ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


miércoles, 22 de marzo de 2017

El bar, el bar y no pensar en nada...


EL BAR
El bar abre a las ocho y cierra cuando puede. Funcionarios y albañiles lo frecuentan por las mañanas. Al mediodía, un estudiante subraya frases junto a una ventana, a una velocidad de diez palabras por hora. Una chica se pinta las uñas sobre un crucigrama. Dos hombres parecidos juegan a las cartas por la tarde. Tres señoras critican a tres señoras que no están. El camarero habla con las máquinas. Una mujer embarazada, cayendo la noche, irrumpe preguntando si ha estado ahí su marido. Alguien le contesta que sí, pero que se marchó hace unas horas.
Elena Román.
Ciudad girándose 
(Ediciones de Baile del Sol, 2015).


Bares, ¡qué lugares! (en el blog de Elías Moro)
15 bares míticos de Madrid
Aproximación a los bares madrileños para "puretas"
Karmelo C. Iribarren: el poeta salvaje que nació en un bar

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(Karmelo C. Iribarren.
Seguro que esta historia te suena,
Renacimiento, 2005)

EL BAR DE AMIGO CHECHU (Drunk song): un poema de Ape Rotoma

El bar de mi amigo Chechu es el café
de Nicanor que canta Joaquín Sabina,
es el Cheers de Boston, where
everybody knows your name
y también knows otras cosas
about you, es la taberna de Moe,
es un refugio nuclear que protege
del fracaso y del desánimo
a unos cuantos desnortados
que devienen importantes y famosos
personajes sólo con estar allí,
es un gran templo pagano
donde oficia sus ministerios
la sacerdotisa Patty, camarera
y confesora, juez y parte,
simpatía por arrobas y una sonrisa perenne,
es también sala de juegos
(tanto da julepe o trívial)
y pabellón de reposo, es un barrio
de Calcuta en ocasiones,
donde se ve lo más raro
y más variado y a nadie le importa un pijo,
donde se habla o no se habla
con nadie o se habla solo,
se arregla el mundo y se rompe,
se respira una empatía hipertrofiada,
se recuerda y fantasea,
se merienda si hace falta una pizza
o un jamón, algo del chino
o del búrguer de la esquina
y, sobre todo, se bebe, claro está,
las copas que pone el Gato
y que parecen piscinas aunque
sin escalerilla, diría mi colega Frito
al que me alegra traer a colación
ya que pasa allí más horas
que los propios taburetes y es el alma
de las obligadas fiestas de los viernes
y los sábados y las menos obligadas
de algún jueves y algún domingo que otro
y del miércoles que toque
porque eso nunca se sabe,
es el abono que propicia la existencia y crecimiento
de una gran familia falsa, o sea,
una de las más auténticas, enmarcada y sustentada
por los vapores etílicos, el humo denso
del tabaco o lo que sea y los viajes
al servicio a lo que sea también,
es la hostia, es el copón
de la baraja, es la leche.
Ape Rotoma
Mensajes de texto y otros mensajes,
Renacimiento, 2014




MIENTRAS HAYA BARES (ARTÍCULO DE JUAN TALLÓN -completo aquí)
Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, “donde la soledad se verifica en medio de los demás”. Se trata de un espacio en el que “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto”. El novelista italiano acude a escribir casi siempre al Café San Marcos, en Trieste. Está acostumbrado a su torbellino, donde nada lo molesta. En Microcosmos, uno de sus más interesantes libros, rinde homenaje a los cafés. Joya del art nouveau, se trata del mismo local en el que Italo Svevo solía empezar sus mañanas, con la segunda caja de cigarrillos del día a medio fumar. No demasiado lejos de allí, en el Café Stella Polare, Svevo recibía clases de inglés de James Joyce, que también a menudo escribía en bares.
Magris necesita intimidad, y el bar es el lugar perfecto. Solo hay gente y ruido. Al parecer, son la clase de condiciones adversas que favorecen el tipo de aislamiento en el que su literatura avanza con determinación. Porque no se trata tanto de estar solo, como incomunicado, y eso lo consigue pese al ruido de la clientela y la máquina del café. Las multitudes, y sus barullos, también arrullan. Hay un momento en Gilda (1946), de Charles Vidor, en que el individuo que limpia los baños del casino consuela al personaje que interpreta Rita Hayworth diciéndole: “Con tanta gente se siente uno solo”. Esta clase de multitud, justamente, es la que consuela a Magris y lo acuna para escribir entre el gentío.

