Esto de vivir en un tiempo de mala educación general no solo está vinculado con un descenso en los estándares de cortesía en la comunicación, sino también con una ideología que subraya el individualismo, exalta la riqueza material, idealiza la felicidad y se funda en la idea ilusoria de las elecciones correctas que supuestamente conducen al éxito y a la satisfacción. En el capitalismo neoliberal, la grosería se ha vuelto una constante de las relaciones en los lugares de trabajo. Con el ascenso de políticos populistas, ha anclado con fuerza también en la política. Recordemos que el presidente estadounidense Donald Trump se hizo antes famoso por la grosería que lanzaba en el show de televisión The Apprentice, al grito de “¡estás despedido!”. Este libro recorre la paleta de las distintas formas de grosería con las que nos enfrentamos de forma ostensible y velada en los últimos años. Sin embargo, con la grosería viene la rebelión. Por eso, el libro da cuenta también de las formas en que las personas hacen frente a las atrocidades del capitalismo, devuelven la agresión política y luchan por cambios personales y sociales. (...)
La intención del libro no es que cerremos los ojos, nos agarremos la cabeza y digamos con desesperación: todo es un horror, todo está perdido. Al contrario, el análisis de los mecanismos visibles e invisibles de la grosería es una condición necesaria para la reflexión acerca de cómo es la sociedad en la que queremos vivir y para que cada uno de nosotros dé un paso hacia el cambio. Cuando la sociedad va en la dirección equivocada, está bien que estemos furiosos, porque solo así nos despertaremos de la apatía, y entonces no debemos olvidar el poder de la amabilidad. Aunque tan solo sea hacia los transeúntes ocasionales. (...)
EN EL PASADO, EL trabajo asalariado se entendía como algo indispensable para la supervivencia, como una forma de coerción y como algo que no le da placer al trabajador. Los trabajadores luchaban por aumentos de salario, por más derechos, más tiempo libre, por un mayor poder de decisión sobre las condiciones de trabajo y la distribución de ganancias. Hoy, cuando el precio del trabajo disminuye, cuando hay cada vez menos posibilidades de que los trabajadores se organicen y luchen por sus derechos, están cada vez más presionados por ver su trabajo como algo que les dé placer, a través de lo cual puedan expresarse y que les genere la sensación de ser muy creativos. (...)
La verdadera tragedia es que hoy están presionadas por buscar la felicidad y el placer a toda costa. Y en muchos casos esta presión desata un sentimiento de angustia, culpa y autoacusación por el fracaso. Hoy hablamos mucho de que las personas son cada vez más narcisistas. Pero el problema no es que de pronto se hayan vuelto narcisistas, sino que están bajo una suerte de presión por mostrarse narcisistas. Las personas deben probar sin pausa que son especiales, que son ambiciosas, que tienen grandes objetivos y que harán algo excepcional de su vida. (...)
En su libro El poder del pensamiento positivo, el gurú motivacional Norman Vincent Peale, quien fue una gran influencia para Donald Trump, subraya que si queremos tener éxito siempre debemos crear la imagen del éxito, aunque las cosas vayan mal. Es imprescindible exagerar un poco para formar nuestra imagen como la de alguien exitoso. Hace ya décadas, Trump parecería haberse tomado los consejos de este consultor motivacional muy en serio, por eso siempre habla con superlativos, exagera mucho cuando describe su fortuna, dice que hay sol en un día de lluvia, se refiere a un gran público cuando hubo un pequeño grupo de espectadores en su jura presidencial y así sucesivamente. En su libro The Wellness Syndrom. [El síndrome del bienestar], Carl Cederström y André Spicer analizan las distintas y nuevas formas del narcisismo que se observan en la sociedad neoliberal. Asocian el nuevo fenómeno del narcisismo del bienestar, en el que las personas construyen su imagen alrededor de la idea de una vida saludable, con la presión de ser lo más productivos que podamos en nuestro puesto de trabajo y lo más activos que podamos en la formación de una figura de trabajador saludable, con buen estado físico, que en esencia ya no distingue entre su tiempo laboral y privado. Un Narciso semejante, por ejemplo, envía a sus contactos fotografías de la comida saludable que ha preparado, se fotografía en el gimnasio, aparece por la mañana en el trabajo con accesorios deportivos, compra productos sin gluten y los así llamados superalimentos, de vez en cuando hace un tratamiento de limpieza del cuerpo, usa todo tipo de aplicaciones para medir el ritmo cardiaco, los pasos que da, los minutos de meditación… (...)
