinadas chicas en bicicleta, y una cuarta parte de mi relación con la primera mujer con la que me había acostado. Pero el ego de mis diecinueve años corregiría al tribunal: se «comprende» el amor más tarde, la «comprensión» del amor bordea el sentido práctico, se «comprende» el amor cuando el corazón se ha enfriado. El amante, en su rapto, no quiere «comprender» el amor, sino experimentarlo, sentir la intensidad, la clarificación de las cosas, la aceleración de la vida, el egoísmo totalmente justificable, el descaro lascivo, la vociferante alegría, la seriedad serena, el
anhelo ardiente, la certeza, la simplicidad, la complejidad, la verdad, la verdad, la verdad del amor.
Verdad y amor, este era mi credo. Amo a Susan y veo la verdad. Así desencillo.
(...)

Cuando de nuevo aludió a mis futuras novias dije, muy clara y firmemente, que ella siempre estaría presente en mi vida: pasara lo que pasase, siempre habría un lugar para ella.
—Pero ¿dónde me pondrías, Casey Paul?
—En el peor de los casos, en un desván bien equipado.
Lo decía metafóricamente, por supuesto.
—¿Como un trasto viejo?
Yo detestaba esa conversación.
—No —repetí—, siempre estarás ahí.
—¿En tu desván?
—No, en mi corazón.
Lo decía de verdad, era la pura verdad: tanto lo del desván como lo del corazón. Toda mi vida.
No me percaté de que había pánico en su interior. ¿Cómo podía imaginarlo? Pensaba que solo lo sentía yo. Ahora, demasiado tarde, me doy cuenta de que todos lo sentimos. Es una condición de nuestra mortalidad.
Tenemos códigos de conducta para aplacarlo y minimizarlo, bromas y hábitos y numerosas formas de desviarlo y distraerlo. Pero estoy convencido de que hay pánico y un caos infernal a la espera de emerger dentro de todos nosotros.
Lo he visto rugir en los moribundos, como una última protesta contra la condición humana y su tristeza crónica. Pero existe en los más equilibrados y racionales de nosotros. Solo hacen falta las circunstancias propicias para que aparezca. Y entonces estás a su merced. El pánico empuja a algunos hacia Dios, a otros a la desesperación, a las obras benéficas, a la bebida, al olvido afectivo, y a otros a una vida en la que esperan que nada grave vuelva a Trastornarlos. (...)



Uno de tus problemas es el siguiente: durante un largo tiempo te resulta inconcebible que Susan sea bebedora. ¿Cómo va a serlo si su marido bebe y a ella le asquea la bebida? Aborrece hasta el olor del alcohol, aborrece las falsas emociones que desencadena en las personas. A Macleod lo vuelve más grosero, más colérico, más burdamente sentimental; cuando la agarraba del pelo y le apretaba un vaso contra los labios, ella habría preferido que el jerez se derramara sobre su vestido en vez de por su garganta. Tampoco ha habido en su vida nadie que le ofreciera un ejemplo creíble de lo contrario: que el alcohol es algo glamouroso, que sirve para desinhibir, que es divertido, que puedes controlarlo porque sabes cuándo permitírtelo y cuándo rechazarlo.
Tú la crees. Nunca le pides explicaciones por sus ausencias y sus retrasos cada vez más frecuentes. Cuando al llegar la encuentras inexpresiva y con aire somnoliento, te dices que habrá tomado por error una pastilla de más, lo cual a veces es cierto. Y como te resulta inevitable creer que una de las razones de que esté tomando antidepresivos es que no consigues hacerla tan feliz como para que no los necesite, te sientes culpable y la culpa te impide interrogarla.
Así que cuando, saliendo de su modorra, ella alza la vista, da unas palmadas a su lado en el sofá y pregunta: «¿Dónde has estado durante toda mi vida?», sientes un desgarro en tu interior y no hay nada que quieras más en el mundo que arreglar todos sus problemas, y no como tú quieres, sino como ella quiere resolverlos. Entonces te sientas a su lado y le coges las muñecas.
Del mismo modo que crees que tu amor es único, crees que las dificultades de Susan —sus problemas— son únicos. Eres demasiado joven para comprender que toda conducta humana se inscribe en pautas y categorías y que su caso —el tuyo— dista de ser único. Quieres que ella sea una excepción y no una norma. Si en aquel tiempo alguien hubiera aventurado una palabra como codependencia —en el supuesto de que ya la hubieran inventado—, la habrías desestimado riéndote como si fuera jerga norteamericana. Sin embargo, quizá te hubiera impresionado más un vínculo estadístico que entonces ignorabas: que los allegados de un alcohólico, lejos de sentir repulsión por el hábito —o, más bien, a pesar de que les repele el hábito—, a menudo sucumben ellos también. (...)