César Aira, desde las cafeterías del barrio de Flores, en Buenos Aires, también cultiva esta suposición: el bar ayuda a escribir. “Yo necesito una mezcla de concentración y distracción”, asegura, y eso sóolo se lo proporciona un local lleno de gente comentando trivialidades en la barra. “Si hay suerte, alguna me sirve para la siguiente novela, incluso para dar un giro a la que estoy escribiendo en ese momento”.
La literatura no siempre tiene que ver con la comodidad de una habitación con vistas, ni con la posibilidad de escribir en bata y en zapatillas a cuadros, mientras buscas la novela perfecta desde tu hogar. Hay muchas formas de comodidad, y entre ellas se encuentra el fastidio de un local ruidoso y transitado, cuando no con olor a cebolla frita en el ambiente. No es lo peor que puede haber en el aire. En 1922, instalado ya en París, Ernest Hemingway bajaba a escribir al café que había en la planta baja de su edificio, donde se bailaba bal musette a todo volumen. Allí escribió sus primeros cuentos, mecido por el caos, incluso el mal gusto, y bebiendo ron Saint James, con propiedades aislantes. Todo el instrumental que precisaba eran la bebida, las libretas de lomo azul, los lápices y el sacapuntas. Poco después de que su primera mujer, Hadley Richardson, extraviara durante un viaje en tren la maleta con su primer manuscrito, el autor norteamericano se puso a escribir en La Closerie des Lilas Fiesta. El ambiente del local le sentaba bien a su estilo. Allí plasmó también parte de Adiós a las armas. En realidad, las cosas más interesantes, si eras un escritor floreciente, solo podían sucederte en aquel lugar. Allí, de hecho, Francis Scott Fitzgerald le dio a leer El gran Gatsby, después de conocerse, en 1925, en el bar Dingo.
En aquellos años felices, entre guerras, todo lo bueno ocurría en la cama y los bares, como en la actualidad, probablemente. Aunque no se puede hablar de la generación perdida, como su madrina Gertrude Stein la bautizó —”You’re all a Lost Generation“, le dijo a Hemingway durante una de sus conversaciones—, sin mencionar el último reducto: el bar del Ritz. Casi al final de la SEgunda Guerra Mundial, Ernest se sumó a las escaramuzas para liberar el local de la presencia alemana. Y una vez liberado, lo celebró como se debe. La leyenda dice que se bebió 51 dry martinis. Puede ser. En Al romper el alba confiesa, esclarecedoramente: “Por lo que contaban, Churchill bebía el doble que yo y acababan de darle el premio Nobel de Literatura. Yo lo único que intentaba era ir aumentando mi cuota de alcohol para estar a una altura razonable por si me daban el premio a mí, ¿quién sabe?”. 
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MI PATRIA SON LOS BARES

Mi patria son los bares
y los patios. Sitios
donde estar sola
y sentir los rumores
de la vida. Por desgracia
hace ya tiempo
que abandoné las ramas
y los claros del bosque.
Ahora lo amortiguado
los saldos, la imitación:
donde también se vive.
Ana Pérez Cañamares.
Economía de guerra.
Ediciones Lupercalia

martes, 21 de marzo de 2017

La mariposa (un poema bestial de Tonino Guerra)

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La mariposa

Contento, lo que se dice contento,
he estado muchas veces en la vida
pero más que ninguna cuando
me liberaron en Alemania,
que me quedé mirando una mariposa
sin ganas de comérmela.
Tonino Guerra
(Traducido por Juan Vicente Piqueras)
Universidad Popular José Hierro

lunes, 20 de marzo de 2017

Recitando "When the soldiers are singing"


When the soldiers are singing

Toda vida es un proceso de demolición.
Francis Scott Fitzgerald

Imagino a mi mujer imaginándose
con otro sin esta tripa temeraria,
que ya no espanto ni disparando
una salva de verduras de advertencia
al principio de cada comida.

No sé.

Quizás él no empiece tantos libros
ni sea un fiera en los chistes malos,
pero sé que una mujer necesita
modelos de gama alta que enciendan
sus más bajas pasiones terrenales.

