ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


domingo, 9 de agosto de 2020

"ADOLFO SUÁREZ: AMBICIÓN O DESTINO" (GREGORIO MORÁN)

ADOLFO SUAREZ: AMBICION Y DESTINO | GREGORIO MORAN | Comprar libro ...

No fue la escalera el símbolo de la carrera política de Adolfo Suárez. Eso hubiera sido posible en otros países menos crispados y de pasados menos borrascosos. Lo suyo, muy español, fue la cucaña, que se diferencia de la escalera en todo. Empezando porque la escalera está hecha para subir e incluso para bajar, pero la cucaña está pensada para que te vean sufrir conforme haces el esfuerzo de coronarla, y porque sólo es susceptible de trepar por ella quien asume el reto de romperse la crisma en el intento. (...)

Unos días después, y tras un almuerzo íntimo entre un Mario Conde contra las cuerdas de los tribunales y un duque de Suárez obligado a devolver los favores, tendrá lugar en el palacio de la Moncloa una de las reuniones más increíbles de la democracia española. El 23 de junio de aquel inabarcable 1995, y a petición de Adolfo Suárez, el presidente González recibe al abogado de Mario Conde, Jesús Santaella —que, por cierto, había sido asesor de la presidencia del Gobierno durante el mandato de Suárez—, en presencia del ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch. La intención de Mario Conde, expuesta en términos muy claritos por su abogado, se reduce a un chantaje al Gobierno y al Estado. A cambio de no hacer públicos los documentos reservados que un agente del Centro Superior de Inteligencia había robado —los que se harían famosos como «papeles de Perote»— y que comprometían al Gobierno en temas tan sensibles como la lucha contra ETA, y especialmente la creación de los GAL, Mario Conde, que ha comprado esos papeles, ofrece al Gobierno que no trasciendan, pero exige a cambio quedarse libre de cargos y 14.000 millones de pesetas. (...)
El papel de Adolfo Suárez, como intermediario en aquel inequívoco chantaje, no sólo afectaba a su honra, sino que además podía ponerle al borde del delito. Para evitar males mayores, hizo público un comunicado en el que reconocía su mediación, pero afirmaba desconocer el contenido de lo que iba a ser tratado. Posteriormente alegaría que su agradecimiento hacia Mario Conde se debía a un supuesto préstamo que le había otorgado para el tratamiento de su hija. Un argumento harto forzado, porque la intervención de Banesto por el Gobierno y el descubrimiento inicial de un cáncer de mama a su hija Mariam son prácticamente simultáneos. (...)

Adolfo Suárez. historia de una ambicion: Amazon.es: Moran Suarez ...

De todas las manipulaciones a las que se ha sometido la transición, el proceso de beatificación de Suárez es quizá de las más logradas, porque con ella se libraban del elemento más contradictorio y a su vez la clave de todo el período, la piedra angular de la transición tout court. En vez de sentir pena por ellos y sus vergüenzas, se las transferían a Adolfo Suárez, con nostalgia y agradecimiento. «¡Ahora te queremos, Adolfo! ¡Fueron ellos quienes te impidieron gobernar!» La revisión de la figura de Suárez pasará del «maldito Duque» a la beatería más escandalosa. (...)
Qué hay o había en Adolfo Suárez que se convirtió en una obligación política ensalzarle hasta lo imposible, y por los mismos que cavaron su fosa, logrando, no sin muchos esfuerzos, enterrarle políticamente. Yo no creo que haya otra explicación que una sencilla, muy católica y escasamente freudiana. Salvándole a él, nos salvamos nosotros. Apoderándonos de la figura de Suárez, hacemos verdad una ambición política ya truncada. Adolfo Suárez —hay que repetirlo de nuevo— acaba siendo lo que nosotros queremos que sea. (...)
Como a esos ancianos a los que perdonamos sus intemperancias y sus contradicciones, Adolfo Suárez se fue convirtiendo en un referente obligado de la derecha, en un momento en que buscaba legitimarse en el pasado. José María Aznar lo entendió así y habló con su entonces amigo y presidente de Telefónica, Juan Villalonga. Adolfo quedó nombrado asesor de la compañía para Latinoamérica; 60 millones de 1996, al año. (...)
En el vigésimo quinto aniversario de las primeras elecciones democráticas aprovechó para decir, desde el Parlamento reunido para la ocasión, que José María Aznar era «el mejor presidente que ha tenido la democracia española». Como entonces Aznar era quien mandaba, nadie tuvo la menor duda, y menos aún el propio Aznar. Como Adolfo estaba amortizado, lo que hacía era pedir para su hijo una buena plaza en las filas del PP. Y así fue, porque al joven Suárez Illana lo incorporó Aznar al Comité Ejecutivo del PP desde el mismo día de su inscripción en el partido. Resultó un fiasco; al año siguiente se presentó de candidato a la presidencia de Castilla-La Mancha y rozó la catástrofe electoral. Pero su padre hizo todo lo que pudo. Lo avaló en la que sería la última intervención pública de Suárez, una patética tarde de mayo de 2003, en Albacete. Se trataba del mitin de presentación del chaval, un mentecato que pensaba que la política entraba por vía sanguínea. (...)
Se hubiera merecido un final mejor. ¿Acaso compensa ser aniquilado como lo fue, para que un día tus enemigos de ayer canten a coro tus bondades? Adolfo Suárez, mejor que nadie, es el ejemplo más vivo de lo que nos hizo mayores. Entender que el pasado cada vez cambia más, hasta el punto de hacerlo irreconocible a quienes lo hemos vivido. (...)
elmundo.es | Adolfo Suárez cumple 75 años

