ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 18 de julio de 2017

PLATA Y PLOMO (un poema de Diego Alvárez Miguel)


PLATA Y PLOMO

El rapero se despierta con insomnio
a las 3 de la mañana
en su apartamento blanco de Virginia

coge el coche y conduce hasta un Wallmart

mira armas
compra calcetines
toquetea delicadamente las mandarinas

después se compra un disco
que pone en el Toyota
y mira a través del parabrisas

la luna babosea los campos de ceniza
el acero brillante de las máquinas de riego

el poeta pisa el acelerador y se dirige
hacia la sangre plateada
y gira el volante con tanta fuerza
que el coche chilla como un niño
y sale de la carretera dando botes

se detiene entre la hierba

recuerda el arma que vio a mitad de precio

si decidiera suicidarse
¿qué arma escogería?
¿la más barata?
¿la mejor?

el poeta estira el brazo y trata
de borrar las estrellas del cielo
como si fueran gotas
de sangre o de mercurio

pero su mano se detiene
al golpear con el cristal.

Méh.
Diego Alvárez Miguel.
Valparaíso, 2017

martes, 4 de julio de 2017

"Bibilioteca" (un poema de Elías Moro)

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         philip roth me contó una vez el secreto de la muerte de su padre,
         jorge manrique me contó una vez el secreto de la muerte de su padre,
         raymond carver me contó una vez el secreto de la muerte de su padre

         llovía en parís un aguacero cuando césar nos dejaba,
         la palabra quinqué se asoma a la sima de agua de guillermo,
         comí cebollas y moluscos con el glotón de neruda,
         una infame turba entona cantos marineros en la pampa

         empuñando un sable bucanero, burt lancaster
         sigue burlándose de nosotros en la portada de un volumen,
         el mágico mestre habla con rafael acerca de los oficios del sueño,
         el rostro de lorca desaparece en cinco actos antes de que caiga el telón,
         robinson crusoe interroga a calvino acerca de la autoridad y los desastres,
         el exilio de hikmet sería otro poema de spoon river

         cuando faulkner pasea a caballo matándose lentamente con el whisky,
         los pájaros de marianne envejecen de tedio en las antillas de walcott,
         cien haikus le desvelan a kafka el secreto de los cerezos,
         y en los hospitales de ultramar un viejo gaviero,
         el que amó a ilona bajo la lluvia,
         desgrana monótono sus recuerdos de amor y de guerra

         mientras arden las pérdidas en otra patria,
         por una extraña paradoja, con frío de vivir,
         vidas minúsculas a salto de mata, animales
         melancólicos caminan hacia el lugar de la derrota,
         la memoria de la nieve avanza por la línea del horizonte

         como una antigua cometa en las manos de los muchachos,
         bajo el oscuro secreto de las cartas consulares,
         el libro de los venenos sobrevuela las poéticas

         siquiera en este refugio, por una oculta razón,
         en todos ellos están impresas mis huellas dactilares,
         uno cualquiera se acuesta conmigo todas las noches de mi vida

         como un epitafio vivo y sereno
         tres rosas amarillas se posan en la tumba de chéjov

         los perros ladran

         lo demás es silencio

EN PIEL Y HUESOS
(Antología poética, 1987-2008)
Elías Moro
Mérida, Editora Regional, 2009
Edición y prólogo de Miguel Ángel Lama

sábado, 1 de julio de 2017

"El último hombre" (un poema veraniego de Manuel Vilas)

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EL ÚLTIMO HOMBRE
Vuestra Merced escribe se le escriba
LAZARILLO

Sentados en una terraza veraniega de Mallorca,
le dije a un amigo, inspirado por una ginebra blanca:
"El hambre de los niños es la única gravedad
de la historia, del estado y de la filosofía.
De los hambrientos son las guillotinas del futuro.
Dios es el ídolo de los pobres.

No sé por qué pienso estas cosas ni por qué escribo de ellas,
cosas tan poco brillantes, tan de seminarista de aldea
que no ha visto las capitales de Europa donde viven
las novicias jóvenes,
esas que pintan y salen a bailar por la noche,
esas de labios nuevos, sin estrenar, y carnes duras
porque tienen veinte años y muy mojadas las bragas.

 Bebí otra vez de mi ginebra y supe que ya estaba solo,
en Mallorca, en una plaza con iglesia, llena de guiris,
acariciaba mi cartera, mordía mis gafas, acariciaba a Trajano,
y proseguí: "si tuviéramos vergüenza nos haríamos misioneros
y tú, Trajano, llevarías en tu espléndido lomo un botiquín de la
Cruz Roja.
Soy un seminarista ocurrente, un lobo marcado en la oscuridad,
soy un predicador del desierto, que se ha quedado sordo,
un teólogo retirado, un chamán ilustrado,
una celestina beata, un lazarillo tuerto,
una concha de mar ascendida a lo Alto,
un ser encendido que arde solo para él,
una velada con un único invitado,
aburrida, geométrica, lunar,
el hijo de Dios, el último que tuvo
No dedicaré mi vida al servicio de la verdad.
Nací en julio del sesenta y dos, soy un hijo del verano
de España, un verano con sol y noches de fiesta
para el cuerpo, para la boca, para los pies,
para el culo de la mujer madura, para los muslos
de la mujer pagada donde se quema un tatuaje,
una boca abierta, el verano se muere de hambre.
Mes de julio, España, la sed, la moderna sed de no hacer nada
Sino tomar el sol, desnudarse, estar desnudo,
Muy empalmado, bebiendo todo el día cerveza y vino.
Mes de julio, España, los ricos, incompetentes y vagos,
Los pobres, pobres y tristes".
Manuel Vilas
El cielo (2000).
Posteriormente incluido en Amor: poesía reunida, 1998-2010
Visor.

domingo, 25 de junio de 2017

La recuperación (Enrique García Bolaños)


Me están doliendo extraordinariamente los suburbios
los invisibles suburbios infectos
los coches aparcados
sus ruedas negras rozando las aceras
desgastándose sus neumáticos frenéticamente
moribundas las ruedas de los coches
los tristes coches azul marino
tan brillantes, sus llantas abrasadas por el eterno roce
de las aceras desiertas de los suburbios.