La política de contención ha fracasado:
el enemigo avanza camuflado en la rutina.

Y pongo el despertador una hora antes
para ver si hay huevos de correr un rato.
Pero me quedo mirando fotos viejas
con los ojos llorosos
y los michelines acojonados.

Y empiezo una paja en silencio
con más pena que ganas y cayendo
en derivas metafísicas: supongo
que existe un yo distinto en otra
dimensión sin extra de queso,
que se levanta temprano sin problemas
a ejercitar sus músculos de acero.

Pero, quién sabe: tal vez lo haga
porque necesita remarcarse
los abdominales por algo parecido
a lo que a ti te atenaza ahora.

Al fin y al cabo, la mujer de tus sueños
nunca estará contenta en tus pesadillas.

Déjate de cuentos, Víctor, y asume
en qué te has convertido aquí y ahora:
una caricatura  de ti mismo
condenada a un aterrizaje
de emergencia o un declive progresivo.
Pero también, no lo olvides, sigues siendo
un soldado que sabe jugar sucio
y conoce el campo de batalla.

¿Eres o no un veterano dispuesto
a dejarse matar por su única patria?
Varón  que arrastra sus setenta
y seis kilos de peso y diecisiete
centímetros kamikazes desplegados
a tiempo de acabar con esta guerra
en un redentor polvo mañanero.

Sal ahí, muchacho. Demuestra
de qué madera estás hecho.

Diario de un puretas recién casado,
Ediciones Liliputienses, 2016

domingo, 19 de marzo de 2017

TU SANGRE EN MIS VENAS

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Como ya comenté en esta entrada, he tenido la buena suerte biográfica y mala suerte literaria de que me tocara un buen padre: cariñoso, comprensivo y, como decía Machado, "en el buen sentido de la palabra, bueno". O, lo que es lo mismo, un mal leit-motiv literario.
Sin embargo, es un tema que me interesa y que he comenzado a tratar en este blog, agrupando diversos poemas o fragmentos de obras bajo la etiqueta de "La muerte del padre", que espero que vaya aumentando y completándose en los próximos tiempos.

Por eso me interesó enseguida la antología Tu sangre en mis venas, editada hace poco por Enrique García-Márquez para Renacimiento y tenía pensado escribirme una reseña al respecto, hasta que vi la que había colgado José Luis García Martín en su blog y consideré que, después de ella, poco podía o, más bien, debía añadir yo.

La antología no comete el mayúsculo de dejar fuera el mejor poema al respecto (como sí hiciera la de Balón envenenado, publicada por Visor, al omitir "Fuera de juego" de Alberto Tesán). Es decir, sí incluye esta maravilla de Juan Bonilla, que solo pueden leer completa en Poemas pequeño-burgueses, la citada antología o en esta entrada de mi blog.

Además, muchas otras joyas paternofiliales de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, JRJ, Jaime Sabines, L.A. de Cuenca...

Personalmente, voy a rescatar este poema de Jesús Cotta:

VÍA PERSONAL
Porque el azar no explica a Rita Hayworth,
porque mira esa flor en la colina,
porque, si no, a quién daré las gracias,
porque también existes tú, mi vida,
porque no he muerto treinta y tres mil veces,
porque tengo una sed que es infinita,
porque apuntan a Él todos los árboles,
los zigurats, los ríos y las vidas.
Que sí, que existe Dios.
Me lo dijo mi padre en su agonía.

Menos la luna y yo
Jesús Cotta.
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013


El día del padre (Egon Soda)


Mi Padre, el rey (Gsús Bonilla)


1.
mi Padre, el rey, el más elegante de todos,
presumía de monarca; tenía un universo por corbata

21.
los sueños inverosímiles
tienen forma de muchacho progresando
y alas magenta de mariposa fiel

22.
nadie lo sabe,
pero dejó los bártulos a la vista
porque no tenía nada que esonder

23.
nos dimos cuenta tarde
de que el tren pasa

y su sombra va más rápido

y a la sombra
siempre le acompaña la sospecha

55.
el calor de papá quema,
las caricias de mamá abrasan.

arder a contra luz.

