ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 27 de septiembre de 2016

Propios y extraños (un poema de Benjamín Prado)

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Lo dice todo el mundo: ya no soy el que era.
Me llamo como el otro,
uso su ropa,
vivo en su casa y firmo lo que escribe;
pero el resto es distinto,
tiene razón la gente.

El hombre que creía
que nada más que el miedo consigue que las cosas
parezcan lo que son;
el hombre al que admiraban igual que a los delfines
que escoltan a los barcos sin saber dónde van;

el que calmó su sed
como quien bebe el agua de un vaso donde hubo
unas rosas cortadas;
o el que aún no sabía
que resulta imposible ser uno mismo a solas;
ése, ya no soy yo.

El hombre en cuya mano estaba escrito:
-No hay vida más vacía que una tumba sin flores.

El que no sospechaba
que ser independiente
es poder elegir
a quién necesitar.

El hombre con dos caras que jamás era él mismo.
El hombre que quería estar solo y no pudo
porque ya no quedaba sitio en la soledad.

El hombre que pasaba de largo por los otros.
El hombre que no supo
que el silencio no estaba nada más que en su oído.
El que ya no creía.
El que no te esperaba...

Pregúntale a cualquiera. Lo dice todo el mundo:
-Ya no eres ni la sombra del que fuiste,
desde que esa mujer está a tu lado.

Ya no es tarde.
Benjamín Prado.
Visor, 2014

Nunca es tarde (un poema de Benjamín Prado)


Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.

Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.

Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.

Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.

Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
         quiero vivir
                     para contarlo.

Ya no es tarde
Benjamín Prado
Visor, 2014

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Muera la inteligencia; viva la muerte

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Parece que se ha montado cierta polémica por la decisión de retirar honores al execrable Millán Astray. No es pues mal momento para recordar esta escena del célebre enfrentamiento entre Unamuno y el citado fundador de la Legión narrado por Trapiello en Las armas y las letras (probablemente el ensayo -literario- más importante sobre la Guerra Civil) y que rescato del muro de Facebook de mi amigo y, sin embargo, poeta Fernando P. Fernández:
Millán Astray, que llevaba un buen rato nervioso, golpeaba con su única mano la mesa e interrumpió con impertinencia: "¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?". Hizo entonces uso de la palabra.
Pronunció un breve discurso, dictado por el histerismo, incoherente, en defensa de la rebelión militar, nos dice un cronista. Se dio suelta a bufidos, vítores, y Unamuno pudo, a su vez, retomar el hilo de sus palabras:
"Acabo de oír el grito necrófilo y sin sentido de ¡Viva la Muerte! Esto me suena lo mismo que ¡Muera la vida! Y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de los que no las comprendieron, he de decirle, como autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una manera excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos en España. Y pronto habrá más, si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre (no un superhombre) viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él.
"El general Millán Astray no es uno de los espíritus selectos, aunque sea impopular o, quizá por esta misma razón, porque es impopular. El general Millán Astray quisiera crear una España nueva (creación negativa sin duda) según su propia imagen. Y por ello, desearía ver a España mutilada, como inconscientemente dio a entender".
En este punto interrumpió Millán Astray al grito de "¡Muera la inteligencia!", matizado por un José María Pemán que intentaba restañar lo irrestañable con el de "¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran lo malos intelectuales!". Sabía Pemán de lo que hablaba. 1935: conferencia en Acción Española; título: "La traición de los intelectuales"; destino: la futura política franquista; represaliados: los Unamuno del mundo.
Es imaginable la pita que se armó entre los falangistas, profesores y público, frente a un viejo que se había atrevido a decir lo que nadie en España, en aquellas circunstancias, habría sido capaz de espetarle a un ser moralmente tan repulsivo. Cuando la grita remitió y se hizo de nuevo el silencio, Unamuno pudo proseguir:
"Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir, necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho". (...)
 
En ese momento Carmen Polo, escudada en Pemán, le dio su brazo, y así, amparado por la mujer del ya proclamado Jefe del Estado y el orador gaditano, salió de la universidad, mientras le protegían de falangistas y legionarios que querían llevárselo para el paseo o lincharlo allí mismo.
Esa misma tarde Unamuno, como todas las tardes, se dirigió al Casino, del que era presidente honorífico, y allí, al entrar, fue insultado de nuevo violenta y reiteradamente, y expulsado. Jamás volvió a poner en él los pies, y en Salamanca empezó a saberse que la vida del rector corría serio peligro."
 Las armas y la letrasAndrés Trapiello


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"Todo el mundo lo sabe" ("Everybody knows" de Leonard Cohen)


sábado, 17 de septiembre de 2016

El congreso (un relato incluido en la antología "Diva de mierda")

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Héctor Castilla lleva un tiempo compartiendo en su blog (del que ya hablamos, y recomendamos, aquí) colaboraciones de la antología de Diva de mierda: una antología alrededor del ego, publicada por Ediciones Liliputienses y que ya ha conocido varias reediciones.
El otro día compartió el relato con el que participé y me ha hecho darme cuenta de que yo tampoco lo había traído a este blog. Hasta ahora:

El congreso

El ponente, cincuentón de marcado acento argentino con un mechón de pelo que le cae, cada momento, sobre los ojos y que ha de apartarse a cada momento de un manotazo, diserta casi con violencia sobre la importancia de Vargas Llosa en la ensayística contemporánea ante la indiferencia más absoluta del auditorio. En una de esas, se le caen varios papeles al suelo y los mira compungido, dudando si agacharse y tratar de ordenarlos o proseguir su conferencia sin ellos. Una de las azafatas, auxiliares o como quiera que se llamen, con gafas de pasta y un culo inmenso, cultivado con avaricia y muy probablemente en los solitarios años del doctorado, se acerca solícita y bamboleante al estrado, pero él la detiene mediante un gesto vehemente del brazo: vade retro, parece querer decir, Vargas Llosa y yo nos valemos y nos bastamos. Luego continúa, firme e incoherente, con su parlamento

El ímpetu del último orador es tan desacostumbrado que resulta cuando menos sorprendente, pienso mientras consumo, sin ganas pero sin pausa, mi segunda cerveza del descanso, alejado de los corrillos concentrados en la entrada del sobrio bar caoba de la siniestra Facultad de Filología castellanoleonesa. Sin embargo, al intentar recordar alguna frase o idea concreta, llega la nada rebozada en silencio y compruebo que no por eso resulta más efectivo. Finalmente, concluyo tragando la croqueta incluida como raquítico pincho, dentro de un rato saldré yo con menor vehemencia, dejaré un recuerdo igual de vago y se quedarán los pájaros cantando. Debería al menos tirar también los papeles, perderlos incluso si es necesario, para levantar aunque sea una compasiva mirada mínima de la camarilla de compañeros que vagan entre la individualidad y el autismo.

