ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


sábado, 16 de febrero de 2019

DESPIECE DE "LA ESCAPADA" (GONZALO HIDALGO BAYAL)

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La escapada es una novela plena de hidalguía y puramente metabayaliana, pues supone una reflexión sobre la vida y la literatura tras un encuentro fortuito que conlleva recreación autoficticia y plagada de guiños y homenajes a obras ajenas y, sobre todo, del propio Gonzalo Hidalgo Bayal, como Paradoja del interventor, La sed de sal o Nemo
Es decir, una lectura más que recomendable para cualquiera que busque una prosa consistente y una delicia especialmente grata para sus lectores, cada vez más numerosos.

A continuación, dejo la acostumbrada selección personal de los pasajes que me han parecido más brillantes y menos dañinos para destripar un argumento que, en este caso, es lo de menos. Quizá porque, lejos de tratarse de una novela contante (y sonante) se trata de una obra memorable. Otra más.


sin más motivo que la nostalgia literaria, que no deja de ser una forma dulce de añoranza del pasado y del tiempo perdido (todo el tiempo pasado, como se sabe, es también tiempo perdido, doblemente perdido: porque no lo aprovechamos, porque no ha de volver). Quien sea o haya sido lector voraz rara vez pasa por delante de un puesto de libros sin detenerse, más aún si sus pasos no lo llevan a ninguna parte, y de ahí que me haya detenido a menudo ante las mesas de la librería de San Ginés e incluso pueda decir que he sido moderado cliente de sus ofertas, sus rarezas, sus saldos y sus libros de ocasión. Lamentablemente se me pasó ya la euforia de la posesión de libros y hasta de su lectura (también yo he leído ya todos los libros y me he entregado a las tristezas de la edad y a mi propia decadencia) y, salvo excepciones, me limito a mirar, a llevar a cabo comprobaciones de rutina, a comparar un ejemplar en oferta con mi propio ejemplar, inocuas menudencias, entretenimientos de hombre ocioso y cansado, adscrito a la fatiga (...).
Éramos poco más de veinte aprendices de filólogos y tenía que haber alguien asignado a ese papel de bufo, alguien que actuara como contrafigura de todos los demás, alguien a quien mi compañero de cuarto definió con precisión como un pobre hombre (pero él no lo sabe, dijo), alguien, por ejemplo, entre cuyas aficiones más recurrentes figuraba el empeño de averiguar la belleza de las mujeres por la espalda (el arte de la postergación, decía, lo que, según parece, era un experimento y provenía de una hipótesis: que los hombres que se vuelven a mirar la espalda de las mujeres con las que se cruzan o los que aceleran el paso para adelantarlas y poder mirarlas luego de frente, cosas ambas frecuentes, que practican muchos, y tal vez poco razonables, lo que en realidad pretenden, más que seguir los impulsos del deseo o, según su argot sociopoético, aquilatar el calibre de la belleza, es ver en qué medida el culo se corresponde con la cara o con las témporas) o que, habiendo averiguado la fecha de mi cumpleaños, me regalara con mucha solemnidad pública y prolijo envoltorio marrón un libro comprado en la cuesta de Moyano, no cualquier libro, naturalmente, no, uno específico, especial y aun especioso: Don Gonzalo González de la Gonzalera, colección Austral, quinta edición, 21 de mayo de 1965 (todavía lo tengo, no lo he leído). Pero sigo. (...)
Los motes tienen siempre un punto de burla o de malicia que, como es natural, se pierde cuando la víctima lo asume. (...)
Nunca dejarán de sorprenderme los mecanismos de la memoria, que puedan recuperarse lances olvidados, que alguien recuerde sucesos que nos pertenecen y que nosotros hemos olvidado y, al revés, que podamos recordar con toda nitidez detalles que no nos pertenecen y de los que su verdadero dueño no ha conservado ningún vestigio. (...)
Yo había empezado a trabajar como profesor no numerario en un instituto de mi tierra (PNN, parias de la enseñanza cuyas siglas en aquellos años postraumáticos muchos se esmeraban en pronunciar con una sonrisita tonta, o con una turbia mueca sicalíptica), había abandonado Madrid, por tanto, y tenía que someterme al calendario escolar. (...)
Cuando todo lo posterior es uniforme o carece de importancia, incluso de sentido, la memoria de lo anterior se robustece y perdura. (...)
En algo ha cambiado Foneto y en algo, sin embargo, no ha cambiado. No es ya, ciertamente, el Ordet que recordaba ni el austero y airado Cristo de Pasolini (sin duda, cuarenta años cambian la fisonomía y el aspecto de cualquiera: ya he dicho que no lo hubiera conocido, reconocido, por mí mismo), pero permanece en él la sombra de lo que era, cierto aire de ausencia y de distancia, cierta retraída aceptación de las convenciones. Sigue siendo moreno, por supuesto, aunque lo que antaño podría servir para atribuirle una extracción social acaso extrema (remotas periferias urbanas, alguna ascendencia rural y labrantía, pueblos quizás entregados a su pobre subsistencia, aunque sabíamos que no era el caso) o unos orígenes mestizos ahora parecía producto de una discreta y meritoria madurez. No ha prescindido de la barba, breve ahora y senecta, gris y entrecana, o entregrís quizás, ha claudicado en lo que al bigote se refiere (que lleva bigote es lo que digo, a juego con la barba) y me atrevería a decir que el pelo, ni corto ni largo, sin entradas, aún espeso, se acomoda a cierta estética de orden en el descuido, de discreta y no sé si vanidosa despreocupación. Conserva además la misma línea en su figura, tan delgada y escueta como antaño, sin las deformaciones a que la edad y el abandono nos condenan. Sigue vistiendo indumentaria sobria, eso sí, aunque menos sombría que antaño, sustituidos los tintes oscuros, generalmente negros o marinos, por la placidez ocre del desierto al atardecer, en sintonía con esos individuos que no prestan atención a sus ropajes y a los que, sin embargo, nada puede reprochárseles, como si a partir de cierta edad, cuando ya no importan la presencia exterior ni la prestancia social, hubieran alcanzado una suerte de armonía natural sin servidumbres. Pienso esto sin saber muy bien lo que digo ni estar en nada seguro de mi opinión. Nunca he sabido componer retratos ni me he atrevido a aventurarme en etopeyas. Tengo conciencia de no preocuparme en absoluto por estas cuestiones y me temo que mi aliño indumentario peca más de torpe y uniforme que de ninguna otra cosa favorable. (...)
Hay ciertos actores de cine que, cuando son jóvenes y actúan como galanes (no sé si la palabra se sigue usando en el cine de hoy), porque son guapos y esbeltos y simpáticos, resultan de todo punto insoportables, porque su ventura depende solo de su belleza y, por ello, parecen incapaces de los matices del sentimiento, del dolor, de la ausencia, de la fatiga, de la desolación, y, ajenos a los recursos de la inteligencia, avanzan por la vida (por el cine, quiero decir) como pequeños diosecillos a los que nada puede negarse. No les hacen falta las tonalidades de la interpretación que dan sentido a un personaje: les basta con la exhibición de su presencia. Son, si se me permite el juego de palabras, pura y vana superchería. Tal vez no sea culpa suya, no lo sé, tal vez se limiten a prestar su belleza juvenil y masculina, su reclamo viril, a tramas tontas y cursis, a comedias ligeras, a romanticismos de serie. Como digo, no lo sé. Al fin y al cabo, el comercio cultural se enriquece a base de concesiones, convenciones, engaños y simplezas. Son, pues (o serían), actorzuelos o incluso algo peor (con todo, no me atrevo a anteponerles una eme, especie de prefijo con que bromeaba un grupo de jóvenes cinéfilos con quien trabé amistad en aquellos años), pero algunos de estos actorzuelos (no todos, solo algunos, los predilectos de los dioses), cuando envejecen y pierden los atributos de la juventud, asumen con resignación su circunstancia, también quizás con ironía, y aprenden a comportarse como tales, en primera persona. Adquieren una dignidad que no solo resulta ejemplar y afortunada, sino que, pienso yo, debe hacerles avergonzarse de sus papeles jóvenes, de la parte frívola y sentimental de su biografía y de su filmografía, tan a menudo comunicantes. Han tenido que avenirse a las realidades de una edad ajena a la figura. (...)
 Si nunca llegamos a conocernos del todo a nosotros mismos cómo vamos a poder pensar siquiera en llegar a conocer mínimamente a los demás. Cierto es que ningún procedimiento psicológico, psíquico o psicoanalítico agota al individuo y por eso cierta concepción canónica de la novela se impuso como objetivo elaborar un amplio y minucioso catálogo de variantes del carácter y la desdicha, por muy incongruentes y extravagantes que fueran lo uno y lo otro. Siendo esto así, qué puedo decir yo de Foneto que no sea conjetura narrativa. Es verdad que compartimos unos años estudiantiles, pero también lo es que nuestra relación se prestó más a la observación directa e inmediata que a las confianzas y las confidencias. Nunca hablaba Foneto de sí mismo desde dentro, de modo que de la observación de entonces (y tampoco éramos demasiado dados a observar en aquel tiempo, nos limitábamos a estar, toda la observación que pudiéramos prestar viene ahora filtrada por las traiciones de la memoria) solo pueden salir deducciones a posteriori y, por tanto, por interesadas, poco, muy poco fiables. Eso aparte, poco sé, poco puedo saber de la vida de Foneto más allá de lo que él haya querido contarme. Ignoro, por ejemplo, si la soledad en que lo incluyo fue realmente tan radical como imagino, si sería lo que llamé en cierta ocasión solitud ontológica, o si, por el contrario, se ha tratado solo de una soledad cómoda y práctica, de un solitario y apacible bienestar, la que predica el refrán que dice «buey solo bien se lame», aquella ataraxia de Schopenhauer que consolaba nuestras flaquezas, una soledad inmobiliaria, doméstica, parcial, complementada por horas con una o varias compañías externas, estables, alternas, permanentes. Lo ignoro. No sé, pues, hasta qué punto no estaré fabulando un personaje literario superpuesto a una persona real a la que, además, conocí y con la que tuve buena amistad y notable sintonía. Por eso me pregunto si mi intención al contar mi encuentro con Foneto no obedecerá a una maquinación de los dioses, si no estaré viendo en él la encarnación de un personaje acorde con los que protagonizan mis narraciones, un carácter solitario, ajeno a todo y conforme consigo mismo, si no habrán desembocado de algún modo en Foneto, en una persona real, sus precursores de ficción, Sín y Nemo, tal vez el propio interventor, y de algún modo también yo mismo en la medida en que, sea ello como fuere (madame Bovary c’est moi, es cierto, pero Charles Bovary también c’est moi), me incluyo necesariamente en ellos. (...) si esto fuere así, si no supero las dificultades, los espejismos de la retórica, entonces no estaría hablando de Foneto como persona, sino como personaje. Y es verdad que puede construirse un personaje literario a partir de una persona real, pero no es eso, desde luego, lo que pretendo. Me temo, sin embargo, que al final no sea otro el resultado. No es infrecuente, según creo, que de ciertos individuos de los que tenemos noticias externas, individuos marcados puntualmente por el acontecimiento y por la actualidad, hagamos altos personajes y, cuando eso ocurre, se debe a menudo más a lo que nosotros añadimos que a lo que de verdad ellos tienen. Rellenamos el vacío con una imaginación formada en los cauces de la tradición, les aplicamos unos atributos, una entereza, una integridad y una capacidad de sufrimiento que acaso estén lejos de su carácter, les adornamos con virtudes literarias (heroicas, épicas) de las que seguramente carecen, porque los héroes no existen y la épica es solo el modo como contemplamos conductas del pasado cuya verdad desconocemos. Sin aditamento, las personas reales dan poco juego como personajes novelescos. Sabemos, sí, que se levantan, se peinan, desayunan, salen a la calle, tosen, estornudan, dichosos labran su alto jornal, se complacen en su pecho colorado, viven en suma su tiempo, que es un tiempo neutro, un continuo amorfo de instantes átonos (también tal vez atónitos), sin significado propio. En los personajes novelescos, en cambio, todos son instantes narrativos. Tal es la diferencia: tiempo neutro frente a tiempo narrativo. Todo en unos tiene significado y se elige precisamente por su significación. En otros no hay significado posible, porque la existencia carece de significado. El personaje novelesco es una invención y una composición: admite por ello todos los atributos que lo convierten en tal, la suma de las agregaciones que lo conforman. La persona, en cambio, no admite los añadidos de la imaginación, ni siquiera los que, siendo razonablemente deducibles de los hechos, carecen de documentación y de entidad biográfica. Todo son lagunas, sombras e ignorancias. He ahí la diferencia: los personajes de ficción aparecen con todas las necesidades de la libertad, son libres, pero lo que hacen ha de plantearse como necesario, como la única elección posible; Foneto, en cambio (este Foneto, no el que escribió alejandrinos a los ovísimos y descifró el código π), aparece con todas las necesidades de la realidad; no se trata de verosimilitud, sino de verdad: esto fue lo que ocurrió, esto fue lo que dijo. Heme aquí, pues, en el trance y en la dificultad de querer hablar de una persona, como tal, no como personaje. Veré qué puedo hacer. (...) 
Toda añoranza manifiesta (manifestación de abandono, de soledad no querida) es una forma de egoísmo y una forma de venganza. Tal vez por eso nos identificábamos con el autor anónimo de aquel TE ECHO DE MENOS, quizás unos porque todos hemos echado de menos a alguien alguna vez, quizás otros porque no es difícil solidarizarse con quien siente y manifiesta esa añoranza, con toda certeza unos y otros porque las intrigas sentimentales insolubles gozan de un intenso aliciente narrativo y perduran con el aura de las melancolías ajenas. Con todo, creo que la pintada sobrevivió a cualquier conjetura, tal vez incluso a la biografía de los personajes implicados. Tal vez el autor anónimo se arrepintiera de su fogosidad mural. Tal vez acabaran reencontrándose y vivieran más o menos felizmente e incluso bajaran juntos las escaleras y sonrieran al ver lo que el TE ECHO DE MENOS había supuesto para ellos o, en caso contrario, a qué desventuras los había conducido, cómo tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama. Pocas cosas escapan a la libertad de la ficción, pero en este caso se trataba de una novela inconclusa, más aún, de una novela en ciernes, o acaso un solo verso suelto, desgarrado y estéril. Lo que no sabíamos entonces es que nosotros pertenecíamos más a aquella época que al presente y que a aquella época íbamos a dedicar entero el día. Por eso recordábamos ambos la pintada al cabo de tanto tiempo.
La escapada.
Gonzalo Hidalgo Bayal.
Tusquets, 2019. 