yo quisiera saber si te excitaba ese vaivén de segundos
cuando mi paciencia se desnudaba
ante aquel olor a cera y fósforo
cuando su cuerpo presente ya
era historia mía

un poco antes de ser cenizas

61.
me
incitaste
a subir

a arrojarme
me invitaste

me 
lancé                         con miedo
me 
lancé

ya
no
estabas

me
c
a
í

me
auxiliaste

me 
asististe

no te fíes ni de tu padre
concluiste

ni             de mi instinto
pensé


mi Padre, el rey
Gsús Bonilla
Ediciones La Baragaña, 2012

domingo, 12 de marzo de 2017

Muchos años después, frente al tribunal de oposiciones...

 
Muchos años después, frente el tribunal de oposiciones, Aurelio Bueno Díaz, habría de recordar aquella tarde de domingo remota en que su padre lo llevó a conocer el Calderón. Plasencia era entonces una ciudad provinciana a medio camino del éxito y la ruina (que, finalmente, se acabaría imponiendo), construida sobre el curso de un río turbio y seco que discurría vacilante sobre un lecho de piedras grises como la vida contemporánea. El mundo ya era viejo pero todavía aguantaba y la gente caminaba con la cabeza gacha, olvidando todo a cada instante. Todos los años, por el mes de mayo, en preparación de la feria, llegaban varias decenas de negros dedicados al comercio ilícito de cultura pirateada y desplegaban mantas abarrotadas de abalorios, cedés, baratijas e imitaciones de las mejores marcas: capitalismo decrépito y consumismo encriptado.

jueves, 9 de marzo de 2017

Canto a ti mismo

Nayagua 22

El mundo necesita más azúcar,
más libro de autoayuda para imbéciles,
poemas con faltas de ortografía
en fotos o recitados con voz
grandilocuente y música hortera,
para compartir por Facebook, Twitter
Youtube e Instagram.

El mundo requiere de sinvergüenzas
jugando a hacerse los sensibles
a ver si follan. Y necesita
que lo hagan público con descaro:
que nos bombardeen a todos
por su causa y nos hagan víctimas
colaterales de salidos
sin carisma, talento ni gracia.

Necesitamos más analfabetos
funcionales llenándose la boca
con palabras que ya no significan
nada. Como "principios", "poesía",
"cultura", "barrio", "gente" y, sobre todo,
que no olviden poner mal tres de cada
cinco comas.

Sí, el mundo necesita más poemas
que repitan tópicos de miradas,
Revolución, mariposas, espíritu.
Más porno para mamás malfolladas.

El mundo precisa de cursis
repitiendo peor lo mismo de siempre
creyendo que son únicos, distintos,
irrepetibles y, sobre todo, 
necesita gente que les ría
las gracias.

Así que no te preguntes qué puede
hacer la poesía por ti:
pregúntate cuánto daño estás dispuesto
a hacerle a la poesía de verdad
por tirarte el pisto un rato. Y hazlo.
A ver si al menos follas.

(Poema publicado en el número 22 de la Revista Nayagua
a cuyo índice pueden acceder en este enlace)

miércoles, 8 de marzo de 2017

Escrito queda


ESCRITO QUEDA 

Por mucho que intente hacerme el fantasma,
entre las mujeres de mi vida siempre
ha predominado la calidad sobre el número
y me han tratado progresivamente 
mejor en proporción inversa a mis méritos
hasta llegar a la definitiva.
Que lo será siempre, sea o no, 
quién sabe, la última. Escrito queda.

La huida hacia delante.
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2014

martes, 7 de marzo de 2017

Seguir es arrastrar lo que nos queda (Alejandro González Terriza)

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XI. DÓNDE ESTÁN LAS LLAVES

Hay algo de siniestro en la conducta
de un virus que se afirma y se replica,
de un verso que organiza sus acentos
o un sentimiento ya cicatrizado.
Seguir es arrastrar lo que nos queda:
maletas somnolientas en la lluvia
y el párpado capaz de endurecerse.
Vivimos, y eso es todo, siendo nada:
las llaves de una casa abandonada.

