–¿Y cómo van las cosas en la Voltaire? –preguntó Emory–. ¿Se portan bien tus críos?
Me moría de ganas de hablar con ella sobre las tribulaciones que me producía dar clases de lengua y literatura inglesas incluso en la Universidad de Voltaire, una institución antaño prestigiosa, pero en ese momento me sentía cohibida. Si Roger estaba saliendo con Emory, prefería suponer que era uno de los nuestros, pero aún no había movido ficha y seguía siendo una incógnita. –Bueno, este otoño tenemos la primera tanda con admisión abierta a todo el mundo –contesté–. Algunos centros más conservadores, muy pocos, han resistido, pero está claro que a los exámenes estandarizados les quedan dos telediarios; todos esperan que el año que viene por estas fechas sean tan ilegales como los test de cociente intelectual. Y ahora que en primaria y secundaria han dejado de poner notas, en las universidades tampoco podrán ponerlas. La presunción..., o mejor dicho, la premisa aceptada es que todo el mundo tiene el mismo nivel... Por eso es inaceptable la idea de admitir a un candidato y a otro no. No sé a ciencia cierta si sacan los nombres de un sombrero o si van dejando entrar por orden de llegada, pero, sinceramente, no tiene sentido seguir disponiendo de una oficina de admisiones. Con un bedel basta y sobra: solo tiene que abrir la puerta. –Así ahorrarán, pues –dijo Emory. –Yo misma, cuando no conseguí entrar en la Voltaire, supongo que me sentí herida –dije–. Al mismo tiempo, en lo más hondo de mí sabía que en realidad no era... lo bastante buena para... Que no estaba lo bastante cualificada... Pero me habría encantado que me admitieran. Me pregunto si no estaremos negando a los jóvenes un rito de paso que puede ser estimulante. Esa carta en el buzón. Ese estallido de alegría, la sensación de ser una elegida, de haber dado la talla, de que te reconozcan y te alcen sobre el resto, el vértigo repentino de que te vean como alguien especial y creer por fin que quizá tengas un futuro. –Esa última parte la solté con mucho entusiasmo, de un tirón, pero después me contuve–: Solo quiero decir que entrar en la Voltaire, en Cornell, en Harvard... hoy ya no significa nada. Parece una pérdida. Una pérdida emocional, como mínimo. –Pero has dicho que te sentiste herida –señaló Roger–. Parece haber ahí una sensación de inferioridad por aquel rechazo, una sensación que aún no ha desaparecido... ¿cuánto, veinte años después? ¿No dirías que los jóvenes que han quedado devastados por esa carrera para entrar en la universidad son muchos más que los pocos «estimulados»? ¿No es ese, a nivel colectivo, un precio atroz, altísimo, a cambio de un par de subidones? (...)
–En cuanto a mi experiencia en clase este otoño –dije–, si solo fuera por la admisión abierta, sería... difícil..., todo un desafío, pero hay otra cosa que ha cambiado. –Estaba hartándome de tener que andar pisando huevos en mi propia casa, sobre todo después de pasarme varios días a la semana quitándome cáscaras de los pies al volver de la universidad, así que elevé un poquito el cociente de franqueza–. Los estudiantes, en especial los de primero, hacen gala de una pugnacidad inexplicable. No hay uno solo que no lleve uno de esos distintivos de Menos CI (escrito así: «-CI») que ahora se ven por todas partes, como aquellas chapas con smileys de cuando yo era niña. Como son casi obligatorios, no distinguen a los fanáticos de los estudiantes más pasivos que solo se dejan llevar por la corriente. Aun así, los incondicionales tienen maneras de hacerse notar. Escogen los pupitres de delante y se sientan ahí, fulminándome con la mirada, a menudo de brazos cruzados, retándome a que trate de enseñarles algo que no sepan, como si estuvieran seguros de que ya lo saben o, si no lo saben, seguros de que no vale la pena. Son engreídos y huraños. También muy susceptibles, y están siempre al acecho. Darwin me dijo que... ciertos estudiantes fardan de esa misma astucia depredadora incluso en primaria. Como si el propósito de ir a la universidad fuese poner a prueba al claustro y no a los estudiantes. –¿Tú sigues poniendo notas? –preguntó Emory. –Ahora todas las asignaturas se califican con aprobado o suspenso. Pero no durará. Hoy, que un profesor suspendiera a un alumno ya sería suicida. Se parecería a discriminar. Dios, ¿os acordáis de cuando discriminar podía tener también un sentido positivo? Así que todos aprobarán. La cosa es que ya no entiendo para qué sirve ir a la universidad. ¿No se supone que los estudiantes deben dominar todo un corpus de conocimientos, adquirir nuevas capacidades? No parece que piensen eso. ¿Qué estamos haciendo, entonces? ¿Voy a dar clase solo para entretenerlos? No se miran las lecturas obligatorias, lo cual no acarrea consecuencia alguna, lo cual a su vez da a entender que leer no es importante. La mitad del tiempo no me prestan atención, hablan entre ellos como si estuvieran en la cantina. Soy la primera en reconocer que decidí dar clases en la universidad porque era un trabajo tranquilo y relativamente poco exigente que me dejaba mucho tiempo libre, pero ahora se está poniendo muy muy duro. No sé qué hago ahí y me siento una... (...)
