ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 24 de abril de 2017

Ballerina Vargas Tinajero: el secreto peor guardado de la poesía española

La revista Estación Poesía incluye en su número 10 una reseña mía sobre Antolejía: poemas para limpiar el wáter, el soberbio poemario de Ballerina Vargas Tinajero publicado por Ediciones Liliputienses. 
(En este enlace pueden acceder a la revista completa, más que recomendable. La reseña ha sido magníficamente editada por Antonio Rivero Taravillo, aunque también la dejo completa a continuación).
BALLERINA VARGAS TINAJERO:
EL SECRETO PEOR GUARDADO DE LA POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA

El 11 de septiembre de 2015 terminó de imprimirse en los “minúsculos talleres de Ediciones Liliputienses” (sic) un libro, de curioso título y sobria portada aséptica, llamado Antolejía: poemas para limpiar el váter. Estaba firmado por una tal Ballerina Vargas Tinajero y, evidentemente, se trataba de un seudónimo. Concretamente, el elegido por una poeta culta y, hasta entonces, relativamente oculta (pronto supimos que llevaba desde 2009 compartiendo el blog Ínfula Barataria y, por tanto, los principios del “post-itismo” -de nuevo, sic- con otro autor agazapado, en su caso tras el alias de Marcos Matacana Martín). Desde entonces, la (supuesta) autora ha mantenido la voluntad de conservar el anonimato a pesar de que el libro iba haciéndose cada vez más conocido gracias, principalmente, al boca a boca físico o, sobre todo, digital, a la aparición de (elogiosas) reseñas o, incluso, según rumores bastante fidedignos, a haber estado a punto de hacerse con un importante premio nacional.
Contra todo pronóstico, parece haber conseguido preservar el misterio de su identidad y resulta imposible encontrar alguna foto o vídeo que pruebe su existencia. El caso es que, en realidad, poco sabemos o deberíamos saber más allá de los escasos datos que aporta la contraportada: la tal Ballerina afirma ser sevillana, licenciada en Periodismo, dice ejercer como profesora de Secundaria y proclama que, ante la imposiblidad de entender el mundo, escribe. Sin embargo, igual que en su momento se alzaron voces reclamando que Pere Gimferrer era la verdadera identidad tras el supuesto poeta maldito José María Fonollosa, no falta quien conjeture que Ballerina Vargas Tinajero en realidad es otra máscara del citado Marcos Matacana Martín o, al igual que Humbero Fabbro, otro heterónimo gamberro y genial de Antonio Rivero Tavarillo. Quién sabe. En cualquier caso, tal vez sea mejor dejar las elucubraciones a un lado y centrarnos en el libro y su recepción o, mejor, en su uso. Y es que Rafael Sánchez Ferlosio explicaba, en palabras de José Luis Pardo, que la lírica no tiene, en rigor, “receptores (pues no comunica contenido semántico alguno) sino únicamente usuarios, y que su uso consiste precisamente en subrogarse en el yo del poema (que, por tanto y desde el principio, no es el yo del poeta, sino una suerte de casilla vacía que debe acoger al usuario que quiera servirse del poema para expresar sus sentimientos)”. Pues bien, en esta identificación radica el éxito del libro, ya que, sepamos o no quién está detrás de los versos de Ballerina Vargas Tinajero, resulta sencillo usarlos, ocupar su casilla, sentirlos y, en definitiva, valernos de sus palabras para decirnos a nosotros mismos. De ahí que su identidad sea el secreto peor guardado de la poesía española pues, en parte, Ballerina Vargas no deja de ser un poco todos nosotros, al menos mientras mantengamos el humor como analgésico para combatir la azarosa circunstancia de ser, o no, infelices.

El poemario se abre con dos citas, número fetiche que advierte que se trata de una obra de contrastes que sabe moverse entre los filos: divertidísima sin caer en la frivolidad, decadente sin patetismo (involuntario), grave sin tomarse demasiado en serio, muy buena sin necesidad de darse aires de grandeza o, en resumen, posmoderna sin espacio para mamarrachadas. O, en palabras de Hilario Barrero: “algunos de los poemas (…) son como fragmentos de una película porno dirigida por una monja de clausura en estado místico”.
Las dos referencias curvas iniciales que comentaba son: “Que no intenten descubrir quién fui/ por cuánto hice y cuanto dije” (C.P. Cavafis) y “No sé lo que digo, aunque siento lo que quiero decir; porque jamás blasoné del amor con la lengua que no tuviera muy lastimado lo interior del ánimo” (Francisco de Quevedo). Dan pie a un primer poema excepcional, inusualmente largo y, curiosamente, de los pocos que no recurren a ninguna referencia externa, “Lo mío no es normal”:
No me gusta hablar de mi vida
Ni de mí
No cometan el error
De confundirme con lo que escribo.