El “IV Congreso Mediterráneo de Jóvenes Escritores del Siglo XXI: La Generación Facebook”(sic de nuevo) parece no diferir mucho de todos los demás congresos, rumio tras recordar los dos a los que asistí previamente, hace nueve y trece meses, (uno es un autor joven o, más bien, novato): “Última Narrativa Española” y “Relatadores: Vivir del Cuento”. Al fin y al cabo, tal y como serán todos de aquí al final, especulo mientras garabateo en un folio fingiendo tomar apuntes: una disimulada autopromoción y un claro elogio a las cuentas pendientes con maestros que están muertos o en camino. Si acaso, si, tal vez, dentro de unos años, cuando me aburra en uno similar, recuerdo este sobre el resto, será porque el absurdo carácter internacional que se le ha querido otorgar y la obligada condición de lanzadera de “promesas que debieran ser ya realidades” (o algo así, también sic) hace que casi ninguno nos conozcamos entre nosotros y casi todos nos miremos con sospecha. Lo que acaba resultando divertido.

Aún así, o quizá por eso, la prensa ha acudido en buen número y a lo mejor acaba mereciendo la pena. Falta, pues, ver si Perifáñez, simpático agente merodeador de una editorial mediocre que me interesa mucho, cumple su promesa del primer día y me invita a una copa para “hablar en serio”. Puesto en la hipótesis, no sé cómo tendría que comportarme: ¿una copa con un editor viene a ser como una entrevista de trabajo? ¿Si me sugiere una cifra por un libro debo rechazar siempre la primera oferta? Es mejor, no obstante, no hacerse excesivas ilusiones: seguro que con ademán y verbo parecido ya se ha dirigido a dos de cada tres eternas promesas y postergadas realidades. De hecho, creo que por eso nos llaman así: porque no oímos más que promesas (ya sé que es muy malo, pero insertado en la ponencia creo que queda un poco mejor). En fin, como primer resumen amargo anoto en mi libreta que los escritores venimos a los congresos a aburrirnos a cambio de intentar sacar algo y los editores a intentar sacar algo sabiendo que, al menos, van a divertirse con nuestros anhelos y nuestras ansias. Es como un circo romano pero con una tensión sexual ligeramente menor, que no se puede ir de culto y de salido al mismo tiempo si estamos a plena luz del día. Pero, en fin, recapacito mirando alrededor, quizá tras las dos novelitas de juventud y el libro de relatos algo menos infame pueda hallar mi hueco entre todos estos hijos de puta muertos de hambre.

Es entonces cuando descubro que el tipo sentado a mi derecha, un tío bastante gordo y algo calvo, pugna por aguantarse la risa tapándose la boca con una mano. Me pregunto si me he perdido algún chiste pero estoy casi seguro de que el resto del auditorio ha permanecido tan impasible como yo. No puedo evitar indignarme divertido: ¿será posible que todo el mundo esté haciendo garabatos o recreando su propio cuento de la lechera? Así va la literatura, conducida por egocéntricos aislados en campanas de cristal. La sorpresa hace que intente prestar atención: igual este ponente no está tan mal. Miro para adelante y, mientras escucho una voz tan pausada como nerviosa, observo que sí hay algunos compañeros prestando o simulando prestar atención. Y que no se ríen. Mi compañero de la derecha, en cambio, sigue risueño mientras el conferenciante (reconozco que no le conozco, reconozco no haber leído nada suyo y reconozco no tener la menor intención de hacerlo) un joven mexicano con larga melena, delgado y pálido habla (y es, como mínimo, el cuarto) sobre Roberto Bolaño. La charla, prolija en bibliografía y datos, no parece especialmente divertida, pero de nuevo distingo la risa ahogada de mi camarada, como la de un dibujo animado de hace tiempo. Busco entonces alrededor algo que pueda ser la causa de su hilaridad y al final acabo mirándole de nuevo sin respuesta. Así se cruzan por primera vez nuestras miradas y le veo intentar ponerse serio y lograrlo, con esfuerzo, solo un momento, hasta que le vuelve a zarandear un espasmo nervioso, incontenible, que le sacude como a un flan epiléptico y que casi me hace romper a reír con él. Desde luego hay gente a la que no se puede sacar de casa. Todavía convulsionado se inclina un poco hacia mí y yo, como si fuera su reflejo, hago lo propio. Entonces me dice entre risas:

—Jaja, lo siento, es que…, me he…jaja colado.
—¿Disculpa?
—Que… me he colado… yo, jaja, no soy… escritor ni jaja, nada.

