ARREBATOS ALÍRICOS

Me fui sobreviviendo como pude

(José Luis Piquero)


martes, 31 de enero de 2012

Pinocho

Como dijo mi admirado Bolaño al recibir el premio Rómulo Gallegos: "me siento como Pinocho".

lunes, 30 de enero de 2012

Un poema de Frank Báez

José María Cumbreño sigue con su magnífica labor en Ediciones Liliputienses, permitiendo que incluso analfabetos funcionales como servidor tengan acceso a autores brillantísimos como Manuel del Barrio Donaire (que me tiene completamente abducido), Luis Arturo Guichard o Rocío Cerón. En esta ocasión merece la pena detenerse en la crisis de los treinta de Frank Báez:

Treinta años

Dentro de unas semanas voy a cumplir treinta años.
Comenzarán a salirme arrugas,
patas de gallina, papada.
Me crecerá de pronto un bigote tercermundista.
Perderé habilidades.
Adquiriré complejos.
Me pondré paranoico
ante la inminente caída del pelo.
Mi cancelación.
La cara en el espejo.
La disminución de neuronas.
El matrimonio.
Las deudas.
Las enfermedades de transmisión sexual.
La impotencia sexual.

A los treinta ya no enfrentas la vida
como un cazador de búfalos
sino como un tráfico que dirige el tránsito
y que teme que lo atropellen
y es que tienes más posibilidades de morir
que por ejemplo a los veintiuno
que fue la edad en que tomé una guagua a Cabarete
y me pasé la tarde y la noche sentado en la playa
mirando las olas del mar
y pensando en que caminaría entre las aguas
hasta ahogarme
como lo hizo la poeta uruguaya,
aunque al final desistí pensando en todos los poemas
que me faltaban por escribir.
O esa vez que bebía con una mujer ajena en un Car Wash.
O el tiroteo en Plaza Central.
O el año pasado que me metí en el mar
con un amigo ruso y las olas nos embistieron
semejantes a una manada de toros
que pensé que de esta no me salvaba nadie.

Llegar a los treinta gordo y con las posibilidades
de disfrazarte de Santa Claus en Navidad.
Tomando pastillas. Jugando la lotería.
Comprando productos bajos en calorías.
Empeñando prendas, licuadoras, anillos.
Visitando un psicólogo a escondidas.
Bebiendo los lunes con el equipo
de softball de la compañía.

Tener treinta y ser el hazmerreír de los poetas
de veintidós y veinticuatro.
Las musas siempre se van con los jóvenes poetas.
Tacharán mi teléfono y mi dirección de sus agendas.
Finalizada mi carrera de poeta
escribiré mi obra completa en el campo.
Todo mi público será un sarcástico gato.

A los 20 uno escribe poesía como si fuera un reactor nuclear.
A los 30 uno escribe como si fuera el operario del reactor nuclear.

Atravesaré los treinta sobre una tabla de náufrago
soñando que los cuarenta serán peores o mejores.
Triste como un vendedor de zapatos del Conde
retornaré de la oficina tarde en la noche.
No sólo tendré los zapatos mojados por la lluvia
sino también el ruedo de los pantalones,
las medias y los pies.

- Frank Báez: Postales, Ediciones Liliputienses, 2012 -

Nota biográfica

Frank Báez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978). Ha publicado el poemario Jarrón y otros poemas (Editorial Betania, Madrid, 2004), el libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Ferilibro, Santo Domingo, 2007), con el que ganó el premio de cuentos de la Feria del Libro de Santo Domingo de 2006, y el libro de crónicas de viaje En Rosario no se baila cumbia (editorial Folía, Buenos Aires, 2011). Sus poemas han aparecido en diversas antologías. Las más recientes son Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (Pre-textos, 2010) y Peligro Inflamable. Antología de poesía contemporánea (editorial Folía, 2011). Junto a Homero Pumarol fundó y conforma la banda de spoken word El Hombrecito, que en 2009 editó un disco titulado Llegó el hombrecito. Es editor de la revista virtual de poesía Ping Pong (www.revistapingpong.com) y lleva un blog en la siguiente dirección:
www.frankinvita.blogspot.com.
Postales ganó el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña en 2009 y ha sido editado en Costa Rica, Argentina y en República Dominicana. Actualmente está siendo traducido al inglés por Hoyt Rogers. 