jueves, 7 de febrero de 2019

DESPIECE "EN LA MITAD DE LA VIDA" (Kieran Setiya)

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Lo que a mí me dejó aturdido fueron las preguntas existenciales de la mediana edad, preguntas para las que no se es demasiado joven a los treinta y cinco años. Puedes planteártelas a los veinte o a los setenta, aunque creo que son especialmente relevantes cuando llegas a mi edad. Son preguntas relacionadas con la pérdida y el arrepentimiento, el éxito y el fracaso, las vidas que querías y la vida que tienes. Son preguntas sobre la mortalidad y la finitud, el vacío que produce la búsqueda de proyectos, sean los que sean. En última instancia, son preguntas sobre la estructura temporal de la vida humana y las actividades que la ocupan. Este libro no es solo para quienes se encuentran en la mediana edad, sino para cualquiera que esté lidiando con la irreversibilidad del tiempo. Esta es una obra de filosofía aplicada: una reflexión filosófica orientada a los desafíos que plantea la mediana edad que adopta la forma de un libro de autoayuda. Las dificultades de la mediana edad han sido ignoradas por los filósofos, pero son filosóficamente interesantes y susceptibles de someterse a terapia con las herramientas que utilizan los pensadores. Antes del siglo xviii no existía una diferenciación nítida entre la filosofía moral y la autoayuda. Los filósofos estaban de acuerdo en que la contemplación de la buena vida debería hacer nuestras vidas mejores. El divorcio entre estos propósitos es una innovación más reciente. A día de hoy, pocos filósofos escriben libros de autoayuda. Cuando lo hacen, por lo general invocan a los clásicos, con frecuencia a los estoicos romanos, Cicerón, Séneca y Epicteto, como si la filosofía hubiera perdido su relevancia para con la vida hace dos mil años. Mi planteamiento no es histórico. Aunque menciono a filósofos del pasado, antiguos y modernos, cuando trabajo en estos asuntos para mí mismo (y, espero, también para ti), no los trato como a eruditos depósitos de sabiduría, sino como a interlocutores. (...)
Si estás leyendo este libro, es bastante probable que te veas reflejado en este momento. Sabes cómo se supone que deberías sentirte, te sientas o no así. Has vivido lo suficiente para preguntarte «¿Esto es todo lo que hay?». Lo suficiente para haber cometido algunos errores graves, para mirar atrás y contemplar los triunfos y fracasos con orgullo o arrepentimiento, para mirar de reojo a las oportunidades perdidas, las vidas que no escogiste y no puedes vivir, y para mirar adelante y ver el final de la vida, no inminente pero tampoco tan lejano; su distancia medida en unidades que ahora comprendes: con suerte, otros cuarenta años. No eres el primero. Tenemos modelos contemporáneos como Lester Burnham en American Beauty, que deja el trabajo, se compra un coche potente y desea a la seductora amiga de su hija adolescente. Pero hay otros muy anteriores. Una historia parcial citaría al protagonista de Stoner, la brillante novela de John Williams publicada en 1965, quien a los cuarenta y dos años, con un matrimonio fracasado y una carrera que no va a ninguna parte, «ante él no veía nada de lo que deseara disfrutar y había poco de lo pasado que le importara recordar». No resulta sorprendente que acabe teniendo el preceptivo amorío. Citaría al hombre absurdo de El mito de Sísifo, de Albert Camus, publicado en 1942, cuya crisis existencial no es ajena al tiempo sino que «llega, no obstante, un día en que el hombre comprueba o dice que tiene treinta años». (...)
 
En el prefacio a un ignorado clásico publicado en 1967 sobre la mitología de la mediana edad, The Middle-Age Crisis (La crisis de la mediana edad), de Barbara Fried, el profesor de psicología Morris Stein escribió que la «crisis es ubicua»: Cada uno de nosotros pasa por ella a su manera, la experimenta con mayor o menor intensidad y sale de ella más o menos reconciliado con los años por venir. Es una crisis de desarrollo «natural» y es inevitable. Aparte de las temibles comillas, la idea que trasmite es de destino social o biológico. Estamos programados para sufrir la crisis de la mediana edad, hombres y mujeres por igual, y la cuestión no es si la vamos a experimentar, sino cuándo. Mejor que vayamos preparándonos. En 1980, la idea de la crisis de la mediana edad prosperaba y se hacía con un lugar destacado y seguro en la cultura popular. Se había convertido en un concepto que no necesitaba explicación, en objeto de humor irónico y comentarios cómplices. Si tú no la estabas pasando, podías leer sobre ella en incontables novelas, desde Algo ha pasado, de Joseph Heller, hasta El último verano de Mrs. Brown, de Doris Lessing. Incluso podías jugar a ella en un juego de mesa. En Mid-Life Crisis (La crisis de la mediana edad), lanzado en 1982, los jugadores escogían si buscaban la estabilidad, acumulaban riqueza y gestionaban el estrés o declaraban pasar por una crisis de la mediana edad y, entonces, se precipitaban hacia la bancarrota, el divorcio y el ataque de nervios. Hasta ahí la percepción, pero, ¿y la realidad? La verdad es que era difícil de saber. (...)
Es fácil encontrar pruebas anecdóticas de la crisis de la mediana edad si preguntas por ahí, pero no son científicas y, sin duda, ahora están distorsionadas por la comprensible tendencia de la gente a explicarse a sí misma en términos socialmente relevantes. La idea de la crisis de la mediana edad está siempre a mano, supone una herramienta para comprenderse y para explicarse ante los demás, una herramienta especialmente atractiva por su poder para excusar lo que de otro modo sería un comportamiento intolerable. ¿Qué esperabas? ¡Estoy pasando la crisis de la mediana edad!" (...)
En una antología de 2004, How Healthy Are We? (¿Cómo está nuestra salud?), que Brim editó con dos colegas, la profesora de psicología Carol Ryff y Ronald Kessler, profesor de políticas de sanidad pública en la Facultad de Medicina de Harvard, los resultados fueron cuidadosamente sintetizados, y la perspectiva fue prometedora. «En su mayor parte», nos dicen, «los hallazgos revelaron un retrato positivo del envejecimiento: los adultos de más edad dieron niveles más altos de afecto positivo, combinado con niveles más bajos de afecto negativo en comparación con los adultos jóvenes y de mediana edad». Pero eso no es todo: «la edad estaba vinculada negativamente con la depresión grave, y los adultos de más edad muestran menos probabilidad de sufrir esa enfermedad». Es una historia de estabilidad o de mejora desde la juventud a la mediana edad y más allá. Cuando los resultados se hicieron públicos por primera vez, en 1999, el Washington Post publicó una sección especial titulada «La mediana edad sin la crisis». Según el titular del New York Times, «Un nuevo estudio descubre que la mediana edad es el mejor momento de la vida». (...)
En otras palabras, en la mediana edad ocurren cosas malas, con los niños y los padres, el trabajo y la salud. Si llamas a eso crisis de la mediana edad, simplemente porque puedes, entonces la crisis de la mediana edad aflige a una cuarta parte de los estadounidenses. Pero puede que no tenga nada que ver con la conciencia de la mortalidad, la finitud de la vida, el arrepentimiento del pasado, las oportunidades perdidas o las ambiciones fracasadas, y no digamos ya con la edad cronológica. (...)
Al mirar la incidencia de la depresión y la ansiedad en la encuesta de población activa de Reino Unido, descubrieron que la probabilidad alcanzaba el máximo alrededor de los cuarenta y cinco años, con una tasa aproximadamente cuatro veces mayor que la de los adolescentes y tres veces mayor que la de los adultos más viejos. Las posibilidades de venirte abajo son significativamente más altas en la mediana edad, aunque la mayoría de la gente no lo haga. Los intentos de explicar la curva en forma de U, aunque tentativos, evocan el estereotipo tradicional. El más sugerente se debe al economista alemán Hannes Schwandt. Estudió datos longitudinales que hacían un seguimiento a 23.000 personas de entre diecisiete y ochenta y cinco años entre 1991 y 2004. Se preguntaba a la gente sobre su nivel actual de satisfacción vital general y sobre el nivel que esperaba tener al cabo de cinco años. Schwandt descubrió que las personas más jóvenes tienden a sobrestimar lo satisfechas que estarán, mientras que las personas de mediana edad subestiman la vejez. La mediana edad, en consecuencia, es peor de lo anticipado y, al mismo tiempo, las esperanzas sobre el futuro se desvanecen. De ahí el deprimente vértice de la curva en U. Schwandt propuso un modelo matemático en el que la satisfacción vital experimentada es una función de lo bien que va la vida en el momento actual, combinada con el optimismo sobre el futuro y la decepción con el presente. «En conjunto», escribe, «lo que cuentan estos hallazgos es que la curva que refleja la satisfacción con el trabajo (y la vida en general) tiene forma de U porque las aspiraciones no cumplidas son sentidas de manera dolorosa en la mediana edad, pero durante la tercera edad se abandonan para bien y se sienten con menos arrepentimiento». La clave de la felicidad es, pues, gestionar las expectativas personales. (...)
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Tras declarar que la crisis de la mediana edad era un mito, Susan Krauss Whitbourne llevó a cabo su propio sondeo con 500 adultos, que no replicaron el valle de la mediana edad. Whitbourne añadió dos pruebas más, una que pedía a los encuestados que valoraran hasta qué punto su vida actual tenía sentido; la otra en qué medida buscaban ese sentido. La búsqueda de sentido descendía en línea recta de los treintañeros a los cuarentones, cincuentones y sexagenarios, y la existencia de significado aumentaba de manera constante. Cuando se trata del sentido en la vida, sostiene Whitbourne, envejecer es fantástico. Y así, la crisis de la mediana edad llega a la cincuentena, con la salud recuperada pero unas perspectivas confusas, justo cuando yo —un profesor titular con esposa e hijos, dos libros y veintitantos artículos publicados— cumplo cuarenta. Me encanta ser filósofo, pero no con la pasión que sentía hace diez años. La novedad del logro se ha desvanecido: la primera publicación, la primera conferencia, el primer día de clase. Terminaré el artículo que estoy escribiendo; con el tiempo será publicado y escribiré otro. Daré clase a esos estudiantes; se licenciarán y seguirán su camino; daré más clases. El futuro es un túnel de cristal: el resto de la vida, y su diversidad, sucede en otra parte. Mi hijo crecerá; mi mujer y yo envejeceremos. Mi cuerpo cruje y se debilita; el dolor de espalda es un compañero habitual, no un visitante ocasional: escribo de pie. Mis padres se hacen mayores, su salud es cada vez más precaria. Siento la finitud de la vida: los años están contados; el tiempo pasa rápido. Podría ser peor. Podría odiar mi trabajo o podrían haberme despedido de él, o ambas cosas. Mi mujer podría haberme dejado; yo podría querer dejarla. Podría estar contemplando una vida que parece vacía sin niños o una en la que hubiera demasiados. Podría ser pobre, pasar hambre, vivir una guerra. Reconozco el lujo de la crisis de la mediana edad, con cierto grado de culpa y vergüenza. ¿Por qué no puedo sentirme más agradecido con lo que tengo? Pero esta es mi vida. Estoy en lo más hondo de la curva y necesito ayuda. Quizá tú también. (...)
«¿Cuál es la mejor vida para el ser humano?». En la Crítica de la razón pura, Immanuel Kant, quizá el filósofo más importante de la Ilustración, insiste en que «todos los intereses de mi razón (tanto los especulativos como los prácticos) se resumen en las tres cuestiones siguientes: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?». (...)
A pesar del desdén por la mediana edad en la filosofía, hay conocimientos filosóficos que pueden esclarecerla, que pueden liberarnos de patologías derivadas de nuestra escala de valores, mostrarnos cuándo aquellas son evitables y reconciliarnos con nosotros mismos cuando no lo sean. Los filósofos tienen cosas que enseñar, así como que aprender, sobre la crisis de la mediana edad. (...)

