ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


viernes, 29 de septiembre de 2017

"Mis amigos" (un poemazo de Alberto Tesán)

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Mis amigos se casan, tienen hijos.
Conservan tradición, abandonan sus vidas 
por los valores rancios del hogar.
Mis amigos no salen por las noches,
sus mujeres los atan a la calma grasienta
de un mundo previsible. Mis amigos
habitan bloques altos de infelicidad
con un salario triste de proyectos,
con el orgullo roto, con los brazos caídos.

Mis amigos conocen todo lo que han perdido,
pero insisten en perpetuar la especie
y repetir los errores que otros ya cometieron.

Mis amigos se mueren lentamente
en el sopor castrante del amor.
Mis amigos se mueren.
Y yo les sigo.

Piedras en el agua.
Alberto Tesán
Pre-Textos

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL DÍA DEL WATUSI: Danzad, malditos, danzad

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Llego a la cima del monte Tibidabo y veo a unos cincuenta huérfanos en su uniforme verde aceituna alineados frente al mirador que se abre a la ciudad. Los niños tiritan de frío y ansia bajo los arcos de la oficina del parque de atracciones. Los parques de atracciones... Algún original dice que esos lugares son un negativo burlesco del infierno, brillo de emoción en aristas de azogue; el Leteo discurre por túneles donde chillan las parejas y el tobogán de la montaña rusa es un precipicio de hierro que lanza condenados a las llamas. Todo es posible. Aunque si esos retóricos de la ingeniería alegórica llegasen a leer estas páginas, se turbarían cuando me vieran subido en una de las atracciones al final de la jornada, que merecen un prólogo la circunstancia y el modo en que me ha sido encargado el Informe. Este Informe. Unos papeles que, si nadie lo impide, serán un relato sobre raras variaciones de las que he sido testigo a lo largo de mi vida. Y esas variaciones no han sido rígidas, ideales; no hay Cielo, ni Infierno, ni sus ilusiones: uno encuentra laberintos sin plan, construcciones espirales sin centro y monstruos, muchos monstruos, nunca iguales, nunca diferentes, rendidos al misterio de una vida secreta que un aprendiz de mago ha vuelto ópera bufa.
Una vez fui la inspiración de un personaje muy secundario en la novela escrita por un imbécil. (...)
En ese momento recuerdo una expresión no sé si feliz, “A los raros nos pasan cosas raras”, y me convenzo otra vez de que mi vida es una cadena de exageraciones; o quizá sean extremos esos puntos de giro, el accidente que provoca el cambio de costumbres y de edad, y el resto sea sólo lamerse las heridas y maravillarse como un tonto de los sucesos al fin banales que las causaron. (…)
Acabo el whisky y, mientras Trueta se aproxima, concluyo que así, bebiendo, es como he alejado los temores de mi vida, y mi vida del resto de otras vidas, una reflexión fuente de nuevos miedos, difíciles y purulentos. (…) Los carismáticos quiebran. ¿Y sabes por qué? Según mi criterio, por falta de auténtica conciencia, de responsabilidad. Han dejado en mal lugar sus ideales, fueran éstos los que fueren al margen de la ambición meridiana, para acabar pensando, pobrecitos, que los demás somos tontos y que el cinismo lo han inventado ellos. Otro resultado de esas trayectorias extrañas… el hijo del chupatintas convertido en ministro, el sobrino del banquero, marxista de ida y vuelta, que solicita la readmisión en sociedad y aporta una gramática aprendida, un nuevo blindaje ante los tiempos, por decir algo… Pero se trae del brazo al hijo del chupatintas.  (…)
Hoy he visto cómo alguien que no era quien decía ser entregaba a huérfanos que no eran huérfanos regalos quizá vacíos. Entonces, alguien que tampoco era quien decía ser me ha dicho que representaba a no se sabe quién. Ese hombre me ha encargado un trabajo sobre un personaje que no existe para que un llamado Lector calibre lo que un tonto como yo averigua acerca de hechos importantes sobre los que nadie, nunca, debe saber nada. La tarea consiste en demostrar que este mundo puede ser doloroso, hasta infernal, pero no es serio. (…)
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El 15 de agosto de 1971 es el día más importante de mi vida. El día del Watusi. El arco que se tiende sobre la madrugada en que Pepito y yo, resguardados de la lluvia por un plástico azul, pescamos sobre un dique derrumbado, y acaba sin gloria el amanecer también lluvioso del día siguiente. Los sucesos nos han devuelto al mismo lugar. Allá abajo, sólo un vaivén entre dos aguas, se mece un cuerpo con cadencia eterna. (...)
Y los sacerdotes nos dijeron que el hombre, la humanidad, volvía a señalar el cielo, porque alguien subía y bajaba de allí, del cielo. Eso sólo podía significar el paso a una excusa como quien se esfuerza por hacer un retoque en el mobiliario o una ligera mudanza en su rutina para no caer en la desesperación que sigue al aburrimiento. Ese engaño ocurría en todo el mundo, pero en nuestro país las circunstancias hicieron que se pugnara por más juventud. Una época de rígida decadencia parecía acabar y eso sólo significaba el paso, a veces doloroso, siempre un sacrificio en el altar del progreso, a una edad de pujanza. (…)
Durante el inicio de la época que nos llevó del miedo esperanzado al tedio se fomentó el olvido como un valor. Nadie se avergonzaba de su amnesia, pero a diferencia de aquellos que sí tenían algo que olvidar, hubo otros que por edad, o porque en ellos el olvido ya era un rasgo hereditario como unas manos anchas de dedos cortos, se les impuso el valor espiritual del olvido y olvidaron Nada. Olvidar Nada se convirtió en una nueva categoría, un ímpetu del cuerpo y del alma que los empujó a inmolarse en la novedad, la muerte como novedad última, como última sospecha. Eso fue la frivolidad extrema. Se murió por una canción, una noche de juerga o un ritmo interno al que nadie podía encontrar palabras. Se murió de risa y de gusto. (…) Se fue frívolo en el comercio, en la propaganda, en la política, y por caminos abyectos la inconsciencia se resolvió una vez más en la estupidez. (…)
En El asno de oro, Lucio, su protagonista, se una de una sustancia mágia que habrá de convertirle en pájaro, pero le vuelve burro. Es la historia de mi vida. (…)
Los empleados de la gasolinera, algunos peatones, empezaron a reír, a llamarse uno a otro entre guiños; pero la franqueza de aquella risa se volvió enseguida nerviosismo, un reflejo de la histeria que transmitía la situación. Yo no estaba nervioso. Yo era feliz. No porque todas aquellas chicas, treinta, cuarenta, se estuviesen rompiendo la cara, no llegué a pensar en eso, sino en el espectáculo que provocaban. Si era una epifanía excéntrica y no concéntrica como suelen ser estas situaciones de idilio y exaltación, que nadie me eche la culpa. Todas las circunstancias de mi vida habían coincidido para que fuera feliz en aquel remolino de coches parados y peleas en el túnel del tiempo, y a pesar de que el sentido común me dictase otra norma de comportamiento, buscar esos agujeros en una galaxia de rutina ha sido una de las justificaciones de mi conducta a lo largo de los años. (…) El crepitar de telas baratas parecía el de antorchas dispersas a lo largo de la perspectiva casi infinita de la avenida. Un incendio con sus rojos y amarillos, pero también con otros colores que daban la idea de un escape de gases inflamables. Un desastre auténtico entre rugidos preorgásmicos de lucha. Era maravilloso estar vivo. (…)
-El watusi es un baile. Una manera de bailar, digo. Un baile de América que si lo bailas mal pareces un pringado. Y el Watusi de pringado  no tiene nada. Y a bailar, macho, a bailar no le ha ganado nunca nadie. El Watusi ya camina como si bailase. Y, cuando respira, o cuando fuma, te lo juro, respira y fuma como si siguiera un ritmo, como si estuviese escuchando una canción de puta madre en algún sitio. (…) A mí me ha eplicado que el ritmo viene de cómo eres. Así eres tú, así es el ritmo. Algo que viene antes que el compás. Porque hay gente que confunde el ritmo con el compás, pero no es lo mismo. (…)
Andrónico de Rodas clasificó trece tipos de temor. A mí, sin pensarlo, me salen más: temor a la libertad, temor a estar siendo otro, temor a estar siendo demasiado uno mismo (y estar vacío), temor a la locura de los demás, temor a la propia locura, temor a la carne, temor a la paranoia, temor a temor, temor a la falta de temor (el mal presagio), temor al temor de los demás, temor al dolor ajeno que pudiera volverse propio, temor de que la vida no se parezca a nada (porque es todo, y lo idéntico que es todo a ese todo), miedo a ser, miedo a dejar de ser, temor al pasado agotado y, aún mayor, temor al pasado inagotable, a los secretos de familia, a los propios secretos, a lo que puede dar de sí un día. (…) ni en la montaña rusa de ocultaciones que ha sido mi vida, ni en la esquina donde fui egoísta, ni en los bares donde fui ridículo, ni en las avenidas que me llenaron de asco y donde cada uno de los dieciséis temores míos encontraba su nombre, ni en las azoteas donde sin serlo me creí sublime, ni ahora, cuando vuelvo a recordar (…)
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Porque cada uno de nosotros está comprometido con un culto íntimo y es el fundador de un gesto, de un chiste y de una moda. Y de ese gesto, de ese chiste y de esa moda, nuestros pensamientos, nuestras caras, nuestros cuerpos, nuestras virtudes y sobre todo nuestros vicios son expresiones fragmentarias que buscan su complemento en lo que se transformó, en lo que transformaron y un día salió de nuestra boca, pasó ante nuestra vista, tocaron nuestras manos. Y lo hemos perdido, Vane. Y no hay memoria que lo consiga recuperar, ni ese capricho, la experiencia, porque está aquí, a nuestro alrededor, como una jauría de perros salvajes que no acorralara. (…) 
La gente se escandalizaba porque no sabía que en estos años existió un argumento sumergido, paralelo a la casi idílica nación de la que todos nos sentíamos orgullosos. Y ahora ese argumento secundario emerge como un susto. Y alguien teme que no se quede en razón de Estado, vomitiva quizá, pero razón: las palizas, el asesinato, métodos peliculeros que hasta ahora solo podían aceptarse de algún financiero prepotente y barrigudo. ¿Saldrán los negocios paralelos? (…) El impostor de cada uno de sus actos que estuvo a punto de llegar a ministro, extorsionó y saqueó, y luego se entregó nada menos que en Laos, adonde había huido aconsejado por otro antiguo playboy que hizo fortuna en lugares exóticos (…). Los únicos funcionarios que trabajan estos días veraniegos son los del Ministerio de Justicia. Los españoles se lo creerán todo, todas las conspiraciones, y se volverán cínicos. Sería el mal menor. (…)
La calma que el dinero necesita para brindar al mundo un modelo satisfactorio de hombres y mujeres: languidez en piscinas y bares y coños con aroma de tabaco rubio. De mito hortera a decorado y, de ahí, a espejo cóncavo de una vaga furia social que en realidad no siento, porque no deseo que se convierta en otro de mis muchos vicios. El resentimiento y la conciencia de clase mal digerida, como las drogas, acaban tiñendo cada uno de tus actos y el blando pensamiento que los valora. (…)
Tengo treinta y siete años y sigo con la misma cara de primo. Algunos drogadictos y muchos tontos no envejecen. Y reúno ambas condiciones. (…)
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En los trece años que viví junto a las chabolas, jamás oí hablar de política, ni de Historia reciente. Teniendo en cuenta que pese a mi candidez era un radar ambulante, eso quiere decir que nadie decía nada. Tardé poco en darme cuenta de que el olvido que comporta la miseria es absoluto, como lo es el que implica la destrucción. Sólo los que de algún modo, pese al dolor, salen airosos del desastre tienen fuerzas para quejarse, para opinar, para recordar, y los aiste menos que a los que callan. La necesidad de silencio iguala a víctimas y verdugos. (…)
La obsesión por un dinero con el que ya no sólo se podía comprar, sino lucir, aunque la austeridad continuara siendo brutal, no se ocultaba como antes con la vergüenza de la miseria; se trataba de construir un trampolín para saltar sobre él y zambullirse en días luminosos. (…)
Ahora iremos a dirección general. Entras, coges el busto de Franco que encontrarás en el despacho y lo bajas al archivo. El señor (…) estará en el despacho, o a lo mejor no. Esta situación le produce mucho dolor, o quizá no. Por eso no te dirá nada, ni tú le dirás nada. O quizá te dirá algo para demostrar su paternalismo y tú le contestarás en la forma adecuada para que vea que respiras ilusión y te impresiona estar frente a un gran hombre. Luego, sobre todo, esconderás el busto en un sitio perdido, pero no tan perdido como para que luego no podamos encontrarlo si hace falta. No comentarás esto con nadie, o lo puedes hacer con todo el mundo. Pero si lo haces, tus días en esta casa están contados. De todo lo que te he dicho, eso es lo único de lo que puedes estar seguro. De eso, y de que algún día todos nos iremos a la mierda. (…)
Todos hablaban de un lugar en la Meseta, peinado por los vientos, oreado por el perfume serrano, fondo saludable de cacerías y livianos estupros y tópicos adulterios, tan cerca del cielo el selecto grupo allí reunido. Además de encajar y contabilizar en el libro mayor de la calamidad los golpes que infligían sin reposo vencedores y vencidos, justos y poderosos, amigos y enemigos de España, esa gente, en ese lugar, pensaba mucho y discutía para organizar el nuevo Estado, un buen remedo o una excusa convincente, que devolviera el país al engranaje idóneo, al concierto de las naciones occidentales… Se aceptaría ser el último violín, se claudicaría percutiendo el bombo o el triángulo, se atendería la mínima sugerencia de la batuta, pero era más necesario que nunca hacer amigos. Que se rieran de nosotros, pero poco. (…) Esa reunión importante era conocida por sus miembros como el sanedrín. La dirigía un hombre de naturaleza persuasiva y ademán honesto, el mejor yerno del mundo, a quien los mismos habitantes del Estado para el que deseaba lo mejor o mentaban con desprecio en un momento u otro del día. En torno a su figura, que había crecido entre las mamas peludas del antiguo régimen como un cadete humilde, listo y dispuesto a hacer lo que fuera (exactamente la idea que mi madre tenía de lo quera un hombre, y por eso todas las madres del país le adoraban en un momento u otro del día), se reunían otros como él y tan convencidos como su jefe estaban de que romper un juramento de fidelidad a quienes habían roto un juramento de fidelidad no era sino continuar una larga tradición política que sólo podía afear la conducta del desconfiado primate que había inventado los juramentos. (…) 