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Dice que se llama José Antúnez y que trabaja en una empresa de extintores. Que cuando vio lo del Congreso se le ocurrió la travesura de intentar colarse a ver cómo era eso de la literatura desde dentro. Y que aquí está. Que se lo está pasando bien. Todo eso dice mientras tomamos una cervecita en el descanso. Le pregunto que cómo es posible, que qué identidad está suplantando, de hecho, simultáneamente me inclino hacia su solapa para comprobarlo por mí mismo. José Antúnez, pone. Eso es lo mejor, me dice con una sonrisa de oreja a oreja, como un niño orgulloso de una gesta trivial, como copiar en un examen o matar un pájaro, yo llegué aquí y desenvuelto les dije que era José Antúnez, que me había llegado la invitación y la reserva de hotel, que tenía preparada mi conferencia pero que no me veía en el programa. Se organizó un lío de mil pares de cojones, me dice riéndose de nuevo, hubo voces, carreras y disculpas. Tanto que pensé que podían echar a alguien por mi causa y que tendría que confesar, que yo no quería molestar a nadie ¿eh? Pero al final nada, un poco de nervios, más disculpas, una tarjetita como la vuestra y aquí estoy. Como uno más. Pienso si no será un escritor que me esté gastando una broma (aunque he de confesar que, por no tener, no tengo ni enemigos literarios) pero Antúnez lo niega con frenesí: “quita, quita, yo no me he leído un libro en mi vida”. Miro a Perifáñez al final de la barra, seguramente alentando vanamente a algún iluso o dejándose pagar las cervezas, y pienso lo divertido que sería que intentara fichar a Antúnez, la auténtica revelación del congreso.

—Bueno, ha sido un placer —me dice José interrumpiendo mis elucubraciones— pero creo que me voy a ir yendo.
—¿Y eso? ¿Te has hartado de jugar a los escritores?
—Qué va, si estoy aprendiendo un montón pero es que ahora me toca a mí dar la conferencia y no sé muy bien qué contaros, jejeje…

Casi me atraganto con la chistorra.

—¿Que te toca a ti ahora?
—Claro, por eso me daba la risa floja, es que me estaba poniendo nervioso. No sabía si al final iba a haber descanso entre medias o si tendría que salir corriendo. Pero al final me ha salido bien la cosa. Sin escándalos y con cañita —dice brindando lozano—.

Miro el reloj. Compruebo que de la hora de descanso (Antúnez, el muy hijo de puta, no solo interviene, sino que inaugura cambio de bloque) han transcurrido apenas diez minutos. La vida es una cosa extraña, ustedes ya lo sabrán. Las oportunidades y encrucijadas, el destino, los augurios y los azares, todos promiscuos amantes infieles. La gloria y el fracaso, vanos alientos en la nuca, frágiles caricias en el alma, casquivanas amantes intangibles. Vislumbro entre la grasa del platillo los augurios lóbregos como aceite de colza y en la espuma de la cerveza (tal ver por ser la quinta de la mañana) la posibilidad inconcreta de una redención. Quizá, incluso, un guiño improbable del abismo, la amenaza recóndita de la nada. Soy consciente de encontrarme en uno de esos momentos que exigen tomar una decisión. No hay, pues, tiempo que perder. Apuro la caña y pido la cuenta con un gesto expeditivo. Cojo a Antúnez por la solapa y lo llevo hacia la salida. En el medio se planta la sonrisa amarilla de Perifáñez y sus suaves ademanes de diplomático de república bananera educado en colegio bilingüe.

—Hombre, a ti te andaba yo buscando…
—Lo siento Perifáñez, ahora no tengo tiempo —digo con la satisfacción con que se cierra la puerta a un testigo de Jehová. Y le palmeo el hombro con fuerza—. Ya hablaremos.

Empujo a Antúnez y salimos.

A veces preguntarse por qué actuamos de una determinada forma no es más que un entretenimiento absurdo. En realidad, actuamos y punto. No se dejen engañar: no estamos movidos por subconscientes, traumas, ni tan siquiera por impulsos arrebatados: mentimos, matamos y nos acostamos entre nosotros porque sí, y luego nos alegramos o arrepentimos según cómo hayan salido las cosas. El resto es filosofía o, lo que es peor, literatura. El caso es que Antúnez y yo hemos llegado a tiempo y ahora está en el estrado leyendo mi conferencia. Bastante desenvuelto. Y solo me ha costado hacerle tragar un par de chupitos de hierbas mientras eliminaba las alusiones a mi bilbiografía en un bar un poco más alejado. Estoy orgulloso de mi obra (me refiero, por supuesto, a Antúnez, no a las dos novelitas sonrojantes y al libro de relatos algo menos infame). Miro a mi alrededor y no parece que nadie se dé cuenta del ardid. Incluso algunos asienten con la cabeza sus afirmaciones. Como monos hipsters. Como alumnos que creen que poner buena cara, qué demonios, tiene que influir de alguna manera. Aunque, ahora que me fijo, el impostor parece demasiado seguro. Vuelvo a dudar, ¿no será un escritor gracioso que me ha gastado una broma o que, tahúr taimado, no ha querido prepararse una puta conferencia? Nota mental: debería leer más a mis contemporáneos. O al menos mirar las solapas. Mandaría pelotas que a Perifáñez le gustase y, dentro de un rato, se acercara a ofrecerle “hablar en serio”, ¿se imaginan? Pero qué más da. Quién sabe si el mensaje (mi mensaje), sin zarandajas ni revestimientos, también es válido: sí, el mensaje permanece por encima del autor porque es óptimo o porque nadie lo escucha, eso no importa. Entonces quizá está de más participar en el circo de la elegancia y la humareda de las vanidades. Fantaseo con crear un auténtico alter-ego, llevarme a Antúnez a todos los Congresos a los que me inviten en un futuro, siempre con un par de chupitos a las espaldas, para leer ingrávido y osado mis frivolidades plagiadas entre alguna clarificadora pero sutil cita de Pessoa o de Cañeque, para cubrirme las espaldas si alguien me pillara. Pero,¿qué digo? Está visto que ya he bebido demasiado: ¿quién va a un congreso a escuchar?