¿Cómo deberíamos pensar en las oportunidades perdidas, los arrepentimientos y los fracasos, la finitud de la vida y la multitud de actividades que nos motivan a lo largo de ella? Aunque no sea generalizada, la crisis de la mediana edad afecta a rasgos temporales de la vida humana que sí son generales: la progresiva reducción de las posibilidades, la finalización o el fracaso de los proyectos, la acumulación de biografía. Esto mitiga un tanto el tufo a autoindulgencia que resulta de dedicar tanto pensamiento a penas de ricos y privilegiados. (...)
Quizá irónicamente, es tentador citar en relación con la crisis de Mill no tanto la paradoja del egoísmo, sino lo que podríamos llamar la paradoja del altruismo. No me refiero a la supuesta paradoja de comprender cómo es siquiera posible el comportamiento altruista, sino a la paradoja, que antes no ha sido nombrada, implícita en el aforismo de Jackie Robinson: «Una vida no es importante excepto en el impacto que tiene en otras vidas». El joven Mill podría haber estado de acuerdo. Pero la idea es, en última instancia, incoherente. Para ver la incoherencia, tenemos que tomar prestada de la filosofía moral la distinción entre el valor final y el instrumental. El valor instrumental es el valor de algo como medio para un fin, como el valor de ganar dinero o ir al dentista. Vale la pena hacerlo, sin duda, pero solo porque las consecuencias de tener dinero o de hacerse una endodoncia son mejores que su contrario. (...)
La afirmación de Robinson sugiere que el valor de todo lo que hacemos es instrumental: su valor reside en los efectos que tiene sobre los demás. Pero ¿cuál es el valor de esas otras vidas y de las actividades que las ocupan? Si también eso es instrumental, entonces depende del valor de sus efectos sobre los demás, y el valor de esos efectos depende a su vez de sus efectos sobre otros, que dependen a su vez de sus efectos… El valor se pospone sin fin. Como insiste Aristóteles muy al principio de Ética a Nicómaco, si la explicación del valor es siempre instrumental, «habrá un progreso al infinito, de manera que nuestra tendencia será sin objeto y vana». Solo si la vida humana es importante en sí misma, al margen de sus efectos, el altruismo tiene algún sentido. Hay valor en actuar en beneficio de los demás solo si también hay valor en otras actividades. De ahí la paradoja: si el altruismo es lo único que importa, nada importa; no merece la pena vivir la vida. (...)
En la mitad de la vida.
Kieran Setiya.
Libros del Asteroide, 2019.

lunes, 14 de enero de 2019

Despiece de SEROTONINA (Michel Houellebecq)