Tras esta beckettiana declaración de intenciones, llegan los 4 bloques temáticos en los que se divide el libro. El primero, “Tremendismos nocturnos” incluye los poemas más salvajes, con un punto decadentemente macarra y desesperadamente festivo, que hace apología y burla de la autodestrucción. De nuevo, usa el contraste entre dos citas, Novalis (“pero mi corazón, en secreto,/ permanece fiel a la noche”) y Cindy Lauper (“Girls just wanna have fun”). Es decir, nos indica que su mirada va a oscilar entre el sarcasmo posmoderno y la reverencia culturalista y nos advierte de que, aunque desesperado y cruel, el humor va a estar presente a lo largo de todo el poemario haciéndolo más variado, entretenido y, curiosamente, consiguiendo que el tono agrio que va y viene sea aun más efectivo. (Este recurso será una constante a lo largo de todo el libro. Por ejemplo, en el poema “Rojo y Gris” comparten cursiva Jaime Gil de Biedma y la segunda parte de Kill Bill de Quentin Tarantino; en “A negro” lo hacen Garcilaso de la Vega y Tony Soprano; en “Neverland”, Ferlinghetti y Peter Pan, más tarde Gloria Fuertes y Álex y Christia, etc).
En esta primera parte, noctívaga y tremendista y, en realidad, no tanto, hay guiños a Bukowski, Fonollosa, Walter H. White de Breaking Bad y el crapulismo melancólico y arrebatado de los que apuran el trago amargo sabiéndose perdidos de antemano. Luego el nihilismo destructivo se irá dispersando o tiñendo de inexpresable ternura, ácida nostalgia o lacónica clarividencia (muy a su pesar), pero mantendrá siempre una cínica mirada (desesperanzada, desganada incluso, pero) llena de humor negro, verdadero elemento vertebrador del poemario.
El segundo epígrafe del libro se llama “Pipas, muelles, Peta Zetas” y se abre con tres citas, respectivamente de Felipe Benítez Reyes (“Como si el pasado fuera un alegre lugar de tránsito”), Raymond Carver y Súper Ratón (“¡No olviden supervitaminarse y mineralizarse!”). Evidentemente, el leit-motiv de este apartado va a ser el recuerdo nostálgico de la infancia (“las vías del tren marcaban/ Los límites de nuestro territorio”) y la melancolía alegremente disimulada del adulto que hoy añora los años que entonces odió y la “pequeña galaxia caótica” que conllevaban. Inicia este apartado “Retrospectiva” con estos versos:
Mi infancia son desvelos de mis padres
Olor a muerte en un libro
Miedo al camino eterno
Porque un capullo me insultaba cada día
                                               De vuelta sola
Al colegio

Un apuntáselo a mi madre
                        Detrás de otro
Silencio en casa
Mientras llaman a la puerta
Las deudas sin saldar
Pan con aceite y azúcar
Pantalones cortinas
                        Mantel y colcha a juego
El abecedario completo
Sobre el fondo azul
De unas ojeras

El poema “Contigo” contiene una cita de J.L. Piquero que parece sintetizar esta evocación general de la infancia (“si algún día/ me olvidase de todo, de eso no”) y, en particular, del primer amor infantil y puro, perfecto. Y, probablemente, exagerada e injustamente idealizado:
Te quería con ese amor nuevo
Sin sombra sin resabios
Sin olor a cuerno quemado
Ese que es luz
                        Una vez
Que no se piensa ni se habla
Que se limita a ser
Sin preguntarse
Sin recordar lo que ha dolido
                                               Antes
Sin anticipar el daño que vendrá más tarde

“Descampado” condensa el epígrafe, de hecho, el título de esta parte parece casi un remedo de su caótica enumeración melancólica (Manchas de tierra en los vaqueros/ Matorral en los tobillos (…)/Cabezas patas/Rabos amputados/ Pilas pipas chicles quicos).
Sin embargo, pronto se produce un desplazamiento del yo poético, que pasa a contemplar ese mundo desde el presente expurgado de inocencia en poemas como “Bus stop” o, sobre todo, “Pipas”: Veinte años después/ Sigo comiendo pipas en aquel banco/ Mirando El grito de Munch/ Sepultada por las cáscaras/ Sola/ Perpleja/ Con los ojos saldas/ como entonces/ Sin enterarme de nada.
Así, analizando la infancia desde la, por así decirlo, desencantada madurez, llega la unión entre dos mundos ajenos, con varios poemas seguidos tremendamente tiernos y nada empalagosos: por ejemplo, el recuerdo de la abuela fallecida en “La loca del café”:
Se parecía tanto
                        Pero tanto a ti
                        Como la vida a una resaca
Que por un momento
He creído en los milagros

 O la recuperación fugaz del paraíso perdido de la infancia en algún actual compañero de juegos, como refleja “La certeza”: Pareces hecho de todo/Lo que una vez/ a long time ago/ in a galaxy far far away/ hubo en mí de bueno.
El tercer “libro” contenido en esta colección de “para limpiar el wáter”, llamado “Las cosas del querer”, aúna poemas de amor y, sobre todo desamor, además de una “Breve historia sentimental en cinco haikus (o algo así)”. Parte de una concepción afectiva tan romántica como cínica y en sus versos se percibe el influjo de Bécquer, Salinas o Fonollosa junto a los (que aparecerán) citados Quevedo, Luis Alberto de Cuenca, Gimferrer y Borges. Sin embargo, como ya habíamos indicado, el elemento vertebrador será el humor, que no solo evita caer en la ñoñería sino, además, para provocar algunos de los momentos más memorables del conjunto, como en “Efecto Grey”, en “Rescate” o en “Impotencia”:
No sé si el balance de tu voz
Entre el rollo lastimero o castigator
Te funcionará con otras
En otros antros en otros puertos
Que quieran salvarte o cambiarte
(…)
Porque en noches como esta
Me la sudan
Y no sabes de qué modo
Neruda el destino la metafísica
(…)
Dime que sabes lo que quieres
Que hace tiempo que no lo haces
O que hace mucho que esperas esto
Me lo creeré un rato
Lo justo entre el primer roce
De las lenguas los dientes torpes
Y el último jadeo