Antúnez está ahora con lo del humor como escudo y la amargura como arma (que, bien mirado, resulta de una simplicidad intolerable). Está pues, concluyendo. Empiezo a reír sin poder evitarlo, en espasmos que, a diferencia de los de Antúnez, me sacuden como si, y perdonen la licencia, condujera una furgoneta renqueante hacia un precipicio. Miro el programa para certificar las sentencia ineludible: ahora me toca a mí y Antúnez está leyendo mi plática. La verdad que es para partirse. Noto cómo, la risa transmutada en materia, me caen lágrimas de los ojos y siento la mirada censora del tío de mi izquierda. Intento sobreponerme pero la situación me hace aún más gracia. Se me escapa una carcajada que, a duras penas, retengo con las manos y aspirando con la garganta. Vuelve a mirarme, entre atónito y, casi, muy a su pesar, ligeramente divertido. Como malamente puedo, imagino que rojo y risueño como un niño acribillado a cosquillas, me inclino hacia él para disculparme entre intermitentes carcajadas incontenibles:

—Es que… jaja… me he…jaja… colado…

Diva de mierda: una antología alrededor del ego.
Ediciones Liliputienses

jueves, 15 de septiembre de 2016

El hombre es un adolescente disminuido

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La adolescencia no sólo es una etapa importante de la vida, sino que es la única etapa en la que se puede hablar de vida en el verdadero sentido del término. Los atractores pulsionales se desenfrenan en torno a los trece años y luego disminuyen poco a poco, o más bien se resuelven en modelos de comportamiento que a fin de cuentas sólo son fuerzas petrificadas. La violencia del estallido inicial hace que el resultado del conflicto pueda ser incierto durante muchos años; es lo que se llama, en electrodinámica, un régimen transitorio. Pero poco a poco las oscilaciones se vuelven más lentas, hasta convertirse en ondas anchas, melancólicas y dulces; a partir de ese momento ya está todo dicho, y la vida ya no es más que una preparación a la muerte. Lo cual puede expresarse de de forma más brutal y menos exacta diciendo que el hombre es un adolescente disminuido.
Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq
Anagrama.

Poema de cumpleaños para mi abuela (un poema de Sharon Olds)


Esta noche me quedé de pie en el porche-      ¿hacia dónde
miramos para hablarles a los muertos?      Pensé en la
rosa nueva,      y me acerqué hasta la
hierba gris-      en realidad las cosas
de noche no tienen ningún color.      Bajé
los peldaños de piedra,      como si fuera hasta el lugar en el que
se hablar con los muertos.      La rosa estaba
a medio erguir,      iluminada su blancura en
el aire negro.      Más tarde recordé
tu día.      Habrías cumplido noventa y yo te habría regalado
rosas.      ¿Están ahí los muertos
si no hablamos con ellos?      Cuando iba a verte
siempre estabas sentada      tranquilita en tu silla,
sin poder hacer punto,      por la artritis,
sin poder leer,      por la ceguera,
ahí sentada.      Nunca supe cómo
lo hacías ni lo que pensabas.      Ahora
me siento a veces en el porche,      espero,
intentando sentir que estás presente como el color de
las flores en la oscuridad.

Sharon Olds.
Los muertos y los vivos.
Edicion bilingüe con traducción de J.J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.
Bartleby Editores.

martes, 13 de septiembre de 2016

La revista Oculta publica el primer capítulo de mi ensayo LA GENERACIÓN SIMPSON

No sé si en este blog habíamos hablado ya de Oculta, sí sé que, sin duda, deberíamos haberlo hecho: es una nueva revista de literatura dirigida por Diego Álvarez Miguel y con lo más granado de la nueva hornada de poetas y autores jóvenes. Su aparición es una buena noticia y esperemos que dure muchos años.

En este enlace pueden acceder al primer capítulo de un ensayo en el que estoy trabajando y que irá apareciendo paulatinamente en Oculta: La Generación Simpson.
Que ustedes lo disfruten.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Héctor Castilla, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña y, sobre todo, J.M. Fonollosa

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José María Fonollosa fue un poeta maldito, rescatado por Pere Gimferrer y Albert Pla y hoy por todos conocido y reivindicado, del que poco se puede añadir más allá de recordar que, todo lo que se diga de él, conviene hacerlo "a ser posible, de rodillas", como diría Roberto Bolaño.
Recientemente, se ha publicado por primera vez su mítico Ciudad del hombre (Edhasa) de forma íntegra, y el poeta Héctor Castilla, en su recomendabílisimo blog, hizo una selección fantástica que, entre otras cosas, supongo que más útiles, me alegró el verano y me recordó una vieja conferencia que defendí en la Universidad de Vilanova A MEDIADOS DE 2010 (cuando aún era joven y atractiva) y posteriormente publiqué en la revista Naufragios gracias a la generosidad de Víctor Martín Iglesias y a la de Carmela Tomé Cornejo, correctora profesional de casi todo lo que he publicado hasta el momento y, espero, correctora de cuanto publique en el futuro. 

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Así que esta burda excusa puede valer para reivindicar a Héctor Castilla y su blog, a Víctor Martín Iglesias (y la revista Naufragios) y, sobre todo, al bueno de J.M. Fonollosa. Como decía, a ser posible, de rodillas. Dejo a continuación ese pequeño ensayo que, algún día, debería retomar. O no:

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La posibilidad de hallazgo y el riesgo de extravío 
en Ciudad del hombre: New York de José María Fonollosa

1-El hallazgo

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.

Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechazo otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado. (Fonollosa 2006: 19)

Estas 87 palabras repartidas en 12 versos son, en cierto modo, las últimas de José María Fonollosa, ya que, según dicen, fueron encontradas junto a un esbozo de testamento en su mesa de trabajo tras su muerte. Y resulta difícil evitar el tópico de considerar este hallazgo, además de como una curiosa nota al pie de sus últimas voluntades, como un epílogo oportuno para una obra ambiciosa, rencorosa e ignorada, escrita durante seis décadas a espaldas de todos y de cara a casi todo, pero siempre consciente de su unidad y, por tanto, sabedora de necesitar un final. Porque José María Fonollosa, que debutó literariamente en 1945 a los 22 años con La sombra de tu luz, permaneció después más de 35, desde 1955 hasta 1990, sin publicar nada, puliendo de manera casi obsesiva los 97 poemas que configurarían Ciudad del hombre: New York y que sólo se decidió a editar 13 meses antes de su muerte. Espero que sepan perdonarme el exceso de cifras, pero tratándose de José María Fonollosa la meticulosidad es importante. Por tanto, no es tampoco gratuita la elección del epígrafe Ciudad del hombre: New York para agrupar una serie de versos donde nos habla de “esa materia donde anida el dolor: el Universo” (Fonollosa 2001: 131) sin mencionar ni una sola vez el nombre de la ciudad (exceptuando el título del primer poema) y solo una vez el del continente al que pertenece. Y esto es lo que vamos a intentar justificar en aproximadamente 2600 palabras que, por supuesto incluyen cinco que son inexcusables: gracias anticipadas por su paciencia.