XII. CONJUGACIONES

Ahora que soy pequeño como el prólogo de un sueño
y mis zapatos húmedos aprenden a volar,
no quieras ya tirar de la costura del recuerdo,
no vayas a quedarte, como el sol, a medio arder.
No hay nada tan urgente que no sea irremediable
caer en que no puedes pronunciarlo sin mentir.
Es la palabra el único tesoro que persiste:
el lápiz con que puedas dibujar cualquier color.

XIII. DUDA METÓDICA

Llama 300 veces a la puerta.
Por último, alguien abre y le confirma
que no hay nadie. Se marcha, satisfecho.

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XIV. PROSAÍSMOS

Escala descendente de evidencia.
Vivimos entre otros. Con los otros.
Por los otros, tal vez. Unos por otros,
como quien va pasándose la china.
Un día te la ligas. Y la palmas.

El agua siempre encuentra su camino
(Prólogo de Luis Alberto de Cuenca)
Alejandro González Terriza
Renacimiento, 2016

Posada VS Posada

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Jorge Posada es el catcher con el mejor promedio de bateo (.330) en la historia de las grandes Ligas y no el hombre que ha perdido siete veces el dinero al esconderlo entre sus libros.

Jorge Posada participó en seis juegos de estrellas y fue campeón mundial en cuatro ocasiones; distinto, pues, al hombre que al orinar moja su camisa.

Jorge Posada nació en Puerto Rico y forma parte del cuadro ideal de los Yankees; por lo tanto no es el hombre que nació en la única clínica de un pueblo de provincia en México y que en su oficina se le considera el más torpe de los secretarios.

Jorge Posada tiene el aspecto de un deportista de élite y al retirarse sabe que su número y su nombre serán inmortales; el otro, por las mañanas huele y se comporta como un alcohólico e intuye que al morir solo le sobrevivirán un par de cédulas y certificados.

Depresión tropical
Jorge Posada
Editorial Polibea, 2017

miércoles, 1 de marzo de 2017

Las malas compañias (un poema de Felipe Benítez Reyes)

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Las malas compañías

Los amigos que tengo hacen vida de barra,
distraen a las perdidas, salen sólo de noche.
Los amigos que tengo maldicen a la vida
apoyados en barras, meciendo copas frías,
perdidos en la noche.
A menudo, de noche,
mis amigos dan fiestas y beben vino amargo,
pues saben que la vida exige tales gestos
a la guardia más joven que vela sus castillos,
su leyenda dorada.
Los amigos que tuve
acosaban de noche a las niñas perdidas,
castigando las barras de los bares siniestros,
castigando las barras.
Los amigos que tuve , si los tuve,
ya no son mis amigos,
que la noche es de nadie y luchamos por ella.
Mis amigos van solos cuando sale la luna
y nos vemos esquivos y a veces nos hablamos.
Alardea cada cual de sus heridas.
Los amigos que tengo, si los tengo,
llevan luz de la luna en sus ojos cansados.
Yo tengo unos amigos que no sé si los tengo,
cometas que van errantes, gente ociosa que esconde
un corazón helado quemándole en el pecho.

(Por cierto, siempre que leo este poema me acuerdo de esta canción de Loquillo, cuya letra está adaptada por Gabriel Sopeña a partir de un poema inédito de Jacques Brel)


lunes, 27 de febrero de 2017

"Impunidad" (un relato sobre los Oscar plagiado este año por Warren Beatty)