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Me ha decepcionado un poco la última novela de Michel Houellebecq, puede que porque ha sido promocionada hasta la náusea o tal vez porque, desolé, desde sus dos mejores obras (Las partículas elementales y Plataforma, convenientemente "despiezadas" anteriormente en este blog en los enlaces anteriores) ha perdido pegada.
En Serotonina, su nueva obra, encontramos refrita la receta de siempre: un autorretrato cínico del hombre posmoderno aderezado con nihilismo exacerbado, sexo, misoginia, habilidad para la descripción exhaustiva y cruel y gusto por la provocación (incluyendo una alabanza a Francisco Franco). Eso sí, también , por supuesto, párrafos con enjundia y desvergüenza característicos de nuestro bastardo predilecto, los mejores de los cuales destaco a continuación:
El lugar le había gustado de inmediato. Era un pequeño centro naturista, tranquilo, apartado de los enormes complejos turísticos que se extienden desde Andalucía hasta Levante, y cuya población se componía sobre todo de jubilados del norte de Europa: alemanes, holandeses, en menor medida escandinavos y, por supuesto, los inevitables ingleses, aunque curiosamente no había belgas, a pesar de que todo en aquel centro (la arquitectura de los pabellones, la distribución de los centros comerciales, el mobiliario de los bares) parecía reclamar su presencia, en fin, era realmente un rincón para belgas. La mayoría de los residentes había desempeñado su carrera en la docencia, el funcionariado en el sentido amplio, las profesiones intermedias. Terminaban ahora su vida de una forma apacible, no eran los últimos a la hora del aperitivo y paseaban con simplicidad, del bar a la playa y de la playa al bar, sus nalgas caídas, sus pechos superfluos y sus pollas inactivas. No se metían en líos, no causaban ningún conflicto de vecindad, extendían con civismo una toalla en las sillas de plástico del No problemo antes de enfrascarse, con una atención exagerada, en el examen de una carta por lo demás corta (en el perímetro del recinto nudista era una cortesía admitida evitar mediante una toalla el contacto entre un mobiliario de uso colectivo y las partes íntimas, posiblemente húmedas, de los consumidores). Otra clientela, menos numerosa pero más activa, era la formada por los hippies españoles (adecuadamente representados, yo me percataba con dolor, por aquellas dos chicas que me habían abordado para inflar los neumáticos). No estará de más un breve recorrido por la historia reciente de España. A la muerte del general Franco, en 1975, España (más concretamente la juventud española) se vio enfrentada a dos tendencias contradictorias. La primera, directamente surgida de los años sesenta, otorgaba un gran valor al amor libre, el nudismo, la emancipación de los trabajadores y ese tipo de cosas. La segunda, que acabaría imponiéndose en los años ochenta, valoraba por el contrario la competición, el porno hard, el cinismo y las stock-options, bueno, simplifico pero hay que hacerlo porque, si no, no llegamos a nada. Los representantes de la primera tendencia, cuya derrota estaba programada de antemano, se replegaron poco a poco hacia reservas naturales como este modesto centro naturista en el que yo había comprado un apartamento. Por otra parte, ¿finalmente se había producido esa derrota programada? Algunos fenómenos muy posteriores a la muerte de Franco, tales como el movimiento de los indignados, podían inducir a pensar lo contrario. Así como, más recientemente, la presencia de aquellas dos jovencitas en la gasolinera Repsol de El Alquián, aquella tarde perturbadora y funesta; ¿el femenino de indignado era indignada? ¿Había, pues, conocido a dos encantadoras indignadas? No lo sabré nunca, no había podido acercar mi vida a la suya, aunque podría haberles propuesto que visitaran mi centro naturista, donde habrían estado en su entorno natural, quizá la morena se habría marchado, pero yo habría estado a gusto con la castaña, en fin, las promesas de felicidad se volvían un poco borrosas a mi edad, pero durante varias noches después del encuentro soñaba con que la castaña llamaba a mi puerta. Había vuelto a buscarme, mi vagabundeo por este mundo había llegado a su fin, había vuelto para salvarme con un solo movimiento la polla, mi ser y mi alma. «Y en mi casa, libre y audazmente, penetra como su dueña.» En algunos de estos sueños ella precisaba que su amiga morena aguardaba en el coche para saber si podía subir para unirse a nosotros; pero esta versión onírica se hizo cada menos frecuente, el guión se simplificaba y al final no hubo siquiera guión, inmediatamente después de abrir la puerta entrábamos en un espacio luminoso, inenarrable. Estas divagaciones continuaron durante un poco más de dos años; pero no nos adelantemos. (...)
los dos primeros días hice el esfuerzo de reunirme con ella abajo, de mantener la ilusión de un lecho conyugal, y después desistí, adquirí la costumbre de comer solo, en aquel bar de tapas bastante chulo donde había dejado pasar la ocasión de sentarme a la mesa con la del pelo castaño de El Alquián, y con el paso de los días me resigné a pasar allí todas mis tardes, en ese espacio de tiempo comercialmente átono pero socialmente irreductible que separa en Europa la comida de la cena. El ambiente era relajante, había gente un poco como yo pero peor, en la medida en que tenían veinte o treinta años más que yo y para ellos el veredicto ya había sido dictado, estaban derrotados, había muchos viudos por la tarde en aquel bar de tapas, los naturistas también conocen la viudez, bueno, sobre todo había viudas y no pocos viudos homosexuales cuyo compañero más frágil había volado al paraíso de los sarasas, por otra parte las distinciones de orientación sexual parecían haberse evaporado en aquel bar manifiestamente elegido por los mayores para terminar su vida, en beneficio de distinciones más trivialmente nacionales: en las mesas de la terraza se distinguía claramente el rincón de los ingleses del de los alemanes; yo era el único francés; en cuanto a los holandeses, eran unos auténticos cabrones, se sentaban en cualquier parte, nunca se insistirá lo suficiente en que son una raza de comerciantes políglotas y oportunistas. Y todos ellos se atontaban plácidamente a base de cervezas y platos combinados; el ambiente era en general muy tranquilo, el tono de las conversaciones moderado. De vez en cuando, sin embargo, se abatía una ola de indignados juveniles que venía directamente de la playa, las chicas tenían todavía el pelo húmedo y el nivel sonoro aumentaba un grado en el local. Yo no sé qué coño haría por su parte Yuzu porque nunca se exponía al sol, seguramente veía series japonesas en la Net; aún ahora me pregunto si comprendía algo de la situación (...).
me impulsaba en aquel momento a buscar con avidez la compañía de los veteranos, lo que paradójicamente no era tan fácil, estaban dispuestos a desenmascararme como un falso veterano, sufrí en concreto algunos desaires de jubilados ingleses (lo cual no era grave, un inglés nunca va a acogerte bien, el inglés es casi tan racista como el japonés, del cual constituye en cierto modo una versión atenuada), pero también de los holandeses, que obviamente no me rechazaban por xenofobia (¿cómo podría ser xenófobo un holandés?; ya hay una contradicción en los términos, Holanda no es un país, es a lo sumo una empresa), sino porque me negaban el acceso a su universo senil, no había estado a la altura, no podían confiarme con naturalidad sus problemas de próstata ni los de sus baipases, sorprendentemente me habían acogido con mayor facilidad los indignados, su juventud iba emparejada con una ingenuidad real, y durante aquellos días yo podría haberme pasado al otro bando y tendría que haberlo hecho, era mi última oportunidad y a la vez yo tenía mucho que enseñarles, conocía perfectamente las derivas de la industria agrícola, su militantismo habría adquirido consistencia en contacto conmigo, sobre todo porque la política española en materia de transgénicos era más que cuestionable, España era uno de los países europeos más liberales y más irresponsables en este campo, era España entera, el conjunto de los campos españoles, la que corría el riesgo de transformarse de la noche a la mañana en una bomba genética, en el fondo habría bastado una chica, siempre basta una chica, pero nada sucedió que pudiera hacerme olvidar a la chica de El Alquián, y al mirar atrás ni siquiera se lo recrimino a las indignadas presentes, hasta soy incapaz de recordar realmente su actitud conmigo, al pensarlo tengo la sensación de que era de una benevolencia superficial, pero supongo que yo mismo solo era superficialmente accesible, me había destrozado el retorno de Yuzu, y la evidencia de que tenía que deshacerme de ella y hacerlo lo más pronto posible, me sentía incapaz de fijarme en los encantos de las indignadas, e incluso si me había fijado, de creer que eran reales, aquellas chicas eran como un documental sobre las cascadas del Oberland bernés captado en internet por un refugiado somalí.(...)
Mis días transcurrían cada vez más dolorosos a falta de acontecimientos tangibles y simplemente de razones para vivir, al final hasta había abandonado por completo a los productores de albaricoques del Rosellón; ya no iba muy a menudo al café por miedo a encontrarme con una indignada con los pechos desnudos. Miraba los movimientos del sol sobre las baldosas, despachaba botellas de coñac Cardenal Mendoza y más o menos eso era todo. (...)
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me repugnaba esta ciudad infestada de burgueses ecorresponsables, yo también era quizá un burgués pero no era ecorresponsable, circulaba en un 4 × 4 diésel –puede que no hubiera hecho gran cosa en mi vida, pero al menos habría contribuido a destruir el planeta– y saboteaba sistemáticamente el programa de criba selectiva implantado por el presidente de la comunidad de vecinos tirando las botellas vacías al cubo de la basura reservado a los papeles y envases, y los desechos perecederos al contenedor de recogida del cristal. Me enorgullecía un poco de mi incivismo, pero también me vengaba mezquinamente del precio indecente del alquiler y los gastos (...).
parecía confirmar mi hipótesis de que no había renunciado a esos pasatiempos, y una noche tuve ganas de saber a qué atenerme, era absurdo, ella podía volver en cualquier momento, y además hurgar en el ordenador de tu compañera no tiene nada de honorable, es algo curioso la necesidad de saber, bueno, la palabra necesidad es quizá un poco fuerte, digamos que aquella noche no había partidos de fútbol interesantes. Cribando sus mails por el tamaño, separé fácilmente la decena que contenía vídeos adjuntos. En el primero, mi compañera era el centro de un gang-bang de factura clásica: ella hacía una paja y se la chupaba a una quincena de hombres que la penetraban, esperaban sin prisa su turno y usaban un preservativo para las penetraciones vaginales y anales; nadie pronunciaba una palabra. En un momento dado ella intentaba abarcar dos pollas con la boca, pero no lo conseguía del todo. En una segunda fase los participantes le eyacularon en la cara, que poco a poco quedó cubierta de esperma, más tarde Yuzu cerró los ojos. Todo esto estaba muy bien, bueno, por decirlo de alguna manera digamos que no estaba exageradamente sorprendido, pero había otra cosa que me llamaba más la atención: enseguida había reconocido la decoración, aquel vídeo había sido filmado en mi apartamento, y más concretamente en la suite, y eso, eso no me hacía mucha gracia. Debía de haber aprovechado uno de mis desplazamientos a Bruselas, y hacía más de un año que ya no iba, por tanto el vídeo se había filmado muy al principio de nuestra relación, o sea, en una época en que todavía follábamos juntos e incluso follábamos mucho, creo que yo nunca había follado tanto, ella estaba disponible para follar casi en todo momento, yo había entonces deducido de ello que estaba enamorada de mí, era quizá un error de análisis, pero entonces es un error que cometen muchos hombres, o bien no lo es, así es como funciona (como dicen en las obras de psicología popular) la mayoría de las mujeres, está en su software (como dicen en los debates políticos de Public Sénat), Yuzu bien podía ser un caso particular. (...)
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 Al no poder pagar el alquiler, Yuzu se vería condenada a volver a Japón, a no ser, quizá, que decidiera prostituirse, tenía algunas de las facultades necesarias, sus prestaciones sexuales eran de muy buena calidad, en especial en el capítulo crucial de la mamada, chupaba el glande con esmero, sin perder nunca de vista la existencia de los cojones, solo había una laguna en lo referente a la garganta profunda debido al tamaño pequeño de su boca, pero esta modalidad era solo, a mi entender, una obsesión de maniáticos minoritarios, si quieres que la polla esté totalmente rodeada de carne pues, bueno, ahí tienes el chocho, está hecho para eso, de todos modos la superioridad de la boca, que consiste en la lengua, queda anulada en el universo cerrado de la garganta profunda, donde la lengua se ve ipso facto privada de toda posibilidad de acción, en resumen, no polemicemos pero el hecho es que Yuzu te la cascaba bien y que lo hacía de buena gana en todas las circunstancias (¡cuántos de mis viajes en avión se habían visto aderezados por sus pajas sorprendentes!), y sobre todo que estaba extraordinariamente dotada en el ámbito anal, tenía un culo receptivo y de fácil acceso, y además lo ofrecía con una buena voluntad perfecta, ahora bien, al anal, en el escorting, se le aplica siempre un suplemento en la tarifa, en realidad incluso podría pedir mucho más que una simple puta con anal, yo situaba su tarifa probable alrededor de los 700 euros la hora y 5.000 mil la noche: su auténtica elegancia, su grado de cultura limitado pero suficiente podían convertirla en una verdadera escort, una mujer a la que llevarías tranquilamente a una comida y hasta a un importante almuerzo de negocios, por no hablar de sus funciones artísticas, fuente de conversaciones apreciables, pues en los ambientes empresariales son muy aficionados a las conversaciones artísticas, y por otra parte yo sabía que algunos de mis compañeros de trabajo habían sospechado que yo estaba con Yuzu precisamente por ese motivo, una japonesa en definitiva representa siempre un poco de clase, prácticamente por definición, yo sabía que me habían admirado por eso, pero aun así lo certifico y créanme, estoy cerca del fin y las ganas de mentir me han abandonado definitivamente, no fueron las cualidades de escort «de gama alta» de Yuzu las que me sedujeron de ella, sino realmente sus aptitudes de puta ordinaria. Sin embargo, en el fondo yo apenas creía en la Yuzu puta. Había frecuentado a muchas, ya fuera solo o con las mujeres con las que había convivido, y ella carecía de la cualidad esencial de ese maravilloso oficio: la generosidad (...). 
Llegados a este punto, quizá sea necesario que haga algunas aclaraciones sobre el amor, destinadas sobre todo a las mujeres, porque ellas comprenden mal lo que es el amor en los hombres, están siempre desconcertadas por la actitud y el comportamiento masculinos y a veces llegan a la conclusión errónea de que los hombres son incapaces de amar, rara vez perciben que esta misma palabra, amor, describe en el hombre y la mujer dos realidades radicalmente distintas. El amor en la mujer es un poder, un poder generador, tectónico, cuando el amor se manifiesta en la mujer es uno de los fenómenos naturales más imponentes que la naturaleza pueda ofrecernos contemplar, hay que considerarlo con temor, es un poder creativo del mismo tipo que un temblor de tierra o un trastorno climático, el origen de otro ecosistema, otro entorno, otro universo, con su amor la mujer crea un mundo nuevo, pequeñas criaturas aisladas chapoteaban en una existencia incierta y de pronto la mujer crea las condiciones de existencia de una pareja, de una nueva entidad social, sentimental y genética, cuya vocación es efectivamente eliminar todo rastro de los individuos preexistentes, la esencia de esta nueva entidad es ya perfecta como lo había advertido Platón, en ocasiones puede adquirir la complejidad de una familia pero es casi un detalle, al contrario de lo que pensaba Schopenhauer, la mujer de todos modos se entrega por completo a esta tarea, se abisma en ella, se consagra en cuerpo y alma, como suele decirse, y por otra parte no hace en realidad la diferencia, esa diferencia entre cuerpo y alma no es para ella más que una disputa masculina intrascendente. Sacrificaría sin vacilar su vida a esta tarea que en realidad no lo es, porque es la manifestación pura de un instinto vital. (...) 