Los psicólogos que en los años setenta del siglo pasado escribían sobre el así llamado potencial humano fueron muy influyentes en la ideología de la felicidad; poco después la retomaron diversos oradores motivacionales y luego ancló en el mundo de los negocios. Ahora ha cobrado forma la ideología de que uno mismo es responsable por la propia infelicidad y por la pérdida del puesto de trabajo propio. La idea de que nosotros mismos somos culpables del fracaso y de que cada uno puede tener éxito con solo proponérselo está tan enraizada en la ideología neoliberal contemporánea que no sorprende que el político republicano estadounidense Paul Ryan haya declarado hace un tiempo que los pobres deben tener un entrenador para la vida (life-coach) para salir de la pobreza. Y Oprah Winfrey ha declarado en una de sus emisiones: “¡Cuando te despiden, debes agradecerlo!”. Resulta que solo al perder el puesto de trabajo se te abrirán las inconmensurables posibilidades de un nuevo comienzo. Se bombardea sin pausa a los desocupados con ideas de que deben saber venderse, desarrollar su potencial oculto y cosas parecidas. Y cuando no consiguen encontrar trabajo, la culpa es por supuesto de ellos mismos. La película Yo, Daniel Blake expone con excepcional sensibilidad todo el absurdo de esta ideología y la burocracia que abreva en ella, y el costo humano que pagan los desocupados. Están atrapados en una cruel maquinaria de empleos que enseñan a los desocupados cómo redactar el mejor curriculum vitae, cómo ofrecerse para un puesto de trabajo y cómo mantener en el intento el optimismo en relación con el resultado. A la vez, se advierte a los pobres que la felicidad no está asociada con el dinero, que deben encontrar placeres que no cuesten nada, buscar satisfacción en las pequeñas cosas. Eleanor Roosevelt dijo una vez: “Quien pierde dinero pierde mucho; quien pierde a un amigo pierde mucho más; quien pierde la fe lo pierde todo”. Hoy muchos han perdido la fe en Dios, pero la fe en los ideales neoliberales del éxito y la felicidad no. (...)
En 2018, ante la muerte de John McCain, el periodista estadounidense Frank Bruni escribió que la mayoría de los obituarios sobre el político giraban en torno a la relación personal con McCain o con miembros de su familia; y los que no podían presumir de eso describían sus propias sensaciones ante la noticia de la muerte de McCain. Bruni se preguntaba si en tiempos de narcisismo es posible decir siquiera una sola cosa bella sobre el difunto sin que sea en realidad un autoelogio para quien lo pronuncia. (...)
El discurso de la grandiosidad alcanzó particular fuerza en Estados Unidos con la elección de Donald Trump. Su lema es nada menos que Make America Great Agai. [Hagamos a América grande otra vez], y además sus declaraciones están llenas de autoelogios por ser el mejor y más exitoso mientras sus adversarios son unos fracasados e ineptos. El discurso de la grandiosidad que encarna este presidente es la culminación de un discurso que opera desde hace bastante tiempo en el espacio público estadounidense. (...)
La proliferación de la grandiosidad ha ocurrido en asociación con la desmesura del consumo, y hoy permea distintos campos, desde la escolaridad hasta la vida pública y privada. En la educación, llega a la inflación de calificaciones, diversas competiciones por el título del mejor docente, el más rápido o el más divertido. (Recordemos por caso que los niños reciben un diploma al terminar la escuela primaria). Diversas formas del marketing en red capitalizan que las personas se esfuercen por obtener el título de vendedor top. Hasta cuando escribimos alguna calificación en los sitios web como TripAdvisor recibimos información sobre el nivel que hemos alcanzado, y cuando reservamos hotel varias veces en alguno de los sitios web recibimos el título adulador de viajero frecuente o alguna distinción de fidelidad. El consumo actual reviste de glamour a cosas comunes y corrientes, premia a los compradores con diversos puntos, estrellitas, les da títulos que suenan bien como “supercliente”. Las empresas también otorgan títulos rimbombantes a sus empleados, y dan a sus tareas nombres que suenan bien. Una secretaria, que en los nuevos términos es una asistente de gerencia, o una encargada de limpieza, que en el futuro probablemente será nombrada gerente de limpieza, no recibe, en general, con el nuevo título, un aumento de sueldo. La grandiosidad está muy asociada a la ideología “el ganador se lo lleva todo”, que desde hace algún tiempo domina en el capitalismo contemporáneo. (....)