domingo, 29 de enero de 2012

miércoles, 25 de enero de 2012

Cómo hemos llegado a esto



Esta reseña podría resumirse diciendo que, a los veinticinco años, Víctor Martín ha publicado un poemario atrevido, de calidad y con fuerza. Y es que no creo que sea pertinente aburrirles con detalles biográficos cuando, como aclara el propio autor en el primer poema del libro, empezó “a escribir a la misma edad que todos”. Sí es, en cambio, necesario precisar que, pese a una aparente ingenuidad manifestada ya desde la misma portada, entre naif y terrible, como cualquier juego de niños que se precie, este es un libro de poemas ambicioso y que, como cualquier libro de poesía que se precie, aspira a nada menos que la totalidad.
Porque, como asegura Jorge Riechmann, “nuestra totalidad, si en algún sentido existe, desde luego se halla fuera de nosotros” y, por tanto, a base de fragmentos aparentemente inconexos, desorganizados y, a menudo, saliéndose de sí mismo, es como Víctor Martín logra comunicar su totalidad, que es la de cualquier joven de su tiempo y, por tanto, también la de cualquiera que ha sido joven o vaya a serlo. O sea, de cualquier joven que pierda su tiempo en leer poesía o de cualquiera que pierda su tiempo en añorar el tiempo inútil en que fue joven. Es decir, de casi cualquiera o, al menos, de cualquiera, con perdón, de ustedes.
Estos fragmentos de totalidad dispersa o, lo que podríamos llamar “la totalidad relativa de Víctor Martín”, como cualquier totalidad que así ose llamarse, parten de una descarada individualidad, en el caso que nos ocupa zarandeada, revuelta, influenciada por la música pop (aparecen citados Los Rolling Stones y Sr Chinarro), la poesía (Dylan Thomas, pero también “la infinidad de hijos de puta dedicados/ a la redacción de manifiestos y evangelios”), la infancia y adolescencia en los terribles años 90 (tan terribles como los de cualquier otra década), con sus juegos y sus veras y, sobre todo, manteniendo la amenaza constante de un futuro triste, ignominioso, desde luego muy lejano a la expectativa creada. Por lo tanto, patético y embaucador, decepcionante sin reservas. Como cualquier futuro que se precie.
Pero nos equivocaríamos gravemente si nos dejáramos llevar por el dramatismo, porque no estamos hablando más que del duro trámite de hacernos mayores sin envejecer en el intento, quiera eso lo que quiera decir y, por supuesto, tan terrible desgracia sólo puede encararse con el cinismo y el humor del que se sabe afortunado. Y es que estamos ante otro maldito libro de poesía posmoderna, cuyo sujeto lírico no es sino un niñato que, como, con perdón, casi todos ustedes, tiene todo, o casi, para ser feliz, sin que por ello sea capaz de serlo.
A fin de cuentas, atendemos a la voz de un narrador que, de amigos, afirma encontrarse bien, gracias (“gasto todo mi dinero/ en billetes de avión y en autobuses”). Que nació, perdónenle, en democracia y que a cuantos creyeron en su talento dejó, como es debido, en la estacada.
Al fin y al cabo, compartimos las contingencias de un yo poético que pretende creer que nos desvela “Cosas que su madre nunca supo”, por ejemplo, que desde años deambula de país en país, de amor en amor y de amante en amante, de la playa de Penarth a Cardiff y de allí a Lieja, y todo para volver indefectiblemente a unas mismas coordenadas (40 º, N- 6* O), de la única forma que se puede volver a casa: agotado, derrotado, a lamerse las heridas o a buscar más comida hogareña y dinero de los padres. Pero, sobre todo, a reencontrarse en esos lugares “que siguen siendo iguales/ porque si no lo fueran/ tampoco yo sería el mismo” (…) sin que por ello pierda la certeza de que acabe “pudriéndose en sus rincones”.
En resumen, estos y otros fragmentos de totalidad forman ese algo que hay dentro de él que no le deja ser él mismo y que es muy parecido a lo que, por nuestra parte, nos aleja de nosotros. Que, por tanto, le fuerza a arrastrarse por el tablero de este juego que llamamos vida y que le lleva a caer, alternativa o simultáneamente, en la casilla de las esperanzas perdidas, de las amistades decepcionantes, de la carrera de Magisterio, aún “buscando cuerpos entre los escombros” y guardando apenas las fuerzas justas para seguir tirando el dado. Es decir, la historia de siempre: ya hemos dicho, pero no viene mal repetirlo, que este libro, como cualquier libro que se precie, relata el viaje iniciático desde que se es un niño nada inocente hasta que te vas haciendo, a duras penas y muy a tu pesar, adulto, percatándote inevitablemente de la decadencia como ser humano que implica convertirse en hombre. Lo que, entre otras cosas, sacrifica esa facilidad de insultar a los telediarios, alguien que antes “gritaba y hacía muecas/ ante el más mínimo indicio de barbarie”.
           
