ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


jueves, 1 de enero de 2026

Lo mejor de MANÍA (LIONEL SHRIVER)

 

–¿Y cómo van las cosas en la Voltaire? –preguntó Emory–. ¿Se portan bien tus críos? 
Me moría de ganas de hablar con ella sobre las tribulaciones que me producía dar clases de lengua y literatura inglesas incluso en la Universidad de Voltaire, una institución antaño prestigiosa, pero en ese momento me sentía cohibida. Si Roger estaba saliendo con Emory, prefería suponer que era uno de los nuestros, pero aún no había movido ficha y seguía siendo una incógnita. –Bueno, este otoño tenemos la primera tanda con admisión abierta a todo el mundo –contesté–. Algunos centros más conservadores, muy pocos, han resistido, pero está claro que a los exámenes estandarizados les quedan dos telediarios; todos esperan que el año que viene por estas fechas sean tan ilegales como los test de cociente intelectual. Y ahora que en primaria y secundaria han dejado de poner notas, en las universidades tampoco podrán ponerlas. La presunción..., o mejor dicho, la premisa aceptada es que todo el mundo tiene el mismo nivel... Por eso es inaceptable la idea de admitir a un candidato y a otro no. No sé a ciencia cierta si sacan los nombres de un sombrero o si van dejando entrar por orden de llegada, pero, sinceramente, no tiene sentido seguir disponiendo de una oficina de admisiones. Con un bedel basta y sobra: solo tiene que abrir la puerta. –Así ahorrarán, pues –dijo Emory. –Yo misma, cuando no conseguí entrar en la Voltaire, supongo que me sentí herida –dije–. Al mismo tiempo, en lo más hondo de mí sabía que en realidad no era... lo bastante buena para... Que no estaba lo bastante cualificada... Pero me habría encantado que me admitieran. Me pregunto si no estaremos negando a los jóvenes un rito de paso que puede ser estimulante. Esa carta en el buzón. Ese estallido de alegría, la sensación de ser una elegida, de haber dado la talla, de que te reconozcan y te alcen sobre el resto, el vértigo repentino de que te vean como alguien especial y creer por fin que quizá tengas un futuro. –Esa última parte la solté con mucho entusiasmo, de un tirón, pero después me contuve–: Solo quiero decir que entrar en la Voltaire, en Cornell, en Harvard... hoy ya no significa nada. Parece una pérdida. Una pérdida emocional, como mínimo. –Pero has dicho que te sentiste herida –señaló Roger–. Parece haber ahí una sensación de inferioridad por aquel rechazo, una sensación que aún no ha desaparecido... ¿cuánto, veinte años después? ¿No dirías que los jóvenes que han quedado devastados por esa carrera para entrar en la universidad son muchos más que los pocos «estimulados»? ¿No es ese, a nivel colectivo, un precio atroz, altísimo, a cambio de un par de subidones? (...)

–En cuanto a mi experiencia en clase este otoño –dije–, si solo fuera por la admisión abierta, sería... difícil..., todo un desafío, pero hay otra cosa que ha cambiado. –Estaba hartándome de tener que andar pisando huevos en mi propia casa, sobre todo después de pasarme varios días a la semana quitándome cáscaras de los pies al volver de la universidad, así que elevé un poquito el cociente de franqueza–. Los estudiantes, en especial los de primero, hacen gala de una pugnacidad inexplicable. No hay uno solo que no lleve uno de esos distintivos de Menos CI (escrito así: «-CI») que ahora se ven por todas partes, como aquellas chapas con smileys de cuando yo era niña. Como son casi obligatorios, no distinguen a los fanáticos de los estudiantes más pasivos que solo se dejan llevar por la corriente. Aun así, los incondicionales tienen maneras de hacerse notar. Escogen los pupitres de delante y se sientan ahí, fulminándome con la mirada, a menudo de brazos cruzados, retándome a que trate de enseñarles algo que no sepan, como si estuvieran seguros de que ya lo saben o, si no lo saben, seguros de que no vale la pena. Son engreídos y huraños. También muy susceptibles, y están siempre al acecho. Darwin me dijo que... ciertos estudiantes fardan de esa misma astucia depredadora incluso en primaria. Como si el propósito de ir a la universidad fuese poner a prueba al claustro y no a los estudiantes. –¿Tú sigues poniendo notas? –preguntó Emory. –Ahora todas las asignaturas se califican con aprobado o suspenso. Pero no durará. Hoy, que un profesor suspendiera a un alumno ya sería suicida. Se parecería a discriminar. Dios, ¿os acordáis de cuando discriminar podía tener también un sentido positivo? Así que todos aprobarán. La cosa es que ya no entiendo para qué sirve ir a la universidad. ¿No se supone que los estudiantes deben dominar todo un corpus de conocimientos, adquirir nuevas capacidades? No parece que piensen eso. ¿Qué estamos haciendo, entonces? ¿Voy a dar clase solo para entretenerlos? No se miran las lecturas obligatorias, lo cual no acarrea consecuencia alguna, lo cual a su vez da a entender que leer no es importante. La mitad del tiempo no me prestan atención, hablan entre ellos como si estuvieran en la cantina. Soy la primera en reconocer que decidí dar clases en la universidad porque era un trabajo tranquilo y relativamente poco exigente que me dejaba mucho tiempo libre, pero ahora se está poniendo muy muy duro. No sé qué hago ahí y me siento una... (...)