En “Primero, el sufrimiento”, prólogo a la edición completa de su poesía, Michel Houellebecq afirmaba: “Los seres se diversifican y se hacen más complejos, sin perder nada de su naturaleza primera. A partir de un determinado nivel de conciencia, se produce el grito. La poesía deriva de él. (…) El primer paso de la trayectoria poética consiste en remontarse al origen. A saber: al sufrimiento”. Llegamos pues a la última parte del libro, “La resaca”, es decir, al sufrimiento. Este epígrafe incluye, quizás, los versos más agrios y desencantados. con un despertar simbólico que, como no podía ser de otra manera, debía resultar también decepcionante y duro. De ahí la inclusión de una nueva referencia cinematográfica, concretamente el Marsellus Wallace de Pulp Fiction y su “Estoy a mil jodidas millas de estar bien”. De esta parte debemos rescatar el poema generacional de obsolescencia programada “La bola y el cristal” (y su grito de guerra perdida: Viva el mal/ Viva el Prozac) o la reescritura del cuento clásico “Cenicienta”: La boca me sabe a ceniza/ La chimenea lleva todo el día apagada. Pero, sobre todo, “Ispahán” que, bajo una referencia a Juan Eduardo Cirlot (“Estoy cansado de estar muerto y ser”) desgrana estos versos:
El niño de los vecinos
                        como siempre
Dando por culo a la hora de la siesta
Y no sé si adoptarlo para llenar el vacío
Que juega a la pelota y golpea mis entrañas
O darle un beso en la frente y abandonarlo
Tumbado y tranquilo
En un campo de amapolas
Desangrado.
(….)
Fakir borracha posmoderna tumbada
Sobre una cama de recuerdos como clavos.

Escribió José Luis Morante en su reseña de la Antología: “Cuando Charles Baudelaire escribe Le spleen de Paris la deriva existencial en la urbe moderna encuentra los contornos que limitan su semántica. La bilis negra y la melancolía dictan su codificación poética. De ellas manan otros idearios que narran el hastío del hombre deshabitado; y en esa forma de entender la erosión del tiempo sobre la conciencia tiene nuevo cobijo la poesía de Ballerina Vargas Tinajero. En su retrato gris del desasosiego solo ha cambiado el latido cronológico y los referentes escenográficos que enmarcan el rostro cansado y ojeroso del perdedor”.
Sin embargo, como hemos dicho, la amargura y el cinismo van adquiriendo diferentes tonalidades más o menos trágicas pero siempre barnizadas por un humor constante más allá de la muerte. Y, si el libro se abría con un gran poema (“Lo mío no es normal”), el cierre queda para una guinda aún mejor: “Instrucciones para mi funeral”, con cita (y deje) a Karmelo C. Iribarren.
Ya concluyo: recientemente ha tenido lugar un intenso y, a ratos, interesante debate en redes sobre la poesía contemporánea española que, además de filias, fobias y enredos ha dejado ver que los juicios estéticos demasiado a menudo se desvían de faro de la calidad a la vieja dicotomía entre apocalípticos e integrados. No es intención de este reseñista agitar más las ascuas de un debate más público que oculto y, en lo referente a este libro, diré que, a la vez, es fácil de leer como interesante de haber leído. Hemos hecho bastantes referencias al continuo contraste entre la poesía clásica y cotidiana, sagrada y posmoderna, clásica y pop. Cabe pues acordarse de la reflexión de José Luis Pardo en Introducción al malestar en la cultura de masas explicando que es imposible el tránsito entre baja y alta cultura “elevando gradualmente el nivel de complejidad o de dificultad sino que, a pesar de que ambas no pueden definirse más que la una contra la otra, su naturaleza es totalmente discontinua; de tal modo que lo que resulta imposible de mantener es que la facilidad de la cultura popular sea el resultado de rechazar la complejidad de la alta cultura (concebida esta dificultad como una complicación progresiva de aquella facilidad); más bien habría que decir que la inclinación popular a la gratuidad argumental es un modo de apreciación de esa dificultad objetiva –la diferencia de clase-, y que el testimonio de tal apreciación de la dificultad es justamente el que la baja cultura sólo pueda contemplar la superación de esa barrera como un evento prodigioso del tipo de los que tienen lugar en el cuento de La cenicienta o en el Romance de Gerineldo, pues el salto de una naturaleza a otra, precisamente porque es imposible darlo progresivamente, sólo puede ser un milagro”.
Probablemente eso sea lo mejor que se pueda decir de este libro: extraño cóctel imposible, pero tan bien servido que acaba dejando un regusto extraño pero agradable. Como a lejía, pero de la buena. Casi un milagro.

Víctor Peña Dacosta

domingo, 23 de abril de 2017

Tour de France (de L.F. Comendador)


La editorial extremeña LeTour1987 continúa creciendo: después de publicar la primera novela de Nuno Júdice o poemarios como Si te echan mano al cuello, encontrarán la soga de David González o Estación en curva de Alejandro Salse, reedita ahora con un diseño exquisito el Tour de France de Luis Felipe Comendador, libro considerado, con razón, como la "Biblia" de la editorial. Dentro, poemas tan buenos como estos:

SPRINT

No todo esfuerzo sirve,
pero a pesar de ello
empuja a la victoria
final,
a ese abrirse hacia el viento
marcando el tiempo inútil de quien sigue tu rueda.

Un tubular, entonces,
es laurel o fracaso.

Ser o no ser depende
de un golpe de riñones.