Desconfío de las aceras desiertas
amontonadas bajo las sombras de los pinos viejos
que sobreviven con los millones de litros
que pulverizan los aspersores
de los desiertos campos de golf
de los suburbios de los hombres
que huyen de las nubes grises
de los tiros tristes de las chimeneas de las fábricas
–nunca son de los hombres las fábricas–

y yo los veo correr
los veo huir a sus casas
lejos de las fábricas
lejos de las chimeneas
lejos de las nubes, sus casas
cerca de los aspersores de los campos de golf
y dejan sus coches pegadísimos a las aceras
ÉSTA es MI acera
ÉSTA es MI puerta
ÉSTA es MI casa
y por si alguna vez nevara copiosamente
aquí en el mismísimo sur de España
ÉSTE es MI techo a dos aguas.

Me duele la solitaria desconfianza que me provocan los suburbios
de los hombres que sólo se juntan para beber
enormes gintonics de 10 euros
mientras esperan a que sus niñas salgan de inglés de pádel de baile
niñas que esconden secretos que sus padres jamás conocerán
debajo de sus carísimas faldas tableadas
de sus tristísimas faldas color caqui
qué más dan los secretos obscenos
qué coño es el color caqui
parlotean sus padres
sibaritas de las tónicas de colores
alentando una pequeña revolución suburbana
contra el nuevo centro de reinserción de menores
menores que no llevan carísimos uniformes
menores que no saben lo que es el OPUS
menores que no son nunca sus hijos
ni llegarán nunca a ser hombres
que aparquen sus coches pegadísimos a las aceras
de las avenidas mojadas por los aspersores
de los desiertos campos de golf
sin vida
sin esperanza
sin futuro
los suburbios

Señales,
Enrique García Bolaños
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2017

jueves, 22 de junio de 2017

SEXO FUTURO: el amor y sus derivados en los tiempos de las citas online

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Era soltera, heterosexual y hembra. Al cumplir treinta años, en 2011, seguía visualizando mi experiencia sexual como algo que con el tiempo llegaría a un final, como un monorraíl de Disneylandia que se desliza hasta su última parada. Me apearía, me encontraría cara a cara con otro ser humano y nos quedaríamos allí, en nuestra estación permanente de la vida: el futuro.
No era soltera por elección, pero el amor es raro y muchas veces no correspondido. Sin amor no veía motivo alguno para tener un vínculo permanente con un lugar en particular. El amor determinaba la forma en que los humanos se ordenaban en el espacio.
Como adhería a la gente a sus planes a largo plazo, las personas que me rodeaban lo consideraban una parada final, un hecho escatológico, un acontecimiento mesiánico. Mis amigos expresaban una fe religiosa en que un día me llegaría también a mí, como si el amor fuera algo que el universo nos debe a cada uno de nosotros, algo de lo que ningún ser humano puede escapar.
Yo había experimentado el amor, pero precisamente por eso era consciente del poco poder que tenía para instigarlo o para asegurar su duración. Aun así, seguía concibiendo el futuro como una culminación por defecto de mi vida sexual, como un destino más que como una elección. Esa visión era una joya suspendida en mi mente, una alhaja inmune a las tormentas de mi experiencia real: un punto de llegada cristalino. Pero yo sabía que no le ocurría a todo el mundo y, a medida que me hacía mayor, empecé a preocuparme de que a mí no me ocurriese.