Esperando no poner a Darwin en un aprieto, conté los detalles de su expulsión del colegio esa tarde. –Bueno, ¿cuál es el veredicto? –me arriesgué a preguntar–. Sabemos que el chico llevaba esa camiseta puesta, sí, pero ¿puede ser «estúpida» una camiseta o no? –«Si tan listo eres, ¿por qué no eres listo?» –repitió Emory, mirándome con cierta cautela–. Suena más bien opaco. Tal vez signifique «Buena suerte aferrándote a una etiqueta anticuada ahora que ya no reconocemos esa categoría». –Muy rebuscado –dije–. Yo sigo apostando por estúpido. No estaba segura, pero me pareció ver que Roger daba un respingo. –Quizá, Darwin, como regla general –dijo–, convenga evitar ese lenguaje tan cargado. De esa manera, además de considerados, es probable que seamos más elocuentes. Los nombres feos para... para lo que ahora llamamos «procesamiento alternativo», un concepto que tal vez hayas oído mencionar a tus profesores..., bueno, tienden a ser vulgares e inexactos y revelan cierta pereza mental. Podrías haber dicho que el eslogan de la camiseta de tu amigo era «vago» o «extraño». O, como ha sugerido Emory, «opaco»..., en el sentido de difícil de entender. Puede que debas aplicarte y escoger adjetivos como esos, que aportan valor y contenido, más allá de ser meramente crueles. Estoy seguro de que tu intención no era herir los sentimientos de tu amigo, pero cuando uno emplea palabras que también pueden usarse como injurias, aunque solo esté refiriéndose a una camiseta, corre el riesgo de que le interpreten mal. Tanta ejemplaridad empezaba a hacer mella en el ambiente, como un bajón de la presión atmosférica. Si Roger solo estaba cediendo a las sensibilidades del momento para protegerse, resultaba sospechosamente convincente. (...)




–Hace un par de años –dijo Darwin– podría haber llamado a Stevie... esa misma palabra y él tal vez me hubiese pegado un mamporro. Es posible que la profesora nos hubiera dicho que nos esforzáramos más por llevarnos bien, pero nunca me habrían mandado al despacho del director. Nadie habría llamado a mi mamá para que fuese a recogerme. Quiero saber qué ha cambiado, por qué ya no nos ponen exámenes. Yo siempre aprobaba. –A veces los adultos nos juntamos –dijo Roger– y decidimos que a partir de ese momento haremos las cosas de otra manera. Encontramos un modo mejor de pensar en las cosas. –O peor –señalé–. Algo de historia sí estudian, ¿sabes? Hasta en primaria. –Oye, colega –dijo Wade, dirigiéndose a Darwin–, nuestro amigo Roger está complicando demasiado las cosas. No uses esa palabra y punto. –Porque si la uso tendré problemas –concluyó Darwin. –Sip. Y tampoco uses otro montón de palabras, ya sabes cuáles. No vale la pena. –Entonces, ¿cómo se supone que nuestro hijo tiene que llamar a algo que es manifiestamente estúúúúpido? –estallé–. ¿«Oh, qué procesamiento tan alternativo»? –No tiene por qué llamarlo nada –dijo Wade–. No hace ninguna falta buscarse problemas sin necesidad..., Pearson–. Rara vez me llamaba por mi nombre; cuando lo hacía, era porque quería ser mordaz. –Estoy en mi casa, con mi familia –dije–. No estoy obligada a cuidar mi lenguaje. (...)

Empezó siendo un sistema nepotista y ahora es peor: descaradamente arbitrario y con unas ínfulas tremendas de superioridad moral. 
–Vamos, Pearson –dijo Emory–. Tienes que reconocer que como estrategia de comunicación fue pésima. A los estadounidenses modernos no les parecieron unos audaces revolucionarios, sino reductos de derechas que intentaban llevar a su país de vuelta a la brutal moralidad del pasado. Como esas pancartas en la plaza Tahrir... «¡Que vuelva el mérito!» «Mubarak es un...» Bueno, digamos que empieza por sub y acaba con mal. No sé por qué escribieron esas pancartas en inglés. Alejaron sin remedio a todo su público occidental. 
–¿Sabéis la única protesta eficaz? –terció Roger–: ocupar el centro de Nueva York. En la acampada del parque Zuccotti no solo hay cada vez más gente, sino que el movimiento se está propagando ya a otras ciudades y hasta se está haciendo internacional. Me encantaría tener los derechos del «¡Somos el 99%!». La de «Si tan listo eres» no sé, pero esa camiseta sí dará que hablar. La protesta que había empezado el mes anterior la había desencadenado en parte la crisis financiera de 2008, pero lo que de veras había dado alas al movimiento habían sido unos estudios nuevos según los cuales el cincuenta y ocho por ciento de la riqueza de Norteamérica estaba en manos de personas con un cociente intelectual «percibido» superior a 135, es decir, solo un uno por ciento de la población. –No confío en esa estadística –dije, y tomé otro trago de vino, aunque no me convenía nada seguir desinhibiéndome–. Mi experiencia me dice que los inteligentes hacen montones de sandeces, y eso incluye tomar decisiones financieras nefastas, como todos los demás. Roger, con gesto afligido y deliberada parsimonia, dejó la cuchara del helado en la mesa. 
–Además –proseguí–, ¿y ese nuevo libro, La brecha salarial cognitiva, que también sostiene que es la inteligencia «percibida» lo que explica de manera abrumadora la disparidad de ingresos? Me parece escandaloso que el autor niegue la discriminación por raza, sexo y orientación sexual. En el fondo, está cometiendo un error categorial. La discriminación racial no solo es real: también es una verdadera injusticia. El color de la piel no tiene nada que ver con la capacidad, pero la razón por la que nadie contrata a un tonto para un trabajo intelectual exigente es que no puede hacerlo. (...)

