jueves, 24 de septiembre de 2026

Lo mejor de LAS INVASIONES BÁRBARAS: UN VIAJE POR LAS CRISIS QUE ESTÁN SACUDIENDO EL MUNDO (Claudi Pérez)



Era el mejor de los tiempos y todas las familias felices se parecían; era el peor de los tiempos y las familias infelices lo eran cada una a su manera. ¿Por dónde demonios se empieza? ¿Tal vez por definir los contornos del siglo que nos atraviesa, el mejor y el peor de todos ellos, la era de la luz y las tinieblas? ¿Acaso son maleables, son flexibles los siglos? Los intelectuales tienden a estirarlos o recortarlos a su antojo para tratar de clavar a martillazos sus narrativas en la perfecta aeronave de la Historia. El historiador marxista Eric Hobsbawm sostiene que el siglo XX corto empieza en 1914, con la Primera Guerra Mundial, y acaba en 1991, con el colapso de la Unión Soviética. El largo siglo XX arranca con las primeras etapas de la globalización, en las décadas finales del XIX, y se cierra con el estallido de la Gran Recesión en 2008, que puso el mundo patas arriba y dislocó el matrimonio que formaban democracia y capitalismo. Hay incluso un siglo americano, que estaría tocando a su fin con inusitada brusquedad. Paparruchas: un siglo es un siglo: unas 876.000 horas, hora arriba hora abajo. El XX consiguió la proeza de ser el más próspero y a la vez el más bárbaro de todos ellos. Y el XXI, que promete tantísimo, arrancó en tromba y empezó exactamente cuando tocaba: en 2001, una odisea del espacio, con aquellos aviones ensartándose como cuchillos en las Torres Gemelas de Nueva York. Después del 11-S, la hegemonía de Estados Unidos logró resistir, pero el gran relato estadounidense —la gran novela geopolítica americana— quedó pulverizado a los pies de las torres. Y eso no es todo. Si alguna vez en la vida hay que citar a Lenin, esta es la ocasión: hay años, como ese 2001, que parecen décadas. (...)

Junto con aquel atentado que vimos en directo por televisión, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, otro clavo en el ataúd de la hegemonía de Estados Unidos. Y aún dos clavos más para las pompas fúnebres barraestrelladas: estalló el caso Enron, símbolo de la quiebra de un capitalismo fuera de control y premonición del crash de Lehman Brothers, y Washington se retiró del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, crucial para la disuasión nuclear. El declive del imperio americano, que es el del orden liberal internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial (que en realidad no era ni tan orden ni tan liberal ni tan internacional), estaba servido. Y no ha dejado de coger velocidad desde entonces a lo largo y ancho de este primer cuarto de siglo loco, loco, loco. Era el mejor de los tiempos y todas las familias felices se parecían; era el peor de los tiempos y las familias infelices lo eran cada una a su manera: eso es un «érase una vez». Algunas de las ideas más revolucionarias de nuestro tiempo empiezan con un «érase una vez». (...)



A caballo entre el siglo pasado y el actual, el rey de Bután, un pequeño país escondido entre la India y China —en los confines del mundo, decíamos antes, aunque ahora ese va camino de ser el centro y nosotros, los confines—, declaró que el objetivo oficial del Estado era conseguir el nivel más elevado posible de felicidad nacional bruta; sea lo que sea eso. Al poco cometió un error imperdonable: eliminó la prohibición de tener televisores en casa. También había prohibido los cigarrillos; por alguna razón eso no lo tocó. El magnate Rupert Murdoch —«nunca perderás dinero si menosprecias la inteligencia del público»—, que tiene a sueldo al expresidente José María Aznar y una colección de periódicos, radios y cadenas de televisión que amarillean más que las hojas en otoño, proporcionó enseguida medio centenar de canales. Y así los incautos butaneses vieron las maravillas de las que disfrutamos a diario el resto de los mortales, según una crónica del economista francés Daniel Cohen. Eso incluye la cuota habitual de sexo, violencia, publicidad, teleseries romanticoides, fútbol y telediarios estridentes, todo lo imprescindible para la vida moderna. Los divorcios, la criminalidad y el consumo de drogas aumentaron exponencialmente. (...)