Ni en el lecho de muerte podía dejar de ser el implacable cínico que había sido siempre: «Creo y deseo no haber tenido otros enemigos que aquellos que lo fueron de España». Y una advertencia extraída de su macuto de cruzado: «No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta». Moría igual que había vivido, con la palabra «enemigo» siempre en la boca. (...)
Pocas cosas hay tan decepcionantes como volver a ver un truco de magia después de que te han explicado cómo se hace. Quizá es porque la magia no consiste en otra cosa que en un juego realizado por virtuosos, sin otra virtud que la habilidad, para halagarnos los ojos a las gentes simples. Así fue como ocurrió. El 3 de julio de 1976, ya muy avanzada la tarde, mientras Adolfo Suárez le decía a Carmen Díez de Rivera, quien le acompañaba junto al teléfono —«Carmen, ¿no me borboneará con Silva?»—, el Rey, ufano él ante la impecable jugada que le había presentado Torcuato Fernández Miranda, le decía con ese tono chumacero que acostumbraban ambos: «Adolfo, presidente, ven para acá». (...)
Adolfo Suárez, el elegido del Rey para pilotar la Transición

Del tercero en discordia, Adolfo Suárez, lo primero sería decir que era el que menos discordia creaba. Primero por la edad; era el más joven —cuarenta y cuatro años—, y el más inexperto, pero también el que menos enemigos tenía, dada la inanidad de su carrera política y de su especial preocupación por no pisar el callo de nadie que no se lo hubiera pisado a él previamente. Adolfo Suárez era, a la altura de aquel verano de 1976, un subalterno de la política. Para todos aquellos que pudieran sospechar que el joven Rey podía lanzarse a una operación de desmontaje del Régimen que le había puesto en la jefatura del Estado, quedaron encandilados ante la sensatez del monarca. Habiendo podido elegir a cualquiera de las tres ramitas nutricias del franquismo, optó por la que, al menos en apariencia, estaba más ligada a la esencia del viejo Régimen. Nadie mejor que un hombre que no creaba inquietud entre las filas del Régimen para iniciar su andadura. El Rey, pues, era fiel a los principios. (...)

A la altura de 1979, sin tiempo aún para la falsificación de lo inmediato, los dirigentes políticos de mayor o menor fuste aseguraban que no se habían sorprendido de nada, que el sorpresivo nombramiento de Suárez lo sabían con antelación. Adentrados ya en el siglo XXI, la misma pregunta que hacía en el 79 carece de sentido, porque si de algo se ha revestido la clase política de la transición es de una coraza de autosatisfacción; felices todos de haberse conocido. Forman una piña de desmemoriados selectos. Si alguien inquiriera ahora a cualquiera de esos supervivientes, no dudaría en afirmar, con la sencillez de quien habla de un pariente: «Adolfo siempre fue uno de los nuestros». En su conciencia de políticos, han logrado transformar la ignorancia y la marginación con las que vivieron aquellas jornadas en algo sabido y previsto. Mienten con el mismo desenfado con el que entonces se desmelenaron. (...)
El rey Juan Carlos entregó la cabeza de Adolfo Suárez para ...

