ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


jueves, 19 de marzo de 2026

Lo mejor de LA CHICA MÁS LISTA QUE CONOZCO (Sara Barquinero)



Pensaron en ser aristotélicos, pero la moderación virtuosa les resultaba ajena a sus principios. Quisieron ser platónicos, pero algunos profesores del departamento de Clásicas de verdad leían griego, lo que lo convertía en una opción arriesgada para la pereza (además, en la Universidad a Distancia había un grupo de obsesos con los presocráticos de los que preferían separarse por inexactos, vagos, meapilas posmodernos sin sistema). El Medievo era para casi todos un vacío teórico, así que quedaba descartado, excepto para recordar a veces «la alegría de los cuerpos en pecado» con Foucault, en general cuando tocaba defender la pervivencia de la capilla en la facultad contra las quejas de los estudiantes: los cristianos sabían divertirse y conocían el perdón, no eran unos pelagatos. Spinoza no los terminaba de convencer, les gustaba sentirse irreductiblemente separados de la Totalidad y apenas ofrecía innovaciones al racionalismo cartesiano, por mucho que se empeñaran los seguidores de Deleuze o Negri. La política los asustaba, en general, a menos que fuera la de un liberal serio allá por el XVII o XVIII, si acaso el atractivo perverso de Carl Schmitt. Ser kantianos era la opción obvia, pero resultaba incómodo aceptar que cualquier imbécil podía ser un fin en sí mismo; Hegel, muy complicado más allá de invocarlo con o contra Marx; Nietzsche, demasiado mainstream y adolescente como para permitirles ser pedantes. (...)

Nunca se les ocurrió estudiar en serio a una mujer. Tras mucho pensarlo, se decantaron por Sartre, un filósofo que era sencillo asociar con el vicio, el drama existencial, la literatura que se recita con teatralidad en un despacho cerrado. Además, estaba pasado de moda, eterno ausente de los discursos contemporáneos, lo que les permitía seguir cultivando su natural predilección por la palabrería y la pereza. Durante su último curso, a Alicia le gustaba imaginárselo así, como una reflexión ordenada de todos los profesores en torno a la mesa de caoba de la Junta de Facultad: ¿con qué teoría nos levantaremos a más jovencitas? Pero es un error acusar a la crueldad de lo que puede atribuirse a la idiotez: disputas personales achacadas a mínimas diferencias teóricas, tomas de partido por un postulado u otro con tal de rascar migajas de financiación estatal, renuncias a criticar a un compañero vicioso para asegurar un futuro puesto a un doctorando del equipo. A menudo ni siquiera operaba la maldad auténtica, solo el ejercicio de la mera costumbre, que, por más que hubieran estudiado, aún no distinguían del todo de la maltratada Ley Moral. «Vanidad», «inseguridad», «codicia» o «dinero» son palabras que no se pronuncian en una facultad de Humanidades, al menos en lo que a uno mismo se refiere: es mejor acusar al otro departamento de ser un pésimo intérprete de Sartre que estallar en una pataleta porque el propio haya recibido menos horas docentes en el máster de Ciencia de las Religiones. (...)