Ballesta (a López y López): ¿Conoce la fábula de Aquiles y la tortuga? (...) Me estoy refiriendo a la fábula de Aquiles y la tortuga, aplicada, dentro del sistema capitalista y sus esquemas, a una política constante de centro. (...) La izquierda, en la calle, parece muy fuerte. Y más estos días, con tanto pretexto para el alboroto. Eso es obvio. Y es posible que en número también lo sea. Y la democracia es número, estadística y puro recuento, no lo olvidemos. Contra la idea de una mayoría natural de derechas, amante de una pax hispana, por decirlo así, que yo creo que no existe como tal, porque de cuando en cuando me paseo por la calle y ogio y veo, y me parece que esa mayoría vota o votará a la izquierda en cuanto desaparezca el factor miedo. La izquierda, por tanto, es más fuerte y no dejará de repetir la idea marxista de que la historia, si se repite, siempre lo hace como farsa. Que la modernización de España pasa por dar el relevo a gente que, digamos, se dirige al pueblo en su idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma. Eso es lo importante, el idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma y no tengan más remedio que asumir la práctica política, jugar en serio. Aquiles es la izquierda, potente, con esa atracción juvenil de la novedad y esa lengua que pronuncia "divinas palabras".
López y López: ¿Y la tortuga?
Ballesta: Los poderes fácticos. Lo que a partir de ahora, con la entrada de los sindicatos, de los grupos terroristas, de los ánimos enervados de unos y otros, pasarán a denominarse grupos de influencia. (...)
Como cuenta la fábula, la tortuga posee una diferencia de salida que cada vez es menor, pero paradójicamente, aunque siempre sea menor, siempre es una distancia cuantificable. Aquiles nunca cogerá a la tortuga. Ese espacio, por muy menor que sea, es el poder a la vista, que tampoco es manco. En el más grotesco de los casos, un nuevo grupo de influencia, legítimo, si es que usted quiere perfumar la cosa, ¿no? La paradoja es que ese espacio progresivamente reducido que vamos inventando, pero que siempre existe, es el centro. El centro es maleable como el barro. Según la época puede ser tan progresista o conservador como quiera, pero nunca dejará de ser el centro. (...) 
Porque una cosa, Fernando, es muchas cosas, y aún puede ser muchas cosas más. Hasta que se acaba todo. Hasta que sólo quedan madrugadas de borrachos. (…)
Esa noche tuve un hermano. Un hermano de verdad. Una carcajada auténtica entre el millón de risas falsas. Dios se entretiene con nosotros. (…)