LA PÁJARA
A Roberto Heras

Hidratarse con tiempo,
comer en los descensos
y mandar a tu equipo
que tire a vida o muerte
a veces no es bastante.

Pisar tu trampa
y ser a la vez
el verdugo y la víctima.
Un dolor contenido,
la mirada se nubla.
El gesto anuncia crisis.

Llueve.
Ser y estar no es posible.
Alguien te empuja.
¡Gracias!

EL GREGARIO
Da igual tirar a fondo
cuando la carretera pica
hacia lo alto
que dejarse caer
hasta los coches 
para cargar bidones.

Tu contrato es preclaro:
si el líder dice "ven"
debes dejarlo todo.
Al fin y al cabo
el mundo
se mueve por pulsiones
que a ti no te interesan.

A fin de mes la nómina
pone laurel,
mordaza.

Ahorra para comprarte
un maillot amarillo
de marca en las rebajas.

FUGA EN EL LLANO

Hay días en los que parece
que Dios existe,

pero es un espejismo
que te roba un esfuerzo 
vital a veces, 
siempre necesario.

sábado, 22 de abril de 2017

TIERRA DE CAMPOS (David Trueba)

He comprado, leído y disfrutado (de distinta forma) todas las novelas de David Trueba. Me gustó especialmente Saber perder, uno de los libros que más veces he regalado en mi vida. En este post realizo un entresaque de su última obra, Tierra de campos, tratando de escoger pasajes que resalten su efectiva forma de narrar pero, por supuesto, sin desvelar la trama.

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Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Es curioso este cuento, porque sabemos el desenlace pero ignoramos el argumento. Somos visionarios y ciegos al mismo tiempo. Sabios y estúpidos. De ahí nace ese malestar que todos compartimos, esa sospecha que nos hace llorar en un día gris, desvelarnos a medianoche o inquietarnos si la espera de un ser querido se alarga. De ahí nace la crueldad desmedida y la bondad inesperada de los humanos. De ahi nace todo, de conocer el final pero no el cuento. Extrañas reglas de juego que ningún niño aceptaría. Ellos piden que no les cuentes el final. Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del cuento. (...)

Los amantes pasan, pero un buen bar es para toda la vida. Amar es no poder tomarte otra cuando quieres. Ésas eran las frases de Animal, él, que había perdido para siempre todos los bares de su vida. (...)

Deseé morir y luego he comprendido que en esos días algo de mí murió para siempre. Uno muere a plazos, en contra de lo que pensamos. Porque el final del amor es lo más parecido a la muerte para todos aquellos que no han experimentado la muerte real, que es sin discusión lo más parecido a la muerte. (...) Igual que a veces enciendes la luz de un baño y ves cucarachas que corren a esconderse, un día encendimos la luz de nuestra relación y le vimos la cola a la tristeza. (...) Querer no es tan ideal como pretendemos, no faltan asesinos que dicen querer. Lo complicado de querer es distinguir qué es lo que quieres. No repetir cuánto, ni a quién, ni hasta cuándo, sino qué, qué es lo que quieres cuando dices que quieres. (...)

Es difícil organizar la vida, pero la vida a veces se organiza sola para ti de una manera delicada, con una lógica que asusta, tan perfecta que es emocionante.(...)

Mi madre era pacífica. Su catolicismo, que en los curas de mi colegio era siempre amenazante, inquisitivo, feroz y represor, en ella era una dedicación plácida. (...) Para entonces yo había perdido la fe durante los cursillos de catequesis, convencido, al escuchar los razonamientos obtusos y la falta de altura intelectual de los sacerdotes del colegio, de que si Dios existía de verdad no podía haber elegido a esa gente tan brusca y retorcida para retransmitir su mensaje de paz. (...)
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Cuando nació mi padre, la vida era como había sido los seiscientos años anteriores, y sin embargo cuando murió, el mundo era irreconocible para él. (...) Heredé su capacidad para ser amable con gente que no apreciaba. Nunca le niegues el saludo a nadie, me explicaba, no les concedas la ventaja de que sepan lo que piensas de ellos. (...) Tú ya verás, ya verás, los hijos aprenden a ser hijos cuando se convierten en padres. (...)
La peor consecuencia de la vejez es que los demás invaden tu intimidad. Ya nadie respeta las manías, las costumbres, tu forma particular de hacer las cosas, desde la higiene a la organización del día. Alguien, con la intención de ayudar, se ocupa de ti. Pero ocuparse de ti es ocupar tu territorio íntimo. (...)
No le pidas a tu amigo algo que tu amigo no puede darte y tendrás amigo durante muchos años. (...)
Nunca trabajes para ricos, me advirtió. No conocen el sacrifico que cuesta ganar dinero. (...)
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Animal a veces tiene raptos y revelaciones. Son discursos que suelta sin elaborar, como le vienen a la mente. Casi epifanías. De pronto, entra en incandescencia, apaga la música en la furgoneta y dice: hay que estar contra la pareja, contra la paternidad, contra la patria, todo eso son enemigos de la libertad. La única institución que el hombre debe respetar es la amistad, porque la amistad nace de la generosidad. (...)
En general la gente culpa a la fama de los rasgos habituales del carácter de una persona. Cuando dicen la fama le ha hecho más ensimismado, más egoísta, más triste, en realidad olvidan que el tipo ya era ensimismado, egoísta y triste, pero la fama le ha permitido ejercer sin reprimirse. (...)
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Me sorprendí follando varias veces con el desafío vengativo del que folla contra la muerte, la enfermedad, el olvido. Uno folla a veces contra el mundo. Follaba contra el amor y follaba contra la pareja y follaba contra el compromiso. Y follaba contra tantas cosas que a veces no follaba a favor de nada. (...)