Las atracciones empezaban y acababan de una manera flexible, implosionando ocasionalmente en exhibiciones de dolor o de locura temporal, pero por norma general de una manera apacible. Éramos almas revoloteando por el limbo, apilándonos las unas sobre las otras como hojas secas, a la espera de los violines, las trompetas y las campanas nupciales del escatón, el fin de los tiempos. El lenguaje que utilizábamos para describir estas relaciones no contribuía precisamente a su definición. Su característica más destacada era que tenían lugar mientras te encontrabas solo, pero nadie estaba seguro de cómo debía llamar a este tipo de vínculos. Enrollarse daba a entender que nuestros encuentros no implicaban ni ceremonial ni cortesía. Amantes sonaba anticuado, y generalmente éramos amigos de las personas con las que nos acostábamos, por no decir «solo amigos». Normalmente llamábamos a lo que hacíamos salir, una palabra que podía aplicarse a todo, desde los rollos de una sola noche hasta las relaciones de varios años. La gente que salía era soltera, a menos
que estuviera saliendo regularmente con alguien. Soltero también había perdido concreción: podía significar «no estar casado», como en una declaración de Hacienda, pero la gente no casada a veces tampoco era soltera, sino que «tenía una relación», una manera de referirse al compromiso provisional para el que no teníamos adjetivos simples. Novio, novia o pareja implicaba compromiso e intención, y por lo tanto solo servían en algunos casos. Un amigo me habló de una «no-ex» con la que
había mantenido una «no-relación» durante un año. Nuestras relaciones se habían transformado pero nuestro vocabulario no. Al hablar como si nada hubiera cambiado, las palabras que usábamos nos resultaban anacrónicas. Muchos de nosotros ansiábamos vivir una experiencia que pudiéramos nombrar, como si eso ofreciera algo mejor. (...)  Algunos probábamos neologismos, aunque la mayoría los evitábamos. Estábamos aquí por accidente, no a propósito. Con independencia de lo que hiciéramos, ninguno de mis conocidos se refería a su situación como una «opción de vida». Nadie describía el hecho de ser soltero en Nueva York y mantener relaciones sexuales esporádicas con conocidos como una «identidad sexual». Yo pensaba en mi situación como en una etapa transitoria, algo que acabaría con la llegada del amor.
El año en que cumplí los treinta terminé una relación. Estaba muy triste, pero mi pena aburría a todo el mundo, incluso a mí misma. Como se trataba de un abatimiento que ya había experimentado antes, pensé que podría superarlo rápidamente. Salí con gente a la que conocí por Internet, pero me costaba excitarme con desconocidos. (...)
Me sentía más feliz en presencia de seres humanos sin mediación, pero había veces en las que un no-novio traía consigo un eco sombrío que se adueñaba de mi teléfono. Era un deseo sin esperanza de satisfacción, sin un objeto claro. Miraba fijamente las elipsis que ondeaban en la pantalla. Analizaba con espíritu forense las fotos de las redes sociales. Expresaba frivolidad mediante signos de exclamación, risas deletreadas y emoticonos.
Postergaba mis respuestas de manera artificial. Ese postureo me empujaba a fingir que estaba muy ocupada, que no había visto el mensaje hasta entonces. Me fastidiaba que mi teléfono me hiciera cautiva de sus tópicos. Mis metas eran la serenidad y el buen humor. Iba a todas las fiestas de Navidad.
(...)
La necesidad de contacto humano que experimenta una persona soltera no es algo que deba tomarse a la ligera.
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El concepto de amor libre contaba con una larga tradición: experimentos en comunas, profetas de ojos desorbitados, herejes encarcelados... El amor libre había significado el derecho a tener relaciones sexuales sin procrear o antes del matrimonio, incluso el derecho a no casarse. Significaba libertad de expresión sexual para las mujeres y los gais, libertad para amar sin barreras raciales, religiosas o de género. En el siglo xx, los idealistas posfreudianos creyeron que el amor libre daría lugar a una nueva
manera de hacer política, incluso al final de la guerra, y cuando yo oía la expresión «amor libre» pensaba irremediablemente en 1967, en jóvenes escuchando acid rock en este parque.
Para la ciencia ficción, el amor libre era el futuro. El nuevo milenio prometía la exploración del espacio, una contracepción infalible, prostitutas biónicas y una sexualidad sin restricciones. Pero el futuro ya había llegado junto con muchas nuevas libertades, y el amor libre, como ideal, había pasado de moda. Éramos libres de tener coregasmos, pero los hippies habían sido ingenuos:
la ciencia ficción no era real. La expansión de la sexualidad fuera del matrimonio trajo nuevos motivos para creer en los controles tradicionales, motivos como el VIH, los límites cronológicos
de la fertilidad, la fragilidad de los sentimientos. Me conformaba con la libertad como estado provisional, mas mi plan era un destino monógamo. Mi percepción de que eso era lo correcto,
después de los experimentos fracasados de generaciones anteriores, era como la reconstrucción de un monumento nacional barroco que hubiera sido destruido por una bomba. (...)
¿Y si el amor nos fallaba? Ahora la libertad sexual se había ampliado hasta las personas que nunca habían querido desprenderse de las viejas instituciones, aunque, por supuesto, se mostraban solidarias con quienes sí querían hacerlo. Yo no había buscado tantas opciones para mí misma, y cuando me encontré con una libertad sexual completa me sentí infeliz