En una película francocanadiense de 2003 que da título a este ensayo con forma de paseo aleatorio por el primer cuarto del siglo XXI aparece un sociólogo analizando la caída de las Torres Gemelas, con las imágenes del segundo avión acabando de arruinar el skyline de Nueva York. «¿Qué hubo, tres mil muertos? Históricamente la cifra es insignificante, pero sí resulta revelador que los terroristas se atrevieran con el corazón del imperio. En los conflictos anteriores —Corea, Vietnam, la guerra del Golfo— el imperio mantuvo a los bárbaros lejos de sus fronteras. En ese sentido, quizá recordemos el 11-S como el inicio de las  (.grandes invasiones bárbaras». Esa película, Las invasiones bárbaras, era la secuela de El declive del imperio americano, y fue sucedida, a su vez, por La edad de la ignorancia: esos tres títulos son, por sí mismos, un tratado de filosofía y una síntesis exacta del siglo que habitamos. (...)


Hay tres maneras de mirar hacia el futuro e imaginar escenarios plausibles. Una de ellas es estudiar historia. Las otras dos son estudiar historia y estudiar historia. Pero la historia es correosa: es un género literario disfrazado de otra cosa. La verdad histórica es a menudo una fábula aceptada, como la descripción de Waterloo de Stendhal. Dos waterloos modernos: los chinos llaman a la Gran Recesión «crisis occidental»; los estadounidenses se refieren a la covid como un «virus chino». La trampa de Tucídides en versión Estados Unidos-China: la potencia emergente provoca temor en el hegemón y la cosa suele acabar como el rosario de la aurora, tal como sucedió entre Atenas y Esparta cuando el centro del mundo era el Mediterráneo, ese mar de color de vino. En este caso hay que decir que cada vez está menos claro quién es Atenas y quién Esparta. Pero en el Pacífico se escucha ya ese rumor como de batalla antigua que llega del fondo del mar, en dirección a Oriente. Esa cruzada —ese Mälstrom— está llamada a definir el próximo cuarto de siglo. Puede que incluso más. Hasta el infinito y más allá. (...)



El final de los imperios es como la irrupción de una crisis: no se ve venir, no se vislumbra, o a lo mejor va asomando la cabeza por el quicio de la puerta a cámara superlenta hasta que de repente, ¡zas!, la caída se precipita con tremendo estrépito, como aquel acelerón de Diego Maradona esquivando patadas de los ingleses. Esta vez estamos viendo una sucesión de crisis turbopropulsada, una crisis infinita que toca todos los palos: bancaria-financiera-fiscal-del euro-migratoria-Brexit-pandemia-proteccionismo-populismos-guerras y demás declinaciones del caos. Se va metamorfoseando. La última mutación, como el Gregor Samsa de Kafka, ha adoptado la forma de una cucaracha naranja, o de un escarabajo anaranjado, un bicho monstruoso capaz de convertir el orden global en una bola de estiércol. El trumpismo sería así una suerte de residuo, de arcada de la Gran Recesión, cuyas cicatrices siguen en carne viva. Había y hay un empacho de deuda. Persiste una financiarización aguda —una sobredosis de todo lo que tiene que ver con las finanzas, que todo lo empapan: el capitalismo tiene una macrocefalia financiera preocupante— que supone un riesgo enorme. La desigualdad sigue siendo la enfermedad económica definitoria de esta época. La hegemonía de las tecnológicas no deja de crecer y de asustar. Puede decirse sin exagerar demasiado que casi todas las plagas bíblicas de los últimos años, que no son pocas, están relacionadas con aquella sacudida tremenda de 2008. Desde la Antigüedad clásica, toda gran crisis económica mal gestionada acaba dejando como legado un estallido político y social. De vez en cuando se lleva por delante un imperio y ve emerger uno nuevo. Pero si cabe la literatura comparada en este asunto, hay que decir que la Gran Recesión no tuvo el impacto devastador de la Gran Depresión de 1929, con sus fascismos y su guerra total. Que tal vez las consecuencias del Brexit no fueran para tanto. Y, más recientemente, que la covid (provocada por «un virus banal y de escasa calidad», según el escritor Michel Houellebecq) no dejó ni de lejos la huella mortífera de la gripe española. A los reverendos Malthus de la vida, a los milenaristas, a los tarotistas del «esto acabará mal» y a quienes relatan el Apocalipsis con estupefaciente impavidez hay que ponerles una foto de Trump al lado de la de aquel señor bajito con bigote charlotesco que hace casi cien años ganó unas elecciones en Alemania con poco más del 35 por ciento de los votos. Hay que decirles que en solo unos años centenares de millones de hombres, mujeres y niños han salido de la extrema pobreza, y que hay más gente que nunca en ese cajón de sastre al que llamamos clase media. Y sobre todo hay que recordarles que somos la gente más saludable, rica y longeva de la historia. Uno de cada tres niños nacidos hoy en el mundo mal llamado desarrollado vivirá más de cien años. Ese dato bastaría para esgrimir un tenue optimismo ante las incontables amenazas que nos acechan: era el mejor de los mundos, era el peor de los mundos, con sus familias felices e infelices. Dickens y Tolstói en la cabalgata de las valkirias: el mundo es menos malo de lo que parece, parafraseando la vieja visión sobre Wagner, que venía a decir que su música era mejor de lo que sonaba. (...)