El hombre, en principio, es más reservado, admira y respeta ese desenfreno emocional sin comprenderlo plenamente, le parece extraño complicar tanto las cosas. Pero poco a poco se transforma, poco a poco es absorbido por el vórtive de pasión y de placer creado por la mujer, más exactamente reconoce la voluntad de la mujer, su voluntad incondicional y pura, y comprende que esta voluntad, aunque la mujer exige el homenaje de las penetraciones vaginales frecuentes y de preferencia cotidianas, pues son la condición normal para que se manifiesten, es una voluntad en sí absolutamente buena en la que el falo, centro de su ser, cambia de estatuto porque se convierte asimismo en la condición de que sea posible manifestar el amor, ya que el hombre apenas dispone de otros medios, y merced a este curioso desvío la felicidad del falo pasa a ser un fin en sí mismo para la mujer, un fin que no tolera casi restricciones en cuanto a los medios empleados. Poco a poco, el inmenso placer que procura la mujer modifica al hombre, que le otorga agradecimiento y admiración, su visión del mundo se ve transformada, de manera imprevista accede a la dimensión kantiana del respeto, y poco a poco llega a contemplar el mundo de otra forma, la vida sin una mujer (e incluso, precisamente, sin esa mujer que le proporciona tanto placer) se vuelve realmente imposible y se asemeja a la caricatura de una vida; en este momento, el hombre empieza en verdad a amar. El amor en el hombre es, por tanto, un fin, una realización y no, como en la mujer, un comienzo, un nacimiento; he aquí lo que se debe considerar. Sin embargo, aunque rara vez, sucede que en los hombres más sensibles e imaginativos el amor se produce desde el primer instante, el love at first sight no es, pues, en absoluto un mito; pero es entonces cuando el hombre, gracias a un prodigioso movimiento mental de anticipación, ya ha imaginado el conjunto de placeres que la mujer podría prodigarle en el curso de los años (y hasta que la muerte, como se dice, los separe), cuando ya (siempre ya, como habría dicho Heidegger en sus días de buen humor) ha previsto el fin glorioso, y era ya esta infinidad, esta gloriosa infinidad de placeres compartidos, lo que yo había entrevisto en la mirada de Camille (pero volveré a hablar de ella), y también, de un modo más incierto (y también con un poco menos de vigor, pero es verdad que yo tenía diez años más y el sexo en el momento de nuestro encuentro había desaparecido totalmente de mi vida, ya no ocupaba un lugar, yo estaba ya resignado, ya no era un hombre completo), en la mirada tan brevemente cruzada con la chica castaña de El Alquián, la eternamente dolorosa chica de El Alquián, la última y probablemente definitiva posibilidad de ser feliz que la vida había puesto en mi camino (...). Se me reprochará quizá que concedo excesiva importancia al sexo; no lo creo. Aunque no ignoro que otras alegrías ocupan poco a poco su lugar, en el curso del desarrollo normal de una vida el sexo sigue siendo el único momento en que involucras personal y directamente tus órganos, por lo cual el paso por el sexo, y por un sexo intenso, sigue siendo obligado para que se produzca la fusión amorosa, nada puede realizarse sin él, y todo lo demás, normalmente, dimana de él suavemente. Hay algo más, por añadidura, y es que el sexo constituye un momento peligroso, el momento por excelencia en que uno se la juega. No hablo específicamente del sida, aunque el riesgo de muerte pueda representar un auténtico escollo, sino más bien de la procreación, peligro mucho más grave en sí mismo, por mi parte yo había renunciado, siempre que fuera posible, a usar preservativos en cada una de mis relaciones, a decir verdad la ausencia de preservativo se había convertido en condición necesaria de mi deseo, donde el miedo de engendrar existía en una proporción considerable, y sabía bien que si por desgracia la humanidad occidental llegaba a separar efectivamente la procreación del sexo (como a veces proyectaba hacer), condenaría a la vez no solo la procreación, sino también el sexo, y se condenaría a sí misma mediante un movimiento idéntico, cosa que los católicos identitarios habían captado muy bien, incluso cuando sus posiciones entrañaban, por otra parte, extrañas aberraciones éticas, como sus reticencias ante prácticas tan inocentes como los tríos o la sodomía, pero yo me extraviaba poco a poco a base de copas de coñac esperando a Yuzu, que no era en absoluto católica y mucho menos católica identitaria, eran ya las diez, no iba a pasarme la noche allí, marcharme sin volver a verla me fastidiaba un poco a pesar de todo, me preparé un bocadillo de atún para pasar el rato, me había terminado el coñac pero quedaba una botella de calvados. (...) Cierto es que las infidelidades de Yuzu (por emplear una palabra suave) me habían dolido, mi vanidad viril se había resentido, y sobre todo me había invadido una duda, si a ella le gustaban todas las pollas tanto como la mía, he aquí la pregunta clásica que los hombres se hacen en esta tesitura, y yo también me la había hecho antes de, ay, llegar a la conclusión de que así era, es verdad que nuestro amor había sido mancillado y que los cumplidos a propósito de mi polla, que tanto orgullo me producían al principio de nuestra relación (tamaño confortable sin ser excesivo, aguante excepcional), los veía ahora con otros ojos, veía la manifestación de un juicio fríamente objetivo, nacido más de una frecuentación continuada de múltiples mingas que de la ilusión lírica que emana del ánimo inflamado de una mujer enamorada, cosa que yo habría preferido, lo confieso muy humildemente, no alimentaba ninguna ambición especial con respecto a mi polla, bastaba con que gustara para que a mí también me gustara, esa era mi actitud con respecto a mi polla. (...) en el amor incondicional el ser amado no puede morir, es inmortal por definición, el realismo de Yuzu era el otro nombre del desamor, y esta deficiencia, esta falta de amor tenía un carácter definitivo, en una fracción de segundo ella acababa de salir del marco del amor romántico, incondicional, y había entrado en el de la conveniencia, y desde aquel momento supe que se había acabado, que nuestra relación había terminado y que incluso ahora era mejor que acabase cuanto antes porque yo ya no tendría nunca más la sensación de tener a mi lado a una mujer sino a una especie de araña, una araña que se alimentaba de mi fluido vital y que no obstante conservaba la apariencia de una mujer, tenía pechos, tenía culo (que ya he tenido ocasión de elogiar) e incluso un coño (sobre el que he expresado algunas reservas), pero nada de esto servía ya, yo la veía convertida en una araña, una araña venenosa que picaba y me inyectaba día tras día un fluido paralizante y mortal, era importante que ella saliera lo más pronto posible de mi vida. (...) 
 ¿Era capaz de ser feliz en soledad? No lo creía. ¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse. (...)
 ¿Era yo tan infeliz, en el fondo? Si por casualidad uno de los seres humanos con los que estaba en contacto (la recepcionista del Hotel Mercure, los camareros del Café O’Jules, la empleada del Carrefour City) me hubiera preguntado por mi estado de ánimo, más bien habría tendido a calificarlo de «triste», pero se trataba de una tristeza apacible, estabilizada, que por otra parte no era probable que aumentase o disminuyera, una tristeza, en suma, que podría haber inducido a considerarla definitiva. Sin embargo, no caí en esa trampa; sabía que la vida podía todavía depararme numerosas sorpresas, atroces o jubilosas, según viniera. No obstante, por el momento no experimentaba ningún deseo, lo que muchos filósofos, o al menos era la sensación que yo tenía, habían considerado un estado envidiable; los budistas estaban básicamente en la misma longitud de onda. Pero otros filósofos, así como el conjunto de los psicólogos, consideraban que esta ausencia de deseo era patológica y malsana. (...) estudié con detenimiento el prospecto, que me informó de que era probable que me quedara impotente y que mi libido desapareciese. El Captorix actuaba aumentando la secreción de serotonina, pero la información que pude obtener en internet acerca de las hormonas de funcionamiento psíquico daba una impresión de confusión e incoherencia. Había algunos comentarios sensatos, como: «Al despertarse cada mañana, un mamífero no decide si va a permanecer con el grupo o alejarse de él para vivir su vida», o este otro: «Un reptil no posee ningún sentimiento de apego por los otros reptiles; los lagartos no confían en los lagartos.» Más específicamente, la serotonina era una hormona vinculada a la autoestima, al reconocimiento alcanzado dentro del grupo. Pero por lo demás se generaba esencialmente a la altura del intestino y se observaba su presencia en muy numerosas especies vivas, incluidas las amebas. ¿De qué autoestima podían presumir las amebas? ¿De qué reconocimiento dentro del grupo? La conclusión que se desprendía poco a poco es que la ciencia médica seguía siendo confusa y aproximativa en estas materias y que los antidepresivos formaban parte de esos numerosos medicamentos que funcionan (o no) sin que se sepa exactamente por qué (...). atrás quedaban mis días de estudiante, había habido ya bastantes chicas, la mayoría extranjeras. Hay que tener muy en cuenta que por entonces no existían las becas Erasmus, que más adelante facilitarían en gran medida las relaciones sexuales entre estudiantes europeos, y que uno de los únicos lugares en la que era posible ligar con extranjeras era la Ciudad Universitaria Internacional del boulevard Jourdan, donde milagrosamente el Ministerio de Agricultura disponía de un pabellón donde se celebraban todos los días conciertos y fiestas. Conocí, pues, carnalmente a chicas de diferentes países y adquirí la convicción de que el amor solo puede desarrollarse sobre la base de cierta diferencia, de que el semejante nunca se enamora de su semejante, aunque en la práctica muchas diferencias pueden dar buen resultado: una extrema diferencia de edad puede generar pasiones de una virulencia inaudita; la diferencia racial conserva su eficacia; y tampoco hay que desdeñar la simple diferencia nacional y lingüística. Es malo que los que se aman hablen la misma lengua, es malo que puedan comprenderse realmente, que puedan comunicarse verbalmente, porque la vocación de la palabra no es crear el amor, sino la división y el odio, la palabra separa a medida que se formula, mientras que un informe parloteo amoroso, semilingüístico, hablar a tu mujer o a tu hombre como se hablaría a un perro, genera las condiciones de un amor incondicional y duradero. (...) Hubo, por tanto, mujeres diferentes, sobre todo españolas y alemanas, algunas sudamericanas, también una holandesa, apetecible y redonda, que parecía en verdad un anuncio de gouda. Estuvo Kate, por último, el último amor de mi juventud, el último y el más grave, después puede decirse que mi juventud terminó, no he vuelto a conocer esos estados mentales que suelen asociarse con la palabra «juventud», esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad), esa sensación de un mundo indefinido, abierto, después de Kate la realidad me envolvió definitivamente. (...) 
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Ya nadie será feliz en Occidente, pensaba además, hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas. (...)
no era tanto que dieran ganas de follarla como de dejarse follar por ella, se notaba que era una mujer que de un instante a otro podía verse arrastrada por el impulso irresistible de follarte, y de hecho era lo que ocurría en nuestra vida cotidiana, su cara no transparentaba nada y de golpe me ponía una mano en la polla, desabrochaba la bragueta en cuestión de segundos y se arrodillaba para mamármela, o bien la variante en que se quitaba las bragas y empezaba a masturbarse, y recuerdo que esto lo hacía casi en cualquier sitio, incluso una vez en la sala de espera del servicio municipal de impuestos directos, había una negra con dos niños que había parecido un poco escandalizada, total, que Claire mantenía en materia sexual un suspense permanente. (...) la industria del porno vivía sus últimos meses antes de que la destruyera el porno amateur en internet, YouPorn iba a destruir esa industria con mayor rapidez incluso que YouTube la industria musical, el porno ha sido siempre puntero en la innovación tecnológica, como ya lo han señalado numerosos ensayistas, sin que ninguno se percatara de lo que esta constatación tenía de paradójica, porque en definitiva la pornografía es el sector de la actividad humana donde la innovación tiene menos importancia, en él no se produce absolutamente nada nuevo, todo lo concebible en materia pornográfica existía ya ampliamente en la Antigüedad griega o romana. (...) "No solamente yo no estaba en condiciones de salvar a Claire, sino que ya nadie estaba en condiciones de salvarla, salvo quizá algunos miembros de sectas cristianas (los mismos que acogen o fingen que acogen con amor, como hermanos en Cristo, a los viejos, los minusválidos y los pobres) de los que ella de todas formas no querría oír hablar, no soportaría la compasión fraternal de esas sectas, lo que ella necesitaba era una ternura conyugal normal y antes que eso una polla en el coño, pero precisamente eso era lo que ya no era posible, la ternura marital ordinaria solo habría podido sobrevenir como acompañamiento de una sexualidad satisfecha, habría tenido que pasar forzosamente por la casilla «sexo», que en adelante y para siempre le estaba vedada. (...) el dinero nunca había recompensado el trabajo, no tenía estrictamente nada que ver, ninguna sociedad humana se había construido nunca sobre la remuneración del trabajo, y ni siquiera la sociedad comunista futura pensaba descansar sobre esas bases, el principio del reparto de las riquezas lo había reducido Marx a esta fórmula perfectamente hueca: «A cada cual según sus necesidades», fuente de trapicheos y disputas interminables si por desgracia alguien había intentado ponerla en práctica, por fortuna esto nunca había ocurrido, ni en los países comunistas ni en los otros, el dinero llamaba al dinero y acompañaba al poder, esta era la última palabra de la organización social. (...) a mí la vida profesional me la sudaba, creo que no pensé en ella más de medio minuto, me parecía inconcebible interesarse seriamente por algo que no fuera las chicas; y lo peor es que a los cuarenta y seis años caía en la cuenta de que había tenido razón en aquella época, las chicas son unas putas si se quiere, se puede ver de esta manera, pero la vida profesional es una puta mucho más grande y no te da ningún placer. (...) no solo había desaparecido por completo mi capacidad de erección, sino hasta el menor deseo, la idea de follar me parecía ya disparatada, inaplicable, y ni siquiera lo arreglarían dos putillas tailandesas de dieciséis años, estaba seguro, de todas formas Azote tenía razón, estaba bien para tíos majos tirando a gilipollas, a menudo ingleses de las clases populares bien dispuestos a creer cualquier manifestación de amor o más simplemente de excitación sexual en una mujer, por inverosímil que pareciera salían regenerados de sus brazos, de su coño y de su boca, ya no eran claramente los mismos, los habían destruido las mujeres occidentales, el caso más flagrante era efectivamente el de los anglosajones, que volvían perfectamente regenerados, pero no era mi caso, yo no tenía nada que reprochar a las mujeres y de todos modos a mí no me afectaba porque ya no me empalmaría nunca más y hasta la sexualidad había desaparecido de mi horizonte mental (...). He conocido la felicidad, sé lo que es, estoy capacitado para describirla, conozco también su final, lo que sigue habitualmente. Nos falta una sola persona y todo está despoblado, como se suele decir, hasta el término «despoblado» es muy débil, suena un poco a estúpido siglo XVIII, no hay en él todavía esa sana violencia del Romanticismo naciente, lo cierto es que te falta una persona y todo está muerto, el mundo está muerto y tú mismo estás muerto, o bien transformado en una figurilla de cerámica, y los demás también son figurillas, un aislante perfecto desde los puntos de vista térmico y eléctrico, así que ya absolutamente nada puede afectarte, salvo los sufrimientos interiores, emanados de la desintegración de tu cuerpo independiente, pero yo aún no había llegado a eso, por el momento mi cuerpo se comportaba decentemente, lo único que ocurría era que estaba solo, literalmente solo, y que no extraía ningún goce de mi soledad ni del libre funcionamiento de mi alma, necesitaba amor y un amor de una manera muy concreta, necesitaba amor en general pero en particular necesitaba un coño, había muchos, miles de millones en la superficie del planeta a pesar de su tamaño moderado, si te paras a pensarlo es alucinante el número de coños que hay, te da mareo pensarlo, creo que todos los hombres han podido experimentar ese vértigo, por otra parte los coños tenían necesidad de pollas, bueno, al menos es lo que los coños se habían imaginado (feliz desprecio sobre el que descansa el placer del hombre, la perpetuación de la especie y quizá incluso la de la socialdemocracia), en principio la cuestión es solucionable pero en la práctica ya no lo es, y es así como muere una civilización, sin trastornos, sin peligros y sin dramas y con muy escasa carnicería, una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido.
Serotonina.
Michel Houellebecq.
Anagrama, 2019.