2-“Nada bueno hay en ti: por eso te amo”

Este verso constituye íntegramente el primer poema del libro, titulado "Hello, New York" (Ibid.: 19) y sirve para introducir la relación ambivalente que se va a mantener con la ciudad a lo largo de los 96 poemas siguientes. New York supone para Fonollosa el símbolo de fin del viaje (“el camino está lleno de ciudades cuyo nombre he perdido”, [Ibid.: 41]) pero no del punto de encuentro: el poeta está solo y no ha venido para quedarse sino que ha venido para matar y dejarse morir según las reglas de nuestra sociedad: dinero, éxito, sexo, violencia, envidia y odio. New York es, por tanto, elegida como ciudad del hombre por contener todo el horror que puede albergar el mundo. Sanz de Villanueva calificó con gran acierto a Onetti como “urbanista de la ciudad del mal”. Fonollosa será un simple paseante de la ciudad del crimen que recorre el tablero de forma anárquica y desganada pero enfurecida, con un incesante y enfebrecido monólogo interior, sin aparente orden pero con indudable cohesión. Escribe Pere Gimferrer en el prólogo del libro que “los textos pueden leerse o bien como fragmentos de un diario íntimo o bien como breves monólogos autónomos de múltiples personajes distintos, cada uno con su propia opción moral” (ibíd.: 13). Con el debido respeto, no estoy de acuerdo: no existe la elección moral porque el poeta y sus heterónimos están sometidos a las reglas de la ciudad y todo el libro es un código basado en la trama criminal oculta en la metrópoli: el refugio de los don nadie, los fracasados y los canallas amparados en la masa, en el que cualquiera puede ser tanto un sicótico en potencia como la víctima azarosa de un psicópata impotente.
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3-La ciudad como soporte de la trama

Me siento a gusto aquí, en esta ciudad.
Estoy en plena selva. Un duro bosque
De cemento con cuevas de ladrillos
Donde seres mezquinos y cobardes
Se esconden con sus bienes más preciados. (ibíd.: 117)

La trama literaria surge, probablemente, cuando la apariencia no se corresponde con la realidad. Por consiguiente, donde más probabilidad hay del anonimato, tan necesario para el perpetuo crimen perfecto o, al menos, para la posible inmunidad transitoria. Y es que la ciudad está en el centro del conflicto existencial de nuestro tiempo, de la literatura contemporánea y, concretamente, de Ciudad del Hombre: New York de José María Fonollosa. 
Como asegura Francisco Joaquín Cortés García (2003: 161), “la ciudad moderna es un espacio nuevamente descubierto y conquistado por la trama literaria para la ideación poética. Hay una trama genuina en la ciudad moderna que no se puede dar en otros territorios”. O, dicho de otro modo, en la metrópoli moderna ya es posible el género policiaco que necesita de alguien que tenga a la masa como víctima y a la vez como refugio, y que debe ser individualizado y extirpado de ella.
Para ello, como bien precia Cortés García, es necesario encontrar la diferencia: un hombre distinto, el detective, que busca a su álter ego en la masa: héroe y asesino que, como bien sabemos, tienen en común la característica de estar condenados a la soledad excepto en el momento de enfrentarse el uno al otro.

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4-“No me reconocéis. Y sin embargo
soy uno de vosotros. Ese mismo”

Con toda ciudad existe esa relación de encantamiento y desencanto. De nuevo en palabras de Joaquín Cortés García:
El poeta contemporáneo es el arqueólogo urbano en busca de la diferencia, la ciudad le permite la búsqueda de sentidos espaciales. Es la paradoja de la ciudad contemporánea y la ideación literaria: el poeta busca espacios diferenciales y sutiles en espacios cada vez más homogéneos (porque la multitud se convierte en masa) y violentos. (ibíd.: 164).
Sin duda es ya un tópico literario el tema del regreso a la ciudad y el intento de ser o encontrarse a uno mismo, entre tanta gente, de camino al hogar. Por eso cada poema tiene el nombre de una calle: porque describe una peregrinación laberíntica que acaba por ser recurrente, pues, la ciudad, incluso la inmensa New York, es limitada. Por eso tenemos tantos poemas con el mismo nombre: el poeta vuelve a las mismas calles variando la intención, el significado, el sujeto lírico y su comportamiento. Porque ya no es el mismo poeta y porque ¿es posible acaso adentrarse dos veces en la misma calle? 
Y es que la multitud engulle, modifica y transforma todo. Sólo podremos reconocernos en la citada diferencia: lo diferente se presenta entonces al hombre moderno como un espacio de seducción o como una amenaza. Lo que nos conduce al siguiente punto:

5-La amenaza de deseo en el laberinto

La ciudad para el escritor es el escenario y entramado de su obra, y también el personaje que acompleja y complementa al protagonista: porque la ciudad es un laberinto y cada habitante una forma de extravío. New York, en cambio, es la ciudad del consumo, la ciudad donde se llega buscando el éxito y, por tanto, la ciudad con mayor número de fracasados conscientes de su mediocridad. Es entonces cuando dejamos de ser aquello que tenemos, para ser aquello que miramos a través de las vitrinas de los comercios: Cela dijo que su concepto de la masculinidad se resumía en que ni lloraba ni miraba escaparates. Fonollosa, en cambio, desarrolla su concepto de la posmodernidad al mirar los escaparates llorando:
No es fácil escapar de lo que es uno.A veces se consigue, por un tiempo,Con un libro. O el cine. O la bebida.Miro la cartelera de espectáculos (Fonollosa 2001: 46).
Pero, sobre todo, la reivindicación de la ciudad literaria es la reivindicación de la mujer, del encuentro y el desencuentro, de los apilamientos de objetos, cuerpos y edificios, del transeúnte y el desocupado, de la apropiación de la calle por el hombre que sale de la habitación de hotel, el hombre que sale a ganarse el pan, el hombre que sale a divertirse y el hombre que sale a buscar a su víctima o su amor, que tal vez sean la misma persona. Es decir, el hombre que alimenta la posibilidad de redención gracias a la casualidad:

6-La posibilidad del hallazgo
Cuando de algo me alejo más me acercoa ti, a quien aún no he hallado en mi camino (ibíd.: 119).
Ya para Baudelaire, la mujer, en el poema "A un paseante" es tratada como un ser único, singular, nacido de la masa en un “presente repentino”, y que luego desaparecerá, otra vez, en las multitudes. Resulta inevitable establecer el paralelismo con el siguiente poema de Fonollosa:

Pobre mucha hermosa que deprisa
Hacia mí vienes al cruzar la calle
Y pasas por mi lado, sin saber
Que yo soy la razón de tu existencia.

Ni siquiera me ves. Y te sonrío.

Admiro tu cabello, culo y piernas.
Estás buena. Te haría muy dichosa.
Pero tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada (ibíd.:94).

En palabras de Meter Elmore (PAZ SOLDÁN y Edmundo FAVERÓN PATRIAU (ed.) 2008: 259) “El motivo de búsqueda conjura tanto la posibilidad del hallazgo como el riesgo del extravío (…) impulsa una obra de índole fragmentaria y vocación proliferante”. Sin embargo, en Ciudad del hombre: New York el hallazgo conduce al extravío mental, el encuentro provoca el encontronazo y el amor la violencia y el abandono. No es posible ser felices en pareja:

Podemos elegir entre estar juntos
Y hacernos mutuamente desgraciados.

O separarnos ahora y ser también
Cada uno por su lado desgraciados (Fonollosa 2001:60).

Pero mucho menos sentido tiene prolongar el error de la existencia en otros:

Tener hijos es cosa de mediocres,
Ineptos sexualmente, analfabetos
Sexuales o de gente irresponsable.

O es un pobre y mezquino agarradero
Para dejar constancia de su paso
Por el tiempo en la vida. A través de otros.
La adopción de este medio deshonesto
Delata su estulticia y su ignorancia (ibíd.: 64).

El hombre que encuentra la diferencia en la masa no es capaz de integrarse en ella, está condenado a la soledad y asesina su reflejo antes de desintegrarse de nuevo. Es la teoría del cuchillo como nexo o el asesinato como forma de supervivencia:

Ella me dio el cuchillo y dijo: «Clávalo
en el segundo espacio intercostal». 
«¿Cuál es?», le pregunté. Se abrió la blusa
y señaló, risueña, un punto: «Aquí». 
(…)Sugerí: «¿Por qué no con barbitúricos?»
«Es lento», me objetó. «Ya lo he probado. 
Y el lavado de estómago es horrible.
Como un trauma mental, pero en lo físico» 
Sustituí su dedo por el mío
y apoyé allí el cuchillo suavemente. 
Y lo empujé de súbito. No fuera
que cambiara de idea si iba lento. (ibíd.: 61)

7- “Es a los que no matan a los que debieran entregar a los psiquiatras” 

Señaló Artaud “la vie c’est toujours la mort de quelqu’un”. Para el poeta francés, la crueldad suponía explorar hasta los últimos límites de la sensibilidad nerviosa, mientras que en Fonollosa, la metamorfosis constante de los personajes contribuye a moderar el efecto de la crueldad. El crimen, el asesinato por pura pereza, abulia, aburrimiento o un odio leve, absurdo, es constante en Ciudad del hombre. Escribe con gran acierto Pere Gimferrer: 
“Ciudad del hombre: New York tiene tres temas fundamentales: la vida urbana, la sexualidad y el crimen. (…) El delito pertenece a la zona de la relación entre el yo y el mundo visible; la agresión es aquí metáfora de la sed de conocimiento, y diríase que, ante la imposibilidad de romper el cerco o armazón del yo, de rebasar el coso o coto de la individuación, se recurre a la violencia (…) a modo de exorcismo o simulacro vano: ya que no nos es dado ser otro que quien somos ni conocer de verdad el ser ajeno, la vulneración hace las veces de espejismo de la fusión con otro ser, y con el ser universal; con el no-yo, si se quiere”. (ibíd.: 14-15)
Ahora sí, estoy completamente de acuerdo. Fonollosa resume de manera más directa:

Se mata por librarse de algún trauma.
Para así recobrar un equilibrio
Que estaba en gran peligro de perderse.
(…)
Quien mata, lo que mata es su complejo (ibíd.:100)

Además, el crimen es también la ensoñación del poeta fracasado y casi inédito, muerto de hambre y envidioso, que pasó 35 años escribiendo y rumiando su venganza, fantaseando con un éxito que nunca llegó y apenas se le insinuaría unos meses antes de su muerte.

Si en ti hay la aberración, rara e inútil,
De querer ser un hombre que trascienda,
No estudies ni te esfuerces. Simplemente 
Aprende a manejar una pistola (ibíd.:58)

Al final, el poeta ha de rendirse y llegar a la conclusión inapelable, ineludible, inevitable:

Si no puedes destruir a los demás
destrúyete a ti mismo. (ibíd.: 104)

Lo que nos conduce, también de manera irremediable, al último punto de nuestro artículo.

8-El riesgo de extravío: 

Y aquí, entre tanta gente, en la ciudad
Siente uno que no importa nada a nadie. (ibíd: 85)

La ciudad, más que un tema para la poesía, es, sobre todo, un problema. El poeta acaba definitivamente solo, abandonado hasta por sus víctimas:

Hay que huir de la gente. La familia 
Es la mano que aguanta la cabeza
Para que permanezca bajo el agua.