Hay pasado por todas partes. El pasado está posado sobre nosotros como el polvo sobre los muebles. Hay pasado en el presente y hay pasado en el futuro. Impregnado, agarrado, diluido, difuminado, mezclado, empastado, desenfocado. Hay pasado en el recuerdo, en el gesto, en los rasgos, en las frases por decir, en las soluciones. (...) Del pasado se huye, pero se regresa para buscar resguardo, en un movimiento contradictorio. El pasado es nuestro futuro. (...) Hacemos un ejercicio de regresión para reafirmarnos, volvemos al pasado porque tenemos miedo de no existir para el futuro, de ser una especie que se extingue sin dejar huella y por tanto no haber sido. (...)

Descubrí que la pasión crece en la mesura y la contención, porque gozar no es matar el hambre. Un silencio casi monacal siguió al momento en que me corrí sobre su vientre, exhausto como si saciara el proyecto de vida. Me quedé largo rato entretenido en acariciar su espalda, mientras ella, algo estremecida, tampoco decía nada. Sus cabellos finos se habían electrificado con la sábana y flotaban de punta hacia el cielo. Cuando me fugué de su habitación, tres horas más tarde, ni siquiera se volvió a mirarme, dejó que la espalda lo dijera todo. Aunque presagiaba que aquello concluiría, como tantas veces, con un satisfecho desapego, algo ardía en mí cuando recuperé la cama de mi habitación. En las yemas de los dedos persistía el tacto de su piel, y por más que buscaba, no encontraba la coartada necesaria para entonar un adiós. (...)

De niños nos gusta dar vueltas y vueltas sobre nosotros mismos, para experimentar el mareo, la imposibilidad del equilibrio. Caemos al suelo arrastrados por una mano invisible. Es la versión infantil de la borrachera, la pérdida del dominio, la desorientación. Luego echas de menos aquel instante en el que no eres dueño de ti. Te pasas la vida echándolo de menos, ese vértigo incontrolable en mitad de las rutinas diarias tan bien dispuestas. Algo así me sucedió en ese momento. No sé si fue una decisión o un impulso, quizá sólo caí en un remolino imparable. Importa poco. (...)

Tiempo después comprendería mejor lo que me sucedía. Si entonces y ahora alguien hubiera podido mirarme a través de una radiografía habría encontrado un agujero que me atravesaba de lado a lado. (...)
No naces bajo un cálculo, sino en una cascada de accidentes y azares, lo que debería ayudarnos a vivir con mayor levedad y no lo contrario. Las raíces se convierten en algo primario, porque nos atornillan al mundo. (...)
Somos un poco como los girasoles, que buscan el sol en la juventud y luego retiran la cara hacia la sobra y quedan inmóviles sobreviviendo de la energía acumulada. (...)
Tener veinte años sin tener veinte años era un esfuerzo que no me tentaba. (...)
Los amigos siempre creen tener el poder de romper a golpes de cortafríos la tristeza de su íntimo.

viernes, 21 de abril de 2017

"Menos mal que mientras nos rascamos los huevos la bolsa sigue subiendo"

Celebro la entrega del premio Cervantes a Eduardo Mendoza con un fragmento de, en mi opinión, la mejor de sus novelas paródicas, La aventura del tocador de señoras en el que "el alcalde de Barcelona" da un discurso con toques socialistas, surrealistas y lisérgicos:

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Ciudadanas y ciudadanos, amigos míos, permitidme interrumpir vuestra vacía cháchara para explicaros el motivo de esta convocatoria intempestiva y del sablazo que la acompaña. Hace un momento nuestro gentil anfitrión, el amigo Arderiu, a quién tanto debemos, sobre todo en metálico, me decía que el tiempo vuela. Al amigo Arderiu Dios no le ha concedido muchas luces; todos estamos de acuerdo en que es un imbécil. Pero a veces, pobre Arderiu, dice cosas sensatas. Es cierto: el tiempo vuela. Acabamos de guardar los esquís y ya hemos de poner a punto el yate. Suerte que mientras nos rascamos los huevos la bolsa sigue subiendo. Os preguntaréis ¿A qué viene ahora esta declaración de principios? Yo os lo diré. Se avecinan las elecciones municipales. ¿Otra vez? Sí, majos, otra vez.

No hace falta que os diga que me presento a la reelección. Gracias por los aplausos con que sin duda recibiríais este anuncio si no tuvierais las manos ocupadas. Vuestro silencio elocuente me anima a seguir. Sí, amigos, vuelvo a presentarme y volveré a ganar. Volveré a ganar porque tengo a mis espaldas un historial que me avala, porque lo merezco. Pero sobre todo porque cuento con vuestro apoyo moral. Y material.
No será fácil. Nos enfrentamos a un enemigo fuerte, decidido, con tan pocos escrúpulos como nosotros, y encima un poco más joven. Arderiu tenía razón: el tiempo vuela, y hay quien pretende aprovecharse de esta enojosa circunstancia. Los que pretenden tomar el relevo alegan que ya hemos cumplido nuestro ciclo, que ahora les toca a ellos meter mano en las arcas. Tal vez tengan razón, pero ¿desde cuándo la razón es un argumento válido? Desde luego, no es con razones con lo que me moverán de mi poltrona.
No amigos, no nos moverán. Al fin y al cabo estamos dónde estamos porque nos lo hemos ganado a pulso. Hubo una época en la que el poder nos parecía un sueño inalcanzable. Éramos muy jóvenes, llevábamos barba, bigote, patillas y melena, tocábamos la guitarra, fumábamos marihuana. Íbamos salidos y olíamos a rayos. Algunos habían estado en la cárcel por sus ideas; otros, en el exilio. Cuando finalmente el poder nos tocó en una rifa, voces se alzaron diciendo que no lo sabríamos ejercer. Se equivocaban. Lo supimos ejercer, a nuestra manera. Y aquí estamos. Y los que nos criticaban y dudaban de nosotros, también. El camino no ha sido fácil. Hemos sufrido reveses. Algunos de los nuestros han vuelto a la cárcel, bien que por motivos distintos. Pero en lo esencial, no hemos cambiado. De coche, sí; y de casa; y de partido; y de mujer, varias veces, gracias a Dios. Pero seguimos con las mismas convicciones. Y con más morro.
La aventura del tocador de señoras.
Eduardo Mendoza.
Seix Barral, 2001