Sigues durmiendo con ella, pero no hacéis el amor desde hace mucho. No te preguntas cuánto hace según el calendario, porque lo que importa es cuánto hace según el corazón. Descubres más cosas del sexo de las que quieres saber,o más de las que deberían permitírsete descubrir mientras todavía eres joven.
Algunos descubrimientos habría que dejarlos para más adelante, cuando quizá duelan menos.
Sabes ya que hay sexo bueno y sexo malo. Naturalmente prefieres el bueno al malo. Pero también, siendo joven, piensas que aun así, considerados todos los aspectos, los duros y los blandos, el sexo malo es mejor que ningún sexo. Y a veces mejor que la masturbación; aunque otras veces no.
Pero si crees que estas dos categorías son las únicas que existen, es que estás equivocado. Porque hay una que no sabías que existiese, algo que no es, como podrías haber supuesto al oír hablar de ella, una mera subcategoría del mal sexo; y es el sexo triste. El sexo triste es el más triste de todos. El sexo triste es cuando la pasta de dientes dentro de la boca de Susan no encubre del todo el olor del jerez dulce y ella susurra: «Alégrame, Casey Paul». Y la complaces. Aunque alegrarla a ella también supone entristecerte tú.
El sexo triste es cuando ya está dopada por una píldora antidepresiva pero tú piensas que si la follas quizá la animes un poco más.
El sexo triste es cuando tú mismo estás tan desesperado, la situación es tan insoluble, la prehistoria tan opresiva, tu propio equilibrio anímico tan incierto de un día para otro, de un momento a otro, que piensas que bien podrías dejarte ir con el sexo durante unos minutos, durante media hora. Pero no te dejas ir, ni cambia tu estado de ánimo, ni siquiera durante un nanosegundo.
El sexo triste es cuando notas que estás perdiendo todo contacto con ella, y ella contigo, pero que es el medio de deciros mutuamente que la conexión existe todavía de algún modo; que ninguno de los dos va a abandonar al otro, aun cuando una parte de ti cree que deberías. Después descubres que insistir en esa conexión es lo mismo que prolongar la pena.
El sexo triste es cuando estás haciendo el amor con una mujer mientras piensas en la forma de matar a su marido, aunque nunca serías capaz de hacerlo porque no eres esa clase de persona. Pero al igual que tu cuerpo no se detiene, tampoco tu pensamiento; te ves pensando: sí, si lo sorprendieras estrangulando a Susan, te figuras que lo golpearías con una pala en la nuca, o que lo apuñalarías con un cuchillo de cocina, si bien comprendes que, en vista de tu ineptitud con los puños, podría suceder que la pala o el cuchillo resbalasen y en vez del cuerpo de Gordon acabaran hiriéndola a ella. Entonces este relato paralelo en tu cabeza se desquicia todavía más y te plantea que si fallaras el ataque a Gordon y en su lugar la alcanzases a ella podría ser porque secretamente querías lastimarla, puesto que Susan —esta mujer desnuda
ahora debajo de ti— te ha metido en este cenagal insoluble en una etapa tan temprana de tu vida.
El sexo triste es cuando ella está sobria, los dos os deseáis, sabes que tú la amarás siempre a pesar de todo y que ella te amará siempre a pesar de todo, pero tú —los dos, tal vez— comprendes ahora que amarse el uno al otro no necesariamente conduce a la felicidad. Y por eso hacer el amor se ha convertido no tanto en una búsqueda de consuelo como en un intento vano de negar vuestra desdicha recíproca.
El buen sexo es mejor que el sexo malo. El sexo malo es mejor que ningún sexo, salvo cuando la ausencia de sexo es mejor que el mal sexo. El autosexo es mejor que ningún sexo, salvo cuando ningún sexo es mejor que el autosexo. El sexo triste es siempre mucho peor que el buen sexo, el mal sexo, el autosexo y ningún sexo. El sexo triste es el más triste de todos. (...)