Y el amor es tan sólo una palabra
Que una mujer nos pone entre los brazos.
Al irse la mujer duele su nombre.

Estar aislado es grato para el alma.
Estar aislado es grato para el cuerpo.
Morir es sólo aislarse un poco más. (ibíd.: 110)

Sin embargo, este aislamiento es siempre dentro de la ciudad, un exilio interior pero que no permite la huida y por tanto, impide la felicidad. De esta manera debemos entender que es la propia ciudad y, por tanto, el no lugar, el laberinto, el habitáculo de la masa y el soporte de la trama el que dirige al poeta estas palabras cerca del final del libro:

Tú siempre has vuelto a mí. Volverás siempre.
Tus piernas te traerán siempre a mi lado,
Pues no hay más que mi nombre en tus sentidos. (ibíd: 111)

Obsérvese, por último, que en este cambio del sujeto lírico se mantiene el soporte de un endecasílabo blanco natural, con una aparente simplicidad en la línea fronteriza entre poesía y narración, pues de los mayores aciertos de Fonollosa, como espero que hayan podido notar en los fragmentos seleccionados pese a la torpeza del narrador es, como señaló Roberto Bolaño en 2666, escribir en todo momento: 
“Con palabras sencillas, como si estuvieras contando una historia en un bar y todos a tu alrededor fueran tus amigos y se murieran de ganas de escucharte” (Bolaño 2004: 359)

BIBLIOGRAFÍA

FONOLLOSA, José María (2001). Ciudad del hombre: New York. Barcelona: El Acantilado.

FONOLLOSA, José María.(2006) Ciudad del hombre: Barcelona. Barcelona: DVD Ediciones S.L.

PAZ SOLDÁN, Edmundo y FAVERÓN PATRIAU, Gustavo (ed.) (2008) Bolaño Salvaje. Barcelona: Editorial Candaya S.L.

CORTÉS GARCÍA Francisco Joaquín (2003) “La construcción del concepto de ciudad a partir de la ideación literaria”. Ciudades, arquitectura y espacio urbano Núm 3.

AUGÉ, Marc (1993) Los no lugares: espacios del anonimato: antropología sobre modernidad. Barcelona: Gedisa.

BOLAÑO, Roberto (2004). 2666. Barcelona: Anagrama 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Una columna de Juan Tallón

Comparto la idea, cada vez más extendida, de que vivimos en edad dorada del columnismo en España porque, a los clásicos (Elvira Lindo, Enric González, J.J. Millás...), se han sumado muchos nombres que, o han venido para quedarse o llevan una racha larguísima e irreprochable: Manuel Jabois, Ricardo F. Colmenero, Sergio del Molino, Leila Guerreiro (argentina que publica en El País) y, en ocasiones, Juan Soto Ivars.
Hoy traigo una columna de uno de mis autores preferidos, Juan Tallón, recopilada en un libro magnífico desde la portada: Mientras haya bares.

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Fui a la universidad porque quería conocer de cerca el jueves por la noche. Y por nada más. Entonces todavía se ingresaba en una facultad por motivos así. Me matriculé en filosofía, para disimular. En el instituto había estado interesándome vagamente por Nietzsche y el nihilismo, así que la carrera me sirvió de coartada. Nadie sospechó nada en casa. Tampoco en el Gobierno, que me concedió una beca de trescientas mil pesetas, para mi sorpresa. Eso favoreció notablemente la aproximación a mi objeto de estudio. Bebí cosas que nunca había bebido. Enseguida descubrí que los jueves por la noche no tenían una fecha fija. A veces empezaban un martes y acababan el domingo. Eran frondosos, como un bosque, y te hacían perder la noción del calendario. Había momentos, cuando te colocabas, en los que creías que las horas eran almohadas. Recuerdo que una mañana, a las seis de la tarde, me llamó mi madre. Yo estaba pendiente del desayuno y salí desorientado hacia el teléfono, que estaba colgado de una pared del pasillo. «Soy mamá», me saludó cortante. «¿Qué mamá?», pregunté algo aturdido. «¿No piensas venir a cenar?», dijo en tono de reproche. Yo manejaba la idea de que al día siguiente tenía un examen de Historia de latiffanys Filosofía Medieval, pero como no quería ser displicente, inquirí si existía algún motivo especial por el que debía subirme a un autobús, hacer trescientos kilómetros y presentarme a esa cena. «Es Nochebuena», aclaró, con voz de cuchillo romo.
 En aquellos años los jueves por la noche implicaban justamente un cuestionamiento rotundo del tiempo, vinculado a un cierto nihilismo: era comienzos de octubre, entraba el jueves por la noche, salías de casa en busca de nuevas civilizaciones, y al día siguiente era Navidad por la tarde. Lo importante era salir; salir, aunque no supieses a dónde. En último término, cuando todo estaba cerrado, siempre podías dirigirte a clases de Filosofía de la ciencia. Así, por descarte, cerrando un bar tras otro, hasta caer en el de la facultad, es como yo me licencié. Lamentablemente, sólo me llevó cinco años.
Me moría de envidia cuando veía a mis amigos emplear seis, siete, ocho, incluso nueve años antes de acabar la carrera. Yo quería ser como Alberto. Empezó Economía. Empezó Empresariales. Empezó Filología hispánica. No cejó hasta licenciarse en Historia. Ahora es banquero. Envidiaba el modo en que desechaba una carrera tras otra. Envidiaba la manera en la que se levantaba a las ocho de la tarde. Envidiaba esos días de examen que desayunaba, cogía un pantalón sucio y, cuando había vestido una pierna, decía «a tomar por culo» y regresaba a la cama. No había nada que no envidiase. Fueron muchos sus jueves por la noche. Su vida era un fracaso rotundo, prolongado, vertiginoso. Es decir, todo lo que yo deseaba. A menudo me hacía pensar en una historia popular que contaba Manolo Rivas. Hablaba de dos vecinos. Uno lo envidiaba todo del otro, que tenía la vaca que daba más leche, los mejores árboles frutales… El vecino envidioso pactó con el diablo y su suerte cambió. De pronto, todo lo suyo pasó a ser lo mejor. A su vecino incluso lo atropella un camión y pasa una larga temporada en el hospital. Cuando regresa a casa, el vecino está al acecho. Un nuevo torrente de envidia lo invade por dentro cuando lo ve bajar del taxi en muletas, mientras musita: «Qué bien cojea este cabrón».