–Disculpa. –Roger apoyó las palmas de las manos en los muslos a la vez que perforaba la mesa con la mirada–. He tratado de reservarme mis opiniones porque soy consciente de que estoy en tu casa y no quiero pasarme de rosca, pero estoy empezando a sentirme cómplice y temo que no podré seguir sentado en silencio oyendo una calumnia tras otra sin objetar nada. Aunque solo sea por hacerme un favor, Pearson, te pediría que moderases el discurso del odio. 
–¿Qué? ¿Es porque he dicho «tonto»? Perdón, pero lo de «la palabra con T» no me sirve como eufemismo porque..., quizá por ese sonido tan onomatopéyico que tiene la te, puede referirse a demasiadas palabras: «tarado», «tontaina», «tarugo»... 
–¡Basta! –gritó Roger–. Mira, nada más llegar he sospechado que albergas una sutil hostilidad contra la Paridad Mental... 
–Sutil no. Una hostilidad abierta. 
–Que podemos debatir con tolerancia y respeto, pero solo si dejas de usar un lenguaje ofensivo. 
–¿Es algo personal? –pregunté–. ¿Te han bombardeado con palabras de esas impronunciables que empiezan por te?
 –No. La verdad es que no –dijo Roger, visiblemente avergonzado. Me sorprendí. Era de rigor hacer públicas las muchas ocasiones en que compañeros de clase o colegas te habían tildado de memo, así como afirmar que el trauma había atrofiado para siempre tu psique y truncado tus perspectivas. Si sacabas la carta de aquella vez, siquiera una, que te llamaron mentecato te ibas de rositas. 
–Yo, igual que Emory –siguió diciendo Roger–, me beneficié de la educación selectiva que se ha convertido, con toda razón, en anatema, pues en realidad no era más «dotado» que nadie. Creo que la responsabilidad de enmendar el sistema recae sobre todo en los que nos hemos aprovechado de esa asquerosa estratificación. 
–¿No significaría eso que sigues teniendo el control? –repliqué–. «Enmendar el sistema» significa más de una cosa. Lo que me asombra de ese movimiento es que ha sido la intelligentsia la que se ha puesto al frente de la cruzada. (...)

O Anders Breivik, que se ha convertido en un auténtico icono mundial, una cause célèbre, y todo por ese absurdo manifiesto en el que se lamenta de las burlas que ha sufrido por tener..., ¿cómo debería decir esto, Roger?, una inteligencia no especialmente espectacular. Al pobrecillo lo rechazaron incluso las fuerzas armadas noruegas, algo que dice mucho, y todo bueno, de esos militares. Así que si mató a sesenta y nueve jóvenes en esa isla fue solo por una envidia comprensible y por un íntimo dolor, porque a todos esos chicos los consideraban «líderes prometedores del futuro», mientras que nadie cometió nunca el error de calificarlo a él de «prometedor». Si le hubieran diagnosticado un peligroso trastorno de personalidad narcisista y antisocial, al menos lo habrían tenido encerrado y aislado en un manicomio durante años. ¡Pero no! Lo más seguro es que se libre con un tirón de orejas porque, por el contrario, el psiquiatra que ha designado el tribunal le diagnosticó un doloroso trauma por el rechazo sufrido desde la niñez, y con razón, por ser un pedazo de idiota. 
–Vale, se acabó –dijo Roger, poniéndose en pie y abandonando su derretido helado de chocolate con almendras–. ¿Emory? Creo que deberíamos irnos. No puedo quedarme callado y aprobar con mi silencio este frenesí de fanatismo y fanfarronadas. Yo habría dado por sentado que, después de ponerse en ridículo con semejante numerito, Emory rompería con él y se quedaría en casa. Mi amiga y yo abriríamos otra botella y nos reiríamos sin piedad de todas las efes de su mojigata cacofonía. Pero no, tuve que contemplar, incrédula, cómo mi mejor amiga también se levantaba de la mesa. (...)



Nunca querría reducir a nadie a una sola experiencia que lo explicara todo. Tampoco querría retratarme yo en mitad de la vida como alguien que sigue luchando contra el aspecto más odioso de su infancia, concediéndole así a esa perdurable molestia un poder inmerecido. No obstante, que me educaran como testigo de Jehová es un ingrediente de mi carácter, del mismo modo que la calabaza es un ingrediente de la tarta de calabaza. O tal vez una analogía mejor sería veneno para ratas en una tarta de calabaza, ya que no era un problema de proporciones. Durante mis años escolares, mis compañeros, perplejos, se solidarizaban conmigo sobre todo cuando me veían desterrada de las celebraciones, en especial de los cumpleaños y las Navidades. Eso es lo que sabe la mayoría de la gente sobre los testigos de Jehová, y es cierto que esas privaciones de jolgorio son particularmente crueles para los niños. No solo tenía prohibido aceptar invitaciones a fiestas privadas; tampoco me dejaban comer un trozo de tarta cuando otro crío llevaba una a clase para celebrar su cumpleaños con los compañeros. (...)

Así que, en quinto, cuando el chico que se sentaba en el pupitre de delante me pasó una tarjeta de San Valentín, yo sabía que debía rechazarla, pero en mi interior ya había germinado una semilla subversiva. Escondí la recargada tarjeta comercial en la cartera. Cuando mi madre la encontró, me obligó a quemarla en el fregadero de la cocina. Aquel breve incendio se apagó enseguida con un buen chorro de agua del grifo. El fuego que ardía en mi vientre fue mucho más difícil de sofocar. La mayor parte de esas perversas fiestas eran supuestamente «paganas». Fechas como el Día de la Independencia o el Día de los Caídos expresaban lealtad a un gobierno secular; «nosotros» solo debíamos lealtad a Dios. Aunque la lógica interna empleada para aguar las fiestas, literalmente, me importa un carajo, es revelador que la única efeméride que conmemoran esos cenizos no sea la promesa del nacimiento de Cristo, sino el bajón del día de su muerte. Creedme, la Conmemoración de la Muerte de Cristo no es como para esperarla ansiosos. Lo que más me dolía de toda esa forzosa falta de esparcimiento era la sensación de exclusión. A cambio, lo que sí venía incluido era un asco. No recibí jamás un solo regalo de ninguna clase hasta el día en que cumplí dieciséis años. Cuando Emory me regaló un fular de color carmesí, lloré tanto que mi amiga pensó que no me gustaba. (...)

