ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


jueves, 1 de enero de 2026

MALEDUCADOS (Renata Saleci)




Esto de vivir en un tiempo de mala educación general no solo está vinculado con un descenso en los estándares de cortesía en la comunicación, sino también con una ideología que subraya el individualismo, exalta la riqueza material, idealiza la felicidad y se funda en la idea ilusoria de las elecciones correctas que supuestamente conducen al éxito y a la satisfacción. En el capitalismo neoliberal, la grosería se ha vuelto una constante de las relaciones en los lugares de trabajo. Con el ascenso de políticos populistas, ha anclado con fuerza también en la política. Recordemos que el presidente estadounidense Donald Trump se hizo antes famoso por la grosería que lanzaba en el show de televisión The Apprentice, al grito de “¡estás despedido!”. Este libro recorre la paleta de las distintas formas de grosería con las que nos enfrentamos de forma ostensible y velada en los últimos años. Sin embargo, con la grosería viene la rebelión. Por eso, el libro da cuenta también de las formas en que las personas hacen frente a las atrocidades del capitalismo, devuelven la agresión política y luchan por cambios personales y sociales. (...)
La intención del libro no es que cerremos los ojos, nos agarremos la cabeza y digamos con desesperación: todo es un horror, todo está perdido. Al contrario, el análisis de los mecanismos visibles e invisibles de la grosería es una condición necesaria para la reflexión acerca de cómo es la sociedad en la que queremos vivir y para que cada uno de nosotros dé un paso hacia el cambio. Cuando la sociedad va en la dirección equivocada, está bien que estemos furiosos, porque solo así nos despertaremos de la apatía, y entonces no debemos olvidar el poder de la amabilidad. Aunque tan solo sea hacia los transeúntes ocasionales. (...)

EN EL PASADO, EL trabajo asalariado se entendía como algo indispensable para la supervivencia, como una forma de coerción y como algo que no le da placer al trabajador. Los trabajadores luchaban por aumentos de salario, por más derechos, más tiempo libre, por un mayor poder de decisión sobre las condiciones de trabajo y la distribución de ganancias. Hoy, cuando el precio del trabajo disminuye, cuando hay cada vez menos posibilidades de que los trabajadores se organicen y luchen por sus derechos, están cada vez más presionados por ver su trabajo como algo que les dé placer, a través de lo cual puedan expresarse y que les genere la sensación de ser muy creativos. (...)
La verdadera tragedia es que hoy están presionadas por buscar la felicidad y el placer a toda costa. Y en muchos casos esta presión desata un sentimiento de angustia, culpa y autoacusación por el fracaso. Hoy hablamos mucho de que las personas son cada vez más narcisistas. Pero el problema no es que de pronto se hayan vuelto narcisistas, sino que están bajo una suerte de presión por mostrarse narcisistas. Las personas deben probar sin pausa que son especiales, que son ambiciosas, que tienen grandes objetivos y que harán algo excepcional de su vida. (...)



En su libro El poder del pensamiento positivo, el gurú motivacional Norman Vincent Peale, quien fue una gran influencia para Donald Trump, subraya que si queremos tener éxito siempre debemos crear la imagen del éxito, aunque las cosas vayan mal. Es imprescindible exagerar un poco para formar nuestra imagen como la de alguien exitoso. Hace ya décadas, Trump parecería haberse tomado los consejos de este consultor motivacional muy en serio, por eso siempre habla con superlativos, exagera mucho cuando describe su fortuna, dice que hay sol en un día de lluvia, se refiere a un gran público cuando hubo un pequeño grupo de espectadores en su jura presidencial y así sucesivamente. En su libro The Wellness Syndrom. [El síndrome del bienestar], Carl Cederström y André Spicer analizan las distintas y nuevas formas del narcisismo que se observan en la sociedad neoliberal. Asocian el nuevo fenómeno del narcisismo del bienestar, en el que las personas construyen su imagen alrededor de la idea de una vida saludable, con la presión de ser lo más productivos que podamos en nuestro puesto de trabajo y lo más activos que podamos en la formación de una figura de trabajador saludable, con buen estado físico, que en esencia ya no distingue entre su tiempo laboral y privado. Un Narciso semejante, por ejemplo, envía a sus contactos fotografías de la comida saludable que ha preparado, se fotografía en el gimnasio, aparece por la mañana en el trabajo con accesorios deportivos, compra productos sin gluten y los así llamados superalimentos, de vez en cuando hace un tratamiento de limpieza del cuerpo, usa todo tipo de aplicaciones para medir el ritmo cardiaco, los pasos que da, los minutos de meditación… (...)