(...)
Descubrí que los algoritmos me clasificaban en la misma zona (por clase social y nivel de formación) que las personas con las que salía, pero aparte de eso contribuían muy poco a predecir quién me gustaría. Parecía atraer, tanto online como en la vida real, a un número estadísticamente anómalo de vegetarianos. (...)
Si concertar citas por Internet me hacía sentir que de alguna manera estaba al mando de mi vida, acostarme con personas a las que realmente no deseaba no hacía más que recordarme lo absurdo que era intentar diseñar una relación para lograr que existiera. (...)
Empecé a responder solamente a personas con perfiles muy breves; luego empecé a renunciar directamente a los perfiles, usándolos solo para asegurarme de que las personas de OK-Cupid Locals sabían escribir con corrección y que políticamente no eran de extrema derecha.
Aún así, en mi perfil evitaba cualquier referencia al sexo. También evitaba a todos los hombres que empezaban con propuestas explícitamente sexuales. Mi renuncia a cualquier referencia abierta al sexo representaba que las citas por Internet equivalían a estar en una sala llena de personas recomendándose restaurantes las unas a las otras sin describir los platos que se servían. No, era todavía peor: era una sala llena de gente hambrienta que, en vez de hablar de comida, hablaba del tiempo. Si una persona me ofrecía una sandía, yo la rechazaría por no llevar paraguas. El derecho a evitar el tema del sexo estaba estructuralmente integrado en las webs de citas más populares; habían sido diseñadas así porque de lo contrario las mujeres no las habrían usado. (...)
En el negocio de las citas por Internet fue donde me encontré por primera vez con un popular concepto de de márquetin llamado "un lugar limpio y bien iluminado" (título, por cierto, de un cuento de Hemingway ambientado en España). La frase salía a menudo cuando los empresarios hablaban de crear un "entorno acogedor para las mujeres" en el ámbito sexual. (...)
Al principio, la idea había representado una reclamación de la sexualidad -una especie de amuleto aforístico contra el espectro persistente de los cines de los años setenta, los jacuzzis, los bares de soltero y las explotadas estrellas del porno colocados con metacualona-, pero el concepto era igualmente aplicable a la era de las fotos no solicitadas de pollas y de los "¡Conoce a solteras calientes en tu zona que quieren follar ahora!". En las citas online, el lugar limpio y bien iluminado representaba un entorno sin sexo que te permitía evaluar a otras personas con las que algún día podías acostarte. (...)
Yo no creía que las mujeres heterosexuales tuvieran vidas radicalmente distintas de las de los hombres gais. Veía a dos culturas con relatos distintos sobre la manera correcta de actuar y de ser, con diferencias respecto a lo que estaban dispuestos a declarar sobre ellos mismos. Grindr había ofrecido una idea, y Tinder la había modificado de acuerdo con los conceptos de decora de otra cultura. (...)
En teoría, yo podía comportarme como me diera la gana. Sin infringir ninguna ley, podía vestirme de monja y hacerme azotar las nalgas por una persona vestida de Papa. Podía ver a una estrellita del porno danzando en mi ordenador mientras practicaba sexo con un dispositivo a pilas. (...) Podía hacer todas estas cosas sin necesidad de llevar una letra escarlata, sin que me encerraran en la cárcel y sin que me lapidaran públicamente. (...)
En todo Estados Unidos las mujeres se preguntaban qué había pasado con la vida adulta que se habían imaginado de niñas, y si había que atribuir su naturaleza esquiva a los cambios materiales o a las carencias personales. La anticuada teoría de que una mujer podía tener mala suerte y no haber conocido al "hombre adecuado" ya no las satisfacía. (...)
El "mercado" de las citas por Internet convertía al ser humano en producto de consumo y lo saturaba de opciones. Los periodistas disfrazados de sociólogos nos explicaban que vivíamos en una época desgraciada de confusión social provocada por la falta de claridad de los roles de género propia del posfeminismo. Esta literatura podía resultar útil: reconocía una situación. Pero nunca explicaba cómo salir de ella. (...)
Las mujeres tenían cuerpos perfeccionados en el gimnaio y eran frenéticas triunfadoras. A la heroína confusa se le aconsejaba a menudo que se negara al sexo, aunque no estaba precisametne claro a cambio de qué. A medida que se hacía mayor, los artículos pasaban a ser historias de lamentos, de cómo en un momento dado ella pensó que casarse joven resultaría perjudicial para su carrera profesional y ahora le preocupaba su atractivo físico y su nivel de fertilidad, como si a todas las mujeres se les presentara el dilema claro entre profesión y familia antes de cumplir la treintena. Hacia los cuarenta, la mujer soltera, harta de esperar un compromiso por parte de los hombres, empezaba a utilizar la tecnología para quedarse embarazada. Los bebés permitían la satisfacción de un gran destino, aunque las mujeres que se habían casado y tenían hijos parecían extremadamente estresadas e infelices, sufrían en sus vidas profesionales y habían perdido el interés por el sexo. (...)
Los críticos lamentaban que si se tuviera que que diseñar un mundo de fantasía basado en los deseos de un hombre joven, sus normas y su ética serían muy parecidas a las de un campus universitario actual. 