A Manuel Fraga Iribarne, obsesionado con hacerse perdonar su período liberal del tardofranquismo —en Fraga siempre han convivido las etapas del Dr. Jenkill y las de Mr. Hyde; pero nunca juntas, ni siquiera superpuestas, sino alternativamente—, se le consideraba un apestado por sus posiciones intransigentes, que en ocasiones había ganado por la mano al nada liberal Arias. Reunía en su persona dos características de difícil asimilación para aquel momento. No sólo estaba el escoramiento hacia la vertiente más reaccionaria, sino que tampoco era hombre para hacer de partenaire en el juego de los silencios y los secretos. O jefe o nada. De lo que fuera, pero jefe. A mayor abundamiento y perplejidad, Suárez le parecía tan poca cosa, que juzgaba fuera de lugar incluso el que le animaran a participar en aquella bufonada. No obstante, como se le animara a seguir en el Gobierno con el nuevo presidente, renunció por carta. (...)

Adolfo Suárez empezaba pues a gobernar sumido en la desconfianza y el descrédito de casi toda la clase política. Una voz clamaba en el desierto. Luis María Ansón, director entonces del semanario La Gaceta Ilustrada, no hacía más que ser consecuente con las numerosas maniobras que había protagonizado y las que aún habría de protagonizar. Siempre que algún turbio asunto aparece en la trayectoria de la Monarquía, con M de Majestad, siempre estará allí Luis María Ansón, solo o acompañado de su hermano Rafael, experto en relaciones públicas, gastronómicas y comunicacionales. La Gaceta Ilustrada de Ansón se descolgó con un antológico editorial. (...)

Mariano Rubio y Miguel Boyer, conocidos ya entonces como «los rabanitos» —rojos por fuera, blancos por dentro, y siempre junto a la mantequilla— (...)

resulta aleccionadora la respuesta que le dio Suárez a la propuesta estratégica de Osorio: «Condición aceptada, porque en el fondo soy un democristiano». La reacción, que no la estrategia, le retrata. Apenas dos años más tarde, ante otro personaje que ponía condiciones para seguir apoyándole a menos que se inclinara hacia la socialdemocracia, volverá a responder, adaptándose: «En el fondo, yo siempre he sido un socialdemócrata». Y lo del retrato no es en demérito, sino como un rasgo constitutivo de su persona. A Adolfo Suárez, ya entonces, no le costaba nada ponerse en el lugar del otro. (...)

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sobre toda la transición política, planeaba un fantasma cuya sola aparición descoyuntaba los proyectos: el Ejército. Torcuato Fernández Miranda lo conocía muy bien; durante los muchos años de dictadura había estado escuchando sus latidos, y había llegado el momento de hacerle un chequeo. Con él no se podía ir a ninguna parte, porque Franco lo había hecho tan poderoso como un elefante. No había que agredirle, porque, rabioso, cabía que se desmandara, y había que dejarle en sus reservas naturales, sin recortarlas ni ampliarlas. Sencillamente nadie debía olvidarle, porque al fin y al cabo era el auténtico rey de la selva. Sin él, la operación podía transformarse en cacería. (...)
El presidente Adolfo Suárez había convocado a los veintinueve mandos más importantes de la milicia, incluidos los tres ministros militares y el vicepresidente para Asuntos de la Defensa, general Fernando de Santiago, para explicarles el contenido y los pasos de la Reforma. (...)
Todo estaba previsto. Se legalizarían todos los partidos políticos, y él podía garantizar, porque sus técnicos lo habían estudiado concienzudamente, que no había peligro alguno de perder las elecciones. Todo se haría despacio, sin precipitación, paso a paso, atendiendo minuciosamente a las palpitaciones del pueblo español. Las legalizaciones tendrían un límite: el Partido Comunista. "Por razones que ustedes entenderán muy bien, eso no podemos hacerlo; por nuestros muertos y por patriotismo". (...)

