ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


lunes, 18 de septiembre de 2017

EL PROFETA MUDO (Joseph Roth)

Joseph Roth me parece sin duda uno de los mejores escritores del siglo XX. El profeta mudo novela la vida de Leon Trotsky basándose en las escasas noticias que se iban filtrando y, pese a ello, es una obra maravillosamente bien escrita, elegante, entretenida, divertida y, sobre todo, resulta una increíble lectura de los convulsos tiempo de cambio y una preclara anticipación de lo que quedaba por venir. Más que recomendable (como siempre ocurre en la sección "Despiece" de este blog, selecciono los fragmentos más destacables sin desvelar el argumento).

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En medio de ese color local, extraño y muy poco europeo, entre el abigarrado tumulto de aventuras, confusión lingüística y semirrusticidad, resplandecía aún el mustio brillo de un patriarcalismo bonachón con el cual los propietarios reducían los salarios de los pequeños artesanos y de los escasos obreros, manteniendo a los pobres en un estado de sumisión que era visible en las calles, junto a la postración de los mendigos. 
Los que estaban establecidos odiaban también allí a los inmigrantes nuevos; todo pobre recién llegado —y cada semana llegaban varios— era acogido con la misma hostilidad con que, en su momento, habían sido recibidos ellos mismos. E incluso los mendigos, que vivían de limosnas, temían la competencia como si ellos mismos fueran comerciantes. Los oficiales de la guarnición irradiaban un resplandor metálico que subyugaba a las hijas de los pequeñoburgueses. (...)
Friedrich participaba regularmente en las reuniones de Chaikin. Empezó a asistir por curiosidad. Y se quedó por ambición. En las discusiones aprendió a tener razón a cualquier precio, desarrollando su enorme talento para hacer formulaciones falsas. Le agradaba el silencio que se imponía en cuanto él pedía la palabra, y en el cual creía oír su propia voz aun antes de que resonase.
Pasaba días enteros preparándose contra cualquier probable objeción. Aprendió a simular una agilidad en la réplica que en realidad no poseía. Repetía, como propias, frases tomadas de diversos folletos. Y disfrutaba de sus triunfos. Sin embargo, aún amaba sinceramente a los pobres que lo escuchaban, así como el rojo incendio que deseaba encender en el mundo.
¡El mundo! ¡Qué palabra! La escuchaba con oídos jóvenes. Irradiaba una gran belleza, al tiempo que escondía una injusticia enorme. Dos veces por semana creía necesario destruir el mundo, mientras que los otros días se preparaba a conquistarlo. (…)
Friedrich estaba dispuesto aresistirse a cualquier tipo de emoción tradicional. El miedo a la melancolía le había conferido esa falsa solidez de la que tanto se enorgullecen los jóvenes, considerándola una muestra de virilidad.
Exageró la importancia del momento. Ya había leído demasiado. Y entonces revivió, de golpe, cientos de descripciones de otras tantas despedidas. Mas cuando el tren comenzó a moverse, olvidó la ciudad que iba dejando atrás para pensar sólo en el mundo al que se dirigía. (…)