martes, 20 de junio de 2017

HASTA QUE PUEDAS QUERERTE SOLO (Pablo Ramos)

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El otro día Ben Clark me recomendó Hasta que puedas quererte solo, un libro de relatos de Pablo Ramos sobre la adicción. Dejo por aquí la reseña de Carlos Zanón en Babelia y el prólogo:

Palabras preliminares

En noviembre de 1997, bajo el agobio de una primavera particularmente calurosa, llegué por primera vez en mi vida a un grupo de autoayuda. Recuerdo que mi mujer de entonces, la madre de mi hijo menor, me dejó en la recepción de la parroquia la Consolata, en La Paternal, y se volvió a casa para cuidar a Julio que por ese entonces era un bebé de brazos y se había quedado solo durmiendo. Me dio un beso y me deseó buena suerte.
    Yo me quedé en el hall, sin entrar del todo al pasillo que conducía a los salones donde se reunían distintas personas. No había ningún cartel y por nada del mundo me habría animado a preguntar. ¿Qué preguntar? ¿Acá es para drogadictos? Ni loco, pensé, antes me muero.
    Para distraerme me puse a ver la cartelera de actividades de la parroquia, no quería volver temprano a casa y decepcionar nuevamente a mi mujer. Ella estaba contenta, había averiguado todo y le habían dicho que los grupos de Narcóticos Anónimos eran uno de los mejores lugares para dejar de consumir cocaína. Yo la consumía junto con lo que viniera desde los dieciocho años y ya por ese entonces tenía treinta y uno. Estaba cansado, el consumo me había arrastrado por todos lo lugares habidos y por haber, desde hospitales hasta la cárcel. Más de una vez había estado a punto de perder la vida. Había perdido trabajos, amigos, matrimonios, ya casi nadie confiaba en mí y mucho menos me tomaban en serio.
    Miraba los horarios de catecismo, las misas a pedido, los horarios de secretaría y me olvidaba, como hacía siempre, de qué era lo que había ido a hacer a ese lugar. Recuerdo esa sensación, ese vacío particular, ese estar a la deriva. Quedarme horas y horas en un lugar, habiendo olvidado por completo para qué había ido. De golpe una persona, un hombre, algo más de cincuenta años, tostado de lámpara, con unas cadenas y unas pulseras enormes de oro enchapado, salió de uno de los salones y al verme se vino derecho al humo. Me saludó y me preguntó si venía para los grupos.
    Qué grupos, le contesté. Los de catecismo no, flaco, me dijo el cincuentón, y largó una carcajada que retumbó en las paredes de hospital que eran (y son) el anexo de la secretaría de esa parroquia.
    Me reí también y el tipo me pasó la mano por el hombro y me acompañó a la reunión y me presentó como el recién llegado.
    No recuerdo su nombre, no recuerdo su voz, ni si era alto, se me hace que sí, o si era gordo o flaco. Sólo el bronceado y las cadenas, sólo el final y el tono de las palabras que dijo para compartir su experiencia conmigo en el ritual común de bienvenida que se les hace a todos los que entran en esa confraternidad por primera vez.
    Entré y me quedé. Junté casi dos años limpios antes de su primera recaída. Junté casi un año limpio antes de la segunda. Y después necesité de una internación para poder parar. Junté un año y dos meses en la internación, y desde ahí pude juntar más de seis o siete meses sin volver a consumir, sobre todo alcohol (pero en cada recaída volví y volví a los grupos, y cada vez fui recibido sin juicio, con respeto, con silencio al contar el dolor absurdo de ver que siempre se tropieza con la misma piedra. Los compañeros me recordaron que yo me debía respeto, y cuando, avergonzado, cantaba mis recaídas, las palabras eran casi siempre las mismas. Estábamos enfermos. Nos descuidábamos un poco y estábamos otra vez en el horno. Esto es sólo un día a la vez, alentándome así a empezar de nuevo.
    Parece que el momento en el cual se da que tengo que comenzar a escribir este libro hubiera sido planeado. Pero no, no fue planeado. De alguna manera coincidió en forma y circunstancia con una serie de recaídas personales que volvieron a ponerme alerta, que me hicieron pensar, dos días antes de firmar el contrato por este libro, que era hora de volver a encarar el problema como la primera vez que lo encaré: en serio, con toda la voluntad (buena voluntad), que me sea posible.
    Casi siempre un adicto, un alcohólico (que son para mí muy parecidas) saben exactamente por qué vuelven a tomar. Hasta se podría decir que en secreto, su mente lo planea, y él o ella, va concediendo terreno a una idea que crece como un árbol podrido. Y si en un principio ese crecimiento da la impresión de estar bajo control, rápidamente ese control ilusorio o esa ilusión de control (parte de la trampa, parte del autoengaño del adicto), se convierte en una energía ingobernable y letal.
    Más o menos rápido según las personas, según las circunstancias, pero igual de feroz al final del trayecto. Todos los adictos sabemos como empezamos, ninguno de nosotros sabe cómo ni cuando va a terminar. Por eso me parece necesario empezar este libro así, porque el libro va a hablar de personas que como yo, luchan día a día para seguir adelante.
    Que amanecen agradeciendo, sencillamente por el hecho de estar limpios, abstinentes. Un adicto que no consume por 24 hs son 24 hs de milagros ininterrumpidos, es un número contra todos los pronósticos, algo fuera de lo normal, algo que se mantiene a flote pese a tener todas las características dadas para el hundimiento.
    Y de estas personas va a hablar este libro y esas mismas personas van a hablar en este libro. Las que se recuperan, las que rompieron las reglas y torcieron el destino y terminaron con el mito de que adicto se es para siempre.
    Escribo estas palabras y la máquina de escribir apenas me responde. Tengo las manos endurecidas. Hace unas horas me gasté el dinero destinado a la cuota alimentaria de mi hijo menor en quince gramos de cocaína y una botella de medio litro de whisky, y hace unos minutos nomás que terminé de tomarme todo. Estoy torpe mental y físicamente, y quiero dejar registro de esta torpeza, que es un verdadero fondo al cual llegué. Pienso ahora, y lo sé, que estoy muy cerca de volver a arruinarme la vida. Mi mujer se mudó a la casa de unos amigos. Hace dos noches ya, y es lo mejor que pudo haber hecho; al menos sé que esta vez estoy con una mujer normal que no se queda a repartir trompadas, que se corre y me habla al otro día con tranquilidad, tratando de llamarme a la razón. Que escribir no alcanza, que lo que tengo es algo serio, que necesito ayuda, que vuelva a intentar con lo que me dio resultado una vez, ese tipo de cosas. Y ese tipo de cosas que pueden parecer pensamientos tan obvios para cualquier persona es lo que yo necesito oír. Porque la gente como yo abandona las cosas cuando le están saliendo bien, y abandona, por supuesto, los tratamientos que le están saliendo bien.
    Escucho música y escribo, supongo que voy a escribir toda la noche y supongo que este prólogo o esta confesión, como quieran llamarlo, desde ahora va a atravesar el libro o ser parte importante de él. Porque se me acaba de ocurrir que sería valioso llevar un registro de cómo evoluciona mi nueva recuperación, y de qué manera se van dando mis días mientras grabo y desgrabo las historias de otros adictos, mientras escucho de logros y recaídas, mientras recorro grupos, fundaciones, cárceles, hospitales y todo lugar donde un ser humano esté luchando por seguir siendo un ser y por seguir siendo humano. Mientras comparto el despertar de los recién llegados que descubren con alivio la palabra enfermedad, palabra que puede ser temida por muchas personas pero que el día que nosotros la escuchamos respiramos con alivio. Porque nos sentíamos deficientes morales, seres perversos que sufrían y hacían sufrir a los demás, hasta ese día, el primer día en que escuchamos que estábamos enfermos, y que la enfermedad se podía tratar, y que el consumo compulsivo podía parar, y escuchábamos a esos compañeros que hablaban de tres cuatro cinco diez quince años sin drogas ni alcohol, ¿años sin drogas ni alcohol? ¿Cómo es eso? La vida sin drogas ni alcohol era imposible, aburrida sin sentido, mejor morir, mejor seguir igual, mejor sufrir que disfrutar de la vida sin drogas ni alcohol. ¿Cómo es eso? Mejor sufrir que disfrutar de la vida sin drogas ni alcohol. Así de grande es el problema, así de sutil la locura, así de incurable la enfermedad que doblega al adicto que no conoce la recuperación.
    Este libro pretende ser un homenaje a los que me mostraron el camino y a los que siempre están ahí cuando los necesito, un homenaje a su dolor y a su coraje, pero sobre todo pretende, y me hago cargo del romanticismo o lo que sea que esto implique, ser un mensaje de esperanza para el que todavía está sufriendo: el adicto o el alcohólico que no puede parar de consumir.
    Ah, ahora sí, no es que me haya olvidado, es que a propósito las quise dejar para el final. Las Palabras que me dijo el compañero cincuentón, ese que el azar quiso que yo nunca vuelva a ver, ese del cual no recuerdo casi nada. Excepto el bronceado y el oro falsos. Pase lo que pase vos vení, me dijo, que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo.