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La masa nacional descubre el efecto dominó y, como un niño que vuelca soldaditos de plomo, se entusiasma con la corrupción, el desfalco y la guerra sucia al mirar las llagas que la arrogancia se hace a sí misma. Se indigna al tener de nuevo conciencia de que no ha vivido la vida que le contaban, que viscosas mutaciones de la franqueza y de la vocación de servicio y del sentido del Estado serpentean en la atmósfera del secreto. Y se contagia la masa nacional de esa arrogancia desbordada al intuir un realismo superior, de mayor reputación, aunque gaste la joroba del sensacionalismo, del odio y del miedo. Los asesinos oficiales de terroristas entran y salen de la cárcel: muñecas rusas que se abren para descubrir en su seno a un superior sonriente y con los hombros encogidos, y a otro, y a otro, hacia el interior de la cadena de mando, que es lo más alto. (…) La tarea no consiste ya en no equivocarse, sino en ocultarte. Todo está al revés, loco. Y lo que hay de locura en este mundo, Dios lo ha escogido para confundir a los sabios. No hay mártir sin una religión enfrentada a otra religión, sin un querer enfrentado a otro poder. Nadie sabe nunca la verdad. (…)
Era de noche. Una tontería, ya, pero fue lo que pensé: “Es de noche”. Y también pensé: “No quiero dormir, no quiero dormir nunca más. Quiero salir de noche siempre.” Había oído la expresión: “Salir de noche.” La gente salía de noche. Mis vecinos, los que ponían discos a todas horas, salían de noche. Yo pegaba la oreja a la pared y escuchaba las canciones que mis vecinos hacían sonar en el tocadiscos. Les oía decir, casi cantando: “¡Esta noche salimos!” Y yo pensaba que, si saliese de noche, me encontraría con mis vecinos y escucharía esas canciones. Por eso, la noche en que me dejaron subir al terrado a ver los fuegos artificiales, me hice una idea muy clara de lo que podría ser salir de noche, de lo que yo haría si saliese de noche. Empezaría a caminar por la calle oyendo las canciones, me iría encontrando con mis vecinos y más gente que conociese y otra que pudiera conocer. Saludaría: “¡Hola! ¿Estáis saliendo de noche?” Y seguiría caminando. Caminaría mucho, escucharía muchas canciones y saludaría a todo el mundo con la mano, moviéndola de lado, como la reina de Inglaterra, mientras les preguntaba a uno y a otro si es que estaban saliendo de noche. Haría todo eso hasta llegar a un sitio, muy lejos, en que ya no fuera de noche. El sitio en que la noche acaba. Eso era salir de noche y así es como sigue siendo. Y más cuando aquella verbena de San Juan acabó a golpes. Algún borracho quiso meterle mano a mi madre. O eso le pareció a mi padre. Mi padre ha sido mago y a veces ve manos donde no las hay. Se las imagina. Otras veces, no quiere verlas. ¿Por qué te cuento esto? ¿Cómo dices que te llamas? (…)
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Sostiene Pujol que la situación en Cataluña está controlada y que Cataluña debe seguir luchando por Cataluña para asentar la democracia en Cataluña y fuera de Cataluña y, en ella, la soberanía de Cataluña. Cataluña. (…)
-(...) El nombre médici indica que habían sido médicos. Primero médicos, luego banqueros y luego gobernantes. ¿Le suena esa curiosa evolución, la coincidencia? ¿Sabe que Pujol, nuestro grosero virrey, está licenciado en Medicina?
-Ni idea-
-Pues sí. Primero médico, después banquero y ahora gobernante. ¿Nos hallamos ante otro príncipe del Renacimiento? No ponga esa cara de charnego agradecido, amigo Atienza, que va mal encaminado… Del papel de Pujol como banquero, mejor no hablar, ya que todos han callado. Como gobernante… parece repasar alguna de las asignaturas que suspendió de banquero. Sí, esas lecciones que no enseñan en la universidad. ¿Y si hubiera ejercido la Medicina? Sea sincero por una vez en su vida, Atienza. ¿Usted hubiera confiado su salud a los cuidados del doctor Pujol?
Quizá solo fuera un modo de molestar los designios familiares; porque los sujetos eran o el hijo listo del que se guardan enormes logros, o el hijo tonto al que, sin embargo, todo el mundo quiere, o vástagos dejados de la mano de Dios. Lo cierto es que un poco antes y, sobre todo, después de aquel año 81, miles de jóvenes de toda España se precipitaron a recuperar un tiempo que ellos no habían perdido. Era el modo de vivir, con métodos bastardos, el instante de la sensación verdadera; la intuición de que nadie pude aguantar una existencia más allá de la música. (…)
Cuando a partir de la noche de octubre del 82 (…) los progres (los tíos de los sobrinos) empezaron a mandar, vieron que necesitaban un barniz moderno para paliar la irritante turbación del que no está en la onda. El poderoso envejece aunque mande, y por eso rumia el argumento banal que le conviene para invocar enseguida su desdén en la capacidad para rebatir ese mismo argumento, que ha existido sólo en su razón corrupta. Ése fue el motivo de que algunos animadores culturales en todos los grados de la escala administrativa fingieran tomarse en serio lo que esos grupos y su entorno estaban haciendo (…). Cuando decidieron que cierta actitud podía ser manipulable y provechosa, quizá no se desvaneció toda la música, pero sí los ecos perfectos en las covachas, y en apariencia se disolvió esa nueva ética del disparate, para ser sustituida por la frivolidad y el lechuguinismo en los que se confundían sus elementos más incapaces. Los verdaderos amos del desastre se tomaron en serio los juegos de los niños, los ensalzaron con la tentación de que si ellos, los izquierdistas indomables, eran de rebeldía fungible, también lo iba a ser la de esos mocosos, a quienes sólo ellos podían ver como rebeldes. Luego los ridiculizaron hablando del asunto y los destruyeron como si el crear un enemigo o un tonto útil para enseguida acabar con él en una periodística, escolástica y nula demostración circense signifique que se ha entendido algo. (…) 
Y a mí me dio por pensar que todas aquellas zanjas, las obras municipales rodeándome, hubiesen dotado a Barcelona de un romántico aire de ciudad bombardeada si efectivamente alguien la hubiese bombardeado, y tanta restauración no respondiera a la imperiosa necesidad de cubrir de argamasa y escombros, de hormigón y mentiras, los sedimentos adolescentes de una ciudad, su hedor de años, el material de derribo que formaba el idioma imposible mal enterrado, por el centro y por las afueras, sin que nadie percibiera que la locura provinciana era el único bien de la provincia, que se estaban quedando con lo peor, con la finalidad de las cosas.
El día del Watusi
Francisco Casavella
Anagrama, 2016  

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS (pongamos que hablo de Barcelona)

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Aunque es discutida por unos y otros, la opinión dominante atribuye la fundación primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colona de Cartago, a su vez aliada de Sidón y Tiro. Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frío y el terreno accidentado los diezmarían. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver qué colmillos, qué orejas, qué trompa o probocis, se decían. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos años, hicieron germinar la identidad de Barcelona como núcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarían por recobrar esa identidad. A los fenicios siguieron los griegos y los layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales, a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, según los etnólogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensión de los hombres a criar pelos largos en lo orificios nasales.  (…)