A fin de cuentas, los niños ya tienden a anticipar las fechas señaladas con mucha más impaciencia de la que pudiera justificar la experiencia real cuando por fin llega tan ansiado día. Hacen falta muchos ciclos reiterados de deseosa espera seguidos de íntima decepción para comprender por fin que la verdadera recompensa, mucho más que el día de Navidad propiamente dicho, es la anticipación misma. Por desgracia, una vez que caemos en la cuenta de que ese aliento contenido no es la antesala de la recompensa, sino la recompensa en sí, adiós, ilusión, el hechizo se rompe..., y esa es la razón por la que, para muchos adultos, la Navidad acaba siendo un verdadero grano en el culo. (...)

Por suerte, en mi vida adulta no he padecido ese síndrome. Aunque Wade y yo no éramos cristianos practicantes, el 25 de diciembre no escatimaba esfuerzos: árbol, espumillón, flores de Pascua. Les compraba a los niños montones de juguetes que ellos no tardarían en romper. Puede que no disfrutara con la casa llena de chiquillos corriendo y alborotando, pero nunca dejé de organizar espléndidas fiestas de cumpleaños para mis tres hijos, con serpentinas, banderines y tarta, de la que apartaba siempre una porción para mí. Todos los años, el cuarto jueves de noviembre preparaba sin falta un banquete completo de Acción de Gracias, con todas y cada una de las guarniciones tradicionales, me gustara o no la salsa de arándanos. Porque siempre me ha movido algo mucho más inagotable que una autoengañosa anticipación. Y, mientras navego por la mediana edad, ese combustible no da muestras de flaquear. Me refiero al rencor. Sin embargo, la prohibición de festejar no era realmente lo peor. Cuando recuerdo esos años, cuyas imágenes en mi cabeza están teñidas de un sepia que no evoca tanto un daguerrotipo como una mala diarrea, lo que más me viene a la mente no son los ansiados paquetes de esponjosos pollitos amarillos de malvavisco en Pascua. Es el aburrimiento. Un aburrimiento pastoso y embotador que sin duda tiene mucho más de maltrato infantil que cualquier test de cociente intelectual. Los «hermanos» y las «hermanas» eran aburridos, y lo que hacía fascinantes a las pocas excepciones era su comportamiento inusitadamente autoritario y sádico o (en el caso de las mujeres) inusitadamente sumiso y masoquista. Las reuniones eran aburridas..., y se prolongaban cuatro horas seguidas, cuatro horas hablando entre dientes. El Salón del Reino era aburrido; parecía más un almacén que una iglesia, despojado de todo destello de algún vitral o el más mínimo esplendor de belleza redentora. Y las reuniones no se celebraban solo los domingos, sino dos veces por semana, tres si les sumamos la Noche de Adoración en Familia, la más opresiva; ahí, oyendo el obediente sonsonete de mi padre bajo la estricta mirada de mi madre, era más difícil desconectar. (...)

Las lecturas obligatorias eran aburridas, cosa increíble, pues cabría esperar que, generando semejante cantidad de palabrería, los ungidos fanfarrones de la sede central de Warwick, en el estado de Nueva York, dejaran caer al menos una o dos frases chisposas o agudas, aunque fuese sin querer. Pero no, los de arriba nunca la pifiaban: La Atalaya y ¡Despertad!, con sus fotografías desvaídas y sus torpes gráficos, eran para morirse de aburrimiento, y se esperaba de los testigos bautizados que consumieran unas tres mil páginas al año de esas rimbombantes sandeces para analfabetos funcionales. Que Jesús no es igual a Dios, que la Trinidad no existe, y que, aunque te habíamos dicho que el mundo se acabaría la semana pasada y no se acabó, eso no significa que no vaya a acabarse mañana. De adolescente, solo con mirar uno de esos mortíferos panfletos me inundaba una repulsión que bordeaba la náusea. ¿Qué podía ser peor que la vida sin Navidades? La evangelización. Que es obligatoria, por si alguien creía que esos grupos que van fatigosamente de puerta en puerta con los brazos cargados de apocalipsis lo hacen por obra y gracia de una efusión religiosa espontánea. (...)




Los testigos deben dedicar al menos dieciocho horas por semana a torturar a sus vecinos, y remitir a los ancianos un registro mensual que consigne con exactitud cuánto resentimiento provocaron en los incautos. Ah, y se espera que los matrimonios lleven consigo a los hijos, aunque sea a rastras. Yo lo odiaba. No solo porque me obligaban a desperdiciar casi todo mi tiempo libre fuera del cole con los ojos clavados en el felpudo de la casa de turno mientras un progenitor u otro informaba con dulzura a sus propietarios de que todas sus creencias eran inexactas y de que, si no se adherían a su culto aguafiestas, se extinguirían en ese Fin del Mundo que llegaría en cualquier momento, tras lo cual el paraíso en la tierra sería gobernado al alimón por Jehová y sus ciento cuarenta y cuatro mil autoungidos charlatanes. Y aún más: lo odiaba porque desde muy temprana edad fui intensamente consciente de lo mucho que esa pobre gente despreciaba las visitas de los testigos y de la desesperación con que deseaban que mi familia diera media vuelta y se marchase. (...)