El libro está compuesto por 12 relatos ("Paso Uno", "Paso Dos...") que se corresponden con los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos. Además, cada uno de ellos lleva una breve introducción en cursiva en que se reflexiona, fuera del relato, sobre la adicción y el proceso de desintoxicación. Dejo a continuación algunos pasajes del libro:
Dicen en los grupos de Narcóticos Anónimos y de Alcohólicos Anónimos que la puerta de la sanación es muy ancha, pero también muy baja. O sea, que to do el mundo puede pasar por ella, pero que para hacerlo hay que agacahar la cabeza. (...)
No se está hablando de religión en este caso, sino de espiritualidad. Los pasos se leen, se entienden y se escriben para luego compartirlos con un compañero. Escribir para luego corregir, y corregir para corregirse. Y corregirse para volver a escribir desde ese ser mejorado. (...)
Todo se ponía negro en el cielo del sueño y de golpe el maná comenzaba a llover, a la vez que un líquido puro color oro brotaba de un manantial y formaba un cauce constante y sereno. Agradecido, comencé a comer y a beber: el pan era cocaína y el manantial era whisky. (...)
La historia dice que luego de tratar a Bill W. por su alcoholismo y de lograr un tiempo considerable de desintoxicación, Jung le da el alta advirtiéndole que como médico ya no puede hacer más de lo que hizo, pero que sabe que volverá a consumir. Ante la pregunta de Bill W. acerca de si existía alguna forma de poder mantener la sobriedad, Jung le dice -siempre según fuentes dudoas, que lo único que podría darle la cura definitiva sería una experiencia mística. Así ocurrió cuando Bill W. sintió como una revelación la necesidad de buscar otro borracho a quien confesar su problema. Así fue creciendo la idea de que la voluntad no es suficiente porque se la lleva como un peso que siempre termina por doblegarte. Entregar la voluntad a otra persona en la misma condición fue el primer paso poder luego entregárselo a la Providencia, Dios o el Poder Superior, como cada uno elija nombrarlo. (...)Entregar y sacarse de encima la responsabilidad del resultado y confiar en que el camino que se abra al andar limpio va a ser seguramente el mejor.Aunque parezca mentira, lo único que siente seguro un adicto o un alcohólico es la droga que consume. Por eso, sin trabajar y llegar a entender el concepto de este paso, ante la mínima sensación de caída no dudaría en sostenerse de lo mismo.(...)
En la vida encontré muchas veces una mujer que era el sustituto al menos temporario de ese medio ser que Gabriel y yo habíamos perdido. Tuve muchas buenas mujeres, no mujeres definitivas, no mujeres que yo pensar que se iban a quedar conmigo, pero mujeres buenas que me acompañaron, por las que traté de salir, que me dieron ánimo y hasta me dieron hijos. (...)
Mi breve historia con ella me hizo entender como ninguna otra cosa que nuestro temor no es a la oscuridad, sino a la luz. Es decir, a que la oscuridad se ilumine. (...)
Le dije que me hablara de las cosas que le gustaban y ella me habló de autos, de champán en los autos, de las primeras horas de cocaína y placer, de las últimas horas de cocaína y dolor.
-Cosas que te gusten, Lulú, -insistí.
Y entonces me habló de fútbol, de sexo, de hombres y de libros. Me dijo que prefería un escritor a un deportista, porque era más largo el después que el durante. (...)
La motivación es la misma que la de las demás crónicas de este libro, el terror que me causa saber y comprobar la enorme capacidad de mutación, la infinita capacidad de variantes y matices que tiene la enfermedad de la adicción. Tantas variantes con el mismo y casi único síntoma: meterse toda la sustancia que sea, todo lo que el cuerpo resista jugando en el límite más real que existe entre la vida y la muerte: la muerte en vida. (...)
 
La tragedia que acontece cuando un hombre o una mujer, desterrados al desamor de la soledad, descubren que el dicho de que el alcohol acompaña, lejos de ser una metáfora, es una verdad grande como una casa.
Porque el alcohol sí que acompaña, ayuda a olvidar, anestesia los sentimientos y convierte a los malos recuerdos en meras palabras de una letanía lejana, esa letanía que siepre recitan los borrachos y en la que nadie jamás se interesa. (...)
El alcohol se lo lleva todo, pero no de una vez por todas, se lo va llevando poco a poco. Disfruta mucho de arrastrarte un tiempo largo antes del tiro final. (...)
-No hay peor alcohólico que el que empieza de grande -me dijo tío Alfredo-. Porque empieza, decididamente, para olvidar. (...)
Porque el descenso no puede ser accidental. El descenso es el resultado de una elección de vida, o de un conjunto de elecciones hechas conscientemente en la vida. (...)
Isabel habló de todo: del bien, del mal, de la muerte, de Dios y de los hombres, de la guerra, de Hitler, de su familia nazi y de su amor judío. Supongo que enumeró las cosas buenas y las cosas malas por las que una persona bebe. Ahora me doy cuenta: uno bebe para olvidar cosas malas, es verdad, pero sobre todo bebe porque hubo cosas buenas y no pudo hacer nada para retenerlas, para que siguieran ahí o para que siguieran siendo buenas. (...)
Yo sabía muy bien que el que tien el bolsillo lleno tiene la razón, o que al menos los demás le dan la razón, a cambio de un poco de eso que tiene en los bolsillos: dinero o cocaína. Luego me di cuenta de que el talento también cuenta. El talento hace que los demás busquen tenerte cerca con la ilusión de contagiarse. (...)
En la búsqueda de esta satisfacción -búsqueda que me obsesionó después- conocí lo que se me reveló en principio como el lado práctico del alcohol combinado con la cocaína: la capacidad de anestesiar.
Ignoraba, por supuesto, que el problema de estos medicamentos no radica en la composición sino en la posología. O sea, en que jamás una deja de aumentar la dosis hasta que ya es demasiado tarde. Durante un tiempo fue eficaz, silenció las voces del pasado, me hizo olvidar el temor al futuro y, sobre todo, me hizo vivir el presente como dormido. Entonces, ante cada situación, pensaba en una copa y una dosis. Lo demás lo hacía la compulsión. Tomé como una bestia y terminé muchas veces en la sala de guardia de un hospital. Pero apenas me recuperaba y salía, volvía a tomar y a consumir de la misma manera. Tuve una novia, un casamiento, un hijo. Por primera vez intenté dejar el hábito. Conseguí un trabajo formal  y, simulando que todo iba bien, me sostuve sobrio por casi nueve meses. Recaí, pero volví a intentar la sobriedad. Una lucha que incluyó la cocaína, pero no tanto el whisky. Así se fueron los primeros años de matrimonio, desgastando el amor, destruyendo mi autoestima y construyendo una muralla de culpa que se hacía, día a día, trago a trago, raya a raya, inconmensurable. Imposible de escalar, de ignorar o de esquivar. Lo que hice fue mantener dormido al ser monstruoso que llevaba en mi interior, que me hablaba desde adentro de mi cabeza como una radio encendida día y noche, y no me dejaba ir tranquilo a la oficina, comer en familia, mirar televisión, seguir fingiendo. Fue una lucha encarnizada, batallas de veinticuatro horas en las cuales indefectiblemente perdí. Hasta que mi mujer me echó de casa, volví a una pensión y al alcohol diario. (...)
El daño que causa el consumo de drogas y alcohol en el adicto, en sus seres cercanos y en la sociedad es tan tremendo y devastador, que repararlo se vuelve muy complejo, y a veces imposible. Porque lo que no se puede hacer es volver el tiempo atrás. Y lo que no se debe hacer es lo que siempre hicimos, lo que hace que sigamos consumiendo y haciendo más y más daño, que es negar: hacer como si no pasara nada. (...)
Lo conocí en lo que, más tarde me daría cuenta, iba a ser el tramo final de su cordura, pero cuando su alcoholismo aún podía considerarse leve, social, tal vez inofensivo. O, por decirlo de otra manera, lo conocía cuando entraba en la recta final de su alegría. (...)
En esta ciudad, si no estás borracho o drogado tenés que ser un cínico. (...)
Recuerdo alguna de esas frases. Una era mitad de Charly García, mitad de Kafka: "Yo te podría decir que me cago en tu amor, pero ponte del lado del resto del mundo". Otra, mitad de Oscar Wilde y mitad de la Mona Jiménez: "Todos estamos hundidos en el mismo barro, sólo que no sé quién se ha tomado todo el vino". El vino (de todos lo colores) se lo había tomado él, y cuando terminó me dijo que se iba. (...)