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Se cruzó con un coche. Las silenciosas ruedas cubiertas de goma deslizábanse sobre el adoquinado como sobre una mesa lisa. Sólo se oía el feudal y estimulante chacoloteo de los cascos de los caballos. En el coche, bajo un parasol de color claro como los que se usaban entonces, iba una joven.
Al adelantarlo, la muchacha tuvo tiempo suficiente para observar a Friedrich con esa indiferencia torpe y ofensiva con que se mira un árbol, un caballo o el poste de una farola. Él se deslizó ante sus ojos como ante un par de espejos (…)
Aquel encuentro con una mujer hermosa fue como el primer contacto con un enemigo. Friedrich examinó su posición. Pasó revista a sus fuerzas, las convocó y se preguntó si podría arriesgar una batalla. Acababa de superar una barrera. Un ridículo examen lo había convertido en un ser apto para el juego social (…)
No podía alejarse de aquel barrio tranquilo, de gente feliz y acomodada, en el que había ido a parar. Dio largos rodeos, como si en virtud de algún milagro pudiera llegar a su casa de buenas a primeras, sin haber cruzado antes las ruidosas y malolientes calles que conducían a ella. Las chimeneas de las fábricas surgieron de pronto detrás de los techos. La gente, que había dormido en albergues masificados, no lograba mantener el equilibrio y parecía ebria. La prisa de los pobres es tímida y silenciosa, a pesar de lo cual produce un ruido indefinido (…)
En aquella época se fue creando entre Friedrich y yo una relación bastante singular, que me atrevería a calificar de familiaridad no amistosa, o de camaradería sin estima. Incluso la simpatía que nos unió más tarde, al principio no existía. Fue surgiendo de la atención que un buen día comenzamos a prestarnos mutuamente, así como de la desconfianza recíproca en la que a veces nos sorprendíamos. Hasta que por último empezamos a estimarnos. La confianza creció lentamente, alimentada por las miradas que, casi sin darnos cuenta, intercambiábamos en compañía de otros, y no tanto por las palabras que nos decíamos como por el silencio en que solíamos enfrascarnos al estar sentados o paseando. Si nuestras vidas no hubieran seguido cursos tan distintos, quizá Friedrich habría llegado a ser amigo mío (…)
Pasó un buen tiempo sin que Friedrich se animara a buscar a Savelli, que seguía viviendo en Viena. Tenía miedo. Creía tener aún la posibilidad de elegir entre lo que él mismo llamaba el «ascetismo del revolucionario» y el «mundo», vago concepto romántico integrado por alegrías, luchas y victorias. Odiaba las instituciones de ese mundo, pero aún creía en ellas. (…)
Sólo en los ojos de algunos estudiantes judíos brillaba una aflicción inteligente, astuta o incluso ingenua.
Pero era la tristeza de la sangre, del pueblo, transmitida en herencia al individuo y adquirida por éste sin riesgo alguno. Los otros también habían heredado su propia jovialidad. Sólo los grupos se distinguían entre sí por sus cintas, colores y opiniones. Se preparaban a vivir en el cuartel y cada uno llevaba ya su arma, que denominaba su «ideal». (…)
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«No —decía—, prefiero conversar con Grünhut. Los he calado a todos. Esa ingeniosa coquetería de los profesores elegantes que todas las tardes, de seis a ocho, organizan lecturas para muchachas de la buena sociedad. Una breve incursión en la filosofía, en la historia del arte del Renacimiento, con diapositivas proyectadas en la sala oscura, o bien en la economía política, con unas cuantas estocadas al marxismo…, no, no son cosas para mí.
Y luego los llamados profesores serios, que dan clase por la mañana, a las ocho y cuarto, poco después de la salida del sol, para quedar libres todo el día… y dedicarse a sus propios trabajos. Y esos docentes barbudos que andan a la caza de algún buen partido para convertirse en profesores titulares y remunerados gracias a una relación con el ministro de Educación. Y esa sonrisa maligna de los examinadores insidiosos, que obtienen brillantes victorias sobre los candidatos suspendidos. La universidad es una institución para jóvenes de la alta burguesía, con una preparación regular, ocho años de escuela secundaria, clases particulares, perspectivas de obtener un puesto en la magistratura o de montarse un buen estudio de abogado gracias al matrimonio con alguna prima de segundo grado (no de primero, por la consanguinidad). Todo eso está muy bien para los bueyes de esas agrupaciones que se vapulean, para los arios puros, los sionistas puros, los checos o los serbios puros. (…)
Se acostumbró a sacar de la renuncia y del anonimato ese entusiasmo sin el cual no podría vivir. E incluso en la inexorabilidad, que tanto había temido, llegó a encontrar un encanto, así como en la desesperanza un consuelo.
Era joven. Y por tanto no sólo creía en la eficacia del sacrificio, sino también en la recompensa que de él brota, como la flor de la tumba. (…)
Ustedes no conocen a Savelli. Algún día lo entenderán, pero será demasiado tarde. Hace el papel de un hombre al que su propio corazón ya no le pertenece porque lo ha legado a la humanidad. Pero no es cierto: carece de corazón. Yo prefiero un egoísta. El egoísmo es un síntoma de humanidad. Y nuestro amigo, en cambio, es inhumano. Tiene el temperamento de un cocodrilo en tierra, la imaginación de un palafrenero y el idealismo de un izvozchik. 
—¿Y todo lo que ha hecho hasta ahora?
—Es un burdo error juzgar a los hombres por sus acciones. Deje que lo hagan los historiadores burgueses. A los actos se llega con la misma inocencia que a los sueños. Nuestro amigo, que ha asaltado bancos, hubiera podido perfectamente organizar pogromos.
—¿Y por qué sigue siendo de los nuestros?
—Porque es muy poco dotado o, mejor dicho, muy poco ágil para liberarse de la presión de su propiopasado. Los hombres de su tipo nunca se apartan del camino que eligen. No es un traidor. Pero es nuestro enemigo. Nos odia como el campesino ruso odia al intelectual de las ciudades. (…)
Él se entregó a una indolencia confusa y sin objetivo, a una especie de vacaciones. Entró en el vestíbulo donde ella había desaparecido. Faltaba un cuarto de hora para que empezara la función. Se oían los carruajes que llegaban, el solemne relinchar de los caballos, cuyos cascos chacoloteaban vivamente, y los gritos de aliento de los cocheros. El vestíbulo se fue llenando de olor a polvos y perfumes, del frufrú de los vestidos y de un torbellino de saludos. Los numerosos caballeros que esperaban apoyados contra las paredes se descubrían con gestos más o menos amplios, o bien se limitaban a inclinar la cabeza y sonreír. Por la expresión de sus caras o sus reacciones podía apreciar Friedrich el rango social de los que entraban: aquellos hombres eran espejos vivientes apostados en los rincones.
Pero ellos también tenían un rango y un carácter, y podían ver corroborada, por la forma en que sus saludos eran correspondidos, su propia posición en el gran mundo. (…)
Por primera vez no sintió Friedrich odio alguno hacia ellos y sí, más bien, cierta solidaridad con el policía gracias al cual la armonía de ese hermoso caos no era perturbada por ningún borracho o delincuente.
«Nadie aquí sospecha quién soy yo. Deben de tomarme por un estudiante sin importancia», pensó. Cuando la mirada de alguna mujer lo rozaba, sentía gratitud por todo el bello sexo. Son seres con instinto, se decía. Los hombres, en cambio, son rudos, y de pronto compadeció a las damas de la sociedad, que pasan la vida penosamente y dejan marchitar su belleza en compañía de tenientes necios o financieros brutales. Necesitan hombres muy distintos. Y claro está, pensó en sí mismo. (…)
Al grito de: «¡Igualdad de derechos para todos!», las jovencitas de buena familia se precipitaban entonces a la vida, a las universidades, a los ferrocarriles, a los vapores de lujo, a las salas de disección y a los laboratorios.
Para ellas soplaba por el mundo el conocido vientecillo fresco que toda generación joven se imagina sentir.
Hilde estaba decidida a no entregarse a un marido. Su «amiga más íntima» la había traicionado casándose con el riquísimo señor G.: poseía coches, caballos, criados, cocheros y lacayos de librea. Pero Hilde, que compartía gustosa las riquezas de su amiga y le pedía sus coches y lacayos de librea para ir de compras, afirmaba: «La felicidad de Irene no me interesa, ha vendido su libertad». Y los hombres con los que dialogaba en estos términos la encontraban encantadora, extraordinariamente inteligente y de una testarudez deliciosa. Y como además tenía dote y un padre muy bien relacionado, el que menos —hombres chapados a la antigua, como lo son todos — pensaba pedirla en matrimonio pese a su negativa de principio. (…)