Si hasta empecé a sentir algo parecido a respeto por los hombres (siempre eran hombres) que nos echaban un vistazo y nos daban con la puerta en las narices. Todos nos tenían miedo y algunos se escondían de nosotros, aunque mi madre podía ser insistente con un timbre. ¿Querrías ser una criatura ante cuya presencia casi todo el mundo exclamase, la mayoría en silencio, pero algunos en voz alta: «¡OH, NOOO!»? De hecho, llegué a sentir lástima sobre todo por el puñado de excepciones que escuchaban con atención nuestro dramático discursito, hacían preguntas y a veces incluso consentían en que volviésemos. Para la mayor parte de esos seres aislados, estar tan necesitados de contacto humano como para hablar con los testigos de Jehová debía de ser tocar un nuevo fondo. (...)
Aunque no estoy ni mucho menos en condiciones de preguntárselo, en aquellos tiempos sospechaba que al menos mi madre se daba perfecta cuenta de que nos percibían como la undécima plaga de Egipto. Creo que a ella le gustaba. Por decirlo de la manera menos desagradable posible, le encantaba enfrentarse a un desafío. Pero también le encantaba hacer sufrir a esa gente. Utilizaba la cortesía de esas personas a propósito, como un permiso implícito para seguir hablando, y confiaba en el decoro general para endilgarles propaganda a vecinos que no querían parecer groseros. En otras palabras, del mismo modo que en el kárate se emplea la fuerza del oponente como un arma en su contra, mi madre convertía las virtudes de nuestras víctimas en artillería pesada para nuestras tropas. También parecía experimentar satisfacción cuando la víctima antagónica se ponía ofensiva e insultante: esos desaparecerían de la faz de la tierra cuando se librara el Armagedón, y bien merecido. (...)

Esas concesiones particulares de tácita amabilidad eran compasivos recordatorios de que aquel ancho mundo por el que circulaban locuras concretas como la de nuestra secta seguía siendo un lugar relativamente cuerdo. Me temo que hoy en día ese mismo consuelo –ver que, al menos en el panorama general, no todo el mundo está loco de remate– ya no está disponible. El otro aspecto de mi niñez que me angustiaba más que tener que quedarme en casa sin poder ir al desfile del Día de la Bandera era no tener amigos. No quiero decir con esto que la amistad en sí estuviese prohibida. Si bien nos advertían que no nos convenía tener vínculos con los «mundanos», me alentaban a jugar con chicos de mi edad que compartían nuestra fe. Así y todo, en la práctica esa restricción en apariencia leve se traducía en no tener amigos. Y aquí es cuando me hago una y otra vez la misma pregunta dolorosa, por lo mucho que tiene que ver con el presente: ¿Qué les pasaba a esos críos? No quisiera pecar de injusta. Los niños pequeños aceptan el mundo tal como lo encuentran. Antes de cumplir los ocho años, más o menos, yo daba por hecho que todo lo que me decían mis padres era cierto, y del mismo modo daba por hecho que si yo disentía –al fin y al cabo, no consigo recordar haber querido ir alguna vez a las reuniones del Salón del Reino–, se debía a que era desobediente y mala, no a que su paradigma tuviese algo de equivocado. Yo no sabía que era un paradigma, ni como palabra ni como concepto. Cuando uno está totalmente atrapado dentro de una burbuja, no hay tal burbuja. (...)

Dicho lo cual, todos los pequeños testigos íbamos a la escuela pública. Nos daban clases de educación cívica sobre un gobierno que, si todo hubiera dependido de gente como nuestros padres –que tenían prohibido votar, apoyar a los candidatos, formar parte de un jurado e incluso tener opiniones políticas–, no habría existido. Estudiábamos una historia en la que antes de 1881 nuestra ridícula y finísima tajada de humanidad ilustrada no habría interpretado ni el papel más secundario. Como otros norteamericanos, andábamos por un mundo inundado de libros, periódicos y canales de televisión laicos, y ninguno de ellos encajaba en la versión de la realidad que nos inculcaban en casa. Vivíamos rodeados todos los días de gente que no creía que hubiese un catastrófico juicio divino esperándonos a la vuelta de la esquina, que no iba afligida de casa en casa cargada de panfletos todos los fines de semana, y que no parloteaba día y noche sobre el número ciento cuarenta y cuatro mil por culpa de una frase suelta del Apocalipsis sacada de contexto. Sí, es posible que todos esos desdichados que no conocían «la Verdad» estuvieran bajo la influencia de Satán y destinados a quedar reducidos a cenizas por el justo fuego de Yahvé, que el día menos pensado vendrá a separar el trigo de la paja en toda la población. Pero, al menos a los diez años, qué clase de niño no permitía que se le pasara por la cabeza: ¿Y si no? (...)

Mi madre es –o era; supongo que nadie se habría dignado a informarme si hubiera muerto– la típica triunfadora nata. Era natural que le atrajese un catecismo que la elevaba al nivel de elegida desde el minuto uno; los testigos de Jehová proporcionaban a los creyentes zapatos con alzas para moverse en sociedad. Con solo unos pocos millones de adeptos en todo el mundo, circunscribían también el contexto en que mi madre podía destacar a un estanque pequeño y manejable. Ávida de reconocimiento, desplegó siempre una maniaca hiperactividad en la ajetreada colmena de la Sociedad de la Atalaya. (...)
En otras palabras, quería ganar. Y cuando se quiere ganar, es útil conocer las reglas. Los testigos de Jehová lo ponen fácil: hay un sinfín de reglas. Pero la humanidad en general no cesa de cambiarlas, y ahí fuera, en el vacío sin límites del laicismo, no es raro imaginar que vas muy por delante de tus competidores para terminar descubriendo, al final, que has estado todo este tiempo jugando al juego equivocado. (Por fin consigues el ascenso y, ¡sorpresa!, tu mujer decide dejarte.) A Glenda Converse la educaron como testigo de Jehová y ahí se quedó, aferrada al juego al que sabía jugar. (...)