Es verdad que cada vez estamos más asustados; esa es una de la grandes paradojas de nuestro tiempo. Hemos entrado en una nueva era de temor, escribía el historiador Tony Judt allá por 2005. Nos adentramos en una era de desorden, de incertidumbre. La historia enseña que ninguna libertad y ningún derecho están destinados a mantenerse para siempre: menos aún con esa mezcla de temor, desorden e incertidumbre flotando en el aire viciado de la geopolítica, y todavía menos ante esa mutación del sistema que hemos bautizado como «capitalismo de la vigilancia», o «tecnocapitalismo depredador», con ese aire de feudalismo futurista que ofrecen media docena de empresas inmensas, mayores que Estados enteros, con un poder descomunal. Les hemos regalado nuestros datos y están fracturando con ellos nuestro mundo común sin ningún escrúpulo. La combinación del populismo depredador con los corsarios de la tecnología es la semilla de un nuevo poder que se afirma en medio del caos, y sustituye la diplomacia por la fuerza como única regla del juego. Por delante, además, el futuro va descubriendo el rostro amenazador de la crisis climática: eso sí que va a ser aire viciado, sin la tentación de la metáfora. Hay una política del Apocalipsis, un libreto que aplican a la perfección el trumpismo y las figuras autocrático-populistas, y que se basa en sembrar el caos y la destrucción para sacarle el máximo partido a ese desorden cósmico. La Escuela de Chicago lo tiene bien estudiado: se llama «capitalismo del desastre». Ahora el plan es elevarlo a geopolítica del desastre. (...)



Apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas: he colado esa frase en muchas crónicas en los últimos veinticinco años. Sigue viva y coleando. Bob Dylan lo cantó mejor: «El mundo que se avecina parece enfermo y hambriento y cansado y roto; parece que se muere, pero acaba de nacer». Auster lo escribió mucho mejor: «Parecía que el mundo estaba a punto de acabarse, pero no se acabó». Siempre, siempre Paul Auster. Un grafiti de Carlos Motta: «Me gustas cuando votas porque estás como ausente». Uno de los carteles de las protestas ciudadanas de 2011: «Vota a Godzilla: puestos a mandarlo todo al carajo, hagámoslo a lo grande». Una pintada, brillante y anónima, en una pared encalada de Lavagna, cerca de Génova: «Sei bella come il whatever it takes di Mario Draghi». Una pancarta en México: «Que se vayan los inútiles y que vuelvan los corruptos». Un lema del 15-M: «No es una crisis, es un ya no te quiero». Y una sábana pintarrajeada en unas protestas en Estambul, en la plaza Taksim, durante una reunión del FMI: «¿Es malo apostar, o solo perder?». Por casualidad acabé cayendo en que esa es una frase de Marlon Brando en Ellos y ellas. Ya puestos, para describir algunos episodios de los últimos tiempos prefiero otra del mismo Brando, río arriba, en Apocalypse Now: «El horror, el horror». (...)