Esperando no poner a Darwin en un aprieto, conté los detalles de su expulsión del colegio esa tarde. –Bueno, ¿cuál es el veredicto? –me arriesgué a preguntar–. Sabemos que el chico llevaba esa camiseta puesta, sí, pero ¿puede ser «estúpida» una camiseta o no? –«Si tan listo eres, ¿por qué no eres listo?» –repitió Emory, mirándome con cierta cautela–. Suena más bien opaco. Tal vez signifique «Buena suerte aferrándote a una etiqueta anticuada ahora que ya no reconocemos esa categoría». –Muy rebuscado –dije–. Yo sigo apostando por estúpido. No estaba segura, pero me pareció ver que Roger daba un respingo. –Quizá, Darwin, como regla general –dijo–, convenga evitar ese lenguaje tan cargado. De esa manera, además de considerados, es probable que seamos más elocuentes. Los nombres feos para... para lo que ahora llamamos «procesamiento alternativo», un concepto que tal vez hayas oído mencionar a tus profesores..., bueno, tienden a ser vulgares e inexactos y revelan cierta pereza mental. Podrías haber dicho que el eslogan de la camiseta de tu amigo era «vago» o «extraño». O, como ha sugerido Emory, «opaco»..., en el sentido de difícil de entender. Puede que debas aplicarte y escoger adjetivos como esos, que aportan valor y contenido, más allá de ser meramente crueles. Estoy seguro de que tu intención no era herir los sentimientos de tu amigo, pero cuando uno emplea palabras que también pueden usarse como injurias, aunque solo esté refiriéndose a una camiseta, corre el riesgo de que le interpreten mal. Tanta ejemplaridad empezaba a hacer mella en el ambiente, como un bajón de la presión atmosférica. Si Roger solo estaba cediendo a las sensibilidades del momento para protegerse, resultaba sospechosamente convincente. (...)
–Hace un par de años –dijo Darwin– podría haber llamado a Stevie... esa misma palabra y él tal vez me hubiese pegado un mamporro. Es posible que la profesora nos hubiera dicho que nos esforzáramos más por llevarnos bien, pero nunca me habrían mandado al despacho del director. Nadie habría llamado a mi mamá para que fuese a recogerme. Quiero saber qué ha cambiado, por qué ya no nos ponen exámenes. Yo siempre aprobaba. –A veces los adultos nos juntamos –dijo Roger– y decidimos que a partir de ese momento haremos las cosas de otra manera. Encontramos un modo mejor de pensar en las cosas. –O peor –señalé–. Algo de historia sí estudian, ¿sabes? Hasta en primaria. –Oye, colega –dijo Wade, dirigiéndose a Darwin–, nuestro amigo Roger está complicando demasiado las cosas. No uses esa palabra y punto. –Porque si la uso tendré problemas –concluyó Darwin. –Sip. Y tampoco uses otro montón de palabras, ya sabes cuáles. No vale la pena. –Entonces, ¿cómo se supone que nuestro hijo tiene que llamar a algo que es manifiestamente estúúúúpido? –estallé–. ¿«Oh, qué procesamiento tan alternativo»? –No tiene por qué llamarlo nada –dijo Wade–. No hace ninguna falta buscarse problemas sin necesidad..., Pearson–. Rara vez me llamaba por mi nombre; cuando lo hacía, era porque quería ser mordaz. –Estoy en mi casa, con mi familia –dije–. No estoy obligada a cuidar mi lenguaje. (...)
Empezó siendo un sistema nepotista y ahora es peor: descaradamente arbitrario y con unas ínfulas tremendas de superioridad moral.
–Vamos, Pearson –dijo Emory–. Tienes que reconocer que como estrategia de comunicación fue pésima. A los estadounidenses modernos no les parecieron unos audaces revolucionarios, sino reductos de derechas que intentaban llevar a su país de vuelta a la brutal moralidad del pasado. Como esas pancartas en la plaza Tahrir... «¡Que vuelva el mérito!» «Mubarak es un...» Bueno, digamos que empieza por sub y acaba con mal. No sé por qué escribieron esas pancartas en inglés. Alejaron sin remedio a todo su público occidental.
–¿Sabéis la única protesta eficaz? –terció Roger–: ocupar el centro de Nueva York. En la acampada del parque Zuccotti no solo hay cada vez más gente, sino que el movimiento se está propagando ya a otras ciudades y hasta se está haciendo internacional. Me encantaría tener los derechos del «¡Somos el 99%!». La de «Si tan listo eres» no sé, pero esa camiseta sí dará que hablar. La protesta que había empezado el mes anterior la había desencadenado en parte la crisis financiera de 2008, pero lo que de veras había dado alas al movimiento habían sido unos estudios nuevos según los cuales el cincuenta y ocho por ciento de la riqueza de Norteamérica estaba en manos de personas con un cociente intelectual «percibido» superior a 135, es decir, solo un uno por ciento de la población. –No confío en esa estadística –dije, y tomé otro trago de vino, aunque no me convenía nada seguir desinhibiéndome–. Mi experiencia me dice que los inteligentes hacen montones de sandeces, y eso incluye tomar decisiones financieras nefastas, como todos los demás. Roger, con gesto afligido y deliberada parsimonia, dejó la cuchara del helado en la mesa.