Los había elegido para tal función el propio presidente de las Cortes porque reunían dos facetas convincentes para las gentes del Régimen. De Miguel Primo de Rivera contaba el pedigrí de los Primo de Rivera y el talante de un señorito integral, entendido en caballos, señoras, sonrisas y hoyos de golf. Buena persona y amable con los subalternos, ya fueran cadis o periodistas, amigo del Rey, con el que compartían esa querencia hacia los lados blandos de la vida. También escribió, como no podía ser menos, sus memorias,9 en las que cuenta que fue Torcuato quien le señaló para defender la reforma en las Cortes, pero que él le puso una condición... Pensar que «Miguelito», que es como le llamaba Fernández Miranda, le pusiera una condición a don Torcuato, que es como le llamaba él, resulta un gesto más de las metamorfosis de la transición ya finiquitada. Fernando Suárez, brillante parlamentario del franquismo, si es posible tal oxímoron, nunca pensó que otro tipo que se apellidaría como él, Suárez y González, pudiera retirarle de la vida política; gozaba de una vanidad superlativa. La elección de Torcuato era impecable, dos «pata negra» del franquismo defendiendo la liquidación de aquellas Cortes, de las que ellos habían sido usufructuarios. (...)

Para Suárez fue uno de los momentos más emocionantes de su carrera. Pensaba que sin la ayuda de Torcuato le hubiera sido muy difícil esta etapa, pero lo había conseguido gracias a la paciencia, a su pasado franquista fuera de dudas y a la capacidad de maniobra de la que había hecho gala tanto el presidente de las Cortes como él. Pocos, muy pocos, conocían los entresijos de la historia, las concesiones que hubo que hacer y las promesas que se concertaron. Algunos de los que aplaudían a última hora probablemente creían ser los únicos solicitados para hacer tal o cual gestión; hay que confesar y reconocer que carecían de experiencia política. Las Cortes franquistas formaban un cuerpo sin experiencia parlamentaria; sus peleas y discusiones les acercaba más a un club social que a una asamblea decisoria. (...)

La transición fue un proceso que se desarrolló con muy pocos actores protagonistas y muchos extras que luego se creyeron parte del filme, pero siempre mudos o con el escaso privilegio de los figurantes con frase, una frase; en ocasiones, algo así como la de los mayordomos en las comedias: «Los señores pueden pasar al comedor cuando gusten». (...)


viernes, 10 de julio de 2020

LO MEJOR DE "LA ÚNICA HISTORIA" (JULIAN BARNES)

La única historia - Barnes, Julian - 978-84-339-8024-3 - Editorial ...

¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión. Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor. La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía. Pero aquí surge el primer problema. Si se trata de tu única historia, entonces es la que has contado y vuelto a contar más veces, aunque sea — como es mi caso— principalmente a ti mismo. Así que la cuestión es la siguiente: ¿todas esas narraciones te acercan a la verdad de lo que sucedió o te alejan de ella? No estoy seguro. Una prueba podría ser si, a medida que pasan los años, sales mejor o peor parado de tu historia. Salir peor podría indicar que estás siendo más veraz. Por otro lado, existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: fingir que te comportaste peor puede ser una forma de autobombo. De modo que tengo que ser cuidadoso. Bueno, andando el tiempo he aprendido a serlo. Tan cuidadoso ahora como descuidado entonces. ¿O quiero decir despreocupado? ¿Puede tener una palabra dos antónimos? ¿La época, el lugar, el medio social? No sé muy bien lo importantes que son en las historias de amor. Quizá en la antigüedad, en los clásicos, donde hay batallas entre el amor y el deber, el amor y la religión, el amor y la familia, el amor y el Estado. Esta no es una de esas historias. Pero bueno, si insisten… La época: hace más de cincuenta años. El lugar: a unos veinticinco kilómetros al sur de Londres. El medio: el cinturón residencial, como lo llaman, aunque nunca conocí a un corredor de bolsa en todos los años que pasé allí[1]. Casas individuales, algunas con armazón de madera, otras con tejado de tejas. Setos de alheña, laurel y haya. Calles con cunetas todavía sin líneas amarillas y vados para los vehículos de los residentes. Era una época en que se podía ir a Londres en coche y estacionar casi en cualquier sitio. Nuestra zona concreta de aglomeración suburbana se conocía con el bonito nombre de «el Village», y decenios antes quizá fue considerada un pueblo. Ahora disponía de una estación de tren desde la que hombres trajeados viajaban a Londres de lunes a viernes, y algunos también para media jornada extra el sábado. Había una parada de autobús Green Line; un paso de cebra con postes luminosos; una iglesia con el nombre nada original de St. Michael; un pub, una tienda donde vendían de todo, una farmacia, una peluquería; una gasolinera donde hacían reparaciones básicas. Por la mañana oías el chirrido eléctrico de las furgonetas que repartían leche; escogías entre la lechería Express y la United; por la tarde, y los fines de semana (pero nunca las mañanas de domingo), el resoplido de los cortacéspedes de gasolina. En el jardín público se jugaba un críquet ruidoso y torpe; había un campo de golf y un club de tenis. El suelo era lo bastante arenoso como para agradar a los jardineros; la arcilla de Londres no llegaba tan lejos. Poco antes había abierto una delicatessen que algunos consideraban subversiva porque ofrecía productos europeos: quesos ahumados y salchichas nudosas que colgaban de sus ristras como vergas de burro. Pero las casadas más jóvenes del Village empezaban a ser más audaces cocinando y sus maridos, en su mayoría, lo aprobaban. De las cadenas de televisión disponibles se veía más la BBC que la ITV, mientras que solo los fines de semana se consumía alcohol. La farmacia vendía emplastos para verrugas y champú seco en botellines globulares, pero no anticonceptivos; en la tienda encontrabas el soporífero Advertiser & Gazette local, pero ni la más pudorosa revista de chicas desnudas. Para artículos sexuales tenías que subir a Londres. Nada de esto me incomodó durante la mayor parte de mi estancia allí. (...)

Quizá lo hayas entendido demasiado deprisa. Difícilmente podría reprochártelo. Tendemos a encasillar en una categoría preexistente cualquier relación nueva que entablamos. Vemos lo que hay de general o común en ella, mientras que los protagonistas solo ven —perciben— lo que es individual y particular para ellos. Nosotros decimos: era de esperar; ellos dicen: ¡qué sorpresa! Una de las cosas que pensaba de Susan y de mí —en aquel entonces y ahora de nuevo, tantos años después— era que a menudo no había palabras para nuestra relación; al menos, ninguna que encajase. Pero quizá esto sea una ilusión que todos los amantes tienen sobre sí mismos: que escapan a toda categoría y descripción. (...)


Hoy día hablamos de sexo transaccional y sexo recreativo. En aquel entonces nadie practicaba el sexo recreativo. Bueno, tal vez sí, pero no lo llamaban así. En aquel entonces había amor, y había sexo, y había una combinación de ambas cosas, en ocasiones incómoda, en ocasiones fluida, que a veces funcionaba y a veces no. (...)

Espero que se entienda que lo estoy contando todo tal como lo recuerdo. Nunca he llevado un diario, y la mayoría de los protagonistas de mi historia —¡mi historia!, ¡mi vida!— han muertos o están desperdigados. Así que no necesariamente estoy relatando las cosas en el orden en que sucedieron. Creo que existe una autenticidad distinta de la memoria, y que no es inferior. La memoria clasifica y criba con arreglo a las exigencias de quien rememora. ¿Tenemos acceso al algoritmo de sus prioridades? Probablemente no. Pero yo presumiría que la memoria prioriza lo más útil para orientar al poseedor de esos recuerdos. De modo que habría un interés personal en que los más felices sean los que afloren antes. Pero es solo una conjetura. Por ejemplo, recuerdo una noche en que estaba en la cama, desvelado por una de esas erecciones que te palmotean el estómago y que cuando eres joven das por sentado —o no te preocupa— que durarán el resto de tu vida. Pero aquella vez era diferente. Verán, era una especie de erección generalizada, sin ninguna conexión con una persona o un sueño o una fantasía. Se trataba más bien del puro gozo de ser joven. Joven de cerebro, corazón, polla y alma, y resultaba ser la polla lo que mejor expresaba aquel estado general. Creo que cuando eres joven piensas en el sexo casi todo el tiempo, pero no reflexionas mucho al respecto. Estás tan enfrascado en el quién, el cuándo, el dónde, el cómo —o, más a menudo, en el gran y si…— que piensas menos en el por qué y el para qué. Antes de conocer el sexo has oído todo tipo de cosas sobre él; actualmente muchas más, y mucho antes y mucho más gráficamente que cuando yo era joven. Pero el resultado viene a ser el mismo: una mezcla de sentimentalismo, pornografía y tergiversación. Cuando vuelvo la mirada a mi juventud, la veo como una época de vigor genital tan insistente que impedía el examen de para qué servía tanta pujanza. Quizá hoy no entiendo a los jóvenes: me gustaría hablar con ellos y preguntarles cómo lo ven ellos y sus amigos, pero entonces surge la timidez. Y quizá tampoco comprendía a los jóvenes cuando yo lo era. Esto también podría ser verdad. (...)