Toda esa juventud aún no soñaba que muy pronto sería diezmada por una guerra mundial, y vivía como si tuviese que romper cadenas de manera ininterrumpida. Los jóvenes funcionarios hablaban de los peligros que amenazaban al viejo imperio; de la necesidad de asegurar una amplia autonomía a las naciones o de imponer un puño fuerte y centralizador; de disolver el Parlamento o de elegir con más cuidado a los ministros; de una ruptura con Alemania, de un acercamiento a Francia o incluso de una vinculación más estrecha con Alemania y una provocación de Serbia. Unos querían evitar la guerra, otros, provocarla; pero todos pensaban que se trataría de una guerra breve y placentera (…)
Es cierto que usted se ha enamorado, notenga vergüenza. Es una forma de energía como la salud, por ejemplo; pero así como no se debe utilizar lasalud para ponerse aún más sano, tampoco debiera usted alimentar el amorcon su propio amor. Transfórmelo.
Intégrelo en algún tipo de acción, de lo contrario será algo torpe y sensiblero (…)Friedrich quiso decir algo conciliador. No se le ocurrió nada.
Ambos estaban ya bajo el dominio de la ley eterna que regula los malentendidos entre los dos sexos. (…)
—Soy pobre —le confesó un día a R.— y estoy del lado de los pobres. El mundo no es bueno conmigo, y yo no quiero ser bueno con él. Su injusticia es enorme, yo la estoy padeciendo. Su arbitrariedad me hace daño. Quiero hacer daño a los poderosos (…)
¿Ha pensado alguna vez en ello? Cada vez que un obrero me da la mano, pienso que aquella mano podría golpearme un día despiadadamente como la de cualquier policía. Su método es falso, y es también el mío; por eso me permito decírselo y por eso puede usted creerme. Más nos valdría darnos cuenta de que los pobres no son mejores que los ricos ni los débiles más nobles que los poderosos, y de que, muy al contrario, sólo el poder podría ser la condición previa de alguna bondad.
—Quiero partir —dijo Friedrich. —Perfecto —replicó R.—, debe exponerse al peligro. Vaya a Rusia. Con el riesgo de acabar en Siberia. T. ha estado allí, K. ha estado allí, y yo también he estado. Conozca por fin al proletariado más fuerte y obtuso del mundo. Ya verá que la desgracia no lo ha ennoblecido en absoluto. Es cruel de mi parte darle este consejo a un joven, pero así quedará curado de todas las ilusiones, sí, de todas. Y nunca más volverá a enamorarse, por citar sólo un ejemplo.
Friedrich comenzó su conferencia siguiente anunciando que había decidido partir y que otra persona le sustituiría. En una de las últimas filas vislumbró a Hilde, envuelta en un abrigo particularmente deslucido. «¡Qué mascarada!», pensó furioso. Se sintió culpable de aquella presencia. La consideró casi una traición de su parte para con la gente ante la cual estaba hablando. Empezó a leer el artículo editorial de un periódico burgués. En él se hablaba de la voluntad de las potencias centroeuropeas de asegurar la paz al mundo, y de los esfuerzos de este mismo mundo por lanzarse a una guerra.
Sacó un periódico ruso, uno francés y otro inglés, y demostró a sus auditores que todos decían lo mismo. Una lámpara pendía a poca altura de su atril y lo cegaba. Cuando quería echar una mirada a la salita, las paredes desaparecían en una tiniebla gris, perdiendo su consistencia. Retrocedían cada vez más y más, como velos impulsados por el sonido de sus palabras. Los rostros iluminados que emergían de la penumbra se decuplicaban. Él escuchaba su propia voz, el eco sonoro de sus palabras. Se hallaba ahí como a la orilla de un mar tenebroso. Sus mejores palabras le eran dictadas por la expectativa de sus oyentes. Tenía la impresión de estar hablando y escuchando al mismo tiempo, de decir y hacerse decir cosas simultáneamente, de emitir sonidos y a la vez oírlos.
Hubo un instante de silencio. Un silencio parecido a una respuesta, que vino a confirmarle su fuerza como un sello mudo. (…)
—¡Usted no sabe, usted no sabe! — dijo Grünhut—. Es joven. ¿Acaso cree que tendrá una segunda oportunidad de decir «me marcho lejos»? ¿Cree usted que la vida es infinita? Es breve y sólo puede ofrecernos unas cuantas situaciones miserables que a nosotros nos toca saber apreciar. Dos veces podrá usted decir: yo quiero; una vez: yo amo; dos veces: yo devengo, una vez: yo muero. Eso es todo. Míreme: no soy lo que se dice un hombre envidiable. Pero no quiero morir. Quizá pueda decir una vez más: yo quiero, o: yo devengo. No es que existan muchas perspectivas, pero estoy a la espera. No quiero sufrir por nadie ni por nada. Ese dolor mínimo que siente usted cuando se pincha un dedo es, sin embargo, enorme en proporción a la brevedad de su vida. ¡Y pensar que hay hombres que se dejan cortar la mano y vaciar los ojos por una idea, así: por una idea! ¡Por el género humano, en nombre de la libertad! Es horroroso. Entiendo que ya no pueda dar marcha atrás. Si hay que cometer alguna acción, hay que cometerla y basta. Luego nos hacen responsables, nos dan una medalla por eso que llaman una proeza, o nos meten presos por lo que se denomina un delito. Y nosotros no somos responsables de nada. A lo sumo somos responsables de aquello que dejamos de hacer. Si quisieran pedirnos cuentas por esto, tendrían que apalearnos, apresarnos y ahorcarnos cien veces al día. —Volvió a dirigirse hacia el cristal de la ventana. Y, siempre de espaldas a Friedrich, añadió en voz muy baja—: Pues nada, vaya y vuelva. Ya he visto partir a más de uno. (…)
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Cuatro días más tarde fueron desembarcados, conducidos a un enorme cobertizo e instalados nuevamente en vagones. Al poner pie en tierra cobraron nuevos ánimos y el estrépito de sus cadenas tornóse más ligero. Sentían la tierra aun bajo las ruedas del tren en marcha. Por las ventanillas enrejadas de los vagones veían hierba y campos, vacas y pastores, abedules y campesinos, iglesias y humo azul sobre las chimeneas, todo un mundo del cual habían sido separados. Sin embargo, era un consuelo que ese mundo no hubiera perecido, que ni siquiera hubiera cambiado. Mientras las casas permanecieran en pie y el ganado pastara, el mundo esperaría el regreso de los prisioneros. La libertad no era un bien propio que cada cual perdía. Era un elemento, como el aire (…)
Los más experimentados, que ya la conocían, empezaron a describir los horrores de aquella cárcel. Fueron los primeros en temblar ante sus propias palabras e hicieron temblar también a sus oyentes.
Mas poco a poco, a medida que iban relatando, el entusiasmo que les producía el simple hecho de hacerlo se volvió más intenso que el contenido de su discurso, y el temor de los oyentes fue cediendo paso a la curiosidad. Iban ahí sentados como niños que escuchan cuentos sobre palacios de cristal. (…)
Berzeiev tenía dinero. Sabía corromper y sustituir listas y nombres, y mientras los otros «políticos» discutían sobre el campesinado, la anarquía, Bakunin, Marx y los judíos, él iba calculando a quién darle un cigarrillo y a quién ofrecerle un rublo. (…)
—¡Qué manera de estupidizarse!
—No, no es estupidizarse —exclamó Friedrich—, sino humanizarse.
Eramos ideólogos, no seres humanos. Queríamos transformar el mundo y ahora dependemos de tarjetas postales y tenemos que comer pan.
—Estamos aquí —replicó Berzeiev en voz baja— porque no todos los hombres tienen pan. Así de simple. No necesitamos teoría ni economía política alguna. Porque no todos tienen pan…, así de simple y en realidad absurdo.
«R. ya hubiera inventado una fórmula —pensó Friedrich—. Hubiera dicho por ejemplo: “Queremos prestar ayuda, pero no hemos nacido para eso. A fin de compensar nuestra impotencia, la naturaleza nos ha dotado con un amor tan excesivo que trasciende nuestras fuerzas. Somos como un hombre que no sabe nadar, se tira al agua para salvar a otro que se está ahogando, y se va al fondo. Sin embargo, tenemos que saltar. A veces ayudamos al otro, aunque en general nos vamos los dos al fondo. Y nadie sabe si en el último instante se siente una felicidad intensa o una rabia amarga”» (…)
—No deja de ser misterioso —dijo Friedrich a Berzeiev cuando estuvieron en un cuarto de hotel— que los individuos aislados, de los que, en suma, se compone la masa, renuncien a sus atributos y lleguen a perder incluso sus instintos primarios. El individuo aislado ama la vida y teme a la muerte.
Cuando se une a otros, despilfarra su vida y desprecia la muerte. El individuo aislado se niega a hacer el servicio militar y a pagar impuestos. Cuando se une a otros, sienta plaza como voluntario y vacía sus bolsillos. Y una cosa es tan auténtica como la otra (…)
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miércoles, 30 de agosto de 2017