Yo, como muchas personas que conozco, y que son las que más detesto, era de esos tipos que se podían comprar lo que quisieran, pero nunca tenían nada. (...) No se trata de cometer un sinceridio que traiga más dolor a nosotros mismos, a nuestras familias o a las demás personas. Se trata de poner, de una vez y para siempre, las máquinas del amor en movimiento.
Tenía dos ex mujeres que habían convertido a mis hijos en ex hijos. No podía verlos porque me lo impedía la falta de trabajo. La falta de trabajo que acarrea la falta de dinero, que acarrea la falta de un lugar decente donde dormir y comer un plato de algo caliente, que acarrea las ganas de volarse la cabeza con na 45 o con veinte gramos de lo que sea o con una prostituta gorda que nos haga un lugar entre sus enormes tetas. El resultado de todo eso fue un perfecto borracho y un perfecto drogadicto: yo. (...)
La manera de beber, ese meñique levantado que ahora es también el mío y la fe en esos rituales. Porque me atrevo a sospechar que el alcoholismo, además de una enfermedad y un vicio, debe ser algún tipo de fe. (...)
Llevando en el alma la misma incapacidad, la misma extraña cosa que me hace preferir siempre lo que se sirve afuera, lo que se amasa sin amor, la mano indiferente que llena la copa. El mozo o el puntero son los amigos perfectos para nosotros, porque nos ayudan a envenenarnos sin preguntas, sin expectativas también, y nuestra desidia, lejos de parecerles una ofensa, les facilita el trabajo. (...)
El programa de AA y Na es un programa de veinticuatro horas, donde uno tiene que vivir los Doce Pasos todos los días, cada día. (...)
La gente normal aliente siempre el espectáculo del borracho, hasta que es demasiado patético, hasta que, saciados de carroña, se van sin ver el final. (...)
-No le digas a nadie, pibe -me contestó-, no bebo en el trabajo no por respeto al trabajo, sino por respeto a la bebida.

 Hasta que puedas quererte solo. 
Pablo Ramos
Alfaguara, 2016

domingo, 18 de junio de 2017

Heroína (Lepoldo María Panero)

El diamante es una súplica
que tú inyectas en mi carne
el sol asustado huye
cuando eso entra en mi vena.
* * *
De mujeres y saliva
sólo está hecha la vida:
la heroína es más que el ser
y algo que a la vida excede.
* * *
Que estoy vencido lo sé
cuando el veneno entra en sangre
el triunfo es una burbuja
me deshará la mañana.
* * *
Si el ciervo asustado huye
es que en el bosque ha su casa
así buscas en tu brazo
un lago donde esconderte.
* * *
Contar ciervos en el llano
es deporte de poeta
de hombre es buscar avaro
placer en una cuchara,
oro en el excremento
para que el aullido muera.
* * *
Un fauno y una derrota
mujeres y algo de música
y el sueño de algún efebo
es cuanto de mí sé
y que ahora la heroína
convierta en nada y en polvo.
* * *
Todo ciervo sabe morir
pero que al hombre le cuesta
lo sabe el lento dibujo
de la aguja por mis venas.
* * *
Lento humo de cucarachas
así el orgullo se muere
pálido porque entre el polvo
de la cuchara lea mi destino.
* * *
Antiguos sapos he buscado
en el océano infinito
la aguja muerde y hace daño
tengo cactus en los brazos.
* * *
El jaco es una ramera
que susurra en la oscuridad
en mis manos, cuando me pico
cae el cabello de una mujer.
* * *
Como las alas de la nada se mueven entre el bosque
así el viaje de mis dientes por entre los cuerpos vivos
así como una ramera que se arrodilla en la noche
el rezo de una aguja en la violencia del cuerpo.
* * *
La aguja dibuja lenta
algún ciervo entre mis venas
cuando el veneno entra en sangre
mi cerebro es una rosa.
* * *
Como un viejo chupando un limón seco
así es el acto poético.
El caballo con su espada
divide la vida en dos:
a un lado el placer sin nada
y al otro, como mujer vencida
la vida que despide mal olor