Alicia apenas daba problemas: sacaba casi todos sus libros de la biblioteca, solo pedía caprichos en Navidad, siempre obtenía las mejores calificaciones, no salía de noche. Sus únicos actos de rebeldía adolescente habían sido tiernos, insulsos: hacer amigos por internet cuando se lo tenían prohibido, leer o ver películas en el ordenador mientras el resto dormía, pintarse una feroz raya en el ojo durante un par de cursos de la ESO, robar algún colgante en el Claire’s. Si algo les preocupaba a sus padres era que se estuviese perdiendo la alegría de la juventud igual que se había perdido la alegría de la infancia; y eso era motivo para dejar que se marchase, no para retenerla. La gran batalla, en todo caso, fue que escogiera Filosofía cuando sus notas le habrían permitido ser, por ejemplo, abogada. Cuando acabó el verano, la llevaron a casa de la hermana de su padre, comieron juntos y se marcharon tras media hora de consejos y lagrimeos. Madrid y sus peligros los aterrorizaban, por mucho que confiasen en Alicia. Aunque entendían su juvenil deseo de independizarse, les resultaba inconcebible que alguien quisiese vivir ahí y no en un sitio más tranquilo. Su disparidad, en el fondo, era motivo para pensar que a su hija le iría bien, se consolaron de regreso a Valladolid. No sabían a quién había salido, desde luego no a ellos. Los únicos libros que había en casa antes de que la niña naciera eran una enciclopedia Sopena y algún ejemplar de bolsillo de Agatha Christie o Corín Tellado, pero, desde que cumplió los seis años, Alicia siempre había pedido literatura: primero una Odisea infantil y sagas de fantasía romántica, luego ejemplares de Jane Austen, El guardián entre el centeno, 1984, Palahniuk, Vonnegut, Hesse, Baudelaire. Prefería estar en casa con el ordenador que «moceando», como decía su madre... O tal vez a nadie le interesaba mocear con ella y por eso siempre parecía taciturna y al borde del desmayo. Era hija única, así que podían fingir que no sabían muy bien qué hacían las chicas de su edad, si bien una plétora de primas y vecinas daba fe de que su comportamiento era más bien raro. «Seguro que aquí estarás genial», se despidió su madre; «come», su padre; y Alicia sintió cierto alivio cuando vio el Renault azul alejarse por la carretera. (...)

Cristina, Sebastián y Daniel (esos eran los nombres de los chicos, el bajito y el del moño, respectivamente) se sentaban en la última fila y, aunque acudían a tomarse una cerveza con los demás todos los jueves, apenas se mezclaban con el resto. Solían levantar la mano para opinar cada vez que se abría debate, en el que con frecuencia solo participaban ellos tres. Cristina era un animal académico: sus padres eran catedráticos, él de Filosofía, pero en otra universidad; ella de Historia del Arte, en la misma en la que su hija estudiaba. Desde el primer día le contó a quien quisiese escucharlo que iba a hacer un doctorado, solo quedaba decidir en qué. Había leído todos los libros que una debía leerse (o eso decía) y visitado el Museo del Prado cada domingo desde que tenía memoria; era capaz de hacer referencias casuales a sinfonías clásicas o a la filmografía de Fellini de tal forma que hacía consciente a Alicia de su propia incultura. En su clase de Valladolid, Alicia había sido «la lista» sin disputa, la única en todo su curso que veía «películas raras» o sabía quién era Sylvia Plath. Al mudarse a Madrid esperaba o bien rodearse de gente como ella (y deseosa de ser su amiga) o bien mantener su posición; desde luego no convertirse en una más, en una ignorante. Estaba acostumbrada a pensar en sí misma como Hermione Granger, Lisa Simpson, Rory Gilmore, no un personaje secundario que no daba la talla... aunque lo cierto era que había sacado sobresaliente en Filosofía solo con los apuntes, sin leer ninguno de los libros del temario de secundaria (ni siquiera se le había ocurrido que era una posibilidad), que sus conocimientos de cine, poesía o arte se ceñían a lo que estaba de moda en Tumblr y que si sabía reconocer una sinfonía era la Novena de Beethoven, y solo porque salía en Evangelion. Sebastián, que era idéntico a Cristina en casi todo (su padre también era catedrático, de Historia Moderna), no habría sobrevivido en ningún espacio que no fuese el universitario. Con seguridad había sido incapaz de mirar a la cara a los chicos populares de su instituto, pero en la carrera podía aturdir a cualquiera de sus compañeros con observaciones sobre Guy Debord o Sloterdijk. Si a Alicia le hubieran jurado que todavía era virgen o que jamás había pisado una discoteca, se lo habría creído. (...)