Así que ahora que soy más mayor comprendo que una de mis funciones humanas es permitir que los jóvenes crean que los envidio. Pues es obvio que los envidio en la cruda cuestión de morir antes; por lo demás, sin embargo, no. Y cuando veo una pareja de jóvenes amantes, entrelazados verticalmente en la esquina de una calle, o entrelazados horizontalmente sobre una manta tendida en el parque, el sentimiento principal que me suscitan es una especie de impulso protector. No, no compasión: un sentimiento de protección. No se trata de que ellos la deseen. Y, no obstante (y resulta curioso), cuanto más bravucona es su conducta, más fuerte es mi reacción. Quiero protegerlos de lo que es probable que les depare el mundo y de lo que se harán probablemente el uno al otro. Por supuesto, esto no es posible. No solicitan mi asistencia, y su confianza es una insensatez. (...)

Y otra cosa. Cuando más arriba he hecho mi boceto de agente inmobiliario sobre el Village, puede que no haya sido estrictamente exacto. Por ejemplo, respecto a los postes luminosos del paso de cebra. Puede que me los haya inventado, pues hoy día es raro ver un paso de cebra sin el obligado par de luces intermitentes. Pero entonces, en Surrey, en una carretera con poco tráfico…, lo dudo bastante. Supongo que podría hacer una investigación real, buscar postales antiguas en la biblioteca central o las pocas fotos que conservo de la época, y rectificar mi relato en consonancia con ellas. Pero estoy rememorando el pasado, no reconstruyéndolo. Así que no habrá muchos decorados. Quizá prefieras más. Quizá estés acostumbrado a ellos. Pero no puedo remediarlo. No intento tejer una historia; estoy tratando de contar la verdad. (...)


Y además estaban las hijas. En aquel tiempo yo no me sentía muy a gusto con las chicas, ni con las que conocía de la universidad ni con las Carolines del club de tenis. No comprendía que ellas estaban casi siempre tan nerviosas como yo con… todo el rollo. Y mientras que los chicos no tenían problemas para mostrarse con su propia gilipollez casera, las chicas, en su comprensión del mundo, a menudo parecían basarse en la sabiduría de sus madres. Olfateabas la inautenticidad cuando una chica —que no sabía más que tú de nada— decía algo como: «A toro pasado, todo el mundo sabe lo que tenía que haber hecho». Una frase que podría haber salido textualmente de la boca de mi madre. Otra muestra de conveniente lucidez materna que recuerdo de entonces era la siguiente: «Si rebajas tus expectativas no puedes sentirte decepcionado». Esta actitud ante la vida me parecía deprimente, la adoptase una madre de cuarenta y cinco años o una hija de veinte. (...)