La Ciudadela, cuyo recuerdo vergonzoso aún perdura, cuyo nombre es sinónimo todavía de opresión, surgió y desapareció del modo siguiente: En 1701 Cataluña, celosa de sus libertades, que veía amenazadas, abrazó la causa del archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión. Derrotado este bando y entronizada en España la casa de Borbón, Cataluña fue castigada severamente. La guerra había sido larga y encarnizada, pero sus secuelas fueron peores aún. Los ejércitos borbónicos saquearon Cataluña; contaban con la connivencia de los mandos y no escatimaron la inquina. Luego vino la represión oficial: los catalanes fueron ejecutados a centenares; para escarnio y lección sus cabezas fueron ensartadas en picas y expuestas en los puntos más concurridos del Principado. Millares de prisioneros fueron destinados a trabajos forzosos en lugares remotos de la península e incluso en América; todos ellos murieron con los grilletes puestos, sin haber vuelto a ver su patria querida. Las mujeres jóvenes fueron usadas para solaz de la tropa; esto provocó una carestía de mujeres casaderas que aún perdura en Cataluña.
Muchos campos de cultivo fueron arrasados y sembrados de sal para volver la tierra estéril; los frutales fueron arrancados de raíz. Se intentó exterminar el ganado y en especial la vaca pirenaica, tan apreciada; este exterminio no pudo llevarse a término porque algunas reses huyeron a las montañas donde sobrevivieron en estado salvaje hasta bien entrado el siglo XIX; sólo así lograron salvarse de las cargas feroces de la caballería, de las descargas de la artillería y de las bayonetas de la infantería. Los castillos fueron derruidos y sus sillares utilizados para cercar de murallas algunas poblaciones: de este modo las convertían virtualmente en presidios. Los monumentos y estatuas que adornaban los paseos y las plazas fueron triturados, reducidos a polvo. Los muros de los palacios y edificios públicos fueron recubiertos de cal y sobre este revestimiento fueron pintadas figuras obscenas y fueron grabadas frases procaces u ofensivas. Las escuelas fueron convertidas en establos y viceversa; la Universidad de Barcelona, donde se habían educado y donde habían enseñado figuras preclaras, fue clausurada; el edificio que la albergaba fue desmontado piedra a piedra; con estas piedras fueron cegados los acueductos, los canales y las acequias que abastecían de agua la ciudad y los huertos colindantes. El puerto de Barcelona fue sembrado de escollos; fueron arrojados al mar tiburones traídos especialmente de las Antillas en cisternas para que infestaran las aguas del Mediterráneo. Por fortuna este medio les fue adverso: los que no murieron por causa del clima o de la ingestión de moluscos emigraron a otras latitudes por el estrecho de Gibraltar, a la sazón ya en poder de los ingleses. De todas estas medidas dieron cuenta al rey. Tal vez, dijo éste, a los catalanes no les baste este escarmiento. Felipe V, duque de Anjou, era un monarca ilustrado. Un escritor francés lo ha calificado de "roi fou, brave et dévot". Se casó con una italiana, Isabel de Farnesio, y murió demente. No era sanguinario, pero consejeros malintencionados le habían hablado pestes de los catalanes, al igual que de los sicilianos y napolitanos, de los criollos de ultramar, de los canarios, de los filipinos y de los indochinos, todos ellos súbditos de la Corona de España. Por ello hizo construir en Barcelona una fortificación gigantesca, donde albergó un ejército de ocupación presto a salir a sofocar cualquier levantamiento. A esta fortificación se la llamó desde el principio " la Ciudadela ". En ella vivía el gobernador, aislado por completo de la población: en todo había sido imitado el sistema colonial más rígido. En la explanada de la Ciudadela eran ahorcados los reos de sedición; allí los cuerpos sin vida de los patriotas ejecutados eran dejados para pasto de los buitres. A la sombra de los bastiones los barceloneses llevaban una vida servil, lloraban de nostalgia y de rabia. Una o dos veces trataron de tomar la fortificación por asalto, pero fueron rechazados sin dificultad; tuvieron que abandonar el campo, que quedó sembrado de bajas. Los defensores se burlaban de los asaltantes: asomados a las troneras orinaban sobre los muertos y los heridos. A cambio de este placer inicuo no podían abandonar el recinto ni mezclarse con la población civil, que los odiaba; toda diversión les estaba vedada: eran prisioneros de la situación. Los soldados, privados de la compañía de las mujeres, se daban a la sodomía y descuidaban la higiene personal: la Ciudadela se convirtió en un foco de enfermedades de todo tipo. Unos y otros mirando las cosas con serenidad pedían a los sucesivos monarcas que pusieran fin a aquel símbolo de hostilidad e infamia. Sólo algunos fanáticos defendían la necesidad de su permanencia. Los reyes decían a todo que sí, pero luego daban largas al asunto; así suelen proceder los que ostentan el poder absoluto. A mediados del siglo XIX la Ciudadela había perdido gran parte de su eficacia; los adelantos bélicos habían hecho inútil su función: ya no tenía razón de ser. En 1848, con motivo de un alzamiento popular, el general Espartero había estimado más expeditivo bombardear Barcelona desde la colina de Montjuich.
Por fin, al cabo de un siglo y medio de existencia, fueron demolidos los murallones de la Ciudadela. El terreno que ocupaba y los edificios que había allí fueron donados a la ciudad, como para borrar tanto dolor acumulado. Algunos de aquellos edificios fueron arrasados justificadamente; otros permanecen aún en pie. Del recinto se decidió hacer un parque público, para solaz de todos. Era un contraste conmovedor ver cómo ahora arraigaban los árboles y brotaban las flores en aquella explanada donde se habían cometido tantas atrocidades, donde poco antes se había levantado el cadalso. También fue construido allí un lago y una fuente colosal que llevaba por nombre " la Cascada ". A este parque se llamó y aún se sigue llamando "el parque de la Ciudadela ". En 1887, cuando Onofre Bouvila puso los pies en él, se estaba levantando allí lo que había de ser el recinto de la Exposición Universal. Eso ocurrió a principios o a mediados de mayo de ese año. Para entonces las obras estaban muy avanzadas. El contingente de obreros empleado en ella había alcanzado su máxima dotación, es decir, cuatro mil quinientos hombres. Este número era exorbitante, no tenía precedente en la época. A él hay que agregar otro número indeterminado pero igualmente grande de mulas y borricos. También funcionaban allí entonces grúas, máquinas de vapor, ingenios y carromatos. El polvo lo cubría todo, el ruido era ensordecedor y la confusión, absoluta.
Don Francisco de Paula Rius y Taulet ocupaba la alcaldía de Barcelona por segunda vez. Frisaba la cincuentena, era ceñudo, ostentaba una calva imaginativa y unas patillas tan largas que le cubrían las solapas de la levita. Los cronistas decían que tenía aire patricio. Era muy sensible al prestigio de su ciudad y de su propia gestión. En aquellos días estivales, bochornosos, de 1886 se enfrentaba a un dilema arduo. Unos meses antes había recibido la visita de un caballero llamado Eugenio Serrano de Casanova. Tengo que comunicar a vuecencia algo grave, le había dicho éste. Don Eugenio Serrano de Casanova era un gallego afincado en Cataluña; allí le había conducido de joven su militancia ferviente en la causa carlista. Luego los años habían mitigado su fervor, pero no su energía: era hombre emprendedor y viajero. En el curso de sus viajes había tenido ocasión de asistir a las Exposiciones Universales de Amberes, París y Viena; estos certámenes le parecieron cosa de maravilla. Como no era hombre que dejara agostarse las ideas trazó sus planes y pidió permiso al Ayuntamiento de Barcelona para hacer allí lo que había visto en aquellas otras ciudades. El Ayuntamiento le cedió el parque de la Ciudadela. Si quiere meterse en semejante lío, que se meta, allá él, pensaron las autoridades competentes: una actitud tan negligente como peligrosa. en rigor, nadie calibraba lo que suponía organizar una Exposición Universal.
Estas Exposiciones eran un fenómeno nuevo, del que sólo se tenía noticia a través de la prensa. Aunque la noción de exposición Universal, la idea misma del certamen había nacido en Francia, la primera de ellas la celebró Londres en 1851; París la suya en el 55. En París la organización dejó mucho que desear: el recinto abrió sus puertas con quince días de retraso sobre la fecha prevista y muchas de las piezas que se exhibían allí no habían sido desembaladas todavía el día de la inauguración. Entre las ilustres personalidades que la visitaron estaban la propia reina Victoria, entonces en pleno apogeo. "Pas mal pas mal", iba murmurando esta reina con un leve mohín, sin duda complacida por las muestras de incompetencia que daban los franceses. Iba seguida de un cipayo que media más de dos metros, sin contar el turbante, y que llevaba en un cojín de seda carmesí el "Koh-inoor", hasta entonces el diamante más grande del mundo; era como si con aquel gesto la reina Victoria quisiera decir: uno sólo de los objetos que me pertenecen vale más que todo lo que hay expuesto aquí; en esto no llevaba razón, porque de lo que se trataba en realidad era de rivalizar en ideas y en progreso.
Luego también se celebraron certámenes en Amberes, en Viena, en Filadelfia y en Liverpool. Londres había organizado su segunda Exposición en el 62 y París la suya en el 67 cuando Serrano de Casanova lanzó en Barcelona su propuesta. Lo que le sobraba de empuje le faltaba de capital. Barcelona atravesaba una crisis financiera de consideración y los reiterados llamamientos del promotor denodado no encontraron eco. El dinero inicial se acabó y el proyecto hubo de ser abandonado.
Serrano de Casanova acudió a ver al alcalde Rius y Taulet. En tono suave, como si se tratara de un secreto, le dijo: Debo notificar a vuecencia algo de particular gravedad; he decidido capitular, no sin profundo desconsuelo. Las obras de habilitación del parque ya habían comenzado; el suceso, entre unas cosas y otras, había recibido amplia publicidad. ¡Rayos y centellas!, exclamó Rius y Taulet; hizo repicar con insistencia una campanilla de oro y cristal que había sobre la mesa de su despacho en la alcaldía y al primero que compareció (un ordenanza) le dijo sin mirarle a la cara que tomara todas las disposiciones necesarias para convocar las personalidades barcelonesas a consejo de inmediato: al obispo, al gobernador, al capitán general, al presidente de la Diputación, al rector de la Universidad, al presidente del Ateneo, etcétera. El ordenanza se desvaneció en el despacho, el propio alcalde hubo de reanimarlo abanicándolo con su pañuelo. Reunidos por fin los prohombres hubo más palabrería que voluntad de hacer algo; todos estaban dispuestos a opinar, pero ninguno a comprometerse ni a comprometer a la institución que representaba; mucho menos lo estaba a ofrecer apoyo financiero a la empresa descabellada de Serrano de Casanova. Al final Rius y Taulet dio un golpazo en la mesa con una carpeta de cuero y cortó en seco tanta garrulería. "Hóstia, la Mare de déu¡", gritó a pleno pulmón. El vibrante exordio se oyó en la plaza de San Jaime, pasó a ser de dominio público y figura hoy, con otros dichos célebres, labrado en un costado del monumento al alcalde infatigable. El obispo no pudo menos que persignarse. Un alcalde no es cosa de tomar a risa. En menos de una hora obtuvo de todos los presentes su aquiescencia y la promesa de colaboración que precisaba para seguir adelante con el proyecto. Abandonar ahora sería un desdoro para Barcelona, les dijo, una confesión de impotencia. Acordaron seguir adelante con el proyecto bajo el patrocinio de una Junta Directiva. También se creó una Junta del Patronato integrada por autoridades civiles y militares, presidentes de asociaciones, banqueros y figuras del mundo empresarial. Con ello se involucraba a todos en aquella tarea, que tenía que ser colectiva para ser posible. Se estableció una Junta Técnica formada por arquitectos e ingenieros. Con el tiempo proliferaron las juntas y los comités (comités de enlace con empresas nacionales, comités de enlace con potenciales expositores extranjeros, comités encargados de fallar concursos y otorgar premios, etcétera), lo cual engendraba confusión y no pocos roces. Todos coincidían en calificar esta organización de "muy moderna". Otra cosa es que la opinión pública fuera unánime respecto de la viabilidad del proyecto.
"Por lo demás", apunta un diario de la época, "la población no ofrece bastantes atractivos para hacer grata la estancia al forastero en ella por algunos días". Todos pensaban que Barcelona haría un triste papel si trataba de equipararse a París o a Londres. Nadie pensaba en lo que ofrecían en aquellos años ciudades como Amberes o Liverpool, que habían montado sus respectivos certámenes sin tanto "mea culpa". O se lo planteaban, pero decían: Que otros hagan el ridículo si les viene de gusto; nosotros, no.
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El séquito de un monarca era en aquel entonces numeroso por unas razones de orden práctico y otras simbólicas, de más peso, como éstas: que siendo el Rey un asunto de Dios en la tierra, estaba mal que realizara por sí mismo cualquier función, incluso la de llevarse la cuchara a la boca; y esta otra: que los reyes de España desde tiempo inmemorial no despedían nunca a quienes les habían servido siquiera momentáneamente, que todo servicio prestado a la casa real llevaba aparejado un cargo vitalicio y que se había dado el cargo de monarcas que ya en edad madura habían ido a la guerra llevando consigo a su anciana nodriza, ama seca y niñera (pues el Rey no podía descender a decir: ya de esto no necesito, lo que podría implicar por una parte necesidad de ahorro y por la otra el reconocimiento de haber necesitado algo en alguna ocasión) como si se tratara de un senescal, mayordomo o sumiller, lo que en conjunto creaba a su alrededor un laberinto, un genío que con frecuencia impedía comunicarse con él a los generales en tiempo de guerra y los ministros en tiempo de paz. (…)
Esta actitud con fuerza había de encontrar un eco favorable entre los miembros de la alta burguesía con quienes marginalmente se relacionaba. Amenazado su patrimonio y además su propia vida, aquélla había firmado una tregua en la querella secular con Madrid. Por nociva que fuera la actitud del Gobierno hacia los intereses comerciales de Cataluña, peor habría sido la privación de su protección armada en esta lucha, se decían. Luego, en privado, se lamentaban de haber tenido que caer en esta renuncia: es triste, se decían, que tengamos que echarnos en manos de un generalote cuando Cataluña ha dado al Ejército español sus leones más fieros. (…) Lo que más preocupaba a los timoratos era que los catalanistas, cuya fuerza iba en aumento, pudieran ganar algunas elecciones, con el consiguiente enfurecimiento de Madrid, a cuya benevolencia creían deber la vida. (…) Onofre Bouvila se frotaba las manos a solas. Años más tarde había de decir: siempre pensé que el mal profundo de España consistía en que el dinero estaba en manos de un atajo de cobardes incultos y desalmados. El Gobierno por su parte se limitaba a recoger los frutos que esta situación ponía en sus manos y abordaba con desgana el problema interno de Cataluña como si se tratara de otro problema colonial: enviaba al principado militares trogloditas que solo conocían el lenguaje de las bayonetas y que pretendían imponer la paz pasando por las armas a media humanidad. (…)