"Ríos" (un poemazo de Marcos Matacana Martín)


Ríos
solo para hacer florecer preguntas
sembraba a voleo respuestas
Agustín García Calvo

leíamos en clase aquel poema
que nada nos decía en una tarde
eterna de calor con voz cansada
debía de tener unos cuarenta
el viejo profesor que iba parando
para explicar de nuevo algunos versos

aquel donde era el mar según Manrique
en el morir destino en que confuyen
los ríos de la vida y yo veía
el gris azul tan claro de tus ojos
y nada me importaba sino en ellos
desembocar y hundirme en su refejo

cómo podría ser fugaz la vida
si el tiempo parecía detenerse
sentado junto a ti y en el pupitre
al contemplar tu pelo que caía
sereno adolescente virginal
cubriendo de oro el libro con un velo

cómo iba a marchitarse tu belleza
que en ese caluroso junio ardía
como una enorme hoguera de San Juan
o zarza que la llama no consume
desnuda transparente hecha de carne
mientras me acomodaba una erección

cuando llegó septiembre nos dijeron
que nuestro profesor no iba a volver
y en Navidad murió sin que a nosotros
llegase en realidad a conmovernos

leíamos en clase aquellos versos
sin sospechar que un día iba a ser yo
tratando de explicar ese poema
el viejo profesor dando el coñazo

Polvo en el aire.
Marcos Matacana Martín
Palimpsesto editorial

DESDE LAS ENTRAÑAS (Inma Luna & Zaida Escobar)

Muy, muy recomendable este bello libro con poemas de Inma Luna e ilustraciones de Zaida Escobar publicado en una cuidadísima edición de Baile del Sol.

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martes, 29 de agosto de 2017

"Comebolsas" (un poemazo de Antonio Praena)

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Comebolsas

Espero que este libro no sea leído jamás
Marguerite Yourcenar

Tampoco en estas cosas es lo mismo:
los ricos, sola y buena;
los pobres con alcohol y muy mezclada.
Las comebolsas lo saben:
te miran el reloj y los zapatos
y, si encima conduces un buen coche,
se te pegan al cuerpo y no te dejan
hasta que las invitas a unas rayas.
De pasta andan muy cortas,
por eso dejan a los tíos
más chulos en la pista
y se vienen contigo.
Las he visto muy jóvenes
montarse con un viejo en un Mercedes
camino de una noche más oscura.
A mí, concretamente,
las que visten peor me ponen mucho.
Un hotel de extrarradio les parece gran cosa.
Jamás se han visto en otra y es la tuya;
medio gramo y ya vuelan
dos gramos y te dejan medio muerto.
Las puedes encontrar siempre los viernes.
El sábado en la noche y el domingo
lo pasan en el barrio, con su novio,
curándose la culpa y la tristeza.

(Inédito)

lunes, 28 de agosto de 2017

La fábula de Aquiles y la tortuga, el Watusi y el "centro" político

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Por fin, el 15 de agosto de 2017, cuando se cumplían 46 años de "El día del Watusi", empecé la que muy posiblemente sea la gran novela sobre Barcelona, en la fantástica edición de Anagrama, que reúne los 3 volúmenes completos: el primero, Los juegos feroces, una fabulosa renovación de la novela picaresca (en mi opinión, entre las 3 mejores de la historia del género); el segundo, Viento y joyas, una historia sobre el arribismo durante la Transición y, por último, El idioma imposible, sobre la resaca del arribismo, la picaresca y sus consecuencias.
Todo engarzado en un estilo fascinante, barroco, musical, abigarrado y divertidísimo en el que Casavella brilla especialmente en los diálogos surrealistas, dando voz a personajes patibularios o excesivos que, a menudo, deliran con brillantez. Sirva como ejemplo esta reflexión sobre "el centro" político:

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Ballesta (a López y López): ¿Conoce la fábula de Aquiles y la tortuga? (...) Me estoy refiriendo a la fábula de Aquiles y la tortuga, aplicada, dentro del sistema capitalista y sus esquemas, a una política constante de centro. (...) La izquierda, en la calle, parece muy fuerte. Y más estos días, con tanto pretexto para el alboroto. Eso es obvio. Y es posible que en número también lo sea. Y la democracia es número, estadística y puro recuento, no lo olvidemos. Contra la idea de una mayoría natural de derechas, amante de una pax hispana, por decirlo así, que yo creo que no existe como tal, porque de cuando en cuando me paseo por la calle y ogio y veo, y me parece que esa mayoría vota o votará a la izquierda en cuanto desaparezca el factor miedo. La izquierda, por tanto, es más fuerte y no dejará de repetir la idea marxista de que la historia, si se repite, siempre lo hace como farsa. Que la modernización de España pasa por dar el relevo a gente que, digamos, se dirige al pueblo en su idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma. Eso es lo importante, el idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma y no tengan más remedio que asumir la práctica política, jugar en serio. Aquiles es la izquierda, potente, con esa atracción juvenil de la novedad y esa lengua que pronuncia "divinas palabras".
López y López: ¿Y la tortuga?
Ballesta: Los poderes fácticos. Lo que a partir de ahora, con la entrada de los sindicatos, de los grupos terroristas, de los ánimos enervados de unos y otros, pasarán a denominarse grupos de influencia. (...)
Como cuenta la fábula, la tortuga posee una diferencia de salida que cada vez es menor, pero paradójicamente, aunque siempre sea menor, siempre es una distancia cuantificable. Aquiles nunca cogerá a la tortuga. Ese espacio, por muy menor que sea, es el poder a la vista, que tampoco es manco. En el más grotesco de los casos, un nuevo grupo de influencia, legítimo, si es que usted quiere perfumar la cosa, ¿no? La paradoja es que ese espacio progresivamente reducido que vamos inventando, pero que siempre existe, es el centro. El centro es maleable como el barro. Según la época puede ser tan progresista o conservador como quiera, pero nunca dejará de ser el centro.
El día del Watusi
Francisco Casavella
Anagrama, 2016 

jueves, 24 de agosto de 2017

SOBRE EL BUEN PERIODISMO (Ryszard Kapuscinski)