Estaba dispuesto a intentarlo si servía de ayuda a Susan, pero seguía viendo con cierto horror la edad adulta. Primero, no estaba seguro de que fuese asequible. Segundo, si lo era, no estaba seguro de que fuera deseable. En tercer lugar, aunque fuese deseable, solo lo era comparado con la infancia y la adolescencia. ¿Qué me producía aversión y desconfianza en el hecho de ser adulto? Pues, para decirlo brevemente: la conciencia de poseer derechos, el sentido de superioridad, la presunción de saber más, si no todo, la amplia banalidad de las opiniones adultas, el modo en que las mujeres sacaban la polvera y se empolvaban la nariz, la forma en que los hombres se sentaban en una butaca con las piernas separadas y sus partes prietamente resaltadas contra el pantalón, la manera en que hablaban de jardines y de jardinería, las gafas que llevaban y el ridículo que hacían, la bebida y el tabaco, el horrible estruendo de la flema cuando tosían, los aromas artificiales que se echaban para ocultar sus olores animales, que los hombres se quedaran calvos y las mujeres se modelaran el pelo con aerosoles de fijador, la idea pestilente de que quizá mantuvieran todavía relaciones sexuales, la dócil obediencia de ambos sexos a las normas sociales, su irascible desaprobación de cualquier cosa satírica o contestataria, su suposición de que el éxito de sus hijos dependería del grado en que imitaran a sus padres, el ruido sofocante que hacían cuando estaban de acuerdo unos con otros, sus comentarios sobre la comida que cocinaban y la comida que comían, su afición a alimentos que a mí me daban asco (en especial las aceitunas, las cebollas en vinagre, los chutneys, los encurtidos picantes, la salsa de rábano picante, las cebolletas, la pasta para sándwiches, los apestosos emparedados de queso con pasta Marmite), su autocomplacencia emocional, su sentido de superioridad racial, la forma en que contaban los peniques, el modo en que se hurgaban en los dientes para desalojar los residuos de comida, lo poco que se interesaban por mí y el excesivo interés que mostraban cuando yo no quería que lo hicieran. No era más que una lista corta de la que Susan, por supuesto, estaba totalmente excluida. Ah, y otra cosa. Que, sin duda a causa de un miedo atávico a reconocer sus auténticos sentimientos, ironizasen sobre la vida afectiva y convirtieran la relación entre los sexos en una chanza tonta y continua. Que los hombres insinuaran que en realidad las mujeres lo gobernaban todo; que las mujeres insinuasen que los hombres en realidad no comprendían lo que estaba sucediendo. Que los hombres fingieran que eran los más fuertes y que hubiera que mimar, consentir y cuidar a las mujeres; que estas fingiesen que, con independencia del folclore sexual acumulado, eran las únicas que tenían sentido común y práctico. Que los dos sexos admitieran plañideramente que a pesar de todos los defectos del sexo opuesto seguían necesitándose mutuamente. Que no se puede vivir ni con las mujeres ni sin ellas, ni tampoco con los hombres ni sin ellos. Y que ellas y ellos conviviesen en el matrimonio, que, como dijo un ingenioso, era una institución, sí, pero para enfermos mentales. ¿Quién lo dijo primero, un hombre o una mujer? No era de extrañar que nada de esto entrara en mis aspiraciones. O, mejor dicho, esperaba que nunca se me pudiese aplicar; de hecho, pensaba que podría evitarlo. De modo que cuando yo decía: «¡Tengo diecinueve años!», y mis padres respondían triunfalmente: «¡Sí, solo tienes diecinueve años!», la victoria era también mía. Gracias a Dios que «solo» tengo diecinueve, pensaba. 

Si algo he descubierto a lo largo de los años es que el primer amor sienta una pauta para toda la vida. Puede ser que no supere a los amores posteriores, pero a estos siempre les afectará la existencia del primero. Puede servir de modelo o de ejemplo negativo. Puede ensombrecer a los amores siguientes o, por otra parte, puede facilitarlos o mejorarlos. Aunque en ocasiones el primer amor cauteriza el corazón, y lo único que encontrará quien busque después será tejido cicatricial. 

«Nos eligieron por azar». No creo en el destino, como quizá ya he dicho. Pero ahora sí creo que cuando dos amantes se encuentran, ya existe tanta prehistoria que solo son posibles determinados resultados. Los amantes, por el contrario, se imaginan que el mundo vuelve a empezar desde cero y que las posibilidades son nuevas e infinitas. Y el primer amor siempre acontece en la aplastante primera persona. ¿Cómo puede ser de otra manera? Y además en el abrumador presente de indicativo. Tardamos en comprender que existen otras personas y otros tiempos verbales. (...)