El viajero que acude pro primera vez a Barcelona advierte pronto dónde acaba la ciudad antigua y empieza la nueva. De ser sinuosas las calles se vuelven rectas y más anchas; las aceras, más holgadas; (…) no falta quien se aturde, creyendo haber sido transportado a otra ciudad mágicamente. A sabiendas de ello o no los propios barceloneses cultivan este equívoco: al pasar de un sector al otro parecen cambiar de físico, de actitud y de indumentaria. Esto no siempre fue así: esta transición tiene su explicación, su historia y su leyenda. (…)
El alcalde montó en cólera. ¿Es posible que hasta la voluntad de Dios tenga que pasar por Madrid?, exclamó. Es la ley, respondieron los concejales aliviados. Fingían solidarizarse con la ira del alcalde, pero en el fondo confiaban en pasarle la pelota a Madrid, en que Madrid les sacara las castañas del fuego. Siempre que han podido nos han fastidiado, pensaban, pero esta vez, para variar, con su negativa nos harán un favor tremendo. (…)
Las sucesivas expansiones de la ciudad se hicieron sin orden ni criterio, de cualquier modo, con el único propósito de meter en algún sitio a los que ya no cabían en los sectores construidos hasta entonces y sacar el máximo beneficio de la operación. Los barrios acabaron de segregar para siempre las clases sociales y las generaciones entre sí y el deterioro de lo antiguo se convirtió en el único indicio cualitativo del progreso. (…)
También para su madre habían pasado los años, pero él era demasiado joven todavía para entender que su madre era mudable. (…)