sábado, 15 de abril de 2017

"Desde los 44 años" (poemazo de Miguel Argaya)

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DESDE LOS 44 AÑOS

Después de tanta fuga y tanta urgencia,
de tanto sindecir y tanto miedo
y tanta muerte atada a su denuedo
como han urdido el mar de mi conciencia;
y luego de tan gran mentir sin tasa
para hacer de la vida un palimpsesto;
luego de haber logrado echar el resto
a un crecer de crecida tan escasa;
y, en fin, tras un vivir tan correoso,
¿puedo decir que he sido? ¿Puedo al menos
decir que he sido amigo, padre, esposo,
hijo, maestro, hermano, camarada?
¿Decir que he estado al lado de los buenos?
¿O sólo que he gastado mi jornada?

Práctica del amor platónico.
Miguel Argaya
Devenir, 2017

viernes, 14 de abril de 2017

Canción del esposo soldado (Miguel Hernández)


He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

"Libertad, igualdad y fraternidad para la España del s.XXI" en Europa Laica

En el VI Febrero Republicano: de la I a la III República el filósofo César Tejedor, responsable de formación de Europa Laica, dio una conferencia titulada "Libertad, igualdad y fraternidad para la España del s.XXI" en la que tuvo a bien contar con mi colaboración intercalando algunos poemitas entre sus sabias palabras. Pueden escucharla en este enlace.

martes, 4 de abril de 2017

Cambio de hora (un relato genial de César Martín Ortiz)

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Nos mandan atrasar una hora el reloj, como cada primavera. Hay una luz de las siete y media, pero son las ocho y media de la tarde. Hay que ir pensando en salir a tomar las cañas y cenar y meternos en la cama cuando todavía la noche no ha puesto en marcha su oscuro mecanismo de absorción de calor y aún se deslizan vetas de aire cálido entre las cortinas del dormitorio cuando vamos a cerrar las ventanas. La luz de las siete y media, nuestro cuerpo de las siete y media, que no sabe qué apetecer en esta hora tonta, tarde para el té con la galleta, pronto para la cerveza, es una luz que incita a la nadería y al fantaseo propio de la ausencia de actividad y premura de hacer cosas. Estamos en casa, solos; al otro lado de las ventanas la calle se pone grisácea, disminuye el contraste cromático y todo pierde algo de realidad. Ya no somos seres laborables y aún no somos seres sociales; también nosotros hemos perdido contraste, nos hemos quedado en blanco, como conferenciantes novatos, en medio de las obligaciones coercitivas o voluntarias que nos hacían un hueco, un lecho, un nicho entre la vasta humanidad, y empezamos a sentirnos un poco borrachos, un poco alucinados por la repentina volatilización de las firmezas de costumbre, que tan rigurosamente nos ponían en nuestro sitio.
Hora peligrosa esta. Toda autoridad cae de su pedestal; toda responsabilidad parece descender desde el encumbramiento de lo ético y útil hasta la condición de lo que se puede chalanear sin perder el propio respeto. La laboriosa conciencia del yo se gasifica, el viejo tema del yo se presta a variaciones imaginarias en ese momento engañoso, y algo que hace unas horas nos parecía imposible y dentro de unas horas nos parecerá delirante, ahora se pone al alcance de la mano, colocado ahí por la luz incierta de la hora confusa, una para el cuerpo, otra diferente para el reloj, el noticiario y las obligaciones.
Ya no somos jóvenes; nos hallamos, o nos opinamos, en una buena situación basada en el compromiso entre la flexibilidad absoluta y la rigidez igualmente absoluta. Ya no nos dejamos zarandear por cualquier emoción de serie B y aún no estamos petrificados de contumacia senil. En cierto modo agradecemos a los años transcurridos sus lecciones no siempre amables; hemos ganado en fundamento, quizá no en el fundamento que hubiésemos querido, pero ahora nos parece que un fundamento, el que sea, es mejor que ninguno y no echamos de menos la inestimable pesadilla juvenil. Y todo esto estaba muy bien, pero el cambio de hora nos ha traído esta hora desubicada que nos hace perder el compás del día, el paso alegre con el que marchábamos inconscientes nadie sabe adónde, y nos llena la cabeza de remotos vapores intoxicantes y de estampas resucitadas que ya solo barajábamos en algún ensueño mañanero.
¿Por qué no fuimos más audaces? ¿Por qué no viajamos más? ¿Por qué no cogimos lo que queríamos antes de que pasara el momento? La hora perdida que ha frenado en seco nuestro desfile de soldaditos movidos a cuerda nos proyecta una escogida recopilación de renuncias y cobardías propias. Renuncias y cobardías que ya habíamos ido ensartando en nuestro argumento general y que la interesada desmemoria había conseguido empurpurar de nobles o heroicas, o al menos de inevitables, y que ahora, pasajeramente desconectadas de ese argumento, se nos aparecen con su reproche y su gesto de amarga burla.
No es un asunto trivial este del cambio de hora. Los gobiernos que lo decretan, so pretexto de ahorrarle unos durillos o unos euros a no sé quién, deberían saber que esta hora encierra un peligro de sublevación y disgusto con lo que cada uno es, un temblor revolucionario. Cualquier día de abril la calle puede llenarse de ciudadanos espoleados por el bochorno y el arrepentimiento, decididos a rectificar su andadura, resueltos a arrojar por la ventana logros imaginarios y esclavitudes improductivas, y a socavar los cimientos de la economía de mercado, la tradición cristiana y el orden público.
Esa hora no es cosa de broma. Todas las prédicas del mundo sobre cualquier teoría no valen lo que una sola hora de experiencia de primera mano. La subversión de los valores no nos está esperando al final de la lectura de un volumen empachoso; es la sombra de todo lo que hacemos, es el reverso de todo lo que creemos. Está ahí, a la vuelta de la esquina de nuestra vida, tan cerca de ella como lo están la cara y la cruz de una moneda, y basta una hora perdida para que sintamos la curiosidad de asomarnos y averiguar qué hay al otro lado.
Cien centavos
César Martín Ortiz