domingo, 13 de enero de 2019

"The modern lovers" (un poema de Valentina Varas)


THE MODERN LOVERS 

¿a quién le hablás cuando no me hablás a mí?
¿a quién le ponés jajaja?
¿a quién le mirás la foto de whatsapp en grande
algunos segundos una vez por día
y a quién le tomás lista en sus likes?

me gustás así, offline
cuando el wifi nos suelte la mano
te voy a abrazar fuerte y se nos van a caer
lágrimas por los perfiles que dejamos
atrás los links y las cookies que compartimos con otros

te quiero desaparecido
de la pantalla de mi smartphone
ajeno a los pixeles de mi computadora
relegada, chillona y molesta

no busco tu nombre en una ventana de chat
te quiero en mi cama
o en el palier de mi casa
esperando para entrar
coger como en el siglo pasado
la coca light, pulp, el sexo y vos
son mejores en vivo.

no puedo dejar de mirarte
con tus mil pulgadas de potrez inadvertida.
te quiero en la dimensión real,
te quiero y no sos un derivado del petróleo
te quiero porque no sos un derivado del petróleo
te quiero pero ahora hay una pila de ropa sucia
donde ayer estabas vos
y eso me parte el alma

una cita en un corralón
un sábado a la tarde
o en un video club
un viernes a las ocho y media

me gustás así, offline
tomando coca común en una parrilla
al costado de la ruta en areco
o en chascomús
hablando de música o política
u otras formas de terapia alternativa
más extremistas y menos pop

me gustás así, offline
¿quién está administrando mi ego?
¿tu ropa pasada de moda,
tu buzo quiksilver del 2008?

De todas las cosas que nunca entendí 
siempre vas a ser mi favorita.
Valentina Varas.
Ediciones Liliputienses, 2018

sábado, 5 de enero de 2019

Algunos poemas de EL METABOLISMO DE LOS REPTILES de Ánuar Zúñiga Naime

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PRETTY HATE CAFFEINE
Yo soy el ciudadano promedio
cuando las noches son tibias
como un revolver que acaba de abrir fuego
y las grietas del techo
forman el mapa de la asfixia

Yo soy el ciudadano promedio
y le tengo más miedo
                                        al hambre que al fracaso.
Soy los nudillos que golpean los cristales de los seven eleven
  a las cuatro de la mañana
la sensación de vacío después de coger con desconocidos

Escucho el iPod en shuffle porque no me atrevo a controlar nada

Mis padres me enseñaron a no conformarme con ser un perdedor
Mis padres me enseñaron                                     a ser un buen perdedor

Yo soy el ciudadano promedio y le tengo miedo a los perros
que se arrojan contra las rejas de los zaguanes
                                                                                       al escuchar mis pasos

Tengo gingivitis y tengo
doscientos éxitos de los Beatles en formato mp3

Soy el ciudadano promedio
y me siento sospechoso en los bancos
y los aeropuertos.

La casa en la que crecí ahora es una sucursal de Starbucks

Corro al cruzar las calles
obtengo placer de imaginar a mis padres
llorando mi muerte.
Yo soy el ciudadano promedio y tengo un montón de vidas ficticias
para contarle a los taxistas
olfateo los calcetines después de usarlos

Algo tengo de justificante médico
algo
           de mono lanzado al espacio.

Yo soy el ciudadano promedio
y no tengo salida de emergencia.



APRENDA A QUEMAR PUENTES
En el decimosexto año de mi vida descubrí
que nunca sería Travis en Taxi driver
que a lo mucho sería la luz roja
el semáforo que te hace perder el tiempo

Me di cuenta de que hay que tener
carácter para el heroísmo
o ser demasiado imbécil

Después quise ser como los burócratas y los astronautas
dejar pasar los años
mirar todo a través de un vidrio

pero tengo el metabolismo de los reptiles y me toca
ver las dos caras
de muchas monedas:

soy la malamadre
la malahija del malpadre
y así
porque YOLO
porque el instructivo venía en checo
y somos coches bomba
cediéndole el paso al peatón

BED & BREAKFAST
durante años habitamos hoteles
que eran el estómago de un animal


DIOS TE AMA
porque no vive contigo
porque no le quita tus pelos al jabón
cada mañana
en la regadera

porque no te escucha roncar como una sierra eléctrica
a las 3 de la madrugada
masticar con la boca abierta
porque no tiene que limpiar la tapa meada del escusado
todos los días

dios te ama
porque solo te ha visto en la tele

CALLCENTER
llaman en mitad de la muerte de mi padre
para ofrecerme una tarjeta de crédito

CUMPLEAÑOS
sabrá que lo hizo correctamente
si al soplar las velas del pastel
el resto del mundo se incendia

FORTUNE COOKIE
usted es ese 0,1%
del que advierten
las compañías de condones

El metablismo de los reptiles.
Ánuar Zúñiga Naime.
Ediciones Liliputienses, 2018.

martes, 11 de diciembre de 2018

ASPIRACIONES DE LA CLASE MEDIA (Brenda Ríos)