–Además –proseguí–, ¿y ese nuevo libro, La brecha salarial cognitiva, que también sostiene que es la inteligencia «percibida» lo que explica de manera abrumadora la disparidad de ingresos? Me parece escandaloso que el autor niegue la discriminación por raza, sexo y orientación sexual. En el fondo, está cometiendo un error categorial. La discriminación racial no solo es real: también es una verdadera injusticia. El color de la piel no tiene nada que ver con la capacidad, pero la razón por la que nadie contrata a un tonto para un trabajo intelectual exigente es que no puede hacerlo. (...)
–Disculpa. –Roger apoyó las palmas de las manos en los muslos a la vez que perforaba la mesa con la mirada–. He tratado de reservarme mis opiniones porque soy consciente de que estoy en tu casa y no quiero pasarme de rosca, pero estoy empezando a sentirme cómplice y temo que no podré seguir sentado en silencio oyendo una calumnia tras otra sin objetar nada. Aunque solo sea por hacerme un favor, Pearson, te pediría que moderases el discurso del odio.
–¿Qué? ¿Es porque he dicho «tonto»? Perdón, pero lo de «la palabra con T» no me sirve como eufemismo porque..., quizá por ese sonido tan onomatopéyico que tiene la te, puede referirse a demasiadas palabras: «tarado», «tontaina», «tarugo»...
–¡Basta! –gritó Roger–. Mira, nada más llegar he sospechado que albergas una sutil hostilidad contra la Paridad Mental...
–Sutil no. Una hostilidad abierta.
–Que podemos debatir con tolerancia y respeto, pero solo si dejas de usar un lenguaje ofensivo.
–¿Es algo personal? –pregunté–. ¿Te han bombardeado con palabras de esas impronunciables que empiezan por te?
–No. La verdad es que no –dijo Roger, visiblemente avergonzado. Me sorprendí. Era de rigor hacer públicas las muchas ocasiones en que compañeros de clase o colegas te habían tildado de memo, así como afirmar que el trauma había atrofiado para siempre tu psique y truncado tus perspectivas. Si sacabas la carta de aquella vez, siquiera una, que te llamaron mentecato te ibas de rositas.
–Yo, igual que Emory –siguió diciendo Roger–, me beneficié de la educación selectiva que se ha convertido, con toda razón, en anatema, pues en realidad no era más «dotado» que nadie. Creo que la responsabilidad de enmendar el sistema recae sobre todo en los que nos hemos aprovechado de esa asquerosa estratificación.
–¿No significaría eso que sigues teniendo el control? –repliqué–. «Enmendar el sistema» significa más de una cosa. Lo que me asombra de ese movimiento es que ha sido la intelligentsia la que se ha puesto al frente de la cruzada. (...)
O Anders Breivik, que se ha convertido en un auténtico icono mundial, una cause célèbre, y todo por ese absurdo manifiesto en el que se lamenta de las burlas que ha sufrido por tener..., ¿cómo debería decir esto, Roger?, una inteligencia no especialmente espectacular. Al pobrecillo lo rechazaron incluso las fuerzas armadas noruegas, algo que dice mucho, y todo bueno, de esos militares. Así que si mató a sesenta y nueve jóvenes en esa isla fue solo por una envidia comprensible y por un íntimo dolor, porque a todos esos chicos los consideraban «líderes prometedores del futuro», mientras que nadie cometió nunca el error de calificarlo a él de «prometedor». Si le hubieran diagnosticado un peligroso trastorno de personalidad narcisista y antisocial, al menos lo habrían tenido encerrado y aislado en un manicomio durante años. ¡Pero no! Lo más seguro es que se libre con un tirón de orejas porque, por el contrario, el psiquiatra que ha designado el tribunal le diagnosticó un doloroso trauma por el rechazo sufrido desde la niñez, y con razón, por ser un pedazo de idiota.
–Vale, se acabó –dijo Roger, poniéndose en pie y abandonando su derretido helado de chocolate con almendras–. ¿Emory? Creo que deberíamos irnos. No puedo quedarme callado y aprobar con mi silencio este frenesí de fanatismo y fanfarronadas. Yo habría dado por sentado que, después de ponerse en ridículo con semejante numerito, Emory rompería con él y se quedaría en casa. Mi amiga y yo abriríamos otra botella y nos reiríamos sin piedad de todas las efes de su mojigata cacofonía. Pero no, tuve que contemplar, incrédula, cómo mi mejor amiga también se levantaba de la mesa. (...)
MANÍA
(Lionel Shriver)


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