Mientras tanto, esta totalidad relativa de Víctor Martín permanece pertinentemente aterrorizada por la inminencia de un futuro que no llega pero que se acerca amenazador. Aunque no por eso, ni mucho menos, va a añorar “La miseria absoluta que deja a sus espaldas” y que, como toda miseria que se precie, se presenta y nos presenta en su libro teñida por una nostalgia vital lejana a cualquier melancolía, usando para despedirse, por ejemplo, lo que parece el reverso tenebroso que cada tarjeta de “Espero que te guste” debiera incluir:

Lo más probable es que no me acuerde ya ni de tu nombre
reconozcamos que mereció la pena
que esto es todo y seguiremos en contacto.
Pequeñas mentiras para que no acabe
nuestro amor también en gritos.

            En definitiva, y ya termino, este yo poético intenta seguir adelante, simplemente, permaneciendo justamente enfurruñado contra “todo el que se empeña en convertirle/ a sus veintipocos años, en carnaza ya de oposiciones”, narrando mínimas epopeyas cotidianas que siempre aspiran a superar la anécdota pero jamás osan creerse momentos de vital importancia, reflexionando sobre la trascendencia de lo superfluo y, sobre todo, notando cómo, sin remedio, sin posibilidad alguna de escape o redención, sigue acercándose a ese futuro imantado que tanto teme, que no es un mal final, pero que es un final desesperado, y que, estoy seguro, muchos de ustedes sabrán reconocer:

Y nos vemos envueltos en la maraña
de órdenes y contraórdenes y de periscopios
y de relojes y de calendarios y desesperadamente
miramos la hora y preparamos nuestras clases.

No hay cena lista en el apartamento
donde intentamos convencernos de que todo
es algo meramente pasajero,
una forma limpia de ganar
el dinero con el que daremos rienda
suelta por fin a nuestros sueños.

Pero vamos posponiendo la excedencia.

Y el muro que creímos construir contra la muerte
lo destruyeron unos niños que jugaban.

Rara es la noche en que merece
la pena alguna película y sin darnos cuenta
mientras hacemos el amor pensamos
en los dos adolescentes que vinieron
esta mañana a nuestro despacho.



*Este artículo se realizó a raíz de la presentación del libro de Víctor Martín que tuvo lugar en el Instituto Español Juan Ramón Jiménez de Casablanca y se publica ahora con motivo de la segunda edición de Cómo hemos llegado a esto, que está disponible tanto en formato físico como electrónico
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lunes, 16 de enero de 2012

Santiago Castelo y La Soledad desierta

Como alguno habrá notado, en algunas canciones de Un Hombre Exquisito, junto al gruñido que ya comenzaba a resultaros familiar y los graznidos a los que no os acostumbraréis nunca, suena la armoniosa, dulce y afinada voz de una chica que ha decidido echarnos una mano. Janis Joplin la tenga en su gloria.

Estas canciones bendecidas con su chorro de voz son, por ahora, La Soledad Desierta y Con las piernas abiertas. Curiosamente, las dos son canciones a partir de dos poemas: el primero de Santiago Castelo y el segundo de Alberto Tesán. Hoy aprovechamos para contaros la historia de La soledad desierta:


Cuando los dos personajes que, por ahora, formamos (o conformamos o deformamos) Un Hombre Exquisito estábamos en 2º de Bachillerato, vino al Aula de Literatura de José Antonio Gabriel y Galán, José Miguel Santiago Castelo, poeta extremeño del que, pobrecitos de nosotros, no conocíamos nada o casi nada. En el librillo que repartían a los asistentes, se encontraba un soneto que me llamó poderosamente la atención. Era este:

La soledad desierta
Ya tengo el corazón hablando a solas 
-la casa entera descorazonada-, 
ya tengo en mi sentir la puñalada 
de tus labios de sangre y amapolas. 

Ya tengo todo tu desdén callando 
en esta tarde de la primavera... 
y se han muerto las rosas de la espera 
en el jarrón que fuimos modelando. 

Ya se ha muerto mi voz que por oirte 
en otro tiempo abrió ventana y puerta. 
Sólo puedo si acaso maldecirte 

pero me siento la saliva muerta... 
Y no me queda, amor, sino decirte
que hasta mi soledad está desierta.