La política actual es una ópera de Wagner con su abismo místico. O una suite de Siniestro Total. O a lo peor es una novela del citado Houellebecq pasada por la thermomix de Carl Schmitt, ideólogo del nazismo. La economía, tradicional coche escoba de la política, es un género arrítmico, casi jazzero, una expedición al horizonte, à la Jack Kerouac. Funciona a un ritmo imposible de bailar: despacio, más despacio, súbito pandemonio cuando llega la crisis. Frankenstein, Drácula y Jekyll y Hyde fueron publicados en tiempos de crisis por escritores en bancarrota; John Lanchester es hoy el novelista más dotado para la economía, con permiso de nuestro desaparecido Rafael Chirbes para la especialidad española, que consiste en entrelazar burbujas inmobiliarias y corruptelas como si fueran las cerezas de un cesto. 



Mucho antes, en Herzog, Saul Bellow capturó admirablemente una época de crisis. Scott Fitzgerald y Tom Wolfe supieron contar los años de excesos inmediatamente anteriores a una castaña mayúscula. «La economía se ha convertido en una ciencia amoral, como la electricidad, que no solo permite que haya luz, sino también la silla eléctrica», escribió el periodista alemán Frank Schirrmacher en uno de los ensayos más sugestivos de nuestro joven siglo, Ego. La tesis de Schirrmacher es que la teoría de juegos y las matemáticas han colonizado la economía, esa supuesta ciencia moral, o social, que nos seduce a base de ráfagas de pseudoempirismo y otras fantasías matematiformes. En las últimas décadas se ha desarrollado un modelo basado en el Homo economicus: un ser egoistón, individualista radical y egocéntrico. Empachado de algoritmos y dilemas del prisionero, nuestro Homo economicus parece capaz de explicarlo todo desde el Matrix de las montañas de Davos. La física teórica también ha demostrado que un elefante puede sostenerse en equilibrio sobre su cola encima de una margarita; los modelos económicos garantizaban al 99,9 por ciento que el crash de 1987 era imposible aun viviendo centenares de años, y que el patatús de 2008 solo podía darse una vez cada varios miles de millones de años, en una galaxia muy lejana. (...)


De ese ensueño nos despertamos de sopetón: «Hay un error en el modelo que determina cómo funciona el mundo», musitó en sede parlamentaria, con voz temblorosa, el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, cuando el castillo de naipes se vino abajo. Greenspan, admirador de la insufrible escritora Ayn Rand y apodado el Maestro por el ganador de un premio Pulitzer —Bob Woodward, interpretado por Robert Redford en Todos los hombres del presidente pero muchísimo más feo y menos carismático que Redford, lo siento pero alguien tenía que decirlo—, era el sumo sacerdote de los mercados perfectos y las expectativas racionales, esos dos cuentos de hadas de la economía finisecular. Ariel Rubinstein, uno de los padres de la teoría de juegos —la base intelectual de los mercados, desarrollada por esquizofrénicos y paranoides como Von Neuman y John Nash—, abomina de esa teoría en sus memorias. Friedrich Hayek, pensador interesantísimo convertido en una versión de cómic por la derecha política, vino a jubilarse a Europa entre otras cosas para poder cobrar una pensión. En plena Gran Crisis, el empresario y multimillonario turco-español Isak Andic, fundador de Mango fallecido en extrañas circunstancias, resumió el pensamiento económico de las élites en una frase redonda: «Los derechos se han acabado», relata Antonio Baños en Posteconomía. El Apocalipsis, en fin, y sus frustrados Nostradamus. El capitalismo tiene los siglos contados, pero necesita supervisión adulta; de lo contrario llegan las depresiones y los ultras, todo a la vez en todas partes. Algo así afirma John Cassidy en otro de los grandes libros de los últimos tiempos, Por qué quiebran los mercados.


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