Resultado de imagen de " Sin estas cualidades, podréis ser buenos directores, pero no buenos periodistas. Y esto es así por una razón muy simple: porque la gente con la que tenéis que trabajar -y nuestro trabajo de campo es un trabajo con la gente"
Ser periodista. Nuestra profesión necesita nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque en los últimos tiempos ha cambiado de una forma espectacular. Habéis nacido para llevar a buen puerto un trabajo que acaba apenas de empezar. El periodismo está atravesando una gran revolución electrónica. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente nuestro trabajo, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de nuestra profesión, nuestras cualidades, nuestro carácter artesanal, permanecen inalterables. Cualquier descubrimiento o avance técnico pueden, ciertamente, ayudarnos, pero no pueden ocupar el espacio de nuestro trabajo, de nuestra dedicación al mismo, de nuestro estudio, de nuestra exploración y búsqueda.
En nuestro oficio hay algunos elementos específicos muy importantes. El primer elemento es una cierta disposición a aceptar el sacrificio de una parte de nosotros mismos. Es ésta una profesión muy exigente. Todas lo son, pero la nuestra de manera particular. El motivo es que nosotros convivimos con ella veinticuatro horas al día. No podemos cerrar nuestra oficina a las cuatro de la tarde y ocuparnos de otras actividades. Éste es un trabajo que ocupa toda nuestra vida, no hay otro modo de ejercitarlo. O, al menos, de hacerlo de un modo perfecto.
Hay que decir, naturalmente, que puede desempañarse de forma plena en dos niveles muy distintos. A nivel artesanal, como sucede en el noventa por ciento de los periodistas, no se diferencia en nada del trabajo común de un zapatero o de un jardinero. Es el nivel más bajo. Pero luego hay un nivel más elevado, que es el más creativo: es aquel en que, en el trabajo, ponemos un poco de nuestra individualidad y de nuestras ambiciones. Y esto requiere verdaderamente toda nuestra alma, nuestra dedicación, nuestro tiempo.
El segundo elemento de nuestra profesión es la constante profundización en nuestros conocimientos. Hay profesiones para las que, normalmente, se va a la universidad, se obtiene un diploma y ahí se acaba el estudio. Durante el resto de la vida se debe, simplemente, administrar lo que se ha aprendido. En el periodismo, en cambio, la actualización y el estudio constantes son la conditio sine qua non. Nuestro trabajo consiste en  investigar y describir el mundo contemporáneo, que está en un cambio continuo, profundo, dinámico y  revolucionario. Día tras día, tenemos que estar pendientes de todo esto y en condiciones de prever el futuro. Por eso es necesario estudiar y aprender constantemente. Tengo muchos amigos de una gran calidad junto a los que empecé a ejercer el periodismo y que a los pocos años fueron desapareciendo en la nada. Creían mucho en sus dotes naturales, pero esas capacidades se agotan en poco tiempo; de manera que se quedaron sin recursos y dejaron de trabajar.
Hay una tercera cualidad importante para nuestra profesión, y es la de no considerarla como un medio para hacerse rico. Para eso ya hay otras profesiones que permiten ganar mucho más y más rápidamente. Al empezar, el periodismo no da muchos frutos. De hecho, casi todos los periodistas principiantes son gente pobre y durante bastantes años no gozan de una situación económica muy boyante. Se trata de una profesión con una precisa estructura feudal: se sube de nivel sólo con la edad y se requiere tiempo. Podemos encontrar muchos periodistas jóvenes llenos de frustraciones, porque trabajan mucho por un salario muy bajo, luego pierden su empleo y a lo mejor no consiguen encontrar otro. Todo esto forma parte de nuestra profesión. Por tanto, tened paciencia y trabajad. Nuestros lectores, oyentes, telespectadores son personas muy justas, que reconocen enseguida la calidad de nuestro trabajo y, con la misma rapidez, empiezan a asociarla con nuestro nombre; saben que de ese nombre van a recibir un buen producto. Ése es el momento en que se convierte uno en un periodista estable. No será nuestro director quien lo decida, sino nuestros lectores.
Para llegar hasta aquí, sin embargo, son necesarias esas cualidades de las que he hablado al principio: sacrificio y estudio. En nuestra profesión pueden hacerse cosas muy distintas. Con los años, nos especializamos en una carrera particular.
En general, los periodistas se dividen en dos grandes categorías. La categoría de los siervos de la gleba y la categoría de los directores. Estos últimos son nuestros patronos, los que dictan las reglas, son los reyes, deciden.
Yo nunca he sido director, pero sé que hoy no es necesario ser periodista para estar al frente de los medios de comunicación. En efecto, la mayoría de los directores y de los presidentes de las grandes cabeceras y de los grandes grupos de comunicación no son, en modo alguno, periodistas. Son grandes ejecutivos.
La situación empezó a cambiar en el momento en que el mundo comprendió, no hace mucho tiempo, que la  información es un gran negocio. Antaño, a principios de siglo, la información tenía dos caras. Podía centrarse en la búsqueda de la verdad, en la individuación de lo que sucedía realmente, y en informar a la gente de ello, intentando orientar a la opinión pública. Para la información, la verdad era la cualidad principal.
El segundo modo de concebir la información era tratarla como un instrumento de lucha política. Los periódicos, las radios, la televisión en sus inicios, eran instrumentos de diversos partidos y fuerzas políticas en lucha por sus propios intereses. Así por ejemplo, en el siglo XIX, en Francia, Alemania o Italia, cada partido y cada institución relevante tenía su propia prensa. La información, para esa prensa, no era la búsqueda de la verdad, sino ganar espacio y vencer al enemigo particular.
En la segunda mitad del siglo XX, especialmente en estos últimos años, tras el fin de la guerra fría, con la revolución de la electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta, en la  información, es el espectáculo. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella. De esta manera, la información se ha separado de la cultura: ha comenzado a fluctuar en el aire; quien tenga dinero puede tomarla, difundirla y ganar más dinero todavía. Por tanto, hoy nos encontramos en una era de la información completamente distinta.
En la situación actual, es éste el hecho novedoso. Y éste es el motivo por el que, de pronto, al frente de los más grandes grupos televisivos encontramos a gente que no tiene nada que ver con el periodismo, que sólo son grandes hombres de negocios, vinculados a grandes bancos o compañías de seguros o cualquier otro ente provisto de mucho dinero.
La información ha empezado a «rendir», y a rendir a gran velocidad. La actual, por tanto, es una situación en la que en el mundo de la información está entrando cada vez más dinero. Hay otro problema, además. Hace cuarenta, cincuenta años, un joven periodista podía ir a su jefe y plantearle sus propios problemas profesionales: cómo escribir, cómo hacer un reportaje en la radio o en la televisión. Y el jefe, que generalmente era mayor que él, le hablaba de su propia experiencia y le daba buenos consejos. Ahora, intentad ir a Mr. Turner, que en su vida ha ejercido el periodismo y que rara vez lee los periódicos o mira la televisión: no podrá daros ningún consejo, porque no tiene la más mínima idea de cómo se realiza nuestro trabajo. Su misión y su regla no son mejorar nuestra profesión, sino únicamente ganar más. Para estas personas, vivir la vida de la gente corriente no es importante ni necesario; su posición no está basada en la experiencia del periodista, sino en la de una máquina de hacer dinero.
Para los periodistas que trabajamos con las personas, que intentamos comprender sus historias, que tenemos que explorar y que investigar, la experiencia personal es, naturalmente, fundamental. La fuente principal de nuestro conocimiento periodístico son «los otros». Los otros son los que nos dirigen, nos dan sus opiniones, interpretan para nosotros el mundo que intentamos comprender y describir.
No hay periodismo posible al margen de la relación con los otros seres humanos. La relación con los seres humanos es el elemento imprescindible de nuestro trabajo. En nuestra profesión es indispensable tener nociones de psicología, hay que saber cómo dirigirse a los demás, cómo tratar con ellos y comprenderlos.
Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina «empatía». Mediante la empatía, se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás. En este sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos.
El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo. Si leéis los escritos de los mejores periodistas -las obras de Mark Twain, de Ernest Hemingway, de Gabriel García Márquez-, comprobaréis que se trata siempre de periodismo intencional. Están luchando por algo. Narran para alcanzar, para obtener algo. Esto es muy importante en nuestra profesión. Ser buenos y desarrollar en nosotros mismos la categoría de la empatía. Sin estas cualidades, podréis ser buenos directores, pero no buenos periodistas. Y esto es así por una razón muy simple: porque la gente con la que tenéis que trabajar —y nuestro trabajo de campo es un trabajo con la gente- descubrirá inmediatamente vuestras intenciones y vuestra actitud hacia ella. Si percibe que sois arrogantes, que no estáis interesados realmente en sus problemas, si descubren que habéis ido hasta allí sólo para hacer unas fotografías o recoger un poco de material, las personas reaccionarán inmediatamente de forma negativa. No os hablarán, no os ayudarán, no os contestarán, no serán amigables. Y, evidentemente, no os proporcionarán el material que buscáis. Y sin la ayuda de los otros no se puede escribir un reportaje. No se puede escribir una historia.
Todo reportaje -aunque esté firmado sólo por quien lo ha escrito- en realidad es el fruto del trabajo de muchos. El periodista es el redactor final, pero el material ha sido proporcionado por muchísimos individuos. Todo buen reportaje es un trabajo colectivo, y sin un espíritu de colectividad, de cooperación, de buena voluntad, de comprensión recíproca, escribir es imposible.
Los cínicos no sirven para este oficio
Ryszard Kapuscinski 
(Anagrama, 2002) 

martes, 22 de agosto de 2017

Víctor Peña Dacosta en Le Capital des Mots

Han traducido mis poemas al franchute, ¡¡SACRE BLEU!!
Pueden sufrirlos y disfrutar de la inmensa labor del traductor, Miguel-Angel Real, a quien aprovecho para dar las mercis, en este enlace del fanzine LE CAPITAL DES MOTS.

domingo, 13 de agosto de 2017

"ESTE PAÍS ESTÁ EN GUERRA" (Lorna Dee Cervantes)


Poema para el joven blanco que me preguntó cómo yo, una persona inteligente y leída, podía creer en la guerra entre razas  

Lorna Dee Cervantes (California, 1954)

En mi país no hay diferencias.
Las políticas de opresión sembradas de alambre
han sido derribadas hace mucho. El único recuerdo
de batallas pasadas, sean ganadas o perdidas, es el leve
surcado de los fértiles campos.

En mi país
la gente escribe poemas de amor,
llenos de nada más que felices sílabas infantiles.
Todos leen cuentos rusos y lloran.
No hay fronteras.
No hay hambre, ni
graves hambrunas ni gula.