La ideología del ganador es potente también en los cambios de terminología en el mundo de los negocios. Startup significaba en los viejos tiempos simplemente una empresa. Pero si hoy decimos que hemos fundado una empresa, no tendrá la carga de grandiosidad que sí tiene una startup, es decir, la puesta en marcha de una empresa. ¿Y hacia dónde vamos a poner en marcha la empresa? Hacia las altas esferas del capital, por supuesto. (...)
La manipulación de las emociones que se ve hoy en la propaganda política está cada vez más relacionada con la manipulación que las personas experimentan a través de las redes sociales. En su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, Jaron Lanier llama a Facebook y a Google “imperios de la manipulación del comportamiento”, que polarizan a la sociedad con sus herramientas de marketing, destruyen el debate democrático y transforman a las personas en “idiotas”. Antes de su caída, Cambridge Analytica se jactaba de analizar con eficacia a través de sus algoritmos las características personales de los usuarios de Facebook y de cambiar sus opiniones con la manipulación de las emociones. A pesar de la indignación por su funcionamiento, hoy aparecen nuevas empresas que continúan con estas prácticas. La premisa de que se puede manipular a los demás con tan solo tener suficientes conocimientos (...).
En un foro mundial de artistas del pick-up, uno de los grupos australianos se anuncia con este texto: “Unite a nosotros si querés tener las manos en la mujer y no tanto en el teclado de la computadora. Unite a nosotros y haceles un regalo a las mujeres de Sydney: vos mismo. De lo contrario, podés seguir masturbándote mirando pornografía”. Miembros italianos del movimiento dicen que quieren vivir como estrellas de rock porque se lo merecen. Subrayan que las mujeres tienen maridos muy aburridos y están a la espera de hombres como ellos. Los extranjeros que enseñan técnicas de conquista en Eslovenia a través de sus blogs dicen que enseñarán a los locales las bases de la biología evolutiva que los ayudará a seducir y las técnicas del pick-up adaptadas a las mujeres eslovenas. Los expertos del pick-up que desembarcan en Eslovenia describen a las eslovenas en sus blogs como funk-tastic, algunos les dan 3,75 puntos de un total de 5; dicen que son mejores que las croatas, pero peores que las serbias. Así como TripAdvisor aconseja qué ver en cada ciudad, los foros internacionales de la industria de la seducción reproducen experiencias y puntuaciones asociadas a las vivencias con las mujeres de los distintos países. (....)
La idea del éxito, que en el neoliberalismo está muy asociada al éxito económico, ha transformado de manera drástica la educación. El sentido de la escuela ya no es que una persona joven adquiera habilidades y conocimientos, sino sobre todo que la educación le permita el éxito económico. En una de las mayores universidades británicas, por ejemplo, cerraron las carreras de arte porque los análisis económicos demostraron que el graduado promedio de esas carreras gana menos en el largo plazo que alguien que no tiene estudios en absoluto. La carta abierta de un profesor británico de cirugía nos permite deducir que estas decisiones orientadas a lo económico pueden ser perjudiciales para la sociedad en el largo plazo; el profesor advierte sobre el hecho de que los especialistas en cirugía de nuestros días carecen de habilidad manual porque durante su crecimiento han tenido escaso contacto con el arte. En lugar de dibujar, hacer cerámica o distraerse con otras actividades manuales, los jóvenes cambian con un solo gesto las páginas de sus teléfonos inteligentes. Todo esto también afecta el hecho de que después no son diestros para coser heridas ni tienen otras habilidades quirúrgicas por el estilo. (...)
El perfeccionismo ha marcado en especial la relación parental. En efecto, se considera que con la crianza podemos influir en forma inmediata en lo que logren nuestros hijos. Y si a los hijos no les va demasiado bien en la vida, la culpa es de los padres. El problema de la exigencia de criar hijos perfectos no es solo que bajo el peso de la presión colapsan los hijos, sino que también los padres están cada vez más llenos de ansiedades. Los estadounidenses han advertido que en las últimas décadas aumenta el trabajo que los padres, y en especial las madres, realizan en la casa. Cada vez dedican más horas a trabajar con los niños en lo que supuestamente les abrirá las puertas a un futuro exitoso. Y además de tiempo se dedica una importante suma de dinero. Entre ricos y pobres aumenta así la diferencia entre las actividades pagas por fuera de la escuela que los padres les ofrecen a sus hijos. Esta parentalidad intensiva, que se expresa en el incesante control de los padres sobre los hijos, en un constante enseñarles y llevarlos de aquí para allá, comenzó en la década de 1990. Entonces lo hacían sobre todo los padres de la clase alta. Hoy lo hacen también cada vez más los padres más pobres; aunque no pueden permitirse todas esas actividades pagas, esperan que ocuparse en forma intensiva de los hijos haga posible que asciendan a una clase económica superior. La parentalidad intensiva está muy asociada con la ansiedad económica. (...)