Heroína y otros poemas,
Lepoldo María Panero
Ediciones Libertarias

viernes, 16 de junio de 2017

Los finales de curso

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"Los finales de curso son siempre melancólicos: rostros, voces y gestos que tal vez no vuelves a ver. Es imposible que el afecto no surja cuando te encuentras a diario durante nueve meses y creo que, aunque sea una cita obligada, el trato asiduo hace que se establezca entre nosotros, enseñantes y enseñados, una solidaridad exenta de pasión, en la que todos acabamos por mostrarnos como somos [...] Es también el momento de la despedida, cuando te das cuenta de que el vínculo que te une a tus alumnos es una goma elástica en la que ellos sujetan y estiran con firmeza uno de los lados y tú, aferrada desesperadamente al otro, con las fuerzas enervadas, intentas mantenerte, a sabiendas de que algún día -ojalá que dentro de mucho tiempo- la goma acabará rompiéndose y que, por supuesto, será por tu lado."

Fragmento del relato "La despedida",
que da título al libro de cuentos del escritor Javier Morales Ortiz.

jueves, 15 de junio de 2017

"Parking público" (un poema de Víctor Jiménez)

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PARKING PÚBLICO
Apenas ha salido el sol y llegan,
como un enjambre loco,
tocando el claxon,
parando en doble fila,
colapsando la calle
justo delante de la puerta
de entrada al abandono.
Han sido demasiadas horas soportando
la carga familiar, el peso de los hijos.
Ahora les espera una mañana,
por suerte o por desgracia, diferente.
Y tienen prisa por soltar amarras.
Por eso, llegan como llegan,
lanzados, compitiendo
por encontrar un hueco libre.
Como si no supieran
que asegurado tienen lo que buscan:
aparcamiento vigilado y gratis
para sus criaturas. 

Al pie de la letra.
Víctor Jiménez.
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2011

lunes, 12 de junio de 2017

No va más (un poema de LA HUIDA HACIA DELANTE)


NO VA MÁS

Dicen que ocurre por nosotros
y que toda la culpa es nuestra,
que no supimos rebelarnos
ante los abusos de la rutina,
la madurez y el Fondo Monetario.

Porque cada crisis es cíclica,
subirán de nuevo los impuestos
y regresarán también los exámenes
como vuelven las reglas y los claustros
y los mercados de fichajes,
o los eternos fines de semana
bebiendo whisky solo en casa.

(Confieso que a veces me siento
como un francotirador ciego,
apostándose a la ruleta
el desenlace de la guerra).


La huida hacia delante,
Ediciones de la Isla de Siltolá, 2014

domingo, 11 de junio de 2017

Carlos Alcorta reseña "Diario de un puretas recién casado"

Compruebo ahora que con el trajín del tercer trimestre se me había pasado compartir por aquí la reseña que Carlos Alcorta realizó de Diario de un puretas recién casado en su más que recomendable blog:

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Hay un deliberado tono menor que lo emparenta con los citados Juaristi o Salvago, por otra parte, un tono ensayado ya por Víctor Peña Dacosta en su anterior libro, La huida hacia adelante, publicado por la editorial La Isla de Siltolá en 2014, pero en este último subyace una ambición más trascendente al evidenciar una preocupación social, aunque sea desde un nihilismo quizá impostado, como en el poema «Nihilismo». En ambos títulos, el propio autor es el centro de sus comentarios sardónicas. La mirada sobre sí mismo está cargada de buen humor, de ironía , de capacidad para divertir al lector y, también, por qué no, de realidad, una realidad asumida como inevitable a la que el protagonista poemático, alter ego del autor, se adapta —como sucede, por ejemplo, en las canciones de Sabina,— con un fingido desinterés, como testimonian estos versos del poema «When the soldiers are singing», del Diario de un puretas recién casado: «Déjate de cuentos, Víctor, y asume/ en qué te has convertido aquí y ahora:/ una caricatura de ti mismo/ condenado a un aterrizaje/ de emergencia o un declive progresivo./ Pero también, no lo olvides, sigues siendo/ un soldado que sabe jugar sucio/ y conoce el campo de batalla». Es cierto que la explicación biográfica de un poema (o de una narración), generalmente no hace más que empeorar la comprensión del mismo, porque lejos de aportar datos más o menos concluyentes que abunden en una comprensión más cabal, se suele añadir información de la propia cosecha, que más que aclarar, ofrece otro sentido y, además, carece por lo común de interés desde el punto meramente estético, pero nuestro autor ha sabido resolver esta aparente contradicción entre biografía y escritura convirtiendo sus poemas en atalayas desde las cuales el yo contemplado se confunde con el resto de viandantes que hormiguean por el asfalto de esa realidad a la que hacíamos mención. Así, cualquiera de ellos puede, gracias a la ironía, ser la diana de sus dardos.
Peña Dacosta posee un innata facilidad para encadenar versos con un ritmo admirable y, como los camaleones, una forma genuina de convertirse en objeto de sus ditirambos y de sus chazas (quien se ríe de los demás, debe saber reñirse de sí mismo) que tiene sus antecedentes en la poesía de la experiencia, aunque en la vertiente más jocosa, menos trascendente, una poesía con fecha de caducidad, que suena un tanto cansina, pero dadas las cualidades poéticas que demuestra y la versatilidad para encarar diferentes puntos de vista éticos y estéticos, no nos cabe ninguna duda de que Víctor Peña Dacosta dará un paso al frente y cambiará este registro ya prácticamente agotado por otros más ambiciosos.