Los psicólogos que en los años setenta del siglo pasado escribían sobre el así llamado potencial humano fueron muy influyentes en la ideología de la felicidad; poco después la retomaron diversos oradores motivacionales y luego ancló en el mundo de los negocios. Ahora ha cobrado forma la ideología de que uno mismo es responsable por la propia infelicidad y por la pérdida del puesto de trabajo propio. La idea de que nosotros mismos somos culpables del fracaso y de que cada uno puede tener éxito con solo proponérselo está tan enraizada en la ideología neoliberal contemporánea que no sorprende que el político republicano estadounidense Paul Ryan haya declarado hace un tiempo que los pobres deben tener un entrenador para la vida (life-coach) para salir de la pobreza. Y Oprah Winfrey ha declarado en una de sus emisiones: “¡Cuando te despiden, debes agradecerlo!”. Resulta que solo al perder el puesto de trabajo se te abrirán las inconmensurables posibilidades de un nuevo comienzo. Se bombardea sin pausa a los desocupados con ideas de que deben saber venderse, desarrollar su potencial oculto y cosas parecidas. Y cuando no consiguen encontrar trabajo, la culpa es por supuesto de ellos mismos. La película Yo, Daniel Blake expone con excepcional sensibilidad todo el absurdo de esta ideología y la burocracia que abreva en ella, y el costo humano que pagan los desocupados. Están atrapados en una cruel maquinaria de empleos que enseñan a los desocupados cómo redactar el mejor curriculum vitae, cómo ofrecerse para un puesto de trabajo y cómo mantener en el intento el optimismo en relación con el resultado. A la vez, se advierte a los pobres que la felicidad no está asociada con el dinero, que deben encontrar placeres que no cuesten nada, buscar satisfacción en las pequeñas cosas. Eleanor Roosevelt dijo una vez: “Quien pierde dinero pierde mucho; quien pierde a un amigo pierde mucho más; quien pierde la fe lo pierde todo”. Hoy muchos han perdido la fe en Dios, pero la fe en los ideales neoliberales del éxito y la felicidad no. (...)



En 2018, ante la muerte de John McCain, el periodista estadounidense Frank Bruni escribió que la mayoría de los obituarios sobre el político giraban en torno a la relación personal con McCain o con miembros de su familia; y los que no podían presumir de eso describían sus propias sensaciones ante la noticia de la muerte de McCain. Bruni se preguntaba si en tiempos de narcisismo es posible decir siquiera una sola cosa bella sobre el difunto sin que sea en realidad un autoelogio para quien lo pronuncia. (...)

El discurso de la grandiosidad alcanzó particular fuerza en Estados Unidos con la elección de Donald Trump. Su lema es nada menos que Make America Great Agai. [Hagamos a América grande otra vez], y además sus declaraciones están llenas de autoelogios por ser el mejor y más exitoso mientras sus adversarios son unos fracasados e ineptos. El discurso de la grandiosidad que encarna este presidente es la culminación de un discurso que opera desde hace bastante tiempo en el espacio público estadounidense. (...)