Impunidad

Finalmente, contra todo pronóstico y pese a las buenas críticas recibidas, el actor de pétreo rostro y triste mirada celeste no fue nominado al Oscar al mejor actor principal por su actuación en “El hombre que llegó tarde”. De esta forma quedaba descartada la que parecía su última opción de conseguir la estatuilla. Había estado muy cerca quince años antes, cuando, de hecho, resultó una sorpresa que finalmente no fuera premiado, puesto que todos los indicios apuntaban a él y llegaba a la gala avalado por numerosos premios internacionales e incluso con el Globo de Oro, que en tantas ocasiones ha sido tomado como preludio de los premios de la Academia de Hollywood. Aquella vez contaba además con el factor de los méritos de una carrera coherente en el circuito independiente, con varios papeles muy reseñados en distintas facetas hasta que fue elegido por primera vez como protagonista para el nuevo drama de un conocido y excéntrico director. El rodaje fue enloquecedor, pero ese caos y la mala relación que se fue extendiendo entre el equipo quizás contribuyeron a que se metiera en la piel del presidiario ex -boxeador que busca, con sangre fría y crueldad, el respeto que le permita vivir al margen de las rencillas de la prisión para modelar vírgenes de cera sin ser molestado. Tuvo que engordar quince kilos para caracterizarse como el personaje y sabía que eso también era un punto a favor, que este sacrificio dietético suele impactar favorablemente en el jurado (no había más que recordar los ejemplos de Robert de Niro en “Toro salvaje”, de Tom Hanks en “Náufrago” de, aunque sucedería más tarde, Charlize Theron en Monster…). Sin embargo, en aquella ocasión el compromiso biológico no mereció la atención de los críticos de la Academia, que acabaron premiando a un desconocido actor de raíces australianas y a su interpretación de un pederasta arrepentido que trata de rehacer su vida en un barrio negro de Los Ángeles. Una basura considerable.
El actor de triste mirada celeste y pétreo rostro agrio recuerda ahora que, cuando llegó el momento en que se iba a otorgar la dorada estatuilla a los protagonistas más acertados, un ensordecedor silencio se alzó sobre los susurros más o menos contenidos de los asistentes y sobre la voz del maestro de ceremonias, ese comicastro ya calvo y sin gracia. Recuerda la agitación cada vez mayor y el bombeo de sangre alocado y casi audible que le golpeaba mientras nombraban a sus tres competidores y, finalmente, en último lugar, a él mismo. Apenas pudo esbozar una mínima sonrisa y tratar de parecer ajeno, divertido con la fiesta pero no excitado ni nervioso. Luego llegó el silencio.

Le gusta pensar que entonces, en ese silencio, recordó su infancia de chico tímido y acomplejado que, un día, descubrió el cine como válvula de escape de una adolescencia cruel y autodestructiva y una sociedad indescifrable. Que se le pasó por la mente las broncas con sus padres cuando les transmitió que abandonaba el hogar familiar para irse a una ciudad lejana a estudiar una carrera “para hippies” que auguruaba un futuro desolador entre la inmundicia y la homosexualidad. Le gusta contar cuando revive ese momento que pensó en los años de actor en paro, en los meses de actor pobre, en la forja de un carácter y un destino entre latas de conserva, botellas de vino barato, chivatos de una cocaína lamentable hasta que sonó un teléfono que marcó un cambio. Le gusta intentar convencerse de que pensó todo eso pero, en realidad, no pensó en nada que no fuera repetir mentalmente la letanía “que me lo den, que me lo den, que me lo den”. 

Aún más zumbante e hiriente que el silencio fue la broma tópica y sin gracia entre los dos presentadores y el momento eterno que tardaron en abrir el puto sobre. Todavía hoy jura que oyó cómo se rasgaba. Alguien le dio una palmada leve en el hombro y él sintió deseos de cerrar sus ojos celestes, o de santiguarse, pero sabía que no podía hacerlo, que una cámara no perdía detalles de sus gestos y los retransmitía en un cuadrito en el margen izquierdo inferior de la pantalla. Entonces fue cuando  no oyó su nombre. Y el silencio que inundaba todo estuvo cerca de perderlo pues el impulso automático y casi irrefrenable había sido apoyar ambas manos en los brazos de la butaca para impulsarse y salir y acabar de una vez con esa tensión, levantarse y salir y respirar, pues allí sentado se ahogaba y, al menos, aunque fuera trágicamente al fin había terminado la espera. Pudo controlarse cuando ya se incorporaba levemente y, aturdido, se dejó caer hacia atrás sin entender qué ocurría y oyó al resto del auditorio aplaudiendo y supo que él también estaba obligado a hacerlo y a fingir que se alegraba por su compañero. Y así lo hizo. Y mordiéndose los labios (era un actor de método) dominó la mueca de desilusión, de ira, de desengaño, y prosiguió con su papel de bobalicón sonriente y solidario mientras el ganador, radiante y visiblemente emocionado, subía al escenario. No pudo escuchar nada de lo que dijo. Sólo oía una y otra vez, en tortuosa repetición, el discurso que había preparado ante el espejo los días precedentes.

Al menos hoy no tendría que pasar por ese trago.