El resto de su clase la admitía en los círculos espontáneos que se formaban en los descansos, pero habría sido mejor que la marginaran, pues tal vez en soledad habría llamado la atención de ese trío. Quizás ni sabían su nombre, a diferencia del de Descartes, que pronunciaban con elegancia francesa (‘decart’) y no con la torpeza del resto de compañeros, incluida Alicia (‘descartes’). —No me comes nada —decía Puri cada cena—. Y estudias demasiado. Ni diez minutos te quedas conmigo viendo la tele. Tenía razón: su estómago estaba cerrado desde septiembre y, por algún extraño proceso psicológico, toda su frustración afectiva e intelectual se dirigía hacia su tía y sus costumbres. No era solo que no tuviese tiempo para ver la tele, sino que la mera idea de hacerlo la asqueaba. Debía cuidarse de no acabar como ella: una solterona excesivamente feliz por tener a una sobrina en casa, a punto de adoptar un Baby Born y fingir que lo amamantaba. Alicia apenas había tenido experiencias sexuales, solo un desamor con un skater, el chico más sensible y atormentado que encontró en Valladolid y que estuvo dispuesto a hacerle un poco de caso. Era el único con quien se había acostado hasta la fecha, y la dejó después de enrollarse con ella unas cuantas veces; más que suficiente para que sobre Alicia pendiera el fantasma de la soltería, el abandono, la frigidez. Ella no sería como Puri, no se pasaría las tardes viendo Sálvame o El chiringuito de Pepe: se casaría (o, mejor aún, no se casaría) con un político o un activista, alguien que escribiera en el equivalente español de Cahiers du Cinéma, fuera el que fuese. Juntos organizarían soirées repletas de gente interesante en las que sonaría lo-fi y servirían champán o vino blanco. Se sintió culpable por pensar en sí misma solo como esposa-de, o pareja-libre-de, sin enfocarse en su propia profesión. Pero nadie legisla sobre el deseo. (...)

¿Por qué alguien iba a aspirar a la Belleza, al Bien o a lo divino si él mismo ya fuese divino, bueno y bello?, se preguntaba Sócrates. Eros es quien ama, el erastés, no el amado, e insufla a los hombres esa pasión que siempre persigue aquello que falta, que trasciende del mero amor físico y concreto al amor por la misma idea de la belleza. Al principio, Alicia quiso realizar una comparativa entre la amistad intelectual de Aristóteles y el discurso final de Diotima en El banquete, pero pronto se vio seducida por una segunda lectura de Platón, muy distinta a la primera, que hizo con un esquema a la derecha y cuatro subrayadores distintos en la mano. Era sencillo, aunque su autor quedase retratado como un bufón, embriagarse con la noción del amor de Aristófanes: la búsqueda de la mitad perdida. Alicia no estaba segura de si lo que a ella se le había perdido era su mitad o de que fuera correcto enunciar la identidad como algo que necesita de otro para completarse; pero sí presentía que le faltaba algo, que no sabía qué era y cuya respuesta podía residir en los otros, fueran quienes fuesen, uno o varios. Quería que la retasen, que la llevasen al límite, que la comprendieran de una forma que escapaba a las palabras, que la reconociesen como igual aquellos «happy few» que no todo el mundo valoraba. Se atrevió a hacer un breve excurso sobre la identidad personal y el ansia de alcanzar la Completitud y otro sobre el amor y el deseo como fuerzas cósmicas y no como atributos humanos. Solo al final trató el amor como pulsión romántica. Incluso la conclusión de Sócrates, moderada frente a la de Aristófanes, resultaba más pasional y totalizante que la de Aristóteles. La idea de una amistad intelectual basada en la ética, el bien, la reciprocidad y la virtud resultaba menos apelativa que comprender el amor como un vehículo hacia lo absoluto. Suponía que era el equivalente filosófico entre salir con un chico peligroso e interesante o hacerlo con la versión humana de un golden retriever, del que siempre puedes esperar fidelidad y afecto. (...)
Eso le hizo entender un poco más por qué sus gestos masculinos resultaban tan antinaturales, por qué se sobreexcitaba en la mitad de las conversaciones que tenía: no estaba acostumbrado a que alguien quisiera escucharlo. Una década más tarde, cuando él se hizo representante de un partido político de izquierdas y hablaba de neurodiversidad y problemas mentales, Alicia seguía acordándose de esa charla y la embargaba cierta ternura por su versión juvenil y torpe, ya enterrada en un hombre hecho a los medios de comunicación. En esos momentos sopesaba si debería recuperar el contacto, pero luego lo escuchaba quejarse de estrecheces materiales e intelectuales que jamás vivió o recordaba cómo se pasó los cuatro años de carrera llamando a la gente «provinciana» y decidía no hacerlo. (...)