He dicho que nunca he llevado un diario. No es estrictamente cierto. En mi confusión y mi aislamiento hubo un punto en el que pensé que escribir cosas podría ayudarme. Utilicé una libreta de tapa dura, tinta negra y una cara de la página. Intenté ser objetivo. Pensé que no tenía sentido airear mis sentimientos de afrenta y traición. Recuerdo que la primera línea que escribí fue:
Todos los alcohólicos son mentirosos.
La idea, obviamente, no se basaba en una enorme muestra o en una amplia investigación. Pero lo creía entonces y ahora, decenios después, con más experiencia de campo, creo que es una verdad esencial de ese estado. Proseguí: Todos los amantes dicen la verdad.
De nuevo los ejemplos eran pocos, se limitaban principalmente a mí mismo. Me parecía evidente que el amor y la verdad estaban relacionados; de hecho, como quizá ya he dicho, vivir enamorado es vivir en la verdad.
Y luego la conclusión de este cuasi silogismo: Por consiguiente, el alcohólico es lo opuesto del amante.
Esto no solo era lógico, sino coherente con mis observaciones.
Hoy, toda una vida después, la segunda de estas premisas parece la más débil. He visto demasiados ejemplos de amantes que, lejos de vivir en la verdad, habitan en un país de fantasía donde imperan el autoengaño y el autobombo, y donde no hay rastro de realidad.
Sin embargo, mientras llenaba mi libreta y trataba de ser objetivo, la subjetividad no cesaba de minarme. Por ejemplo, al remontarme al tiempo que pasamos en el Village, advertí que aunque yo me consideraba amante y veraz, las verdades que había dicho lo eran solo para mí y para Susan. Dije mentiras a mis padres, a la familia de Susan, a mis amigos íntimos; hasta oculté cosas en el club de tenis. Protegí la zona de verdad con una muralla de mentiras. Al igual que ella me mentía ahora continuamente respecto a la bebida. Y también se mentía a sí misma. Y sin embargo seguía afirmando que me amaba.
En consecuencia, empecé a sospechar que me equivocaba al considerar que el alcoholismo era lo opuesto del amor. Quizá estuvieran mucho más cerca de lo que yo imaginaba. El alcoholismo es sin duda tan obsesivo —y absolutista— como el amor; y quizá para el bebedor el impacto del alcohol sea tan poderoso como el impacto del sexo para el amante. Así pues, el
alcohólico ¿no podría ser simplemente un amante o una amante que ha desplazado el objeto y el foco de su amor?
Mis observaciones y reflexiones llenaban ya unas docenas de páginas cuando una noche, al volver a casa, encontré a Susan en un estado que conocía demasiado bien: colorada, coherente solo a medias, propensa a ofenderse enseguida, y al mismo tiempo fingiendo afectadamente que todo iba de maravilla en el mejor de los mundos posibles. Fui a mi habitación y descubrí que mi escritorio había sido revuelto por una mano inexperta. El orden, incluso entonces, era uno de mis hábitos, y sabía dónde estaba cada cosa. Puesto que el escritorio contenía mis notas sobre alcoholismo, supuse, cansinamente, que lo más probable era que Susan las hubiera leído. Aun así, pensé que quizá a la larga la conmoción pudiese surtir un efecto provechoso en ella. A corto plazo, era evidente que no. (...)

A veces se hacía una pregunta sobre la vida. ¿Cuáles son más verídicos, los recuerdos felices o los infelices? Al final decidió que era una pregunta sin respuesta.
Llevaba decenios escribiendo en una pequeña libreta. En ella apuntaba lo que la gente decía del amor. Grandes novelistas, sabios de la televisión, gurús autodidactas, personas a las que había conocido en sus años de viajes. Reunió la evidencia. Y luego, cada dos años o así, la repasaba y tachaba todas las citas que ya no creía que eran verdad. Normalmente esta criba dejaba solo dos o tres temporalmente verdaderas. Temporalmente porque la vez siguiente era
probable que las tachara también para que otras dos o tres distintas ocupasen su puesto. (...)