Sea como fuere, ese afán por acumular estrellitas doradas era, más que ninguna otra cosa, infantil. Suponiendo que haya seguido haciendo girar la rueda de hámster de la tercera edad, es probable que se encamine a una amarga vejez. Mientras Gloria Steinem ponía en marcha la revista Ms., mi madre se dedicaba a apuntalar febrilmente un patriarcado arcaico. Menuda estrellita dorada. Además, aunque uno se empeñe en distinguirse como una oveja aplicadísima, sigue siendo una oveja. He dicho que esta religión carece de alegría, pero no es del todo cierto. Para los testigos de Jehová, la falta de alegría es en sí un gozo. Celebrar sin cesar una perfecta ausencia de celebraciones se parece a una fiesta permanente, y chafar la diversión a otros es también una forma de diversión. En ese sentido, mi madre se lo pasó bomba durante toda mi niñez. (...)
Cierto, el rencor de una hija hacia su madre y la idolatría hacia su padre son algo de lo más manido, pero no quiero distorsionar el relato con tal de parecer interesante. John Converse es –no diré «o era» porque lo vi en la acera de enfrente la semana pasada– un hombre cariñoso y decente que, venciendo una cobardía innata, más de una vez protegió a sus hijos del peor fanatismo de su mujer. Es un testigo converso, cosa que tal vez lo excuse menos que a mi madre de haberse adherido a un dogma de infelicidad y control, aunque, según contaba Glenda, siempre con evasivas y vergüenza fingida, a los dieciocho años ya estaba loco por ella. La única manera de salir juntos (y con carabina) era declarar su intención de desposarla, y la única manera que tenía de desposarla era convertirse. Por lo tanto, si mi padre juró lealtad a un catecismo a todas luces demente para meterse en las bragas de mi madre, esa es una motivación mejor que la mayoría. (...)

En el rostro de Glenda Converse no tardaría en aparecer un rasgo de dureza, un sombrío pliegue que bajaba desde las comisuras de los labios, pero a los dieciocho años Glenda Tate era una joven espléndida, y las fotos de la boda confirman que no se trata de un entrañable mito familiar. Sus mechones oscuros tenían una ondulación natural y en su rostro brillaba una pureza virginal que, como no fuese en sentido metafórico, en 1968 era difícil de encontrar. Puede que a mi padre también le atrajera su ambición –no importa que mi madre aspirase a ascender en una jerarquía constreñida y hermética dedicada a someter a la mujer– porque él no tenía ambición alguna. No lo digo con maldad. No hay ninguna obligación de que los jóvenes deseen ser una cosa u otra de mayores. A él debió de parecerle bien ingresar en un entorno social en que sus parientes políticos nunca lo presionarían para que se sacase un título ni se exasperarían por que no fuera más próspero. Como a los testigos de Jehová se les intenta quitar por todos los medios las ganas de ir a la universidad, tienen el nivel medio educativo más bajo de todas las confesiones de Estados Unidos, e incluso el diploma del instituto otorgaba a mi padre credenciales más elevadas de las que jamás gozaría la tribu de su mujer. (...)

Una vez, mi padre me confió que convertirse a la religión de su mujer fue «un reto» mayor del que había esperado, y yo inferí que empleaba un eufemismo para decir «una desgracia». No obstante, aunque desde un punto de vista logístico podría haber escapado, consideraba que tenía que apechugar con su decisión, y, bendito sea, no tenía lo que hay que tener para abandonar a tres hijos. En este punto hago lo imposible para entender por qué mis padres se encerrarían en la cárcel de esa congregación y arrojarían la llave, pero sigo luchando contra un total desconcierto. Los testigos de Jehová ni siquiera fomentan la creencia supersticiosa en el más allá. Cuando te mueres, te mueres. Tampoco creen en la reencarnación. Así, en lo que respecta a mis padres, solo tenían una vida que vivir, esta vida. Eran adultos. No eran metafísicos propensos a enredarse con nada; por tanto, aceptarían alegremente la idea de que ejercían control sobre sus destinos. En esa época ya pasada, este era un «país libre», aun tratándose de algo creíble solo a medias. Vistas todas las opciones –una plantación de fresas en Oregón, una residencia canina en Oklahoma, mudarse a Francia–, ¿cómo es posible que eligieran una vida tan terrible? (...)

A veces se da por hecho que los inadaptados, los bichos raros y los marginados deben sentirse naturalmente atraídos por otros inadaptados, bichos raros y marginados, pero nada más lejos de la verdad. En todo caso, los raros se evitan entre sí; es lo más conveniente para no contagiarse de una peste aún más fuerte, y, además, los otros raros les parecen tan raros a sus iguales como a los chicos normales. Como sus hermanos más normativos, los atípicos se sienten atraídos por lo socialmente obvio. Las gordas o las feas sin esperanza son tan propensas como una mujer sexy a perder la cabeza por el capitán del equipo de fútbol. (...)

Dado que asociaba los libros a la desobediencia, a la porfía, la pereza y las enfermedades fingidas, detestaba las clases de lengua. No me gustaba que me dijeran lo que tenía que leer, así que cualquier texto obligatorio ya estaba contaminado de antemano; es decir, yo estaba predispuesta a odiarlo. Que me impusieran un libro desde arriba me negaba la posibilidad de poseerlo íntegramente, a la vez que me robaba el precioso tiempo que podía llamar mío fuera del colegio y de los testigos. Un ejemplo: en décimo detesté Silas Marner y Julio César, y culpé a la señorita Townsend por incluirlos en la lista de lecturas obligatorias. Sobre todo le guardé rencor por incluir también El señor de las moscas, que yo ya había leído y, por tanto, era mío. No me daba la gana permitirle que lo escogiera y me lo arruinara. (...)




De los veinte a los treinta estuve un poco desatada. Puede que sea lo normal, pero yo tenía menos ataduras que la mayoría. Separada brutalmente de mi pasado, no tenía familia ni fe, nada que me mantuviera los pies en el suelo. Embriagada con el grunge insumiso de los noventa, pasé más de una noche bailando sola como una loca en mi miniapartamento al ritmo de los Pixies y los Smashing Pumpkins hasta que los vecinos se quejaban. Vivía extasiada, disfrutando de una libertad que aún no entendía: libertad de hacer cosas, pero también de ejercitar la contención. Para ser breve, diré que me acosté con una cantidad nada desdeñable de hombres –demasiados, ahora que lo pienso–. Lo hice porque podía. No estoy segura de con cuántos de esos encuentros disfruté. (...)