La proliferación de la grandiosidad ha ocurrido en asociación con la desmesura del consumo, y hoy permea distintos campos, desde la escolaridad hasta la vida pública y privada. En la educación, llega a la inflación de calificaciones, diversas competiciones por el título del mejor docente, el más rápido o el más divertido. (Recordemos por caso que los niños reciben un diploma al terminar la escuela primaria). Diversas formas del marketing en red capitalizan que las personas se esfuercen por obtener el título de vendedor top. Hasta cuando escribimos alguna calificación en los sitios web como TripAdvisor recibimos información sobre el nivel que hemos alcanzado, y cuando reservamos hotel varias veces en alguno de los sitios web recibimos el título adulador de viajero frecuente o alguna distinción de fidelidad. El consumo actual reviste de glamour a cosas comunes y corrientes, premia a los compradores con diversos puntos, estrellitas, les da títulos que suenan bien como “supercliente”. Las empresas también otorgan títulos rimbombantes a sus empleados, y dan a sus tareas nombres que suenan bien. Una secretaria, que en los nuevos términos es una asistente de gerencia, o una encargada de limpieza, que en el futuro probablemente será nombrada gerente de limpieza, no recibe, en general, con el nuevo título, un aumento de sueldo. La grandiosidad está muy asociada a la ideología “el ganador se lo lleva todo”, que desde hace algún tiempo domina en el capitalismo contemporáneo. (....)

La ideología del ganador es potente también en los cambios de terminología en el mundo de los negocios. Startup significaba en los viejos tiempos simplemente una empresa. Pero si hoy decimos que hemos fundado una empresa, no tendrá la carga de grandiosidad que sí tiene una startup, es decir, la puesta en marcha de una empresa. ¿Y hacia dónde vamos a poner en marcha la empresa? Hacia las altas esferas del capital, por supuesto. (...)






La manipulación de las emociones que se ve hoy en la propaganda política está cada vez más relacionada con la manipulación que las personas experimentan a través de las redes sociales. En su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, Jaron Lanier llama a Facebook y a Google “imperios de la manipulación del comportamiento”, que polarizan a la sociedad con sus herramientas de marketing, destruyen el debate democrático y transforman a las personas en “idiotas”. Antes de su caída, Cambridge Analytica se jactaba de analizar con eficacia a través de sus algoritmos las características personales de los usuarios de Facebook y de cambiar sus opiniones con la manipulación de las emociones. A pesar de la indignación por su funcionamiento, hoy aparecen nuevas empresas que continúan con estas prácticas. La premisa de que se puede manipular a los demás con tan solo tener suficientes conocimientos (...).

En un foro mundial de artistas del pick-up, uno de los grupos australianos se anuncia con este texto: “Unite a nosotros si querés tener las manos en la mujer y no tanto en el teclado de la computadora. Unite a nosotros y haceles un regalo a las mujeres de Sydney: vos mismo. De lo contrario, podés seguir masturbándote mirando pornografía”. Miembros italianos del movimiento dicen que quieren vivir como estrellas de rock porque se lo merecen. Subrayan que las mujeres tienen maridos muy aburridos y están a la espera de hombres como ellos. Los extranjeros que enseñan técnicas de conquista en Eslovenia a través de sus blogs dicen que enseñarán a los locales las bases de la biología evolutiva que los ayudará a seducir y las técnicas del pick-up adaptadas a las mujeres eslovenas. Los expertos del pick-up que desembarcan en Eslovenia describen a las eslovenas en sus blogs como funk-tastic, algunos les dan 3,75 puntos de un total de 5; dicen que son mejores que las croatas, pero peores que las serbias. Así como TripAdvisor aconseja qué ver en cada ciudad, los foros internacionales de la industria de la seducción reproducen experiencias y puntuaciones asociadas a las vivencias con las mujeres de los distintos países. (....)