En la primera lectura me pareció precioso; en la segunda, buenísimo. Cuando fui a leerlo una tercera vez me di cuenta de que lo estaba cantando… Me pareció incluso que era una canción de alguien que no conseguía identificar o, al menos, que estaba adaptando esos versos a una melodía preexistente… Tan absorto estaba que, lo reconozco, no atendí mucho a la lectura de Santiago Castelo, aunque por las carcajadas que la acompañaron y por los comentarios que la siguieron, creo poder afirmar que fue bastante divertida. Sin embargo, yo estaba a otra cosa: tarareando por lo bajo una melodía que no podía concebir como propia, ya que entonces no sería melodía (cualquiera que me conozca o que haya tenido que soportar mis coros en nuestras grabaciones sabe perfectamente que no tengo, precisamente, talento musical). Tan convencido estaba de mi teoría que, en el momento en que el autor firmaba, generoso, libros, librillos y cuadernos, me acerqué a preguntarle si ese poema había sido musicado. “No que yo sepa” contestó, no demasiado sorprendido, “¿por?, ¡no me digas que me han plagiado!”, siguió, divertido. No sé si llegué a contestarle: “todavía no” pero, desde luego, era lo que debía haber hecho.
            Ahora, si fuéramos alguien, debería decir que es donde acaba la historia y comienza la leyenda… Pero como no somos nada (si acaso, enanos subidos a hombros de gigantes) simplemente continúa la anécdota:
Fui a buscar a mi compañero de fatigas, que no había venido al Aula porque él era de Ciencias (y lo sigue siendo), mientras que yo era de Letras (aunque ahora a duras penas “voy de Letras”) y le pedí que encendiera la grabadora en la que, a veces, grababa alguna melodía, algún rif, algún verso y yo registraba berridos carentes de armonía para cantar lo que ya había dejado de ser el poema y comenzado a ser la canción “La soledad desierta”. Cuando acabé, sencillamente dijo: “no está mal… ¿Por qué cojones la cantas con acento argentino?”.
            Esta es, por tanto, nuestra canción más antigua: no porque fuera la primera que compusimos, sino porque es la primera que compusimos y no hemos desechado por el camino. Ya tiene, sin embargo, algo que se podría considerar nuestro sello: descarado saqueo de buena poesía ajena rematado con malos versos de cosecha propia. Somos tan vagos que no sabría decir si acabamos arreglando nuestros malos versos hasta dejarlos en “escuchables” o, al menos, soportables al lado de la lírica de Castelo. Juzguen ustedes escuchándola que no pensamos escribirla, pues leyéndola será imposible evitar el sonrojo de la comparación. Si se fijan, al fondo, aún se puede escuchar un tenue acento porteño

            Por cierto, Santiago Castelo colabora en el diario HOY desde los diecisiete años, a los veintiuno ingresó en el ABC de Madrid, diario en el que es Subdirector desde 1988 . Ha dirigido varias revistas culturales, y organizado coloquios y lecturas poéticas; colabora en periódicos y revistas iberoamericanas y sus versos han aparecido en numerosas publicaciones de todo el mundo. Es miembro de la Academia Cubana de la Lengua, de la Academia Norteamericana de la Lengua y de la Real Academia de Extremadura, de la que es Director. Entre sus obras destacan:

Tierra en la carne. Ed. Orines, Madrid, 1976.

Como disponga el olvido (Antología 1970-1985). Ed. Rialp, Adonais, Madrid, 1986.

Diario de a bordo. Cuadernos poéticos Kylix, Badajoz 1994.

Antología extremeña (1970-1995). Beturia Ediciones, Madrid, 1995.  (Donde, por ejemplo, está La soledad desierta)

Hojas cubanas. Academia Cubana de la Lengua, 1998. (Incluye las Habaneras).   

Cuerpo cierto. ERE, Mérida, 2001. 


Y es totalmente inocente, el pobre, de esta canción.

Ahora, y esto es lo principal, la canción ha cobrado un nuevo aire con los coros de una chica que no parece tener acento argentino pero al menos tiene una voz cojonuda que, aunque sea por compensar, no nos viene nada mal.

Toda vuestra,

domingo, 8 de enero de 2012

Mamá, no quiero ir al colegio


Mamá ya no quiero crecer, y ser adulto y trabajar.

Madre, no debí comprometerme con la vida en general

La huella de su simple presencia había dejado al descubierto nuestras limitaciones

En su relato Flaco Landuchi (perteneciente al libro del mismo título publicado por la Editora Regional de Extremadura), Manuel Vicente González escribe acerca del estrago que la llegada de un fabuloso jugador causa en un modesto equipo de fútbol, construido en base al esfuerzo y formado por una plantilla de calidad discutible que debía ascender a Primera División en base a su sacrificio (continuo) y los (esporádicos) destellos de su estrella.