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Ayer devoré en unas horas este poemario de Brenda Ríos y pensé, qué menos, intentar contribuir a propagarlo desde mis modestos púlpitos de palpitación. Sin embargo, luego recordé que Ariadna G. García ya había publicado una reseña muy completa en la revista Oculta Lit que prefiero compartir desde aquí con ustedes junto con algún poema seleccionado por mí y, sobre todo, mi recomendación apasionada:
DOMINGO
no tiene nada de malo comer
sobre el fregadero,
mirando por la ventana el edificio de enfrente.
por fin han quitado el anuncio de Se vende.
caen las plantas sobre los balcones de ese edificio
más limpio y grande sin el anuncio ese.
nada tiene de malo
haber esperado años el ascenso que nunca se dio
ni de haber intentado amar a 553 mujeres
para ser exacto
lo que importa es que el intento y que llamaste y
mandaste mensajes y estuviste ahí cuando
llamaban ebrias en la madrugada
pidiéndote que pasaras por ellas o las recibieras en tu casa
y decías a todas, las 553, sí, acá te espero o voy por ti
nada tiene de malo que llames los domingos a tus dos únicos amigos
para ir al cine
pero ellos no pueden, nunca pueden,
fueron comidos por el hermoso sistema de los hijos
un sistema perfecto si lo piensas:
durante años los llevan a partidos de futbol, escuela, fiestas,
y durante años los verán partir a la universidad y a una ciudad
con mejores empleos
donde conocerán a alguien y tendrán hijos a quien llevar a los partidos, la escuela, y así…
pero por ahora los hijos son pequeños y tus amigos no pueden dejarlos de mirar un segundo
por si se caen de la cuna
o se meten algo a la boca,
o si se golpean entre ellos
porque aún no saben qué está bien y qué no

y tú te quedas sin ir al cine
comiendo en el fregadero
algún bocado del refrigerador

y piensas en las 553 oportunidades de haber sido ellos y de tener tus propios hijos
y una chica en casa que odiara las películas que ves
pero te soportara amablemente
porque te enseñaron que amar es soportar con amabilidad,
a tus padres les funcionó.

pero no, algo no salió como debías ser y
comes mirando por la ventana
imaginas el regateo de los nuevos propietarios con la inmobiliaria
imaginas que a su vez pondrán cortinas blancas como todos
y flores en el balcón como todos
y saldrán en dos autos a las 8:15 como todos
y regresarán por la noche, ya oscuro,
cansados y satisfechos de ese cansancio pues pudieron comprar ese departamento
en una buena calle
sin pensar en el futuro
como todos
porque pensar no ayuda en la resistencia
en la capa fría de las mañanas,
en las compras del súper los lunes en la noche
en salir al cine, a cenar, sólo para imaginar que no sólo se trabaja
pero es así: solo se trabaja
y ves pasar los años donde siempre
sin haber recibido el ascenso
comiendo el pollo frío o la pizza del día anterior
llenándote la cabeza con toda la claridad posible.

ORDEN DEL DÍA
Los hombres que quise se llevaron todo.
El dinero, los libros, lo que yo era.
Con la cuenta vacía, la casa vacía, los ojos vacíos
regresé y cerré la puerta.
No había modo de salir.

Grité por días pero no hubo nadie.
Me doblé del agotamiento.
El cielo cambió de color y ahí estaba yo
olvidando quién fui
recordando quién fui
todo a la vez en extrema confusión.

Qué difíciles tiempos para ser una,
para hacerse, para contarse, para darse.
Qué terribles días para sanar
y enfermar de nuevo
el ardor, la fiebre, la palabra dar.

Había un muchacho en la piscina,
era hermoso.
Entraba al agua y el mundo quedaba suspendido
no podía dejar de verlo
puro músculo, piel tensa, casi podía tocarlo con los ojos
las perlas del agua lo cubrían
como un collar extra grande, perlas transparentes,
parecía que una mujer le había llorado encima
con lentitud y pereza, lánguidas lágrimas
un traje traslúcido que servía para no
hundirse.

Él era agua bebiendo el agua de la piscina,
él era fuerza
y yo, a dos carriles de él,
me sometía.

Mis pies estaban pegados al azulejo
del fondo
mis ojos querían amarlo
entrar en él
verlo dormir
pero recordé quién era yo
noté quién era él
y mi casa vacía se hizo presente.

Yo era la casa sin muebles,
él era la abundancia, las uvas, el pan, el queso, la miel, la mantequilla,
nada quedó para mí
pues los hombres que quise y quise mucho,
se llevaron todo.
Mi casa sufrió un incendio.
Yo soy las cenizas.
ESCUDO
En el amor cometía siempre
la tontería de pensar
total, ¿qué tengo que perder?
pero perdía y perdía mucho
tanto así que en una ocasión
decidí no mover un dedo
y contuve mi ejército de amor
que es mi cuerpo
lo dejé en reposo
sin respirar
hasta que la bestia pasara
sin dañarme
pero no, no fue igual
INTERRUPCIÓN
No importa la hora en que llame tu madre
siempre será inoportuna,
he dejado la carne en la sartén,
estoy con un amigo
me estaba bañando y salí empapada a contestar

qué fortuna el amor materno
el hilo sangriento que une
una persona pegada a otra de por vida
sin importar la hora,
la ciudad
el cambio de horario,
llamará, llamará y tú pasmado
reconociendo el número
con el cuerpo escurriendo
atinas a decir,
discúlpame, te marco luego,
estoy a la mitad de algo

qué barato el amor del hijo:
uno es lanzado a vivir
pero no esperan que flotemos por inercia
hay que morder el hilo de sangre
hay que comer de vez en cuando esos márgenes de la cuerda,
manguera siniestra
hay que agradecer porque pudimos haber sido asfixiados
a los dos, tres años cuando por vivir hacíamos de todo: gritos, pataletas
y míranos ahora,
no queremos dar el crédito de la vida,
porque a final de cuentas ¿qué?
respiramos a mitad de algo, y cuando íbamos a ser felices
nos interrumpen 
COSAS QUE HIERVEN
no tuve hijos
tampoco duré más de cuatro meses en un empleo;
cansancio por lo mecánico
justificaba.
lo de los hijos parecía algo así:
el acto de cuidar no es para todos
y hay que cuidar por mucho tiempo
aun si uno tiene hambre o sueño
hay que cuidar

me senté en la arena hirviente a mirar el mar
eso hice. eso hice mucho, mucho tiempo.
al caer la tarde llegaba a casa y listo,
tomaba un café hirviente
un sandwich plano
y miraba algo en la tele antes de dormir.

la vida pasa, me decían.
mientras sudaba a mares mirando el mar
agua que regresa ahí mismo
perdía peso mirando el mar
el calor es un hijo propio

las barcas de los pescadores están a unos 300 metros
de la orilla y ellos también contemplan el mar
esperan
y con esa espera llegará el alimento

días, noches, días, noches
hermosas y repetitivas
como rutinas de oficina

incluso hay sombras de ojos que asemejan el color del mar
o de una alberca
colores para labios como puestas de sol rojizas
eso lo saben las secretarias, aun las de nuevo ingreso:
traen un mar en la cara, una puesta de sol tímida:
sirenas sonrientes, conocedoras de atajos administrativos
sonríen, sonríen, mastican con la boca abierta
así, hasta que se jubilan,
y se irán a pasar su tiempo de abuelas
limpias de la cara
en casa, haciendo los complicados guisos que el trabajo no les permitía hacer;
miro el mar y él me mira de vuelta
podemos estar así horas
nos gustamos, nos caemos bien
no tenemos que hablar
sólo vernos
comprender que su cuerpo está ahí hecho de agua
justo, cierto, extenso, como el mío
y ambos hervimos, como agua para té,
a punto de hacer explotar la tapa de la olla.

Aspiraciones de la clase media.
Brenda Ríos.
Ediciones Liliputienses, 2018. 

domingo, 9 de diciembre de 2018

ALAMEDA 39 (Revista de poesía): La huella beat (número 4º)


Alameda 39 es una revista de poesía dirigida por Gema Estudillo y Uberto Stabile que felizmente ya ha alcanzado su cuarto número (enhorabuena), dedicado en este caso a explorar la huella beat en la poesía actual a ambos lados del Atlántico.
Así, encontramos interesantes artículos de autores tan destacados como Alexis Díaz Pimienta, Juan Carlos Usó, Indran Aminthanayagam o Antonio Orihuela y traducciones de José Luis Piquero o del propio Uberto Stabile. 
Cierran el número poemas de Luci Romero, Ana Patricia Moya, Javier Dámaso o Víctor Peña Dacosta, este humilde servidor de ustedes, que se permite dejar una muestra junto con la recomendación de que lo antes posible se hagan con este y/o el resto de números de Alameda 39








lunes, 12 de noviembre de 2018

La bala perdida: William Burroughs en Plasencia

 

La Moderna es una de las editoriales más interesantes de los últimos tiempos. 
El miércoles 14 de noviembre a las 20 de la tarde su editor David Matías y el ínclito Urbano Pérez presentarán en La Puerta de Tannhauser de Plasencia La bala perdida: William Burroughs en México.
No se lo pierdan.

martes, 23 de octubre de 2018

Presentación en Plasencia de LA PIEL CADUCA de Lucía Marín


El próximo viernes 26 de octubre se presenta en Plasencia La piel caduca, un estupendo libro de relatos de Lucía Marín, avalado por el gran Paco Najaro y su editorial, RIL Ediciones.

martes, 9 de octubre de 2018

CONTRA LA IZQUIERDA: para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI.

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La colección de mini-ensayos o panfletos agrupada en la colección Nuevos Cuadernos Anagrama es espectacular. Desde el primer número, El secreto y no, de Claudio Magris, hasta el análisis de Schopenhauer por parte de Houellebecq y pasando por la crónica de la inmigración y el ascenso de la extrema derecha en Calais de Emmanuel Carrère. Tampoco puedo dejar de resaltar La conjura de los irresponsables de Jordi Amat, una autopsia exacta de las causas del Procès que ya despiezamos y compartimos en esta entrada de mi blog.

Pero mi preferido hasta el momento es este "ensayino" de Jordi Gracia: Contra la izquierda. Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI. Comparto a continuación algunas de las citas que más me han sacudido, gustado o sorprendido y reitero mi recomendación para que los lectores de este blog se hagan con este y otros títulos de la colección, como los citados previamente o los de Rafael Chirbes (El año que nevó en Valencia) o David Trueba (La tiranía sin tiranos).