La idea del éxito, que en el neoliberalismo está muy asociada al éxito económico, ha transformado de manera drástica la educación. El sentido de la escuela ya no es que una persona joven adquiera habilidades y conocimientos, sino sobre todo que la educación le permita el éxito económico. En una de las mayores universidades británicas, por ejemplo, cerraron las carreras de arte porque los análisis económicos demostraron que el graduado promedio de esas carreras gana menos en el largo plazo que alguien que no tiene estudios en absoluto. La carta abierta de un profesor británico de cirugía nos permite deducir que estas decisiones orientadas a lo económico pueden ser perjudiciales para la sociedad en el largo plazo; el profesor advierte sobre el hecho de que los especialistas en cirugía de nuestros días carecen de habilidad manual porque durante su crecimiento han tenido escaso contacto con el arte. En lugar de dibujar, hacer cerámica o distraerse con otras actividades manuales, los jóvenes cambian con un solo gesto las páginas de sus teléfonos inteligentes. Todo esto también afecta el hecho de que después no son diestros para coser heridas ni tienen otras habilidades quirúrgicas por el estilo. (...)
El perfeccionismo ha marcado en especial la relación parental. En efecto, se considera que con la crianza podemos influir en forma inmediata en lo que logren nuestros hijos. Y si a los hijos no les va demasiado bien en la vida, la culpa es de los padres. El problema de la exigencia de criar hijos perfectos no es solo que bajo el peso de la presión colapsan los hijos, sino que también los padres están cada vez más llenos de ansiedades. Los estadounidenses han advertido que en las últimas décadas aumenta el trabajo que los padres, y en especial las madres, realizan en la casa. Cada vez dedican más horas a trabajar con los niños en lo que supuestamente les abrirá las puertas a un futuro exitoso. Y además de tiempo se dedica una importante suma de dinero. Entre ricos y pobres aumenta así la diferencia entre las actividades pagas por fuera de la escuela que los padres les ofrecen a sus hijos. Esta parentalidad intensiva, que se expresa en el incesante control de los padres sobre los hijos, en un constante enseñarles y llevarlos de aquí para allá, comenzó en la década de 1990. Entonces lo hacían sobre todo los padres de la clase alta. Hoy lo hacen también cada vez más los padres más pobres; aunque no pueden permitirse todas esas actividades pagas, esperan que ocuparse en forma intensiva de los hijos haga posible que asciendan a una clase económica superior. La parentalidad intensiva está muy asociada con la ansiedad económica. (...)

El aumento de ansiedades asociadas con el perfeccionismo también está ligado a las nuevas redes sociales. Algunos hablan de la angustia de Twitter, Facebook e Instagram. La exigencia de autopromoción a través de esas redes, el diseño de sí mismo como una marca de producto, se asocia a que el individuo debe ofrecer su imagen más atractiva. En las redes sociales hay que mostrar la vida más perfecta posible y en especial presumir con símbolos materiales y de estatus social. Y como hay que tener cada vez más seguidores, aumenta la ansiedad asociada con el estatus del individuo en relación con el número de vistas y “Me gusta” en las redes sociales. Los psicólogos han investigado la influencia del uso de Facebook e Instagram en la autopercepción del individuo. No sorprende que las personas tengan una sensación cada vez mayor de insatisfacción consigo mismas si observan imágenes de otros de quienes piensan que son mucho más atractivos y cuyas vidas parecen más exitosas que las propias. Aunque las personas saben que los otros publican fotografías retocadas, que están lejos de como son en realidad, esto no merma los sentimientos negativos sobre sus propios cuerpos. La paradoja es que no importa de dónde vienen las imágenes de perfección. En la investigación, cuando las mujeres observaron imágenes de personas famosas atractivas y de aquellas a quienes conocían personalmente, no hubo diferencia sobre cómo se autopercibían. Se sintieron igual de mal al compararse con las fotografías de otras personas, independientemente de si se trataba de conocidos o de personas que solo conocían a través de los medios. La insatisfacción de las personas con su propia imagen fue mayor entre quienes publicaban sus propias fotografías en las redes sociales. Estos últimos estaban más disconformes con su propia imagen que los que solo miraban fotos de otros en las redes sociales. (...)

La pandemia nos condujo a un deterioro general de la salud mental. El aislamiento, el miedo a la enfermedad y la muerte y la confrontación con variadas pérdidas han llevado al aumento de la depresión y la angustia. Los docentes advierten sobre una verdadera pandemia de problemas de este tipo entre los niños. Con el aumento de los trastornos mentales se ha formado una paradoja: se ha empezado a hablar más abiertamente de estos problemas, pero casi nada se modificó en el acceso a la ayuda a las personas que los padecen. Las personas ya no se avergüenzan de admitir que tienen problemas, pero les resulta muy difícil recibir ayuda profesional para su tratamiento. Deportistas como Simone Biles, Naomi Osaka y Serena Williams, que han hablado públicamente sobre sus problemas con la ansiedad y las expectativas desmedidas del público, han contribuido a la mayor sensibilidad de la opinión pública sobre temas de salud mental. En Gran Bretaña advierten que muchos trabajadores ya no quieren asistir a sus lugares de trabajo, porque la pandemia les abrió los ojos y les hizo pensar sobre cómo quieren vivir la vida en el futuro. Desde hace algunas décadas, la ideología neoliberal nos persuade de que cualquiera puede alcanzar lo que sea si trabaja duro y sigue su objetivo con tesón. En esta ideología no hay lugar para la vulnerabilidad, y en especial no lo hay para la expresión pública de dudas sobre sí mismo. Fake it until you make i. [Fingí hasta que lo logres] resulta ser uno de los eslóganes que, se supone, ayuda a las personas a obtener el éxito. (...)