Como venía siendo una tónica frecuente, tal vez en forma de desagravio o premio de consolación para el rechazado (o quizá para prolongar el escarnio y zaherimiento) el actor de rostro granítico y acuosa mirada celeste fue invitado a entregar el galardón de una de las categorías menores (mejor maquillaje y peluquería). Lógicamente aceptó, asumiendo que esta vez su presencia en la ceremonia carecería por completo de interés. Su papel hoy sería nimio, radicalmente secundario: el del actor veterano que pasea su rostro no conocido en exceso, que a todos resulta familiar pero no logran recordar con precisión su nombre, y que no tiene más labor que entregar el premio a él nunca otorgado y ya sin posibilidades de recibir.

Tal vez su nueva no nominación obedecía a un castigo por las malas elecciones que hizo después de ese gran papel en el drama de éxito alabado por la crítica de quince años atrás. Fue el momento álgido de su carrera y, con la idea de aprovechar ese instante de reconocimiento, se embarcó rápidamente en una gran producción de un director con dos largometrajes discretos que parecía tener su oportunidad ahora que la productora confiaba en el guión de la alocada comedia que había ofrecido. Por eso no escatimó en gastos ni en el plantel, ni en el equipo, ni en las horas de rodaje y, sobre todo, se tiró la casa por la ventana en la promoción. En ella, hacían bandera de él, utilizando su rostro con expresión de cómica sorpresa bajo el que se podía leer: “El nominado al Oscar” antecediendo a su nombre. Fue un estrepitoso fracaso. Él ya lo había intuido con anterioridad, durante el rodaje de la persecución en coche (que parecía obligada en todas las cintas de ese director de enormes gafas y pelo teñido de un deslumbrante color rojo molesto) que le resultó anodina y aburrida. Sin embargo, confiaba en la promoción y, por qué no decirlo, en que él, con su buen hacer, podría salvar los momentos más decadentes de la película. No fue así. Los críticos que apenas siete meses antes habían hablado de él como “una de las grandes esperanzas de los actores de nuestro cine del momento” o le habían considerado “capaz de dotar de la máxima expresión la mirada de su en apariencia imperturbable rostro y conducir al espectador más reacio a la emoción”, ahora directamente le pasaron por encima. El actor de recia tez y blanda mirada no fue un blanco más dentro del desdén general hacia la comedia, sino el centro de todas las culpas, el chivo expiatorio de la película que, para más inri, pasó inadvertida por las salas. Fue su último papel protagonista. Sin embargo, las malas elecciones, ya en muchos casos obligadas, continuaron durante mucho tiempo. Demasiado.

Llegaron entonces años estúpidos y fugaces, de ganar y tirar dinero, de aceptar y rechazar papeles con desgana constante. Años de celebración absurda continua y enorme resaca infinita. Meses en clínicas de desintoxicación, uno o dos matrimonios fallidos, la participación en una serie policiaca sin misterio ni tensión. La vida.

Aún hoy si le preguntaran por qué lo hizo, se vería obligado a encogerse de hombros. Permanecería mudo y evitaría la respuesta incapaz de decantarse por ninguna opción con fiabilidad. También contribuiría a su silencio que le avergüence confesar que no está seguro, pero que cree que, por encima del desafío, del desprecio a la institución o a los críticos, simplemente quiso ver qué ocurriría. El caso es que, cuando el actor de pétreo rostro y mirada celeste se vio allí, en mitad del escenario y sabiendo que el público le dirigía una mirada de mínima atención y absolutamente carente de respeto ante su historial ya acabado y nunca glorioso, tras cumplir con el poco ocurrente guión y haber dado paso a los breves vídeos de los cuatro nominados y romper el sobre, no leyó el nombre que en él venía escrito. Tras el manido y chirriante “and the Oscar goes to...” hizo una larga pausa en la que se decidió a cambiar el destino: con voz indecisa al principio y desafiante al final para terminar casi chillando el nombre al repetirlo (y no son habituales esos excesos de entusiasmo en la ceremonia formal y estricta), premió, en tardía revancha, al último nominado, aquel que había sido situado por los técnicos en cuadrito del margen inferior izquierdo de la pantalla.