Eso le hizo entender un poco más por qué sus gestos masculinos resultaban tan antinaturales, por qué se sobreexcitaba en la mitad de las conversaciones que tenía: no estaba acostumbrado a que alguien quisiera escucharlo. Una década más tarde, cuando él se hizo representante de un partido político de izquierdas y hablaba de neurodiversidad y problemas mentales, Alicia seguía acordándose de esa charla y la embargaba cierta ternura por su versión juvenil y torpe, ya enterrada en un hombre hecho a los medios de comunicación. En esos momentos sopesaba si debería recuperar el contacto, pero luego lo escuchaba quejarse de estrecheces materiales e intelectuales que jamás vivió o recordaba cómo se pasó los cuatro años de carrera llamando a la gente «provinciana» y decidía no hacerlo. (...)

unas chicas con las que no se llevaba mucho confesaron que les parecía atractivo el profesor de Filosofía Política, y todos discutieron sobre el tema. ¿Se lo follarían? Alicia no: claro que se había fijado en él, por ser algo más joven, pero enseguida lo había descartado. Sus dientes eran irregulares y amarillos; sus patillas, demodés; estaba demasiado obsesionado con los movimientos políticos de los setenta y con las camisetas de rock clásico. Alguien comentó que el de Ontología Fundamental se estaba acostando con una alumna. Eso podía comprenderlo: sí, era cierto que rondaría los cincuenta y tenía el cuerpo de alguien a quien le interesa mucho la cerveza, pero su voz reverberante y apasionada y su implicación con las luchas políticas de principios de siglo lo hacían casi atractivo, un Héroe de la Vieja Guardia.* Para ese momento ya se había tomado tres cañas y un margarita, así que lo dijo en voz alta y todas las mujeres rieron: estaban de acuerdo. En esa primera cena ya se intercambiaron algunos de los rumores que luego llenarían la vida de la facultad: alguien había visto a la secretaria del departamento de Práctica haciéndole una mamada al profesor cojo de Epistemología entre los coches del parking. El vicedecano de Estudiantes le había tocado el culo a una alumna de segundo, y también había invitado a toda su clase a cocaína en la pasada fiesta de fin de curso. Se decía que una doctoranda había denunciado a su supervisor por abuso, un profesor que tendrían el próximo año, pero que al final había retirado la denuncia y se había marchado de la universidad sin entregar la tesis. Una de sus compañeras se había unido a Diotima, la asociación feminista (tanto ella como Cristina se mostraron muy interesadas en que existiera, con la secreta rabia de no haberla descubierto antes), y les contó que quizás montasen un escrache contra un profesor que había abusado de una alumna de segundo. La anécdota estrella fue la de la mamada, pues a todos les divirtió imaginar al cojo tratando de escapar de la escena del crimen con los pantalones bajados. (...)