lunes, 3 de abril de 2017

EL AMOR DURA TRES AÑOS (Frédéric Beigbeder)

Descubrí a Frédéric Beigbeder gracias a una entrevista publicada en la revista JotDown y enseguida devoré sus libros.

El amor dura tres años no deja de ser una (entretenidísima y divertidísima) obra menor claramente deudora de Houellebecq, pero contiene tal cantidad de máximas brillantes, frases arrebatadoras y reflexiones sobre el amor (entre el puro cinismo y el puto romanticismo) que no he podido resistirme a este despiece, como el que en su momento realizamos en este blog de Plataforma de Michel Houellbecq o Limónov de Emmanuel Carrére:

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El amor es un combate perdido de antemano.
Al principio, todo es hermoso, incluso tú. No das crédito a estar tan enamorado. Cada día trae consigo su liviana carga de milagros. Jamás nadie en el mundo había conocido tanta felicidad. La felicidad existe y es muy simple: consiste en un rostro. El universo sonríe. Durante un año, la vida no es más que una sucesión de soleadas mañanas, incluso cuando nieva por la tarde. Te dedicas a escribir libros sobre esta cuestión. Te casas, lo antes posible: ¿para qué reflexionar cuando uno es feliz? Reflexionar te entristece; la vida debe ganar la partida.
El segundo año, las cosas empiezan a cambiar. Te has vuelto más tierno. Te sientes orgulloso de la complicidad que se ha establecido en tu pareja. Comprendes a tu mujer con sólo medias palabras; qué felicidad conformar un todo. En la calle, confunden a tu mujer con tu hermana: eso te halaga pero te va desgastando. Hacéis el amor cada vez menos y consideráis que no es grave. Estáis convencidos de que el fin del mundo está muy lejos. Defendéis el matrimonio delante de vuestros amigos solteros, que ya no os reconocen. Tú mismo, sin ir más lejos, ¿estás realmente seguro de conocerte cuando recitas la lección aprendida de memoria y resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle?
El tercer año, ya no resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle. Ya no hablas con tu mujer. Pasáis horas en el restaurante escuchando lo que cuentan en las mesas vecinas. Sales cada vez más: eso te proporciona la excusa para no tener que follar. Pronto llega el momento en que ya no puedes soportar a tu esposa ni un segundo más, ya que te has enamorado de otra. Sólo hay un punto en el que no te habías equivocado: efectivamente, la vida siempre tiene la última palabra. El tercer año trae consigo una noticia buena y otra noticia mala. La noticia buena: asqueada, tu mujer te abandona. La noticia mala: empiezas otro libro. (...)
Marc Marronier es así: finge ser un degenerado bajo su trajecito de pana lisa porque le da vergüenza mostrarse tierno. Acaba de cumplir treinta años: la edad espuria en la que uno es demasiado viejo para ser joven y demasiado joven para ser viejo. Para no decepcionar a nadie, hace todo lo posible por estar a la altura de su reputación. A base querer aumentar las dimensiones de su press-book, se ha ido convirtiendo poco a poco en una caricatura de sí mismo. Le resulta agotador tener que demostrar que es amable y profundo, así que se las da de canalla superficial, adoptando ese comportamiento desordenado, incluso mortificante. (...)
He conocido el periodo en que todos mis amigos bebían, luego aquel en que todos se drogaban, después la época en que se casaban, y ahora estoy en la fase en la que se separan antes de morir. (...)
Uno puede ser alto, moreno y llorar. Para madurar, basta descubrir de repente que el amor dura tres años. Es el tipo de descubrimiento que no le deseo ni a mi peor enemigo: es una manera de hablar, ya que no tengo peor enemigo. Los esnobs no tienen enemigos, por eso hablan mal de todo el mundo: para intentar tenerlos.
Un mosquito vive un día, una rosa tres días. Un gato, trece años, el amor, tres. Así son las cosas. Primero hay un año de pasión, luego un año de ternura y, finalmente, un año de aburrimiento.
El primer año, uno dice: "Si me abandonas, me MATO".
El segundo año, uno dice: "Si me abandonas, lo pasaré muy mal pero lo superaré".
El tercer año, uno dice: "Si me abandonas, invito a champán".
(...)