El siglo XIX, que había nacido de la mano de Napoleón Bonaparte el 18 de Brumario de 1799, acababa ahora en el lecho de muerte de la reina Victoria. (…) Ahora sólo se oía el vaivén de los telares, el ronroneo y las detonaciones con motor de explosión. Había sido un siglo comparativamente parco en guerras; por el contrario, muy rico en novedades: un siglo de prodigios. Ahora la Humanidad cruzaba el umbral del siglo XX con un estremecimiento. Los cambios más profundos estaban aún por venir, pero ahora la gente ya estaba cansada de tanta mudanza, de tanto no saber lo que traería el día de mañana; ahora veían las transformaciones con recelo y a veces con temor. (…)
A partir de la segunda mitad del siglo XIX allí donde la revolución industrial había tenido efecto había cambiado radicalmente la noción del tiempo. Antes de ese momento el tiempo de que constaba la vida de un ser humano no estaba acotado: si las circunstancias lo requerían o lo hacían aconsejable, una persona podía trabajar días y noches enteras sin parar; luego permanecía ociosa por periodos similares. En consecuencia, las diversiones tenían una duración que hoy se nos antoja desmedida: la fiesta de la vendimia o la de la siega podía durar una o dos semanas. (…) Ahora todo esto había cambiado: todos los días se empezaba a trabajar a la misma hora, se interrumpía el trabajo a la misma hora, etcétera. No hacía falta ser augur para saber cómo serían los días y las horas de la vida de un persona, desde la infancia hasta la vejez; bastaba con saber en qué trabajaba, cuál era su oficio. Esto había hecho la vida más grata, había eliminado un buen número de sobresaltos, había despejado muchas incógnitas; ahora podían exclamar los filósofos: el horario es el destino. (…)

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-Yo sé lo que quieren los obreros –dijo con suavidad-. Lo que quieren es convertirse en burgueses. ¿Y eso qué tiene de malo? Los burgueses han sido nuestros mejores clientes. (…) Mirad –dijo-, vosotros pensáis que el obrero es un tigre sediento de sangre, agazapado en espera del momento de saltaros al cuello; una bestia a la que hay que mantener a distancia por todos los medios. Yo os digo, en cambio, que la realidad no es así: en el fondo son personas como nosotros. Si tuvieran un poco de dinero correrían a comprarse lo que ellos mismos fabrican (…)
Los pobres solo tenemos una alternativa, se decía, la honradez y la humillación o la maldad y el remordimiento. (…)
Los demás no me entienden, ni siquiera los que me odian. Ellos tienen su ideología y sus prerrogativas: con estas dos cosas lo explican todo; gracias a esto justifican cualquier cosa, el éxito como el fracaso; yo soy un fallo en el sistema, la conjunción fortuita y rarísima de muchos imponderables. (…) Yo creía que siendo malo tendría el mundo en mis manos y sin embargo me equivocaba: el mundo es peor que yo.

La ciudad de los prodigios 
Eduardo Mendoza, 
1986 Seix Barral.

lunes, 18 de septiembre de 2017

EL PROFETA MUDO (Joseph Roth)

Joseph Roth me parece sin duda uno de los mejores escritores del siglo XX. El profeta mudo novela la vida de Leon Trotsky basándose en las escasas noticias que se iban filtrando y, pese a ello, es una obra maravillosamente bien escrita, elegante, entretenida, divertida y, sobre todo, resulta una increíble lectura de los convulsos tiempo de cambio y una preclara anticipación de lo que quedaba por venir. Más que recomendable (como siempre ocurre en la sección "Despiece" de este blog, selecciono los fragmentos más destacables sin desvelar el argumento).

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En medio de ese color local, extraño y muy poco europeo, entre el abigarrado tumulto de aventuras, confusión lingüística y semirrusticidad, resplandecía aún el mustio brillo de un patriarcalismo bonachón con el cual los propietarios reducían los salarios de los pequeños artesanos y de los escasos obreros, manteniendo a los pobres en un estado de sumisión que era visible en las calles, junto a la postración de los mendigos. 
Los que estaban establecidos odiaban también allí a los inmigrantes nuevos; todo pobre recién llegado —y cada semana llegaban varios— era acogido con la misma hostilidad con que, en su momento, habían sido recibidos ellos mismos. E incluso los mendigos, que vivían de limosnas, temían la competencia como si ellos mismos fueran comerciantes. Los oficiales de la guarnición irradiaban un resplandor metálico que subyugaba a las hijas de los pequeñoburgueses. (...)
Friedrich participaba regularmente en las reuniones de Chaikin. Empezó a asistir por curiosidad. Y se quedó por ambición. En las discusiones aprendió a tener razón a cualquier precio, desarrollando su enorme talento para hacer formulaciones falsas. Le agradaba el silencio que se imponía en cuanto él pedía la palabra, y en el cual creía oír su propia voz aun antes de que resonase.
Pasaba días enteros preparándose contra cualquier probable objeción. Aprendió a simular una agilidad en la réplica que en realidad no poseía. Repetía, como propias, frases tomadas de diversos folletos. Y disfrutaba de sus triunfos. Sin embargo, aún amaba sinceramente a los pobres que lo escuchaban, así como el rojo incendio que deseaba encender en el mundo.
¡El mundo! ¡Qué palabra! La escuchaba con oídos jóvenes. Irradiaba una gran belleza, al tiempo que escondía una injusticia enorme. Dos veces por semana creía necesario destruir el mundo, mientras que los otros días se preparaba a conquistarlo. (…)
Friedrich estaba dispuesto aresistirse a cualquier tipo de emoción tradicional. El miedo a la melancolía le había conferido esa falsa solidez de la que tanto se enorgullecen los jóvenes, considerándola una muestra de virilidad.
Exageró la importancia del momento. Ya había leído demasiado. Y entonces revivió, de golpe, cientos de descripciones de otras tantas despedidas. Mas cuando el tren comenzó a moverse, olvidó la ciudad que iba dejando atrás para pensar sólo en el mundo al que se dirigía. (…)