El oficio más impúdico del mundo

"¿Cómo quiere que un escritor sea púdico? Es el oficio más impúdico del mundo; a través del estilo, de las ideas, de la historia, de las investigaciones, los escritores no hacen otra cosa que hablar de sí mismos, y además con palabras. Los pintores y los músicos también hablan de sí mismos, pero lo hacen con un lenguaje mucho menos crudo que nosotros. No, señor, los escritores son obscenos; si no lo fueran, serían contables, conductores de tren, telefonistas, serían gente respetable."
Amélie Nothomb

jueves, 8 de septiembre de 2016

"El embargo" (poema de Gabriel y Galán musicado por Bucéfalo)


Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo...

Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro...

¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro...

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo...
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!...

domingo, 4 de septiembre de 2016

Enseñanza rural en la España vacía: misioneros e interinos buscando redención.

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Aunque la idea de las misiones pedagógicas estaba ya en el espíritu de Giner de los Ríos, quien las propuso por primera vez en 1881 con el nombre de "misiones ambulantes", fue Manuel Bartolomé Cossío (...). El proyecto era de una sencillez y de una ingenuidad propias de apóstoles y cristianos primitivos. Consistía en llevar la cultura a los rincones más aislados y remotos del país. (...)
El Patronato de las Misiones Pedagógicas, una de las primeras instituciones que se crearon en 1931, tenía unos mandamientos para quienes aspirasen a entrar en la orden: "Él (el misionero) podrá divertirse y gozar de la obra que realiza y con todo lo que a ella necesaria y legítimamente acompaña, pero se guardará muy y mucho de que pudiera producirse en el pueblo la sensación desmoralizadora de que ha ido allí a divertirse. Rompiendo los hábitos urbanos, pocas veces en concordia con los lugareños, debe amoldarse a éstos, sin hacer nada que pudiera, no ya servir de escándalo, mas ni siquiera llamar con rareza la atención o ser chocante".
(...)
Las memorias de los exiliados magnificaron aquellos días, que se convirtieron en días de redención y paraísos perdidos. Las misiones fueron copiadas en Argentina, en Brasil, en Uruguay y en otros lugares de Latinoamérica (en México ya existían), extendiendo su mito. El impacto real de las misiones es anecdótico, pero el símbolo es enorme y se ha pegado al ideal democrático de la República. Su espíritu está detrás de todas las aproximaciones que se han hecho a la escuela rural. Y persiste hoy.

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Vuelvo al año 2015, al tiempo de escritura de este libro. A las siete de la mañana de un día cualquiera de octubre. Estoy en mi ciudad, Zaragoza, pero puedo estar en Valladolid o incluso en Sevilla, Valencia o cualquier capital de comunidad autónoma que rebase el medio millón de habitantes. (...) Son las siete, pero a lo mejor son las seis. O las cinco. Todo depende de lo lejos que esté el destino. Hace frío. Cuatro jóvenes de entre veinticinco y treinta años se suben el cuello del abrigo, se frotan las manos y esperan bostezando en una esquina. Un conche para. Se suben. El coche arranca y enfila las salidas de la ciudad. Cada día es un coche distinto. Se turnan para no tener que conducir todos los días. (...) Llegan al pueblo recién amanecidos. Se desperezan y empiezan su jornada. Son los profesores del colegio. (...)
El diseño aparentemente meritocrático de reclutamiento de profesores para el sistema educativo público español propicia que los más jóvenes, los que empiezan en la docencia, a menudo no tengan más remedio que aceptar sustituciones e interinidades en pueblos remotos de su comunidad. (...) Entre esos jóvenes profesores que cada mañana comparten coche para viajar setenta, cien o ciento cincuenta kilómetros hasta su puesto de trabajo hay muchos vocacionales y enérgicos. El rodillo de los años no les ha mellado la voluntad ni las ganas de levantarse cuando suena el despertador. El contador de decepciones está casi a cero y la vitalidad, al cien por cien. Creen en lo que hacen, están convencidos de la importancia del magisterio y unos cuantos han ido más allá de la formación convencional, han leído mucha pedagogía y les apetece innovar dentro de los años límites del sistema (que pueden ser estrechos). En la escuela rural encuentran un campo de intervención prodigioso. Quizá muchos pueblos no tengan docentes veteranos y curtidos, porque nadie aguanta en ellos una temporada larga, pero, a cambio, disponen de jóvenes que se toman su trabajo muy pasionalmente (...)
Ya no son setecientos voluntarios apoyando a un cuerpo de maestros de escuela muy pobres y aislados, sino todo un sistema con miles de funcionarios. Quizá no se llamen Rafael Alberti o Antonio Machado, pero, en términos pedagógicos, están mucho mejor formados que cualquier joven misionero de los años 30 y tienen muchas más aptitudes y herramientas para enfrentarse a su trabajo. (...) Es difícil que muchos de estos docentes jóvenes no se sientan un poco misioneros. Están de paso, al fin y al cabo. Llevan la cultura y la educación a los pueblos como un bien importado porque ellos mismos no se quedan. Al terminar las clases, vuelven a sus ciudades. Persiste, débil aunque reastreable, una idea de redención. (...)
Quizá con otro sistema de reclutamiento del profesorado, con mayores facilidades para conseguir una plaza y menos interinidades, se producirían muchas epifanías como la de Doctor en Alaska. El urbanita reticente que se enamora del pueblo y hace de él su casa. Tal vez así se acabaría con todo resto de la vida redentora y misionera. Pero, mientras muchos docentes estén de paso, el espíritu de redención seguirá latente.

La España vacía.
Sergio del Molino.
(Turner Publicaciones, 2016)