El puño de la angustia me golpeó en el estómago: bajón de éxtasis. No lo necesito: ¿de qué sirve pasarse toda la noche huyendo de ti mismo si, al final, consigues darte alcance en tu propio domicilio? En los bolsillos de mi abrigo, recuperé unos restos de cocaína en una papelina. Incluso esnifé el papel. Esto amortiguará el spleen. (...) Ha amanecido, Francia se dispone a iniciar una nueva jornada de trabajo. Y, mientras tanto, un adolescente retrasado no se moverá durante horas. Demasiado colgado para dormir, leer o escribir, me quedaré mirando fijamente el techo apretando los dientes. Con este rostro colorado y esta napia blanquecina, observo en este espejo la imagen de un payaso en negativo. (...)
El divorcio es una pérdida de la virginidad mental. A falta de esa "buena guerra" que nos mereceríamos, este tipo de desastres (como perder a tu madre o a tu padre, quedar paralítico a causa de un accidente de tráfico, perder tu casa por culpa de un despido abusivo) son los únicos acontecimientos que nos enseñan a convertirnos en hombres. (...)
En el medio en que vivo, no te haces ninguna pregunta antes de los treinta años, y cuando los cumples, ya es demasiado tarde para responderla, por supuesto.
La cosa funciona así: tienes veinte años, te diviertes un poco y, cuando te despiertas, ya tienes treinta. (...) Nadie se plantea estas preguntas: ¿Hemos aprovechado la vida lo suficiente? ¿Deberíamos haber vivido de un modo distinto? ¿Estamos con la persona adecuada, en el lugar adecuado? ¿Qué nos ofrece este mundo? Desde el nacimiento hasta la muerte, conectamos nuestra existencia a un piloto automático, y hace falta una valentía sobrehumana para cambiar de rumbo. (...)
Lo malo del matrimonio por amor es que arranca demasiado alto. Lo único sorprendente que le puede ocurrir a un matrimonio por amor es un cataclismo. (...)
Uno se casa para poner nerviosos a los amigos o para hacer feliz a sus padres, a veces por ambas cosas, a veces a la inversa. (...)
Nuestra generación es demasiado superficial para el matrimonio. (...)
Después de tres años, una pareja debe separarse, suicidarse o tener hijos, que son las tres maneras de confirmar su final. (...)
Amar a alguien que también te ama es narcisismo. Amar a alguien que no te ama, eso es amor. Buscaba un reto, una experiencia, una prueba que pudiera transformarme; por desgracia, mis deseos se vieron saciados más allá de mis expectativas. (...)
La vida es una sitcom: una sucesión de escenas que se desarrollan siempre en los mismos decorados, con más o menos los mismos personajes, y de la que uno espera los siguientes capítulos con una impaciencia teñida de embrutecimiento. (...)
Me parece que todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras que el amor exige dudas e inquietud. Resumiendo, el matrimonio ha sido concebido para hacernos felices pero no para que permanezcamos enamorados. Y enamorarse no es el mejor modo de encontrar la felicidad; si así fuera, ya nos habríamos enterado.(...)
Engañar a tu mujer, en sí mismo, no es demasiado malo si ella no se entera. Incluso creo que muchos matrimonios lo hacen para ponerse en situación de peligro, para volver a correr riesgos, como cuando intentaban seducir a su esposa. En este sentido, el adulterio quizás sea una declaración de amor conyugal. Aunque quizás no. En todo caso, creo que me habría resultado algo difícil conseguir que Anne se lo tragara. (...)
Pero alguna vez hay que centrarse en lo esencial, a saber, el sexo.  (...)
En resumen, mientras que una historia de sexo puede convertirse en una historia de amor, pocas veces ocurre lo contrario. (...)
Estar solo se ha convertido en una enfermedad vergonzosa. ¿Por qué todo el mundo huye de la soledad? Porque obliga a pensar. En nuestros días, Descartes ya no escribiría "Pienso, luego existo". Diría: "Estoy solo, luego pienso." Nadie desea la soledad porque te deja demasiado tiempo para pensar. No obstante, cuanto más piensa uno, más inteligente es, o sea. más triste. (...)
Ser generoso es sencillo. uno está enamorado el día en el que pone dentrífico sobre un cepillo de dientes que no es el suyo.
Sobre todo, he aprendido que, para ser feliz, hay que haber sido infeliz. Sin el aprendizaje del dolor, la felicidad no es sólida. El amor que dura tres años es el que no ha superado montañas o frecuentado los bajos fondos, el que ha sido servido en bandeja. El amor sólo dura si ambos saben lo que cuesta, y vale más pagar anticipado, si no e arriesgas a tener que pagar la cuenta a posteriori. No hemos sido preparados para la felicidad porque no estamos preparados par el dolor. Hemos crecido en la religión de la comodidad. Tenemos que saber quiénes somos y a quiénes amamos. Tenemos que estar agotados para vivir una historia inagotable. (...)
No sé lo que me reserva el pasado (...) pero sigo avanzando, en el maravilloso terror, porque no tengo otra elección, avanzo, menos despreocupado que otras veces, pero avanzo de todos modos, avanzo a pesar de todo, avanzo y os juro que resulta hermoso.
El amor dura tres años.
Fréderic Beigbeder.
Anagrama.