En el trabajo me relacionaba lo menos posible con mis colegas. Acabé enseñando lengua y literatura en la universidad principalmente porque, a diferencia de Emory, no se me daban bien otras cosas; no se me daba bien casi nada. Nunca me había sentido insultada por ese axioma que dice que los que no saben hacer nada, enseñan: esa era yo. No sabía hacer la o con un canuto. Si bien haber encontrado un trabajo en que me pagaban por leer historias inventadas era tentadoramente escandaloso, todo lo académico me resultaba insufrible, esa verborrea profesoral desconectada de todo lo real o importante, o, por lo general, de lo cierto. (...)

En pocas palabras, si los testigos de Jehová están decididos a seguir «separados del mundo», yo estoy igualmente decidida a seguir separada de los testigos de Jehová. Aun así, esta dependencia de la oposición es una debilidad de mi carácter. Mi pilar es el rechazo. Soy una construcción hecha con negaciones. Donde la mayoría almacena sus convicciones, yo acumulo aquello en lo que no creo. Soy menos propensa al abrazo apasionado que a la antipatía feroz. Detesto que me digan lo que tengo que hacer más de lo que deseo hacer algo en particular. Sigo siendo reactiva, lo que a su manera también es ser irreflexiva. Haré o diré cualquier cosa que los testigos de Jehová prohíban. Dudo que sea patriótica por naturaleza, pero todos los años hago ondear las barras y estrellas el Día de los Caídos y el Día de la Independencia. Suelto tacos, aunque aprendí a hacerlo más tarde que la mayoría de la gente, y a veces mis blasfemias suenan un punto forzadas y pueden parecer casi mojigatas. Concebí a mis dos primeros hijos por inseminación artificial, una de las máximas prohibiciones de los testigos. Sigo prefiriendo las tiendas de segunda mano del Ejército de Salvación a las de la Asociación del Corazón. He comprado más de un paquete simbólico de morcilla, aunque no me gusta en particular; el único lado bueno de la apendicitis de mi hija mayor consistió en poder consentir con total libertad la operación. (...)

Por muy vacía y destructiva que pueda parecer, la oposición me ha proporcionado una energía y un aguante que el ímpetu de una aspiración más positiva nunca podría igualar. Las emociones más tenebrosas son más potentes y duraderas que sus primas más luminosas. Si fuera posible meterlos en el depósito de un coche, el asco, la furia, la indignación y la antipatía nos llevarían a toda velocidad hacia un horizonte lejano; en cambio, un combustible destilado de compasión, empatía, aprecio y perdón nos dejaría tirados en la cuneta al cabo de unos centenares de metros. Así pues, durante mucho tiempo he confiado en que el resentimiento incendiario que acumulé en la infancia me propulse por una vejez amarga. No obstante, poco a poco, al acercarme a la mediana edad, empezó a preocuparme que incluso mis hogueras, avivadas con sentimientos contrarios a la virtud, pudieran acabar extinguiéndose. (...)

Todo muy bien, salvo por el hecho de que hacerme un ovillo y esperar a que la fiebre de la igualdad intelectual desapareciera iba directamente en contra de mi naturaleza. Además, las histerias sociales no paran quietas. Si aún no están perdiendo fuelle, es que están empeorando. Y esta empeoraba. Los movimientos radicales aumentan sus demandas por etapas porque nada debilita más una causa que el éxito. A los cruzados no les gusta nada quedarse sin objetivo cuando completan su misión; llegar a la tierra prometida deja desamparados a quienes iban en su búsqueda. Poco hay que hacer en un oasis utópico aparte de beber agua de coco. Así pues, conviene no dar nunca el viaje por terminado. El objetivo debe permanecer fuera de nuestro alcance. Para preservar la imposibilidad total de alcanzarlo, el tan deseado destino final se vuelve cada vez más extremo. (...)




Como su condescendiente y sabelotodo protagonista exhibía sin rubor su «inteligencia excluyente», la serie británica Sherlock corrió la misma suerte. Quizá siga circulando por ahí un puñado de DVD piratas, pero hoy en día nadie reconocería que ve ese horror retrógrado y, por tanto, es fácil olvidar lo popular que fue cuando empezaron a emitirla. Sin embargo, en el verano de 2010, el primer episodio coincidió fatalmente con el giro ideológico casi universal de la recién formada intelligentsia antiintelligentsia. Sospecho que la asociación, con el odioso estereotipo que encarnaba, ha hundido hasta nuevo aviso la carrera de actor de Benedict Cumberbatch. Yo reservé mi duelo particular para The Big Bang Theory, una telecomedia para adultos ingeniosa como pocas que venía consolidándose desde 2007 y hasta 2012 había dado pocas muestras de flaquear. Sí, los guionistas se desvivieron para lograr que los guiones fueran más «relevantes» haciendo que los desagradables idiotas del reparto cometieran grandes errores –aunque el concepto mismo de «error» estaba volviéndose problemático– e introduciendo un simbólico procesador alternativo cuya inteligencia, no tan evidente a simple vista, siempre ponía en evidencia el pensamiento defectuoso de personajes que hacían gala de tener un doctorado. Ninguno de esos valientes empeños consiguió salvar la serie, porque siguió siendo ingeniosa, y el ingenio en sí había pasado a ser sospechoso. Cuando la CBS la reemplazó por El joven Sheldon, en la que el engreído físico del original se presentaba como un niño de lo más normal, no más capaz que sus compañeros, nadie la vio, pero al menos tampoco nadie fue a manifestarse con pancartas delante de la cadena pidiendo que se cancelara. (...)