Tras la barrabasada volvió a sentir, igual que quince años antes, el aturdimiento, casi diría la náusea. No había pensado en las consecuencias y sólo lo hizo, por fin, ya tarde, en ese momento en que, por un instante, se figuró al millar de espectadores puestos en pie abucheándole y amenazando con lincharle pero estos, aburridos y ajenos aplaudieron levemente de forma autómata. Aún entonces temió que alguno de los encargados detuviera la mascarada pero nada ocurrió. Comprendió entonces que a poca gente le importaba, que menos aún conocían el supuesto ganador (supuesto, sí, porque el verdadero era aquel que él había elegido) y que esa obsoleta y anticuada Academia hipócrita elegiría sin dudar la mentira al escándalo. “Prefiero la injusticia al caos”, todos y cada uno de los que la formaban suscribirían esa cita. Y, sintiéndose seguro ya, sonrió a los aplausos que se apagaban, cansinos siempre, cansados pronto.

Cuando al fin su nominado llegó a su lado le notó emocionado pero tranquilo y, al darle un fuerte abrazo (que El Elegido recibió con sorpresa y devolvió flojo y fofo) le pareció un ganador digno. No le conocía, ni a él ni su trabajo, pero pensó que había hecho justicia. Al fin y al cabo ¿qué diferencia había?. ¿Tenía acaso mayor validez el meditado juicio de unos especialistas que el suyo, puramente instintivo? Quedaba claro que no. Había tenido el derecho a ser un dios, a decidir sobre la vida de cuatro personas y lo había hecho como deben hacerlo los dioses: tirando los dados mientras miran hacia otro lado, de forma aleatoria, caprichosa e impune. Se sabía intocable. Los dioses no han de rendir cuentas a nadie y fulminarán con rayo justiciero al temerario que se atreva a exigirlas. Es lo que tienen.
Por primera vez en mucho tiempo permaneció exultante y satisfecho en la fiesta posterior a la ceremonia y borracho y contento volvió a felicitar encarecidamente a su pupilo, a Su Elegido, que recibió con incomodidad y timidez el entusiasmo de aquel actor que le era lejanamente familiar, que creía haber visto en varias producciones televisivas mediocres y quizá también, en una gran película anticuada. El actor de rostro pétreo siguió bebiendo aún y cuentan que cuando su mirada celeste estaba ya aguada y perdida hizo un corte de mangas al famoso galán galardonado ese año con el Oscar al mejor actor y que se hubiera abalanzado sobre él al grito de “mamarracho con suerte” si no se lo hubieran impedido; pero él no lo recuerda. Sí que sabe con total precisión que hubo de pedir un taxi que lo condujera a su casa sin piscina, inconfundible con una mansión, alejada de Beverly Hills y en donde no tenía televisión. Y sabe también que se quedó mucho tiempo, aunque no puede precisar cuánto, mirando su viejo globo de oro, sintiéndose un malhechor justiciero (y sostiene que lo pensó con esa misma paradoja), un hombre que ha alcanzado al fin su correspondiente y motivada venganza.

Lo que no sabía ni supo nunca era que su acción no había sido original y que, bien al contrario, supone una práctica habitual en la gala de los Oscars despreciar la sentencia de los aparentemente sagrados sobres. Tal vez con mayor premeditación y menor visceral intuición que él, ante el desdén aburrido de unos críticos y técnicos que ya se lo esperan y lo asumen como irrefrenable y, a fin de cuentas, indigno de la atención que supondría una corrección o un castigo, fracasados con ánimo de revancha como el actor del pétreo rostro, cambian los designios a su antojo, ventajistas premian a amigos, morosos devuelven favores o actores pelotas agasajan a directores para tratar de conseguir un próximo papel. El actor de pétreo rostro y triste mirada celeste no sabía ni supo nunca que eso mismo habían hecho, con el único propósito de divertirse, los dos presentadores al premio al mejor actor quince ediciones antes, negándose a leer el nombre elegido por el jurado, su nombre, y premiando otro al tuntún, sintiéndose como poderosos, al decidir sobre la vida de los demás lo hacen tirando los dados mientras miran a otro lado, de forma azarosa, voluble e impune. Como caprichosos dioses niñatos.

Víctor Peña Dacosta,
Salamanca, 2007.
(Relato inédito)

Amigas I (un poemazo de María Bastarós)



María Bastarós
Publicado en el fanzine Brochetas de cosas emocionantes