Yo no soy una revolucionaria.
Ni siquiera me gusta la poesía política.
¿Piensas que puedo creer en la guerra entre las razas?
Puedo negarla. Puedo olvidarla
cuando estoy segura
en mi propio continente de armonía
y amor, pero no vivo
ahí.

Creo en la revolución
porque en todas partes arden las cruces,
certeros pistoleros gamados esperan tras las esquinas,
francotiradores apuntan a las escuelas …
(Sé que no me crees.
Y que piensas que no es más
que exageración transitoria. Pero eso
es porque no te disparan a ti.)

Estoy marcada por el color de mi piel.
Las balas son discretas, diseñadas para matar lentamente.
Mis hijos son su objetivo.
Estos son los hechos.
Déjame mostrarte mis heridas: mi mente trabada, mis
disculpas constantes, y esta
agobiante preocupación
por sentir que no estoy a la altura.

Estas balas pueden más que la lógica.
El racismo no es una cuestión intelectual.
No puedo curar mis cicatrices con la razón.

Al otro lado de mi puerta
hay un enemigo real
que me odia.

Soy una poeta
que ansía bailar en los tejados,
susurrar delicados versos sobre la alegría
y la bendición de la comprensión humana.
Y lo intento. Vuelvo a mi país, a mi castillo de palabras, y
cierro la puerta, pero la máquina de escribir no apaga
los sonidos de la ira sorda y palpitante.
Mi cara sigue recibiendo golpes.
Cada día se me recuerda con insistencia
que este no es
mi país

y sí lo es.

No creo en la guerra entre razas

pero este país
está en guerra.

Traducción de María López Ponz (Alcora, 1983)

martes, 8 de agosto de 2017

Señor Tosco de Ángel Stanich (con letra)


¿Y qué tal te va en aquel diario?
¿Ya te han hecho encargado?
Tu felicidad sí tenia un precio,
marioneta del imperio.

Leo el editorial...
¿Qué es lo que ha pasado?
¿Nos invaden los marcianos?

Lo dices en román paladino:
así te quedas mas tranquilo

Esa es la verdad, la que te hará polvo:
reconocerás que eres muy tosco,
que eres muy tosco.

Tu objetividad hablando de la Infanta...
¡ya no se te cae la baba!
(Es de agradecer que controles eso
en cámara quedaba muy feo...)

No permitirás que un catalán te ablande:
"¡yo sacaba ya los tanques!"
Y vincularás con igual vehemencia
a Pablo "Tuerka" con ETA

Esa es la verdad, la que te hará polvo:
reconocerás que eres muy tosco,
que eres muy tosco.

España es un país que con la camiseta
ya te dan la pandereta...
Y podrás saltar, como de árbol en árbol,
de tertuliano en tertuliano

Esa es la verdad, la que te hará polvo:
reconocerás que eres muy tosco,
que eres muy tosco.

jueves, 27 de julio de 2017

AUTORRETRATO (Marcos Matacana Martín)

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Autorretrato

Un pálido dibujo a tres colores.
Charles Baudelaire

yo también fui fuerte
y confié en que el tiempo
correría a mi favor

y creí que vivir
valdría la pena

y llegué a pensar
que era un buen tipo
incapaz de hacerle daño a nadie

y mira ahora
en qué me he convertido

Marcos Matacana
Polvo en el aire
Palimpesto editorial, 2017

martes, 25 de julio de 2017

Unos poemas de MALDAD, cantidad necesaria de Patricia González López

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Proscripción
La ilusión tiene fiebre
desde que los vi leerse.
Vuelve el vínculo,
nunca
se tuvo que haber terminado
yo, no haber existido
la actual proscrita.
Si ella se moría,
a él no le importaba.
-mentirala
foto de la patita
o la patita real
escuchar juntos Fiona Apple
fumar unas flores
criar una menta
el tuco de los fideos salpicado
mientras se chupan
en el piso
videos en youtube
compartirse
hasta coger
(que vuelva a ser malísimo)
pero esta vez él sobrio
y ella, mayor de edad.

Una de Tarantino
Veo una peli de amor y muerte
me acuerdo de tu forma de amar,
mi Tarantino.
Pero después de tus tiros
y la mejor risa de mi vida
nuestra historia
no termina con nosotros cabalgando...
Vos cada vez mejor poeta
y yo,

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Me encantaría que me conozcas para que te duela menos cuando
te diga que no.

Mi último rastro de piel sana
Los destellos de vidrio
van cayendo uno a uno
lo noto
cuando la gota cae
y la cara rajada
cuando la gota cae
y los dedos manchados
cuando la gota cae
y la mirada al piso
entumecida,
yo recuerdo al tiritar
que ahí había una ventana,
ahí se cerraba mi rincón
y se asomaba la gloria,
la luz se ponía en mi lugar,
yo noto que se me parte todo el odio encima
me veo desapareciendo todo el tiempo
me llevo
bajo el brazo
una multitud de olvidos,
antes de que sangre
mi último rastro de piel sana
pido
a las ignorancias lapidarias
que no me manden flores
cuando deje de ser mortal
y pase a ser eterna.

Deseo de Cristal
Yo crucé la historia
atrapada entre mi boca y tus oídos
Siempre a punto de tocarte,
con las manos amarradas
imposible
tu piel silenciosa.
Nada intervino en mi aliento
Nadie rompió mi inconstancia
Sólo depósitos del vacío
curadores de inmensidades
no dichas
tardías
tuyas
Yo te hablaba todo el tiempo a vos
cuando intentaba amarlos
Yo no besé
deseaba de mentira
buscando encontrarte entre todas las noches.
Lo acabo de ver ahora
que te miro
y cristalizo
los sentimientos oceánicos
Lo inmoral
la energía contenida
de la opacidad de mis palabras
la impotencia
que acabó con mi lenguaje.

Dime en qué deliro y te diré
en qué tengo razón
Escuchaba mis gemidos de cerca
con sus oídos pegados al monitor
Víctima de la expiación,
mi yo más animal domesticado por el espejismo
de un hombre bien puesto y mate a la mañana
-Todo en la cama por supuesto-
Ella grita desaforada,
envía en correos
su acumulación primitiva
de sopa de pescado bien caliente,
y yo creyéndole al otro, que no había ido de pesca.

Resultado de imagen de maldad patricia gonzalez lopez
Me declaro libre
Más que ocupada
más que rechazar tus gritos de búsqueda,
siempre de mentira
tus caricias de ahogado,
de las disculpas de tu ausencia
me declaro libre.