El aumento de ansiedades asociadas con el perfeccionismo también está ligado a las nuevas redes sociales. Algunos hablan de la angustia de Twitter, Facebook e Instagram. La exigencia de autopromoción a través de esas redes, el diseño de sí mismo como una marca de producto, se asocia a que el individuo debe ofrecer su imagen más atractiva. En las redes sociales hay que mostrar la vida más perfecta posible y en especial presumir con símbolos materiales y de estatus social. Y como hay que tener cada vez más seguidores, aumenta la ansiedad asociada con el estatus del individuo en relación con el número de vistas y “Me gusta” en las redes sociales. Los psicólogos han investigado la influencia del uso de Facebook e Instagram en la autopercepción del individuo. No sorprende que las personas tengan una sensación cada vez mayor de insatisfacción consigo mismas si observan imágenes de otros de quienes piensan que son mucho más atractivos y cuyas vidas parecen más exitosas que las propias. Aunque las personas saben que los otros publican fotografías retocadas, que están lejos de como son en realidad, esto no merma los sentimientos negativos sobre sus propios cuerpos. La paradoja es que no importa de dónde vienen las imágenes de perfección. En la investigación, cuando las mujeres observaron imágenes de personas famosas atractivas y de aquellas a quienes conocían personalmente, no hubo diferencia sobre cómo se autopercibían. Se sintieron igual de mal al compararse con las fotografías de otras personas, independientemente de si se trataba de conocidos o de personas que solo conocían a través de los medios. La insatisfacción de las personas con su propia imagen fue mayor entre quienes publicaban sus propias fotografías en las redes sociales. Estos últimos estaban más disconformes con su propia imagen que los que solo miraban fotos de otros en las redes sociales. (...)
La pandemia nos condujo a un deterioro general de la salud mental. El aislamiento, el miedo a la enfermedad y la muerte y la confrontación con variadas pérdidas han llevado al aumento de la depresión y la angustia. Los docentes advierten sobre una verdadera pandemia de problemas de este tipo entre los niños. Con el aumento de los trastornos mentales se ha formado una paradoja: se ha empezado a hablar más abiertamente de estos problemas, pero casi nada se modificó en el acceso a la ayuda a las personas que los padecen. Las personas ya no se avergüenzan de admitir que tienen problemas, pero les resulta muy difícil recibir ayuda profesional para su tratamiento. Deportistas como Simone Biles, Naomi Osaka y Serena Williams, que han hablado públicamente sobre sus problemas con la ansiedad y las expectativas desmedidas del público, han contribuido a la mayor sensibilidad de la opinión pública sobre temas de salud mental. En Gran Bretaña advierten que muchos trabajadores ya no quieren asistir a sus lugares de trabajo, porque la pandemia les abrió los ojos y les hizo pensar sobre cómo quieren vivir la vida en el futuro. Desde hace algunas décadas, la ideología neoliberal nos persuade de que cualquiera puede alcanzar lo que sea si trabaja duro y sigue su objetivo con tesón. En esta ideología no hay lugar para la vulnerabilidad, y en especial no lo hay para la expresión pública de dudas sobre sí mismo. Fake it until you make i. [Fingí hasta que lo logres] resulta ser uno de los eslóganes que, se supone, ayuda a las personas a obtener el éxito. (...)
En una ideología que tanto ensalza el éxito, se dedica poca atención a preguntarse por qué aumenta tanto el número de personas que padecen trastornos mentales. La Organización Mundial de la Salud calcula que en el mundo hay más de trescientos millones de personas con depresión. Por causa de esta enfermedad, hay muchísimas personas que no pueden trabajar y más de ochocientas mil por año se suicidan, en especial en el mundo desarrollado. Mientras resulta claro que la salud mental influye mucho en la calidad de vida, la mayoría de los países en el mundo hace muy poco para mejorarla; en general, destinan un presupuesto muy escaso para la organización de la ayuda a personas que padecen problemas mentales. (...)
MALEDUCADOS
RENATA SALECI