El único fantasma que hoy recorre Europa es el desengaño ante una izquierda sin respuesta ideológica a los desastres del presente. (...) La socialdemocracia se ha mimetizado con la derecha y ha dilapidado la expectativa de ser alternativa real, y el lastre paleorrevolucionario de la nueva izquierda no seduce a mayorías suficientes. La izquierda parece sonámbula, pero no lo está en la calle ni en las casas. (...)
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LO QUE NO ES DE IZQUIERDAS 
Ser de izquierdas era antes relativamente sencillo (...). Pero ese mundo desapareció tras la crisis económica de 2008 y todavía no parece asentado el vendaval de cambios que ha sacudido esta sociedad. (...) a ella le han afectado por partida doble la decadencia de un partido socialista desahuciado y la aparición de una nueva izquierda tentadora y atrevida, pero también inconsistente y parlanchina. (...) No es de izquierdas obviar educadamente que la discriminación de género más salvaje de Occidente arranca de los confesionarios y las escuelas religiosas.
Tampoco es de izquierdas pedir y defender lo imposible porque esa retórica abona la perpetuación del orden fundamental; (...) No es de izquierdas descalificar cuarenta años de democracia sin señalar las culpas de las generaciones posteriores (la mía, entre ellas). No es de izquierdas creer que las élites arruinaron los sueños de la izquierda durante la Transición; no es de izquierdas arrojar hoy a aquel pasado las culpas del presente, porque es un fraude intelectual. Casi nadie supo hacer mejor entonces las cosas y tampoco después. (...)
Tanto el movimiento feminista como el movimiento ecologista son paradigmas de éxito de la izquierda. Han logrado instalar en el programa global del neoliberalismo a los que fueron causas emprendidas por vanguardias minoritarias y a menudo caricaturizadas; (...)
A pesar de las tamborradas de la izquierda en Cataluña, me temo que tampoco es de izquierdas ser independentista. El procés ha llevado a la izquierda al colapso porque ha respondido a las movilizaciones populares sumándose acríticamente a ellas. A la izquierda le ha sobrado inercia revoltosa y le ha faltado coraje para oponerse a un discurso de fondo insolidario y antiguo; ha aceptado la caricatura de una España reducida a los despachos del poder conservador y no ha encontrado el momento para promover la discusión sobre por qué, contra qué, a cambio de qué y a qué precio se aspira a ese destino redentor. No ha planteado siquiera el debate de la legitimidad ideológica o se ha acobardado al abordarlo. La nueva izquierda ha creído de forma oportunista y táctica que sus banderas no podían faltar entre las banderas callejeras del independentismo. Ha sido el síntoma más flagrante (...) de su debilidad argumental y de la pobreza de su idea de solidaridad y cohesión social, de su olvido de las clases trabajadoras inmigradas a lo largo de todo el siglo, y no ha sido de izquierdas tampoco su adopción de un relato ajeno y tácitamente supremacista. (...)
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POR UNA IZQUIERA IRÓNICA  
(...) la zona de confort dejó de existir para la izquierda incluso antes de la crisis de 2008. Su volatilidad ideológica ha hecho surfear al socialismo en un precario equilibrio, mientras el oportunismo de la nueva izquierda ha atronado con soluciones categóricas y a menudo impracticables. (...) La socialdemocracia acentúa su conservadurismo como solución mecánica y la nueva izquierda acentúa artificialmente su radicalismo. (...)
Posiblemente el reformismo más exigente empieza por la conciencia de la invulnerabilidad del capitalismo, de su blindaje formidable y de su infinita capacidad mutante. (...) prefiero la defensa irónica de una causa perdida en la que no todo está perdido, donde lo real no es una fatalidad pero tampoco lo es la enmienda de lo real. (...) Para hacerse visible y audible en el mercado mediático, necesitó reactivar los viejos eslóganes y el radicalismo teórico de otros tiempos, en España y fuera de España. La estrategia funcionó y fue capaz de atraer a multitud de ciudadanos. Con un discurso libresco y arqueológico, reactivó la conciencia de la injusticia y de la desigualdad y puso contra las cuerdas a una socialdemocracia desmejorada y dócil con la depauperación de las clases medias.
Ese fue un mérito objetivo de la izquierda nueva, pero hoy todo aquello está ya amortizado. Esa clase media degradada hará lo que sea para proteger o recuperar su reciente ascenso social, sin pensar por asomo en ruptura alguna ni nada semejante. (...)
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No hay ya batalla entre iguales porque la izquierda es también capitalista. (...) Su renuncia a objetivos macrosociales concentra la energía para combatir microdesgracias pandémicas. Esa es una izquierda posible, posibilista, limitada y necesaria, sin soflamas que la hagan vivir en falso, soñar en falso, sentir en falso, gesticular en falso. (...) La urgencia de lo real le exige a la izquierda prudencia y pragmatismo para reparar las averías de un sistema que ni puede ni sabe cómo reemplazar. (...)
Y aunque algunos líderes se nutran de pantalones y camisas en el Carrefour (...) sus votantes naturales podrían vender a la madre por unos Levi´s como los míos. (...) 
Que el discurso de la izquierda sea eficaz pasa por asumir sin vergüenza el fracaso y el horror de las utopías y aclimatar las expectativas a la realidad de un Occidente rico y a la vez saturado de desigualdades atroces (...). Alimentar una expectativa retrorrevolucionaria es la tumba de la izquierda y garantiza su debilidad crónica. (...) El discurso redentor es letal para la izquierda porque todo el mundo sabe que no hay redención alguna. Quizá incluso ser de izquierdas empieza hoy por no parecer de izquierdas, mientras que la exhibición de izquierdismo se parece mucho a la nostalgia (...).
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En cuanto la izquierda oye un eslogan hímnico o la cantinela de turno de la revolución, en cuanto asoma la coreografía de una movilización estudiantil, sale disparada pavlovianamente a su encuentro y corea con el viejo fervor las consignas de la memoria. (...) No produce otra respuesta que el ensimismamiento gratificante y la nostalgia autocompasiva de un pasado que no existe fuera de la memoria sentimental, fuera de los libros de historia, fuera de las discotecas o cedetecas de padres con alopecia peleona y edad avanzada. (...)
 
A veces parece que la izquierda occidental no ha entendido que es una izquierda burguesa que aspira antes que nada a preservar su estatus. (...) Si la izquierda burguesa es egoísta no es solo porque quiera preservar lo suyo, sino porque la clase baja le suscita culpa y la clase alta, rencor o desprecio. (...)
La izquierda acusa ahora la mala conciencia de saberse burguesa, culpable de sus gustos y sus consumos, y a cambio sobrelleva la penitencia impagable de encajar imperturbablemente victorias morales con sus correspondientes derrotas reales. Seguimos coreando no nos moverán, seguimos repitiendo contra toda evidencia no pasarán, o incluso nos creemos de veras que es la unión la que hace la fuerza y lo coreamos a coro. Pero todo desprende el aire antiguo de una obra del viejo teatro de la lucha obrera sin lucha y sin obreros. (...)
Condenar la Transición como contrafigura grotesca de una República mitificada tampoco es producto del conocimiento histórico ni del deber de contar la verdad. (...) Sacralizar la Transición infantiliza aquel proceso tanto como impugnarla. (...)
Lo que de veras encadenó aquel candado fue la continuidad institucional, política, cultural y jurídica del franquismo. (...) Han olvidado la sórdida cultura política del país que fuimos, han olvidad el tutelaje de un ejército presto a tomarse la revancha por la prematura (sic) muerte de Franco, han olvidado que la mayoría de la población fue pasivamente franquista y que una masiva minoría fue convencidamente franquista. (...) Esa izquierda demuestra su incapacidad para entender que España era un país estructural, moral y políticamente subdesarrollado y sin la menor cultura democrática. (...)
 
Momificar idealmente la Segunda República es una superstición más de la izquierda contemporánea, y otro indicio de la pandemia de autoengaño. (...) Me parece que prefiero una izquierda sin mitos y sin héroes, porque ambos suelen llevar dentro alguna forma interesada de falacia. (...)
La agitación callejera o la agitación verbal sacuden a los medios pero solo movilizan a sectores previamente movilizados, a veces por edad y por biografía, a veces por convicción juvenil. (...)
La realidad se ha movido a toda velocidad, pero los socialistas no. (...) Los cambios sociales, la crisis, la emergencia de la nueva izquierda y la conciencia democrática de las nuevas generaciones han dejado a la socialdemocracia clavada en el centro ideológico, con una inquietante propensión al centroderecha. (...)
Tuvieron razón hace cuarenta años al redirigir hacia el centro al socialismo, que llegaba descamisado desde los años setenta; tendrían razón hoy sus nuevos líderes al redirigir hacia la izquierda a su propio partido, de acuerdo con las nuevas reglas de juego, de acuerdo con las nuevas demandas sociales y hasta de acuerdo con la plena madurez de una democracia ya nada juvenil. (...)
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POR UNA IZQUIERDA PESIMISTA 
La credibilidad de la izquierda se ha ido a la mierda porque ha vivido ensimismada en una especie de planeta paralelo nutrido de la modesta opulencia de las clases medias y de la ilusión contradictoria de derogar el orden que ellas mismas han crecido. (...) domesticada no por los poderes financieros y bancarios sino por su propia falta de honradez a la hora de ofrecerse como poder real y alternativo. (...) 
POR UNA IZQUIERDA RECELOSA 
La izquierda parece más cautiva de la combatividad dialéctica y airada que de la definición precisa de lo urgente. Sucumbe a eslóganes, mensajes liposuccionados, ideas planchadas para su reproductibilidad indefinidamente reenviada por mensajería caliente. Pero es una ruta atolondrada e irreflexiva, y quizá es el camino menos útil para recuperar una credibilidad suficiente más allá de los propios círculos convencidos: tiendo a creer que, en lugar de incluir a ciudadanos, los excluye. (...)
La izquierda todavía puede explorar el espacio de la distancia crítica y la desentimentalización, sin renunciar a la rebelión racional y práctica contra la desigualdad. (...) Subsisten aquellos en quienes prevaleció la reflexión disidente y la insumisión a la doctrina partidista. De ahí que la memoria de los perdedores natos sea mucho más potente y estimulante, como (...) Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin. (...)
En la práctica, el ruido mediático es conservador. Lo convierte todo en irrelevante y esconde lo estructural tras la mensajería frenética. Fomentar la agitación en la red es indispnesable para la visibilidad guerrillera de la izquierda, pero puede contribuir tamibén a su corrosión. A la derecha le conviene el bullicio en los medios y la histeria comunicativa, porque desjerarquiza e invisibiliza lo fundamental en favor de lo accesorio y provocador. (...)
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No estoy seguro de que la hiperactividad nerviosa de las redes contribuya a consolidar una columna vertebral crítica, segura de sus prioridades, abstraída del runrún. (...) La inyección de mensajes estructurales, la renuncia a la rebatiña de patio vecinal y hasta la relativa inhibición podrían ayudar a la izquierda a dejar de funcionar como involuntario salvavidas de la derecha. (...)
Por eso a veces pienso que ser de izquierdas hoy es más complicado que antes, y también más contradictorio y necesariamente irónico. (...) Ser de izquierdas es aborrecer amistosamente las gracias y paradojas de Zizek para que sus gracias y paradojas no sean lo único que quede de Zizek. (...) ser de izquierdas es interiorizar a la vez el entusiasmo y el recelo ante las redes sociales, con su paradójico efecto de retracción sociofóbica y autoexplotación esclavista, de acuerdo con César Rendueles y Remedios Zafra; ser de izquierdas es llorar con las emociones de Juan Marsé porque la derrota no salvó a los vencidos de sus propias flaquezas morales, y ser de izquierdas es encontrar en la fragilidad de las emociones la fortaleza de la resistencia, como en las novelas de Marta Sanz (...). 
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POR UNA IZQUIERDA DEL SIGLO XXI 
(...) El agujero negro de las izquierdas sigue estando dentro de las mismas izquierdas, y no fuera; su agujero negro se lo han fabricado ellas y no la combinación diabólica de poderes mediáticos y conspiraciones político-empresariales (...). Su agujero negro está hecho del descrédito ante sí misma y la desconfianza hacia su propio poder como discurso racional, disciplina crítica e instrumento político. (...)
¿Por qué es tan poco ágil la respuesta del centroizquierda ante el espectáculo más sórdido que ha dado la derecha española desde los tiempos aznaristas de su empatía neofranquista? (...) ¿Qué se ha roto para que la socialdemocracia tolere el lenguaje fósil de la derecha cuando la derecha está en el pozo más hondo de su descrédito intelectual y moral? (...)
O la izquierda es pragmática, irónica, recelosa y pesimista o seguirá siendo el auxiliar de campo de la derecha real, estable, imperturbable y optimista. 
CONTRA LA IZQUIERDA:
Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI.
Jordi Gracia.
Nuevos Cuadernos Anagrama