Por supuesto, el repudio de Sheldon Cooper y sus muy creídos amiguetes solo fue el comienzo, y la purga tuvo dos frentes. En primer lugar, debía eliminarse cualquier representación de una inteligencia elevada, incluso en clásicos que se reponen hasta la saciedad, por ser una expresión de supremacía intelectual. Los guionistas de Padre de familia hicieron que el arrogante bebé genio Stewie falleciese de muerte súbita en la cuna. Avergonzada por su participación en un prejuicio histórico, la Paramount anunció que había aparecido entre los papeles del difunto Gene Roddenberry un último episodio de Star Trek. La nueva generación, que nunca se había filmado. (...)



Niles y Frasier Crane eran unos esnobs intelectuales vanidosos e incurables, junto con Lilith, la desdeñosa exmujer del segundo; muy orgullosa, la NBC anunció el adiós muy buenas a las once temporadas del programa epónimo de Frasier. En segundo lugar, como no podía ser de otra manera, se cargaron también las representaciones de cabezahuecas. Dos tontos muy tontos fue una de las primeras películas que incluyó una advertencia sobre la aparición en ella de modelos ofensivos de inferioridad cognitiva, algo que los no iniciados interpretaron como un gag más; tras ver que el público reía cada vez que veía el aviso, los censores se cargaron la película entera. 





No solo hicieron desaparecer Rain Man; la Academia le retiró a Dustin Hoffman el Óscar al Mejor Actor de 1989 y llegó al extremo de exigirle que devolviera la estatuilla. (El hecho de que su personaje, Raymond, no estuviera concebido como un tonto sino como un autista con altas capacidades era una distinción demasiado sutil para 2012.) Lo mismo le hicieron a Tom Hanks, desafiando una breve pero ruidosa campaña que sostenía que su interpretación de Forrest Gump tenía un valor político redentor. Si bien Forrest no era muy inteligente, sí era muy sabio; otra diferenciación demasiado sutil para la época. Y luego estaban los programas cancelados por incluir tanto a lumbreras como a personajes con pocas luces. A Los Simpson los condenaron por partida doble: por el bobo Homer y por su hija, la estudiosa Lisa. La isla de Gilligan se basaba en la oposición, ahora inaceptable, entre el profesor y el primer oficial, un auténtico botarate. Los dibujos de El correcaminos apelaban a la misma polaridad cognitiva, así que ni siquiera los cucos astutos ni los coyotes poco espabilados estaban a salvo. (...)



Soy consciente de que la mayoría de los que leáis esto –suponiendo que alguien lo esté leyendo– reparasteis en muchas de esas desapariciones cuando se produjeron, pero ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente, ¿verdad? En consecuencia, vale la pena recordar todo el canon de nuestra cultura popular que ha acabado en el vertedero de la basura histórica. Hemos perdido un sinfín de personajes arquetípicos porque les faltaba una patatita para el kilo: el tocayo de Woody Harrelson en Cheers; el Clark Griswold de Chevy Chase en Las vacaciones de una chiflada familia americana; el Navin de Steve Martin en Un loco anda suelto; el míster Bean de Rowan Atkinson, e incluso, ¡por el amor de Dios!, la estrella de mar de Bob Esponja. También perdimos a la Rose de Betty White en Las chicas de oro; al Joey de Matt LeBlanc en Friends; al doctor Rumack de Leslie Nielsen en Aterriza como puedas... ¿Quién recuerda aún aquel «No puedo decirlo. A mí sí, soy médico» o la gloriosa frase de Lloyd Bridges, «Elegí un mal día para dejar de beber»? Hasta al plasta de Barney Fife del Show de Andy Griffith lo tiraron al cubo de la basura por ser un burdo estereotipo. A veces me pregunto cuántas películas desopilantes nos habremos perdido desde que actores como Ben Stiller, Adam Sandler, Jim Carrey y Sacha Baron Cohen se retiraron tras caer en desgracia. (...)



De mayor peso que el saqueo de nuestros hábitos televisivos: en enero, los apparátchiks del Partido Demócrata convinieron en que Barack Obama se había convertido en una carga. El presidente era distante, engreído y despectivo. Como no había recibido ninguna circular pidiéndole que cerrase ese piquito de oro que tenía, seguía refregando su facundia en los morros del público. O no conseguía percibir el estado de ánimo de la nación, o simplemente no le gustaba ese estado. A pesar de los insistentes consejos de su secretario de prensa, Obama siguió dando la impresión de creerse más inteligente que el ciudadano medio. Por más complicado que resulte hacer memoria ahora, en muchas épocas anteriores tener un líder más perspicaz, elocuente y bien informado que la mayoría era algo que a cualquier país le habría parecido una ventaja considerable. Sin embargo, en 2012 parecer cualquier cosa que no fuese uno más del montón era la muerte electoral, porque la idea misma de mirar desde abajo a alguien que ocupaba una posición de autoridad se había vuelto absurda. Peor aún, el seco sentido del humor del presidente y su carisma natural tenían el mismo efecto que el crucigrama del New York Times: hacían sentir a los votantes que, en comparación, a ellos les pasaba o les faltaba «algo». (...)



Estoy razonablemente segura de que para los funcionarios del partido convencer al vicepresidente de un presidente en ejercicio de que se enfrentase a este en primarias fue algo sin precedentes. No obstante, yo sería la primera en conceder que, para los tiempos que corrían, Joe Biden resultaba un candidato ideal: era impresionante lo poco que impresionaba. A diferencia de la cargante oratoria motivadora de Obama, la manera de hablar de Biden era deliciosamente pesada. Su versión de la profundidad consistía en decir algo prosaico y luego repetirlo palabra por palabra. Cada vez que el vicepresidente se quedaba sin saber qué decir, su compulsivo «¡Vamos, hombre!» no conseguía parecer siquiera estimulante y moderno, y ese año electoral cualquier práctica que pusiera de relieve un defecto era un boleto ganador. En otras palabras, cuanto peor era la campaña de Biden, a más votantes atraía. (...)



MANÍA
(Lionel Shriver)

No hay comentarios:

Publicar un comentario