En una ideología que tanto ensalza el éxito, se dedica poca atención a preguntarse por qué aumenta tanto el número de personas que padecen trastornos mentales. La Organización Mundial de la Salud calcula que en el mundo hay más de trescientos millones de personas con depresión. Por causa de esta enfermedad, hay muchísimas personas que no pueden trabajar y más de ochocientas mil por año se suicidan, en especial en el mundo desarrollado. Mientras resulta claro que la salud mental influye mucho en la calidad de vida, la mayoría de los países en el mundo hace muy poco para mejorarla; en general, destinan un presupuesto muy escaso para la organización de la ayuda a personas que padecen problemas mentales. (...)

MALEDUCADOS
RENATA SALECI

Lo mejor de MANÍA (LIONEL SHRIVER)

 

–¿Y cómo van las cosas en la Voltaire? –preguntó Emory–. ¿Se portan bien tus críos? 
Me moría de ganas de hablar con ella sobre las tribulaciones que me producía dar clases de lengua y literatura inglesas incluso en la Universidad de Voltaire, una institución antaño prestigiosa, pero en ese momento me sentía cohibida. Si Roger estaba saliendo con Emory, prefería suponer que era uno de los nuestros, pero aún no había movido ficha y seguía siendo una incógnita. –Bueno, este otoño tenemos la primera tanda con admisión abierta a todo el mundo –contesté–. Algunos centros más conservadores, muy pocos, han resistido, pero está claro que a los exámenes estandarizados les quedan dos telediarios; todos esperan que el año que viene por estas fechas sean tan ilegales como los test de cociente intelectual. Y ahora que en primaria y secundaria han dejado de poner notas, en las universidades tampoco podrán ponerlas. La presunción..., o mejor dicho, la premisa aceptada es que todo el mundo tiene el mismo nivel... Por eso es inaceptable la idea de admitir a un candidato y a otro no. No sé a ciencia cierta si sacan los nombres de un sombrero o si van dejando entrar por orden de llegada, pero, sinceramente, no tiene sentido seguir disponiendo de una oficina de admisiones. Con un bedel basta y sobra: solo tiene que abrir la puerta. –Así ahorrarán, pues –dijo Emory. –Yo misma, cuando no conseguí entrar en la Voltaire, supongo que me sentí herida –dije–. Al mismo tiempo, en lo más hondo de mí sabía que en realidad no era... lo bastante buena para... Que no estaba lo bastante cualificada... Pero me habría encantado que me admitieran. Me pregunto si no estaremos negando a los jóvenes un rito de paso que puede ser estimulante. Esa carta en el buzón. Ese estallido de alegría, la sensación de ser una elegida, de haber dado la talla, de que te reconozcan y te alcen sobre el resto, el vértigo repentino de que te vean como alguien especial y creer por fin que quizá tengas un futuro. –Esa última parte la solté con mucho entusiasmo, de un tirón, pero después me contuve–: Solo quiero decir que entrar en la Voltaire, en Cornell, en Harvard... hoy ya no significa nada. Parece una pérdida. Una pérdida emocional, como mínimo. –Pero has dicho que te sentiste herida –señaló Roger–. Parece haber ahí una sensación de inferioridad por aquel rechazo, una sensación que aún no ha desaparecido... ¿cuánto, veinte años después? ¿No dirías que los jóvenes que han quedado devastados por esa carrera para entrar en la universidad son muchos más que los pocos «estimulados»? ¿No es ese, a nivel colectivo, un precio atroz, altísimo, a cambio de un par de subidones? (...)