Todos cuantos conformaban el círculo del club –incluso los medios de comunicación- defendían la pura filigrana de aquel sudaca, pero quienes más vehemencia ponían en aquella defensa eran los propios aficionados, los cuales solamente parecían tener ojos para el Flaco. Daba gloria verlo controlar el balón; pareciera que un mecanismo interno le previniese de la llegada del esférico. Y cuando eso sucedía, cuando adivinaba que alguien se la iba a pasar, ya había dispuesto la utilización que de él iba a hacer. Luego era el amaga elegante, el quiebro, siempre profundo y vertiginoso, o el pase al hueco donde, las más de las veces, no nos decidíamos a acudir los compañeros, maniatados por atávicos complejos que acrecentaban el desparpajo singular de aquel elemento.

Después de una inicial aversión, el grupo de veteranos pasa a una especie de adopción conmiserativa del curioso personaje, visto como un niño estrafalario y fuera de lugar, que no conecta con nadie (ni quiere conectar, todo sea dicho) por su forma de vestir, de hablar, de comportarse y, sobre todo, por su calidad, para el resto estratosférica, dentro del terreno de juego. Sin embargo, esa solidaridad compasiva va derivando en una pura admiración que trae consecuencias nefastas para el equipo:

Pero sólo cuando sospeché de la intención de trasladar al terreno de juego tales remedos me puse a temblar, porque yo sabía que ahí, precisamente ahí (…) no cabía el engaño, porque ahí el único plagio permitido, y además el único que daba resultados, era el que cada cual pudiese llevar a cabo sobre sí mismo.

Ante los horribles resultados (en 15 jornadas van penúltimos) el presidente nombra al Flaco Landuchi jugador-entrenador que, primero, pasa a comportarse, para sorpresa de sus otrora compañeros, con una severidad absoluta y radical y, luego, amparado por el primer resultado favorable, exige el fichaje de otros tres jugadores de su mismo corte y confección, acentuando la división entre estrellas y proletarios y, por lo tanto, provocando la inevitable lucha de clases:

Puesto que todo el equipo giraba en torno suyo, no sólo en el aspecto táctico (…) sino en el metafórico, como jugador que irradiaba una fuerza centrífuga sobre los compañeros, se afanó en que, quienes desempeñábamos la labor de subalternos, es decir, todos nosotros, hiciésemos desaparecer los hábitos adquiridos con su llegada, y aplicáramos nuestras fuerzas a desarrollar el papel de comparsas que siempre nos había caracterizado.

Finalmente, los jugadores curtidos, trabajadores y españoles, se conjuran contra los recién llegados, brillantes, foráneos y diferentes. Primero, negándose a pasarles el balón, pese a las protestas de la afición, que percibe sus intenciones. Después, provocando errores con la peor de las intenciones: conseguir que los resultados sean tan nefastos que el presidente deba despedir al Flaco Landuchi y su corte de estilistas del balón.
Así sucede y así lo cuenta Manuel Vicente González:

“Aquel día respiramos hondo porque supimos que lo habíamos conseguido. Pero también supimos entonces, cuando observamos cómo los cinco intrusos, con la bolsa de deporte al hombro, abandonaban con disciplencia las oficinas del club mientras se despedían de los empleados y atravesaban el campo de tierra buscando la salida del estadio, que ya no iba a ser todo como antaño, porque la huella de su simple presencia había dejado al descubierto nuestras limitaciones”.

Uno, cuando lee esto piensa debería pensar en Diego en el Atlético de Madrid, en la llegada de Reyes al Sevilla del espartano Marcelino, en las broncas de Djalminha e Irureta y las de Guti con todos por donde quiera que ha ido. Pero, sin saber bien por qué, se ha acordado de esta historia después de salir de casa de Gonzalo Hidalgo tras hacerle una entrevista en la que, sin costumbres exóticas ni atuendos estrafalarios, ha devuelto, como el mismísimo Flaco Landuchi, cada melón que le enviaba en forma de interrogación, justo al hueco preciso. Como si fuera fácil. O como si un mecanismo interno le previniese de la llegada de la pregunta. Manuel Vicente González, que conoce bien a Gonzalo Hidalgo y sabe bastante de fútbol, estará de acuerdo con el resumen que hacía Onésimo en la anterior entrada del blog El sentido trágico de la Liga: "qué asco da tener calidad".