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Se cruzó con un coche. Las silenciosas ruedas cubiertas de goma deslizábanse sobre el adoquinado como sobre una mesa lisa. Sólo se oía el feudal y estimulante chacoloteo de los cascos de los caballos. En el coche, bajo un parasol de color claro como los que se usaban entonces, iba una joven.
Al adelantarlo, la muchacha tuvo tiempo suficiente para observar a Friedrich con esa indiferencia torpe y ofensiva con que se mira un árbol, un caballo o el poste de una farola. Él se deslizó ante sus ojos como ante un par de espejos (…)
Aquel encuentro con una mujer hermosa fue como el primer contacto con un enemigo. Friedrich examinó su posición. Pasó revista a sus fuerzas, las convocó y se preguntó si podría arriesgar una batalla. Acababa de superar una barrera. Un ridículo examen lo había convertido en un ser apto para el juego social (…)
No podía alejarse de aquel barrio tranquilo, de gente feliz y acomodada, en el que había ido a parar. Dio largos rodeos, como si en virtud de algún milagro pudiera llegar a su casa de buenas a primeras, sin haber cruzado antes las ruidosas y malolientes calles que conducían a ella. Las chimeneas de las fábricas surgieron de pronto detrás de los techos. La gente, que había dormido en albergues masificados, no lograba mantener el equilibrio y parecía ebria. La prisa de los pobres es tímida y silenciosa, a pesar de lo cual produce un ruido indefinido (…)
En aquella época se fue creando entre Friedrich y yo una relación bastante singular, que me atrevería a calificar de familiaridad no amistosa, o de camaradería sin estima. Incluso la simpatía que nos unió más tarde, al principio no existía. Fue surgiendo de la atención que un buen día comenzamos a prestarnos mutuamente, así como de la desconfianza recíproca en la que a veces nos sorprendíamos. Hasta que por último empezamos a estimarnos. La confianza creció lentamente, alimentada por las miradas que, casi sin darnos cuenta, intercambiábamos en compañía de otros, y no tanto por las palabras que nos decíamos como por el silencio en que solíamos enfrascarnos al estar sentados o paseando. Si nuestras vidas no hubieran seguido cursos tan distintos, quizá Friedrich habría llegado a ser amigo mío (…)
Pasó un buen tiempo sin que Friedrich se animara a buscar a Savelli, que seguía viviendo en Viena. Tenía miedo. Creía tener aún la posibilidad de elegir entre lo que él mismo llamaba el «ascetismo del revolucionario» y el «mundo», vago concepto romántico integrado por alegrías, luchas y victorias. Odiaba las instituciones de ese mundo, pero aún creía en ellas. (…)
Sólo en los ojos de algunos estudiantes judíos brillaba una aflicción inteligente, astuta o incluso ingenua.
Pero era la tristeza de la sangre, del pueblo, transmitida en herencia al individuo y adquirida por éste sin riesgo alguno. Los otros también habían heredado su propia jovialidad. Sólo los grupos se distinguían entre sí por sus cintas, colores y opiniones. Se preparaban a vivir en el cuartel y cada uno llevaba ya su arma, que denominaba su «ideal». (…)
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«No —decía—, prefiero conversar con Grünhut. Los he calado a todos. Esa ingeniosa coquetería de los profesores elegantes que todas las tardes, de seis a ocho, organizan lecturas para muchachas de la buena sociedad. Una breve incursión en la filosofía, en la historia del arte del Renacimiento, con diapositivas proyectadas en la sala oscura, o bien en la economía política, con unas cuantas estocadas al marxismo…, no, no son cosas para mí.
Y luego los llamados profesores serios, que dan clase por la mañana, a las ocho y cuarto, poco después de la salida del sol, para quedar libres todo el día… y dedicarse a sus propios trabajos. Y esos docentes barbudos que andan a la caza de algún buen partido para convertirse en profesores titulares y remunerados gracias a una relación con el ministro de Educación. Y esa sonrisa maligna de los examinadores insidiosos, que obtienen brillantes victorias sobre los candidatos suspendidos. La universidad es una institución para jóvenes de la alta burguesía, con una preparación regular, ocho años de escuela secundaria, clases particulares, perspectivas de obtener un puesto en la magistratura o de montarse un buen estudio de abogado gracias al matrimonio con alguna prima de segundo grado (no de primero, por la consanguinidad). Todo eso está muy bien para los bueyes de esas agrupaciones que se vapulean, para los arios puros, los sionistas puros, los checos o los serbios puros. (…)
Se acostumbró a sacar de la renuncia y del anonimato ese entusiasmo sin el cual no podría vivir. E incluso en la inexorabilidad, que tanto había temido, llegó a encontrar un encanto, así como en la desesperanza un consuelo.
Era joven. Y por tanto no sólo creía en la eficacia del sacrificio, sino también en la recompensa que de él brota, como la flor de la tumba. (…)
Ustedes no conocen a Savelli. Algún día lo entenderán, pero será demasiado tarde. Hace el papel de un hombre al que su propio corazón ya no le pertenece porque lo ha legado a la humanidad. Pero no es cierto: carece de corazón. Yo prefiero un egoísta. El egoísmo es un síntoma de humanidad. Y nuestro amigo, en cambio, es inhumano. Tiene el temperamento de un cocodrilo en tierra, la imaginación de un palafrenero y el idealismo de un izvozchik. 
—¿Y todo lo que ha hecho hasta ahora?
—Es un burdo error juzgar a los hombres por sus acciones. Deje que lo hagan los historiadores burgueses. A los actos se llega con la misma inocencia que a los sueños. Nuestro amigo, que ha asaltado bancos, hubiera podido perfectamente organizar pogromos.
—¿Y por qué sigue siendo de los nuestros?
—Porque es muy poco dotado o, mejor dicho, muy poco ágil para liberarse de la presión de su propiopasado. Los hombres de su tipo nunca se apartan del camino que eligen. No es un traidor. Pero es nuestro enemigo. Nos odia como el campesino ruso odia al intelectual de las ciudades. (…)
Él se entregó a una indolencia confusa y sin objetivo, a una especie de vacaciones. Entró en el vestíbulo donde ella había desaparecido. Faltaba un cuarto de hora para que empezara la función. Se oían los carruajes que llegaban, el solemne relinchar de los caballos, cuyos cascos chacoloteaban vivamente, y los gritos de aliento de los cocheros. El vestíbulo se fue llenando de olor a polvos y perfumes, del frufrú de los vestidos y de un torbellino de saludos. Los numerosos caballeros que esperaban apoyados contra las paredes se descubrían con gestos más o menos amplios, o bien se limitaban a inclinar la cabeza y sonreír. Por la expresión de sus caras o sus reacciones podía apreciar Friedrich el rango social de los que entraban: aquellos hombres eran espejos vivientes apostados en los rincones.
Pero ellos también tenían un rango y un carácter, y podían ver corroborada, por la forma en que sus saludos eran correspondidos, su propia posición en el gran mundo. (…)
Por primera vez no sintió Friedrich odio alguno hacia ellos y sí, más bien, cierta solidaridad con el policía gracias al cual la armonía de ese hermoso caos no era perturbada por ningún borracho o delincuente.
«Nadie aquí sospecha quién soy yo. Deben de tomarme por un estudiante sin importancia», pensó. Cuando la mirada de alguna mujer lo rozaba, sentía gratitud por todo el bello sexo. Son seres con instinto, se decía. Los hombres, en cambio, son rudos, y de pronto compadeció a las damas de la sociedad, que pasan la vida penosamente y dejan marchitar su belleza en compañía de tenientes necios o financieros brutales. Necesitan hombres muy distintos. Y claro está, pensó en sí mismo. (…)
Al grito de: «¡Igualdad de derechos para todos!», las jovencitas de buena familia se precipitaban entonces a la vida, a las universidades, a los ferrocarriles, a los vapores de lujo, a las salas de disección y a los laboratorios.
Para ellas soplaba por el mundo el conocido vientecillo fresco que toda generación joven se imagina sentir.
Hilde estaba decidida a no entregarse a un marido. Su «amiga más íntima» la había traicionado casándose con el riquísimo señor G.: poseía coches, caballos, criados, cocheros y lacayos de librea. Pero Hilde, que compartía gustosa las riquezas de su amiga y le pedía sus coches y lacayos de librea para ir de compras, afirmaba: «La felicidad de Irene no me interesa, ha vendido su libertad». Y los hombres con los que dialogaba en estos términos la encontraban encantadora, extraordinariamente inteligente y de una testarudez deliciosa. Y como además tenía dote y un padre muy bien relacionado, el que menos —hombres chapados a la antigua, como lo son todos — pensaba pedirla en matrimonio pese a su negativa de principio. (…)