–En cuanto a mi experiencia en clase este otoño –dije–, si solo fuera por la admisión abierta, sería... difícil..., todo un desafío, pero hay otra cosa que ha cambiado. –Estaba hartándome de tener que andar pisando huevos en mi propia casa, sobre todo después de pasarme varios días a la semana quitándome cáscaras de los pies al volver de la universidad, así que elevé un poquito el cociente de franqueza–. Los estudiantes, en especial los de primero, hacen gala de una pugnacidad inexplicable. No hay uno solo que no lleve uno de esos distintivos de Menos CI (escrito así: «-CI») que ahora se ven por todas partes, como aquellas chapas con smileys de cuando yo era niña. Como son casi obligatorios, no distinguen a los fanáticos de los estudiantes más pasivos que solo se dejan llevar por la corriente. Aun así, los incondicionales tienen maneras de hacerse notar. Escogen los pupitres de delante y se sientan ahí, fulminándome con la mirada, a menudo de brazos cruzados, retándome a que trate de enseñarles algo que no sepan, como si estuvieran seguros de que ya lo saben o, si no lo saben, seguros de que no vale la pena. Son engreídos y huraños. También muy susceptibles, y están siempre al acecho. Darwin me dijo que... ciertos estudiantes fardan de esa misma astucia depredadora incluso en primaria. Como si el propósito de ir a la universidad fuese poner a prueba al claustro y no a los estudiantes. –¿Tú sigues poniendo notas? –preguntó Emory. –Ahora todas las asignaturas se califican con aprobado o suspenso. Pero no durará. Hoy, que un profesor suspendiera a un alumno ya sería suicida. Se parecería a discriminar. Dios, ¿os acordáis de cuando discriminar podía tener también un sentido positivo? Así que todos aprobarán. La cosa es que ya no entiendo para qué sirve ir a la universidad. ¿No se supone que los estudiantes deben dominar todo un corpus de conocimientos, adquirir nuevas capacidades? No parece que piensen eso. ¿Qué estamos haciendo, entonces? ¿Voy a dar clase solo para entretenerlos? No se miran las lecturas obligatorias, lo cual no acarrea consecuencia alguna, lo cual a su vez da a entender que leer no es importante. La mitad del tiempo no me prestan atención, hablan entre ellos como si estuvieran en la cantina. Soy la primera en reconocer que decidí dar clases en la universidad porque era un trabajo tranquilo y relativamente poco exigente que me dejaba mucho tiempo libre, pero ahora se está poniendo muy muy duro. No sé qué hago ahí y me siento una... (...)

Esperando no poner a Darwin en un aprieto, conté los detalles de su expulsión del colegio esa tarde. –Bueno, ¿cuál es el veredicto? –me arriesgué a preguntar–. Sabemos que el chico llevaba esa camiseta puesta, sí, pero ¿puede ser «estúpida» una camiseta o no? –«Si tan listo eres, ¿por qué no eres listo?» –repitió Emory, mirándome con cierta cautela–. Suena más bien opaco. Tal vez signifique «Buena suerte aferrándote a una etiqueta anticuada ahora que ya no reconocemos esa categoría». –Muy rebuscado –dije–. Yo sigo apostando por estúpido. No estaba segura, pero me pareció ver que Roger daba un respingo. –Quizá, Darwin, como regla general –dijo–, convenga evitar ese lenguaje tan cargado. De esa manera, además de considerados, es probable que seamos más elocuentes. Los nombres feos para... para lo que ahora llamamos «procesamiento alternativo», un concepto que tal vez hayas oído mencionar a tus profesores..., bueno, tienden a ser vulgares e inexactos y revelan cierta pereza mental. Podrías haber dicho que el eslogan de la camiseta de tu amigo era «vago» o «extraño». O, como ha sugerido Emory, «opaco»..., en el sentido de difícil de entender. Puede que debas aplicarte y escoger adjetivos como esos, que aportan valor y contenido, más allá de ser meramente crueles. Estoy seguro de que tu intención no era herir los sentimientos de tu amigo, pero cuando uno emplea palabras que también pueden usarse como injurias, aunque solo esté refiriéndose a una camiseta, corre el riesgo de que le interpreten mal. Tanta ejemplaridad empezaba a hacer mella en el ambiente, como un bajón de la presión atmosférica. Si Roger solo estaba cediendo a las sensibilidades del momento para protegerse, resultaba sospechosamente convincente. (...)