Para Freud, la libertad era siempre relativa, pues el yo está condicionado por determinaciones inconscientes y no tiene control sobre el origen ni la forma de sus deseos. La ilusión de libertad surge del desconocimiento de tales determinaciones, que la labor psicoanalítica puede ayudar a comprender. El deseo, en cualquier caso, no es el hijo de la libertad, sino aquello que la determina y limita. Aunque en cierto modo Alicia estaba de acuerdo (no creía tener demasiado control sobre qué deseaba, y su obsesión con Comala encabezaba la lista de cosas que no entendía), la disgustaba pensar en sí misma como el resultado involuntario de turbulencias biológicas y psíquicas que compartía con casi cualquier persona del planeta. Además, ¿no había sido capaz de detener (o al menos desviar) su obsesión cuando se lo propuso, en uno de esos actos de «decisión fundamental» de los que habló Sartre cuando hizo su crítica al psicoanálisis? En Sartre, la libertad era la condición ontológica del ser humano (aunque uno puede hacer por olvidarse de ella u ocultarla para escapar de las responsabilidades que implica). El deseo era la expresión de esa libertad, y parte de la elección, explícita o no, de cuál queremos que sea nuestro proyecto de existencia. (...)



La suya fue solo una de las variaciones de la típica danza entre hombres y mujeres heterosexuales. El hombre con miedo a amar y la mujer dispuesta a enseñarle. El hombre con miedo al compromiso y la mujer que sabe esperar. El hombre con miedo a decir «te quiero» y la mujer que no lo exige todavía, sino en un mañana que tal vez jamás llegue. Existen otros roles, por ejemplo, las mujeres puras y buenas que reconvierten a esos hombres en adultos; los hombres casados con una seguridad que a la vez aburre y seduce. Existen aspiraciones inconfesables, la de ser esa mujer pura y buena, aunque impera el desdén mentiroso que se grita a las amigas: ¿quién querría ser esa mujer burguesa y acartonada? No ellas, desde luego. Que hombres y mujeres sepan que no se trata más que de un estereotipo cultural no lo desactiva en la experiencia cotidiana: toda Carrie necesita su Mr. Big, todo Don Draper su Betty. Mientras tanto, la espera: chicas enamoradas de hombres mayores. Chicas enamoradas de sus profesores o jefes. Chicas que aspiran a ser una excepción. Chicas que aceptan no ser novias, sino amigas especiales. Chicas que quieren ser divertidas, cuidar de la bestia sin enjaularla. Chicas que son progres, comprensivas, que no exigen nada; o que si lo hacen luego piden perdón por el exceso. Chicas que son patéticas, y lo saben, que se torturan a sí mismas en soledad por serlo, pero que en cuanto les arrojan migajas no pueden evitar volver a ser patéticas. Chicas que esperan su momento durante meses, uno, tres, seis años. Chicas que no hablan con sus amigas sobre su hombre, o que, si lo hacen, mienten, disfrazan la verdad. Chicas que asumen que siempre serán eso, «chicas», por mucho que cumplan treinta, cuarenta, cincuenta años. Chicas que jamás conocen a los amigos o padres de aquellos que se resisten a ser llamados novios. Chicas que disimulan la decepción más intensa cuando su hombre las cita en un café impersonal y, como si fuera una buena noticia, les dice que por fin se ha enamorado, aunque de otra, así que tendrán que dejar de verse. Chicas que lloran, gritan y luego se lamentan porque no quieren ser una carga, ¿y acaso él no se arrepentirá de su decisión? ¿Acaso no prueba nada el hecho de que su no-relación haya durado tanto? ¿De verdad él no volverá? Y niños escondidos en armaduras de hombre. Niños a los que su futuro romántico los abruma tanto que prefieren vivir en Neverland. Niños que buscan una madre. Niños que tienen miedo. Niños que no encuentran una madre y entonces optan por ser el padre de una chica inocente. Niños que de verdad quieren aprender a amar y encontrar a una mujer tan absoluta que el compromiso no parezca una opción, sino una necesidad. Niños de treinta, cuarenta, cincuenta años. Niños que nunca cierran del todo la puerta, que dicen cosas como: «Si quieres, podemos seguir acostándonos». (...)

LA CHICA MÁS LISTA QUE CONOZCO.
SARA BARQUINERO.
LUMEN, 2026

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