Por supuesto, una anotación en su libreta era: «Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca». La frase resistió unos cuantos años; luego la tachó. Después volvió a escribirla; luego volvió a tacharla. Ahora las dos frases estaban una al lado de la otra, una clara y verdadera, la otra tachada y falsa. (...)

Una anotación de su libreta que había sobrevivido a varias inspecciones. «En el amor todo es verdad y mentira; es el único tema en el que es imposible decir algo absurdo». Desde que la descubrió le había gustado esta observación. Porque le llevaba a un pensamiento más amplio: que el propio amor nunca es absurdo, y tampoco ninguno de sus protagonistas. El amor se salta todas las severas ortodoxias de sentimientos y de conducta que una sociedad pueda querer imponer. A veces veías en el corral formas de afecto impensables: el ganso enamorado del burro, el gatito jugando sin peligro entre las patas del mastín encadenado. Y en el corral humano existían afectos igualmente inverosímiles, pero nunca absurdos para sus protagonistas. (...)

había advertido durante su vida una diferencia entre los sexos a la hora de hablar de las relaciones. Cuando una pareja rompía, era más probable que la mujer dijera: «Todo iba bien hasta que sucedió x». La x era un cambio de circunstancias o de ubicación, la llegada de otro hijo o, con demasiada frecuencia, la consabida —o no tan consabida— infidelidad. Lo más probable, por el contrario, era que el hombre dijese: «Me temo que todo fue mal desde el principio». Y estaría refiriéndose a una incompatibilidad mutua, o a un matrimonio contraído bajo coacción, o al descubrimiento de un secreto no revelado por una o las dos partes. Así, ella estaba diciendo:
«Fuimos felices hasta que», mientras que él decía: «Nunca fuimos realmente felices». Y la primera vez que había reparado en esta discrepancia, había intentado dilucidar cuál de las dos versiones tenía más probabilidades de ser cierta; pero ahora, en el otro extremo de la vida, aceptaba que las dos lo eran.
«En el amor todo es verdad y mentira; es el único tema en el que es imposible decir algo absurdo». (...)

Ahí estaba la anotación —una seria— que no había tachado en años. No recordaba de quién era: nunca anotaba el escritor o la fuente; no quería que la reputación lo amilanase; la verdad tenía que sostenerse por sí misma, clara y sin apoyos. Era la frase siguiente: «En mi opinión, todos los amores, felices o desdichados, son un auténtico desastre en cuanto te entregas por entero». Sí, merecía conservarse. Le gustaba la apropiada inclusión de «felices o desdichados». Pero la clave era: «En cuanto te entregas por entero». A pesar de las apariencias, no era una sentencia pesimista ni agridulce. Era una verdad expresada por alguien en pleno torbellino del amor, y que parecía contener toda la tristeza de la vida. Recordó de nuevo a la amiga que, largo tiempo atrás, le había dicho que el secreto del matrimonio era «zambullirte y emerger a conveniencia». Sí, comprendía que así podías mantenerte a salvo. Pero estar a salvo no tenía nada que ver con el amor.
La tristeza de la vida. Era otro enigma sobre el que reflexionaba a veces. ¿Cuál era la formulación correcta, o más correcta?: ¿«La vida es hermosa pero triste» o «La vida es triste pero hermosa»? Una u otra era obviamente cierta, pero nunca lograba decidir cuál.



Sí, el amor había sido para él un auténtico desastre. Y para Susan. Y para Joan. Y —retrocediendo a su época— bien podía haberlo sido también para Macleod.
Echó una ojeada a unas pocas entradas tachadas y volvió a guardar la libreta en el cajón. Tal vez siempre había sido una pérdida de tiempo. Tal vez el amor no podía encerrarse en una definición; solo se podía encerrar en un relato.
LA ÚNICA HISTORIA.
JULIAN BARNES.
ANAGRAMA, 2019