–Hace un par de años –dijo Darwin– podría haber llamado a Stevie... esa misma palabra y él tal vez me hubiese pegado un mamporro. Es posible que la profesora nos hubiera dicho que nos esforzáramos más por llevarnos bien, pero nunca me habrían mandado al despacho del director. Nadie habría llamado a mi mamá para que fuese a recogerme. Quiero saber qué ha cambiado, por qué ya no nos ponen exámenes. Yo siempre aprobaba. –A veces los adultos nos juntamos –dijo Roger– y decidimos que a partir de ese momento haremos las cosas de otra manera. Encontramos un modo mejor de pensar en las cosas. –O peor –señalé–. Algo de historia sí estudian, ¿sabes? Hasta en primaria. –Oye, colega –dijo Wade, dirigiéndose a Darwin–, nuestro amigo Roger está complicando demasiado las cosas. No uses esa palabra y punto. –Porque si la uso tendré problemas –concluyó Darwin. –Sip. Y tampoco uses otro montón de palabras, ya sabes cuáles. No vale la pena. –Entonces, ¿cómo se supone que nuestro hijo tiene que llamar a algo que es manifiestamente estúúúúpido? –estallé–. ¿«Oh, qué procesamiento tan alternativo»? –No tiene por qué llamarlo nada –dijo Wade–. No hace ninguna falta buscarse problemas sin necesidad..., Pearson–. Rara vez me llamaba por mi nombre; cuando lo hacía, era porque quería ser mordaz. –Estoy en mi casa, con mi familia –dije–. No estoy obligada a cuidar mi lenguaje. (...)

Empezó siendo un sistema nepotista y ahora es peor: descaradamente arbitrario y con unas ínfulas tremendas de superioridad moral. 
–Vamos, Pearson –dijo Emory–. Tienes que reconocer que como estrategia de comunicación fue pésima. A los estadounidenses modernos no les parecieron unos audaces revolucionarios, sino reductos de derechas que intentaban llevar a su país de vuelta a la brutal moralidad del pasado. Como esas pancartas en la plaza Tahrir... «¡Que vuelva el mérito!» «Mubarak es un...» Bueno, digamos que empieza por sub y acaba con mal. No sé por qué escribieron esas pancartas en inglés. Alejaron sin remedio a todo su público occidental. 
–¿Sabéis la única protesta eficaz? –terció Roger–: ocupar el centro de Nueva York. En la acampada del parque Zuccotti no solo hay cada vez más gente, sino que el movimiento se está propagando ya a otras ciudades y hasta se está haciendo internacional. Me encantaría tener los derechos del «¡Somos el 99%!». La de «Si tan listo eres» no sé, pero esa camiseta sí dará que hablar. La protesta que había empezado el mes anterior la había desencadenado en parte la crisis financiera de 2008, pero lo que de veras había dado alas al movimiento habían sido unos estudios nuevos según los cuales el cincuenta y ocho por ciento de la riqueza de Norteamérica estaba en manos de personas con un cociente intelectual «percibido» superior a 135, es decir, solo un uno por ciento de la población. –No confío en esa estadística –dije, y tomé otro trago de vino, aunque no me convenía nada seguir desinhibiéndome–. Mi experiencia me dice que los inteligentes hacen montones de sandeces, y eso incluye tomar decisiones financieras nefastas, como todos los demás. Roger, con gesto afligido y deliberada parsimonia, dejó la cuchara del helado en la mesa. 
–Además –proseguí–, ¿y ese nuevo libro, La brecha salarial cognitiva, que también sostiene que es la inteligencia «percibida» lo que explica de manera abrumadora la disparidad de ingresos? Me parece escandaloso que el autor niegue la discriminación por raza, sexo y orientación sexual. En el fondo, está cometiendo un error categorial. La discriminación racial no solo es real: también es una verdadera injusticia. El color de la piel no tiene nada que ver con la capacidad, pero la razón por la que nadie contrata a un tonto para un trabajo intelectual exigente es que no puede hacerlo. (...)