Con rueditas
La mente me patea los ojos
Se me perdió el disco de catarsis
y sola ya no lloro.
Si tengo que rodar lo hago en bici con rueditas
es que cuando te quiero, tengo tres años
no quiero caer y cantarme el estribillo de los golpes bajos.


Es más probable que el borrador de los deseos termine
en la papelera de reciclaje antes que pasado en limpio.

Maldad, cantidad necesaria.
Patricia González López
Milena Caserola, 
en coedición con Llanto de mudo

martes, 18 de julio de 2017

PLATA Y PLOMO (un poema de Diego Alvárez Miguel)


PLATA Y PLOMO

El rapero se despierta con insomnio
a las 3 de la mañana
en su apartamento blanco de Virginia

coge el coche y conduce hasta un Wallmart

mira armas
compra calcetines
toquetea delicadamente las mandarinas

después se compra un disco
que pone en el Toyota
y mira a través del parabrisas

la luna babosea los campos de ceniza
el acero brillante de las máquinas de riego

el poeta pisa el acelerador y se dirige
hacia la sangre plateada
y gira el volante con tanta fuerza
que el coche chilla como un niño
y sale de la carretera dando botes

se detiene entre la hierba

recuerda el arma que vio a mitad de precio

si decidiera suicidarse
¿qué arma escogería?
¿la más barata?
¿la mejor?

el poeta estira el brazo y trata
de borrar las estrellas del cielo
como si fueran gotas
de sangre o de mercurio

pero su mano se detiene
al golpear con el cristal.

Méh.
Diego Alvárez Miguel.
Valparaíso, 2017

martes, 4 de julio de 2017

"Bibilioteca" (un poema de Elías Moro)

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         philip roth me contó una vez el secreto de la muerte de su padre,
         jorge manrique me contó una vez el secreto de la muerte de su padre,
         raymond carver me contó una vez el secreto de la muerte de su padre

         llovía en parís un aguacero cuando césar nos dejaba,
         la palabra quinqué se asoma a la sima de agua de guillermo,
         comí cebollas y moluscos con el glotón de neruda,
         una infame turba entona cantos marineros en la pampa

         empuñando un sable bucanero, burt lancaster
         sigue burlándose de nosotros en la portada de un volumen,
         el mágico mestre habla con rafael acerca de los oficios del sueño,
         el rostro de lorca desaparece en cinco actos antes de que caiga el telón,
         robinson crusoe interroga a calvino acerca de la autoridad y los desastres,
         el exilio de hikmet sería otro poema de spoon river

         cuando faulkner pasea a caballo matándose lentamente con el whisky,
         los pájaros de marianne envejecen de tedio en las antillas de walcott,
         cien haikus le desvelan a kafka el secreto de los cerezos,
         y en los hospitales de ultramar un viejo gaviero,
         el que amó a ilona bajo la lluvia,
         desgrana monótono sus recuerdos de amor y de guerra

         mientras arden las pérdidas en otra patria,
         por una extraña paradoja, con frío de vivir,
         vidas minúsculas a salto de mata, animales
         melancólicos caminan hacia el lugar de la derrota,
         la memoria de la nieve avanza por la línea del horizonte

         como una antigua cometa en las manos de los muchachos,
         bajo el oscuro secreto de las cartas consulares,
         el libro de los venenos sobrevuela las poéticas

         siquiera en este refugio, por una oculta razón,
         en todos ellos están impresas mis huellas dactilares,
         uno cualquiera se acuesta conmigo todas las noches de mi vida

         como un epitafio vivo y sereno
         tres rosas amarillas se posan en la tumba de chéjov

         los perros ladran

         lo demás es silencio

EN PIEL Y HUESOS
(Antología poética, 1987-2008)
Elías Moro
Mérida, Editora Regional, 2009
Edición y prólogo de Miguel Ángel Lama

sábado, 1 de julio de 2017

"El último hombre" (un poema veraniego de Manuel Vilas)

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EL ÚLTIMO HOMBRE
Vuestra Merced escribe se le escriba
LAZARILLO

Sentados en una terraza veraniega de Mallorca,
le dije a un amigo, inspirado por una ginebra blanca:
"El hambre de los niños es la única gravedad
de la historia, del estado y de la filosofía.
De los hambrientos son las guillotinas del futuro.
Dios es el ídolo de los pobres.

No sé por qué pienso estas cosas ni por qué escribo de ellas,
cosas tan poco brillantes, tan de seminarista de aldea
que no ha visto las capitales de Europa donde viven
las novicias jóvenes,
esas que pintan y salen a bailar por la noche,
esas de labios nuevos, sin estrenar, y carnes duras
porque tienen veinte años y muy mojadas las bragas.

 Bebí otra vez de mi ginebra y supe que ya estaba solo,
en Mallorca, en una plaza con iglesia, llena de guiris,
acariciaba mi cartera, mordía mis gafas, acariciaba a Trajano,
y proseguí: "si tuviéramos vergüenza nos haríamos misioneros
y tú, Trajano, llevarías en tu espléndido lomo un botiquín de la
Cruz Roja.
Soy un seminarista ocurrente, un lobo marcado en la oscuridad,
soy un predicador del desierto, que se ha quedado sordo,
un teólogo retirado, un chamán ilustrado,
una celestina beata, un lazarillo tuerto,
una concha de mar ascendida a lo Alto,
un ser encendido que arde solo para él,
una velada con un único invitado,
aburrida, geométrica, lunar,
el hijo de Dios, el último que tuvo
No dedicaré mi vida al servicio de la verdad.
Nací en julio del sesenta y dos, soy un hijo del verano
de España, un verano con sol y noches de fiesta
para el cuerpo, para la boca, para los pies,
para el culo de la mujer madura, para los muslos
de la mujer pagada donde se quema un tatuaje,
una boca abierta, el verano se muere de hambre.
Mes de julio, España, la sed, la moderna sed de no hacer nada
Sino tomar el sol, desnudarse, estar desnudo,
Muy empalmado, bebiendo todo el día cerveza y vino.
Mes de julio, España, los ricos, incompetentes y vagos,
Los pobres, pobres y tristes".
Manuel Vilas
El cielo (2000).
Posteriormente incluido en Amor: poesía reunida, 1998-2010
Visor.