Toda esa juventud aún no soñaba que muy pronto sería diezmada por una guerra mundial, y vivía como si tuviese que romper cadenas de manera ininterrumpida. Los jóvenes funcionarios hablaban de los peligros que amenazaban al viejo imperio; de la necesidad de asegurar una amplia autonomía a las naciones o de imponer un puño fuerte y centralizador; de disolver el Parlamento o de elegir con más cuidado a los ministros; de una ruptura con Alemania, de un acercamiento a Francia o incluso de una vinculación más estrecha con Alemania y una provocación de Serbia. Unos querían evitar la guerra, otros, provocarla; pero todos pensaban que se trataría de una guerra breve y placentera (…)
Es cierto que usted se ha enamorado, notenga vergüenza. Es una forma de energía como la salud, por ejemplo; pero así como no se debe utilizar lasalud para ponerse aún más sano, tampoco debiera usted alimentar el amorcon su propio amor. Transfórmelo.
Intégrelo en algún tipo de acción, de lo contrario será algo torpe y sensiblero (…)Friedrich quiso decir algo conciliador. No se le ocurrió nada.
Ambos estaban ya bajo el dominio de la ley eterna que regula los malentendidos entre los dos sexos. (…)
—Soy pobre —le confesó un día a R.— y estoy del lado de los pobres. El mundo no es bueno conmigo, y yo no quiero ser bueno con él. Su injusticia es enorme, yo la estoy padeciendo. Su arbitrariedad me hace daño. Quiero hacer daño a los poderosos (…)
¿Ha pensado alguna vez en ello? Cada vez que un obrero me da la mano, pienso que aquella mano podría golpearme un día despiadadamente como la de cualquier policía. Su método es falso, y es también el mío; por eso me permito decírselo y por eso puede usted creerme. Más nos valdría darnos cuenta de que los pobres no son mejores que los ricos ni los débiles más nobles que los poderosos, y de que, muy al contrario, sólo el poder podría ser la condición previa de alguna bondad.
—Quiero partir —dijo Friedrich. —Perfecto —replicó R.—, debe exponerse al peligro. Vaya a Rusia. Con el riesgo de acabar en Siberia. T. ha estado allí, K. ha estado allí, y yo también he estado. Conozca por fin al proletariado más fuerte y obtuso del mundo. Ya verá que la desgracia no lo ha ennoblecido en absoluto. Es cruel de mi parte darle este consejo a un joven, pero así quedará curado de todas las ilusiones, sí, de todas. Y nunca más volverá a enamorarse, por citar sólo un ejemplo.
Friedrich comenzó su conferencia siguiente anunciando que había decidido partir y que otra persona le sustituiría. En una de las últimas filas vislumbró a Hilde, envuelta en un abrigo particularmente deslucido. «¡Qué mascarada!», pensó furioso. Se sintió culpable de aquella presencia. La consideró casi una traición de su parte para con la gente ante la cual estaba hablando. Empezó a leer el artículo editorial de un periódico burgués. En él se hablaba de la voluntad de las potencias centroeuropeas de asegurar la paz al mundo, y de los esfuerzos de este mismo mundo por lanzarse a una guerra.
Sacó un periódico ruso, uno francés y otro inglés, y demostró a sus auditores que todos decían lo mismo. Una lámpara pendía a poca altura de su atril y lo cegaba. Cuando quería echar una mirada a la salita, las paredes desaparecían en una tiniebla gris, perdiendo su consistencia. Retrocedían cada vez más y más, como velos impulsados por el sonido de sus palabras. Los rostros iluminados que emergían de la penumbra se decuplicaban. Él escuchaba su propia voz, el eco sonoro de sus palabras. Se hallaba ahí como a la orilla de un mar tenebroso. Sus mejores palabras le eran dictadas por la expectativa de sus oyentes. Tenía la impresión de estar hablando y escuchando al mismo tiempo, de decir y hacerse decir cosas simultáneamente, de emitir sonidos y a la vez oírlos.
Hubo un instante de silencio. Un silencio parecido a una respuesta, que vino a confirmarle su fuerza como un sello mudo. (…)
—¡Usted no sabe, usted no sabe! — dijo Grünhut—. Es joven. ¿Acaso cree que tendrá una segunda oportunidad de decir «me marcho lejos»? ¿Cree usted que la vida es infinita? Es breve y sólo puede ofrecernos unas cuantas situaciones miserables que a nosotros nos toca saber apreciar. Dos veces podrá usted decir: yo quiero; una vez: yo amo; dos veces: yo devengo, una vez: yo muero. Eso es todo. Míreme: no soy lo que se dice un hombre envidiable. Pero no quiero morir. Quizá pueda decir una vez más: yo quiero, o: yo devengo. No es que existan muchas perspectivas, pero estoy a la espera. No quiero sufrir por nadie ni por nada. Ese dolor mínimo que siente usted cuando se pincha un dedo es, sin embargo, enorme en proporción a la brevedad de su vida. ¡Y pensar que hay hombres que se dejan cortar la mano y vaciar los ojos por una idea, así: por una idea! ¡Por el género humano, en nombre de la libertad! Es horroroso. Entiendo que ya no pueda dar marcha atrás. Si hay que cometer alguna acción, hay que cometerla y basta. Luego nos hacen responsables, nos dan una medalla por eso que llaman una proeza, o nos meten presos por lo que se denomina un delito. Y nosotros no somos responsables de nada. A lo sumo somos responsables de aquello que dejamos de hacer. Si quisieran pedirnos cuentas por esto, tendrían que apalearnos, apresarnos y ahorcarnos cien veces al día. —Volvió a dirigirse hacia el cristal de la ventana. Y, siempre de espaldas a Friedrich, añadió en voz muy baja—: Pues nada, vaya y vuelva. Ya he visto partir a más de uno. (…)
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Cuatro días más tarde fueron desembarcados, conducidos a un enorme cobertizo e instalados nuevamente en vagones. Al poner pie en tierra cobraron nuevos ánimos y el estrépito de sus cadenas tornóse más ligero. Sentían la tierra aun bajo las ruedas del tren en marcha. Por las ventanillas enrejadas de los vagones veían hierba y campos, vacas y pastores, abedules y campesinos, iglesias y humo azul sobre las chimeneas, todo un mundo del cual habían sido separados. Sin embargo, era un consuelo que ese mundo no hubiera perecido, que ni siquiera hubiera cambiado. Mientras las casas permanecieran en pie y el ganado pastara, el mundo esperaría el regreso de los prisioneros. La libertad no era un bien propio que cada cual perdía. Era un elemento, como el aire (…)
Los más experimentados, que ya la conocían, empezaron a describir los horrores de aquella cárcel. Fueron los primeros en temblar ante sus propias palabras e hicieron temblar también a sus oyentes.
Mas poco a poco, a medida que iban relatando, el entusiasmo que les producía el simple hecho de hacerlo se volvió más intenso que el contenido de su discurso, y el temor de los oyentes fue cediendo paso a la curiosidad. Iban ahí sentados como niños que escuchan cuentos sobre palacios de cristal. (…)
Berzeiev tenía dinero. Sabía corromper y sustituir listas y nombres, y mientras los otros «políticos» discutían sobre el campesinado, la anarquía, Bakunin, Marx y los judíos, él iba calculando a quién darle un cigarrillo y a quién ofrecerle un rublo. (…)
—¡Qué manera de estupidizarse!
—No, no es estupidizarse —exclamó Friedrich—, sino humanizarse.
Eramos ideólogos, no seres humanos. Queríamos transformar el mundo y ahora dependemos de tarjetas postales y tenemos que comer pan.
—Estamos aquí —replicó Berzeiev en voz baja— porque no todos los hombres tienen pan. Así de simple. No necesitamos teoría ni economía política alguna. Porque no todos tienen pan…, así de simple y en realidad absurdo.
«R. ya hubiera inventado una fórmula —pensó Friedrich—. Hubiera dicho por ejemplo: “Queremos prestar ayuda, pero no hemos nacido para eso. A fin de compensar nuestra impotencia, la naturaleza nos ha dotado con un amor tan excesivo que trasciende nuestras fuerzas. Somos como un hombre que no sabe nadar, se tira al agua para salvar a otro que se está ahogando, y se va al fondo. Sin embargo, tenemos que saltar. A veces ayudamos al otro, aunque en general nos vamos los dos al fondo. Y nadie sabe si en el último instante se siente una felicidad intensa o una rabia amarga”» (…)
—No deja de ser misterioso —dijo Friedrich a Berzeiev cuando estuvieron en un cuarto de hotel— que los individuos aislados, de los que, en suma, se compone la masa, renuncien a sus atributos y lleguen a perder incluso sus instintos primarios. El individuo aislado ama la vida y teme a la muerte.
Cuando se une a otros, despilfarra su vida y desprecia la muerte. El individuo aislado se niega a hacer el servicio militar y a pagar impuestos. Cuando se une a otros, sienta plaza como voluntario y vacía sus bolsillos. Y una cosa es tan auténtica como la otra (…)
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