–Disculpa. –Roger apoyó las palmas de las manos en los muslos a la vez que perforaba la mesa con la mirada–. He tratado de reservarme mis opiniones porque soy consciente de que estoy en tu casa y no quiero pasarme de rosca, pero estoy empezando a sentirme cómplice y temo que no podré seguir sentado en silencio oyendo una calumnia tras otra sin objetar nada. Aunque solo sea por hacerme un favor, Pearson, te pediría que moderases el discurso del odio. 
–¿Qué? ¿Es porque he dicho «tonto»? Perdón, pero lo de «la palabra con T» no me sirve como eufemismo porque..., quizá por ese sonido tan onomatopéyico que tiene la te, puede referirse a demasiadas palabras: «tarado», «tontaina», «tarugo»... 
–¡Basta! –gritó Roger–. Mira, nada más llegar he sospechado que albergas una sutil hostilidad contra la Paridad Mental... 
–Sutil no. Una hostilidad abierta. 
–Que podemos debatir con tolerancia y respeto, pero solo si dejas de usar un lenguaje ofensivo. 
–¿Es algo personal? –pregunté–. ¿Te han bombardeado con palabras de esas impronunciables que empiezan por te?
 –No. La verdad es que no –dijo Roger, visiblemente avergonzado. Me sorprendí. Era de rigor hacer públicas las muchas ocasiones en que compañeros de clase o colegas te habían tildado de memo, así como afirmar que el trauma había atrofiado para siempre tu psique y truncado tus perspectivas. Si sacabas la carta de aquella vez, siquiera una, que te llamaron mentecato te ibas de rositas. 
–Yo, igual que Emory –siguió diciendo Roger–, me beneficié de la educación selectiva que se ha convertido, con toda razón, en anatema, pues en realidad no era más «dotado» que nadie. Creo que la responsabilidad de enmendar el sistema recae sobre todo en los que nos hemos aprovechado de esa asquerosa estratificación. 
–¿No significaría eso que sigues teniendo el control? –repliqué–. «Enmendar el sistema» significa más de una cosa. Lo que me asombra de ese movimiento es que ha sido la intelligentsia la que se ha puesto al frente de la cruzada. (...)

O Anders Breivik, que se ha convertido en un auténtico icono mundial, una cause célèbre, y todo por ese absurdo manifiesto en el que se lamenta de las burlas que ha sufrido por tener..., ¿cómo debería decir esto, Roger?, una inteligencia no especialmente espectacular. Al pobrecillo lo rechazaron incluso las fuerzas armadas noruegas, algo que dice mucho, y todo bueno, de esos militares. Así que si mató a sesenta y nueve jóvenes en esa isla fue solo por una envidia comprensible y por un íntimo dolor, porque a todos esos chicos los consideraban «líderes prometedores del futuro», mientras que nadie cometió nunca el error de calificarlo a él de «prometedor». Si le hubieran diagnosticado un peligroso trastorno de personalidad narcisista y antisocial, al menos lo habrían tenido encerrado y aislado en un manicomio durante años. ¡Pero no! Lo más seguro es que se libre con un tirón de orejas porque, por el contrario, el psiquiatra que ha designado el tribunal le diagnosticó un doloroso trauma por el rechazo sufrido desde la niñez, y con razón, por ser un pedazo de idiota. 
–Vale, se acabó –dijo Roger, poniéndose en pie y abandonando su derretido helado de chocolate con almendras–. ¿Emory? Creo que deberíamos irnos. No puedo quedarme callado y aprobar con mi silencio este frenesí de fanatismo y fanfarronadas. Yo habría dado por sentado que, después de ponerse en ridículo con semejante numerito, Emory rompería con él y se quedaría en casa. Mi amiga y yo abriríamos otra botella y nos reiríamos sin piedad de todas las efes de su mojigata cacofonía. Pero no, tuve que contemplar, incrédula, cómo mi mejor amiga también se levantaba de la mesa. (...)

MANÍA
(Lionel Shriver)